Ebrietas - Íñigo Pirfano Laguna - E-Book

Ebrietas E-Book

Íñigo Pirfano Laguna

0,0

Beschreibung

Cuando un filósofo escribe sobre estética, el resultado constituye en no pocos casos un ejercicio de admirable erudición que no consigue penetrar en la naturaleza de la creación poética. Y al revés; si un artista se lanza a la difícil tarea de describir unos procesos creativos con los que está realmente familiarizado, su fruto carece frecuentemente de profundidad especulativa. La visión que el presente ensayo aporta sobre el arte y la belleza, se asienta sobre una concepción antropológica profundamente humana, anclada en la persuasión de la dignidad e irrepetibilidad de cada persona. El enfoque de la cuestión -que se podría describir como platónico o místico- invita al lector a una reflexión pausada y profunda, de la mano de algunos de los mejores artistas y teóricos del arte de todos los tiempos. Ebrietas es el fruto de años de práctica musical, lectura, estudio, reflexión y conversación con creadores de los distintos campos artísticos. Hace referencia, por un lado, a los trascendentales de la filosofía clásica: Ens, Unum, Verum, Bonum y Pulchrum. Por otro, propone la ebriedad como clave de interpretación y vía de acceso a las cuestiones que más importan al ser humano: amor, belleza, sentido, moral, verdad, trascendencia. Decía Gustav Mahler que 'lo mejor de la música es lo que se encuentra detrás de las notas'. De eso que se encuentra detrás de las notas es de lo que trata este libro.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 165

Veröffentlichungsjahr: 2012

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Ensayos

464

Íñigo Pirfano

Ebrietas

El poder de la belleza

© 2012

Íñigo Pirfano

y

Ediciones Encuentro, S. A., Madrid

ISBN libro electrónico: 978-84-9920-775-9

ISBN libro en papel: 978-84-9920-140-5

Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa

y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Ramírez de Arellano, 17-10.a - 28043 Madrid

Tel. 902 999 689

www.ediciones-encuentro.es

A mi padre y maestro

«La belleza anterior a toda forma

nos va haciendo a su misma semejanza».

Claudio Rodríguez,Don de la ebriedad

Introducción

Las reflexiones que afloran en estas páginas forman parte de una serie de conferencias que he tenido el placer de dar a lo largo y ancho de nuestra geografía. Nacen, a un tiempo, de mi inclinación a la especulación filosófica, así como de mi experiencia como compositor e intérprete musical. ¿Qué relación pueden guardar la filosofía y la música?, podría plantearse alguien. De un lado, como filósofo sostengo que ambas disciplinas consisten principalmente en lainterpretaciónde textos. Como director de orquesta, sin embargo, he de decir que mi profesión me ha permitido ir descubriendo en la gran música —y por extensión en toda manifestación artística valiosa—, una vía de conocimiento ante la cual —que me perdonen mis colegas filósofos— el conocimiento especulativo palidece cual Héctor moribundo. La música descuella entre todas las demás artes como la más elevada vía de revelación que ha sido dada al hombre:

«Sólo la música, con exclusión de todas las demás artes, es capaz de expresar una belleza que produce un efecto físico, nos arrebata enteramente y roza el plano celeste»1.

No es muy habitual que un filósofo sea, a la vez, artista. De hecho, cuando un filósofo escribe sobre estética, el resultado constituye en no pocos casos un ejercicio de admirable erudición que no consigue penetrar en la naturaleza de la creación poética. Y al revés; si un artista se lanza a la difícil tarea de describir unos procesos creativos con los que está realmente familiarizado, su fruto carece frecuentemente de profundidad especulativa. Esto lo constata el filósofo y teórico musical Theodor W. Adorno, cuando afirma:

«Si hay un objeto con el que la filosofía se ha dado persistentemente de bruces en una humillante demostración de impotencia, ése es la música (…).

Como un chimpancé hojeandoLa Divina Comedia,el filósofo se rasca la cabeza y el sobaco sin conseguir apenas algún resultado más allá de cuatro obviedades y lugares comunes. Cuando uno echa un vistazo a alguna de las historias de la filosofía de la música más esforzadas, no logra desprenderse de la impresión de que casi todo lo que encierran es palabrería y retórica sofística»2.

