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"Puto cáncer" aborda en primera persona, literariamente y con humor el tránsito de una enfermedad que muchos ni se atreven a pronunciar. En palabras de la autora, se trata del diario íntimo de una paciente oncológica, que mezcla experiencias propias (ella superó un cáncer de intestino diagnosticado a los 35 años) y de otra gente a la que ha acompañado en el grupo de ayuda mutua Apostar a la vida. Dentro de la novela se describen de manera cruda e hilarante los pasos de la enfermedad, los temores, los pequeños triunfos, los procedimientos médicos necesarios y los invasivos, las reacciones del entorno. En el medio de las situaciones más desesperantes es posible encontrar nuevas reservas de vitalidad. Este libro lo demuestra.
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Seitenzahl: 286
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Mayra Sánchez
Saga
Puto cáncer
Copyright © 2012, 2022 Mayra Sánchez and SAGA Egmont
All rights reserved
ISBN: 9788726903386
1st ebook edition
Format: EPUB 3.0
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A mis viejos, que me regalaron la vida, en especial a mi mamá que lo hizo pariéndome mil veces.
Un profeta islámico dijo que en la vida hay que hacer algunas cosas importantes. Priorizó, entre ellas, las de plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro.
He plantado flores y arbustos. He visto crecer robustos los árboles que planté y hoy dan sombra. También escribí muchos libros y no sentí que mi trascendencia estuviera garantizada por eso.
No sé por dónde pasará la cosa. Los libros que publiqué hasta hoy son textos científicos, aburridísimos, largos y no los compraría ni mi vieja.
Árboles bellos, libros horribles. Me falta el hijo y a esta altura del partido ya no sería parido con dolor físico, sino con el tormento de las gestiones de la burocracia. Sólo pensar en las colas eternas durante varios años explicando por qué una cuarentona solterona quiere adoptar un niño me hace desistir de la idea.
Decidí plantar raíces pariendo un libro. Desde el dolor y desde el amor.
Intenté organizar la parte más dura de mi historia y, como suele suceder con lo que duele hasta la médula, es de la que más he aprendido. Podría hacerme la canchera diciendo que escribí para compartir aprendizajes después de pasar un cáncer con pronóstico reservado porque eso puede ser bueno para otras personas pero en realidad fue bueno para mí.
Mi narcisismo se nutrió de ver una edición bonita y un título sugerente. Mi corazón supo que puedo mirar las cicatrices sin llorar.
Organicé las piezas y procuré darles orden. Dibujé algunos datos y recordé otros. No todo es verdad, pero nada es mentira.
Alguien dijo, no sé dónde ni cuándo, algo como que “lo que no es cierto, merecería serlo”.
Espero puedan disfrutar de leer esta historia tanto como yo disfruté escribirla.
Empezaré por contar que me gusta mucho el nombre que mis viejos eligieron para mí. Me llamo Mayra que, en latín, quiere decir la maravillosa. El error estuvo en que me lo creí.
Sentí que podía todo y la vida tuvo que ponerme un planazo en la cara para mostrarme que, de maravillosa, sólo tengo el nombre.
Soy un despelote viviente, como la mesa en la que trabajo. Me la hizo mi papá. Es una obra de arte. Tiene patas de cedro y, en la tapa, un marco de pinotea que encierra un collage de maderas de diferentes tipos, vetas y tonos. Es una mesa única.
El despelote que tiene arriba empieza con la computadora, siempre prendida y conectada a internet. Es una compu de buena calidad, pero vieja. Debería cambiarla pero tendré que esperar épocas de vacas gordas para hacerlo.
Al costado de la compu está la pila de apuntes con los que preparo mis clases para la universidad. En general, tengo mucho para leer. Hace casi veinte años que doy clases y hace casi cuarenta que soy alumna. Estudié psicología, recursos humanos, políticas públicas, políticas de empleo y salud comunitaria. Ahora empecé un posgrado de nuevas tecnologías.
Nunca supe si estudio para saber o para decir que sé. Muchas veces me gusta alardear. Ya saben cómo es eso. No hay negro que no sea farolero y yo soy bien negra, y, a los dioses, gracias. Otras veces uso la información que conozco para manipular al entorno. Con mi amiga Nori siempre nos reímos a las carcajadas cuando podemos jugar con la ignorancia del auditorio.
