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El corazón es nuestro ser íntimo, lo que nos hace únicos e irrepetibles. Es el cofre del amor, ese tesoro que recibimos y que exige ser compartido. Solo quien abre su tesoro a los demás llega a descubrir su identidad, el sentido más hondo de su existencia. Y quien no lo abre, no llega realmente a alcanzar su felicidad. El corazón tiene unos hábitos, costumbres, y principios de actuación distintos a la lógica del tener y del poder. Sólo él es capaz de generar una cultura de verdaderos encuentros, de construir la civilización del amor. Solo es feliz quien sabe mirar, escuchar y tocar el corazón.
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Seitenzahl: 413
Veröffentlichungsjahr: 2024
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JOSÉ MARÍA ORTIZ IBARZ
EDUCAR EL CORAZÓN
La asignatura de la vida
EDICIONES RIALP
MADRID
© 2024 byJosé María Ortiz Ibarz
© 2024 by EDICIONES RIALP, S.A.,
Manuel Uribe 13-15, 28033 Madrid
(www.rialp.com)
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita reproducir, fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
Preimpresión: produccioneditorial.com
ISBN (edición impresa): 978-84-321-6794-2
ISBN (edición digital): 978-84-321-6795-9
ISBN (edición bajo demanda): 978-84-321-6796-6
ISNI: 0000 0001 0725 313X
PRÓLOGO
PRIMERA PARTE NUESTRO SER MÁS ÍNTIMO
I. INTRODUCCIÓN
1. Amor derramado
2. El lugar de la verdad, el bien y las alianzas
3. La mayor dignidad de la persona
4. Nuestras relaciones y nuestra historia
5. Los grandes rasgos de la identidad humana
6. Los hábitos del corazón
7. Las huellas del don recibido
8. La libertad de dar
9. Las costumbres del corazón que se da
10. Una lógica inversa
11. El ser como vivir
12. Las relaciones personales
13. El amor como coexistencia
14. Una realidad poliédrica
15. La vida se hace historia
II. LAS HUELLAS DEL DON RECIBIDO
1. La luz del corazón
a) El orden en el amor
b) Elegir bien
c) Predilección
d) Ver el fondo
e) Conocer el amor
f) La belleza del corazón
2. El regalo de la felicidad
a) Rebosar de contento
b) La lógica del don
c) Gratuidad y reciprocidad
d) Responder al mandato del amor
e) Agradecimiento y docilidad
f) La vocación a un desarrollo integral
3. Donde la justicia y la paz se encuentran
a) Disfrutar la vida
b) La vida con sentido
c) Convocados en paz
d) Importar a alguien
e) El primer amor y la justicia
f) La justicia y los bienes comunes
g) Dilemas aparentes
h) Más allá de los cálculos
III. LAS COSTUMBRES DEL CORAZÓN QUE SE DA
1. Se pone en juego
a) Completar (con obras) nuestro modo de ser
b) Hacer crecer a los demás
c) El poder de servir
d) Saber pedir ayuda
e) Adquirir criterio
f) Inteligencia positiva: mirar con amor
g) La medida de la comprensión
2. Hace nuevas todas las cosas
a) Mirar lo esencial
b) Sentirse llamado
c) Concordar con la palabra dada
d) Hacer nuevas todas las cosas
e) Magnanimidad
f) Dar lo mejor
g) La fidelidad al compromiso personal
3. Confía hasta el final
a) El peso definitivo
b) Nuestro camino hacia la verdad
c) Poner en su sitio
d) La relación con la vida verdadera
e) Resistencia pasiva
f) La palabra del corazón
4. Ama apasionadamente
a) Darse con el cuerpo
b) Los bienes honestos
c) Los afectos verdaderos
d) Tener presencia
e) El gobierno de los apetitos
f) Querer con obras
g) El miedo a perder y el temor a defraudar
SEGUNDA PARTE: LA ASIGNATURA DE LA VIDA
I. INTRODUCCIÓN
1. Mirar, escuchar y tocar el corazón
2. La vida como asignatura y como historia de amor
II. LOS PRINCIPIOS CORDIALES PARA LAS GRANDES DECISIONES
1. La realidad es inteligible
a) La tentación de acumular
b) El peso de la prueba
c) Un corazón limpio
d) Un corazón desnudo
2. Todo lo grande comienza siendo pequeño
a) La envidia social, y la paz social
b) Un nuevo modo de ser vida humana
c) Un corazón atento
3. Las relaciones humanas no tienen por qué ser conflictivas
a) La intimidad con el amor
b) La tranquilidad y la inquietud
c) El anhelo universal de vivir en paz
d) La vida que nace de la muerte
e) Acoger con paciencia
f) Librarse del mal
4. La alegría de dar
a) Prioridad de la recepción sobre la acción
b) Romperse el corazón
c) Estar en deuda
d) Conformarse con menos
e) Sobrevivir a la muerte
f) El amor aconseja perdonar
g) Superar la culpa
5. Saber sembrar y esperar
a) La ley de lo abundante
b) Respirar el aliento del amor
c) El alimento diario
d) Sed de amar y ser amado
6. El todo es superior a las partes
a) Hacer de la propia vida una obra maestra
b) El conocimiento dialogal
c) Los instrumentos del encuentro
d) La identidad en la historia y comunidad
e) Llorar por no haber amado
f) Quedan muchos encuentros por darse
g) Traer el cielo a la tierra
7. Ser importa más que tener
a) El anhelo de comunión
b) El amor en la familia
c) Una comunidad de generaciones
d) El centro de la civilización del amor
e) Saber conformarse
f) La pobreza del corazón
g) Libertad interior y libertad exterior
h) El nombre propio del ser personal
TERCERA PARTE: LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR
I. EL FRUTO DE MIRAR CON AMOR
II. LA CULTURA DEL ENCUENTRO
1. Los nuevos paradigmas
2. Una nueva cultura para un cambio de época
3. Una brújula para minorías creativas
Cubierta
Portada
Créditos
Índice
Comenzar a leer
En un cuento breve, Hans Christian Andersen, a través de un diálogo entre un rosal y un caracol, nos presenta de manera gráfica una alternativa fundamental de la existencia humana. El caracol está totalmente centrado en sí mismo. Afirma:
—El mundo no existe para mí. ¿Qué tengo yo que ver con el mundo? Bastante es que me ocupe de mí mismo y en mí mismo.
