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El 9 de junio de 1965, el gobierno de Colombia necesitó un tanque de guerra, dos cañones de artillería pesada, un equipo de gaseadores y más de 500 soldados en combate para dar de baja a un solo hombre. ¿Quién era Efraín González y por qué su muerte fue tan celebrada por unos y llorada por otros? Este libro nos asoma a su vida personal, a la circunstancia histórica del bandolerismo y al contexto nacional a partir de testimonios de primera mano, de periódicos, de procesos judiciales, de archivos históricos, notariales, fotográficos y fílmicos, que componen el retrato más cercano, íntimo y real hasta la fecha realizado sobre uno de los bandoleros más célebres de todos los tiempos.
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Seitenzahl: 470
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Luis Carlos Gaona
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-320-3
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AGRADECIMIENTOS
Cuando bebas agua, recuerda la fuente, dice el proverbio chino. Mi gratitud con quienes ayudaron a hacer posible este libro arranca con la tentativa de recopilar algunos testimonios para realizar un cortometraje documental en colaboración con Nelson Omar Silva, Nelson Arnoldo Piñarte, Guillermo Quiroga y Juliana María Escobar Suárez. De igual modo, debo reconocimiento a quienes amablemente me confiaron sus recuerdos; también gratitud a Daniela Rubio, Carlos Álvaro Ramírez, Jorge Ortiz, Oscar Chiquillo, Álvaro Laitón, Alejandro Espitia, Nauro Torres y el Rvdo. Ricardo González, quienes me ayudaron a despejar el camino.
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EFRAÍN
«Señores, voy a contarles lo que en Bogotá pasó.
La noche del 9 de junio Efraín González murió.
Él era un hombre formal, querido por mucha gente,
pero se volvió un travieso que a las tropas enfrentó.
Lo enterraron en Yopal donde entierran a los guapos,
en medio del regimiento y lo cuidan más de cuatro».
El corrido de Efraín González
«Efraín González ha sido hechura de todos».
Jairo Aníbal Niño
«¿No habrá manera de que Colombia,
en lugar de matar a sus hijos,
los haga dignos de vivir?».
Gonzalo Arango
PREÁMBULO
Como la piedra que cae al estanque liberando un chasquido y luego se desliza hasta el fondo, mientras en la superficie una serie de círculos concéntricos se van alejando y dejan en el agua un temblor que perdura más allá del sueño tranquilo de la piedra en el fondo del pozo; así es la relación de Efraín González con quienes hoy nos negamos a olvidarlo.
Efraín se ha quedado en el tiempo, ha rebasado los linderos de su corta vida, ha desplegado las alas de la leyenda que añade vida a sus años. ¿Y nosotros?… Siempre volvemos a aquello que nos inquieta, a aquello que se nos escapa, que no podemos comprender. Aquello que regresa a través del tiempo, o mejor, aquello que no nos resignamos a dejar en el pasado. Me pregunto por él, pero también por nosotros. ¿Qué necesidad tenemos de añadir una justificación a su atrocidad? ¿Qué imagen especular nos devuelve este hombre para que estemos tan fascinados con él? ¿Qué de su persona anhelamos en nosotros? ¿Por qué hemos desviado la vista ante su impiedad y su salvajismo? Sin duda, la imaginación o el deseo explican por qué las gentes han añadido unos rasgos a su imagen y han tergiversado otros tratando de justificar su crueldad. Quizá lo acomodan a su sentir, lo han hecho suyo desde el sentimiento; o tal vez le atribuyen ese carácter heroico porque es un baluarte de resistencia, de rebeldía ante el Estado.
¿Qué hay de seductor en este hombre para que la gente le haya tolerado —le tolere aún— tanta barbarie? ¿Qué acontece para que en la memoria colectiva perviva con tanta carga positiva? ¿Qué de verdad y qué de fantasía hay en los decires con que se ha construido su imagen? ¿Qué artilugio hace que se haya convertido en mito?… En él la historia y el mito se mezclan en una frontera difusa, ambigua, siempre cambiante. Tenía siete vidas como el gato en que creían que se convertía, ágil, preciso como un felino. Lo que se dice de él se debate entre la dialéctica —por un lado— de entenderlo, de clasificarlo, de sacarlo a la luz y —por otro— la tentativa de exaltarlo, engrandecerlo, legendarizarlo, mitificarlo, que es también una forma de esconderlo. Y Efraín se niega a quedarse en el pasado, retorna difuso, incomprensible, fantasmal; pervive como mito, justamente porque no ha podido ser explicado.
Efraín González, un hombre habitado por la contradicción, al que no es fácil seguirle el rastro. Aún ahora —más de 50 años después— lo barnizamos con nuestro lenguaje, nos negamos a dejarlo partir, a dejarlo morir. Nos maniata la dificultad de que estos bandoleros ya han muerto y la única posibilidad que tenemos de acceder a ellos es a partir de testimonios, de periódicos, de procesos judiciales, de archivos históricos, notariales, fotográficos y fílmicos. Para llegar a Efraín González y a su cuadrilla tenemos que hacerlo por el camino de la mediación. Lo que tenemos de él nos ha llegado a través de otros, que privilegiaron con su cosecha tal o cual aspecto de su carácter, que pusieron palabras en su boca para justificarlo o para señalarlo; porque hablar de Efraín González compromete de plano el talante moral de quien discurre. Este libro, hecha esa salvedad, pretende evocar el accionar del bandolero a partir de los testimonios de primera mano de víctimas y protagonistas que reconstruyen, a la manera de un puzle, los sucesos de violencia en la región. Cada testimonio muestra unos hechos y plantea interrogantes y conjeturas que otro testimonio va completando o desvirtuando. La complejidad de la temática del bandolerismo y la violencia de mediados del siglo pasado es abordada también a partir de la vivencia particular de personas del común que cuentan los hechos que durante años han querido olvidar y reflexionan al tenor de esos recuerdos.
No hay memoria precisa de él, su imagen no circula en souvenirs, es un fantasma que aparece momentáneamente y siempre nos deja con ganas de saber más. Tras su muerte, pululan las condecoraciones1 y la casa donde fue dado de baja se convirtió en sitio de peregrinaje. Se dice que su cadáver fue llevado a Yopal, pero nadie sabe dónde está. Llegó a rumorearse que su cabeza había sido enviada a Estados Unidos para que estudiaran su cerebro y sacaran en limpio rasgos de su destreza y maldad. A su muerte la gente lo lloraba y pagaba misas por el descanso de su alma, se decía que los campesinos alumbraban con velas su fotografía en los altares de sus casas. La verdad es elusiva, escamoteada continuamente por la cantidad de historias forjadas por imaginaciones calenturientas que añaden algo de su invención a los relatos que escucharon de Efraín. La fantasía no cesa de colarse por las entretelas de la realidad. Así las cosas, este es un libro de antemano condenado al fracaso, pues no puede ofrecer a los lectores la claridad que ellos quisieran. No me preocupa, Efraín es —lo era en vida— un ser de difícil aprehensión.
