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En 1959 la Universidad del Valle publicó una edición de "El Alférez Real" de Eustaquio Palacios, comentada por Alberto Carvajal, uno de los intelectuales más prestigiosos de su tiempo. El libro, publicado originalmente en 1886, tiene el mérito de reconstruir la vida de las grandes haciendas vallecaucanas, que fueron determinantes en la formación de la economía regional en el Siglo XVIII, y las costumbres patriarcales que se desarrollaron a su alrededor. Eustaquio Palacios escoge el escenario de Cañasgordas, la Casa Grande, como la llamaban entonces, para la historia de amor con un inusual final feliz, un tanto impropio de las novelas románticas, entre Daniel e Inés de Lara y Portocarrero. Con el transcurso del tiempo se ha convertido en unos de los hitos de la literatura nacional, y junto con "María" de Jorge Isaacs, en la novela más destacada de la segunda mitad del Siglo XIX, cuando se mezclan el romanticismo y el costumbrismo. La lectura de "El Alférez Real" permite mirar a Santiago de Cali en tiempos de la Colonia, entender sus condiciones económicas y políticas, sus creencias y costumbres y, en general, la cultura que compartían los vecinos de la ciudad, que se extendía desde la colina de San Antonio hasta la capilla de San Nicolás y desde las orillas del río hasta la plazoleta de Santa Rosa
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Seitenzahl: 478
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Palacios, Eustaquio, 1830-1898.
El alférez real / Eustaquio Palacios. -- Cali : Programa Editorial Universidad del Valle, 2018.
312 páginas ; 24 cm. -- (Colección artes y humanidades)
Incluye índice de contenido
1. Novela colombiana 2. Novela histórica colombiana 3. Amor - Novela 4. Cali (Colombia) - Historia - Novela I. Tít. II. Serie.
Co863.6 cd 21 ed.
A1596699
CEP-Banco de la República-Biblioteca Luis Ángel Arango
Universidad del Valle
Programa Editorial
Título: El Alférez Real
Autor: Eustaquio Palacios
Introducción y notas: Alberto Carvajal
ISBN: 978-958-765-731-9
ISBN-epub: 978-958-765-732-6
Colección: Artes y Humanidades
Primera edición 1959
Segunda edición 2018
Primera reimpresión
Rector de la Universidad del Valle: Edgar Varela Barrios
Vicerrector de Investigaciones: Jaime R. Cantera Kintz
Director del Programa Editorial: Omar J. Díaz Saldaña
© Universidad del Valle
© de la introducción y notas: Familia Carvajal
Diseño de portada y diagramación: Hugo H. Ordóñez Nievas
Fotografías: Fundación Cañasgordas Eusebio Velasco Borrero
Este libro, o parte de él, no puede ser reproducido por ningún medio sin autorización escrita de la Universidad del Valle.
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Cali, Colombia, enero de 2019.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
En 1959 la Universidad del Valle publicó una edición de “El Alférez Real” de Eustaquio Palacios, comentada por Alberto Carvajal, uno de los intelectuales más prestigiosos de su tiempo. El libro, publicado originalmente en 1886, tiene el mérito de reconstruir la vida de las grandes haciendas vallecaucanas, que fueron determinantes en la formación de la economía regional en el Siglo XVIII, y las costumbres patriarcales que se desarrollaron a su alrededor.
Eustaquio Palacios escoge el escenario de Cañasgordas, la Casa Grande, como la llamaban entonces, para la historia de amor con un inusual final feliz, un tanto impropio de las novelas románticas, entre Daniel e Inés de Lara y Portocarrero. Con el transcurso del tiempo se ha convertido en unos de los hitos de la literatura nacional, y junto con “María” de Jorge Isaacs, en la novela más destacada de la segunda mitad del Siglo XIX, cuando se mezclan el romanticismo y el costumbrismo.
La lectura de “El Alférez Real” permite mirar a Santiago de Cali en tiempos de la Colonia, entender sus condiciones económicas y políticas, sus creencias y costumbres y, en general, la cultura que compartían los vecinos de la ciudad, que se extendía desde la colina de San Antonio hasta la capilla de San Nicolás y desde las orillas del río hasta la plazoleta de Santa Rosa.
La Universidad del Valle ha querido reeditar la obra, enriquecida con los comentarios de Alberto Carvajal, como una manera de vincularse al proceso de restauración de la hacienda, en tan buena hora emprendido por la Nación y el Departamento del Valle del Cauca.
La figura histórica del don Joaquín de Caycedo y Cuero, de cuyo señorío, influencia y sacrificio da fe la Gran Casa, estará siempre entrañablemente unida a la de Eustaquio Palacios y su historia de amor. Para la Universidad del Valle es muy grato recordar ese vínculo con esta edición.
EDGAR VARELA BARRIOS
Rector
Diez y nueve años después de haber aparecido “María” vio la luz en Cali otra novela vallecaucana, obra de indiscutible mérito, a la que sólo falta para ocupar el prominente lugar que le corresponde en la novela americana, el que sea debidamente conocida, pues las ediciones hechas hasta ahora desde 1886, año de su aparición, han sido pocas y de escaso número de ejemplares. Razón por la cual es casi imposible conseguir un ejemplar; no obstante que la demanda en los últimos años ha sido creciente, especialmente de lectores extranjeros a quienes atrae ese género de novela que les orienta sobre nuestro hechizante pasado y les permite medir las posibilidades de nuestro porvenir. Para nosotros, los que tuvimos la fortuna de nacer en esta vieja villa de Santiago de Cali, bajo sus cielos abiertos, a la vera de esta planicie de esmeralda incomparable, escoltada por el azul nebuloso de las montañas distantes, esa obra y el nombre de su autor nos son familiares desde niños. ¿Cuál de nosotros no ha leído “El Alférez Real” y no sabe que su autor, el doctor Eustaquio Palacios, era un distinguido humanista y profesor, muerto en una noche de septiembre a fines del siglo pasado?
