Dorayaki - Durian Sukegawa - E-Book

Dorayaki E-Book

Durian Sukegawa

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Beschreibung

Sentaro, un joven solitario, pasa los días trabajando en una pequeña tienda de pasteles dorayakis con un árbol de cerezo en frente. Una tarde conoce a Tokue, una anciana un poco excéntrica que prepara una pasta de porotos azuki excepcional. Ella comienza a enseñarle la manera precisa de preparar esa pasta y, de a poco, el vínculo entre ellos se convierte en una inesperada y entrañable amistad.  El paso del tiempo acompasado con los cambios en la naturaleza, la belleza de lo pequeño, las marcas que dejan las heridas del pasado, la forma en que las personas lidian con la injusticia y el mal, la posibilidad de encontrar algún consuelo en realizar tareas cotidianas con absoluta dedicación: la prosa de Sukegawa aborda todo esto con sutileza en una historia sencilla y profunda.  Dorayaki, traducida por primera vez al español, ha conmovido a miles de personas de todo el mundo.

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Seitenzahl: 222

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Sukegawa, Durian

Este libro fue publicado por primera vez en 2013 por Poplar Publishing Co., Ltd.

Una edición revisada fue publicado por primera vez en 2015 por Poplar Publishing Co., Ltd.

La traducción al español se realizó con el acuerdo de Poplar Publishing Co., Ltd. a través de Japan UNI Agency, Inc., y Vicki Satlow of The Agency SRL.

 

 

Título original: An

© Del texto, Durian Sukegawa, 2013, 2015

© De esta edición, Chai Editora, 2024

© De la traducción, Amalia Sato, 2024

Diseño de tapa

Ese Estudio

Foto de tapa

Gabriela Brewer

Revisión y corrección de la traducción

Soledad Urquia

Corrección

Anna Ferrer

Diseño de colección, web e identidad

Lamas Burgariotti

Primera edición en España

Febrero 2024

Quinceava reimpresión

Octubre 2025

ISBN: 978-84-127636-2-1

Producción del ePub

booqlab

www.chaieditora.com

1

Una brisa dulce soplaba a lo largo del callejón de los cerezos.

Sentaro estaba atento a la plancha de hierro preparando dorayakis como todos los días. La tienda Doraharu se ubicaba al final de un callejón, en una zona comercial muy concurrida que llamaba más la atención por la cantidad de locales con persianas bajadas que por los sakuras plantados por aquí y por allá. Pero ese día, quizá porque los árboles estaban en plena floración, había más gente de lo habitual.

Una anciana estaba de pie a un lado de la calle. Sentaro la miró y hundió una vez más los ojos en el cuenco en el que preparaba una mezcla. Supuso que la mujer estaba ahí entregada a la contemplación de las copas de los sakuras porque justo delante de la tienda había uno lleno de flores: era una constelación de pequeñas nubes en ebullición. Pero cuando volvió a levantar la vista, la mujer, que llevaba un sombrero blanco, todavía seguía allí, y no observaba al sakura sino que parecía estudiarlo a él. La saludó discretamente inclinando la cabeza. Entonces ella, con una sonrisa segura, se acercó despacio pero con paso firme.

A Sentaro le resultó conocida. Hacía unos días había comprado un dorayaki.

—Esto —la anciana señaló con un dedo torcido el papel pegado en la puerta de cristal—. De verdad, ¿la edad no importa?

Sentaro dejó de mover la mano con la que sostenía una espátula de goma.

—¿Lo pregunta por un nieto?

Ella parpadeó varias veces con un solo ojo. Se levantó viento y el sakura tembló. Unos pétalos rosas volaron hasta la plancha de hierro.

—Bueno… —ella inclinó el cuerpo hacia adelante—. ¿Podría postularme?

—¿Cómo? —dijo Sentaro.

La anciana señaló su nariz con el dedo índice para subrayar que ella era la interesada.

—Siempre he querido un trabajo como este —dijo al final.

Él no pudo reprimir su descortesía y soltó una carcajada.

—¿Y cuántos años tiene, si se puede saber?

—Setenta y seis recién cumplidos.

