¿Dónde está mi moneda? - Javier Rodríguez Sabadell - E-Book

¿Dónde está mi moneda? E-Book

Javier Rodríguez Sabadell

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Beschreibung

La versión oficial habla del hundimiento de la Armada Invencible, los elementos, una Reina Isabel ambiciosa, un Felipe II enamoradizo y atontado, un héroe como el pirata Drake. Del final de la hegemonía naval y militar de los españoles. En parte, cierto. En parte, falso. Pero las peores mentiras son las que tienen parte de verdad. Por tanto embuste histórico. Monumental. La realidad es que tan solo un año después del episodio, Inglaterra fracasó, igualmente, en el intento de conquistar España desembarcando un ejército colosal desde Lisboa, ¡con la expedición más grande, en hombres y naves jamás vista!, que la guerra angloespañola se cerró en el Tratado de Londres de forma muy desventajosa para los supuestos vencedores.  España derrotó a Inglaterra. Así quedó firmado. Un Felipe maduro, encerrado en su Real Sitio del Monasterio de El Escorial, rodeado de sus íntimos, trazó las líneas maestras de un engaño colosal. Número y razón. La Historia no es como nos la han contado. Es cierto. Si no me crees consúltalo en Google. Pura verdad. Magia militar. Amor verdadero, sexo duro, traición imperdonable y poder. Un tres en raya con truco. Y el número Cuatro. Nadie sabe dónde está la moneda.

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Seitenzahl: 462

Veröffentlichungsjahr: 2020

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Javier Rodríguez Sabadell

Diseño de edición: Letrame Editorial.

ISBN: 978-84-1386-051-0

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

Para Carmen. Para Laura. Para Yago.

Podemos estar lejos. Pero nunca solos.

Os quiero.

.

Una tierra triste de veras. Azotada por las tempestades que llegaban desde el frío Atlántico, oscura, sin sol, de un verde sin brillo, alejada de un continente más próspero y habitada por borrachuzos, contrahechos, violentos y miserables mercenarios dispuestos a matar a cambio de una bolsita medio llena de chelines. Aquel reino pestilente, habitado por ratas, cuervos, insignificante en la Europa del siglo XVI se había enemistado con Roma y, por consiguiente, con la mano armada de Dios, con el imperio brillante y rico de la inmensa y dorada España. Su reina, Isabel, cabezota y orgullosa, estaba segura de la grandeza de la tierra negra y, desde su coronación, se empeñaba en enfrentarse frontalmente contra cualquiera que pretendiera impedirle comandar su nave hasta el lugar grandioso que la historia les reservaba.

Cuestión de honor.

La España de Felipe era rica, luminosa, soleada y colorida. Tocada por la mano de un Dios del que los ingleses ahora renegaban, surcaba las aguas de la prosperidad, la supremacía militar y la benevolencia económica llegada desde poniente. Exprimía a un Nuevo Mundo y su cálido dominio se extendía por todas las tierras y mares del mundo. El sol lamía las selvas vírgenes americanas, la brisa fresca soplaba los cultivos castellanos en la primavera, las temibles aguas oceánicas parecían calmarse ante la presencia de sus soberbios galeones. La corte de todo el continente se rendía casi sumisa a su poder divino y su mano de hierro sofocaba sin piedad a quien osara discutir su lugar en aquel entorno recién descubierto. Al disidente le esperaba la derrota, el estrangulamiento, la rendición.

Pero aquella maldita reina virgen, pelirroja, arrogante y vil de la maldita y penumbrosa Isla Oscura no parecía temer al Imperio. Había llegado para cambiar el orden establecido. Sutil, aguda e ingeniosa recurría a la estrategia conocida y métodos originales, artimañas de mujer, para, aclamada por sus súbditos, plantarle cara a la mayor potencia que había conocido cualquier mundo, nuevo o viejo, desde el comienzo de los tiempos. Isabel I de Inglaterra estaba llamada a desatar los peores elementos sobre el poderoso y parecía bien dispuesta a plantar cara a cualquiera, fuera quien fuese, que se interpusiera entre ella y ese suicida anhelo de sacar brillo a su territorio traidor. A aquella tierra triste, azotada por tempestades, oscura, sin sol, sin brillo y habitada por borrachuzos, contrahechos, maleantes y mercenarios le había llegado por fin el momento. Habría guerras. Las guerras más descarnadas y sucias que se habían conocido. Guerras salvajes y sin reglas, cuerpos ensangrentados, familias mutiladas y ojos inyectados en rencor.

Soplaba un viento infernalmente gélido.

Empezaba a llover.

GREENWICH

La torre del homenaje de palacio bullía de actividad, el personal corría de las cocinas a las habitaciones, de la capilla a las aposentos reales. Los salones, enmarcados con magníficas columnas que sujetan los techos altos, lucen tonos ocres y amarillos, fuego en el hogar. Allí dentro huele a leña, caldo, jabón. El rey Enrique, en su camarín, contemplaba la espesa columna de agua que desdibujaba el paisaje. Desde su posición, rodeado de murales con escenas de la vida de San Juan, tras la ventana que daba al Támesis, apenas podía distinguir la enfurecida corriente verdosa que bajaba hacia el mar. El viento sacudía con fuerza sus tierras, sus astilleros, a los árboles del bosque y la fina hierba de los jardines había desaparecido tras la película espesa que la lluvia formaba. Aquella tarde del siete de septiembre, la regia estructura se encontraba en el centro de lo que ya era más que un anuncio de la tormenta perfecta que anunciaba el final del corto verano londinense..., y el comienzo de una era. Allí fuera huele a río, musgo, tempestad.

La mañana fue distinta, casi calurosa y pegajosa. Bajo el cielo plomizo y en un ambiente bochornoso, se habían ultimado los detalles, se habían engalanado estancias y los invitados se deleitaban en la contemplación del armamento decorativo, embutidos y sudando en el interior de sus pesados terciopelos, cintas de oro y camisas de seda flamenca a la moda. La reina se había puesto de parto. Cumpliría con su obligación. Tres damas de honor, dos matronas de probada experiencia, el doctor personal del rey y el mismísimo arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, habían ido llegando a palacio. Según decían las estrellas, habían anticipado los visionarios e intuía la ciencia, Ana Bolena daría a luz un niño, un heredero Tudor que daría continuidad a la dinastía que regía con pulso firme los destinos de Inglaterra. Como estaba escrito.

Como siempre, las nubes fueron oscureciendo y la tarde quedó apagada, fresca, el ambiente húmedo anticipaba la inevitable tormenta. Temperaturas más moderadas y el alto índice de humedad, habían asegurado los galenos, facilitarían el nacimiento y aliviarían los sofocos de la madre durante el esperado alumbramiento. Así que Enrique estaba feliz, parlanchín, compartía el momento en la más selecta compañía, esperanzado. El Palacio de Greenwich lucía ya entre la niebla. El rey bien sabía que esta era de nuevo una gran ocasión, como cuando aquellos muros contemplaron el enlace del duque de Suffolk con María de Francia, como cuando, seis años antes, grandísimos honores y los seiscientos caballos más delicados del reino recibieron con orgullo y de la manera más suntuosa que pudieron organizar, al embajador francés. Exitosas cuestiones de Estado. Brillo político. Nada que ver con aquella maldita jornada de 1516 en que su primera esposa, Catalina, le había fallado y había parido en aquellas estancias a una niña, María, enfermiza y lenta, que le había roto el corazón. Ese bebe feúcho por descontado que no satisfacía su derecho de ver nacer un varón vigoroso que con el tiempo se convirtiera en su heredero y en el nuevo rey. Pero ahora todo era bien distinto. Lo decían las estrellas.

