E. P. Thompson - Julián Sanz - E-Book

E. P. Thompson E-Book

Julián Sanz

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Beschreibung

Toda la obra de E. P. Thompson, hito esencial en el modo de pensar la historia, es una notable aportación para renovar el aparato metodológico y conceptual con el que analizar nuestro pasado y presente. En sus estudios sobre la construcción de la clase obrera, mostró cómo esta no era un mero producto de estructuras económicas, sino sujeto que interviene activamente en su propia conformación: dirigió nuestra mirada a la vida cotidiana, a la cultura popular, a las reivindicaciones de los más desfavorecidos, en suma, a la experiencia como elemento decisivo en la constitución de la clase. Nos enseñó a ver la historia desde abajo. E. P. Thompson. Marxismo e Historia social retoma las categorías, herramientas y debates que este historiador nos ofreció: el impacto de la crisis económica, el ataque a los derechos sociales y civiles en muchos países, la crisis de representación política… De la mano de E. P. Thompson es posible comprender la historia como reflexión encaminada a una acción colectiva que se origine desde abajo, desde los sujetos obreros y populares a los que el grandioso historiador dedicó su análisis y su compromiso vital.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Siglo XXI

Julián Sanz, José Babiano y Francisco Erice (eds.)

E. P. Thompson

Marxismo e Historia social

Toda la obra de E. P. Thompson, hito esencial en el modo de pensar la historia, es una notable aportación para renovar el aparato metodológico y conceptual con el que analizar nuestro pasado y presente. En sus estudios sobre la construcción de la clase obrera, mostró cómo esta no era un mero producto de estructuras económicas, sino sujeto que interviene activamente en su propia conformación: dirigió nuestra mirada a la vida cotidiana, a la cultura popular, a las reivindicaciones de los más desfavorecidos, en suma, a la experiencia como elemento decisivo en la constitución de la clase. Nos enseñó a ver la historia desde abajo.

E. P. Thompson. Marxismo e Historia social retoma las categorías, herramientas y debates que este historiador nos ofreció: el impacto de la crisis económica, el ataque a los derechos sociales y civiles en muchos países, la crisis de representación política… De la mano de E. P. Thompson es posible comprender la historia como reflexión encaminada a una acción colectiva que se origine desde abajo, desde los sujetos obreros y populares a los que el grandioso historiador dedicó su análisis y su compromiso vital.

Julián Sanz es profesor titular de Historia contemporánea en la Universitat de València y miembro de la Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas. Ha desarrollado diferentes líneas de investigación sobre la historia de las derechas, la dictadura franquista, la identidad nacional y el movimiento obrero en la España del siglo xx.

José Babiano es doctor en Historia contemporánea y director del Área de Historia, Archivo y Biblioteca de la Fundación Primero de Mayo. Es especialista en historia del trabajo y de las migraciones, así como en sus fuentes documentales y en su tratamiento.

Francisco Erice es profesor titular de Historia contemporánea en la Universidad de Oviedo y coordinador de la Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas. En los últimos años ha publicado diversos trabajos sobre historia de los comunistas, memoria colectiva e historiografía marxista.

Diseño de portada

RAG

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Nota editorial:

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Esta obra se coedita en colaboración con la Fundación de Investigaciones Marxistas

© Los autores, 2016

© Siglo XXI de España Editores, S. A., 2016

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.sigloxxieditores.com

ISBN: 978-84-323-1824-5

PRESENTACIÓN

Julián Sanz, José Babiano y Francisco Erice

Hace ahora poco más de medio siglo, salía a la luz un texto deslumbrante, pronto convertido en clásico y destinado a remover los cimientos de una recién alumbrada Historia social. The Making of the English Working Class [La formación de la clase obrera en Inglaterra] –como rezaba su título– era obra de un relativamente joven y dinámico activista de la Nueva Izquierda y antiguo militante del Partido Comunista británico, organización que había abandonado tras la invasión soviética de Hungría en 1956. Antes de esa fecha, Edward Palmer Thompson (Oxford, 1924-Worcester, 1993) había formado parte del Grupo de Historiadores del partido (GHPCB), junto a Eric Hobsbawm, Christopher Hill, Rodney Hilton, George Rudé y otros representantes de la brillante escuela de historiadores marxistas británicos, ampliamente reconocida como una de las más destacadas influencias renovadoras en la historiografía del siglo xx[1].

Desde el principio, pudo comprobarse que La formación… no era un libro corriente. Se trataba más bien, en palabras de Hobsbawm, de «una especie de volcán histórico en erupción de 848 paginas», acogido de inmediato como una obra «de importancia capital» por historiadores, sociólogos y «jóvenes lectores radicales de ambos lados del Atlántico»[2]. Su impacto se debió, pues, no solo a su contenido, profundamente renovador y un tanto sorprendente para los lectores de estudios habituales sobre el movimiento obrero, sino también a su estilo, caracterizado por un pulso narrativo que contribuyó sobremanera a su fuerte capacidad de seducción. No en vano, Thompson, llegó a publicar asimismo una novela y varios poemas. En fin, armado con unas dotes literarias poco comunes en un historiador, Thompson trazaba en La formación… los pormenores de la trayectoria épica de una clase obrera que –frente a las concepciones funcionalistas o de cierto marxismo estructural– no era analizada como un simple producto de las condiciones económicas, sino que se había hecho a sí misma o «estuvo presente en su propia formación».

La formación… no era la primera obra de Thompson, un investigador que ni había seguido ni seguiría una carrera académica convencional. Unos años antes, había publicado una voluminosa biografía de William Morris, el socialista inglés de la segunda mitad del siglo xix cuya crítica estética y moral al capitalismo y cuya visión utópica abierta movieron a Thompson, en cierto modo, a asumir desde entonces la condición de su alter ego. Después vendría una amplia y densa producción, centrada especialmente, aunque no de manera exclusiva, en el siglo xviii inglés, en la que se mezclan lucidez en los análisis y pasión política.

Incluso dentro del brillante y polifacético plantel de historiadores marxistas británicos, Thompson siempre destacó por su originalidad y su capacidad de fascinar al lector. Una vez más Hobsbawm, que compartió con él muchos planteamientos pero también mantuvo algunas discrepancias, lo subrayaba en una medida nota necrológica: Thompson poseía «la capacidad para producir algo cualitativamente diferente de lo que el resto de nosotros producíamos»; una cualidad a la que se podría llamar «genio, en el sentido tradicional de la palabra»[3].

Por otro lado, junto a su quehacer historiográfico, Thompson sostuvo un compromiso militante que fue más allá de su ya mencionada pertenencia al PC británico. En particular, en el tramo final de su vida, estuvo fuertemente vinculado al movimiento pacifista y a la lucha contra el rearme nuclear. A mediados de la década de los ochenta, a propósito de un debate público, llegaría a comentar:

Me siento como un impostor aquí, porque durante seis años mi oficio ha estado sumergido en la actividad por la paz y les tengo que explicar a ustedes la posición desde la que ahora hablo […]. En cinco años he dado más de 500 mítines, asistido a interminables reuniones de comités y visitado 19 o 20 países como emisario del movimiento por la paz[4].

