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La vida mirada con los ojos de una gata. Y no de cualquier gata: se trata de Doña Gómez, la felina irónica y meditabunda que ya se había lucido en la anterior novela de Mayra Sánchez, "Puto cáncer". Ella convive con tres perras, un perro y una humana. Sus breves monólogos nos van descubriendo los secretos de ese ecosistema familiar, mientras ocurren algunos acontecimientos extraños y su psiquis gatuna rebota de un extremo al otro en el espectro de las emociones. En "Doña Gómez. Biografía no autorizada de una gata desquiciada" se nota el amor de Mayra Sánchez por los animales, las horas que habrá dedicado a observarlos e imaginar sus perspectivas.
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Seitenzahl: 222
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Mayra Sánchez
(Biografía no autorizada de una gata desquiciada)
Saga
Doña Gómez
Copyright © 2016, 2022 Mayra Sánchez and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726903157
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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La autora de esta nada común novela –que bien podría calificarse como una crónica de vida– muestra y ficcionaliza (en parte) “la otra cara de la luna”. Paso a paso y cuidadosamente nos lleva al asombroso mundo de las mascotas domésticas y su interacción con los humanos. Desbordante de creatividad, nos impele a atravesar escenas cuasi surrealistas, donde los pequeños y tiernos animalitos pueden expresar sus pensamientos, sensaciones, emociones y sentimientos, tanto como a manifestar diversas y misteriosas conductas, merced a la traducción e interpretación de las dos narradoras intervinientes. Una, la narradora humana (¿la autora?) y otra la narradora felina (evidentemente doña Gómez), quienes en una especie de sutil y no declarado contrapunto van tejiendo el relato de una historia de vida. Ambas comparten, con un conjunto de personajes humanos y animales, un cotidiano escenario que parece salido de la galera de un prestidigitador, quien maneja todo el tablado a la manera de experto titiritero.
Algo para tener en cuenta a lo largo de toda la lectura: la narradora felina tiene un muy mal concepto de los humanos. Permanentemente los critica con mirada gatocéntrica. Considera que “son malos, locos y perversos” y no se salva ni la colega humana de narración, que además de ser su dueña, es quien le salvó la vida. De ella llega a decir: “tengo que (…) supervisar a la humana porque a veces se quiere robar mi comida. Sin dudas es mi mascota más atrevida” (…). “Desde que vine a hacerme cargo de la manada, esta mascota humana es la que más trabajo me ha dado”.
Muy por el contrario, la narradora humana ama a todas sus criaturas. Marca sus comportamientos negativos pero nunca los descalifica y evidentemente habla de ellos con profundo sentimiento, denotando admiración y ternura cuando dice de doña Gómez: “Tenía demasiado misterio para mí (…)”, “era como una diosa. Enigmática y distante”, y remata: “Desde niña tuve muchas mudanzas, y ya vieja y peluda sentí que quería echar raíces (pero) desde que llegaron los perritos mi hogar estaba donde ellos vivían”.
Este es un libro especial para aquellos que no comparten –por excesivo, según dicen– el amor que los mascoteros derraman sobre sus animalitos. Tal vez puedan iniciar un camino de comprensión.
También para aquellos que sólo los adquieren para sus necesidades y carencias personales, sin entender ni ocuparse de sus mascotas. Con la ayuda de la muy querible doña Gómez “aprenderán alguito”, en versión mayreana.
Y, por último, para quienes los aman con todo amor, como la narradora humana (y la autora del libro), será una fiesta por lo fiel y verosímil de un relato que tiene mucho de ficción, pero no todo. En cierto modo, hace justicia en cuanto a la valoración de un vínculo afectivo que no deja de sorprender por lo misterioso y evidente (perdonando la paradoja).
El libro desborda ternura, ingenio, sorprendentes micro-ambientes de surrealismo, ora lleno de humor, ora de dramatismo. Siempre en ese estilo tan especial de Mayra, mi querida, admirada y polifacética amiga.
