0,49 €
El famoso drama romántico 'Don Juan Tenorio', escrito por José Zorrilla en 1844, es una obra que reinterpreta la leyenda del seductor Don Juan desde una perspectiva más moralista y apasionada. La obra se desarrolla en un entorno de fantasía y realismo, donde el lenguaje poético y las rimas entrelazadas resaltan las emociones intensas de los personajes. Zorrilla, en un contexto literario marcado por el Romanticismo, emplea una narrativa que combina la pasión amorosa con elementos sobrenaturales, llevando al lector a cuestionar las nociones de honor y redención. La lucha entre el amor y el desengaño se convierte en el núcleo de la obra, lo que revela una profunda crítica social y moral de su época. José Zorrilla, nacido en 1817 en Valladolid, fue un escritor que se vio influenciado por las corrientes románticas y el contexto histórico de su tiempo, marcado por la guerra y el cambio político en España. Su experiencia personal, incluida la pérdida de seres queridos, y su deseo de representar emociones intensas, lo llevaron a crear personajes complejos y trágicos como Don Juan. Zorrilla buscó no solo entretener, sino también reflexionar sobre la humanidad, la moralidad y las consecuencias de las acciones humanas. Recomiendo fervientemente 'Don Juan Tenorio' a todo lector interesado en el teatro clásico español y en la exploración de la naturaleza humana. La obra no solo es un pilar del Romanticismo, sino también un viaje introspectivo que invita a la reflexión sobre el amor y sus complejidades. La riqueza del lenguaje de Zorrilla, junto con la profundidad emocional de sus personajes, asegura que esta obra sea una experiencia duradera y enriquecedora. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2023
En Don Juan Tenorio, la libertad exaltada del deseo choca con el juicio inexorable de la conciencia y de la sociedad, y de ese choque brota una danza de desafío, amor y amenaza, donde el brillo seductor de la juventud pretende burlar el tiempo, la ley y la muerte, mientras la promesa de una posible transformación asoma como interrogante persistente, de modo que cada gesto audaz, cada juramento y cada conquista se tensan entre la euforia y la culpa, la carne y el espíritu, el riesgo inmediato y la responsabilidad que, tarde o temprano, reclama su precio.
Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, es un drama romántico en verso, estrenado en 1844 en pleno auge del Romanticismo español, y ambientado principalmente en Sevilla. La obra se apoya en una mitología previa del seductor temerario, pero la reformula con acento lírico y teatralidad enfática. Su historia escénica la vinculó durante generaciones a las fechas del Día de Difuntos, lo que subraya su atmósfera nocturna y su meditación sobre lo efímero. El texto combina acción vertiginosa, emoción exaltada y un trasfondo moral que no se impone como doctrina, sino que acompaña los movimientos del protagonista y de quienes orbitan su magnetismo.
El punto de partida presenta a un joven noble célebre por sus conquistas y desafíos, cuyo choque con un rival desemboca en una apuesta que lo impulsa a ir más allá de cualquier límite. Este planteamiento dispara una cadena de seducciones, afrentas y lances donde el ingenio verbal se mezcla con la intriga y la tensión creciente. La lectura ofrece un ritmo rápido, escenas de fuerte contraste y una voz que alterna brío burlón con súbitas honduras emotivas. Sin revelar giros, basta decir que el itinerario del héroe lo enfrenta con la medida real de sus actos y con sus consecuencias.
Los grandes temas de la obra emergen sin didactismo: el honor como máscara social y como exigencia íntima, el poder seductor de la palabra, la fragilidad de la reputación, la presión del grupo y la posibilidad —si existe— de un cambio moral. También late una reflexión sobre la tensión entre placer y deber, libertad y destino, orgullo y arrepentimiento. Zorrilla explora el tirón del carisma y la fascinación que ejerce el riesgo, pero no desatiende la vulnerabilidad de quienes quedan atrapados en su órbita. El resultado es una radiografía apasionada de la transgresión y de la sed de absolución.