Frente a esta afirmación, el rosal reacciona con sorpresa. Sigamos el siguiente intercambio de pareceres. Habla el rosal:
—¿Pero no deberíamos todos dar a los demás lo mejor de nosotros, no deberíamos ofrecerles cuanto pudiéramos? Es cierto que no te he dado sino rosas; pero tú, en cambio, que posees tantos dones, ¿qué has dado al mundo? ¿Qué puedes darle?
Contesta el caracol:
—¿Darle? ¿Darle yo al mundo? Yo lo escupo. ¿Para qué sirve el mundo? No significa nada para mí. Anda, sigue cultivando tus rosas; es para lo único que sirves. Deja que los avellanos produzcan sus frutos, deja que las vacas y las ovejas den su leche; cada uno tiene su público, y yo también tengo el mío dentro de mí mismo. ¡Me recojo en mi interior, y en él voy a quedarme! El mundo no me interesa.
Y con estas palabras, el caracol se metió dentro de su casa y la selló.
—¡Qué pena! —dijo el rosal—. Yo no tengo modo de esconderme, por mucho que lo intente. Siempre he de volver otra vez, siempre he de mostrarme otra vez en mis rosas. Sus pétalos caen y los arrastra el viento, aunque cierta vez vi cómo una madre guardaba una de mis flores en su libro de oraciones, y cómo una bonita muchacha se prendía otra al pecho, y cómo un niño besaba otra en la primera alegría de su vida. Aquello me hizo bien, fue una verdadera bendición. Tales son mis recuerdos, mi vida.
La moraleja es obvia y a la vez profunda. Consiste en poner de manifiesto una de las alternativas más radicales de la existencia humana: vivir para los demás, alcanzando la felicidad, o vivir para uno mismo, amargado con la propia limitación.
Si pasamos de la literatura a la teología, se repite con otras palabras la misma idea fundamental. La Constitución Pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II contiene dos elementos claves para la antropología teológica y filosófica contemporánea. Me refiero a los números 22 y 24, ampliamente comentados en las últimas cuatro décadas. Recordemos las frases centrales del texto magisterial. En el n. 22 se subraya que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación».
El n. 24, por su parte, añade: «Esta semejanza demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás».
La relación intrínseca entre los dos puntos es clara: si la realización del hombre se da en el don sincero de sí, y a su vez, Cristo revela la verdad sobre el hombre, necesariamente en Cristo se da de modo supereminente la entrega de sí mismo. En estos textos se condensa el personalismo cristológico propio de la constitución pastoral, que será desarrollado en las décadas sucesivas por numerosos teólogos y filósofos. Los números 22 y 24 se encuentran entre los más citados por parte de san Juan Pablo II en sus 27 años de pontificado.
Entre los filósofos que han puesto su mirada en esta clave antropológica y teológica se encuentra José María Ortiz. Cuando me propuso escribir un prólogo a Educar el corazón, además de sentirme honrado, no sabía con lo que me iba a encontrar. A medida que iba leyendo sus páginas, se desplegó ante mí todo un proyecto vital, que va desde el corazón de la persona hasta la construcción de la civilización del amor.
Mi experiencia lectora fue gozosa. Descubrí cómo se puede cultivar la philosophia perennis, inspirada en Aristóteles y santo Tomás de Aquino, con las aportaciones propias del personalismo moderno y contemporáneo. Aunque el texto no contiene citas al pie de página, pasan ante el lector los clásicos de la filosofía realista, los Padres de la Iglesia (en especial san Agustín), y se intuye la presencia de Pascal, Kierkegaard, Dostoievsky, Marcel y tantos otros. No faltan alusiones a santos y papas contemporáneos. No en plan de una fría erudición que no conduce a nada: todo el libro es performativo, es decir, nos lleva al cambio de vida. Nos insiste, una vez y otra, en una verdad que el autor describe de la siguiente manera: «La vida es historia, una historia de amor, pero el acto de ser ya nos ha sido dado: hemos sido amados primero; por eso el vivir no es la autoconciencia del don, sino el olvido de sí que produce la tarea del dar, que eso es el amor».
Todos los días dedico un tiempo a la lectura de algún libro que mejore mi vida interior. Educar el corazón cumplió las veces de mi libro de lectura espiritual durante algunas semanas. Es un texto para leer con calma, meditando cada párrafo, sopesando lo que se dice y para qué se dice. Las actitudes cordiales —es decir, las del corazón que se da, que se entrega— aparecen como puntos de referencia para una existencia plena, para la felicidad. Para el creyente, sus páginas enriquecerán su visión trascendente de la vida, su agradecimiento por el Amor que se hace carne para entregarse por cada uno de nosotros y por toda la humanidad, abriéndonos el camino que lleva a la plenitud, incoada en esta vida y consumada en la futura. Para el no creyente, el presente ensayo abre perspectivas antropológicas insospechadas: de una manera amable y a la vez certera, el autor nos dice que para ser felices hay que olvidarse de uno mismo y entregarse a los demás. A la manera de Pascal, el autor invita a esa entrega, pues de vivir así hará que el sentido de la vida, hoy buscado por tantos, aparezca donde menos se espera.
En las últimas páginas, José María Ortiz realiza un diagnóstico de nuestra sociedad occidental: «Nunca habíamos estado tan cerca unos de otros. Nunca habíamos sabido tanto del mundo que nos rodea. Y sin embargo tenemos la sensación de que esa realidad comparece acompañada del hecho de que nunca habíamos sabido tan poco de nosotros mismos, o que (encerrados en la propia subjetividad) nunca nos habíamos sentido tan alejados unos de otros».