Esta misma experiencia, unida al ánimo infundido por un buen puñado de amigos, me ha empujado a consignar por escrito lo que es fruto de muchos años de práctica musical, lectura, estudio, reflexión y conversación con creadores de los distintos campos artísticos. El título elegido —Ebrietas— hace referencia, por un lado a los trascendentales de la filosofía clásica:Ens,Unum,Verum,BonumyPulchrum.Sin embargo, deseo dar un paso más allá, y —haciendo mía la hermosa imagen del gran Claudio Rodríguez— proponer laebriedadcomo clave de interpretación y vía de acceso a las cuestiones que másimportanal ser humano: amor, belleza, sentido, moral, verdad, trascendencia. Ludwig Wittgenstein sostenía que sobre éstas «no se puede hablar»3. Sus coetáneos delWiener Kreisnunca entendieron que —precisamente por eso— estas realidades son las que más interesaron siempre al filósofo. Así pues, estas páginas están dedicadas a la auténtica poesía, al arte verdadero. Éstos se revelan como una búsqueda apasionada de la verdad que funda: un cantoebriobajo el amoroso magnetismo dellogos.

De mis años de estudiante universitario guardo el vívido recuerdo de un pasaje delHiperiónde Hölderlin que me golpeó con enorme fuerza. Dice así: «El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona»4. Esto me ayudó a caer en la cuenta de lo limitado que resulta el conocimiento especulativo, cuando seexperimentala verdad que se encierra en la sentencia de Gustav Mahler:«Lo mejor de la música es lo que se encuentradetrásde las notas».

De eso que se encuentradetrásde las notas es de lo que trata este libro. Al hilo de una amplia selección de textos de teóricos del arte, poetas, filósofos y, sobre todo, de músicos, procuraré arrojar luz sobre las cuestiones que másafectanal hombre. De ellas da cuenta la obra de arte auténtica: ¿para qué estoy aquí?; ¿por qué encuentro en mí el deseo de perdurar para siempre?; ¿qué relación guardan la belleza, la verdad, el amor y el bien? No pretendo llegar a ningún puerto, ni trazar una línea argumental que conduzca a un resultado inapelable. Trataré, más bien, de hablar de poéticaab intra,esto es, poéticamente. Probablemente ésta sea la única forma legítima de hacerlo. Dice María Zambrano que «la palabra irracional de la poesía, por fidelidad a lo hallado, no traza camino»5.

Puesto que no pretendo decepcionar a ningún lector, advierto desde ahora que este libro pretende ser algo así como un caféristretto:corto de contenido y pleno de aroma. Se ha de leer, por tanto, como se lee la poesía: paladeándolo, sin prisa por llegar al final —¿tiene acaso la poesía unfinal?—, dejando que nos envuelva con su perfume. No me interesa demasiado exponer lo que los filósofos han dicho sobre la belleza. Existen cientos de libros que recogen muchas de esas teorías más o menos logradas. Me importa mucho más lo que los artistasdicencon su arte acerca de la verdad. Deseo ofrecer al lector la posibilidad de mirar el atardecer no con los ojos del científico, sino con los del enamorado:

«Tan imposible nos resulta explicar el elemento prístino de la fuerza creadora, como en el fondo nos es imposible decir qué es la electricidad o la fuerza de gravitación o la energía magnética. Todo cuanto podemos hacer se reduce a comprobar ciertas leyes y formas en que se manifiesta aquella ignota fuerza elemental»6.

Lo poético nos pone en contacto directo con la belleza, y la belleza es lo que hace que la vida sea digna de ser vivida. La belleza exige sacrificio, ascenso, renuncia; por eso la bellezamerece lapena.

A partir del magnífico material que he ido recabando, ofrezco unas reflexiones que sirvan al lector para pensar por su cuenta, para adentrarse en el arcano de la esencia misma del arte. Le facilito el diálogo directo con los grandes creadores de todas las épocas, que permanecenvivosen su inestimable legado. De seguro, mucho másvivosque todos los personajes que deambulan erráticos y menesterosos entre las páginas de las revistas del corazón o entre los bastidores del plató de cualquierreality-show.

