El agente caído - Christoffer Carlsson - E-Book

El agente caído E-Book

Christoffer Carlsson

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Beschreibung

En un oscuro callejón de Estocolmo aparece muerto el cuerpo de Thomas Heber, un profesor universitario. Le asignan el caso a Leo Junker y a su antiguo rival, Gabriel Birck. Leo, que sigue sin atravesar uno de sus mejores momentos, acaba de volver a la unidad de homicidios tras una larga ausencia. Aún abusa de los fármacos para luchar contra sus viejos demonios del pasado, pero trata de aparentar total normalidad para acometer su trabajo. Junker y Birck apenas tienen pistas para investigar, sólo unas notas misteriosas del difunto que indican que hay más personas en peligro, pero ¿quiénes? ¿Qué delicada información poseía Heber? Cuando sus investigaciones apuntan a grupos marginales de extrema violencia, súbitamente son apartados del caso para dárselo a otra unidad. Leo se da cuenta de que no están ni ante un delito común ni ante un crimen aislado. "El agente caído" es una novela de amistades y traiciones, fidelidades y doble lealtades. Christoffer Carlsson, uno de los más destacados escritores actuales de la novela negra escandinava, como ya hizo en El hombre invisible de Salem, a través de la atormentada vida de Leo Junker nos introduce en una Suecia alejada de la imagen acuñada de estado de bienestar que todos tenemos. Nos sumerge en los fríos y sombríos bajos fondos de Estocolmo, esos de los que nunca se habla, un sórdido ambiente en el que prima la violencia y la obediencia ciega es la ley.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Christoffer Carlsson

El agente caído

Traducido del sueco por Carmen Montes Cano

Índice

I. Who comes around on a special night?

12/12

13/12

II. A Town Full of Heroes and Villains

14/12

15/12

16/12

III. Like a Ghost

17/12

18/12

20/12

21/12

IV. Some Day Soon We All Will Be Together

22/12

23/12

24/12

Agradecimientos

Créditos

Para Mela, siempre

WILLARD: Me dijeron que se había vuelto loco, y que sus métodos eran anormales.

KURTZ: ¿Y son anormales?

WILLARD: Es que no veo ningún método, señor.

Apocalypse Now

FUE AQUEL INVIERNO en que la tormenta arrasaba.

Murió un investigador universitario, había un dictáfono que iba de mano en mano por Estocolmo y, llegara adonde llegara, siempre parecía causar problemas. Una manifestación degeneró y dos que en su día fueron amigos se vieron en los balancines en los que solían jugar de niños.

En el fondo del lago Mälaren había un teléfono móvil que no tenía la menor importancia para lo que estaba ocurriendo, salvo que fue el culpable quien lo arrojó al agua. En una cama de hospital yacía un hombre moribundo, y sus últimas palabras fueron Denzasuega y Dese. A saber qué significaban. Solo se aclararía cuando fuera demasiado tarde. Y todo el tiempo se oía el tictac del reloj que avanzaba hacia el punto cero, el 21 de diciembre.

Fue una historia extraña y complicada, como todo el mundo convino después. Pero ¿de verdad lo fue? Tal vez se tratara de una historia muy sencilla, en realidad; incluso banal, porque todo esto ocurrió el mismo invierno en que un hombre traicionó a otro y, seguramente, ese fue el principio del fin.

La cosa ocurrió, por lo que yo sé, más o menos de la siguiente manera.

I

WHO COMES AROUNDON A SPECIAL NIGHT?

12/12

SOLO UNA COSA es segura: la ciudad está asustada. Ahora ha enseñado su verdadera cara, estoy convencido. Se le oye en el pulso si te acercas lo bastante y te atreves a pegar la oreja, si de verdad escuchas el tictac. Tensa y nerviosa, así está; impredecible. Una bombilla que ha empezado a parpadear a punto de apagarse para siempre, pero nadie se fija en ello. Nadie lo ve.

Sin embargo, sí que toca la campana solitaria de una iglesia. Es medianoche, y la nieve cae liviana y lenta. Las farolas frías arrancan destellos plateados a los copos, que se vuelven transparentes. De un pub de la zona se oye el retumbar de un bajo, alguien que canta oh, I wish it could be Christmas every day, y los frenos de un coche chirrían unos metros más allá. El conductor se emplea a fondo con el claxon.

Y en la distancia: sirenas. Es una de esas noches.

Uno de los callejones que arrancan de la calle de Döbelnsgatan es corto y estrecho. Si estiras los brazos, casi puedes tocar los ladrillos raídos de uno y otro lado, así de estrecho es. Y oscuro. Las fachadas se yerguen altas en el centro de la ciudad, y ha pasado mucho tiempo desde la última vez que el sol bañó el asfalto desgastado.

Ese callejón desemboca en un patio interior no muy pequeño. A lo largo de las paredes hay hileras de contenedores de plástico verde llenos de basura. Los cubre una fina capa de nieve. Al levantar la vista, se distingue un trozo de cielo allá arriba, enmarcado por las fachadas de los edificios.

Una mujer con un mono azul claro levanta una lona grande de color blanco que cubre una parte del patio. Bajo la lona hay un hombre tumbado boca arriba. Lleva un grueso abrigo desabrochado, una bufanda de lana, unos vaqueros gris oscuro y unas botas negras. Cuatro focos muy potentes lo iluminan entero. A su lado se ve una mochila de la marca Fjällräven bastante gastada, está abierta. Por la abertura asoman las pertenencias: un libro, un tarjetero, un par de calcetines gruesos, un llavero, algo de dinero. El hombre llevaba guantes, pero se los ha quitado. Asoman por los bolsillos del abrigo.

Andará entre los treinta y los cuarenta años, tiene el pelo oscuro, corto y bien peinado, barba de varios días y la cara angulosa. Tiene los ojos cerrados, así que no se le ve el color, y quizá sea lo mejor, por el momento.

Espero a unos metros de la lona con las manos en los bolsillos del abrigo y dando zapatazos en el suelo, como si estuviera impaciente. Lo que pasa en realidad es que tengo frío. En lo alto, en una de las ventanas que dan al patio, se ve brillar una estrella de Navidad de color rojo. Es tan grande como el neumático de un coche y detrás se atisba una cara. Un niño.

—¿Lleva ahí mucho rato?

La mujer del mono azul, Victoria Mauritzon, que está en cuclillas, a punto de abrir el maletín, se da la vuelta.

—¿Quién?

Como no quiero que se me enfríen las manos, señalo hacia la ventana con la cabeza, sin sacarlas de los bolsillos.

—El niño.

Mauritzon sigue la trayectoria de mi mirada.

—Ah. —Entorna los ojos por el resplandor de la nieve—. No lo sé.

Mauritzon vuelve al trabajo. Levanta una cámara, ajusta algo en el cuadro y hace sesenta y ocho fotografías del muerto y del mundo que lo rodea.

Las luces azules recorren mudas las fachadas, y a lo lejos aletean las cintas policiales de color blanco y azul. Unos transeúntes se han detenido y lo observan todo con la esperanza de ver algo. De vez en cuando centellea el flash de un teléfono móvil.

Mauritzon ha dejado la cámara en el maletín y, con mucho cuidado, le introduce en el oído un termómetro digital.

—Es bastante reciente —dice.

—¿Cuánto?

