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Raye Morgan

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Beschreibung

La última persona a la que Mitch Carver esperaba ver entrar en su oficina era a Darcy, la mujer con la que llevaba meses soñando. A pesar de la atracción que había entre ellos, ambos sabían que eran demasiado diferentes: ella buscaba una relación estable y él, aventuras de una noche. ¡Darcy Connors no podía creerlo! Con lo difícil que había sido encontrar a Mitch, ahora tenía que decirle que el fin de semana que habían pasado juntos en París había dado lugar a un compromiso de por vida… ¡un compromiso doble!

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Seitenzahl: 134

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2007 Helen Conrad

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Doble compromiso, n.º 2174 - octubre 2018

Título original: The Boss’s Double Trouble Twins

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1307-064-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Mitch Carver vaciló antes de entrar en el nuevo despacho de cristal y cromo que le habían asignado. Todo en él se rebelaba. ¿Cuántas veces había jurado que no volvería a trabajar en la empresa familiar? Y, sin embargo, allí estaba.

Soltó una palabrota, mirando el enorme escritorio, el ordenador de última generación, los libros perfectamente ordenados… el despacho de un ejecutivo.

Entonces vio su propio reflejo en una de las ventanas. Había tenido que ponerse un traje de chaqueta, por Dios bendito. El pelo, que normalmente llevaba largo, ahora estaba bien cortado. La barba y el bigote habían desaparecido. Hacía años que no tenía un aspecto tan convencional. Y lo detestaba.

–Has vuelto a ganar, papá –murmuró.

Pero sólo durante un año. Eso era lo que le había prometido.

Un ruido hizo que girase la cabeza. Llegaba de lo que debía de ser el baño privado de sus oficinas. Mitch miró la puerta cerrada. Le habían dicho que toda aquella planta estaba vacía; una planta que él debía llenar con su supuesto genio ejecutivo. Pero allí había alguien… o algo.

Una voz femenina cantaba una canción…

Mitch arqueó una ceja. Qué interesante. La voz era increíblemente sexy.

Sí, había una mujer en el baño. Una polizona. Y si era tan bonita como su voz… Se le había erizado el vello de los brazos. Eso siempre era buena señal.

No podían haberla dejado allí a propósito, sólo para él, como un regalo. Pero nunca se sabía. Aquello sonaba muy interesante.

–¡Hola!

No hubo respuesta.

–¿Hay alguien ahí?

Nada. Mitch arrugó el ceño. No podía dejarlo así.

–Voy a entrar –le advirtió a quien fuera.

Cuando empujó la puerta se encontró… con una mujer desnuda y empapada, cubierta apenas por una toalla que se le caía por los lados.

–¡Oiga! –gritó ella, intentando sujetar la toalla.

–¡Tú! –exclamó él, preguntándose si habría perdido la cabeza. Porque allí estaba, cara a cara con la mujer que había ocupado sus sueños durante meses. Una cara, un cuerpo… que nunca podría olvidar, aunque estuviera abriéndose paso en una jungla de Brasil o recorriendo el Himalaya.

¿Cuánto tiempo habían estado juntos? Menos de cuarenta y ocho horas. Y, sin embargo, de todas las mujeres a las que había conocido en su vida, ella había permanecido en su cabeza como… como una de esas canciones pegadizas que no se pueden dejar de canturrear.

Sí, una conciencia culpable le hacía eso a un hombre.

Culpable por tratar a una mujer así, como si fuera un revolcón de una noche. Culpable por seducir a una mujer cuya relación con un viejo amigo nunca había quedado aclarada del todo. Culpable por dejar que una atracción sexual le hiciese olvidar todo lo demás. Podría culpar a la embriagadora belleza de París, pero él sabía muy bien que había sido culpa suya. Ella lo había embrujado, pero él se había dejado seducir.

–¿Mitch Carver? –exclamó ella, horrorizada.

Mitch hizo una mueca. El sentimiento era mutuo. A nadie le gustaba enfrentarse con el recuerdo de un momento de debilidad.

–Darcy Connors –murmuró–. ¿Estoy en la oficina equivocada o simplemente pasabas por aquí?

