Lenguas filosas - Mayra Sánchez - E-Book

Lenguas filosas E-Book

Mayra Sánchez

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Beschreibung

"Lenguas filosas" vuelca como novela la historia de un grupo de mujeres que dicen en lenguaje "guarro cordobés" lo que piensan, sienten y les pasa con el aborto, el trabajo, la maternidad, el mismo lenguaje, el amor y el desamor, la sexualidad. El libro bucea así, desde la literatura, en algunas de las vivencias más directas de los cambios que los feminismos vienen generando en Argentina y otros países durante los últimos años. Tomando vuelo a partir de fragmentos y detalles que pueden aparecer en el margen de una conversación, Lenguas filosas aporta miradas atípicas sobre lo ambiguo, lo adverso y lo alegre que recorre la trama íntima de estas transformaciones.

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Seitenzahl: 433

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Mayra Sánchez

Lenguas filosas

 

Saga

Lenguas filosas

 

Copyright © 2019, 2022 Mayra Sánchez and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726903393

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

A ellas que fueron letra.

1

Clara odiaba discutir. No le gustaba polemizar. Evitaba la tensión a la que la sometían las confrontaciones. Hubiera huido gustosa de los debates pero con ellas era imposible escaparse.

—¿Militante? Ni en pedo Clara, no te confundás. Si hay algo que dinamita cualquier posibilidad de construir consensos son las pancartas militantes. De solo pensarlo salgo eyectada mentalmente a la niñez y siento vívida la escena inmodificable de los días que pasé en el living de la casa de mis abuelos: la tele siempre prendida, la botonera fija en el canal de aire por el que emitían cuatro horas de telenovelas con guiones clonados en los que la niña pobre se convierte en millonaria porque pega un braguetazo; dos horas de noticias de violaciones y robos; una serie lacrimógena y un programa de humor infantil en el que un niño o una niña son cacheteados y nos reímos por repetición del “cállate, cállate, cállate que me desespeeeeeras” o con el “fíjate, fíjate, fíjate” en esas escenas tan previsibles como una de nuestras fotos hogareñas. Mi abuela defendiendo a capa y espada el mandato de la castidad hasta el matrimonio. Mi abuelo trabando esa lucha anti rock, alcohol y tabaco. Tengo la certeza de que las cruzadas de los dos viejos en el medio de esa rutina insoportable fueron las piedras angulares de esta familia que me tocó en suerte. Cornudos y cornudas, borrachos y adictos, con esa marcada tendencia a levantar santos dedos inquisidores sobre la frente ajena —dijo Mora, y estalló en una carcajada—. Ponele comillas gigantes a “tocar en suerte”, Clara. Muchas veces intento imaginar quién hubiera sido yo sin ellos cerca.

—¿Y eso qué tiene que ver con el feminismo?

—Tiene que ver con cualquier ismo. Kirchnerismo, macrismo o feminismo, da igual. Los fanáticos se convierten en esos títeres aplaudidores que reproducen a pie juntillas el discurso oficial que les mandan decir los líderes de sus movimientos. Y repiten, sin pensar, como un casete; una y otra vez hasta que se les estira la cinta y ya no se entiende nada de lo que dicen.

No se puede poner la misma música en un velorio que en un casamiento. Es más, ni siquiera se puede poner el vals durante el carnaval carioca, cariño… —continúa Mora con su cantinela más exaltada que al inicio de la conversación. —¿Cómo se inspiraría tu tío para tocarte el ojete como al descuido si no le ponés una de Los Caligaris? El pobre tío Cacho tendría que dejar sus manos sobre tu cintura y se perdería el honor de zanjearte el pan dulce…

—¡Boluda! —la paró Clara cagándose de risa—. Sigo sin entender adónde vas.

—Tenés razón, desvarié un poco. Digo que la masa de militancia en tiempos de Facebook es peor que mi abuela repitiendo el discurso del cura. Si vas al encuentro nacional de mujeres y empezás a sentir que es peligroso decir a un grupo de minas “paren un poco locas, que eso no cabe” cuando ves que están armando una molotov para que explote la pared de una iglesia a poquitos metros de donde sale una viejita de hombros caídos y mirada al suelo… tarde o temprano terminarás tomando distancia. Porque participar sin poder decir, es una mierda. Hay algún punto en el que no querés, o al menos yo no quiero, sentir que soy peor que aquello que condeno. Sé que hay que poner mucho esfuerzo y mucho corazón para intentar comprender a la viejita que sostiene los discursos del patriarcado, porque también es producto de un sistema y de una familia que no le dio opciones... ¡Qué sé yo Clara! Lo que te quiero decir es que está claro que ningún pibe nace chorro pero necesitamos recordar que ninguna nena nace Mirtha Chiqui Legrand…

—Jajajja —estalló Clara y dijo—: bueno boluda, pero a Mirtha la odiás y le tirarías dieciocho molotov…

—¿Sabés que no? Bueno sí. La odio, pero creo que me encantaría ir a ese programa. Eso es justamente lo que intentaba decirte: me parece que la única estrategia real de cambio que tenemos es la sensibilización que solo se logra con una cosa tan simple y tan faraónica a la vez como es la docencia. ¿Qué ganamos alimentando entre nosotras esa paja mental constante que no se baja al llano ni con patadas de un ninja? Boludeces de una pseudointelectualidad en decadencia. ¿Por qué no es bueno sentarse con Mirtha a compartir su caviar? Si no puedo tomarme el tiempo de intentar explicar a esa versión glamorosa de la viejita de la puerta de la iglesia lo que para mí significa justicia en términos de oportunidades, ¿no te parece que termino siendo tan opresora como los más soretes de los referentes del patriarcado y del androcentrismo que conozco?

—Quizás. Te aseguro y te lo firmo: ruego que la vida te dé la oportunidad de sentarte con Mirtha porque eso será también mi oportunidad de escucharte decir “tenés razón”. Si hay algo de lo que estoy segura es que el día que la tele anuncie “almuerza con la señora Mirtha Legrand, la referente feminista Mora Flores”, ¡será el mismo día en el que vas a escupir el plato de una viejecita y vas a tener que usar toda tu empatía en comprender a las chicas que arman las bombas para tirar en misa!

—Loca, poneme una ficha al menos. Quiero seguir creyendo que puedo ser mejor que esa vieja de mierda o que las activistas que pretenden erradicar la violencia contra las mujeres pegándole a otras mujeres.

—Mmmm, difícil que el chancho vuele, Mora. Sos demasiado leche hervida y no creo que puedas sostener esa postura tan Gandhi que discurseás cuando estés en medio de una situación realmente jodida. Te conozco amiga, te he visto sacar las uñas.

