Dios, patria y muerte - Diego Mariottini - E-Book

Dios, patria y muerte E-Book

Diego Mariottini

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 Dios, patria y muerte cuenta una historia de fútbol y sangre: la historia de cómo el esférico se erigió en fatídico protagonista de una guerra fratricida y atroz. Describe la inquietante trayectoria de Željko Ražnatovic "Arkan", uno de los criminales más despiadados del siglo XX, y ofrece al mismo tiempo una exhaustiva mirada panorámica sobre el conflicto yugoslavo, reparando precisamente en estas mortíferas conexiones entre el deporte y la deriva bélica que desembocó en la disolución de Yugoslavia. De hecho, el mismo Arkan consolidó y ejerció su poder a través del fútbol, en apariencia un juego inocuo y desvinculado de la política que, sin embargo, ha sido utilizado por regímenes de distintas ideologías como gasolina para encender la llama del odio: en los fondos más oscuros de los estadios, en los sectores más radicales de las hinchadas, la marginación social, el fanatismo y la ignorancia crean una mezcla explosiva de la que, en determinadas circunstancias, pueden nacer auténticas bandas criminales. Tal fue el caso de los Tigres de Arkan, el grupo paramilitar que surgió de las gradas del Estrella Roja de Belgrado y que ilustra como ningún otro la perversa relación que puede establecerse entre masa y deporte. 

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Introducción

 

 

 

Escribir Dios, patria y muerte, cuyo título se inspira en el lema «Dios, Patria y Familia»,[1] ha sido un ejercicio apasionante y a la vez terrible. Fácil y a la vez difícil. Difícil, porque el acceso a las fuentes no ha resultado sencillo, por su escasez y lo complicado que en algunas ocasiones se ha revelado entender, por razones idiomáticas, a las pocas que eran fiables. Difícil también porque los hechos narrados, más allá de las opiniones, resultan demasiado lejanos como para ser actualidad pero demasiado recientes para que puedan ser considerados historia a todos los efectos. La búsqueda de objetividad, por tanto, ha resultado aún más ardua de lo previsto. Pero a decir verdad, escribir este libro también ha sido relativamente fácil porque la figura del comandante Arkan —personaje a través de cuya trayectoria se nos cuenta la de un país, Yugoslavia, que en pocos años cae en el abismo del odio étnico, de la guerra civil y la barbarie— es tan apasionante que le imprime a la narración un ritmo y unos tiempos que, aun manteniendo el rigor del ensayo, se acercan a los de la novela.

Como se verá, los dieciocho capítulos no se suceden en orden cronológico —con la excepción de los últimos—, sino que desarrollan de forma aparentemente aleatoria la evolución criminal primero, y genocida después, del protagonista. El uso del flashback busca crear una suerte de rompecabezas que el lector puede montar de nuevo al terminar la lectura. Se podría incluso leer el libro empezando por el final y no afectaría ni al argumento ni a los hechos narrados: la lógica siempre es la misma, solamente cambian los escenarios y los objetivos de cada momento.

Dios, patria y muerte es, en primer lugar, la historia de Željko Ražnatović, «Arkan», uno de los criminales más feroces y resueltos del siglo xx. Forma también un cuadro de la antigua Yugoslavia, el país que durante décadas fue considerado un ejemplo satisfactorio de experimento de convivencia étnica y de realidad comunista sustancialmente alejada de la órbita soviética.

No era cierto. Tras la caída del muro de Berlín, cada atisbo de convivencia resulta ilusorio y se hace trizas contra una realidad mucho más compleja y dramática. Los seis pueblos que durante casi medio siglo habían conformado la República Federal de Yugoslavia, una vez libres del yugo del régimen, manifiestan su intención de separarse. «Secesión» se convierte en la palabra clave. La propia Serbia, cuya clase política había dominado hasta aquel momento el país federal, de repente no quiere ni oír hablar de Yugoslavia. Todos los implicados apelan al cambio, pero cada uno lo entiende a su manera: si para croatas y eslovenos cambiar significa adoptar una bandera y moneda nuevas, para los serbios cambiar es sinónimo de «serbizar».

A finales de los años ochenta tendrá lugar en los Balcanes el avance de dos fenómenos que en la década siguiente mostrarán al mundo toda su fuerza: el auge del nacionalismo extremo y la consolidación de un crimen organizado que, a lo largo de los años y aprovechándose de una crisis moral y de un vacío de poder sin precedentes, llegará poco a poco a imponerse como clase dirigente de forma cada vez más violenta y descarada.

Junto con el nacionalismo aflora el odio étnico, discriminación que el régimen de Tito había tratado de reprimir con firmeza avanzada la posguerra de la Segunda Guerra Mundial. Tampoco la clase política, que se alinea con los nuevos tiempos, es ya aquella que supo moverse con destreza entre Washington y Moscú durante los años de Guerra Fría. Si Tito, aun con un gran déficit democrático, persiguió la unidad hasta el final, el nuevo dictador serbio Slobodan Milošević busca la dominación étnica, e intenta imponer a la acción política una lógica bélica y criminal. Para llevar a cabo sus planes, el presidente necesita la colaboración de gente sin escrúpulos, dispuesta a todo. Y tiene a su alcance al número uno: Željko Ražnatović, que poco a poco será mundialmente conocido con el pseudónimo de «Arkan».

