Durango - José de la Cruz Pacheco Rojas - E-Book
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Beschreibung

Recuento del proceso histórico que conformó al estado de Durango que abarca desde los días prehispánicos hasta los acontecimientos más actuales. Las circunstancias hacen que ciertos estados ocupen un sitio especial en el devenir de cada uno de los países. Si en el siglo XX, Sonora, Chihuahua y Coahuila opacaron a Durango, en los primeros tiempos de la Colonia ocupó un puesto central y a partir de entonces se desarrolló ampliamente, consolidando su identidad cultural, social, económica y política y siendo uno de los más relevantes actores en la vida nacional de México.

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Seitenzahl: 344

Veröffentlichungsjahr: 2012

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JOSÉ DE LA CRUZ PACHECO ROJAS. Doctor en historia por El Colegio de México. Es investigador en la Universidad Juárez del Estado de Durango y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. En 2009 fue distinguido con el Premio Estatal de Ciencia, Tecnología e Innovación 2009, que otorga el Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Durango (Cocyted). Es autor de varios libros y ensayos sobre la historia social del norte novohispano, entre las que se pueden citar El Colegio de Guadiana de los jesuitas, 1596-1767 (2004); Milenarismo tepehuán. Mesianismo y resistencia en el norte novohispano (2008); coautor de Los obispados de México frente a la Reforma liberal, coordinado por Jaime Olveda (2007) y, en coautoría con otros colegas, La religión y los jesuitas en el noroeste novohispano, vol. II (2007).

SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA

Fideicomiso Historia de las Américas

Serie HISTORIAS BREVES

Dirección académica editorial: ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ

Coordinación editorial: YOVANA CELAYA NÁNDEZ

DURANGO

JOSÉ DE LA CRUZ PACHECO ROJAS    

Durango

HISTORIA BREVE

EL COLEGIO DE MÉXICO FIDEICOMISO HISTORIA DE LAS AMÉRICAS FONDO  DE  CULTURA  ECONÓMICA

Primera edición, 2010 Segunda edición, 2011    Primera reimpresión, 2012 Primera edición electrónica, 2016

Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar

D. R. © 2010, Fideicomiso Historia de las Américas D. R. © 2010, El Colegio de México Camino al Ajusco, 20; 10740 Ciudad de México

D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México

Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-4039-0 (ePub)

Hecho en México - Made in Mexico

PREÁMBULO

LAS HISTORIAS BREVES de la República Mexicana representan un esfuerzo colectivo de colegas y amigos. Hace unos años nos propusimos exponer, por orden temático y cronológico, los grandes momentos de la historia de cada entidad; explicar su geografía y su historia: el mundo prehispánico, el colonial, los siglos XIX y XX y aun el primer decenio del siglo XXI. Se realizó una investigación iconográfica amplia —que acompaña cada libro— y se hizo hincapié en destacar los rasgos que identifican a los distintos territorios que componen la actual República. Pero ¿cómo explicar el hecho de que a través del tiempo se mantuviera unido lo que fue Mesoamérica, el reino de la Nueva España y el actual México como república soberana?

El elemento esencial que caracteriza a las 31 entidades federativas es el cimiento mesoamericano, una trama en la que destacan ciertos elementos, por ejemplo, una particular capacidad para ordenar los territorios y las sociedades, o el papel de las ciudades como goznes del mundo mesoamericano. Teotihuacan fue sin duda el centro gravitacional, sin que esto signifique que restemos importancia al papel y a la autonomía de ciudades tan extremas como Paquimé, al norte; Tikal y Calakmul, al sureste; Cacaxtla y Tajín, en el oriente, y el reino purépecha michoacano en el occidente: ciudades extremas que se interconectan con otras intermedias igualmente importantes. Ciencia, religión, conocimientos, bienes de intercambio fluyeron a lo largo y ancho de Mesoamérica mediante redes de ciudades.

Cuando los conquistadores españoles llegaron, la trama social y política india era vigorosa; sólo así se explica el establecimiento de alianzas entre algunos señores indios y los invasores. Estas alianzas y los derechos que esos señoríos indios obtuvieron de la Corona española dieron vida a una de las experiencias históricas más complejas: un Nuevo Mundo, ni español ni indio, sino propiamente mexicano. El matrimonio entre indios, españoles, criollos y africanos generó un México con modulaciones interétnicas regionales, que perduran hasta hoy y que se fortalecen y expanden de México a Estados Unidos y aun hasta Alaska.

Usos y costumbres indios se entreveran con tres siglos de Colonia, diferenciados según los territorios; todo ello le da características específicas a cada región mexicana. Hasta el día de hoy pervive una cultura mestiza compuesta por ritos, cultura, alimentos, santoral, música, instrumentos, vestimenta, habitación, concepciones y modos de ser que son el resultado de la mezcla de dos culturas totalmente diferentes. Las modalidades de lo mexicano, sus variantes, ocurren en buena medida por las distancias y formas sociales que se adecuan y adaptan a las condiciones y necesidades de cada región.