Mientras los subproductos de una sociedad fofa y atolondrada hacen subir los índices de audiencia hasta unas cotas que producen verdadero desasosiego, hay una inagotable fuente de riqueza escondida —a veces, literalmente— en los estantes de la biblioteca pública de cualquier localidad improbable. Renunciar a las geniales creaciones de un autor que no tomaba la pluma o el pincel si no iba adeciralgo verdaderamente imprescindible, resulta de una frivolidad imperdonable. Consumir compulsivamente la mediocre producción musical del últimorock-starde moda y preferirlo a la gran música porque éstacarece de ritmo,supone no haber entendido absolutamente nada de música, y, desde luego, desconocer por completo el éxtasis rítmico de laSéptimade Beethoven, elSensemayáde Silvestre Revueltas o laHistoria del soldadode Stravinsky.

La posibilidad dedialogarcon los grandes nos hace grandes, y constituye una virtud imprescindible del verdadero artista, del intérprete fiel y profundo, así como de cualquier persona que desee llevar una vida dotada de profundidad y riqueza. Si, por el contrario, el hombre se acostumbra a pelear contra losliliputiensesde su día a día —exteriores o interiores—, corre el peligro de acabar empequeñeciéndose él mismo. El genio de Beethoven era consciente de esto cuando escribía en una carta a su editor:

«Sin presumir de poseer una verdadera erudición, me he esforzado desde la infancia en comprender las obras superiores de los sabios de todos los tiempos. ¡Vergüenza para el artista que no se crea obligado a ir tan lejos en este camino!»7.

Cultura, Belleza, Verdad, Gusto se escriben con mayúscula porque nos muestran el sentido. «What is it all about?», decía Alfred North Whitehead: ¿De qué va todo esto? Nada hay más bello, nada más fascinante y embriagador que llevar una vida consentido. En cierto modo, los verdaderos artistas son esas señales luminosas que nos indican el camino cuando los vendavales de la irracionalidad o de la imbecilidad soplan fuerte. Ésta es su vocación; ésta es su misión:

«Doch uns gebührt es, unter Gottes Gewittern,

Ihr Dichter! Mit entblößtem Haupte zu stehen,

Des Vaters Strahl, ihn selbst, mit eigner Hand

Zu fassen und dem Volk ins Lied

Gehüllt die himmlische Gabe zu reichen»8.

Euskirchen, verano de 2011

Notas

1 Thomas Mann, Doctor Faustus, XXXVIII.

2 Theodor W. Adorno, Sobre la música, Paidós, Barcelona (2008), p. 10.

3 Cf. Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, nº 7, Altaya, Barcelona (1994).

4 Cf. Friedrich Hölderlin, Hiperión o El eremita en Grecia, Hiperión, Madrid (2008).

5 María Zambrano, Filosofía y Poesía, Fondo de Cultura Económica, Madrid (2001), p. 107.

6 Stefan Zweig, El misterio de la creación artística, Sequitur, Madrid (2010), p. 16.

7 Jean y Brigitte Massin, Beethoven, Turner, Madrid (2003), p. 210.

8 «Como en un día de fiesta»: «Pero a nosotros, poetas, corresponde/estar con la cabeza desnuda bajo las tormentas/de Dios, y aferrar con nuestras manos/el rayo paterno, y brindar al pueblo/ con nuestro canto el don celestial». En Friedrich Hölderlin, Poemas, Icaria, Barcelona (1983).

I. Huellas del absoluto

«Nah ist

und schwer zu fassen der Gott».

Cerca

y difícil de asir está el dios.

Friedrich Hölderlin, Patmos.

No hace falta ser un observador particularmente fino, ni poseer una sensibilidad especial paracaer en la cuenta—utilizo esta expresión de intento, como trataré de mostrar— de que el mundo es eminentemente bello. No es preciso recurrir a lugares comunesad nauseamcomo el cielo estrellado, un paisaje de montaña o el rostro de una mujer —de una mujer bella, se entiende—, ante los que el juicio resulta prácticamente unánime. Quisiera, por tanto, proponer otras realidades que habitualmente escapan a los cánones de belleza, y sin embargo pueden ser consideradas al menos tan bellas como las mencionadas. A los ojos de la mayoría de los mortales, un partido de fútbol, un martillo neumático o una ecuación diferencial no pueden ser consideradas realidades bellas. Yo pienso lo contrario.