—Bueno, supongamos que saltara sobre la gargantilla de la vieja. De cualquier manera no podés negar que el feminismo está en problemas desde el momento en que se nominó de una manera tan poco asertiva.

—¿Ah? ¿De qué hablás?

—Confunde, Clara. La palabra feminismo confunde. Si ves a una mujer cualquiera que ha nacido y crecido en una familia tradicional y que repitió como mandamiento “no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni su casa” y que procura reflexionar haciendo un esfuerzo sobrehumano sobre el machismo que contiene esa premisa, ¿cómo le explicás que el feminismo no es la supremacía de lo femenino sobre lo masculino? Feminismo y machismo suenan a un Boca-River. Deberíamos buscar otra palabra para nombrarlo…

—Bueno, sí, en eso tenés razón. Feminismo no suena a igualdad…

—Y menos aun suena a la posibilidad de elegir transitar matices. Ni es una palabra que asocies con la justicia…

—Pero entonces, ¿cómo hacés para cambiar el uso de una palabra con tanta fuerza?

—¡Qué sé yo, Clara! Supongo que es como en cualquier otra cosa. Primero con la diferencia entre sexo y género, o cuando discriminamos tipos de inteligencias.

—No lo sé, Mora. Me parecen diferencias tan sutiles que no creo que se comprendan. Ahora ¿te parece que es para tanto un “conchuda” tirado al viento?

—No Clara, justamente de eso se trata. Vos fuiste la que dijo que el tipo era machista cuando te dijo conchuda y remataste con ese pedorro “vos que militás el feminismo”, buscándome de aliada a tu reacción. Yo solo digo que el tipo no tuvo más objetivo que el de insultarte, y que no veo en eso el machismo; como no veo feminismo ni búsqueda de igualdad en que sigamos usando los adjetivos por los que reconocerías a un argentino en China. Que te digan conchuda o boluda es igual a que te digan imbécil, y me parece una pelotudez atómica que digas que el insulto es machista…

—¿Sabés qué, Mora? Odio cuando te parás sobre el podio y te creés descendiente de los esclavos de Bonaire. Ya me secaste la cabeza. No te aguanto más. Prefiero al tipo gritándome “conchuda” al oído hasta el año que viene a seguir aguantando tus fundamentos. Me voy a poner la pava así tomamos unos mates y hablamos del clima.

Cuando los españoles llegaron a la isla encontraron a hombres y mujeres que vivían en sus casas de barro, disfrutando del sol, viviendo de la caza y de la pesca. No había oro, ni plata. No tenían piedras con valor de reventa. No había nada que saquear pero las carabelas nunca partieron vacías. Los mercenarios robaron almas a fuerza de látigos y espadas, capturaron a sus habitantes y los llevaron como esclavos a las minas de La Española.

Cuando los holandeses decidieron quedarse con Bonaire ya no había personas para secuestrar pero los opresores siempre se las rebuscan.

Bonaire se habitó con familias que raptaron de África y con burros que trajeron en sus barcos desde Europa, para que los esclavos no murieran tan rápido de agotamiento y de hambre. Los esclavos y los burros trabajaron de sol a sol llevando agua del mar, llenando lagunas que el sol evaporaba dejando solo la sal que, luego, cargaban en los barcos que la transportaban a Europa.

Los esclavos y los burros morían para saborizar la comida del plato del verdugo.

Cuando los piratas ingleses y franceses robaron a los holandeses ese pedacito de tierra que fue hogar de los Arawak y botín de los países “civilizados”, los negros y los burros de Bonaire sacaron sal bajo otro látigo y la cargaron en barcos con otra bandera, mientras sus hijos eran vendidos por kilo. Luego, los holandeses recuperaron el látigo y sacaron la sal teñida con sangre hasta mediados del siglo XIX en que abolieron la esclavitud.

Los negros sobrevivientes, de espaldas arqueadas y surcadas de cicatrices, hombres y mujeres que durante siglos habían esperado cortar esas cadenas, enseñaron a sus opresores el valor de la libertad.

Salieron de sus casitas con sus grilletes cortados, exorcizaron sus almas y sacaron hasta la última gota de resignación esclava con un alarido de guerra que hizo temblar las salinas de la isla. Llevaban en sus manos callosas los punzones y martillos con que cortaron sus propias cadenas.

Corrieron hasta los corrales y miraron a los ojos a sus asnos. Acariciaron sus lomos con silencio de sepulcro.

Uno a uno, los burros, esclavos de los esclavos, vieron caer las cinchas y los alambres que los mantenían presos.

Los asnos liberados por los negros corrieron entre los cardos y los cactus pateando al viento para que se llevara cualquier rastro de dolor.

Ese día de 1863, los negros y los burros que nunca más usaron cadenas, escucharon por primera vez la palabra “Bonaire” en la brisa de los salares y sonrieron.

2

Aceite y vinagre. Difíciles de amalgamar pero excelente condimento para esas ensaladas que armaban en cualquier diálogo.

Clara tenía la dulzura cremosa de los helados de chocolate. Mora era ácida y esgrimía argumentos con la destreza de una experimentada y, por qué no, sádica espadachina.

Eran más que amigas. La vida las hermanó. Se conocieron en los años en que asesinaban a Cabezas y la gente se preguntaba si era real la muerte de Yabrán. Las teorías conspirativas pasaban sin pena ni gloria al costado de Clara, quien renegaba por historia, química y matemáticas en su último año de secundario. Tenía dieciocho años.

Mora había llegado a Colón un año antes, llevando en una mano el título de psicóloga con olor a tinta fresca y en el corazón una gran dosis de añoranza por la vida universitaria que le había servido de antídoto infalible cuando tuvo su primer desarraigo. Colón estaba muy lejos del Valle de Traslasierra en el que Mora creció y donde todavía vivían sus padres. Nostalgia de los años en los que Freud y el primer porro asesinaron sin piedad cada vestigio de romanticismo adolescente que estaba escondido en una caja con rosas secas y diarios íntimos de Sarah Kay. Gloriosos cadáveres de un ayer en el que Mora aún no había sentido el viento en la cara.

En el Valle de Traslasierra hay un paraje que se llama Piedra Pintada, que custodia el Río de los Sauces, a pocos kilómetros de Villa Dolores. La piedra que le da nombre fue pintada por comechingones y las pinturas aún están. Poquito se ven y casi nada se cuidan.

“¡Viva Boca, carajo!”, dice al costado con mayor intensidad que las pinturas aborígenes.