En varias situaciones hemos tenido que dar cursos de capacitación para funcionarios públicos o equipos técnicos de municipios. En medio de nuestros cursos hemos citado autores inexistentes frente a ese público que nos miró deslumbrado por todo lo que sabíamos. Es como si hablar en difícil fuera más admirado.
Puedo hacerlo y soy buena pero no me resulta tan divertido como desafiar pautas moralistas con un lenguaje chabacano y vulgar. Hay situaciones en que llevo la gronchada a niveles que ruboriza al más pintado.
Más me pienso y menos me sé. De hecho, creo que no importa demasiado si es por grasa, por traga, por desafiante o por necesidad de que me admiren. Por lo que puta sea, siempre estudié mucho y soy básicamente curiosa.
También en la mesa, sobre uno de los apuntes que tengo que estudiar, tirada como un griego que espera sus uvas en la boca, está Doña Gómez, mi gata.
Ella es loca como una cabra. Ella no sabe bien que es una gata. Por momentos se cree una persona, por momentos un perro. En este hogar convivimos muchos seres y yo soy la única humana. Una de mis pasiones son los animales. Milito en defensa de sus derechos y tengo un canil con perritos callejeros en el fondo de casa y he tenido jaurías dentro del dormitorio. Hoy son once pero he llegado a tener veintiséis.
Al costado de Doña Gómez y del esmalte de uñas están mis hormonas. Esas que tomo porque mis ovarios ya no las producen. Las hormonas me han generado muchísimos problemas, pero también algunos amores. Soy bastante cachonda y enamoradiza. Disfruto salir de bares. Me encanta hacerme la divina en antros de mala muerte.
Puedo pintarme como una puerta, plancharme el pelo y salir a las pistas de la noche. Eso convive en mí con los saldos de años de estar sola que me han hecho intolerante y exigente cuando de entuertos de pantalones se trata. Soy una vieja solterona asumida, pero me siento una pendeja alborotada.
Me aburren las rutinas y mi mesa de trabajo es como un test de Rorschach. ¿Qué ve usted en esta mancha? Veo que soy tantas mayras como boludeces hay en este mueble.
Tengo muchos amigos y disfruto dejar algo de tiempo para compartir con ellos un trago o un mate amargo. Casi nunca me aburro. Mis amigos, amantes y trabajos me abren miles de historias en los encuentros.
Los proyectos en los que laburo, los grupos de alumnos que tengo o los pacientes a los que acompaño en sus pesares, se me abren como los capítulos de un libro.
No tengo días iguales. Nunca los tuve. Una sola vez laburé en una sola cosa con un contrato full life: durante dos años seguidos trabajé de enferma oncológica.
No diré “paciente” oncológica porque la paciencia es un atributo que no me tocó en el reparto de virtudes. Fui una impaciente enferma de cáncer.
Cuando esta historia empezó trabajaba de sol a sol. Me subía a un auto los lunes por la mañana y volvía a casa los viernes por la tarde. Andaba como la Mona Jiménez en sus años de pobre. Lunes, Villa María; martes, San Francisco; miércoles, Ramallo, Junín o San Nicolás.
Dormía en hoteles y comía en restaurantes. No tenía mucho tiempo de ocuparme de mi salud.
Fui y soy una negra curtida. No me duele el cuerpo hasta que no doy más. No me preocupé demasiado cuando noté que la mierda me salía con un poco de sangre. Pensé que podrían ser parásitos. Mi vida mascotera hacía que las posibilidades de ese diagnóstico fueran altas. Odio ir al médico y me encanta jugar a la curandera.
Me colgué de los delirios macrobióticos y naturistas. Largué con ajo como para voltear al más pintado de los vampiros con la teoría de que el picante y el ajo eliminan los bichos de los intestinos y evité consultar a un clínico durante algunos meses. Después hice una patética investigación googleada y wikipediada y adjudiqué el síntoma a las hemorroides.
Suprimí el ajo y, con eso, bajé el presupuesto que gastaba en chicles porque la baranda que emanaba de mi boquita de fresa me corría los candidatos. Necesitaba curarme, pero también necesitaba coger. Todo junto no se puede en la vida.
Modifiqué mi dieta y comí sano durante un par de meses. Nada cambió. Tampoco decidí ir al médico pero, entre cerveza y cerveza, le pregunté a mi amiga Mercedes, que es matasanos graduada:
—Decime, nena, ¿qué causa puede tener un hilito de sangre en la materia fecal? —mientras hablaba miraba al costado intentando quitarle importancia a lo que estaba diciendo.