Jorge Osvaldo Sito
A Cielo Gochez y Juan Cabral, peones de la Gómez, por el amor a los que pasaron y a los que vendrán.
Teníamos que devolver la película aburrida que había alquilado en uno de esos lugares que todavía se llaman videoclub, que no eran clubes ni tenían videos. Era época de DVD.
Preparar la salida significaba mover un poco el manojo de llaves para que hicieran ese tintineo que funcionaba como cencerro. Manca, Huinca y Bono corrían hasta el costado de la puerta que daba a la calle mientras yo enroscaba un diario para que quedara con la forma de un palo. “El disciplinador” le decíamos a esa especie de cachiporra un poco más piadosa que la de muchos canas. Se usaba para marcar los límites de los cuadrúpedos de la casa. Si yo abría la puerta, los perros corrían una carrera hasta la esquina. Giraban la cabeza buscándome con la mirada, con la lengua afuera por la ansiedad, no por el cansancio, y esperaban alborotados que mi paso lento los alcanzara.
Cuando llegaba hasta donde ellos estaban les decía “cordón” y ellos acomodaban las cuatro patas en un espacio de doce centímetros de largo como si fueran entrenados equilibristas. Las ganas locas de cruzar la calle los desbordaba pero, a pesar del impulso, no bajaban ni una uña desde el cordón de la vereda al pavimento. Yo también me paraba en el cordón, miraba a la derecha, después a la izquierda, controlando que no viniera ningún auto para recién dar el segundo grito.
“Cruzá”.
Los perros sabían varias palabras. No sé si reconocían el sonido o las identificaban por el momento en el que se pronunciaban, pero entendían perfectamente la idea. A ellos no les preocupaba si hablaba en plural o singular. “Tomá”, “cruzá”, significaban en realidad “crucen” y “tomen”.
Siempre fuimos una familia numerosa pero siempre usamos palabras en singular.
Quizás era una manera de registrar nuestras diferencias. Cada uno de nosotros era un universo de singularidades. Teníamos en común el techo que nos albergaba y el amor que nos unía. También el placer que nos causaba salir a pasear, por más breve y cercano que resultara el destino. Salir a la calle siempre era una gran aventura.
Vivíamos en una casa alquilada, en una zona lo suficientemente céntrica como para que el tránsito fuera peligroso, pero no tan peligroso como para que resultara un suicidio pasear distraído. Los perros habían aprendido a caminar con prudencia, a parar en los cordones y a no cruzar la calle sin la palabra que habilitaba bajarse de la vereda. Eran tres perros grandes y buenos. Habíamos logrado una convivencia armónica, habíamos llegado a establecer jerarquías y habíamos podido definir normas.
Yo era quien ponía, o imponía, la mayoría de las reglas. Los etólogos hubieran dicho que yo era el individuo alfa de esa comunidad.
En eso no era diferente de otros hogares de esta ciudad, de este país o de este mundo. Yo trabajaba para ganar el dinero que pagaba los gastos. Era jefa de hogar. A pesar de lo extraña que era mi familia repetía el molde: el dinero manda. Tan raritos que nos creíamos y tan comunes que éramos.
Ellos trabajaban cuidando la casa. El trabajo doméstico nunca fue reconocido. Los perros hacían ese laburo que se paga con ingratitud si lo realiza un miembro de la familia, como el que hacen los niños que cuidan a sus hermanos o las mujeres que limpian y gestionan sus casas o crían a los hijos.
Bono, el macho, era quien asumía el mando en mi ausencia o en algunos conflictos específicos, pero caminando en las veredas de calles transitadas de la gran ciudad, casi siempre era yo quien decidía qué y cómo hacerlo.
Casi siempre.
Ese día teníamos que llegar al videoclub antes de que cerrara hasta el día siguiente. Estábamos contra reloj. Si no devolvíamos la película a horario tendríamos que pagar el doble. No podíamos perder más tiempo. No tenía ganas de malgastar dinero solo por fiaca.
