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Benito Pérez Galdós inicia sus "novelas españolas contemporáneas" con la publicación de "Doña Perfecta" en 1876. Los lectores han mostrado en todo momento una predilección especial por esta novela; y sus protagonistas ¿el ingeniero Pepe Rey y su dogmática tía, doña Perfecta Rey de Polentinos¿ están entre los más memorables de la larga lista de personajes que el autor produjo a lo largo de medio siglo de prodigiosa creatividad. "Doña Perfecta" resulta particularmente significativa en nuestra historia literaria, al ser ejemplo paradigmático de la novela ideológica, el género narrativo que domina el panorama literario español entre 1875 y 1880.
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Seitenzahl: 584
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Benito Pérez Galdós
Doña Perfecta
Edición de Ignacio Javier López
INTRODUCCIÓN
La novela y su personaje
Historia, drama y mito
El género: la novela ideológica
La «novela española contemporánea» galdosiana
El protagonista: Pepe Rey
El conflicto: novela y modernidad
La literatura de ideas en la Restauración: el fracaso del «hombre nuevo»
Doña perfecta y El Quijote
ESTA EDICIÓN
BIBLIOGRAFÍA
DOÑA PERFECTA
I. ¡Villahorrenda!... ¡Cinco minutos!
II. Un viaje por el corazón de España
III. Pepe Rey
IV. La llegada del primo
V. ¿Habrá desavenencia?
VI. Donde se ve que puede surgir la desavenencia cuando menos se espera
VII. La desavenencia crece
VIII. A toda prisa
IX. La desavenencia sigue creciendo y amenaza convertirse en discordia
X. La existencia de la discordia es evidente
XI. La discordia crece
XII. Aquí fue Troya
XIII. Un casus belli
XIV. La discordia sigue creciendo
XV. Sigue creciendo hasta que se declara la guerra
XVI. Noche
XVII. Luz a oscuras
XVIII. Tropa
XIX. Combate terrible. Estrategia
XX. Rumores. Temores
XXI. Desperta ferro
XXII.¡Desperta!
XXIII. Misterio
XXIV.La confesión
XXV. Sucesos imprevistos. Pasajero desconcierto
XXVI. María Remedios
XXVII. El tormento de un canónigo
XXVIII. De Pepe Rey a don Juan Rey
XXIX. De Pepe Rey a Rosarito Polentinos
XXX. El ojeo
XXXI. Doña Perfecta
XXXII. De don Cayetano Polentinos a un su amigo de Madrid
XXXIII
CRÉDITOS
Benito Pérez Galdós.
Los lectores han mostrado en todo momento una predilección especial por Doña Perfecta. Los protagonistas de esta novela —el joven ingeniero Pepe Rey y su intransigente tía, doña Perfecta Rey de Polentinos, personaje que da título al libro— están entre los más memorables de la incontable nómina de caracteres creados por Galdós a lo largo de casi medio siglo de incesante actividad literaria. Producto de una genialidad poco común, el imprudente joven y su hierática tía se han impuesto a la conciencia de los lectores compitiendo ventajosamente con creaciones posteriores, algunas de las cuales sin duda están mejor perfiladas, pero difícilmente pueden igualarse a los protagonistas de esta novela en alcance, éxito o significación.
Galdós, sin embargo, tardó en mostrar entusiasmo por esta obra. En una semblanza del autor que publicó Clarín en la década de 1880, recuerda haberla escrito «para la Revista de España, por encargo de León y Castillo»; y, confirmando el carácter circunstancial del encargo, añadía: «la comencé sin saber cómo había de desarrollar el asunto. La escribí a empujones, quiero decir, a trozos, como iba saliendo» (cit. Alas, Galdós, pág. 28). Tan solo a comienzos del siglo XX, tras el éxito obtenido por la versión dramática de 1896, el novelista se refiere a ella como ejemplo de literatura comprometida con la realidad: «Creo que la literatura debe ser enseñanza, ejemplo», declaraba en 1912, en una entrevista en la que reflexionaba sobre su larga trayectoria como escritor para, inmediatamente, añadir: «Yo escribí siempre, excepto en algunos momentos de lirismo, con el propósito de marcar huella. Doña Perfecta, Electra, La loca de la casa, son buena prueba de ello» (cit. Rodgers, From Enlightenment to Realism, pág. 14).
El deseo de ser significativo que el gran novelista expresaba en esta ocasión, resumía una concepción estética que había arraigado en España en la segunda mitad del siglo XIX. Bebiendo sus fuentes en el idealismo alemán, dicha estética entendía la literatura, y de modo preferente la novela, como una actividad con contenido ético destinada a la reflexión, en la que el lector podía encontrar importantes enseñanzas para la vida (véase González Serrano, «Doña Perfecta», págs. 201-207). En la segunda mitad del siglo XIX, en España, las masas accedían ya en grandes números, por vez primera en la historia, a la cultura escrita; y Galdós era consciente de que, en este escenario, la novela podía contribuir a la difusión del pensamiento. Era el género literario idóneo para «marcar huella».
La novela cuenta la historia del joven Pepe Rey, que viaja a Orbajosa para casarse con su prima Rosario. El enlace ha sido propuesto por el padre del joven, y aceptado por Perfecta, tía de Pepe, quien expresamente reconoce que con este enlace paga los muchos favores que debe a su hermano. En el pasado, este había rescatado la destartalada economía de Perfecta quien, en el momento de quedarse viuda, se había enfrentado a la ruina económica. En pago a dicho favor, Perfecta accede al matrimonio de su hija con su sobrino, porque, según confiesa a este, «basta que esta unión haya sido propuesta por tu padre, a quien tanto debemos mi hija y yo, para que la acepte» (Doña Perfecta, págs. 241-242)1.
Pero este proyecto entorpece las aspiraciones de don Inocencio, sacerdote y consejero de Perfecta, que secretamente sueña con casar a la rica heredera Rosario con su sobrino Jacinto. El cura se apresta a impedir la boda aprovechando el recelo que en los lugareños despierta un ser forastero y urbano como Pepe Rey. Repetidamente provoca a este con el objeto de presentarle en público como poco respetuoso con los hábitos y la fe de los orbajosenses, muy sensibles en materia de religión. Falto de prudencia o de tacto, Pepe cae repetidamente en las trampas que le tiende el clérigo, cometiendo numerosos errores que lamentablemente sirven para corroborar, ante los ojos de los demás, y en especial de su tía, las reiteradas calumnias del cura.
En una ciudad levítica como Orbajosa, no ya la impiedad, sino exhibir poca reverencia en los ritos públicos de la religión, es sentido como una falta gravísima. Y esto ocurre con el protagonista. Con su pensar independiente, Pepe causa el rechazo generalizado de los lugareños, desde el obispo hasta los humildes labriegos; y finalmente descubre que su tía ha estado maniobrando en secreto para impedir la boda acordada entre los primos. Perfecta abiertamente confiesa que no quiere que su hija case con un ser al que ella considera ateo e inmoral, y a quien, en castigo por sus creencias, cree destinado a la condenación eterna.
Perfecta es un personaje de gran carácter, sensible a veces, en otras ocasiones calculadora, que unas veces simula llorar y otras llora de verdad, sea de dolor o de ira. Manipula a su sobrino, que carece de la doblez, o de la trastienda, de su tía. Pero en lo que no admite duda alguna es en materia de creencias. Encarna la fe ciega y antañona, las creencias de una pieza y sin fisuras, y los prejuicios heredados de la España castiza. En el análisis de las emociones de los personajes, el narrador indica que los habitantes de Orbajosa defienden una fe y un fervor de los que en realidad carecen, pues sus sentimientos religiosos han sido exacerbados por el clero para servir sus intereses. Así ocurre con Perfecta Rey de Polentinos. A lo largo de la novela, y de modo especial en el desenlace, su comportamiento pone de manifiesto un personaje fanático, que acertadamente se ha considerado precedente de otras figuras que representan la autoridad desmedida e intransigente, desde Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, a la futura Bernarda Alba lorquiana (Fox, págs. 57-65; Wright, págs. 151-156; Rubio González, págs. 309-318; Blake, págs. 115-133). Debido a la actitud inflexible que exhibe, el conflicto entre ella y su sobrino se carga de valor simbólico, llegando a encarnar la pelea entre lo viejo y lo nuevo, entre tradición y renovación; un conflicto que ha sido entendido, a lo largo de los años, como muestra del enfrentamiento entre la España tradicional y una nación alternativa, portadora de ideas de renovación y libertad.