—En tu familia, con tu viejo zafando del tercer cáncer asociado al sistema digestivo, quizás un tumor —contestó la flaca con esa cara dulce que sólo pone frente a sus pacientes.
—Ah —dije, como si nada hubiera dicho.
—¿Por? —preguntó.
—Hace un año que cago con sangre y no para.
Ella acusó el recibo. Yo me hice la boluda un tiempo más.
Pasó el fin de semana. Llegó el lunes. Me subí al auto, salí de viaje y recibí su llamada diciendo que necesitaba verme en el hospital. Casi nunca digo que no a los llamados de los amigos. Acomodé mi agenda, volví a casa el jueves y el viernes tempranito fui a verla, bañada, cambiada y peinada, sin tener idea de lo que se venía.
Mer estaba atendiendo a sus pacientes cuando llegué y tuve que esperarla un ratito. Cuando salió de su consultorio, me abrazó y me contó que veríamos a un cirujano que sabía mucho.
Empezamos a buscarlo por los pasillos eternos de ese hospital con estética Evita. Entramos y salimos de varias habitaciones. Ella hablaba de cualquier cosa, mientras yo pensaba por qué era un cirujano al que consultaríamos. Los cirujanos no me caen bien. Son tipos poco afectuosos. Se hacen los recios. Creo que dentro de la fauna médica son los peores.
Tenía un casete con una murga platense que cantaba “ahora llega él, más que humano, el grandioso cirujano”. Siempre me acuerdo de eso. Me parecen agrandados. Manipuladores y omnipotentes.
Claro, entiendo que nadie podría meter un cuchillo en otra persona si no tuviera esas características. Mientras mi psiquiátrica cabecita pensaba en la relación que existe entre el sadismo y las cirugías, encontramos al señor que buscábamos que no hizo más que confirmar las hipótesis.
En menos de lo que canta un gallo, sin sonrisa ni gesto que se le parezca, me pidió que me sacara la ropa, que me pusiera en cuatro patas y, sin vaselina ni mimos en la oreja, me hizo un tacto rectal. La vergüenza era peor que el dolor.
Estaba entre biombos en una sala gigante, con una exposición que no era fantasía mía. Desde cualquier lado se me veía el culo roto por el médico de mierda que tenía los dedos como un racimo de pinchilas. Estaba enojada. Lo odié.
Ya no recuerdo su cara ni su nombre. Tampoco me importan. Sólo me acuerdo que me pidió que me vistiera, nos reunió a Mer y a mí y sentenció:
—Lo peor es que no toco nada, es necesario ver a un gastroenterólogo urgente —y se fue.
Mercedes tuvo que explicarme que estábamos frente a la mala combinación de sangre fresca, historia familiar y personal de cáncer y hemorroides inexistentes. Las posibilidades diagnósticas se reducían. Ella me dijo que se ocuparía del turno con el gastroenterólogo, que buscaría el mejor, que me quedara tranquila.
Yo la miré a los ojos, fruncí el ceño con esas fruncidas de sorpresa, no de enojo, mientras pensaba que me ardía el culo, pero estaba tranquila.
El turno que Mercedes consiguió era con un gastroenterólogo prestigioso del hospital privado donde trabaja. Ella, que sabe de sus colegas, decía que era un tipo muy responsable, muy estudioso y una gran persona. A mí me alcanzaba y sobraba con que mi amiga me diera referencias. Confiaba en su criterio y sabía que me pondría en las mejores manos.
Llegué sola y puntual a mi turno.
Siempre me gustó ir sin compañía a las consultas y procuro estar unos minutos antes, a pesar de saber que junto con el título de grado los médicos reciben un manual de mala caligrafía, un reloj que atrasa horas y una dosis de té con sabor a “no valoro el tiempo ajeno y así me siento importante”. Igual, procuro no hacer lo que no me gusta que me hagan y prefiero putear la demora que tener que pedir disculpas por mi tardanza.
Me senté en la sala de espera hasta que el médico me llamó. Me hizo preguntas sobre mi historia clínica y sobre la de mi familia. Fue puntilloso. Pidió muchos datos. Me acostó en la camilla y empezó a revisarme.