—Una hora, puede que ni eso. Estoy menos segura de lo normal. Este método solo ofrece una apreciación general, pero no he podido traerme el otro.

—¿Cómo murió?

—Ni idea. —Saca el termómetro, lo lee y anota algo en el impreso—. Pero está muerto, desde luego.

Entro con cuidado bajo el techo de lona y me agacho al lado de la mochila. Mauritzon me da un par de guantes de látex y, muy a mi pesar, saco las manos de los bolsillos. Con los guantes parece que tenga la piel más pálida y los dedos más huesudos todavía.

Empiezo a sentir cierto mareo y me sube por la espalda un calor que se convierte en un sudor frío. Espero que Mauritzon no se dé cuenta.

—Parece una persona decente —dice con la mirada puesta en el muerto—. No exactamente el tipo de persona que uno espera encontrarse muerta en un patio interior.

—Puede que hubiera quedado con alguien.

Saco el tarjetero. Es negro, y de piel. De los bolsillos sobresalen varias tarjetas, una de crédito, una de identidad, una especie de pase de color blanco, con un rebuscado emblema de color azul y la leyenda «Universidad de Estocolmo» en el mismo color. Saco la identificación y trago saliva un par de veces para controlar las náuseas.

—Thomas Markus Heber. —Comparo la foto con la cara del muerto—. Parece que es él. Nacido en el 78.

Tomo nota del número personal con la sensación de estar robándole algo, antes de devolver el documento al tarjetero, y me vuelvo hacia el resto de los objetos que se han salido de la mochila. El llavero no desvela nada, salvo que el muerto no tenía coche. Tres llaves: una, la de su casa; otra que no conseguimos identificar de antemano pero que, seguramente, es la del trabajo, y la de una bicicleta. Los calcetines son gruesos y están secos, aunque se ven usados. El olor recuerda al que notamos al meter la nariz en un zapato.

El libro, The Chalk Circle Man, es de Fred Vargas. La portada está un tanto desgastada y hacia la mitad del libro hay una esquina doblada. Abro por la página en cuestión y poso la mirada en el primer renglón.

Can’t think of anything to think.

SOPESO EL SIGNIFICADO de la frase antes de cerrar el libro, lo devuelvo a su lugar y me levanto. Es mi duodécimo día después de la vuelta al trabajo, el segundo de guardia nocturna.

La cuestión es qué coño hago aquí.

La sección de Delitos Violentos responsable de la zona centro y de Norrmalm es la que, según los policías, se conoce como el «Nido de Víboras». Gente colocada de cualquier cosa que da puñetazos, patadas y navajazos, que se pegan tiros, drogadictos y traficantes que aparecen con un agujero en la nuca en algún sótano, mujeres que matan a palos a hombres y hombres que matan a palos a mujeres, armas y partidas de droga que cambian de propietario, tumultos, manifestaciones, viajes de locos y vehículos incendiados. Ese es el Nido de Víboras. Y ahora esto, un hombre bien vestido y de mediana edad que muere en un patio trasero. Nadie está a salvo.

En teoría me tuvieron fuera de combate hasta final de año. Antes de esa fecha era impensable que me restituyeran en el servicio activo. Sobre todo después de lo que ocurrió a finales de verano. Puede que fuera una conversación con el psicólogo lo que cambió esa circunstancia.

El psicólogo era de los que valoran a sus clientes por el dinero, y yo había dejado de ser una inversión lucrativa. Nuestras larguísimas sesiones consistían en que unas veces rompía a llorar, otras me quedaba callado fumando, a pesar de que no estaba permitido. El psicólogo parecía aburrido, más que nada, se miraba la cara bronceada en el espejo que había a mi espalda y se pasaba la mano por el pelo, peinado a la perfección.

—¿Cómo te va con el Sobril? —preguntó.

—Bien. Trato de reducirlo.

Una chispa le asomó a los ojos.

—Bien, Leo. —Anotó algo en el cuaderno—. Bien, eso está bien. Es un gran paso.

Poco después el psicólogo consideró que ya no necesitaba su ayuda, así que, unos días más tarde, me sometieron a una revisión médica de una sencillez ridícula, y el que me examinó no vio ningún motivo que me impidiera volver a servir a la justicia.

Puede que se debiera a que no dije ni una palabra sobre las pesadillas ni las alucinaciones esporádicas. Tampoco dije nada de esos impulsos tan raros que me daban a veces de querer estrellar un vaso contra la pared, de romper una silla, de atizarle a alguien un puñetazo en la cara. Por alguna razón, tampoco me lo preguntaron, y, si lo hubieran hecho, no habría dicho la verdad. Si algo he aprendido es que, en el seno de la Policía, no es difícil librarse mintiendo.

La unidad de Asuntos Internos quedaba descartada, teniendo en cuenta lo ocurrido, pero al menos deberían haberme permitido empezar en un puesto administrativo en algún sitio, quizá en Robos o en Delitos Sexuales. En cualquier sitio en el rincón más recóndito y polvoriento de la burocracia en el que no pudiera hacer ningún daño digno de mención.

Pero no.

Me tuvieron que mandar otra vez al Nido de Víboras en el que me instruyó Levin en su día. La Dirección Nacional de la Policía ha inundado el distrito de recursos, y puede que sea esa la razón por la que estoy aquí. Aumentar los recursos no ayuda mucho que digamos, por lo que yo sé. El desenfreno de la gran ciudad puede volver loca a la gente, dicen, y quienes más locos se vuelven son aquellos que se encuentran en la fuente del desenfreno, en el corazón de la ciudad. No es ningún secreto. Todo aquel que se ha ganado la vida alguna vez en el Nido de Víboras lo sabe.

ME QUITO LOS guantes de látex. El niño sigue allá arriba, medio escondido por la gran estrella reluciente. Seis, puede que siete años, no más, con los ojos grandes y los rizos oscuros. Lo saludo con la mano y me sorprendo al ver que hace lo mismo con gesto inexpresivo.

—Alguien debería hablar con él.

—¿Con quién? —dice Mauritzon.

—Con el niño.

—Ya irán a verlo, en su momento.

Mauritzon tiene razón. Es tarde y no hay luz en casi ninguna de las ventanas que dan al patio, pero cada vez se van encendiendo más y más, a medida que mis colegas, que ya han empezado la ronda por el edificio, van llamando de puerta en puerta y despertando a los vecinos. Entre tanto, yo saco un Sobril del bolsillo interior del abrigo, el primero desde que empezó el servicio. Es pequeño y redondo como la o de un teclado de ordenador.

Ver la pastilla, solo con tenerla en la mano se me hace la boca agua y noto que disminuyen los sudores. Ya la noto, la sensación de verme poco a poco envuelto en algodón, y cómo el mundo recobra las proporciones adecuadas. Sostengo un instante la pastilla en la mano, antes de devolverla al bolsillo para arrepentirme en seguida de no habérmela llevado a la boca.

—¿Dónde está el teléfono móvil? —pregunto, y me noto la voz de un pastoso antinatural.

—¿El del muerto? Ni idea. Igual lo tiene debajo. Me haría falta darle la vuelta, quiero verle la espalda.

Mauritzon llama con una seña a dos ayudantes de policía uniformados. Tienen diez años menos que yo y están temblando, puede que de frío. Les da unos guantes de látex y entre los tres giran el cadáver con cuidado, para que Mauritzon pueda examinar la espalda y la parte posterior de las piernas.

