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Prepárate para una inmersión profunda en el lado oscuro de la mente, un choque profundo contra la realidad. Tres historias, tres caminos diferentes y unidos por un punto de fuga. Ambientado en Almagro, un municipio situado en la provincia de Ciudad Real. La vida no es más que un interminable ensayo de una obra que jamás se va a estrenar. El abuelo Mateo es adicto al teatro y de joven actuó en el Corral de Comedias de Almagro, representando la obra de don Quijote de La Mancha. Gran admirador del caballero de brillante armadura que ha sido su compañero en sus andanzas por la vida, contagiando su pasión por el Quijote y el teatro a todo su entorno. Hay una excepción en todas las reglas, como el abuelo Mateo que se ha saltado todas las normas que le ha impuesto la vida. Nunca supo controlar su pasado, menos su presente, y ello le ha llevado a vivir acompañado de problemas, causados en su mayoría por su impulsividad. Una historia de amor llena de secretos en el pasado y en el presente. Un amor amenazado, condenado, y al final de sus días se abre una puerta a un mundo lleno de nuevos comienzos, nuevas oportunidades, donde brinda la paz llena de sobresaltos. Una avalancha de emociones que hace que todos los protagonistas giren en torno a ella. Roberto y Sofí, junto con sus amigos, viajan a un lugar especial. Durante cuatro días la inquietud, el descontrol, el miedo, el alcohol y las drogas, recorre por la ladera del río en donde acampan. ¿Tú qué harías si te dicen que vas a morir en breve? Pues Sofía no se lo piensa y regresa de nuevo a sus raíces. Vivir se convierte en una carga pesada y solitaria cuando vives atormentado por el rencor, hasta que un día descubres que la felicidad solo depende de ti.
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Seitenzahl: 509
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Elisa Toledo
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1181-130-9
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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Agradecimientos novela el abuelo Mateo
Doy gracias a la vida por permitirme estar cada mañana, cada día a tu lado. Por estar en tus planes, en victorias y derrotas, en lo bueno y en lo malo, en tu corazón. Sin ti nada hubiera sido igual.
Ahora, gracias a tus consejos, a tu apoyo, estas palabras de agradecimiento hacia ti, Félix, están plasmadas en esta novela. Gracias por escucharme, por compartir conmigo tu experiencia, por enseñarme a crecer, por tu ilusión hacia mis letras. Gracias.
Gracias a Miguel Ángel, por tu gran profesionalidad, por tu trabajo al crear la portada de mi novela. Gracias a ti será un recuerdo precioso e inolvidable.
Agradezco a mi familia, a mis compañeros de teatro La Teatrería, a mis amigos, y a todos vosotros mis lectores. Gracias.
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«El amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males».
Leonard Cohen.
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«¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son».
Calderón de la Barca.
Nota de autor
El abuelo Mateo
El abuelo Mateo tuvo como título inicial: El tapiz de los leones junto al río. Trata de un viaje que realicé con mi novio y con otra pareja de amigos. Estuvimos acampados en la ladera de un río y por supuesto el tapiz nos acompañó. El tapiz estuvo colgado presidiendo el salón de mis padres durante muchos años. Fue una compra que realizaron en un viaje allá por 1975, y cuando decidieron quitarlo para colgar cuadros más modernos, yo pedí que no lo tirasen, había marcado mi niñez, y lo utilizaba cuando iba al campo de excursión con mis amigos para sentarnos en el suelo.
Durante la pandemia comencé a leer relatos que tenía escritos y al leer este recordé aquel viaje tan agradable. Sin darme cuenta, nuevos personajes se fueron colando en el relato y ellos fueron los que me dictaron e introdujeron en esta aventura. Poco a poco el relato iba creciendo, del original solo quedaba el tapiz y el río junto la montaña, pero necesitaba algo más, una cascada que aquel paraje no tenía; entonces mezclé varios sitios y así los protagonistas llegaron a ese ficticio lugar «El Valle de la Luz».
La historia de la casa donde vive Sofía en el municipio de Torralba de Calatrava cuando regresa de Francia es real. La habitó Francisco Deza, que fue secretario de Felipe II, situada en la calle Real nº 11, de dicha localidad. Su padre fue escribano del ayuntamiento en Torralba de Calatrava. Francisco tuvo el privilegio de estudiar y llegar a la corte del Rey donde vivió, solía venir a su pueblo varias veces al año con su esposa, a su casa, de la que era propietario. Eran muy devotos de la Virgen Blanca, que en esa época era la patrona. Muchas veces le traían a su Virgen sayas, mantos de seda y terciopelo, con ricos bordados de plata y oro. Disponían en la casa de una capilla para sus rezos. Ahora sus actuales dueños, Remigio y Victoria, disfrutan de ella. La portada de la novela es del patio de dicha casa.
La casa en la que está ambientada la vida del abuelo Mateo no está localizada en la calle del Capitán Parras en Almagro, donde transcurre la historia, sino en Torralba de Calatrava. Es una casa que conozco a la perfección de cuando fui joven y paseaba por aquellos pasillos… recuerdo el misterio que tenían aquellas habitaciones llena de baúles… Su gran patio, con las columnas de piedra y con sus macetas de alas de ángel a los pies. También recuerdo la habitación en la parte alta, llamada «El infierno», donde se guardaban todos los trastos viejos que a mí tanto me gustaban e intrigaban. La historia del abuelo Mateo fue surgiendo con toda su fuerza e impulsividad, yo solamente le marqué mi pasión por el teatro, por escribir, por pintar. Hablando de teatro, en la novela Hugo y Aitana asisten en Torralba de Calatrava a ver la obra Antígona en el Patio de Comedias, representada por el grupo de teatro La Teatrería bajo la dirección de Antonio Laguna, en la realidad dicha obra fue todo un éxito.
Si no has convivido con una mascota jamás conocerás hasta dónde puede llegar su generosidad, su compañía, su lealtad. Yaco, el pelirrojo bretón español con su estrella blanca en la cabeza, es real, es el perro de un familiar mío al que adoramos por su increíble capacidad de transmitir con sus gestos, con su comportamiento. Yaco no habla, claro, es un perro, pero tiene la gran capacidad de entender todo cuanto le rodea y expresar con su mirada todo el amor que nos procesa.
En mi novela, que ahora presento, se muestra mi admiración por El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. ¿Por qué siento admiración por el Quijote? porque rebosa aventura, fantasía. Una descubre el gran poder de la imaginación, entre otras genialidades, y porque es el libro más importante de la historia.
1 Últimas palabras del abuelo
Roberto despierta empapado en sudor, su largo pelo pegado a la cara, la persiana bajada de su ventana impide que entre el escaso frescor de este amanecer. En la intimidad de su cuarto no quiere que avance el tiempo, todo es tan contradictorio. Parece un Cristo tirado en su cama, desparramado en las arrugadas sábanas, no para de llorar y pensar. Hace un inmenso calor, duda. De pronto, su perro Yaco invade su espacio, exige atención, no le deja dudar más, dejándole claro que tiene que hacerle caso.
Le acaricia tristemente, pero Yaco tiene el gran poder de hacerle sonreír, no es una sonrisa voluntaria salida del corazón, sino forzada. Siente pena, no es capaz de asimilar la muerte de su abuelo, no quiere ser débil, tiene que ser fuerte, sabe que es lo que él quería.
—Tu alegría es la fuente de mi vida —le decía el abuelo—. Cuando vengas a mí, tienes que hacerlo vestido con una sonrisa positiva. Tú cambiarás mi mundo, aunque yo ya no esté en él, tienes que solucionar todos mis temas pendientes que no me ha dado tiempo, ni he sido capaz de resolver. Cuando me recuerdes, no quiero que estés triste nunca, no pierdas el tiempo; es lo más valioso que tenemos. Tampoco hace falta que corras, ve despacio, desmadejando todo cuanto yo he enredado y a ti te he encargado. —Estas son las últimas palabras del abuelo la noche anterior de su marcha.