Ella seguía mirándolo como si estuviera viendo un fantasma.

–Bueno, da igual. Tú sigue con lo tuyo, yo voy a… me voy a… –tartamudeó Mitch.

–¿Qué haces aquí? ¿No habías dicho que nunca volverías a Texas?

A Mitch también le había sorprendido volver a verla, pero empezaba a pensar que Darcy estaba exagerando. Él no merecía esa trágica expresión. Después de todo, no era un asesino.

–He dicho muchas cosas de las que me he arrepentido después. Pero la vida da muchas vueltas y a veces uno tiene que comérselo con patatas. ¿Ves esto? –Mitch señaló su boca–. Pues ahora mismo tengo la boca llena de patatas.

Darcy arrugó el ceño, demasiado sorprendida como para entender la broma.

Mitch la miró: el pelo empapado, la sedosa piel, esas largas piernas que recordaba de aquella noche de luna llena en París…

Esa inolvidable noche. Por un momento, Mitch volvió a estar allí, con la suave brisa, el sonido del agua mientras el Bateau Mouche se movía por el Sena, las notas de un acordeón en la distancia, las luces jugando con un grupo de estatuas, los árboles, los balcones de hierro forjado… Darcy temblaba un poco y él le había pasado un brazo por encima del hombro para que no tuviera frío. Darcy había susurrado algo y Mitch había sonreído, respirando su perfume…

«Un momento. Cálmate, chico», se dijo a sí mismo, recordando exactamente por qué esa mujer era tan peligrosa. Por alguna razón, despertaba sus sentidos de una forma básica, primaria. Y mirándola ahora, sabía que nada había cambiado. Todo en ella parecía despertar su libido.

Y eso no tenía sentido. Ella no era su tipo en absoluto. Aquella chica tenía el «final feliz» escrito en la cara. Y él era de los de «hoy aquí, mañana en otra parte». Aceite y agua. No mezclaban bien y era peligroso intentarlo. Al menos, así era en su mundo.

–Entonces, ¿ya no estás en Francia? –preguntó él.

Ella lo miraba con tal intensidad que Mitch estuvo a punto de dar un paso atrás. Darcy se había quedado tan prendada de él esa noche como Mitch. Lo había visto en sus ojos, lo había sentido en sus besos. Pero todo eso había desaparecido. Su mirada ahora era especulativa y parecía estar a la defensiva, como si esperase un ataque.

Eso despertó su curiosidad. Él sabía por qué quería alejarse de ella. Pero, ¿por qué quería Darcy alejarse de él? ¿Estaba enfadada porque no había intentado ponerse en contacto con ella en los últimos dos años? ¿O tendría algo que ver con el sentimiento de culpabilidad que él mismo experimentaba?

–No, ya no estoy en Francia –contestó por fin–. Primero me mandaron a Atlanta, pero ahora me necesitan aquí, en Terra Dulce, así que vivo en San Antonio.

Allí estaba. Y eso significaba que iban a trabajar en la misma empresa durante el próximo año. Pero no tenía por qué ser un problema, se dijo. Después de todo, apenas se conocían. Que hubiesen compartido esa noche en París no significaba que fueran amigos. No tenían que verse fuera de la oficina. Probablemente se saludarían por los pasillos y nada más. Él no pensaba estar allí mucho tiempo de todas formas.

–Me he enterado de lo que le pasó a Jimmy –dijo Mitch, mencionando al amigo en cuyo apartamento de París Darcy y él se habían conocido. Jimmy había muerto en un accidente mientras pilotaba un coche de carreras unos días después de que él se fuera a Brasil–. Siento no haberme enterado a tiempo para ir al funeral.

Darcy asintió con la cabeza.

Mitch podría haber dicho algo más. Podría haberle explicado que entonces estaba en una prisión sudamericana, sin saber si iba a salir vivo de allí. Evidentemente, lo habían soltado. Pasar algún tiempo en la cárcel no era más que un mero incidente en su trabajo. Pero no pensaba contárselo.