La crítica ha reconocido en Doña Perfecta un aliento nuevo que resulta de la novedad estética que aporta el Realismo y de la novedad de los contenidos. Mostrando el enfrentamiento entre pasado y futuro, Doña Perfecta conecta con los debates intelectuales que, en la Europa del siglo XIX, trataron de las novedades políticas y culturales que trajo el mundo moderno.
Esta novela se publica tras el fracaso de la revolución liberal en un momento en que en España se libra una importante guerra cultural entre liberales y conservadores2, estos nostálgicos del mundo antiguo y decididos a frenar el avance de la revolución; aquellos partidarios de lo nuevo. En este contexto, la «modernidad» de que hablamos tiene que ver con la modificación que, en el siglo XIX, se introduce en el pensamiento y en las formas de vida para llegar a una forma secular de la existencia (Bénichou). Se trata del «universo sin Dios» (Alarcón, Nietszche, Lukács) que lucha frente a las devociones tradicionales, defendidas por el dogmatismo católico. Este conflicto religioso alcanzó gran fuerza en los países meridionales de Europa (González Serrano, Croce), y fue tema preferente de la novela ideológica, el género al que pertenece Doña Perfecta. Esta novela de Galdós es la muestra más afamada, y ejemplo paradigmático, de dicho género ideológico, que es el tipo de novela que triunfó en España entre 1875 y 1880. Como hemos de ver en detalle, se trata de una novela de intención filosófica, de concepción abstracta y maniquea, que fue concebida con la intención de influir en la realidad; o, como dijera Galdós, con el deseo de «marcar huella».
Doña Perfecta se publicó originalmente en 1876, en los volúmenes XLIX y L de la Revista de España. Apareció en cinco entregas sucesivas en los números correspondientes a:
—marzo, núm. 194, págs. 231-268 (incluye caps. I-VIII)
—abril, núm. 195, págs. 374-415 (caps. IX-XV)
—mayo, núm. 196, págs. 510-536 (caps. XVI-XVIII, aunque incluye en realidad cuatro capítulos, al contar con el «capítulo XVI, bis: Luz a oscuras», que parece haber sido añadido a última hora a base de dividir el capítulo XVI)
—mayo, núm. 197, págs. 49-71 (caps. XIX-XXIII) y
—junio, núm. 198, págs. 224-266 (caps. XXIV-[Epílogo]).
Pese a que, según vimos, el autor declaró haberla escrito según «iba saliendo», parece claro que siguió un plan preconcebido, escribiendo una media de ocho capítulos para cada una de las entregas: la primera tiene, efectivamente, ocho capítulos; la segunda, siete; y la última, ocho más el breve epílogo; mientras que las entregas tercera y cuarta, juntas, sumaban inicialmente ocho capítulos (se incrementa en uno, con la adición del XVI bis).
Las entregas ofrecen información importante relativa al ordenamiento estructural. La novela consta de una presentación (entregas primera y segunda, capítulos 1 a 15 de la novela), seguida del enredo en que el protagonista se enfrenta a su tía y se propone liberar a su amada (correspondiente a la parte tercera, publicada en dos partes en mayo, capítulos 16 a 24); y, finalmente, una resolución o desenlace (última entrega, capítulos 25 a Epílogo). El mayor número de capítulos en la primera parte responde a una necesidad morfológica obvia, pues la presentación contiene la introducción de los personajes principales, desde el protagonista a la aparición del rival, o sea, Jacintito (primera entrega); y la «desavenencia» o conflicto que ha de surgir entre Pepe y los habitantes de Orbajosa (segunda entrega). Este conflicto es el hilo conductor de las dos primeras entregas, donde aparece inicialmente como «desavenencia» (caps. 5, 6, 7 y 9) para, a medida que la situación de Pepe se vuelve crítica, convertirse en «discordia» y finalmente en «guerra» (caps. 10, 11, 14 y 15).
A diferencia del conflicto descrito, que trata de las formas de pensar, el enredo posterior tiene una dimensión dramática y activa (caps. 16 a 24), y muestra la manera como el protagonista lucha contra sus antagonistas. Según esto, cabe destacar un orden complementario del anterior, que divide la novela en dos partes bien diferenciadas de similar número de capítulos. La primera corresponde al asedio a Pepe llevado a cabo por su tía, por don Inocencio y, en fin, por los orbajosenses. Una vez más, se trata de la «desavenencia» que concluye en «discordia». Esta parte se centra en las ideas de Pepe y como estas son recibidas, y rechazadas, por quienes le rodean. Es también la parte en que el autor opone las ideas de modernidad a las creencias heredadas de la España profunda. El protagonista no entiende la hostilidad que encuentra en casa de su tía, ni la trama que existe contra él. Esta parte concluye cuando Rey, que ha resuelto irse de Orbajosa, cambia súbitamente de plan, y decide quedarse en el pueblo, con lo que da paso al enfrentamiento definitivo entre él y su tía.
La segunda parte, que comienza con el capítulo 16, tiene un ritmo diferente. Me he referido a esta parte como el enredo. El novelista partió en dos el capítulo 16, creando el 16 bis —con posterioridad, al editar la novela, el capítulo 16 bis ha pasado a ser el capítulo 17, y los capítulos siguientes cambian la numeración sucesivamente; en la presente edición he respetado este criterio, hoy universalmente aceptado. En esta segunda parte, el protagonista adopta un papel activo a partir del melodramático encuentro nocturno con su prima. Inicia la lucha contra su tía con el fin de conseguir liberar a su novia, Rosario. Esta estructura novelesca en dos partes responde al modelo que el autor sigue en otras obras suyas contemporáneas (por ejemplo, Gloria).
La edición en libro estuvo a la venta a mediados o finales del mes de mayo3, y se agotó al mes siguiente. Esta primera edición repite la versión de la Revista4. Mantiene el desenlace original, el cual los críticos censuraron por considerarlo melodramático y poco afortunado (Revilla, Críticas, págs. 124-125).
La obra, no obstante, evidenciaba un estilo nuevo, subrayado por los más importantes críticos del momento (Manuel de la Revilla, Urbano González Serrano, Leopoldo Alas «Clarín»), los cuales detectaron novedades que venían a marcar el camino de la novela posterior. En un primer momento se vincularon dichas novedades con el modelo inglés, y se destacó la admiración sentida por el novelista español hacia Dickens (González Serrano, «Doña Perfecta», pág. 203). Galdós sintió siempre una atracción indiscutible por el novelista británico. Pero en las fechas en que publica esta novela, se había empapado del modelo realista francés, una corriente literaria innovadora que, a partir de entonces, había de aportar a la literatura española una visión analítica nueva.
El autor se concentraba en el interés económico (de don Inocencio y de su sobrina María Remedios, por ejemplo) como la fuerza que impulsa las relaciones humanas, siguiendo con ello los «análisis» que había encontrado en Balzac. Este había hecho tema central de su obra la transformación que se había operado en el siglo XIX, momento en que habían desaparecido las relaciones y afectos familiares del pasado, y donde la fe y las creencias anteriores habían dejado de sostener los ideales de la vida. Los lazos sustantivos, que sirvieron de fundamento al mundo anterior, habían sido reemplazados por los intereses individuales, entre los que destaca el provecho económico; y las visiones trascendentales del pasado, habían sido reemplazadas por el egoísmo y la vanidad. El novelista francés había mostrado este tránsito como característico del mundo moderno5. Galdós noveló estos conflictos en Doña Perfecta al enfrentar al joven Rey con el mundo rural de Orbajosa, y la transición de un mundo de creencias antiguas, tanto positivas (fe, fervor religioso, orden social) como negativas (conflictos históricos, ignorancia, intereses egoístas de los caciques rurales), a una visión secular, igualmente contemplada tanto desde un punto de vista positivo (ideas de cambio y redención, voluntad de progreso) como negativo (falta de respeto por las creencias ancestrales, disolución de los valores, escaso respeto por la autoridad, etc.).