Me había ocupado de dilatar la partida hasta que bajara un poco el sol. Era cinco de enero. Durante los veranos de esta ciudad ni los lagartos más curtidos saldrían de día a la calle sin unas buenas ojotas. Son días que se sobrellevan tirándose en el piso de baldosa, apoyando la panza desnuda, con un ventilador directo a la planta de los pies.
Por las noches refresca un poco y es posible salir a caminar.
Esa no fue una noche de caminata sino de corridas. Empezamos con la rutina: llaves que campanean, tres perros en la puerta, una humana con un diario enrollado en una mano y una bolsa con una película en la otra.
Largamos.
Ellos siempre esperaban en la puerta hasta que yo mostrara el rumbo con el primer paso a la derecha o a la izquierda. A veces me divertía haciéndoles un amague. Un paso para el sur y luego rotando sobre el eje salía hacia el norte. Recién lo notaban cuando llegaban a la esquina y giraban la cabeza buscándome. En una estampida que duraba un segundo se ubicaban en la esquina opuesta unos instantes antes que yo.
Hiciera lo que hiciera ellos siempre llegaban antes. Después lo de siempre. El grito de “cordón” y el “cruzá”.
Frente a cada “cruzá” ellos corrían como locos hasta la esquina siguiente donde el rito volvía a repetirse.
El camino al videoclub tenía un recorrido de seis cuadras por la calle angosta, con una leve pendiente, en la que vivíamos. Asfalto custodiado por casas de poca altura. Era una calle de una sola dirección. Corría de sur a norte y era el ingreso a la ciudad desde las ciudades cercanas de zona sur o sudoeste. La gente circulaba en sus automóviles con el acelere de las rutas provinciales, como si no vieran que estábamos en medio de la ciudad. También pasaban colectivos y trolebuses sin conciencia del riesgo.
Nosotros éramos prudentes. Ya conocíamos las bruscas frenadas del trole y la imprudencia de los colectiveros. Habíamos visto choques más de una vez.
Esas seis cuadras las hacíamos siempre por la vereda del lado derecho. Esa noche no innovamos. El camino no fue diferente. Caminamos trotando, casi corriendo, todo a la vez, las primeras cuadras. Llegamos a la avenida. Doble mano. Más peligrosa aún que nuestra calle.
Giramos en dirección a la escuela amarilla que está en esa manzana pequeña al lado del baldío. No hay nada más en esa cuadra. Una escuela llena de nostalgia, de esos ruidos llenos de vida que la invaden de marzo a diciembre y el baldío tan abandonado como estaba el edificio de la escuela en ese enero. El terreno siempre lleno de yuyos altos y basura que algún tarado, de esos que se cagan en la limpieza de la ciudad, prefiere dejar ahí en lugar de poner en los cestos que plagan las veredas de la zona.
Todavía no habíamos llegado a la cuadra de los dos abandonados, baldío y escuela, cuando algo le pasó a Manca. Muchas veces ella hacía cosas extrañas pero esa noche nos sorprendió.
Levantó su nariz y empezó a olfatear el aire. Nosotros sólo sentíamos ese olor pegajoso que dejan los restos de calor de un día agobiante.
Manca no. Olía y movía su hocico de un lado a otro. Solía hacer eso en paredes o en árboles meados por otros perros. Acostumbraba pararse en dos patas e intentaba meter su hocico en los cestos de basura hasta que tenía que retarla y ella abortaba esa “misión rescate” de algún resto de asado o de carne vieja que seguramente habría en la bolsa.
Siempre olfateaba un blanco determinado. Desde que comía casi exclusivamente alimento balanceado tenía un olfato de tiro certero.
Esa noche olía la nada del viento. Seguía una pista imperceptible para Bono, para Huinca y para mí.
