Dios, marca registrada - Ilya U. Topper - E-Book

Dios, marca registrada E-Book

Ilya U. Topper

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Beschreibung

¿Qué papel ha de ocupar la religión en la vida institucional de un Estado aconfesional? ¿Ha de impartirse clase de Religión en la enseñanza pública? ¿De una religión o de todas? La diversificación de las creencias religiosas ha devuelto a la actualidad un debate que creíamos superado: el de la necesidad de un Estado laico. Con un pulso narrativo espléndido, erudición y una solvencia divulgativa irrebatible, Topper primero aborda las raíces de judaísmo, cristianismo e islam y luego cuestiona el relativismo moral que conduce a retrocesos en la separación entre religión y Estado, desbaratando así los discursos débiles que amparan la nueva intromisión de las religiones en nuestras vidas. Excelente prólogo del veterano militante de la causa laicista Luis Fernández.

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Seitenzahl: 454

Veröffentlichungsjahr: 2023

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MECANOCLASTIA, 14

Primera edición en Hoja de Lata: junio del 2023

Director de la colección Mecanoclastia: David Becerra Mayor

© Ilya U. Topper, 2023

© del prólogo: Luis Fernández, 2023

© de la ilustración de la portada: Iván Cuervo Berango, 2023

© de la fotografía de la solapa: Eva Chaves

© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2023

Hoja de Lata Editorial S. L.

Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]

[email protected] / www.hojadelata.net

Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu

Corrección: Olaya González Dopazo

ISBN: 978-84-18918-73-5Producció del ePub: booqlab

Para Mimunt Hamido Yahia,

mora, laica, feminista.

ÍNDICE

PRÓLOGO. Sobre el laicismo y las religiones,por LUIS FERNÁNDEZ

TRÁILER: Muerte en París

I. EL DRAMA DE EUROPA

1. ¡Que vienen los moros!

Los altavoces de Dios

El nuevo éxtasis

Sobre árboles y tumbas

Paganos, concilios y brujas

2. La cruz de Europa

Crucifijo contra Constitución

El fin de Occidente

Dios en la Carta Magna

La ignorancia del pecado

3. Laicismo: ¿un sindiós?

Quemaconventos y tragafrailes

Libertad, pestilente error

El canciller de hierro

Laicismo, laicidad, aconfesionalidad

Pagan ateos por pecadores

II. EL CONTINENTE MEDITERRÁNEO

1. Los moros de la Alhambra

Si el Cid levantara la cabeza

El salvador de Occidente

Los siete de Regraga

Europa nació en Líbano

Del arrak de dátiles al Anís del Mono

2. El judío errante

El tiro por la culata

Alemanes y españoles

Sionistas antisemitas

De cómo Israel acabó con los judíos

La expulsión inventada

Ancladas y bastardos

3. La desgracia de ser árabe

El despertar que era un sueño

El secreto de 300 millones

Francia islamiza Argelia

La traición del panarabismo

III. LA GRAN MISIÓN

1. La fe usurpada

El predicador y la espada

Maimónides en la mezquita

Dios ha muerto, viva Allah

Llega el mahdi

2. Barbudos de ayer y hoy

La Revolución Verde

Suníes y chiíes

Herederos del Che Guevara

El trauma (sexual) de Colorado

3. Petroislam

De Rambo a mesías

La santa alianza

El oro negro de Riad

El día que Nina Simone dejó de cantar

IV. EL RETORNO DE DIOS

1. Los dineros del imam

Predicadores y maletines

Catar compra Europa

Conversos contra Hermanos

Subvención al salafismo

2. El velo exhibicionista

La candidata de Podemos

El harén y la clase

Póntelo, pónselo

Bebés sexualizados

Macron contra la virginidad

De Montmartre al Mayo

3. Con la Iglesia hemos topado

El coño insumiso

Un Salvador en la pizarra

Pastores y concordatos

En misa y repicando

V. ¿REFORMA?

1. La revolución ausente

El aprendiz de mago

Copérnico o Locke

Dios y César

¿Un islam ilustrado?

Hércules y Sísifo

2. La busca del antídoto

El monje de Wittenberg

Las tesis de Ayaan

Calvino, el salafista

La fe de los agnósticos

3. La leyenda de Mahoma

La quema de Rushdie

Historiadores y creyentes

Arabistas antediluvianos

Jesucristo en la mezquita

NOTAS

PRÓLOGO

SOBRE EL LAICISMO Y LAS RELIGIONES

Tras el estallido de una polémica por la no asistencia de la alcaldesa de Gijón, la socialista Ana González, a los actos religiosos de las festividades locales, el párroco de la iglesia de San Pedro expresaba en el periódico La Nueva España del 22 de junio de 2019 su disgusto ante la utilización del laicismo por parte de la corregidora de la ciudad como argumento para no participar en la ceremonia religiosa. Si nos remitimos al Diccionario de la Real Academia —antigua y definitiva fuente de información—, leeremos que tal vocablo significa «independencia del individuo o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa». Y ese disgusto (el de la independencia del Estado de cualquier confesión religiosa) llevaba al párroco de San Pedro a unas extrañas reflexiones sobre el Estado laico, la laicidad y el laicismo. A pesar de reconocer que «España es un país aconfesional o laico», le parecía al sacerdote que había que evitar el término laicismo porque «ese sustantivo, comúnmente, lleva consigo una cierta radicalidad, hostilidad o indiferencia». Afirmaba, además, con la seguridad que le da el poseer la verdad (la de la verdadera fe), que «hoy ya se suele utilizar para hablar de las relaciones entre Estado-Iglesia otra palabra, laicidad, que puede ser positiva o negativa. Creo que le va mejor lo de “laicidad positiva” a la Constitución española porque habla de cooperar, no de “defender”». Y concluía: «Nosotros somos gijoneses creyentes, es más, con toda seguridad, somos primero gijoneses y luego creyentes».

Aunque no era su voluntad, la afirmación de este párroco sintetiza la esencia del laicismo: la ciudadanía es primero eso, ciudadanía. Y luego, a título individual, cada cual puede tener las creencias particulares que considere adecuadas. Pero como da la impresión de que se está jugando a difuminar los términos queriendo envolverlos en una nube de confusión, parece necesario dar respuesta a la pregunta ¿qué es el laicismo? para continuar buscando respuesta a ¿es diferente laicismo de laicidad?, ¿qué es un Estado laico?

De una forma muy simple, el laicismo es el movimiento que pretende alcanzar la laicidad en la organización del Estado, o lo que es lo mismo, trabaja para llegar a un Estado independiente de cualquier confesión religiosa. Para ello asume que la ciudadanía tiene que organizarse en torno a unas coordenadas exteriores a las religiones. Dicho de otra forma, para que un Estado pueda ser considerado como laico es necesario (pero no suficiente) que valore la libertad de conciencia por encima de los diferentes formatos de fe que existen en el mundo.

