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Ecos de Historia, ¿para qué? es un homenaje al ya clásico Historia, ¿para qué?, publicado por Siglo XXI en 1980, que marcó un hito en los libros sobre historia dado que las nuevas generaciones de historiadores y especialistas criticaban la historiografía tradicional. Cuatro décadas después, este libro aparece como un emocionante desafío en el que los y las autoras actualizan y enriquecen la discusión desde perspectivas plurales, intergeneracionales y contemporáneas. Destaca la diversidad de los temas de reflexión: historia feminista, de género y de mujeres; las tradiciones indígenas en la historiografía novohispana; nuevas consideraciones para la enseñanza de una historia más incluyente; el ejercicio de autoconciencia que sólo la historia profesional puede tener sobre su propia producción, entre otros. Todos estos asuntos, iluminados por el conocimiento y la agudeza reflexiva de las plumas convocadas, convierten a Ecos de Historia, ¿para qué? en un estímulo extraordinario para quienes se dedican al oficio de historiar, así como para todo lector interesado en estos temas.
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Seitenzahl: 386
Veröffentlichungsjahr: 2023
Índice
Prefacio
Alfredo Ávila
Historia para cuestionarnos, para confrontarnos
Alfredo Ávila
La noción de historia en la historiografía novohispana de tradición indígena: apuntes y desafíos
Clementina Battcock
¿Historia feminista? ¿De las mujeres? ¿De género? ¿De los feminismos?
Gabriela Cano
Historia, ¿para quién?
Elisa Cárdenas Ayala
Crisis e historia
Luciano Concheiro San Vicente y Ana Sofía Rodríguez Everaert
Divulgar la historia. Una mirada desde la curaduría
Veka Duncan
Historia, ¿para qué? Cuarenta y cuatro años después
Rodrigo Martínez Baracs
Historia para mirar, historia para pensar
Erika Pani
Enseñanza de la historiaen la escuela, ¿para qué?
Sebastián Plá
Subalternidad, historia y Estado
Rhina Roux
De la útil inutilidad de la historia
Mauricio Tenorio Trillo
historia
Ávila, Alfredo [et al.]
Ecos de Historia, ¿para qué? / Alfredo Ávila … [et al.]. – México :
Siglo XXI Editores, 2023
264 p. ; 13.5 × 21 cm – (Colec. Historia)
ISBN: 978-607-03-1362-2
1. Historia – Filosofía 2. Civilización 3. Humanismo I. Ser. II. t.
LC D16.9A7833 Dewey901A958e
© 2023, siglo xxi editores, s. a. de c. v.
isbn 978-607-03-1362-2
isbn-e 978-607-03-1363-9
Prefacio
Alfredo Ávila
Decir que todas las personas que han estudiado la carrera de historia en México durante las últimas cuatro décadas han leído Historia, ¿para qué? no es una afirmación tan temeraria como pudiera suponerse. Si no es así, la inmensa mayoría lo ha hecho, por no hablar de su presencia en otras carreras de ciencias sociales y en los estudios de bachillerato. Con toda certeza, esa obra seguirá contribuyendo a la formación de miles de estudiantes en el país. Por ello, el presente libro no la sustituirá ni pretende hacerlo; se propone solamente complementarla con una reflexión acerca de la importancia del oficio de historiar, elaborada por una generación distinta de colegas, historiadoras e historiadores del siglo XXI.
No haré el relato sobre el devenir deHistoria, ¿para qué?,pues Rodrigo Martínez Baracs se ha encargado de eso en su contribución para este libro. En1980todos los colaboradores fueron hombres, y sin embargo también es verdad que tanto la reunión que le dio origen como el mismo libro tuvieron el impulso decisivo de la directora del Archivo General de la Nación, Alejandra Moreno Toscano, autora de la “advertencia” en aquel volumen. Los capítulos que integran esta obra, en cambio, han sido hechos por siete mujeres y cinco hombres. Con seguridad, habrá quien considere que no es un asunto importante, aunque muchas personas se congratularán del reconocimiento que se hace de la gran presencia de mujeres en las instituciones de investigación y docencia superior. Hay otra virtud debida a la presencia femenina en este libro: la pluralidad. Si bien es cierto que los estudios de género y la historia de las mujeres no son campos reservados para las historiadoras, fueron ellas las que los abrieron. La historia feminista, de género, de mujeres, no cuenta un relato dirigido sólo a especialistas, sino que resulta en un saber imprescindible para explicar el pasado y presente humano, como bien ha notado Gabriela Cano en su capítulo.
La diversidad enriquece. Poner atención a las tradiciones indígenas en la historiografía novohispana, como hace Clementina Battcock, contribuye a cuestionar el relato único que habíamos heredado. Erika Pani y Rhina Roux, con perspectivas muy diferentes, cuestionan también las narrativas hegemónicas de la historia política al incluir a grupos subalternos en los procesos de construcción estatal, pero también a sectores que no solían tenerse en cuenta.
En mi capítulo me refiero a las diversas formas de relatar elpasado y el papel que la historiografía profesional tiene en ese panorama. Esta multiplicación de narrativas difumina nuestros vínculos con el pasado, como bien afirman Luciano Concheiro y AnaSofía Rodríguez Everaert. La escritura profesional de la historiaes, entre todos los relatos del pasado, la única que puede analizar su propia producción desde la perspectiva del lugar y el sujeto quelos produce, como señala Elisa Cárdenas. Es Clío mirándose al espejo, para usar la metáfora de Mauricio Tenorio Trillo.
Reconocer que no hay una verdad sobre el pasado no implica que cualquier versión, por más fraudulenta que sea, pueda ser aceptable. Veka Duncan muestra cómo el relato sobre el pasado elaborado desde la profesión contribuye al pensamiento crítico. Este aspecto es relevante también en la enseñanza de la historia, analizada por Sebastián Plá; de ahí que él proponga incluir en los planes de estudio las historias de los pueblos indígenas, los movimientos feministas, las desigualdades. La enseñanza de la historia permitiría desterrar prejuicios y formar, quizá, una sociedad más tolerante.