Roberto sale de su cueva para ir a la ducha, pero una fuerza invisible le empuja hasta el dormitorio del abuelo Mateo; sus pertenencias, fallecido hace tan solo un mes, están intactas, todo está igual; todo parece tan inocente. Son los objetos de una persona mayor. Se siente confundido, una madeja de sentimientos contradictorios se agolpan en su pecho. Siente el peso, la carga de todo cuanto el abuelo le contó y pidió un mes atrás. Recuerda, lo echa de menos, Mateo le escuchaba cuando él le contaba sus cosas y el abuelo no le reñía, sino que comprendía sus sentimientos, sus dudas; también compartían las mismas pasiones y gustos por la lectura, literatura, teatro… Aún en calzoncillos, sin ducharse, mira su reloj, su novia está a punto de llegar y tiene sin preparar sus cosas para el viaje que realizarán en un par de horas. Se tumba en la cama del abuelo, habla con él como si estuviera presente.
—¡Abuelo! Allá voy, a tu valle, a tu cascada, con mis amigos, a enseñarles tu oscuro paraíso, ¡ja, ja, ja! Que sí, abuelo, tendré cuidado, en un par de horas estamos allí, en El Valle de la luz. Te quiero, abuelo. —Mientras tanto, Yaco corre de un lado para otro.
Nueve de la mañana de un viernes de julio de 2019, una vez más, ha arrancado la mítica cita teatral manchega. Se alza el telón en el pueblo natal de Roberto: Almagro, conjunto histórico artístico, donde las calles empedradas recuerdan la historia de casi ochocientos años; la Plaza Mayor llena de tiendas donde aún elaboran de forma artesanal los preciosos encajes de bolillos, cestos de cuerda, todo tipo de esparto… sigue manteniendo viva las tradiciones y una historia de amor.
Roberto no quiere estar durante los días del festival de teatro en esa joya de la arquitectura castellano manchega,a su abuelo le fascinaba, lo vivía con especial dedicación, ya que de mozo asistía a clases de interpretación llegando a actuar muchas veces en el teatro. Su abuelo no solo ha dejado una huella imborrable en su alma, sino increíbles aventuras, recuerdos, sentimientos y emociones de máxima intensidad; un océano de secretos ocultos a lo largo de su vida, también sus miedos, pesares, fracasos y un amor prohibido.
En un principio, planificó este viaje para pasar junto a Sofí, su novia, un largo fin de semana, pero, al final, también se han apuntado el grupo de amigos. Desde la muerte de su abuelo, la relación entre las familias de ambos ha sufrido un frío distanciamiento, como también le ha ocurrido a la pareja. Roberto necesita aclararle a Sofí ciertas cosas que han pasado y tiene que ser en el lugar especial al que se encaminarán dentro de poco. Élno sabe cómo separarse de Yaco, su perro, inseparable de su abuelo. «No me mires así, Yaco, enseguida vengo». Se le atragantan las palabras. Yaco, sentado en su cama, lo mira, sabe que se queda, su instinto le dice que a ese paseo su amo no se lo lleva y, resignado, mira con ojitos tristes. «Yaco, enseguida vengo». Le llama por teléfono Sofía, Sofí, como todos la llaman, que acaba de llegar a recogerlo. Sofí no entra en su casa, no quiere ver a los padres de Roberto, le cuenta que el grupo de amigos espera y, mientras tanto, cambia los preparativos del viaje al coche de Roberto.
Sofí vuelve a llamarlo por teléfono, Roberto inspira varias veces, los amigos no entraban en sus planes.
—¿Te falta mucho? Los chicos quieren ir y a ti te vendrá bien. Cuando los veas, actúa como que no sabías nada, por favor.
—Está bien, no me siento con fuerza para quedarme durante los días del festival de teatro, necesito huir de aquí como sea.
Roberto, desde pequeño, estuvo al cuidado de su abuelo paterno, sus padres trabajaban hasta casi la noche; llegaban cansados de trabajar en el campo y el abuelo fue quien, prácticamente, lo crio, transmitiéndole todos sus valores.
—Espera, Sofí, tengo que pasar al baño un momento.
Sofí espera en el coche, tiene calor y una sensación de dolor en el pecho por lo acontecido desde la muerte del abuelo. «Qué rara me siento, no entiendo cómo ha podido pasarnos esto…».
En el baño tarda un minuto, después, va directo a la galería del patio; frente a la estantería, se aferra a un álbum de fotos, regresa al dormitorio, se tumba en la cama del abuelo, no es capaz de salir del dormitorio. Sofí lo llama de nuevo:
—Tenemos que irnos, los chicos esperan. —Roberto le pide cinco minutos.
Echa un vistazo rápido a las primeras fotos, llega a las de un lugar especial con su abuelo en una montaña, en la cascada, en la cabaña, junto al río al que se dirige en unos minutos; mientras, Sofí aprovecha para llamar de nuevo a su madre e interesarse por la abuela, que no se encuentra nada bien desde el fallecimiento de Mateo.
Sofí, al ver que no sale, llama a su casa, le abre la puerta la madre de Roberto con la mirada agachada; no se saludan, pero sí pueden escuchar los latidos de sus corazones. En un silencio extraño, entra a buscarlo. Los padres de Roberto se esconden. Lo encuentra como un niño desvalido, acaricia dulcemente sus cejas, sus ojos, nariz, boca.
—Daría lo que fuera por escuchar de nuevo sus historias, ver su mirada de niño travieso, se ha marchado demasiado rápido. Qué pena darme cuenta ahora de que no está, de que he sido un privilegiado.
—Roberto, tu abuelo no está físicamente, pero seguirá siempre vivo mientras esté en tu recuerdo. Todo es suyo, tu gran corazón, tu carácter… —Roberto, aferrado al álbum de fotos igual que un niño desvalido:
—Aún huele a él, siempre estará conmigo, a cada paso, todo él perdurará para siempre en mí.
Bernardo y Olaya, padres de Roberto, están en la cocina, no quieren encontrarse con Sofí; ellos también lo están pasando mal por la pérdida del abuelo, y todo lo que generó después de su muerte, hizo que las familias se enfrentaran y distanciaran.
—Roberto, si quieres cancelamos el viaje.
—¡No! Tengo que asumirlo de una vez. —Sofí esta compungida al verlo en ese estado de tristeza. Apaga el móvil, que no para de sonar—. ¿Son los chicos?
—¡Sí! —responde débilmente. Roberto inspira un par de veces, acaricia la cama:
—Allá voy, abuelo.
Rebusca en los cajones del abuelo, necesita algo personal para tenerlo consigo, aparece una carpeta de cuero negro con folios revueltos, algunos arrugados llenos de tachones.
—¿Esto qué es? Parecen cartas. —A toda prisa y con intriga comienza a leer:
«Hola, Olaya, qué pena que haya pasado el tiempo y nunca nos hayamos sentado a hablar tranquilamente, nos hubiéramos entendido mucho mejor, pero…».
—¡A mi madre! Un mensaje para mi madre. —Las lágrimas de Roberto caen sobre el papel—. ¿Y esto? A mi padre:
«Bernardo, hijo, nunca me atreví a decirte cuánto te he querido y lo orgulloso que me he sentido siempre de ti. Perdóname por no ser el mejor padre, por tener siempre la mente en otra parte, por vivir en mi mundo, yo tengo la culpa de todo…».
Roberto inspira, se limpia la cara, los ojos, no puede seguir leyendo, lo ve todo borroso y siente ansiedad por querer leer todos los folios. «Quiso despedirse de todos». Yaco entra en la habitación, como un torbellino se lanza a sus manos.
—Cuidado, Yaco, son cosas del abuelo, las vamos a romper. —Yaco tiene prisa de caricias y protagonismo—. Está bien, Yaco, tú también echas de menos al abuelo, ¿a que sí? Cuando regrese del viaje con los chicos me pondré a ver todo esto, menudo tesoro.
Encuentra el mechero de su abuelo, se lo guarda en el bolsillo cerrando bien la cremallera, asegurándose no perderlo. Va hacia el armario, se pone su perfume, inhala para incrustar el aroma en su cerebro. «Solo un poquito, para que no se termine, otro poquito para ti, Yaquito, para que no se te olvide nunca el olor del abuelo». Se peina, refresca la cara, «el abuelo me espera junto al río».
—Te espero en la calle —le dice Sofí con los ojos cargados de lágrimas. Por un momento ha pensado que los padres de Roberto reaccionarían de otra forma, pero parece que siguen enfadados.