Debajo del cuerpo de Thomas Heber el suelo es de color rojizo. La sangre ha derretido la nieve, que se ha convertido en una plasta morada y rojiza.

—Qué raro que haya tan poca sangre —digo.

—Es por el frío —responde Mauritzon con un murmullo, mientras examina la espalda mojada del abrigo—. Con el frío, las funciones vitales del cuerpo se ralentizan mucho antes. —Frunce el entrecejo—. Ahí tenemos algo.

Una raja visible en la espalda, más o menos a la altura del corazón.

—¿De una navaja?

—Eso parece. —Se dirige a los dos ayudantes—. Devolvedlo a la posición inicial. Despacio.

—Y llamad a Gabriel Birck —digo.

—¿No está de permiso? —pregunta uno de los ayudantes.

—Sí, oficialmente, así es.

—¿Y no puede esperar a mañana?

Paseo la mirada del cadáver de Thomas Heber al ayudante. Vuelven las náuseas y se me acelera el pulso. Me acecha el pánico, unos seres que salen arrastrándose de las profundidades de la tierra y alargan el brazo para atraparme.

—¿A ti qué te parece? —le suelto—. Necesitamos a alguien que dirija la investigación.

El ayudante mira a su colega.

—Avísale, venga —dice.

—Te lo ha dicho a ti.

—Que le avises —mascullo entre dientes, y noto que las fachadas que nos rodean se acercan, las fachadas, que están a punto de caer y, al caer, me aplastarán.

Los ayudantes se alejan con un suspiro. Mauritzon vuelve a su examen del cadáver. En el bar de por allí cerca alguien canta oh, what a laugh it would have been if daddy had seen mommy kissing Santa Claus that night, y Mauritzon tararea la musiquilla.

Puede que sea el bar y el simple hecho de pensar en el alcohol lo que hace que me vuelvan los sudores y me corran por todo el cuerpo, que salgan por los poros y me dejen sin respiración. Me alejo del lugar de los hechos con paso redoblado, salgo del callejón y llego a la calle de Döbelnsgatan, y, la verdad, no sé si se nota mucho o poco, pero voy dando traspiés, vacilo y empiezo a jadear, me falta el aire. Respirar, no puedo respirar.

Se me nubla la vista y en algún punto entre el cadáver y el límite de la cinta policial me apoyo en la fachada. El ladrillo está frío y duro, pero ese apoyo es lo único que me impide caer; y entonces se me revuelve el estómago y me quedo doblado. De la garganta y de la boca sale un torrente con los restos de una salchicha a medio digerir, pan y café, todo es un mejunje maloliente que cae en la nieve helada con un chapoteo.

Me fallan los músculos y caigo de rodillas, noto cómo me sube el frío muslos arriba por los vaqueros, pero es por una sensación de entumecimiento que ahogan el sudor, los temblores, el carraspeo bronco de la garganta y la convicción de que la vida va a acabar así.

—Vaya, parece que a la gente curtida también le puede afectar el asesinato —oigo que dice uno de los ayudantes.

Los flashes de los fotógrafos lanzan destellos. Todo es una niebla densa. No cierro los ojos, pero los tengo llenos de lágrimas después de haber vomitado. Todo se me antoja turbio. Me quema la garganta, se me encoge el estómago.

Con una mano apoyada en los ladrillos de la fachada y la otra hurgando en el bolsillo del abrigo, me levanto por fin. No es la primera vez que me ocurre. ¿Cuándo me tomé el último? Debe de ser hace dos días. ¿De verdad que no hace más? Sigo cayendo, más profundo, hasta el fondo de mí.

No es la ciudad la que tiene miedo, no es Estocolmo la que es una bombilla a punto de apagarse. Soy yo.

LA PUERTA ES pesada, está fría y en la ranura del buzón se lee «THYRELL». Dirijo un índice tembloroso hacia el timbre antes de decidir que mejor llamo con la mano. Los niños tienen algo de impredecible que me pone nervioso.

Estoy mareado, pero el Sobril empieza a surtir efecto y poco a poco me envuelve una tenue neblina. Me siguen fallando las piernas, pero el sudor frío se ha secado y me siento la piel áspera. No acabo de pegar los nudillos a la madera cuando se oye movimiento en el interior, como si me estuvieran esperando. Giran el picaporte con un clic y la puerta se abre; despacio.

Es un niño escuálido, ojeroso y tan pálido que, de entrada, me parece que tiene la piel transparente.

—Estoy enfermo —dice.

—Vale, no pasa nada.

—Neumonía —aclara el niño muy despacio, como si la palabra le exigiera un gran esfuerzo.

—¿Cómo te llamas?

—John. ¿Y tú?

—John es un buen nombre. Yo me llamo Leo, soy policía. ¿Están en casa tu madre o tu padre?

—Mi padre está de viaje.

Detrás de él, en algún sitio, se abre una puerta, por la que asoma una mujer de mi edad con cara somnolienta. Lleva un camisón con un estampado de Bob Dylan descolorido.

—John, ¿has abierto la puerta? —pregunta al tiempo que le pone las manos en los hombros—. ¿Qué ocurre?

—Es que… —Dudo un instante—. Soy policía. Se ha producido un incidente abajo, en el patio, y puede ser que John lo haya visto. Me gustaría hablar con él.

—¿Me puedes enseñar la acreditación?

Hago lo que me pide.

—¿Tenéis que hablar con él ahora?

—Sí, si puede ser.

John aprieta los labios, como si estuviera sopesando las ventajas y los inconvenientes de permitir que entre en su casa un desconocido. Al final se aparta y me deja pasar.

—Tienes que quitarte los zapatos —dice.

—Por supuesto. ¿Cuántos años tienes, John?

—Seis —dice la mujer.

Se presenta como Amanda. Tiene la mano templada. El vestíbulo es pequeño, corto y estrecho, conduce a un salón más o menos grande, para llegar al cual hemos pasado una cocina y la puerta entreabierta del dormitorio de los padres de John. Me planto al lado de la enorme estrella de Navidad que brilla clara y rojiza en el alféizar de la ventana.

—¿Qué es lo que se supone que ha visto? —pregunta la mujer.

—Cuando me has visto ahí abajo, John, antes, cuando nos hemos saludado con la mano, ¿verdad que estabas en esta ventana?

—Sí.

—¿Qué es lo que ha visto?

Amanda se acerca y mira hacia el patio, contiene la respiración y se tapa la boca con la mano.

—Madre mía.

Le pregunta a John si está bien. Si de verdad tiene ganas de hablar conmigo.

—Sí.

—Vale. Voy a… —Trata de serenarse—. Me parece que voy a poner un té. ¿Tú quieres, John?

El niño se encoge de hombros. Ella se aleja con pasos inseguros.

Apoyo las manos en los muslos y me inclino hacia delante para tratar de ver el mundo de allá abajo tal y como ha debido de verlo él. Incluso así, hay una vista clara del patio, y en estos momentos Mauritzon está quitándole los zapatos al muerto. Alrededor del cadáver se mueven ahora varias personas, y a juzgar por los gestos de Mauritzon, esa circunstancia no la ha puesto de mejor humor.

—Hueles mal —dice el niño.

—¿Ah, sí?

—Hueles a vómito.

—Es la cazadora. Los policías nos las vemos a veces con personas que vomitan, y no siempre nos apartamos a tiempo.