Sería pretencioso buscar la unánime «verdad», resulta imposible tejer un discurso totalmente esclarecedor de hechos acaecidos hace ya tanto, pues los testigos ofrecen una versión tamizada por su ideología y por vaguedades propias del paso del tiempo. Sé que los testimonios no pueden ofrecernos la tan ansiada objetividad, pues cada uno habla desde su retazo de mundo, desde su circunstancia política, desde su rincón cultural y su sensibilidad particular. Lo que recibimos de cada testigo es solo su verdad, lo que pretende ahora, años después, que sea su verdad. Así se afianza este ensayo, en la medida en que permite acercarnos a esta complejidad, también desde la sencilla perspectiva de víctimas y testigos. Como dije, no me interesa presentar al lector una visión unánime de los acontecimientos, sino permitir que los testimonios choquen y se contradigan, que la voz del simple campesino se oponga, si es el caso, a la del académico, a los registros noticiosos de la época o a los textos ya publicados. No se trata de ofrecer una versión acabada y precisa de la historia, sino de abrir espacio a múltiples voces, para que se produzca significado a partir de una disertación colectiva, una argumentación construida según la perspectiva de las víctimas, de uno y otro bando, con las contradicciones que de ello puedan derivarse. Se busca un nuevo acercamiento al fenómeno, muy distinto al tono autoritario y sesgado de la voz unánime en la historiografía tradicional.
Hay una constante en los textos escritos de carácter literario que se han producido sobre él, se trata de la elucidación que le atribuye poderes sobrenaturales, ya sea por favor divino o pacto demoníaco, esta interpretación permanece invariable en los guiones para cine y en una extensa crónica novelada2. Acaso no huelgue preguntarnos si esta visión mítica que se ha popularizado resulta adormecedora en tanto hace que el lector, seducido por la espectacularidad del personaje, reproduzca esa invención primaria que la cultura popular tiene de Efraín y aparte la vista de los verdaderos móviles de orden sociopolítico que animan el bandolerismo. No sirve hablar del pasado si rehusamos mirar en derredor. No se puede exorcizar el fantasma de la violencia cerrando los ojos y pronunciando conjuros, ha de mirarse a la cara, por más horror que conlleve la osadía. Los hechos que pretendemos traer al presente marcaron una época álgida del conflicto en el país y como tal su crudeza está fuera de duda. La realidad no pudo ser más cruel, los hechos fueron brutales y el lector tiene que sentir eso, pero a su vez debe saber que está siendo invitado a interpretar esos hechos, a pensar en el fenómeno tratado y sus incidencias en la actualidad. Creo haber advertido cuán difícil resulta la pretensión de Heródoto de «contar lo que fue». Con el material que pude acopiar, sin duda, busqué fidelidad con los hechos, para concatenarlos e instar al análisis. Sería inútil el tiempo gastado en este libro si no esperase del lector un aporte mayor al de simple depositario de los episodios referidos, sin más esfuerzo que el de una lectura literal. Me desvela, ya no el saber, sino el comprender. Pues, «es innegable que una ciencia siempre nos parecerá incompleta si, tarde o temprano, no nos ayuda a vivir mejor» (Bloch, 1996: 46). A esto apunta mi pregunta por la utilidad de la historia.
Pero ¿tiene algún sentido hacer esta indagación, escribir esta historia cuando ya los muertos, muertos están? ¿Quién o qué me autoriza para escribir sobre el dolor ajeno? ¿Por qué recabar en el olvido? ¿Para qué narrar la vida de un hombre que causó tanto daño? ¿De qué sirve buscar la verdad cuando ya no hay remedio?, ¿de qué sirve?, me pregunto. Los testimonios de quienes dijeron conocerlo son vagos y en algunos casos contradictorios. A más de cincuenta años de su muerte, la gente aún rehúye hablar de él, como no sea de forma desprevenida, es como si tantos años después aún lo escondieran. A medida que escuchaba los testimonios me preguntaba por la verdad de esta historia. Ahora creo que la verdad no está en los hechos, las fechas o los protagonistas, sino en el trasfondo que se presiente bajo sus palabras: la pasión, el dolor, la rabia, la postrera venganza, efectiva o frustrada, el titubeo al recordar, acaso sean lo único verdadero.
Mi generación, desde temprana edad, escuchó el recuento de hechos concernientes a episodios violentos ocurridos entre liberales y conservadores. Aún recuerdo escuchando esos relatos y lo mucho que me inquietaban. Fue por aquella época que tuve mención de personajes como Efraín González, una figura elusiva y legendarizada que pervive en el imaginario de las gentes de la región. Desde entonces quedé envenenado por el deseo de desentrañar la raigambre de la violencia bandolera y dilucidar la enigmática figura del Siete colores. Decidí, entonces, indagar sobre estos hechos, a la par que iba recorriendo lugares, desandando los pasos del bandido y dejándome seducir cada vez más por la temática. Durante este tiempo he hablado con personas que lo conocieron o que fueron víctimas o testigos en hechos cruciales al respecto. Hablando con ellos comprendí que el recuerdo puede ser un dolor cuyo pálpito persiste a pesar de los años. Sin embargo, me pregunto: ¿por qué esta manía de querer hurgar en el pasado, como si algo de aquel tiempo me hiciera falta para vivir? ¿Qué es lo que quiero comprender? ¿Por qué no me es posible el olvido, la amnesia histórica, que es un rasgo tan común hoy en día?
Al final persistí, por esto que llamamos patria: una nación entregada al destino infame de autodestruirse, al papel histórico de acabarse desde adentro, pues sus guerras con otros países han sido bastante modestas en comparación con su tragedia interna. ¿Cómo seríamos hoy si en nuestra historia no se hubiera cosechado tanto dolor, tanto resentimiento? Y, sin embargo, queremos más. Nuestra relación con la historia es bastante superficial, valorada con desinterés y a menudo producto de la tergiversación. Hemos de admitirlo, nuestra conciencia histórica es frágil no porque no se haya indagado el pasado, acaso porque no se ha dado a conocer con la suficiente amplitud. La mayoría de la gente tiene una visión simplista y estereotipada del fenómeno de la violencia bandolera. En los sitios donde se padeció, la desmesura del conflicto y el miedo hacen que muchos ni siquiera hablen del tema. No hay espacios de reflexión generalizada al respecto, entre otras razones, porque los valiosos y múltiples estudios sobre la violencia solo parcialmente rebasan el campo específico de las universidades y el saber especializado. ¿De dónde esto de que la historia está confinada al pasado? Considero que vivenciar la historia no puede reducirse a un hecho tan baladí como visitar un museo. Sigo pensando que el conocimiento de nuestro pasado no debería ir por fuera, como una prenda que se cuelga sobre el cuerpo, sino que es más una llama que uno abriga; va por dentro, instalada en el cerebro y en el corazón, como una luz, como una antorcha en tiempos de oscuridad.
José Porras,
encontrado en una zanja, primero por los buitres.
Adelina Flórez,
imploró por sus hijos?... Nunca lo sabremos.
Eleuterio García,
lo tajaron a machete y le arrojaron puñados de sal en las heridas.
Roso Tinjacá,
¿qué imagen quedó flotando para siempre en el charco de sus ojos?
La muerte anduvo suelta por los campos…
En las noches, con pasos de sonámbula, triscaba vidas inocentes:
de Juanes, de Pedros, de Marías.
Mujeres y niños temblando tras las puertas.
Lo demás era muerte.
Una andanada brutal: de 1948 a 1953, un balance de 140000 muertos.
En 1958 un acuerdo bipartidista conocido como Frente Nacional,
pretendió,
con la alternancia de liberales y conservadores en el poder,
poner fin a la violencia política.