La lectura de los capítulos que integran este libro, presentados en estricto orden alfabético de apellidos, mostrará que algunas conclusiones se parecen a las que ofrecía el de 1980, pero las comprendemos de una manera diferente. Ésa era la intención de Enrique Florescano cuando, hace ya varios años, señalaba la necesidad de una nueva versión de Historia, ¿para qué? Numerosos contratiempos la retrasaron. Fue la diligencia de Tomás Granados Salinas la que la llevó a buen término. Paola Morán, al frente de Siglo XXI México, le ha dado el impulso final. Por desgracia, Enrique Florescano murió en 2023. Ya no pudo ver estos ensayos hechos por la “nueva generación” como solía referirse a la de la mayoría de quienes participamos en este libro, aunque el adjetivo no sea el adecuado. En el futuro, otras nuevas generaciones tomarán la batuta para exponer sus reflexiones sobre el oficio. Ojalá que no se tarden tantas décadas como ha sucedido ahora. Espero que integren un grupo todavía más plural, con mayor presencia de colegas que trabajen fuera de la Ciudad de México. Mientras tanto, espero que este libro complemente a su ilustre predecesor y se sume a la lectura de miles de jóvenes que se preguntan ¿para qué la historia?
Historia para cuestionarnos,para confrontarnos
Alfredo Ávila
Contamos historias. Es algo que hacen todas las personas, grandes y chicas, por escrito o charlando. Cuando los señores chismorrean tras salir del trabajo están contando historias. Las mujeres cuentan con orgullo lo que hacen sus hijas y con preocupación lo que oyeron en el noticiero de la mañana. Repetimos las historias que escuchamos y, reconozcámoslo, casi siempre las cambiamos un poco.
Nos gusta narrar historias y escucharlas. Construimos nuestra identidad a partir de lo vivido y de cómo lo contamos. Cada conversación que tenemos es un relato que acomoda y da sentido a nuestros recuerdos. Hacemos pequeñas historias propias para que otras personas nos conozcan. Ponemos más atención a los aspectos atractivos de nuestro pasado, en tanto que omitimos o minimizamos aquellos que nos harían quedar mal. Presentamos nuestra historia de formas distintas hasta hallar una preferida que luego referimos constantemente. Olvidamos lo que no incluimos en este relato recurrente. Lo repetimos tanto que terminamos creyéndolo.
Contamos historias porque nos gusta y porque necesitamos recordar lo que nos ha hecho daño, para evitarlo en el futuro. Los seres humanos tenemos muchas deficiencias como especie. Superar los primeros años de vida depende casi por completo de la comunidad en la que vivimos. Tenemos algunos instintos, pero no los suficientes. Para sobrevivir recurrimos a la experiencia propia y ajena. La antropóloga evolucionista Michelle Scalise Sugiyama ha mostrado, desde la neurociencia, que esas experiencias se aprenden mejor cuando son relatadas. Las historias producen más empatía que la información, por más clara que sea.
Somos seres sociales. Nacemos en un medio social. No elegimos ni la lengua materna ni la comunidad en la que crecimos. Nuestra circunstancia depende de lo que otras personas han hecho, tanto en el pasado inmediato como en el más remoto. Nuestros actos son producto de nuestro arbitrio en diferente medida, pero nunca del todo. La voluntad depende de las condiciones socioeconómicas en las que estamos y de la cultura preexistente, es decir, de las formas prácticas y simbólicas con las que articulamos nuestras relaciones, negociamos nuestras demandas y nos expresamos. Por supuesto, podemos modificar esas condiciones, pues el pasado no es condena.
Resulta evidente la importancia de conocer cómo se formaron las circunstancias que nos constriñen, en las que actuamos y que podemos cambiar. Por eso nos contamos historias, para saber, aprender y tomar decisiones.
Así como elaboramos relatos personales, también escuchamos y hacemos historias de la gente que nos rodea. Escuchamos los consejos de nuestro padre, nacidos de su experiencia y de lo que otras personas le han contado. Escuchamos al abuelo relatar cómo se enamoró y a nuestra madre acerca de cómo le hizo para criar al tiempo que trabajaba. Sabemos que nuestra familia tuvo malas experiencias en el pasado con alguna empresa, con algún pariente lejano que sólo causaba problemas.
Esos relatos de todos los días van formando nuestro propio carácter y dan cohesión a nuestro grupo familiar, pero también a los otros grupos de los que formamos parte: el colegio al que asistimos, el barrio en el que crecimos, nuestra comunidad, la gente que trabaja en el mismo sitio, la que va al estadio a apoyar al equipo que nos gusta, o la que tiene una preferencia sexual semejante a la nuestra y con la que nos identificamos. Lo mismo pasa con la historia del país en el que vivimos.
En las siguientes páginas abordaré las diversas formas que tenemos para contarnos historias, para construir identidades. Empezaré por la historia nacional, pero también por las narraciones sobre el pasado que se oponen al relato único. Incluiré una reflexión acerca de por qué es importante que, entre la diversidad de relatos, haya personas que se dediquen a estudiar la historia profesionalmente.
*
Relacionamos la palabra “historia” con la historia nacional. La “historia mundial” nos remite a la de los países poderosos del planeta, en especial los del oeste de Europa. Esto se debe a que desde hace un par de siglos los Estados han impulsado el relato del pasado con ese objetivo, para que creamos que la historia es eso: la de los países.
La mayoría de los Estados del mundo gobierna sobre comunidades diferentes, clases sociales con intereses distintos y hasta opuestos, creencias religiosas diversas, incluso cuando hay una Iglesia única. Por eso, desde la escuela básica los planes de estudio incluyen asignaturas de historia nacional y del mundo. El objetivo es enseñar a la niñez que tiene un pasado común con el de la población de todo el país, sin importar las diferencias, y que es distinta a la de otros países, aunque se parezca mucho.
La historia nacional se encuentra por todos lados: en las calles que llevan nombre de señores (rara vez de señoras), en los monumentos que adornan parques y glorietas, en los discursos políticos. La historia patria pretende hacernos creer que somos parte de una nación, es decir, de una comunidad con un pasado compartido y una identidad única.