¿Cómo podemos superar esta crisis de identidad personal y colectiva? Educando el corazón en el don sincero de sí. La lectura pausada —lo repito con intención, pues el texto es denso de contenido— nos ayudará a madurar en nuestra existencia. Será más fácil dejar de ser el caracol egocéntrico y autorreferencial de Andersen, y transformarnos en un rosal con raíces en esta tierra, que se eleva hasta el cielo, dando siempre rosas nuevas, manifestación de la Belleza que creó este mundo que rebosa de amor.
Mariano Fazio
Roma, 1 de diciembre de 2023
Hace quince años un gran amigo me sugirió escribir un libro sobre el corazón. No pensé entonces que tardaría tanto tiempo. Tampoco podía imaginar que esa invitación exigiría ahondar de un modo tan radical en los fundamentos de la existencia humana.
Querido Emilio, aquí está lo que me pediste. He intentado acercarme al ser personal como un don que recibimos y damos; una biografía entrelazada y entretejida con otras, que le dan sentido. Descubrir lo apasionante que resulta la vida cuando la experimentamos como una historia de amor me ha llevado a poner el corazón desde la primera de estas páginas.
Cuando tratamos de definir, de caracterizar del modo más preciso posible a una persona, podemos referirnos a muchos aspectos; por ejemplo, a su anatomía; o a su fisonomía, ya que el rostro parece expresar mejor los rasgos personales. Si nos adentramos en su modo de ser mencionaremos su carácter, su temperamento dominante, o incluso sus valores y creencias (al menos de los comportamientos observables en que parecen manifestarse).
Cuando conocemos a alguien hablamos del modo de ser y del modo de actuar que tiene, intentando acceder hasta alguna de las raíces que permitan explicar mejor lo que esa persona es y lo que hace, para de ese modo saber lo que puede esperarse de ella habitualmente.
Pues bien, la raíz y fuente más honda de lo que somos y hacemos es el corazón, nuestro ser más íntimo. Comprendemos de verdad a alguien cuando averiguamos lo que tiene en su corazón, lo que atesora.
El corazón es ese yo real que deseamos alcanzar de las personas que más queremos. Sabemos por experiencia que no es lo mismo querer a muchas personas que tener su corazón, o darles nuestro corazón. Podemos querer mucho a mucha gente. Podemos poner el corazón (entregarnos) en muchas de las cosas que hacemos. Pero decir a alguien que tiene nuestro corazón no puede ser verdad si lo decimos a muchos: uno sólo puede ser nuestro “dueño” si lo que dimos fue en verdad el corazón.
Es cierto que el término se presta a algunas confusiones. No sólo porque el corazón designa también uno de nuestros órganos vitales, sino sobre todo porque lo hemos asociado con una suerte de sentimentalismo un tanto vago. El corazón no es sólo ni principalmente la sede o el conjunto de nuestros sentimientos. Poner el corazón en algo no significa únicamente poner pasión; supone además emplear a fondo la voluntad, y también la inteligencia; exige aplicar todos los sentidos, y todas nuestras facultades.
Los afectos y emociones que el lenguaje corriente suele atribuir al corazón (por contraposición a las acciones más racionales) constituyen manifestaciones que resumen lo que llevamos en el interior, pero el corazón propiamente hablando es más la raíz que la superficie de nuestra interioridad, de nuestra intimidad.
Por tratarse del ser más íntimo de cada persona, el corazón es la raíz de todo lo que ha recibido y es capaz de poner en juego. Cuando damos algo a alguien a quien queremos, lo primero que le estamos dando es el amor. Somos, y somos quien somos, porque alguien así lo ha querido. Y como en el fondo, en nuestro ser más íntimo, somos un acto de amor, el corazón es ese amor que ha sido derramado de un modo único y singular. El amor es el primer don, un don sin deber de devolución, y por tanto gratuito; la razón de la gratuidad de esa entrega no es otra que el amor.
Somos ante todo buscadores de la verdad y el bien, y es precisamente en el corazón de cada persona donde su verdad y su bien se encuentran. Además, querer es querer a alguien; por tanto, en el núcleo de cada persona se encuentran también las relaciones más personales, sus alianzas. Es en el corazón donde están las personas que queremos, aquellas sin cuyas vidas no podríamos comprender la nuestra.
El corazón es por tanto el lugar de la verdad (donde conocemos quiénes somos de verdad), de las decisiones libres (coherentes con lo que somos y lo que estamos llamados a ser) y de las alianzas (del encuentro con las personas que están ahí a nuestro lado; y para las que estamos ahí, a su lado). Verdad, bien y relación. Ser persona es ser en relación. Y libertad. Pero todo se reduce al amor, porque la libertad en el tiempo no consiste en otra cosa que la fidelidad a nuestras alianzas.
El corazón es nuestro modo personal de ordenar el amor que llevamos dentro. Ahí comparece la belleza, como armonía y como satisfacción de la inteligencia en el bien. Ese orden es también nuestro logos, nuestra verdad, aquello para lo que hemos sido llamados. Cuando lo escuchamos de verdad, cuando escuchamos la verdad que el corazón encierra, nos resulta fácil elegir, decidirnos por el bien.
Nuestra misión está en el corazón, pero no como un destino ciego, sino en forma de destinatarios, de aquellos otros corazones con los que hemos sido llamados. Hemos sido con-vocados, llamados-con aquellas personas sin relación a las cuales nuestra vida no se entendería. Por eso el corazón es el lugar donde se encuentran nuestra verdad, nuestras predilecciones y nuestras relaciones más significativas; y nuestra libertad, más que en elegir entre unas u otras alternativas, consiste en aprender a querer bien.
Ser persona supone poseer la mayor dignidad posible. En nuestra cultura clásica, “persona” es la traducción de la expresión que los griegos utilizaban para referirse a la máscara con la que los actores cubrían su rostro en las representaciones teatrales. En la escena de este mundo, persona es quien tiene la dignidad de tener algo que decir.