Balzac fue, sin duda, el modelo principal de Galdós. La novela más frecuentemente citada como fuente de inspiración, tanto en lo que se refiere al tema como en la visión de la realidad, es Eugénie Grandet (Truel, págs. 105-115), aunque Gilman ha mencionado además el modelo posible de la novela Les paysans (Galdós, pág. 71). Sea cual sea el modelo concreto, lo indudable es que el autor español tomó del maestro francés un rasgo excepcionalmente importante, el cual supone una innovación considerable en el panorama literario español del momento. Este rasgo está anticipado probablemente en algunos de los episodios de la «segunda serie», publicados poco antes, pero resulta notable por vez primera en la novela de 1876. Se trata del desarrollo completo de todos los personajes de la novela. «No hay personaje, por insignificante que sea, que no constituya un verdadero carácter, magistralmente delineado», nota Revilla en su reseña (Críticas, vol. 2, pág. 126; véase, también, Montesinos, vol. 1, págs. 165-169). La elaboración de los personajes modificaba, y mejoraba notablemente, lo que hacían por entonces los demás novelistas en España, como Alarcón o Valera, que relegaban los personajes secundarios a un papel meramente episódico —algo que sucedía también en el folletín del momento— o a cumplir la función de deus ex machina (tal es el caso de Gutiérrez en El escándalo, o de Antoñona en Pepita Jiménez).
Este interés por el personaje imponía una concepción innovadora de la novela que, en la España de 1876, correspondió a un importante cambio en la orientación estética. Desde Aristóteles se ha debatido sobre si el énfasis de la narrativa debe ponerse en la acción o en el personaje; esto es, si debe primar la imaginación y el entretenimiento con la narración de aventuras y acciones sucesivas, o importa más el análisis de los sentimientos y la elaboración detallada de las psicologías6. En España, en la segunda mitad de la década de 1870, esta distinción sirvió para separar definitivamente las estéticas del Romanticismo (El escándalo, El Niño de la Bola) y del Realismo (Doña Perfecta, Gloria, La familia de León Roch, Don Gonzalo González de la Gonza-lera). Es una distinción que resulta esencial para la novela aquí editada. Galdós apostaba decididamente por el personaje, marcando el camino por el que había de transitar la novela moderna a la que, primero que nadie, él daba carta de entrada en nuestra literatura nacional. La acción, que era producto de la imaginación creadora, que había estado destinada a la narración de aventuras, y que buscaba el entretenimiento del lector en la novela precedente —la imaginación había sido la gran potencia creativa para los autores románticos (todavía lo es para el Alarcón de El escándalo, por ejemplo)—, se subordinaba a las necesidades del análisis de los estados psicológicos de los personajes. En la novela de Galdós los personajes secundarios (Caballuco, el tío Lucas, las Troyas, Jacintito, María Remedios) adquieren desarrollo, y desempeñan un papel relevante en la estructura. De modo que, en la nueva estética, la inventiva dejaba paso a la descripción detallada.
La objeción mayor que la crítica ha presentado para cuestionar la modernidad de Doña Perfecta, está en la visión maniquea y abstracta que domina en ella. Esta visión en efecto existe, pero no puede aceptarse como objeción porque es elemento morfológico esencial de este tipo de novela. Los autores buscaron la polémica en su deseo de ser socialmente significativos en el momento en que se publicaron las obras. Pero hemos de notar, además, que el tránsito de la visión abstracta a los análisis psicológicos no se hace dando un gran salto, sino mediante una transición progresiva. Cierto que el impulso inicial en la visión de los personajes de la novela de 1876 tiene mucho de abstracto, de materia ideológica, como ocurre también en la contemporánea Gloria, por ejemplo. Esto se debe a que el autor sigue un modelo que todavía depende de nociones románticas puesto que la novela de 1876 combina, en diferentes grados, las dos estéticas dominantes en el momento de su publicación. Esto afecta a los personajes principales7, que son vistos atendiendo a su valor simbólico. Pero, y aquí entra ya el componente realista, abunda el tratamiento irónico, como indican los nombres de Inocencio y Perfecta, los cuales significan mediante antífrasis (Brendler, págs. 112-118); o la visión humorística (Caballuco, las Troyas, Tafetán, don Cayetano) en la descripción de los hábitos y las formas de ser de los personajes (Sánchez, págs. 51-59). En la visión de estos destacan los rasgos exteriores tales como el aspecto, la forma o apariencia que presentan en un momento dado para el observador8.
Aunque el impulso dominante en el tipo de novela a que pertenece Doña Perfecta, es crear personajes influidos por una idea (Pepe, Perfecta), Galdós logra una notable complejidad que rompe los moldes de la idea inicial. De Balzac ha aprendido la noción principal de no crear personajes que sean del todo positivos, o del todo negativos. Pepe Rey, el protagonista, tiene sus defectos, que el narrador enumera (Dendle, «Orbajosa», págs. 51-67); Rosario, no es la belleza de égloga de las novelas de folletín, sino una muchacha de una belleza corriente.
La mezcla de cualidades es particularmente visible en los casos en que, frente a las pasiones centrales de los protagonistas, se buscan motivaciones fundadas en sentimientos menores. La figura del clérigo, don Inocencio, es verdaderamente ejemplar en este sentido. Es, con mucho, uno de los personajes más elaborados de la novela. Impulsado por el amor hacia su sobrino Jacinto, y espoleado por las exigencias de María Remedios, don Inocencio es el ser malévolo y astuto que provoca a Pepe con facilidad. Servicial y logrero en su trato con Perfecta, controla a esta a su antojo. Con su plan de impedir la boda, es el ser mefistofélico que manipula la trama y causa la caída de Pepe. Pero su maldad no es absoluta: el trágico desenlace del protagonista abre los ojos del cura ante la magnitud del mal que ha causado, y le produce una pesadumbre y un remordimiento que, según dice la carta final de don Cayetano, auguran para él un final sombrío.
La importancia de los personajes es central al aprecio que han sentido por esta novela sucesivas generaciones de lectores. Lo dejó establecido en 1909 el primer historiador de la novela del XIX español, Andrés González Blanco, quien se expresaba así:
La crítica más inclemente no podrá negarle [a Galdós] ese don de humanidad privativo de los grandes genios. Le negará requisitos de estilo y repulgos de dicción de que él no se cuida, pero la facultad de crear hombres y de reconstituir épocas no se adjudica [sin que haya quien discrepe], y a quien se adjudica se llama Balzac, Zola, Galdós. Desde Doña Perfecta hasta La de los tristes destinos, ¡qué serie de hombres y mujeres, ya animados o tristes, risueños o llorosos, sollozando, implorando, gimiendo todos en la plena posesión de su ciudadanía en la Urbe Humana! ¡Cuánta humanidad en movimiento a través de las novelas del genial maestro! (Historia de la novela en España, pág. 372).
Se trata de una valoración que ya habían establecido los críticos contemporáneos quienes, desde un comienzo, hablaron de la riqueza en la «pintura» de los caracteres y en la «observación» de la realidad. Clarín destacaba esta riqueza como novedad esencial, celebrando además el «verdadero realismo» de la novela, y que el autor se separara del idealismo «abstracto [...] débil y vagaroso [que] reina en nuestra literatura», pues Galdós ha atendido de manera especial «a la realidad poética» («Doña Perfecta»,OC, vol. 5, págs. 580 y 582).
