Ecos pompeyanos - Laura Buitrago - E-Book

Ecos pompeyanos E-Book

Laura Buitrago

0,0

Beschreibung

Esta edición interinstitucional entre la Universidad Externado de Colombia y el Instituto de Historiografía Julio Caro Baroja de la Universidad Carlos III de Madrid (España) hace parte del proyecto de investigación internacional RIPOMPHEI. En ella se muestran los resultados de las investigaciones adelantadas por el grupo internacional de académicos integrado por especialistas en Arqueología, Filología clásica, Historia e Historia del Arte, procedentes de universidades españolas y americanas (Brasil, Chile, Colombia y México). Este compendio ofrece al lector un abanico de posibilidades para aproximarse a la recepción, la repercusión, el eco social y académico del descubrimiento de Herculano y Pompeya en España e Iberoamérica entre 1738 y 1936 -desde el comienzo de las excavaciones en el siglo XVIII hasta el estallido de la Guerra civil española-. Por la diversidad de enfoques, los diversos estudios de caso y el amplio uso de fuentes, esta edición pretende ser un aporte interdisciplinar a las Ciencias de la Antigüedad hispanoamericanas.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 506

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Ecos pompeyanos : recepción e influjo de Pompeya y Herculano en España y América Latina / Mirella Romero Recio [y otros] ; Laura Buitrago, Ricardo Del Molino García y Ángela Parra López (editores). -- Bogotá : Universidad Externado de Colombia, 2023.

319 páginas ; 24 cm.

ISBN: 9786287620568 (impreso)

1. Patrimonio cultural -- Italia 2. Restos arqueológicos -- Innovaciones tecnológicas – Pompeya 3. Patrimonio cultural -- México 4. Pompeya (Ciudad antigua) -- Historia – Investigaciones 5. Investigaciones -- Descripciones y viajes 6. Italia -- Vida intelectual – Investigaciones 7. España -- Descubrimiento y exploraciones – Italia 8. Pompeya (Ciudad antigua) -- Vida social y costumbres -- Investigaciones I. Buitrago, Laura, editora II. Del Molino García, Ricardo, editor III. Parra López, Ángela, editora IV. Universidad Externado de Colombia V. Título

913.377        SCDD 21

Catalogación en la fuente -- Universidad Externado de Colombia. Biblioteca. MRJ

mayo de 2023

ISBN 978-628-7620-56-8

© 2023, LAURA BUITRAGO, RICARDO DEL MOLINO GARCÍA Y ÁNGELA PARRA LÓPEZ (EDITORES)

© 2023, UNIVERSIDAD EXTERNADO DE COLOMBIA

Calle 12 n.º 1-17 este, Bogotá

Teléfono (+57) 601 342 0288

[email protected]

www.uexternado.edu.co

Primera edición: julio de 2023

Imagen de cubierta: El Templo de Isis en Pompeya. Grabado realizado por Francesco Piranesi, coloreado a mano por Louis Jean Desprez, 1788. The Cleveland Museum of Art

Diseño de cubierta: Departamento de Publicaciones

Corrección de estilo: Patricia Miranda

Composición: Marco Robayo

Impresión y encuadernación: Xpress Estudio Gráfico y Digital S.A.S. - Xpress Kimpres

Tiraje: de 1 a 1.000 ejemplares

Prohibida la reproducción o cita impresa o electrónica total o parcial de esta obra, sin autorización expresa y por escrito del Departamento de Publicaciones de la Universidad Externado de Colombia. Las opiniones expresadas en esta obra son responsabilidad de los autores.

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

MIRELLA ROMERO RECIO

RICARDO DEL MOLINO GARCÍA

FEDERICA PEZZOLI

JESÚS SALAS ÁLVAREZ

CAROLINA VALENZUELA MATUS

RENATA S. GARRAFFONI

DANIELA SILVA JARA

ANA VALTIERRA LACALLE

MARÍA MARTÍN DE VIDALES GARCÍA

AURELIA VARGAS VALENCIA

LAURA BUITRAGO

ELVIA CARREÑO VELÁZQUEZ

CRISTINA MARTÍN PUENTE

MARÍA GABRIELA HUIDOBRO SALAZAR

CONTENIDO

Agradecimientos

Presentación

PARTE 1

ECOS DE VIAJEROS

Relatos de un viaje a Italia. Aproximación a la experiencia de dos viajeros americanos en Pompeya y Herculano

Mirella Romero Recio

Miradas femeninas sobre Pompeya y Herculano: Aurelia Castillo de González, Araceli y Carmen de Burgos Colombine

Federica Pezzoli

Las influencias de Pompeya en las élites chilenas del siglo XIX. Dos casos significativos: Víctor Echaurren Valero y Pedro del Río Zañartu

Carolina Valenzuela Matus

Daniela Silva Jara

Intercambios transoceánicos: del interés a la nostalgia. Teresa Cristina de Borbón y su actividad cultural en Brasil

María Martín de Vidales García

“La elegante sencillez […] de una vida civilizada” o “el grado de perversión más supremo del decoro”: las Pompeyas colombianas

Laura Buitrago

PARTE 2

ECOS LITERARIOS

Las ciudades del Vesubio y algunos ejemplos de recepción de la literatura griega y latina en la obra de Martínez de la Rosa

Cristina Martín Puente

El pabellón pompeyano de Italia en las Minervalias guatemaltecas de 1901

Ricardo del Molino García

PARTE 3

ECOS INTELECTUALES

Nuevas tecnologías y difusión del patrimonio arqueológico: la ludificación de Pompeya

Jesús Salas Álvarez

Pompeia, o Vesúvio e o Rio de Janeiro: os encontros entre passado antigo e o cotidiano carioca na segunda metade do século XIX

Renata S. Garraffoni

Configuración del gusto y patrimonio cultural mexicano: la recepción de los vaciados de la Villa de los Papiros de Herculano

Ana Valtierra Lacalle

PARTE 4

ECOS ARQUITECTÓNICOS

Pompeya en la arqueología y el arte de México: una aproximación filológica

Aurelia Vargas Valencia

Elvia Carreño Velázquez

José Toribio Medina y Gabriela Mistral ante Pompeya: experiencia histórica y poética de viajes en dos momentos

María Gabriela Huidobro Salazar

Notas al pie

AGRADECIMIENTOS

Nuestro sincero agradecimiento a José Fernando Rubio, secretario general de la Universidad Externado de Colombia; a Jorge Martínez, decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de esta universidad; a Jacobo Mir Mercader, agregado de educación de la Embajada de España en Colombia; y a Uberto Malizia, director del Istituto Italiano di Cultura de Bogotá, por el apoyo manifestado a este proyecto de investigación.

Asimismo, queremos agradecer de manera especial a la profesora Mirella Romero Recio, investigadora principal del proyecto RIPOMHEI, por brindarnos la oportunidad de editar los resultados de investigación del equipo internacional que lidera.

PRESENTACIÓN

Esta edición interinstitucional entre las universidades Externado de Colombia y Carlos III de Madrid (España) y su Instituto de Historiografía Julio Caro Baroja hace parte del proyecto de investigación internacional RIPOMPHEI (Recepción e Influjo de Pompeya y Herculano en España e Iberoamérica, 1738-1936. PGC2018-093509-B-I00, Ministerio de Ciencia e Innovación/AEI/FEDER/UE). Es también el resultado de las investigaciones adelantadas por el grupo internacional de académicos que lo integran especialistas en Historia, Historia del Arte, Arqueología y Filología Clásica, procedentes de universidades españolas y americanas, que han centrado sus investigaciones en España y en seis países iberoamericanos (Colombia, México, Puerto Rico, Brasil, Bolivia y Chile).

Aquí se presentan estudios sobre la recepción, la repercusión y el eco social y académico del descubrimiento de Herculano y Pompeya en España e Iberoamérica entre 1738 y 1936, es decir, desde el comienzo de las excavaciones en el siglo XVIII hasta el estallido de la guerra civil española, como también la exploración de este influjo en otros países del continente americano.