Cuando llegó a la panza tocó, presionó y me preguntó si dolía. Le dije que no. Me preguntó cómo defecaba.
“Defecar es una palabra mucho más cerda que cagar”. Pensé: “Este señor no le dice pan al pan ni vino al vino”.
Nuestra charla escatológica abundó en detalles sobre mi despreocupado estreñimiento, sobre mis dietas y mis humores. Parecía una propaganda auspiciada por Activia. Un verdadero asco.
Me hizo vestir y nos sentamos en su escritorio.
—Tenés un polipito —dijo.
Y yo largué la carcajada. Poli siempre suena a mucho y pitos mejor no les cuento. Ese fue mi primer síntoma maníaco-depresivo.
Él estaba transpirando y yo intuía sus preocupaciones. Ambos sabíamos que la gente teme nombrar al cáncer tanto en las sospechas como en las certezas.
Se habla del “problemita”, del “tumorcito” como si fuera un relato de maestra jardinera, o se pasa a la solemnidad de las “duras y penosas enfermedades” que titulan las noticias de los diarios.
El doctor me preguntó cuántos años tenía y, como en pocas cosas, la juventud juega en contra frente a los pronósticos. Parece que los tumores crecen más rápido en los niños que en los viejos.
Me dio un nuevo turno y me pidió que fuera a la obra social a autorizar una colonoscopia y unas biopsias.
Yo ya estaba de los pelos de sólo pensar que tendría que someterme al tormento de estudios tan invasivos. La palabra biopsia me confirmó que ambos temíamos el mismo diagnóstico
Tenía treinta y cinco años y casi la certeza de tener un cáncer.
Salí mareada del consultorio del médico. Caminé hasta un bar cercano que me gusta mucho y miré la pantalla del teléfono celular. ¿A quién llamar? ¿Qué decir?
No lo sabía. Tampoco tenía muy claro qué necesitaba, qué esperaba escuchar.
Se me aparecían tendencias históricas. Siempre fui una cuidadora. Estudié psicología para cuidar a los otros del dolor.
Tampoco sé si digo esto convencida. Quizás sólo esté faroleando delante de ustedes, haciéndome la divina, y estudié psicología como la mayoría de los psicólogos: por chiflada irresuelta en búsqueda de soluciones propias. No sé. No importa ahora. Ya estudié psicología y ya asumí que dejarme cuidar me cuesta un ovario y la mitad del otro.
Como casi siempre que algo me duele intensamente en el cuerpo o el corazón, llamé a mi mamá.
—Mami, ¿qué hacés? —dije procurando mostrar calma.
—Hola, nena —ella siempre me dice nena cuando nos saludamos o cuando estoy sufriendo. Quizás sabía que en ese momento pasaban las dos cosas a la vez.
—Salgo del médico, mami, sospecha que tengo un cáncer —le dije. El silencio ocupó la línea esos segundos que parecen milenios.
—Ay, ¿qué te dijo? —preguntó, también intentando no quebrarse.
—Que tengo unos polipitos y que quiere hacer una colonoscopia y tres biopsias.
—Te doy con tu padre —y pasó el teléfono.
Los “pedile a tu madre”, “preguntale a tu padre”, “mejor que decida tu madre” han sido sinónimos de problemas serios desde que era una niña.
Tengo una yunta de progenitores que pueden resolver muchas cosas sin ayuda.
Cuando era preadolescente y por primera vez pedía permiso para ir a un boliche; cuando choqué el auto de mis viejos o quise salir con la mochila a dedo por las rutas argentinas, se imponía un plenario familiar.
Si mi madre había sugerido que hablara con mi padre era porque había escuchado lo mismo que yo. Ella también sintió que el pronóstico era de tiempo inestable.
Mi papá, macho y argentino, tomó el teléfono.
—Hola, bebé, ¿en qué andás? —mi viejo sólo usa ese mote cuando yo ando soltera. Si ando noviando o me reconoce con historias de amante, automáticamente me dice negra o Mayra a secas.
—Hola, papi, vengo del gastroenterólogo, supone un cáncer y me dijo que hay que hacer una colonoscopia y biopsia de las muestras.