—Y los ojos. —El niño entorna la vista con suspicacia—. Los tienes rojos.

—Llevo mucho sin dormir.

John sopesa el grado de verdad de esa afirmación antes de rendirse, al menos en apariencia.

—Ahí abajo hay alguien.

—Sí. —Me levanto—. Eso es.

—Está muerto, ¿verdad?

—Sí.

Busco algún sitio en el que sentarme y veo un sillón de piel enorme al lado de una mesa baja de cristal. Me siento en uno de los brazos, que son muy anchos, y en ese momento John empieza a toser, con una tos violenta y ronca. Los pulmones borbotean como una tubería en mal estado y el niño hace una mueca de dolor, se pone rojo.

Amanda parece haber olvidado para qué ha ido a la cocina, o ha cambiado de idea mientras se dirigía allí. Vuelve con un vaso de agua, lo deja en la mesa, se sienta en el sofá y se cubre las piernas con una manta.

—Quisiera estar presente.

—Por supuesto. —Miro hacia la ventana—. Me has visto antes cuando estaba ahí abajo, ¿verdad, John?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo llevabas en la ventana?

El niño se cruza de brazos.

—Un rato, no mucho.

—¿Podrías contarme lo que viste cuando te asomaste a la ventana? ¿Qué estaba pasando ahí abajo?

—No estaba pasando nada.

—¿No había nadie?

Niega con la cabeza.

—Pero luego sí vino uno.

—¿Cuándo?

John vuelve a toser, con menos violencia en esta ocasión.

—Si me preguntas por la hora, es que todavía no la sé.

—Exacto, pregunto por la hora. —Dudo un poco—. Pero no pasa nada. ¿Quién entró en el patio?

—Un chico. El que ahora está ahí tumbado.

—¿Cómo sabes que era él?

—Porque creo que era él.

Ahogo un suspiro. Niños.

—¿Estaba solo?

—Sí.

—¿Qué ocurrió después? —pregunto.

—No estoy seguro. Tuve que ir al cuarto de baño, y cuando volví, ya estaba donde está ahora.

—¿Y seguía solo?

—No. A su lado había otro registrándole la mochila.

—¿Sabrías decirme cómo era?

John reflexiona un momento.

—Vestido de negro.

—¿Alto o bajo?

John me mira de abajo arriba.

—Como tú, más o menos.

—¿De qué color tenía el pelo, lo viste?

—No. Llevaba un gorro.

—¿Era uno de esos gorros que se bajan y tapan toda la cara?

La pregunta le arranca al niño una risa, un sonido como un cacareo profundo y agradable que hace que se me encoja el estómago de cariño. La risa se convierte en tos y a John se le vuelve a poner la cara roja.

—Bebe agua, tesoro —dice Amanda.

Le ofrezco el vaso. John toma un sorbo. Hace una mueca, como de dolor.

—No —dice—. Qué va, así no se llevan los gorros.

—O sea, cuando volviste del cuarto de baño, al lado del chico había alguien que estaba mirando en la mochila, ¿no?

—Sí.

—¿Y encontró algo?

—No vi lo que era.

—Pero entonces, sí encontró algo.

—Sí. Y luego se fue.

—¿En qué dirección? —Señalo hacia la ventana y el chico sigue el dedo con la mirada—. ¿Hacia allá o hacia el otro lado?

—Al primero.

De vuelta al centro.

—Y luego —continúa el niño—, también se fue el otro.

—¿El otro? ¿El que está ahí abajo?

—No. El que estaba escondido.

—¿Había ahí abajo otra persona que estaba escondida? —Levanto la mano y estiro el pulgar—. Primero llegó el que está ahí abajo.

El niño asiente. Estiro el índice.

—Luego vino el que registró la mochila.

John vuelve a asentir. Y estiro el dedo corazón.

—Y luego, apareció un tercero.

—Sí. —John parece satisfecho, como si hubiera llevado a cabo la gran hazaña de conseguir que un adulto comprenda algo—. Eso es.

—¿Y el último era un chico o una chica?

—No lo sé.

—¿Cómo tenía el pelo, largo o corto?

—No lo vi.

—¿Dónde se escondía?

—Detrás de uno de los contenedores verdes. Cuando se fue el que había estado registrando la mochila, el otro salió y se fue también.

—¿Cómo se movía? ¿Rápido o despacio?

—Bastante rápido.

—¿Con agilidad? Quiero decir —le explico al chico, que no comprende la pregunta—, ¿parecía torpe? ¿Caminaba derecho o no, iba cayéndose o tropezando o algo así?

John niega con la cabeza.

—No, él… se fue y ya está.

—O sea que a lo mejor sí era un chico, ¿no?

—No, no lo sé. Es que no lo vi. El que ha dicho «él» eres tú.

El niño tiene razón. No añado nada más, sino que me acerco a la ventana. Los potentes focos que iluminan el cadáver resultan cegadores. Mauritzon le está haciendo algo así como la pedicura.

—Mientras estabas aquí, ¿has estado solo todo el rato?

—Sí.

—¿Tú no te has levantado en ningún momento? —le pregunto a Amanda.

—No.

Me mira como si la hubiera ofendido.

—Lo siento, no quería decir… —Ella no responde, y me vuelvo al chico—. Muy bien, John. Gracias, me has sido de gran ayuda. Me has dicho cosas muy importantes, cosas que pueden sernos de utilidad.

—Está muerto —dice otra vez el niño—. El de ahí abajo.

—Sí, así es. De eso al menos sí que podemos estar seguros.

Gracias a la estrella de Navidad, el fondo desaparece derritiéndose y la nieve que cae fuera en la noche invernal se convierte en un fango borroso y negruzco.

—¿Te vas ya? —pregunta el niño.

—Sí, creo que sí.

—Pues feliz día de Santa Lucía. —Desliza la mirada hacia el vestíbulo—. No te olvides los zapatos.

ABAJO, JUNTO AL muerto, han cambiado muchas cosas y, al mismo tiempo, no ha cambiado nada. Ya no lleva zapatos, y también le han quitado el abrigo. A cierta distancia apenas se puede ver el cadáver, pues queda oculto detrás de todas las personas que se mueven alrededor. Fuera, algo retirado, en el límite que marca el cordón policial, espera el que podría ser el coche de un civil cualquiera pero que pertenece al Expressen o al Aftonbladet. De los ayudantes no hay ni rastro. Estarán recuperándose después de haber llamado a Gabriel Birck. Hace más frío si cabe, o, al menos, esa es la sensación. Pero los cambios de ese tipo son irrelevantes, porque el muerto sigue igual de muerto, la nieve sigue cayendo incesantemente, igual que antes, y hay noches en que ese tipo de cosas son lo único que importa.

—¿Quién ha dado el aviso? —pregunto con el móvil en la mano.

Ya no confío en mi memoria y necesito resumir la conversación con el niño, pero no tengo otro sitio donde escribirla que en el móvil. Uno de los policías uniformados tiene un cuaderno en una mano y un bocadillo de jamón y queso a medio comer en la otra. Se llama Fredrik Markström, es un joven ayudante de Norrland, y tiene las espaldas de un levantador de pesas.

—A ver —dice mientras pasa las hojas hacia atrás—. Ha sido una llamada anónima efectuada desde un móvil. La persona en cuestión tenía la voz rara, como si la estuviera distorsionando. Y eso es lo que sabemos. He pedido una copia de la conversación telefónica para que te la envíen. El agente de guardia ha intentado tomar nota del nombre, pero parece que el informante le ha colgado sin más. Menos mal que han decidido enviar a alguien a pesar de todo.