Su fundamentación es también muy simple. Es un principio elemental de la democracia que el poder (y, por lo tanto, la responsabilidad) está en las manos de la ciudadanía, de toda la ciudadanía. Y en la medida en que asumimos esa democracia no es admisible aceptar que la fuente del poder sea la concesión de un determinado dios a una comunidad concreta generalmente en alianza con un poder físico (la cruz y la corona). Es imprescindible construir una estructura estatal exclusivamente humana con unas coordenadas que puedan ser aplicables de forma universal.

Visto desde otra perspectiva, las religiones no pueden ser la razón justificadora del orden social precisamente por su pertinaz dogmatismo, que reclama a cada una como la única verdadera y la responsabiliza de expulsar a las demás. Cuando se abre el foco en la percepción de la historia de la humanidad se observa la correspondencia de cada religión con sus circunstancias particulares, por lo que resulta manifiesta la necesidad de organizar la sociedad fuera del marco de todas las religiones. Y ese es el objetivo del laicismo: construir una estructura exterior, ajena a las religiones, donde pueda tener cabida en igualdad de trato toda la ciudadanía, independientemente de que profese alguna o ninguna religión (o, lo que es lo mismo, que pertenezca a una o a ninguna comunidad).

Hay un momento en el desarrollo de la humanidad en que la complejidad de las estructuras sociales construidas (donde lo fueron) demanda mecanismos especiales (herramientas culturales) para su coherencia y control. Es el momento de la aparición de las grandes religiones. Se convierten en la columna vertebral de las organizaciones sociales constituyéndose, simultáneamente, en poderosas armas para todos aquellos que intentan conducir su desarrollo. El control de los modos y las costumbres, apoyado en una narración, en una ficción justificadora de la situación presente, no solo facilita crear, organizar y controlar amplias comunidades con una supuesta historia común, sino que permite utilizar ese sentimiento de exclusividad como una herramienta poderosa para enfrentar unas sociedades con otras.

Una parte importante de esta obra de Ilya U. Topper está destinada a mostrarnos, a través de la presentación de hechos significativos, ese valor de las religiones como herramientas de cohesión social mediante la creación de vínculos intracomunitarios. La celebración conjunta de la ceremonia genera fuertes vínculos entre los participantes. Es entonces cuando se convierte en un poderoso punto de apoyo para ejercer el control sobre cada sociedad a través de sus ritos. Ya no es necesario conocer con detalle esa narración presentada como un dogma venido del más allá, generalmente escrita en un libro sagrado, que exige fe absoluta en sus afirmaciones. Basta con agrupar a los fieles a través del rito, quizá por eso le molestaba tanto al párroco de San Pedro que la alcaldesa, argumentando razones de laicidad, no asistiera a su bendición de las aguas.

En su función como fuerza cohesiva, las religiones se convierten en ritos, en ceremonias, en celebraciones. La romería en la isla de Büyükada, cinematográficamente narrada por Ilya Topper en este ensayo, nos permite hacernos una idea clara del papel de vinculación social que realizan las ceremonias comunitarias de origen religioso. Para controlar estos ritos se construye una narración que de alguna forma los enhebre. La mayor parte de los que participan en ellos desconocen muchas de las partes significativas de la narración que los justifica. Poco importa. Como dice Topper, «si millones de españoles consideran que cargar la Macarena en angarillas es propio de cristianos, aquello es cristianismo». O más rotundamente: «En el catolicismo mediterráneo, el rito ha remplazado a la fe, facilitado por un elemento clave: los fieles, aun cuando creen, no saben en qué están creyendo. Ni les importa».

Desde una óptica sociológica diferente, Jonathan David Haidt, profesor de Liderazgo Ético en la Universidad de Nueva York, afirma:

Un partido de fútbol universitario es una excelente analogía de la religión. Desde una perspectiva básica, si nos centramos en lo más evidente (es decir, el juego en el campo), el fútbol universitario es una institución extravagante, costosa y derrochadora que perjudica la capacidad de la gente para pensar racionalmente y deja un largo reguero de víctimas […]. Pero desde una perspectiva sociológicamente informada, es un rito religioso que hace exactamente lo que se supone que debe hacer: que nos sintamos «parte de un todo».

Volvamos ahora a la organización del Estado. Aplacemos la consideración de las religiones como herramientas de control social y centrémonos en el hecho de que son hechos colectivos que, como herramientas culturales, agrupan a las personas acogiéndolas en comunidades. Puesto que el poder satisfacer ese impulso de acogida es indudablemente un derecho humano (posiblemente responde a una herencia evolutiva, con forma de emoción, para el refuerzo de las colectividades), no puede existir un Estado laico que no respete la libertad individual de acogerse a una comunidad religiosa. O a ninguna (cuando la evolución cultural permite substituir el vínculo emocional por un concepto asumido racionalmente). Pero es imprescindible que cada comunidad acepte que el Estado es un marco exterior que tiene que garantizar que se respeten todas las creencias.

Aproximémonos a caracterizar ese Estado laico. En un primer paso puede resultar atractiva la propuesta de Taylor y Maclure de definir la laicidad como una modalidad de gobierno, destinada a permitir que los Estados respeten «por igual a individuos que tienen visiones del mundo y esquemas de valores diferentes». Para ellos la laicidad

descansa en dos grandes principios morales, el de la igualdad de trato y el de la libertad de conciencia, así como en dos procedimientos que permiten la ejecución de estos principios, a saber, la separación entre las iglesias y el Estado y la neutralidad del Estado respecto a todas las religiones. Los procedimientos de la laicidad no son tan solo medios contingentes que nos podemos ahorrar. Por el contrario, son disposiciones institucionales indispensables.

Resulta un planteamiento atractivo por lo nítido de su configuración, pero que suele ser interpretado de forma restrictiva. Su afirmación «neutralidad del Estado respecto a todas las religiones» hace que se interprete con demasiada frecuencia que las «visiones del mundo y esquemas de valores diferentes» solo incluyan a las diferentes religiones reconocidas como tales.

Para incluir a todas las estructuras de creencias, incluso aquellas que no son religiones, es decir, a todas las personas, hasta aquellas que no se identifican con ninguna religión y, por lo tanto, no pueden formar comunidad, la filósofa Catherine Kintzler afirma que «el concepto de laicismo moderno […] es un concepto político. Es una manera sin precedentes de pensar la asociación política […] el laicismo no es una corriente de pensamiento entre otras. No tiene estatuto de corriente de pensamiento, sino que tiene estatuto constitutivo de la reunión o agrupamiento político». Y plantea que hay que ir más allá en la construcción de un Estado Laico: «No se trata de considerar las comunidades de pensamiento tal como existen en una sociedad dada y de construir una legislación que les permita flanquearse apaciblemente; se trata de producir un espacio que permita la libertad de las opiniones no solamente reales, sino también posibles».