En lo formal, la obra despliega una polimetría ágil y musical que favorece el brillo de la réplica, la ironía instantánea y la súbita efusión lírica. La Sevilla teatral de Zorrilla funciona como espacio simbólico de máscaras, balcones y sombras, donde lo festivo y lo fúnebre se rozan sin fundirse. El tono oscila entre la comedia de capa y espada y el drama de conciencia, con apuntes de lo sobrenatural que intensifican el conflicto moral sin abandonarlo al puro espectáculo. Esta combinación sostiene una experiencia de lectura envolvente, que se comprende mejor si se imagina pronunciada en escena, con su respiración rítmica.
Que el título haya dado nombre al arquetipo del seductor no impide leer hoy la pieza con mirada crítica, atenta a la responsabilidad personal y a las dinámicas de poder que subyacen al encanto. Sus preguntas sobre consentimiento, límites y reparación resuenan en debates contemporáneos, mientras su visión del honor se vuelve un prisma para examinar reputación, redes sociales y exposición pública. Al mismo tiempo, su apuesta por la palabra medida y la tensión entre razón y emoción dialoga con una época hiperveloz. Así, la obra sigue interpelando lectoras y lectores sin reducirse a reliquia escolar o a gesto nostálgico.
Para quienes se acercan por primera vez, conviene entrar como a un ritual teatral: dejarse llevar por el verso, escuchar la música interna de las réplicas y permitir que el personaje despliegue su magnetismo antes de juzgarlo. La obra no promete comodidad, sino una travesía emocional cuyo interés no depende de un desenlace sorpresivo, sino del pulso entre orgullo y conciencia que late en cada escena. Su lugar en el canon se debe tanto a su eficacia escénica como a su capacidad de suscitar preguntas morales. Leerla hoy es examinar, con lucidez, el precio de los gestos que deslumbran.
Publicada en 1844, Don Juan Tenorio de José Zorrilla es un drama romántico en verso que reinterpreta el mito del seductor español dentro de una Sevilla imaginada y nocturna. Su estructura en dos partes combina humor y patetismo, aventuras de capa y espada y una intensa musicalidad verbal. Zorrilla acentúa lo sentimental y lo religioso frente a variantes más cínicas del personaje, proponiendo una mirada que oscila entre la crítica y la compasión. Por su ambientación de difuntos y su tono meditativo, la obra quedó asociada a representaciones de otoño, y se consolidó como rito teatral ampliamente difundido.
El arranque sitúa a Don Juan y Don Luis Mejía en una hostería sevillana, donde comparan sus proezas de bravura y seducción tras un año de desafíos. El balance favorece a Don Juan, que, para coronar su fama, lanza una apuesta más temeraria: seducir, en breve plazo, a una dama comprometida y a una novicia. Los nombres, Doña Ana de Pantoja y Doña Inés de Ulloa, fijan el blanco de un juego que mezcla vanidad, orgullo y deseo. Alrededor, criados, soldados y huéspedes jalean la bravata, mientras se vislumbra el choque con el honor familiar y la moral colectiva.
El plan avanza con audacia y engaños. Mediante tretas y complicidades, Don Juan se acerca a Doña Ana y, sobre todo, irrumpe en el mundo resguardado de Doña Inés, criada para el claustro bajo la tutela de su padre, Don Gonzalo de Ulloa. La joven, educada en inocencia y recogimiento, descubre en ese encuentro un torbellino de emociones que desbarata sus certidumbres. Don Juan, por su parte, percibe una fisura en su máscara de burlador: la posibilidad de un afecto verdadero. Desde ese instante, la intriga ya no solo mide astucia y osadía, sino también la presión del sentimiento.