¿De qué manera podía rechazarla sin ofenderla? Mientras buscaba las palabras, movía en círculos la espátula de goma dentro del cuenco.

—Es que es muy poco dinero, son solo seiscientos yenes.

—Perdón, ¿cómo ha dicho? —la mujer rodeó su oreja con una mano.

Sentaro inclinó su cuerpo hacia adelante de la misma manera en que se aproximaba a los niños o a los ancianos para entregarles los pasteles dorayaki.

—Pagamos muy poco la hora. Nos gustaría contar con ayuda pero para esta búsqueda y por su edad…

—Ah, si es por eso… —un dedo torcido fue señalando cada letra del papel en la puerta—. Me podría pagar la mitad, no hay problema. Trescientos yenes.

—¿Trescientos? —dijo Sentaro y los ojos de la mujer se relajaron bajo su sombrero—. Disculpe pero no me parece razonable. Perdone, sepa comprender.

—Me llamo Yoshii Tokue.

—Ah…

Parecía sorda o quizá no entendía bien las cosas. Sentaro entrecruzó las manos delante del pecho.

—Sepa disculpar.

—Bueno, entonces…

Yoshii Tokue lo miró fijamente por un rato. Sentaro notó la asimetría del cuerpo de la anciana.

—Es bastante esfuerzo físico así que creo que…

Tokue abrió la boca y suspiró. Después, señaló con el dedo a sus espaldas.

—¿Quién plantó este sakura?

—¿Perdón?

Ella levantó su cara hacia la copa del árbol.

—Este sakura —repitió.

Sentaro miró el cerezo colmado de flores.

—¿Quiere saber quién lo puso ahí? —preguntó él.

—Alguien debe haberlo hecho.

—Perdone pero como no crecí aquí…

Tokue parecía tener mucho para decir pero, al ver que él volvía a coger la espátula para seguir trabajando, dijo que volvería otro día y empezó a caminar en dirección contraria a la estación de tren. Se movía de forma extraña, rígida. Sentaro desvió la mirada y retomó su tarea con la mezcla.

2

En la tienda Doraharu no había días libres y todas las mañanas se levantaban las persianas unos minutos después de las once. Sentaro se ponía la ropa que usaba para cocinar unas dos horas antes para empezar puntualmente los preparativos para cocinar dorayakis. La mayoría de los pasteleros se tomaban más tiempo para hacer la masa pero Sentaro era incapaz de organizarse bien y en Doraharu las cosas se hacían así.

Esa mañana, Sentaro, todavía con sueño, bebió una lata de café y después empujó con los pies una caja de cartón ondulado desde la acera hasta el interior de la cocina. La caja contenía an, la pasta de azuki industrial que usaba para rellenar sus dorayaki. Su antiguo jefe había usado ese tipo de an y Sentaro simplemente había seguido haciendo lo mismo. Cada tanto un comerciante le despachaba cinco kilos de pasta importados desde China.

La caja que arrastraba Sentaro por el suelo contenía los potes de plástico con an que se mezclarían con los restos del día anterior. No era ilegal reciclar la pasta de esta manera pero tampoco era lo usual en las tiendas de dulces consideradas honradas. En Doraharu confiaban en que si se refrigeraba la pasta durante poco tiempo, ni el aroma ni la calidad se alteraban demasiado.

Así se trabajaba en la tienda, y si bien no iba camino a la bancarrota, tampoco era un negocio próspero. Nunca se vendía lo suficiente como para usar ni la mitad de un recipiente de plástico y lo que quedaba se guardaba en la nevera hasta el día siguiente, cuando se mezclaba con pasta nueva. Después, Sentaro tenía que preparar la masa para las tortitas. Había proveedores que podrían vendérsela pero era cara y por eso la hacía él mismo. Colocaba todos los ingredientes dentro de un cuenco y los mezclaba. Ponía al fuego una plancha de hierro y, cuando la temperatura era la adecuada, dejaba caer con cuidado una cucharada de la mezcla a la que le daba la forma de gong. Cuando las tortitas, pequeñas y esponjosas, adquirían el dorado correcto, las ponía en un recipiente que las mantenía calientes. Para entonces ya era la hora de abrir. Sentaro suspiraba y levantaba la persiana. Nada en su interior lo impulsaba a hacer lo que hacía y la expresión de su cara no cambiaba en lo más mínimo.