Los imbéciles no son solo hinchas de fútbol. También son viejos fachos como el mismo que montó sobre la Piedra Pintada el monumento más espantoso que la imaginación de un hombre pueda crear y, las manos de otros hombres construir. Semejante esperpento lleva varias décadas arruinando el paisaje. Cuentan que antes, ciertos jóvenes alborotados por el amor o por ese algo que brota de madrugada después de algunos vasos de vino, iban a la vera del río buscando un poco de intimidad. Así, frente a la Piedra Pintada muchos años antes por los aborígenes, se armó una villa cariño de esas que no faltan en ningún pueblo.

El dueño del terreno odiaba el amor y se creía con derecho a decidir sobre los encuentros y desencuentros. Levantaba el dedo inquisidor sobre los amantes tal como levantan las varitas sobre las ratas los magos poderosos. El pobre no entendía nada. Creía, como creen algunas religiones, que la fiesta del cuerpo era una enfermedad que debía curarse.

Por eso construyó sobre la piedra un monumento. Una media cápsula de puro cemento. Medio remedio para el amor. Tenía un gran ojo, que el tiempo destruyó y una gran oreja, que aún se conserva.

Una leyenda coronaba la construcción. “Dios todo lo ve y todo lo oye”, decía.

Ni la advertencia con aires de censura ni el paso del tiempo pudieron con las pasiones de los jóvenes dolorenses.

La Oreja de Piedra Pintada sigue siendo cuna de grandes y sordos amores.

Clara participaba de un taller de orientación vocacional que Mora coordinaba con carcajadas sonoras y ropa solemne que la escudaba de su inexperiencia.

Las cejas de Clara se enarbolaban sobre sus ojos celestes con cada relato de Mora rompiendo el mito del sacrificio de ser estudiante más que hija.

“Es el mejor momento de la vida” decía Mora, como si a los veintitrés pudiera hablar de balances vitales. Pero ellas eran así: Mora hablaba como si supiera y adoraba jugar con la ignorancia del auditorio; Clara soñaba con esa utopía de libertad que supone la adultez, sobre la que Mora profetizaba y sostenía que se conseguía con la libreta universitaria.

Ellas crecieron con cinco años, dos provincias y mil kilómetros de distancia pero aun así tuvieron muchas cosas en común. Muchos hermanos, mandatos machistas, niñez sobre bicicletas, pandillas de amigos y juegos de escondidas al atardecer. Veranos de ríos. Animales como miembros de la familia. Adolescencias sin la paranoia de los secuestros y de las violaciones.

Clara eligió una carrera que sus padres no podían costear. Mora la ayudó a buscar, entre opciones similares, una licenciatura que se estudiara a distancia.

El taller grupal terminó pero Clara y Mora no se despidieron.

Rumiaron juntas precios y opciones. Estudiaron mapas, requisitos de inscripción, calcularon fechas y reunieron documentos hasta que Mora, asfixiada de alegría, confesó la intención. “Yo también me voy a inscribir”, dijo, como niña que planea una travesura.

Prepararon el mate, subieron al viejo R 12 y ese diciembre viajaron por primera vez a Córdoba por la misma ruta que recorrieron durante los veinte veranos siguientes.

Te amo. Te amo en la alegría y en la tristeza, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Siempre te amo.

Te extraño tanto en esos meses en los que desaparecés. Te extraño más cuando ellos vienen, corridos de otros lados, aprovechándose de mí por el vacío que deja tu partida; se meten en mi cama, sensibilizan mis pies y erizan mis pezones. Te sueño y te deseo mientras con ellos solo muero de frío y acuno un sueño depresivo en el que las horas que duermo nunca alcanzan.

Odio salir de la cama cuando no estás cerca.

Quizás te extraño menos cuando ella me seduce con su colorido, me regala esas flores soñadas y me alegra los días con melodías de cantos de pájaros. Yo te amo y ella me abraza mientras yo odio a las parejas que circulan por la calle tomadas de las manos. Ella está conmigo pero eso no me importa. Vos no estás y me siento más sola que nunca. Tiro pañuelos llenos de mocos, uno tras otro porque ella me asfixia y las lágrimas me caen.

Te pido, te ruego que vuelvas a curar mis alergias.

Amo que regreses.

Amo el sudor que nos baña en cada encuentro.

Amo que me obligues a buscar el helado de limón y chocolate con almendras.

Amo ir al río o al mar, salir de nochecita a tomar una cerveza con mucho hielo y amo que hagas que la noche se dilate y las ganas de disfrutarla dure hasta la salida del sol.

Te amo como te aman las iguanas en las rutas y hoy celebro tu llegada con más sudor que lágrimas.

Ella Escritora de odas de amor cachondo al verano

Veinte años en los que la ley de gravedad trabajó como esclava con grillete, veinticuatro horas por día los trescientos sesenta y cinco días del año, tirando al piso lo que tenía que caer. El culo, las tetas, los labios de la vulva y los miles de prejuicios que durante la niñez eran “firmes y turgentes”, se llenaron de manchas, flecos, pozos y recovecos.

Clara y Mora habían madurado casi tanto como había crecido la idea de ser mujer. Lo verdaderamente grave ya no era lo que fue en los noventa cuando se conocieron. La ley no era la de entonces. Tampoco la idea de lo bello o de lo noble.

El mundo y ellas habían sufrido por igual el trabajo del tiempo. Había que cambiar de anteojos para enfocar lo cercano o lo lejano, lo grande y lo pequeño.

Mora no hubiera podido identificar el instante en que empezó a ser mujer con todas las letras. Quizás porque no lo hubo. No recordaba la aparición de su menstruación como el hito que describen los libros de psicología, no le dolieron las mudanzas, las despedidas no la dejaron partida en dos mitades.

En cambio Clara podía relatar segundo a segundo cada imagen de la noche del antes y después. Recordaba la ropa que usó, el color del maquillaje con que tapó sus ojeras, el olor que dejó en el baño la planchita del pelo y el perfume con el que lo tapó. Lo que no podía recrear con su memoria era el terror que quiso esconder con esa pose de bailarina de flamenco. Sabía que enderezó la espalda, paró el culo, entró panza y sacó tetas, levantó la cabeza, bajó un poco el mentón, clavó la vista al frente. Podía describir el ruido que hizo la puerta vaivén cuando la empujó esa noche y podía relatar cómo fue opacado por el martilleo de los tacos sobre el piso de madera.