Es destacable en la obra de Ilya Topper el análisis de la evolución de las religiones centrándose fundamentalmente en el islam y su relación con el cristianismo. O más exactamente en las distintas imágenes que desde las estructuras del poder social se han dado de ese islam. Para iniciar la narración de este ensayo, y tras relatar la matanza en la redacción de la revista Charlie Hebdo (doce muertos), Topper cita las palabras de Francisco I, papa de la Iglesia católica: «¡Pero si es normal! Es normal. No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás. No se puede uno burlar de la fe». De las que concluye: «Si no lo sabíamos ya, ese día supimos que la vieja guerra entre moros y cristianos había terminado de forma definitiva. Cristianismo e islam ya no son adversarios. Son aliados firmes en un frente unido contra quienes valoran la libertad por encima de la fe. Contra el laicismo». Para ello es imprescindible aceptar que la ciudadanía tiene que organizarse en torno a unas coordenadas exteriores a todas las religiones.

Retomemos la consideración de las religiones como herramientas de control social, y volvamos a citar al profesor Haidt: «Todo aquello que une a la gente en una matriz moral que glorifica al grupo, al mismo tiempo que demoniza a otro grupo, puede conducir a la matanza moralista, y muchas religiones son muy adecuadas para esa tarea. Por lo tanto, la religión es frecuentemente un accesorio de la atrocidad, en lugar de la fuerza que la impulsa».

Aquí el trabajo de Topper, configurado por la presentación ordenada de un conjunto significativo de acontecimientos históricos, relatados con llamativa agilidad, es definitivo. Estableciendo una línea de avance desde el nacimiento del wahabismo, pasando por la alianza económica entre Riad y Washington hasta llegar a lo que denomina la compra de Europa por Catar (de esto saben mucho los aficionados al fútbol), presenta una cadena de hechos que configuran con nitidez el uso de la religión como arma de poder. Y lo hace, con ese carácter cinematográfico que caracteriza su obra, presentando de forma dinámica una sucesión documentada de hechos que permiten al lector verse rodeado por sus propias conclusiones. Para resaltar esta forma diferente de considerar la religión, afirma: «Europa no tiene miedo al islam. Europa tiene miedo a la religión de Arabia Saudí». Pero Topper no se queda en una aguda mirada hacia atrás, hacia la historia. Apoyado en las ideas que ha construido en quien lo lee, pasa a analizar asuntos candentes del presente. Se plantea el problema del velo, campo de controversia entre los multiculturalistas y los comunitaristas franceses, lo que le permite asomarse al uso partidista del relativismo cultural. Y aquí toca un punto sensible de la izquierda: el complejo de excolonizadores que los lleva a aceptar cualquier planteamiento de crítica a la supuesta imposición cultural. Y en la marejada de este relativismo se pierden o al menos se debilitan los derechos universales. Todo se reduce a cuestiones de cada cultura en particular.

En los ámbitos progresistas, si entendemos como tales aquellos donde se genera el esfuerzo modificador de las culturas, cada día se acrecienta la sensación de culpa. Su origen está precisamente en la histórica concepción imperialista de la cultura occidental. Resultado: la presencia incontrolada del fantasma del relativismo cultural oculto en una nube protectora de interculturalidad.

Las posiciones conservadoras, aquellas que tienen como objetivo perpetuar los modos y costumbres, se suman a la crítica responsabilizando al esfuerzo de cambio de una inaceptable falta de respeto a los valores tradicionales, permitiendo su contaminación por los valores de los otros, necesariamente espurios. Ambos procesos tienden a mezclarse e incluso reforzarse.

La tensión en el lado progresista aparece cuando se observa con un cierto distanciamiento la verdadera realidad de la hipotética acción «civilizadora» de Occidente sobre el resto del mundo. La consciencia de la brutalidad de esa acción colonizadora, la muestra de la verdadera motivación económica (explotación de todo tipo de recursos) oculta en el proceso, y la apropiación del concepto de cultura identificándolo erróneamente con la particular (local) de los colonizadores (apropiación apoyada en los dogmatismos religiosos) se van desvelando poco a poco. Es con el despertar a esa dura realidad de tanta injusticia cometida en nombre de una supuesta verdad indiscutible como ha crecido con fuerza este sentido de culpabilidad. Tras siglos de conquistar el mundo con la disculpa de «iluminarlo con la verdad», confundiendo lo local con lo general, hemos empezado a comprender lo relativo de las posiciones de cada comunidad y, avergonzados de nuestro imperialismo, tratamos de huir de él a toda prisa.

Como consecuencia, ese relativismo cultural avanza implacable.

Recurramos de nuevo al profesor Haidt, esta vez tras una estancia investigadora en la India:

Mis sentimientos durante las primeras semanas en Bhubaneswar oscilaron entre el shock y la disonancia. Cené con hombres cuyas esposas nos servían en silencio y luego se retiraban a la cocina sin dirigirme la palabra en toda la noche. Me dijeron que debía ser más estricto con mis sirvientes y dejar de agradecerles por haberme servido […]. En resumen, estaba inmerso en una devota sociedad religiosa, segregada por sexos, estratificada jerárquicamente, y estaba resuelto a entenderla en sus propios términos, no en los míos.

Solo me llevó unas pocas semanas que mi disonancia desapareciera […]. En lugar de rechazar automáticamente a los hombres como opresores sexistas y compadecer a las mujeres, a los niños y a los sirvientes como víctimas indefensas, comencé a ver un mundo moral en el que las familias, no los individuos, son la unidad básica de la sociedad, y los miembros de cada familia extendida (incluidos sus sirvientes) son intensamente interdependientes. En este mundo, la igualdad y la autonomía personal no eran valores sagrados. Sí lo eran honrar a los ancianos, a los dioses y a los invitados, proteger a los subordinados y cumplir con los deberes correspondientes a cada rol.

El profesor Haidt expresa con académica claridad los fundamentos de esta ola que nos invade. Desde su posición de referente moral de una de las mayores fuerzas imperialistas de Occidente (se identifica como un joven ateo y liberal y declara haberle escrito discursos al presidente Obama), supuestamente arrepentido de su falsa superioridad, está dispuesto a asumir todas las situaciones (entiendo que en los demás), por injustas que sean, amparándolas en el inmenso velo protector (¿ocultador?) del relativismo cultural. Bajo ese ideario, los derechos universales dejan de existir. Una pregunta importante: ¿qué ocurriría si fuese una compañera de universidad la que se desplazase a ese mismo lugar para hacer esa misma investigación? ¿Obtendría las mismas conclusiones de la realidad sociológica que observa? A este profesor de liderazgo ético de una prestigiosa universidad en una ciudad que pretende ser el centro del mundo ¡ni se le ocurre pensarlo! En esa huida alocada, envueltos en el poderoso torbellino que todo lo relativiza y confundidos por él, olvidamos que, si asumimos como propuesta básica la igualdad de todas las personas basada en una imprescindible dignidad común (nadie nace para la esclavitud), aun siendo una propuesta de la denostada Ilustración europea, existen derechos que tienen que ser considerados como universales y no pueden interpretarse como determinadas características particulares de cada sociedad.