No sabemos si el haber vivido desde nuestros primeros años los parajes, el ambiente y algunas de las costumbres, subsistentes aún, de que con tanta exactitud se habla en ese libro, motiven la admiración y cariño con que siempre le hemos visto y guardado entre los libros predilectos. Hay sin duda otros mucho más dignos de admiración y más arreados. Seguramente esa dilección nuestra es cordial. Pasa por esas páginas, desprovistas de todo artificio literario, sin adornos retóricos, un hálito tal de vida que desde que principian a leerse atraen y cautivan el ánimo. Palpita en todas ellas, sin eufemismos ni poéticas mistificaciones, la verdad del vivir. Esa novela es un retazo de nuestra monótona existencia de ayer, con sus asperezas, sus ilusiones, sus convencionalismos, sus ingenuidades y sus problemas cotidianos.
De la vida colonial de Cali, que era la de todas las ciudades americanas fundadas por españoles en este Continente, extrajo, como de rico filón, el autor el precioso material para su obra. Como lo decimos en una de las notas, al considerar las influencias ejercidas en él por sus estudios y lecturas, no hay duda de que al escribir su novela pensó en Walter Scott, y éste y los clásicos fueron sus guías. Nosotros recordamos haber visto un anaquel de su nutrida biblioteca consagrado únicamente a las obras del célebre novelista escocés. Fue feliz en la elección de la forma y tendencia de su libro. Y a tal punto le resultó fiel la pintura de los personajes, costumbres e ideas de nuestro tiempo colonial que, a la inversa de otros libros, apagados tras un momentáneo prestigio por la callada bruma del olvido, el suyo ha ido en creciente demanda y va camino, como su gemelo vallecaucano, “María”, de hacerse perdurable.
“María” y “El Alférez Real” marcan dos épocas, dos tendencias literarias distintas: lo que va del romanticismo al simple naturalismo reconstructor, despreocupado de la gracia señorial y la impecable precisión del estilo. Al doctor Palacios debemos, es fuerza reconocerlo, la mejor novela de evocación escrita entre nosotros. Sin que él fuera un artista de la forma, un estilista, resulta un técnico de la novela histórica, como narración veraz e interesante. Sus escenas son bien conducidas; los caracteres correctamente delineados; los incidentes enlazados con encantadora sencillez; los diálogos sorprenden por su llaneza y fidelidad. Es verdad que para el lector extraño sobran no pocos detalles, y puede que encuentre, en algunas páginas, una prolijidad excesiva en lo que se refiere a la parle histórica del libro; pero es preciso tener en cuenta la notoria preocupación del autor, que no ha querido consentir al novelista que sacrifique un solo instante al historiador. Si a esa novela le quitamos lo que en ella toca a Daniel e Inés, nos queda una obra histórica de incontestable veracidad. No en vano hemos afirmado que fue tomada del registro civil. Allí están las actas del Cabildo y las escrituras notariales diciendo cómo es cierta esta afirmación. No se han cambiado, para el relato, ni los nombres de los personajes reales que en él actúan. Todos, a excepción de cuatro o cinco, figuran allí con los que llevaron en la vida. Casi puede decirse que “El Alférez Real” no es una novela, sino la ficción incidental de una intriga amorosa para hacer interesante y amena la historia de la vida colonial de Cali.
Entre la aparición de “María” y “El Alférez Real” mediaron, como hemos dicho, diez y nueve años. lsaacs y Palacios fueron amigos, aunque no tan íntimamente como el mismo lsaacs y Rivera Garrido. Ambos amaron la poesía, y si por sus poemas el uno fue galardonado en Bogotá, el otro obtuvo un premio en Santiago de Chile. Al anotar esto no pretendemos parearlos como poetas. Isaacs es único. Pero los dos son los más célebres novelistas del Valle del Cauca. En ambos, como en casi todos nuestros escritores, la naturaleza ha tenido parte decisiva. Por eso, esas dos novelas son novelas idílicas, de las cuales la una influyó considerablemente en la otra. Palacios no pudo o no supo eludir el genial dominio de Isaacs al componer su obra. De allí las coincidencias de “El Alférez Real” con “María”, a las que llamamos la atención en las notas de esta edición. Hay un gran mérito, sin embargo, en Palacios: él ha sido el único escritor nacional que, con una novela de reconstrucción, le ha dado destacada personalidad de atracción ecuménica, extraída de la esencia de su tradición y de su historia, a una ciudad en Colombia.
Desde el punto de vista regional, tiene el libro del doctor Palacios un valor inapreciable. Cuando Cali, por razón de su progreso material, por la prosperidad de su industria, por su riqueza, cultura y número de habitantes, signifique algo más que lo que hoy representa en el concierto universal, “El Alférez Real” será solícitamente buscado por todas las gentes a quienes vincule algún interés a esta tierra, para conocer sus tradiciones, para evocar su vida de antaño, para ahondar en el alma de sus gentes lejanas, o para comparar aquella sociedad patriarcal, con sus arrestos de vieja hidalguía española, pero agobiada por el poder absoluto de los reyes y mancillada por la servidumbre, con los tiempos en que el derecho ha sido ley soberana: y la libertad plena garantía de ese derecho.
El Alférez Real era la figura culminante y de mayor influencia en la ciudad, en la época colonial. Para algunos sus funciones se reducían a enarbolar en determinados actos públicos el pendón real, para otros era la autoridad superior local. Creemos que la mejor información que podernos dar de la importancia de ese puesto, por razón de sus funciones, es la contenida en la real cédula de los albores de la Colonia, que textualmente dice: “D. Felipe II en el Pardo a 1 de noviembre de 1591. El Alférez Real de cada Ciudad, Villa o Lugar entre en el Regimiento, y tenga voto activo y pasivo y todas las otras preeminencias que tienen, o tuvieren los Regidores de la Ciudad, Villa o Lugar, de forma que en todo, y por todo sea habido por Regidor, y lo sea verdaderamente, sin faltar cosa alguna, y tenga en el Regimiento asiento y voto en el mejor y más prominente lugar delante de los Regidores, aunque sean más antiguos que él, de forma que después de la Justicia tonga el primer voto y mejor lugar y sea y se entienda así en los Regimientos y Ayuntamientos, como en los actos de recibimientos y otros cualesquiera donde la Justicia y Regimiento fueren y se sentaren: y lleve de salario en cada año lo mismo que llevan los otros Regidores, y otro tanto más”.