Jimmy había sido su nexo de unión. Mitch y Jimmy habían sido amigos desde la infancia. Perdieron el contacto después del instituto, pero había oído que Jimmy trabajaba en París y cuando pasó por allí había decidido ir a verlo. Encontró a su viejo amigo cambiado y distante… pero también encontró a Darcy.

Ella vivía con Jimmy, pero nunca le quedó claro qué clase de relación mantenían y, la verdad, no había querido saberlo. Ella parecía estar deseando salir del diminuto apartamento, de modo que dejaron a Jimmy atrás y salieron a disfrutar de la ciudad. Pronto fue como si Jimmy no hubiera existido nunca. Durante un día y medio, habían estado tan obnubilados el uno en el otro que nada más parecía importar.

–Era un tipo estupendo.

Ella asintió de nuevo con la cabeza.

–Sí, ha sido una pena.

Pero después de un momento lo miró, señalando la toalla.

–¿Te importa?

–Ah, sí, claro, perdona –se disculpó Mitch. Pero antes de cerrar la puerta se detuvo–. Espera un momento. No me has dicho qué estás haciendo aquí. Pensé que éste era mi nuevo despacho.

Darcy parpadeó, confusa.

–Pues… he sido víctima de un accidente laboral. Uno de los genios del departamento financiero me ha tirado el café encima.

–¿Y te ha manchado de la cabeza a los pies?

Ella asintió de nuevo.

–Él estaba en la pasarela del segundo piso y yo estaba en el vestíbulo…

–Ah, bueno, ya lo entiendo –la interrumpió Mitch, con una sonrisa en los labios–. Debía de estar muy enfadado contigo.

Darcy abrió la boca para protestar, pero él levantó una mano.

–Da igual. Te dejo con tu tarea. Encantado de volver a verte, Darcy.

Una vez fuera, se detuvo un momento, como un hombre comprobando sus partes vitales después de una maniobra peligrosa. Todo seguía de una pieza. Todo, salvo su tranquilidad mental. Aparentemente, Darcy Connors estaba de vuelta en su vida y eso era algo con lo que no había contado. Cuando aceptó volver a Texas para trabajar en la empresa familiar pensó que Darcy seguiría en París. No se le había ocurrido que podría estar en Terra Dulce.

Mitch respiró profundamente, diciéndose a sí mismo que no tenía importancia. Esa vez no había peligro. Tenía otras cosas en la cabeza y no pensaba dejar que una mujer le hiciera perder la perspectiva. Se controlaría.

Pero no era fácil. Había algo en aquella mujer que lo atraía de una forma increíble. Y esa voz suave, sexy, un poco ronca… lo volvía loco. Lo atraía irremediablemente.

«Tranquilo», se dijo a sí mismo.

Colocándose la corbata, Mitch se dirigió al ascensor. No quería estar en el despacho cuando ella saliera del baño.

 

 

Darcy estaba perpleja. Mitch Carver había vuelto. El hombre intocable, imposible de encontrar durante los últimos dos años, de repente había vuelto. Y eso significaba que tendría que hacer lo que no había podido hacer durante esos dos años: hablarle de los mellizos.

Tenía que decírselo. Darcy tragó saliva, nerviosa. Sí, iba a decírselo, pero no en aquel momento. No estaba preparada. Había aceptado que jamás volvería a verlo y ahora, de repente, allí estaba. ¿Cómo iba a decírselo?

Si le hubiesen advertido de su llegada… Últimamente todo le ocurría demasiado deprisa, sin aviso. Y nunca estaba preparada, de modo que siempre metía la pata. Como aquella mañana. Sabiendo que el despacho estaba vacío, se había metido en el baño pensando que tendría tiempo de darse una ducha rápida antes de que nadie se diera cuenta de que no estaba en su puesto de trabajo, en la segunda planta. ¿Y qué había pasado? ¡Que Mitch Carver aparecía justo cuando estaba en la ducha! ¡Mitch Carver! Qué increíble coincidencia.