Se despide de sus padres con nostalgia.
—¡Papá! —Bernardo, su padre, oculta las lágrimas que ansiosas se desparraman por su mejilla por más que se esfuerza en lo contrario.
—Tranquilo, hijo, pasadlo bien, no te preocupes por lo de Sofí, se nos pasará cuando seamos capaces de entender ciertas cosas.
—¡Venga! ¡Venga! —Olaya, su madre, se muerde la lengua, no quiere transmitirle la negatividad que siente hacia el orgullo herido de su marido—. Si te viera el abuelo así de ñoño te daba una colleja.
—¡Vale! —dice sonriendo a la vez que moqueando—. Claro que sí, si me viera, ¡ja, ja, ja! —inspira de nuevo—. Nos vamos.
Aún no hace mucho calor en la calle, donde vivieron generaciones atrás sus ancestros, calle del Capitán Parras. En el coche, Sofí espera mientras habla por teléfono con su madre, agacha la cabeza, siente el rechazo tan descarado de los padres de Roberto parados en el quicio de la puerta, no disimulan su malestar.
—Voy a comprobar lo que has preparado: tienda de campaña, un montón de cervezas, barbacoa portátil que nos toca llevar a nosotros; como siempre, nuestro coche a tope de trastos. Botellas de alcohol… ¿Quién se ha encargado de la comida?
—Está ahí, mi amor.
—¿Eso? ¿Solo esa bolsa? Sin duda, va a faltar, con lo que comen… seguro faltará…
Roberto sigue comprobando el maletero.
—Dos sacos de dormir, colchonetas hinchables ¿Por qué llevas varios de cada cosa?
—Porque seguro que los chicos no han echado.
—Varias esterillas. ¿Para quién es toda esta ropa?
—Ropa de cambio para mí y para las chicas porque seguro no llevan, por si hace frío en la noche, para no estar mojada… seguro que van con lo puesto. Zapatillas de repuesto, crema de sol para un regimiento, botiquín a rebosar, todas las gorras que encontré por casa pues sé que el resto no llevará.
—Ya va lleno el maletero. ¡Ah! El tapiz de mi abuela no puede faltar.
—¿Para qué quieres eso?
—Para el suelo, aunque siempre ha estado puesto en la pared de mi casa, pero ahora ya está viejo y no quiere tirarlo, ella me ha pedido que lo traiga y lo cuide mucho.
—Tenemos que irnos.
—Sí.
2 Roberto y Sofí se conocen.
2017, julio. Dos años atrás. Roberto y Sofí se conocieron por casualidad en Almagro, Campo de Calatrava, pueblo natal de Roberto y de toda su familia. Sofí nació en Francia, a su belleza se une su humildad, sencillez, alegría y positividad, todo ello fue lo que enamoró a Roberto. La familia de Sofí no vive en Almagro, compró una casa en el pueblo vecino, Torralba de Calatrava. Se llama igual que su abuela Sofía, vivió su juventud en Almagro y por ciertos motivos emigró…
Hoy se inaugura el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, la casa de Roberto está situada a pocos metros de la Plaza Mayor, en la calle del Capitán Parras. Estos días, la familia los vive con intensidad, Roberto disfruta de los cómicos venidos de todo el mundo, pasea con su familia por la Plaza Mayor, se divierten, se deleitan con los numerosos espectáculos; todo es un hervidero de turistas, no cabe ni un garbanzo más. El calor pegajoso invita a tomar unas cervezas fresquitas, las cuales son imposibles.
—¿Por qué no vamos a casa a coger algo fresquito? Esto está abarrotado —comenta el abuelo.
—Yo voy a por ellas. —Se ofrece Roberto.
Entre la multitud de personas, el destino quiere que Roberto tropiece con una chica que se afana en hacerse fotos, posa alegremente al lado de una imagen de don Quijote de La Mancha, entre tanto barullo trastabilla y cae encima de ella.
—¡Perdón! —Pide Roberto con gesto amable. Ella ni se da cuenta.
La plaza está abarrotada, llena de gigantes y cabezudos danzando al compás de la música. Niños correteando tras los diablos… El anochecer se echa encima y Roberto se marcha, ha quedado con sus amigos para tomar unas cañas en un bar de los soportales de la Plaza Mayor. Tropieza de nuevo con la misma chica, la cual se le queda fijamente mirando con una sonrisa.
—¡Perdón!
—¿Cómo dices? —Roberto no entiende que le pide perdón en francés, tampoco el escalofrío que recorre todo su cuerpo.
—¡Perdón! —repite ella en francés. —Unas sonrisas electrizantes en ambos hace que queden embobados sin saber qué decir.
Algo pasa en milésimas de segundos, quizás sea la magia creada por el ambiente. El ruido hace que se acerquen y se rocen levemente las mejillas. Hablan sin entenderse, se miran. Los titiriteros se acercan a ellos, ofrecen una rosa para ella, un corazón para él.
—El alma que puede hablar con los ojos, también besa con la mirada. —De repente a Roberto le sale la vena poética heredada de su abuelo, ridícula para su círculo de amigos, pero no evita en ese momento, no ser halagador, sino porque realmente la siente.
—¡Oh! Precioso, me encanta Bécquer. —Eso a ella le gusta, entonces Sofí responde—: ¿Qué es poesía? Poesía… eres tú.
Roberto no sabe si salir corriendo, se pone nervioso ante la belleza de esa chica con acento francés, lo que la hace más irresistible si cabe… desplomarse o morir de amor. La afinidad de ambos por la creatividad artística, el teatro, la lectura, la música, la poesía los une en una interrumpida conversación. Roberto la mira embobado, piensa que no puede ser real que tengan tantas cosas afines, una escala de valores tan parecida unida a una belleza salvaje, descuidada, desinteresada, que la hace irresistible.
Él no hace caso a la cantidad de mensajes y llamadas de sus amigos. No se separa de ella en toda la noche mágica y especial. Todo resulta seductor, el ambiente, la fascinante conversación; no paran de hablar, reír; disfrutar. Roberto no está acostumbrado a hablar con sus amigos de ese tipo de cosas: ni del último libro que acaba de leer, menos de teatro, poesía o de la biografía de un escritor, jamás de cultura… Todo eso solo lo hace con su abuelo.
Los siguientes días a la celebración del festival de teatro siguen quedando, van a cuantas entradas les cede la madre de Sofí, que dispone de un par de abonos para ella y la abuela. Comienzan a quedar. Sentados en uno de los bancos de piedra de la Plaza Mayor de Almagro, Roberto le habla a Sofí del patrimonio cultural, monumental y artístico de su pueblo, sintiéndose afortunado. Sofí le escucha entusiasmada, con atención. Le explica la cantidad de columnas de piedra que sustentan los soportales. La historia de las antiguas corridas de toros. El porqué del color de sus ventanas, los orígenes… todo y, especialmente, sobre el Corral de Comedias. Visitan teatros, iglesias… para terminar, toman unas cervezas fresquitas en la Plaza Mayor.
Durante todo el mes de julio hablan por teléfono, quedan, hacen turismo. Se enamoran de una forma especial.
—Has inyectado en mí todos los componentes de la química del amor —le dice Roberto con cara de enamorado, acaricia la espalda y rodea por la cintura a Sofí. Ella se deja hacer, lo mira fijamente, lo besa intensamente.
—Tú sí que eres mi aliciente, mi elixir de la felicidad, a tu lado todo es tan bonito, tan fácil.
Caminan abrazados a un mismo paso, ambos con vaquero desgastado lleno de rotos, zapatillas blancas sin limpiar desde que las compraron, camiseta blanca; los dos tienen el pelo castaño, largo, ensortijado, desenfadado. Roberto inserta su mano en el bolsillo de atrás del vaquero de Sofí y ella hace lo mismo. Sus almas son gemelas.
—Calle del Capitán Parras. —Lee Sofí. Llegan frente la casa de Roberto—. ¿Esta es tu casa?
—Sí —contesta tímidamente.