Por su parte, Topper elige la figura de Nora Baños, una joven catalana, gimnasta, hija de padre marroquí y madre catalana, que se presentó como candidata por Podemos a las elecciones europeas del 2019, y analiza su presencia como instrumento político de la izquierda. También aborda el problema de la libertad de expresión, tema con el que arranca su obra analizando los asesinatos en la revista Charlie Hebdo, pero también toma como eje de análisis la gran procesión del Santo Chumino convocada por la Hermandad del Coño Insumiso, lo que le permite, siguiendo el rastro de las actuaciones judiciales, reflexionar sobre el carácter subjetivo del concepto de blasfemia y la indeterminación de esas actuaciones judiciales como consecuencia.

Asimismo, estudia la cuestión de las religiones en la escuela, partiendo de la idea inicial de que si hay una religión oficial en el aula, que es la cristiana, es mejor que haya alguna más, como el islam, para hacer contrapeso. Pero, tras estudiar los currículos, entiende que las clases de religión no están diseñadas para aprender, sino para reconocer y aceptar, y tras volver a reflexionar concluye que no debe haber clase de religión, de ninguna religión, porque no hacen contrapeso; se potencian: «Dios más dios son cuatro». Analiza la sumisión de la educación a la religión. En particular, se encuentra con que en España son los Acuerdos con la Santa Sede y no la Constitución el gran apoyo de esta. Hace una comparativa con otros países europeos. Y con la facilidad que le caracteriza construye un escenario del que el lector saca conclusiones.

Siguiendo esta línea, Topper acaba por hacer un rico recorrido por el presente al que hemos llegado desde la historia que nos ha permitido conocer. En este amplio trayecto, desde la profundidad histórica al presente, en el que no rehúye ninguna polémica, el autor construye uno de esos ensayos que te permite apreciar cómo cambias a través de su lectura. Y es que el conocimiento es el mejor mecanismo para promover esa evolución cultural imprescindible para avanzar en el tiempo.

Con mayor poder vinculante, pero con la misma necesidad de ser respetada por todas las creencias, el esfuerzo legislativo colectivo redactó e intenta mantener actualizada una Declaración de los Derechos Humanos que puede servir como referencia general. Sea como fuere, lo que es imprescindible es asumir que no todo es relativo, que existen una serie de valores que el desarrollo cultural va incorporando como irrenunciables (resulta muy difícil defender hoy las ejecuciones públicas) y que es necesario trabajar permanentemente en la construcción de ese espacio común asumiendo con sentido crítico nuestras limitaciones, pero aceptando el reto kantiano. Y lo que resulta indiscutible es que en estas sociedades que nos hemos descubierto como multiculturales necesitamos dotarnos de un espacio común externo a cada forma cultural (individual o de comunidad) que, partiendo del respeto a sus particularidades, comprometa a todas en el reconocimiento básico a una norma común. Este último paso resulta más difícil cuando la vertebración de una cultura se realiza alrededor de un dogma, de una verdad considerada como absoluta por una supuesta revelación de un ser superior y registrada en un libro.

La gran noche del dominio de las religiones empieza a tener grietas importantes. Alguien se plantea que las religiones no pueden ser la razón justificadora del orden social precisamente por su pertinaz dogmatismo, que reclama a cada una como la única verdadera y la responsabiliza de expulsar a las demás (lo que no impide reconocer el valor de esas religiones como herramientas organizadoras). Cuando se abre el foco de la percepción de la historia de la humanidad se observa la relatividad de cada religión a sus circunstancias particulares (y se muestra con nitidez su utilización como herramienta de control social), por lo que resulta manifiesta la necesidad de organizar la sociedad fuera del marco de las religiones.

Aparece la necesidad de un Estado laico.

LUIS FERNÁNDEZ, presidente de ASTURIAS LAICA

TRÁILER

MUERTE EN PARÍS

Son las once de la mañana en un barrio céntrico de París. En la redacción de una revista semanal, a veinte minutos del Louvre y a cinco de la plaza de la Bastilla, una quincena de periodistas y dibujantes se han sentado para la reunión del miércoles. Discuten la portada, las viñetas, los titulares. Escuchan disparos en la puerta. Parece un atentado. Como si hubieran ido en serio las amenazas que tanto les llegan, los mensajes de «Os vamos a matar a todos». Suena casi real. Se ríen.

Diez minutos más tarde, en la redacción de la revista Charlie Hebdo hay doce muertos.

París deja de reír. Dos días más tarde, la policía cerca a los asesinos en un polígono industrial en las afueras de la capital. Mueren en el tiroteo. Son dos hermanos, se llaman Said Kouachi y Chérif Kouachi, hijos de inmigrantes argelinos. Chérif pasó por la cárcel por intentar afiliarse a Al Qaeda en Iraq, Said pasó por un campo de entrenamiento en Yemen. Pero ambos nacieron en Francia, se educaron toda su vida en Francia, son ciudadanos franceses. Dispuestos a morir por su fe, pero sobre todo dispuestos a matar por ella. A matar a doce periodistas, porque algunos de ellos alguna vez han dibujado, han caricaturizado a Mahoma.

«No somos asesinos. No matamos a civiles. No matamos a nadie. Excepto si alguien ofende al Profeta. Entonces, podemos matarlo». Así se veía Chérif Kouachi, al hablar con la televisión francesa momentos antes de morir.1 Porque ofender al profeta es un pecado mortal. Y lo que para los creyentes es pecado, para la ciudadanía debe ser delito.

La blasfemia ¿delito?

Tres días después del atentado, la mayor manifestación nunca registrada en la historia de Francia recorre París. Son millones. Gritan: Je suis Charlie.

Porque la matanza del 7 de enero de 2015 en la redacción de la revista —a la que otro yihadista ha sumado a cuatro ciudadanos judíos en un supermercado, en un extraño afán de dispersar la sangre— es un ataque directo a lo que consideramos la esencia misma de la civilización humana: la libertad. La libertad de pensar, de expresar, de criticar. Por eso, los disparos de los hermanos Kouachi dejan una huella más profunda que otras matanzas de civiles bajo el nombre de una causa: no solo quieren causar terror, pánico, miedo, tensión política, como han hecho luchadores de todo tipo de causas desde Irlanda a Italia, desde Alemania a Euskadi, en las generaciones inmediatamente precedentes. No se trata de matar a inocentes para forzar el pulso a los políticos, la estrategia clásica del terrorismo. No: lo que hacen los hermanos Kouachi es imponer la ley. Una ley proclamada por Dios y desarrollada por sus representantes en la Tierra. Tipifican el delito, advierten, amenazan y, si un ciudadano insiste en vulnerar la norma, ejecutan la sentencia: muerte.

Es contra esta ley contra la que se levanta París, clamando por la libertad de expresión. No todo París: pronto recorre las redes el contraeslogan: Je ne suis pas Charlie. Porque por encima de la libertad de pensar está el respeto a la fe. Puedes pensar que la fe es una chorrada, pero no puedes decirlo: mayor que tu derecho a la libertad de expresión es el derecho del creyente a mantener intacta, inmaculada, a ojos de todos, su fe.

Quienes enarbolaban este credo, por supuesto, no exigían matar, no respaldaban a los asesinos. Solo subrayaban que los dibujantes de Charlie Hebdo habían cometido un delito: el de provocar. No, matarlos no estaba bien, pero de alguna forma se lo habían buscado. Porque lo que hicieron, caricaturizar a un profeta, no se puede hacer. Y si lo haces, es normal que te agredan.