3

“Para usted son terribles. Debe cuidarse. Le sugiero caminar descalza todo el día, arreglar las plantas de su jardín, almorzar liviano, no comer carne ni legumbres en todo el día. Antes de que llegue la noche prepare una bañera tibia con sal y romero. El agua purifica”, dijo el doctor Tanaka mientras caminaba hasta la computadora y llenaba la historia clínica de notas.

Ella se levantó de la camilla y abotonó su camisa hasta el cuello.

“Sí, sí. A usted los domingos le hacen mucho daño”, reforzó el anciano, por si quedaba algún atisbo de dudas.

Agradecida, abrazó al viejecito y se fue antes de que la viera llorar.

Tenía cuatro años el primer día de los mil días en que su tío abusó de ella.

Tenía cuatro, quizás cinco años, ese día en que el sol comenzó a esconderse.

Era un martes.

Su tío se llamaba Domingo.

Las tardecitas de los domingos siempre fueron espantosas para Clara aunque no supiera el porqué. Desde pequeña, en especial cuando tenía que volver temprano a su casa para preparar las cosas de la escuela o en la adolescencia de inviernos lluviosos, no recordaba los finales de los domingos con alegría o, al menos, con algo de paz. Pero particularmente esa fue la peor de todas las tardecitas domingueras. Había salido sin rumbo, después de dos días de deambular entre el patio y la habitación de una casa que ya no sentía suya, mientras él hacía de cuenta que ella no estaba.

El reloj de Clara movía las agujas al ritmo del sufrimiento. En la cabeza le retumbaba esa melodía picaseso: un tic tac denso y bipolar. El tiempo estaba jugando al misterio. Quedaba petrificado por horas y de pronto volaba.

Clara seguía sentada en el mismo banco gris de cemento frío, en el mismo bulevar. Sin saber cómo o cuándo, la noche la cercó. Ya no lloraba, quería hacerlo pero no le quedaban fuerzas. Había llenado la cartera de pañuelos de papel húmedos. Había secado prolijamente las lágrimas y los mocos durante horas. Sentía la congestión de la congoja. La nariz paspada le dolía mucho menos que el alma o el orgullo.

“¿Por qué?”,se preguntaba sin saber si en verdad quería escuchar la respuesta. Hablaba sola como en la más profunda de las demencias. Lloraba intentando aliviar la presión que sentía en el pecho. No podía pensar. No sabía qué hacer. Se levantó y dio un par de pasos zigzagueantes. Estaba a cuatro cuadras de su casa pero la aterraba volver y encontrarlo ahí, con esa cara de boludo que ponía cuando tenían algún problema o, peor aún, sentado en su puta computadora como si nada pasara.

Paró un taxi y le pidió al chofer que la llevara a zona sur. El tipo la miraba por el espejo, intrigado por la cara hinchada y los ojos llorosos. Clara bajó la vista; no le alcanzaban las fuerzas para mantener la mirada frente a nadie. Mientras, enroscaba con dos dedos el hilo que sobresalía de la costura de su vaquero. Miraba la nada por la ventana, intentando organizar el tsunami de pensamientos. Abrió la cartera, sacó el celular y marcó. No obtuvo respuesta. Tomó su billetera y vio que adentro solo tenía la foto de sus gatitas, la tarjeta del bondi y cuatro monedas.

La angustia fue opacada un instante por el temor. Viajaba buscando auxilio sin que nadie la esperara al llegar. ¿Qué haría si Mora no estaba? No tenía adónde ir.

El taxista la esperó en frente al jardín de la casa con el auto encendido.

Clara golpeó la puerta con las pocas fuerzas que le quedaban. Nadie abrió. Los perros no ladraron y los vecinos no se asomaron a chusmear por detrás de las cortinas. Insistió. Usó el anillo contra la puerta de chapa.

—¿Quién es? —preguntó Mora con voz de sueño interrumpido.

—Soy Clara. Alejandro me dejó.

—¿Quién? —repitió como tomando el aire necesario para reaccionar.

—Soy yo, ¿puedo quedarme acá hoy? Necesito que me prestés plata para el taxi —dijo mientras Mora abría la puerta, la abrazaba y la acompañaba a la silla en la que las piernas se le aflojaron. Se desplomó en ese breve espacio sintiendo que el culo le pesaba toneladas y con los brazos tapándose la cara, se apoyó sobre la mesa. Cayó como un trapo viejo mientras Mora pagaba el taxi y ponía agua para el mate.

Mora se paró al costado de la cocina mirando la pava que estaba en el fuego, como si necesitara custodia. Excusas para no enfrentarse cara a cara con el dolor su amiga, que nuevamente lloraba como una Magdalena.

María Magdalena trabajó de sol a sol, o de luna a luna, en un trabajo que nadie sabe si la hizo feliz porque a nadie le importaba su alegría.

María Magdalena lavó los pies ajenos y los secó con su propio cabello llenándolos de su perfume.

María Magdalena amaba y cogía con la intensidad y la frecuencia con la que nos gustaría amar y coger a cada uno de nosotros.

Quizás por eso, por envidia intensa, quisieron lapidarla. María Magdalena lloraba a moco tendido y, mientras “la prensa” decía que era por arrepentimiento, nosotras sabemos que no.

María Magdalena lloraba porque vivía en un mundo en el que se enseñaba a las mujeres a no ser violadas en lugar de educar a los varones para que no se conviertan en violadores. María Magdalena no lloraba sus pecados: María Magdalena lloraba los nuestros.

Clara siempre se divertía con las ocurrencias de Mora. Muchas veces la desconcertaban las irreverencias o las bravuconadas que hacía en la escuela solemne de la pequeña ciudad en la que se conocieron. Para Clara, tanto como para los parámetros del pueblo, Mora era un raro personaje, una “loca pintoresca”.

Cuando empezaron la facultad en modalidad a distancia todavía vivían en Colón. Mora organizó sus agendas, armó cronograma de viajes para rendir los finales y le enseñó a estudiar. Clara pudo mantener el ritmo durante un par de años y luego sintió que era mejor inscribirse en alguna de las opciones que le ofrecía el pueblo. Clara sabía que la autogestión no era su fuerte: disfrutaba más de las pautas impuestas por el afuera. Quería que le dijeran cuándo y a dónde tenía que ir. La relajaba mucho no tener presiones temporales que la dejaban, como dice Benedetti, “inmóvil al borde del camino”.

Se inscribió en un profesorado que nunca terminó. No pudo precisar si fue por cansancio, aburrimiento, o las dos cosas y en ese orden.

Consiguió un trabajo pedorro en una estación de servicio. Era buena la paga para una ciudad en la que había pocos laburos para elegir. Los horarios rotativos eran cansadores pero Clara los cumplía religiosamente.