Los textos que configuran la primera parte, “Ecos de viajeros”, contienen relatos de viaje de hombres y mujeres de las élites iberoamericanas que con curiosidad, interés y, en algunos casos, erudición plasmaron en escritos sus experiencias, y que recogieron e intercambiaron objetos que posteriormente conformarían colecciones y museos. A la vez, se hacen comparaciones, en estudios de caso, sobre el uso político de un mismo sitio; es decir, diferentes percepciones dependiendo del momento histórico del país de origen.

“Ecos literarios”, la segunda parte, recoge dos investigaciones en las que los análisis se hacen sobre las expresiones literarias y las celebraciones conmemorativas basadas en evocaciones de las ruinas, los restos de un pasado esplendoroso, el rápido pasar del tiempo y la insignificancia de los afanes humanos.

Una tercera parte, “Ecos intelectuales”, explora cómo un desarrollo tecnológico contemporáneo puede ayudar a la difusión y el aprendizaje arqueológico de las ruinas pompeyanas y hasta qué punto es veraz la información contenida en este videojuego. También indaga sobre cómo la recepción de la Antigüedad romana, en general, y la ciudad de Pompeya, en particular, contribuyen a la formación de la identidad política en Brasil a partir de un hecho trágico registrado ampliamente por la prensa. Para cerrar este apartado, una investigación examina cómo, a partir de la adquisición e importación a México de un lote de obras con vaciados de la Villa de los Papiros de Herculano, su influencia en la configuración del gusto neoclásico y la formación de varias generaciones de artistas.

La parte de cierre, “Ecos arquitectónicos”, reúne dos investigaciones que estudian la recepción en al ámbito arquitectónico, ornamental, literario y artístico de los hallazgos de las excavaciones realizadas en Pompeya y Herculano. Aquí se analiza la forma en que fueron recibidos esos descubrimientos y sus simbolismos contextualizados política, social y culturalmente.

Este compendio de investigaciones ofrece al lector no especializado un abanico de posibilidades para aproximarse al apasionante mundo de los estudios de la Antigüedad y su relación con los modos de vida modernos y el imaginario de modernidad que tenía parte de la élite ilustrada. Por la diversidad de enfoques, numerosos estudios de caso, amplio uso de fuentes y literatura especializada, este es un texto que da luz a diferentes áreas de estudio.

PARTE 1

ECOS DE VIAJEROS

Relatos de un viaje a ItaliaAproximación a la experiencia de dos viajeros americanos en Pompeya y Herculano

MIRELLA ROMERO RECIO*

INTRODUCCIÓN

Los estudios sobre el viaje y el turismo, de manera general, y de los viajeros interesados en conocer los restos de la Antigüedad, en particular, han generado una abundante bibliografía. Desde el ya clásico estudio de David Constantine, Early Greek Travellers and the Hellenic Ideal, publicado en 1984[1], pasando por las numerosas obras dedicadas al Grand Tour2, a la importancia del viaje en la conformación de una clase social y en la literatura3, o entre las mujeres —una línea de investigación que está suscitando un gran interés4— han sido numerosas las publicaciones que se han aproximado a este ámbito. Aunque, en general, los investigadores han otorgado una especial atención a los viajeros europeos —fundamentalmente ingleses, franceses y alemanes5—, también españoles y americanos han ido ocupando su espacio dentro de estos estudios6. Sin embargo, aún queda mucho por saber acerca de cómo percibieron la Antigüedad las mujeres y los hombres que, después de llegar a Europa desde América, pudieron visitar los restos arqueológicos conservados de épocas griega y romana. Por dicha razón, este capítulo pretende realizar un acercamiento a la percepción de la Antigüedad de los viajeros americanos —centrada en los restos de Pompeya y Herculano—, a través de dos conocidos personajes de la política latinoamericana que viajaron a Italia: el venezolano Francisco de Miranda y el argentino Domingo Faustino Sarmiento. La visita de estos personajes a los yacimientos campanos se produjo en un período que se extiende 61 años (el primero llegó en 1786 y el segundo en 1847), entre dos siglos, por lo que creemos que a través de su experiencia será posible determinar si las motivaciones fueron diferentes, si hubo cambios en la percepción o, incluso, si es posible hablar de un Grand Tour americano, que se plantease como parte de una formación integral para los jóvenes destinados a ocupar los cargos más altos de la Administración, como sucedió en Gran Bretaña.

FRANCISCO DE MIRANDA

Francisco de Miranda (1750-1816) es considerado uno de los americanos más ilustres. Su biografía y legado han sido estudiados en profundidad, pues fue el precursor de la independencia de Venezuela y el primero en plantear la independencia del continente americano, concebido como una gran patria libre a la que llamó Colombeia o Colombia7. Su azarosa vida, que lo llevó a recorrer buena parte de Europa y Estados Unidos y a participar en algunos de los acontecimientos más relevantes del siglo XVIII, como la Revolución francesa, no le impidió escribir un extenso diario donde dio buena cuenta de sus viajes y puso de manifiesto cuáles eran sus intereses e inquietudes. El Archivo de Francisco Miranda, donde se encuentran estos diarios, se conserva en la Academia Nacional de la Historia de Venezuela, agrupado en 63 volúmenes —26 de ellos dedicados a viajes—, y se publicó mucho tiempo después8. La importancia de esta empresa fue avalada por la Unesco en 2007, cuando el archivo fue incluido en el Registro de la Memoria del Mundo al ser considerado patrimonio documental de importancia mundial.

En una carta dirigida al teniente general Juan Manuel de Cagigal en abril de 1783, Miranda expresaba con claridad cuál era su objetivo a la hora de viajar y estudiar idiomas:

Sin embargo, para que usted proceda con todo aquel conocimiento que es indispensable en los asuntos, a fin de que salgan conformes con la idea del interesado, le diré que la mía en dirigirme a los Estados Unidos de América, no solo fue por sustraerme a la tropelía que conmigo se intentó, sino para dar al mismo tiempo principio a mis viajes en países extranjeros, que sabe usted fue siempre mi intención concluida la guerra. Con este propio designio he cultivado de antemano con esmero los principales idiomas de la Europa que fueron la profesión en que desde mis tiernos años me colocó la suerte y mi nacimiento. Todos estos principios (que aún no son otra cosa); toda esta simiente, que con no pequeño afán y gastos se ha estado sembrando en mi entendimiento por espacio de 30 años que tengo de edad, quedaría desde luego sin fruto, ni provecho por falta de cultura a tiempo. La experiencia y el conocimiento que el hombre adquiere visitando y examinado personalmente, con inteligencia prolija, el gran libro del universo, las sociedades más sabias y virtuosas que lo componen, sus leyes, gobierno, agricultura, policía, comercio, arte militar, navegación, ciencias, artes &…, es lo que únicamente puede sazonar el fruto y completar en algún modo la obra magna de formar un hombre sólido y de provecho9.

Miranda subrayaba la necesidad de viajar para conocer, así como de estudiar lenguas extranjeras para aprovechar mejor el viaje. Al margen de su interés por conocer a los grandes personajes de la época por motivos políticos, parece evidente, a través de la documentación recogida en su archivo, que el prócer aplicó con denuedo el objetivo que subrayaba en su carta a Cagigal, pues fue un políglota que recorrió muchos países a lo largo de su azarosa vida y en todos ellos tomó buena nota de todo lo visto y vivido10. En este artículo, como ya señalábamos en la introducción, no tenemos intención de abordar la faceta de Miranda como viajero en general, sino que centraremos nuestro interés en la visita que realizó a los yacimientos de Herculano y Pompeya cuando llegó a Nápoles.