Con el paso del tiempo, la obra de Thompson cuyo cincuentenario conmemoramos ha demostrado ser algo más que un fogonazo, el golpe de efecto de un prestidigitador aventajado o el afortunado ensayo de un historiador de talento. Y ello es así porque se adentraba de lleno en alguno de los problemas que el viejo marxismo había soslayado y que, como el propio Thompson apuntó, implicaban consecuencias historiográficas, pero también políticas. Porque si algo caracteriza la obra de Thompson es la pulsión política que palpita en cada una de las líneas de sus trabajos, una dialéctica fluida entre el pasado y el presente que ejercita continua y certeramente, sin dejar por eso –como él señalaba– de analizar los problemas históricos «en sus propios términos y dentro de su propio conjunto de relaciones»[5]. Su materialismo «histórico y cultural» –como le gustaba apostillar– era inseparable y plenamente solidario de su «comunismo democrático» o su «humanismo socialista», por utilizar algunas de las definiciones que él mismo se adjudicó. No puede entenderse el conjunto de su obra histórica –y no solo La formación…– al margen de su proyecto de enlazar el movimiento obrero y socialista militante con los múltiples hilos de la tradición democrático-radical antinómica (Paine, Cobbett, Blake y tantos otros). Como ha señalado gráficamente Antoni Domènech, el prologuista de la reciente reedición en castellano de La formación…, el socialismo de Thompson fue siempre «un socialismo orgulloso del gorro frigio»[6], y ese es tal vez uno de sus mayores legados.

La obra de Thompson es deliberadamente polémica, en el fondo y en la forma, y plantea reiteradamente algunos de los problemas de interpretación histórica más importantes no solo de la tradición marxista (en la que él se integró, aunque a veces no sin cierto doloroso desgarro), sino de la Historia social o de la Historia en general. Así, la dialéctica entre estructuras y acción humana, entre determinación y libertad, entre el peso de los factores sociales y los culturales, una problemática en la que buscó superar determinismos y dicotomías defendiendo la complejidad de los procesos históricos y la necesidad de un continuo diálogo entre las concepciones teóricas y la investigación empírica, aportando categorías como la de experiencia al tiempo que revalorizaba el peso de los aspectos culturales.

También se preocupó ampliamente de las oscilaciones entre conflicto, equilibrio y hegemonía, otorgando especial atención al papel de las clases sociales y a los factores operantes en su formación, en tanto que un «fenómeno histórico», lo que nos remite a la experiencia y a la conciencia de clase, huyendo de la concepción determinista y ahistórica en la que había encallado el considerado entonces como marxismo ortodoxo. En este sentido, debemos subrayar que el marxismo en el que se posicionó –lo que el propio Thompson gustaba nombrar como «tradición marxista»– se fundamentaba en una asimilación abierta y crítica de la obra de Marx y Engels, como pone de manifiesto la lectura de Miseria de la teoría.

La preocupación por las clases populares emergía de su compromiso político, que lo encaminó a la historia del movimiento obrero y a la preocupación por desarrollar una historia desde abajo, indispensable para entender el devenir histórico, pero también para afirmar el papel del sujeto en la historia y para recuperar la memoria de las personas oprimidas, derrotadas o marginadas. Tal como ponía de manifiesto en sus tantas veces citadas palabras del prólogo de La formación… sobre «rescatar de la enorme prepotencia de la posteridad al pobre tejedor de medias, al tundidor ludita, al “obsoleto” tejedor en tela manual, al artesano “utópico” e incluso al iluso seguidor de Joanna Southcott»[7].

Todo un conjunto de aportaciones, de inquietudes y de temáticas, un auténtico programa de investigación, que tuvo una enorme influencia en el desarrollo de la Historia social y en la pujanza del marxismo historiográfico en las décadas siguientes, como se recoge en este volumen que presentamos.

¿Hasta qué punto esta obra, rica y diversa, ha resistido al paso del tiempo? O, dicho de otro modo ¿qué puede ofrecernos hoy, como complemento, contrapunto o alternativa frente a las nuevas corrientes historiográficas y del análisis social? ¿Cuál es o sigue siendo la actualidad de su socialismo humanista y antiestatista, crítico o siempre desconfiado de la conveniencia de «vanguardias» políticas, administradores ilustrados o «tiranos igualitarios» para imponer una humanidad socializada desde arriba, tal como planteara ya en 1960 en Outside the Whale?[8].

Para abordar estos interrogantes, la Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas se planteó celebrar unas Jornadas de debate donde, desde distintas posiciones intelectuales y experiencias profesionales, investigadores de nuestro país hicieran un balance, sin apriorismos ni cortapisas (como le hubiera gustado a Thompson), sobre la actualidad del historiador británico y su influencia en España. Buscando apoyos o sinergias en esta tarea, se estableció pronto contacto con la Fundación Primero de Mayo de Comisiones Obreras, cuya respuesta positiva fue prácticamente inmediata. El fruto de esta colaboración y del esfuerzo estimulante de los profesores invitados fueron las interesantes jornadas celebradas en común en Madrid los días 27 y 28 de junio de 2013[9]. Hay que decir que estas jornadas fueron una de las pocas iniciativas (junto con la publicación de un número especial de la revista Sociología Histórica y la reedición de La formación… ya mencionada) llevadas a cabo en nuestro país para conmemorar el cincuentenario de la obra germinal de Thompson. Algunos países latinoamericanos y sobre todo Gran Bretaña fueron algo más sensibles a la celebración, pero sin que pueda hablarse de una plena correspondencia con la magnitud de la obra y la importancia del autor.

Las ponencias discutidas en aquellas jornadas, reelaboradas por sus autores, constituyen, con escasas ausencias y algún añadido, el contenido del presente libro. Los diversos textos incluidos abordan algunos de los aspectos más destacados de la vida, la obra y el legado de E. P. Thompson, desde las aportaciones a la historia a su compromiso político; de la práctica como historiador a las polémicas teóricas; de la influencia y las sucesivas valoraciones de su obra en la historiografía a la reflexión sobre el presente a partir de las preocupaciones y de las herramientas que se extraen de sus trabajos. Aunque caben diversos itinerarios de lectura, dada la transversalidad de algunas cuestiones y los múltiples focos de interés que pueden guiar a quienes lo lean, hemos organizado la obra en cuatro grandes bloques, comenzando el primero por presentar a E. P. Thompson y analizar el contexto y el impacto de su gran clásico La formación…, para pasar en el siguiente a profundizar en el análisis de las categorías thompsonianas desde diversas perspectivas (la cuestión de la clase, la perspectiva de género o la antropología). El tercer bloque se ocupa de la recepción y la influencia de la obra del historiador británico en España, mientras que el último recoge diversas aproximaciones a la perspectiva thompsoniana y a su utilidad para nuestro presente, historiográfico y político. Finalmente, se incluye una exhaustiva bibliografía comentada de Thompson.

El análisis de la relevancia de E. P. Thompson, a través del acercamiento tanto a su evolución intelectual como a su impacto global en la historiografía, comienza por una panorámica general sobre su persona, su obra y su aportación. En ella Elena Hernández Sandoica subraya sobre todo la vigencia y el interés de seguir leyendo a Thompson, por la utilidad de los conceptos que imaginó y aplicó –destacadamente, los de experiencia y economía moral– y por su influencia en el desarrollo de una historia desde abajo, que permitiera dar voz a las cabezas populares y adentrarnos en la explicación de su acción en la historia. Destaca asimismo su concepción y su práctica del oficio de historiador, que partía de la importancia del trabajo minucioso en los archivos y del planteamiento de conceptos adecuados que, en continuo diálogo con los datos empíricos, permitiesen dar la necesaria complejidad al análisis histórico, todo ello a través de una cuidada factura literaria, cargada de pasión.

Ferran Archilés, a continuación, traza la evolución intelectual, historiográfica y política de Thompson en los años anteriores a la publicación de La formación… Realiza para ello un análisis minucioso de sus preocupaciones, concepciones e influencias, ancladas en un compromiso socialista nacido al calor de la experiencia frentepopulista y en un decidido empeño en aunar el marxismo y la tradición romántica. Así, comienza por explicar y destacar la relevancia de su interés por William Morris, repasa el impacto de 1956, la salida del PC británico y el comienzo de la trayectoria hacia la New Left, hasta abordar la gestación de La formación…, subrayando la importancia del romanticismo de Thompson como necesaria impugnación moral del sistema capitalista.