Corno se ve por esta disposición, el alferazgo no era un simple título decorativo. Corno no era tampoco. una distinción honorífica gratuita. A este propósito dice el doctor Demetrio García Vásquez en su erudito libro “Los hacendados de la otra banda y el Cabildo de Cali”: “El alferazgo real de Cali antes que ser un título o blasón de trasmisión hereditaria en la familia Cayzedo, según la creencia que hasta nuestros días ha corrido sobre el particular, impuso a sus respectivos usufructuarios fuertes cuotas de dinero y al mismo tiempo los atrajo la correspondiente resistencia que acompaña a esta clase de supremacías cotizables”.
Antes que don Manuel de Cayzedo y Tenorio habían ostentado el título otros miembros de la familia: Juan de Cayzedo Salazar, Cristóbal de Cayzedo Rengifo, Nicolás de Cayzedo Hinestrosa y Juan de Cayzedo Jiménez. A la muerte de don Juan quedó vacante el título, el que por este motivo fue sacado a licitación. En la diligencia le fue otorgado por real cédula del rey Fernando VI, en el año de 1748, a don Nicolás de Cayzedo Jiménez, hermano del Alférez inmediatamente anterior y padre de don Manuel de Cayzedo y Tenorio. El pregón para esa adjudicación no solamente se hizo en Cali, sino también en Popayán y en Quito.
Palacios se equivoca al juzgar el alferazgo hereditario, cuando dice que “don Manuel mencionaba con orgullo la larga serie de sus nobles ascendientes, todos los cuales habían ejercido el honroso cargo de Alférez Real, de padres a hijos”.
Entendemos que esas posiciones se otorgaban unas “a vida” y otras “a perpetuidad”. No sabemos si por sentirse muy enfermo y el temor de dejar el puesto vacante, don Manuel hizo, por escritura pública, fechada el 26 de abril de 1808, cuatro días antes de su muerte, cesión de él a su hijo don Joaquín. No debió ser por tenerlo “a perpetuidad”, porque don Manuel lo había recibido de su padre en la misma forma, el 14 de junio de 1758. Y el de don Nicolás era, según la cédula citada, sólo “por los días de su vida”.
Para apreciar mejor la autoridad del Alférez Real es necesario tener en cuenta que el mando superior en la ciudad correspondía al Cabildo.
Eustaquio Palacios, autor de este libro, nació en Roldanillo, en el actual Departamento del Valle del Cauca, el 17 de febrero de 1830. Su madre era caleña y su padre de Roldanillo. Hizo sus primeros estudios en el convento de San Francisco de Cali, razón por la cual adquirió vastos conocimientos de latín, de los que hace alarde en algunos de los capítulos del libro. De Cali pasó a Popayán, donde se doctoró en derecho y ciencias políticas. Vuelto a Cali, permaneció en esta ciudad hasta su muerte, acaecida, de manera súbita, en las primeras horas de la noche del 6 de septiembre de 1898. Fue secretario, miembro y presidente del Cabildo. Durante diez años de –1866 a 1876–, ejerció el rectorado del Colegio de Santa Librada. Presidió la primera municipalidad de la provincia, en el año de 1864 y en los de 1873 y 1876. Fue también administrador provincial de hacienda nacional, inspector de instrucción pública y magistrado del tribunal de occidente. Sus artículos periodísticos están íntegramente contenidos en “El Ferrocarril”, semanario de intereses generales, que fundó en 1878 para colaborar desde la prensa en la obra del ferrocarril del Pacífico. Su labor didáctica quedó en unos “Elementos de gramática y literatura castellana”, y en su “Explicación de las oraciones latinas”, y su producción poética, en algunas fábulas y en el poema “Esneda”, que fue, como queda dicho, premiado en un concurso internacional. Vivía en una vieja casa colonial de la calle 13, a pocos metros de la plazuela de Santa Librada, donde tenía una pequeñísima y rudimentaria imprenta, en la cual se hizo la primera edición de este libro, y en donde se reunía diariamente, al anochecer, con un grupo selecto de amigos, para comentar, en agradable tertulia, los acontecimientos locales, los del país o los que les alcanzaban a llegar de la inquietud universal.
Al señor doctordon Zenón Fabio Lemos
Mi querido Zenón:
Me atrevo a dedicarte esta obrita en la confianza de que su escaso mérito no ha de ser parte a que la recibas con desdén.
En ella verás que me he servido de un cuento, puramente fantástico, para describir personajes reales y hechos verdaderos, y las costumbres de esta ciudad en una época determinada; y verás también que he respetado los datos de la tradición en la pintura de los caracteres y en la cronología de los sucesos.
Sabes que este género de literatura es muy a propósito para dar a conocer los tiempos pasados: Walter Scott incorporó muchos rasgos de la historia de Inglaterra y de Escocia en sus novelas, y Alejandro Dumas otros muchos de la de Francia en las suyas.
En materia de anécdotas curiosas, Cali ofrece una mina riquísima en sus archivos y en sus tradiciones populares: mina que yo he alcanzado a desflorar apenas, y que otros, más tarde, explotarán sin duda con más talento y más destreza.
Yo sé que tu clara inteligencia, tu variada instrucción y tu exquisito gusto literario harán forzosamente que descubras en ella defectos numerosos; mas también sé que tu alma nobilísima y tu genial benevolencia han de encontrar motivo, donde no lo haya, para calificarla de buena.
Siento que no sea digna de tan honorable mecenas; pero debes estar seguro de que si, como sólo he podido producir esta bagatela, hubiera sido yo el autor de la “Ilíada” o de la “Eneida”, de la “Jerusalén Libertada” o del “Paraíso Perdido”, a ti, de preferencia, hubiera dedicado esos poemas inmortales.