Otros autores han abordado ya el interés que Francisco de Miranda tuvo en el mundo antiguo, analizando en profundidad el viaje que realizó a Grecia, su amor por los restos que se habían conservado y por los autores clásicos y modernos que, como Winckelmann, idealizaban esta etapa de la historia (los títulos de su biblioteca son elocuentes en este sentido), así como sus conocimientos de latín y griego11. Como han señalado estos investigadores, Miranda fue un político que realizó un viaje ilustrado y que veía en Grecia la patria de la libertad que anhelaba para América12. Sin embargo, al contrario de lo que había sucedido con viajeros de otras nacionalidades, la admiración por los restos antiguos no despertó en él un interés por el coleccionismo de obras de arte. Al contrario, Miranda rechazó el expolio y condenó —como se deduce de las cartas de respuesta a las suyas que escribió Antoine Quatremère de Quincy en 1796[13]— el traslado sistemático de obras que, por orden de Napoleón, se estaba realizando desde Italia a París14. Por otro lado, su atracción por el mundo antiguo lo llevó a dar su visto bueno al retrato de estilo neoclásico que lo representaba como un personaje de la Antigüedad, realizado por Jean-Jacques François Le Barbier, del que se conserva únicamente el grabado que llevó a cabo Charles-Etienne Gaucher en 1793[15]. Sus inquietudes le condujeron también a entrevistarse, en 1788, con Edward Gibbon, el famoso autor de The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, una obra publicada en seis volúmenes entre 1776 y 1788 que supuso un punto de inflexión en la interpretación de la caída del Imperio romano. El interés de Miranda se centraba también, como se destaca en la documentación de su archivo, en conocer la biblioteca del influyente historiador, conocida como la “Gibboniere”, la cual atesoraba alrededor de 5.000 volúmenes de clásicos16.

Teniendo en cuenta la atracción que Miranda sentía por el mundo de la Antigüedad grecorromana, resulta evidente que no podía dejar pasar la oportunidad de contemplar los restos de Pompeya y Herculano cuando visitó Nápoles entre los meses de febrero y marzo de 1786. Ahora bien, no parece que la visita a los yacimientos campanos fuese una de sus prioridades, pues había llegado a Nápoles el 26 de febrero, pero no realizó la excursión a Pompeya hasta días después, concretamente el 12 de marzo17. Antes había recorrido la ciudad, Posillipo, la tumba de Virgilio —uno de los lugares más frecuentados por los viajeros de los siglos XVIII y XIX— y otros lugares como Pozzuoli, la Solfatara, Bayas y Cumas, donde destacó los restos romanos que llamaron su atención18. Ha de tenerse en cuenta que cuando Miranda llegó a Nápoles ya había disfrutado, a su vez, de la Roma antigua, de las colecciones privadas que allí se atesoraban y de otros restos como los que podían verse en la Villa Adriana, un fabuloso palacio ordenado construir por el emperador Adriano19.

El relato de su estancia en Roma denotaba una admiración y un entusiasmo que le arrebataban el sueño:

Con la imaginación llena toda la noche de cuantos hechos sublimes presenta la historia Romana, y particularmente de los ocurridos en la vida de Cicerón, me levanté temprano para ir al celebre Forum Romanum donde se juntaban el Senado y las Asambleas del Pueblo, y donde este grande hombre tantas veces desplegaba los resortes de su elocuencia en las arengas inmortales suyas que nos quedan20.

Además de la fascinación por unos monumentos que encontraba incomparables:

Dirigimos nuestros pasos al celebérrimo Anfiteatro de Flavio, llamado comúnmente il Colosseo: este seguramente es el más soberbio y más bien entendido edificio de quien conozcamos las ruinas. La parte exterior, de la cual más de la mitad está destruida, produce no obstante el efecto más admirable y gustoso de cuantos edificios se pueden ver en Roma o en el mundo entero21.

Tal vez estas impresiones obtenidas de la visita a la antigua Roma condicionaron su valoración de los yacimientos campanos, que describió con meticulosidad, pero sin el entusiasmo que había manifestado en su recorrido por la ciudad eterna22. Como tantos otros viajeros, Miranda mencionó los edificios que habían salido a la luz23: el Cuartel de los Gladiadores, el Teatro, el Templo de Isis —donde se imaginó, también como otros hicieron antes que él, el festín que los sacerdotes se daban con la carne de las víctimas detrás del altar24—, la Vía de los Sepulcros con las tumbas semicirculares, algunas casas (con cuartos que le parecieron pequeños pero cómodos y con tiendas en la entrada) y las calles empedradas donde “se observa la marca de la rueda de los carros que pasaban por encima”25. Brevemente admiró en su relato la viveza de los colores que podían contemplarse en los frescos, como los hallados en la Casa del Cirujano, y los restos encontrados en la Villa de Diomedes. Asimismo, Miranda señaló la existencia de prostíbulos basándose en la presencia de los falos que tanto daban y darían que hablar, ayudando a popularizar la imagen de Pompeya como ciudad de lujuria y depravación26.

De su visita a Herculano solo pudo admirar el Teatro “que es lo único que está desembarazado, porque el resto lo han cubierto otra vez con la misma tierra que iban sacando”. Aquí pudo ver cómo se desvanecía su compañero de viaje, algo que debía suceder con relativa frecuencia debido al humo de las antorchas y a la falta de aire, lo que obligaba a los visitantes a salir al exterior cada poco tiempo para recuperar el aliento27.

Miranda no desaprovechó la oportunidad de visitar el Palacio de Portici, donde contempló las pinturas, destacando la de Teseo, sin que sepamos si hace referencia a la de Teseo luchando con un centauro o a Teseo y el minotauro, ambas publicadas en el primer volumen de las Antichità di Ercolano28. Entre todas las que pudo ver mostró su admiración por la de “una mujer en busto que tiene una pluma sobre los labios en acto de pensar para escribir; llena de expresión y buen gusto”, es decir, la mujer identificada con Safo, hallada en Pompeya en 1760, cuyo fresco se conserva en el Museo Archeologico Nazionale de Nápoles29. Antes de llegar a esta ciudad, en Roma, Miranda se había hecho eco de la crítica que muchos antes que él habían realizado de las pinturas halladas en las excavaciones campanas por su falta de perspectiva, destacando que si hubiesen visto las que se conservaban en la Termas de Tito —aún no se sabía que, en realidad, se trataba de la Domus Aurea—, no hubiesen juzgado la pintura romana con tanta ligereza:

Los pedazos de adorno que quedan aún, como son estucos, arabescos, y otras pinturas a fresco, son de la manera más grande y excelente que puede imaginarse… De aquí fue que Rafael, con la asistencia del Jardinero, robó el gusto y las ideas que representó en las logias del Vaticano, y así se ven la mejor parte de los estucos y pinturas, arañadas y borradas expresamente… Lo que más sorprende es el ver la permanencia y frescura de estas pinturas tantos siglos bajo de tierra […]. Estos restos, en mi concepto, dan más perfecta idea del grandor, magnificencia y exquisito gusto por la pintura de los romanos en este genero de edificios, que ningún otro monumento de la Italia, y sin lo que han querido formar opinión de la pintura antigua, por las que se ven en el palacio de Portici en Nápoles, hubiesen examinado estas desde luego habrían hecho otro juicio30.

En el Renacimiento había sido clave el descubrimiento de los frescos de la Domus Aurea que se habían convertido en fuente de inspiración para Rafael y el equipo de pintores que decoraron con grutescos las logias vaticanas y, a partir del siglo XVI, para otros artistas y decoradores. Todavía en el siglo XVIII, los pintores seguían dibujando estos elementos decorativos, bien directamente del original, bien a través de las copias que habían hecho otros artistas como Annibale Carracci31.

Miranda disfrutó mucho en el Museo de Portici admirando los bronces, especialmente las estatuas de los Balbo, que se habían encontrado en Herculano en 1746[32]. Los objetos de la vida cotidiana, los alimentos carbonizados o las joyas conservadas le parecieron fascinantes:

Vasos, jarros, balanzas, candelabros, lámparas &c … Allí se ven toda suerte de dados para jugar y las tikets de marfil para entrada del Teatro, ya cuadrilongas, ya redondas; redes para caza y pesca; un pan tostado y con letras encima; todo genero de simientes quemada y endurecida; habas &c…; frascos y jarros de vidrio, y cuentas de lo mismo, con una masa de este (de color) que es más duro que el cristal nuestro, y la talla como el diamante: aretes, y brazaletes de mujeres de oro, &c… galón de oro solido tejido al modo del nuestro33.

También manifestó su interés en que se trabajase con mayor intensidad en el estudio de los papiros “que con una invención que allí practica un esculapio se ven, y pueden copiar los caracteres a medida que se van desenvolviendo, muy sutilmente”. El “esculapio” al que hacía referencia era el padre Antonio Piaggio, quien en 1756 había ideado una máquina para desenrollar los papiros, que había revolucionado el mundo de la erudición34.