A fines de los noventa Mora empezó una consultoría que la obligaba a viajar. Iba y venía por el país. Hoy viajaba por Centroamérica, mañana se iba a Torino a participar de reuniones que duraban meses. En su ausencia, Clara cuidaba la casa y los perros de su amiga y, de paso cañazo, conseguía un respiro de la superpoblada casa paterna.

Violencia que nos atraviesa aunque no tengamos la intención de ser violentos.

Odio karmático. Mierda tirada como al descuido. Tradiciones y culturas con violencias invisibles.

“De paso, cañazo” decimos cuando tenemos la intención de cumplir dos objetivos en el mismo acto. “De paso, cañazo” es como “matar dos pájaros con un solo tiro”.

Los hombres y mujeres que a lo largo de la historia han coleccionado a otros seres bajo su propiedad suelen ser generosos con los cañazos. Se llamaba cañazo al castigo que hacía sangrar a los esclavos y a los animales de tiro.

A veces la caña se disfraza de salarios que no alcanzan para el pan y la carne, los libros y los remedios. Otras se convierte en la obsecuencia o el silencio obligado que se le debe al tirano.

¿Creerán que nos gusta que de paso, cañazo ellos maten a dos pájaros con un solo tiro, mutilando almas mientras se llenan bolsillos? Quizás si revisáramos algunas tradiciones y dejáramos de sostenerlas en nombre de la cultura, la cosa sería distinta.

Podríamos, por ejemplo, “alimentar dos pájaros en un solo pino” y “de paso, te abrazo”.

Sí, lo sé. Suena empalagoso, pegajoso. Como el chupetín que te convida tu sobrino del alma. Ridículamente cursi. Como las madres cuando impostan la voz y balbucean dialectos cerquita de la cara de niños recién nacidos.

Dulces berretas son muchas veces las oportunidades en que la vida nos enseña a sentirnos amados y amantes.

Ella Entre cañazos y abrazos

Mora fue y volvió tantas veces que Clara se adueñó del hogar. Hasta las mascotas comenzaron a ser parte de su familia.

El día en que Mora la invitó a tomar una cerveza porque “tenían que hablar”, Clara esperaba alguno de esos sermones a los que su amiga la tenía acostumbrada: es una mina jodida, dura, terminante, maniática con boludeces. Decía “no anotaste en la lista del súper que se acabó la manteca” o “no colgaste el toallón” con una seriedad y un dramatismo como si la vida de su madre dependiera de eso. Clara sonreía, levantaba una ceja y pasaba el reclamo al olvido.

Para sorpresa de Clara, la cerveza de esa invitación no venía con pase de facturas sino con buenas noticias: Mora se mudaría a Córdoba y podría hacerle un lugar en la casa para que comenzara la carrera que había elegido años antes.

Clara no dudó. Córdoba era una ciudad encantadora y Colón ya no tenía mucho para ofrecerle. Tener a su amiga cerca le ayudaría a ahuyentar sus temores de soledad y desarraigo.

Mora era como esos billetes que uno encuentra tirados en la calle a fin de mes. Aparecía de maneras extrañas cuando algo estaba agotando su ciclo. Llegaba de pronto como si intuyera las necesidades de su “hermanita pequeña”, tal como le gustaba decir cuando presentaba a Clara a otra gente. Y así como suele pasar con las hermanas mayores, se creía en condiciones de mostrarle el camino o de reprenderla como si fuera una niña.

Esa noche, cuando bajó del taxi, Clara la necesitaba más que nunca.

Mora, la amiga que podía ser tan egocéntrica y ridículamente exigente también tenía la desmesurada lealtad necesaria para contrarrestar la traición de la que Clara se sentía víctima. Espiaba de reojo desde la cocina. Tenía mirada piadosa y no hizo falta que dijera nada. No necesitaban confesiones. Ambas lo sabían. Mora sentía lástima por Clara, casi tanta como Clara tenía por sí misma.

La cordobesa preparó el mate con esa tara entrerriana de inclinar el recipiente para que la yerba se acueste sobre un costado, mojar apenas la mitad y meter la bombilla en la parte húmeda. Acomodó las cosas en una bandeja: mate, termo y una servilleta en un rito eterno, ocupando mil horas, cual si no supiera que Clara la esperaba. Se sentó en la punta de la mesa, que es lugar que ocupan quienes adoran mandar, y cebó.

—A ver nena ¿qué pasó? —dijo por fin mientras tomaba el trago amargo del primer mate.

—No sé.

—¿Pero qué te dijo? ¿Cómo es que Ale te dejó? ¿Dónde se fue?

Era una ametralladora de preguntas con tiros certeros. Preguntadora con título habilitante. Muchas veces a los psicólogos se les nota la “deformación” profesional.

Clara intentó, sin éxito, ordenar el relato. Intentó precisar el momento en que había empezado el quilombo de pareja. Pensaba y pensaba pero no podía llegar más que a esa misma mañana.

—El viernes me levanté temprano, me vestí y desayuné con Alejandro como todos los días de estos últimos tres años. Mimé a las gatas y les di un poco de comida. Él se fue a trabajar y yo me fui a la facultad porque tenía un examen final. Cuando llegué al aula el profe me dijo que no había hecho correctamente el trámite de la inscripción y no me dejaron rendir. Volví a casa antes de lo previsto… —alcanzó a decir de manera casi coherente, después balbuceó frases inconexas, pinceladas de caos.

Siempre fue despistada y difícilmente sea alguna vez una alumna modelo. No fue sorpresa para Clara perder un turno de examen. No era la primera ni sería la última vez.

Todo parecía un día típico de inicios de diciembre hasta que volvió a su casa y Alejandro ya estaba allí. Él terminaba de trabajar casi de noche. Ella se sorprendió al verlo. El cenicero que tenía en frente desbordaba de colillas imposibles de juntar en media mañana. Fumaba mucho, demasiado. Clara contó entre risas lo que había pasado en la facultad. El la miró con furia, prendió su millonésimo pucho mientras dijo “ya no te amo” y bajó la vista.

La muchacha rio pensando que era una broma de mal gusto o parte de algún juego macabro. Él seguía mirando la mesa, sin emitir más sonido que el que producía el aire contaminado de nicotina y tabaco cuando entraba y salía por su boca. Quedó mudo con una mudez que se convirtió en epidemia.

4

—“No te amo más”, me dijo, y acá estoy.