Tu amigo afectísimo,EUSTAQUIO PALACIOS
Cali, 16 de octubre de 1886.
I.—De Cali a Cañasgordas
II.—La Hacienda de Cañasgordas
III.—Doña Ines de Lara
IV.—Daniel
V.—El domingo en la hacienda
VI.—De Cañasgordas a Cali
VII.—Cali en 1789
VIII.—La Pascua
IX.—La enfermedad de Inés
X.—La propuesta de Don Fernando de Arévalo
XI.—Diana y Endimión
XII.—Los dos huérfanos
XIII.—El paje y Arévalo
XIV.—Una nueva arcadia
XV.—La serenata
XVI.—Las bodas en Catayá
XVII.—Desaparición
XVIII.—El Rodeo
XIX.—Octubre en Cañasgordas
XX.—Remedio desesperado
XXI.—Las sesiones del ayuntamiento
XXII.—La jura de Carlos IV
XXIII.—Placer y dolor
XXIV.—El Convento de San Francisco
XXV.—Confidencias
XXVI.—El resto de la historia
XXVII.—Conclusión
Notas al pie
A principios del mes de marzo de 1789, un sábado como a las cinco y media de la tarde, tres jinetes bien montados salían de Cali, por el lado del Sur, en dirección a la hacienda de Cañasgordas.
Iban uno en pos de otro.
El de adelante era un hermoso joven, como de veintidós años, de regular estatura. Color blanco sonrosado, ojos negros y rasgados y mirada severa un tanto melancólica. Apenas comenzaba a apuntarle el bozo y ya se notaban las sombras en donde pronto debían aparecer las patillas.
Su vestido consistía en camisa de género blanco, con cintas de lo mismo al cuello, en vez de botones: chaqueta de color pardo ceniciento, y sobre ésta una manta de colores a listas. Llamada en el país ruana1, y sombrero blanco de grandes alas, de paja de iraca2. Los pantalones, del mismo género que la chaqueta, eran cortos, hasta cubrir la rodilla, y asegurados allí con una hebilla de plata. Medias blancas de hilo y botines negros de cordobán completaban el vestido del joven jinete. Por último llevaba zamarros, pero no era en la forma de calzones que se les da hoy, sino abiertos: eran dos fajas anchas de piel de venado adobada, que caían sobre cada una de las piernas.
Montaba un potro rucio de gran talla y mucho brío, que caminaba con la buena voluntad con que andan las bestias cuando van para su dehesa.
El jinete que le seguía era un sacerdote del convento de San Francisco, fundado en la ciudad hacía sólo veinte años, y que estaba ya entonces en todo el apogeo de su esplendor y disciplina3.
Frisaba el Padre en los cuarenta y era de semblante grave y mirada profunda; llevaba el hábito de su orden, que era de sayal gris; sobre el hábito, una ruana de lana, de anchas listas moradas y azules, fabricada en Pasto, y sombrero blanco grande de paja asegurado con barboquejo de cordón de seda negra; en un pañuelo, a la cabeza de la silla, llevaba envuelto el breviario. Iba caballero en una mula retinta de buen paso y al parecer muy mansa.
El último de los tres jinetes era un joven como de veinticuatro años, de color mulato, esto es, entre blanco y negro, más negro que blanco, pero las facciones más de blanco que de negro. En sus ojos pardos, rasgados y vivos se revelaba la franqueza juntamente con el valor.
Por todo vestido llevaba camisa de lienzo de Quito, ruana de lana basta, de listas azules, pantalones de manta del país tejida en el Socorro, y sombrero hecho con trenza de juncos.
Cabalgaba un trotón castaño, alto y doble; en el arzón de la silla, a la derecha, se veía una gran soga4 enrollada, y en la cintura un largo cuchillo de monte, llamado machete, con su cubierta de vaqueta.
Estos viajeros atravesaron en silencio el llano de Isabel Pérez. Los campesinos que iban a la ciudad o salían de ella, saludaban al Padre quitándose el sombrero al pasar a su lado, y él les correspondía el saludo con una inclinación de cabeza.
La tarde estaba magnífica: el sol se ocultaba ya detrás de Los Farallones5, de manera que la parte del camino por donde en ese momento iban, estaba hacía rato en la sombra; pero la luz del sol se veía brillar sobre las cumbres de las montañas de Chinche.
Las afueras de la ciudad ofrecían por ese lado ya esa hora bastante animación. Varios vecinos volvían de su trabajo con la herramienta al hombro; bestias cargadas de plátanos o leña; mujeres con haces de leña en la cabeza; viajeros que llegaban de los pueblos del Sur; arrieros con sus recuas cargadas de bayeta, papas o anís; algún negro joven que pasaba a escape en su caballo en pelo y que iba a la ciudad tal vez a comprar lo que faltaba para la cena en alguna hacienda o granja vecina; los criados de la hacienda de Isabel Pérez6 que apartaban las vacas de los terneros como es costumbre a esa hora; y todo esto acompañado del mugir de las vacas, del berrear de los terneros, de los gritos de los criados, de las interjecciones de los arrieros y de esos otros mil ruidos que se oyen en las casas de campo y en las inmediaciones de una ciudad cuando va entrando la noche.
Al llegar a la quebrada de Cañaveralejo se detuvieron los tres jinetes y aflojaron las riendas a sus cabalgaduras para que bebieran; pasada la quebrada, entraron en el extenso y limpio llano de Meléndez; a la izquierda, a una o dos cuadras del camino real, estaba la hacienda de don Juan Félix Hernández de Espinosa, con casa grande de teja, de espaciosos corredores y con Oratorio en el extremo del que quedaba en el frente de la casa; esclavos que obedecían al tañido de la campana; vacas, yeguas, plantaciones de caña de azúcar y trapiche. A la derecha, al lado de la loma, la posesión de don Francisco Mateus, con casa, esclavos, trapiche y ganado. Más lejos, al Oriente, al extremo del llano se alcanzaba a ver la casa de la hacienda de Limonar, perteneciente a doña María de Saa, viuda de don Baltazar Rodríguez. Todo el llano estaba sombreado de árboles aislados o de frondosos bosquecillos.