Miranda continuó el diario de su viaje dirigiéndose a Caserta y a otros lugares de Italia antes de encaminar sus pasos hacia Grecia. Como ya comenté, sus vivencias en estos territorios resultaron muy gratificantes y le ayudaron a conocer mucho mejor a los antiguos griegos, del mismo modo que la visita a Italia le había ayudado a profundizar en el conocimiento de los romanos.

DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO

El siguiente viajero al que vamos a dedicar nuestra atención es el argentino Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), quien visitó Nápoles ya en el siglo XIX. Se trata de otro personaje de renombre que años después de su viaje por Europa, África y América llegaría a ser presidente de Argentina entre 1868 y 1874, así como ministro del Interior en 1879, aunque cuando viajó a Europa no era aún un personaje tan conocido como Miranda, que había sido recibido por políticos del más alto nivel.

Sarmiento inició su viaje a Europa en Santiago de Chile donde se había exiliado y llevado a cabo una intensa labor intelectual trabajando como periodista y dirigiendo una institución encargada de formar a los profesores, la Escuela Nacional de Preceptores. Por encargo del Gobierno chileno, interesado en conocer los sistemas educativos que se desarrollaban en el extranjero, Sarmiento inició en 1845 un viaje “con el objeto de ver por mis ojos y de palpar, por decirlo así, el estado de la enseñanza primaria en las naciones que han hecho de ella un ramo de la Administración pública”35.

Las experiencias vividas durante el viaje de Sarmiento a Europa fueron recogidas en cartas dirigidas a diferentes destinatarios, algunas de ellas publicadas en prensa, que finalmente fueron recopiladas en un volumen bajo el título Viajes en Europa, África y América. El empleo del género epistolar para relatar las impresiones del viaje era algo común ya en el siglo XVIII —Juan Andrés o Viera y Clavijo, entre otros, lo habían llevado a la práctica y continuarían haciéndolo otros escritores como Juan Valera o Vicente Blasco Ibáñez36— y se haría aún más común cuando se hiciese habitual que los viajeros publicasen sus impresiones en la prensa, llevando sus vivencias a un público mucho más amplio37. Uno de los viajes que se hizo más popular en América gracias a este sistema fue el que realizó el famoso escritor Mark Twain, quien se incorporó a una “excursión a Tierra Santa, Egipto, Crimea, Grecia y lugares intermedios” en 1867 y que publicó bajo el título The Innocents Abroad en 1869, incorporando muchas de las cartas que había publicado previamente en el Daily Alta California de San Francisco, así como en el Tribune y el Herald de Nueva York. Y es que, como destacaba Twain, “Todo el mundo se iba a Europa; yo también me iba a Europa”38. Evidentemente no todo el mundo se iba, pero eran muchos los que deseaban hacerlo y no solo en EE. UU., sino también en los países hispanoamericanos. Según Mary Louise Pratt, era muy frecuente que los criollos viajasen a Europa como una forma de legitimar su posición de privilegio, aunque no era tan común que pusiesen por escrito su experiencia39.

Según la tesis doctoral de Federico Augusto Guzmán, centrada en los relatos de viaje en la literatura hispanoamericana, la visión de Sarmiento es la de un viajero romántico que convirtió el espíritu de su viaje —al igual que sucedió con otro viajero argentino, Luciano Mansilla—, “en política de Estado”, de ahí que sus reflexiones llegaran a tener un importante peso posteriormente en Argentina40. En la “Advertencia” de su libro señalaba a sus lectores que no pretendía hacer una descripción exhaustiva como la que ya había publicado años atrás el conde de Maule, el chileno Nicolás de la Cruz y Bahamonde, que también visitó Nápoles en noviembre de 1797 como una etapa más de un viaje emprendido por “el anhelo de adquirir conocimientos útiles a favor de la patria” y por el deseo de ilustrar el “espíritu con las bellezas que en todo género presenta a un curioso la Europa”41. Condicionado también por esta admiración hacia la cultura europea, Sarmiento escribió con un cierto complejo de inferioridad condicionado por el convencimiento de que poco se podía avanzar en la literatura sobre viajes si se procedía de “sociedades menos adelantadas”42. Ahora bien, esa percepción no le impidió ser, a su vez, muy crítico con algunos de los lugares visitados, especialmente en España, norte de África e Italia43. Y es que, en cierto sentido, las reflexiones realizadas por Sarmiento resultan contradictorias pues deseaba europeizar América, pero censuraba los hábitos sociales y otros usos que observaba en el viejo continente.

Aunque Domingo Faustino Sarmiento fue sobre todo un autodidacta, sabemos que estudió latín, geografía y geometría44, y en el relato de sus viajes intentó mostrar un punto de erudición a través de algunas lecturas relacionadas con el mundo antiguo que habían gozado de gran éxito, como, por ejemplo, el Voyage du jeune Anacharsis en Grèce dans le milieu du IVe siècle avant l’ère vulgaire del abate Jean-Jacques Barthélemy, publicada por primera vez en París en 1788 y en castellano en 1796[45]: “el Anacarsis no viene con su ojo de escita a contemplar las maravillas del arte, a riesgo de injuriar la estatua con solo mirarla”46. Sin embargo, al menos en lo que afecta a su conocimiento de la Antigüedad, el relato de su recorrido por Italia delata su limitada formación en algunos aspectos. Por ejemplo, se sentía entusiasmado por algunos de los monumentos más conocidos de la antigua Roma, pero identificó mal estatuas y edificios47, lo cual no es de extrañar si tenemos en cuenta lo que él mismo cuenta en el relato de su viaje a Italia:

Así adquirí muchas nociones históricas, en la edad en que el común de los niños solo piensa en sus pasatiempos, y ahora que he visitado a Roma he podido reconocer a primera vista los monumentos por la imagen que de ellos conservaba grabada en la memoria desde la primera infancia, en que pasaba horas enteras recorriendo una Guía romana impresa dos siglos ha y que fue mi primera adquisición en libros48.

En Mi defensa, el político indicaba que había leído Historia de la vida de Marco Tulio Cicerón de Middleton, lo que “sugirió la idea de estudiar la historia romana de memoria y la de Grecia, por los catecismos de Ackerman”. La primera publicación había tenido una enorme transcendencia, pero los catecismos de Ackermann no eran precisamente las publicaciones más documentadas sobre Edad Antigua que podían leerse en las primeras décadas del siglo XIX49. Por otro lado, Sarmiento destacaba que el estudio de la historia de Grecia y de Roma le habían hecho desear la libertad50.

Como señalaba más arriba, el viaje a Italia le produjo sentimientos contradictorios. En ciertos aspectos consideró que los modernos italianos habían perdido la grandeza de los antiguos romanos: “¡Oh! Descendientes del pueblo rey, cuán indignos os mostráis de vuestros antepasados”51. Sin embargo, en otros fragmentos de su relato parece estar acumulando una información extraordinaria que, como el conde Maule, podría utilizar una vez regresase a América:

Aquí tiene Su Señoría Ilustrísima, lo mas prominente y novedoso de mi excursión en Nápoles, pues sería empeño vano querer dar una idea de cuanto hay de bello en esta escogida porción de la tierra; que en cuanto a costumbres, gobierno y tantas otras cosas dignas de observación que presentan estos pueblos, lo dejo todo en aquel mi cajón de retazos, para irlos sacando poco a poco, según que la oportunidad en América vaya enseñando su conveniente uso52.

Sarmiento había llegado a Nápoles en 1847, “devorado por el deseo de visitar las ruinas de Pompeya y el Vesubio”53. Esta aclaración resulta especialmente significativa pues, al contrario de lo que sucedía en el relato de Miranda, el del viajero argentino muestra que su afán por llegar a la ciudad campana estaba vinculado al enorme interés que desde niño tenía en conocer los restos que estaban siendo excavados:

No sé cómo ni cuándo hube de leer una relación del descubrimiento de Pompeya, y heme aquí que no pudiendo contener el asombro y la novedad dentro de mí mismo, salgo al atajo a los paseantes para narrarles la portentosa historia, con lo del aceite y pan encontrados; cuéntosela a M.*** y en lugar de quedarse boquiabierto como yo me lo había prometido, se me ríe en los hocicos de buenas a primeras; y cada vez que hay gente reunida me hace contar el cuento de Pompeya, para diversión general.