Por supuesto, en casi ningún país hay ese pasado común. En las regiones fronterizas, por ejemplo, la gente suele parecerse mucho a la que vive del otro lado de la línea que separa dos naciones. En ocasiones, comparte vínculos lingüísticos y familiares. Un buen porcentaje de la población maya del Soconusco, en el estado mexicano de Chiapas, habla mam, lo mismo que mucha gente del departamento de San Marcos, en Guatemala. Tienen un pasado compartido, relaciones de parentesco y problemas semejantes, pero su ciudadanía es distinta. La de un lado es guatemalteca. Se le ha enseñado que México despojó a su país de un enorme territorio en una ocupación militar injusta en 1842. A la gente del otro lado se le enseñó que “sus ancestros”, los mexicas, habían extendido su imperio hasta el Soconusco, por lo que esa tierra es mexicana. No se le menciona, por supuesto, que antes de eso hubo pueblos mayas en esa región.
La búsqueda de “los orígenes más remotos” de las naciones es una de las características de este tipo de historia. Pareciera que el pasado —mientras más lejano mejor— otorga un tipo de legitimidad. Los monarcas, gobernantes y tiranuelos solían inventarse genealogías para justificar su poder. Entre los señoríos musulmanes, ser descendiente del Profeta otorgaba autoridad. Los príncipes franceses, italianos y alemanes hacían malabares para probar que eran los depositarios del legado imperial romano. Los españoles se empeñaron en inventar un origen godo.
En la segunda mitad del siglo XVIII empezó a haber algunos cambios en ese uso del pasado. Algunos fueron minúsculos, pero de gran trascendencia. Uno de ellos fue la aparición de la primera persona del plural para referirse a personas que vivieron siglos antes. De esa forma, el pasado remoto explicaría por qué algunos individuos detentaban el derecho de mandar, pero también por qué la mayoría los obedecía.
A partir de 1794 un eclesiástico poblano pronunció una serie de sermones en la Ciudad de México. En ese momento la monarquía española estaba en guerra con Francia y las noticias que llegaban del otro lado del Atlántico no eran alentadoras. El clérigo dedicó sus homilías a los “militares españoles difuntos”, a los que llamaba “nuestro ejército”. Lo curioso es que se refería no sólo a quienes estaban peleando en esos momentos sino también a las tropas encabezadas por los reyes godos, comenzando por Eurico. En las prédicas relató las glorias militares de la “nación española” que concluyeron con la conquista de Granada por los Reyes Católicos y el descubrimiento de América, merecido premio, desde su punto de vista, a todos los esfuerzos de “nuestros ejércitos” a lo largo de los siglos.
Esos sermones se predicaron en la Ciudad de México, poblada por una sociedad mayoritariamente náhuatl, aunque con gente proveniente de otros continentes y muy mezclada, de religión católica y uso extendido del idioma español. Cuando el predicador usaba la primera persona del plural implicaba que esa sociedad era la misma que aquella que conquistó amplias regiones de la península ibérica en el siglo V, sin importar que hablara un idioma germánico, tuviera su capital en donde hoy está la ciudad de Toulouse, Francia, y practicara una religión cristiana diferente. Había una identidad.
Cuando el clérigo pronunciaba su sermón, España combatía contra la Francia revolucionaria, un Estado que había declarado que la soberanía estaba en la nación. Con el paso de los años ese principio se extendió a otros países. El uso de la primera persona del plural fue muy frecuente en ese proceso: gente que hablaba idiomas distintos y tenía tradiciones diferentes dentro de unas mismas fronteras llamaba “nuestro ejército” a las tropas organizadas por el Estado. De igual manera, empezaron a referirse a las gestas ocurridas en el pasado, a veces muchos siglos antes, como “nuestras”. La niñez de Francia en el siglo XIX aprendía que el pueblo franco, dirigido por Clovis, ya era francés. No importa que aquel grupo germánico hubiera conquistado al señorío de Soissons, donde se hablaba un latín vernáculo del que resultaría el idioma francés. En el Río de la Plata, los promotores de la independencia recurrían a la historia de los incas para impulsar sus proyectos, aunque en su inmensa mayoría fueran descendientes de españoles.
“Nos conquistaron”, “nos atacaron”, “triunfamos”, son frases que nos encontramos con frecuencia en los relatos patrióticos sobre el pasado. En Paraguay se puede escuchar que “perdimos” la guerra contra la Triple Alianza y en México que Estados Unidos “nos quitó la mitad de nuestro territorio” durante el siglo XIX, aunque ninguna persona viva padeció aquellas guerras ni el despojo que conllevaron. Se puede argumentar, por supuesto, que sin esos conflictos Paraguay y México serían más grandes, de modo que sí afectaron a quienes actualmente viven en esos países, pero nada garantiza que esos territorios se hubieran mantenido integrados a lo largo del tiempo, por no hablar, en el caso del actual suroeste de Estados Unidos, de que la soberanía mexicana era allí poco más que nominal y que quienes realmente poseían y habitaban esas regiones eran varios estados indígenas.
El historiador José Álvarez Junco ha notado que los relatos de las naciones suelen tener tres etapas: Paraíso, Caída y Redención. El primero es un mito sobre un pasado remoto en el que el pueblo vivía feliz. Por supuesto, quienes hacemos historia en la academia sabemos que ese pasado nunca existió. En México, por ejemplo, la versión patriótica exalta la “grandeza” de las culturas precolombinas, su arte y poesía, sus tradiciones y peculiar cosmovisión. Todo eso fue destruido violentamente por una conquista extranjera, que trajo dolor, sufrimiento y deseos de venganza. Quienes han investigado el periodo anterior a la invasión europea saben que en Mesoamérica la violencia era tan frecuente como en cualquier otra parte del mundo, hubo numerosos conflictos bélicos y rebeliones y había explotación social, descontento popular y movimientos que buscaban romper con la sujeción a guerreros y sacerdotes.
