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Dioni, nuestro personaje principal, es un chico nacido en una ciudad andaluza de mediano tamaño con fuerte personalidad, cierta proyección internacional y con aires conservadores. Desde esta, una vez acabada la universidad, se trasladará a vivir a Torremolinos, localidad con una gran población gay, fruto de la emigración procedente de otras zonas del país, en las que los homosexuales eran más perseguidos y marginados. La historia trata de la evolución de un niño nacido en los sesenta hasta la madurez en los dos mil. Pasando por una etapa vital heterosexual y después bisexual hasta aceptar plenamente su orientación homosexual. Debido a los años tan convulsos y cambiantes vividos en España en los que se desarrolla la trama. La historia, la política, la lucha de clase y las reivindicaciones por la igualdad en derechos humanos para el colectivo LGTBI van a marcar fuertemente la vida de Dioni y su pareja. Cuernos, celos, apariciones divinas, ovnis, muerte, viajes y sexo en abundancia van a sustentar una trama que no por ser casi autobiográfica va a dejar de tener tintes novelescos, basándose en el dicho de que las más de las veces la realidad llega a superar a la ficción. Haciendo también referencia a hechos importantes sucedidos en los últimos años del franquismo y de la transición española vividos en primera persona por nuestro personaje. El relato se enriquece con una colección de dibujos, que representan diferentes hechos vividos y contados en la historia. Muchos de estos de fuerte carácter pornoerótico, que vienen a representar la gran importancia del sexo en el mundo gay.
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Seitenzahl: 638
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Francisco Javier Romero Sánchez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Ilustraciones: Antonio Vega
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-667-0
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PREFACIO
La historia que tienes entre las manos se puede leer, desde el capítulo uno hasta el final, como el relato de la vida de Dioni desde los años sesenta hasta la actualidad. En él encontrarás, además de sus vivencias personales, referencias a acontecimientos importantes de finales del franquismo, la transición española y el pleno desarrollo de la democracia en la actualidad.
Todo contado desde la especial óptica de un chico que despierta muy tempranamente a la lucha política, en unos años muy convulsos de la reciente historia de España, en la que la mayoría de la población no contaba con formación democrática ni política, pues se venía de una dictadura donde estos términos estaban prohibidos y perseguidos por el régimen.
En la historia se relacionan estos acontecimientos vividos en primera persona con su evolución y despertar personal y sexual, partiendo de una adolescencia hetero hasta la aceptación de su especial condición sexual. Marcado por su fuerte relación amorosa junto a la decepción y aceptación de la infidelidad de su cónyuge, su posterior venganza y sus múltiples relaciones sexuales junto a su pareja, con otros chicos en Torremolinos y resto del mundo.
Esta bella y, en ocasiones, desgarradora historia, intenta mostrar la evolución del mundo homosexual desde que a este colectivo se le aplicaba la Ley de Vagos y Maleantes, hasta la protección de las personas LGTBI.
El relato está basado en una parte de su biografía personal y alguna que otra licencia literaria. También los capítulos permiten leerse con solución de continuidad, ya que por sí solos forman unos breves relatos diferenciados e independientes unos de otros.
En último lugar, nos gustaría puntualizar que se trata el tema del sexo explícitamente y en abundancia, con la buena intención de excitar al lector, fundamentalmente gay, para que pase un rato agradable y darle la justa importancia que este ocupa en la vida de un hombre homosexual.
CAPÍTULO 1. PRIMEROS PASOS EN EL COLEGIO Y LA CIUDAD
Dionisio, para su familia y amigos, Dioni, era un niño moreno, con el pelo negro azabache pelado a lo Marcelino, peinado del niño que actuaba en la película «Marcelino pan y vino», muy famoso entre la chiquillería por estos años, pantalón corto y zapatos con cordones. Los famosos Gorilas de aquellos tiempos que todo chico quería tener, pues con la compra de un par, regalaban una pelota de goma verde muy molona. Eran los años sesenta.
Vivía en una casa de vecinos del siglo XVIII, con una amplia casa-puerta repleta de plantas de grandes hojas verdes, en su mayoría pilistras y helechos, que sobre elegantes maceteros color caoba y junto a altas columnas de hierro pintadas en verde, generaban un ambiente de tipo colonial. En cada una de las tres plantas vivía una familia, la de Dioni ocupaba la última. Se relacionaban por el patio interior, en el lavadero comunitario o en la amplia azotea, desde donde se veían los altos campanarios, torres vigías típicas y palomares repletos de palomas de diferentes razas, sobre todo buchones jerezanos propios de la tierra y los llamados palomos ladrones, dedicados a robar las hembras de otros palomares protegidos por perros autóctonos, el Bodeguero Andaluz, procedentes de cánidos traídos por los ingleses a la ciudad para librar los amplios cascos bodegueros de ratas y ratones. Además, entre estas calles, de vez en cuando, se podían encontrar cuadras que albergaban los apreciados caballos jerezanos, sobre todo los de la enorme familia Domecq. De vez en cuando en alguna bodega se abría un portón con monumentales rejas, que permitía salir a un orgulloso y brillante enganche, enjaezado a la jerezana con cinco caballos que tiraban de un carruaje del siglo XVIII o más antiguo, aunque, con gran brío, sorteaba las estrechas calles entre destartalados SEAT 600, 850, 1500, Citroën, Dos Caballos, Renault 4, Simca 1000, así como los endebles mosquitos, que no eran más que una bicicleta con un motor exterior de baja potencia para pobres.
Su vida se desarrollaba en un amplio barrio medieval, con anfractuosas y zigzagueantes calles que no dejaban nunca ver el final de estas. Las edificaciones de gran antigüedad, databan desde la conquista Almohade, del siglo XII hasta el XIX. Todas se arremolinaban como si quisieran sostenerse unas sobre otras. Las había nobles, como las grandes iglesias y conventos de todo tipo de estilos artísticos, ya sean Mudéjar, Renacentista, Gótico, Neoclásico o Barroco, acompañadas por un sin fin de palacios que dejaban pequeños espacios a las edificaciones más humildes. Tal era el apiñamiento del casco histórico, que la muralla defensiva de la ciudad, que durante más de diez siglos había resguardado a los jerezanos de grandes asedios, se hallaba embutida entre las diferentes edificaciones por lo abigarrado de su urbanismo.
Dioni fue bautizado en la iglesia del santo del que recibe el nombre, el patrón local. En una antigua pila bautismal en la que incluso fue bautizado el dictador Miguel Primo de Rivera.
La vida del vecindario, en tiempos donde tener un reloj era un lujo, se regía por los toques de campana de la iglesia colindante o por el sonido de las sirenas de las muchas bodegas que se disponían como verdaderas islas, ocupando manzanas y calles enteras, donde el olor al vino de Jerez lo inundaba todo.
En estos años, todas las casas, palacios y conventos bullían de vida. Los artesanos ocupaban los desvencijados locales, entre los que se encontraban panaderías, hornos de dulces, fábricas de caramelos, zapateros, doradores, carpinteros y tallistas, entre otros.
Las mujeres iban de compras a las lecherías, ultramarinos o economatos que las diferentes bodegas ofrecían a sus trabajadores o se hablaban por patinillos y azoteas. Los niños jugaban en las calles o en las pequeñas plazas armando tanto ruido, como las ingentes bandadas de vencejos que revoloteaban en busca de algún que otro insecto. Los hombres, después del trabajo, se iban a los antiguos tabancos, que en aquellos tiempos casi solo servían vino de la tierra y, en una ciudad en la que el cante flamenco es su piedra angular, más de un establecimiento de este tipo tenía colgado un cartel amarillento prohibiendo el cante.