Pero en el sur del departamento de Santander,
esa medida, lejos de resolver el conflicto, lo agravó aún más.
EL PRESIDENTE ANDA DE FUNERAL
En un país con una tradición de conflicto interno no es común ver al presidente de la república, el ministro de guerra y la cúpula militar asistiendo al sepelio de unos soldados. El 11 de junio de 1965 acompañaron el cortejo fúnebre de cinco militares, que murieron a manos de Efraín González, uno de los bandoleros más sanguinarios de Colombia. Sobrevivió a tantos combates con el ejército que popularmente se rumoraba que tenía la propiedad de convertirse en gato, armadillo, mata de plátano…, en múltiples formas gracias a su pacto con el diablo. Otros ponderaban su habilidad para disfrazarse y pasar en medio de las tropas como campesino, mujer, sacerdote o anciano desvalido. Se le inculpó de más de un centenar de asesinatos y por su cabeza se ofreció una cuantiosa recompensa. Se decía que lo protegían algunos militares, ciertos directorios políticos, miembros de la Iglesia y los campesinos de la región. Este hombre que enlutó amplias comarcas del Quindío, sur de Santander y noroccidente de Boyacá y a quien unos veían como su protector y otros como su verdugo, pervive aún en las mentalidades colectivas de la región, donde las gentes lo recuerdan como una figura legendaria. El 9 de junio de 1965 el gobierno necesitó un tanque de guerra, dos cañones de artillería pesada, un equipo de gaseadores y más de 500 hombres para dar de baja al bandolero que fue leyenda gracias a su astucia, su coraje, su destreza militar y su implacable crueldad.
La operación militar que arrojó como resultado la muerte de Efraín González fue un logro cimero del empeño gubernamental por acabar con los bandoleros en el país. No obstante, para entender el posicionamiento de Efraín en el panorama del bandolerismo colombiano resulta de crucial importancia esclarecer la dinámica histórica que hizo posible un fenómeno como este y un personaje como aquel.
El bandolerismo, su contexto
Abordar con acierto el fenómeno de la violencia bandolera de mediados del siglo XX exige dedicar considerable atención, más que a las diferencias ideológicas y doctrinales, a los rasgos emotivos y pasionales que caracterizaron la filiación partidista desde sus orígenes. El apasionamiento sectario, la violencia, la manipulación y el fraude electoral han sido una constante en la historia política de nuestro país. En las mentalidades colectivas pervive la creencia de que la confrontación política es susceptible de ser resuelta por la fuerza, no de otro modo se explican las guerras civiles del siglo XIX y que la transición al siglo XX se diera en medio de una de las guerras más largas y cruentas del país. Desde antaño la disputa política fue sinónimo de confrontación armada y la gesta electoral estuvo ligada a mover la nervadura pasional de la plebe. Ya desde el inicio de las justas democráticas, el favor electoral se conquistaba con jolgorios, chicha, pólvora y almuerzos.
Desde la consolidación del proceso independentista, a comienzos del siglo XIX, las guerras civiles fueron determinantes en la conformación de la República. Las élites, ávidas de poder, hicieron de la guerra el mecanismo expedito para resolver las contradicciones políticas. El siglo XIX se caracterizó por la continua inestabilidad administrativa y una serie de disputas nacionales y regionales fueron cosechando «hijos de la guerra», con resentimientos pendientes y cuentas por saldar. En la que posteriormente sería la región de influencia de Efraín González la participación popular en la guerra de los Mil Días fue considerable y la confrontación dejó una sarta de problemas no resueltos y heridas sin sanar. La región de Cachovenao se caracterizó por la euforia partidista conservadora, el sacerdote Rito Celio González recuerda: «Por ejemplo en Cachovenao tenían una bandera azul, grande, que tenía una venada y unos venaditos y en las manifestaciones la sacaban y todos en procesión detrás del que llevaba la bandera».
En Colombia la violencia ha sido una práctica consustancial al ejercicio del poder político. La dinámica gubernamental se ha movido siempre bajo la obtusa dialéctica de la confrontación armada con el contradictor. El papel estructurante de la violencia en la formación del Estado se verifica en la medida en que a lo largo de la historia se ha legitimado una antesala de violencia para acceder a niveles de participación en el andamiaje del Estado. Diversos sectores se articularon a la vida política nacional a partir de la confrontación y el ejercicio sistemático de la violencia; no de otro modo se labraron un nombre en el accionar político los partidos tradicionales (la violencia como antesala de la política, sucedió desde las guerras del siglo XIX y así habría de acontecer con el narco paramilitarismo y las guerrillas que se incorporaron a la vida civil). En Colombia, por tanto, la violencia, fenómeno de larga duración, ha sido una constante en la historia del país y cumplió un papel estructurante en la formación del Estado Nación, concebido inicialmente desde una perspectiva bipartidista. Justamente el bipartidismo forjó la visión estrecha que hizo de él un Estado parcializado y esto no le permitió solucionar las tensiones sociales, dejando que las gentes resolvieran dichas tensiones por obra de la dinámica misma de las fuerzas en pugna, que como dijimos obedecía más a impulsos de carácter pasional que a ideologías de consenso. En el ciudadano del común pesaba más la lealtad partidista que el sentir patriótico, el interés del Estado no tenía más valía que el interés de los partidos. Quizá en este punto radique el mayor óbice para que nos consolidemos como nación; no somos una nación en el estricto sentido del término porque el Estado mismo se erigió, a trancas y a mochas, en medio del furor bipartidista y, desde entonces, los provechos de partido o de grupo pesan más que los intereses de nación.
Ser liberal o conservador era un rasgo de identidad del individuo, hacía parte de su «ser», era un componente de su personalidad, las gentes decían «soy» liberal o «soy» conservador. De nacimiento venían matriculados a un partido y esa filiación arrastraba toda la raigambre familiar, era constitutiva de la estirpe. Los individuos, las familias, las veredas, los pueblos se cohesionaban en torno a un partido. Los militantes se sabían prestos a luchar por su partido, a morir por él y cuando los líderes convocaban, la masa se movilizaba fervorosamente en aras de defender el partido. Aunque como dijo alguien: «Defenderle sin saber qué» (Testimonio de Rito Celio González). La identidad política se explicaba en función del partido contrario; más que por un partido, se votaba contra el partido antagónico. Se era liberal o conservador, no por convicción doctrinaria, sino por tradición familiar o por arraigo regional. Se era liberal o conservador de nacimiento, se arrastraba un estigma político y se cargaba con un odio heredado dependiendo de la región y de la familia en que se había nacido. Inocencio Forero afirmó: «Mi papá estuvo en la guerra de los mil días peleando contra los liberales, cómo podría ser yo liberal; por esta sangre que llevo de mi padre no puedo ser sino conservador» (Laitón Cortés, 2008: 44). Humberto Prieto lo expresó con sencillez y precisión: «Recuerdo que mi mamá me enseñó un verso de guabina que decía: En el cielo no se reza ni se siembra platanal, los godos no van allá porque Dios es liberal. Cuando yo era así pequeñito, los papás de uno le enseñaban, que un godo, que yo no sé qué, que se se cuándo, desde cuando eso, y así todo el mundo… Y de allá para acá sería lo mismo. Ya desde pequeño yo conocí ese odio… ¿Y sin saber por qué sería?».