El crecimiento del vínculo entre ambos provoca la reacción del entorno. El honor de los Ulloa, la promesa matrimonial de Doña Ana y la rivalidad con Don Luis alimentan un clima de desafío. La comedia de enredos vira hacia un conflicto con la ley y con la ética social, donde cada acto tiene un costo. Se suceden amenazas, desafíos y choques que arrastran a Don Juan a un punto de no retorno. La violencia irrumpe y marca destinos, y el protagonista, entre la fanfarronería y la duda, se ve obligado a medir su libertad frente a las consecuencias de su pasado.
Años después, la segunda parte desplaza el tono hacia lo elegíaco y lo fantástico. Don Juan retorna a una Sevilla alterada por la memoria de sus actos y encuentra un paisaje cargado de ausencia, duelo y símbolos. La ciudad nocturna se vuelve escenario de una contabilidad moral que trasciende tribunales y reputaciones. Lo sobrenatural irrumpe no como adorno, sino como mecanismo dramático que transforma la bravuconería en introspección. Apariciones, silencios y signos invitan al protagonista a confrontar su legado, mientras la figura de Doña Inés adquiere una centralidad espiritual que reconfigura el sentido de la historia.
En su núcleo, la obra explora el choque entre impulso y norma, deseo y responsabilidad, libertad y destino. Zorrilla formula preguntas sobre el poder redentor del amor, la posibilidad del arrepentimiento y los límites de la justicia humana frente a una dimensión trascendente. La retórica romántica convive con escenas de realismo popular, voces de criados y militares, y una imaginería religiosa que enmarca el debate moral. El personaje de Don Juan, al borde de la caricatura heroica, se humaniza ante la presencia de Inés, y el drama plantea si el carisma puede transformarse en conciencia sin negar la gravedad de la culpa.
Sin desvelar sus resoluciones, Don Juan Tenorio perdura por la tensión entre aventura y meditación moral, por su lirismo accesible y por una arquitectura teatral eficaz. La versión de Zorrilla fijó para el mundo hispánico una imagen del mito donde la emoción abre fisuras en el cinismo, y donde el debate sobre honor, deseo y enmienda sigue interpelando. Su vigencia reside en cómo dramatiza la responsabilidad individual ante la comunidad, y en cómo sugiere que toda fama impone un precio. Releída hoy, ofrece un espejo de nuestras discusiones sobre consentimiento, reparación y segundas oportunidades, sin cancelar la ambigüedad.
Don Juan Tenorio, de José Zorrilla, se estrenó en el Teatro de la Cruz de Madrid el 28 de marzo de 1844, en pleno auge del Romanticismo español. Su autor, nacido en Valladolid en 1817 y fallecido en 1893, consolidó con esta pieza su posición central en la escena decimonónica. La obra, escrita en verso y concebida para un público amplio, combinó tradición áurea y sensibilidad moderna, contribuyendo a revitalizar la taquilla madrileña. Apareció cuando el teatro era el principal entretenimiento urbano, con compañías estables y empresarios que alternaban reposiciones y novedades, y encontró rápidamente público también en otras ciudades españolas y americanas.
El estreno se produjo tras la Primera Guerra Carlista (1833–1839) y el turbulento tránsito del país desde el absolutismo de Fernando VII al régimen liberal. Durante la regencia de María Cristina y la minoría de edad de Isabel II, se sucedieron pronunciamientos, reformas y contrarreformas. En 1843 Isabel fue declarada mayor de edad y, desde 1844, los moderados de Narváez inauguraron la llamada Década Moderada, con fortalecimiento del orden público y control más estricto de la prensa. Ese marco político influyó en el teatro: se permitían pasiones románticas y escenarios históricos, pero se valoraba el didactismo moral y el respeto a símbolos religiosos y sociales.