Solo se alteraba el cadencioso y cansino vivir de la ciudad en Navidad, Semana Santa, en las dos ferias, la del Caballo y la de la Vendimia, o cuando salía un santo o virgen en procesión.
Su primer colegio, como no iba a ser diferente, de monjas y pago, se situaba en un palacio renacentista destrozado por las desacertadas restauraciones de aquellos tiempos que odiaban tanta antigüedad, entregándose al vil ladrillo, cemento o cal. Del noble edificio solo quedaba un maravilloso ventanal renacentista y un patio de igual estilo con columnas de mármol.
Allí celebró el chico su primera comunión, recibida de manos del obispo local, que por aquellos entonces era obispo auxiliar de Sevilla, diócesis a la que pertenecía la ciudad en ese tiempo, por lo que las monjas, al recibir a tal dignatario eclesial, querían que todo saliera a pedir de boca. Así pues, obligaron a Dioni a aprenderse un largo verso dedicado a la virgen. Actividad que le ocupó durante un mes todo el tiempo libre que tenía en el recreo o después del almuerzo. Tal era la complejidad del dichoso poema, que una vez se le olvidaba un verso y a la otra, otro. Así que las monjas, siguiendo la ley de educación ancestral, cuyo mantra principal era que la letra con sangre entra, le pegaban un coscorrón cada vez que se equivocaba. En el ensayo general, bajo amenaza de castigo y golpe, por los nervios, se equivocó, recibiendo el consiguiente tortazo de parte de alguna que otra monja con la mano muy larga.
De todos modos, el día de la primera comunión todo salió perfecto, por la cuenta que le traía al muchacho que, vestido de marinerito y de rodillas, muy repeinado a lo Marcelino, recitó el largo poema con dulce, angelical y rítmica voz, recibiendo el beneplácito del gordo obispo, que dijo a su madre que su hijo iba a ser el segundo Pemán.
Dioni ya estaba aprendiendo cómo se podía ganar dinero limosneando en el convento, por lo que fue recorriendo distintas iglesias y cenobios que ya le conocían, recitando el largo y complicado poema, recibiendo muchas propinas de las beatas y feligreses, así como dulces de algún que otro convento de monjitas pasteleras, sacándole cierto beneficio a tan arduo trabajo.
Cabe relatar que, en aquellos años de muchas carencias en el país, los americanos de la cercana Base Naval de Rota, de vez en cuando, traían en sus amplias rancheras caramelos, leche y comida para los niños del colegio, que luego las monjitas vendían en un quiosquillo que ellas abrían hasta que les duraba la mercancía, en vez de regalarla. En mayo, todos los días les vendían un clavel de plástico por un duro, que los niños en fila y al canto con flores a María depositaban en el altar mayor de la capilla. Poco después las monjas los retiraban y se los volvían a encasquetar al día siguiente, así durante los casi treinta y un días del mes. Estas cariñosas monjitas también tenían un amplio cuarto oscuro, para castigar a los más revoltosos, y los lunes servía como sala de cine, siempre ponían películas de santos o folclóricas, pero al precio de otro duro.
Estas almas de Dios también llevaron en una ocasión a todos los niños y niñas del colegio, con banderitas de España, a recibir a las afueras de Jerez al dictador Franco, en una de sus visitas a la ciudad.
Al no haber plazas en un colegio público cercano a su casa, Dioni fue matriculado posteriormente con su hermano, que era un año menor, en otro colegio privado, algo más alejado y más imbuido en el casco histórico. Se situaba en un vetusto edificio, algo insalubre para niños, con altos ventanales, pero sin ninguna iluminación natural y como único patio de recreo, la calle. El material didáctico se ceñía a unos largos y viejos pupitres, con su correspondiente agujero para el tintero de porcelana, que era rellenado de una mala y barata tinta hecha en el mismo centro. Como decoración, unos grandes mapas de España, uno político y otro natural, junto a una sempiterna vara siempre encima de la mesa del maestro para pegar a los alumnos revoltosos. En cuanto a los libros, una única enciclopedia, la franquista perteneciente a la editorial Rubio, que lo mismo hablaba de matemáticas, ciencia, política del régimen que de religión católica. El colegio era tan antiguo que los niños escribían con plumín, por lo que los exámenes duraban horas, al correrse la tinta una y otra vez, no siendo capaz ni el papel secante de eliminar la mancha producida. Cuando llegaban a casa tenían que pasar al baño directamente, pues llevaban tinta por todo el cuerpo.
El director, un gran simpatizante franquista, gran amante de dar collejas y utilizar la vara a menudo, enseñaba con técnicas muy arcaicas. Cantando, lo mismo hacía con la tabla de sumar del cuatro que con los ríos o las diferentes regiones. Todos los sábados los llevaban con enhiesta banderola y, en fila, a misa a la parroquia más cercana. Al final daban una charla patriótica y cantaban el Cara al Sol.
Más adelante sufriría un grave accidente que le haría recapacitar, cerrando el denostado colegio y acabando sus días ayudando al prójimo sin preguntar credo o tendencias políticas.
Para ir a este centro tenían que pasar por la llamada calle Rompechapines, la calle de las mujeres de vida alegre. A las cinco de la tarde, a la salida de clase, la calle bullía de vida. Allí estaban las meretrices de todas las edades, en las casas—puertas muy repintadas, sentadas alrededor de mesas camilla, mostrando al que se lo pidiera todos sus encantos. Mientras, los proxenetas esperaban apalancados en las esquinas o en una pequeña tasca inmunda, donde también entraban algunos clientes. Para esos años sesenta tan grises en el país, lo que allí sucedía desde la tarde hasta altas horas de la noche era como una feria. Hombres de todas las edades y clases sociales, incluso negros y americanos blancos de la cercana base naval. Una mezcla de razas muy rara en aquellos años, para un país autárquico y cuya única raza diferente a la blanca, era la gitana, marginada y solo apreciada en las fiestas de los llamados señoritos, que solo los aguantaban por el cante. Dioni, junto a su hermano y amigos, intentaban ver, a escondidas por las ventanas entreabiertas, muchas veces solo tapadas por amplias cortinas y visillos, que ellos separaban con cuidado para no ser descubiertos, a las prostitutas quitándose la ropa, para mostrar las bragas y sostenes de encaje a un supuesto cliente o lavándose sus partes íntimas en una palangana de porcelana. A continuación, muy nerviosos salían corriendo calle abajo a comentar la aventura entre sus amigos, sin comprender todavía por qué les excitaba la situación.
Ya en segundo de EGB pudo ir al primer colegio público edificado para ese cometido, con amplios campos de deportes, clases espaciosas, grandes ventanas y profesores titulados. En este nuevo centro, en el recreo, se daba a los niños una botella de un cuarto de litro de leche, pues los españoles de aquellos tiempos tenían complejo de ser los más bajitos de Europa, aunque Dioni se la regalaba a sus amigos, pues su madre lo había criado con leche condensada y no soportaba el olor de la de vaca.
Este colegio se encontraba a unos dos kilómetros y, para ir, tenía que cruzar toda la maraña de viejas bodegas con más de cien años. Eran calles y manzanas enteras dedicadas a estos caldos tan afamados. Mientras caminaba, Dioni iba absorbiendo el olor del mosto joven, del fino, de los diferentes olores, cremas e incluso del apreciado palo cortado.
Las calles eran un ir y venir de toritos con montones de cajas de botellas que se enviaban a todo el mundo, botas de roble rodando para trasladarlas de un sitio a otro. También tenían que salvar las enormes mangueras que, como el milagro de Caná, dejaban salir algún que otro chorrito de los ricos caldos por alguna que otra picadura.