El periodo colonial latinoamericano es visto, en los relatos nacionalistas, como la época de la caída, una etapa oscura, sobre la que se pasa de puntillas. No se pone mucha atención a que los idiomas predominantes en la región sean, precisamente, los que los europeos impusieron en esos siglos, ni que buena parte de sus condiciones sociales, económicas y culturales (para bien y para mal) se formaron en esa época. Por cierto, en muchos países de América Latina surgió una versión de la historia, también patriótica, pero de signo contrario. Según ese relato, la época colonial fue la paradisiaca, tiempo de paz y prosperidad que se rompió por la intervención de potencias celosas de España, como Gran Bretaña, y la pérfida influencia de ideologías extranjeras, como el liberalismo. Las exacciones, explotación y violencia del orden colonial ni siquiera se mencionan en este tipo de relatos.
Al narrar los orígenes de las naciones se requieren olvidos. Estos olvidos suelen ser aprovechados, en cada país, por cierta clase política que, a falta de un mejor presente para la sociedad, ofrece un mejor pasado, en el que se omite convenientemente todo lo que “nos” hace quedar mal como nación. La extrema derecha europea ha impulsado un discurso en el que se exalta la “campaña civilizadora” que sus países llevaron a cabo en otras partes del mundo, sin mencionar el tráfico de humanos, las violaciones y los crímenes que cometieron. Todavía hace poco tiempo, en la civilizada Bélgica, se ignoraba que una parte de la riqueza de ese país, sus monumentos, arquitectura y museos, fueron resultado de la diezbrutalidad de Leopoldo II en el Congo, tan bien descrita en la obra de Joseph Conrad. En Estados Unidos, los grupos más conservadores promueven que la terrible historia de la esclavitud y de explotación humana se excluya de la enseñanza para evitar que la ciudadanía se sienta avergonzada. Hay que hacer creer que “siempre fuimos los buenos”.
Los relatos patrióticos suelen toparse con el problema de explicar por qué se rompió el pasado idílico, en especial cuando se insiste en su “grandeza”. Habitualmente se atribuye la caída a intervenciones extranjeras, pero también a personas pusilánimes y traidoras. La libertad se consiguió peleando contra esos grupos de malvados y contra las naciones que intentaban “dominarnos”. Las narraciones nacionalistas sobre el pasado ponen especial énfasis en los actos heroicos. Morir —y matar— por la patria permite omitir los horrores de la guerra y presentarla como gloriosa.
En 1810, el comandante francés Pierre Augereau, al mando de miles de tropas, sitió Gerona, en España. El gobernador de la plaza, Mariano Álvarez, se negó a entregarla. Prefería la muerte (la suya, la de sus tropas, las de miles de personas que vivían allí) antes que traicionar a su patria y a su rey. El sitio fue desolador. Miles de soldados de ambos bandos murieron, pero también cerca de 10 mil gerundeses, luego de siete meses de sufrimiento, hambre y enfermedades. Augereau fue condecorado por su victoria. Su nombre fue “inmortalizado” en el Arco del Triunfo en París. La violencia, dolor y muerte que llevó a Gerona fueron recompensados. Por su parte, Álvarez se quitó la vida. Su decisión de sacrificar a miles de personas en nombre de la nación española y de un rey felón fue interpretada por los diputados españoles como una muestra de heroísmo. “Las Cortes generales y extraordinarias, constituidas en la imperiosa necesidad de eternizar por su parte la inmortal defensa de Gerona”, determinaron que el nombre del gobernador de Gerona, Mariano Álvarez, fuera “inscrito con letras de oro en una lápida que se colocará en la sala de sesiones”. No hay constancia, en cambio, de que los legisladores pensaran en la gente que perdió todo en aquel atroz sitio.
La nación exige sacrificios propios y de otras personas, en especial del “extraño enemigo”. Creer que hay gente buena y gente mala (patriotas y traidores) contribuye a remover los dilemas éticos al causar dolor, despojo y muerte. En los siglos XX y XXI, el relato sobre el pasado glorioso de naciones que supuestamente existían “desde los más remotos orígenes” ha servido para promover políticas públicas, justificar expropiaciones, fomentar las artes “propias”, para inventar identidad allí donde hay diferencias, pero también para proteger a grupos empresariales, atacar a quienes piensan diferente, a inmigrantes y minorías étnicas, y para emprender guerras sobre otros países que “históricamente formaban parte nuestra”.
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La historia nacional impulsada por los Estados tiene la pretensión de ser “la historia”. Es un relato único que empobrece y simplifica, y que también resulta peligroso, como bien ha señalado la novelista Chimamanda Ngozi Adichie, pues niega la diversidad. Por fortuna, los grupos marginados, los perdedores y quienes conservan su legado se niegan a aceptar que hay una versión única. Las víctimas también escriben la historia.
Contra lo que pudiera pensarse, fuera de Alemania la magnitud de los crímenes cometidos por el nazismo no se conoció bien durante mucho tiempo. Al finalizar la guerra, en 1945, las tropas aliadas se percataron de la existencia de campos de exterminio. Poco después, Primo Levi publicó un valioso testimonio, pero buena parte de la comunidad judía alemana mantuvo discreción por diversas razones. Es posible advertir la enorme diferencia entre los cargos que se hicieron a los altos mandos alemanes en el Tribunal Internacional de Nuremberg en 1946 y los que se juzgaron tres años después en la misma ciudad por un tribunal militar estadounidense. Los primeros eran, fundamentalmente, crímenes de guerra; los segundos, crímenes contra la humanidad.
No fue sino hasta la década de 1950 cuando la destrucción —shoah en hebreo— de la comunidad judía empezó a ser llamada Holocausto, al irse conociendo su magnitud. Aun así, los reportes en torno al juicio a Adolf Eichmann en 1961 sorprendieron a la opinión pública internacional, al desvelar la magnitud de la maquinaria de exterminio nazi. A partir de 1978, diversas publicaciones, películas y documentales televisivos difundieron el horror del Holocausto. Fue entonces cuando se escucharon con más fuerza las voces de las víctimas. Muchas personas supervivientes de los campos de exterminio se decidieron a hablar y evitar, así, que uno de los episodios más horrorosos de la historia fuera relegado. En Estados Unidos, en 1980 se construyó el primer museo dedicado a esa memoria fuera de Israel, aunque pasaron dos décadas antes de que esos memoriales se establecieran en otras partes del mundo. El de Berlín se inauguró recién en 2005. Como reacción, han crecido los discursos negacionistas, que también ofrecen su peculiar relato, sin poder probarlo.