Mientras Manca se notaba más intranquila con cada segundo que pasaba y con cada paso que dábamos, yo la miraba sin más preocupación que la que me generaba pensar que podía, en algún momento, cruzar esa avenida tan peligrosa.
Llegamos al baldío de los yuyales y no hubo “acá”, “tomá”, “cordón” o “vení” que la detuviera. Ella se metió, como una laucha por una alcantarilla, en medio de las pequeñas cuevas que se armaban entre los tallos de los arbustos, enredaderas y yuyos que crecían desde meses en ese lugar.
Ya no me preocupaban los autos, la avenida o el videoclub. Me preocupaba Manca y sus intenciones. La conocía. Algo se traía entre manos, o entre patas, o entre dientes.
Esa noche era noche de reyes magos, luna y estrellas.
Entre medio de los yuyales, esos que la naturaleza había dejado para que los camellos de los reyes comieran su pastito, Manca ya no se veía. Se perdió durante mil gritos chillones y muchísimos instantes eternos hasta que por fin la vimos salir.
Gritaba como loca desquiciada. Esa noche no era la primera vez. Otros humanos también son así. Con mi dueña eso pasaba cada vez que yo hacía algo que no le gustaba. Ya estaba acostumbrada. Nos conocíamos desde que yo era pequeña y todavía ladraba agudo. Habían pasado seis años desde entonces. Ella era como esas madres de niños rebeldes que se la pasan amagando con penitencias y con acusar por una travesura, a “tu padre cuando vuelva”.
Igual que esos nenes, yo, a esta humana, le tenía tomado el tiempo. Debo confesar que muchas veces me daba un poco de vergüenza que se la pasara haciendo el ridículo con esos berrinches inconducentes.
Para mí era fácil. Ponía piloto automático, desconectaba los audífonos y escuchaba el griterío que ella creía amenazante como si fuera música ambiente.
Entré a buscar. ¿Qué? Todavía no tenía certeza. Sólo sospechas del botín. El olor era intenso y seguí su estela como si fuera un mapa. Llegué. Allí estaba. Lo tomé entre los dientes y salí, chocha de la vida. Años esperando. Por fin se me dio. No dejaría que nada se interpusiera esta vez. Lo juré, se lo juré, me lo juré.
Melchor, Gaspar y Baltazar fueron bien hijos de puta. Nos hicieron una broma de muy mal gusto, de esas que se convierten en anécdotas divertidas solo cuando pasan los años, los meses o la angustia.
Desde esa noche, nuestra familia hubiera podido cantarle un “truco a las pardas” a Los locos Addams sin temor a perder la mano.
Me faltaba el aire. No podía respirar. Al día también le faltaba aire. Solo había corrido fuego en esa jungla. Había caído el sol de ese que parecía uno de mis últimos días. No sabía cómo había llegado allí. No recordaba nada.
No veía, no tenía olfato y poco a poco me iba quedando sin respiración.
Sabía que ellos estaban a mi lado pero ya no se movían.
Ya no podía pensar, no tenía fuerzas para pedir ayuda. Habíamos gritado varios días y varias noches sin parar. Nadie vino a auxiliarnos.
Los sentía pasar cerquita. Solos o en grupo. Caminando, corriendo, en auto o en bicicleta. De día y de noche. A pocos metros de ahí el mundo seguía como si no existiéramos.
Cada día que pasaba pedíamos menos. Cada hora y cada segundo nos bajaba un poco más el volumen de nuestro pedido de rescate.
¿Y mi madre? ¿Qué había pasado? ¿Por qué lo permitió? ¿Dónde estaba?
De pronto apareció esa bocanada asfixiante de aire húmedo. Aliento monstruoso que vaticinaba la muerte.
Ese demonio gigante y asqueroso llegó de repente. Agitado y agitando la vegetación. Su vapor diabólico me envolvía. No podía verlo. Tenía los ojos llenos de pus y gusanos. Esas larvas inmundas se movían. Podía sentirlas. También comían el cuerpo fétido de mis hermanos. El olor a osamenta mataba más que los bichos que caminaban sobre mi piel y bebían de mi sangre.