A finales de los ochenta, Arkan está en la cima de su carrera criminal: es rico, poderoso y se tutea con los altos cargos de la UDBA, los servicios de inteligencia que durante décadas se habían encargado de la seguridad interna para Tito, primero, y para Milošević, después. En Belgrado y en toda Serbia no se hace nada sin que lo sepa Arkan. Para la policía internacional, la simple idea de entregarlo a la justicia se convierte en una quimera. Bajo las órdenes de Milošević pero manteniendo la autonomía, un criminal muda de piel presentándose como un señor de la guerra a sueldo del Estado que, a su modo, representa.

Arkan llega a formar una milicia personal, «Los Tigres», que se nutre de una fuente completamente inusitada: además de los delincuentes reclutados en las cárceles, el comandante escoge uno a uno a sujetos que hasta aquel momento habían sido simples ultras de fútbol, en especial del Estrella Roja de Belgrado, el equipo más laureado de los Balcanes. Las gradas de los estadios se convierten en un trampolín para aprendices de genocidas, dispuestos a masacrar al enemigo y hacer dinero rápido con ingentes botines de guerra. En nombre de un mal entendido patriotismo y bajo el mando inflexible del comandante, los Tigres de Arkan fusilan masivamente, cavan fosas comunes en tiempo récord, violan, torturan, degüellan, se ensañan con los cadáveres de hombres, mujeres y niños, culpables únicamente de pronunciar con acento «equivocado». ¿Cómo se han llegado a transformar las gradas, lugar en el que se profesa amor por el propio equipo, en una suerte de campo de tiro o matadero humano? ¿Qué ha sido del fútbol de un país que ya no existe?

Uno de los propósitos de Dios, patria y muerte es el de hacer un balance de aquello que en el recuerdo infantil del autor era uno de los campeonatos más fantásticos y donde más talento se reunía de toda Europa. Si Yugoslavia no existe, tampoco el fútbol balcánico. O, por lo menos, se ha convertido en otra cosa.

Será precisamente a través del fútbol como se irán propagando, poco a poco, como la peste, los primeros focos de guerra. El odio étnico se difunde a través de las hinchadas y, lentamente, la pelota pasa a los respectivos ejércitos. Las atrocidades que mostrarán las televisiones de todo el mundo serán comparadas con las perpetradas por la Alemania nazi o con las que tuvieron lugar allí donde el comunismo se consolidó en su peor expresión antes y después de la Segunda Guerra Mundial.

El deporte más bello del mundo se transforma así, en manos de presidentes sin escrúpulos y de saqueadores de Estado, en un vector de violencia despiadada. Esa perversión, de la cual Arkan será el principal artífice, llegará a contaminarlo todo: política, fútbol, relaciones personales y hasta la propia convivencia. Hoy, en pleno tercer milenio, Yugoslavia está fragmentada en las seis distintas realidades políticas que hasta inicios de los noventa la conformaban.

Los principales ideólogos del nacionalismo serbio están muertos, o eso se dice. Hay quien piensa que Arkan sigue vivo y que ha cambiado de identidad para dirigir en la sombra la política serbia. De hecho, es una opinión muy común la de que en realidad Arkan orquestó su falso asesinato para evitar acabar en la cárcel como ocurrió con Milošević, y para continuar levantando un imperio del crimen (esta vez oculto). Se dice que nadie ha visto nunca el cadáver del genocida y que tenía al menos siete u ocho sosias en nómina. ¿Qué ha cambiado mientras tanto en la antigua Yugoslavia? ¿Qué culpa tiene que asumir Europa, y Occidente en general, por haber subestimado primero, y tolerado después, una catástrofe como la que estaba teniendo lugar en los Balcanes? Pero sobre todo, lo que debemos preguntarnos es: más allá de las declaraciones de la política internacional, ¿se podrá restablecer la convivencia pacífica entre los hombres tras acontecimientos que son, al menos en apariencia, irreversibles?

I. 1989-2013 En el último estadio

 

 

 

Estadio Olímpico, Roma, domingo 30 de enero del 2000

 

Hace menos de un mes que ha comenzado el tercer milenio. En un apacible domingo de invierno se juega la decimonovena jornada del campeonato de fútbol italiano. Justo antes del inicio del partido Lazio-Bari, en el Fondo Norte, feudo de los ultras locales, se puede leer una pancarta que inicialmente entienden muy pocos: «Honor al Tigre Arkan». Hace referencia al comandante serbio Željko Ražnatović, más conocido como «Arkan», acusado por el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia de crímenes de guerra en Bosnia-Herzegovina. Arkan había sido asesinado en Belgrado hacía apenas dos semanas, el 15 de enero, aún hoy se desconoce por orden de quién.

En aquel momento en Italia gobierna una coalición de centroizquierda que poco menos de un año antes había autorizado y brindado soporte logístico para el bombardeo de la capital serbia por parte de las fuerzas armadas estadounidenses. En el Lazio, que al final del campeonato 1999-2000 logrará el segundo scudetto de su historia, juegan en aquel momento futbolistas tanto serbios como croatas. La guerra étnica en los Balcanes es un recuerdo lacerante para quienes han sufrido las atrocidades en primera persona.