Entrando ya en La formación…, Ángeles Barrio profundiza en el impacto ejercido por aquel voluminoso trabajo en la historiografía, con especial atención a las principales categorías de análisis de la obra. Analiza su influencia en el impulso de la Historia social, especialmente la estadounidense, para después centrarse en la concepción thompsoniana de clase y en el impacto de esta renovada concepción en el estudio del movimiento obrero. Así, las aportacio­nes de Thompson, Hobsbawm, Rudé y otros empujaron al desarrollo de una historia obrera renovada muy atenta a los elementos culturales, la vida cotidiana y la acción colectiva, que se enfrenta en los últimos años al desafío de la llamada «historia postsocial» y su impugnación de la categoría de experiencia. Barrio concluye reclamando la necesidad y el desafío de recuperar una Historia social que responda a los interrogantes del presente sobre la clase obrera y que utilice el legado thompsoniano para ampliar «espacios de la investigación acerca de la rebeldía, el inconformismo y la oposición de la clase obrera», trabajando para ello con «un concepto de clase más amplio y plural».

Ya en el segundo bloque, el texto de Xavier Domènech parte precisamente de un acercamiento a la visión del legado thompsoniano en nuestro presente, exponiendo y reivindicando las principales concepciones de Thompson –«en sus propios términos»– en relación con la causalidad histórica, el sujeto y la experiencia, en abierta contraposición a los planteamientos de sus críticos, en especial de los procedentes del giro lingüístico. Desentraña la riqueza de los planteamientos del historiador inglés, analizándolos en relación con la tradición marxista y mostrando la relevancia de la categoría de experiencia como superadora de una falsa dicotomía entre lo material o económico y lo cultural, como elemento nodal que permite explicar y comprender mejor los procesos de formación de las clases sociales, el desarrollo de la conciencia de clase y el lugar central que en los mismos desempeña la lucha de clases. En ese sentido, Domènech defiende la plena pertinencia y vigencia de las aportaciones de Thompson para superar los problemas que implican las dicotomías, determinismos y reduccionismos a que parecen conducir las visiones procedentes del giro lingüístico.

Desde una posición algo diversa, Miren Llona plantea una mirada desde el género a La formación… –en tanto que obra y tema– y a las categorías de Thompson. Pese a constatar la evidente ausencia de la dimensión de género en la obra de 1963, incide en que la renovación del marxismo y de la Historia social que implicó –con la mayor complejidad introducida en los procesos y el énfasis en la acción de los sujetos– favoreció la gestación de la nueva Historia de las mujeres. Asimismo recoge las principales críticas realizadas a sus categorías de clase y de experiencia desde la perspectiva de género, en especial por Joan Scott, paralelas al proceso de desplazamiento de la Historia social hacia la Historia cultural. La importancia de la introducción de la categoría de género en esta evolución de la historiografía reciente se pone asimismo de manifiesto en la notable renovación aportada en el terreno del estudio de la formación de la clase obrera, como se comprueba al revisar las aportaciones de los estudios de Sonya Rose y Anna Clark, quienes conciben la clase y el género como dos elementos inseparables, que se han construido y transformado de forma conjunta y simultánea en el proceso de formación de la clase obrera y de las nuevas categorías de género del siglo xix.

Las aportaciones de Thompson generaron una amplia influencia más allá de la disciplina histórica y, de hecho, animaron crecientes intercambios con otras disciplinas. Ubaldo Martínez Veiga se centra en concreto en la relación entre la obra de Thompson y la Antropología, ofreciendo unas notas a través de varios textos del autor inglés en los que se acercó a cuestiones antropológicas, señalando asimismo la relación entre sus aportaciones sobre la cultura plebeya y las concepciones gramscianas en torno a la cultura popular, el sentido común y la hegemonía.

Lo cierto es que en España la obra de Thompson –como, más ampliamente, la de aquella escuela de historiadores marxistas británicos– ha influido a varias generaciones de historiadores e historiadoras, desde los años sesenta hasta las recientes promociones que lo leen durante sus años de estudiantes o lo reivindican en los foros de jóvenes investigadores. Rafael Ruzafa aborda, en estrecha relación con el influjo thompsoniano, la evolución de la historiografía española dedicada al siglo xix, especialmente en el terreno de la historia obrera y de las clases populares, destacando la incorporación de planteamientos explicativos más complejos y la atención a los procesos de formación de identidades. Asimismo, Ruzafa fija en el arco temporal 1830-1880 el proceso de formación de la clase obrera en España.

Por su parte, José Antonio Pérez comienza por explicar el contexto de la recepción de la obra de Thompson y del marxismo británico, en especial desde la segunda mitad de los setenta, pero con sucesivos descubrimientos y relecturas de los futuros historiadores formados en los ochenta y los noventa. Aquella perspectiva que reivindicaba el protagonismo del sujeto, de la experiencia, de los trabajadores comunes, permitió el tránsito hacia una historia renovada sobre la clase trabajadora, alcanzando un notable influjo –señala– en los estudios de las últimas décadas sobre la clase obrera bajo la dictadura franquista.

Otro carácter tiene la aportación de Javier Tébar, que constituye un buen ejemplo de esa Historia social dedicada al movimiento obrero durante la dictadura, realizando un estudio de caso sobre los lenguajes de clase en la Barcelona de los años sesenta. El autor defiende una perspectiva integradora, que permite complementar la utilidad de categorías thompsonianas como la experiencia con la atención al estudio de los aspectos lingüísticos, a través del estudio de los discursos de identidad y movilización emitidos desde el movimiento de las comisiones obreras.

La dedicación a la historia y la militancia política eran dos vocaciones intrínsecamente unidas en Thompson, derivadas de su compromiso con la causa del movimiento obrero, de la emancipación humana, por lo que resulta imprescindible atender también tanto a su faceta militante como a las consecuencias y lecturas políticas de su legado, que se abordan en el siguiente bloque. Juan Andrade plantea un acercamiento a algunos de los planteamientos del historiador comprometido que fue, deteniéndose en su concepción de la disciplina histórica, exponiendo a partir de Miseria de la teoría sus puntos de vista sobre el conocimiento social, incardinados en las posiciones del materialismo histórico y del realismo epistemológico, desde un marxismo crítico –en neto contraste, apunta, tanto con el estructuralismo althusseriano como con las posteriores posiciones procedentes del «giro lingüístico»–. Y, por otro lado, repasa también algunos de sus rasgos más notables como activista y trabajador intelectual, como fueron su actitud antiacadémica, su defensa de una cultura vinculada a las clases populares o su radical rechazo del estalinismo desde posiciones humanistas.

Aspectos, todos ellos, de actualidad, pues el eco de los análisis y de las luchas de Thompson puede percibirse y resultar útil en los combates de nuestros días, como muestra Pedro Benítez a través de un acercamiento al caso del 15-M. Las concepciones del autor de Tradición, revuelta y conciencia de clase sobre el proceso de formación de la clase obrera, fundadas en la relevancia fundamental de la experiencia y en el rechazo de toda visión teleológica, resultan de gran interés para la acción política del presente, en el que emergen nuevos sujetos sociales, como el 15-M, que se fundan en la propia experiencia de movilización y de elaboración colectiva.