Mi viejo como ex canceroso, reincidente en tres momentos distintos, uno de garganta, uno de pulmón y uno de colon, médico jubilado y orgulloso de su profesión, sacó el Libro gordo de Petete, lo bañó en negación y largó su laralila:
—No seás pelotuda, el tipo es un currero, te quiere sacar guita. Los protocolos —que son como los recetarios de los procedimientos que se estilan entre los curadores— dicen que primero hay que hacer un colon por enema. Este hijo de puta quiere facturar el resto, no le hagás caso. Las estadísticas te ponen fuera de peligro. No hay cáncer de colon a tu edad. Quedate tranquila. Contame exactamente qué te dijo —y escuchó:
—Dice que tengo polipitos —y me interrumpió furioso.
—¡Qué culiado!, los pólipos no se palpan, es un ladrón, hacé otra consulta.
La expresión “quedate tranquila” ya había tenido un significado diferente cuando la había usado Mer. Era como si se lo dijeran a ellos mismos. Volví a escucharla tantas veces en estos años que ya entiendo que no es para mí. Necesitan escucharlo más que decírmelo. Yo estaba tranquila.
“Hacé otra consulta”, también fue reiterado una y otra vez.
Y sólo lo hice cuando no confié en mi interlocutor. En ese momento, confiaba en el gastroenterólogo, no sabía por qué pero me generaba seguridad. Sabía que los pólipos no se palpan, que mi viejo tenía razón, que el médico sólo había dicho eso para que yo mantuviera la calma chicha con la que llegué a la consulta. Creo que eso también fue una autopalmada en la espalda. Él, al igual que mi papá, quería tranquilizarse manipulando palabras.
Mi hermano, más chico que yo, el mayor de los varones de la camada, también es médico, igual que su esposa. El pobre infeliz estaba de visita en casa de mis viejos y, cuando le paré el carro a mi papá diciendo que haría lo que el gastro me había sugerido, fue él quien agarró el teléfono, que pasaba de mano en mano como los naipes inservibles cuando uno juega al chancho al grito de “por la mano va”.
—Hola, nenis, dice la mami, que dice el papi, que decís vos, que dice el médico que… —y largó un extenso cacareo que no pude escuchar. Ya había bajado la persiana. Debía decidir sola antes de volver a hablar con ellos.
“Muchas manos en un plato hacen mucho garabato”, decía siempre mi abuela, y vaya si tenía razón.
Mi turno para el estudio era quince días después. Ellos se alarmaron mucho por las dos cuestiones. Tanto por mi decisión de someterme a la voluntad del experto sin pedir otra opinión, como por el tiempo de la espera.
Yo pensaba, ¿qué carajo puede modificarse en quince días?
Ahora sé que dos minutos alcanzan para cambiar la vida entera.
En ese mismo momento empecé a ocuparme del tema de la obra social. La cobertura médica nunca había sido un problema para mí. Nací y crecí entre hospitales. Mi familia estaba llena de laburantes de la salud, incluyéndome, y tenía tantas personas cercanas en el mundillo clínico que no había tenido que preocuparme por eso casi nunca.
Diez años antes me habían operado por unos cálculos en la vesícula y desde ese momento activé la obra social que tenía por mi trabajo docente en la universidad.
Supe que poco servía esa cobertura en Entre Ríos, que era, en ese entonces, mi lugar de residencia y entendí que en Córdoba todo era más fácil.
¿Siendo sincera? No firmaré esto último.
Quizás haya sido mi excusa para que, cuando tuvieran que meterme cuchillo, fuera en la clínica que está en frente de la casa de mi vieja, en Traslasierras.
Era bueno respirar ese olorcito a pueblo chico, con centros de salud pequeños llenos de caras amigas, o enemigas, pero conocidas. De paso podía aprovechar la operación para mamenguear sin sentirme una pelotuda inmadura.
Así somos las minas cancheras y posmodernas, patéticas al momento de pedir ayuda. Qué feo quedaría que la tipa con aires maitenosos empezara a hacer puchero y dijera: “Quiero a mi mmmamá”.
El caso es que, entre piedras en la vesícula y mimos maternos, sabía desde el “problemita de la vesícula” que mi obra social estaba activa.
Llegué a sus oficinas para pedir la autorización del estudio y del análisis que harían de ese pedacito que sacarían. La gente que atendía a los afiliados me saludó con cordialidad y me trató como siempre quise ser tratada. No tuve que esperar, simplificaron cada trámite, sonrieron mil veces en cada encuentro.