Al margen de los expertos en política internacional, son pocos en Italia los que sabían quién era Arkan. Enseguida se corre la voz de que quien ha encargado el epitafio en forma de pancarta ha sido un jugador del Lazio, amigo personal del «Tigre». Italia y Yugoslavia fueron en una época países limítrofes; desde los noventa ya no, y no precisamente porque la tierra se haya tragado las líneas divisorias, sino porque Yugoslavia ha dejado de existir.

El eslogan presente en el fondo norte del Estadio Olímpico de Roma, al que las televisiones (y no solo las italianas) conceden una visibilidad desproporcionada, levanta polémicas a nivel nacional y en aquellos días la noticia copa la agenda pública: una vez que trasciende quién era Arkan, proliferan las intervenciones parlamentarias y se habla incluso de censurar las pancartas en los estadios. También el mundo del deporte expresa su opinión sobre el suceso. El delantero croata del Lazio, Alen Bokšić, un gran jugador que gracias al fútbol pudo evitar enfundarse el uniforme militar y arriesgar la vida en la guerra, se lamenta de forma clara:

«Estoy mal, muy mal. Me entristece y amarga mucho porque esa frase viene de mis propios aficionados. Han rendido homenaje a quien todo el mundo considera un criminal de guerra contra mi pueblo. De verdad que no se dan cuenta de lo que hacen».

En la misma línea habla el montenegrino (nacionalizado italiano) Bogdan Tanjević, por aquel entonces entrenador de la selección nacional de baloncesto: «Son los fantasmas del pasado que vuelven con prepotencia. Las autoridades no deberían permitir este tipo de comportamientos. El deporte debe unir, no dividir».

Tanjević tiene razón (aunque el pasado al que se refiere está tan cerca que no puede ni considerarse como tal), pero muchos todavía simulan —lo han hecho durante años y lo seguirán haciendo— no entender la situación. O incluso aprovechan el deporte para canalizar ideas y pulsiones en su propio beneficio, exactamente como hizo el Tigre Arkan hasta el momento de su muerte.

 

Belgrado, Estadio Marakana, invierno de 1989

 

Una figura inquietante y extraña, vestida ostentosamente y con aire de capo mafioso, acaba de atravesar las puertas del estadio del Estrella Roja, el equipo de fútbol más laureado de Yugoslavia y una de las formaciones más conocidas de Europa. Lo que allí está a punto de ocurrir cambiará la vida de millones de personas y el destino de un país entero, pero nadie en aquella helada noche serbia de final de década puede imaginarlo aún.

El comunismo se encuentra en el último acto. En pocos meses el muro de Berlín caerá sin necesidad de intervención militar alguna. Los países del Pacto de Varsovia están cortando poco a poco los lazos que los mantenían unidos a la Unión Soviética. La misma URSS tiene los días contados y se desintegrará en las partes que la habían conformado. A diferencia de otros casos, en Yugoslavia, república socialista federativa que no se había adherido al Pacto de Varsovia, la nueva etapa política no se desarrollará de modo pacífico. El paso del comunismo a una forma embrionaria de democracia y libre mercado tendrá lugar de manera traumática, revelando el verdadero rostro de la clase política que representa a la nación. Pocos años más tarde, Yugoslavia se precipitará en el abismo de la guerra civil.

La inquietante figura que aquella noche entra con aire de estrella del rock en la sede del CrvenaZvezda, Estrella Roja de Belgrado, se llama Željko Ražnatović, más conocido como «Arkan». A punto de cumplir treinta y siete años, está en lo más alto de su «carrera». En la capital eslava es una figura temidísima y con muy mala fama; su nombre se pronuncia con mucha cautela y nunca sin un buen motivo, de forma parecida a lo que ocurre con los capos de la Camorra o de la ‘Ndrangheta. Existe un halo de leyenda en torno a él. Lo que se dice asusta y no se entiende qué relación puede tener con el fútbol un personaje que ha hecho fama y fortuna gracias a atracos, negocios turbios de todo tipo y trabajos sucios para los servicios secretos de su país. Muchos no han entendido o han subestimado el poder propagandístico del deporte más popular del mundo. Ingenuidad, quizás, pero ¿quién podía haber imaginado a lo que iba a tener que prestarse el fútbol en los años siguientes?

El Estrella Roja de Belgrado, según la opinión general, representa a nivel deportivo al poder central que durante más de cuarenta años ha sometido a todas las realidades que conforman el mosaico yugoslavo. Es el equipo más laureado del país y en los años inmediatamente posteriores será —como veremos— la única formación balcánica en lograr victorias a nivel internacional.

 

Zagreb, Estadio Maksimir, domingo 13 de mayo de 1990

 

El partido es un Dinamo de Zagreb-Estrella Roja de Belgrado. Domingo caliente de primavera, en todos los sentidos. El estadio que se encuentra frente al Parque Maksimir está a punto de acoger uno de los derbis del campeonato yugoslavo. Entre los dos conjuntos y sus aficiones hay antiguas rivalidades y enemistades, sentimientos que van mucho más allá del fútbol. No solo se enfrentan dos equipos, sino dos pueblos, dos religiones (la católica y la ortodoxa), dos lenguas parecidas pero diferentes, quienes detentan el poder político y quienes quisieran tenerlo. Ni las letras del alfabeto tienen los mismos grafemas. No es solo un partido de fútbol, sino la recreación de un antagonismo en todos los campos.