Esa tarde, mientras Sentaro estaba en la cocina comiendo un plato que había comprado en el konbini, el sombrero blanco apareció al otro lado de la puerta de cristal.

—La anciana —murmuró para sí mismo.

Caminaba hacia él con una gran sonrisa y a Sentaro no le quedó otra opción que ponerse de pie.

—La señora Yoshii, si mal no recuerdo.

—Así es —respondió ella debajo del sombrero.

—¿Qué se le ofrece?

Yoshii Tokue sacó una hoja de papel de su cartera. Estaba escrita con tinta azul, en una caligrafía muy particular: cada trazo parecía danzar dando saltos.

—Así se escribe mi nombre con ideogramas.

—Ah —Sentaro apenas le echó un vistazo—. Disculpe pero no será posible un trabajo a media jornada —dijo y rechazó el papel.

—Como ve… mis dedos están un poco enfermos. Así que podría ser menos de lo que hablamos. Con doscientos yenes estaría bien.

—¿A qué se refiere?

—Al pago por hora.

—Es que no es por eso. La tienda ya no está contratando—aclaró.

Entonces, igual que la vez anterior, lo único que ella hizo fue mirarlo fijamente. Él dio un paso atrás y extendió la mano para coger un dorayaki de la caja. Lo envolvió para dárselo, quería suavizar la incomodidad del momento.

Como si hubiera adivinado lo que Sentaro estaba pensando, ella preguntó:

—¿El an también lo prepara usted?

—Bueno, eso es un asunto confidencial de la tienda —respondió él un poco nervioso. ¿Habría visto algo? Miró hacia atrás para comprobarlo. Sobre la encimera de la cocina, además del plato del konbini, había quedado el pote de plástico de an con la tapa abierta y una cuchara clavada. Para ocultar la encimera de la vista de Tokue, Sentaro se movió hacia el lado.

—El otro día probé un dorayaki de esta tienda, la tortita me pareció bien, pero la pasta an un poco…

—¿La pasta an?

—No se percibía nada de los sentimientos de la persona que la había preparado.

—¿De verdad? Suena raro… —Sentaro sabía que el an de su tienda jamás podría transmitir algo así, pero puso cara de sorpresa, como si ella le estuviera diciendo algo insólito.

—Parecía que le faltaba algo.

—El an es un asunto delicado. ¿Usted, señora Yoshii, lo ha preparado alguna vez?

—Desde siempre. Llevo cincuenta años preparando an.

A Sentaro casi se le cayó al suelo el pastel que estaba a punto de meter en la bolsa de papel.

—¿Cincuenta años?

—Sí, exactamente medio siglo. El an es una cuestión de alma, joven.

—Ah… así que de alma.

En el momento exacto en que le ofrecía el paquete con el dorayaki, Sentaro sintió que un viento repentino los envolvía.

—Disculpe, pero nuestra tienda no está contratando.

—¿De verdad?

—Lo siento mucho.

Ella volvió a mirarlo fijamente, enfocando desde un lado y del otro con los ojos desviados. Luego sacó de su cartera un monedero de tela.

—Cortesía de la casa.

—¿Qué dice?

Tokue fue colocando monedas de diez yenes sobre la barra que había al lado de la puerta de cristal. Todos sus dedos estaban un poco torcidos y el pulgar se doblaba hacia el dorso de la mano.

—Con ciento cuarenta yenes está bien, ¿no?

Agarraba las monedas con dificultad y le llevó un tiempo reunir la moneda de cien y las de diez.

—Una cosa más, joven.

—Diga.

—Por favor, pruebe esto.

De su cartera sacó un tupper redondo en una bolsa de plástico. Sentaro pudo ver a través de la bolsa que contenía una sustancia negra.

—¿Qué es esto?

Apenas Sentaro cogió el tupper, Tokue empezó a alejarse de la tienda

—¿Qué es esto? ¿An?

Se iba con el cuerpo encorvado mientras asentía con la cabeza. Después desapareció en la esquina.