Enrique comentaba con su asesor, Thomas Cromwell, cómo organizarían los festejos tras el nacimiento. Una de las damas de la esposa, Jane Seymour, llevaba toallas húmedas hacia la habitación. Cada quién, en perfecta sintonía, ejecutaba minuciosamente su papel. Con ojos penetrantes, Cromwell miró a su alteza real, y formuló una pregunta:

—Y..., ¿si su esposa, la grácil reina, da a luz hoy a una niña?

Enrique no pudo aguantar la ruidosa carcajada…

—Querido Thomas, por favor, bien sabéis, como yo mismo, que será un varón. Un hombre fuerte y sano. Un príncipe. Un rey.

El arzobispo, Thomas Cranmer, se sumó entonces a la conversación que mantenían en el centro de la sala el rey y Cromwell.

—Estimados amigos, disculpen la intromisión —se excusó con la cabeza gacha—, todo hace ver que sí, que esta vez será un niño, pero, en cualquier caso, pronto saldremos de dudas, la dama Jane acaba de comunicarme que ya se han roto aguas y que el parto ha comenzado.

Los tres se abrazaron. Cromwell y el arzobispo de Canterbury compartieron la sonrisa del rey. Los ojos de Enrique relucían con particular brillo.

Lady Ana sufría las dolorosas contracciones y sentía cómo estrujaban el interior de su vientre. Las damas mojaban su frente con compresas húmedas, las matronas tranquilizaban, con dulzura, a la futura madre —«aún queda, aún queda»—, el doctor, en la corta distancia, certificaba que todo transcurría bien, sin problemas, sin sobresaltos, consciente de la trascendencia del momento. La lluvia golpeaba ya, de nuevo, la ventana y se oía al viento desbocado allí fuera. Ana Bolena entraba en trance, cerró los ojos y, con todas sus fuerzas, contrajo el abdomen. El dolor se le agarraba a la cabeza y la espalda. Esos malditos dolores eran cada vez más fuertes, cada menos tiempo, más agudos, más intensos, más largos. Pinchazo, un, dos, tres, pinchazo, respira, relaja, empuja. Pero no gritó. Jane entraba y salía, informaba tras la puerta al arzobispo Cranmer. Cinco velones iluminaban el corredor, y el fuego, como cada noche, chisporroteaba en la chimenea. Alguien la ayudó a reincorporarse un poco. No podía quedar tanto.

Los animales lo notan. Los caballos estaban nerviosos en los establos, John, uno de los mozos de confianza de caballerizas intentaba tranquilizarlos. Acariciaba sus hocicos, limpiaba las instalaciones, les daba de comer alfalfa seca. Eran ejemplares magníficos, de estilizada figura y colores simplemente puros. Su favorito, Preacher, era de un castaño deslumbrante, de físico atlético. Le cepillaba el impresionante lomo. Parecía el más tranquilo de todos. El chico, delgado y alto para sus trece años, le cuchichea al animal: «Algo va mal». El agua se filtraba entre las juntas de los tablones, la gotera golpeaba contra la empapada paja del suelo, Poc. Poc. Poc. John, Preacher, tenían razón, algo iba rematadamente mal. Tan mal que causaría el tormento y muerte de la esposa de un rey. Y cada vez quedaba menos. Poc. Poc. Poc.

Enrique estaba perdido, meditando sus pensamientos, recordaba cómo se había enamorado de Ana, cómo le ponían sus insinuaciones picantes y aquellas miradas descaradas cuando era, nada más, que una damita juguetona de la reina Catalina, hija de los Reyes Católicos. Su enamoramiento, escandalosa relación y el ruidoso divorcio de la española habían provocado una catarata de reacciones políticas. El calentón real por Ana supuso el primer cisma y la enemistad con Roma y España, la sublevación de Irlanda y los territorios del norte, la caída de notables como el canciller Tomás Moro o el obispo de Rochester, Thomas Fisher, ambos pagaron con su propia vida la rebeldía de no someterse al capricho del rey por Ana la fresca, sin comprender, como lo hacía él, que ella no era un caprichito, que Ana era la mujer que le daría un hijo varón. Sin mencionar, por supuesto, que nunca antes había gozado de las artes amatorias como lo hacía con esta compañera, que tenía a todo un rey en un estado de permanente excitación.

La cama de la reina ya estaba empapada en su sudor, su rostro estaba rojo por el esfuerzo, pero aún era capaz de empujar con todas sus fuerzas cuando las matronas se lo pedían, ahora más decididas que dulces. El médico constataba con la lógica preocupación que la pérdida de sangre empezaba a ser considerable y, aunque de momento, no era algo alarmante, el parto debería durar ya lo menos posible. La dama Jane fue probablemente la primera en darse cuenta de que el gran momento se acercaba. Todos se tensionaron ante el nacimiento de un rey. La matrona de más edad, decidida, le gritó a la parturienta... «Ahora, empuuuuuuuje con todo el alma, señora, empuje con todas sus fuerzas». Ana Bolena hizo un último y dolorosísimo intento. Llueve, huele a musgo, sopla el viento. Toc. Toc. Toc. Se va a cumplir la profecía, Asoma la cabeza. Es el comienzo de una nueva era. En estado febril, entre lágrimas, pinchazos y espasmos, La reina aguantó la terrible punzada y, por supuesto, no gritó.

El arzobispo encontró al fin a un Enrique ensimismado que veía caer el agua desde una de las ventanas. El rey, que observaba en silencio como el mozo John cuidaba de sus caballos, se dio cuenta de su alicaída presencia.

—¿Ha nacido ya mi hijo, arzobispo?

Cranmer pareció dudar. Cromwell, al fondo, los miraba a los dos con el rostro ensombrecido, desde el umbral de la puerta, sin atreverse a pasar al interior de la habitación, escondido, a oscuras, con intuidas muestras de consternación.

—¿Ha ido algo mal?

El rey de Inglaterra estaba ahora nervioso, en dos zancadas bien decididas y largas saltó hasta donde Cranmer se había parado y lo agarró del cuello.

—Respóndame, arzobispo, ¿es que algo ha ido mal?

Cranmer intentó tranquilizar con un gesto de sus manos al rey y, solemne, en un tono desprovisto de emoción, le contestó.

—Sí, majestad, algo no ha ido bien. La reina ha dado a luz una niña.

Una nube pegajosa lo invadió todo, el tiempo se paró, «pero ¿y las previsiones?, ¿y las estrellas?, los médicos habían dicho... No podía, no era verdad, era, era, era, simplemente imposible que... No, no». Sus ojos se ensombrecieron, su cara se desbordó. Se llevó las manos al rostro y dio media vuelta. Si aquellos dos allegados cercanos no conocieran al gran Enrique, habrían jurado que lo habían visto llorar. Su asesor, al fondo, rompió el incómodo silencio.

—Por otra parte, todo ha resultado bien. La reina y su hija se encuentran perfectamente.

Como no contestaba y parecía ensimismado, fue ahora el arzobispo quien le invitó a conocer a su heredera.

—Su médico personal nos ha comunicado también que puede entrar en la habitación cuando quiera... ¿Querría acompañarnos ahora?

La voz, ronca, surgió desde muy dentro de Enrique Tudor. Autoritaria, Afectada. Sin pulmón.

—No. Por favor. Dejadme solo.