Finalmente se incluye un comentario bibliográfico, a cargo de Adrià Llacuna, que ha procedido a una exhaustiva recopilación del extenso y variado corpus de libros, artículos, opúsculos o manifiestos de muy diverso carácter que E. P. Thompson dedicó a lo largo de su vida a aspectos históricos, literarios, políticos o de otra índole, que acompaña de una útil introducción que permite enmarcar la amplia producción del autor británico, su cronología y sus principales temas.

* * *

Lejos, por tanto, de un mero ejercicio de historia de la historiografía, a la luz de este conjunto de aportaciones se puede afirmar la vigencia de la obra de E. P. Thompson y la necesidad de tener en cuenta sus aportaciones tanto para la ciencia histórica, como para la tradición analítica marxista y para el combate político. Una historia fundada en el sujeto, en la acción humana en su contexto social, en la empatía con las clases populares que han soportado el peso de la opresión y con las luchas que –con derrotas y logros– han permitido conquistar avances y espacios en el terreno de la emancipación humana. En un presente marcado por el retroceso impuesto en las libertades y en los derechos sociales, se hace imprescindible atender a la historia de las luchas populares y comprender los mecanismos a través de los cuales los sectores subalternos –y, destacadamente, la clase obrera– han empujado el cambio social. Un terreno en el que resalta la pertinencia de la historia desde abajo, que sigue constituyendo, además, una obligación política y moral para dar voz a las personas marginadas y desfavorecidas. Como apuntan varias de las aportaciones a este libro, se plantea la necesidad de relanzar una Historia social que nos permita dar respuesta a la complejidad de los procesos históricos, huyendo de los determinismos y atendiendo a la acción de los sujetos en sus condiciones históricas de existencia, en las cuales lo material y lo cultural aparecen inextricablemente unidos, conformando la experiencia, las identidades y la cultura de los individuos y de los grupos sociales. Un panorama en el que sería conveniente incorporar todas las aportaciones útiles de las nuevas tendencias historiográficas (perspectiva de género, estudios culturales, estudios poscoloniales), sin descuidar el estudio de las estructuras económicas, sociales y políticas, enriqueciendo y renovando el acervo de la Historia social. Es en cierto modo, sin entrar ahora en la valoración de sus propuestas concretas, lo que han defendido Eley y Nield abogando por establecer un diálogo que permita derrumbar barreras entre distintas propuestas teóricas y epistemológicas[10].

Desde luego, las circunstancias del presente obligan a comprender aspectos como las dinámicas de funcionamiento del sistema capitalista, los nuevos marcos de relaciones laborales, las identidades y las formas culturales extendidas entre los grupos sociales, o el surgimiento de nuevas formas de acción colectiva como respuesta a la crisis económica y al retroceso sistemático de derechos que impone la actual gobernanza neoliberal. En este contexto, nos estamos encontrando con la formación de nuevos sujetos y movimientos sociales que, desde sus condiciones materiales cotidianas, desde diferentes tradiciones y ámbitos culturales, están sufriendo la experiencia de la pauperización, de la restricción de libertades y de la pérdida de expectativas, al tiempo que desarrollando, también, una experiencia común de difusión de nuevas y viejas ideas, de movilización y de combate político. Y es que la emergencia de nuevos sujetos políticos, en especial de aquellos representantes de la clase trabajadora o de las clases populares, como nos mostró Thompson, se construye a través de las experiencias concretas de opresión, de participación y de lucha política, en las que se pueden fundir tradiciones culturales anteriores con elementos nuevos, proponiendo una hegemonía alternativa y una economía moral de la multitud, que bien podría aprovechar los ricos legados de las diversas tradiciones de la izquierda en la batalla por la mejora de las condiciones de vida de la mayoría social y, en última instancia, por la emancipación humana.

[1] La mejor introducción en H. J. Kaye, Los historiadores marxistas británicos. Un análisis introductorio, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1989. Específicamente sobre el GHPCB, B. Schwartz, «The People in History: The Communist Party Historians’ Group, 1946-1956», en R. Johnson, G. McLennan, B. Schwartz y D. Sutton (eds.), Making Histories. Studies in history-writing and politics, Londres, Hutchinson, 1982, pp. 44-95.

[2] E. J. Hobsbawm, Años interesantes. Una vida en el sigloxx, Barcelona, Crítica, 2003, pp. 201-202.

[3] Obituario de E. J. Hobsbawm reproducido en E. P. Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra, Madrid, Capitán Swing, 2012, pp. 19-23.

[4] E. P. Thompson, «Agenda para una historia radical», en Edward Palmer Thompson, Barcelona, Crítica, 2002, ed. de Dorothy Thompson, p. 561.

[5] E. P. Thompson, Tradición, revuelta y conciencia de clase. Estudios sobre la crisis de la sociedad preindustrial, Barcelona, Crítica, 1979, p. 298.

[6] A. Domènech, «Prólogo», en E. P. Thompson, La formación…, op. cit., p. 18.

[7] La clase como «fenómeno histórico» (en cursivas en el original) y el objetivo de rescate, en E. P. Thompson, La formación…, op. cit., pp. 27 y 30.

[8] Recogido en E. P. Thompson, The Poverty of Theory and other essays, Londres, Merlin Press, 1980, p. 3.

[9] Una reseña de las mismas en J. Sanz Hoya, «Jornadas de Debate Medio siglo después. E. P. Thompson y La formación de la clase obrera en Inglaterra», Boletín de la Sección de Historia de la FIM 1, enero de 2014, pp. 9-11. Las sesiones íntegras de las jornadas, pueden verse en [http://www.1mayo.ccoo.es/nova/NNws_ShwNewDup?codigo=4315&cod_primaria=1410&cod_secundaria=1410#.VAlpH8KTUl9].

[10] G. Eley y K. Nield, El futuro de la clase en la Historia. ¿Qué queda de lo social?, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2010. Véase también G. Eley, Una línea torcida. De la historia cultural a la historia de la sociedad, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2008.

I. VIGENCIA DE E. P. THOMPSON. UNAS CUANTAS RAZONES PARA SEGUIR LEYÉNDOLO

Elena Hernández Sandoica

Entre la dura realidad de las relaciones productivas y el descubrimiento de la conciencia de clase se encuentra el vasto, múltiple y contradictorio reino de la experiencia…

Thompson murió en agosto de 1993, cuando solo contaba 69 años y había empleado buena parte de sus últimas décadas en tareas políticas, entregado con entusiasmo y tenacidad a la propaganda pacifista y antinuclear, bajo un lema constante: «Protesta y sobrevive». Más de 20 años después de su muerte, ¿tendríamos razones suficientes los historiadores para seguir leyéndolo, como hacíamos en las décadas de los setenta y los ochenta? ¿Podríamos considerarlo definitivamente un clásico, un «producto historiográfico» genial, por su originalidad creativa en el materialismo histórico en el que se encuadraba, y un modo de hacer que nos resulta familiar, por la marcada impronta que dejó en la nueva Historia cultural, que suma Antropología y Literatura a la Historia política? Así lo vio en 1989 la influyente neohistoricista norteamericana Lynn Hunt, que lo situó junto a Foucault y LaCapra, Natalie Z. Davis y Hayden White, y encargó un capítulo sobre Thompson y la historiadora canadiense de El regreso de Martin Guerre[1]. ¿Seguiría siendo hoy, en la segunda década del siglo xxi, una lectura todavía necesaria la de Thompson, aquel marxista heterodoxo y enfático, cordial y vehemente, casi por sistema opuesto al statu quo? ¿Siguen siendo sus textos –no solo The Making of the English Working Class–, un referente esencial en Historia social y cultural?[2].