«¡Pero si es normal! Es normal. No se puede provocar, no se puede insultar la fe de los demás. No se puede uno burlar de la fe».

Son las palabras literales de Francisco I, papa de la Iglesia católica romana, al ser preguntado una semana después por el atentado de Charlie Hebdo.2

Si no lo sabíamos ya, ese día supimos que la vieja guerra entre moros y cristianos había terminado de forma definitiva. Cristianismo e islam ya no son adversarios. Son aliados firmes en un frente unido contra quienes valoran la libertad por encima de la fe. Contra el laicismo.

I

EL DRAMA DE EUROPA

1. ¡QUE VIENEN LOS MOROS!

LOS ALTAVOCES DE DIOS

S TOP, dice el cartel. Sobre un fondo de bandera suiza, una cruz blanca en campo rojo, crecen torres puntiagudas, se asemejan a lanzas dispuestas a taladrar el cielo. Son minaretes. En primer plano, los ojos de una mujer enteramente oculta bajo velos negros se fijan en ti. STOP, dice el cartel: «Vota sí a la iniciativa contra la construcción de minaretes en Suiza».

«Las torres del miedo», titula un diario alemán.3 Estamos en 2009: un grupo de ciudadanos suizos ha lanzado una petición de referéndum para prohibir la construcción de minaretes de mezquitas en el país. En Suiza viven 400 000 musulmanes, un escaso 5 % de la población. Entre las mezquitas que hay, exactamente cuatro tienen minarete. No consta que haya planes para construir otro. Tampoco importa. Quienes han pedido la iniciativa, apoyada por partidos conservadores y de la derecha cristiana, no temen los minaretes: temen todo lo que viene detrás, dicen. «Tras el minarete viene el muecín». Y después, el catálogo completo del derecho coránico: «Asesinatos de honor, matrimonio forzado, circuncisiones, el burka, exenciones de normas en el colegio, incluso lapidaciones», resume el político conservador Walter Wobmann.

Los partidos de centroizquierda, por supuesto, se oponen. Hablan de integración, de respeto, de tolerancia, diálogo, comprensión, convivencia. La ciudad de Basilea directamente prohíbe pegar el cartel del referéndum en la calle: es «racista y discriminatorio», decide el municipio. El Gobierno se pronuncia contra la prohibición, alegando que podría vulnerar derechos internacionales. La patronal, también, temiendo una pérdida de negocios en países musulmanes. Las iglesias cristianas, también: limitar el ejercicio de la religión podría dirigirse contra ellas en el futuro. Y, sin embargo, los partidarios de la prohibición ganan con un 57 % de los votos. Gana el miedo.

Porque es miedo, confusión, ignorancia, desinformación. De los seis elementos citados por Wobmann, ninguno figura en el Corán y ninguno forma parte del conjunto jurídico-religioso de una sociedad musulmana típica. Los asesinatos de honor, como todo asesinato, están prohibidos en el islam. El matrimonio forzado también, por mucho que se practique en sociedades patriarcales de todo el mundo, incluidas las musulmanas. Con «circuncisiones», obviamente, el político se refería a la femenina —la masculina ya se practica en Suiza de toda la vida entre los judíos—, pero la ablación es desconocida en la inmensa mayoría de los países musulmanes. El burka (más exactamente, el niqab: aquel paño negro de cuerpo entero que oculta a la mujer del cartel) solo se conoce en Arabia Saudí y alguna secta inspirada en la corriente político-religiosa de ese país desértico. Las materias de un currículum escolar marroquí no se distinguen esencialmente de uno suizo, salvando la calidad pedagógica. Y durante la mayor parte del siglo XX, prácticamente ningún país musulmán del mundo, salvo Arabia Saudí y sus vecinos, practicaba lapidaciones.

Arabia Saudí es el único país en el mundo en el que todo ese catálogo de horror enumerado por los preocupados suizos se aplica de forma corriente y rutinaria, con respaldo de las máximas autoridades, por ley o por decisión de los imames. Los 35 millones de habitantes de Arabia Saudí no son un ejemplo representativo de los más de mil millones de musulmanes repartidos por el globo. Pero es precisamente ese país cuya sombra proyectan los minaretes en Europa. La mayor mezquita de Suiza, construida en Ginebra, se inauguró en junio de 1978 en presencia del patrón que la financió: el rey saudí Khalid Abdulaziz. Un mes antes, el mismo monarca había abierto al público también la mayor mezquita de Bélgica en Bruselas, junto al rey Balduino I. La principal mezquita de España, la de la M-30 en Madrid, la inauguró en 1992 el príncipe, luego rey, Salman Abdulaziz, saudí también, junto a Juan Carlos I. La mayor mezquita de Italia, en Roma, financiada por el rey saudí Faisal Abdulaziz, abierta en 1995, la gestiona un consorcio de diplomáticos de países islámicos presidido por el embajador saudí.

Europa no tiene miedo al islam. Europa tiene miedo a la religión de Arabia Saudí. Y con motivo: en estas mezquitas se predica que las mujeres deben ponerse velo o niqab, que el sexo sin casarse es delito penal, que a los homosexuales hay que despeñarlos, que los cristianos son «infieles» y está vetado mezclarse con ellos, que hay que lapidar a los apóstatas. Un catálogo de doctrinas inhumanas que ellos, solo ellos, venden como «el islam».

El drama de Europa es que la secta fundamentalista de Arabia Saudí ha usurpado el nombre del islam.

El segundo drama es que Europa ha colaborado con arrojo y entusiasmo en difundir el ideario inhumano de esta secta, dándole carta de naturaleza.

El tercero es que ahora, buscando un chivo expiatorio, achaca la culpa a quienes son las primeras víctimas de la secta: los inmigrantes.

Europa cree que al permitir la inmigración o la llegada de refugiados de países como Siria está importando a islamistas, yihadistas, terroristas. No sabe que la realidad es justo la contraria: Europa exporta yihadistas a Siria.

EL NUEVO ÉXTASIS

La ruta del bakalao de hoy día ya no pasa por las macrodiscotecas de Valencia. Ni siquiera va de Londres a Mallorca para ponerse hasta arriba de ácido y pastillas. La nueva droga de la juventud es más dura. La venden en pastillas rectangulares negras con logotipo naíf blanco impreso encima: pone Allah. Así, con doble L y con H al final. Rechacen imitaciones.

Para hacerse con la droga, no hace falta ir a Ibiza ni a Ámsterdam. Bueno, a Ámsterdam sí, que es desde donde salen vuelos baratos a Estambul, a veces vía Madrid. Y de Estambul a la frontera siria son mil kilómetros en línea recta, pasando por Ankara. Si tienes suerte. Porque si te pilla la policía es capaz de decirte que tienes cara de consumidor y de devolverte a tu tierra. A Bruselas, Birmingham, Berlín o Barcelona.