Al entrar en el llano, el Padre tomó la delantera, a la luz de la luna que se alzaba en ese momento en el oriente, en plenilunio, ostentando su agrandado disco color de oro bruñido, en un cielo azul, limpio y claro; las sombras de los viajeros se proyectaban prolongadas sobre el verde césped.
El padre, dirigiendo la palabra al joven blanco, que iba detrás de él, le dijo;
—Y bien, Daniel, ¿sigues contento en la hacienda?
—Mucho, señor, contestó Daniel.
—¿Te tratan bien todos?
—Sí, señor, hasta ahora no tengo queja de ninguno, pues todos me manifiestan consideraciones que no merezco.
—Sí las mereces. El hombre honrado y que llena cumplidamente sus deberes, lo merece todo. ¿Cuáles son tus ocupaciones en la hacienda?
—Por lo común, trabajo con el señor don Manuel en su cuarto, escribiendo algunas cartas, contestando otras, haciendo apuntes de cosas relativas a la hacienda y sacando cuentas. Cuando él no me ocupa, sirvo de auxiliar al mayordomo.
—¿Y has abandonado el estudio?
—No, señor, al estudio consagro la noche y los domingos.
—¿Qué libros tienes?
—No tengo otros que los que vuesa paternidad me dio cuando me daba lecciones en el convento.
—¿Y cuáles son ésos?
—Los clásicos latinos, la “Filosofía”, del Lugdunense, el Tratado de “Matemáticas” de Wolff y la “Historia de España” del Padre Mariana, que estoy leyendo ahora.
—Cuando hayas leído al Padre Mariana, avísame para darte otros libros de Historia. Pero sobre todo, continúa ejercitándote en la Aritmética. Yo espero que al fin los números te den la subsistencia.
—¡Los números! ¿De qué modo?
— Trabajando en el comercio, por ejemplo.
—¿En el comercio yo? ¿Con qué recursos podré contar jamás para trabajar en el comercio?
—Nadie sabe nada de lo futuro: continúa manejándote bien; sé dócil, humilde y laborioso: el trabajo constante bien dirigido obra prodigios. ¿No recuerdas haber leído: Labor omnia vincit improbus?
—Sí, señor, he leído eso.
—¿En dónde lo has leído?
—En las “Geórgicas”.
—¿Y qué significa eso?
—El trabajo tenaz lo vence todo.
—¿Y no dice más el Poeta?
—Sí, señor: Virgilio añade: Et duris ingens in rebus egestas.
—¿Lo cual quiere decir?
— Y la necesidad imperiosa en las circunstancias difíciles.
—Bien, Daniel, dijo el Padre sonriéndose satisfecho con el orgullo del maestro: veo que no has perdido el tiempo. Ya buscaremos por ahí algún amigo que te dé la mano para que trabajes con independencia; pero creo que todavía no es tiempo, pues eres demasiado joven. ¿Qué edad tienes?
—Ya he cumplido veintidós años según me dice mi madre.
—Doña Mariana ¿es realmente tu madre?
—No, señor, pero yo le doy ese tratamiento porque me ha criado y casi a ella debo la existencia: yo no conocí a mi madre, porque creo que murió al darme a luz. Si ella viviera, ¡cuánto la amara!
—¿Cómo se llamaba tu madre?
—Tampoco lo sé, porque la señora Mariana dice que no la conoció.
—¿Y tu padre?
—Ignoro quién fue mi padre y si está vivo o ha muerto.
—¡Pobre Daniel! No te faltará la protección del Cielo. Humíllate ante los designios de la Providencia, que la humildad es virtud que hace fuerza a Dios. El Profeta dice que “es bueno para el hombre el haber soportado el yugo desde la niñez”; que “se sentará solitario y callará porque se llevó sobre sí”. Y dice también: Ponet in pulvere os suum si forte sit spes. ¿Entiendes eso?
—Creo que sí.
—¿Qué quiere decir?
—Pondrá su labio en el polvo por si acaso hay esperanza.
—Muy bien. Ya ves qué expresión tan valiente es aquella: ¡por si acaso hay esperanza!
—En efecto, me hace impresión, y nunca la había oído.
—Es de los “Threnos” de Jeremías, y es sublime como lo es todo cuanto dicen los “Threnos”.
—¿Qué son “Threnos”?
—“Threnos” es lo mismo que lamentaciones: es voz hebrea.
—¡Cuánta falta me hace vuesa paternidad para seguir estudiando! Veo que nada sé.
—No importa: a tu edad no es fácil saber más de lo que tú sabes. Continúa leyendo, y después de leer, medita mucho sobre lo que hayas leído. Trata de retener en la memoria las dudas que se te ocurran para que me las propongas cada vez que nos veamos: ya sabes que con frecuencia vengo a la hacienda.
—Así lo haré.
Al llegar a este punto del diálogo, el Padre guardó silencio e inclinando la cabeza siguió su camino, entregado al parecer a pensamientos graves. Daniel no se atrevió a interrumpirlo en sus meditaciones.
Habían pasado ya el hermoso llano de Meléndez y llegaban al cristalino río que lleva ese nombre.
Pasado el río, entraron en tierras de la hacienda de Meléndez, llamada hoy San Joaquín7; a la derecha se alzaba en una ligera eminencia, la alta casa de la hacienda (la misma que hay hoy), perteneciente entonces a doña Teresa Riascos, madre de Fray Pedro Herrera; a la izquierda, del camino real para abajo, había otra hacienda perteneciente a don Jerónimo Escobar; a la orilla del camino, había un bosque de carboneros, arbustos de color simpático y de flores alegres.
El mulato, que no había perdido una sílaba de la conversación anterior, se acercó a Daniel y le dijo en voz baja:
—Niño Daniel, ¡cómo lo quiere a usted el amo el Padre!