Lo que sucede aquella tarde es considerado, incluso desde el punto de vista histórico, como el inicio formal de la desintegración del Estado unitario. Se trata, como mínimo, de un evento que evidencia lo que va a ocurrir en el exterior. Señal funesta del futuro de un país. Ya se habían manifestado indicios en marzo de 1989, antes, durante y después del partido Partizán de Belgrado-Dinamo de Zagreb. El Dinamo había vencido en el campo de sus rivales y, primero en el estadio y después a lo largo del camino a la estación, volaron palabras cargadas de odio y nacionalismo. Expresiones que hasta aquel momento no se escuchaban y que el régimen yugoslavo había reprimido con duras penas de prisión. El 7 de mayo de 1990, en la semana anterior al Dinamo de Zagreb-Estrella Roja, se habían celebrado en Croacia las primeras elecciones libres de la posguerra y las había ganado la fuerza nacionalista (e independentista) del HDZ (Unión Demócrata Croata), liderada por Franjo Tuđman.

Aquel domingo 13 de mayo la atmósfera está, por tanto, más que caldeada y el fútbol se convierte en un elemento fácil de instrumentalizar. Los altercados comienzan en las horas precedentes al pitido inicial, pero culminan cuando, durante el partido, los ultras visitantes arrancan los asientos y empiezan a lanzarlos al campo uno a uno. La policía, que —según una opinión muy difundida— en aquel momento está bajo influencia serbia aunque el partido se esté jugando en territorio croata, no reacciona o lo hace con poca contundencia y los ultras del Dinamo —los Bad Blue Boys—, sintiéndose desprotegidos en su propia casa, deciden tomarse la justicia por su mano invadiendo el terreno de juego para interrumpir un partido en el que sus ídolos están siendo agredidos.

Es en ese momento cuando intervienen las fuerzas del orden y la represión parece darse de forma unilateral. La actuación es brutal, hasta el punto de provocar la intervención de los jugadores locales. En particular Zvonimir Bobn, el capitán más joven del Dinamo de todos los tiempos, conocido por su capacidad de autocontrol incluso en las situaciones más delicadas, pierde los nervios y se enfrenta a patadas con dos policías que están golpeando a los ultras croatas. Las imágenes circulan por las televisiones de toda Europa. En aquella ocasión, todos los medios eslavos hablan —quizás desde la ingenuidad, quizás calculadamente— de vandalismo deportivo, pero rápidamente se hace patente que aquello solo será el primer paso de un camino sin retorno. Los círculos nacionalistas (no solo serbios) están usando el fútbol con un objetivo claro: destruir Yugoslavia y reescribir la historia de un país condenado a la fragmentación.

El 26 de septiembre de 1990 da inicio el campeonato 1990-91, el último de la historia del país unitario. El partido Partizán de Belgrado-Dinamo de Zagreb degenera rápidamente. Con un marcador de 2-0 para los locales, los aficionados croatas invaden el terreno de juego e inician una protesta para reivindicar la creación de la federación croata de fútbol. Armados con barras y palos, logran arriar la bandera yugoslava del mástil del estadio izando en su lugar la croata. El mensaje es claro y directo.

Los Bad Blue Boys (cuyo nombre se inspira en el de los ultras ingleses del Chelsea), que se autoproclaman como defensores del honor de Zagreb y de Croacia, son considerados los principales opositores al chauvinismo de la Gran Serbia antes incluso del estallido de la guerra. Si se observa detenidamente, parece la imagen especular de sus semejantes del Estrella Roja. Y, así como estos últimos estarán vinculados a la falta de escrúpulos del presidente serbio Milošević y a la maquinaria de Arkan, también los Bad Blue Boys serán funcionales a los intereses de Franjo Tuđman, hincha del Dinamo de Zagreb además de «presidentísimo» de la República Croata. Tuđman es una de las tantas figuras que fundamentará una parte significativa de su éxito político en la mezcla entre fútbol, política y poder económico.

 

Belgrado, Estadio Marakana, miércoles 18 de agosto de 1999

 

Esta fecha pasa a menudo inadvertida a nivel histórico y deportivo, pero resulta clave para reconstruir el clima político del momento. Lo que sucede aquella noche puede ayudarnos a perfilar con más precisión al protagonista de Dios, patria y muerte.

Confiaremos a un artículo de periódico de hace ya más de veinte años la tarea de describir la atmósfera que se respiraba en aquel primer enfrentamiento futbolístico entre la Yugoslavia de Milošević y la Croacia de Tuđman después de la guerra.

En agosto de 1999 Belgrado es bombardeada en «misión de paz» por la aviación estadounidense. Tanto la ciudad como la población civil están extenuadas. Aquella noche, desde el estadio Marakana, las televisiones emiten en directo los primeros cánticos contra el dictador serbio Slobodan Milošević. Este reaccionará a su modo ante una protesta tan impetuosa como, quizás, imprevista, demostrando así que el llamado «consenso unánime» en torno a la figura de Milošević no era sino una invención del régimen y una idea difusa que, en cierto modo, creía solo Occidente.