Las ciudades, tanto en el periodo prehispánico y colonial como en el presente mexicano, son los nodos organizadores de la vida social, y entre ellas destaca de manera primordial, por haber desempeñado siempre una centralidad particular nunca cedida, la primigenia Tenochtitlan, la noble y soberana Ciudad de México, cabeza de ciudades. Esta centralidad explica en gran parte el que fuera reconocida por todas las cabeceras regionales como la capital del naciente Estado soberano en 1821. Conocer cómo se desenvolvieron las provincias es fundamental para comprender cómo se superaron retos y desafíos y convergieron 31 entidades para conformar el Estado federal de 1824.

El éxito de mantener unidas las antiguas provincias de la Nueva España fue un logro mayor, y se obtuvo gracias a que la representación política de cada territorio aceptó y respetó la diversidad regional al unirse bajo una forma nueva de organización: la federal, que exigió ajustes y reformas hasta su triunfo durante la República Restaurada, en 1867.

La segunda mitad del siglo XIX marca la nueva relación entre la federación y los estados, que se afirma mediante la Constitución de 1857 y políticas manifiestas en una gran obra pública y social, con una especial atención a la educación y a la extensión de la justicia federal a lo largo del territorio nacional. Durante los siglos XIX y XX se da una gran interacción entre los estados y la federación; se interiorizan las experiencias vividas, la idea de nación mexicana, de defensa de su soberanía, de la universalidad de los derechos políticos y, con la Constitución de 1917, la extensión de los derechos sociales a todos los habitantes de la República.

En el curso de estos dos últimos siglos nos hemos sentido mexicanos, y hemos preservado igualmente nuestra identidad estatal; ésta nos ha permitido defendernos y moderar las arbitrariedades del excesivo poder que eventualmente pudiera ejercer el gobierno federal.

Mi agradecimiento a la Secretaría de Educación Pública, por el apoyo recibido para la realización de esta obra. A Joaquín Díez-Canedo, Consuelo Sáizar, Miguel de la Madrid y a todo el equipo de esa gran editorial que es el Fondo de Cultura Económica. Quiero agradecer y reconocer también la valiosa ayuda en materia iconográfica de Rosa Casanova y, en particular, el incesante y entusiasta apoyo de Yovana Celaya, Laura Villanueva, Miriam Teodoro González y Alejandra García. Mi institución, El Colegio de México, y su presidente, Javier Garciadiego, han sido soportes fundamentales.

Sólo falta la aceptación del público lector, en quien espero infundir una mayor comprensión del México que hoy vivimos, para que pueda apreciar los logros alcanzados en más de cinco siglos de historia.

ALICIA HERNÁNDEZ CHÁVEZ

Presidenta y fundadora delFideicomiso Historia de las Américas

 

A Rebeca, Silvana y José Pablo,con gratitud y mucho cariño

 

I. EL ESCENARIO NATURAL

EL ESTADO DE DURANGO SE LOCALIZA en la zona norte del país, en la Sierra Madre Occidental y la región oriental de la Mesa Central del Norte. Limita al norte con Chihuahua, al oeste con Sinaloa, al este y noreste con Coahuila, al sureste con Zacatecas y al sur con Nayarit. Tiene una superficie de 123 520 km2, 6% del territorio nacional, lo que lo hace el cuarto estado más grande de la República Mexicana. Su jurisdicción es resultado del desarrollo histórico de la antigua provincia de la Nueva Vizcaya, que comprendía los estados del noroeste, Chihuahua y parte de Coahuila.

Una de las características de Durango es su diversidad geográfica. Ésta define, en gran medida, las actividades económicas que se desarrollan actualmente y que provienen, algunas, del periodo colonial, como son la minería, la agricultura y la ganadería. De la misma manera, lo geográfico influye significativamente en la definición de las peculiaridades y diferencias de sus habitantes. Hablar de Durango es, pues, referirse a un territorio heterogéneo donde el carácter y las formas de ser, las identidades culturales, dependen con mucho del espacio específico en que viven los duranguenses y de los nexos que establecen con los vecinos de los estados colindantes. La geografía de Durango está definida en cuatro grandes áreas: las Sierras, las Quebradas, los Valles y el Semidesierto.

LA SIERRA MADRE

La principal cordillera de montañas del estado es la Sierra Madre Occidental, que se extiende a lo largo de todo nuestro territorio hasta internarse en Estados Unidos, paralela a la costa del Océano Pacífico. En la región duranguense, la Sierra Madre forma un cuerpo unido y compacto, con un solo eje orográfico, que corre de sudeste a noroeste, y alcanza una altitud media de 2 600 metros sobre el nivel del mar (msnm). Algunos de sus picos se alzan a 3 000 y hasta 3 200 msnm; destacan los cerros de Chorreras y de Flechas en el norte; el Cerro Prieto y el Huehuento en la parte central, y el Cerro Gordo en el sur. Además, en el centro de la sierra se encuentran grandes mesetas y llanuras de considerable extensión, como las de El Salto, a 2 550 m de elevación, y la de La Ciudad, así como los Llanos de Otinapa, a 2 400 msnm, y los del Maguey en la cuenca del Río Papasquiaro. El clima es frío, con abundantes lluvias en el verano y nevadas en el invierno.

La Sierra de Durango es aún hoy la más rica del país en recursos forestales. De ella se extrae la mayor cantidad de madera de pino para el consumo nacional. Además de este árbol de zona fría, del cual existen tres especies, hay pinabete, táscate, cedro, encino, madroño y manzanilla, así como gran variedad de plantas comestibles. La fauna es abundante; entre las principales especies destacan el venado cola blanca, el lobo mexicano, el coyote, el tachalote amarillo, el ardillón, el armadillo, el guajolote, el águila, la zorra, el pitorreal, el gato montés, la trucha y una enorme variedad de aves.

