Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Adéntrate en la historia de un niño de ocho años que se dirige a su lugar preferido desde que tiene uso de razón: un viejo roble. Pero ese día en víspera de Navidad conforme se va acercando al árbol, nota que algo comienza a cambiar en su interior. Algo dentro de él se sacude y percibe que nada volverá a ser igual. Ya no podrá hacer nada para cambiarlo. Cada vez más las vibraciones de los presentimientos que tiene en ese lugar lo acompañan mientras va descubriendo su nueva realidad cada vez más enrevesada y angustiosa junto al hallazgo de un objeto que cambiará su destino. Todo es muy confuso para él hasta que una noche descubre historias pasadas muy parecidas a las suyas que lo dejan atónito. Nunca esperaba que su vida cambiaria tanto desde ese ocho de diciembre al regresar del roble. Una historia basada en las intuiciones llena de intriga y angustia, pero a su vez cargada de sentimientos que te harán vibrar como al protagonista.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 135
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
©Rafael Zamora G.
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-790-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
.
Para la voz que dejé de oír,
pero sus recuerdos me acompañan…
.
A mi abuela,
Donde la voz se ahoga para siempre; el reflejo de las almas reluce impasible
sobre las oscuras aguas como un claro de luna en una lóbrega y frígida noche
pretendiendo vislumbrar su nueva apariencia.
Solitarias vagan en silencio, manifestando su presencia cuando nadie las ve.
Ignorantes de la libertad concedida de no pertenecer a este mundo, susurran a la fina brisa con un hilo de voz que jamas volverá a ser audible...
.
«Las pequeñas emociones son las grandes capitanas de nuestras vidas y las obedecemos sin saberlo».
Vincent Van Gogh.
Capítulo 1. La casa amarilla
Era un día normal de vacaciones. Hacía varios días que acababa de cumplir ocho años y el tiempo era apacible en víspera de Navidad. El sol brillaba y la brisa del aire alborotaba mis cabellos cuando paseaba por el sendero que llevaba hasta el viejo roble.
Aquel era mi lugar preferido desde que era muy pequeño y pasaba largos ratos jugando, dibujando o simplemente tumbado a la sombra de su exuberante follaje. Siempre iba solo y, cada vez que llegaba hasta este lugar, la sensación de tranquilidad y paz inundaba todo mi cuerpo; me sentía a gusto allí.
Vivía a las afueras de un pequeño pueblo que pertenecía a la Vega del Guadalquivir, ubicado entre los cauces de los ríos Guadalquivir yGenil.
Aquel pueblo aún conservaba las ruinas del castillo y de la muralla almohade de finales del siglo XII, que en el pasado sirvieron de protección al poblado. Este lugar era conocido tanto por su historia como por sus naranjas, que se trataba del cultivo principal desde tiempos inmemorables, por lo que abundaban las huertas que producían estos frutos.
La casa donde habitaba era una casa de campo que construyeron mis padres situada en la zona rural. Era grande, tenía la fachada de piedra y las contraventanas de madera natural, que permanecían abiertas la mayor parte del tiempo. El tejado, a dos aguas, estaba construido con tejas árabes que pertenecieron a la casa donde vivían mis abuelos. El paso del tiempo las había envejecido y eso le daba ese toque rústico que tanto me gustaba. La casa estaba rodeada de jardines con gran variedad de plantas cercadas por largas hileras de tuyas. La puerta de acceso trasera daba a la cocina; era una puerta muy antigua, la madera oscura se veía algo blanquecina y también permanecía abierta durante toda la jornada.
Me gustaba cruzar la verja de hierro que había al final del jardín trasero y daba paso a una explanada sembrada de trigo. Aún eran pequeños brotes verdes que manaban de la húmeda tierra y, al final de este, comenzaba el sendero hacia aquel árbol.