—Ya, y te han enviado a ti, ¿no?

—A mí y a Hall —dice Markström, y le da otro mordisco al bocadillo.

Åsa Hall es de Gotemburgo y, en lo esencial, el polo opuesto de Fredrik Markström: habladora, menuda y alegre.

—¿Quiénes vinieron después de vosotros?

—Larsson y Leifby.

—¿Larsson y Leifby?

—Pues sí.

—¿Y qué coño estaban haciendo ellos en el centro?

Markström da otro bocado.

—Ni idea. Decían que estaban por aquí cerca.

Larsson y Leifby son dos policías de seguridad ciudadana de Huddinge, y pertenecen al tipo que rara vez puede representar al cuerpo en las jornadas de reclutamiento y de puertas abiertas. El uno tiene miedo a las alturas, y el otro, a los disparos, dos fallos que se pueden calificar como mínimo de inapropiados en un policía. Además, son tan sensacionalistas como los periódicos de la tarde.

Cuando Markström y Hall llegaron al lugar de los hechos, actuaron conforme a lo que manda el reglamento. Les pidieron a Larsson y a Leifby que hablaran con los posibles testigos. No veo a ninguno de los dos, y me pregunto si eso es bueno.

Me dirijo a los contenedores que cubren las paredes del patio. Despiden un olor agrio. Me arrodillo delante de ellos, otra vez siento el aguijón del frío que atraviesa los vaqueros y sube del suelo hacia los muslos, pero ahora tengo los sentidos adormecidos y el frío es más sordo, más soportable.

La fina capa de nieve que hay detrás de uno de los contenedores no está intacta. Ahí ha habido alguien moviéndose de un lado a otro. Las pisadas no se distinguen bien. Botas, pero gastadas, como las que lleva una persona que no puede permitirse comprarse unas nuevas todos los años.

—Victoria —digo en voz baja, y Mauritzon levanta la vista del cadáver—. Yo creo que aquí había alguien.

Mauritzon hace una anotación en el cuaderno que tiene enganchado en el bolsillo de la pechera del mono.

Salgo a la calle y recorro la acera, dejo atrás el cordón policial y me fumo un cigarro. La música zumba en el pub, una canción antigua en una versión nueva que se puede bailar. Recuerdo la melodía de mi adolescencia y, por un instante, desearía tener quince años menos, estar estudiando aún, que el futuro estuviera más por escribir.

En el bolsillo interior del abrigo me vibra el móvil de repente, y recibo un mensaje de Sam.

¿estás dormido?

no, tengo guardia.

¿una buena noche?

Me pienso la respuesta, doy una calada.

no está mal, decido al fin; asesinato en vasastan, continúo, pero luego me arrepiento, lo borro y añado: ¿y tú?

te echo de menos, es la respuesta, y yo desearía estar en otro sitio.

¿mañana?

sí, mañana va bien.

Me pregunto qué querrá decir eso. Sam casi siempre cancela la cita o la posponecuando vamos a vernos.

Un hombre bien vestido y con el pelo bien peinado se acerca caminando por la nieve con el abrigo abierto aleteándole detrás. Levanta la mano sin decir nada y se percata del cigarro que tengo entre los dedos, lo mira con un asco que, a medida que va avanzando, se convierte en añoranza.

—Feliz Santa Lucía —digo.

—¿Me das la última? —pregunta.

Le doy a Gabriel Birck el cigarrillo a medio fumar y él le chupa el resto que le queda de vida.

—No sabía que fumaras.

—Tú no sabes muchas cosas. ¿Quién es el jefe de la investigación?

—Tú.

—¿Yo? Necesitamos un comisario. ¿Dónde está Morelius?

—De permiso.

Birck levanta la vista al cielo.

—Pues que traigan a Calander. Él no está de permiso, lo sé perfectamente porque hace unas horas que lo he visto en el quiosco de perritos de la plaza de Sankt Eriksplan y parecía de lo más apto para trabajar.

—Está liadísimo con el tío del hacha de la calle Tegnérgatan.

—Mierda. ¿Y Bäckström? Es mejor que nada.

Niego con la cabeza.

—Se lo hemos prestado a la Judicial Central.

Birck aplasta las últimas ascuas contra la fachada y hace amago de irse, pero se detiene, olfatea el aire.

—¿Has vomitado?

—No.

—Pues hueles a vomitona.

—Que no he vomitado.

—Pues alguien te ha vomitado encima.

—No ha sido hoy.

La respuesta le arranca a Birck una risotada. Saca un par de guantes del bolsillo del abrigo.

—¿Dónde está?

—En el patio.

—Tenemos un testigo —anuncio mirando hacia la ventana en la que aún brilla la estrella de Navidad—. John Thyrell. Con toda probabilidad, ha visto al asesino.

—¿Cómo lo sabes?

—He estado hablando con él.

—¿Y qué ha visto?

—Pues bastante, diría yo, pero…

—¿Qué?

—Según su madre, tiene seis años.

—Seis años. —Birck tuerce la boca—. Maravilloso.

Está en cuclillas al lado de la cara serena y apagada de Thomas Heber. El tarjetero está en su sitio, en la mochila, así que lo coge y saca el documento de identidad.

—Un hombre guapo.

—Ellos también mueren —dice Mauritzon.

Birck deja el documento en el tarjetero, y el tarjetero en el suelo, y se levanta, se orienta unos minutos por el lugar de los hechos.

—Heber llega aquí —digo—. Se coloca aquí. Puede que la otra persona ya esté ahí, detrás de alguno de los contenedores. Seguramente es así. Luego aparece una tercera persona, el que le clava la navaja a Heber. Teniendo en cuenta que el navajazo entra por la espalda, lo más verosímil es que se le acercara por detrás. Heber cae y, mientras está en el suelo, el asesino se pone a hurgar en su mochila, encuentra lo que busca, podemos suponer, y luego abandona el sitio, seguramente con el móvil de Heber en el bolsillo, dado que no lo hemos encontrado. Se dirige al centro. Después, la persona que está detrás del contenedor se marcha también, según el testigo. Puede que sea el del contenedor el que hace la llamada. La cuestión es qué está haciendo aquí. O bien está involucrado, o bien es pura casualidad. Quizá un sin techo o un drogadicto.

—Tu testigo es un niño de seis años —dice Birck.

—Pero la información que ha proporcionado encaja con lo que hay detrás de uno de los contenedores. Ahí ha habido alguien escondido.

—Esperemos que haya más testigos. —Mira alrededor—. Podría ser un robo, pero entonces ¿por qué no llevarse el dinero en metálico? Tuvo que ser otra cosa.

—Ya. La cuestión es qué, claro. ¿El móvil, quizá?

—Pero ¿lo tendría Heber en la mochila? ¿Quién lleva ahí el teléfono móvil?

Markström se nos acerca con el cuaderno en una mano y un café en la otra. Me pregunto si alguna vez he visto a Markström sin comida o sin bebida en las manos. Lo dudo, pero, por otro lado, tampoco hace tanto que lo conozco.