Pero si todo sale bien y en la frontera, allá por Urfa o Antep, consigues montarte en la cunda, en unas horas estás en tu paraíso artificial. A la discoteca ahora le han puesto de nombre «califato», que queda muy retro, casi andalusí, y los espectáculos se retransmiten en alta definición. Iba a decir que en vivo, pero más exacto es decir en muerto.

Mola, ¿verdad? Lo mejor es que una vez en la frontera puedes llamar a tus viejos y decirles cuatro cosas, que dejen de llorar por ti, que se te han abierto los ojos y lo ves todo de color verde y que no te esperen en Navidad. En la discoteca hay piscina y todo, y dentro se graban snuff movies gratis con cámaras acuáticas y jaulas y eso. Retro de verdad. La droga te hace viajar en el tiempo. Catorce siglos atrás, del tirón a la Tierra Media. Dicen que van a acuñar monedas de oro auténticas, como en las películas. Y escucharás las sabias palabras de Gandalf, con su túnica y su turbante. Los Malos y los Buenos, el Concilio Blanco contra Mordor, en vivo. Olvídate de las setas alucinógenas: eso, ni la ayahuasca, oye.

Disculpen el lenguaje, pero es el más adecuado para describir la moda juvenil que entre 2014 y 2018, más o menos, cundió por Europa: afiliarse al Estado Islámico, Daesh para los no amigos, e irse a Siria a combatir. Digo moda porque el fenómeno fue diferente al de otros conflictos a los que acudieron voluntarios islamistas en décadas pasadas, como Afganistán, Bosnia, Chechenia o Iraq: guerras dentro de un marco geopolítico e ideológico que se podían ganar con combatientes, fusiles, munición. En esencia, enfrentamientos comparables a la guerra civil española, donde se dirimía en el campo de batalla el peso regional del comunismo frente al fascismo en Europa. Siria también entra en este esquema: islamismo aliado con los países del Golfo y respaldado por Europa contra el régimen de Asad afiliado al eje de Irán-Rusia. Pero eso no es el esquema en la mente de quienes acuden a Siria: el Daesh combate raramente contra Asad, no es su objetivo primordial. La meta es vivir el islam y morir por el islam. Lo que ellos llaman islam.

Lo que ellos llaman islam es un universo ficticio, basado en fantasías europeas. Usan el Corán como los adeptos a Tolkien usan El señor de los anillos. El idioma en el que se comunican tiene más de élfico que de la lengua que se habla en casa de sus padres: «Creo en Allah, cumplo el saum y hago el wudu antes del salat en el masjid, y gracias a mi aquida hago la da’wa entre los kuffar para vivir el din e ir a la jannah, según enseñó Muhammad (s. a. s.)». (Traducido: «Creo en Dios, cumplo el ayuno y me lavo antes de rezar en la mezquita, y gracias a mis creencias firmes me dedico a la misión para vivir la fe e ir al paraíso, según enseñó Mahoma»).

Desde siempre, los adolescentes han gustado de comunicarse en códigos que no entienden los mayores: forma parte de la rebelión. Y adolescentes son, prácticamente, quienes toman el avión a Estambul y el bus a Siria: tienen entre 18 y 25 años, o como mucho 30, y entre un 4 y un 10 % son menores de edad.4 Todos viven en núcleos urbanos y, aunque una parte tiene antecedentes por delincuencia de bajo nivel —robo en tiendas, trapicheo, drogas—, no vienen en su mayoría de un ambiente desestructurado o de pobreza. En Holanda, el perfil es más bien el de un joven con pocos estudios, pero los yihadistas procedentes de Reino Unido tienen a menudo «conexiones con estudios superiores».5 En algunos casos se van al califato como el mes antes se iban a la discoteca. Y en un alto porcentaje son conversos.

No se sabe con precisión cuántos conversos al islam hay en Europa, pero las estimaciones oscilan entre el 1,5 y el 5 % de la población musulmana en cada país. La proporción de conversos entre los yihadistas que viajaron a Siria es notablemente mayor: varía entre el 6 % en Bélgica y el 12 % en Alemania, el 14-18 % en Países Bajos y el 23 % en Francia.6 Este aspecto se ha tenido poco en cuenta al analizar la deriva hacia la yihad de la juventud musulmana europea. Se habla mucho del caldo de cultivo que es una segunda generación de inmigrantes, desubicados entre dos sociedades: la de sus padres, a la que ya no pertenecen, y la de su país de acogida, a la que nunca llegan a pertenecer, por mucho que hayan nacido allí, tengan la nacionalidad, se eduquen en los colegios públicos…, pero siendo siempre «los otros», «los de fuera» para el resto de la ciudadanía. Esta condición del gueto es un factor importante. Pero al igual que ningún caldo de cultivo produce vida si no se le inyecta una célula primero, la marginación no produce yihadismo. Para llevar a un joven, o a una joven —casi el 20 % son mujeres—, a viajar a Siria para combatir a «los infieles» hace falta otra cosa: una ideología disfrazada de religión. Y esta se puede implantar a cualquiera: ser de familia musulmana no es condición.

Además, el dato oculta otro: los yihadistas que vienen de familias musulmanas son en gran medida lo que podríamos llamar «semiconversos»: jóvenes cuyos padres son musulmanes a la manera de su pueblo de origen, con solo una vaga reminiscencia de coletillas religiosas. Así es el perfil de los padres de Tarik Jadaoun, un joven belga que en 2014 se une al Daesh: la madre, de origen marroquí pero ya nacida en Bélgica, trabaja en la Administración local, no lleva velo, no va a la mezquita nunca, como tampoco lo hace su exmarido, obrero de fábrica también marroquí. Saben árabe, pero no lo hablan en casa. Tarik Jadaoun no sabe árabe, bebe cerveza y liga con chicas belgas, pero, además, sin realmente necesidad, empieza a cometer robos. Es en la cárcel belga de Lantin donde se engancha al Corán, sale religioso y sigue por esa vía en varias mezquitas belgas, aprendiendo una religión de la que ignoraba todo.7

Similar es el personaje de Omar El Harchi, marroquí inmigrante —con papeles en regla— en Madrid, escayolista en el sector de la construcción, dedicado los fines de semana a bailar en las discotecas. Que es donde conoce en 2008 a Yolanda Martínez, una chica española de buena familia católica, con estudios de Arte, jefa de sección en unos grandes almacenes de ropa. Aparentemente por curiosidad hacia lo que cree la religión de su novio, Yolanda inicia un acercamiento al islam que acaba en conversión. Se casan ese mismo año en la mezquita de la M-30 en Madrid, donde se dan cita predicadores e imames salafistas, pagados desde Arabia Saudí. Es después de casarse, sin trabajo por la crisis económica de 2008, cuando Omar se empieza a dejar barba y se adentra en el ideario islamista y, finalmente, yihadista. Ella es conversa, él tres cuartas partes de lo mismo.8