La memoria de las víctimas se ha convertido en uno de los principales obstáculos para el relato único de las naciones. En Estados Unidos, por ejemplo, la expansión de la frontera fue uno de los elementos centrales en la historia patria, motivo de orgullo. Los pueblos originarios guardaban un relato diferente, de despojo y violencia. En la década de 1980, ese relato se empezó a escuchar en todo el país. No sólo se constituyeron organizaciones y se erigieron museos de memoria, sino que las asignaturas de historia en los programas educativos integraron esa otra versión. Algo semejante ocurre en Argentina, en donde la epopeya nacional conocida con el nombre de la Conquista del Desierto todavía se celebraba en el siglo XX como la conquista del territorio “natural” y “propio” de aquel país. En décadas recientes, las comunidades mapuches han impulsado su propio relato, el que muestra que aquella conquista no fue hecha en el desierto, sino sobre pueblos independientes. En esos países, sin embargo, los mayores movimientos de memoria han sido otros: en Argentina, el reclamo de las víctimas de la dictadura, y en Estados Unidos, el de la población afroamericana.
A partir de 1983, en Argentina, numerosas organizaciones promovieron justicia por las atrocidades de la dictadura, que no sólo había vulnerado derechos políticos y civiles, sino que cometió crímenes contra la humanidad. Las dictaduras del Cono Sur detuvieron a rebeldes, integrantes de guerrillas y de partidos clandestinos, y extendieron esa práctica a cualesquiera personas desafectas al régimen. En vez de iniciar procesos judiciales, los cuerpos de seguridad del Estado simplemente las “desaparecían”. En ocasiones, las mantenían incomunicadas en centros de reclusión (algunos clandestinos), sujetas a torturas, en otras eran asesinadas, sin informarlo. Familiares de las personas desaparecidas hicieron un gran esfuerzo para recabar los pormenores con los que se integró un relato sobre el pasado reciente, una memoria de las dictaduras. En 2015 se inauguró un Museo Sitio de Memoria para recuperar las historias de quienes sobrevivieron.
Relatar el pasado para conseguir justicia es también una demanda de las comunidades afroamericanas en Estados Unidos. El relato heroico de ese país se fundaba en el reconocimiento de la igualdad “de todos los hombres”. En 1776, los autores de la Declaración de Independencia firmaron un documento en el que aseguraban el derecho a la libertad, al mismo tiempo que eran propietarios de personas esclavizadas. Cuando 90 años después esa “institución peculiar” fue abolida, se mantuvieron leyes y prácticas que excluían a la población recién liberada. La abolición fue precedida por una sangrienta guerra civil. Quienes fueron derrotados, elaboraron un relato opuesto al de los ganadores. Contaron que la esclavitud era una institución que en realidad protegía a la población de origen africano (relato que, por cierto, también repiten los nostálgicos del orden colonial hispanoamericano respecto a las comunidades indígenas) y que, al ser abolida, ocasionó que se convirtiera en un proletariado despersonalizado, vicioso y criminal. Para reivindicar la memoria de quienes defendieron el orden extinto, se erigieron monumentos a los líderes de la guerra perdida.
En el siglo XXI, organizaciones en favor de los derechos de la población afroamericana han impulsado campañas en contra de ambos relatos del pasado, el de la patria de la libertad y el de los nostálgicos de la esclavitud. Una consecuencia ha sido el derribo de estatuas en espacios públicos que conmemoraban a esclavistas. Este movimiento para hacer escuchar esa otra versión de la historia, ese otro relato, no sólo tiene el objetivo de conseguir justicia por lo que sucedió en el pasado, sino exigir el cese de las injusticias, pues la población afroamericana, junto con otras minorías, padece constantemente la violación de sus derechos, la exclusión social, la pobreza y criminalización en ese país.
Cada vez crece con mayor fuerza un movimiento que busca reparar los daños sufridos en el pasado. El objetivo es hacer justicia: acusar el abuso y el crimen, sancionar a quienes los cometieron, pero también resarcir a las víctimas y a sus descendientes. Es claro que, si durante decenas de años un grupo humano fue víctima de violencia y explotación, sus sucesores se encontrarán en condiciones de marginación y miseria, lo que permite la repetición del ciclo de violencia y explotación. Las reparaciones tienen la capacidad de reducir el impacto del legado de daño y sufrimiento, como ha notado la destacada jurista británica Jacqueline Bhabha.
En México, la lucha por la memoria ha tenido características similares a las descritas. Al menos desde la década de 1990, las comunidades indígenas han exigido ser tomadas en cuenta para integrar su relato sobre el pasado al de la nación. La historia de México, desde la segunda mitad del siglo XIX, había tenido un componente “indigenista”, pero referido casi exclusivamente al pasado precolombino y a la parte más folclórica de “nuestros pueblos originarios”. El relato de las comunidades, en cambio, ponía atención en los 500 años de resistencia, primero frente al Imperio español, luego ante al Estado mexicano. Como la memoria también tiene olvidos, se omite en este relato que la mayor parte de las comunidades indígenas no han estado “en resistencia”, sino que han negociado sus demandas en el marco institucional y cultural de cada época. Esto no quita legitimidad al relato sobre el pasado impulsado por los pueblos originarios: la explotación y violencia colonial y del Estado mexicano han causado, en efecto, agravios, sufrimiento y exclusión a millones de personas a lo largo de los siglos.
En este país también hay organizaciones que buscan que se escuche la memoria de la guerra sucia, de los crímenes cometidos por las fuerzas de seguridad en el siglo XX, en especial en la década de 1970. “Desaparecer” personas ya no es práctica exclusiva de los agentes estatales, sino también de bandas de delincuentes, traficantes de drogas y otros grupos del crimen organizado. Como en Argentina, las madres de las personas “desaparecidas” se han organizado para buscarlas. Cada vez hay mayores esfuerzos para contar los testimonios de las víctimas, las del pasado y las del presente.