¿Cuál es la mayor dignidad sino la capacidad de subsistir en una naturaleza racional? Existir por sí misma, ser querida por sí misma es lo que dignifica a cualquier persona. Llamamos persona, por tanto, a aquel individuo completo que posee la dignidad y perfección de una realidad que existe por sí misma. Pero ¿cuál es la perfección última y fundante de la persona? ¿Cuál es el constitutivo último del ser personal?
A esa actualidad fundante de lo que en la persona hay de estable (naturaleza) y de cambiante (determinaciones accidentales) podemos llamarlo acto de ser; o también sencillamente amor. Cada persona tiene un don único e irrepetible porque cada persona es un acto de ser distinto, responde a un modo distinto de darse el amor.
El ser humano es persona. Todo en el hombre es personal: tanto aquello que englobamos en el ámbito espiritual como nuestra realidad más corporal poseen la dignidad personal. Cada ser humano posee una unidad singular y concreta, incomunicable e irrepetible, amada por sí misma. El acto de ser, el amor, es la raíz de su unidad personal. Ahora bien, el alma humana no tiene el ser por su unión con la materia. Tiene el ser por sí y obra por sí. Es espiritual, capaz de un conocimiento universal, y tiene dominio de sus actos, es decir libertad. La autonomía ontológica de la persona es lo que funda su libertad práctica.
El alma, a diferencia del cuerpo, podría existir separada. Pero materia y forma, cuerpo y alma, no pueden explicar suficientemente la intimidad personal. Pensemos por un momento en lo que significa para los seres humanos el hecho de la paternidad y la maternidad. De modo similar a como afirmamos que tanto lo espiritual como lo corporal poseen dignidad personal, ningunos padres aceptarían que simplemente son padres del cuerpo de un hijo sin ser verdaderamente padres de esa persona.
Los padres se saben padres de la persona, aunque saben que ellos no han podido engendrar el alma espiritual e inmortal. ¿Qué tienen en común los padres al engendrar un cuerpo con quien simultáneamente crea el alma? Sencillamente, el amor. Los padres son padres de esa persona cuyo cuerpo engendran en la medida en que comparten el mismo amor con quien crea el alma que se une a ese cuerpo. El corazón, sede del amor, es quien unifica alma y cuerpo.
Los padres son padres del ser personal de sus hijos en la medida en que los engendran con un amor alineado con el amor de quien crea sus almas. Y como en ese amor (en el acto de ser) se incluye no sólo el hecho de existir sino también el desarrollo de lo que cada persona está llamada a ser, los padres son (si puede hablarse así) más padres de sus hijos en la medida en que quieren para ellos la misión a la que están llamados.
Desde una perspectiva más fenomenológica, toda persona es diálogo: un “yo” abierto a un “tú”. Pero la persona es un absoluto, no una relación: no se disuelve en el devenir de sus actos, ni en unas relaciones sin sujeto ni fundamento.
Querida por sí misma, y no como medio para otra cosa, la persona tiene derecho a que los demás no intenten subordinarla. Es libre: nadie puede obligarla a dirigirse a un fin distinto al que se proponga; y aunque existen ciertamente relaciones de dependencia y obediencia, deben estar basadas en el servicio y el amor. Los derechos y deberes de la persona, así como su jerarquía, se siguen de esa dignidad absoluta: ninguna persona puede desentenderse de los demás, pero la sociedad es para la persona y no al revés.
La libertad explica también la historia. El hombre tiene una historia, y existe un horizonte de eternidad y de tiempo. Gracias a su libertad hace verdadera historia, historia de su vida, de su alma; en el tiempo configura su eternidad, decide su propia suerte; la dignidad radica en que tiene un destino eterno que ha de decidir en el tiempo, en esta vida.
La historicidad humana exige que haya una naturaleza permanente, ya que sin una sustancia estable no habría historia sino mera sucesión de momentos, en ningún caso atribuibles a una persona. Pero esa persona es libre, está abierta a un horizonte de posibilidades de ser. La historia no es un proceso necesario con leyes fijas, sino que cada persona es sujeto y autor de su historia, y por tanto se “crea” a sí misma.
Cada hombre “se crea” a sí mismo. Este es el modo en que la persona puede y debe llegar a su plenitud, a lo que la perfecciona, a lo que la hace buena. La historicidad nos conduce de este modo a un orden moral, verdadero orden que afecta al ser humano en su totalidad.
Siendo la persona el ser querido por sí, ejerce un verdadero dominio sobre el mundo. El mundo material es medio de perfeccionamiento para el hombre, ya que la persona puede añadirle un suplemento de bondad. No sólo podemos tener el mundo, sino que a través de él podemos dar, y darnos. Y esto no sólo porque el hombre tiene cuerpo, sino sobre todo porque su obrar no sólo está impregnado de la lógica del tener sino también de la lógica de la gratuidad.
Bajo el prisma de la historicidad de la persona humana, el resumen de su dignidad radica por tanto en que todos sus actos están abiertos a la trascendencia, porque están forjando un destino eterno.
Libertad, ley y conciencia se engranan bajo la perspectiva del amor, del ser íntimo personal. La libertad no puede ser la indiferencia, porque la indiferencia es lo opuesto al amor. El precepto del amor no es una ley extrínseca, sino una luz, una inclinación que facilita acertar con el bien. Y conocer esa ley (la conciencia) no sólo no se opone a la libertad: esa ley sólo puede cumplirse con amor.
Dicho de otro modo, podemos autodeterminarnos hacia el bien, y aprender a hacer el bien. Podemos hacer el bien por amor, no por sumisión ni por necesidad. La libertad es ante todo libertad interior. Y el amor es fuente de un nuevo conocimiento.
Cada persona “es” un acto de ser distinto. Así como de la inteligencia decimos que una persona “tiene” inteligencia, pero no que “es” su inteligencia; o respecto a la voluntad afirmamos que la persona la posee, pero no que la es, el ser más íntimo es lo que somos. ¿Cuál es entonces la relación del ser con el tener?