LAS QUEBRADAS

El flanco occidental de la Sierra Madre, que desciende hacia Sinaloa, se conoce como zona de las Quebradas. Está delimitado por la naturaleza abrupta de las profundas cañadas y los altos acantilados que se elevan desde 200 msnm hasta las mesetas y montañas de la parte alta, a una altitud promedio de 2 000 msnm.

Por los cañones bajan las aguas que se precipitan de las nubes formadas en las costas del Océano Pacífico y que van a chocar en la parte alta de la sierra. En su milenario descenso hacia el mar han formado las bellísimas quebradas de Hueyapan, por donde cursa el Río Tahuehueto con sus afluentes, el Río de las Vueltas y el Río del Valle de Topia, que en su entrada al estado de Sinaloa forman el Río Tamazula, para unirse luego con el Humaya frente a la ciudad de Culiacán; el Río los Remedios recibe como afluentes principales las quebradas de San Gregorio y de San Juan de Camarones, y penetra en el estado vecino con el nombre de Río San Lorenzo; la pequeña Quebrada de Viborillas forma en Sinaloa el Río Elota; la abrupta Quebrada de Piaxtla, que recibe las aguas del municipio de San Dimas, lleva sus corrientes hacia el mar con el mismo nombre; la profundísima Quebrada de Ventanas recibe las aguas de la parte central de la sierra, por donde cruza la carretera a Mazatlán, y en el estado vecino se le conoce con el nombre de Río Presidio; la Quebrada de Baluarte forma el límite natural entre Sinaloa y Durango y tiene como afluente principal la Quebrada Honda; la Quebrada de San Diego, formada por las corrientes de San Bartolo y de Espíritu Santo, da origen al Río Acaponeta, en Nayarit; el Cañón del Mezquital conduce las aguas del río del mismo nombre para unirse al caudaloso Santiago, también en Nayarit.

La región de las Quebradas es una de las más bellas del estado; ahí se encuentra el Espinazo del Diablo, por donde cruza la carretera Durango-Mazatlán. Con abundantes lluvias en primavera y verano, su clima es semitropical húmedo, con temperaturas altas, pero uniformes durante el resto del año. Los frutos de la zona incluyen zapote, guayabo, ciruelo, aguacate, guamúchil y pitahayo. La fauna también es rica: hay puma, nutria, jabalí, armadillo y varias especies más. La mayor riqueza de las Quebradas son sus yacimientos de metales preciosos, como el oro y la plata.

EL SISTEMA SERRANO INTERIOR

El territorio de Durango constituye una región predominantemente montañosa. La Sierra Madre, con sus ramales y contrafuertes, ocupa la mitad de la superficie del estado. Las cordilleras que se elevan en otras regiones abarcan también una gran extensión, de tal forma que las llanuras y los valles menos elevados constituyen apenas la quinta parte del territorio duranguense. Ello significa que las tierras para uso agrícola escasean. Dicho sistema serrano está formado, en el norte, por las sierras de Canoas y de la Candela, ramificaciones de la Sierra Madre, limitada la primera por el Valle del Río de El Zape y la segunda por el Río Tepehuanes, ambos afluentes del Nazas. Al noroeste de la ciudad de Durango se desprenden de la Sierra Madre las sierras de Cacaria y de La Magdalena, de donde surge el valle del Río de Santiago Papasquiaro. Al sur de la capital se encuentran la Cordillera del Registro, ramal de la Sierra Madre, que separa al Valle de Guadiana de las Llanuras de Nombre de Dios, y la Sierra de Michis, al sur de este valle, que en su porción oriental limita con el estado de Zacatecas.

Están también las cordilleras de las zonas orientales. Éstas son un complejo sistema serrano que forma el relieve de la zona de los Valles y de la región semiárida. La mayoría de ellas están orientadas de sureste a noroeste, como la gran cordillera de la Sierra Madre. En el norte se encuentra la Sierra del Oso, que linda por el oriente con los valles de los ríos Florido y El Oro, y la Sierra de Guajolotes, paralela a aquélla, que encierra entre el este y el oeste la Llanura de Canutillo. En la misma región, al sur, tenemos las cuchillas de La Zarca, que limitan con la ribera del Río Nazas. En la parte meridional se localizan las cordilleras de San Francisco y Coneto, donde se encuentran los valles de Guatimapé al suroeste y de Coneto al norte; la Sierra de La Silla, en la que destaca el Picacho de San Jacinto, limita con la Llanura de Cacaria y une el cordón neovolcánico conocido como Malpaís y La Breña, que corre desde ese punto hasta Nombre de Dios, donde abundan los manantiales. Dichas sierras forman el frente noroccidental del Valle de San Juan del Río, y hacia el oriente aparece la Sierra de Gamón, con elevadas cumbres como la de Los Altares, que linda al sur con los Llanos de Tapona. Al sur y paralela a La Breña sigue la Sierra de Santa María, que se une a la de Sacrificios o del Papantón, la cual limita con el estado de Zacatecas.