—Es verdad, Fermín, el Padre me quiere mucho. Jamás alcanzaré a pagarle los beneficios que le debo.
—Mi amo el Padre es un santo y un sabio: todos dicen eso. Para nosotros los esclavos es nuestro mayor consuelo: siempre nos defiende.
En este instante pasaban la quebrada de las Piedras o de Lili. Al entrar en el gran llano de la hacienda de Cañasgordas, se oyó por el lado de abajo la melancólica melodía de un instrumento rústico, hecho de carrizos, tocado por un negro que se dirigía a la casa de la hacienda.
—¿Oyes ese instrumento? Dijo el Padre a Daniel.
—Sí, señor, lo oigo.
—¿Cómo se llama?
—La castrera.
—Creo que esa palabra no es castellana; ¿no tiene otro nombre?
—No, señor.
—¿No recuerdas haber visto en las “Églogas” el fístula juncta cera?
—Ah, sí, ciertamente; y también recuerdo que Alexis tenía una zampoña hecha de siete cañas desiguales.
—¿Y cómo es esta castrera?
—Es hecha de cañas desiguales y unidas con cera. Como se ve, el Padre había convertido el viaje en un aula de latín, teniendo a Daniel por único alumno.
En esto llegaron a la puerta de golpe8 de la hacienda: Fermín se adelantó a abrirla, y entraron todos en el gran patio que precedía a la casa.
Desde la puerta de golpe hasta la casa, a un lado y a otro del patio y alineadas, estaban las habitaciones de los esclavos, hechas de guadua con techos pajizos. En todas ellas se veía, por entre las tablas de las paredes, el fuego del hogar en que esposas y madres preparaban la cena de sus maridos y de sus hijos.
Al atravesar el patio se levantaron los gansos graznando, y siguieron tras los jinetes con las cabezas bajas en ademán de picar a los caballos en los cascos, y los perros comenzaron a ladrar, pero callaron al reconocer a Daniel ya Fermín.
Llegados al gran corredor del frente, echaron pie a tierra. Al llegar el Padre a la puerta de la sala, se detuvo diciendo:
—Deo gratias.
—A Dios sean dadas, contestaron muchas voces, entre las que sobresalían la de don Manuel y la de su esposa.
—¿Cómo están vuesas mercedes?
—Bien, reverendo Padre; y vuesa paternidad ¿cómo está?
—Estoy bueno, gracias a Dios.
—Siéntese, compadre, dijo don Manuel, llega vuesa paternidad un poco tarde.
—Es verdad, salí a las cinco y media, confiado en que el camino está bueno y en que hay luna.
El Padre fue recibido con señaladas muestras de alegría por los dueños de la casa, quienes lo introdujeron con mucho agasajo en la sala principal, mientras que Daniel y Fermín llevaban los caballos a otro corredor para desensillarlos.
Poco después entró Daniel y recibió la ruana9 y el sombrero del Padre para llevarlos al cuarto de éste, que estaba situado en el piso superior. El Padre quedó con su hábito suelto. Como solía estar en el convento.
Las personas que había en la sala y que recibieron al Padre, eran: don Manuel de Cayzedo y Tenorio, su esposa doña Francisca Cuero, sus hijas, a saber: doña Gertrudis; doña Josefa y doña Rosa y una joven que no era de la familia, llamada doña Inés de Lara.
Los hijos varones de don Manuel estaban ausentes: don Manuel José; don Fernando y don Joaquín en Popayán en el Real Seminario de San Francisco de Asís; y don Manuel Joaquín en Cali, estudiando con los Padres de la Merced.
El sacerdote que acababa de llegar a la hacienda con Daniel y Fermín era el reverendo Padre Fray José Joaquín Escobar. Sujeto muy respetable y respetado, de gran talento, de muchas luces sagradas y profanas. Miembro de una familia noble de la ciudad y que siendo abogado de la Real Audiencia de Santafé se había despedido del mundo y había tomado el hábito de San Francisco, a la edad de treinta y dos años. Hacía ya siete con vocación verdadera para el ministerio sacerdotal10.
Este fervor religioso no era raro entonces entre los hombres de alta posición en el mundo: hacía sólo cinco años que otro abogado de la Real Audiencia, el doctor don Pedro de Herrera, perteneciente a una de las principales familias había tomado también el hábito en el mismo convento. Para ser más tarde un sacerdote ilustre, digno de eterno recuerdo entre los hijos de Cali.
Estos sabios franciscanos: Escobar y Herrera, eran dos caracteres muy parecidos. Por su virtud, por su energía y por su amor a la justicia, a la que ambos tributaban reverente homenaje. En ningunos labios sonaban tan sonoras, llegado el caso, como en los de estos dos severos sacerdotes, las palabras del Apóstol: Non possumus.
Continuaron hablando sobre diferentes asuntos, haciéndose mutuas preguntas hasta que siendo cerca de las ocho de la noche, entró una criada y tendió sobre la mesa de la sala un blanco mantel de lino, colocó los cubiertos y trajo la cena. Ésta se componía de sopa, carne, pan de trigo y pan de maíz, queso, chocolate y dulce.
En todo se echaba de ver la riqueza de los dueños de la casa: la vajilla toda era de plata: platos, platillos, fuentes, tachuelas11, tazas para el chocolate, cucharas, tenedores y jarros12.
A cada extremo de la mesa había un candelero de plata con vela de sebo; y a poca distancia de la mesa, una criada, con los brazos cruzados, atendía al servicio.
Antes de que se sentaran a la mesa, la criada llamó al mayordomo, que era un español alto y grueso, de buena presencia, como de cincuenta años, llamado don Juan Zamora, y a Daniel que estaba en el corredor conversando con él.