Leer a Thompson

Trataré de argumentar por qué creo que la lectura a fondo de la obra de Edward Palmer Thompson sigue siendo importante en la formación de todo historiador. Nacido en Oxford en 1924, segundo de los dos hijos de una familia de tradición culta y reformista (su padre se consideraba ante todo escritor), metodista no practicante, con referencias coloniales que pesaron sobre toda su vida, Thompson es un autor atípico visto desde el periodo y la tarea política en que inició su obra, el comunismo de la Guerra Fría; y seguiría siéndolo después, en su elección de izquierda occidental poscomunista. Su originalidad no impediría –todo lo contrario– la adecuación de su relato a las expectativas de quienes lo escuchaban «desde abajo», como guía intelectual o como brillantísimo orador. Su proverbial pasión y su atrevimiento polemista lo alejaron mayoritariamente de la vida política y académica regulares, pero esa parcial y relativa marginación agrandaría en cambio su imagen pública: Palmer relata que en una encuesta de los años ochenta Thompson estaba en el cuarto lugar de popularidad, después tan solo de Isabel II, la reina madre y la señora Thatcher[3]. Su activa presencia en los medios, a favor de la paz o en tarea educativa, sería la causa de esa proyección, poco común para un historiador[4].

Había iniciado en los años cincuenta, lo mismo en radio y televisión que en mítines, foros públicos y manifestaciones, su carrera de activista a favor del final de la Guerra Fría y la política de bloques. Magnífica su capacidad para entablar polémica, dentro y fuera del Partido Comunista, en el que militaba desde los 19 años; tenaz en entablar debate con la propia izquierda –comunista, anarquista o trotskista– o para debatir con el neoliberalismo creciente, en la década de los setenta protagonizó junto a su mujer, Dorothy[5], y otros compañeros una importante campaña contra el recorte de libertades y el desmantelamiento del Estado de bienestar en Gran Bretaña. En general, la izquierda ortodoxa estuvo en desacuerdo con él, por su radicalismo y su espontaneidad, por la excesiva libertad de actuación de que hacía gala y el temor a dañar la estrategia.

Nos quedan testimonios audiovisuales que dan fe de la cólera con que Thompson exhibía su impaciencia ante una sociedad narcotizada, inconsciente ante la hondura del expolio. Una parte han sido incorporados al documental de Luke Fowler The Poor Stockinger, the Luddite Cropper and the Deluded Followers of Joanna Southcott (2012), rodado en el West Riding de Yorkshire, con palabras de Thompson sobre la historia y otros asuntos centrales en su vida, la enseñanza de adultos y la igualdad de derechos, pero también su decisiva contribución al nacimiento de los «estudios culturales» y su aceptación académica[6]. Con el paso del tiempo, algo que parecía insuficientemente valorado en el momento de su muerte –el papel de Thompson en el apaciguamiento de la tensión nuclear[7]–, ha venido a ser más justamente valorado, ponderándose su capacidad para sensibilizar a colectivos sociales a un lado y otro del Atlántico, viajando sin cesar y hablando de la paz y el terror milenario a un ritmo frenético, que solo interrumpía de vez en cuando para dar unas cuantas clases que le ayudaran a vivir… Como apunta Scott Hamilton, en la persona y trayectoria de Thompson los fracasos políticos y los conflictos intelectuales conectaron estrechamente con sus éxitos, y sería esa imbricación la que daría a su figura la relevancia que alcanzó[8]. Naturalmente, desempeñaron un papel decisivo sus escritos, llenos de fuerza y tenacidad en mantener sus interpretaciones y puntos de vista.

Leída a fecha de hoy, La formación de la clase obrera en Inglaterra[9], obra magna publicada por vez primera en 1963, sigue dando la razón a Fontana cuando en 1994 afirmó que Thompson consigue superar el «aburrimiento que suele producir la gris mediocridad de las lecturas cotidianas»[10]. Thompson volvió sobre los conceptos principales del libro una vez tras otra –no solo al preparar su segunda edición, sino en los muchos escritos en que habrá de responder a críticos y detractores, hasta Costumbres en común, publicado en 1992 y uno de los tres textos que se apresuró a concluir cuando ya se sabía gravemente enfermo. Escribió siempre historia en paralelo a la poesía, una vocación que heredó del padre, expresando en ambos géneros por igual su concepto de la vida y la historia y su natural temperamento de «oposición». Oposición al rearme, oposición a los gobiernos –tanto conservadores como laboristas, y a pesar de haberse afiliado al Labour Party en 1962–, y oposición a las líneas mayoritarias de actuación, en búsqueda perpetua de aplicaciones prácticas. Ninguna de sus obras alcanzó el impacto de La formación…, pero cualquiera de ellas conserva intactas la frescura y la energía con que Thompson las formuló.

Había firmado contrato para escribir aquel libro en 1959, cuando impartía clases en la universidad de Leeds y trabajaba activamente en la New Left, pero venía trabajando en la idea y acumulando notas desde diez años antes, cuando enseñaba a «grupos reducidos de alumnos», no universitarios, en el West Riding. La obertura del libro, uno de los pasajes más citados de la Historia social («Trato de rescatar de la enorme prepotencia [condescencencia, se tradujo también] de la posteridad al pobre tejedor de medias, al tundidor ludita, al “obsoleto” tejedor de telar manual, al artesano “utópico” e incluso al iluso seguidor de Joanna Southcott […]»), expresa bien su idea de sujeto y objeto, pero hay que reconocer que no era aquella la manera esperable de comenzar una Historia social para un marxista de la primera parte de los años sesenta. Había que esclarecer el concepto de «clase» (aquí la «clase obrera», específicamente), y rescatar a unos seres anónimos del olvido oficial, y esa, por más que hoy gustemos del enfoque de Thompson, no era ciertamente la forma de operar. El autor afirmaba, además, que las aspiraciones de aquellos olvidados «eran válidas en términos de su propia experiencia», y que urgía rescatar esa experiencia y salvarla del olvido, porque «si fueron víctimas de la historia, siguen, al condenarse sus propias vidas, siendo víctimas»[11]. Estamos ante alguien, de este modo, que al realizar una elección política para el análisis social, le sobreimprime una elección moral, que obliga al historiador y le compromete. Resulta ser la «mirada desde abajo» que Thompson justifica como método en Tradición, revuelta y conciencia de clase[12].

En el presente en que nos encontramos, esa mirada vuelve a ser de interés –si es que no ya de urgencia–, acaso por los mismos motivos, pero a la inversa, por los que se oscureció durante un par de décadas su valor como parte de la Historia social. La urgencia sí la escuchó en su vida el mismo Thompson, para elegir aquella perspectiva, de aplicación directa: «La mayor parte del mundo está todavía hoy sufriendo problemas de industrialización y de formación de instituciones democráticas, análogas en muchas formas a nuestra propia experiencia durante la Revolución industrial. Todavía se podrían ganar, en Asia o en África, causas que se perdieron en Inglate­rra»[13]. Así escribía en 1963, y aunque los problemas que hoy nos acucian son más bien las desactivaciones y trastornos de aquella otra época, no cabe duda de que vivimos una edición particular de conflicto social que sustituye el enfrentamiento ideológico por la expulsión de muchos desfavorecidos del sistema, con una involución democrática pasmosamente rápida e impúdica. Quizá el pensar y el hacer la historia «desde abajo» (desde la posición y las expectativas de los actores sociales que experimentan con mayor hondura las constricciones del poder), empleando herramientas de análisis que iluminen las expectativas de los desfavorecidos, sea para el historiador de nuestro tiempo una obligación política y moral, y no ya solo una elección de método. Thompson, si viviera hoy, habría cumplido ya los 90 años, pero casi seguro que no podría resistirse a «actuar». Pues, como tantas veces, recordaría a Blake: «El que se siente llamado a actuar, si no lo hace, genera pestilencia […]».