A partir de cuarto, Dioni fue trasladado a otro colegio situado en pleno centro de la ciudad, en un viejo palacio Neoclásico del siglo XVII, que antiguamente haría de palacio de justicia, cuyo juicio más famoso fue el de la banda anarquista denominada «La Mano Negra» en tiempos de Alfonso XII. Algunos de los reos, no eran más que pobres jornaleros del campo, subyugados por los duros señoritos unidos a algún que otro maestro de escuela de ideas progresistas y antimonárquicos, siendo unos condenados a cadena perpetua, y otros ajusticiados a garrote vil en la antigua Plaza del Mercado, un sistema para ejecutar que el franquismo adoptaría posteriormente para dar muerte a sus reos. Tiene el mérito de haber sido el primer juicio en España con público.
Este colegio se situaba al lado del castillo y la mezquita almohade, por aquel entonces colegial y, actualmente catedral, la Alameda Vieja con sus jacarandas y pinos piñoneros gigantes, la plaza del Arenal con la monumental fuente central, obra maestra de Benlliure dedicada al dictador Miguel Primo de Rivera, nacido en la localidad, y la muy visitada bodega de González Byass.
Durante estos años, Dioni con sus amigos deambulaba por todos estos lugares e iba a la alameda a jugar y a escondidas de su familia, a pedir alguna que otra peseta a los múltiples extranjeros que visitaban la afamada firma vinatera, para con lo recaudado ir al quiosco a comprar caramelos a perra gorda.
Su tata trabajaba de recepcionista en la bodega, por lo que Dioni entraba y salía con cierta libertad de las instalaciones. De vez en cuando los trabajadores, que ya lo conocían, le regalaban botellines y merchandising, que en aquellos años solía darse con cierta generosidad. Solo tenía que tener cuidado con el dueño Mauricio González Gordon, uno de los grandes impulsores de la protección del coto de Doñana, que tradujo libros ornitológicos ingleses al castellano. Se fundó en esta bodega la Asociación Protectora de Animales Salvajes Adena para salvar el coto y la Hermandad del Rocío de Jerez de la Frontera.
CAPÍTULO 2. ANGELOTES DE RETABLO
Dioni y su hermano, a los que mucha gente confundía como mellizos, iban, con cuatro años, todos los días con su tata, beata donde las hubiera, a la misa de ocho y media. La hacían en un gran convento que era también seminario menor, donde todos los años entraban unos veinte chicos, de 14 a 18 años, para postular a dicha orden. Estos asistían en pleno con toda la comunidad a esa misa.
Los dos hermanos se sentaban en unas sillitas en primera fila y, allí, aburridos como ostras, como niños que eran, se dedicaban a pelearse o a maquinar travesuras, como remedar el rítmico sonido del golpe de los abanicos de madera en los pechos de las mujeres, la mayoría todas de negro, o al mismísimo prior, al que le tenían manía. A veces se quedaban dormidos, con el consiguiente empujón del despierto, que muchas veces acababa con él dormido por el suelo.
Todo ello contagiaba la risa a los postulantes y beatas. A todos menos al prior, que acababa dando una reprimenda a los jóvenes y hasta a la mismísima tata, gran benefactora del convento, a la que le pidió no llevarlos más a la iglesia.
Al final, el anciano fraile sacristán, tuvo la genial idea de ponerlos vestidos de monaguillos, como angelotes del retablo, ya que eran muy pequeños para otra labor, uno a cada lado, para que no se pelearan, detrás del prior y los demás frailes. De esta forma no hacían de las suyas ni interrumpían la sagrada misa.
Pronto empezaron a deambular por el antiguo cenobio, que constaba de la iglesia, una gran sacristía, recibidores para visitas, una zona del tesoro de la virgen titular del convento y un apartamento para el sacristán, que hacía las veces de guardés de toda la zona noble. También existía un gran claustro barroco con grandes sitiales encalados, que rodeaba un amplio jardín con una fuente central repleta de carpas de colores que en los sesenta, que eran muy raras de ver y daban al lugar cierto exotismo de árboles, mandarinos y naranjos dulces, así como gran cantidad de flores y plantas aromáticas.
En la planta baja se encontraba el refectorio, otros dos recibidores con grandes cuadros y muebles estilo Luis XVI, y la portería barroca. En el primer piso se disponían las celdas más lujosas, alrededor del precioso jardín. En esta zona residían los frailes que eran curas, con la enorme celda del prior y la gran biblioteca del convento. En el resto se distribuían otras celdas para legos y postulantes más humildes, con la zona de servicio, que constaba de una amplia cocina, donde la cocinera hacía delicias para el paladar de los monjes. También había una lavandería, un cuarto de costura y plancha, una gran nave como zona de recreo para la comunidad con televisión, billares, futbolines y un patinillo con un gran portón para la entrada de los víveres.
Además, había una imprenta a la antigua usanza, con impresión tipográfica, con muchas manchas de tinta, gran cantidad de letras metálicas, recortes de fotos y artículos y un gran olor a productos de revelado, procedente del cuarto utilizado para tal menester, creando una atmósfera de cierto desorden y caos en la que se imprimía la revista de la orden y otros trabajos religiosos para parroquias y otros monasterios de la ciudad.
CAPÍTULO 3. LA CASA DE LA ABUELA Y EL PUEBLO
En cuanto tenía vacaciones, fuese verano o navidades, salvo en Semana Santa, su madre les mandaba a él y a su hermano a casa de su abuela. Estaba en un pueblo rural de unos 14.000 habitantes, tenía una gran iglesia barroca rodeada por casas nobles y calles asfaltadas. Alrededor del centro histórico se situaban otras calles terrizas con humildes chozas de techos de bayunco, planta que crece en los humedales, y humildes paredes de tierra vastamente encaladas. Estas viviendas se dividían por la mitad, sirviendo una como salón cocina y la otra como dormitorio, donde se apilaba toda la familia para dormir con luz de carburo. Estas calles tenían un desagüe en medio, en el que las mujeres tiraban las aguas sucias. No había agua corriente, tenían que ir a comprarla con cántaros a los depósitos —los bombitos— de agua, tirado por dos o tres mulas, que la sacaban a cubos de un pozo a unos cinco kilómetros del pueblo. La basura se recogía también con carro de mulas que, por estar el pueblo en un cerro, era habitual que estos animales estuvieran más tiempo en el suelo que en pie, sobre todo en invierno, ya que con las lluvias y el suelo arcilloso se montaba tal barrizal que los animales y las personas a menudo resbalaban por las pronunciadas pendientes.
La casa de su abuela se dividía en dos grandes edificios con dos plantas, separados por un patio con aljibe. La zona más noble daba a una pequeña calle que desembocaba en la plaza central, llamada la del Castillo. Tenía dos grandes puertas: una era para la entrada de la familia, que daba paso a un gran salón y la otra a una tienda que ocupaba la otra mitad, donde se vendían desde alpargatas, legumbres, dulces, café que se molía en dos molinillos antiguos, así como las mercancías se pesaban en pesos del siglo XIX y, si estas superaban la capacidad de estos, se utilizaba la romana, instrumento antiquísimo para medir el peso desde época de los romanos. Allí se vendía casi de todo.
En el salón se abrían tres huecos a modo de puertas. Una daba a un gran dormitorio con tres camas para las mujeres, otra era la de la tienda y la tercera la de la cocina, que hacía a veces de sala de estar, donde por las noches se celebraban largas tertulias con familiares y amigos.
La cocina conectaba con un patio en el que había otra gran habitación que tenía otras tres camas para los varones, con un lava—maní sin agua corriente ni desagüe, con una cubeta que había que tirar una vez llena.
En el patio se situaba el servicio de los llamados de pozo ciego al no haber alcantarillado, rodeándose de arriates con todo tipo de plantas, muchas de ellas aromáticas, que en verano se liaban en unos alambres a modo de techo para dar sombra.