Cuando le dijeron que el señor Carver pronto ocuparía su puesto en la oficina, pensó que se referían a Craig Carver, el primo de Mitch, al que pensaban trasladar desde Dallas. Ella no conocía a Craig. Desgraciadamente, no podía decir lo mismo sobre Mitch.

Cerrando los ojos, Darcy se apoyó en la pared. ¿Cómo iba a decírselo? ¿Cómo iba a decirle a un hombre al que apenas conocía que era padre de dos niños? ¿Que lo que había parecido un fugaz encuentro amoroso, un romance casual, se había convertido en un compromiso de por vida? Un error, una noche en la que se había soltado el pelo sin pensar en nada… y estaba destinada a pagar por ello para siempre. Y Mitch también.

Aunque sus niños merecían la pena. Ni siquiera podía pensar en ellos sin sonreír. Eran la alegría de su vida. Pero su padre era su dilema y su complicación. Y ahora tenía que decirle a ese hombre, un hombre que había dejado bien clara su decisión de no sentar nunca la cabeza, de no vivir jamás una vida convencional, que tenía un par de anclas, le gustase o no.

Darcy sabía que no iba a hacerle ninguna gracia. ¿La odiaría? ¿Odiaría a los niños? Estaba claro que Mitch Carver no quería atarse a nadie. No sabía muy bien lo que hacía para ganarse la vida. Tenía la impresión de que iba donde pagaban por sus servicios, pero también tenía la impresión de que usaba más el cerebro que la fuerza. Aun así, vivía una vida peligrosa. Y sabía, por lo que le había contado en París, que esa emoción era fundamental para él. Le encantaba el peligro. Entonces, ¿qué estaba haciendo en la oficina?

Darcy se secó a toda prisa antes de ponerse la ropa que su amiga Marty le había prestado; un jersey y una faldita vaquera. Le quedaban un poco grandes, pero tendrían que valer.

Enrolló el vestido empapado de café en la toalla, se secó la melenita rubia con el secador durante unos minutos y luego asomó la cabeza en el despacho para ver si Mitch seguía por allí.

No, no había nadie. Estupendo. En un minuto estaba de vuelta en la segunda planta, a punto de sentarse en su escritorio cuando alguien la llamó…

–¡Darcy!

Era Kevin, el del café.

–Oye, de verdad que lo siento.

Parecía compungido de verdad. Era un chico joven que estaba encandilado con ella y el pobre lo estaba pasando fatal.

–Olvídalo.

–De verdad, Darcy, ha sido un accidente. Es que me apoyé en la barandilla para mirarte y se me escurrió la taza…

–Ya, déjalo, Kevin. No tiene ninguna importancia –Darcy empezó a colocar papeles sobre su mesa, aunque no sabía muy bien lo que hacía. Estaba preguntándose dónde andaría Mitch… para poder evitarlo. Necesitaba tiempo para pensar.

–Me gustaría compensarte, en serio –insistió Kevin, mirándola con ojos de cordero degollado–. He pensado que podríamos comer en…

El restaurante al que Kevin quería llevarla sería para siempre un misterio, porque antes de que pudiera decir el nombre, las puertas del ascensor se abrieron y Bill Monroe, su jefe, le hizo un gesto con la mano.

–Ven a mi oficina, Darcy. Ahora mismo.

–Pero… –ella miró el reloj–. No tengo tiempo esta mañana. Tengo gente esperando unos informes y…

–Tengo que hablar contigo ahora mismo.

Bill Monroe era un hombre encantador, siempre sonriente. Pero aquel día estaba muy serio. Darcy se levantó para ir a su despacho y, de repente, se encontró con el rostro de Mitch.

–Ah, hola –lo saludó, incómoda. ¿Qué hacía allí? ¿Iba de planta en planta?

Pero al fin tuvo la oportunidad de mirarlo detenidamente.

Tenía un aspecto tan diferente que era una sorpresa que lo hubiese reconocido. Darcy recordó París… Entonces vivía en un apartamento diminuto con Jimmy porque era imposible encontrar piso en la zona en la que ambos trabajaban. Sus madres eran amigas, de modo que se conocían de toda la vida y les había parecido de lo más natural compartir piso.