Tal vez el problema se encuentre precisamente en esos «ojos de la mayoría de los mortales». A causa de la miopía causada por la lectura de las truculentas secciones de sucesos de los diarios de sus propias biografías; o, debido a que tienen la vista cansada de desparramarse por tenderetes de chamarileros y estraperlistas, no alcanzan a distinguir con nitidez formas, colores, proporciones y texturas. No consiguencaer en la cuentade que todo, absolutamente todo está transido, penetrado de un fulgor especial. Platón lo veía con total claridad cuando, citando a Tales de Mileto, y ante el estupor que le producía la magnificencia y el brillo de todo lo que le rodeaba, aseguraba: «¿hay alguien que, aceptando esto, pueda sostener que todas las cosas no están llenas de dioses?»1.

Todo hombre, por el hecho de serlo, está capacitado para acceder a esealgoque brilla escondido como el rescoldo entre las cenizas. En esto consiste elcaer—en sentido casi físico—en la cuenta. Es ésta unacaídaque no se puede provocar, sino que, más bien, se tienen que dar unas condiciones que la faciliten. Paradójicamente, paracaertendrá quesubir. Tendrá que someterse a duras pruebas deascesis,de costoso ascenso por empinadas crestas que, sin embargo, lo conducirán a paisajes sobrecogedores, a experiencias deéxtasis. En estasalida de sí mismo,el hombre aprenderá a habitar el mundo de una manera diferente, luminosa, verdadera.

Como primer requisito indispensable para iniciar este camino, hay que señalar el siguiente: una cierta y sanadistanciaque es preciso tener respecto de las cosas y los acontecimientos. Esta distancia o separación nos permite habitar el mundo con un talante creativo. Sólo de esa manera se puede entrar en diálogo con él; un diálogo abierto, franco, amistoso, cercano y enormemente enriquecedor. El que se agita absorbido por las pequeñas y múltiples preocupaciones y fatigas diarias, se encuentra imposibilitado para reparar en la belleza de cuanto lo rodea.

Sin duda, alguien se podría plantear lo siguiente: ¿cómo se puede hablar de brillo y magnificencia, en medio de un mundo surcado por el dolor, el miedo, el sinsentido y la angustia?; ¿no es éste un planteamiento tan optimista, que resulta infantil e ingenuo?; ¿cómo se puede hablar de la belleza y del brillo de todo —de esealgoescondido—, cuando lo que vemos a nuestro alrededor es odio, violencia, intereses mezquinos y el deseo del hombre de imponerse a los demás y de explotar a sus iguales? ¿Acaso son compatibles lo uno con lo otro?

Lo son. Precisamente estenuevomodo de instalarse en el mundo es el que nos permite afrontar los sinsabores y trallazos de la vida —por lo demás, inevitables— con un talante creativo y fértil. Para ilustrar esta idea, traigo a colación algunos ejemplos musicales. El compositor francés Olivier Messiaen compuso y estrenó suQuator pour la fin du temps—maravillosamise-en-musiquedel Apocalipsis de San Juan— en un campo de concentración en Görlitz, durante la Segunda Guerra Mundial. El contraste entre la transfigurada belleza de esas páginas y el horror de las circunstancias de su ejecución debió de ser sobrecogedor. ¿Cómo es posible que Messiaen compusiera su impresionante cuarteto en unas circunstancias en las que lo único que importaba era poder sobrevivir un día más?

Algo parecido sucede con Mozart: una buena parte de lo mejor de su producción —sus últimas sinfonías, suconcierto para clarinete y orquesta, suZauberflöte— vio la luz en sus años de mayor penuria económica y de dolor moral, como queda reflejado en la siguiente carta a su amigo y compañero de logia Michael von Puchberg:

«Tanto como mi salud había mejorado ayer, hoy ha empeorado. No he podido, por el dolor, dormir esta noche; debe de ser porque ayer me acaloré con tantas idas y venidas y sin duda me he enfriado. ¡Imaginaos mi estado! ¡Enfermo y lleno de preocupaciones y de inquietud! Una situación semejante en un gran impedimento para la curación. Dentro de ocho o quince días obtendré alguna ayuda (¡seguramente!), pero, por el momento, es la miseria. ¿No podríais asistirme con cualquier cosa? Todo me serviría de ayuda en estos momentos y tranquilizaríais al menos en esta hora a vuestro verdadero amigo y hermano»2.