El segundo cuerpo era la cuadra con una humilde puerta-el postigo-donde se tenía, normalmente, tres mulos y dos caballos, así como cuatro o cinco podencos, e igual número de galgos, pues a todos sus tíos les gustaba la caza de la liebre con este tipo de cánidos.
Los pisos de arriba,que llamaban los sobraos, se dedicaban al almacenaje de los productos del campo, colocándose en la zona noble lo de más valor, como los garbanzos, los granos de avena, cebada o trigo para el ganado o la venta, melones, tomates, cebollas, ajos… Muchos de estos productos, sobre todo los hortofrutícolas, se colgaban de las vigas hechos racimos, para su mejor conservación.
En el de la cuadra se tenía la paja y aperos de labranza, así como el utillaje para enganchar las bestias a los carros, arados y demás maquinaria para el trabajo del campo.
Justo al lado había otro solar con choza, que hacía las veces de gallinero, donde se criaban gallinas, pavos, pollos, patos y, a veces, corderos a biberón, de los que nacían mellizos en las piaras de ovejas de la marisma, donde uno de ellos se le quitaba a la madre para que el otro tuviera más posibilidades de sobrevivir y los pastores que no perdían el tiempo dando de mamar a mano los regalaban.
Dos calles más abajo, poseía su abuela tres fanegas de tierra que ocupaban la mitad del cerro, todo vallado de chumberas de múltiples especies, como las reales, que medían más de siete metros de altura y daban chumbos gordísimos, malagueños… Así como grandes higueras, alcaparras, olivos de diversas variedades de aceitunas. Además, se sembraban habas, alcachofas, lechugas y otros productos de la huerta.
También tenía una vaqueriza para unas treinta vacas de leche y sus novillos. Una cochiquera para cerdos, utilizada conjuntamente para engordar los corderos. Estos animales cuando se hacían adultos se les llamaban borregos, llegando a poseer unas cuernas muy respetables. Sus tíos más jóvenes, que eran aficionados al toreo, practicaban con estos animales que llegaban a embestir como verdaderos toros bravos, algo que para los niños era peligroso. Una vez Dioni, junto a varios de sus primos, fue a ver el nacimiento de un potro y uno de los borregos embistió a uno de los mayores que se hizo el valiente, dejándolo varios días sin poder sentarse.
En esta finca, contaba siempre su abuelo, que podía haber un tesoro y, efectivamente, en los años ochenta, el ayuntamiento desmontó el vallado de chumberas que ocupaba casi dos kilómetros lineales por problemas de salubridad, apareciendo según la gente una virgen de piedra, que en realidad era una diosa íbera, que ahora se encuentra en el museo arqueológico de Sevilla. Por este motivo, la Universidad de Sevilla empezó unas excavaciones, apareciendo varios estratos desde Íbero, Tartésico, Turdetano y Romano.
A partir de aquí se hicieron catas en varias zonas del término municipal, descubriéndose muchos más restos arqueológicos, sobre todo, varias villas romanas, declarando el yacimiento de la abuela de interés histórico-cultural de Andalucía, registrándolo con el nombre de Cerro Mariana en su honor.
Su abuela también tenía varias fincas de cultivo de riego, donde se sembraba algodón, remolacha azucarera y trigo, entre otras muchas plantaciones.
CAPÍTULO 4. VACACIONES DE INVIERNO DE LOS 4 A 11 AÑOS
Como hemos apuntado ya, Dioni pasaba sus vacaciones en casa de su abuela. Las de verano e invierno. Las últimas coincidían con Navidad. Él y su hermano se iban justo al terminar las clases y regresaban a la ciudad después de los Reyes Magos.
Nada más llegar, antes de nada, visitaban a todos los animales en las vaquerizas, cerrados y el gallinero. Una de esas veces, en la que Dioni tenía unos cinco años, fue a ver el gallinero donde, sin él saberlo, habían criado ese año un gallo de pelea y, una vez dentro, el ave atacó al chico, clavándole los espolones en las piernas desnudas, pues vestía pantalones cortos, corriendo detrás del niño que, en vez de correr en línea recta, muy asustado como se encontraba, lo hacía en círculos, sin poder escapar del lugar. Menos mal que una prima, que era quien lo cuidaba, entró a tender la ropa, espantando al animal, que ya le había producido varios rasguños sanguinolentos.
Por estas fechas del año, al llover mucho, las labores del campo se reducían al mínimo, por lo que la vida se hacía más en el pueblo y en la casa, arropado por una copa de cisco y picón, un producto refinado, procedente del carbón vegetal, sobre todo de los restos de la tala de los olivos e incluso de las ramas del algodón, utilizado para calentarse del frío. Se encendía al atardecer y se mantenía hasta altas horas de la noche.
Aquí se reunían con su primo, que tenía la misma edad que ellos dos, formando los tres un grupo bastante travieso.
Las tareas diarias por estas fechas se reducían a dar de comer al ganado, limpiar las cuadras, recoger algunos productos de la huerta y ordeñar las vacas, para posteriormente vender la leche directamente en la cocina, donde tenían el cubo con unas medidas de cuarto, medio y un litro, que hacía que la casa siempre estuviera llena de vecinos que venían con sus lecheras a comprar. Si sobraba un poco de leche, su abuela hacía queso fresco, un proceso que comenzaba con echarle el cuajo,dejarla reposar al sol, vertiendo posteriormente la leche cuajada en los moldes de esparto, que se colocaban sobre una alargada madera estriada donde se separaba el suero de la parte sólida. Después de un fuerte amasado se recubrían de bastante sal gorda, dejándolos madurar varios días en una zona fresca y oscura de la estancia.
En la ganadería tenían un toro semental, al que casi todos los días llevaban a pastar a una finca colindante y con el que Dioni jugaba a columpiarse de los cuernos y a darle tiernos brotes de hierba o zanahorias. . Dioni montaba sobre su musculosa espalda mientras su primo tiraba de una soga atada a una argolla que tenía en las fosas nasales. El animal aceptaba estoicamente las travesuras del chico sin mostrar ninguna conducta peligrosa, a pesar de sus casi 600 kilos y su fuerte cornamenta.
Pero, un día, su abuela fue a retirarle unas espuertas, que eran unos recipientes de goma que se utilizaban para transportar la paja o el grano y dar de comer a los animales, cuando, sin avisar, el toro le atacó, embistiéndole con gran violencia. Abriéndole el abdomen en canal, estuvo a punto de matarla, por lo que la llevaron con suma urgencia a la capital para operarla lo antes posible.
El toro, después de este suceso, fue mandado al matadero, con gran llanto y disgusto del muchacho, que le tenía mucho cariño.
En la estancia de las vacas había también una burra algo vieja y maliciosa, a la que los tres primos montaban y le hacían correr. Esta actividad, no muy del agrado del viejo asno, hacía que esta acabara dando pingos —que eran saltos incontrolados de los cuadrúpedos, para señalar cambios de tiempo o quitarse alguno indeseado de encima— y hacía que los tres primos acabaran casi siempre rodando por los suelos. Tal era la violencia con la que saltaba el rucio que, al primo, en una de esas veces, le rompió una pierna.
Por esos mismos días se permitía la caza de la liebre, por lo que acompañaban a sus tíos y primos mayores. Esta era una actividad muy del gusto de los chicos, que se levantaban muy temprano y muy nerviosos, por poder pasar un día en el campo montados en las bestias, viendo a los perros trabajar.