Mujeres, colectivos LGBT, comunidades indígenas, grupos de defensa de los recursos naturales han alzado la voz para contar historias diferentes a la hegemónica. Como bien apunta Camila Perochena, especialista en las batallas por el pasado, esto no conduce a una confrontación entre dos relatos. Es frecuente hallar puntos de conexión y coincidencia entre las memorias de estos grupos y la que impulsa el Estado.
Estos relatos alternativos al del Estado también tienen sus olvidos. El extraordinario libro de Raul Hilberg sobre la destrucción de los judíos europeos no fue publicado en Israel sino hasta hace poco, debido a que el autor demostró que los Judenräte —los consejos judíos—, creyendo que contribuían a salvar a su gente, terminaron colaborando con el exterminio. Las instituciones que recuperaron la memoria de las víctimas hubieran preferido olvidar eso. Como han mostrado el periodista Patrick Keefe y el historiador Francisco Ávila Coronel, para los casos de Irlanda del Norte y México, respectivamente, las guerrillas que padecieron la persecución criminal de las instituciones de seguridad también cometieron crímenes semejantes. Se suele olvidar que se trataba de grupos que perpetraron asesinatos, no sólo de sus enemigos sino de población inocente, de gente sospechosa de colaborar con las autoridades.
Se puede argüir que recordar ese pasado puede resultar en una justificación de los crímenes del Estado, en una “revictimización”. Los crímenes ampliamente reconocidos del Ejército Republicano Irlandés no deben empañar los que cometieron las tropas británicas, que habían ensayado en las guerras coloniales. Lo mismo puede decirse del conflicto entre las autoridades españolas y la ETA. En la Guerra Civil de ese país hubo víctimas tanto entre quienes simpatizaban con los militares rebeldes como entre la gente que apoyaba al gobierno de la República. Las responsabilidades compartidas por los crímenes no deben obstruir la búsqueda de testimonios de los miles de personas que después de la guerra fueron víctimas del franquismo.
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Todo mundo cuenta historias, pero algunas personas lo hacen como profesión. El número de quienes estudiaron la carrera de historia cambia mucho de país en país. En Estados Unidos, hay más de un millón, en México menos de 17 mil. Poco más de la mitad se dedica a dar clases, en especial en los niveles educativos posteriores a la secundaria. Un porcentaje pequeño labora en instituciones en las que se hace investigación. Casi todas las escuelas de historia en el mundo son públicas; salvo en Estados Unidos, en donde hay también muchas universidades y centros de investigación privados con enormes recursos. El resto de la gente egresada de la carrera de historia labora en museos, bibliotecas, archivos, difusión radiofónica, audiovisual o publicaciones, elaborando libros de texto y otras actividades que ya tienen poca relación con sus estudios.
Hay enormes diferencias en los planes de estudio de las carreras de historia en el mundo. En todos los casos los programas incluyen numerosas asignaturas de contenido, habitualmente sobre el pasado del propio país. No extraña que en Guatemala se impartan clases sobre el periodo prehispánico centroamericano, la época colonial, la de independencia y fragmentación de las repúblicas, y la nacional. En las instituciones francesas, en cambio, abundan las cátedras sobre la Antigüedad, la Edad Media y los periodos moderno y contemporáneo, como si fuera una historia de toda Europa y el mundo Atlántico, pero que tiene su eje, por supuesto, en Francia. En las prestigiadas instituciones estadounidenses hay muchas clases sobre temas acuciantes: racismo, género, diversidad, casi todos enmarcados en la historia de ese país.
La abundancia de asignaturas de contenido se debe, fundamentalmente, a que la mayoría de la gente egresada se dedicará a la docencia, es decir, a reproducir lo que aprendió en la carrera. Por esto, en algunas universidades también se suelen incluir clases de didáctica, pedagogía y otras formas de comunicación, pensando en las salidas profesionales.
En cuanto a materias formativas, es frecuente encontrar las dedicadas a los principios básicos de derecho, ciencia política, economía, estética, antropología, junto con las “ancilares”: paleografía, diplomática, arqueología. En cuanto a la parte metodológica, hay cursos de investigación en archivos, optativas de historia oral, análisis estadístico y otras técnicas útiles para la profesión. Hay también un buen número de materias teóricas, en las que se analizan las características de la disciplina. Algo que puede sorprender a la gente que no está familiarizada con la carrera es que hay numerosas clases dedicadas a la historia de la historia. El análisis historiográfico, que es como se le llama, es importante para entender los contextos y, sobre todo, para comprender que muchas de las cosas que damos por sentadas sobre el pasado no son otra cosa que el resultado de interpretaciones previas. Más adelante volveré sobre este asunto.
En los posgrados ya no suele haber asignaturas sino seminarios, es decir, clases con grupos reducidos en los que se suele discutir. Muy pocos son de contenido, casi siempre sirven para exponer los resultados más recientes de la producción académica. La mayoría de los seminarios en ese nivel son para desarrollar proyectos de investigación, en especial los que confluyen en la elaboración de la tesis, un documento con forma de libro que se hace con la guía de un doctor o una doctora en historia, con experiencia, y que es evaluado por un número variable de colegas.
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En términos generales, los libros de historia académica no son muy leídos. El público prefiere obras de divulgación o “historia pública”, como se le llama en Estados Unidos; biografías narrativas y relatos de no ficción, y novelas enmarcadas en un periodo histórico. No es extraño que muchas de las referencias que tenemos como auténticamente históricas tengan su origen en novelas. Las editoriales privadas distribuyen miles de ejemplares de este tipo de libros, mientras que los académicos suelen ser publicados por instituciones universitarias o públicas, con menor tiraje.
La falta de interés en la historia académica se debe a muchos factores. Algunos son atribuibles a la falta de pericia narrativa, pero también los temas pueden resultar poco atractivos para un público que busca relatos. Hay obras extraordinarias que explican el desarrollo de la economía y el comercio, a través de los siglos, merced a las condiciones geográficas, y cómo eso afecta la salud, la vida cotidiana, la sexualidad, la alimentación y hasta las creencias religiosas de la gente. Se trata de libros con poco relato, con pocas historias, pero de fundamental importancia para entender cómo han cambiado las sociedades que estudian.