La violencia política de mediados del siglo XX se explica en buena parte por el fervor partidista. La elección de partido no era una elección meditada, sino una imposición del contexto sociocultural, una deuda con la tradición, el entorno y la historia. Si bien dicha identidad venía de cuna, la vida les iba reafirmando su compromiso con el partido. Cada individuo modelaba su ser en ese entramado simbólico, en ese cantón de lenguaje que era el marco de expresión del animal político en que literalmente iba convirtiéndose. La praxis política de confrontación permeaba su vida. Cada fracción política quería constituirse en una fuerza y cada fuerza quería ser superior a su oponente; la vida de estos individuos parecía confinada a esta lógica binaria. A tenor de la oratoria de los dirigentes, plagada de llamados a la confrontación y a la victoria, que en caso de ser necesario sería militar, los campesinos creían que su deber moral era defender al partido y enfrentar a sus enemigos. El dolor y el ánimo de venganza eran el terreno abonado para que fructificaran las voces radicales que hablaban de defender al partido con el machete en la mano y se desoía el llamado de los dirigentes moderados, más interesados en el convivialismo que en el conflicto. Estaban encerrados en discursos unívocos, sin posibilidad de diálogo y menos de acuerdo racional.
Cada partido creía que defendía los más altos valores e intereses de la patria. El partido liberal y el conservador se concebían y promocionaban como entidades opuestas, pero a nivel programático no resultaba fácil establecer diferencias cruciales entre ellos. Sin embargo, los campesinos de una y otra colectividad se consideraban antagónicos y cada uno reclamaba para los suyos valores altruistas y atribuía a los otros los mayores vicios y vejámenes. Los conservadores se veían como defensores de la fe y la tradición católica, de la familia y la patria. Los liberales se creían defensores del ideario ilustrado, del racionalismo moderno y el progreso. Unos tildaban a los otros de comunistas, a su vez estos de retrógrados a aquellos; ambos se acusaban mutuamente de bárbaros. Ambos partidos se arrogaban la condición de víctimas y consideraban lícito el empleo de la violencia. La identidad partidista que llegó a ser constitutiva del individuo se forjaba pasionalmente por oposición a los contrarios, caracterizados negativamente para zanjar distancia con ellos. La narratividad con que cada grupo justificaba su existencia y su actuar estaba construida a partir de la resistencia frente a la fuerza del otro, afianzada en una historia de agresiones que se remontaba a varias generaciones; la identidad entonces, como ya se ha dicho hasta la saciedad, estaba afianzada en la otredad. De tanto repetir que el partido contrario representaba lo malo y negativo, se terminó por pasar de la diatriba, del discurso venenoso, del insulto, a la objetivación de una praxis agresiva. Una vez el otro derivaba vulnerado en el plano simbólico del lenguaje, resultaba muy fácil vulnerarlo físicamente. La palabra lucha, la palabra batalla, la palabra victoria, se repetían en los discursos de uno y otro dirigente. Los líderes amenazaban al otro partido con tácitas alusiones a la guerra, con advertencias que eran también amenazas. Así las cosas, los militantes de base debieron pensar que enfilar las armas contra sus contrarios, a lo sumo era adelantarse al querer de los dirigentes de su partido.
Manifestar públicamente esa identidad partidista resultaba peligroso, podría acarrear consecuencias desastrosas; sin embargo, la alevosía, el orgullo de hombría o el licor los hacía levantar el puño en alto y gritar vivas a su partido. La violencia campesina contra sus vecinos en buena parte fue producto del proselitismo y los prejuicios que, por generaciones, se implantaron en sus mentes. Alimentaban una imagen obcecada del opositor político a quien veían como un ser extraño, perjudicial y peligroso. Los miembros del partido contrario, o mejor de la chusma contraria, generaban temor y desconfianza y eso de por sí predispone a la violencia, a una violencia brutal que dejó en los muertos rastros de sevicia y salvajismo. El campesino de la misma vereda, a quien conocían, fue objeto de un odio que iba más allá de la muerte, hasta la desfiguración del cadáver; era como si desfiguraran al liberal o al conservador que había en él, como si se ensañaran contra la identidad partidista del contrario enviando así un mensaje postrero. El cuerpo de los vivos representa una identidad política, el cadáver representaba esa identidad desmembrada. La crueldad con el cadáver del enemigo tenía que ver con desfigurar esa identidad partidista, enviando así una advertencia sobre el peligro de pertenecer al otro bando. Se ensañaron con el cadáver, lo tajaban a machete como se les hace a ciertos bejucos que proliferan o a la yerba mala que tememos que retoñe. La contemplación de estos cadáveres era una amenaza, pero obraba también en sentido contrario, como una exhortación a la valentía, un llamado a la venganza.
Ser liberal o conservador equivalía para el sujeto común a mucho más que ser colombiano, la sujeción voluntaria no era ya a una nación o un Estado (si es que hubo nación o Estado) sino a un partido político. La afiliación al partido establecía un vínculo que estaba por encima del ordenamiento jurídico y del andamiaje filosófico que sustenta la naturaleza del Estado. En realidad, pesaba más el vínculo medieval de sujeción a un señor, en este caso a un partido o un caudillo. In situ era como volver a un estado anterior a la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, pues un individuo conservaba o no los derechos consagrados en teoría, según su posición en el ajedrez político. Y si para el gobierno son sagradas solo algunas vidas, comienza a imperar un relativismo que a la larga se vuelve contra la nación.
El gobernante, cuanto menos en teoría debería atenerse al fin político de buscar el bien para su pueblo; la contradicción radica en que la política, que en teoría debería servir la vida, en la praxis auspicia la muerte. La pregunta es: ¿en qué momento hizo crisis la funcionalidad del Estado –o si nunca hubo tal– como ente capaz de organizar políticamente la vida en comunidad, buscando el bienestar y la seguridad de todos, bajo normas e instituciones que cobijen a la nación entera? Porque cuando los esfuerzos no están orientados a satisfacer los anhelos de felicidad del pueblo, sino los intereses de una clase social o un partido político, cuando el Estado acoge a sus copartidarios y abandona o sacrifica a sus contradictores, cuando la atención estatal depende de la militancia, cuando los derechos de un ciudadano pueden ser violentados con impunidad por los miembros de un partido político o una clase social, entonces queda en entredicho la razón de ser de la sujeción voluntaria de los individuos al Estado. El gobierno lo veía como un oponente y el individuo a su vez dejó de ver al Estado como un pater jurídico.
El ciudadano debería estar en capacidad de realizarse como el zoon politikón aristotélico, pero al encontrar los espacios políticos cerrados, hacer uso de ese derecho lo pone en peligro, máxime cuando su realización política como individuo implica una amenaza para el poder hegemónico del gobierno. El hombre del común, el fulano de alpargata, se ve a gatas para adquirir siquiera sus derechos de ciudadano y busca solidaridad en la esfera social y en la religiosa: caridad y piedad, como sucedáneos de la seguridad y atención que no le da el Estado. Cuando el Estado no puede brindar protección y justicia a sus ciudadanos, el marco jurídico político que debe regular las relaciones entre los ciudadanos se hace inoperante y cada individuo busca amparo y justicia por su mano. Una situación así por parte del Estado, legitima cualquier tentativa similar de parte de los ciudadanos contra sus semejantes. Y esta decisión de los individuos por sustraerse del marco jurídico y acudir a las acciones de hecho para resolver su dilema político hace que entren en relaciones regulares u ocasionales con el bandidaje y se agencie un poder que se hace efectivo en tanto recurre a las acciones de hecho.