En este tipo de caza eran primero los podencos los que buscaban los rastros de las liebres, mientras que ellos montados en las mulas y caballos iban auscultando el terreno concienzudamente, ya que los lepóridos se escondían en los llamados encames, que no son más que unos pequeños huecos en la tierra que, junto al color mimético de estos animales, impedían su correcta localización. Eran nocturnas y al alba se iban a sus encames, antes de echarse, para cortar el rastro de su olor y dificultar a los podencos su localización, daban varios saltos hasta llegar al sitio donde iban a dormir ese día, prefiriendo casi siempre los terrenos arados, y se colocaban con la cabeza mirando hacia un camino, ruedas de tractores o terrenos sin obstáculos, para coger más velocidad en la huida. Además, les gustaba que los correderos acabasen en un perdedero, una zona de gran espesura herbácea o forestal, donde poder engañar a los galgos, con menos visión y maniobrabilidad en la carrera. Algunas aprendían a meterse en agujeros o correr entre troncos y vallados para que los lebreles tuvieran más problemas para alcanzarlas.
Una vez se descubría a la liebre, los podencos más lentos corrían ladrando detrás de ellas para avisar a los galgos, los verdaderos velocistas que eran los que las atrapaban si podían, ya que estos animales pueden alcanzar los 50 kilómetros por hora.
Al mediodía paraban para comer y comentar las diferentes carreras, si las había, pues algunas veces volvían de vacío.
Los más pequeños se dedicaban a observar los animales salvajes como los conejos, aves de todo tipo, meloncillos o zorros. También había días que los pasaban jugando por el gallinero o las vaquerizas, siempre pensando en hacer alguna nueva travesura.
Su abuela, nada más llegar, les compraba unas botas de agua a los tres, ya que sabía que se iban al campo a meterse en los arroyos. Así, muchas veces las perdían y, otras regresaban llenos de cieno, recibiendo su consiguiente castigo y varios baños para eliminar la mugre.
Algunos días nacían potros, terneras, perritos, gatitos o aves, algo que los mantenían casi siempre ocupados, por ir a ver a los recién nacidos. Las terneras se retiraban de las madres al momento de nacer, para aprovechar la leche, dándoles a las crías lacto reemplazantes en cubos, puntualmente, a las horas de las tomas, los becerritos venían corriendo y mugiendo llamando al que se dedicaba a darles la comida como si fuera su verdadera madre. A las galgas, para que no perdieran agilidad, se les retiraban los cachorros recién nacidos y se le ponía a una podenca, que hacía las veces de nodriza y los aceptaba como sus verdaderas crías. En cuanto a los pollitos, procedían de los huevos de las gallinas domésticas, que su abuela iba reuniendo, de las que se quedaban chuecas, estado reproductivo de las gallináceas, que en ese momento se dejan montar por el gallo para fecundar el embrión. Cuando reunía más de treinta los depositaba en un nido, para que una pava, que debido a su envergadura podía criar de 20 a 40 pollitos en una nidada, en estado reproductivo los incubara, una vez nacidos, los trataba como si fueran suyos, cuidándolos y buscándoles comida.
Los niños hacían muchas travesuras, pero quizás una de las más graves, fue echar guindillas a las copas de cisco y picón que casi matan a su abuela, pues el chile al calentarse transmite al aire mucho picor, difícil de soportar, produciéndole casi la asfixia.
Una de las actividades que más les gustaban de esta temporada, era hacer los dulces navideños, su madre y sus tías, junto a la abuela, pasaban una noche entre masas, aceites, manteca, miel, azúcar y anises, cocinando pestiños, tortas de manteca y roscos, para posteriormente llevar las tortas a un horno de leña, perteneciente a una panadería de unos amigos.
En Nochebuena venía toda la familia y se pasaban toda la noche comiendo, bebiendo, cantando y bailando. La cena se componía de muchos dulces, embutidos y bebidas, pero, sobre todo, algunos pavos o pollos, todos criados en casa, que su abuela por la mañana elegía en el gallinero por su gordura. Los mataba con gran destreza y, mediante inmersión en un cubo con agua caliente, los desplumaba para posteriormente hacerlos en salsa, en los hornillos de carbón.
En unas tierras de uno de sus tíos, existían unas salinas con vegetación de marisma, conformadas por unas cuatro o cinco lagunas poco profundas, de agua muy salada. Sus tíos cuando algún mulo o caballo cojeaba, los llevaban a este lugar y les masajeaban con el barro, que, según decían, tenía propiedades curativas. En la orilla se concentraban miles de peces de pequeño tamaño, de especies autóctonas peninsulares, que ahora están protegidas, pero por aquellos años no. Los Aphanius, en la que los machos de gran belleza presentaban coloración azulada, rayas y grandes aletas. Era tal la cantidad de peces que había, que los cogían solo con sumergir un cazo, para luego meterlos en un acuario. Años después abrieron una fábrica cerca, esta desaguaba sus aguas tóxicas a las lagunas, matando toda la riqueza faunística, sobre todo los peces, pues les afectaba mucho la contaminación.
En otras ocasiones, de forma interesada, iban los tres a visitar a sus tías y primas que siempre les daban algún dinerillo que gastaban con premura en el quiosco más cercano. Como sus tíos no creían por aquel entonces en los bancos, escondían el dinero por la casa, en pequeños paquetes de papel de estraza, por lo que los tres organizaban un comando de búsqueda y, si encontraban un paquetillo, algún que otro duro cogían para sus chucherías, sin apurarlo demasiado, para que no se dieran cuenta y así poder continuar la búsqueda de otros escondidos incautamente.
También formaban una patrulla de asalto y atacaban a otros grupos de niños que merodeaban por los alrededores.
Así, entre juegos y travesuras, pasaban las Navidades, muchas veces amargando a su abuela, padres y tíos, que tenían que enviar, más de una vez, a los primos más mayores en su búsqueda, pues los juegos hacían que no midieran el paso del tiempo.
Entretanto, se preparaba el fin de año, otra fiesta familiar, casi con el mismo esquema, solo que en esa noche se comían las uvas.
Sin embargo, la última celebración era la más esperada por ellos, la noche de los Reyes Magos. Esa noche, después de la cabalgata, se acostaban muy temprano los tres juntos para levantarse de madrugada. Al ser una casa muy grande, los juguetes los escondían sus padres por todas las estancias, teniendo que encontrarlos uno a uno. Al finalizar, una vez reunidos todos los regalos, se pasaban el día jugando hasta la noche y no era nada raro que algunos de los juguetes no llegasen en buen estado al final del día.Mientras, en las largas tardes y noches de invierno, se organizaban tertulias entre familiares y vecinos al calor de la mesa camilla, en la que se contaban viejas historias, se comentaban las labores del campo o cómo se estaba presentando la caza ese año.
Uno de estos años que habían recibido los Reyes en Jerez, sus padres decidieron ir a recogerlos al pueblo. A su padre le gustaba conducir de noche, por lo que salieron tarde a la carretera en pleno invierno, en una noche muy oscura. A mitad del camino vieron unas potentes chispas a lo lejos, por lo que el progenitor aparcó en el arcén, pensando que había ocurrido un accidente. En pocos segundos vieron como algo parecido a una estrella de luz se aproximaba sin rumbo fijo colisionando con su coche, que quedó siniestro total y que generó un gran caos de hierro, sangre y gritos de dolor.
Lo sucedido fue que, a unos cientos de metros, un coche de gran cilindrada había chocado con un hombre montado en una burra que llevaba atados dos mulos. Este, para no cruzar tan tarde el río, lo intentó vadear por el puente de la carretera, a plena oscuridad, con la mala suerte que, en ese momento, también en dirección contraria, circulaba un vehículo, que chocó con el grupo de animales. Por lo visto, se supo después en la investigación, que el del burro se escapó con una pierna rota a lomos del rucio, abandonando los otros dos équidos atropellados.
Los dos mulos muertos fueron arrastrados por el asfalto, hasta impactar contra el coche de la familia de Dioni.