El principal objetivo de la historia académica es explicar, ni siquiera relatar. Hay, por supuesto, algunas obras que consiguen hacer muy bien las dos cosas, como la magistral El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg, que explica la circulación de saberes en el siglo XVI europeo a partir del expediente inquisitorial de un molinero, Domenico Scandella. Aunque se ha convertido en uno de los libros de historia académica más vendidos del mundo, el gran público conoció aquel proceso por herejía a través de una película, Menocchio (Alberto Fasulo, 2018), basada en la biografía más narrativa y menos analítica de Andrea del Col.
La mayor producción académica no se publica en libros sino en artículos de revistas especializadas, leídas por colegas y por estudiantes. Se espera que otras personas se encarguen de estar al tanto de los resultados de las investigaciones y divulgarlos a un público más amplio, pero eso no suele suceder así. En América Latina los relatos históricos de divulgación suelen estar poco informados, repiten los viejos cuentos heroicos y elaboran algunos nuevos. En Estados Unidos y en Gran Bretaña, las biografías narrativas de los “grandes hombres” ahora están acompañadas por las de las “grandes mujeres”, muchas veces en tono hagiográfico.
A diferencia de los relatos heroicos, los trabajos de investigación académica empiezan con una o varias preguntas. No se trata de abordar un tema sino de resolver problemas. Por supuesto, éstos surgen de la lectura de otros trabajos, de lo aprendido en clases y en discusiones, y de los retos del presente. No es extraño que, en América Latina, el protagonismo de los procesos electorales desde la década de 1990 coincidiera con la publicación de trabajos de historia de las elecciones. Las inquietudes del presente buscan respuestas en el pasado. Para evitar los anacronismos, es decir, para juzgar los sucesos pretéritos que estudiamos, solemos contextualizarlos y ser conscientes de que la historia no tiene un guion: las cosas pudieron ser diferentes.
Tras el planteamiento del problema, las personas dedicadas al oficio de la historia organizan temas y subtemas, en una especie de índice preliminar. Aunque esto parezca soso, es muy importante. Quien va a los repositorios documentales sin tener una guía corre el riesgo de distraerse con datos dispersos, todos interesantes, algunos divertidos, otros inquietantes. El acopio de información debe ser ordenado y perseguir objetivos claros. Habitualmente se empieza por las obras de historia que abordan el periodo o problemas semejantes. Se sigue con un rastreo de la historiografía. Eso evitará, en cierta medida, los anacronismos, y dará cuenta de que muchas de las ideas que tenemos en torno de una época suelen ser producto de lo que algunos libros dijeron. En la América española nunca hubo unas Reformas Borbónicas en el siglo XVIII. Lo que hubo fueron varias medidas, casuísticas en su mayor parte y algunas contradictorias, que fueron interpretadas en el siglo XX como un gran conjunto de reformas que modificó el orden imperial y que antecedió a las independencias. En España tampoco hubo una “reconquista” cristiana ocurrida entre el siglo VIII y 1492, sino numerosos conflictos entre diferentes señoríos, cristianos y musulmanes, que sólo después fueron interpretados como una gran gesta cristiana, primero, y nacional, después.
Los relatos sobre el pasado, incluidos los académicos, son también históricos, es decir, se explican a partir de las condiciones en las que se produjeron. Más adelante me referiré a la más importante consecuencia de historizar la historia, a saber, que el concepto de verdad no es universal sino relativo. Por el momento, baste lo dicho para mostrar cómo la revisión historiográfica, la historia de la historia, permite mitigar (ya que no evitar por completo) el presentismo, tan característico en otros relatos sobre el pasado.
La consulta de impresos, libros y artículos que se guardan en bibliotecas, hemerotecas y otros repositorios son el paso previo a la consulta documental. Hay varias convenciones en torno a la revisión de archivos. Se suele aceptar que los documentos son la base de toda buena investigación, de allí la importancia de que estén disponibles, sin partes testadas. En todo el mundo, la comunidad de profesionales en historia ha promovido leyes que permitan la consulta irrestricta. Nadie cree que deba violarse la confidencialidad de datos personales y sensibles, pero eso no implica que no puedan conocerse, no para exhibirlos sino para analizarlos. Los estudios sobre historia de los hospitales, juzgados, cárceles y otras instituciones se hacen sobre documentos con información que no debe hacerse pública, pero que es importante conocer para analizar un sinnúmero de problemas, desde el desarrollo de esas instituciones hasta la vida cotidiana.
Los documentos más antiguos son manuscritos, con caligrafías difíciles de entender. Se requiere un entrenamiento especial para poder leerlos. Lo mismo sucede con el análisis de los tipos de escritos: no es lo mismo una carta personal o un diario que un instrumento notarial, las órdenes del gobierno o un expediente judicial. En este último caso, el ojo adiestrado se da cuenta de que siguen un formato, redactado por un escribano o secretario, que muchas veces las respuestas de las personas acusadas son palabras elaboradas por juristas, pero que hay elementos que dan indicios acerca de los problemas de la gente común, de sus cuitas y conflictos.
Durante el siglo XIX, los historiadores (en aquella época eran hombres prácticamente todos) encontraron en los documentos manuscritos la fuente primordial para sus obras. Las letras fijas en los papeles les parecían más confiables que los relatos orales sobre el pasado, siempre sujetos a olvidos y cambios al exponerse. Por eso un católico devoto, como el mexicano Joaquín García Icazbalceta, pudo determinar que no hay sustento para las supuestas apariciones de la Virgen de Guadalupe en el siglo XVI, pese a que formaban parte de una tradición muy arraigada.