La capacidad para crear personajes es considerada, incluso a día de hoy, rasgo distintivo del genio galdosiano. Lo trataron Unamuno y Cernuda en poemas memorables. Ambos autores, además, hicieron hincapié en la visión de la realidad que ofrece el novelista canario, la cual escapa a los tópicos reaccionarios y a las visiones castizas de lo español. Cernuda habla de la «España mágica, la que no es de este mundo», que él descubrió en la lectura de las novelas galdosianas que hizo en el colegio de Sevilla siendo adolescente, donde encontró «tantos personajes creados para siempre / por su genio generoso y poderoso»; mientras que el autor vasco recordaba su infancia, y los «días liberales que me llenó de ensueños don Benito»9. Estas reiteradas evaluaciones nos llevan a considerar las distintas interpretaciones de la novela, que han pasado desde una primera visión contextual, que nos habla elocuentemente de la importancia de Doña Perfecta en el momento de su publicación, hasta la visión de un personaje que ha alcanzado valor simbólico; que, incluso, tiene valor mítico en el imaginario cultural de los lectores de habla hispana.
Los primeros lectores hicieron una lectura coyuntural de la novela. Influidos por las eventualidades de la realidad social y política del momento, vieron en ella un alegato contra la intransigencia, tema de candente actualidad en 1876, año en que se debate y aprueba la constitución de la monarquía restaurada; momento, además, en que la situación política en España estaba enrarecida y había alcanzado una tensión excepcional. Se vivía en esa fecha la que se conoce como «Segunda Cuestión Universitaria», esto es, el momento en que los profesores universitarios adeptos al krausismo, sufrían la persecución del marqués de Orovio, el ministro de Fomento del primer gobierno de la Restauración. Orovio se había propuesto erradicar dicha corriente krausista de las instituciones educativas españolas. Su objetivo era acabar con la actitud crítica liberal que los seguidores de Krause habían introducido en el mundo universitario español10.
Los debates previos al texto constitucional y la persecución de los profesores universitarios, formaban parte de una ofensiva ideológica de los conservadores más intransigentes, que exigían la derogación de las leyes aprobadas durante el anterior Sexenio Revolucionario. Esto hizo estallar una guerra cultural en que se enfrentaron filosofías contrarias y, en tanto que contexto específico de la novela ideológica, este debate público explica la voluntad polémica del género, a que me he referido antes, y el carácter maniqueo de la mayor parte de las obras. Los reaccionarios querían erradicar la herencia del régimen derrotado. Opuestos a estos, los hombres de ideología liberal respondieron a los ataques de aquellos, haciendo reiteradas llamadas a la tolerancia. En este contexto, que es, como digo, el momento en que se debatía la nueva constitución, los primeros lectores vieron en la novela de Galdós una reclamación de tolerancia, considerando que contenía una propuesta muy actual para combatir «el fanatismo de nuestros pueblos» (Alas, OC, vol. 5, pág. 582).
Pero este significado coyuntural, aunque motivado por los hechos de la política, no abarca por completo el alcance de la obra. Nadie duda hoy, ni dudó tampoco en el siglo XX, cuando la novela alcanzó una popularidad extraordinaria, que hay en ella mucho más que un simple reclamo de to-lerancia motivado por la «cuestión universitaria». Los lectores del siglo XX entendieron que la novela contiene una representación dramática de la esencia nacional, y en concreto el conflicto que surge cuando las minorías ilustradas se enfrentan a una realidad hostil y resistente al cambio.
Para lograr esto, la novela ofrece una visión de las rivalidades nacionales representadas simbólicamente en el enfrentamiento entre ciudad y campo. Se basaba esto en la experiencia de los lectores. La lectura de novelas, en el momento en que se publica esta obra, era privilegio prácticamente exclusivo de las grandes urbes, y el lector del XIX en general, y de esta novela en particular, era la población urbana11. El enfrentamiento entre el protagonista y los orbajosenses adquiere de este modo un valor añadido: el lector implícito, que el autor hubo de tener en mente, era un individuo urbano, probablemente lleno de buenas intenciones en lo que se refiere a la redención del país, pero poco familiarizado con la vida rural y con el ambiente en que se desarrolla la acción, de la que sin duda había de tener una idea convencional, influido por las figuraciones literarias y cegado por los proyectos académicos de redención. Un mundo exterior al que los reformistas del XIX se habían enfrentado con el bagaje de un idealismo que entorpeció su relación con la realidad. Galdós, en cambio, en su viaje literario al «corazón del país» (Doña Perfecta, pág. 152), ofrecía una representación de la España profunda a modo de incitación para que el lector reflexionara sobre el presente y sobre la historia reciente, y adquiriera un entendimiento libre de las ataduras ideológicas o literarias que aportaba la tradición.
El desconocimiento de la realidad nacional por parte del lector de 1876 encuentra eco, dentro de la novela, en la ingenua visión del protagonista. En un principio este, de lo que colegimos de la conversación que mantiene con su padre, imagina que se dirige a una arcadia idílica, ajena a los conflictos históricos: «en esa remota Orbajosa [...] se pasa la vida con la tranquilidad y dulzura de un idilio», le dice su padre mientras le propone el viaje para conocer a su prima; y añade: «¡Qué admirable lugar para dedicarse a la contemplación de nuestra propia alma y prepararse a las buenas obras!» (Doña Perfecta, pág. 175). A la realización de buenas obras quiere dedicarse, por disposición de carácter, el joven protagonista:
Hombre de elevadas ideas y de inmenso amor a la ciencia, hallaba su más puro goce en la observación y estudio de los prodigios con que el genio del siglo sabe cooperar a la cultura y bienestar físico y perfeccionamiento moral del hombre (Doña Perfecta, pág. 173).
Siguiendo las elevadas ideas del siglo, Pepe sabe que puede haber gran beneficio en la aplicación de sus amplios conocimientos teórico a la dócil Naturaleza. Desde pequeño, y como estudiante aprovechado, él había tirado líneas sobre el papel; y una de esas abstracciones, nos dice el narrador, se materializó y convirtió en realidad: se trata del puente sobre el río Francolí. Esta experiencia anterior del protagonista augura magníficos resultados. Porque ese puente, o sea, ese proyecto realizado, demuestra que se puede ir de la teoría a la realidad, y que la filosofía puede usarse, como querían los krausistas, para corregir las carencias de la Naturaleza.
¿Por qué no usar el mismo método, esto es, aprovechar la filosofía, para enmendar los errores de la Historia y corregir los vicios de los hombres?
Este había sido el modelo de un idealismo de base germánica que, desafortunadamente, tenía poca aplicación a la vida española. Difícilmente podría alcanzarse igual resultado al intentar hacer valer esas ideas en la sociedad, aplicadas a los seres que integran las comunidades rurales, cuando estas eran enemigas declaradas del progreso, y estaban cerradas a toda posibilidad de cambio. La realidad que encuentra Rey en nada se parece a la imagen idealizada que se había forjado. La primera sensación que recibe al ver el paisaje, le hace descubrir una realidad áspera, tan solo embellecida por la ciega pasión de quienes en ella habitan. Mi madre, dice Pepe,
hacía tales ponderaciones de este país, y me contaba tantas maravillas de él, que yo, siendo niño, creía que estar aquí era estar en la gloria. Frutas, flores, caza mayor y menor, montes, lagos, ríos, poéticos arroyos, oteros pastoriles, todo lo había [...] en esta tierra bendita, la mejor y más hermosa de todas las tierras... ¡Qué demonio! La gente de este país vive con la imaginación (Doña Perfecta, pág. 156).