3

Esa noche Sentaro fue a un restaurante delante de la estación que se especializaba en fideos soba. Pidió sake caliente, tempura y fideos. Mientras comía y tomaba sake pensaba en lo que había sucedido durante el día.

Por la tarde, después de que Tokue se marchara, Sentaro tiró el tupper a la basura. Sintió un poco de culpa pero quería terminar con el tema. Sin embargo, cada vez que levantaba la tapa del cubo aparecía el recipiente. Al final lo agarró y probó una cucharadita solo para calmar su conciencia. Un único bocado bastó para que exclamara con sorpresa. El an de Tokue era completamente diferente a cualquier cosa que hubiera probado. El aroma y el sabor azucarado resonaban en toda su boca. No se podía comparar con el que él compraba en potes de plástico.

“¿Así que cincuenta años…?”, pensó. Por un momento volvió a sentir ese sabor que tanto lo había sorprendido horas antes y se llevó a los labios la copita de sake. “Empezó a hacerlo antes de que yo naciera”.

Fijó la vista en el menú pegado a la pared del restaurante. Estaba hecho a mano por el dueño. Al ver esas letras escritas con pincel, el recuerdo de su madre volvió a él. “La anciana… ¿mi madre tendría la misma que ella?”.

Recordó a su madre, pequeña y con la espalda encorvada, mientras escribía con pincel en papeles de carta extendidos sobre una mesa. Sentaro solía frenar sus recuerdos en este punto. Había decidido no pensar ni en su madre, que había muerto hacía ya mucho, ni en su padre, de quien no sabía nada hacía diez años.

Pero esa noche no pudo detener sus recuerdos. Resurgieron una y otra vez momentos de la infancia en los que su madre le enseñaba a escribir.

Sentaro exhaló, el aliento le olía a alcohol. Cuando salió de la cárcel, su madre ya había muerto. “Uno nunca sabe qué le depara el futuro”, pensó. Al final, nunca llegó a convertirse en escritor como le hubiese gustado. Jamás habría imaginado que durante años, estaría día tras día de pie frente a la plancha de hierro de los dorayaki.

Sentaro vertió sake en su copita y se lo tomó de un solo trago, como si quisiera limpiar el sabor amargo que se le había acumulado en la boca.

La madre que guardaba en su memoria…

La que hablaba de manera suave pero con una especie de ansiedad que no podía controlar. La que discutía ruidosamente con su padre, la que lloraba y gritaba cuando se peleaba con sus familiares. Cuando Sentaro era niño, estos exabruptos le daban miedo. A su madre le encantaba comer cosas dulces, si había manyu o un pastel se ponía de buen humor. En esos momentos, Sentaro se sentía tranquilo y pensaba: qué bien estaría que siempre hubiera dulces sobre la mesa. Le encantaba cuando ella le decía “Qué rico, querido Sen” con una sonrisa.

Pensó de nuevo en el an tan delicioso de Yoshii Tokue. Trató de imaginar qué cara pondría su madre al probarlo si todavía viviera. ¿Qué diría?

Un pensamiento llevó a otro. Quizás hubiera más personas a quienes les encantaría la pasta de Tokue. Además, solo le costaría doscientos yenes la hora. ¿Lo habría dicho en serio? Si con eso se conformaba… ¿qué tal si le pedía que lo ayudara un poco?

Sentaro pensó durante un rato en esta posibilidad. No había pegado el cartel ofreciendo un trabajo porque necesitara ayuda en la tienda. Simplemente quería tener un poco de compañía, los dorayakis no eran buenos conversadores. ¿La anciana realmente se conformaría con doscientos yenes?

En su cabeza, nublada por el alcohol, movía las fichas de un ábaco. Si aceptaba la cifra que Yoshii Tokue había propuesto, sería casi como tener una empleada de forma gratuita. Además, tendría esa pasta deliciosa, las ventas incluso podrían aumentar. Si así fuera, terminaría de pagar sus deudas y llegaría finalmente el día de su liberación.

Pero... —Sentaro detuvo en el aire la mano que sostenía la copita de sake— no podía evitar sentirse incómodo respecto a sus dedos torcidos. Aparecieron de nuevo en su mente. A los clientes probablemente les llamarían la atención tanto como a él.