 

Publicado en el Corriere della Sera del 19 de agosto de 1999 con el título «No fue un apagón, fue un complot político»:

 

Se va la luz durante el partido en Belgrado, y de la oscuridad emerge la protesta. Sucedió de repente tras el inicio del segundo tiempo. Las selecciones yugoslava y croata, después de un primer tiempo concluido 0-0 y sin incidentes, salvo el aluvión de pitidos dirigidos al equipo visitante en el momento del himno nacional, reanudan el juego cuando de repente, por si alguien se había olvidado de que Serbia es un país puesto de rodillas después de tres meses de bombardeos de la OTAN, el estadio del Estrella Roja se queda a oscuras.

¿Corte de luz o sabotaje? Incluso la red de telefonía móvil no funciona, o funciona solo por pocos segundos, después la llamada se interrumpe. En la profunda oscuridad, los espectadores optan de inmediato por la segunda posibilidad. Alguien lanza bengalas. De la circunferencia del estadio se alza un cántico obsceno contra el máximo líder Slobodan Milošević, que nunca aparecerá en la televisión y en la prensa del régimen: «Slobo pizdo, Kósovo si izdo!». La traducción literal más pudorosa del insulto, que es necesario reproducir para dar cuenta del clima, sería «Slobo, cerdo, has traicionado a Kósovo», seguido de «Fuera Slobo» y «Slobo, Saddam».

El largo reinado de Milošević comienza a hundirse en el ridículo. En medio de la densa oscuridad, los cuerpos especiales de la policía, puestos rápidamente a controlar la situación, no saben ni por dónde empezar mientras vuelve a sonar el ofensivo cántico acompañado de risas burlonas. Algún policía, mientras se encienden los focos de emergencia, lanza preventivamente un gas lacrimógeno que hace toser a un pequeño sector del estadio, incrementando el nerviosismo. Para salvar la situación, por suerte, interviene una banda musical instalada en un rincón del estadio que la avaricia del régimen, ansioso por evitar encontronazos con la oposición en las gradas, ha terminado por dejar medio vacío. Las notas de la «Marcha sobre el Drina», que para los serbios es un equivalente a la «Canción del Piave» italiana, funciona en cierta medida como distracción.

Sin embargo, grupos cada vez más grandes empiezan a mostrar señales de impaciencia, haciendo caso omiso al altavoz que repite: «Por favor, mantengan la calma y permanezcan en sus asientos. El partido se reanudará en breve». Para que se restablezca la electricidad y el juego comience de nuevo falta todavía media hora. Al final, para la crónica, el resultado fue de cero a cero. En cierto sentido, el partido entre Yugoslavia y Croacia ha supuesto un ensayo general de la manifestación que se celebrará esta tarde. Igual que lo fue la manifestación de ayer en la ciudad de Niš, a la que asistieron 25.000 personas. Hace diez años, al comienzo del mandato del nefasto Milošević, el país y su economía llamaban a la puerta de la Europa del desarrollo. Ahora se encuentra empobrecido, aislado y devastado, en una situación sin salida, y la frustración que ello provoca es una bomba de relojería a la espera de que cualquier detonante la haga estallar, incluso uno deportivo.

Se entiende, por tanto, en la lógica de un régimen que ha fracasado en todos sus objetivos menos en el de permanecer en el poder, que los esfuerzos son dirigidos a evitar que el descontento (cada vez mayor) sea la chispa que encienda la mecha. Son muchas las muestras de lo que la gente piensa verdaderamente, si se ignora la prensa y las televisiones controladas por el gobierno, en las que se está intensificando una propaganda desenfrenada. En el centro de Belgrado, cerca de la universidad que está cerrada por vacaciones, en medio de la peatonal Knez Mihailova, alguien ha colgado sobre la acera, alrededor de una fuente, varias pancartas hechas con sábanas: «Kósovo, 177.000 desplazados serbios», se lee en una de ellas. «Bosnia, 500.000 desplazados serbios» dice otra. «Krajina, 600.000 serbios sin casa», se lee en una tercera. Otra más, sarcástica, anuncia: «Triunfo en todas direcciones de las políticas de Milošević». Según una encuesta independiente, el 70% de la opinión pública serbia apoyaría la dimisión de Milošević.

Mientras tanto, en Belgrado, la policía arrestó ayer a cuatro líderes de los ultras del Estrella Roja, el cual, además de acoger el partido Yugoslavia-Croacia de anoche, debía aportar una masa de aficionados «de confianza», con el objetivo de ocupar el mayor número posible de los 20.000 asientos gestionados en bloque por el gobierno, para impedir que fueran ocupados por simpatizantes de la oposición. Cuando los líderes de los ultras del equipo se negaron, alegando que los hinchas del Estrella Roja acudirían a la manifestación de esta tarde contra Milošević y el régimen, se desencadenaron las detenciones. No se entiende cómo, si la protesta subterránea empieza a aflorar, precisamente Vuk Drašković, que a pesar de sus vaivenes sigue siendo el más popular de los potenciales líderes, ha decidido no decir ni una sola palabra en la gran manifestación contra el gobierno de hoy.