He visto pues aquella Pompeya que me traía preocupado en mi infancia, y me hace ahora recordar la incredulidad de M.***54.

Sarmiento trataba de subrayar su inclinación por la lectura, la formación y la cultura en un ambiente donde primaba la ignorancia y lo hacía utilizando su deseo de conocer uno de los restos de la Antigüedad más populares y que más había dado que hablar desde que comenzó a excavarse en 1748. El político argentino explicaba en su libro de viajes con emoción que tan solo dos días después de llegar a Nápoles se acercó a Pompeya, entrando por la vía de los Sepulcros (que no era el acceso más habitual pues desde que se inauguró en 1840 la estación de ferrocarril los visitantes accedían mayoritariamente por la Puerta Marina). La ciudad le pareció un cadáver plagado de detalles interesantes: el empedrado de las calles con las huellas de los carros y las fuentes, así como las bodegas con ánforas de vino y los hornillos. La mansión de Diomedes le recordó el interior de las casas de Sevilla y Montevideo, y allí pudo ver los restos hallados en la bodega, tan famosos y comentados por todos los visitantes y que llegarían a inspirar a artistas y escritores como Théophile Gautier, quien publicaría cinco años después, en 1852, una novela, Arria Marcela, cuya protagonista era la joven del molde que había aparecido en esta magnífica casa y a la que alude Sarmiento55.

El político argentino continuó su descripción de la ciudad fijándose en las calles, los templos, los “foros”, la basílica, los teatros, las termas, el anfiteatro y el Cuartel de los Gladiadores, que él denomina de los “veteranos” y donde señalaba que habían muerto 73 personas obligadas a permanecer en su puesto de guardia. Las cifras, en general, siempre se disparan al alza en su descripción: “Pasan de treinta mil objetos de bronce de uso doméstico encontrados en las ciudades sepultadas, y los brazaletes, anillos, collares, camafeos y piedras preciosas reunidos bastarían a fundar la riqueza de un banquero”56. Después de mencionar que en el Museo de Nápoles se guardaban restos de alimentos carbonizados, además de ropa, pomadas y aceites, retornó a la descripción de la ciudad hablando de la exquisita decoración, pero también de la vulgarización del bueno gusto, y señalando, con cierta ingenuidad, que a tenor de los restos y tal vez por la existencia de la esclavitud, no existía la indigencia57.

Sarmiento destacó la existencia de “oratorios” (pequeños santuarios) en las casas y dedicó un pequeño párrafo a Herculano, que le pareció “menos curioso, aunque no menos rico en la pequeña parte descubierta, por no permitir la dureza de la lava, y la seguridad de la ciudad de Resina que está sobre él, la continuación de las excavaciones”58. Como Miranda, aludió al hallazgo de las estatuas de los Balbo y a la excavación del teatro. Para Sarmiento:

El hallazgo de estas ruinas ha servido más a la inteligencia de la historia que todos los libros y los monumentos romanos, pues la distribución de las habitaciones, los utensilios encontrados, los anuncios y carteles escritos en las murallas anunciando funciones y espectáculos, en fin, la multitud de bronces frescos y adornos, han hecho adivinar los gustos, ocupaciones, ideas y manera de ser de los hombres que habitaban aquellas ciudades59.

Ahora bien, si la visita a Pompeya era un anhelo de su infancia, el ascenso al Vesubio debió de ser para Sarmiento un objetivo aún más deseable, pues le dedicó muchas más paginas en su relato60. El espectáculo le pareció “imponente y grandioso”, “sublime y aterrador”; disfrutó comiendo huevos asados en la lava —como hacían todos los viajeros que subían al volcán—, pasó miedo al aproximarse a la incesante columna de humo e, incluso, se vio obligado a demostrar ante el grupo de excursionistas que se había aproximado todo lo que resultaba posible al cráter, desafiado por un inglés que había puesto en duda su hazaña.

Sarmiento continuó su viaje por Italia regresando a Roma y dirigiéndose hacia el norte para visitar Florencia, Venecia y Milán, y aunque gozó de momentos inolvidables, pocos se asemejaron a los vividos en Nápoles.

EN CONCLUSIÓN

Los viajes a Italia y la visita a Pompeya y Herculano de dos relevantes protagonistas de la vida política de Iberoamérica entre los siglos XVIII y XIX, Miranda y Sarmiento, ponen de manifiesto algunas cuestiones interesantes. En primer lugar, el viaje de ambos se plantea como un procedimiento para aprender, como un recurso útil que podía ir en beneficio, no solo de su propia formación sino también de sus lugares de origen. En este sentido, podríamos hablar de una especie de Grand Tour americano, puesto que se favorecía que aquellos que podían llegar a ocupar cargos de relevancia en el futuro, viajasen a Europa para aprender y para sacar un provecho (una palabra que se utilizaba con frecuencia) que revertiría en beneficio de todos. Evidentemente, no se trata de un planteamiento stricto sensu semejante al británico, ni estos viajeros eran aristócratas, pero sí que tiene unas connotaciones similares. A lo largo de sus viajes, Miranda, quien, como se ha visto, es acogido por los personajes más relevantes de la época, consideraba que lo mejor para aprender era visitar y examinar personalmente lugares y sociedades. Asimismo, Sarmiento, cuyo viaje tuvo una financiación institucional, viajaba para aprender. Ambos esperaban y de ambos se aguardaba que trajesen de vuelta información útil que permitiese avanzar en ámbitos tan importantes como la educación y la política.

Tanto Miranda como Sarmiento admiraban la Antigüedad y encontraban en ella el germen de la libertad que deseaban aplicar a la vida política. Por lo que se refiere a Pompeya y Herculano, los famosos yacimientos no significaron lo mismo para ambos. Los dos acudieron a Nápoles y no desaprovecharon la ocasión para visitarlos, pero el primero los contempló como un mero observador que probablemente conservaba en la retina los fabulosos restos de la ciudad eterna o que esperaba con ansiedad visitar las ruinas griegas. El segundo, en cambio, manifestó el entusiasmo de quien acudía (y acude hoy en día) a las excavaciones como si ya las conociera, impulsado por un deseo alimentado desde la infancia, por una curiosidad que le llevó a subir al volcán, como tantos viajeros hacían al llegar a Nápoles. El Vesubio fue para Sarmiento tan importante como Pompeya y más fascinante que Herculano. En cualquier caso, y aunque el punto de partida de ambos no fuese exactamente el mismo, la visita a los yacimientos y al Museo los llevó a fijar su atención prácticamente en los mismos detalles, que eran a su vez los que señalaban la mayoría de los visitantes, esto es, las huellas de una vida cotidiana que habían permanecido en Pompeya y Herculano mejor conservadas que en cualquier otro lugar del mundo.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Ackermann, Rudolph. Catecismo de historia de Grecia. Londres: Ackermann, 1825.

Ackermann, Rudolph. Catecismo de historia de los imperios antiguos. Londres: Ackermann, 1825.

Ackermann, Rudolph. Catecismo de la historia romana. Londres: Ackermann, 1825.

Allroggen-Bedel, Agnes. “A proposito dei Balbi: note archivistiche alla topografia d’Ercolano”. En Dall’immagine alla storia. Studi per ricordare Stefania Adamo Muscettola (pp. 355-373). Nápoles: Naos, 2010.

Andrés, Juan. Cartas familiares del abate D. Juan Andrés a su hermano D. Carlos Andrés dándole noticia del viage que hizo a varias ciudades de Italia en el año 1785, 5 vols. Madrid: Antonio de Sancha, 1786-1793 (reed. en Madrid, 2004-2007).

Aristizábal, Catherine. Autodocumentos hispanoamericanos del siglo XIX. Fuentes personales y análisis histórico. Münster: Hamburger Lateinamerikastudien, Lit Verlag, 2012.

Barthélemy, Jean-Jacques. Historia del teatro de los griegos, traducida del viaje del joven Anacharsis a la Grecia. Madrid: Blas Román, 1796.