En un momento de conflictos repetidos, y en una sociedad prona a las «carlistadas» (los rescoldos de la recién acabada tercera guerra carlista aún ardían, cuando se escribe la novela), la diferencia entre ciudad y campo no daba para ensoñaciones literarias ni el tema podía tratarse como si estuviéramos ante un argumento de novela pastoril12. Tampoco se trataba de una cuestión puramente geográfica. Era sobre todo una diferencia ideológica y moral. En su visión de la España profunda, el autor recreó los ambientes que no habían sido modificados por las novedades del siglo, los cuales veían el progreso con hostilidad, y el cambio como maldad o pecado. Aislada del «genio del siglo», «la patria de los Polentinos [es] ciudad muy apartada del movimiento y bullicio que han traído el tráfico, los periódicos, los ferrocarriles y otros agentes [de la civilización]» (Doña Perfecta, pág. 293). Para obtener esta representación de los conflictos históricos en el presente, hizo viajar a este escenario al ingeniero Pepe Rey. Heredero del hombre nuevo que había ideado el krausismo anterior, el ingeniero encarna un proyecto de mejoramiento de la sociedad y de las condiciones de vida, que la edad moderna había convertido en un porvenir hacedero, en realidad posible.
La dicotomía nacional entre ciudad y campo conecta con la visión tradicional, idílica, de España que había ofrecido hasta entonces el costumbrismo. Esta había sido una de las herencias estéticas con que se había encontrado el joven Galdós al comienzo de su carrera literaria. Pero para la minoría educada y urbana, de tendencias liberales, hubo de ser particularmente irónico, repugnante incluso, observar que la sociedad atrasada que regían los caciques en la realidad, esto es, las múltiples Orbajosas esparcidas por la nación, eran ofrecidas como modelo idílico de la esencia nacional13. En la novela galdosiana, la huida de la ciudad al campo no es vista como algo positivo, como una manera de escapar del proverbial «mundanal ruido» de Fray Luis; es, por el contrario, el viaje a una sociedad primitiva y caótica en la que siguen vivos los conflictos históricos. Orbajosa, nos dice el narrador, «no está muy lejos ni tampoco muy cerca de Madrid, no debiendo tampoco asegurarse que enclave sus gloriosos cimientos al Norte ni al Sur, ni al Este ni al Oeste, sino que es posible esté en todas partes, y por do quiera que los españoles revuelvan sus ojos» (Doña Perfecta, pág. 295).
El interés galdosiano por el costumbrismo destaca desde su artículo temprano, «Observaciones sobre la novela contemporánea en España». Entre los autores de esta tendencia literaria, Galdós menciona a Fernán Caballero y a José M.ª de Pereda: la primera, dice el novelista canario, tiene «gracia y sencillez», pero no es capaz de escribir sobre lo público, ya que su ingenio no logra «salir del breve círculo del hogar campestre» y sus novelas pecan de «filosofía bonachona» y de «mojigatería lamentable»; el segundo, añade, es «muy diestro» artísticamente, pero localismo y bucolismo, las dos cualidades principales del estilo perediano, dificultan que en sus obras pueda verse representada «la aspiración literaria de hoy».
No obstante, los límites del costumbrismo no eran tan solo estéticos. Dicha corriente se apoyaba en una mentalidad nostálgica y en una visión melancólica de la realidad. El autor costumbrista representaba unos usos ancestrales que, en la vorágine de la sociedad del XIX, corrían rápidos a su desaparición. Esta tendencia se sustentaba, además, en una ideología conservadora que entendía la tradición castiza como la esencia de la nación y, por ello mismo, como inamovible. El costumbrismo, por tanto, era resistente al cambio que concebía como algo expresamente negativo (Santana, págs. 283-304). En nada correspondía dicha representación convencional a la «aspiración literaria de hoy» galdosiana, que era, siguiendo el modelo de reflexión pública que habían impuesto los krausistas, una aspiración a someterlo todo a la labor de la crítica, «mostrando así un sentido renovador que laboriosamente indaga el fundamento de todo»14.
Galdós no aceptó la visión de una España típica, castiza e inmutable, que era característica del costumbrismo. Este no solo estaba pasado de moda en la estética; además, repugnaba ideológicamente. El siglo XIX, en general, y la revolución liberal en concreto, habían mostrado que del cambio podían sucederse, no solo beneficios, sino importantes valores. En el caso de España, el cambio era también una necesidad en una nación que buscaba regenerarse. En 1874, al escribir la primera parte de Gloria, Galdós había planteado ya la necesidad del cambio. Esta idea reaparece en Doña Perfecta, cuando Pepe Rey apunta de qué modo la crítica, que es el signo de los nuevos tiempos, ha alterado definitivamente el orden heredado. Tan solo la existencia del cambio es permanente en una sociedad en que «se han corrido las órdenes para dejar cesantes a todos los absurdos, falsedades, ilusiones, ensueños, sensiblerías y preocupaciones que ofuscan el entendimiento del hombre» (Doña Perfecta, pág. 196).
Este momento, en que Pepe Rey se enfrenta a don Inocencio para alabar las novedades de los tiempos, es ya evidencia de la distancia que Galdós había establecido respecto a la heredada poética del costumbrismo. En el cuadro de costumbres, el observador es un ser nostálgico, que adopta una actitud de admiración ante lo que ve, lo cual estima como signo de una autenticidad y de un carácter que convierten lo observado en digno de respeto y, por ello, en algo que merece ser preservado. En Doña Perfecta, el impulso ideológico hace que el protagonista tenga el comportamiento opuesto. La realidad española, resto contemporáneo de una tradición que era preciso erradicar, según había propuesto el discurso revolucionario, estaba llena de muestras que exigían el cambio. Pepe Rey, que en ningún momento es observador ajeno o neutral, sino alguien comprometido con lo que ve, busca remediar además lo que, en la realidad existente, cree injusto, negativo o producto de la ignorancia. Como el «hombre nuevo», que debería haber sido el agente de una revolución transformadora, el protagonista de esta novela de Galdós actúa desde un compromiso personal con una realidad imperfecta que necesita transformación.
Al ofrecer una representación del mundo rural, el autor desmantela los tópicos literarios e idealistas empleados por la clase culta para pensar la realidad del campo. El tópico del Beatus ille horaciano, y el tema aledaño correspondiente al menosprecio de corte y alabanza de aldea, ambos heredados de la tradición literaria, adquieren en esta novela un valor opuesto al habitual (Correa, Simbolismo religioso, págs. 40-43; Dorca, Volverás, pág. 90). Al revisar la imagen convencional que las clases cultas tienen del mundo rural, el autor destaca la división que escindía la sociedad del momento, y que resultaba visible al contrastar la profunda diferencia de creencias que separaba las ciudades, en las que iban arraigando las ideas modernas; y las zonas rurales, que veían toda novedad como perversión de las formas de vida tradicionales. Los hombres del siglo XIX entendieron con frecuencia esta dicotomía en términos de civilización frente a barbarie, a medida que proyectaban la transformación y el mejoramiento de las zonas menos desarrolladas, y la regeneración del país. Pero la sociedad rural no se dejó cautivar por los designios modernizadores que las élites urbanas les imponían. Perfecta Rey, la antagonista, considera esa España venida de fuera como una entidad amoral, y reniega de su propio sobrino al que considera encarnación de «la blasfemia, el sacrilegio, el ateísmo, la demagogia», representante de «esa segunda nación, compuesta de los perdidos que gobiernan en Madrid», «una nación ficticia que firma al pie de los decretos, y pronuncia discursos» (Doña Perfecta, págs. 354-355).
El primer capítulo nos mete de lleno en esta división que parte en dos el paisaje político español: Pepe Rey viaja en el tren «descendente», o sea, el tren que va de Madrid a las provincias. Viaja de la civilización y de la vida urbana (el mundo que el lector galdosiano, predominantemente urbano, reconocería como propio, y cuyos ideales hubo de compartir) a un mundo rural que desconoce por completo, el cual será hostil a sus proyectos de reforma. Un mundo que se mostrará igualmente contrario a las opiniones del protagonista, como queda claro bien pronto tras la llegada de Rey a Orbajosa —en buena medida, y dicho sea de paso, porque este acostumbra a expresar sus opiniones con la falta de consideración y de respeto, o con el exceso de condescendencia y falta de delicadeza, con que el ser urbano habla a quienes percibe como unos palurdos— (cfr.: «doy a usted las gracias por haberme advertido los ruines propósitos de esos palurdos», Doña Perfecta, pág. 229).