La España de la década de 1840 vivía tensiones entre secularización y tradición católica. La desamortización de Mendizábal (1836–1837) había expropiado bienes eclesiásticos y clausurado numerosos conventos, alterando el paisaje urbano y la vida monástica. La Inquisición, suprimida definitivamente en 1834, ya no operaba, aunque la Iglesia mantenía enorme influencia social. Posteriormente, el Concordato de 1851 restableció privilegios y reguló relaciones Estado‑Iglesia. En ese contexto, los escenarios de convento, cementerio y procesiones resultaban familiares para el público, y las tramas que terminaban subrayando una enseñanza moral se percibían acordes con la sensibilidad dominante, sin dejar de satisfacer la afición por lo sobrenatural romántico.
El personaje de don Juan posee una larga genealogía literaria. En España, su formulación clásica es El burlador de Sevilla y convidado de piedra, atribuida a Tirso de Molina y publicada hacia 1630, dentro de la comedia áurea. En Francia, Molière compuso Dom Juan (1665), y en el ámbito musical triunfó Don Giovanni (1787) de Mozart y Da Ponte. En el siglo XIX, Byron difundió una versión en clave satírica y cosmopolita. Zorrilla recogió esa tradición transnacional y la reubicó en parámetros románticos españoles, enfatizando honor, religiosidad y emoción lírica, dentro de convenciones escénicas comprensibles para el público madrileño de su tiempo.
El teatro romántico español heredó estructuras de la comedia de capa y espada y del drama histórico, pero intensificó el efectismo, el contraste y la musicalidad del verso. Zorrilla empleó polimetría, con predominio del octosílabo y recursos líricos reconocibles para los espectadores formados en Calderón y Lope. Los coliseos madrileños, como el de la Cruz y el del Príncipe, contaban con mejoras de iluminación y maquinaria escénica capaz de cambios rápidos, telones pintados y apariciones espectrales, lo que facilitó escenas nocturnas y de cementerio. Esa infraestructura técnica influyó decisivamente en la configuración de secuencias clave de la obra.
Aunque escrita en el siglo XIX, la acción se sitúa en la Sevilla del Quinientos, evocando la España imperial de Carlos I (Carlos V) y el dinamismo comercial asociado a la Casa de la Contratación, fundada en 1503. Ese marco permite desplegar jerarquías nobiliarias, cultura del honor, milicias urbanas y una religiosidad presente en cofradías y conventos. Los duelos y desafíos, pese a su ilegalidad en diversos periodos, formaban parte del imaginario de la aristocracia. Las sepulturas en recintos eclesiásticos y los panteones familiares eran habituales entonces, lo que dota de verosimilitud a escenas fúnebres centrales en la iconografía del mito.
En la España romántica, el héroe apasionado y rebelde tuvo gran acogida. El éxito de Don Álvaro o la fuerza del sino (1835), del duque de Rivas, fijó modelos de fatalidad, honor y choque con la sociedad. El periodismo de Mariano José de Larra había preparado un público sensible a la crítica de costumbres y a la introspección. Zorrilla, que ganó notoriedad al leer una elegía en el entierro de Larra en 1837, orientó su teatro hacia una mezcla de lirismo, tradición nacional y espectacularidad. Ese gusto favoreció personajes extremos y situaciones límite, útiles para explorar culpa, fama, espiritualidad y trascendencia.
La obra alcanzó pronto enorme popularidad en España y América, con continuas reposiciones y ediciones. Desde finales del siglo XIX se consolidó la costumbre de representarla en torno al Día de Difuntos (1 y 2 de noviembre), tradición que la mantuvo viva en repertorios del siglo XX. Su éxito se explica por la conjunción de mitología nacional, catolicismo y estética romántica, que ofrecía emociones intensas sin chocar frontalmente con las sensibilidades dominantes. En ese equilibrio, Don Juan Tenorio refleja y, en parte, critica su época: exalta la libertad individual y el exceso romántico, pero los sitúa bajo un horizonte moral reconocible para su público.