Pedrag Šimić, el experto en asuntos internacionales de Drašković, el cual además de no hablar en el mitin hasta ahora ha anunciado que no hará declaraciones, responde con evasivas: «La sustitución de Milošević será un partido que se juegue a largo plazo». Lo que hace falta, añade el consejero del Movimiento de Renovación Serbio, no es un choque frontal, que inevitablemente provocaría violencia y que con toda probabilidad no tendría éxito. «Nosotros, sin embargo —insiste el representante del partido de Drašković—, pensamos en una acción de desgaste bien planificada, que deberá contar, entre otras, con “sanciones inteligentes” dirigidas a socavar al régimen».

Las «sanciones inteligentes» contra Milošević deberían, en lugar de, por ejemplo, bloquear de manera indiscriminada el flujo de inversiones y de ayudas a la reconstrucción, mantener el embargo al gobierno y a las empresas estatales y promover, con ayudas directas, el desarrollo comunitario.

 

Génova, estadio Luigi Ferraris, martes 12 de octubre de 2010

 

Cálida tarde de otoño en Génova. Italia y Serbia se disputan la clasificación para la Eurocopa de 2012. Ambos integran el grupo C, junto con Eslovenia, Estonia, Irlanda del Norte y las Islas Feroe.

Gran expectación ante el equipo del nuevo seleccionador nacional Cesare Prandelli, y no solo por lo que está en juego: la formación azzurra cuenta con tres jugadores de la Sampdoria y uno del Genoa, para regocijo de la afición local. Aquel martes, sin embargo, se transforma rápidamente en una tarde de furia retransmitida en directo en televisión ante la mirada impotente de los telespectadores, de los millones de aficionados italianos y, sobre todo, de las fuerzas del orden.

Era ya evidente que la violencia en el fútbol había llegado a las selecciones nacionales, y el conflicto, predecible (los hooligans ingleses daban clara muestra de ello). Aun así, los ultras serbios, cuyo ídolo declarado sigue siendo el comandante Arkan incluso diez años después de su muerte, crean auténtico estupor: la violencia impide que se juegue el partido Italia-Serbia. A su salida al campo, los dos equipos son recibidos con petardos lanzados desde el sector visitante y la policía antidisturbios protege y rodea a los jugadores. A la enésima bengala que se cuela en el terreno de juego, en aquellos minutos que se logran jugar después de media hora de retraso, el árbitro escocés Craig Thomson suspende de una vez por todas el partido.

Ese 29 de octubre, la UEFA declarará vencedora a Italia, aunque la sentencia dejará un amargo sabor de boca a buena parte de la opinión pública: frente a una sanción económica equivalente a 120.000 euros impuesta a la Asociación de Fútbol de Serbia y la obligación de disputar dos encuentros a puerta cerrada (de los cuales uno de aplicación en suspenso, bajo vigilancia para que no se repitan incidentes similares), a la Federación Italiana de Fútbol se le impone una de 100.000 euros por responsabilidad objetiva, más la obligación de disputar un encuentro a puerta cerrada (también de aplicación en suspenso). Como si entre la responsabilidad objetiva de quien acoge un evento y la culpa de haber impedido el desarrollo de un partido, con relativos daños a las instalaciones, pudiera haber solo 20.000 euros de diferencia. Parece insinuarse que se trata de un problema de índole económica.

Nunca había ocurrido algo así, al menos con la selección italiana. La televisión pública de Belgrado habla, y con razón, de vergüenza nacional. Al final, la televisión serbia ha resultado ser más objetiva que la UEFA.

Antes, proliferaron los incidentes por la ciudad y en las inmediaciones del estadio, con botellas y bombas de humo lanzadas por doquier por los alcoholizados ultras serbios, peleas con la policía en el exterior, en una Génova ocupada y secuestrada por los violentos, como si se tratara de los Black Block durante el g8 de 2001. Y como en el 2001, peatones que huyen, negocios que cierran aprisa, comerciantes aterrorizados. Escenas de guerrilla urbana. Después, el asalto al autobús del equipo serbio cuando salía del hotel en el centro, camino al estadio. El portero Stojković es alcanzado, insultado, abofeteado y amenazado (los ultras del Estrella Roja le consideran culpable de haber encajado tres goles ante Estonia, pero sobre todo de haberse pasado a las filas del Partizán de Belgrado, el equipo rival). Una bomba de humo arrojada dentro del autobús lo golpea de refilón, lo que obliga al número uno eslavo a ser atendido por los médicos y termina por impedirle jugar el partido.

Poco antes de la salida al campo de los equipos, los 1500 ultras serbios encerrados en la «jaula de Marassi»[2] —hay quien la llama así— inician los disturbios. Tres de ellos escalan los cinco metros de mampara de vidrio cuchillo en mano —introducidos sorteando los inexistentes controles—, cortan la red ubicada encima y dan inicio al bombardeo de petardos, bombas de humo y bengalas.

El líder ultra Ivan Bogdanović se asemeja a un oso de proporciones gigantescas, lleva un pasamontañas negro y camiseta con el dibujo de una calavera. Si vistiera una camiseta que pusiera «Speziale libero»[3] se podría confundir con Genny ‘a Carogna, el líder de los ultras del Napoli que copó la atención de los medios durante la final de la Copa Italia Napoli-Fiorentina del 3 de mayo de 2014.