En ese momento no sabía aún sus nombres, ni había grabado sus caras en la retina o en la memoria. Hoy podría hacer un identikit de cada uno de ellos sin dudar un rasgo.
Fue un día largo. Lloré mucho cuando llegué a casa esa noche.
Las cataratas de lágrimas eran de cagazo y de emocionado agradecimiento.
Tenía muchos amigos, una gran familia, y estaban cerca; tenía mucho laburo y buenos ingresos en un organismo internacional, tenía un trabajo en la facultad donde cobraba dos chirolas, pero por eso tenía una obra social de la puta madre; tenía a los cuatro perros que dormían adentro de casa, Huinca, Manca, Bartolo y Bono, roncando en ese momento al lado de mi cama; tenía a Doña Gómez, mi gata chiflada, lamiéndome las lágrimas con esa lengua rasposa.
Tenía un equipo de música y tenía una versión de Liliana Herrero de una canción preciosa que decía “…otros esperan que resistas, que les ayude tu alegría, que les ayude tu canción entre sus canciones. Nunca te entregues ni te apartes. Junto al camino nunca digas no puedo más, aquí me quedo…”, “la vida es bella y ya verás cómo, a pesar de los pesares, tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos”.
Era viernes y, como pocas veces, no salí esa noche.
El fin de semana voló entre angustias, salidas y borracheras.
El lunes a primera hora abrí el auto y subí la pelota azul gigante de yoga que usaba para relajar la espalda, un poco antes que la valija y la mochila con la computadora y las cosas de trabajo.
Partí a mi recorrida semanal de dos mil kilómetros. Siempre disfruté viajar y manejar en la ruta, pero ese viaje se hizo eterno. Me sentía como cuando viajaba desde Córdoba a la casa de mis abuelos en el norte de Santa Fe. Los kilómetros eran extremadamente largos y pensaba cada cuatro segundos, “¿cuánto falta?”, “¿cuándo llegamos?”. Sólo faltaba que alguien sugiriera contar los postes o los nidos de horneros construidos sobre ellos, para que el tiempo se acortara. Eso hacían mis viejos en los largos viajes de la niñez.
Sola en el auto y sin nadie que organizara tareas mirando por la ventanilla, puse la radio pero no podía concentrarme. Cambiaba incesantemente el dial.
En esas dos semanas de laburo no diseñé nada, no escribí nada y no hablé con el grabador que tenía colgado en el espejo del auto y habitualmente usaba cuando quería escribir. Los viajes habían sido momentos de ideas, como los sueños. Si tenía problemas laborales o de estudio arriba del auto se resolvían justo cuando no tenía cómo escribir porque mis manos estaban ocupadas con el volante. Con el grabador podía conservar esas cosas que pensaba en la ruta y pasarlas al papel o a la computadora de regreso a casa. En esos días no apreté el play.
Las reuniones y el trabajo con gente eran un alivio. Allí sí el tiempo transcurría sin grilletes. Eran los pocos momentos en que tenía algo de paz, pero no hablé con la gente del laburo de lo que pasaba. No sé por qué. No me nació. Quizás porque era un trabajo donde yo debía tener siempre la posta. Era asesora. Debía dar certezas. Y ahora para mí todo era duda.
Pocas veces elijo el silencio. Hablo como un mangangá verborrágico. No hubo alma que no me preguntara qué me pasaba que estaba tan reservada. Me limitaba a sonreír, con esas sonrisas forzadas e insulsas, como la de la Mona Lisa pero con los bigotes depilados.
Mi casa fue un refugio. Llegar era maravilloso. Baba de perro por doquier, mimos de cuatropatunos varios, lamidas de Gómez. El verano y el sol me daban un poco de energía.
Por fin llegó el día del estudio. Me adueñé y canté ese tema de Fito “…el mal tomó su piel, también tomó su voz, nunca aprendió el inglés, el exorcismo será hoy, I love you, love you so…”.
Mi vieja había llegado un par de días antes. Quería ayudarme con la preparación del cuerpo para la famosa colonoscopia. Es una mujer que puede soportar asquerosidades. De hecho fue bioquímica y toda su vida hizo análisis de sangre y materia fecal.
Y vaya si me ayudaba. Podía con lo operativo y la gestión de mi casa y podía también con mi tristeza. Es una gran persona. Una gran amiga. Desde el momento en que empezamos a hablar de la colonoscopía creí que no habría cosa peor a que te metieran una manguera con una cámara en el ojete.