DON JUAN TENORIO. DON LUIS MEJÍA. DON GONZALO DE ULLOA, comendador de Calatrava. DON DIEGO TENORIO. DOÑA INÉS DE ULLOA. DOÑA ANA DE PANTOJA. CRISTÓFANO BUTTARELLI. MARCOS CIUTTI. BRÍGIDA. PASCUAL. EL CAPITÁN CENTELLAS. DON RAFAEL DE AVELLANEDA. LUCÍA. LA ABADESA DE LAS CALATRAVAS DE SEVILLA. LA TORNERA DE ÍDEM. GASTÓN. MIGUEL. UN ESCULTOR. ALGUACIL 1º. ALGUACIL 2º. UN PAJE (que no habla). LA ESTATUA DE DON GONZALO (él mismo). LA SOMBRA DE DOÑA INÉS (ella misma).Caballeros, sevillanos, encubiertos, curiosos, esqueletos, estatuas, ángeles, sombras, justicia y pueblo.
La acción en Sevilla, por los años de 1545, últimos del emperador Carlos V. Los cuatro primeros actos pasan en una sola noche. Los tres restantes, cinco años después y en otra noche.
DON JUAN, DON LUIS, DON DIEGO, DON GONZALO, BUTTARELLI, CIUTTI, CENTELLAS, AVELLANEDA, GASTÓN, MIGUEL. Caballeros, curiosos, enmascarados, rondas.
Hostería de Cristófano BUTTARELLI. Puerta en el fondo que da a la calle; mesas, jarros y demás utensilios propios de semejante lugar.
DON JUAN, con antifaz, sentado a una mesa escribiendo, CIUTTI y BUTTARELLI, a un lado esperando. Al levantarse el telón, se ven pasar por la puerta del fondo máscaras, estudiantes y pueblo con hachones, músicas, etc.
DON JUAN.—¡Cuál gritan esos malditos!¡Pero mal rayo me partasi en concluyendo la cartano pagan caros sus gritos!
(Sigue escribiendo.)
BUTTARELLI (A CIUTTI.).—Buen Carnaval.
CIUTTI (A BUTTARELLI.).—Buen agostopara rellenar la arquilla.
BUTTARELLI.—¡Quiá! Corre ahora por Sevillapoco gusto y mucho mosto.Ni caen aquí buenos peces,que son casas mal miradaspor gentes acomodadas,y atropelladas a veces.
CIUTTI.—Pero hoy…
BUTTARELLI.—Hoy no entra en la cuenta,Ciutti; se ha hecho buen trabajo.
CIUTTI.—¡Chist! habla un poco más bajo,que mi señor se impacientapronto.
BUTTARELLI.—¿A su servicio estás?
CIUTTI.—Ya ha un año.
BUTTARELLI.—¿Y qué tal te sale?
CIUTTI.—No hay prior que se me iguale;tengo cuanto quiero, y más.Tiempo libre, bolsa llena,buenas mozas y buen vino.
BUTTARELLI.—Cuerpo de tal, ¡qué destino!
CIUTTI.—(Señalando a DON JUAN.) Y todo ello a costa ajena.
BUTTARELLI.—Rico, ¿eh?
CIUTTI.—Varea la plata.
BUTTARELLI.—¿Franco?
CIUTTI.—Como un estudiante.
BUTTARELLI.—¿Y noble?
CIUTTI.—Como un infante.
BUTTARELLI.—¿Y bravo?
CIUTTI.—Como un pirata.
BUTTARELLI.—¿Español?
CIUTTI.—Creo que sí.
BUTTARELLI.—¿Su nombre?
CIUTTI.—Lo ignoro en suma.
BUTTARELLI.—¡Bribón! ¿Y dónde va?
CIUTTI.—Aquí.
BUTTARELLI.—Largo plumea.
CIUTTI.—Es gran pluma.
BUTTARELLI.—¿Y a quién mil diablos escribetan cuidadoso y prolijo?
CIUTTI.—A su padre.
BUTTARELLI.—¡Vaya un hijo!