Al oriente, en la parte media de Durango, en la zona de los Valles, se levanta la Sierra de Yerbanís, donde se encuentra el hermoso Cerro Blanco, una de las montañas más notables del estado. Al sur de dicha formación, entre los llanos de La Purísima y de La Estanzuela, se encuentran las sierras de Temazcal y del Pedernal. En la región noreste del estado, entre Cuencamé y Mapimí, se localizan las sierras de Palotes y San Lorenzo, esta última rica en minerales; al norte, las de Atotonilco, de la Cadena, de la Muerte y de Peñoles, que limita al oriente con la meseta de La Zarca. En Mapimí, las sierras de Vinagrillos y las cordilleras del Rosario, donde se encuentran las extraordinarias grutas del mismo nombre, y el Sarnoso o de Mapimí, donde destaca el Cerro de la Bufa, rico en minerales, que semeja una enorme cara humana yaciente. En el extremo oriental, en San Juan de Guadalupe, se encuentra la Sierra de Ramírez, que guarda importantes yacimientos minerales.

LOS VALLES

La región de los Valles corre de sur a norte, paralela a la Sierra Madre, y se encuentra limitada por el conjunto de serranías de la Mesa Central del Norte, a una altitud media de entre 1 500 y 2 000 msnm. En la porción septentrional se hallan las llanuras de San Bernardo y Canutillo. Al noreste, la extraordinaria meseta de La Zarca, cubierta por abundantes pastizales, se extiende al oriente hasta unirse al Bolsón de Mapimí. En la parte central del estado se localiza el Valle de Guatimapé, donde se ubica la casi extinta Laguna de Santiaguillo, hasta hace poco refugio de aves migratorias procedentes de Estados Unidos en invierno, y donde se han desarrollado prósperos asentamientos agrícolas y establecido colonias menonitas; al sur de este valle se encuentran el fertilísimo Valle de Cacaria, irrigado por las aguas del Río La Sauceda, donde se asienta la ciudad de Canatlán, famosa por las deliciosas manzanas que produce; más al sur, ese valle se une al de Guadiana, donde se encuentran la capital del estado y diversos pueblos y ranchos agrícolas y ganaderos que aprovechan las aguas del Río Tunal, que distribuye la presa Guadalupe Victoria por medio de canales de irrigación. Al oriente se extiende la inmensa llanura de Tapona, la mayor productora de frijol en el estado, y al sureste, las llanuras de Poanas y Nombre de Dios, que aprovechan las corrientes de los manantiales de Malpaís, de los ríos Nombre de Dios y Graceros y de la presa Francisco Villa, y que en otros tiempos fueron de los graneros más importantes del norte.

Por lo que hace al clima, éste es verdaderamente agradable: ni muy frío ni muy caliente, pues oscila entre 17°C de temperatura mínima en invierno y 30°C de temperatura máxima en verano, excepto cuando se extienden las heladas y nevadas a esas zonas en invierno o se eleva el calor en primavera-verano. Fuertes vientos y tolvaneras resultan molestos a finales del invierno y principios de la primavera; las lluvias, aunque escasas, resultan suficientes para mantener vivas la flora y la fauna predominantes, así como para producir los granos necesarios para el consumo humano y el forraje para el ganado. El mezquite, el huizache, el nopal duraznillo, zacate de tres variedades y otras plantas dominan el escenario de los valles; se cultivan las huertas frutales, como las de nogal, higo, durazno, membrillo, moras y parras; el sabino, el álamo y el sauz son compañeros de los ríos y de los ojos de agua. Coyotes, liebres, conejos, zorras, víboras de cascabel, berrendos y diversas aves habitan en dicha zona y en las serranías bajas.

EL SEMIDESIERTO

La región semiárida la constituye la franja noreste; colinda al sur con Zacatecas, al oriente con Coahuila y al norte con Chihuahua. Posee un clima extremoso, de tipo continental, caracterizado por extrema sequedad en la atmósfera y grandes diferencias en las temperaturas; en verano, el termómetro alcanza los 40°C, y el invierno es frío, con posibilidades de aguanieves y remotas nevadas. La escasez de lluvias impide el desarrollo de la vegetación, por lo que predominan las condiciones biológicas de las estepas y regiones desérticas calientes, cuya flora característica son plantas espinosas y carnosas. En las montañas abundan los agaves de lechuguilla y sotol, y varias especies de yucas; en los lomeríos el ocotillo, la candelilla y el guayule, todas plantas de gran importancia industrial, y en las partes bajas la gobernadora, el gatuño y la hoja-sen, además de gran variedad de cactáceas. La planicie de La Laguna está cubierta por una variedad de mezquite llamado “chaparro” por su poca altura. La fauna es escasa; la víbora de cascabel, el cenzontle y el correcaminos son las especies más generalizadas en la zona. En el Bolsón de Mapimí habitaba el venado bura, el animal más grande y corpulento del estado, liebres, manadas de perros de las praderas y una especie de tortugas terrestres de gran tamaño que aún existe. La agricultura de temporal es casi imposible debido a la falta de lluvias; en cambio, la de irrigación ha sido muy exitosa en las riberas bajas de los ríos Nazas y Aguanaval, y en La Laguna. Finalmente, debemos destacar que la zona semiárida es rica en yacimientos minerales.