—Thomas Markus Heber —dice, y sorbe ruidosamente de la taza de papel—. Nacido en 1978. Soltero, sin hijos. Empadronado en la calle Vanadisvägen, número 5, a menos de un kilómetro de aquí. Condenado por agresión hace once años, en 2002, y por alteración del orden el año anterior.

—Agresión y alteración del orden público —dice Birck, y se vuelve hacia mí—. ¿Te encargas tú?

—Pues claro. —Miro otra vez hacia la ventana—. Claro que sí. —John no está, seguramente su madre lo ha mandado a la cama. Me pregunto si esto le habrá afectado al chico, si esta noche se le quedará grabada. Espero que no—. Mañana.

—Yo me encargo de su casa —dice Birck.

—¿Tienes la llave?

Birck pregunta señalando el llavero, que está en el suelo. Dudo un instante.

—¿Quieres compañía?

—No. Pero uno no siempre se sale con la suya.

QUIEN NO SEPA que a la puerta le pasa algo no se da cuenta, a pesar de que Christian utilizó un martillo como un demonio de grande. Fue lo único que se le ocurrió en ese momento, lo único que llevaba consigo. El picaporte queda un poco flojo y la puerta no está cerrada del todo, pero poco más. En la oscuridad, apenas se nota.

Se encuentra en medio de la calle, perfectamente visible. Las luces de las ventanas del bloque están apagadas, salvo unas velas de Adviento que brillan unos pisos más arriba. Son las nueve y treinta y dos minutos de la noche. Falta menos de una hora para que muera Thomas Heber.

Se ha guardado la bolsa con el martillo dentro del chaquetón y lo nota contra el cuerpo, nota cómo se mueve al ritmo de sus pasos. Muy rápido, se aleja a pie del barrio de Kungsholmen. Deja el martillo en el contenedor de una obra, cerca de la plaza de Sankt Eriksplan. Nadie lo ve. Ya nadie ve nada.

Christian y Michael han vivido la mitad de sus vidas el uno sin el otro, y la otra mitad, juntos. Existe en ello una simetría que augura algo, ¿a que sí?

Tenían quince años, hace quince años. Se encontraban en una fiesta, en uno de los bloques del centro de Hagsätra. Corría el mes de marzo y no hay otro mes capaz de durar una eternidad como marzo. Todo estaba gris. Se conocían de oídas, pero no habían hablado nunca, solo se habían visto en la plaza y en el polideportivo unas cuantas veces.

Christian salió al balcón a fumar, y allí estaba él. Empezaron a hablar. Reinaba entre ellos algo extraño, al menos esa fue la sensación que él tuvo, y al principio no atinaba a decir qué era.

Luego se dio cuenta de que los dos llevaban una camiseta de Skrewdriver. Se dieron cuenta al mismo tiempo, bajaron la vista el uno hacia el pecho del otro. Se echaron a reír. La de Christian era blanca. Se la había dado Anton, su hermano. La de Michael era negra.

—¿Te gusta Skrewdriver?

—He oído el primer disco, nada más —respondió Christian—. Me lo regaló mi hermano, y también la camiseta. La camiseta sí que me gusta.

—Lo mismo me pasa a mí. Me gusta All Skrewed Up, pero no los demás discos. Sabes que luego se hicieron nazistorros, ¿no?

—¿Qué?

—Neonazis.

Christian se quedó de piedra. El estampado de la camiseta cambió, se convirtió en algo amenazador. Se preguntaba si Anton lo sabría, si le habría dado la camiseta por eso. Para jugársela. Para que le atizaran por eso.

—Pues no, no tenía ni idea.

—Es anormal —dijo Michael—. Que un grupo que empieza siendo punk… cómo se dice…

—¿Dé un giro de ciento ochenta grados?

—Eso. ¿No es anormal?

—Pues sí.

Al otro lado del cristal, en el apartamento, alguien se cayó del brazo del sofá. Los dos se volvieron a mirar.

—Es Petter —dijo Christian—. Está en mi curso. Siempre se emborracha de más.

Dentro, Nirvana cantaba I’m so happy, because today I found my friends. They’re in my head…

Así empezó.

—¿Vives en Hagsätra? —preguntó Michael.

Christian asintió, tiritando de frío.

—En Åmmebergsgatan. —Señaló entre los bloques, en cuyas ventanas diminutas brillaban las luces—. ¿Ves ese edificio un poco más bajo entre los dos altos de allí?

Christian se esforzó por fijar la vista y se encajó bien las gafas. No fumaba casi nunca, y cuando lo combinaba con la cerveza, era como si se le redoblara la borrachera.

… and just maybe, I’m to blame for all I’ve heard…

—Sí —dijo.

—La segunda ventana contando desde arriba, la penúltima de la derecha. Esa es mi habitación.

La luz estaba apagada.

Christian tenía mucho acné y un fallo en la vista que lo obligaba a llevar unas gafas muy gruesas que hacían que se le vieran los ojos como la cabeza de un alfiler. En el colegio, un chico mayor que se llamaba Patrik le decía siempre a gritos: «¡Eh, hola, grano molido! ¿Qué tal?», y las chicas se reían. Christian trataba de no darle importancia. Se le daban bien los deportes, el baloncesto, el hockey de pelotay el tenis de mesa. Así era como conseguía amigos, aunque sospechaba que hablaban de él a sus espaldas.

Su nuevo amigo era como él, pronto lo comprendería. Eran iguales en eso, solo que el amigo no tenía ni granos ni gafas, claro.

—Joder, necesito otra cerveza —dijo Michael.

—Y yo.

Soltaron las colillas por el borde de la baranda y las vieron descender en la oscuridad. Luego abrieron la puerta del balcón y entraron. A Christian se le empañaron las gafas con el calor y la humedad. Al ver la capa blanquecina tras la cual se ocultaban sus ojillos, Michael se echó a reír.

—Así no puede ser fácil causar una buena primera impresión.

No lo era. Christian lo recuerda. En otras circunstancias se habría reído. Debía de ser gracioso verlo.

Entre los bloques, los sentimientos iban creciendo más y más, y rara vez encontrabas dónde liberarte de ellos, así que te los guardabas dentro. Te los guardabas cuando ibas por los pasillos del colegio, te mantenías apartado de aquellos que te daban miedo y te acercabas a quienes esperabas que fueran como tú. Te los guardabas cuando reventaban la cerradura de la taquilla de tu mejor amigo y le pintaban dentro una cruz gamada. Te los guardabas cuando te daban el primer beso, a los once años, en una fiesta que organizaron en el local de celebraciones de Hagsätra, al lado del polideportivo. Se llamaba Sara y tenía la piel más suave que Christian había rozado con los dedos en su vida. Estuvieron juntos un mes. Sara solo tenía doce años, pero ya había empezado a usar sujetador y, a un día de la ruptura, lo dejó que le tocara el pecho. Y él se preguntaba si fue por eso, si Sara ya no quería estar con él porque se había propasado.

Te los guardaste también el día aquel que, a los catorce años, te enamoraste de verdad por primera vez; ella se llamaba Pernilla y te había escrito en un papel: «que se rían todo lo que quieran, que se rían de nosotros, nosotros nos movemos, ellos están parados», y lo metió a escondidas en el hueco de la puerta de la taquilla. Con ella te acostaste por primera vez, en una fiesta no muy distinta de aquella en la que, un año después, llevabas la camiseta de Skrewdriver.