¡Error de ingenua! Mucho, pero mucho peor, es tener que tomar un laxante, líquido inmundo que, además de hacer que te cagués como vaca viajando en camión jaula, te da tantas náuseas que te parece que, a la mierda, la vas a vomitar antes de que salga por donde Dios manda. A eso se suma que no podés comer ni un bocado, te racionan los líquidos y yo siempre comí y bebí como un pterodáctilo a punto de desovar.
La panza se te hace un ovillo en manos de Doña Gómez, duele a morir, no podés moverte del inodoro durante horas, te cagás encima y, para rematarla, casi llegando la hora, te hacen un enema con agua caliente mezclada con semen de mamut, o algo así.
¿Cómo terminás? Con la nariz recordando el olor, muerta de hambre y de sed, subiéndote al auto rumbo a la clínica.
Entendía lo de la preparación, ¿cómo no iba a entender? De otra manera no era posible mirar el culo por dentro. Había que limpiar. Ahora, les juro, entenderlo no me hacía sentir mejor.
La sala de espera era pequeña. Mi madre se sentó a mi izquierda y mi papá a la derecha. Casi no emitimos palabra. Quién sabe en qué pensábamos. Yo me sentía débil. Tenía dos días de hambruna y diarreas. Estaba un poco mareada por la medicación que me habían dado para lograr que me relajara.
El médico abrió la puerta que teníamos justo en frente nuestro y llamó por el apellido. Me paré y mi papá hizo lo mismo. Lo miré a los ojos con tono de pregunta.
—Yo voy —dijo.
—De ninguna manera —contesté. Cortante y seca.
De mi papá he heredado la terquedad. Cuando se le pone algo en la cabeza no hay poderes ni vudú que lo hagan cambiar de opinión. Pareciera que nada lo asustase y es difícil encontrar una manera de hacer que entienda rápidamente lo que uno necesita decir o hacer.
Estábamos a contrarreloj porque el médico nos miraba sin soltar un segundo el picaporte. Esperaba que yo entrara e intuía que antes debíamos resolver el “problemita” familiar.
“A loco, loca y media”, dicen las viejas.
—Mirá, papá —dije en voz tan alta que escuchó medio hospital—, ni por el oro del mundo voy a confirmarte si he tenido, o no, relaciones anales… desaparecé.
No alcancé a terminar la palabra “confirmarte” que mi viejo, abochornado, corrió como Forrest Gump hasta verse chiquitito al final del pasillo.
Fue duro, lo sé, pero no tenía tiempo de volver a discutir con él sobre por qué confiaba en un médico que a él le parecía un mercader.
Mi vieja, que seguía sentada, me clavó en el iris una mirada de reto materno que reforzó con un silencio repentino y sostenido; el médico sonrió ruborizado y el resto de los pacientes que estaban en la sala enterraron las narices en sus revistas para no sentirse cómplices de semejante falta de respeto, ni siquiera desde el voyerismo.
Todos, menos yo, sintieron vergüenza. Mientras entraba a la sala donde estaban las cámaras y los monitores, el médico me guiaba con su mano tierna sobre el hombro.
Me pusieron esas batas horrorosas que tienen dos tiritas para atar en el cuello y te dejan el culo afuera, me hicieron acostar en una camilla y me inyectaron una droga que me adormeció. No sentí más que la incomodidad mental de saber que estaban metiéndome una cámara en el traste. Sólo fue doloroso para el pudor.
O el estudio duró pocos minutos o yo estaba tan drogada que el tiempo se voló.
La enfermera que acompañó al médico durante todo el proceso me arropó con una mantita y me dijo que descansara un rato. El médico salió de la habitación, volvió con mis viejos, los encerró en otra sala donde estaban los monitores y conversaron en privado.
Los tres salieron de allí con la cara desencajada. No dijeron demasiado. El médico sugirió que me cuidara, indicó que tendría que hacer un estudio diferente y pidió que fuera paciente mientras esperaba los resultados de la biopsia. Cuando tuviera ambos resultados en la mano tenía que volver para una consulta en la que fijaríamos el plan de acción.
Salimos de la clínica en silencio.
Caminamos hasta el auto. Yo iba en el medio. Mi viejo me tomó por debajo del pelo, agarrándome el cuello y la nuca. Así me agarraba cuando era una niña y mi cabeza le llegaba a la cintura. Era como si quisiera marcar el rumbo. Como si le pusiera las riendas a un caballo.