La madre contará a la prensa que Ivan es un buen chico, sensible y reflexivo, dedicado a su casa y a su familia, educado y muy respetuoso, pero nadie la creerá: las imágenes que lo retratan en acción no admiten género de dudas. Las bengalas que lanzan Bogdanović y compañía alcanzan el Fondo Norte del Ferraris: los aficionados italianos huyen, igual que los fotógrafos, que están ahí para trabajar y no quieren quedar calcinados. La policía antidisturbios se ubica en formación de falange bajo el sector de los ultras serbios, pero sin resultados. Los bomberos intentan disuadir a los violentos con camiones hidrantes, pero lo cierto es que durante media hora más los ultras tienen secuestrado al estadio entero e impiden que se reanude el partido. Los equipos vuelven al vestuario a esperar la decisión de los árbitros y de la UEFA.

Hacia las 21:20 se intenta jugar de nuevo: los serbios, desde el capitán Stanković, jugador del Inter de Milán, a Krasic, de la Juventus de Turín, acuden bajo el sector de su propia afición en busca de una tregua. Pero lo hacen con lo que es visto como una adulación temerosa, aplaudiendo y levantando los tres dedos, símbolo del orgullo serbio (después explicarían, con poca credibilidad, que el gesto de los tres dedos quería decir simplemente el riesgo de que les sancionaran con la derrota por 3-0). El partido dura 6 minutos. En el sexto minuto lanzan una bengala que explota junto al portero azzurro Viviano.

Los equipos se detienen de nuevo, Viviano avanza hasta el centro del campo. El colegiado escocés corre hasta el cuarto árbitro McLean moviendo la cabeza. También Cesare Prandelli hace gestos negativos. «No, así es imposible». Son las 21:37 del martes 12 de octubre de 2010. En la otra parte del mundo, en los Estados Unidos, se celebra el Columbus Day. Aquí, sin embargo, no hay nada que celebrar. Los ultras serbios están exultantes por el caos generado, mientras al capitán Zambrotta y a los azzurri no les queda más que saludar al público y aplaudirle por la paciencia y el civismo demostrados al no responder a los ataques. El infierno seguirá fuera del estadio Luigi Ferraris, en lo que inicialmente debía ser una bonita noche de fútbol entre dos equipos que buscaban clasificarse conjuntamente para la Eurocopa de 2012.

 

Al respecto, Alberto Negri publica en Il Sole 24 ore:[4]

 

BELGRADO - Si el fútbol se ha convertido por muchas razones en un reflejo de la sociedad, en Belgrado tienen más de un problema. «Los policías italianos son unos chiquillos respecto a los nuestros. Si en Génova hubieran estado los duros del Estrella Roja los machacaban a todos», comenta Zoran apoyado en el mostrador del Mozart, una de las casas de apuestas donde se reúnen los Grobari (Sepultureros), ultras del Estrella Roja.

Lleva estampada en la chaqueta el águila blanca bicéfala del escudo nacionalista y monárquico y en el brazo un tatuaje con las cuatro «C» en alfabeto cirílico con la cruz ortodoxa, acrónimo de «Samo Sloga Srbina Spasava», uno de los eslóganes más temidos de los Balcanes: «Solo la unidad salva a los serbios». Lo usaban los monárquicos chetniks y acabó difundiéndose entre las milicias de paramilitares que protagonizaron limpiezas étnicas.

En torno a Zoran hay un grupo de grobari enfrascado en una discusión sobre las cuotas de los partidos de fútbol y de un torneo de tenis en China. Fanfarrones, holgazanes, corpulentos y vestidos de sport como los camorristas de Gomorra, como Ivan Bogdanović, líder de los disturbios de Marassi. No muy lejos del Mozart, el 29 de septiembre del año pasado, los ultras del Partizán, los Delije (Héroes), atacaron a un grupo de hinchas del Toulouse y machacaron al francés Brice Taton, de veintinueve años, con un bate de baseball. Era una especie de rito de iniciación: «Los hooligans más jóvenes —explica Misha, cliente habitual del Atlantis— tienen que ganarse el ingreso al club de los ultras y superar una prueba de fuego para acceder a los privilegios que da la pertenencia al grupo». La respuesta llegó de forma inmediata: fueron arrestadas una decena de personas, condenadas a penas de más de treinta años, y fue identificado el instigador, un narcotraficante que se dio a la fuga. Se cerraron varios clubs de seguidores del Partizán, Estrella Roja y del Rad, equipo más pequeño pero que se distingue por sus ultras neonazis, quizás los más violentos de todos.

«La mitad de las agrupaciones ultras son asociaciones criminales y deberían estar prohibidas», dijo entonces el Ministro del Interior y Vicepresidente Ivica Dačić, que ayer criticó duramente a la policía italiana sin mencionar que, en Belgrado, los hooligans son una cuestión de Estado, no solo de orden público. Los símbolos futbolísticos y las banderas de los equipos en los Balcanes son máscaras que esconden muchas realidades […]. La otra máscara, además de la criminal, es política: la retórica nacionalista imbuye las hinchadas. Sepultureros y Héroes son seguidores de movimientos políticos como Obraz, el Movimiento 1389, año de la histórica derrota de los serbios en el Campo de los Mirlos, en Kósovo; o Nashi, grupo juvenil filorruso cuyos integrantes circulan con la foto de Vladimir Putin en la camiseta, considerado defensor del mundo eslavo.