Benítez, Rubén. “El viaje a España”. En Domingo Faustino Sarmiento, Viajes por Europa, Africa i América (1845-1847) (pp. 717-757). Edición crítica coordinada por Javier Fernández. Madrid: Allca XX - Universidad de Costa Rica, 1996.

Bertrand, Gilles. Le grand tour revisité: pour une archéologie du tourisme: le voyage des français en Italie, milieu XVIIIe siècle-début XIXe siècle. Roma: Publications de l’École française de Rome, 2008.

Bibliografía del Centro de Documentación de Canarias y América. Disponible en: https://www.museosdetenerife.org/cedocam-centro-de-documentacion-de-canarias-y-america/2015/03/20/francisco-de-miranda/ [citado el 7 de abril de 2021].

Blasco Ibáñez, Vicente. En el país del arte. Tres meses en Italia. Valencia: s. e., 1896.

Blengino, Vanni. “El viaje de Sarmiento a Italia”. En Domingo Faustino Sarmiento, Viajes por Europa, África i América (1845-1847) (pp. 791-828). Edición crítica de Javier Fernández. Madrid: Allca XX - Universidad de Costa Rica, 1996.

Blengino, Vanni. Il viaggio di Sarmiento in Italia. Analogie, utopie, polemiche. Roma: Edizioni Associate, 1996.

Bocchetti, Carla. “El diario de viaje a Grecia de Francisco de Miranda: Grecia en el contexto de la independencia americana”. En Carla Bocchetti (ed.), La influencia clásica en América Latina (pp. 53-75). Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2010.

Bocchetti, Carla. “El helenismo en América: Francisco de Miranda un estudio de caso”. Nuntius Antiquus, vol. 4, 2009, pp. 181-197. DOI: 10.17851/1983-3636.4.0.181-197.

Boulton, Alfredo. Miranda, Bolívar y Sucre: Tres estudios iconográficos. Caracas: Imprenta Italgráfica, 1959.

Brilli, Attilio. El viaje a Italia. Historia de una gran tradición cultural. Madrid: Antonio Machado Libros, 2010.

Buzard, James. The Beaten Track: European Tourism, Literature, and the Ways to Culture, 1800-1918. Nueva York: Oxford University Press, 1993.

Castillo Didier, Miguel. “Francisco de Miranda y los mármoles hurtados a la Acrópolis”. Byzantion Nea Hellás, 11-12, 1991, pp. 83-94. Disponible en: https://byzantion.uchile.cl/index.php/RBNH/article/view/48260/50885 [citado el 9 de abril de 2021.

Castillo Didier, Miguel. Grecia y Francisco Miranda. Precursor, héroe y mártir de la independencia hispanoamericana. Caracas: Monte Ávila Editores 2007.

Castrillón Vizzarra, Alfonso. “Lettere a Miranda”. Illapa Mana Tukukuq, n.º 15, 2018, pp. 125-128. DOI: https://doi.org/10.31381/illapa.v0i15.1847.

Chaney, Edward. The evolution of the Grand Tour: Anglo-Italian cultural relations since the Renaissance. Londres: Routledge, 2000.

Ciardiello, Rosaria. “Le Antichità di Ercolano esposte: Contributi per la ricomposizione dei complessi pittorici antichi”. En Mario Capasso (ed.), Da Ercolano all’Egitto V. Ricerche varie di papirologia (pp. 88-106). Galatina: Congedo Editore, 2007.

Constantine, David. Early Greek Travelers and the Hellenic Ideal. Cambridge: Cambridge University Press, 1984.

Constantine, David. Los primeros viajeros a Grecia y el ideal helénico. México: Fondo de Cultura Económica, 1989.

Dacos, Nicole. La Découverte de la Domus Aurea et la formation de Grotesques à la Renaissance, Studies of the Warburg Institute, vol. XXXI. Leiden: E. J. Brill, 1969.

Dacos, Nicole. Rafael. Las logias del Vaticano. Barcelona: Lunwerg Editores, 2008.

De Brosses, Charles. “Carta al señor presidente Bouhier. Memoria sobre la ciudad subterránea de Herculano. Roma, 28 de noviembre 1739”. En Viaje a Italia, vol. II, traducción de Nicolás Salmerón García. Madrid: Calpe, 1922.

De Caro, Stefano. “Visitare Pompei: i progressi degli scavi e il turismo nella seconda età borbonica”. En Massimo Osanna, Maria Teresa Caracciolo y Luigi Gallo (eds.), Pompei e l’Europa. 1748-1943 (pp. 97-105), Milán: Mondadori Electa, 2015.

De la Cruz y Bahamonde, Nicolás. Viage a España, Francia e Italia, 14 vols. Madrid: Imprenta de Sancha, 1806-1813.

Doria, Gino. Viaggiatori stranieri a Napoli. Nápoles: Guida, 1984.

Fino, Lucio. Ercolano e Pompei tra ’700 e ’800. Acquarelli, disegni, stampe e ricordi di viaggio. Nápoles: Grimaldi & C., 2005.

García Bacca, Juan David. Los clásicos griegos de Miranda: Autobiografía. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 1967.

Grell, Chantal. Herculanum et Pompéi dans les récits des voyageurs français du XVIIIe siècle. Nápoles: Publications du Centre Jean Bérard, 1982.

Guzmán Rubio, Federico Augusto. Los relatos de viaje en la literatura hispanoamericana: Cronología y desarrollo de un género en los siglos XIX y XX. Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Madrid, Madrid, 2013. Disponible en: https://repositorio.uam.es/handle/10486/661755 [citado el 8 de marzo de 2021].

Iacopi, Irene. Domus Aurea. Milán: Electa, 1999.

Jacobelli, Luciana. “Arria Marcella e il Gothic Novel Pompeiano”. En Renzo Cremante, Maurizio Harari, Stefano Rocchi y Elisa Romano (eds.), I Misteri di Pompei. Antichità pompeiane nell’imaginario della modernità (pp. 53-65). Nápoles: Flavius, 2008.

Jenkins Wood, Jennifer. Spanish Women Travelers at Home and Abroad, 1850-1920. From Tierra del Fuego to the Land of the Midnight Sun. Plymouth: Bucknell University Press, 2014.

Le Antichità di Ercolano Esposte, vol. I. Nápoles: Regia Stamperia, 1757.

Le Antichità di Ercolano Esposte, vol. III. Nápoles: Regia Stamperia, 1762.

Meyboom, Paul G.P., y Eric M. Moormann. Le decorazioni dipinte e marmoree della Domus Aurea di Nerone a Roma, 2 vols. Lovaina: Peeters, 2013.

Middleton, Conyers. Historia de la vida de Marco Tulio Cicerón, 4 vols. Traducción de José Nicolás de Azara. Madrid: Imprenta Real, 1790.

Mills, Sara. Discourses of Difference: An Analysis of Women’s Travel Writing and Colonialism. Londres: Routledge, 1991.

Miranda, Francisco de. Archivo del general Miranda, vol. II, Viajes, diarios-documentos, 1788 a 1800-1771 a 1781. Caracas: Ed. Sur-América, 1929.

Miranda, Francisco de. Archivo del general Miranda, vol. IV, Viajes, diarios-documentos, 1788 a 1800-1771 a 1781. Caracas: Parra León Hermanos, Ed. Sur-América, 1930.

Miranda, Francisco de. Archivo del general Miranda, vol. VII, Viajes. Cartas a Miranda 1782 a 1801. Miscelánea 1771 a 1805, Impresos y grabados 1771 a 1805. Caracas: Parra León Hermanos, Ed. Sur-América, 1930.

Moormann, Eric. Pompeii’s Ashes. The Reception of the Cities Buried by Vesuvius in Literature, Music, and Drama. Boston: De Gruyter, 2015.

Nunley, Gayle R. Scripted Geographies. Travel Writings by Nineteenth-Century Spanish Authors. Lewisburg: Bucknell University Press, 2007.

Pandís Pavlakis, Efthimia. “Francisco de Miranda y Grecia: Una relación diacrónica”. En Efthimia Pandís Pavlakis, Anthím Papageorgiou y Susana Lugo (eds.), Estudios y homenajes hispanoamericanos, vol. I (pp. 9-13). Madrid: Ediciones Susana del Orto, 2012.