La formación… tuvo su origen en un encargo editorial, un contrato para estudiar la clase obrera entre 1832 y 1870 –como correspondía a un manual «clásico» de Historia social–, pero Thompson convenció al editor para empezar el estudio más atrás, en el periodo previo a los cambios de la industrialización. El estudio cubrió casi 1.000 páginas –sin llegar más que a donde hubiera debido comenzar– mostrando que, entre 1790 y 1832, con un pico de movilización en el otoño de 1831, una marea de sentimiento revolucionario se extendió entre la clase obrera inglesa, sucediéndose una oleada de creencias, extensamente compartidas, que impulsaban a los artesanos a la acción: «Si se hinca una pala en la cultura de la clase obrera del norte [de Inglaterra] en cualquier momento de la década de los treinta, parece que la pasión brota del suelo […]». Su concepto de «formación» de clase –que él cree un concepto «tosco»–, va articulando ese proceso vívido y fluido, aquel bullir de personajes populares en escena, en el que los condicionantes de tipo estructural se mezclan e interfieren con los sujetos de la acción colectiva, conservando no obstante particularidad, visibles y, en la medida de lo posible diferenciados, en el denso relato que nos ofrece Thompson. Y es que su escritura (ya sea histórica, poética o política) posee una gran capacidad, como destaca A. Giddens, para describir la acción humana y para desnudar el componente emocional y sentimental, la madeja de ideas y creencias que impulsan en hombres y mujeres sus actuaciones, y que tantas veces vienen a ser la parte más visible de los comportamientos colectivos, la que más nos vincula al resto de la comunidad y del entorno[14]. Tal elección –no es posible ignorarlo– se compadece bien con esta otra «era de las emociones» en que, a ojos de muchos, estamos instalados ahora en el presente, y no solo en el seno de las ciencias sociales.

Thompson tuvo una gran capacidad para imaginar conceptos y aplicarlos, en relación con la teoría marxista y en discusión con la Sociología y la Antropología, tomándolos en préstamo[15]. Sus conceptos clave («experiencia» o «economía moral») contienen en sus definiciones sucesivas ese componente emocional que se hará más concreto según avance Thompson la clarificación que le piden sus críticos –una tarea que le aburría e impacientaba[16]–: «La experiencia comprende la respuesta mental y emocional, bien de un individuo o de un grupo social, a muchas situaciones interrelacionadas o a numerosas repeticiones del mismo tipo de situaciones». Concretando, «[…] lo que podemos afirmar con seguridad es que el artesano sentía que su posición social y su nivel de vida estaban amenazados, o se habían deteriorado, entre 1815 y 1840»[17]. Para afrontar los cambios, los artesanos ponían en juego eso que P. Bourdieu llamaría «capital cultural», pero también todo tipo de recursos emotivos.

Nuestro autor se revela imprescindible, desde esta perspectiva, porque de él procede un amplio porcentaje del esfuerzo historiográfico del último tercio del siglo xx por analizar las ideas no solo a través de quienes las encarnan en sus manifestaciones públicas y significativas (es decir, quienes son objeto de la Historia de las ideas, la Historia del pensamiento y la Historia intelectual), sino a través de todo tipo de seres o individuos de las capas populares, en tanto que llevan a la práctica cualquier forma de acción social, política y cultural. Thompson destacará el papel de la lectura y la escritura en la formación de la conciencia de clase, y procurará seguir –a través de las fuentes de archivo– la directa incidencia de circulación de ideas de libros y panfletos en las formas que toma la movilización, sin que le sea preciso contar con la organización ni el liderazgo para resaltar el valor proactivo de ese aprendizaje: «La conciencia articulada del autodidacta era, por encima de todo, una conciencia política […]. Las ciudades, e incluso los pueblos, bullían con la energía desplegada por los autodidactas»[18]. El seguimiento de ese flujo o proceso, una experiencia colectiva con deriva identitaria, exige una consideración relacional por parte del historiador –dice Thompson–, siendo que el propio hecho cultural y social que es la experiencia «incluye todo el conjunto de respuestas subjetivas que los trabajadores dan a su explotación no solo en los movimientos de lucha, sino en el ámbito de sus familias y comunidades, en sus actividades recreativas, en sus prácticas y creencias religiosas, en sus talleres y tejedurías…»[19]. Explícitamente considera que «las personas no solo viven su propia experiencia bajo forma de ideas, en el marco del pensamiento y sus procedimientos, o –según suponen algunos practicantes de la teoría– como instinto proletario, etc. También viven su propia experiencia como sentimiento, y los elaboran en las coordenadas de su cultura, en tanto que normas, obligaciones y reciprocidades familiares y de parentesco, valores o –mediante formas más elaboradas– como experiencias artísticas o creencias religiosas. Esta mitad de la cultura (que constituye una buena mitad del conjunto de lo cultural) puede denominarse conciencia afectiva y moral».

Thompson introduce pues, en su especial interpretación del marxismo, términos de inspiración sociológica o jurídica: «consenso popular», «prácticas legítimas o ilegítimas», «normas y obligaciones sociales», «comunidad»…, empapando de sentimientos y emociones las explicaciones que se ve obligado a dar a propósito del sorpresivo término «economía moral de la multitud». Pero también emplea, muy llamativamente (puesto que tiene lugar en un marco de interpretación marxista), términos de tipo psicológico y colectivo, como «agravio», «creencias, usos y formas», «emociones profundas»…, además de otros con un plus de fuerza política y reivindicativa: «exigencias de la multitud hacia las autoridades», «indignación», y –en la cúspide de todo– «obligación “moral” de protestar»… Como escribe en 1991 en «La economía moral revisada», «[…] las emociones profundas que despierta la escasez, las exigencias que la multitud hacía a las autoridades en tales crisis, la indignación provocada por el agiotaje de las situaciones de emergencia que representaban una amenaza para la vida, comunicaban una obligación “moral” particular de protestar. Todo esto formando un conjunto es lo que yo entiendo por economía moral»[20].

Es muy posible que el lector de hoy día no necesite tantas aclaraciones sobre el concepto como se le pidieron a Thompson por entonces, pero sí hay que notar que lo que está ausente de su repertorio es el vocabulario propiamente económico que era de esperar en un autor marxista[21]. Thompson utiliza «economía» con el valor de «estructura subyacente a la acción de la multitud», tal como sucede en los años veinte y los treinta del siglo xx; tal como lo emplea Norbert Elias al hablar de «economía psíquica» de los individuos, o como se hace en Antropología («economía simbólica») o aparece en Foucault («economía del poder»), entendiendo por tal un conjunto estructurado de mecanismos para la regulación del uso de los recursos disponibles, ya de la psique o ya de los individuos, de los símbolos de una comunidad o del ejercicio del poder por un Estado o grupo social.

Eso le llevaría a discrepar de los demás jóvenes historiadores del Partido Comunista (PC) británico. Ahí radica el ácido conflicto, desde 1963, con los redactores principales de la New Left Review, Perry Anderson y Tom Nairn, en torno a la naturaleza del marxismo y a la estrategia socialista, y luego más radicalmente, con el francés Louis Althusser[22]. Su antiacademicismo y su antielitismo, su rechazo del esquematismo teórico de tantos de sus colegas universitarios, alcanzaron cotas muy altas de dureza contra los estructuralistas, seducidos por las filosofías de este signo para dar forma a una teoría marxista del proceso histórico, enemigos de la historia por creerla incapaz de aportar algo al desarrollo del marxismo. Ni como política ni como ciencia, la historia desempeñaría un papel a ojos de los más jóvenes del grupo…[23]. Se empeñó entonces Thompson en un debate de gran complejidad (historia empírica frente a gran teoría) que, además de dibujar diversas formas de marxismo –antagónicas e inconciliables entre sí–, incidiría en el desvanecimiento temporal de la fuerza y potencia del marxismo occidental de la segunda mitad del siglo xx[24].