De muchos bienes podemos decir que darlos es un modo de dejar de tenerlos. De otros bienes, sin embargo, podemos decir que cuanto más los damos más tenemos. En cualquier caso, la capacidad de darlo es una consecuencia de que tenemos algo, pues nadie puede dar lo que no tiene.
¿Qué damos cuando damos nuestra palabra, o nuestro tiempo? No sólo damos algo, sino que nos damos a nosotros mismos; nos ponemos en juego. ¿Qué tenemos antes y después cuando damos paz, felicidad, confianza, seguridad? Estos son casos elocuentes de que respecto a determinados bienes nadie tiene lo que no da.
En el caso del amor personal, núcleo de nuestra intimidad, se conjugan el don, el aceptar y el dar. El amor no es una propiedad de la voluntad, que quiere los bienes que le faltan. El amor es acto, y sobreabunda; el amor no desea ni quiere lo que le falta: el amor sencillamente da; y da amor, no da bienes.
Junto al amor personal aparecen los otros tres rasgos de la intimidad humana. El primero es el conocer nuestra verdad íntima, nuestra misión, aquello a lo que somos llamados, nuestra vocación, el sentido que vamos descubriendo. En segundo lugar, la libertad personal, que como ya hemos visto no se agota eligiendo. Y, en tercer lugar, las coexistencias personales, nuestras relaciones.
La intimidad del ser nos desvela quién somos, si bien no podemos definirlo. La persona no admite tipologías. Así como sí somos capaces de elaborar tipologías de los temperamentos, del carácter, o del “yo”. De todo lo que podemos elaborar tipologías se encuentra en la línea de la naturaleza, de la esencia humana. El “yo” viene a ser esa cima, origen de la corporalidad, constituida por hábitos innatos que activa las potencias superiores (inteligencia y voluntad). Y más allá, entre las manifestaciones humanas externas podemos enumerar diferentes ámbitos donde la misión personal se despliega: familia, educación, trabajo, sociedad.
Pero el ser en sí mismo, el amor, el corazón, no podemos captarlo en sí mismo, ni definirlo, porque no tiene una esencia. El ser, el amor, reposa en el fondo como la energía primordial de la persona.
Siguiendo a Alexis de Tocqueville podríamos llamar hábitos del corazón a los “supuestos”, a las explicaciones de la realidad que una sociedad acepta “cordialmente”, pacíficamente. Sería lo que en cada momento se entiende por “real y racional”: el buen juicio o “cordura” comunes. Una idea muy similar a la de “paradigmas” (creencias no cuestionadas que sirven para interpretar la realidad) que las ciencias sociales han importado del lenguaje científico. Más adelante nos referiremos a esos “principios cordiales” que emanan de una civilización basada en el amor.
Por el momento, al hablar de hábitos vamos a referirnos a las características del corazón, a los rasgos más íntimos de la persona que facilitan su obrar. Los hábitos pueden ser innatos, o adquiridos (fruto de la repetición de determinados actos), y ambos orientan nuestras acciones y facilitan nuestro modo de obrar.
El corazón, nuestro ser, refleja en primer lugar lo que es más propio del amor. A esos hábitos podemos llamarlos huellas. Son las consecuencias del amor que ha sido derramado, son las huellas del don que cada persona ha recibido. Estos trazos innatos que todo corazón saca a relucir son la predilección (el orden del amor), la felicidad y la paz, precisamente porque esas son las consecuencias primordiales del amor.
En segundo lugar, nuestro corazón nos impulsa a obrar de un modo determinado, y fruto de lo que hacemos atesora en forma de hábitos las perfecciones que le permiten seguir creciendo. A estos hábitos adquiridos los llamaremos costumbres. Tendremos ocasión de ver que en el fondo también las costumbres son un don recibido (aunque no innato), ya que resultan ser la consecuencia de dejarse poseer por el amor. Utilizando una distinción clásica en el lenguaje hebreo, el amor derramado tiene en primer lugar carácter de condescendencia gratuita (rahamin); eso significa que el don generoso evoca la ternura del regazo materno. Y en segundo lugar la respuesta al amor, la fidelidad es la misericordia (hesed).
Una vez hayamos completado este recorrido estaremos en condiciones de reconocer los hábitos del corazón en el sentido indicado por Tocqueville: veremos qué consecuencias tiene el imperio del amor en los principios que una sociedad acepta cordialmente cuando el corazón impone sus leyes.
El corazón es un orden en el amor (un amor ordenado). Por eso somos predilectos, porque hemos sido elegidos, porque elegir es más un “elegir a” que un “elegir entre”. Ser persona es saberse elegido por amor. Además, sin libertad no es posible el amor, el amor electivo que los latinos llamaban dilectio (de ahí el adjetivo “predilecto”).
Aspiramos en nuestro ser más íntimo a que todas las actuaciones, externas e internas, de la inteligencia y de la voluntad, los sentidos y las emociones, contribuyan a un objetivo común: perfeccionarnos, hacernos felices. Por eso el corazón anhela y busca la felicidad precisamente en la misma medida en que trata de dar sentido a lo que somos y lo que hacemos. El corazón es también, por tanto, el lugar de la felicidad, una aspiración que también nos ha sido dada, porque ni hemos elegido ser amados, ni podemos no querer ser felices.
La tercera consecuencia del amor (la tranquilidad que se experimenta en el orden) es la paz. Por eso la paz es consecuencia del orden en el amor. Estos tres son los rasgos principales del corazón en cuanto amor que ha sido recibido: predilección, felicidad y paz.
Toda persona es única, insustituible. Cada persona es “lo nuevo”, tiene forma de milagro. De cada persona cabe esperar lo inesperado, único, improbable. Saberse persona supone saber que nadie estuvo allí antes que ese yo.