En el aparatoso accidente, además de los animales, dos señoras salieron despedidas por la luna delantera del coche, quedando inconscientes, tiradas sobre el duro pavimento, entre ríos de sangre provenientes de las bestias y de las mujeres, que quedaron destrozadas y, una de ellas, inválida para siempre.
De su familia, dos miembros sufrieron rotura de pierna, y la madre le clavó los dientes en la cabeza a un bebé que llevaba en brazos. A Dioni, que se había puesto las gafas para leer las instrucciones de un juego de mesa, se les clavaron alrededor de los ojos, saliéndole sangre a borbotones, por lo que, al estar cubierta por una abundante hemorragia, parecía que se le había destrozado todo un lado de la cara.El chico fue llevado al hospital más cercano para curarlo, ya que tenía una gran herida al lado del ojo. Una vez lo habían preparado para suturar, unos jóvenes alumnos de medicina, de broma, empezaron a enseñarle objetos punzantes y grandes agujas, por lo que una vez el cirujano quiso empezar la operación con anestesia local, Dioni se levantó de la mesa de quirófano dando patadas y puñetazos sin que nadie pudiera contenerlo. Tuvieron que llamar a su madre, hermanas e incluso al cura, decidiendo finalmente dejar la intervención para el día siguiente, debido al estado de nervios del muchacho, que no hacía caso a nadie.
CAPÍTULO 5. TERTULIAS (I)
En las largas tardes y noches de invierno, o en las calurosas del verano, en casa de la abuela se reunían tíos, primos y algún vecino. Se organizaban tertulias donde se trataban una gran variedad de temas, como los trabajos del campo, la evolución de los sembrados e incluso pequeñas historias que sucedían a los participantes o a las gentes del pueblo.
Uno de los temas más recurrentes, que siempre aparecía en las conversaciones, era sobre los sucesos acaecidos en la guerra civil española, vivida por la mayoría de los presentes. Contaban que durante la Segunda República, su abuelo, que se consideraba apolítico, una forma de ocultar que era de derechas, había trasladado a toda la familia a vivir al campo, quitándolos de la vida revuelta del pueblo. En esta población, como ocurrió en tantas otras, se formaron las brigadas populares, para defender al estado constitucional frente a los golpistas en 1936.
Según su familia, cuando se hallaban trabajando en el campo, fuese segando, cargando carros de grano, trillando o dando de beber o comer al ganado, estas brigadas aparecían y, a golpe de fusil, les obligaban a dejar las labores, argumentando que todo ciudadano debía ponerse al servicio del pueblo.
También contaban cómo habían asaltado el cuartel de la guardia civil, teniendo todos los policías que huir, tirando los colchones al pozo y quemando el edificio hasta los cimientos. Al cura del pueblo le pusieron una jáquima, que era una cabezada para los burros y mulos, llevándolo del cabestro al pilón, donde abrevaban los animales, obligándole a beber como si de un asno se tratara, para luego hacerle renegar de su dios, pisando y escupiendo un crucifijo.
Una vez venció el golpe franquista, según la gente, el cura, con fusil en mano, se vengó de tal afrenta con mucha frialdad y ganas de venganza.
O como a una familia terrateniente vecina, dichas milicias les entraron varias veces en su casa y al cortijo, poniéndoles de rodillas y encañonándoles a él y a su familia. Otro que, una vez ganada la guerra por los fascistas, buscó a cada uno de los que les amenazaron y, a ritmo de pasodobles, interpretados por una banda de música contratada para tal ocasión, fue junto a su familia eliminándolos uno a uno.
Así de descabellada fue la guerra civil española que, hasta algunos tíos o vecinos, empezaron luchando en el bando republicano y acabaron en el franquista, pues el pueblo inculto estaba vacío de ideología y lo único que deseaba era que acabase pronto aquel enfrentamiento, ganase el que ganase. Siendo la guerra fratricida más deseada en las grandes ciudades, que en el pobre mundo rural.
A la imagen del nazareno de la localidad de cabellera natural, las brigadas populares le quitaron la peluca dejándolo calvo, alegando que así se parecía a Lenin, al grito de que Jesús fue el primer comunista. Aunque la talla fue objeto de burlas, se libró de las llamas, que en esos tiempos estaban devorando iglesias, conventos y santos, debido al posicionamiento de la Iglesia católica en contra de la Segunda República Española. De hecho, su madre contaba cómo el convento, donde Dioni fue monaguillo en Jerez, fue asaltado y quemado por completo, tirando todos los altares y santos a la calle, para luego prenderles fuego. Teniendo que esconder a la virgen titular en un cajón, debajo de las escaleras de la casa de una devota. Pudiéndose salvar la corona de oro, desmontándola pieza a pieza y repartiéndolas por todos los demás conventos de España, mientras los frailes huyeron a toda prisa para salvar sus vidas. Pues esta orden se había señalado mucho en sus sermones en contra del gobierno legítimo.
En las tertulias relataban cómo entraron las fuerzas rebeldes en el pueblo, a las que se opusieron unos pocos brigadistas sin ningún tipo de efecto, solo defendidos con unos cuantos fusiles, alguna escopeta de caza y unas pequeñas barricadas hechas con débiles muebles traídos de sus propias casas. Enfrentados a un ejército bien pertrechado de soldados, cañones y tanques, pues se trataba de una columna mandada desde Sevilla por Queipo de Llano para conquistar las grandes ciudades gaditanas como Jerez, Cádiz, San Fernando y otras. Ante tal fuerza de guerra, la pequeña localidad, como otras colindantes, rápidamente cayó en manos de los militares sublevados, sin casi derramamiento de sangre. Fue posteriormente cuando muchos vecinos de derechas se fueron vengando dando chivatazos, apareciendo un día sí y otro también algunos grupos de fusilados en el paredón, situado frente al postigo de la casa de la abuela, incluido el alcalde republicano. Cadáveres que, al dejarlos tirados en plena calle, antes de ser devorados por alimañas, eran recogidos casi a escondidas por sus familias, para no ser acusados ellos también de rojos, sin posibilidad de ser enterrados dignamente, e incluso muchos que eran más católicos que revolucionarios, sin el responso de un cura.
De hecho, uno de los primos terceros, algo borderline, sin ninguna afinidad política, que tenía recogido su familia, un día que estaba cavando en una finca, harto del trabajo, sin mediar palabra, en un arrebato, tiró la azada, salió corriendo por medio de los campos, para irse, según él, a buscar mejores condiciones de vida. Apareció muerto de un tiro en un olivar, teniendo que recogerlo su abuelo e hijos, cargarlo en una mula y darle sepultura sin más. En esos tiempos de purgas, grupos de fascistas armados patrullaban los campos en busca de refugiados que huían de los ganadores de la contienda, disparando alegremente, sin hacer casi preguntas a todo el que anduviese solo, si no se paraba urgentemente, cuando era requerido por estas milicias que respondían más a intereses creados, que a unas verdaderas ansias de buscar a los que para ellos eran los verdaderos culpables de la contienda.
Otro de sus tíos, que cantaba muy bien flamenco, contaba cómo, cuando estuvo en el frente de Granada, lo mandaron a la radio para entretener a los soldados con sus canciones. Todos tenían una historia personal que relatar.
Dioni preguntaba intrigado a todos sus tíos si habían matado a alguien en las diferentes batallas, a lo que ellos respondían que no lo sabían, pues tiraban sin fijar blanco alguno.