El temporal azotaba entonces con fuerza bruta todo el sur de la isla, se habían escuchado los primeros truenos, aún lejanos, y los relámpagos iluminaban intermitentemente los muros mojados del palacio. Aquella jornada de fiesta y anunciación se había convertido en funeral penoso y nadie osaba en encontrarse con el padre. Los pocos que, a su pesar, se cruzaron en su camino y lo vieron, agachaban la cabeza para no cruzar mirada. Por miedo y por respeto. El camino que llevaba al exterior estaba completamente encharcado y se había convertido en un riachuelo pequeño y desbordado. Ana Bolena sabía que su marido no había querido conocer al bebé, pero le daba igual y sonreía. Aun sabiendo que sus mejores días en la corte habían pasado y que carecía ya de protección, parecía llena de gozo. Aproximó la cabeza de la niña a su pecho desbordado para que probara el calostro espeso y dulce. Le acarició el pelito rojo, con ternura de madre, le dijo: «Bienvenida a Inglaterra, hija. Te llamarás Isabel, y algún día serás reina». Entonces sí. Cayó un rayo que iluminó Greenwich y, al instante, sonó un trueno que hizo temblar la tierra.

SAN FRANCISCO

Tras meses de trabajo duro y contacto continuado, de negociaciones y esfuerzos diplomáticos a dos bandas, la reina María I de Inglaterra ya se había decidido por el príncipe español y esperaba en Londres, tranquila y sola, a que llegara el día de un anunciado enlace matrimonial que, desde el punto de vista político y estratégico, le hacía ilusión, pues consideraba su unión como un éxito sin parangón. Al tiempo, Felipe, hijo del imponente Carlos, ya había llegado al monasterio gallego de San Francisco, venía acompañado por algunos amigos y compañeros como don Cristóbal de Moura, don Luis de Requessens y Zúñiga, don Ruí Gómez de Silva, don Ismael Herreros y don Enrique Hernández de Gajanejos. Algunas jornadas antes, en La Bañeza, se había unido al grupo que peregrinaba hacia Santiago el inglés John Owen, que completó así la cuadrilla. John era antiguo mozo de cuadras del Palacio de Greenwich, y, por aquellos días, hombre de total confianza para la reina de Inglaterra, la que fuera bebé feúcho de Enrique y Catalina, hermanastra de Isabel y, ahora, prometida del heredero a la corona española. Owen congenió bien, era cauto, singularmente divertido, buen bebedor.

A la hora de la cena, los monjes obsequiaron al grupo con unas albondiguillas de ave y cebollas rellenas elaboradas según receta del libro de Nola y, ya entrados en materia, pavo en su jugo y perdices asadas con salsa de limones, todo bien regado con esa cerveza fresca y los mejores vinos de la cava. Zúñiga, corpulento, de físico ilimitado, capaz de acabar por sí solo con toda la comida que había ya sobre la mesa y de apetito casi tan mítico como su valor en la contienda no dudó en pedir personalmente al sausier un pastelón de liebre y al frutier su mejor selección disponible de uvas, melones, manteca fresca y almendras.

En aquellas instalaciones fundadas por San Francisco de Asís, los seis jóvenes preparaban el viaje y ruta que los llevaría, por mar, desde La Coruña hasta Southampton. Ante la amenaza francesa —dispuestos estaban los gabachos a boicotear el enlace que los dejaría físicamente rodeados y en posición insignificante— harían la travesía acompañados por mas de cuatro mil soldados. El fastuosos enlace nupcial entre Felipe y María estaba programado ya para el veinticinco de julio y el heredero, además, recibía como presente de su padre la nominación como rey de Nápoles y Jerusalén, todo en agradecimiento por facilitar, con esta unión, la reconducción de la Isla a la apropiada senda del cristianismo de la que Enrique, seducido por la Bolena, se había apartado. A poco más de dos semanas de la boda preocupaba la amenaza naval francesa y, no en menor medida, la revuelta que ya había empezado a fomentar contra él Thomas Wyatt.

Y estaban también aquellos dichos y cantares que hablaban de una María vieja, fea, sin dientes, sanguinaria, vengativa y atontada, materias de las que, preocupado, no se cansaba de hablar con Owen…

—¿Es verdad, amigo John, que la reina es tan fea como aparece en los retratos y como quienes la conocen aseguran?, me ha dicho mi amigo Requessens —ahora sonrojado— que su higiene es insuficiente y su aroma insoportable.

Felipe tan solo conocía a la novia por un cuadro que su padre había encargado al pintor flamenco Antonio Moro. La pintura, hoy en el Museo del Prado, mostraba a la modelo en un retrato de tres cuartos, austera y erguida, con mirada dura y sentada en un sillón de terciopelo. El artista, inspirado en el maestro Tiziano, se recreó en las cualidades de las telas y en el joyel de los Austrias, formado por la perla Peregrina y un diamante cuadrado denominado el Estanque. Al español le inquietaba, además, la fuerza con la que parecía sujetar una rosa roja y no le animaba en absoluto el rostro serio, iluminado sobre el fondo oscuro. Owen, allí presente como condición de la hija de Enrique para acceder al enlace, siempre sonriente, cuidadoso, contestaba sin olvidar a quién se debía…

—Señor, la reina es bella, quizá guapa a su manera y, aunque no tanto como usted, limpia. En Inglaterra los rigores del calor son menores que en estas tierras y no nos aseamos con la frecuencia con la que se hace aquí. Yo he estado ante su perfumada presencia y jamás noté semejantes aromas pestilentes a los que se refieren vuestros compañeros.

Los frailes servían contundentes copas de un vino generoso y caliente que entraba con facilidad y se subía rápido a la cabeza de cualquiera. El grupo se relajaba, desencorsetado, después de una larga jornada de viaje, de caminos polvorientos entre montañas lamidas en el verde paisaje de la Galicia interior. Renacían, pues, con las viandas y los tragos de un licor que se antojaba reconstituyente y Felipe, recuperado de la marcha, gesticulaba tan exageradamente que casi parecía un bufón napolitano.

—¡Me dais una noticia soberbia, John! Pero..., hablando en serio, tengo entendido que Inglaterra está agitada por un tal Wyatt que se opone a nuestra boda y alianza cristiana entre España e Inglaterra... ¿Cuál es exactamente la situación que se vive ahora en vuestras tierras?

—Bien sabéis que el pulso de la reina es firme y ha ejercido soberanamente, con mando rígido, encerrando en la Torre al tal Thomas Wyatt y, ya de paso, a su propia hermanastra, carne de su carne, Isabel, hija de Ana Bolena y, al parecer, instigadora en la sombra de la revuelta.

Felipe sabía del confinamiento del tal Wyatt, pero estaba sorprendido.

—¿Está Isabel presa?

—Sí, señor. Se encuentra retenida y cautiva a la espera de juicio y sentencia. ¿Es que, acaso, la conocéis?

—No, John, la verdad es que personalmente nunca hemos coincidido. Pero según tengo entendido, se trata de una joven talentosa, de mente quizá equivocada, pero bien armada, de pelo extraordinariamente rojo y sensual; que hace ya fue apartada de la sucesión injustamente por su padre y que, aun así, goza del aprecio de gran parte del pueblo. Mi intención, cuando lleguemos a Londres, es suplicarle a mi futura esposa que la deje en libertad. Algunas pinturas muestran su lozana belleza y una mirada orgullosa que desde hace tiempo me intriga. Es una figura interesante a la que conviene agradar y redirigir.

Apenas quedaban ya sobre la mesa algunos platos vacíos y cáscaras de melón. La bebida nunca faltaba y el servicio se encargaba de llenar los vasos de barro en cuanto se vaciaban.