Ese día llegué junto al roble y, al igual que en muchas otras ocasiones, me senté apoyando mi espalda contra el tronco. Sin embargo, empecé a notar que algo había cambiado… La sensación que comenzó a invadirme fue extraña, me sentía intranquilo y un nerviosismo empezó a apoderarse de mí. Esa paz que me había acostumbrado a experimentar junto al roble me pareció lejana y, durante ese breve momento en que permanecí sentado, me resultó imposible concebir cómo en tantas otras ocasiones fui capaz de encontrarme a gusto en ese lugar. Me levanté, decepcionado y confuso por esa inexplicable sensación, y volví a casa por el mismo sendero, sin poder concentrarme en otra cosa. La sensación que experimentaba en ese lugar había sido siempre tan reconfortante que no entendía por qué ese día no lo fue. Crucé el campo de trigo a prisa. A lo lejos, me llamó la atención un hombre joven con un gorro que caminaba plácidamente por uno de los regueros del trigo. Nunca había visto a ese hombre antes por aquel lugar.
Llegué hasta la verja del jardín trasero de la casa. Cuando ya la había sobrepasado, la cerré tras de mí con fuerza, haciendo sonar el golpe seco del metal contra metal provocando que se quedase medio abierta a causa del rebote del impacto.
El resto del día fue diferente. Jugaba con los juguetes que me habían regalado días antes en mi cumpleaños. Lo estaba pasando especialmente bien junto a mi hermano y mis primos que habían venido a pasar aquí las vacaciones. Les encantaba venir a casa. Aquí hacíamos juegos, construíamos cabañas, merendábamos juntos…
El día terminó tan rápido que no éramos conscientes del tiempo que habíamos estado jugando. Cuando mis primos se fueron a casa a la hora de cenar, yo seguía jugando, no quería que el día acabara tan pronto, no quería que ese día terminase jamás.
A la hora de la cena, comencé a pensar en el roble, en la sensación que había experimentado y tuve la certeza de que algo había cambiado en mí. Comenzaba a sentirme agobiado por aquella experiencia. Un fuerte presentimiento me decía que todo estaba a punto de cambiar, no sabía a qué se debía todo aquello, pero me dejó sin apetito y apenas comí nada. Simplemente, me quedé ausente, pensativo, sentado en el sofá situado al lado de la chimenea de aquel salón, mientras observaba cómo el fuego consumía lentamente la leña. Mis padres estaban como siempre, conversaban de sus cosas y mi hermano veía la televisión. Una noche normal entre tantas otras para todos después de la cena. Excepto para mí, que seguía inmerso en mis pensamientos.
De pronto, el teléfono comenzó a sonar y el sonido me sacó de mis pensamientos. Miré a mi alrededor y noté que mis padres y mi hermano me observaban. Me levanté deprisa a atender la llamada y, al descolgar el teléfono, una voz cálida y dulce que siempre me había gustado escuchar me decía:
—Venid a casa. Tengo una sorpresa que daros.
Lleno de alegría se lo dije a mis padres y comenzamos a prepararnos para irnos.
Yo subí a prisa las escaleras y me puse la ropa nueva de mi cumpleaños con mucha ilusión. Quería estar guapo para la ocasión y, sobre todo, para ver a la persona con la que había hablado por teléfono. Bajé de nuevo al salón, cogí el coche teledirigido que esa persona me había regalado y que tanto me gustó y, desde el mismo sitio donde había estado sentado, comencé a jugar con él.
Mi madre fue la última en prepararse. Yo seguía entretenido con mi coche y, de pronto, la sensación extraña que había tenido en el roble aquella tarde me volvió con más fuerza, esta vez fue como una sacudida que me dejó paralizado. No era capaz de reaccionar, no podía controlar mi coche de juguete, que iba directo hacia la pared. No podía mover un músculo para pararlo. Estaba sin fuerzas, sin energía. Aquella sacudida me había consumido. Lo único que podía hacer era observar el cochecito que iba cada vez más lento hacia la pared.
El leve golpe del juguete contra el muro de piedra me hizo reaccionar. Fue como si en aquel instante recobrase la energía que había perdido, pero esta vez no era capaz de calmarme. Estaba agitado, tembloroso, sentía miedo y angustia.
Las contraventanas golpeaban la fachada mecidas por el viento, pero este cesó casi al instante. Me pareció escuchar la misma voz muy a lo lejos, esa que hacía un momento estaba al otro lado del teléfono y que siempre me llenaba de alegría. Esta vez, no. Solo consiguió avivar mi temor. Fue como un eco en la noche. No sabía qué estaba pasando, todo era muy confuso y no podía relacionar mis pensamientos. Todo iba muy deprisa en mi mente. No entendía cómo la voz que siempre lograba consolarme ahora ya no lo hacía. Aquella sensación había hecho mella en mi interior.