No obstante, pese a que Pepe exhibe una enorme falta de tacto, sus ideas de regeneración hubieron de ser leídas con aprecio por el lector galdosiano que, como el protagonista, vive en un mundo urbano alejado del resto de la realidad nacional. Dicho lector hubo de creer que las ideas del joven Rey son esencialmente buenas, aunque no fueran siempre adecuados los métodos usados por él para presentarlas; y que, de haber sido aceptadas, habrían contribuido no poco a transformar un país urgentemente necesitado de regeneración. Pero la comunicación entre el joven y los orbajosenses es inviable desde el principio, porque en aquellos no hay deseo alguno de mejoramiento o de transigir con quien tiene una visión crítica de la realidad en que viven. Los proyectos de transformación que formula Pepe Rey, a menudo envueltos en comentarios agraces y condescendientes, son vistos por los lugareños inequívocamente como una afrenta o como una humillación. Pronto habrá de notar el protagonista, «con dolor que no pronunciaba una palabra sin herir a alguien» (pág. 202); y ha de cavilar, pesaroso, «procurando indagar la causa de aquella pugna, entablada a pesar suyo entre su pensamiento y el pensamiento de los amigos de su tía» (pág. 227).
Pero es indispensable que ampliemos nuestra interpretación en este punto. Porque el dramático enfrentamiento entre el ser urbano y la sociedad de provincias, con ser esencial al argumento, tampoco agota el alcance de esta novela. Además del significado coyuntural que, como vimos, buscaron en ella los primeros lectores, en 1876, y además de la interpretación dramática que opone el mundo urbano al rural, que he enunciado después, hemos de tener presente un tercer significado: su valor como símbolo o mito literario. Los lectores han entendido el enfrentamiento entre los protagonistas como versión literaria del repetido conflicto civil entre los españoles. Se trata de la lucha de las dos Españas, esto es, el choque entre las aspiraciones de reforma de una minoría ilustrada, culta y portadora de una nueva moralidad; y una sociedad que entorpece dichos cambios por miedo o por cálculo, con el fin de seguir beneficiándose de la situación tradicional. Este conflicto es anterior a la novela remontándose, al menos, a la labor de los reformadores ilustrados del XVIII (Jovellanos, Cadalso, etc.) así como la posterior lucha entre liberales y servilones durante el reinado de Fernando VII; y continúa hasta mucho después, a lo largo del siglo XX, extendiéndose hasta la guerra civil (1936-1939) y la posguerra (1939-1975).
Esta novela de Galdós se ha convertido en imagen literaria universalmente aceptada de las repetidas peleas civiles entre los españoles, y toda referencia a la lucha de «las dos Españas» nos remite, una vez y otra, al drama de esta novela. Por ejemplo, cuatro décadas más tarde, en un discurso que describía la sociedad española de comienzos del siglo XX, Ortega y Gasset hablaba del enfrentamiento entre
una España oficial que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida, y otra España aspirante, germinal, una España vital, tal vez no muy fuerte, pero vital, sincera, honrada, la cual, estorbada por la otra, no acierta a entrar de lleno en la historia15.
El problema de que habla Ortega (a saber, que el régimen de la Restauración carece de capacidad para renovarse a la altura de 1912, siendo preciso un cambio profundo en la política para responder a las aspiraciones de modernidad que han cundido en el seno de la sociedad española de comienzos del siglo XX) es diferente del presentado por Galdós en la obra aquí editada. Pero la novela representa adecuadamente el conflicto que formula el filósofo, pese a la diferencia cronológica y a los distintos referentes. El novelista ofrece una visión dramática que ha pasado a formar parte del imaginario cultural de la nación, ejemplificando la capacidad que, en el siglo XIX, tuvo el género novelesco para crear mitos perdurables.
La popularidad de Doña Perfecta, y su valor como mito literario y como representación de las dos Españas, se afianzaron a partir de 1943 cuando, con motivo del centenario del autor, se inició su recuperación crítica. La nueva estimación se alejaba de los ataques procedentes de las vanguardias del primer tercio del siglo XX, que habían recibido el Realismo en general, y Galdós en particular16. Puesto que esta recuperación fue hecha en gran medida por estudiosos que vivían en el exilio, pronto se establecieron coincidencias entre esta novela y las consecuencias de la guerra civil de 1936. Los exiliados republicanos no pudieron evitar ver representada en ella su propia tesitura y, por extensión, la representación dramática de la realidad de la nación. Desde un comienzo había quedado claro que, pese a las aspiraciones de progreso de una minoría ilustrada, el país no se hallaba preparado para aceptar el proceso transformador que había de conducirlo a la modernidad. Seis décadas más tarde, gran número de lectores, forzados a vivir en el exilio tras la guerra civil de 1936, constataban con pesar que España seguía viviendo en una situación política irregular, inmersa en perpetuo conflicto fratricida.
No extraña, por tanto, que algunas de las interpretaciones más apasionadas que se han ofrecido de la novela, deriven de esta situación histórica. Hay que destacar, no obstante, que la lectura que se hizo a partir de la guerra civil de 1936, contiene un diagnóstico pesimista sobre la esencia de la nación. Notablemente influidos por el «tremendismo» que, en la posguerra, dominó la estética nacional, los estudiosos veían la nación española como una entidad incapacitada para la redención que había de traer la modernidad. España era la nación fanática y atrasada en la que el ímpetu liberador acababa siempre sofocado por una herencia impermeable al cambio. En los años de posguerra, el enorme desarrollo de los estudios galdosianos en el mundo académico norteamericano, debido en buena medida a las enseñanzas de profesores españoles exiliados en Estados Unidos tras la guerra civil de 1936, hizo que esta lectura se difundiera internacionalmente y lograra gran resonancia. Al mismo tiempo que esto ocurría, aparecían dos visiones amalgamadas de la novela que persisten hasta el día de hoy, y que habitualmente se confunden, mezclándose con frecuencia en un mismo crítico. No cabe duda de que ambas visiones se nutren de ideas que aparecen en la novela misma, y en las que se combinan las distintas perspectivas (histórica, dramática y mítica) que he enumerado anteriormente. Pero conviene distinguir entre ellas para entender la naturaleza de las interpretaciones que, de esta novela, se han ofrecido a lo largo del tiempo.
La primera visión entiende la novela como representación de la España anclada en un punto del pasado, necesitada de redención. Heredera del idealismo liberal del XIX, esta perspectiva cree que el problema que se presenta en la novela, es histórico y, por ello, un conflicto que tiene un contexto bien definido: el del problemático camino hacia la modernidad. Desde esta perspectiva, Pepe Rey encarna una moralidad nueva y más auténtica, que fracasa al enfrentarse a un mundo de creencias heredadas. Esta visión crítica contextualiza el conflicto en un momento dado, considerando que la novela retrata la sociedad «teocrática y anquilosada» de la España decimonónica (Casalduero, Vida y obra de Galdós, págs. 56-57). Tiene el propósito adicional de desenmascarar a quienes, herederos e intérpretes exclusivos de una moralidad castiza, que ha sido impuesta al resto de la nación, se creen mejores que los demás, pero no lo son. El epílogo alerta al lector ante los problemas y las falsedades impuestas por quienes obstaculizan el camino redentor, siendo la misma denuncia un reclamo de superación.