Historia, literatura, poética

Conviene, en este punto, detenerse un momento a recordar cómo era E. P. Thompson, cómo llegaría a ser. A lo largo de toda su vida, escribir y actuar serían para él los dos polos de una construcción de la persona vivida como emoción política (y por ello, construcción subjetiva y voluntaria). Pero, también, como una obligación moral de aliento radical e inspiración «humanista» –una tradición cultural que Thompson creía no solo compatible con el marxismo, sino arraigada en su propia tradición, la del socialismo marxista inglés del siglo xix y principios del xx–. Insistiría en seguir a Marx, William Morris y William Blake, sus ideales de vida y actuación, para evitar «cometer el error de abstenerse en la batalla» (ya recordamos que Blake decía que «quien desea, pero no actúa, genera pestilencia»), y Thompson siguió esa máxima toda su vida. Comenzó como soldado voluntario en la Segunda Guerra Mundial tras afiliarse al PC, y no cesó en realidad hasta morir, agotado físicamente por la batalla en pro del pacifismo y el deshielo. La pasión de actuar no siempre priorizaría su escritura, pero siempre la inspiraría, buscando ceñirse a las orientaciones de futuro[25]. A lo largo de casi medio siglo usó con éxito el arma de la palabra, pero asimismo levantó enojos y celos frecuentes, con sus escritos y sus intervenciones públicas a la par[26]. El compromiso antifascista que le llevara a Italia a la edad de 20 años, la ilusión con que compartió allí convicciones solidarias y altruistas, la revivió después en sus escritos como punto de anclaje y su particular nudo de experiencia. De ahí nació su interés por analizar la oposición entre fuertes y débiles, entre ricos y pobres, entre lo «alto» y lo «bajo»; de entonces viene su idea del poder popular, de la capacidad relativa de los pobres para escapar al poder de los fuertes y hacer frente con éxito a los poderosos, una idea permanente en su obra histórica y su poesía.

«Finalmente alzo mi voz / ante las fauces de un viento hostil», reza en 1950 su poema The Place Called Choice, cuando acaba de renovar su compromiso con la militancia comunista y se inicia en la enseñanza de adultos y la propaganda pacifista en el Yorkshire, atento aún a las instrucciones de partido. No siempre obediente a estas, saldría ya del PC británico en 1956 tras oponerse a la invasión soviética de Budapest[27]. Para entonces, ya vivía como un deber el compromiso con la escritura histórica, vocación que fomentaría la historiadora comunista Dona Torr, quien le habría señalado que la historia, aquella actividad intelectual que sirve para mirar el pasado desde y con el presente, nos sirve para hallarle sentido a ese presente mirando al futuro; y por ello, como arma política, era mejor la historia que la literatura –si bien Thompson nunca iba a olvidarse de esta su primera elección–[28]. La proyección sentimental, la composición retórica y, en fin, la expresión apasionada que esa combinación de historia y literatura otorga a los relatos de E. P. Thompson le fueron muy discutidas en su momento, a veces por entenderse «anticuadas», y otras por adivinarse susceptibles de sufrir «contaminación ideológica». Por su factura romántica y utópica, es claro que para muchos de sus más cercanos camaradas y miembros del grupo, aquella era una escritura «burguesa»[29]. Pero la acusación más grave hecha a Thompson remitía, sin duda, a su fragilidad e indeterminación teóricas. Permaneció, con todo, siempre aferrado a esa elección. Y puesto que acción y elección se exigen mutuamente (algo aprendido en el hogar familiar y derivado, al parecer, de su moral metodista), Thompson mantuvo como obligación permanente su oposición. La mostró rescatando las voces de los artesanos en peligro, indagando por sus sentimientos ocultos bajo polvo de archivo. «Back to the archive!» fue entonces la llamada que compartió con Dorothy.

Reescribiendo La formación… para su reedición, años después, Thompson se ratificaba en su elección, al tiempo que reivindicaba la documentación de primera mano en la que se albergaba aquel depósito de sentimientos y emociones:

Demasiado a menudo los Hammond respondieron a sus críticos, en su tiempo, con la frescura de un silencio cortés. Tras su muerte, y por más de veinte años, la escuela ideológica de historia se ha cebado en los «sentimentalistas» con toda impunidad, en artículos y seminarios. Enfrentados tan solo al silencio, esos historiadores han acabado siendo poco meticulosos: un cierto ademán de profesionalidad, el sortilegio de un rigor contrario a los sentimientos, han bastado para encubrir cualquier laguna en erudición.

Pero yo no soy cortés ni estoy muerto, por el momento. Si he respondido con aspereza ha sido en interés de la historia misma. Demos vía libre al debate por todos los medios, pero para que sea una polémica sobre datos históricos reales, y no en defensa de presupuestos ideológicos previos […]. En modo alguno pretendo haber descubierto siempre la verdad […]. No he hecho más que una cala en los cientos de miles de papeles del Archivo Nacional […]. Ningún historiador puede pretender abarcar, él solo, un terreno así en todo detalle.

En Las peculiaridades de lo inglés puede leerse que «la historia real solo saldrá a la luz después de mucha investigación seria; no aparecerá con un chasquido de dedos esquemáticos»[30].

No hay duda de que trabajar de este modo, con la documentación contenida en los depósitos públicos, era un modo tradicional y artesanal (es decir, más atento al detalle empírico y a las fuentes de carácter textual, incluyendo los textos literarios) de lo que el marxismo propugnaba en las décadas de los cincuenta y los sesenta, incluso antes de reforzar su querencia cientificista bajo el peso del estructuralismo; un «retroceso» que venía a comportar el riesgo de una interpretación más laxa e insegura, más dependiente de la fuente empleada y no solo del mandato teórico del materialismo histórico en evolución… A esa forma, más clásica, de hacer historia, Thompson le sumaría su peculiar estilo vehemente, un modo de hacer en el que –como le reprochaban– más de una vez la emoción supliría al análisis. El estilo de Thompson lo había acuñado ya al iniciarse su formación intelectual, allá por los años cuarenta, cuando fundamentó su cultura política en la idea del asociacionismo entre iguales que experimentó entre los comunistas voluntarios. En el frente aprendió que incluso ellos mismos, los jóvenes soldados (sujetos subordinados y dominados), contaban con una relativa capacidad de autonomía y adquirían cierta visibilidad. La evocación posterior de esa experiencia que Thompson y la joven que iba a ser su mujer, Dorothy Towers, vivieron en Cassino, de relativa libertad y capacidad de actuar incluso en una situación extrema como es la guerra, muestra cómo los dos valoraron entonces, por encima de todo, la libertad de obra y pensamiento. Contra el fascismo, fuera de Inglaterra, creció el tinte romántico de una vivencia vinculada al conflicto de clases, guardada y compartida por los dos como emoción política.