—Me gustaría conocer a tu familia, tu casa tiene que ser espectacular —comenta Sofí, mientras él le cuenta la buena situación y la historia del Callejón de los Toriles. La impresionante puerta con sus escudos…
—Otro día. —Roberto aún no está preparado para que la conozca su familia, todo es demasiado bonito y su madre exageradamente negativa; a su abuelo le habla de ella y a sus amigos, pero no les dice que está enamorado, locamente hechizado, no lo entenderían.
—Pedazo de casa.
—Bueno, la verdad es que sí, fue una casa de esas de antes de dinero.
—¿Tus abuelos fueron gente de bien?
—Bueno, los antepasados estuvieron relacionados con la política, la cultura… Ahora esta casa es una ruina, todo lo que se le haga es poco en plan de reformas. Pronto te la enseñaré —le dice Roberto agarrándola de la mano y acercándola más a su cuerpo.
Yaco escucha a Roberto cerca de casa, comienza a ladrar; desde la ventana de la salita que da a la calle lo ve, ladra con más fuerza.
—¿Tienes perro? —A partir de este momento, serán tres.
Cada tarde le enseña un rincón diferente, el barrio noble cerca de la plaza, las casas solariegas.
—Eres el mejor guía, increíble; cuando te conozcan mi madre y abuela las enamorarás igual que a mí.
—Tú sí que eres increíble, me vuelves loco con tan solo tu voz.
Yaco los mira, mueve la cabeza como diciendo: «¿Qué le pasa a este? ¿Quién es esta?». Después de otro apasionado beso, Yaco comprende por qué últimamente las salidas han sido tan rápidas junto a él, sus escasas y escuetas caricias en la barriga «cuando se entere el abuelo», piensa Yaco sentado, mirándolos, observándolos sin perder detalle, intentando aceptar o comprender la nueva normalidad. Yaco los observa y piensa que debe ser cauteloso, pero varios ladridos se le escapan, su impulso para llamar su atención no le sirve de nada, lo ignoran.
—Creo que estoy enamorado de ti hasta las trancas.
—Y yo de ti.
—Yo más.
—Eres para mí una experiencia cultural única en el mundo, la cual me hace estremecer, llorar, pero de belleza; de felicidad.
—Me desplomo, es lo más bonito que me han dicho en la vida.
Por todo ello son una pareja de esas que crean envidias, de las malas; tienen personalidad similar, son de los que pueden discutir a diario por cualquier tontería y a los cinco minutos ambos lo han olvidado. Aprecian y alagan las cualidades el uno del otro, respetan sus decisiones. Se comunican perfectamente con la mirada. Les gustan las aventuras extremas. Comparten las mismas aficiones y gustos, sin contar con el magnetismo inmenso, la fuerte atracción sexual entre ellos. Total, una pareja criticada y envidiada por todos.
3 El abuelo se siente mayor.
Mediados de septiembre, 2017. Mateo se siente mayor, la tristeza en sus ojos y alma hace que no disfrute de este bonito atardecer en el patio de su casa solariega, ahora llamado jardín «esta mujer que quiere ser muy moderna, esto es el patio de toda la vida», refunfuña para dentro, pensando en su nuera Olaya. Las flores de azahar desprenden un aroma molesto, huelen demasiado bien y ello hace que a la memoria le lleguen momentos de su vida de cuando se sentía vivo, no es lo mismo estar vivo que subsistir.
Su hijo Bernardo, por las noches, cuando llega a casa agotado de trabajar en las labores del campo, con gesto cansado, le insinúa a su padre que tiene que darse prisa en la conversación, pues tiene sueño. Quiere hacer muchas cosas, preparar para el día siguiente, atender al padre, sacar el perro, hablar con su hijo…
—¿Cómo has estado hoy, papá?
Yaco, su inseparable amigo pelirrojo, un bretón español, los mira, escucha, observa todo, da la sensación de que los entiende y, paciente, espera un mínimo gesto de alguno de ellos.
—Sí, hijo, no te preocupes, todo bien, solo que el día ha sido excesivamente largo.
Mateo se dedica, no sabe cuánto tiempo, a contemplar las gotas de agua que se deslizan por la fuente con forma de angelito travieso. Cierra la mente para no recordar. Después se pone a seguir la trayectoria de la impresionante parra que cubre el cielo del patio «me van a secar la parra con el techo que le han puesto al patio, si es que no puede ser, a saber el dineral que les ha costado y seguro me echan las culpas a mí». Una linda mariquita no para de curiosear e inicia su excursión por las raíces de la parra.
—Inquieta esta mariquita —dice Mateo a Yaco, que observa como alarga sus pesadas manos y desiste al sentir que el cuerpo se le inclina hacia delante tras la cabeza—. Que me caigo, joder.
Al verla, le ha hecho ilusión poder cogerla, sentir esa sutileza, pero le cuesta un sobreesfuerzo adelantar sus manos. «¡Total! Que sea libre». El abuelo sigue observando el grueso tronco de la parra, recuerda exactamente el día, la hora, el momento, cómo fue, quién estaba; quién hizo el agujero en la tierra. Las risas de tres niñas con trajecito blanco lleno de tierra y barro comienzan a desfilar por su mente: «Hasta el pelo lo tenéis a rebosar de tierra. ¿Qué habéis hecho?. Las niñas solo están en su mente, juegan al Pilla, pilla… Mateo sacude su cabeza para regresar a la realidad, una que se revela; sigue viéndose a sí mismo joven, apuesto, regando por primera vez la parra.
—No es lo mismo recordar que verlo, yo lo veo, es real, están aquí, a mi lado —le dice en ocasiones Mateo a Juan, su cuidador, en confianza, asegurando que es así, que ve a su madre guiando cada tramo de la parra de tal forma que acabó recubriendo el patio entero.
—No toquéis, chiquillas, ya habéis roto esa yema, anda con las chiquillas estas. —Asegura ver a las niñas corriendo por las escaleras.
Las risas son reales en su cabeza, las escucha por todas partes. Corren por el corredor, bajan por la escalera de servicio, siempre riendo, haciendo trastadas con sus vestiditos blancos impolutos llenos de encajes perfectamente almidonados. Mateo amaba a esas niñas, eran las hermanas de su joven y hermosa mujer, las cuales, al quedarse huérfanas en su día, permanecieron con ellos.
—¿Queréis estaros quietas? No le pongas tanto abono a la parra, que la vas a freír.
La casa la han ido heredando de padres a hijos.
—No tenemos un duro, todo se lo lleva la casa —comenta Bernardo, su hijo, padre de Roberto, su nieto—. Esta casa es una ruina.
Mateo, cuando le escucha, no dice nada, agacha la cabeza. La mala conciencia le hace recordar días de antaño cuando la casa se reconocía por su poderío, esplendor; sabe que antaño dilapidó una fortuna en…
—Mantener hoy una casa así es imposible, igual que una máquina tragamonedas, las cuales van cayendo al fondo y no se recuperan —protesta Bernardo. Tiene un total de veinte habitaciones y todo gira alrededor del patio con un amplio corredor. La planta baja está reformada, quitaron escalones adaptándola para el abuelo. «Ya no recuerdo cuál era mi dormitorio, ya no conozco ni mi casa». Aparte de las cuadras, hay otro patio trasero, cocina… «Con tanta reforma yo no me aclaro, me pierdo en mi propia casa». En la planta de arriba, la vivienda sigue igual, llena de recuerdos. La zona de servicio que hubo en su día, sí que está más deteriorada. Mucho más apartado, en un hueco del tejado, hay una habitación que llamamos «el infierno», donde aún se guardan todos los trastos viejos de la casa.
Mateo, de vez en cuando, sube hasta el infierno, un espacio con techo abuhardillado, se asoma por el ventanuco para ver las estrellas donde tantos años atrás las contemplaba junto a su amada; ahora la cortinilla está ajada por el paso del tiempo, como su corazón. A un lado, su caballete de pintura con telarañas instaladas. Una estantería repleta de botes llenos de pinceles resecos, acrílicos de todos los colores, lienzos en blanco amarillentos, pinturas de familiares sin terminar desquebrajadas. «Joder, si dais miedo, a la mierda ya», les dice Mateo a los cuadros mientras les da un manotazo. Le fascinaba pintar, pero no era lo mismo pintar un paisaje, un familiar que plasmar la ansiedad y deseo hacia su amante. A su madre, doña Estefana también le fascinaba esconder, destruir a pisotones o tirar esos cuadros. Al otro lado del ventanuco, la almohadilla de encajes de bolillos de su madre, bolillos tallados magistralmente. Mateo rebusca entre las sábanas, ya amarillas por el paso del tiempo y con fuerte olor a naftalina en uno de los baúles de madera. «¿Dónde guardaría la bruja de mi madre mi traje de don Quijote?». En el infierno, Mateo revive besos, gemidos, secretos, anhelos, deseos y suspiros junto a su amante, el amor de su vida, como aún la siente.