La voluntad hegemónica
En la década del 30 los líderes partidistas, que siempre han despabilado ante las oportunidades de negocio, se percataron de que el Estado comenzó a asumir un papel intervencionista en la economía del país, por lo que estar vinculado directamente al gobierno se traducía en una oportunidad franca de obtener ganancias y consolidar capitales. De ahí que se pretendiera por todos los medios acaparar el poder y excluir de los beneficios al otro partido. Esa lógica explica la dinámica hegemónica de la primera mitad del siglo XX. Entre 1930 y 1946 la administración del Estado estuvo en manos de los liberales. Cuando termina la potestad conservadora y Olaya Herrera asume el poder, tiene lugar una persecución de liberales contra conservadores, especialmente en Boyacá y los Santanderes. En Boyacá el gobernador Celso Rodríguez, nombrado en 1930, expulsó a funcionarios y alcaldes conservadores para reemplazarlos por liberales, pues para garantizar el control regional había que iniciar por el control local. Pero al nombrar alcaldes liberales en pueblos de tradición conservadora se generó una acérrima oposición de la ciudadanía y continuo roce con los concejos municipales de mayoría conservadora. En muchos municipios los conservadores se negaron a entregar las alcaldías y ante la más nimia oportunidad estallaron conatos de pelea; entonces los alcaldes liberales que eran continuamente desobedecidos e irrespetados hicieron valer su autoridad afianzados en una fuerza alternativa de carácter paramilitar: la policía cívica, que a su vez reprimió a los conservadores. «El reclutamiento de policías cívicos y guardias municipales lo hacía cada alcalde especialmente en municipios y veredas marcadamente liberales, siendo llevados hacia municipios conservadores, en la misma forma como se crearía en 1946 la célebre «policía chulavita» por parte del partido conservador» (Guerrero, 2007: 107). Ante esta estrategia de consolidación del poder liberal, los líderes conservadores con mayor representatividad hicieron un llamado a la beligerancia. En municipios de considerable acervo conservador como Saboyá y Chiquinquirá las tensiones crecieron hasta generar bandas armadas de uno y otro partido.
Las gentes se concentraron en torno a las banderas partidistas y buscaron apartar de su región al contradictor político. La tensión era constante y la fracción cuyo partido estaba en el poder buscó por todos los medios ahuyentar a los lugareños del partido contrario. Los campesinos cuyo partido estaba en el gobierno vivían la ilusión, en muchas ocasiones real, de contar con un respaldo para las acciones que vulneraran a sus contradictores; de ese modo fue teniendo lugar una escalada violenta de uno y otro bando que cada vez constreñía a un mayor número de personas y contribuía a agravar el panorama de violencia que se vivía en la región. «Es así como el proceso iniciado por los liberales en 1930 con la liberalización de las alcaldías y la Policía tiene una etapa durante 1931 en la que el conservatismo pasa a la ofensiva; de otra parte, el clero aumenta su radicalidad frente a su enemigo incluso invitando a desalojar a los liberales de algunas poblaciones y veredas […] Todos estos fenómenos de conflicto, además de polarizar espacialmente el conflicto, radicalizando pueblos y veredas, se convierten en un mecanismo de homogeneización de la población produciendo de paso una cultura de la intolerancia que sería el principal elemento ideológico del tránsito hacia la colectivización y generalización de la violencia». (Guerrero, 2007: 117).
En este periodo, en muchas regiones del país estas prácticas violentas derivaron en la creación de grupos armados. Durante la década del 30 los hermanos Romero constituyeron una banda liberal en Saboyá, donde también se organizó una cuadrilla al mando de Jorge Camacho, cuñado de Pedro Alejandro Cortés, el cacique liberal de la región. A su vez en la región santandereana de Cachovenao (apócope de Cacho de Venado), donde el reclutamiento para el ejército conservador en la guerra de los Mil Días fue especialmente fructífero, se organizó una banda conservadora. La violencia se recrudeció por la acción de estas bandas armadas. A mediados de junio de 1932, en el camino que de Saboyá conduce a Chiquinquirá, fue asesinado el prestigioso dirigente liberal Flaviano Cortés. Ese hecho motivó un despliegue policial para proteger a Saboyá de posibles desórdenes y buscar a los cabecillas bandoleros Reinaldo Lancheros, Isaías Páez y Jorge Camacho. La policía recibió información de que estos bandoleros estarían en viviendas rurales de la vereda Puente de Tierra, por lo que se organizó una comisión con 39 agentes al mando del comisario Miguel Ángel Patiño y, según el informe enviado por el comandante de policía de la zona al prefecto de policía de occidente, fechado el 29 de junio de 1932, la operación causó un muerto y varios heridos, lo que indispuso aún más a la población campesina (AGN, Sección Archivos oficiales, Fondo Ministerio de Gobierno, Serie Secretaría General). Estas bandas, que se mantendrán durante la República liberal, comenzaron a ser determinantes en época de elecciones, pues su accionar daba réditos electorales y en esa medida servía los intereses de los varones políticos regionales.
El partido liberal llegó a las elecciones presidenciales dividido entre las candidaturas de Gabriel Turbay y Jorge Eliecer Gaitán, por lo que en 1946 los conservadores ganaron la presidencia con Mariano Ospina Pérez y la situación cambió diametralmente. Entonces la facción conservadora halló la oportunidad propicia para cobrar venganza por los años de hegemonía liberal y se inició una persecución tendiente a diezmar a los liberales y así —por sustracción de materia— ganarles en posteriores elecciones. Mariano Ospina Pérez ganó las presidenciales pero el Congreso, las Asambleas Departamentales y los Concejos Municipales seguían siendo mayoritariamente liberales. Ante ese panorama Ospina Pérez optó por un gobierno de unidad nacional e integró su gabinete con miembros de ambos partidos, nombrando además gobernadores y alcaldes liberales; determinación que provocó animadversión en los dirigentes conservadores Gilberto Alzate Avendaño, Laureano Gómez y Guillermo León Valencia, quienes eran partidarios de instaurar una hegemonía conservadora. En los pueblos de provincia la tentativa de un gobierno de unidad nacional no soliviantó los ánimos.
La Bocapuente
Pero ¿qué entendía el pueblo raso por democracia?: una jornada para teñirse el índice de tinta, para arriar campesinos con la papeleta en la mano, recibir almuerzos «gratis», emborracharse a hurtadillas y ganar en el conteo, a como diera lugar. En nuestro país el espíritu de confrontación es una constante que ha teñido de sangre las jornadas electorales, para la muestra un botón. El caudal electoral de Puente Nacional (Santander) estaba dividido entre los dos partidos y por entonces era común la práctica de sabotear elecciones (la reñida competencia electoral es un factor que explica los altos niveles de violencia). El 16 de marzo de 1947 tuvo lugar una elección de cuerpos colegiados; como delegado conservador por la presidencia de la república fue nombrado el Dr. Alberto Villarreal y Guillermo González Zuleta fue el delegado liberal, nombrado por el gobernador de Santander el día anterior a las elecciones. Los liberales acostumbraban a impedir el paso de los conservadores a los puestos de votación de Puente Nacional, por lo que usualmente los campesinos de los sectores de Peña Blanca y Quebrada Negra, en la vereda Páramo, tenían que desplazarse a votar en el municipio de Santa Sofía (Boyacá). El párroco del municipio de Puente Nacional, reverendo Isaías Ardila, hacía valer su militancia goda desde el púlpito y por esa fecha organizó a los conservadores para que asistieran a las justas electorales. La tradición recuerda a este prelado como un acérrimo militante conservador que aprovechaba el púlpito para fructificar en favor de su partido. Por su abierta participación en política, el 28 de septiembre de 1947, los liberales pusieron una bomba en la casa cural y la parroquia fue declarada en «entredicho» por la Diócesis de Socorro y San Gil que ordenó retirar el párroco y cerrar el templo (a la carencia de sacerdote se deben los memorables hechos de una Semana Santa realizada por curas falsos).