Pratt, Mary Louise. Ojos imperiales, literatura de viajes y transculturación. México: Fondo de Cultura Económica, 2010.

Pucci, Giuseppe. “Cadaveri eccellenti: le vittime di Pompei nell’immaginario moderno”. Mare internum. Archeologia e culture del Mediterraneo, vol. 4, 2012, pp. 71-88.

Quatremère de Quincy, Antoine. Lettres sur l’enlèvement des ouvrages de l’art antique à Athènes et à Rome, écrites les unes au célèbre Canova, les autres au général Miranda. París: A. Le Clere, 1836.

Rohde, Jorge Max. “Discurso de recepción de Don Jorge Max Rohde. Sarmiento en Roma”. Boletín de la Academia Argentina de Letras, vol. 33, n.º 129-130, 1968, pp. 227-245.

Rojas, Elena M. “Nota filológica preliminar”. En Domingo Faustino Sarmiento, Viajes por Europa, África i América (1845-1847). Edición crítica de Javier Fernández. Madrid: Allca XX - Universidad de Costa Rica, 1996.

Romero Recio, Mirella. “Alimentos para Isis en su templo pompeyano: Los restos que han nutrido un mito”. Arys, vol. 9, 2011, pp. 229-246.

Romero Recio, Mirella. “Los mitos de Pompeya: arqueología y fantasía”. En Laura Sancho (coord.), La Antigüedad como paradigma. Espejismos, mitos y silencios en la utilización de la historia del mundo clásico por los modernos (pp. 121-134). Zaragoza: Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2015.

Romero Recio, Mirella. Ecos de un descubrimiento. Viajeros españoles en Pompeya (1748-1936). Madrid: Ediciones Polifemo, 2012.

Romero Recio, Mirella. Pompeya. Vida, muerte y resurrección de la ciudad sepultada por el Vesubio. Madrid: La Esfera de los Libros, 2010.

Sarmiento, Domingo Faustino. Mi defensa. Santiago: Imprenta del Progreso, 1843. Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra/mi-defensa--0/ [citado el 20 de abril de 2021].

Sarmiento, Domingo Faustino. Viajes en Europa, África y América. Buenos Aires: Imprenta de Mayo, 1854.

Serrano Álvarez, José Manuel. Francisco de Miranda. Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia. Disponible en: http://dbe.rah.es/biografias/13687/francisco-de-miranda [citado el 7 de abril de 2021].

Trevelyan, Raleigh. The shadow of Vesuvius. Pompeii AD 79. Londres: Folio Society, 1976.

Twain, Mark. Guía para viajeros inocentes, 7.ª ed. A Coruña: Ediciones del Viento, 2020.

Valera, Juan. Obras completas, t. III. Madrid: Instituto Cervantes, 1961. http://www.cervantesvirtual.com/portales/juan_valera/obra-visor/correspondencia--1/html/ff0e4f88-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html#I_11_ [citado el 19 de abril de 2021].

Viera y Clavijo, José de. Cartas familiares escritas por don José Viera y Clavijo a varias personas esclarecidas, por sus dignidades, clase, empleos, literatura o buen carácter de amistad y virtud. Santa Cruz de Tenerife: Imprenta, Litografía y Librería Isleña, 1849.

VV. AA. Il Vesuvio e le città vesuviane 1730-1860. Nápoles: Cuen, 1998.

Zeuske, Michael, y Andrés Otálvaro. “La construcción de Colombeia: Francisco de Miranda y su paso por el Sacro Imperio Romano Germánico, 1785-1789”. Anuario Colombiano de Historia Social y de la Cultura, vol. 44, n.º 1, 2017. DOI: 10.15446/achsc.v44n1.61224, 177-198.

Miradas femeninas sobre Pompeya y Herculano: Aurelia Castillo de González, “Araceli” y Carmen de Burgos Colombine

FEDERICA PEZZOLI*

INTRODUCCIÓN

Muchísimos viajeros europeos y americanos visitaron los yacimientos de Pompeya y Herculano en el siglo XIX y durante las tres primeras décadas del siglo XX1, y las mujeres representaron una parte importante de este grupo. Sin embargo, solo un número muy reducido de ellas dejó rastro escrito de su paso por las antiguas ciudades sepultadas por la erupción del Vesubio. Objetivo de este capítulo es recuperar y analizar el testimonio de tres viajeras, la cubana Aurelia Castillo (1842-1920) y dos españolas, la así llamada Araceli, de la que poco se conoce, y Carmen de Burgos Colombine (1867-1932).

Escritoras y periodistas, ellas fueron a las excavaciones de las dos ciudades campanas y publicaron en periódicos y revistas las crónicas de sus impresiones sobre los antiguos restos, para revelar su asombro y maravilla ante las ruinas, pero también porque otras (y otros) pudiesen conocer estos lugares tan significativos para la historia humana y seguir su ejemplo.

EL CONTEXTO HISTÓRICO: MUJERES PERIODISTAS, ESCRITORAS Y VIAJERAS ENTRE 1850 Y 1930

Estas tres autoras se insertan en el fenómeno histórico, social y político que, sobre todo a partir de la mitad del siglo XIX, en España y Latinoamérica ve la reivindicación por parte de las mujeres de sus derechos a la educación, a la presencia en la esfera pública a través del trabajo, a la visibilidad en las artes y la literatura2, y por último, al voto y el divorcio.

Frente al modelo del “ángel del hogar” que propone los ideales decimonónicos de la domesticidad debido a las diferencias estructurales de las mujeres, algunas intelectuales como Gertrudis Gómez de Avellaneda, Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán3, para citar solo unas de las más destacadas, reivindican la igualdad entre hombres y mujeres, y el derecho de estas últimas a acceder a la escolarización, único medio que puede permitir su ingreso en las profesiones y la posibilidad de la independencia económica4.

Entre los ámbitos laborales que aparecen accesibles a las mujeres de clase media que tengan estudios se encuentran el de la educación primaria, considerado una forma de ejercicio del cuidado fuera de casa; el de la medicina, donde las mujeres raras veces son médicos, sino más a menudo enfermeras, comadronas y matronas5; y el trabajo en la Administración pública y los servicios, en función de telegrafistas, empleadas de correos6 y vendedoras en tiendas. Otro ámbito que, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, registra un crecimiento de la presencia femenina es el de la escritura: las mujeres colaboran con periódicos y revistas femeninas7 (como “Araceli”), o periódicos dirigidos a un público general (como Aurelia Castillo de González y Carmen de Burgos, esta última logrando entrar en 1907 en la Asociación de Prensa de Madrid8), y escriben y publican novelas, cuentos, poemas, traducciones, libros de viajes, etc.9.

Un ejemplo de mujer escritora, periodista, animadora cultural y editora que se puede mencionar brevemente aquí —debido a las relaciones que tendrá con Aurelia Castillo y con otras tantas mujeres empeñadas en el ámbito literario— es la andaluza Patrocinio de Biedma y La Moneda10 (1845-1927). De familia aristocrática y colaboradora desde muy joven en revistas y periódicos, en 1877, tras enviudar, se muda a Cádiz. Aquí, al poder disponer de su patrimonio en cuanto viuda, en mayo de 1887 funda la revista Cádiz11, de cuya impresión se encarga la empresa editorial Tipografía La Mercantil de José Rodríguez y Rodríguez, su futuro segundo marido. En sus páginas aparecen contribuciones de personalidades políticas e intelectuales de primer plano, y muchas escritoras pueden dar a conocer sus textos o adelantos de ellos, que luego publican en volumen12. La revista, sin tener un carácter marcadamente político, pretende romper con el aislamiento cultural de la provincia. Por eso, su fundadora y directora impulsa también la creación de la Federación Científico Literaria, de la cual es nombrada presidenta vitalicia en junio de 1878: se trata de una especie de sociedad editorial que de Andalucía se extiende a Extremadura, Cataluña, Cuba y Puerto Rico, y cuyo objetivo es impulsar la publicación de las obras escritas por sus socios. En los años entre 1878 y 1880, antes de su segunda boda con José Rodríguez13, Patrocinio de Biedma ejerce cierta influencia como editora en la elección de los textos impresos por la Tipografía La Mercantil, como muestra la publicación de sus mismas obras o la de Fábulas. Poemitas morales (1879) de Aurelia Castillo.