SISTEMA HIDROLÓGICO

Como ya se dijo, la Sierra Madre y la región de las Quebradas son las zonas del estado que reciben el mayor volumen de agua durante el periodo de lluvias en primavera y verano, así como del aguanieve y las nevadas que a veces ocurren en las partes altas de la sierra en invierno. Dichas aguas descienden hacia la vertiente del Pacífico y la de oriente, formando una serie de ríos que benefician a ambos lados de la sierra. Así, todos los ríos que se originan en las Quebradas, ya mencionados, irrigan las tierras sinaloenses, pero dejan realmente poco provecho en Durango, debido a que la estrechez de los cañones no permite la práctica de la agricultura ni otro tipo de utilización económica. Otro tanto ocurre con los ríos de la vertiente oriental, donde se forman el Río Florido, en el norte del estado, cuyas aguas, en un breve recorrido por el municipio de Villa Ocampo, son aprovechadas en el Valle de Canutillo, pero luego se interna en el estado de Chihuahua y se une al Río Conchos; los ríos Tepehuanes y Santiago Papasquiaro, afluentes del Ramos, que junto con el Sextín forma el gran Río Nazas, cuyas aguas alimentan la Comarca Lagunera; el Río Tunal sólo es aprovechado en ranchos y haciendas a su paso por el Valle de Guadiana, donde se le unen las corrientes del Río Sauceda; después se interna en el Cañón del Mezquital, donde se juntan los afluentes de los ríos Nombre de Dios y Graceros. El Río Aguanaval, que nace en sierras zacatecanas, corre por territorio duranguense beneficiando a los municipios de San Juan de Guadalupe, Simón Bolívar y Lerdo, en la región del Semidesierto.

 

MAPA I.1. Regiones naturales

Ante la escasez de aguas corrientes que puedan ser aprovechadas con fines productivos, así como por las pocas lluvias que caen en las zonas de los Valles y el Semidesierto, fue necesario construir un sistema de presas para retenerlas y poder regular su uso. La mayoría de estas presas fueron erigidas al pie del flanco oriental de la Sierra Madre, en la zona de los Valles, y entre ellas destacan por su importancia las de San Gabriel, Caborca, Peña del Águila y Santiago Bayacora; otras presas, como la Francisco Villa y Santa Elena, reciben las aguas que caen en la Sierra de Santa María; la presa Lázaro Cárdenas o del Palmito, construida en el Río Nazas, todavía en la Sierra Madre, es la más grande de todas y descarga sus aguas a la Comarca Lagunera, donde se embalsan en la presa Francisco Zarco.

El sistema de represas permitió el establecimiento de distritos de riego para la producción de alimentos en la zona de los Valles, aunque sólo ha resultado beneficiada una pequeña parte de la población y la región de La Laguna. Un conjunto de lagunas, otrora bellos depósitos acuíferos naturales donde abundaban peces, patos, garzas, grullas y otras aves, como la de Santiaguillo y la de Guatimapé, se encuentran en proceso de desecación debido a las prolongadas sequías que han azotado a la región de los Valles en las últimas décadas.

COMUNICACIONES

Los medios de comunicación han sido factor decisivo en el desarrollo de las actividades económicas, en el intercambio comercial y humano y ante todo en la relación del estado de Durango con el resto del país, lo que ha determinado su integración o aislamiento. La geografía y los procesos de desarrollo económico, tanto de los estados vecinos como de la frontera del norte en el siglo XX, han influido en el lento crecimiento de las vías de comunicación en la entidad.

En efecto, desde la época prehispánica la Sierra Madre ha sido una barrera natural muy difícil de salvar, aunque no imposible. Se sabe que los pobladores nativos de la costa del Pacífico mantenían una comunicación más o menos fluida con sus vecinos del Altiplano Central del norte siguiendo el cauce de los ríos de las cañadas, y que durante el periodo colonial esos mismos senderos fueron reutilizados por hombres y animales. A mediados del siglo XIX se construyó el camino Durango-Mazatlán, el cual sería ampliado y modificado para convertirlo en moderna carretera en la década de 1960, como tramo de la Matamoros-Mazatlán y hasta hoy la única vía que comunica a Durango con Sinaloa y el resto del noroeste. Incluso para trasladarse a algunas poblaciones del estado, como Tamazula, resulta más rápido hacerlo por Mazatlán. Así pues, la Sierra Madre sigue siendo un obstáculo para la comunicación terrestre. En la segunda mitad del siglo XX se fue abriendo o mejorando la red de caminos que conducen a los centros mineros, los aserraderos y algunos centros de población. También han proliferado las pistas para avionetas y helicópteros, que han dinamizado el tráfico de personas y mercancías en la zona serrana. La capital del estado está comunicada por la Carretera Panamericana, puesta en operación en 1952, que vino a sustituir al antiguo Camino Real de Tierra Adentro, que corría por todo el Altiplano Central, de la Ciudad de México a Santa Fe, Nuevo México.