Al entrar don Juan saludó al Padre con cariño y respeto; en seguida don Manuel y el Padre ocuparon las cabeceras de la mesa, doña Francisca se colocó a la derecha de su marido y doña Inés a la izquierda de éste; el Padre tenía a don Juan a su derecha y a Daniel a su izquierda. Las demás señoritas se sentaron a los lados de la mesa. Esta posición hacía que Daniel quedara frente a doña Inés, aunque en dirección oblicua. El Padre antes de sentarse rezó el Benedicite.
Mientras cenaban, don Manuel, su mujer y el Padre no dejaban de hablar algo; los demás comían en silencio. A Daniel se le había concedido el señalado favor de sentarse a la mesa de la familia, en atención a que era el secretario privado de don Manuel ya que éste le había cobrado bastante cariño.
Daniel levantaba a veces los ojos y los fijaba tímidamente en Inés, con esa mirada respetuosa propia de los veintidós años. Pero a veces Inés también levantaba los suyos, y recorría con una mirada a todos los circunstantes, y al fijarlos en Daniel, sin intención particular, Daniel bajaba los suyos y quedaba inmóvil, sintiendo estremecimientos inexplicables. Para todo hombre de impresionable corazón había un gran peligro en que sus ojos llegaran a encontrarse con los ojos de doña Inés de Lara.
Terminada la cena, la criada rezó un Padrenuestro, porque aunque los otros se la habían comido, a ella le tocaba dar las gracias a Dios por ese beneficio, y levantó los manteles.
El Padre Escobar fue conducido a su cuarto por Daniel, que llevaba en la mano un candelero con su vela, el que colocó sobre la mesa del cuarto, y dando las buenas noches se retiró. El Padre, apenas quedó solo, abrió su Breviario y se puso a rezar maitines.
Don Manuel se dirigió a su cuarto con don Juan y estuvo largo rato hablando con él acerca de los trabajos de la hacienda, pidiendo informes y dando órdenes.
Las señoras se retiraron a una de las recámaras y allí rogaron a Inés continuara la lectura de una obra en varios tomos, que hacía noches estaba leyéndoles y que no era otra que una de las de Fray Luis de Granada, la titulada “El Símbolo de la Fe”.
Los negros, sobre todo los negros viejos, sentados en las puertas de sus cabañas fumaban tabaco en pipas de barro, al mismo tiempo que conversaban; otros tocaban flauta de caña o de carrizo, en los corredores de sus cabañas o en el gran edificio del trapiche.
Una hora después, todos los habitantes de la casa grande se recogieron a sus respectivos dormitorios y esa parte de la hacienda quedó en silencio. En el cuarto del Padre hubo luz hasta muy tarde, según se veía por las rendijas de la puerta y de las ventanas, y la había también en algunas de las cabañas de los negros; pero la luz de éstas no era producida por las bujías sino por la leña del hogar.
Cañasgordas era la hacienda más grande, más rica y más productiva de todas cuantas había en todo el Valle, a la banda izquierda del río Cauca.
Su territorio era el comprendido entre la ceja de la cordillera occidental de los Andes y el río Cauca, y entre la quebrada de Lili y el río Jamundí.
La extensión de ese territorio era poco más de una legua de norte a sur, y varias leguas de oriente a poniente.
El aspecto de esa comarca es el más bello y pintoresco que puede imaginarse. Desde el pie de la empinada cordillera que tiene allí el nombre de Los Farallones, se desprende una colina que va descendiendo suavemente en dirección al río Cauca, en más de una legua de desarrollo: su forma es tan simétrica, que no se observa en ella una protuberancia ni un bajío; tampoco se ve árbol alguno, ni arbustos, ni maleza, porque es limpia en toda su extensión y está cubierta de menuda grama. Podría ser digno asiento de la capital de una gran nación, y gozaría de una perspectiva tan poética y de horizontes tan vastos, como no los tiene tal vez ciudad alguna. Un templo que se edificara en la parte media de esa colina, con su fachada al Oriente, y con sus torres y su cúpula, sería un monumento verdaderamente grandioso, y su aspecto sublime para quien lo contemplara desde lejos.
Descendiendo por la colina, se ven a la derecha vastas praderas regadas por el cristalino Pance, que tienen por límite el verde muro de follaje que les opone el Jamundí con sus densos guaduales; a la izquierda, graciosas colinas cubiertas de pasto, por entre las cuales murmura el Lili, casi oculto a la sombra de los carboneros; y allá abajo, en donde desaparece la gran colina, se extiende una dilatada llanura cubierta de verde césped, que va a terminar en las selvas del Cauca, y que ostenta, colocados a regulares distancias, árboles frondosos, o espesos bosquecillos, dejados allí intencionalmente para que a su sombra se recojan a sestear los ganados en las horas calurosas del día.
Por todas partes corren arroyos de agua clarísima, que se escapan ruidosamente arrebatados por el sensible desnivel del terreno y que van a llevar al Cauca el tributo de sus humildes raudales13.
La riqueza de la hacienda consistía en vacadas tan numerosas, que el dueño mismo no sabía fijamente el número de reses que pacían en sus dehesas, aunque no ignoraba que pasaban de diez mil. Era casi tan opulento como Job, quien por su riqueza “era varón grande entre todos los orientales”, antes de ser herido por la mano de Satanás.
Allí había partidas de ganado bravío, que nunca entraban en los corrales de la hacienda, ni toleraban que se les acercara criatura humana.
Los toros cargados de años, sultanes soberbios de esos serrallos al aire libre, grandes, dobles, de gruesa cerviz, de cuernos encorvados y de ojos de fuego, se lanzaban feroces contra la persona que se les ponía a su alcance, lo cual ocasionaba frecuentes desgracias, principalmente en los transeúntes peatones que se aventuraban a atravesar la llanura sin las precauciones necesarias.
Además de las vacadas, había hatos de yeguas de famosa raza. Extensas plantaciones de caña dulce con su respectivo ingenio para fabricar el azúcar; grandes cacaotales y platanares en un sitio del terreno bajo llamado Morga.