Morir era la mejor opción. No quería sufrir más.
Cuando el monstruo gigante abrió su boca y sentí sus afilados colmillos sobre la piel pensé que mis deseos se cumplirían y que ese sería mi regalo de reyes.
Era mi primer día de reyes. Era mi primer viernes.
La baba del monstruo asqueroso se mezcló con la podredumbre que emanaba de mi cuerpo.
En un solo bocado me metió en su tibia boca inmunda.
Ese animal horroroso carroñero sin manual de instrucciones. ¿Faltó a la clase en la que le enseñan que primero debía comerse a los muertos? ¿Por qué a mí? ¿Por qué no al resto?
¿Preferiría los latidos débiles a los corazones agusanados?
Las preguntas se acabaron. Perdí el conocimiento, quizás para no tener que sentir mis frágiles huesos triturados por esos colmillos temibles.
Manca salió de los matorrales con esa mirada psiquiátrica que solía poner muchas veces por susto. Los ojos saltados fuera de órbita, pero esa vez no tenía la lengua afuera porque algo traía entre dientes.
Huinca, Bono y yo seguíamos parados en el mismo lugar. Ellos corrieron tratando de olfatear lo que Manca había encontrado. El olor a podrido se sentía de lejos.
—¡Tirá eso! –empecé a gritar– ¡Manca! Largá, daaame, tirá, soltá.
Nada, ella no se me acercaba. Bono y Huinca la rodeaban intentando lo mismo que yo: saber qué carajo tenía dentro de la boca.
Pude alcanzarla y manotear bien fuerte el cuero que tiene por debajo de la nuca, levantarla de un tirón y presionarla hasta que abriera la boca. Se lo quité.
Todavía me eriza la piel el recuerdo de ese diminuto manojo de huesos, rodeado de pelos pegoteados, con olor a podrido, lleno de pus y de pulgas. Era un gatito que casi no respiraba.
Evitando las arcadas, levantando la mano lo suficientemente alta como para que ninguno de los tres perros pudiera alcanzarlo, empecé a hacerme camino por donde suponía que Manca había pisado. Llevaba el bichito moribundo en las manos. Era mucho más asqueroso que caminar entre los yuyos llenos de basura.
Manca, que entró detrás, terminó mostrándome el recorrido. Bono y Huinca esta vez abandonaron la seguridad de la vereda para seguir nuestra expedición.
Llegamos. Manca olfateaba hurgando con el hocico esa montañita de porquerías. Estaba lo suficientemente oscuro para no alcanzar a descifrar si eran telas o bolsas pero lo suficientemente claro que ver que, entre eso, había tres cachorros. Yo no pude tocarlos con la mano. Busqué un palo. Estaban llenos de gusanos, duros, muertos.
Salí corriendo. Todo el asco y el temor que había contenido desde que pude quitar el gatito de la boca de la perra me invadió de golpe. Fue como si algo dentro de ese baldío pudiera matarme también. Me sentí como cuando era niña y subía corriendo las escaleras de la deshabitada planta baja de la casa de mis abuelos con la terrible sensación de que alguien intentaba apresarme por los tobillos.
Pisar la vereda, con el pequeño animalito moribundo en la mano, me tranquilizó. Tuve la misma sensación que me da cuando salgo de un cementerio después de acompañar el entierro de alguien que no es afectivamente muy cercano, el hermano de mi vecina o el padre de mi paciente. Salir del baldío me quitó ese peso de hipopótamo con el que se estampa la angustia en el pecho.
No sé en qué momento perdí el rollo de diario, no sé cuándo me olvidé de los perros. Seguí como un robot con el gatito en una mano y la bolsa con la película en la otra. Miraba el animalito y miraba la nada en el horizonte. Llegué en piloto automático a la puerta del negocio. Conocía a sus dueños. Era clienta habitual.