El patio, coronado por ocho columnas de granito, sigue soportando el peso de tantos años de intrigas, felicidad, secretos, avaricia, pasión y desdichas. A su nuera Olaya no le gustan las plantas, como tantas cosas. «Mira, Mateo, con estas ya es suficiente, no me da tiempo de cuidar también las plantas». A las grandes macetas que descansan a los pies de cada columna, llenas de polvo y marchitas, Mateo les habla, sí, insiste en tenerlas aunque no tengan lustre alguno. Les cuenta sus cosas. Mateo habla con las plantas cuando a los fantasmas no les da la gana de aparecer. Cada una de ellas es alguien, les cuenta cosas, comparte pensamientos e incluso les debate ideas y, si se ponen tercas, discuten.
Mateo se sienta a hacer como que lee en una hamaca, así se siente protegido, escondido de sí mismo, de los fantasmas de su pasado que se recrean por la casa cuando a ellos les apetece. Recuerda cuando la criada, su amante, y tempestad de su mente de por vida, regaba las macetas. Puede verse a sí mismo cuando se acercaba por detrás dándole un pequeño susto, rodeándola por la cintura, besándola en el cuello, susurrándole al oído, con manos atropelladas por querer saciar en unos segundos esa pasión desbordante. La criada se retorcía seductora y tímida a la vez, con los nervios en el estómago por si los pillaban.
Ve a Jacinta, la que fue su esposa, joven, bella, callada, paciente, cariñosa y, sobre todo, sumisa a él. Observa con pesadumbre la mirada de Jacinta, esa tristeza… «Yo no quise hacerte daño, perdóname. —Mateo la persigue por la casa—. Perdóname». De pronto, escucha las risas de las niñas y también las ve: «Estaos quietas, os vais a caer. —Regaña a las tres hermanas pequeñas de su mujer—. Estas niñas son unas caprichosas, revoltosas… —Sacude la cabeza—. ¿Queréis dejarme tranquilo? Salid de mi cabeza».
—¡Abuelo! ¡Abuelo! ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?
—Sí, solo que… —responde Mateo desorientado.
—Ven conmigo. —Roberto, su nieto, sabe que lo que más lo tranquiliza es escucharlo, y todos los días, durante el desayuno, charlan un poco.
—Antes de irte a la escuela ven un momento, sin prisa, por favor, tengo que decirte algo.
—Sí, voy, abuelo. —Mateo le cuenta alguna anécdota de su pasado tan reciente en su alma—. ¡Abuelo! ¡Abuelo! —Ya viene prisillas—. Que ya me voy a la escuela. Abuelo, que me voy, ¿estás bien? ¿Quieres algo?
—No, no quiero nada.
Todos sus fantasmas desaparecen de su mente. Se le cae el mechero, lo estaba acariciando como siempre, rápidamente lo rescata, limpia con esmero, guarda en su bolsillo, cierra con cremallera el bolsillo del pantalón. Le ha hecho a su nuera poner cremalleras en todos sus pantalones para no perderlo.
—No me chilles, que no estoy sordo.
—¿Todo bien?
—Anda, vete ya, ten cuidaico.
—Que sí.
—Pórtate bien.
—Cansino.
—Sí, abuelo. ¿Qué piensas tanto?
—Nada, lo que es la vida, esas cosas tan modernas parecen del diablo, eso que lleváis siempre en la mano a todas horas. —Roberto sonríe—. Yo quiero uno de esos, esta petarda me mete cada susto que pa qué, que no sé dónde se mete la tía esta para saberlo todo, creo que me espía.
—Pero, abuelo, se llama Alexa.
—Que quiero uno como el tuyo, coña… Esto me lo apagas… —le exige a Roberto con su torpe y gordo dedo—. A la tía esta me la quitas, ¡eh! Yo creo que me espía. —Roberto sonríe al ver a su abuelo sacar carácter.
—Pero, abuelo, es para que no estés tan solo.
—Que no, hombre que no, que me mete cada susto.
—Está bien. ¿Qué querías decirme?
—Nada.
—¿Qué pasa, abuelo?
—Nada, que de pronto recordé cuando sembramos estas plantas. Mira, esa de la foto fue la primera y, de ella, habrán salido más de treinta macetas y las que hemos ido regalando por todo el vecindario.
—¿Cuántos años tienen, abuelo?
—¿Te quieres creer que tendrán más de…? ¡Uff! Incalculable.
—¿Quién te regaló la primera? — Mateo hace un gesto con los labios sujetando el sonido que casi, casi, se le escapa en forma de suspiro. Agacha la cabeza, se sienta en la silla de forja.
—¿No te ibas? Vas a llegar tarde.
—¡Hala!, ya no te interesa decírmelo, este abuelito, una tarde de estas vas a contarme todo y no te vas a andar con rodeos, cómo te gusta dejarme con el suspense. Bueno, abuelo, cuando venga seguimos hablando, ¿vale? Que me marcho a la escuela. Luego te contaré una cosilla.
—Sí, ten cuidaico.
—Sí, abuelo, pórtate bien.
—Eso nunca.
Mateo está nostálgico, retrocede un poco más en el tiempo, para él es real, es como si estuviera viniendo el momento cuando le regalaron la primera planta llamada alas de ángel.
—Buenas tardes señor. —La criada, su amante, una joven que llevaba un año trabajando en su casa como limpiadora, esconde su tímida y bella mirada.
—¿Qué tienes en la mano? —Ella rehúye su acercamiento, agacha la cabeza y sube para buscar al ama de la casa. Puede ver a la criada cerca de su madre cuando plantaron la primera planta, la cual crecerá igual que la historia de sus vidas.
«Niñas, estaos quietas… —Mateo las ve, es tan real en su cabeza—. ¡Que habéis vertido la leche… Niñas, estaos quietas… —Ve a las niñas haciendo trastadas, mientras a Jacinta, su mujer, no le hace tanta gracia». «Yo no he sido». «Yo tampoco». «Ha sido ella, mira sus carrillos coloraos». Mateo se echa las manos a la cabeza cuando de repente se encuentra en el patio con la fregona en la mano.
Bernardo, su hijo, siempre está pendiente que no le falte de nada, pero él se siente solo. Todo cuanto le rodea le martiriza, solo vive del recuerdo constante, con la pena de lo no vivido. Lucha por mantener la ilusión, la alegría, para que cuando llegue su nieto Roberto no se preocupe por él.
—¡Abuelo! ¡Abuelo! —Roberto llega cansado, antes de irse a la ducha quiere cenar con él para charlar y contarse batallitas mutuamente. Lo quiere con locura, siente devoción, admiración. Tiene mucha confianza con él y le cuenta todo, o todo cuanto se puede. Le gusta, le apasiona pasar el mayor tiempo a su lado, escuchándolo hablar.
— ¿Qué me querías decir esta mañana, pichón?
—¿Cuándo?
—Esta mañana me dijiste que me contarías no sé qué.
—¡Ahh!— La cara de Roberto cambia por completo. Los ojos que estaban cansados ahora se llenan de chispitas—. Que me he enamorao, abuelo.
—Anda, mira este, ¿y cómo es ella?
—Curiosillo, ya te la presentaré, creo que te va a gustar. Venga, abuelo, a dormir.
—Cuéntame algo, dame un adelanto.
—No, primero tú que menudo enredo me tienes.
—¿De qué? ¡Ah! De lo que te estaba contando.
—Sí, cada vez me cuentas una cosa diferente o nueva, ¡ja, ja, ja! Mira que eres pillín.
Desde niño, Roberto se ha dormido escuchando a su abuelo contar historias por fascículos.