Somos un regalo porque lo mejor que tenemos no lo hemos fabricado, no nos lo hemos procurado, sino que lo hemos recibido, se nos ha dado. Ahora bien, todo don encierra algo de misterio, de sagrado. El don no es alterable. Se acepta tal cual. Los dones recibidos están por tanto por encima de nuestro dominio. Los regalos están “en cierto sentido” por encima de la libertad. Dicho de otro modo, si la libertad de las personas es una cualidad radical, entonces no puede consistir sólo en elegir. También está en el aceptar, o en rechazar el don que somos.
La libertad también se muestra en el dar. Dar es una actividad comunicativa interpersonal. Más perfecta cuanto más gratuita resulta. El dar más perfecto no da lo que tiene, sino que tiene lo que da: una actividad con sentido por sí misma, sin otro “para”, desinteresada; y sobreabundante. El dar no está exento de reciprocidad: pero el amor no impone ser amado, aunque lo necesita, y por eso lo mendiga.
Por nuestra parte, comprobamos diariamente que nuestro dar es imperfecto; la comunicación personal no es inmediata; además, nos reservamos egoístamente; y nuestro dar tiene evidentes desgastes (pérdidas), hasta llegar a la muerte. El dar se nos hace costoso, fatigoso; cuesta darse.
Al ser un fin en sí, querida por sí misma, la persona sólo alcanza su plenitud en el don de sí: cuando no vive para sí, sino para los demás. Las personas no sólo vivimos unos junto a otros, sino unos para otros, y cada persona que se cruza en nuestra vida supone un don para nosotros.
La libertad original, la aceptación y el dominio de sí, es indispensable para darse. Pero ante el testimonio sereno de la conciencia que se entrega, nos sorprendemos al descubrir que cuando el otro es tenido como un objeto aparece la vergüenza. Y es que no vivimos en medio de la inocencia, ni representamos una antropológica ingenuidad.
Se entrega la persona (el ser humano), completa (el “todo completo”), no sólo la inteligencia o la voluntad. Nos damos de verdad cuando lo hacemos con el alma y con el cuerpo. ¿Cómo va a saber alguien que le queremos si no se lo manifestamos corporalmente? Alma y cuerpo se necesitan hasta tal punto que, separada y expectante, el alma humana retiene interiorizada toda la materia de su vida.
El cuerpo ciertamente es signo visible de la verdad y el amor, pero nos resulta fatigoso reconstruir el significado del don recíproco desinteresado. Nuestra inclinación natural vital, el gusto espontáneo por la vida, tiende a la autosuficiencia. Y el camino de entrega, de amor verdadero, no es fácil. Y no es esa la única de nuestras limitaciones: baste considerar que ni siquiera somos capaces de hacer plenamente felices a las personas que más queremos. Nuestro dar, en definitiva, no sólo tiene límites: también limitaciones.
Cuando se da a imagen y semejanza de quien le ha dado ese amor, el corazón descubre su modo peculiar de crecer, de ensancharse. Y ese crecimiento se produce en forma de hábitos, de “costumbres” (entendidas estas no como reglas o normas de conducta sino como hábitos que adquirimos).
Es cierto que no podemos pagar el don más radical que hemos recibido (haber sido amados), pero sí podemos agradecerlo. ¿Cómo? Mirándolo, escuchándolo y tocándolo. Ese don (el amor que anida en cada corazón), se puede mirar, se puede escuchar y se puede tocar.
El corazón se mira, y se mira con amor. Ese es el único modo de verlo: amar es el modo de conocer el amor. La mirada siempre es afectiva, porque nos afecta, y afecta también al otro. ¿Cuál es el mejor modo de mirar el corazón, el don que cada persona ha recibido? Ciertamente no puede ser otro que el que intenta mirar como mira quien ha dado ese don, quien ha derramado el amor en ese corazón.
El amor es un don, y también la verdad es un don. Nadie está en posesión de la verdad porque la verdad no se posee, sino que se encuentra. El corazón tiene sus razones (su forma de actuar) que la razón (calculadora) no siempre entiende. Vivir dentro de la verdad es vivir en “connaturalidad” con el bien, es acostumbrarse a juzgar desde el bien.
El don recibido está acompañado de concordia, de acogida. Aceptar el don nos convierte en imagen de la palabra dada. Y perseverar en el amor es vivir dentro de esa verdad, moverse con naturalidad en los planes y la dinámica de quien más da, sabiendo que volviendo a mirar con amor el corazón siempre puede recomenzar de nuevo.
En lo que tiene de vocación (de llamada) el amor, el don recibido, se escucha. Se escuchan los latidos del corazón. Escuchar y secundar la llamada implica hacerse responsable, colaborando con coraje con la misión recibida.
Y escuchando la llamada que le convoca, el corazón puede confiar. Lo que lleva al ser humano al ansia de perdurar, no es el yo aislado sino la experiencia del amor. El amor quiere la eternidad del amado, y por eso la propia eternidad. Y haber recibido el amor es para el corazón fuente de confianza, porque la libertad hacia el mal no tiene la última palabra.
Pero además de mirar y escuchar, el corazón se toca. Y se toca en el sufrimiento: porque el corazón se agranda cuando se encoge. La alegría es el ensancharse del corazón. De modo similar a como el asombro permite a la razón tocar y superar sus límites, y la angustia a la voluntad, el corazón se ensancha cuando se encoge, cuando es capaz de compadecerse (comprender, conmoverse, consolar).
Tocar los corazones de los demás, ese es el único modo que tiene cada corazón de encontrar su lugar en el mundo. Y probablemente ese sea el indicador más preciso de que una vida ha sido rica, plena: cuántos corazones ha sido capaz de tocar, cuánto ha sido capaz de alegrarse y alegrar compadeciendo.
Dar es nuestro modo de descubrir nuestro don, de descubrir que si podemos dar de un modo semejante a como se nos ha dado es porque quien nos ha dado ese don no sólo nos ha querido, sino que nos ha hecho a su imagen, queriendo que queramos como él quiere. De este modo don y tarea se entrelazan en el corazón.