Otro de los primos, que vivía en un barrio obrero del centro de Málaga, capital en 1931, relataba como el 10 de mayo, sus vecinos tocaban a las diferentes puertas, al grito de vamos a quemar los conventos, templos y las imágenes de los ricos, para que todos los obreros se sublevaran atacando a la iglesia, cuya jerarquía eclesiástica se había posicionado mayoritariamente en contra de la proclamación de la república. Según el primo de Dioni, él capeó como pudo a los exaltados vecinos, no colaborando en tales asaltos, pero sí veía desde sus ventanas las columnas de humo de los diferentes conventos e iglesias ardiendo durante dos dantescos días y cómo en una plaza, a la que daba sus ventanas, en la que había un gran templo con varias hermandades de Semana Santa, habían formado un gran montón con restos de retablos, bancos de iglesias, confesionarios e incluso las veneradas imágenes a las que los asaltantes habían rezado más de una vez, para seguidamente prenderles fuego, ardiendo, junto al monumental edificio, todas las obras de arte atesoradas durante siglos. Todo ocurría, sin que el ejército comandado por el gobernador militar hiciese algo para impedirlo, como en otras grandes ciudades, inactividad algo sospechosa que todavía no se ha aclarado lo suficiente. Los curas, monjas y frailes tuvieron que huir, a los que pudieron coger los mataron sin contemplaciones.
Él continuaba animando la tertulia, con sus duras, pero interesantes experiencias, de cómo Málaga, al no entregarse sin oponer resistencia, fue duramente bombardeada por la aviación fascista y cómo junto a su familia, muchas noches, tenía que refugiarse en los campos cercanos, resguardándose preso del pánico en huecos de árboles, cuevas y demás accidentes geográficos, por temor a que su casa fuese alcanzada en el brutal bombardeo, para, por la mañana, regresar a una ciudad cada vez más destruida y arruinada.
Una vez rendida la capital de la Costa del Sol, muchos de los vecinos, señalados como comunistas o socialistas, tuvieron que huir apresuradamente, pues ya conocían de sobra como eran las brutales represalias del ejército sublevado, contadas por los muchos refugiados que habían llegado huyendo de Andalucía Occidental. Saliendo por la zona del Palo, para recorrer los más de cien kilómetros que los separaban de la todavía republicana Almería, a este éxodo se le llamó «la desbandá». Cientos de hombres desarmados, niños, mujeres y ancianos con sus pírricas pertenencias, andando por las entonces solitarias playas, formaban esta larga columna, sin ninguna posibilidad de defensa, ante la persecución por tierra del ejército golpista, desde el aire, por las bombas lanzadas inmisericordemente desde los aviones cedidos por el fascista italiano Mussolini y la Luftwaffe alemana, así como desde el mar por los barcos también mandados por Hitler para ayudar a los franquistas. Viviendo un verdadero infierno en su huida al levante español, sin comida ni casi agua, solo con unas inmundas alpargatas hundidas en las arenas que más tarde se convertirían en un paraíso vacacional, teniendo incluso que dejar tirados los cuerpos de los familiares y amigos
muertos por los incesantes bombardeos, pues detenerse era,
posiblemente, caer en manos del cruel enemigo.
O cómo La República, ante la falta de efectivos para el ejército, por la cantidad de bajas producidas después de años de guerra, obligó a alistarse a los jóvenes a partir de los dieciséis años, la llamada quinta del biberón. Un tren partió de Cádiz, parando en todos los pueblos con estaciones en las que iban recogiendo a estos soldados, que no eran más que niños asustados. Mientras, sus madres desesperadas, gritando y llorando desgarradoramente, se tiraban a las vías para que el tren no partiera, teniendo que ser arrastradas por los militares, que las apartaban del fatal destino de sus muy queridos hijos.
Su tata, que muchas veces se iba al pueblo con ellos, a la que Dioni quería mucho y consideraba una buena persona, decía que si no hubiese vencido el levantamiento, ella estaría en una lista negra para ser arrastrada de los pelos por las calles de Jerez por falangista y beata. Quizás, confundida por sus correligionarios o por la iglesia a la que asiduamente asistía, se había posicionado del lado de los genocidas y subyugadores de la sociedad durante más de cuarenta años, motivo que embargaba de una inmensa tristeza a Dioni, cuando más adelante descubrió la verdad de su error.
Otro primo, un comprometido y excelente profesor de la república, muy comunista, contaba en voz baja, como si las paredes tuvieran oídos, cómo fue represaliado en una cárcel de Burgos, siendo condenado a muerte por haber defendido el estado de derecho. Y, cómo fue indultado de pura suerte, pues ese mismo día, desde el que era válido el indulto aprobado por el dictador Franco, iba a ajusticiarlo en dicho centro penitenciario, donde se hallaban cientos de presos políticos a la espera de la pena de muerte, por haberse opuesto al golpe de estado militar y a su gobierno dictatorial. Situaciones que a la infantil mente del niño le costaba mucho comprender en esos momentos. Aunque su primo, el inteligente profesor, se obstinaba en su discusión contra todos los supuestos apolíticos asistentes a la tertulia argumentando con pelos y señales que él había luchado por la dignidad y la libertad del ser humano, defendiendo que la Guerra Civil Española no fue nada más ni nada menos que un triste y burdo ensayo de la Segunda Guerra Mundial y que si las democracias occidentales no hubiesen dejado abandonada a la democrática Segunda República, probablemente el fascismo no se hubiera visto con las manos tan libres para invadir otros países europeos y causar los millones de muertos y la destrucción de casi toda Europa, incluida España.
Una vez acabada la contienda, a las mujeres republicanas les rapaban la cabeza, teniendo que ir descubiertas para servir de escarnio público. La población al completo estaba obligada a ir, como mínimo, todos los domingos y fiestas de guardar a misa, si no eran amonestados.
Después de tanto horror y tantas depuraciones, vino el hambre, años de sequía o de mucha lluvia, que hacían perder las cosechas o se morían los animales por falta de alimentos o agua.
La familia de Dioni, al tener tierras y animales, no pasaban hambre, pero los jornaleros que malvivían en las mugrientas chozas, junto a sus familias, sí, e incluso eran pasto de múltiples enfermedades como la polio, desnutrición, tuberculosis y, por supuesto, todo esto junto con las cabezas llenas de piojos.
El gobierno franquista, acosado por la hambruna del país, obligaba a los agricultores a entregar casi toda la producción, solo se podían quedar con la maquila, parte que les correspondía por la cantidad de grano entregado al estado, que no era suficiente para dar de comer a la familia y agregados, teniendo que esconder el trigo para el pan en diversos sitios, como los pajares. A medida que los iban haciendo, metían sacos llenos de cereales en medio, que sacaban al mismo ritmo que retiraban la paja para el ganado. Muchas veces, según contaban, las mismas autoridades inspeccionaban las casas más pudientes, arramblando con toda la comida que encontraban, desde aves, hasta cerdos, garbanzos o trigo. Por lo que los vecinos se avisaban unos a otros, pasándose incluso los cerdos vivos de patio en patio para salvar los víveres familiares.
Era tal la hambruna en España, que la población estaba a punto de una nueva revolución, teniendo en cuenta que todos los países democráticos le habían dado la espalda al régimen dictatorial. Solo Eva Perón visitó en esos momentos España, en contra de las demás naciones, mandando barcos con alimentos, para paliar tanta hambre y ayudar así a la dictadura a resistir ante los revolucionarios y la sociedad internacional.
CAPÍTULO 6. TERTULIAS (II)
Aunque Dioni conoció a su abuelo, que murió casi a los cien años, sus recuerdos eran muy vagos, teniendo que recurrir a lo que le contaba su familia, a los que preguntaba mucho sobre él.
El abuelo era un hombre del siglo XIX, de hecho, parecía anclado en ese tiempo más que en el XX. Era de carácter introvertido, poco hablador, pero muy amante del campo y de los animales.