—Si me permite la observación, esa sería una forma sagaz de ganarse a parte de los súbditos ingleses que, a pesar de sentir simpatía por Isabel y sus intrigas, saben que la gran corona descansa sobre la cabeza de María, la mejor reina de entre todas las posibles, además, claro está, de apoyarse, ya en apenas 15 días, sobre vuestras robustas espaldas, las del poderoso Imperio español y la autoridad verdadera de Roma. Pero con Isabel no puedo recomendarle sino cautela, es probable que ella tenga una idea envenenada de una Inglaterra protestante como la de su padre y no como la que ahora ha impuesto su hermana.

Gómez de Silva aportó entonces lo que él conocía sobre la figura y situación de Isabel, hermanastra de su futura mujer y la siguiente en la carrera sucesoria tan deficientemente establecida por Enrique VIII. Por sus convicciones anticatólicas y su espíritu indomable convenía mantener abierta esa línea amistosa con ella, enemiga natural con marcada diferencia religiosa, y, además, por si se confirmaban los rumores que hablaban del delicado estado de salud de María, había que tener dispuesta la alternativa. Por otra parte, ¡qué caramba!, era tan descendiente de Guillermo el Conquistador como la propia reina y, con ese encanto rebelde y picantón, quilosá, podría ser un bocadito más jugoso con el que saciar el hambre que, preveía, no podría enjuagar en la contrahecha anatomía de su futura mujer.

Felipe meditó un momento. no contestó a su amigo, se volvió de nuevo hacia el inglés:

—Dicen, según tengo entendido, amigo John, que María, tras restablecer el catolicismo en la Isla se dispone a castigar con dureza a todo aquél que, de una u otra forma, se ha opuesto a esta medida. Que sus métodos le han valido el apodo de María la Sanguinaria.

Era gran lector y destacaba por su habilidad con los idiomas, así que pronunció el mote en inglés notable, «Bloody Mary». El rubio Owen, por supuesto, pareció ponerse alerta, su delgado cuerpo se tensó y sus ojos azulillos parecieron afilarse. Aún no había suficiente confianza para contestar a tan agudas cuestiones sin esforzarse por dar con la respuesta más diplomática y, al tiempo, más satisfactoria para con sus nuevos compañeros españoles. Afilaba la fórmula, hablaba más despacio, medía lo que decía, ninguna palabra era ahora pronunciada al azar.

—Señor. Sabemos que su voluntad es indiscutible en ese sentido. Para bien de todos, Inglaterra, con el advenimiento de María es, de nuevo, un reino católico. Para satisfacción de Londres, España y Roma esto es y será así. Aunque se derrame sangre.

Los seis jóvenes siguieron charlando sobre las condiciones exigidas para concretar el enlace, cotilleos de la corte europea, detalles de la ceremonia que tendría lugar en la catedral de Winchester... Los gruesos muros de piedra apagaban la charla entre vapores del vino, efluvios de la cerveza, pesadas digestiones del manjar, y un pausado palpitar del corazón de don Felipe, que se empezaba a sentir más atraído por la venenosa sombra de Isabel y el morbo de la doma de la enemiga que por la que se iba a convertir en su esposa. Aquella mujer engreídamente desafiante, rebelde y peleona, de singular belleza, piel blanca, pelo rojo, manos elegantes y voluntad férrea había despertado su curiosidad, había apagado la atracción por una María desaseada, contrahecha, enfermiza, fea, gorda y —aunque Owen lo negara— pestilente, por aquella María horrible del cuadro de Moro. Durmió profundamente, pero soñó que era suya, que la misteriosa dama inglesa que se creía a la altura de Dios se le entregaba y, en la oscuridad del Monasterio de San Francisco, entre sueños sudorosos y desbordante excitación, sus labios pronunciaron un nombre, y no podía ser otro. Isabel.

12 DE JULIO

La mañana coruñesa era magnífica, con un aire limpio que traía hasta el grupo los aromas a mar y pescado fresco, el Atlántico aparecía cristalino, inmaculado, sin oleaje, enmarcado entre cielo azulón y la tierra verdísima, bajo un sol amarillo limón. Las gentes se habían echado a las calles para despedir a su príncipe y, al paso de la comitiva, le jaleaban y lanzaban pétalos perfumados. El puerto estaba animadísimo y festivo. Sonaba música de gaitas y las voces coreaban canciones populares. Cristóbal, Luis, Ruí, Ismael y Enrique lucían orgullosos estoque, lanza, espada y la daga que destacaba a los capitanes de la guardia de Castilla y la Santísima Hermandad; sus pajes, también elegantes, elevaban, orgullosos y, a modo de saludo, sus lanzones gruesos y cortos.

Sorprendido por el colorido jolgorio, Owen alzó la vista y quedó maravillado por el imponente barco que les esperaba. Ante sus ojos aparecía un maravilloso y gigantesco galeón de Manila, preparado para enlazar Extremo Oriente y América, que poco tenía que ver con las embarcaciones inglesas que él conocía, de perfil panzudo. Los cuatro palos —mayor, trinquete, mesana y contramesana— cortaban el mismísimo horizonte apoyados en el reluciente casco de madera torneada. Era un monstruo del mar, sólido y ancho, capaz de transportar a granel las más exóticas mercancías. Una sonora tanda de cañonazos homenajeó la partida de Felipe. El gentío estalló en vítores. Algunos juglares recitaban a la belleza de María, la futura esposa de su próximo rey, pero lo hacían en una extraña lengua, quizá parecida al portugués, que Owen no era capaz de entender.

Las mujeronas pregonaban frutas y golosinas. Todo era bien nuevo para él. Conocía el país de viajes anteriores y había estudiado sobre España, hablaba el idioma castellano con soltura y, ¡cómo no!, había montado excelentes ejemplares y yeguas andaluzas por los bosques y caminos de media Europa, junto a la más alta nobleza inglesa, sobre magníficas sillas curtidas en cuero árabe. Pero esa alegría, esa colorida fiesta de despedida, ese ambientazo, esa entrega al líder le tenían ensimismado. Las gentes se conocían, cantaban, comían, bebían y compartían fabulosos moluscos de mar y vinos propios de la tierra. Y ese sol, esa luz, ese verano con un aire tan puro y luminoso, ese aroma, esas callejuelas atestadas, esa celebración feliz y orgullosa, ese decorado de confeti jamás visto en el país del que procedía. Era una mañana maravillosa. Única.

En aquellos días era imposible encontrar alojamiento en las casas de posadas y mesones, las gentes estaban ruidosas y los más acomodados acababan con las existencias de los figones mejor surtidos. Corría el licor y la garnacha, los caldos tostados y los medicinales de Rivadavia. Las mujeres de mal nombre no pueden con todo lo que se les viene encima y, avariciosas, suben la tarifa. La Coruña había estallado en sus celebraciones y el protagonista barrio de La Pescadería y la zona del puerto parecía haber enloquecido.

Tiempo de fiesta. Los voceadores ofrecieron ya sus naranjadas y aguardiente por los muelles mientras los amigos del rey bailaban con la gente justo antes de embarcar y aceptaban gustosos la viandas que, para entretener la travesía, les entregaban las jovenzuelas en edad de merecer. Había grupitos bailando al son de melodías populares detrás de cada esquina. La multitud apenas dejaba un angosto pasillo libre por el que toda la comitiva de nobles, pajes, soldados, marineros y gorrones pudo acceder, a pie y despacito, hasta el barco de la gran armada del emperador Carlos V. Desde el imponente puente saludaron a todos mientras se hacían a la mar. La dulce y veraniega brisa atlántica llenó las velas y, a gran velocidad, entre crujidos y siseos, se alejaron del puerto para surcar el océano, rumbo norte. En tierra quedaba el frenesí y un brindis por los buenos tiempos, por aquellos tiempos.