La segunda visión, que con frecuencia aparece entreverada con la anterior, interpreta la novela como diagnóstico literario de una condición transhistórica perpetuamente presente en la sociedad española. Esta explicación se basa en una hipótesis, a veces implícita, sobre el carácter español y, según dije con anterioridad, está teñida del fatalismo propio de las interpretaciones de postguerra. Se trata de una visión que extrapola los hechos históricos para llegar a reflexiones sobre el atávico cainismo hispano. El referente último de esta interpretación es la visión galdosiana del irredentismo castizo y ultraconservador, fanático y cerrado a toda posibilidad de cambio, según aparece primero en los episodios, más tarde en la novela aquí editada. Este fanatismo es visto como cualidad nacional de los nativos. Doña Perfecta es, según esta perspectiva, testimonio de las fallas morales y sociales entre los españoles; y evidencia de que estos son irredimibles. Los lectores pueden contemplar, en imagen refleja de sí mismos, su odio ancestral hacia aquellos compatriotas suyos que son rivales ideológicos, siempre dispuestos, como el personaje que da nombre a la novela, a resolver la situación acabando con el adversario al grito de «¡Mátalo!» (Casalduero, págs. 52-54; Gilman, Galdós, pág. 71).
Este entendimiento abstracto de la novela tiene gran atractivo al ofrecer, en poderosa imagen dramática, un compendio de las reiteradas luchas civiles entre los españoles a lo largo de los siglos XIX y XX. No cuesta entender, por tanto, que la novela haya sido entendida como representación literaria de «las dos Españas». Pero resulta simplista dar a dicha metáfora más valor del que tiene. En principio porque la novela, pese a ser inequívocamente «española», tiene una clara dimensión universal. Ricardo Gullón advirtió, a quienes solo buscaban el «españolismo» y lo pintoresco en ella, que Doña Perfecta:
por lo que tiene de español, satisface el gusto de cierto público extranjero por el pintoresquismo, es decir, por la leyenda castiza; por lo que tiene de universal permite reconocer e identificar en las figuras novelescas sentimientos y pasiones familiares (Técnicas de Galdós, págs. 35-36).
Doña Perfecta muestra el enfrentamiento que se da en las sociedades poco desarrolladas al sentirse amenazadas por ideas de cambio que, procedentes del exterior, vienen a cuestionar un orden heredado. En el XIX, este conflicto surge porque el impulso modernizador, inspirado en ideas importadas del norte y del centro de Europa, no contó con fuerzas suficientes al trasplantarse a las geografías meridionales donde, impulsado por una élite reformista, fue incapaz de vencer la reacción de poderes históricamente arraigados. Es logro indudable de Galdós haber encarnado este conflicto universal en las personalidades de Pepe Rey y de su tía Perfecta; y haber hecho esto a la vez que contribuía de manera decisiva al desarrollo de la novela española. Lo que de verdad distingue esta obra de Galdós de otras creaciones del mismo tema, sea en literatura o en cine, es que el personaje galdosiano de Perfecta es absolutamente inolvidable; o como dijera Casalduero, con frase afortunada, resulta «colosal» (Vida, pág. 54). Ante dicha creación, cualquier comparación resulta improcedente; incluso Pepe Rey, que es el protagonista y personaje positivo en la novela, palidece en comparación con su tía.
Perfecta Rey de Polentinos ha sido vista reiteradamente como ejemplo de la intransigencia nacional. Es la cacique local, y la dueña económica y espiritual de Orbajosa. Apoyada en su corte de clérigos (don Inocencio) y bandidos (Caballuco), es «maestra en dominar», según nos dice el narrador. Impone su autoridad y su voluntad intransigente en un mundo atrasado y miserable. Responde a toda propuesta de cambio con una resistencia voluntariosa porque concibe el mundo exterior como el mal, y toda posibilidad de contemporizar con el mundo moderno como una amenaza de condenación en el infierno. Como ya hemos dicho, puede ser a ratos maternal o fría, llorar tiernamente y revolverse con fiereza, fingir dolor o dolerse de verdad; pero, en cuestiones ideológicas o religiosas, es absolutamente inflexible. Afirma sus creencias con la proverbial fe ciega del carbonero, y carece de paciencia alguna con quienes, como su sobrino, vienen de fuera a ofrecer la visión de una sociedad mejorable. Para ella no hay puntos de vista complementarios, sino una verdad pura y simple. Todos sus atributos han sido entendidos como representación de la España histórica y reaccionaria, la España «tibetanizada» (para usar la conocida expresión de Ortega), inmune a toda idea de progreso, y agresiva ante cualquier contacto con el exterior.
Pero la novela no trata, en modo alguno, un tema exclusivamente local. Galdós se ocupa de un problema español, en efecto, pero este repite lo que ocurre en otras naciones europeas y americanas con el advenimiento de la modernidad. Cuando en la literatura italiana o iberoamericana se representa la sociedad rural, se ofrecen ejemplos comparables; y otro tanto ocurre, con significativa frecuencia, en la literatura y en el cine norteamericanos del siglo XX, cuando personajes procedentes de los estados industriales del norte viajan a una realidad sureña que se representa como corrupta, racista, retrógrada, ignorante y satisfecha de sí misma.
Croce describió este conflicto que, en el siglo XIX, enfrentó a historia frente a razón, oponiendo herencia (tradición) frente a novedad (cambio)17. Galdós recrea este momento en que un mundo de tradiciones y creencias heredadas, incapaz de renovación y en apariencia inerte, pero todavía vivo y poderoso —representado en la novela por una ciudad somnolienta, ignorante y autosatisfecha—, se encuentra con el presente, representado este por un joven ingeniero, sin duda de buenas intenciones, aunque de maneras y modos torpes al tratar de modificar las ideas de unos lugareños con la sensibilidad a flor de piel. Para mostrar el choque entre las expectativas de renovación, y una realidad poco receptiva a los cambios, Galdós se adentra en la representación de la «España profunda». Se trata de la sociedad rural, contenta de sí misma, formada por labriegos, ricos los unos, pobres los otros, pero todos ellos «libres de altas aspiraciones», hermanados por «un sentimiento de viva hostilidad hacia todo lo que de fuera viniese» (Doña Perfecta, pág. 238); carentes, en fin, de todo ideal o proyecto de mejora al estar sumidos, en su ceguera complaciente y autosatisfecha, en la cómoda convicción de que viven en el mejor de los mundos posibles.
La novela había aparecido, efectivamente, en un contexto histórico de enfrentamiento social y político que tiene sus raíces históricas en el XIX. Escrita inmediatamente después del fracaso de la revolución liberal, contiene la meditación de un joven escritor, de profundas convicciones progresistas, ante el vacío de esperanzas que siguió al Sexenio. España debía abrazar la modernidad para contar de veras en el mundo occidental. Pero este loable objetivo encontraba la oposición de una España hostil a las reformas, la cual históricamente había echado raíces y se había adueñado de las zonas rurales. A esta hostilidad se unía la torpeza de una España reformadora, que había partido de un conocimiento desquiciado, por excesivamente idealizado, de la realidad nacional; y por su constante falta de pragmatismo. En la experiencia histórica del Sexenio, los renovadores, cuyas ideas Galdós compartía, habían fallado al tratar de modificar una realidad que conocían tan solo de una manera abstracta e inadecuada, y habían fracasado asimismo en la transformación del ser individual; quienes se oponían a ellos, habían provocado el fracaso del proyecto redentor a fin de seguir conservando sus privilegios históricos. De modo que los del bando opuesto eran culpables por retrógrados y egoístas; los del propio, por dejarse llevar de un radicalismo torpe e ingenuo que no había tenido en cuenta la realidad del país ni de sus habitantes18.