Su abuelo le enseñó a usar la honda, que era un arma antigua de cuerda con una zona más amplia en medio, donde se deposita la piedra y con un movimiento circular del brazo, cuando cogía fuerza, se soltaba uno de los cabos, y la piedra era lanzada lejos con gran precisión y violencia, aprovechando la fuerza centrífuga. Este la manejaba con mucha destreza, ya que la había aprendido a utilizar en su pueblo de nacimiento, en la sierra de las Nieves rondeña, hacía muchos años.
Según contaban, su bisabuelo había poseído un trabuco, escopetón que se utilizaba hasta el siglo XIX en España, teniéndose que cargar con pólvora y una bala de plomo, con el que se buscaba la vida por la serranía ejerciendo el estraperlo, ese comercio ilegal de algunos productos, con impuestos muy altos y bastante escasos en el país por esos tiempos, como café, azúcar y tabaco fundamentalmente. Otra de sus actividades consistía en esconder por el escarpado y selvático terreno, que conocía como la palma de su mano, a todos los prófugos de la justicia que se echaban al monte para huir de esta. La mercancía que vendía la trasladaba sobre burros que eran capaces de sortear los estrechos y empinados caminos serranos. Él conocía a la perfección este paisaje montañoso, con gran cantidad de bosques y cuevas, difíciles de localizar para los no nacidos en la zona. Incluso el ejército cuando se empeñaba en buscar a algún forajido o hacía campaña para librar de delincuentes la comarca, fracasaba al no conocer con cierta exactitud los vericuetos de tal
serranía.
Posteriormente, se trasladaron a vivir a Estepona, donde su padre fue maestro de escuela y él, sacristán de la pequeña parroquia del minúsculo pueblo.
Era tal la miseria que había en Andalucía, y en especial en esa zona de sierra y costa, que contaba cómo con un hermano, tuvo que ir andando, comiendo lo que le daban a su paso desde el pueblo hasta Málaga, para tallarse, que consistía en acudir al centro de reclutamiento provincial, donde los muchachos eran medidos, pesados y debían declarar si tenían algún problema de salud, para al año siguiente ser llamados a cumplir el servicio militar obligatorio. Contaban cómo en los casi más de cien kilómetros recorridos, solo encontraban pequeños cortijos y una Marbella compuesta solo por su casco antiguo, con una pequeña población dedicada casi por entero a la pesca. Era otra época y otros paisajes.
En la serranía y en la costa, por aquellos años, sobre 1900, se pasaba mucha hambre y las gentes de los pueblos de esta zona se reunían en cuadrillas, casi siempre familiares, para trasladarse los veranos a la campiña gaditana o sevillana a cosechar, sobre todo a la siega del cereal.
Fue así como consiguió trabajo en una villa, donde conoció a una chica de buena posición económica con la que se casó por primera vez, ya que pasó por la vicaría dos veces más, pues, en esos años, la muerte en el parto era muy frecuente y, al tener que criar a los hijos los hombres, se veían obligados a casarse rápidamente de nuevo.
Aquí, en este pueblo sevillano, vivió hasta que murió, sin querer volver más a su tierra natal. Solo se podía reconocer su naturaleza de serrano malagueño por su afición al gazpachuelo, plato típico de la provincia de Málaga, que no se consume en la de Sevilla, y a las chumberas que, como un coleccionista moderno de cactus, a lo largo de toda su vida llegó a cubrir dos kilómetros lineales con casi todas las especies conocidas de esta planta, algunas de casi siete metros de altura, con tallos como troncos de grandes árboles, entre las que no faltaban las de su tierra, las malagueñas.
Le encantaba la huerta, plantar su tabaco para liar y todo tipo de animales. Desde los caballos, mulos y burros, poseyendo unos veinte. También tenía varias yuntas de bueyes, unos animales que se ataban juntos, para arar o tirar de los carros. Una gran piara de cerdos y vacas que compró con un premio que le tocó en la lotería nacional.
De hecho, dos de los recuerdos que el niño conservaba de él tienen mucho que ver con todo esto. Uno era en el invierno de madrugada, sentado en la copa con una cesta con más de 30 pollitos, a los que daba calor colocándolos debajo de la enagua de la mesa camilla, junto al caldero que contenía el cisco-picón, además con gran paciencia les introducía por los picos un grano de pimienta, que, según él, les ayudaba bastante a soportar el frío y, otro en el verano, con una larga caña que era abierta en una de sus puntas, separando las diferentes partes con una piedra o corcho, fijada por una cuerda que se liaba alrededor, de unos cuatro metros, que le servía para coger chumbos, muy de mañana, para evitar que el viento hiciese volar las muchas espinas, para luego barrerlos en la tierra y retirarlas. Chumbos que repartía entre la familia o se los daba de comer a las vacas.
Sin embargo, la abuela era todo lo contrario, una mujer con un fuerte carácter, decidida, habladora y muy resolutiva. Tal era su personalidad que el yacimiento arqueológico del pueblo lleva oficialmente su nombre. Pero, no queda ahí su influencia, pues dos largas calles que lo rodean en pendiente, también son conocidas popularmente como las cuestas de Mariana.
Ella también bajó soltera muy joven de un pueblo cercano al del abuelo, en plena serranía rondeña, con todos sus hermanos y hermanas, formando igualmente parte de una cuadrilla de segadores. Cuando lo conoció, ella tenía unos 20 años, él ya era muy mayor y viudo de su segunda mujer, además de ser el propietario de tierras, animales de granja y dinero. Se enamoraron y se casaron. Tuvieron cinco hijos, pero criaron a los otros seis, de las otras mujeres.
Pronto, con su sempiterna bata negra con delantal de amplio bolsillo, donde llevaba el dinero para los gastos corrientes y su toquilla para las noches de invierno, se hizo dueña de todas las propiedades, haciendo a veces de cabeza de familia y empresaria agrícola. Y, por supuesto, dueña de las llaves del cajón del dinero, como las grandes madres del sur.
Montó una tienda con productos de ultramarinos, que completaba con los que cultivaba en su propia huerta. Además, en los años posteriores a la guerra, de gran hambruna y de escasos recursos para la mayoría de la gente, iba dos veces al mes a la capital a comprar productos de estraperlo, por lo que algunas veces tenía que bajarse del tren de vagones de madera casi en marcha, en estaciones anteriores, para así escapar de las inspecciones de la autoridad, pues, si la cogían, se lo quitaban todo y le imponían una multa, teniendo, además, que buscarse la vida para regresar al pueblo. Pero ni esas situaciones la amedrentaban, pues contaba que más miedo pasaba de noche, con las caprichosas formas de los enormes castaños, atrincherados entre los altos picachos de su sierra natal.
Había años que criaba una buena cantidad de pavos que llevaba vivos a la ciudad para venderlos por navidades. Iban todos atados por las patas, para que no escaparan, colocados en la de los antiguos autobuses de línea, junto al equipaje.
Cuando en aquellos años de tanta hambre, alguno de los hijos hacía la mili, ella llevaba al cuartel, estuviese donde estuviese, cestas repletas de buenas viandas y algún que otro pollo, pues los soldados pasaban muchas penurias. Daba parte de la cesta al sargento de turno, que en agradecimiento le concedía al hijo más días de permiso.
Se colocaba una cesta en la cabeza y otra en cada mano, siendo capaz de caminar con cierta rapidez, sin que se le cayera nada. De hecho, el niño, alguna vez que la acompañaba, se quedaba extrañado de cómo era capaz de llevar sobre el pañuelo de la cabeza hasta una enorme sandía sin que saliera rodando.
Uno de los acontecimientos que más tabú despertó dentro de la familia, fue un suceso ocurrido entre dos hijos de 14 y 12 años y un hermano del padre de Dioni, que era maestro de escuela y fue trasladado al pueblo.