—Ay Clara, nada cierra. Hay algo que no estás contando; si no querés decírmelo está todo bien. Alcanza con que me expliques que no querés hablar pero si no, contame la verdad. ¿Qué pasó antes? ¿Cómo llegaron a ese punto?

—No sé Mora, tampoco entiendo qué pasó. Le pregunté una y otra vez. Lloré, imploré pero él estaba firme. Dijo tantas cosas… Que se había cansado de remar solo, que yo no hacía nada por mí, que era él quien resolvía todos nuestros inconvenientes, que habíamos decidido que yo dejara de trabajar para que pudiera terminar la carrera pero no habíamos avanzado nada, que cuando no era porque no me alcanzaba el tiempo era porque hacía mal los trámites. Estaba enojado porque no pude rendir. Vomitó odio y yo me quedé paralizada. Sentía que cada palabra era un navajazo.

—Más hablás y menos sentido tiene, amiga mía. ¿Por qué decís que su bronca es porque no rendiste? Cuando llegaste él ya estaba en la casa y ya tenía una decisión tomada, y no sabía que vos no habías rendido. Ale nunca fue así; algo pasó. Tratá de pensar qué pasó antes. ¿Tuviste algún indicio, ¿te dio alguna pista de lo que le pasaba?

—Te digo que no, Mora. ¿Cómo querés que te lo explique? Hace diez días decidimos dejar las pastillas, pensamos que era momento de tener un bebé. Siempre se quejaba porque yo no avanzaba en la facultad pero no sabía que le molestara tanto. Siempre creí que era su manera de alentarme…

—Y yo te digo que no es eso. Es otra cosa. ¿Suponés algo?, ¿viste si tuvo algún cambio?

—No sé. Te escucho y te juro que pienso, pero no se me ocurre nada. De verdad que para mí estábamos bien. ¿Vos qué pensás?

—Que alguna señal te dio antes y te hiciste la boluda, miraste para otro lado, te tapaste las orejas como los niños y cantaste “soy pescado no tengo orejas, soy pescado no tengo orejas”… o, lo que sería más probable aún, creo que hay otra persona —sentenció.

NADIE TE OBLIGA A ESTAR CONMIGO.

SI NO ME QUIERES AHÍ TIENES LA PUERTA.

ROMPE EL CANDADO,

SACA LAS CADENAS,

CRUZA LA FOSA CON COCODRILOS,

SALTA LA REJA ELÉCTRICA Y VETE.

(POESÍA FACEBOOKERA)

Hablaron durante horas, fumaron hasta la ronquera, tomaron termos y más termos de mate. Cuanto más desarmaban el ovillo enmarañado de palabras, más se convencían de que quedaban dos opciones: o Clara no vio las señales o Alejandro se había enamorado de otra persona.

Era de madrugada cuando a Mora la venció el sueño y se acostó a dormir. Clara fumó dos cigarrillos más y se metió en la cama de dos plazas como hacen las niñas muertas de miedo junto a sus madres.

Se acurrucó y no pegó un ojo en toda la noche. Su amiga dormía. Revoleando las piernas de lado a lado, pero dormía.

Habían armado un plan: Clara terminaría con los trámites de la facultad y se iría a la casa de sus padres, pero antes intentaría hablar con Alejandro para saber sobre qué mierda flotaba la decisión.

Temprano, mientras Mora se permitía el espacio cursi del día y cantaba a los alaridos canciones románticas horribles que la habían hecho llorar cuando tenía quince años, Clara preparó el desayuno al tiempo que los perros seguían sus movimientos de cerca y muy atentos. Ellos la amaban y ella los quería. Los cinco hocicos húmedos se iban turnando para olfatearle la mano. Ella sollozaba conteniendo el sonido pero ellos la escuchaban igual.

Cuando Mora se fue a trabajar, Clara entró al baño y vio su cara en el espejo. No era ella. Era una anciana desahuciada, arrugada, con los ojos vidriosos e hinchados. La noche le había robado cincuenta años, esa intensa y larga noche que llegó como se fue, en un suspiro largo como el que presagia la muerte.

SÉ LA CLAVE.

SE LA CLAVÉ.

UN ACENTO VALE MÁS QUE MIL PALABRAS.

(REAL ACADEMIA FACEBOOKERA)

Marcó el número con una sola tecla y la llamada pasó directo a la casilla de mensajes. Los contestadores automáticos se han convertido en una constante y nadie se sorprende de que sean ellos quienes nos atiendan. A nadie le afecta hasta que la desconfianza acompaña la llamada. Cuando Clara escuchó en un mensaje de audio grabado la voz de Alejandro, no lo dudó.

“No quiere atenderme”, pensó, y dejó su mensaje: Alejandro, tenemos que hablar, y en el instante en que lo hacía se preguntaba de qué. No sabía qué quería pedir, qué necesitaba saber. La hipótesis de Mora era esa media roja que se filtra entre sábanas blancas en el lavarropas. Daba vueltas en su cabeza y teñía todos sus pensamientos. Intentaba consolarse pensando en el susto por el bebé. “Fue el cagazo por el plan de familia… sí, eso lo paralizó”. Anhelaba que esa fuera la respuesta. Para ella era mucho más fácil pensar que estuvo tres años con un tarado que con un hijo de puta que la dejó, sin explicaciones y sin advertencias, porque encontró en un suspiro a otra persona a quien amar.

Se sentía una basura y buscaba sus culpas. Lo odiaba durante instantes muy breves. El resto del tiempo lo extrañaba. Pasó el día entero esperando un llamado.

A las siete de la tarde recibió un mensaje de WhatsApp que decía: Es mejor que no hablemos ahora. Avisame si tenés que ir a la casa a buscar algo para no estar.

Quedó hipnotizada por las letras de la pantallita. Una, dos, tres horas. Inmóvil hasta que Mora llegó. Clara le acercó el teléfono. La amiga leyó y no escatimó insultos.

—Hijo de una camionada de nazis, ¿qué mierda se cree? La casa es de los dos, tus cosas están ahí. ¿Qué espera este sorete, que le pidas permiso para entrar? Y vos, ¿qué querés hacer, querés que te acompañe?

—No. Quiero hablar con él pero no quiero que esté enojado. Voy a darle un poco de tiempo para que limpie su cabeza, aclare qué le pasa. Me gustaría ver si las gatas están bien —respondió Clara, aunque sabía que eso era solo una excusa—. Sí, ya sé, ni lo digás Mora. Él las adora y las va a cuidar. Voy a quedarme acá unos días, ¿puedo? Voy a hacer lo que dijimos: terminar la facu y después quiero a viajar a Entre Ríos. Creo que estar en lo de mis viejos me va a venir bien —sostuvo con la firmeza necesaria para convencerse que era un buen plan.