Mi madre seguía en la ducha cuando, de repente, algo sucedió que nos alarmó a todos en la casa. Un ir y venir de coches empezó a escucharse fuera en la carretera, acompañado de las sirenas de ambulancias y coches de Policía. Aquellas sirenas sonaban como si fuesen lo único que se pudiese oír, avivando más aún el caos y la incertidumbre que empezó a reinar en la casa. El aullido de los perros asustados ante tal alboroto agravaba más la sensación de angustia, excepto para mí, que ahora me encontraba sereno.
Mi madre, alarmada, salió de la ducha y se puso el albornoz rosa con el que solía ataviarse después de sus placenteros baños y bajó las escaleras tan rápido como yo las había subido, pero esta vez no con los mismos sentimientos. Estaba preocupada, aterrada.
No entendía cómo ahora que todo el mundo estaba agitado, yo mantenía la calma, como si toda aquella situación y aquel momento fuesen ajenos a mí. Hasta los perros parecían aterrados con sus alaridos.
Yo me encontraba ahí, sentado, impávido en el sofá, mientras el resto corría de un lado a otro de la casa. En el momento en que vi a mi madre al final de la escalera noté que me observaba extrañada, como si no entendieseel porqué de mi estado y fue ahí cuando, al mirarla a los ojos, todos mis pensamientos comenzaron a reordenarse velozmente. No nos atrevimos ninguno de los dos a articular palabra, lo único que pude hacer, al igual que ella, fue mantener la mirada clavada en sus ojos y asentir apesadumbradamente como aceptando lo que había sucedido.
En ese instante, fue ella la que salió despavorida de la casa como si una descarga eléctrica la hubiese despertado de un letargo momentáneo, pero que parecía haber durado horas para ambos. Salí tras ella dejando la puerta abierta y me quedé sentado en la entrada de la casa mientras veía cómo mi madre desaparecía en la lejanía del caos que había en la carretera. Notaba cómo el frío de aquellas piedras traspasaba la ropa hasta mi piel produciéndome leves escalofríos.
Me quedé ahí sentado un rato hasta que conseguí visualizar una silueta a lo lejos. Era mi madre. Venía corriendo hacia la casa gritando de manera desconsolada, asustada, sobrepasada por la situación, fuera de sí.
Esa imagen me sobrecogió tanto que comencé a llorar. Mi madre sola en la oscura noche, vulnerable... Corría despavorida y semidesnuda por aquella larga carretera, iluminada por los faros de los coches y los destellos parpadeantes de las ambulancias, que llegaban de forma intermitente desde la distancia hasta proyectarse en la fachada de la casa. Ya no sabía qué hacer, me sentía demasiado pequeño como para ayudar. Solo lloraba desconsolado, esperando una caricia y unas palabras que me dijesen que no pasaba nada. Esa caricia y esas palabras las esperaba de la persona con la que hablé por teléfono y que estaba seguro de que había oído como un eco lejano.
Mi madre pasó por mi lado sin lograr verme. Estaba en estado deshock. Entró a la casa y sus gritos eran audibles desde donde yo estaba. De pronto, un viento frío empezó a soplar con fuerza y un escalofrío mayor recorrió todo mi cuerpo. Conseguí tranquilizarme y entré corriendo a la casa, donde se respiraba un ambiente cargado de miedo e incertidumbre.
Mi padre estaba en el sofá preocupado sin saber qué hacer, mi madre se vestía con exacerbación sin parar de llorar y maldecir y mi hermano estaba tembloroso, incapaz de hacer ni decir nada. Su rostro reflejaba la sombra del pavor que lo atañía.
Aún no sabía qué había pasado exactamente, solo escuchaba llantos y veía lágrimas en las caras de mis familiares. Mis padres salieron a prisa de la casa en cuanto llegó mi tía; la madre de los primos con los que habíamos estado jugando por la tarde y que justamente pasaban las vacaciones en la casa amarilla de al lado, donde vivía la tía de mi padre desde que era pequeña. Nos fuimos con ella a la casa, en la que nos esperaban mis primos preocupados. Entré en silencio mientras mi tía y su marido murmuraban. Supuse que hablaban de lo ocurrido y temían que pudiese oír algo. Me senté en una silla al lado izquierdo de la estufa de leña, donde se escuchaba el chisporroteo de la madera quemándose en su interior.