—Esa ya me la has contado más de veinte veces, abuelo.
—Que no, hombre, que no. —Roberto, tumbado junto a su abuelo, le escucha a pesar de que se lo sabe de memoria.
Para terminar su reto nocturno. El abuelo dice una frase de su libro preferido, Don Quijote de La Mancha, un refrán, un poema… según le venga a la mente, al que Roberto le sigue y así varias de ellas.
—«A bien hacer jamás le falta premio» —primero dispara el abuelo acariciando la estrella que Yaco tiene en el centro de su cabeza.
—¡Mmm! —piensa Roberto—. «Cada uno es artífice de su propia vida».
—Muy bien, así es. —Le toca al abuelo—. Después de las tinieblas, espero la luz. —Roberto lo ve cansado, no pide explicación del porqué de esa frase—. El retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza…
—Buenas noches, abuelo, que descanses. —Yaco da vueltas a los pies del abuelo buscando su lugar para acomodarse, a lo largo de la noche se hace el amo prácticamente de la cama.
4 Algo extraño en el Valle de la luz
Almagro. Viernes 5 de julio, 2019, diez de la mañana. Roberto y Sofí discuten en el interior del coche bajo la sombra de la plaza de toros de Almagro; se reprochan la actitud negativa de los padres de Roberto.
—Mis padres están dolidos, se han sentido engañados, dales tiempo.
—No nos han dejado darles explicaciones… —le dice Sofí intentando justificar su postura—, mejor dejamos ese tema.
—Yo quería pasar el fin de semana solo contigo, tengo que contarte algo importante ¿Por qué se lo has dicho a estos?
—Si no te apetece, no vamos, les digo que se suspende, que no te encuentras bien y punto.
—Un poco tarde, ¿no crees?
—Fue Noelia, que insistió en venir.
—Claro, si no se hubiera enterado.
—Yo no le dije nada… Disimula, por favor, lo hacen por ti.
Asados de calor, tres parejas, seis amigos, todos impuntuales a la no cita. Viaje poco preparado, nada de organización, destino incierto, pero con entusiasmo para hacer que Roberto recupere la alegría e ilusión por la pérdida del abuelo. Se saludan efusivamente, pocas previsiones, tan solo lo que Sofí ha preparado y, como siempre, algo falta.
—Revisión —comenta Sofí.
—Mira que eres pesada. —Ese es el saludo de su amiga Noelia recién llegada de Madrid para la ocasión junto a su novio Jesús, pero a Roberto sí lo saluda con excesiva pasión.
—Chicos, es para que no falte nada, ¿quién estaba encargado del carbón?
—¡Yo no!
—¡Yo tampoco!
—Pero, Jesús, si te puse en tu lista carbón.
—Pues no sé, no lo compré, si es que con las prisas del viaje se me ha olvidado.
—¡Yo tampoco! Para esto no estamos preparados. —Se divierte Noelia al ver a su novio justificarse tantas veces.
—Está prohibido hacer fuego, chicos.
—Que no pasa nada, Roberto, tendremos cuidado —responde Felipe junto a Teresa, su novia, ambos ocultan la risa.
—Nosotros llevamos el maletero lleno de botellas y latas de cerveza —replica Jesús—, con las neveras no me cabe más.
—No soy tan previsora como tú, pero ¿dónde crees que vas? Si vamos a estar todo el día en bañador —replica Noelia burlándose de ella. Jesús, el novio de Noelia, siente pudor al verla reír de esa forma tan descarada.
—Quieres callar.
—¡Quita! ¡quita! —Lo aparta con desaire—. Que me dejes.
—Venga, ¡va! Chicos —Sofí corta la incómoda situación—, ¡venga! Antes de que haga más calor.
Roberto conduce primero, solo él conoce a dónde van; dos horas de viaje y llegan a un magnífico lugar.
—¿Dónde estamos? —Los seis amigos contemplan con asombro, todo verde, precioso, rodeados de montañas, apartados del mundanal ruido. Poca civilización, ninguna aparente, solo se escucha el rumor del río, los pájaros libres de contaminación…
—¡Esto es precioso, Roberto!
—¿Qué lugar es este?
—Ya os dije antes de salir que os gustaría, su nombre original es El Valle de la luz, pero algunos lo llaman El Valle del Fango.
—¿Por qué lo llaman así?
—El fondo del río está asqueroso, ya lo comprobaréis vosotros mismos…
—Chicos, qué extraño —comenta Felipe.
—¿Qué? ¿Qué es tan extraño?
—No hay nadie, ni un coche, ni jóvenes, ni parejas, ni padres con hijos; nadie, y mira que es bonito el lugar.
—¿Tenemos que subir al pueblo, a la gasolinera, para comprar hielo todos los días?
—Si queremos tener cervezas fresquitas y copas no nos queda más remedio.
—Si no se tarda nada… —Teresa rodea a Felipe por la espalda.
—Nos vamos a aburrir como ostras aquí solos, con el ambiente que debe haber ahora en el pueblo con el festival de teatro.
—Que no, mujer, si nunca te gustó el teatro, si no lo montamos bien… —Noelia pone cara de insatisfacción y protesta por lo bajo.
—Robertico, querido, ¿vamos a subir a la cascada? —Noelia se abraza a la espalda de Roberto.
—Solo quien quiera, es nuestra república independiente. —Sin bajar nada del coche se lanzan vestidos a las aguas bravas del río—. No os alejéis, por favor, bañaos en esta pequeña playita que es toda para nosotros, no os metáis en la profundidad del río.
—Mis padres no saben dónde estamos —comenta Noelia.
—Los míos claro que lo saben —responde Roberto, que siempre dice la verdad a sus padres, aunque le siente mal a su madre, que pone pegas a todo.
—Nuestra familia sí lo sabe —comenta Sofí.
—Yo no dije dónde veníamos, tampoco lo sabía, ni hace falta, que se jodan mis viejos —dice orgullosa de sí misma Noelia, siempre complicando todo desde niña, haciendo lo posible por hacer la vida imposible a los suyos.
—Ni yo —comenta Teresa con firmeza, siempre independiente en todo, acostumbrada a resolver sus problemas, autosuficiente; desde niña aprendió a valerse por sí misma, sus padres nunca estuvieron pendiente de ella, ni en los estudios, amigos, relaciones…
—Yo dije a mis padres que íbamos a una casa rural de la familia de Roberto —añade Jesús, no quiere decir que su familia y suegros están al corriente, pero del lugar exacto no, puesto que él ni lo sabía.
También les ha asegurado cientos de veces que va a estar pendiente de Noelia a cada segundo, comprobando y asegurándose de que toma la medicación. A la madre de Jesús le encanta aparentar lo que no es y ha visto un filón de oro en esa relación, está encantada con los regalos que le hace Noelia, con las nuevas pulseras, perfumes, vestidos, viajes…
—Mejor, así nadie nos molesta —responde Felipe, imitando al más intrépido, al más pasota, al más malote. Felipe, que siempre ha estado bajo la falda y protección de su madre, la cual se ha peleado con todas las madres de sus compañeros de colegio, ahora universidad, por defenderlo de las burlas soeces, acoso, humillación y dejar claro que su hijo no era un saco de boxeo.
—¿Y si nos ocurre algo? No hay cobertura.
—Tranquilos, si somos prudentes no nos pasará nada —comenta Sofí.
«Ya está dando su versión —chismorrea Noelia—. Esta franchute, insípida, que parece una monja… yo no sé cómo Roberto se ha fijado en ella».
Sofí nunca ha escuchado a su abuela cuando le dice que no se aproveche de su cuerpo con esas ropas tan poco femeninas, escondiendo su belleza, sin darle visibilidad. Ninguno de los conocidos del pueblo sabe que es modelo de alta costura en Francia, tierra donde la admiran y aclaman. A Aitana, madre de Sofí, le encantaría gritar a los cuatro vientos que su hija es… la mejor, como cada hijo para cualquier madre, claro. Aitana se siente orgullosa de su hija, calla ante otros padres, nunca ha dicho que su hija saca en todo matrícula de honor, que lleva dos carreras a la vez y sabe dos idiomas. No quiere que la tachen de vanidosa; por eso entre la madre, la abuela y la hija han decidido que con saberlo ellas es suficiente.