El domingo en la mañana los ánimos estaban caldeados pues los campesinos de las veredas conservadoras se habían congregado en la estación del tren en Capilla y pretendían ingresar al pueblo por dos frentes: quienes provenían de la vereda Urumal ingresarían por el sector rural de Capilla y los campesinos provenientes de las veredas de Páramo y Jarantivá lo harían por el sector conocido como Salto del Burro. Los liberales estaban apostados en los alrededores del puente sobre el río Suárez y gritaban enfurecidos que no permitirían el paso de los godos. Se les habían unido los trabajadores que por entonces se empleaban en la construcción del Hotel Agua Blanca. Puente Nacional tenía un alcalde militar y alrededor de seis soldados custodiaban el puente sobre el río Suárez, única vía de acceso al municipio desde la estación del tren en la vereda Capilla. El delegado conservador al ver la cantidad de liberales amotinados en la Bocapuente propuso aplazar las elecciones, pero el dirigente liberal Eduardo Camacho Gamba se exaltó y sentó su posición en favor de realizar los comicios. La turba estaba enfurecida y cuando los conservadores pretendieron entrar al pueblo fueron recibidos a pedradas y al poco tiempo se escucharon disparos. Agustín Torres, un conservador de la vereda Providencia, en su testimonio recuerda: «Como yo era reservista me llevaron y me dejaron al lado del puente con cuatro carabinas y varias pistolas, me llevaron y me dejaron ahí cuidando esas armas. Yo me rodé hacia abajo y me senté. Yo que me siento cuando ta ta ta ta y me tiré al suelo. El sombrero se perdió, pero a mí no me tocaron porque yo salí arriao… Bueno, al rato me encontré con un mandamás de los conservadores y me preguntó que a cuántos vi caer.
—A Luciano Supelano, estaba al lado de la Virgen y ahí quedó, ahí lo tumbaron.
—¿Y quién más?
—Ah, yo no sé, ahí no vi caer sino uno o dos muertos».
El informe del Dr. Alberto Villarreal apareció publicado en un periódico conservador el sábado siguiente y aseveró que la jornada violenta había dejado un balance de dos muertos, los conservadores Jerónimo Gutiérrez y Luciano Supelano. Un capítulo triste en la historia local, pues los líderes de los directorios políticos, por el ardor del sofisma electoral, en lugar de sosegar la pendencia la enardecieron y las víctimas fueron, como siempre, humildes campesinos, a quien el mismo Villareal, sin distinción entre liberales o conservadores, había calificado de gentes modestas, permanentemente supeditadas, a quienes «la anemia tropical les tiene mordidas las entrañas y su tez cetrina y flácida demuestra la carencia de glóbulos rojos en la sangre» (El Siglo, 22 de marzo de 1947).
El éxodo de Corinto
El día 4 de julio de 1960 en la página 8 del diario Vanguardia Liberal, apareció la siguiente nota: «Las noticias que han continuado llegando de la región de Puente Nacional y Jesús María dan cuenta de numerosos elementos procedentes de las regiones de Cachivenao y El Hatillo, invadieron la vereda de Corinto, en el municipio de Jesús María (sic), donde gran cantidad de individuos armados y haciendo disparos, hicieron huir a numerosos moradores hacia otros lugares».
Ana Celia Hernández Ariza recuerda cuando fueron obligados a dejar su tierra. El 12 de octubre de 1960 —no puede olvidar esa fecha— tuvieron que abandonar su finca y huir a Puente Nacional. «La noche anterior la chusma había estado en la casa de Enrique García y María del Carmen Garavito, lo mataron a él y metieron boletas por todas las casas liberales amenazando que si no desocupábamos nos matarían a todos. Cuando llegamos a la casa por la mañana, encontramos los papeles debajo de la puerta y ahí mismo recogimos los corotos, echamos el ganado y las bestias por delante y nos vinimos pal pueblo. Llegamos al parque principal antecitos del mediodía, con vacas, bestias, marranos, gallinas, perros y gatos. Eso fue una romería completa, como 140 personas llegamos. Recuerdo que venía don Florindo Benavides y la señora, Gregorio Cubillos y la esposa que se llamaba Gilma, Juan de Jesús, Bautista, Ana Rosa y Oliva, Puno Benavides, Enrique Benavides, Leónidas y su esposa Rosario, Venancio Hernández, Briseida Caro, Placeres Hernández, Miguel Ariza, Graciela Caro, Nicolás Ariza, Ana Dolores Ovalle, Miguel Ovalle, Cristina Pinzón, Jesús Páez con la esposa y los hijos, se vino Eligio Camacho, la señora y los hijos que estaban pequeños. Se vinieron los Ariza, los Cruz, los Santamaría, los Mosquera, los Sánchez, los Virviescas… Yo traía a mi hija Mariela de días de nacida, ella nació el 24 de septiembre, cinco días antes de que hicieran la matanza de la Cantarrana, nació en el monte, debajo de una peña que llamaban la Cueva del Chulo, es que como en ese entonces teníamos que dormir en el monte y a mí me cogieron los dolores de parto a media noche, nos tocó alumbrarnos con una linterna ajorrada con un trapo para que no fuera a salirse la luz y a las dos de la mañana se me vino la china y le amarramos el ombligo con una fibra de cobija. Cuando llegué con la criatura a la casa había ejército en la vereda, pero eso no valió, de todas formas, a los pocos días nos sacaron. Cuando llegamos al pueblo nadie del gobierno asomó por ahí las narices, los únicos que nos tendieron la mano fueron el difunto Elí González, Daniel González y el difunto Servilio Camelo, que eran como los gamonales y los que decían por quién había que votar. Servilio Camelo tenía una finca en Las Flores y allá nos dio un potrero para que echáramos 28 cabezas de ganado y tres caballos que traíamos y el difunto Elí González tenía una casa en la Cantarrana y ahí nos acomodamos tres familias. Como a los tres meses vino la hija de Rojas Pinilla repartiendo unos mercados y eso fue lo único que recibimos del gobierno: un mercado. Cada uno defiéndase como pueda, ahí sí como el dicho: el que se queme que sople. Todavía me acuerdo de eso y me da mucha tristeza. Nosotros teníamos una finca —y se le quiebra la voz— como de 80 hectáreas con trapiche y sembradíos, eso sacábamos las cargas de plátano, de yuca, de frijol, de arracacha y nos tocó regalarla, porque lo que nos dieron por ella no nos alcanzó para comprar un lote de seis de frente por doce de fondo. Después de tener una finca tan grande venir a reducirnos a un lote, eso da coraje. Después de ordeñar 15 vacas paridas venir a tener que comprar una botella de leche. Pero así nos tocó a todos los liberales, la finca de Roberto Azuero Neira y Gregorio Azuero Neira, una finca tan grande, esa pasó a manos de Felipe Rincón y Temisto Zárate, toda esa vereda pasó a manos de los conservadores3».