Entonces tuvo una idea. ¿Y si le pedía que se ocupara solo de preparar la pasta an? Con eso sería suficiente. Mientras tanto él podría aprender los secretos de la preparación. Además, seguro que ella se cansaría y abandonaría pronto.

“No será necesario que aparezca ante los clientes”, pensó. El propietario de la tienda de fideos, que estaba hablando con alguien, se dio la vuelta. Lo miró entrecerrando los ojos como si estuviera adivinando algo recóndito. Sentaro se encogió de hombros:

—Más sake, por favor —dijo y alzó su botellita.

4

Varios días después, Sentaro levantó los ojos de la plancha de hierro y vio, una vez más, a la anciana con el sombrero blanco de pie debajo del sakura. Miraba hacia la tienda y sonreía.

—Buenas tardes —esta vez Sentaro habló primero.

Ella sonrió mostrando los dientes y se acercó con paso desgarbado, balanceándose de una lado al otro.

—¡Cómo se han caído los pétalos de la flores!

—Tiene razón —respondió Sentaro y alzó la vista al sakura.

—Es el momento oportuno para contemplar las hojas.

—¿Contemplar las hojas?

—Sí, es cuando están en todo su esplendor. Mire hacia allá.

Sentaro dirigió la vista hacia donde señalaba el dedo de la anciana. En las ramas, las hojas nuevas se balanceaban de un lado al otro.

—Todas nos saludan agitando sus manos.

Sentaro logró ver algo de lo que ella describía: las hojas superpuestas parecían niños cogidos de la mano que se movían con oscilaciones. Murmuró algo vago como para expresar su acuerdo y se puso un poco más serio.

—Señora Tokue.

—Dígame.

—La pasta an que me dio estaba deliciosa.

—Ah, así que la probó.

—Sí. Y, si le parece bien, ¿vendría a ayudarme? —dijo él. Tokue pareció confundida—. ¿Podría prepararla aquí? —insistió.

—Sí, claro. ¿Seguro? —preguntó ella y lo miró con la boca entreabierta.

—Con que prepare el an es suficiente. No hace falta que atienda a los clientes.

—¿No?

Ella le sostuvo la mirada y se hizo un silencio incómodo hasta que Sentaro la invitó al otro lado del mostrador y le ofreció una silla. Tokue entró, se sentó y se quitó el sombrero. Se podía ver la piel de su cabeza porque tenía muy poco pelo.

—¿No tendrá problemas para mover la olla? Pesa bastante. Para preparar an hace falta fuerza física.

—De la olla se puede ocupar usted, joven.

—Bueno, veremos —dijo Sentaro un poco distraído, mientras miraba las manos de Tokue. Ella las tenía entrelazadas de tal manera que no se notaba que sus dedos estaban torcidos.

—¿Puede agarrar las cucharas de madera?

—Sí.

—Disculpe la impertinencia pero, ¿qué pasó con sus manos?

—Ah, se refiere a esto —ella apretó las manos con fuerza—. Me puse enferma cuando era joven, me quedaron algunas secuelas. Creo que no son un problema pero todo depende de quién las mire.

—Por eso, bastará con que se ocupe de preparar la pasta an.

—Lo cierto es que puedo trabajar aquí, ¿no? —Tokue lo miró y rio. Al hacerlo, la mejilla izquierda se crispó. Era como si su cara escondiera una lámina dura debajo de la piel. Sentaro se preguntó si por ese motivo los ojos parecían tener formas distintas.

—Otra cosa… ¿Cómo se llama usted, joven?

Esta vez las preguntas eran para Sentaro.

—Me llamo Tsuji Sentaro.

—¿Tsuji Sentaro? Qué nombre tan bonito. Podría ser el nombre de un actor.

—No, para nada. Yo...

Ella le pidió que lo escribiera así que Sentaro cogió una libreta.

—Así que usted, joven, es el señor Tsuji, ¿o mejor lo llamo encargado?

—Me da lo mismo. Sentaro está bien.

—Si es así… encargado. ¿La pasta an de este lugar la cocina usted?