Los perros, como siempre, me esperaron en la puerta. Hacían eso en todos los negocios, igual que en el cordón de la vereda. Se paraban lo más cerca que se podía de “estar adentro” pero mantenían las uñas de las patas afuera de los negocios. A veces ocupaban toda la puerta y los otros clientes tenían que pedirles permiso para entrar.
Debo haber hecho las cosas que se pueden hacer sin pensar. Debo haber dicho hola, debo haber devuelto la bolsa, debo haber dicho chau porque eso era parte de lo de siempre, de lo mecánico. Pero ese día tan extraño, quizás nada de eso pasó.
Cuando terminé con el trámite, salí con el cachorro moribundo en la mano.
En la puerta del negocio había una señora acariciando la cabeza de Huinca.
—¡Qué hermosos! –dijo enternecida–. Mirá lo bien que se portan, es una delicia verlos acá afuera, esperándote.
—¿Hermosos? Nada es hermoso. ¡Todo es una mierda! –gritaba y estallaba en un llanto fuerte y repentino como recién salida del neuropsiquiátrico sin permiso–. Ellos también fueron abandonados, ahora son lindos, claro, pero ¿y entonces? ¿Por qué no los querían? ¿Porque molestaban? Todos molestamos y no nos tiran en la calle, hijos de puta –seguía a los alaridos pelados como esos políticos en los palcos frente a multitudes y llorando a mares mientras la vieja seguramente pensaba que los perritos eran parte de un tratamiento de salud mental con técnicas de zooterapia.
—Mirá –y le abrí la palma de la mano para que vea el gatito moribundo, con olor a mierda, lleno de gusanos.
—Por Dios, pobre animal ¿qué pasó? –escuché mientras seguía llorando pero como llora la gente normal, salía del shock y la señora empezaba a poner vidriosa la mirada.
—No sé, lo encontró la perra en el baldío de la escuela, nos metimos y buscamos para ver si había alguno más. Los encontramos. Los otros ya están muertos. Quizás los tiraron, quizás les mataron a la madre, no sé, no sé –explicaba con la palma abierta en forma de cuchara, sosteniendo el gatito.
—¿Qué vas a hacer? ¿En qué te puedo ayudar?
—Llevarlo al veterinario, él sabrá que hacer, usted no se preocupe, ya me ayudó.
No era cumplido de cortesía. Era verdad. Si esa pobre mujer no hubiera empezado la conversación quizás yo hubiera seguido caminado eternamente con el gato en la mano gritando “cordón” y “cruzá” mientras los perros hubieran ido de esquina a esquina, hasta el fin de los días.
—Dios pagará tu corazón generoso –dijo la mujer en la despedida.
Mientras la señora quedó en shock, fija, como atornillada al piso, a mí me había empezado a subir agua al tanque. Volví a ser la mina operativa para resolver quilombos. Entendí que no había tiempo que perder aunque no supiera para qué.
Volvimos a casa, los perros seguían saltando en el intento de olfatear lo que tenía en las manos. Busqué una caja de zapatos que parecía un somier de dos plazas y media extra mega super king para el animal moribundo. Ubiqué el gatito dentro de la caja en medio de la mesa para que lo perros pudieran mirarlo pero no alcanzarlo. Corrí a hurgar en el cajón de los trapos viejos, esos que mi abuela me enseñó a guardar para reciclar. Remeras agujereadas, pedazos de toalla, pulóveres. Los mismos que suelo usar cuando necesito lustrar zapatos o limpiar los vidrios. Necesitaba envolver al bichito asqueroso y encerrar a los gusanos a ver si por un milagro morían asfixiados entre las telas.
Me costó, como nunca, que los perros obedecieran y salieran al patio. Ellos querían seguir de cerca la extraña escena que nos tocaba para esa noche.
Abrí el portón de la cochera y subí la caja al auto.