Si bien el éxodo masivo se presenta a comienzos de la década del 60, en algunas veredas de Puente Nacional el acoso de los conservadores venía registrándose de modo sistemático desde mucho antes. Las familias Azuero Neira y Nieto Cárdenas tenían grandes haciendas que debieron vender cuando comenzaron a ser hostigados, al igual que José Pinzón Peña, otro liberal dueño de una extensión cercana a 350 hectáreas, en Corinto (la finca había pertenecido originalmente al reverendo Juan Nepomuceno Azuero Plata y a su hermano Vicente Azuero Plata). Pinzón Peña poseía además una casa de habitación en Puente Nacional, en un terreno contiguo a la iglesia donde hoy está ubicada la Casa Cural, allí tenía una farmacia. A raíz de que en 1950 hicieron estallar una bomba en su casa decidió venderla a la curia y su finca en Corinto la vendió a Resuro Sosa, de filiación conservadora. Asimismo, en el municipio de Saboyá existieron fincas conformadas por grandes extensiones de tierra, como la Hacienda Palermo, de propiedad de los Cortés, con más de mil fanegadas, en su mayoría ubicada en la vereda Pantanos; la Hacienda Merchán, ubicada en la vereda homónima y en la que figuraban más de 200 arrendatarios. También se cuentan entre las grandes extensiones las haciendas de Córcega y Líbano, con extensiones de aproximadamente 70 hectáreas. La iglesia poseía tierras de la vereda Puente de Tierra y gran parte de la vereda Molino, fincas que pertenecían a la curia con una extensión aproximada de 1200 hectáreas, «ya que iban desde el antiguo camino nacional, que para 1948 ya era carretera, hasta el alto de Telecom. Tierras que la iglesia adquirió desde 1813 como donación del también religioso Antonio Paniagua, capellán mayor del monasterio Carmelitas de la ciudad de Santafé (según figura en el libro de Protocolos de la notaría primera de Chiquinquirá, año 1813). En estas tierras desde comienzos del siglo unos 80 campesinos se rehusaban a pagar el canon de arrendamiento establecido en $85 mensuales, que infructuosamente intentaba hacer efectivo un síndico de la comunidad dominica»4. (Monroy Parra, 1986: 51). A mediados del siglo XX las grandes haciendas, tanto en Puente Nacional como en Saboyá, comenzaron a parcelarse. Los liberales amenazados tuvieron que vender sus tierras y las propiedades de la curia fueron invadidas o legalizadas a las personas que vivían allí, de modo que en la región prevalece a partir de entonces la propiedad minifundista. El proceso de desplazamiento no se dio de modo intempestivo, ni lo acontecido en Corinto fue un caso aislado. En el año de 1948 los conservadores de Alto Jarantivá y Páramo quemaron casas de liberales en inmediaciones del sector de Providencia, práctica que fue común en varios municipios de la región. La conclusión que se desprende de los hechos referidos es que la violencia endémica incidió en la movilidad forzosa de la propiedad rural. Las bandas armadas fueron cruciales en su propósito de desplazar comunidades enteras y generar movilidad forzosa de la tierra. En el municipio de Puente Nacional el sector de Corinto estaba originalmente en manos de propietarios liberales, tras la violencia bandolera encabezada por Efraín González se dio un éxodo campesino y la tierra pasó a manos de los conservadores. Era común la práctica de homogeneizar por la fuerza veredas enteras y en la provincia de Vélez esa práctica se extendió por varios años: el martes 6 de junio de 1960 el periódico El Tiempo publica una breve nota sobre Berbeo, un corregimiento del municipio de Bolívar de mayoría conservadora y donde hasta entonces se permitía la presencia de una minoría liberal, ahora solo quedaba una casa habitada por los hermanos Ballén Espitia, estos señores de 65 y 55 años de edad tenían fama de ser los únicos liberales de Berbeo, pero cuatro días antes, la noche del sábado, su casa fue asaltada por desconocidos y al siguiente día uno de fue encontrado muerto y el otro agonizante.
Pero la pregunta es: ¿qué había sucedido en el país para que se llegara a tales extremos?
La convulsión política
A mediados del siglo pasado más del 65 % de la población colombiana vivía en el sector rural, la estructura política del país era eminentemente oligárquica, la gran propiedad estaba concentrada en pocas manos y más de la mitad de la población estaba sumida en el analfabetismo. Las élites conformaron el Estado Nación con base en la exclusión de una inmensa mayoría y lo pusieron al servicio de los intereses de la oligarquía. Los campesinos y la creciente masa de obreros cayeron en el desamparo en la medida en que se legislaba en favor de los propietarios. El movimiento obrero y parte del campesinado no se sentían expresados en los partidos tradicionales; mas a pesar del inconformismo popular, no llegó a estructurarse una conciencia de clase, tampoco hubo cohesión política al interior del campesinado, que sin distinción de partido padecía idéntico lastre socioeconómico. Las condiciones objetivas de vida hacían del campesinado un sector homogéneo pero el sectarismo partidista lo fragmentó y enfrentó. También las instituciones del Estado fueron permeadas por ese sectarismo (los jueces, verbigracia, estaban adscritos a algún partido y era usual que sus decisiones beneficiaran a sus copartidarios). Bajo ese panorama, y dadas las condiciones objetivas que vivía ese amplio sector que hemos convenido en llamar el pueblo colombiano, el ideario del caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán cosechó sus frutos. Con las proclamas gaitanistas el pueblo creyó posible un futuro de participación política y mayor equidad en la distribución económica. Sectores populares comenzaron a aglutinarse en torno a la figura de Gaitán, quien supo hacer de la plaza pública su escenario por excelencia.
El Estado fue incapaz de resolver la confrontación partidista y ante el caos generalizado los miembros de uno y otro bando buscaron respaldo y protección en los líderes locales y regionales. En la zona rural la autoridad emanaba de los caudillos, caciques y gamonales y no del Estado. La gente se identificaba con los partidos políticos porque era esa su única posibilidad de expresión. Los campesinos creían fervorosamente en su partido, al que debían respeto y lealtad. Pero el partido era una entidad informe que se hacía tangible en la medida en que los campesinos se agrupaban en torno a los gamonales, quienes hábilmente se atribuían la vocería del partido. La palabrería del partido era tal vez el único nexo entre lo nacional y lo local. La radio era el medio de comunicación con mayor audiencia en el sector rural y los campesinos se congregaban a escuchar los discursos de los líderes políticos que con sus arengas incendiarias trocaron a liberales y conservadores, no en contradictores políticos sino en enemigos irreconciliables. En general los periódicos eran órganos con orientación política partidista y en aras de ese compromiso faltaban a la imparcialidad. La prensa fue vehemente en la crítica contra los dirigentes del partido contrario, desde la tribuna periodística se menospreciaba y vilipendiaba al rival político; sin duda los medios contribuyeron a la polarización del pueblo raso. Gentes sencillas e ignorantes que vivían idénticas condiciones socioeconómicas de repente resultaron divididas por fronteras imaginarias y sumidas en una guerra atroz contra sus semejantes. La herencia medieval e inquisitorial que propugnaba por la eliminación del oponente pervivía en la mentalidad de los dirigentes políticos y supieron instalarla en el corazón del pueblo. La calentura bipartidista desató una guerra entre civiles, entre personas que se conocían, agobiados por las mismas necesidades, movidos por idéntico imaginario religioso, vecinos, otrora amigos. Por centenares, caían civiles inocentes, racimos de humildes, inermes e ignorantes. Esa violencia entre civiles alcanzó niveles de crueldad alarmantes, porque estaba en juego la fuerza sin sosiego de la gente envenenada por las ansias de venganza. Campesinos que habían sido efectivos en sus parcelas eran ahora igual de efectivos en el crimen. Estado y sociedad contemplaron la crueldad de que eran capaces estos campesinos, esa visión los espantó5.
