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Alonso piensa que el sábado va a ser un día cualquiera..., ¡pero no! Todo comienza cuando su padre se olvida de recoger al abuelo. A partir de ese momento empiezan a sucederse una catástrofe tras otra hasta que se arma... ¡un verdadero lío! Una historia divertidísima con comida chamuscada, zapatillas voladoras y un vecino enfurruñado y muy, muy hambriento.
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Seitenzahl: 39
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Soy Nesquens, el que ha escrito esto que vas a leer. Soy escritor. Ya ves.
Otros son astronautas o bomberos. Si los ves de lejos igual los puedes confundir, por aquello del traje, digo. Pero si te fijas en los detalles verás que los astronautas no llevan manguera, ni escalera.
Los escritores tampoco llevan manguera, ni casco, pero se fijan en los detalles. Y esta historia está llena de detalles.
Escribo desde que era pequeño. Me publican libros desde hace más de veinte años. Y sigo con las mismas ganas del primer día.
O del segundo.
Un verdadero lío no lo es tanto. Cuando termines de leer el libro ya lo verás. Es más una sucesión o encadenamiento de sucesos que van ocurriendo sin que te des cuenta. Todo narrado con humor. Y es que me encanta el humor. Tanto que te contaría un chiste muy bueno de un inglés, un francés… Vaya, creo que era un inglés y un alemán que van a una tienda de esas que venden gafas… No, no era de gafas; era una tienda de esas que venden martillos, clavos… Entran y el dependiente…, ¿o era dependienta?
Mejor ya te contaré el chiste en otro momento. Ahora, mejor, comienza Un verdadero lío. Te va a gustar, seguro.
¿Te he dicho que mi nombre es Nesquens?
Daniel Nesquens
Hoy es domingo. Fantástico. Es fiesta y, por supuesto, no tengo que ir al colegio. Así que estoy muy contento. No es que me disguste ir, pero prefiero estar en mi casa, con mis cosas.
Todavía es pronto, pero no aguantaba más en la cama.
En pijama, miro por la ventana, sin abrirla, y distingo un cielo gris, pesado. Tan pesado que se podría cortar en trocitos con la ayuda de unas tijeras y colgarlo del techo de mi habitación.
Hoy es domingo y ayer fue sábado. Lo lógico. Pero no un sábado normal; fue un sábado un tanto extraño. Muy raro.
Bajo la vista. A diferencia de otros días, ahora hay muy poca actividad en la calle. Es normal. Un gato husmea en el contenedor de la basura. Gira la cabeza y ve lo mismo que yo. Ve cómo un autobús se detiene en una parada en la que nadie espera. Un señor que viste con un chándal pasado de moda, medio calvo, desciende del autobús, mira hacia los lados y se encamina al paso de peatones con el periódico en una mano.
El semáforo está en rojo. El señor se detiene y abre el periódico. No sé por qué página. Espera y lee. No sé si lee la sección de nacional, de internacional, de economía, de deportes… o de sucesos.
No creo que lo que ocurrió ayer en mi casa se mencione en ninguna de las páginas del periódico, en la sección de sucesos, más concretamente. Pero podría haber aparecido si cualquier indiscreto periodista se hubiese puesto a preguntar qué sucedió ayer en mi casa. En esta casa.
Os cuento.
Me llamo Alonso y tengo nueve años, pero pronto cumpliré los diez; luego los once, los doce, los trece, los catorce…
Vivo con mis padres y con mis hermanos, y con un perro perdiguero de orejas largas y caídas.
Mi padre se llama Alberto; mi madre, Adela; mi hermano, Álvaro, y mi hermana, Andrea. Todos tenemos orejas, pero no las tenemos caídas como le ocurre al perro de mi hermano. A Benzemuá.
El mayor de mi casa es mi padre. Le siguen mi madre, mi hermano, que tiene quince años, y mi hermana, que tiene trece. Si sumamos la edad de todos nosotros, casualmente, sale el número del portal en el que vivo. Se trata solo de una casualidad que ya no volverá a repetirse, como el cometa Halley cuando cruza la Tierra.
Nos asegura mi padre que el que todos nuestros nombres empiecen por la primera letra del abecedario también es una simple casualidad. Que yo, por ejemplo, estuve a punto de llamarme como mi abuelo. Pero que, a última hora, en el último minuto, mi madre cambió de parecer y prefirió el nombre de Alonso. Así se llamaba, y se llama, el taxista que los llevó hasta el hospital. ¿Que cómo se llama mi abuelo? Mi abuelo se llama Fernando. Como Fernando Alonso.
Mi padre afirma que habría nacido dentro del taxi de no haber sido porque el bueno de Alonso cruzó la ciudad a toda pastilla. Llegó al hospital en menos de seis minutos, cuando lo normal es llegar en unos treinta o cuarenta.
Dos minutos después de bajar del taxi, mi cabeza asomaba al exterior.
Lloré.
—¡Es clavado a su madre! –dijo el taxista, que subió a la habitación acompañando a mis padres.
—Sí. Igual que Adela –afirmó papá emocionado.