CIUTTI.—Para el tiempo en que se vive,es un hombre extraordinario.Pero calla.
DON JUAN.—(Cerrando la carta.) Firmo y plego.¡Ciutti!
CIUTTI.—Señor.
DON JUAN.—Este pliegoirá, dentro del Horarioen que reza doña Inés,a sus manos a parar.
CIUTTI.—¿Hay respuesta que aguardar?
DON JUAN.—Del diablo con guardapiésque la asiste, de su dueña,que mis intenciones sabe,recogerás una llave,una hora y una seña;y más ligero que el viento,aquí otra vez.
CIUTTI.—Bien está.(Vase.)
DON JUAN y BUTTARELLI.
DON JUAN.—Cristófano, vieni quá.
BUTTARELLI.—Eccellenza!
DON JUAN.—Senti.
BUTTARELLI.—Sento.Ma ho imparato il castigliano,se è più facile al signorla sua lingua…
DON JUAN.—Sí, es mejor:lascia dunque il tuo toscano,y dime: don Luis Mejía¿ha venido hoy?
BUTTARELLI.—Excelencia,no está en Sevilla.
DON JUAN.—¿Su ausenciadura en verdad todavía?
BUTTARELLI.—Tal creo.
DON JUAN.—¿Y noticia algunano tienes de él?
BUTTARELLI.—¡Ah! Una historiame viene ahora a la memoriaque os podrá dar…
DON JUAN.—¿Oportunaluz sobre el caso?
BUTTARELLI.—Tal vez.
DON JUAN.—Habla, pues.
BUTTARELLI.—(Hablando consigo mismo.) No, no me engaño;esta noche cumple el año,lo había olvidado.
DON JUAN.—¡Pardiez!¿Acabarás con tu cuento?
BUTTARELLI.—Perdonad, señor; estabarecordando el hecho.
DON JUAN.—Acaba,¡vive Dios! que me impaciento.
BUTTARELLI.—Pues es el caso, señor,que el caballero Mejía,por quien preguntáis, dio un díaen la ocurrencia peorque ocurrírsele podía.
DON JUAN.—Suprime lo al hecho extraño;que apostaron me es notorioa quién haría en un año,con más fortuna, más daño,Luis Mejía y Juan Tenorio.
BUTTARELLI.—¿La historia sabéis?
DON JUAN.—Entera;por eso te he preguntadopor Mejía.
BUTTARELLI.—¡Oh! me pluguieraque la apuesta se cumpliera,que pagan bien y al contado.
DON JUAN.—¿Y no tienes confianzaen que don Luis a esta citaacuda?
BUTTARELLI.—¡Quiá! ni esperanza;el fin del plazo se avanza,y estoy cierto que malditala memoria que ningunoguarda de ello.
DON JUAN.—Basta ya.Toma.
BUTTARELLI.—Excelencia, ¿y de algunode ellos sabéis vos?
DON JUAN.—Quizá.
BUTTARELLI.—¿Vendrán, pues?
DON JUAN.—Al menos uno;mas por si acaso los dosdirigen aquí sus huellasel uno del otro en pos,tus dos mejores botellasprevenles.
BUTTARELLI.—Mas…
DON JUAN.—¡Chito…!. Adiós.
BUTTARELLI.
BUTTARELLI.—¡Santa Madona! De vueltaMejía y Tenorio estánsin duda… y recogeránlos dos la palabra suelta.¡Oh! sí; ese hombre tiene trazade saberlo a fondo.(Ruido adentro.)Pero¿qué es esto?(Se asoma a la puerta.)¡Anda! el forasteroestá riñendo en la plaza.¡Válgame Dios! ¡Qué bullicio!¡Cómo se le arremolinachusma… y cómo la acoquinaél solo! ¡Uf! ¡Qué estropicio!¡Cuál corren delante de él!No hay duda, están en Castillalos dos, y anda ya Sevillatoda revuelta. ¡Miguel!