Y de pronto, esa sensación extraña me golpeaba de nuevo, esta vez en mayor medida que las anteriores y todos mis pensamientos se nublaron. Ya no era capaz de recomponer las ideas, la lucidez del momento que tuve al mirar a mi madre a los ojos cada vez estaba más borrosa… Y volví a escuchar su voz. Ahora como un débil susurro en mi oído que me devolvió la paz. Vuelta a la tranquilidad dentro de la caótica situación, mientras notaba el calor de una mano que me acariciaba el brazo izquierdo, pero, al girar mi cabeza, me di cuenta de que allí no había nadie. Jamás había experimentado algo parecido como en aquella casa amarilla.
Tras un largo rato en casa de mi tía, nos llevaron en coche a mi hermano y a mí a casa de nuestra abuela. Al entrar, mi abuela se encontraba sentada en su sillón marrón donde solía tejer, pero esta vez no tejía, ahora lloraba amargamente, rezaba y recitaba plegarias que no conseguía entender. Su voz era temblorosa y quebrada y entre sus manos pegadas al pecho sostenía algo con fuerza que no supe identificar.
Cansado y abrumado por todo lo vivido ese día, me fui a dormir escuchando el sonido del teléfono que no paró de sonar en toda la noche. Me metí en la cama; su cama. Olía a ella y me reconfortaba saber que horas antes había dormido ahí como yo lo hacía ahora. Ya no escuchaba su voz, pero sentía su presencia entre aquellas sábanas. Los recuerdos me venían como flashes, de manera fugaz y efímera. Aquella noche sería la última que alguien dormiría en esa cama. Lo que aún no sabía es que ese día mi vida cambiaría tanto sin darme cuenta.
Al día siguiente volvimos a casa. El día se mostraba gris y húmedo. Aún eran visibles las gotas de agua sobre las hojas de las adelfas blancas del jardín, que brillaban como perlas cuando los rayos de sol que se filtraban entre las nubes incidían sobre ellas. Había llovido de madrugada y el olor a tierra mojada llegaba hasta lo más hondo de las fosas nasales al inspirar. La humedad del ambiente me envolvía como si alguien me abrazase. Al entrar en la casa, el silencio que la invadía daba la sensación de soledad, de abandono, sólo se escuchaba un murmullo en la planta superior y el gimoteo de una persona sentada en el sillón de espaldas a la puerta con la vista posada en la chimenea apagada. Todos estaban tristes y con expresión amarga en sus rostros. Alrededor de sus ojos se dibujaban unas marcas violáceas, testigos del llanto desconsolado durante la madrugada. El cansancio se plasmaba en ellos con un aspecto sombrío. Deambulaban de un lado a otro sin un rumbo fijo. Como si al caminar sus sufrimientos o preocupaciones se disiparan. Yo jugaba con mis juguetes nuevos del cumple al margen de todo, nadie me contaba nada, nadie me decía la verdad, evitaban el tema disimuladamente. Lo que ellos no sabían es que yo fui el único en escuchar el último susurro de aquella voz.
Ya no quería volver a tocar el coche teledirigido, no me atrevía a volver a jugar con aquel cacharro después de lo de anoche.
A la hora más o menos, todos comenzaron a marcharse. Fui tras mi abuela y en medio del jardín logré alcanzarla al lado del arco de jazmines que tanto le gustaba. Y la abracé. La abracé fuerte, como si con mi abrazo pudiese aliviar el dolor que llevaba por dentro. Me miró con sus refulgentes ojos complacidamente, se inclinó hacia mí y, mientras me acariciaba lentamente la nuca, me dijo con palabras de consuelo:
—En las noches que no puedas dormir, asómate a la ventana y mira el oscuro cielo. La estrella que más brille será ella que te sonríe desde allí arriba y te protegerá de tus temores.
Miró hacia arriba, incitándome a que yo también lo hiciera. La miré feliz y asentí con una gran sonrisa.