—Bueno, la verdad es que…

A Sentaro se le atragantaron las palabras, sintió como si de golpe alguien lo hubiera agarrado del cuello.

—Bueno, para ser honesto… si la hiciera yo no saldría bien. A veces me sale con olor a quemado.

—Claro, claro —dijo ella y, con expresión de haber comprendido perfectamente las circunstancias, miró la olla y la cocina de gas.

Sentaro le ofreció un té.

—¿Dónde trabajó durante cincuenta años? ¿En alguna pastelería?

—Bueno, yo…

—¿En su casa?

A Sentaro no le importaba esta información. A decir verdad, le daba lo mismo que esta anciana se llamara Yoshii o Kichida. Lo único que quería era que le preparara una pasta an de calidad, que las ventas aumentaran, pagar sus deudas y poder irse de la tienda. Estas eran las cosas en las que pensaba y no tenía ganas de que le preguntara sobre cuestiones personales o del pasado. Por su parte, Tokue tampoco daba demasiada información sobre su vida.

—Uy, yo viví tantas cosas... si me pusiera a contar no terminaría más.

—Claro, entiendo.

—¿Usted es además el dueño de la tienda?

—No, lo mío es algo así como un trabajo en teoría temporal pero que se ha ido alargando.

—¿Es decir que la tienda tiene un dueño?

—Mi antiguo jefe fundó esta tienda pero ahora su esposa es la propietaria.

—Entonces usted no tiene tanta responsabilidad.

—No es tan así.

—¿Es necesario que me presente a esa señora?

—Bueno, ella está enferma y viene más o menos una vez a la semana. Ya tendremos ocasión.

Sentaro notó cierto alivio en la cara de Tokue.

—¿Y qué pasó con su antiguo jefe?

—Falleció.

—Ah, ya veo.

Para que dejara de hacer preguntas, Sentaro le entregó una libreta y un lápiz.

—Bueno, señora Yoshii… por favor, escriba aquí su nombre completo, su dirección y teléfono de contacto.

Tokue bajó la vista hacia la libreta, y en ese momento pareció encogerse y endurecerse.

—Es que con estos dedos… —dijo titubeante.

Sentaro, incómodo, tuvo ganas de cerrar los ojos. Pero después de unos instantes ella cogió el lápiz y escribió con esmero. Él reconoció la misma caligrafía en tinta azul que le había mostrado antes, tenía un rasgo muy particular. Tokue tardó un buen rato en terminar de escribir todo.

—¿Su número de teléfono? ¿No tiene un teléfono móvil?

—Es que no uso teléfono. Prefiero las cartas.

—Es que…

—No tiene por qué preocuparse, nunca llegaré tarde. Me levanto antes que los pájaros.

—Pero en caso de que...

En la libreta Tokue había escrito el nombre de una localidad alejada de la ciudad. Lo había hecho con mucha presión y el papel de debajo había quedado marcado. Sentaro tuvo una sensación rara al ver la dirección pero no pudo determinar de dónde venía.

5

Pasó un minuto más. Sentaro estaba acostado con las dos manos sobre el futón, mirando el cielorraso oscuro. El whisky que había tomado antes de estirarse no lo había ayudado a conciliar el sueño.

Giró el cuello y estiró la mano hasta el despertador que estaba en la cabecera para tocar el botón de la alarma y asegurarse de que estaba puesta. A la mañana siguiente Yoshii Tokue empezaba a trabajar en la tienda. Habían acordado que fuera en días alternos a preparar an. Él no podía llegar tarde así que se había acostado mucho más temprano que de costumbre.

¿Quién era realmente esa anciana?

Le había pedido que solo hiciera el an pero aun así Sentaro, por algún motivo, se sentía inquieto. A veces, Yoshii Tokue decía cosas fuera de lugar, inoportunas. Se podría pensar que era porque no escuchaba bien, pero a Sentaro le parecía que esa no era la verdadera razón. Era ingeniosa y sonreía con ternura pero, por momentos, sus ojos tenían un brillo muy particular. Además, a veces lo miraba de manera desafiante.

Cuando ella terminó de escribir su dirección, Sentaro le contó cómo trabajaban en la tienda. Le explicó que él siempre había comprado el an y que empezaba a cocinar dos horas antes de abrir.