Los renovadores del 68 habían aportado un caudal de ideales para transformar un mundo que, lamentablemente, no respondía a la idea que tenían de este. Galdós nos ofrece lo que puede bien ser una metáfora de esta visión desquiciada entre el redentor y el objeto de sus cuidados. «País de hielo», lo llama el protagonista al llegar a Villahorrenda, en los primeros párrafos de la novela. Y lo que tenía peor remedio era que, además de insensible y con una aridez «de hielo», era un país obstinado en sus costumbres y satisfecho de su ignorancia. En el capítulo XI de la novela, el autor resume esta actitud al escribir que «siempre que algún forastero de viso se presentaba en las augustas salas, creíanle venido a poner en duda la superioridad de la patria del ajo» (Doña Perfecta, pág. 238). Lo había advertido con agresividad don Inocencio, en su primer diálogo con Pepe, al declarar su aversión a toda crítica cuando era vertida por un forastero:
Váyanse con mil demonios, que aquí estamos muy bien sin que los señores de la Corte nos visiten, y mucho mejor sin oír ese continuo clamoreo de nuestra pobreza y de las grandezas y maravillas de otras partes (Doña Perfecta, pág. 187).
La pregunta inevitable era, ¿qué hacer ante tamaña cerrazón? ¿Qué camino tomar?
La respuesta de los reformistas de la generación anterior, la krausista, había sido un baño de idealismo para dibujar en el futuro un horizonte soñado, regido por la razón. Pero más allá de los reducidos cenáculos intelectuales de las grandes ciudades, hubo de resultar grotesco pedir rumbos a la filosofía y extenderse sobre las ventajas de la razón ante las estampas de miseria real, y de barbarie, que ofrecía por doquier la realidad española. ¿Qué labor redentora era posible en un país en el que, en 1876, y pese a las políticas educativas de los sucesivos gobiernos, todavía más del 80 por ciento de la población era analfabeta y, desde las guerras napoleónicas, y en gran medida a causa de la destrucción provocada por estas, el país seguía atrapado en una economía agrícola poco productiva que condenaba a la mayoría de la población a vivir en una situación de miseria endémica? ¿Cómo pedir a la política que ejerciera su labor redentora con sabiduría, y hasta democráticamente, en un país que —y sigo hablando de 1876— carecía de cultura política, no contaba con partidos políticos estables o simplemente constituidos como tales partidos19, y en el que el voto era fácilmente manipulado por caciques (como doña Perfecta, todo sea dicho entre paréntesis) que aprovechaban la ignorancia total de sus vecinos para imponer su criterio particular y seguir defendiendo sus intereses más egoístas?
La solución no podía venir de un idealismo desconectado de la realidad. Era preciso enfrentarse al mundo objetivo sin las trampas de este idealismo que distorsionaba la experiencia. En 1818, en un libro considerado por muchos como la base epistemológica del Realismo posterior, Hegel alertaba contra el ensimismamiento intelectual del sujeto que, movido por un voluntarismo equivocado, confunde su idea de la realidad con la realidad misma, identificando una y otra. Escribía que, fuera del pensamiento, «en la existencia, el sujeto ya no es un término inmediatamente cualitativo, sino que tiene una relación y una conexión con otros términos, con un mundo exterior»20.
El idealismo objetivo corregía los excesos del ensimismamiento de la filosofía anterior21. En la España de 1875 se trataba de conocer ese mundo exterior, su entidad moral, paso previo para la transformación necesaria. La labor regeneradora había de hacerse tras reconocer al enfermo, y habría de llevarse a cabo con paciencia, sembrando esperanzados la semilla de una transformación futura en la que el país pudiera regirse por la nueva luz de la razón moderna. Con gracia infinita se sugiere esta indispensable tarea al comienzo de la novela, en una preciosa imagen, no sé si intencional o fortuita, cuando se describe la luz que «caía sobre el piso del andén, formando un zigzag semejante al que describe la lluvia de una regadera» (Doña Perfecta, pág. 148). De eso se trataba, en fin, de ir regando la luz de la razón a lo largo y ancho de un «país de hielo», en una realidad que, por el momento, era dura, árida y enemiga.
Galdós había sido partidario del liberalismo de Prim y, durante la revolución, escribió artículos en la prensa a favor de la monarquía democrática de Amadeo (Ortiz Armengol, págs. 268-270). La abdicación de este en 1873, y la desordenada y breve aventura republicana que siguió, lo sumieron en el pesimismo que inicialmente atenazó a toda su generación. Lo recuerda él mismo, veinticinco años más tarde, en la citada semblanza que de él publicó Clarín. Después del fracaso de la revolución, y en concreto cuando está a punto de escribir Doña Perfecta, Galdós confesaba haberse sentido «algún tiempo como atortolado, sin saber qué dirección tomar, bastante desanimado y triste, no siendo exclusivamente literarias las causas de esta situación de espíritu» (Alas, Galdós, pág. 21). Había muchas razones para que cundiera el desaliento. La fundamental consistía en ver que la libertad, que era la gran religión secular del siglo XIX, resultaba entonces una aspiración filosófica imposible de llevar a la práctica en España.
El fracaso de las ansias renovadoras fue motivo de un repetido sentimiento de desesperanza entre los miembros de la generación a que pertenece el autor22. Esta sensación explica el pesimismo de la novela aquí editada. Cuando, en enero de 1875, comienza la Restauración borbónica, había fracasado algo más que un régimen político, fuera la monarquía liberal de Amadeo, fuera la primera República, de desordenada y turbulenta vida. Había fracasado la revolución, lo cual era mucho más grave, pues significaba que había desaparecido la posibilidad de alcanzar la redención nacional mediante una eficaz acción política. En 1875, este proyecto era un objetivo que escapaba de las manos de la generación a que Galdós pertenecía, la cual había visto naufragar el hecho histórico más importante de sus vidas. Se había hundido el sueño de una transformación redentora que conllevaba la regeneración del individuo, beneficiario último de proyectos e ideas esperanzadoras.
Al año siguiente, en 1876, el autor ofrece una respuesta literaria innovadora en un contexto que había quedado huérfano de ideales. Clarín recuerda, en su reseña de la novela, el deseo de novedades que ansiaba el lector del momento: «Mucho tiempo hace que viene pidiendo la crítica a nuestros literatos obras de interés actual, reflejo y transparencia de la vida contemporánea» (Alas, «Doña Perfecta», OC, vol. 5, pág. 579). Galdós respondía a este desafío ejercitándose en la novela, un género que, por su flexibilidad, servía para el debate filosófico y para la reflexión sobre la realidad, y que hasta entonces había sido malgastado en las narraciones del folletín popular. Y por la importancia que el debate de ideas tenía en el momento en que se escribió Doña Perfecta, el autor se interesó en, y practicó, la novela ideológica, esto es, un tipo de novela con ambición filosófica, ocupada en el análisis de la realidad contemporánea, y que se ofrecía al lector como incitación para la reflexión individual sobre los grandes temas del momento. Comparte este interés con, al menos, tres autores contemporáneos: Alarcón, Pereda y con un enigmático autor krausista, que firma como S. de Villarminio, del que nada sabemos23. Todos ellos escribieron «novelas ideológicas», género del que es preciso hablar en detalle porque ha sido visto con muy poco acierto por la crítica.
Siguiendo un planteamiento simplista, se ha entendido la novela ideológica como paso preliminar que prepara la novela que sigue. En concreto, Doña Perfecta ha sido vista como obra de tránsito, apreciándose, no lo que el autor consigue con ella, sino su valor como anuncio de logros desarrollados en obras posteriores. Stephen Gilman, autor de un inspirado estudio de la obra galdosiana, ha sido criticado por ofrecer esta perspectiva (Gilman, Galdós, pág. 91; véase, críticas en Rodgers, From Enlightenment to Realism, pág. xvi; López, Realismo, págs. 33-38)24. El suyo no es planteamiento único, sino que está sobradamente extendido en el estudio de la novela del XIX español. Tomando como punto de partida opiniones anteriores de Juan Ignacio Ferreras y Sergio Beser, a quienes menciona, Pilar Aparici Llanas resumía esta visión de la novela ideológica indicando que «los tres eslabones del ascenso del Realismo [en España] son costumbrismo, novela de tesis o tendenciosa, y novela realista y naturalista» (Novelas de tesis,pág. 9)25.
El error de este acercamiento crítico a la novela ideológica consiste en que ve Doña Perfecta