La utopía se alzó hasta el centro de su obra literaria, aflorando en muchos de sus poemas[31] y en la única novela que concluyó (había empezado otras dos), The Sykaos Papers[32] –un relato humorístico de ciencia ficción–, donde da rienda suelta a su nostalgia y admiración enfática por todo género de «resistentes» al poder. Quien se inicie en la lectura de Thompson notará con certeza, antes que nada, esta cualidad explícita, bastante por sí misma acaso para certificar la pertinencia de leer hoy a Thompson, cuando son pocos los que dejan de aceptar que la función política y el color ideológico de la escritura histórica son solo cuestión de grado. Dejar de lado a Thompson sería un error, y más aún porque hoy aplaudimos el tono popular y atractivo, muy accesible, del relato histórico. No en vano Thompson fue, antes que nada, un profesor de adultos[33], y sería con los trabajadores de Workers’ Education Association (WEA) con quienes más pausada y reflexivamente ensayó sus ideas sobre el socialismo, los trabajadores, las clases populares y, en general, la acción humana y la conciencia.

Analizar la lucha de clases exigía definir la propia «clase», aclarar el concepto. La clase se forja en la lucha, diría Thompson; la clase no es un a priori, ni una categoría dada o una «cosa»…, sino un proceso, un proceso histórico (y por ello cambiante en el tiempo) y relacional (un enfoque que tomará de Caudwell en su versión filosófica y moral, y que él llevará a la historia). Pero le era difícil dar una definición abstracta: «La clase la definen los hombres mientras viven su propia historia y, al fin y al cabo, esta es su única definición»[34]. Al historiador le cabe analizar esa «lógica histórica» –Thompson no reconoce «leyes»– a través de su mecánica relacional:

La noción de clase entraña la noción de relación histórica. Como cualquier otra relación, es un proceso fluido que elude el análisis si intentamos detenerlo en seco en un determinado momento y analizar su estructura. Ni el entramado sociológico mejor engarzado puede darnos una muestra pura de la clase, del mismo modo que no nos puede dar una de la deferencia o del amor.

Forzosamente, «la relación debe estar siempre encarnada en gente real y en un contexto real»[35]. Las clases acaecen al vivir hombres y mujeres sus relaciones de producción, y al experimentar sus situaciones determinantes dentro del conjunto de las relaciones sociales, en un espacio concreto y un tiempo determinado, con una cultura y unas expectativas heredadas. Los individuos van haciéndose dentro de la clase, al modelar sus experiencias en formas culturales determinadas, por lo que no puede decirse que una clase esté o no esté formada históricamente hasta que, como resultado del conflicto con otras clases (conflicto cultural y no solo económico), modifica las relaciones heredadas[36].

«Back to the Archive!»

Para el historiador de las últimas décadas ha sido decisiva aquella vocación empírica de Thompson que tanto ha influido en los análisis concretos y en el cambio de escala generalizado, tan fructífero, que ha sido genéricamente etiquetada como microhistoria. La obra más relevante, La formación…, escrita por alguien a quien Perry Anderson consideró localista y provinciano (lo recuerdan tanto Dworkin como Palmer), se halla entre las obras de historia más citadas de la segunda mitad del siglo xx y ha influido más que otras obras de historia cuya excelencia se reconoce sin duda. Si su primera vocación no fue la de historiador, Thompson fue alguien que sostuvo con fuerza y decisión las reglas clásicas del método histórico. En aquellos textos largos –larguísimos a veces–, Thompson defiende con energía las señas de identidad del oficio, y muchos agradecerían vivamente esa defensa de lo que, sin más tentaciones filosóficas, era a su juicio la lógica histórica: a saber, «el diálogo entre concepto y dato empírico […] conducido por hipótesis sucesivas […], y a base de investigación empírica».

Según nuestro estilo cognitivo, según nuestras preferencias estilísticas e ideología, apreciaremos más o menos el modo de escribir de Thompson. William Sewell destaca la calidad literaria de sus escritos, esa narrativa «prolongada, laberíntica, picaresca y dickensiana» que refleja su formación literaria y remite a una tradición académica y cultural potente en Gran Bretaña[37]. De ahí tomará Thompson la poesía y el folclore popular como fuentes; de ahí importará textos de una cultura popular cuidada y preservada como patrimonio (por cierto, que Thompson no gustaba del término popular culture…, ¡aunque de ese depósito extraiga su peculiar habilidad para forjar una mirada antropológica hacia los modos y formas de la protesta!). Por lo demás, son conocidas las críticas de Joan Scott en cuanto a las carencias de género que hay en la obra de E. P. Thompson, o las de Chakrabarty, por ejemplo, desde la visión poscolonial, pero aquí no hemos de entrar en ello. En resumen, el sesgo culturalista que posee Thompson –sin ser exclusivo de él– viene a acrecerlo el plus moralizante de su férrea oposición al estalinismo, si bien su fuerte carácter antieconomicista constituiría durante un tiempo, para una parte importante de los críticos, su déficit principal.

Cierto es que su forma de hacer historia no constituye una teoría alternativa, original –ni mucho menos una teoría de la historia completa, cosa que Thompson eludió–[38], sino que es en esencia un intento de conciliar el marxismo –cuerpo de ideas para la transformación social– con la idea de historicidad. De ahí el reproche de Thompson a Anderson y Nairn por eludir la variedad de gentes y personas, por descuidar el cambio en las relaciones humanas (entre clases tanto como en el interior de la propia clase), y por acabar reduciendo el movimiento a estaticidad. Solo el comportamiento «de clase» que surgirá de aquellas relaciones y sus cambios (entre otros, los cambios de instituciones ligadas a la clase), nos permitirá ver –Thompson se empeña en ello– que las clases existen. Podremos compararlas a escalas diferentes (a escala transnacional también), mas siempre que permanezcamos atentos a las diferencias provenientes de contextos culturales diferentes, pero nunca podremos aislar una muestra de clase «pura», abstracta… Solo le es lícito al analista, así, hacer un seguimiento del proceso, ver cómo se desarrolla la relación, acompañar la «máquina» en su funcionamiento… Metáforas, a veces, difíciles de aceptar para muchos marxistas.

Esta es la encarnadura thompsoniana del marxismo. Thompson nunca negó la clase y sus determinantes, pero buscó ante todo reconstruir expresiones del proceso atendiendo a las voces del pasado que yacían en silencio. Documentos de muy diverso origen que, desde los archivos, Thompson pondría a la vista del lector en cadenas argumentativas, con largos párrafos de citas directas, algo que no todos habrían de apreciar tanto como Sewell. Geoff Eley recuerda que fueron muchos los que «arquearon las cejas ante el método de la cita extensa», tejido armado con «un máximo de sentimiento y un mínimo de análisis…», pero existe un acuerdo casi general a propósito de que Thompson sabrá salir «del pozo de la investigación tradicional con oro en los bolsillos»[39]. Y es que en las citas, que incorporan matices y múltiples detalles, Thompson cuida en extremo el contexto de producción de los discursos, persiguiendo el sentido histórico de las palabras para fijar sus usos concretos en el tiempo de su circulación. Las interpretaciones de su correspondencia con las prácticas sociales respectivas que el historiador nos ofrece no son materialistas propiamente hablando, pero su método histórico y filológico enraíza en la prospección discursiva que otras corrientes han revitalizado después, como el contexto postestructuralista que aprecia el valor performativo del lenguaje.

Resulta significativa la posición de Thompson en torno al uso de unas u otras fuentes, su jerarquización en cuanto al valor relativo de unas u otras como información sobre las luchas de poder, desvelando su postura ante la cuestión de la objetividad. En el capítulo XIV de La formación… se encuentran consideraciones metodológicas, referidas más que nada a fuentes sobre organizaciones ilegales y clandestinas de finales del siglo xviii y principios del xix. Para Thompson, es un hecho que «las pruebas que las autoridades presentaban, referentes a una clandestinidad conspiradora entre 1798 y 1820, son dudosas y algunas veces carecen de valor», y en consecuencia no deberían usarse. Pero, por el contrario, aunque sospechemos que las fuentes «de abajo» disten de proceder de un «observador objetivo»