Tras la despedida, el ruido pasó, el sonido de la mar ganó su espacio. Felipe estaba orgulloso de su gente y se había situado a proa, dejando que el frescor del viento y la marcha golpeara su rostro, con la vista puesta en un horizonte infinito. Camino de una boda con María Tudor y con la secreta intención, también, de conocer a la hermanísima de la reina, la peligrosa Isabel, de la que se iba a enamorar. Como ninguno de los que le acompañaban aquella mañana a bordo, no podía ni imaginar que otro doce de julio, treinta y cuatro años más tarde, y siendo él el emperador más poderoso de todos los tiempos, partiría desde ese mismo puerto de La Coruña una flota extraordinaria compuesta por cuarenta navíos de línea y ciento diez transportes con treinta mil hombres y la ciega intención de conquistar Inglaterra, tomar la ciudad de Londres desde el Támesis y deponer a otra reina. Esa armada a la que su peor enemiga, de manera burlona, llamó la Invencible. Y que antes de todo esto, su amigo, Ismael Herreros, le traicionaría.

EL PECADO

Como siempre, las luces se apagaron, la catedral de Winchester estaba ya en silencio, la noche de entrega y la luna de miel en el Castillo de Windsor habían pasado. La novia estaba encendida, enamorada hasta los huesos. La ceremonia fue un éxito rotundo. Y Felipe, muy motivado, se integraba en una ciudad que le sorprendía. Por un lado, Londres era un gran núcleo urbano revitalizado, en notable transformación, hasta cierto punto cosmopolita, comercial y moderno; una ciudad ruidosa, de mercados llenos, los carruajes embotellaban las callejuelas del centro; su población era extraordinariamente joven, apenas había allí viejos; los barrios estaban bien definidos y sus estrecheces escondían tesoros comerciales, tiendas de todo tipo, comercios originales donde se ofrecía mercancía de procedencia exótica. Pero por otra parte...

… dentro de aquellas murallas residía un no sé qué. Rincones sucios, escondidos, malolientes. Las putas despelujadas ofrecían sus carnes flácidas entre la niebla, junto al río; el tiempo era malo todo el año, oscuro, con un insufrible frío húmedo que se te metía hasta no sé dónde. La amenaza de la peste aterrorizaba al personal. Corría alcohol puro de pésima calidad; la comida, incluso cuando estaba en buen estado, era sencillamente intragable; las noches eran largas, deprimentes. En absoluto ayudaba que sus amigos, Luis, Cristóbal, Ruí y Enrique odiaran a los ingleses ni que, en más de una ocasión, hubieran sido insultados, agredidos y humillados entre esa pestilencia tenebrosa, ante la mirada aprobadora de casi todos. Había algo allí, sabía Ismael, que aparecía no sé cuándo, bajo las nubes, que daba miedo. La falta de sol se hacía insoportable. Las sombras eran alargadas. Era la ciudad de las dos caras y todos se habían dado cuenta de ese no sé cómo. Lo notaban. Blanca por aquí, negra por allá.

Don Enrique Hernández de Gajanejos era un tipo corpulento y fuerte, de pecho ancho y sonrisa contagiosa. Su pelo era moreno, ojos pequeños y cara sonrosada. Había acompañado a su príncipe durante los últimos años, siempre fiel, así que allí estaba él, leal, bromista. Orgulloso de origen, comprometido con la corona y su familia, casado con doña Irene Gómez de Manduca, con chavales sanos, tan listos como él. Buen amigo, buen marido, buen padre; siempre alegre, siempre dispuesto, siempre atento. Si se permite la comparación trillada, fuerte como una roca y alto como un roble. Vestía elegante, a la moda; sus manos eran tan contundentes, callosas, duras y de pulso inalterable que casi llamaban la atención. Un hombre justo y cabal que desde que estaban en Inglaterra se había convertido en su propia sombra, echaba de menos a su casta, había adelgazado un tanto y apenas le quedaba espíritu para bromear. Siempre alerta, ojeroso, tristón e indeciso. En esto le había convertido Londres. Había algo en esa maldita isla que parecía endemoniado. Esa ciudad era veneno para el alma.

María, reina de todos ellos, la Sanguinaria, estaba frustrada por un embarazo psicológico que quedó en poco más que una retención de líquidos y, fastidiada, intensificó, en una nueva vuelta de tuerca, las persecuciones contra los herejes a los que quemaba en lugares públicos. Felipe había confirmado sus sospechas, no se sentía atraído por ella en absoluto, él, limpio y escrupuloso como era, notaba repugnancia por su aliento, por su aspecto, por todo lo que hacía y deseaba apartarse de allí, alejarse del palacio y respirar el aroma de otra mujer. Esa tarde había quedado con ella, como siempre, en secreto. John Owen, convertido ya en su cómplice, había cerrado los detalles. Suspiraba por besar su cara, acariciar su cabello, retozar junto a su cuerpo desnudo, reír con sus ocurrencias. Al fin y al cabo, sentirse único en el mundo, acompañado por alguien capaz de entenderle. Aquella tarde volvería a estar con su querida Bess.

Ella era como la gran ciudad, por un lado dulce, despierta, guapa, comprensiva y amorosa, con su no sé qué. Por el otro, por el que más le atraía a Felipe, negra, desconfiada, mala, reservada, cínica y estratega. Imposible de manejar, con un pasado turbulento, una mente indescifrable y una mirada dura, implacable o exigente. Su relación era un jueguecito excitante en el que ella movía los hilos y él se dejaba hacer. Tan pronto se abrían sus corazones y se contaban los secretos más íntimos, como, unos instantes más tarde, la conversación se congelaba, sus ojos se ensombrecían y su rostro oscurecía. Así era Bess. Bella, dura, incontrolable. No había en el mundo otra mujer como aquella y eso engatusaba al príncipe, el embrujo Bolena. La atracción del pecado. Así de maligna era también Londres, así de tiernita toda Inglaterra.

Los amantes se habían conocido aquél verano, poco después del enlace con María. Isabel había acudido a la llamada de Felipe, que quería conocer a la mujer que había permanecido encerrada en la Torre de Londres y confinada en Hatfield y Woostock y por la que había intercedido ante la reina. Él vestía coleto de gamuza sin mangas y cubierto por ropilla, con forro guateado y armadura de ballenas, abombados greguescos ceñidos por la banda y finas medias de buen hilo sostenidas por ligas de cintas visibles al exterior en forma de roseta. Ella apareció recatada, con una falda en verdugado, abultada, al estilo francés, sedas y un terciopelo tan bueno como el que se elaboraba en Granada. Felipe se fijó de inmediato en sus manos largas y afiladas, los diminutos pies calzados en sobrios chapines, lo resplandeciente de su melena roja, y sobre todo llamó su atención la blanquísima piel de su cutis de porcelana —más transparente que entonada— y su mirada misteriosa. Un primer encuentro distante, casi gélido, antagónico a los que ahora organizaba Owen, cada vez más sensuales, casi exclusivamente calientes.