 

MAPA I.2. Principales ríos en el estado de Durango

Durango estuvo unido con el resto del país y con la frontera estadounidense por medio del ferrocarril desde 1892 hasta 1998, año en que dejó de operar la empresa paraestatal Ferrocarriles Nacionales de México. La red ferroviaria, sin embargo, no alcanzó un desarrollo notable, pues ninguno de los ejes principales atravesaba el estado completamente. La capital y las ciudades de Lerdo y Gómez Palacio eran las únicas poblaciones de importancia conectadas directamente con la red ferroviaria nacional. La ciudad de Durango quedaba conectada al noreste con Torreón y al sureste con Zacatecas. Hacia Sinaloa sólo se avanzó hasta el poblado de La Ciudad en el trazo de las vías férreas, paralelas a la carretera pavimentada que va a Mazatlán; en la parte norte, siguiendo los valles cercanos a la Sierra Madre, se construyó el ferrocarril hasta Tepehuanes.

El sistema de carreteras benefició más a las zonas de los Valles y el Semidesierto. La Carretera Panamericana unió a una serie de pueblos con Zacatecas y México al sur, y con Parral, Chihuahua y Ciudad Juárez al norte. Sirvió a su vez de base para el trazo de ramales unidos a ella y para la construcción de otras carreteras, entre las que destacan las de Durango a Tepehuanes, la de Durango a Torreón, la de Gómez Palacio a Jiménez (Chihuahua), Bermejillo a La Zarca y Cuencamé a Juan Aldama (Zacatecas). En la década de 1990 se construyeron las autopistas de cuatro carriles de Durango a Gómez Palacio y de Gómez Palacio a Jiménez, Chihuahua. Actualmente se encuentra en construcción la supercarretera Durango-Mazatlán y se moderniza la Panamericana desde los límites con el estado de Zacatecas hasta Parral, Chihuahua.

Por último, la capital del estado cuenta con un moderno aeropuerto internacional que la une con las ciudades de México, Monterrey, Guadalajara, Tijuana y Ciudad Juárez, en el territorio nacional, y con las estadounidenses de Los Ángeles y Chicago, donde residen muchos emigrantes duranguenses.

LOS MUNICIPIOS Y LA POBLACIÓN

La división territorial y política del estado está determinada por 39 municipios, de los cuales destacan los de Durango, Gómez Palacio y Lerdo por su importancia demográfica y económica. Según el conteo de población y vivienda efectuado en 1995, la población total de la entidad era de 1’431 748 habitantes, lo que significó un aumento de 82 370 respecto del censo de 1990. En el año 2005 se registraron 1’509 117 y para 2010 se estima una población de 1’555 688 habitantes. Una parte de la población está sujeta a las variaciones impuestas por la economía y por los modelos socioculturales que la obligan a emigrar a Estados Unidos.

Más de la mitad de los habitantes del estado se concentran en los tres municipios más importantes: Durango, Gómez Palacio y Lerdo, que en conjunto representan 57.8% del total. Los municipios que siguen en importancia demográfica son Pueblo Nuevo, Santiago Papasquiaro, Canatlán y Cuencamé, cuya población no rebasa los 50 000 habitantes; el resto de los municipios está por debajo de este rango.

Por otro lado, es conveniente destacar que los movimientos de población tanto internos como externos son muy dinámicos. Las cabeceras municipales de Durango, Gómez Palacio y Lerdo atraen el mayor volumen de migrantes, provenientes sobre todo de las áreas rurales del estado; lo mismo está ocurriendo en otras ciudades en crecimiento, como Vicente Guerrero, Canatlán, Guadalupe Victoria y Cuencamé, debido a las actividades comerciales. Incluso así, existen muchas rancherías dispersas en todo el estado donde habitan pequeños núcleos familiares que se dedican a la agricultura y la ganadería.

En el orden exterior, el estado de Durango ocupa uno de los primeros cinco lugares en expulsión de habitantes, lo que significa que gran parte de la población rural y urbana ha salido del estado, sobre todo durante la segunda mitad del siglo XX; la razón fundamental es la falta de empleo, pero a ésta se unen necesidades de desarrollo cultural y social. El principal destino de la emigración es Estados Unidos; le siguen las ciudades fronterizas de Ciudad Juárez, Tijuana, Monterrey, Torreón y Chihuahua, así como zonas rurales de Sinaloa y, en menor porcentaje, los estados del sur y las ciudades de Guadalajara y México. La frontera móvil y de flexible emigración es una tradición histórica que se remonta a la época colonial y al siglo XIX, aunque se ha acentuado en las últimas décadas.

II. LOS POBLADORES PREHISPÁNICOS

LA ARQUEOLOGÍA DURANGUENSE

EL TERRITORIO DE DURANGO fue en tiempos prehispánicos un área de confluencia cultural de las antiguas civilizaciones mesoamericanas y de las culturas del suroeste de Norteamérica, además de grupos de cazadores-recolectores que sobrevivieron a los cambios derivados de la presencia española. En el plano arqueológico, si nos atenemos a la cronología, bien podemos afirmar que los registros más distantes de cultura material datan del periodo Arcaico, con la presencia de puntas de flecha tipo “clovis”, localizadas en la parte media de la Sierra Madre, cuyo horizonte cultural ha sido estimado entre los años 14000 y 7000 a.C., asociado a los primitivos pobladores de América en el proceso de migración hacia el sur del continente. Contemporánea a esta tradición se ubica la “cultura del desierto”, en la región del Bolsón de Mapimí y La Laguna, donde se encontró una vasta colección de puntas de proyectil que testimonian la presencia temprana de diversos grupos que se dedicaban a la caza y la recolección.