Te los guardabas cuando veías a tres inmigrantes dar puñetazos en el estómago a un sueco, dos lo sujetaban y uno le pegaba, detrás del gimnasio. Y te los guardabas cuando, al día siguiente, veías a cuatro suecos apalear a un inmigrante detrás del quiosco, propiedad del padre de uno de los suecos.

Te los guardabas cuando, en una fiesta, conocías a alguien que llevaba una camiseta como la tuya e intuías que esa persona iba a convertirse en tu protector y tu verdugo.

No existe ningún catalizador, ningún factor desencadenante que ponga las cosas en movimiento. Ninguna respuesta a la pregunta «¿por qué?». Solo hay sucesos seguidos de otros sucesos, y si uno se retrotrae lo suficiente en el tiempo, todo se convierte en una red inabarcable de sucesos, y quizá sea así como llegamos a ser quienes llegamos a ser, piensa Christian.

Evita el metro y las cámaras de vigilancia, tal y como le han aconsejado que haga, y coge varios autobuses para ir a la zona universitaria. Da algún rodeo, cambia varias veces para no llegar demasiado pronto. En las paradas pasa frío. Los autobuses llegan tosiendo en la oscuridad, y ninguno de los conductores es sueco. Deja atrás el colegio de Vasa Real y ve que alguien ha escrito en la fachada: «JUDÍA DE MIERDA», seguido del número «1488». Se pregunta quién lo habrá hecho. Empieza a caer la nieve. En la plaza de Odenplan le pasa por delante una procesión de Santa Lucía formada por estudiantes. Apestan a alcohol y van riéndose a carcajadas.

El gran complejo de latón de la universidad aparece imponente en la oscuridad cuando se baja del último autobús. En las sombras, en la esquina de uno de los edificios, él lo está esperando. Christian lo siente a medida que se acerca. Y, en efecto, allí está, con la mirada clavada en una de las ventanas de los últimos pisos. La única en la que hay luz.

—¿Ha ido bien? —pregunta sin mirar a Christian.

—Sí.

—No pareces seguro.

—No lo estoy.

—Dámelo.

Christian se baja la cremallera del chaquetón y saca la bolsa. Michael se la quita de las manos.

—¿Qué es lo que vas a…?

—Lárgate. Luego hablamos.

—Pero es que…

—No. Esta vez no. Nos vemos mañana.

Michael vuelve a levantar la vista hacia la ventana. La luz sigue encendida. Se produce un segundo de vacilación que le resulta de una longitud antinatural. Los sentimientos se suceden en el interior de Christian como oleadas de agua.

—Vale —dice, y se da la vuelta y empieza a alejarse.

La nieve le cruje bajo los pies. Allá enfrente brilla naranja y gigantesco el letrero de Statoil. Se oye el zumbido del tráfico pero, por lo demás, reina un silencio extraño. Es una de esas noches en las que vuelven los sentimientos de antaño.

Tenían quince años, hace quince años. Nosotros nos movemos, ellos están parados.

Christian vuelve la cabeza por última vez, busca la ventana iluminada, pero no la encuentra. Han apagado la luz y Michael ya no está en la esquina del edificio.

 

13/12

DE GABRIEL BIRCK se dicen muchas cosas, la mayoría contradictorias, como esquirlas de pruebas que indican relatos diversos, diversas historias.

Dicen que no tiene el menor sentido del olfato, en tanto que, según otros, es capaz de notar el olor de la saliva de la gente. Que es marica, pero que hubo un tiempo en que estuvo con una mujer de alguno de los clanes Hamilton. Esa misma persona asegura que Birck se cambió el apellido cuando hizo el servicio militar como paracaidista, y que en realidad procede de una familia noble y una vida en la abundancia. Otros afirman que es de origen humilde, que creció solo en los suburbios, con un padre alcohólico que le daba una paliza todos los fines de semana. Que una vez se casó con una mujer de Estonia para sacarla de una red de tráfico de personas. Que ya mientras estudiaba, lo observaban los de la SÄPO, los Servicios de Seguridad, pero que nunca se dejó embaucar por ellos. Otros están convencidos de que tiene un pasado de lo más dudoso justo en el seno de esa actividad secreta.

Y así sucesivamente, y nadie sabe nada con certeza. Yo creo en la mitad de lo que se dice, pero en qué mitad, eso va cambiando de un día para otro, según el humor con que se presente Gabriel Birck. A mí me parece que lleva una vida muy solitaria, que Birck es un hombre que está solo. En eso somos iguales, y quizá por eso funcionemos bien juntos.

Gracias a una suerte de acuerdo tácito, decidimos ir paseando hasta Vanadisvägen, 5. Nos convertimos en siluetas mientras caminamos por la ciudad nocturna. Cuando estamos saliendo del lugar de los hechos, Birck se para de pronto.

—Mmm… —dice—. Mira.

Lo que he vomitado hace menos de una hora se ve cubierto de una fina capa de cristales de hielo.

—¿Es tuyo?

Nos encontramos dentro del cordón. Tomarán muestras. Es absurdo mentir.

—Sí.

—¿Estás enfermo?

—No lo sé, pero tenía náuseas. Puede que fuera el cadáver.

Birck se agacha y examina el vómito más de cerca. Me da vergüenza, como si me estuviera viendo desnudo.

—Pero oye, ¿tú qué es lo que comes? —dice.

Casi nada, eso es parte del problema cuando se va pasando el efecto del Sobril. Pierdes por completo el apetito, así que estoy débil siempre, y me tiemblan las manos.

—Pues lo que todo el mundo —digo—. ¿Podemos irnos ya?

—La verdad, yo creo que deberías cambiar esos hábitos alimentarios.

Hemos girado para salir de la amplia avenida de Sveavägen y nos encontramos delante de Vanadisvägen, 5. Faltan unos minutos para las dos. Ya es el 13 de diciembre.

—¿Vas a ir al Sankt Göran por Santa Lucía? —pregunta.

—No.

—Pero irás esta Navidad, ¿no?

—Una visita, no muy larga, quizá. Nada más.

—¿Con qué frecuencia vas? ¿Con qué frecuencia lo ves?

—Siempre que lo necesito.

—Toma. —Me alarga un paquete de Stimorol—. Hazlo por mí —añade.

Cojo un chicle. Birck se pone los guantes, saca la llave de la bolsa de plástico y la introduce en la cerradura del portal. La puerta es menos pesada de lo que parece, y si emite algún crujido o chirrido, lo habrán ahogado los demás sonidos de la ciudad.

—Quinto piso. —Birck está leyendo la lista de los residentes—. El penúltimo. No, quédatelo —me dice al ver que le devuelvo el paquete de chicles—. Tú lo necesitas más que yo.

Delante de la puerta —marrón claro con el apellido HEBER escrito encima de la ranura para el correo— me quito las botas y Birck se quita despacio los zapatos negros. La cerradura parece intacta, sin señales de que nadie haya querido entrar sin permiso.

—¿Llamamos a la puerta? —pregunto.

—¿Por qué? El tío está muerto.

—Ya, pero puede que haya alguien dentro. Un amigo, una novia. O un novio.

—¿Es que no te fijaste en sus zapatos? Un hombre con unos zapatos así no puede ser marica.

—Ya, pero ya me entiendes.

Birck busca el timbre, lo encuentra y llama. No se oye nada dentro. Pego los nudillos a la puerta y golpeo tres veces. Ante la falta de reacción, Birck mete la llave y abre.