Tenía que atravesar media ciudad para llegar a la veterinaria a la que íbamos siempre. La casa estaba en el centro, la clínica en el oeste, muy al oeste, donde termina la ciudad camino a las sierras grandes.
Llevaba a los perros a esa misma veterinaria desde aquella noche en la que los tres empezaron con una sinfonía de vómitos y arcadas.
Había fumigado la casa con un producto que “no era tóxico para mascotas” según los dichos del asesino canino serial disfrazado de fumigador. Fue una noche tan desesperante como la que nos tocaba nuevamente.
El veterinario cercano atiende solamente en horarios comerciales pero en mi hogar no éramos muy respetuosos de los horarios a la hora de enfermarnos.
Guía telefónica de por medio había dado con esa clínica. La noche de la intoxicación salvaron tres vidas y desde entonces les juré fidelidad mucho más que si hubieran tenido consultas baratas, vidrieras prolijas, negocios pomposos o tarjetas de millas. Confiaba en la gente que trabajaba allí y tenían guardia las veinticuatro horas.
Llegué a la veterinaria en un viaje eterno que duró dos segundos. Pasé todos los semáforos en amarillo y cada tanto miraba la caja que estaba en el asiento del acompañante.
¿El gatito respiraba aún? No sabía. Miraba sin ver. Quizás esperaba que sonara el despertador y fuera una pesadilla. Seguían cayéndome las lágrimas de impotencia.
La clínica veterinaria está en una cuadra oscura y durante la noche hay que tocar un timbre. La gran vidriera que da a la calle, cristal de exposición durante el día, es una cortina metálica marrón deprimente durante la noche.
El negocio se convierte en una fortaleza, como las farmacias de turno, las despensas de barrio o los lugares de timba ilegal. Llegamos, la caja y yo, buscando las cosas que esos negocios ofrecen: remedios que alivien, alguien del otro lado del mostrador a quien contarle tus desgracias y algo de suerte para conseguir lo que te falta para evitar el sufrimiento.
Nos atendieron por una ventanita, confirmando que no llevábamos la muerte en un revólver, como violentos ladrones. No. Llevábamos la muerte en una cajita de zapatos.
—Eutanasia, doc, eutanasia –grité mientras entraba–. Mirá lo que le hicieron.
Ni me percaté de la cantidad de otras urgencias que había en el lugar. Las lágrimas y el desconcierto me habían cegado o me habían puesto esas anteojeras de los caballos y solo podía ver en frente de mis ojos, que es donde suelo ponerme en momentos de desesperación. Nada del resto del mundo era importante para mí. La caja y yo éramos el pupo del mundo.
—Dame un minuto, termino con los otros pacientes y vemos. Quedate tranquila.
Seis mil horas después, o quince minutos, puse la caja sobre la camilla y el veterinario abrió el trapo. Los gusanos parecían menos y las pulgas se habían inquietado. Quizás esos parásitos hijos de puta sabían que se les acercaba el final.
—Mirá, doc, ya sabés lo que pienso, prefiero una inyección letal que tener bajo tortura meses, canalizado e internado a un bichito. No quiero que este animal sufra más de lo que ha sufrido, lo encontró Manca en un baldío cerca de casa —y seguí contando con extremo detalle el momento del “rescate” del gatito.
Hablé, hablé y hablé como hacen los traumatizados por las guerras.
Mientras las gasas sacaban los pegotes de moscos, pus y barro que tapaban los ojos y las orejas del cachorro, mi relato llenaba de pus la oreja del veterinario que, agotado, con la cabeza seca y tono cortante dijo:
—Ya está, los gatos resisten mucho más que los perros, se va a salvar. Necesita antibióticos, buena alimentación y tiempo.
Me miró pidiendo piedad y entendí que debía hacer silencio un rato y dejarlo trabajar en paz. Me contó que no es bueno bañar a un animal tan pequeño pero no tendríamos otra opción porque había estado entre la basura. Habría que darle mamadera hasta que tuviera edad para comer solo. Era un machito y sobreviviría.