Toda la semana siguiente, Clara estuvo buscando respuestas y culpables. Se sentaba durante horas con el teléfono siempre a la vista y tan cerca de su mano como para poder atenderlo antes del segundo ring. Miraba la pantalla mil veces por hora anhelando la llegada de un mensaje de WhatsApp que hubiera entrado sin hacer ruido. Con esa misma ansiedad confirmaba una y mil veces que hubiera señal, que Internet funcionara y que WhatsApp no estuviera caído.

El teléfono andaba perfecto pero, paradójicamente, nada funcionaba en su vida. Esperaba sin saber qué y lloraba el desamor.

Cuando se hacía la hora del almuerzo se sentaba frente al plato, y movía la comida de un lado para otro, sin probar bocado. Sentía cerrada la garganta. Mate y puchos era lo único que toleraba sin náuseas. Se sentaba al sol de la siesta, deshidratándose de sudor mientras las lágrimas caían como al descuido.

Mora volvía cada día al atardecer, buscaba una cerveza helada y la escuchaba recorrer de nuevo las mismas palabras del mismo relato. Clara, a veces, notaba su cara de fastidio, otras veía su mirada de odio y sentía la incomodidad. Aunque Mora, en esos momentos, no odiaba a su amiga, odiaba a Alejandro y a su hijaputez. Igual Mora seguía diciéndole “Ale” y Clara fruncía el ceño: los apócopes no combinan con el odio. Hasta la más amorosa de las madres reprende a su pequeño hijo con el nombre completo. La bosta no se llama Ale, se llama Alejandro.

Muchas veces durante esos días el cerebro de Clara entraba en stand by. En esas horas, las amigas compartían el silencio bañado de mates amargos o Mora se ocupaba de hacer alguna de las tareas de la casa.

Una semana fue el límite. Ese fue el tiempo en que Mora pudo dejar que Clara llorara tranquila sin meterle más presiones que las que ya le generaban la tristeza.

Alejandro no dio señales. No llamó. De hecho nunca llamó. Clara marcó el número un par de veces y escuchó deje un mensaje después de la señal y al finalizar… Colgó.

Con manipulaciones que algunas veces eran sutiles pero otras veces eran dignas de un psicópata, Mora obligó a Clara a pensar en los días que vendrían sin pareja, sin trabajo, sin casa y sin vida.

Las dos sabían que llegaría el momento de tener que mover algunas piezas pero Clara no tenía energías ni para acercar la cuchara a la boca. Sin embargo esa tarde escribió un mensaje de WhatsApp para Alejandro: Necesitamos hablar. Lo borró antes de enviar. Entendió que él no necesitaba un carajo. Entonces borró el plural. Necesito que hablemos mañana. ¿Dónde y a qué hora?. Sin más vueltas, apretó send. La respuesta llegó casi como un eco: ¿Dónde y a qué hora? Clara buscó en la memoria un bar, un lugar neutral, un espacio donde la mirada de extraños la obligara a contener las lágrimas y donde no hubiera recuerdos de pareja. Mandó uno al azar, céntrico, concurrido. Fijó horario de la siesta.

Clara supuso que así podrían conversar tranquilos y volver a casa, juntos, después de arreglar sus malestares.

Armó promesas. Hizo mentalmente una lista de cosas que cambiaría y decidió un par de otras cosas que pediría. Pensaba que eso era justo, sano. Suponía que esa crisis haría de ellos una pareja mejor, imaginó que tendrían un hogar más pleno, soñó el proyecto de una gran familia.

5

Clara rogaba que se fuera rápido, que dejara el espacio al sol. Pero no. La luna fue una okupa esa noche infinita mientras la muchacha desbordaba un susto de “primera cita”. La relación con Alejandro se había dado de manera tan natural que esas tensiones iniciales no existieron entre ellos. Se conocieron por amigos en común, salían en grupo, iban a escuchar música a algún recital o se juntaban a jugar a las cartas. Antes de ser pareja fueron amigos. Clara no podía recordar un “primer día”. Desde el primer beso y el primer polvo se convirtieron en pareja. No hubo propuestas ni debates sobre el nombre que tendría la relación.

No fueron salientes o chongos. De amigos a pareja, sin escalas. Ella decía que se enamoraron casi sin querer. A Clara siempre le gustaron los músicos y los tipos altos, y Alejandro era las dos cosas además de ser un morocho lindo. También era dulce y atento; tenía muchos actos de cortesía. Salvo por el talento musical, eran parecidos.

Clara lo extrañaba, por eso esa noche solo quería dormir para que el tiempo pasara rápido y pudiera verlo de nuevo. Casi no pegó un ojo y la noche fue eterna.

De madrugada saltó de la cama. Necesitaba que él la viera linda. Se arregló las uñas, lavó su pelo y lo peinó con ese lacio clavo que Ale siempre halagaba. Le pidió prestado a Mora el jean que le quedaba perfecto y la remera de hombro caído para ponerse arriba de la musculosa. Pasó muchas horas procurando embellecerse. Se miró en el espejo de cuerpo entero: había bajado de peso y ya se le notaba esa cara cadavérica que detestaba. Había perdido las curvas y las tetas pero, aun flaca, se gustó.

Creía que había hecho un buen trabajo con el secador y la planchita. Se maquilló y se sentó a mirar el reloj hasta que llegara el horario de su encuentro con Alejandro.

Viajó al centro en colectivo. Entre el calor del verano cordobés y el amontonamiento del mediodía, su perfume destacaba entre el olor a chivo. Ella odiaba los colectivos en horarios pico, mucho más en verano. Tenía cien pesos en la cartera, saldo del último préstamo que había pedido a Mora. Chirolas que no alcanzaban para tomar un taxi. Apenas podría pagar un café.

¡Qué lindo es viajar! Es hermoso. Yo adoro viajar en colectivo. Experiencia sublime es la de subirte al 82 en hora pico. Viajo en bondi porque mato dos pájaros de un tiro. Son más baratos que el taxi y de paso ahorro la plata del gym... No creerán ustedes que este cuerpo escultural que tengo es por gracia divina. Nooooo… es por viajar. Primero un step intenso subiendo esos escalones de medio metro. No hacés calentamiento por razones obvias. Las sobadas del amontonamiento te dejan hirviendo.

Después pesas. No podés llevar cartera porque te la chorean entonces cargás una mochila, y tirás los hombros para adelante porque son muchos kilos para llevar en la espalda. Luego la acomodás frente al pecho para que no te choreen el teléfono y la plata. Hombros para atrás y postura.