Este camino no es un salto de una vida agnóstica hacia el yihadismo: pasa primero por la fase de convertirse en una persona observante, con estrictas normas fundamentalistas. La famosa frase del estudioso francés Oliver Roy, «El terrorismo no surge de la radicalización del islam, sino de la islamización del radicalismo», es solo acertada en parte; puede aplicarse a casos como el de Tarik Jadaoun, que ya buscaba conflicto robando tiendas antes de saber una palabra del Corán, pero está lejos de la realidad de otros muchos yihadistas, cuya radicalidad se limitaba, antes de su conversión o semiconversión, a bailar en las discotecas. Quizás, como sospecha la periodista Pilar Cebrián en su minucioso libro El infiel que habita en mí, si hay que buscar radicalismo previo en el caso de Yolanda Martínez, lo podríamos encontrar en la frustración de una joven «criada entre algodones» que nunca llega a destacar en el ambiente competitivo de los mejores colegios privados de Madrid y que encuentra en el islamismo una manera de ser distinta a todas las demás, de brillar con luz propia, aunque sea la luz negra del niqab que ella elige llevar para exhibir su nueva fe.9

El niqab —a menudo llamado burka en Europa— es también el elemento principal en el pasaje de chica normal de Ámsterdam, hija de inmigrantes marroquíes poco o nada religiosos, hacia el yihadismo del Daesh, que se representa de forma ficcionada, pero fiel a una realidad ya ubicua, en la película Layla M. de la cineasta neerlandesa Mijke de Jong. En este caso, la protagonista utiliza con un ánimo consciente de provocación los recién adquiridos elementos del islam salafista: citas coránicas y niqab frente a una familia que no tiene el menor interés en las Escrituras y sí en los estudios de Medicina que a su hija le permitirán ser una próspera ciudadana holandesa. Se trata de rebelarse, hacer lo que la sociedad ve mal. Si la sociedad europea tiene miedo al terrorismo islamista, entonces la mejor rebelión es disfrazarse con el niqab, como hace su guía espiritual, que no es un imam barbudo, sino una holandesa de ojos azules y apellido flamenco: una conversa.

El islamismo salafista se convierte así en una causa para rebeldes que no tienen otra, porque esencialmente no afrontan problemas reales, salvo un ocasional comentario racista en el patio del colegio… o algo que interpretan como racista, porque es fácil trasladar cualquier animosidad personal al terreno colectivo. Rebelarse es algo innato a la juventud, e igual que cualquiera, los inmigrantes de segunda o tercera generación se rebelan en primer lugar contra sus padres. Contra lo que perciben como incoherencia, aburguesamiento e hipocresía de sus padres: se definen como musulmanes, pero no viven para nada —constatan sus hijos— acorde al islam. Una constatación que solo es posible porque alguien les ha dicho a estos hijos lo que es el verdadero islam.

Quien se lo dice son los imames de su barrio y los predicadores salafistas en cadenas de satélite del Golfo, los consejos en los foros de internet. Por eso es tan alto el número de jóvenes europeos que se afilian al Daesh en comparación con marroquíes, tunecinos o egipcios. Incluso en proporción a la población total, el número de combatientes yihadistas belgas que acudieron a Siria en los primeros años del califato es muy similar al de los que salieron de Marruecos (cerca de 50 por millón). Si lo comparamos solo con la población musulmana de cada país, la tasa de ciertos países europeos multiplica la del Magreb.

La misión salafista fundamentalista ha prendido en Europa porque esencialmente se trata de convertir a una nueva religión a una generación que desconoce todo del islam, especialmente de la religión que desde hace siglos se llama islam en el Magreb, en Siria o Anatolia. Porque lo que se llama islam en estas tierras tiene muy poco que ver con lo que hoy se presenta como tal en televisión, internet y redes sociales. Se asemeja, o al menos hasta hace una generación se asemejaba, mucho más a lo que llaman cristianismo los adeptos a la Virgen del Rocío en Andalucía.

SOBRE ÁRBOLES Y TUMBAS

Un kilómetro de cuesta empedrada separa la plazuela de la iglesia de San Jorge en la cima de la colina. Un sol de primavera brilla sobre la muchedumbre que se arremolina entre los pinares, curiosea los puestos de venta de chucherías, velas y bobinas de hilo y se dispone a subir el camino hacia el santuario. El 23 de abril es festivo nacional en Turquía y media Estambul ha acudido a la cita en la isla de Büyükada, la antigua Prínkipo: hoy hay romería.

La gran mayoría son jóvenes, hay también familias enteras, muchas señoras mayores, adolescentes de ambos sexos. Pero predominan las chicas jóvenes. Visten como es habitual en Estambul: vaqueros, camiseta, cazadora, quizás una diadema de margaritas en el pelo. Unas pocas llevan el pañuelo islamista que denota cercanía a la ideología islamista del Gobierno o, al menos, una familia de firmes convicciones religiosas. Todas se acercan a uno de los pinos para atar al tronco un hilo de coser que acaban de comprar en la plaza. Con la bobina en la mano van subiendo la cuesta, desenrollando el hilo. Si consiguen llegar hasta la iglesia sin romperlo, el deseo que han pedido se cumplirá. Una tupida red de colores va tapando el bosque.

En la cima, la cortina de hilos ya se ha vuelto muy tenue, pero quedan otros métodos para forzar la bondad del destino: se puede atar una cintita a las ramas de uno de los árboles ante la iglesia, se puede colocar una velita en un saliente rocoso o disponer un puñado de azucarillos sobre los muretes, formando el blanco objeto de deseo: una casa, un coche, un bebé o directamente un corazón. Y para que no falte devoción, las chicas hacen cola ante la pequeña iglesia, echan unas monedas en el cepillo, escogen una vela, inclinando la cabeza ante el pope ortodoxo en su sotana negra, y la prenden antes de pasar al interior del templo. Muchas buscan un nicho libre en el reclinatorio para redactar una carta e introducirla luego bien doblada en la urna de cristal bajo el icono. San Jorge se encargará del resto.

Todas estas chicas son musulmanas.

«Llevo viniendo veinte años, y todos los deseos que he pedido se han cumplido, ya fuesen de matrimonio, de tener hijos o de salud», dice Handan Ala, una señora de 66 años de Estambul que se define como musulmana creyente. Precisamente por eso, por creyente, considera la iglesia un lugar sagrado. «Cristianismo e islam son cultos hermanos. Isa bin Meryem, Jesús hijo de María, es nuestro profeta también —subraya—. Y yo creo en todos los profetas». La misma justificación la expone el joven Ömür, que ha acudido acompañado de su novia, vestida de manga larga y con el pelo púdicamente oculto por el velo. «Somos musulmanes practicantes», insiste la pareja. «Creo en los cuatro libros; no se puede considerar musulmán a quien no crea en los cuatro», agrega Ömür. Se refiere al Corán, la Torá judía, el Nuevo Testamento y la Ginza mandea. «Una iglesia es la casa de Dios —zanja otra señora—. Y Dios hay solo uno».