Y un tercer caso. En 1802, Beethoven aún no había compuesto ni la tercera parte de su producción musical. Sin embargo en esa fecha escribe su famoso «Testamento de Heiligenstadt», en el que da cuenta del terrible dolor moral que padece, fruto de su incipiente sordera y la incomprensión de que es objeto por parte de todos:

«Es el arte, y sólo él, el que me ha salvado. ¡Ah!, me parecía imposible dejar el mundo antes de haber dado todo lo que sentía germinar en mí, y así he prolongado esta vida miserable —verdaderamente miserable, con un cuerpo tan sensible al que todo cambio un poco brusco puede hacer pasar del mejor al peor estado de salud—. Paciencia, es todo lo que me debe guiar ahora, y así lo hago. Espero mantenerme en mi resolución de esperar hasta que le plazca a la Parca cruel romper el hielo. Quizá me fuese mejor; quizá no; pero soy valiente. A los veintiocho años, estar obligado a ser un filósofo no resulta cómodo; para un artista es todavía más duro que para otro hombre. Divinidad, tú que desde lo alto ves el fondo de mi ser, sabes que viven en mí el deseo de hacer el bien y el amor a la humanidad. Hombres, si leéis esto algún día, pensad que no habéis sido justos conmigo, y que el desgraciado se consuela encontrando alguien que se le parezca, y que, pese a todos los obstáculos de la Naturaleza, he hecho, sin embargo, todo lo posible para ser admitido en la categoría de los artistas y hombres de valía»3.

Vistos estos ejemplos, es preciso decir que no es necesario que se den unas condiciones como las descritas para que el artista produzca obras de relevancia. Una visión romántica y deformada de la creación artística nos ha hecho creer con frecuencia que el artista produce obras mejores en un medio hostil. Y no tiene por qué ser así. Es sabido que compositores como Mendelssohn, Wagner o Stravinsky —al menos antes y después de la guerra, este último— gozaban de una situación económica desahogada y de una vida bastante apacible. Por duras que puedan ser las circunstancias, la persona que vive su vida creativamente no se deja abatir por ellas. Para eso es preciso mantener la sanadistanciade que hablábamos. Esta peculiar manera de mirar descubre —des-cubre— lo que se esconde allende la materialidad de las cosas y la facticidad de los hechos. Como veremos a lo largo de estas páginas, el arte nos muestra un camino —mejor, un atajo— para acceder a la verdad más íntima de las cosas.

«La naturaleza no ha elegido al hombre para un género de vida bajo e innoble, sino que introduciéndonos en la vida y en el universo entero como en un gran festival, para que seamos espectadores de todas sus pruebas y ardientes competidores, hizo nacer en nuestras almas desde un principio un amor invencible por lo que es siempre grande y, en relación con nosotros, sobrenatural»4.

Estas palabras del escritor clásico describen magníficamente laaperturaque produce la fascinación por lo obvio, por lo prosaico, por lo cotidiano, cuyo carácterfestivoestamos llamados a descubrir. Nada mejor que la reflexión estética como vía de penetración en esanuevamanera de contemplar el mundo.

El modo de habitar un mundo que está «lleno de dioses» —según la descripción platónica— es lo que entendemos porentusiasmo,palabra de origen griego que significa precisamentevivir en el diosoestar con el dios.El entusiasmo no acontece comofrutode lo que se mira, sino que constituye, más bien, una actitud delmodoen que se mira. Lo contrario de vivirentusiasmadoes vivirensimismado. Esta doble polaridad nos trae a la mente la imagen de las dos ciudades que menciona Agustín de Hipona al comienzo mismo de su tratadoDe civitate Dei. Elensimismamientoes el fruto amargo que —junto con la decepción, el hastío, la duda y el cinismo— configura elbodegónque nos ha legado elracionalismo ilustrado. Éste se ha conservado intacto —con algunas significativas aportaciones, como el pesimismo existencial o el nihilismo— hasta nuestros días. Charles Baudelaire, quien a mi juicio configura con Nietzsche el más ferviente binomio de oficiantes de lasliturgias de la nada,titula a uno de sus más célebres poemarios en prosaEl Spleen de Paris. Y se entiende bien. Allí donde el sujeto, en su borrachera demiúrgica, se emancipa de prejuicios e imposiciones, y se autoproclama centro y razón última de la fundamentación, sólo queda el hastío. Sólo cabe el canto al sopor, al tedio, a la náusea, a la nada.

La mirada del que está entusiasmado, por el contrario,des-cubreconstantemente el fulgorlatente,término éste que posee resonancias orteguianas. Hay una