La señal de que nuestro corazón está en el buen camino siempre es la felicidad (que es su anhelo específico). Ahora bien, el corazón encuentra la felicidad cuando no la busca; el amor verdadero carece de cálculo (está dispuesto a traspasar todo límite), pero tiene un pago, un pago que se recibe cuando no se incluye en los cálculos. Por eso afirmaba Sören Kierkegaard que las puertas de la felicidad se abren sólo hacia afuera: quien intenta abrirlas hacia adentro lo único que consigue es cerrarlas herméticamente. Y desde su experiencia como psiquiatra Víctor Frankl advertía que la felicidad sólo se obtiene como un efecto, nunca como una intención: la búsqueda intencionada de la felicidad sólo consigue alejarla; de modo semejante, quien quiere a toda costa dormir lo que hace es reforzar su insomnio.
Vemos cómo en el corazón se da una inversión de proporciones, una especie de lógica inversa. Una prueba está en que dar es el mejor modo de tener. Libre es el que tiene, se tiene, y da. Otra prueba de esta lógica inversa es que todo lo que tiene vida comienza su historia siendo pequeño; cuidar, servir, son muestras de superioridad. Tiene más quien más da. Es mejor quien más sirve.
Las personas necesitamos tener alguien de quien cuidar. Y como todo dar requiere aceptación (es decir, que sea aceptado), somos más persona en la misma medida en que hay alguien para quien resultamos insustituibles, alguien que dice: qué bueno que existas, que estés ahí; pues amar es aceptar incondicionalmente la existencia del otro.
El corazón busca la correspondencia (ser aceptado), pero el amor no se impone, se suscita; no arrolla, sino que deja completa libertad. Del mismo modo que querer es estar ahí para los demás (tener el corazón inclinado a servir) amar es también aprobar, dar por bueno.
Hay verdadero encuentro (intercambio de dones) entre dos corazones cuando se padecen, se afectan, se modifican. Y darse es finalizar, llegar al final, hasta traspasar el límite.
La verdadera prueba “donal” (la demostración de que somos capaces de dar) no es otra que servir a los seres que podríamos considerar inferiores, mejorando de esta manera el mundo creado.
Nadie se da a sí mismo la vida. Pero lo que nos define no es sólo lo que nos ha sido dado, sino lo que hacemos con lo que hemos recibido. Nuestra vida y nuestra verdad se dan en relación con otras vidas, con otros corazones, con quienes sintonizamos y estamos llamados a componer una sinfonía.
Pero no siempre sabemos leer el ritmo de la historia de amor de nuestro corazón. Para considerar qué estamos haciendo con el don que hemos recibido en nuestro corazón resulta relevante hacerse con frecuencia preguntas como las siguientes: ¿qué he hecho con mi melodía?, ¿al servicio de qué ideal la he puesto?, ¿para quién estoy actuando?, ¿quién es mi espectador?, ¿cuál es el reconocimiento que más aprecio?, ¿qué recompensa quiero recibir?
Porque nuestra vida no es sólo ni principalmente biológica (bios físico que se termina); es ante todo relación (lo que los griegos llamaban zoé), coexistencia, vida perdurable. Un error común consiste en pensar que la vida perdurable seguirá a la vida que termina. Cuando en realidad la relación perdurable está ya personada en la vida presente.
Existe un término griego (charis) que resume todo lo que es más propio del corazón. Es la raíz de nuestras expresiones “alegría”, “gracia”, “benevolencia”, “complacencia”.
El corazón es quien anhela ser feliz. Y la felicidad es frui, el deleite del corazón. No lo es de la razón ni de la voluntad. Porque el corazón es también la interrelación de ambos con el cuerpo y los sentimientos. La felicidad es arraigarse en el amor, y para querer también necesitamos del cuerpo. El corazón es la interrelación unificada (quien vivifica y unifica) de todas nuestras capacidades.
Como ser más íntimo de la persona, el corazón viene a ser el alma de nuestra alma. Una forma de ser que en realidad no es una forma sino el acto de ser más íntimo, el vivir (que es el ser de los seres vivos).
Al estar en lo más secreto de nuestro ser, ese acto interior nos armoniza y abre entonces sus secretos. En cierto modo el corazón consiste en un fuego que une la razón, la voluntad y los sentimientos. Un fuego que no ha sido robado, sino recibido por el amor.
El don que hemos recibido no sólo es fruto del amor, sino que en sí mismo es un acto de amor. Por eso es nuestro ser y puede amar. En cuanto don recibido es nuestro personal modo de ser queridos, el modo de nuestro ser, un modo distinto de darse el amor. Y en cuanto es vida que se da, constituye nuestro acto y razón de ser.
Y como cuando de dos cosas una es razón de otra, la ocupación en una no disminuye ni impide la ocupación en la otra, cualquier acción personal brilla con el amor que en cada momento anida en el corazón.
Ser persona es estar abierto a un “tú”, y en especial a un “Tú”. Pero ni siquiera la relación que podríamos considerar más esencial, la relación de la criatura con el Creador, constituiría una realidad sustancial. La relación es un accidente, una realidad que sucede a la sustancia, pero que no tiene entidad para subsistir. Es cierto que el lenguaje ordinario ayuda poco a entender la importancia de esta relación, ya que llamarla accidental parece significar carente de trascendencia.
Entre todas las relaciones personales, la relación entre una criatura y su creador es también un accidente, pero un accidente que se funda en el ser. La perfección del ser personal humano, su libertad radical, su capacidad de amar no es sino una muestra de la perfección de su Causa puesto que la dependencia se genera por defecto de causalidad.
El ser humano existe, tiene una subsistencia distinta a la de su Creador. Puede comprender su dignidad absoluta. Lo que constituye a la persona es su ser, el amor; un amor que ha recibido, ciertamente; pero lo que la constituye como persona no es el hecho de haberlo recibido (la relación de dependencia) sino el acto que es capaz de amar, de aceptar.