Iban ya unas cuantas citas secretas en Hampton Court. Allí desfogaban sus pasiones y charlaban. Se contaban sus miedos, aireaban sus complejos. Isabel narró sus días agobiantes de reclusión en celdas húmedas, acompañada tan solo de chinches y ratas, sin comida, sin bebida y sin saber qué sería de ella; su desesperación cuando conoció que la cabeza de su primer amante adolescente ya había rodado, la tensa relación con su padre, la falta de una madre, los juegos infantiles con María bajo un roble en los jardines de Greenwich... El heredero del Imperio lloró en sus brazos de gatita después de contarle cómo sorprendió un día a su madre en brazos del pintor Tiziano, seducida por sus trampas, traicionando sin escrúpulos al rey Carlos, al gran emperador. Después comían, hacían el amor y ella se convertía en la pantera que tenía a Felipe en permanente estado de excitación.

Su encuentro de aquella tarde no sería tan secreto. Gajanejos no aguantaba allí más. No soportaba Londres ni la distancia y quería que su príncipe le permitiera volver a España o, al menos, enrolarse en algún tercio de Flandes que le permitiera liderar en la contienda y ascender en prestigio y escalafón militar. Definitivamente, necesitaba cambiar de aires, estaba desesperado por volver a sentir la brisa limpia. Cabalgó hacia el sur, hasta el valle del río Lugg, cruzó los sesenta acres de jardines y viñedos y se plantó ante el tétrico Hampton Court con la intención de pedir, suplicar si era menester, el traslado. En aquel moderno palacio, edificado cuarenta años atrás por el arzobispo de York, no parecía haber nadie. Sabía que corrían habladurías sobre el encantamiento del recinto donde, según contaba la leyenda, había una doncella fantasma. Con cautela, dejó atrás el reloj astronómico instalado en el patio, escuchando el sonido de sus pisadas contra el suelo de piedra y el rebote del eco contra los muros, y entró en una de las casas para buscar a su amigo, Atravesó el recibidor verde, el gran salón, la capilla real y miró en las imponentes cocinas antes de subir a las habitaciones y aposentos.

Oyó susurros tras una puerta y se acercó amortiguando el paso, sin apenas respirar, intrigado por aquellos jadeos que bien parecían los propios de un encuentro amoroso en toda regla. Olvidó sus temores por el fantasma y abrió los oídos. Sin mover un músculo escuchó el intercambio entre dos amantes.

—¡Vamos, Felipe, vamos! ¿Es que todo un heredero de la corona española no es capaz de más? ¡Cualquier mozo inglés os supera en gallardía y vigor! ¡Vamos!, ¡Vamos! ¿Es que, acaso, no sabéis cómo dar verdadero placer a una dama?

Gajanejos pensó que lo mejor sería marcharse, pero la curiosidad malsana le mantenía retenido, expuesto, sin pestañear, atento a lo que entre las sábanas de la cama de Isabel sucedía. Maldiciendo por lo bajini el nombre de semejante furcia que no respetaba ni al príncipe, ni a España, de semejante dama negra, insolente y engreída.

—¿Es así como gritaba la reina en brazos de Tiziano? ¿Es así, Felipe?

No podía creer lo que allí dentro ocurría, se imaginaba el rostro inyectado en sangre y furia con el que su amigo estaría mirando a aquella puta maldita. La rabia que no podría contener. Así que, asustado y con la espalda empapada en sudor, inició el retorno silencioso, un paso, dos, tres, y un grito le hizo parar en seco y congeló su circulación…

—¡Pégame!, ¡Pégame, cabrón!

Y aquella humillación le atormentaría lo que le quedaba de vida. Estaba tan impresionado que marchó a la carrera, quería alejarse de aquel palacio lúgubre y siniestro al que jamás debería haber ido, quería desaparecer al instante. Pero aun así, a pesar de no querer estar allí, escuchó, alto y claro, el sonido, seco y contundente, de un primer puñetazo.

MUERTE

El oscuro secretito de Isabel y Felipe quedó, pues, expuesto. Y el de don Enrique Hernández de Gajanejos, también. John Owen, entre otros, lo había visto allí, sigilosamente escondido, y había certificado cómo partía a la carrera de regreso a Londres, cómo abandonaba a galope Hampton Court. Era amigo suyo porque habían congeniado divinamente bien durante aquellos días en España, pero, con dolor de corazón, habló con Isabel sobre su presencia allí aquella tórrida tarde de sexo descarado. Los españoles no sabían nada, claro, pero ella era su nueva protectora y él la mantenía informada y al día de todos los movimientos del círculo de confianza de Felipe en Inglaterra. Isabel estaba al tanto de todo. Siempre fue así.

Gajanejos pasó unos días de incertidumbre y dudas pero se reunió, al fin, con su amigo, el príncipe Felipe, que, desde luego, apoyó con comprensión su marcha. Charlaron largo rato, ellos dos solos, sentados a una mesa de madera, bebiendo cerveza fresca de monasterio, recordando batallitas. Partiría de inmediato hacia Santander. Tal era la preocupación por él, que, incluso, le asignaron un nuevo paje local, nativo, perfecto conocedor del idioma y de todos los caminos hasta la villa de Plymouth, un adolescente de apenas quince años, llamado Francis, que, como fiel escudero, le ayudaría en aquellas, sus últimas jornadas en la Isla. Todo parecía arreglado, menos un pequeño detalle, estúpidamente carcomido por la impresión, no fue capaz de callar más tiempo y se sinceró.

—Felipe, no me preguntes ni cómo ni por qué, por favor, pero sé lo vuestro con la hermana de la reina. Sé que mantenéis un romance con Isabel.

El príncipe se lo tomó con aparente calma. En sus ojos no había ni pánico ni horror, lo que sorprendió a Gajanejos. Aquellos escarceos debían mantenerse en la más estricta confidencialidad. Desde el punto de vista práctico, era evidente que si María, la reina de los ingleses, se llegara a enterar de todo aquello, podría caer la estrategia de Estado tan finamente calculada por el emperador Carlos para dejarle, al fin, a su hijo, una Europa en paz y sumisa a su palabra. La logística de la diplomacia estaba en juego. Y Felipe, tranquilo.

—¿Lo sabe alguien más?

—No. Solo yo. Y puedo jurar que nadie más lo sabrá. No dudéis de mi palabra de honor. Soy fiel a mi reino.

La mirada del heredero se mantenía calmada. Pensaba. Durante algunos segundos permaneció en silencio. Después, recobró el ánimo y le miró directo a los ojos, casi directo al alma…

—Es un tema delicado, querido amigo, pero con la confianza ganada en el tiempo que hace desde que nos conocemos… ¿Qué opinas tú de todo esto?

—Sinceramente, no me gusta.

—¿Por qué?

—Porque esa mujer me da miedo. Puede echar al traste con un enlace que mantiene el equilibrio del mundo. Y es rara.

—Lo sé amigo, pero hay algo en ella, en su interior, en sus formas..., que me tiene casi hechizado.

El peso de la responsabilidad pareció caerle de golpe y debería estar preocupado por toda la responsabilidad que recaía sobre él. Algo ido, su alma había viajado por su cuenta a un lugar lejano, así que dio por terminada la conversación, ambos se retiraron, se dieron un abrazo largo y cálido de despedida y se dijeron adiós.

El viaje entre Londres y Plymouth, desde donde finalmente embarcaría, no era pesado. Transcurría entre páramos solitarios y valles fértiles donde pastaban los ciervos rojos. Había, además, ciudades y postas interesantes donde hacer noche, como la siempre animada Bath con su magnífica Abadía, donde podría darse un relajante baño medicinal, o Exeter, famosa por sus quesos, las manzanas y la sidra. Por lo general el clima era húmedo pero benévolo y más templado. En condiciones normales, tres días eran suficientes para llegar.