Mi madre caminaba del otro costado y cruzamos los brazos como las ancianas cuando caminan juntas. Me gusta caminar así.
Creo que era una buena foto del momento. Yo era al mismo tiempo una niña sin rumbo y una ancianita desvalida que necesita de su bastón.
Llegamos al bar que está a dos cuadras del hospital a comer esas tostadas con un colchón de hojas y jamón crudo. Mi abuela las preparaba con restos de pan viejo y achicoria. Me encantan y me recuerdan años idos. Disfruto comer hojas y fiambres. Si por mí fuera viviría a ensaladas o sándwiches en verano y a sopa con daditos de queso en el invierno.
Aquella comida de reciclado de restos que preparábamos en la infancia ahora tenía nombre glamoroso como bruschettas o montaditos.
Sin importarme mucho la nominación, quería tirarme de clavado encima de uno de ellos.
Mientras decidíamos la comida, mis viejos me contaron que la cámara de video de la colonoscopía sólo había podido entrar un poquito porque el tumor estaba trabando la entrada. El médico le había mostrado las desalentadoras imágenes a mi viejo y ya, desde lo que se podía ver con ojos clínicos humanos, sin microscopios y sin análisis, el panorama era preocupante.
Mi papá hacía esfuerzos para que no se le notara la tristeza. Mi mamá intentaba sonreír. La carta del bar pasaba de mano en mano.
Había que hacer un colon por enema. Si colon ya suena horrible, enema suena peor. Eso nos permitiría avanzar lo que la cámara no avanzaba y observar si había otros tumores en el resto del intestino.
Había que sacar un turno. Desde el bar llamé al centro diagnóstico y pedí una fecha. Me la dieron para varias semanas después. Mi urgencia y mi pánico no tuvieron ningún efecto sobre la señorita que me atendió.
Llamé a mi hermano, el médico, para contarle lo que había pasado. Dijo que me llamaba en un rato y yo pensé que estaba en shock.
Comimos las bruschettas y tomamos una cerveza. Yo pedí doble la porción porque tenía hambre atrasada. Cuando iba por el último bocado, sonó el teléfono y mi hermano me contó que había conseguido un turno para hacer el colon por enema a primera hora del día siguiente. Debía estar en ayuno completo.
Le conté que acababa de comer y respondió con mucha soltura.
—Andá a vomitar.
—¿Pero cómo? —pregunté al pedo, porque sabía qué me estaba sugiriendo.
—Metete los dedos.
Encima de asustada y tumorosa, en el mismo día me había convertido en anoréxica-bulímica.
Salí del baño halitosa, con los ojos lagrimeantes, no de angustia sino por el vómito y, lo que es mucho peor: las mismas ganas de comer algo que cuando nos habíamos sentado.
Pagamos y volví a casa a intentar conciliar el sueño. No lo logré.
Al día siguiente partimos temprano, mi vieja y yo. Ella tuvo que vencer sus resistencias a manejar en el centro de la gran ciudad porque yo estaba débil y con la presión por el piso de tantos días sin comer. No podía manejar el cuerpo, mucho menos el auto.
Llegamos puntualmente y la gente del centro no nos hizo esperar.
Me hicieron pasar a una salita, ponerme ese modelito que lucí tantas veces en esos días. La bata con tajo atrás era de color arena y hacía juego con toallas y paredes. ¡Qué hijo de puta el que se puso a decorar un lugar tan indecoroso!
Cuando estuve vestida para la ocasión, me indicaron que me parara sobre la base de una mesa de metal en ele. Debía mirar hacia la chapa y tomarme de unas manijas que tenía al costado. Era lo más parecido a cualquier práctica de sexo sadomasoquista que había visto en mi vida. Culito parado, cara contra esa pared fría, prendida de las manijas y escuchando frases como “no te va a doler, relajate”. Sólo faltaba el “tontita” y el panorama estaba completo.
En un descuido, sin forro y con vaselina me metieron una manguera en el orto e hicieron que esa mesa mecánica comenzara a inclinarse hasta quedar en posición horizontal.
Quedé tendida y enchufada.
—Agarrate fuerte —dijo el médico—, ahora pondremos líquido y lo moveremos dentro del intestino para sacar las imágenes de cómo está todo.