Aquellos eruditos elaboraron métodos para determinar si los documentos eran fiables o no. El tipo de papel, la letra, los términos empleados, entre otras cosas, permitían determinar si se trataba de una fuente fidedigna a la que podía recurrirse para encontrar lo que realmente sucedió. Los papeles falsificados se hacían a un lado. En la actualidad, en cambio, no descartamos este tipo de material, sino que nos preguntamos para qué y cómo fue hecho. Los títulos de propiedad falsificados no dan cuenta del origen de los derechos originarios sobre tierras, pero sí de los empeños que personas y comunidades llevaron a cabo en momentos en los que veían peligrar su legado.
Tampoco los documentos auténticos nos dicen lo que realmente sucedió. La gran historiadora francesa Arlette Farge ha notado que la letra fijada en un papel es muchas veces transcripción de la frágil oralidad. Las crónicas medievales o las relaciones de la conquista de América, en su mayor parte recogen lo que se decía. Las denuncias y testimonios de testigos en los tribunales que podemos leer en la actualidad fueron expresiones orales, no siempre fiables. Por eso en la carrera de historia se enseña a plantear preguntas como ¿quién lo escribió?, ¿cómo lo hizo?, ¿qué buscaba al escribirlo?, ¿tuvo éxito en lo que pretendía? La descripción de una hacienda es diferente si se trata de un testamento o de un documento para las autoridades fiscales. Las personas que hacen investigaciones académicas en archivos saben que suele ser más importante cómo se expuso la información que la información misma. Plantear las preguntas que enumeré en este párrafo nos hace caer en cuenta de que quizá lo que un documento dice nunca ocurrió o no de la manera como lo expone. Cuando tenemos enfrente un expediente judicial, por ejemplo, podemos desconfiar de lo que dice la parte acusadora, la parte acusada y demás testimonios, pero tenemos la certeza de que estamos consultando un registro, que lo tenemos en las manos, que forma parte de un repositorio, que fue elaborado con una intención, que tuvo consecuencias. Probablemente, los hechos históricos no están en los documentos, pero los documentos son hechos históricos.
Se puede pensar que no hay historia académica sin archivo. Eso es verdad, con algunos matices. Para empezar, la mayoría de los archivos no se construyó para que en el futuro se hiciera historia académica. Sus necesidades eran diferentes. Por eso, durante la investigación construimos nuestro propio archivo. Esto es más evidente cuando recogemos testimonios orales, pero también cuando recurrimos a la arqueología, a las imágenes fijas o móviles, a la arquitectura y al arte en general o incluso cuando apelamos al análisis sociológico o antropológico de grupos en la actualidad para hacernos una idea de cómo eran antes.
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Contamos historias para entendernos, para construir identidades y naciones, para exigir justicia. ¿Y la historia profesional para qué? Como mencioné antes, la mayoría de las instituciones en el mundo dedicadas a la investigación histórica son financiadas por el Estado, es decir, son los recursos públicos, el dinero de la sociedad en su conjunto, los que pagan el trabajo profesional de las personas que hacen historia académica. Si bien las condiciones laborales son muy diferentes dependiendo de cada país, cada región, universidad y posición dentro de ésta, es un privilegio recibir un sueldo por hacer un trabajo apasionante. Esto ha llevado a colegas a afirmar que se nos paga por hacer lo que queremos, por leer. No es así, por supuesto, ni ha sido así a lo largo de las décadas, desde que nació la profesión.
Durante el siglo XIX se establecieron las primeras cátedras de historia en las universidades europeas, con financiamiento estatal. La profesora estadounidense Lynn Hunt ha notado que los paradigmas de la ciencia fueron apropiados por los historiadores. Ese proceso inició antes. Inspirado por los trabajos de la botánica y la biología, el filósofo Johann Herder consideró que si todas las características de una planta se encontraban ya en la semilla (una semilla de manzana no podía producir otra cosa que un manzano), lo mismo sucedería en las sociedades: quizá los antiguos germanos no eran los alemanes de la actualidad, pero eran la semilla, de la que sólo podía salir el pueblo alemán.
El pensamiento científico afianzó también la idea de la existencia de leyes universales y del progreso. De ahí que se considerara que todas las sociedades del mundo estuvieran sujetas a las mismas leyes. La diferencia entre ellas se explicaría por el distinto grado de desarrollo. Para el filósofo Georg Hegel, ese desarrollo debía conducir al establecimiento del Estado. Los historiadores científicos del siglo XIX aceptaron que su deber era buscar los orígenes de sus naciones, desde que eran apenas un germen hasta la actualidad, para determinar en qué momento del desarrollo se encontraba el Estado nacional. Las cátedras de historia se extendieron desde Alemania a otras partes de Europa, y de ahí a Estados Unidos.
En América Latina, las universidades siguieron ese patrón. Los gobiernos nacionales financiaron con gusto los estudios que daban legitimidad a la nación y las instituciones. Las conmemoraciones de las independencias, de los movimientos revolucionarios y del nacimiento de los “grandes hombres” que construyeron la patria proporcionaban recursos económicos para desarrollar grandes proyectos de investigación, colecciones documentales y obras voluminosas, de inestimable valor.
La investigación bien hecha tarde o temprano termina mostrando las inconsistencias de la historia patria, pero no fue sólo eso lo que condujo a la academia a cuestionar el relato único de la nación. A mediados del siglo XX arribaron a la Ciudad de México jóvenes provenientes de otras partes del país. Aquellas generaciones realizarían trabajos de historia regional que contradecían en varios aspectos la visión típicamente centralista de las obras anteriores. Algo semejante sucedió en otras partes del mundo. Cuando las familias obreras pudieron financiar los estudios de sus descendientes, las universidades se llenaron de jóvenes que querían estudiar precisamente la historia de la clase obrera. El ingreso cada vez mayor de mujeres cuestionó el relato dominante masculino. En Estados Unidos, la presencia de grupos sociales considerados “minorías” (afrodescendientes, personas latinas, LGBT, entre otros) en las instituciones de educación superior supuso la pluralidad de perspectivas en los estudios históricos.
Ésta es una de las razones por las que la historiografía académica se está nutriendo de las múltiples memorias, de los muchos relatos sobre el pasado. La pluralidad enriquece. La lucha por la memoria de las víctimas también ofrece nuevos campos de investigación.
En el siglo XVIII