Como la tarde amenazaba lluvia, quizá, incluso, tormenta, Gajanejos, acompañado por sus dos jóvenes compañeros, ya camino del puerto, decidió hacer noche en la bulliciosa Exeter, localidad de origen romano, amurallada, de calles empedradas y estrechos callejones, asentada en la meseta sobre el río Exe. A su paso por Guildhall pararon para rezar en la catedral de San Pedro, una curiosa construcción de estilo florido y dotada con un ingenioso sistema de conducción y pasadizos subterráneos a través de los que llegaba el agua fresca de los manantiales. Después, alcanzaron la posada en la calle principal y se alojaron. Los tres viajeros estaban cansados. La noche era silenciosa, sin gente por la calle, las primeras gotas del aguacero empaparon las figuras de piedra de la iglesia.

El frente azotaba contra la ventana. Cenaron un carnero verde mediocre con fuerte sabor a ajo acompañado verduras blandas y bebieron agua de canela antes de encerrarse en sus habitaciones. Las instalaciones eran modestas, pero limpias, y las casa estaba caliente, agradable. Gajanejos estaba contento y no le costó conciliar el sueño, al rato dormía profundamente. Ni siquiera se enteró cuando Francis entró para dejarle, como de costumbre, una jarra de agua fresca a los pies de la cama. Si no hubiera estado tan cansado por el viaje; tan agotado por la vorágine de sentimientos y la emoción de volver ya con los suyos, a su casa; si no hubiera bebido tanta cerveza aquella tarde, quizá, la historia hubiera sido diferente, pero estaba dormido, en paz y borracho... El chaval inglés actuó con rapidez silenciosa. Posó con extraordinario mimo el agua en el suelo, sacó la afilada daga de su cinto y le cortó el cuello, le rebanó el gaznate de lado a lado y le robó de un tajo la vida.

Un charco espeso y oscuro, resbala entre los tablones del piso. El chico, manchada la pechera por salpicones de la densa sangre de la víctima, partió hacia su localidad natal de Buckland, donde un caballero anónimo y misterioso le daría su bolsita con la cantidad acordada. Así de fácil. Sin pistas. Con las estatuas de la catedral, bajo la lluvia, como testigos mudos de un crimen atroz.

La comitiva española allí destinada investigó, sin éxito, el suceso, y, durante meses, siguieron pistas, interrogaron a todos, imaginaron rocambolescas hipótesis, pero no llegaron a ninguna parte. Hoy en día no se sabe aún quién maquinó el plan de Exeter ni la motivación del asesino cobarde que, en una fonda de mala muerte, acabó con la vida de un caballero español. Pudo ser Isabel, celosa por su secreto; Felipe, que tan enigmáticamente se había comportado aquella tarde y que tanto se jugaba; María, despechada; o la doncella fantasma de Hampton Court. Lo que sí sabe es que la tierna mano ejecutora fue la del jovenzuelo de nombre Francis, y de apellido... Drake.

MARÍA

Sola, en sus habitaciones, con las damas de honor amagadas al otro lado de la puerta y su marido en los brazos de otra, María I, la Sanguinaria reina de Inglaterra, la mujer más noble sobre la tierra, la elegida por Dios, lloraba su tragedia. Había movido todas sus piezas sobre el tablero con extraordinario cuidado y, sin embargo, era ella el punto en el que fallaba su estrategia al no quedarse embarazada de Felipe. Necesitaban ya a ese hijo, ese futuro rey que unificara esfuerzos con España. Pero no llegaba. El tiempo también corría en contra y su salud era cada vez peor. Las lágrimas recorrían la mejilla dura de toda una Institución y su sabor salado arrastraba el maquillaje y le llegaba hasta la boca.

Hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón, nieta de los Reyes Católicos, equilibrio entre dos dinastías, tocada por el dedo de Dios desde la cuna y comprometida desde niña con la causa había sido ya, desde los siete años de edad, la estadista designada que cerraría el círculo del mundo. Se esforzó, aprendió cuatro idiomas, solfeo, canto, costura... Y, aunque es verdad que con once años se frustraron sus planes de boda, y, poco después, cayera su madre, encerrada en Kimbolton tras el encoñamiento del rey Enrique por aquella furcia de Ana Bolena, y aunque se convirtió en hija bastarda, perdió el título de princesa de Gales y pasó, humillantemente, a llamarse, simplemente, lady Tudor, y aunque todo se puso de marras... Inglaterra no permitió la caída. Ella ni era ni había sido ninguna lady, María era toda una reina.

Maldita su suerte, puta fatalidad. En los peores días fue fiel a su madre, a Roma, y, ahora, por fin, había llegado su momento y no quedaba encinta y pagaban su frustración los protestantes en la hoguera. La población rasa había aplaudido su ascenso al trono, pero en estos días la opinión cambiaba muy rápidamente y sus mejores momentos de aplauso y reconocimiento parecían quedar atrás. Rabia, venganza, sangre. Odio. Reina católica de una tierra inconformista, plagada de casas solariegas, castillos y catedrales; bosques, parques y jardines delicados. Ella iba a regir sobre el Londres comercial y cosmopolita, la verde campiña tradicional, los acantilados de tiza, las escarpadas montañas del oeste, las llanuras tendidas de las Midlands, las colinas onduladas del sur, las largas playas nebulosas de East Anglia, los campos de colza amarillos, los sembrados de lino azules. Preparada para reinar. Todas esas aldeas, granjas, villas pintorescas, ciudades, casas de labor..., ya eran suyas y se le escapaban como la arena entre los dedos.

No sin cierta oposición de la rancia aristocracia, en 1553, el pueblo la apoyó ilusionado para que ocupara ese trono que legítimamente le correspondía. Y —como fue consciente con el pasar del tiempo— el mismo día de la coronación empezó a acabarse el romance. Su regia autoridad, pulso fuerte, orgullo genuino, condujo de nuevo a los suyos al cruel catolicismo de Roma, castigó con ejemplar dureza al hereje y remató casándose con Felipe. Al pueblo y al Parlamento no les gustó. Nadie la haría torcer su brazo. Se veía sagaz, estratega, dominante y profundamente católica, pero en los ojos de los demás tan solo era una Sanguinaria, «Bloody Mary», una apestosa inquisidora capaz de aterrar a la población con la excusa religiosa. Sin heredero, para colmo, perdía a su pueblo y lo perdía todo. Casi nadie la quería ya.

Con el apoyo del Imperio mantenía a raya a sus enemigos íntimos, los franceses, Roma levantó la excomunión, España se alineaba en sus intereses y, al mismo tiempo, el complicado contrato matrimonial le impedía al gran Carlos meter mano donde no debía. Había tejido una red de acuerdos que le valían una posición ventajosa. Felipe recibía el título real tan solo a efectos nominales y, en caso de muerte súbita, no podría suceder a la verdadera reina. Pero no tuvo en cuenta el posible escape; la ascensión del cardenal Pole, la interminable lista de sentencias de muerte firmadas por ella misma y esa violenta manera de actuar que le valían ya el desprecio de su pueblo.

Más. Odiaba con fuerza a su hermanastra, Isabel, más lista, más guapa, más joven. Ese niño que no llegaba, que ansiaba hasta enloquecer, la bajaría de golpe del trono. La sombra de la maldita Bess, cada vez más larga, más oscura, más amenazante. Inglaterra parecía estar de parte, ahora, de aquella pelirroja astuta que esperaba en la noche, que le robaba a Felipe de su cama, que personificaba el final de las persecuciones. Su hermana era la venganza, el pecado, la traición, un ángel caído, el mismísimo Satanás. Desde niña había tenido ese toque altivo, soberbio, que la sacaba de quicio, esa forma de sentirse más, de hacerla sentirse menos, a ella, a la que era reina. La cabeza de Isabel parecía más alta, su pulso más firme, su voz más fuerte, ¿de dónde había salido? ¿Es que su madre, Ana Bolena, como muchos decían, había sido acaso la emisaria de Belcebú en su casa?