Pese a la represión del gobierno conservador los liberales ganaron las elecciones parlamentarias y Gaitán descolló con vigor descomunal. El caudillo supo hacer una lectura más acertada de la realidad, insistiendo en que la verdadera confrontación no era entre liberales y conservadores, sino entre el pueblo y la oligarquía. El apoteósico liderazgo de Gaitán amenazaba no solo al gobierno conservador, sino incluso los intereses de la élite liberal. Su proyecto político tenía ribetes populistas que le garantizaron un nutrido apoyo y le auguraban el triunfo en las elecciones presidenciales, eso antagonizó más la tensión partidista y despertó temor en la clase política. Bajo su liderazgo el ciudadano raso llegó a creer que tenía poder decisorio. Con él las masas vivían una ilusión de poder, pero el 9 de abril de 1948, con su muerte, el ensueño popular terminó y, como consecuencia de esa frustración, la violencia se agudizó6.
Ante la muerte del caudillo la respuesta popular fue una rebelión atizada por la ira y el deseo de venganza7. Bogotá se convirtió en un polvorín, pero al final ni en las ciudades ni en el campo ningún líder o junta popular supo honrar con acierto las banderas gaitanistas y la oligarquía liberal hizo lo que por su naturaleza era de esperarse, se puso al lado del gobierno; de modo que en poco tiempo la rebelión fue sofocada con un nuevo pacto de unidad nacional, pues el anterior había sufrido su primera ruptura el 1 de marzo de 1948, cuando la convención liberal decidió retirar sus miembros del gobierno.
Cuando, tras la muerte de Gaitán, se dio la toma de la Radio Nacional de Colombia, a grito herido se negó toda posibilidad de pacto: «Imaginad liberales si se pactara con los godos, eso equivaldría a aceptarles sus condiciones y como ellos están en el poder sus condiciones serían de vencedor a vencido, ay de los vencidos?, ¿qué diría nuestra prensa después de la derrota?, ¿qué dirían nuestras emisoras después de la derrota, ¿qué podrían decir?, ¿qué dirían nuestras mujeres después de la derrota?». Sin embargo, poco tiempo después Darío Echandía, que estuvo al frente de las conversaciones fue nombrado ministro de gobierno y la posición del liberalismo dio un vuelco y también la información difundida por la misma radio: «El ministro de gobierno Darío Echandía hace saber a todas las organizaciones obreras y sindicales del país que en este momento acaba de concluir una reunión a que asistieron la dirección nacional provisional del liberalismo, el presidente de la CTC, Confederación de Trabajadores Colombianos, varios líderes y dirigentes del paro de actividades obreras que se venía realizando, a este acuerdo se ha llegado después de considerar amplia y detenidamente las conveniencias nacionales. En la misma resolución se informa al país que desde la una de la mañana del día 16 de los corrientes todos los centros ferroviarios y fabriles deberán estar en pleno funcionamiento. Este documento concluye con un llamamiento a los obreros para que como un homenaje al gran dirigente desaparecido colaboren tesoneramente al restablecimiento inmediato de la tranquilidad social y jurídica y al progreso económico de la república» (https://www.senalmemoria.co/articulos/el-9-de-abril-en-9-audios-de-la-fonoteca-de-senal-memoria). Apenas un mes después tuvo lugar el asesinato de Gaitán y la dirigencia bipartidista encontró en un nuevo gabinete de unión nacional el único medio de enfrentar el levantamiento popular8. Laureano Gómez se opuso nuevamente a esta solución y se declaró partidario de que el conservatismo se armara para enfrentar el conflicto que se avecinaba. La violencia contra los liberales continuó y posteriormente el gobierno de unión nacional habría de sufrir una tercera ruptura, esta sí definitiva.
Junto a Gaitán, la otra figura capital de mayor influencia en las multitudes fue Laureano Gómez, a quien se debe la célebre caracterización del liberalismo como un basilisco: monstruo mitológico anómalo desde su origen, pues según algunos autores provenía de un huevo puesto por un gallo y empollado durante años por un sapo. Se trataba de una enorme serpiente alada, con una cresta y capaz de matar con la mirada, es decir, una criatura demoníaca que no podía menos que suscitar temor y repulsión. El basilisco constituía una amenaza para la tradición de la patria y como ser maligno que era, debía ser destruido. En un discurso aseveró: «Nuestro basilisco camina con pies de confusión y de inseguridad, con piernas de atropello y de violencia, con un inmenso estómago oligárquico, con pecho de ira, con brazos masónicos y con una pequeña y diminuta cabeza comunista, pero que es la cabeza». Laureano Gómez enardeció como ninguno la confrontación bipartidista, al punto que en el sector rural el pueblo raso se dejó arrastrar por ese ideario replicado de modo incesante por los dirigentes regionales y que atizó la confrontación hasta que municipio contra municipio, vereda contra vereda, vecino contra vecino se entregaron a la más despiadada lucha. La táctica de dividir al país y manipular a la gente con mentiras es de vieja data. Para modernizar las justas electorales, se decidió que la cédula sería el único documento válido de identificación ciudadana, entonces Laureano Gómez —a quien la historia ha justipreciado como un nefasto personaje en la vida política del país— comenzó a difundir la mentira de que había más de un millón de cédulas falsas en poder del liberalismo. Como resultado de esa política disociadora, cada facción se fue comprometiendo en acciones cada vez más violentas, en tanto la prensa de uno y otro partido sesgaba la información en favor de sus copartidarios, caracterizando de victimarios a los del bando contrario y atizando un aire de confusión, desconcierto y pugnacidad. Es que los doctores que vienen a hacer política siembran la tierra de promesas y alimentan un odio ya rancio, y los campesinos tragan entero. Siempre es que el hambre es jodida.
En los campos la barbarie alcanzó el tope de su atrocidad. En un alto porcentaje fue violencia ejercida y promovida desde el gobierno, en la medida en que politizaron la policía revirtiéndola conservadora. La chulavita estaba integrada en su mayoría por gente ignorante, belicosa y sectaria9. Los dirigentes conservadores y la chulavita, amparados en la oscuridad y la indeterminación de la noche, organizaron comisiones que iban por las veredas, disparando, incendiando los ranchos y dejando panfletos amenazantes que daban a los campesinos un plazo perentorio para abandonar la región. Esta violencia se empleó como un método expedito para conservatizar extensas zonas del territorio, particularmente en los departamentos de Santander y Boyacá.