Son contrarios a la independencia de Kósovo y, sobre todo, al acercamiento del gobierno y del presidente Boris Tadić a Occidente: para ellos, la OTAN y la Unión Europea, culpables junto con Estados Unidos de haber bombardeado Belgrado en 1999 y apoyado a los albaneses, son los verdaderos enemigos del pueblo serbio. Actualmente están logrando su objetivo: han empañado la visita de Hillary Clinton a Serbia y ayer el Parlamento holandés se pronunció en contra de la candidatura de Belgrado a entrar en la ue. […] Estas son las máscaras y los rostros de las masacres balcánicas, el lastre heredado de los años de Milošević, el pasado que no pasa.

 

Aborda el tema también Stefano Citati en Il Fatto Quotidiano del mismo día.[5] Los lectores, incluso aquellos que no tienen gran interés en el fútbol ni en la selección, pueden hacerse una idea de quiénes son «los señores del fútbol» en Belgrado y de cuántos intereses de naturaleza diversa gravitan alrededor del balompié:

 

Van de negro como los Black Block que Génova recuerda, pero su credo es el nacionalismo y su actitud es de guerra. Los ultras serbios hacen bandera del orgullo patrio y de cada oportunidad, un desafío. En estos días en los que se conmemora el aniversario de la caída de Milošević (el 5 de octubre), los extremistas están de luto por el fin de la Gran Serbia, y recuerdan la traición de la comunidad internacional que intervino para salvar a Kósovo bombardeando las tierras sagradas del nacionalismo de Belgrado. Ahora que el país inicia el larguísimo proceso para entrar en la Unión Europea, los ultras miran al pasado, a la tradición y a los fundamentos de los valores nacionales. El domingo, grupos de extremistas religiosos ortodoxos agredieron en Belgrado a los asistentes al Orgullo Gay, contando entre sus aliados con ancianas armadas de crucifijos. Se registraron más de 150 heridos, 71 arrestos y se abrió una investigación sobre Mladen Obradović, el líder del movimiento derechista Obraz (Honor).

De formación nacionalista (y paramilitar) hay muchos en Serbia, a menudo vinculados a grupos de aficionados de fútbol, que pescan en la nostalgia por un país derrotado y normalizado. Según una encuesta reciente, el 80% de los serbios afirma que el mejor periodo de su historia ha sido bajo el régimen comunista de Tito (el 6% ha elegido al último dictador Milošević, muerto en el 2006 mientras se encontraba bajo proceso judicial ante el Tribunal Internacional de La Haya). Ayer los ultras que interrumpieron el partido en Marassi coreaban cánticos que apelaban al poderío militar perdido, alzando los tres dedos de la mano izquierda en señal de victoria y extendiendo la pancarta «Kósovo es Serbia»; los tres dedos (pulgar, índice, corazón) simbolizan la cruz ortodoxa y el eslogan «Viva la Gran Serbia», representando las raíces cristianas del nacionalismo, y recordando también a las milicias chetniks que en la Segunda Guerra Mundial se alinearon con las tropas de Hitler que habían invadido los Balcanes. El mismo saludo parafascista que los Tigres de Arkan —el líder de los paramilitares de los años noventa que se hacía fotografiar con un cachorro de tigre y con una ametralladora bajo el brazo, y cuya mujer era la reina del turbofolk, la música tradicional-tecno serbia— hacían durante la guerra civil.

El tigre Arkan […] era el líder de los ultras del Estrella Roja de Belgrado y desarrollaba actividades criminales (la mafia de los Balcanes siempre ha tenido un fuerte interés en el fútbol serbio) y de espionaje; con la guerra se recicla como jefe de milicias paramilitares. La combinación entre deporte, nacionalismo y actividad militar es una mezcla que no han disuelto ni el fin de la guerra ni los gobiernos democráticos que se han sucedido en Belgrado; la nostalgia por los territorios perdidos con la intervención internacional y la última derrota en Kósovo han alimentado el orgullo nacionalista de los fondos de los estadios serbios y de un pueblo que no acepta el cambio de papel y el redimensionamiento de su país.

 

En la mañana del 8 de marzo de 2011 llegan las primeras condenas. Un martes amargo para Ivan Bogdanović y sus amigos, en la cárcel desde el 12 de octubre del año anterior. No les queda más remedio que esperar a la apelación. Medios de toda Europa se apresuran a dar la noticia. Los desórdenes de Génova por los cuales son condenados los cuatro imputados, aunque sea con penas bastante leves, causan gran impresión en la opinión pública del Viejo Continente.

El 8 de marzo, Alessio Da Ronch cuenta los hechos en La Gazzetta dello Sport:[6]

 

GÉNOVA - Tres años y tres meses de reclusión ha sido la condena para el ultra serbio Ivan Bogdanov [sic], que el pasado 12 de octubre aterrorizó al estadio Marassi provocando la suspensión definitiva del Italia-Serbia y cuyo resultado, 3-0 para los azzurri