En conformidad con la situación antes presentada, que ve a las mujeres reivindicar su presencia en el ámbito público y desafiar los valores de una feminidad más conservadora, unas de ellas (por ejemplo, Carolina Coronado, Emilia Serrano, Rosario de Acuña y Villanueva, Emilia Pardo Bazán, Eva Canel, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Dolores Ximeno y Cruz, Aurelia Castillo de González etc.), también en España y Latinoamérica, empiezan a viajar, muchas veces solas, y a poner por escrito sus experiencias en diarios, cartas y crónicas de viajes. Como señala Jenkins Wood14, el fenómeno de las mujeres viajeras (y escritoras), cuyas primeras manifestaciones se encuentran en Gran Bretaña y el norte de Europa, está relacionado con el desarrollo del ferrocarril y la navegación a vapor, que abaratan los costes y hacen más seguros los desplazamientos, aunque para las mujeres corrientes la experiencia del viaje no represente todavía algo común. Unas de estas viajeras son solteras, viudas o separadas, elemento que les permite mayor libertad a la hora de orientar su comportamiento, y pertenecen a las clases alta y media. Otras viajan para conocer el mundo y al mismo tiempo ofrecer sus crónicas a revistas y periódicos, consiguiendo de esta forma independencia económica15. Otras más esperan, a través de sus textos, ampliar el horizonte de sus lectores sobre el mundo y el papel de las mujeres en él16. Su género, condición social, nivel de educación, visión de la realidad, valores y adhesión o no a la reivindicación de los derechos de las mujeres influencian el tono y la perspectiva de sus escritos y su relación con el otro con el cual se van encontrando17, también cuando esta otredad sea, como en el caso aquí analizado, la Antigüedad. En todo caso, las mujeres que cuentan sus viajes cumplen un acto de transgresión y ruptura, puesto que abandonan la marginalidad en la que han sido relegadas y se ponen en el centro de la narración y la historia, dando voz a su propia subjetividad18. Además, la selección que su memoria hace a la hora de redactar los textos, incluyendo unos elementos y descartando otros, contribuye a crear la imagen ficcionada que ellas quieren ofrecer de sí mismas a sus lectores, su identidad como protagonistas, narradoras y autoras19.

LA “VARONIL” AURELIA CASTILLO DE GONZÁLEZ

Aurelia Castillo de González, de la cual Dulce María Borrero subraya “la independencia de espíritu, el vigor de la inteligencia y la suprema bondad”20, es un claro ejemplo del movimiento que en Cuba, a partir del siglo XIX, hace que las mujeres se conviertan progresivamente de consumidoras de literatura a productoras de obras literarias, en forma de poemas, piezas teatrales y novelas, a través de las cuales intentan impulsar nuevas ideas y denunciar su condición de discriminación y sumisión. El fenómeno es una de las consecuencias del desarrollo del capitalismo en la isla gracias a la producción de azúcar a larga escala, que, en la segunda mitad del siglo XIX, convierte La Habana en el segundo puerto de América, detrás solo de Nueva York. Con la prosperidad económica llegan los viajeros extranjeros y toman impulso la modernización y la vida cultural, caracterizada esta última por la producción de novelas y la fundación masiva de revistas y periódicos21. En esta nueva atmósfera cultural, las mujeres reivindican con fuerza su espacio, como muestra el célebre caso de la ya citada Gertrudis Gómez de Avellaneda22.

Siguiendo las huellas de su famosa predecesora, a la que dedica en 1886 un estudio biográfico23 y de cuyas obras es editora, Aurelia Castillo destaca como una de las principales intelectuales cubanas, partidaria de la lucha por la independencia de la isla, adversaria de la esclavitud y el racismo24, y firme defensora de los derechos de las mujeres y de su papel en la vida cultural.

Olvidada durante mucho tiempo fuera y dentro de Cuba, Castillo nace el 27 de enero de 1842 en Puerto Príncipe (actual Camagüey), en una familia sin muchos recursos y desde los nueve años su formación es autodidacta. Empieza a dedicarse a la escritura, especialmente en prosa, desde su juventud y el 6 de mayo de 1874 se casa con el oficial del ejército español Francisco González del Hoyo, amante de las letras y de fe republicana, que la impulsa a leer y a seguir escribiendo. Castillo experimenta dos exilios, el primero en 1875, junto con su marido: la pareja es expulsada durante la Guerra Grande (1868-1878) por protestar él contra la ejecución del patriota cubano Antonio Luaces. Transcurren tres años en España (1875-1878), durante los cuales Castillo colabora activamente con revistas y periódicos (Crónica Meridional, El Eco de Asturias y Cádiz), escribiendo, entre otros, tres artículos sobre la condición de las mujeres en general y las mujeres cubanas en particular en la revista Cádiz25. De regreso a Cuba, participa en las tertulias literarias organizadas por José María de Céspedes en su casa y escribe para muchas revistas. En 1879 publica en Cádiz su colección de cuentos en versos titulada Fábulas, con prólogo de De Biedma, en la cual se ocupa de la educación de los niños y niñas cubanos, mostrando “interés por su perfeccionamiento moral é intelectual, como importantísimo factor de felicidad”26, y trata también temas políticos. Con el fin de ampliar sus conocimientos regresa otra vez a España en 1887 y en 1889[27], en compañía de su esposo, y emprende un viaje que los lleva a visitar la Exposición Universal de París, Italia y Suiza. Envía las crónicas de estos viajes, en forma de cartas28, al periódico habanero El País29 y luego, en 1891, las publica en volumen con el título de Un paseo por Europa (La Habana: La Propaganda Literaria), en cuya lectura, según el poeta cubano Julián del Casal (1863-1893), “el lector siente latir […] el espíritu varonil de la autora, templado para la acción y rebelde al ensueño, que se enamora de todo lo grande, de todo lo verdadero”30. Tras regresar a Cuba en 1890, visitar México y la Exposición Universal de Chicago en 1893[31] y enviudar dos años después, en 1896 es expulsada por segunda vez de la isla por Valeriano Weyler y viaja nuevamente a España (1896-1898), donde reside en Canarias y Barcelona. De vuelta a su país en 1898, como observa Mirta Yáñez:

trae […] una amplia experiencia ganada en sus avatares de periodista, de viajera y de incansable curiosa intelectual. […] Por otro lado ya tenía un bien ganado prestigio y también cierta fama de carácter “viril”. Tal vez el mote viniera bien ganado por su permanente actitud rebelde ante los preceptos patriarcales machistas. Su feminismo es claro y rotundo. Reflexionó mucho sobre el tema de la mujer y llenó un vacío al escribir sobre otras poetisas de la época32.

Proclamada la República en 1902, colabora activamente con el nuevo régimen y en 1910, cuando se funda la Academia de las Artes y las Letras, es una de las cinco mujeres miembros (junto con Nieves Xenes y Dulce María Borrero). Sin embargo, en una nota aclaratoria a la segunda edición (1910) de su Fábulas denuncia que: “Las escritoras de nuestro país vivimos en lamentable aislamiento literario. No tenemos a quien consultar, no cambiamos impresiones con nadie. Tememos molestar a los hombres literatos y científicos, parecerles, en fin, impertinentes”33.

En 1914, Castillo reúne todos sus escritos en cinco volúmenes (Escritos de Aurelia Castillo de González, La Habana: Imprenta El Siglo XX), al que añade un sexto en 1918[34], incluyendo también traducciones del italiano (La figlia di Jorio de Gabriele d’Annunzio y poemas de Giosuè Carducci y Ada Negri), del francés y del inglés, y textos de Francisco González. Muere en 1920.

Volviendo a la relación de esta poeta y escritora con Pompeya y Herculano, ella, acompañada por su marido35, llega a Nápoles en barco a vapor en diciembre de 1889, tras pasar unos meses en París y hacer breves etapas en Marsella y Génova. Después de una visita a la ciudad y sus monumentos, que provocan juicios dispares en la viajera cubana36, el 21 de diciembre la pareja sube al Vesubio, comparado por su “sublime grandeza” y la “emoción especial” que genera con las cataratas del Niágara y la Tour Eiffel37