En el plano anterior, la prehistoria de la Sierra Madre Occidental constituye en principio un cordón natural que representó un continuum cultural entre Durango y el sureste de Arizona, que Richard MacNish ha llamado tradición Cochise, situada temporalmente hacia el año 1000 a.C. La cultura Llano Grande, más tardía, corresponde a una serie de complejos que abarcan el periodo que va de 300 a 1100 d.C., y se caracteriza por la ocupación de sitios abiertos y abrigos rocosos, cuya influencia se extendía desde el norte de Jalisco hasta el suroeste de Norteamérica durante la etapa precerámica.

Por otro lado, el inicio de la civilización en Durango lo representa la aparición de la cultura Loma San Gabriel, hacia el 50 a.C., un hecho que marca el inicio de la agricultura y la sedentarización de los grupos humanos que habitaban el territorio. Durante este periodo se produjo la revolución que experimentaron las diversas culturas que dieron el gran salto de la vida nómada a la sedentarización. De la producción de alimentos se pasó al establecimiento permanente, al desarrollo de una cultura material y a la erección de un sistema social complejo, diversificado y en constante crecimiento.

La cultura Loma San Gabriel está vinculada a las culturas del periodo Formativo en el noroeste de México y, en opinión de Carroll Riley, al surgimiento de la cultura del suroeste de Norteamérica, etapa durante la cual el hombre se adaptó y dominó, en un doble proceso, a la naturaleza en beneficio propio, generando al mismo tiempo formas tecnológicas y estructuras sociales que le permitieron asimilar lo aprendido para transferirlo a generaciones futuras, sentando así los cimientos de la civilización. A este periodo se le conoce también como Prechalchihuita. A la tradición anterior le sucede la cultura chalchihuita, que va de la fundación de Alta Vista, en el año 500, al año 1400 d.C. Es considerada como una prolongación hacia el norte de las altas culturas del periodo Clásico mesoamericano, que influyó sobre los pueblos asentados en los valles de la vertiente oriental de la Sierra Madre, en territorio zacatecano y duranguense, hasta momentos previos al contacto español.

La cultura chalchihuita se divide en dos ramas: la suchilteca y la guadiana. La primera vertió su influencia a partir de la fundación del centro astronómico de Alta Vista, en el Valle de Súchil, en territorio duranguense, donde se encontraban los fértiles valles que garantizaban el sustento y los yacimientos del apreciado chalchihuitl, la piedra verde que codiciaban todos los pueblos de Mesoamérica y el suroeste de Norteamérica. Tres aspectos sobresalen en la organización social de la cultura chalchihuita: la explotación minera, con el establecimiento de rutas de intercambio y comercio de sus productos; una definición clara en el uso astronómico de su principal centro ceremonial, Alta Vista, y su influencia en el modelo arquitectónico de las construcciones de uso ceremonial en forma de pirámide. Además, si tomamos en cuenta que los chalchihuitas eran alfareros especializados, comprenderemos por qué esta sociedad desempeñó un papel relevante durante el Clásico en la frontera septentrional de Mesoamérica.

La rama guadiana, por su parte, caracterizada por la marcada influencia en la cerámica, los modelos de asentamiento y la arquitectura ceremonial, comprende los años 600 a 1350 d.C. Cinco fases pueden distinguirse en un periodo aproximado de 800 años: la primera es la fase Ayala, que va del año 600 al 800 d.C., seguida por la fase Las Joyas, del año 800 al 1000 d.C.; la fase Río Tunal es la tercera, y va del año 1000 al 1200 d.C.; la fase Calera precede al final de la cultura en el área y comprende los años de 1200 a 1350 d.C., y finalmente la rica tradición alfarera del noroeste de Zacatecas y Durango.

Entre los sitios arqueológicos del Valle de Guadiana destaca La Ferrería, que presenta obras arquitectónicas y ceremoniales más complejas. Otros sitios con desarrollo paralelo al anterior fueron Navacoyan, Canatlán, El Molino, Hervideros, Tepehuanes y El Zape, con los cuales la influencia chalchihuita alcanzó el norte del territorio duranguense hasta encontrarse con el área de influencia de la cultura Loma San Gabriel.

Cuando la cultura empezaba a declinar y las aldeas se vieron en peligro de ser abandonadas, la región recibió un vigoroso impulso de las culturas de occidente. A finales del periodo Clásico (de 1000 a 1200 d.C.) la cultura duranguense inicia relaciones con la cultura Aztatlán, de la costa del Pacífico. A partir de ese momento se emprendió un intenso intercambio cultural que hizo posible la presencia de influencias vivificantes para los pueblos del Altiplano, las cuales harían posible su desarrollo hasta principios del siglo XV.

Finalmente, a lo largo de la vertiente occidental de la Sierra Madre, en la región de las Quebradas, se desarrolló una serie de expresiones culturales estrechamente vinculadas a la cultura Anazasi, del suroeste estadounidense, cuyos miembros habitaban, sobre todo, abrigos rocosos al borde de las cañadas. Una de sus características sobresalientes fue la construcción de casas y graneros de piedra, adobe y madera. La organización de las actividades económicas era con toda seguridad compleja, pues suponía el aprovechamiento integral de los pisos ecológicos integrados a las cañadas y el paso del clima cálido al frío, lo que significaba la práctica tanto de la caza como de la recolección y la agricultura. La estructura social era, en consecuencia, compleja.