Ritmos latinos, meneos de cadera, mientras te hacés un lugar a los culazos, igual que si fueras a zumba pero con las sobadas de la lambada.

Elongación estirando los brazos hasta la eternidad, tratando de llegar al pedacito de caño que está desocupado. Si lo agarrás deberá ser con equilibrio para mantenerte en el lugar porque el caño está más engrasado que el teléfono de un carnicero.

Acrobacia aérea mientras te bamboleás de un lado a otro por los baches que son del tamaño de las caries de Dios, que como es el Creador, no tiene dentista.

Luego, sentadillas: meter y contraer el culo para que no te lo zanjeen y no tengas más apoyadas que molinete de un subte.

Sigue la lección de rodillas para mantener el equilibrio pero, confirmando que el Cirque Du Soleil nunca te contratará, en la primera frenada quedás estampillada en el parabrisas con el costado de la cara pegada en el vidrio y poniendo cara de selfie al chofer, con boquita petera y todo.

Gesto inolvidable que borrarás rápido porque no querés que el señor conductor se confunda y te tome para la chacota.

Viajar es divino porque también aprendés idiomas.

En el 82 podés tomar clases intensivas de traducción simultánea y conversación. Te las da el conductor del vehículo. Un macho cabrío caído de La Cañada con una exótica fragancia a Fernet, que te habla en un cordobés perfecto cuando en la parada te dice “i subiendo” y dentro del bondi te grita con vehemencia un “vamooo´ pechando pa´ atrás que hay lugar”. De repente, cuando llegás a destino, traduce del cordobés coloquial urbano al castellano-español neutro y te grita “¡descienda señora!”.

Y sí, viajar en el 82 es hermoso porque, además de esculpir el cuerpo, nutrís tu alma.

Ella Viajera incansable Lingüista amateur

Cuando Clara llegó al bar, Alejandro ya estaba en una mesa al fondo. Ella lo vio lindo como nunca. Tenía el semblante relajado. Tomaba café mientras miraba la pantalla del teléfono. Escribía, leía, sonreía. No la vio llegar. Ella se sentó.

—¿Cómo estás? —preguntó Alejandro.

—Muy bien —mintió ella.

—¿Qué vas a tomar? —y, acto seguido, pidieron dos cortados.

Nada. Nada importante pasaba en esa mesa. Nada profundo. Ella intentó lo de siempre. Acariciar su brazo, jugar con los pelos que tiene cerca del reloj. Él se tensionó como si tuviera alergia o como si ella fuera una desconocida en actitud de acoso. Clara se desesperó. Sintió la traición de los ojos que quiso mantener neutros pero aun así gotearon imparables. Volvió a preguntarse qué nos pasó, qué le pasó.

Nada, eso le pasaba.

Alejandro repitió la misma cantinela del día en que ella se fue del departamento. Palabra por palabra como si fuera un verso aprendido para recitar en un acto de la primaria.

—Me cansé Clara. Estoy podrido de tu apatía, harto de tu desgano. No me banco más tus sinsentidos, y ya hice demasiado por nosotros. No quiero esta pareja, no puedo más —dijo pausado mientras ella se mantenía en silencio—. Sé que sos una gran mina y quizás me esté perdiendo la oportunidad de armar una gran historia porque pocas veces se encuentran personas tan buenas, pero en serio no puedo más…

A Clara se le vino a la cabeza la canción de Sabina. “Antes de que te quiera como se quiere a un gato me marcho con cualquiera que se parezca a ti”. Pero no tuvo la valentía de preguntarle si había otra mujer. No pudo hacerlo. En realidad no le importaba.

Le rogó que le diera otra oportunidad, que intentaran nuevamente.

—No, Clara. Por ahora quiero estar solo.

—¿Solo? Es una mierda, hijo de una camionada de yeguas putas —dijo Mora con su boquita de letrina mientras la amiga le relataba el encuentro—. Clara, te conoció culo aplastado, ¿qué espera ahora?, ¿qué te conviertas en una mucama hiperkinética o en medalla de oro de la facu? Este pibe tiene otra cosa... es muy raro. O vos sos una boluda marca cañón y te mandó mil señales mientras jugaste a la cieguita porque te quedaba cómodo, o Alejandro tiene otra. ¿Y qué vas a hacer?, ¿cómo vas a sobrevivir? Dejaste el laburo por esta pareja. Los dos decidieron que vos te dedicaras a la casa y a estudiar… ahora no se puede rajar así como así.

—Dice que él se puede quedar en el departamento y yo no puedo pagar un alquiler. Me voy a ir a la casa de mis viejos mañana y veré desde allá. Le pedí que se ocupe de las gatas mientras tanto, no tuvo problemas.

—Mirá, Clara, si este choto de mierda no puede ocuparse de las gatas… te juro que voy yo y lo cago a trompadas. ¿Qué le pasa a este chango?, ¿está loco? ¡Qué te la fume de a pitadas bien cortitas, a ver si al menos hace algo de lo que te gusta!

—Dale tiempo, ya se va a acomodar —dijo confiando—, y haceme la gauchada de no ser tan vulgar…

—“No es vulgar, es vulvar” —dijo Mora, sonriendo y citando a McCartney.

Jamie no vive en Asia. No es parte de una pequeña tribu del Amazonas o de África. Tampoco es una chica. Nunca lo fue. Jamie es un hombre sensible que no entendió a algunas mujeres. Tal vez fue todo lo contrario. Quizás comprendió la angustia más de lo que sus propias dueñas pudieron.

Jamie McCartney cree que la mutilación femenina es un acto de una crueldad infinita. Él no es un vocero de Naciones Unidas ni es un representante de movimientos feministas. Pero Jamie supo que podía hacer algo al respecto, por eso abrió sus puertas y convocó a mujeres valientes. Con la fuerza del amor, se calzó los guantes y tomó sus cinceles. Trabajó día y noche durante cinco años. Cuatrocientas mujeres se acostaron en su mesa. Adolescentes, transexuales o abuelas era igual para Jamie. Todas ellas abrieron sus piernas para que él admirara, en sus vulvas, cada detalle. Negras lampiñas, blancas parturientas, labios peludos y colgantes pasaron por su atelier. Cuatrocientos modelos de conchas perfectas. Cuatrocientas razones para entender que la mutilación femenina no es exclusividad de las niñas musulmanas torturadas. “Como los rostros, cada uno diferente y el tabú que existe, debe desaparecer”, dijo mientras esculpía la sublime belleza de la diversidad.