EL LUGAR DONDE Thomas Heber pasó los últimos años de su vida es un apartamento pequeño de techo alto y dos habitaciones. Está amueblado con sobriedad, con tres estanterías bien cargadas en la pared de una de las habitaciones, al lado de lo que parece un sillón de lectura cuyo único compañero en todo el apartamento es una lámpara de pie que lo mira desde detrás, por encima del respaldo. Por lo demás, la habitación está vacía, a excepción de unas cajas de mudanza que hay en la otra pared, la huella de una persona que, en realidad, ha vivido su vida fuera del hogar.

—¿Cuánto tiempo llevaba viviendo aquí? —preguntó Birck.

—Según las indagaciones de Markström, dos años.

—Pues más bien parecen dos semanas. Yo habría sufrido una crisis nerviosa si tuviera así la casa después de dos años.

—¿Te encargas del dormitorio?

Birck se va sin decir nada. Yo me acerco a las estanterías y ladeo la cabeza, leo los títulos. Libros de sociología y de filosofía que parecen muy releídos. En un lado de la estantería hay una colección de libros que llaman la atención, como Guía práctica del activista, Manual del asedio político militante y The Occupy Movement: An Instruction for Practice. Cojo uno de ellos, lo han leído con toda atención, tiene páginas marcadas y comentadas con la letra ilegible de un académico. En otro lado se ven varios ejemplares del mismo libro, su tesis doctoral de sociología, Studies in the Sociology of Social Movements: Stigma, Status and Society.

Doy unos pasos atrás. Nada me llama la atención. Es irritante. De modo que me voy a la cocina. Es estrecha, con armarios a ambos lados, y desemboca en un espacio cuadrado y pequeño con una mesa de madera más pequeña e igual de cuadrada, con cuatro sillas. Las ventanas están vacías, ni plantas ni lámparas, y están enmarcadas entre dos piernas de cortina azul claro, una por cada ventana. En una de ellas espera un platillo, vacío y limpio.

—¿Fumaba?

—No, que yo sepa —se oye la voz de Birck.

Abro el frigorífico. Contiene dos botellas de cerveza checa de la fuerte, un tarro de salsa de tacos, mantequilla y un triste trozo de queso al que le falta menos de un día para que se cumpla la fecha de caducidad.

Entro en el dormitorio, donde Birck, que está de rodillas delante del armario, está sacando un par de zapatos. Examina los cordones, luego las suelas y el interior, antes de dejarlos en su sitio.

—¿Nada? —digo.

Birck niega con la cabeza.

La cama está sin hacer. Pego la nariz a las sábanas y las huelo. Hace mucho que las lavaron. Delante de la única ventana de la habitación hay un escritorio, y hojeo con cuidado los papeles que hay encima. Un recibo del alquiler del mes de diciembre, una nómina de la Universidad de Estocolmo, la factura de un teléfono móvil. Cojo la factura y veo el número de teléfono, cojo mi móvil, marco y me lo llevo al oído. Una voz tibia de ordenador me comunica que el abonado no está disponible en este momento.

—O apagado o sin cobertura.

—No esperaba otra cosa —dice Birck.

Debajo de la factura del teléfono hay un papel arrugado. Lo cojo cuidadosamente con dos dedos y lo aliso.

—¿Qué es? —pregunta Birck.

—Un recibo. Heber se tomó un café en el Café Cairo el 11 de diciembre. Y parece que lo pagó con tarjeta. Eso es todo.

—Cairo. Eso está cerca de nosotros, ¿no?

—En Mitisgatan —leo en el recibo—. Sí, está cerca del búnker.

—Déjalo en su sitio. —Birck me está mirando la mano, que va camino del bolsillo del abrigo—. Tiene que estar ahí cuando vengan los técnicos.

—¿Quieres que se lo arrugue también?

Birck levanta la vista al cielo. Dejo el recibo en el escritorio y revisamos juntos el cuarto de baño y el vestidor, pero el apartamento dice muy poco de su dueño. Prácticamente nada.

—¿Crees que iba camino de su casa? —pregunto—. ¿Y que paró en Döbelnsgatan para verse con alguien con quien había quedado allí?

—Yo no creo nada —dice Birck con la vista fija en el suelo del vestíbulo.

—Todo el mundo cree algo siempre.

—Yo creo que, sea lo que sea lo que haya ocurrido, aquí no encontraremos ninguna respuesta. —Luego se para, se agacha—. ¿Esto es tuyo? ¿Esta pisada?

—¿Cómo iba a ser mía? Si nos hemos quitado los zapatos ahí fuera… Yo creía que eras buen policía. ¿Y a qué pisada te refieres? Yo no veo nada.

—Tienes que venir aquí y ponerte en cuclillas, como yo.

Doy dos pasos hacia él, me agacho y entonces lo veo. La pisada es un poco más grande que mi pie, y es de una bota más gruesa. Hay dos, tres, cuatro más como esa en el vestíbulo. El dibujo está borroso, como si alguien hubiera intentado disimularlo a toda prisa.

—¿Las hemos estropeado nosotros?

—No creo. Hemos entrado pegados a la pared.

—No es la misma persona —digo—. Me refiero a esta y la que se escondía detrás del contenedor en la calle de Döbelnsgatan. Es otro dibujo.

—¿Cómo es posible que no lo hayamos visto al entrar? —dice Birck. Luego se levanta, da dos pasos hacia la puerta. Se echa a reír—. Joder.

Las luces y las sombras les gastan a veces alguna jugarreta a nuestros ojos. En la entrada del piso de Heber, la lámpara del techo hace que las sombras se proyecten en diagonal, y la luz se refleja en el suelo. Seguramente, es casualidad, pero cuando estás en la puerta, no ves las pisadas, a menos que sepas que están ahí.

Birck saca el móvil, hace una foto de las pisadas.

—No están secas —dice—. Tendremos que pedirle a Mauritzon que las compruebe.

—¿Cómo coño ha entrado la persona en cuestión? —digo—. La puerta estaba intacta.

—Pues tendría llave. Igual que nosotros. Puede que fuera el propio Heber. Yo qué coño sé —añade Birck al verme la cara de desconcierto.

Los datos como estos, al igual que los hallados en el entorno del cadáver, no son nada sin el relato que crea un vínculo entre ellos. Son como letreros urbanos sin símbolos y sin letras.

En algún punto entre Vanadisvägen, 5, y el lugar del crimen en Döbelnsgatan, dos coches chocan de frente en un cruce. Se produce una disputa muy violenta. Nos detenemos y lo observamos todo a distancia.

—Sabrás que si sale a la luz que estás intentando dejar el Sobril, pero que tienes tal síndrome de abstinencia que llegas a vomitar, te suspenderán del servicio otra vez, ¿verdad? —dice Birck.

—Estoy limpio. Pregúntale al psicólogo.

Brick suelta un resoplido. En un bar de por allí, una voz infantil canta creo en el enanito de Navidad, que vendrá a mi casa, a la casa donde vivo.

—¿Hasta cuándo creíste en el enanito de Navidad? —pregunto.

—Nosotros no teníamos enanito. ¿Y tú?

—Lo bastante como para que me apenara saber que no existía.

—Me partes el alma —dice Birck.

Por delante de nosotros pasa en hilera un grupo de hombres y mujeres que van gritando borrachos. Se ríen.

—¿Cómo coño no teníais enanito? —pregunto.