—¿Por qué? —dijo ella con cierta brusquedad—. Si quiere usar un an recién hecho hay que empezar antes de que salga el sol.

—Es que estoy acostumbrado a pedir por teléfono que lo traigan.

—¿Cómo se atreve? El an es el alma de un dorayaki, encargado.

—Bueno, sí, por eso le pedí a usted que se ocupara de eso.

—Si fuera un cliente, ¿haría cola para comer un dorayaki de esta tienda?

—La verdad es que no.

Ella le terminó dando un sermón y Sentaro no supo qué responder. Finalmente decidieron que iban a seguir las indicaciones de Tokue. Él terminó cediendo: iban a empezar a preparar todo a las seis de la mañana. Tenía que estar en la cocina a esa hora para empezar a hervir las judías azuki. Tokue llegaría unos minutos más tarde para ayudarlo.

Insomne, Sentaro suspiró fastidiado por el plan que habían hecho para el día siguiente. Durante cuatro años él había trabajado en Doraharu cada día. Sin embargo, era la primera vez que se iba a despertar tan temprano para empezar a cocinar.

¿Por qué había terminado aceptando a esa anciana?, se preguntó. ¿Había cometido un error? Resultó ser alguien muy distinto a lo que él se había imaginado al principio: era alguien mucho más demandante. Sentaro estaba harto incluso antes de haber empezado.

Había una razón más para sus suspiros y su insomnio. ¿Cómo le iba a informar sobre todo esto a la dueña de la tienda? Estaba en problemas.

Desde que murió su antiguo jefe, el estado de salud de la viuda se había deteriorado. Cuando iba a la tienda a revisar el libro de contabilidad o por alguna otra razón, entraba con una expresión hostil. Tenía el azúcar alto así que ya no probaba los dorayakis. Siempre había sido bastante obsesiva pero ahora estaba más pesada que nunca con las condiciones de higiene y su mantenimiento. Muchas veces regañaba a Sentaro con severidad por su modo de limpiar.

Una vez Sentaro había contratado a un estudiante sin consultar a la dueña. Ella había sido muy sarcástica en relación al chico y, cuando alguien le avisó de que lo había visto fumando en el fondo de la tienda, se puso furiosa. Llamó por teléfono a Sentaro, le gritó y lo mortificó preguntándole qué haría si la tienda empezaba a tener ese olor. Le advirtió que la próxima vez que quisiera contratar a alguien ella estaría presente en la entrevista.

Quizá sería mejor no contarle nada sobre Yoshii Tokue, al menos por un tiempo. Lo decidió mientras daba vueltas en su cama. Además, ni siquiera sabía si iba a ser capaz de trabajar con esas manos.

Con la vista fija en el techo, chasqueó la lengua. Pensó en los rostros de las estudiantes de colegio secundario que habían hecho de la tienda su lugar de encuentro habitual. Venían en grupo, ocupaban los únicos cinco asientos del mostrador y alborotaban todo el ambiente. Además, dejaban desperdigados restos de comida por todos lados. Unos días antes, una de ellas se quejó porque algunos pétalos de sakura habían caído dentro de la masa de la tortita. La mayoría de los clientes pedía para llevar así que la puerta de cristal de Doraharu solía estar abierta de par en par. Durante la estación de los cerezos algunos pétalos pasaban a través de la puerta y terminaban en las tortitas. Sentaro pidió disculpas y le ofreció a la jovencita un dorayaki nuevo. Pero sus amigas aprovecharon y empezaron a reclamar pasteles diciendo que los suyos también tenían pétalos. Incluso una de ellas sacó su teléfono para avisar a sus amigos que había dorayakis gratis.

¿Qué dirían esas muchachas al ver los dedos de la anciana? ¿Y cómo reaccionaría la anciana ante la efervescencia de las jovencitas?

La mente de Sentaro seguía rumiando mientras él daba vueltas en la cama.

“Y esas chicas, diciendo que habían caído pétalos… ¿qué se creen?”. Sentaro dio un golpe sordo al futón y, una vez más, estiró la mano hacia el despertador.