La romería de San Jorge en Prínkipo fue seguramente una importante festividad local cuando aún había cristianos ortodoxos en Estambul, hasta mediados del siglo XX. Pero la desaparición paulatina de la población griega tras los pogromos de la década de 1950 —hoy quedan apenas tres mil, casi todos ancianos— no ha puesto fin al peregrinaje: la fiesta es la misma; los rituales, salvo la eucaristía, son los mismos. Solo ha cambiado la religión de los peregrinos. O quizás habría que decir: su religión nominal. Porque lo de atar cintas a un árbol, desenrollar hilos o colocar azucarillos no es que sea muy cristiano tampoco.

Las cintas que se agitan en la brisa de abril para lanzar al cielo un deseo son la bandera de una religión popular que se extiende desde las costas atlánticas de Marruecos hasta Crimea y Persia y más lejos quizás, pasando por los Balcanes y el Cáucaso. En Marruecos se describe a veces como marabutismo, porque el rito está estrechamente asociado a la tradición de peregrinar a la tumba de un santo, un morabito, para curarse de una enfermedad o ver cumplido un deseo: encontrar novio, quedarse embarazada.

Frente al mausoleo del santo, que casi siempre es un pequeño edificio cuadrangular con una cúpula blanca, suele haber un árbol. Y de las ramas del árbol suelen ondear trapos, cintas, trozos de tela o incluso, si el santo está especializado en dolencias de mujer, bragas y sujetadores. Porque el culto es una cosa práctica: se peregrina para pedir algo. Salvo en la romería anual, que sirve para recompensar al santo, renovar el lazo de fidelidad mutua: entonces se sacrifican corderos en su honor, se come, se baila y se encala la cúpula para que siempre luzca blanca.

La palabra morabito viene del árabe murabit, miembro de una rábida, es decir, una congregación de guerreros de la fe (término que también dio nombre a los almorávides). En realidad, a los cientos de miles de hombres y mujeres enterrados en estos santuarios raramente se les atribuyen hazañas bélicas, y sí una vida contemplativa y bondadosa. Aparte del nombre, no se recuerda gran cosa de ellos. Ni siquiera se les llama morabito: lo normal es hablar de Sidi Fulano, cuando es un hombre, y de Lal·la Mengana, si es una mujer.

Podemos hablar de un culto a la tumba, pero en muchos santuarios da la impresión de que lo realmente sagrado no es el catafalco cubierto con un paño verde: eso es solo una manera de formalizar y estandarizar la sacralidad del lugar. Quizás sea el árbol delante. Quizás sea la fuente cercana. Quizás una cueva. También existen morabitos sin tumba, santuarios que marcan solo un lugar donde Sidi Tal vivió un tiempo.

La población que acude a estos santuarios en muchos casos no ha visto nunca una mezquita por dentro: si bien Marruecos entero está salpicado de sidis, numerosos pueblos de montaña carecen de un templo islámico formal. Como mucho hay un edificio para reuniones espirituales, llamada zawía. Pero por lo general, los pocos hombres mayores que rezan —entre las mujeres es más infrecuente todavía— lo hacen en casa, quizás en la azotea, cada uno por su cuenta. No hay imam ni muecín. La fe es un asunto entre cada uno y Dios. Como mucho, en caso de necesidad, con Sidi Fulano o Lal·la Mengana de mediador. Y cuando se acude a ellos, se dice bismilá antes de entrar, se rodea el catafalco, se pronuncia una azora del Corán, si se tiene memorizada alguna, y si no, una breve plegaria propia, en el idioma materno, ya sea el árabe magrebí, ya sea el tamazigh (bereber).

Esta es la religión que la población del Magreb llama islam.

O esto es lo que la población del Marruecos de mi infancia llamaba islam: hablo de los años ochenta del siglo XX. Era similar, con variantes locales, desde Casablanca a Bagdad y Anatolia, con romerías y ceremonias alrededor de morabitos, santuarios locales, fuentes, árboles y tumbas. Usted dirá que de islam tenía poco más que el nombre, y yo estaré de acuerdo, pero no es menos cierto que el fervor religioso de una muchedumbre que salta la reja de la Virgen del Rocío, de cristiano tiene poco más que el nombre. Cuando millones de personas durante siglos llaman islam o catolicismo a los ritos que practican, ya sea atando cintas a árboles, ya sea paseando tallas de madera policromadas, no seré yo quien les quite el término. Los bereberes de las aldeas de mi infancia eran profundamente creyentes, no daban un paso sin invocar a Dios.

—Pásame el vino.

—Aquí tienes, hermano.

—Gracias. Bismilá. En el nombre de Dios.

Una playa atlántica de Marruecos. Interiores, noche. Cinco o seis pescadores, algunos jóvenes, otros no tanto, se han reunido en una de las chozas rudimentarias techadas de cañas, donde se guardan las redes, los remos y los motores fueraborda de las barcas con las que se hacen cada día a la mar. La jornada ha terminado, han cenado, han sacado el vino.

—¿Se puede decir bismilá al beber vino? El Corán prohíbe el alcohol. Es pecado.

—Eso dicen. Sí, seguramente sea pecado. Pero Dios perdona muchos pecados. Quizás beber no sea de los graves. Lo sabremos el día del Juicio. Pero si no digo bismilá al beber, entonces expreso que en este acto estoy sin Él, que me estoy apartando de Dios. Y apartarse de Dios, eso sí que es pecado con certeza.

Estar con Dios, de forma incondicional, siempre, rezando o sin rezar, pecando o no, esta era su fe. Y a esta fe la llamaban islam. Eran musulmanes.

PAGANOS, CONCILIOS Y BRUJAS

Los árboles de cintas al viento no son exclusivos de los países islámicos: se encuentran también en países cristianos. La iglesia de San Jorge en Prínkipo es solo un ejemplo. Otro es la cueva de Agia Solomoni en Pafos, en Chipre, de tradición greco-ortodoxa. En la muy cristiana Armenia, el culto es tan arraigado que la comunidad armenia de Estambul incluso erigió en 2015 un «árbol de los deseos» adornado de cintas como símbolo nacional de la conmemoración del genocidio armenio de 1915.

A primera vista, el culto parece ausente de Europa, pero no es cierto: se ha conservado de la misma forma en Irlanda y Escocia. Bajo el nombre de Clootie Wells se conocen ciertas fuentes o pozos con agua curativa. Se acude en peregrinaje, se moja un trozo de tela en el pozo y se cuelga este harapo en un árbol cercano. Al igual que al sur del Mediterráneo se da por hecho que esto es propio de musulmanes creyentes, aquí es parte de la fe cristiana: cada fuente está dedicada a un santo. También existen numerosos ejemplos en Holanda, en Bélgica y en el norte de Francia, sobre todo en Picardía, donde el árbol más famoso —en realidad, varios troncos casi muertos— es el de Senarpont, junto a un altar dedicado a san Claudio. También aquí, los peregrinos son católicos creyentes. En Questembert, en la Bretaña francesa, una imagen de la Virgen María está fijada al tronco de una encina cubierta de trozos de ropa usada. De Alemania, en cambio, solo parece conocerse un caso de la Selva Negra, con el rito documentado aún poco antes de 1900 y hoy desconocido. Hay que ir hasta Bulgaria para encontrar el próximo árbol de cintas.