Esta relación está abierta a la intensificación, a diferencia de lo que ocurre con otras relaciones humanas. Las relaciones de amistad son susceptibles de mayor o menor intensidad. Pero eso no ocurre por ejemplo con la generación: se es o no se es padre o madre, pero no se puede serlo más o menos. En la relación con el Creador sí cabe el más o el menos, pues cabe aceptar una intensificación de esa relación referida no ya a su obrar exterior sino a su propia vida. Cabe una relación de amistad como puede ser responder a sus palabras o escuchar los secretos que nos revela. Cabe aceptar conocer su vida íntima, y ser introducidos no ya como amigos sino como hijos.
Sin dejar de ser un accidente, esa relación de origen, dependencia y finalización puede constituir una intensificación tal del mismo acto de ser, del mismo amor que reposa en el corazón de la persona, que podemos hablar de una transformación similar a un nuevo nacimiento. Y es que no estamos llamados simplemente a una libertad exterior, sino a una libertad interior que es verdaderamente propia de los hijos, de los predilectos.
La trascendentalidad del amor personal humano radica en que mientras el acto de ser de todo el cosmos es la persistencia, el de la persona humana es la coexistencia. Ambos son dependientes y no originarios (pues tienen un comienzo), pero el comenzar de la persona y el comenzar de los seres no racionales difiere en que el ser personal coexiste aceptando y dando el amor, mientras que los seres no racionales comienzan a ser en cuanto que persisten.
La tarea del corazón no es por tanto la autoconservación sino la donación. Coexistir es existir hacia los demás, existir con otras personas. El ser personal humano es apertura. En primer lugar, hacia su interior, y secundariamente es apertura hacia afuera. Sólo quien se abre hacia sí mismo, hacia su propia verdad, puede abrirse hacia los demás.
La intimidad define al ser personal. Su apertura libre es cognoscitiva y amorosa; pero el amor es nuestra perfección originaria, y se manifiesta en el aceptar, el dar, y en los dones. Para comprender la radicalidad del aceptar y el dar conviene reparar en la superioridad del amor frente al bien de la voluntad. La voluntad se vincula a los fines que pueden colmarla, y así alcanza sus objetivos. Se refiere, por tanto, a aquello de lo que carece. Pero el amor no es carente, sino desbordante, donante: no necesita, sino que ofrece.
El amor no es un acto de la voluntad. Los actos de la voluntad son operaciones inmanentes, y las virtudes son su crecimiento como facultad operativa. Los actos de la voluntad y las virtudes son tendenciales, tienden-a; ahora bien, tender-a indica no poseer, y no poseer significa no poder dar. El amor no se reduce a ninguna virtud, porque no es una dimensión de la esencia, de nuestra naturaleza. Por eso, el corazón más que virtudes lo que muestra son dones, que inhieren en el acto de ser personal. Y se muestra de un modo armónico, semejante a las caras de un poliedro.
La libertad es propiamente una característica del ser personal más que de la voluntad. El ser es activo de suyo, y por ser dueños de nuestro ser podemos ser dueños de nuestros actos, y por tanto libres.
Por otra parte, la amistad es la virtud superior de la voluntad, pero es distinta del amor personal. La voluntad es limitada, y su objeto son los bienes; y cuando se refiere a personas lo hace como bienes, no como personas amantes. En la amistad se compromete el tener, y por eso es la virtud más alta de la esencia humana. Pero el amor ama la persona, no algo de ella, y en el amor se compromete el ser (la intimidad). La verdad y el bien se buscan, y cuando se alcanzan se poseen. Pero el amor, más que búsqueda es encuentro y donación.
Amar siempre anhela amar. Nunca se ama bastante. La persona es un acto de ser desbordante, irrestricto, en crecimiento. El amor personal es dar, y por tanto inagotable. El amor siempre renace. Consiste en amar-amar, y la fidelidad consiste en la constancia en ese crecimiento. Cuando se da la intimidad (a diferencia de cuando se dan cosas) se da sin perderse porque el dar es inagotable y el aceptar no anula el dar, sino que lo recrece.
Podemos amar. Podemos querer. Y también podemos “querer-querer” porque el amor activa la voluntad, y entre el amor y el querer somos conscientes de que todo querer es un querer-se. También todo conocer es un conocer-se. Y conocer es la forma más alta de poseer, pero amar es superior a poseer. El amor es más que búsqueda, es encuentro: nos damos si encontramos a la persona que nos acepta, pues sin aceptar el dar sería trágico. Aceptar es la dimensión superior de nuestro amor, pero sólo aceptamos el don cuando lo damos, cuando aceptamos que somos imagen de Quien es dar.
Nuestro don es inferior al aceptar y al dar porque, a diferencia del Creador al darnos no damos una nueva persona. Podemos dar dones, que manifiestan la entrega personal, y podemos personalizar esos dones, pero no podemos otorgar a nuestros dones un carácter personal. No caben el aceptar y el dar si no es libremente, y el amor (por ser libre) acepta el riesgo de no ser aceptado. El amor no se impone, se ofrece, pero si se da es porque confiamos en las personas; el dar es esperanzado.
Las verdades personales se descubren, y se ponen al descubierto, en orden al amor personal; nunca por curiosidad. El amor aviva el conocer personal. Los sentimientos acompañan al amor, pero no se confunden con él. Como afirma Martin Buber, los sentimientos se les tiene, pero el amor ocurre. Los sentimientos habitan en el hombre, pero el hombre habita en su amor. El enamoramiento también acompaña al amor, aunque es inferior a él: nos enamoramos para amar, pero no amamos para sentirnos enamorados. Pero las verdades de los sentidos y las verdades de la razón no pueden enamorar. Enamorarse es inseparable de encontrar la verdad personal… y viceversa.
El corazón (acto de ser del ser personal) no es una realidad esférica, sino poliédrica. No aspira a que todos los puntos se encuentren a la misma distancia. Tampoco aspira a explicarlo todo, sino que acoge la realidad, acepta los dones, acepta el amor que le ha sido derramado. Ama la diversidad de dones porque sabe que los que atesoran los demás son precisamente los que a él le faltan para ser plenamente: la coexistencia hace que el ser personal sea singular, y al mismo tiempo se perfeccione como comunidad.