—Yo no tengo cobertura —protesta Teresa molesta al no poder publicar sus fotos en las redes sociales.
—Mejor, así no nos distraemos con el dichoso móvil y disfrutamos de todo esto.
—A mí me gusta poner mis fotitos en Instagram.
—Venga, guardad todos los móviles, aquí no sirven de nada, para tener cobertura tenemos que subir al pueblo. Intentard cogerlo lo menos posible para no agotar las baterías.
Roberto intenta tomar el control.
—Lo mejor es extremar el cuidado.
—Yo tengo baterías extraíbles suficientes —dice Noelia acercándose a Roberto, le guiña un ojo.
—Eso está bien.
Sofí murmura para sí misma: «Menos mal que ha pensado en algo, claro en ella, es en lo único que piensa ».
Todos dan pasos de ciego hacia delante, detrás, buscando cobertura, ignorando las palabras de Sofí y Roberto.
—Venga, guardad todos los móviles, vamos a bajar las cosas de los coches, tenemos un fin de semana por delante para desconectar y disfrutar de todo esto. —Roberto insiste—. No os alejéis en el río, por favor.
—¿Por qué? —preguntan todos a la vez.
—Tiene mucha fuerza el agua y suciedad en el fondo.
—Chicos, en estas aguas ha muer… —intenta decir Sofí, pero la corta en seco Roberto.
—¡Nada! ¡Que me hagáis caso! ¡Joder! Que no os alejéis.
Apartados del grupo.
—Tú me acabas de contar durante el viaje que aquí ha muerto gente, ¿por qué me has hecho callar? Eso no me ha gustado, es mejor que sepan que este río no es tan inofensivo como parece. —Roberto acaricia el mechero de su abuelo, eso le da confianza.
—Mira, tenemos que tratar de que no se alejen de esta playita, son unos inconscientes, a ver, en este río ha muerto mucha gente, pero en todos los casos ha sido por cruzarlo a su antojo, se enredan en algas y el agua se los traga y que… mira, sabes que se ponen hasta el culo de todo.
—Y nosotros también.
—La historia que ronda es solo eso pura fantasía, aun así quiero que seamos todos conscientes del peligro. Estas aguas tienen muchas corrientes, remolinos con mucha fuerza y las personas no pueden luchar contra ella, por eso se ahogan. Nada de fantasmas ni cosas raras.
—Entonces, ¿no te crees todas las leyendas que me has contado tú mismo en el coche?
—Que no, hombre, que no.
Sofí le provoca con la mirada, se muerde el labio, Roberto cierra la cremallera para asegurar su mechero en el interior del bolsillo; agarra suavemente a Sofí, acaricia sus mejillas, besa ese lunar cerca de sus labios que tanto le fascina, se enredan a besos.
—Míralos, ¡queréis dejaos ahora de sobeteos! ¿Qué tenemos que hacer aquí?—grita Noelia celosa al verlos desde la orilla del río—. Tres días o cuatro en el mismo sitio, qué aburrimiento. ¿Qué haremos aquí tanto tiempo?
—Venga, la explanada es grande, vamos a inspeccionar el terreno; con poner las tiendas de campaña y adaptarnos es suficiente por hoy. Mañana temprano con el fresquito subiremos hasta la cueva, para ello, tenemos buen trecho de subida, ya veréis, os va a gustar mucho la cascada y las vistas—les dice Roberto entusiasmado.
—Está muy alto.
—Toda recompensa requiere un esfuerzo, Teresa.
—No te pregunté a ti, franchute, siempre te adelantas para dar tu opinión.
—Está bien, perdona. —Teresa y Noelia se miran triunfadoras al dejarla mal.
—Esta franchute, ¿qué se habrá creído?
—Venga, chicos, vamos a preparar. Será demasiado largo el fin de semana con ellas así, todo el rato discutiendo por tonterías.
—Sí, lo será largo.
El día avanza, se insertan en el bello lugar.
—Traed leña, chicas. —Hacen una hoguera rodeada de piedras.
—¿No ponéis la barbacoa?
—No, da igual, mejor una buena chasca.
Improvisan una gran fiesta, se les olvida comer. Bailan, ríen, beben. Ramoncín a todo volumen, todos cantan: «Y te diré… Hola, muñeca, y te daré… una parte de mí… te llevaré hasta mi mejor sitio… y serás mujer para mí…».
—Roberto.
—¡Sí! Dime.
—Aún no hemos montado las tiendas de campaña.
—Cuando haga menos calor, ¡shss! Disfruta. —El CD de Ramoncín termina y Roberto lo pone de nuevo: «Quema el deseo de tu piel… ojos de fuego en la oscuridad… sufro el castigo de verte marchar… la cama se hiela cuando no estás…». «Te quiero», susurra Sofí a Roberto enredada en su cintura.
La tarde termina y el anochecer les pilla desprevenidos.
—Mi Robertito. —Noelia aprovecha cualquier situación para acercarse a él.
Roberto disfruta, en su mente mantiene el recuerdo de su abuelo, acaricia el mechero en su bolsillo; baila con Noelia y ella se regocija, aprovecha para acercarse a él cuanto puede y Roberto, sin muchas ganas, la deja
—Tranquila, Noe, la noche es larga, no hace falta te bebas todo de un tirón. —«¡Uf! Qué pesada está», piensa Roberto.
—Aún no hemos preparado las tiendas de campaña. —Sofí se le acerca, le comenta lo de las tiendas de campaña—. Ya es tarde.
—¡Shss! Disfruta.
—Se nos ha olvidado montar las tiendas de campaña con tanto inspeccionar el terreno —dice de pronto Noelia.
—Por fin alguien se da cuenta.
—Pero si es tardísimo.
—La noche me confunde, la noche me confunde —dice a carcajadas Noelia.
—No es la noche, es que llevas un buen pedo… Ya no queda hielo… —comenta Teresa con la lengua trapajosa.
—La noche me confunde…
—Pero si son las diez y media.
5 El abuelo y la cajita de música
Octubre, 2017. Ochenta y cinco años son los que tiene Mateo, el cual, a pesar de que está muy bien tanto física como mentalmente (eso es lo que él dice), los años y la vida están dentro de esa alma madura. Duerme tan solo un par de horas.
—¿Cómo vas a dormir solo dos horas, abuelo?
—Tengo la cabeza loca de no dormir y, encima, la petarda esa que no calla, ni se te ocurra dejarme puesto ese cacharro, creo que me espía la Pascasia, ¡eh! Que la estrello.
—Que no, abuelo, se llama Alexa. Estate quietecito, enseguida viene Juan, no te muevas, ni se te ocurra ducharte solo, que ahora viene Juan.
—¡Vale! ¡Vale! Cuánto me recetas.
—Que te veo por las cámaras de vídeo. —Su nieto le miente, le dice eso para ver si, de esa forma, no está de excursión por la casa.
—¡Vale! ¡Vale! Anda, vete ya, cansino, mira que eres pesado —le dice el abuelo mientras piensa que hará cuanto le dé la gana.
—¡Abuelo!
—¡Vale!
Su hijo Bernardo y su nuera Olaya han marchado a trabajar a las seis y media de la mañana. Roberto se levanta un poco después, desayuna con el abuelo, que ya danza por casa, para asegurarse de que se toma la medicación que le mandó el neurólogo y otra para el corazón. Después, para que no ande solo tan temprano, lo vuelve a obligar a meterse en la cama.
—¿Me vas a hacer caso? Mira que eres cansino. —En cuanto Roberto se va, Mateo sale de la cama.
—Estos qué se han creído, aún me valgo por mí mismo. Tanta tontería, tanta tontería como tienen hoy que… —Mateo se mete en la ducha que le han adaptado, se viste con la ropa que le da la gana, hace lo que le da la gana durante la hora de libertad que tiene hasta que llega Juan, el cuidador.
Juan está bien advertido por el abuelo que, como diga que se ha duchado solo y ha estado de excursión por la casa a su antojo a lo largo de la mañana, entrando y saliendo, rebuscando en las habitaciones de arriba, no le dará la buena propina que le proporciona a escondidas por su silencio.