La cultura de “casas acantilado”, como también se conoce a esta tradición serrana, unió la cadena de manifestaciones culturales que se habían desarrollado durante el periodo prehispánico en el norte y fue lo que permitió que varias de las etnias nativas se integraran al sistema misionero jesuita.

LAS ETNIAS NATIVAS Y SU CULTURA

A mediados del siglo XVI, en el momento del contacto hispano, los grupos étnicos del territorio de Durango estaban constituidos en su mayoría en sociedades seminómadas. Su economía se basaba fundamentalmente en la caza, la pesca, la recolección y de manera marginal en la agricultura, la minería y la producción de tejidos de algodón. Su tecnología y la forma de sus viviendas no tenían un desarrollo uniforme. Sus residencias variaban desde las cavernas serranas de los acaxees y xiximes hasta las casas de adobe de los laguneros, zacatecos y conchos, y las de madera de los tepehuanes. Contaban ya con una organización política y religiosa.

De acuerdo con Manuel Orozco y Berra y Hubert H. Bancroft, en el siglo XVI la Nueva Vizcaya estaba ocupada por una serie de grupos indígenas lingüísticamente definidos. Entre los más importantes se encontraban los tepehuanes, acaxees, xiximes, tarahumaras, conchos y tobosos. El primer grupo ocupaba el centro de la parte media de la provincia, en la Sierra Madre, del suroeste de Durango al Real del Parral. Al oeste de los tepehuanes, extendiendo su territorio hasta cerca del Golfo de California y por el norte hasta el Río Sinaloa, en la región de Topia, habitaban los acaxees y los xiximes. En la parte noreste de Parral, en el Valle del Río Conchos, residían los conchos. Finalmente, al noreste de los tepehuanes y al este de los conchos se encontraban los tobosos y los indios coahuilas. Los laguneros o irritilas ocupaban la región de La Laguna.

En cuanto a la filiación racial y lingüística, las diversas etnias de la región sonorense estaban emparentadas con los tarahumaras y tepehuanes; debido a que compartían algunos rasgos, se cree que pertenecían a la misma familia, a saber, la sonorense u ópatapima, en tanto que los guachichiles, laguneros y zacatecos pertenecían a la familia aztecoide. Acaxees, xiximes, conchos, tarahumaras, tobosos y otros grupos de la Mesa Central pertenecían a la familia taracahita, todos correspondientes al grupo yuto-azteca.

Investigaciones arqueológicas recientes han puesto de manifiesto que los antiguos habitantes tanto del noroeste mexicano como del suroeste norteamericano compartían formas culturales y que, como la mayoría de las culturas más desarrolladas del Nuevo Mundo, vivían en villas y pueblos que contaban con varios cientos de pobladores. En la época prehispánica la costa sinaloense, hasta el Río Sinaloa, sirvió de frontera a la civilización mesoamericana, y en algunos valles de la Mesa Central del Norte se desarrollaron culturas agrícolas con residencia estable a finales de la época clásica, hacia el año 800, las cuales dejaron testimonios de su presencia en el Valle de Guadiana, Hervideros, El Zape y Paquimé. Suponemos que sus moradores abandonaron estos asentamientos en el siglo XV. Se cree que la causa de este despoblamiento fueron los cambios climáticos, la guerra y la mala administración política, entre otros motivos.

Por ello, al momento de las exploraciones y debido a los móviles de la conquista española, se propagó la idea de que en el norte incógnito abundaban ciudades ricas en oro, como Cíbola y Topia. Al mismo tiempo, imperó la noción de que los nativos contemporáneos de la expansión de los conquistadores vivían en forma simple y primitiva, idea que perduró, por cierto, durante buena parte de la historia norteña.

En 1563, cuando Francisco de Ibarra penetró en Topia, pueblo principal de los acaxees, a la conquista de un lugar que suponía lleno de riquezas, uno de sus soldados se encontró labores de maíz, frijol y calabaza, y a “seis indios vestidos de la cintura para abajo de mantas de algodón”; también “fueron divisando las casas y un hermoso fuerte y otra casa de tres cuartos y muralla de piedra y el cerco del altar de una lanza pequeña de albarrada”. Encontraron asimismo que poseían un granero de maíz y que había entre ellos un indio principal, sayain, que los gobernaba. Hacían expediciones guerreras de cacería; las armas que usaban eran arcos, flechas de palo de Brasil, puntas de obsidiana y pedernal, y hachas de piedra. También hacían uso de un tambor, parecido al teponaxtle, con el que amenizaban sus fiestas.

 

MAPA II.1. El área tepehuán y sus vecinas hacia 1500 d.C.

FUENTE: G. ULLOA/PENNINGTON, 1969.

De esos elementos culturales y de muchos otros más de los acaxees dio testimonio el padre Hernando Santarén en la etnografía que levantó en 1604. En esta relación, Santarén hace un registro sistemático de la cultura de esa etnia; entre lo más destacado de la cultura material estaban las viviendas, construidas de “terrado muy bien techadas, con una puerta pequeña aun no de una vara en alto”. Su religión era compleja. Poseían deidades protectoras de la vida, de las sementeras y contra las enfermedades, que eran representadas en forma de conejo o venado. También las tenían en representación humana, como su dios principal, Neyúncame, “el de la misma deidad que llamaban Nejahimiviacama