Ella era cada vez más desgraciada. María carecía de la personalidad necesaria como para acabar con toda aquella insurrección silenciosa y se había convertido en figura retorcida por el obispo Bonner, que le hacía creer que su vientre no era fertilizado porque no perseguía a suficientes herejes. Así que intensificó la caza, se redoblaron las torturas, sonaron aún más altos los alaridos en el tormento. Plantó terror, recogió terror. Y se estaba equivocando. Hasta la enfermedad. Un error que le costaría todo.

La historia de una vida triste. Los dolores eran insoportables. Había jornadas que apenas podía levantarse de la cama. No sabía que un cáncer uterino también la había condenado a muerte a ella, no podía saber que aquellas punzadas se la llevarían de este mundo en apenas tres años, que su reinado, aún incipiente, sería corto; que la alianza se rompería y la misión cristiana quedaría incompleta. Pero aquel día no caían de sus ojos lágrimas de dolor, lloraba, angustiada, desde que esa mañana de agosto, tan solo un año después de su boda, su marido, Felipe, congeló la sangre azul que corría por sus venas cuando notificó que partiría de inmediato hacia Flandes donde, por causas políticas, permanecería un largo periodo de tiempo.

No era por nada más. Sin él allí, las ya de por sí escasas posibilidades de quedar embarazada se desvanecían en el aire y el futuro de su Inglaterra se convertía en humo, con la puta de su hermanastra, para colmo, al acecho del trono. Gordos lagrimones de tristeza verdadera. Lloros genuinamente tristes por el futuro incierto que aguardaba tras la inminente marcha. Pero, ante todo, y sospechando que se veía con la miserable de su hermana, desconsolada desazón por la partida del hombre que le había robado el corazón. Por eso lloraba una reina. Una reina Sanguinaria que estaba enamorada. Una reina Sanguinaria y desgraciada cuyo amor no le era correspondido.

TORMENTO

Felipe, que no se despidió de Isabel, partió en barco desde Dover hacia la última plaza inglesa en el continente, Calais y, desde allí, por tierra, hasta Bruselas. Camino inverso al que había seguido, tres años antes, el panadero anglofrancés Joel Caritoux que, desde Calais, se embarcó hacia Dover para encontrarse con sus familiares lejanos e instalarse en Inglaterra. Joel, su mujer, Candice, y sus dos niños, Eric y Jacques, vivían desde entonces en la empinada ciudad de Winchester. Allí abrieron un horno y se mezclaron sin mayor problema con la población. Hasta que María restauró la odiosa Inquisición.

Al principio, el negocio prosperó con éxito. Su fina masa proporcionaba un pan distinto y delicado que pronto se ganó la fama de exquisito. Toda la calle olía de vicio y las familias más acomodadas acudían al Horno de Joel para adquirir el producto calentito y recién hecho en vez de las castañas y bellotas que habían consumido hasta entonces. Su fama pronto alcanzó a todo el condado. Habían decidido emplear harina de trigo, más cara, en lugar de la de centeno, habitual en aquél tiempo, y la apuesta funcionó, El matrimonio se felicitaba por haber decidido cruzar el Canal a la aventura, en busca de un futuro mejor para los niños. Sus sueños, por fin, parecían hacerse realidad. ¡Qué idílica estabilidad!

Candice acudía todas las tardes al Hospital de Saint Cross para regalar a la beneficencia el producto que no habían vendido, Joel, de hecho, siempre elaboraba lo que preveía que se necesitaría y un poquito más. Los dos también colaboraban en las tareas de entregar el «socorro del caminante» a los forasteros cansados. De vuelta a casa, los días que apretaba más el frío, ella subía la cuesta con las mejillas enrojecidas, los ojos entreabiertos, el pelo mojado y una sonrisa desbordante. Joel llegaba con la espalda torcida de trabajar y, ni una sola noche, se retrasó su cena o encontró la casa fría. Jamás faltó un fuego reparador o uno de los excelentes guisos que le regalaba su esposa. Winchester era el hogar de los Caritoux.

El otro panadero, John Howard, celoso de su éxito comercial, les denunció a la cruel Santa Inquisición que tan activa se mostraba de nuevo por aquellos días. Aquella tarde, como otra cualquiera, cuando Joel regresaba a su casa con la mente puesta en el fuego y los guisos, al pasar por la angosta y oscura Roper Street, se encontró rodeado por los oficiales, que le echaron un jergón oscuro por encima y lo ataron. Nadie avisó a Candice, ahogada en desesperación, y durante tres días nadie supo dónde estaba el panadero. Tres días y tres frías noches de aterradora soledad.

Joel fue conducido ante un auto, encadenado, vestido con sambenito gris, ojeras de no pegar ojo y el estómago vacío. Respondió a todas las preguntas, pero no fue lo suficientemente convincente para el tribunal, que lo amenazó con confiscar todos sus bienes, incluidos, claro está, su casa, el horno y la panadería. La acusación era por brujería y era imposible rebatir aquel argumento sustentado en nada. La defensa valía de bien poco, Joel era un comerciante extranjero moderadamente próspero y, por tanto, su situación era delicada en la Inglaterra de María. Para colmo, John Howard, conocido del obispo Bonner, era un respetado miembro de la comunidad católica. Sentencia inapelable. Fue torturado en el potro hasta que fueron capaces de hacerle confesar que sí, que en alguna ocasión había practicado la blasfemia. No había ocurrido jamás. Pero era ya, oficialmente, otro hereje.

El presidente del auto entonces tomó la palabra y con grandilocuencia habló de la intercesión de los santos y alardeó de la antigüedad, magnificencia y universalidad de la Iglesia. Tres monjes rezaban y pedían por su conversión, los murmullos se oían al fondo de la habitación. Joel, asustado y con lágrimas en los ojos, con la única idea de poder volver a su hogar, juró volver a la senda verdadera de Nuestro Señor Jesucristo y su Santa Madre, María. En ese preciso momento, sin saberlo, firmó con lágrimas su propia sentencia de muerte. Los clérigos callaron, el murmullo cesó, al jurar que «volvería» a los brazos del Señor, reconocía implícitamente haberse apartado de la única fe valida y, ya, solo le quedaban el tormento y la tortura. Y fue así como Joel Caritoux, inmigrante francés, honrado negociante y padre modélico de familia, ayudaría a la reina a quedarse embarazada. Lo iba a hacer, por supuesto, en el nombre de Dios.

Al día siguiente, dos alguaciles se presentaron en el Horno de Joel. Candice intentaba sacar ella sola el negocio adelante en su ausencia. Los dos funcionarios le dijeron que su marido estaba donde debía, la agarraron del pelo y a empellones la echaron de su casa. En la calle, a la vista de todos, le entregaron la citación para dos días más tarde, en la plaza, frente a la catedral, junto al cadalso, donde vería, invitada de honor, en primera fila, lo que le ocurría a los que, como ellos, habían llegado a Inglaterra con la única intención de obstaculizar la misión cristiana de la reina. Lloró tirada en el barro, empapada, humillada y sola. ¿Era, acaso, justo, lo que le estaba ocurriendo a su familia?