—Señor, se va a caer usted. Señor, me va a buscar un disgusto. Señor, ¡madre mía! ¿Qué busca ahora en este baúl?
—¿En qué habitación estuvimos ayer?
—Señor, fue en aquella.
—Que no, hombre, que no, qué sé yo perfectamente que fue en esta habitación, hombre. —Mateo está totalmente convencido de que fue en esa habitación. Los recuerdos de aquel día se transforman en imágenes tan reales como si estuvieran pasando en el momento—. ¡Aquí! Yo la vi aquí ayer, vi a mi amor, con su delantal blanco lleno de encajes, su moño bajo, la sonrisa apretada para que nadie pudiera descubrir los cientos de escalofríos por su cuerpo al verme. Me miraba haciéndome señales, yo fui tras ella hacia la zona de servicio hasta llegar al infierno. «¡Estás loco! —me decía—. ¡Que me dejes, que nos van a pillar!». ¡Ah! Con risitas nerviosas ¡ja, ja, ja! Estoy seguro de que ocurrió. Ella dio un respingo cuando le di un azote, después la agarré fuertemente por la cintura para besarla y… —Mateo puede sentir esos escalofríos, la tensión a ser descubiertos, la intranquilidad, los nervios.
—Señor, tiene que dejar estas expediciones, que se altera mucho. —Mateo no escucha las palabras de Juan mientras revive, recuerda, puede sentirlo, puede verlo—. ¡Alguien se acerca! —Se ve a sí mismo salir disimulando, recolocándose la camisa, camuflando esos nervios; baja al patio en plan señor de la casa, comprueba la situación, cuando todo más o menos está en su sitio regresa con su amada, la criada, que le espera ansiosa. Suben corriendo la escalera que los conduce al infierno. «¡Qué tonto eres!», le dice ella.
—Señor, señor, ahora se queda dormido, si es que no para, necesita descansar. —Juan entiende todo lo que le pasa, Mateo está enfermo.
Su hijo, Bernardo, sabe de las andanzas de Mateo, lo llevaron al neurólogo, diagnosticándole principios de alzhéimer; lo que no sabe su hijo, ni su nieto, ni Juan su cuidador es que no se toma las pastillas, cuando nadie lo ve, las tira. Mateo asegura al cien por cien que todo cuanto ve es real, que no son delirios, ni fantasías, que son ellos, de verdad.
—Buenos días, abuelo ¿Cómo has dormido esta noche? Espero que hoy no andes de ronda como ayer.
—Anda, vete, que vas a llegar tarde.
—¿Qué planes tienes para hoy?
—Anda, vete, que vas a llegar tarde —insiste el abuelo, Roberto sabe que quiere que se marche para tener vía libre.
—Que me entero de todo, que te veo, lo sabes, te veo por las cámaras —le miente para ver si de esa forma se corta un poco.
—Que sí, cansino, que te marches. —Roberto le da un beso.
—Pórtate bien.
—Eso nunca, ¡ah!
—¿Sí, abuelo?
—¿Cuándo me vas a presentar a tu novia?
—No es una novia, si apenas llevamos tres meses.
—Se te ve enamorado.
—Hasta las trancas, abuelo.
—Señor, como se caiga usted me mata su nieto primero y, después, su hijo me revive para matarme de nuevo, eso sin pensar en lo que Olaya pueda hacerme.
—Esa qué te va a hacer, si es una arpía, siempre está en mi contra conspirando; ayúdame, hombre, no te quedes mirándome.
—Señor, que no hay nada en este baúl.
—Eso es que te lo crees tú, tráete un destornillador, qué costumbre tiene mi hijo de cerrar mis cosas con llave, ¿le tocaré yo sus cosas?
—Señor, si ya miramos la semana pasada en estos baúles y no encontró nada.
—Me estás poniendo muy nervioso, Juanito, que tienen que estar aquí.
Siguen de expedición en las habitaciones de arriba, hoy toca en los baúles. De repente, se le cruza una imagen por la cabeza, hoy está teniendo demasiados impedimentos mentales.
—Tiene que ser este baúl, este destornillador no me sirve, venga, hombre, no te quedes ahí pasmado, que te pareces a la dama boba. Lo sabía, estaba aquí.
Consigue abrir el baúl y, al hacerlo, se inunda la oscura habitación de destellos y figuritas que bailan al son de una cajita de música. La acaricia, la besa, huele la madera; esa música le hace ver el día que se la regaló a Jacinta, su mujer. Puede ver a su esposa frente a él, esta lo mira enamorada, tiernamente. También se ve a sí mismo con miedo, cargo de conciencia.
—Señor, su nieto vendrá pronto, me está escribiendo mensajes preguntándome dónde estamos, que no nos ve por las cámaras en el patio, ni en el dormitorio, ni en el baño… que, al final, acabará poniendo cámaras hasta en el infierno.
Él sigue abrazado a esa cajita de música que regaló a su esposa. No se la regaló por cumpleaños, Reyes, ni nada de eso, sino para redimir su culpa por haberle hecho el amor a la criada esa mañana. Recuerda cómo le corroía la mente, la contradicción hacia su esposa, la pasión hacia la criada. Siente esos nervios que ardieron aquel día por todo su cuerpo.
—Mire, señor, lo que me dice su nieto, que le va a poner cámaras hasta en el infierno. —Ni caso.
6 Celos en el Valle de la luz
Viernes, diez y media de la noche.
—Ellos se han cogido el mejor sitio —reprocha Noelia con la linterna enfocando su cara, en lugar de utilizarla para montar la tienda de campaña.
—Pareces un fantasma —le dice a carcajadas Teresa.
—Alúmbrame —le pide Jesús—, con las pocas ganas que tenía de venir a este asqueroso lugar…
—Extiende bien la tela, anda… pero así no es, déjame a mí.
—Que no veo nada.
—Que la estás pisando, quita los pies.
—Que me caigo, estúpido.
—¿Quieres quitar tu culo de encima? Menudo pedo llevas, tardaré el doble. ¿Dónde has puesto las piquetas? ¿Y el martillo? ¡Quieres alumbrar aquí!
—¿Habéis terminado, Sofí? —pregunta Noelia haciéndole la pelota—. Ayúdame, porfa.
—Sí, voy —comenta Sofí mientras se pone un pantalón vaquero tres centímetros más largos que el bikini.
—Venga, ¡tío! Échanos una mano.
Noelia los observa, en milésimas de segundo se llena de celos irracionales. Mira a Roberto, no lo piensa, se hace la torpe en la oscuridad acercándose a él, resbala a su lado haciéndose la despistada. Queda colgada en sus hombros, se acerca a su cuello con la respiración acelerada. Desliza sus manos por la espalda, lo abraza, frota sus grandes pechos tan solo cubiertos por los centímetros de tela del bikini. Crea la farsa que se ha equivocado ante Jesús y Sofí, que la miran atónitos.
—Perdón, pensé que era Jesús. —Cosa a la que Roberto no da importancia alguna.
—¿Qué haces? —pregunta Jesús con vergüenza.
—Nada, es que no veo nada.
—¿Quieres alumbrarme al menos? ¡Que enfoques aquí la luz!
—¿Qué?
—Joder, te dije que no bebieras, que enfoques la luz aquí. —Roberto no le da importancia alguna, les ayuda a poner la tienda de campaña—. Ya está bien, no bebas más, ¡joder! —Jesús le regaña bajito—. Que no puedes beber alcohol con la medicación, te lo saltas todo a la torera.
—Que me dejes a mi aire. ¿Quién te crees que eres para darme órdenes? Tú me vas a prohibir que beba, ¡ja! —Noelia rebotada se marcha.
—¡Noé! ¡Noé! escucha… escucha. —Sofí sale tras ella tranquilizándola, pero Noelia no entra en razón.
—Estás un poquito subidita.
—¿Quién, yo?
—Sí, Sofí, tú.
—¿Por qué dices eso?
—Es que siempre tú todo lo haces bien; tú, la perfecta; tú, la mejor. Siempre tú: la magnífica.
—No digas tonterías… —Noelia da patadas a todo.
—Ya, ¡joder! Encima que está ayudándonos, le echas la bronca.