En la parte alta había muchos ciervos, en tanta abundancia que a veces se mezclaban con los terneros; y en la montaña, y en las selvas del Cauca, abundante caza de todo género, cuadrúpedos y aves. Piezas bien condimentadas de diferentes animales de monte figuraban frecuentemente en la abundante y suntuosa mesa de los amos; y con más frecuencia, aunque sin condimento, en la humilde cocina de los esclavos.
De éstos había más de doscientos, todos negros, del uno y del otro sexo y de toda edad; estaban divididos por familias, y cada familia tenía su casa por separado. Los varones vestían calzones anchos y cortos de lienzo de Quito, capisayo de lana basta y sombrero de junco; no usaban camisa. Las mujeres, en vez de la basquiña (llamada “follado” en el país) se envolvían de la cintura abajo un pedazo de bayeta de Pasto, y se terciaban del hombro abajo otra tira de la misma tela, asegurados aquél y ésta en la cintura; y cubrían la cabeza con monteras de paño o de bayeta, hechas de piezas de diferentes colores.
La mayor parte de esos negros habían nacido en la hacienda; pero había algunos naturales de África, que habían sido traídos a Cartagena y de allí remitidos al interior para ser vendidos a los dueños de minas y haciendas. Éstos eran llamados “bozales”, no entendían bien la lengua castellana, y unos y otros la hablaban malísimamente.
A esa multitud de negros se daba el nombre de cuadrilla, y estaba a órdenes inmediatas de un capitán llamado el tío Luciano.
Eran racionados todos los lunes, por familias, con una cantidad de carne, plátanos y sal proporcionada al número de individuos de que constaba cada una de ellas: Con este fin se mataban cada ocho días más de veinte reses.
Todos esos esclavos, hombres y mujeres, trabajaban toda la semana en las plantaciones de caña; en el trapiche moliendo la caña, cociendo la miel y haciendo el azúcar; en los cacaotales y platanares; en sacar madera y guadua de los bosques; en hacer cercas y en reparar los edificios; en hacer rodeos cada mes, herrar los terneros y curar los animales enfermos; y en todo lo demás que se ocurría.
Pero se les daba libre el día sábado para que trabajaran en su provecho; algunos empleaban este día en cazar guaguas o guatines14 en el río Lili o en los bosques de Morga, o en pescar en el Jamundí o en el Cauca; otros, laboriosos y previsivos, tenían sus labranzas sembradas de plátano y maíz, y criaban marranos y aves de corral: Estos, a la larga, solían librarse dando a su amo el precio en que él los estimaba, que era por lo regular de cuatrocientos a quinientos patacones. Cuando un marido alcanzaba así su libertad, se mataba en seguida trabajando para librar a sus hijos ya su mujer, y esto no era muy raro. A la falda oriental de la gran colina que hemos descrito, estaba la casa de la hacienda, que hasta ahora existe, con todos los edificios adyacentes, casi a la orilla de la quebrada de Lili. Esa casa consta de un largo cañón de dos pisos, con un edificio adicional en cada uno de los extremos, los cuales forman con el tramo principal la figura de una Z al revés. A continuación de uno de estos edificios adicionales estaba la capilla, y detrás de ésta, el cementerio15.
La fachada principal de la casa da vista al Oriente, y tenía en aquella época un gran patio al frente, limitado por las cabañas de los esclavos, colocadas en línea como formando plaza, y por un extenso y bien construido edificio llamado el trapiche, en donde estaba el molino, movido por agua, y en donde se fabricaba el azúcar.
La casa grande en el piso bajo sólo tenía una puerta en la mitad del corredor del frente, la cual daba entrada a la sala principal, y al patio interior, a los lados de la sala había recámaras. En el piso alto, había sala, recámaras y cuartos.
Los muebles de la sala eran grandes canapés aforrados en vaqueta, con patas torneadas imitando los del león, con una bola en la garra; sillas de brazos con guadamaciles de vaqueta grabados con las armas de la familia con sus colores heráldicos, oro, azul y grana; una gran mesa de guanabanillo, fuerte y sólida, que servía para comer, pues en aquel tiempo las salas principales servían de comedor, y no era todavía conocida esta última palabra; en una de las esquinas de la sala estaba el aparador, construcción de cal y ladrillo, compuesto de tres nichos en la parte baja, y una gradería encima de los nichos, que iba angostándose gradualmente hasta terminar en el vértice de las dos paredes. En los nichos estaban las tinajas llenas de agua, con relieves; y en las gradas, toda la vajilla de plata y de porcelana de China, muy fina y trasparente. Esta porcelana se colocaba de manera que presentara el fondo con todos sus colores y dibujos a la vista de los espectadores: el aparador era el gran lujo de las casas ricas.
En las recámaras estaban las camas de las señoras, de grandes dimensiones, de maderas finas, bien torneadas y con columnas doradas; sillas de brazos, poltronas aforradas en terciopelo o en damasco; y tarimas con tapetes, arrimadas a las ventanas, llamadas estrados, en donde se sentaban las señoras a coser o bordar.
Los muebles del segundo piso eran semejantes a los del primero. En todas las piezas había cuadros de santos al óleo, con sus marcos dorados y con relieves, trabajados unos en España y otros en Quito, y todos de bastante mérito.
Tal era, a grandes rasgos, en 1789, la hacienda de Cañasgordas, que pertenecía al muy noble y rico señor don Manuel de Cayzedo y Tenorio16, Coronel de milicias disciplinadas, Alférez Real y Regidor perpetuo de la muy noble y leal ciudad de Santiago de Cali. La ciudad tenía esos títulos por Cédula Real, y el mismo origen tenían los de don Manuel de Cayzedo.
Sospechamos que a ese sitio se le dio el nombre de Cañasgordas deducido de los extensos guaduales que por allí se encuentran, principalmente a orillas del río Jamundí; pues sabido es que los conquistadores daban a la guadua el nombre genérico de caña, y que por ser tan gruesa la llamaban gorda. Así se lee en la obra del Padre Fray Manuel Rodríguez, jesuita, hijo de Cali, publicada hace dos siglos y titulada “El Marañón o Amazonas”.
Dejamos dicho que las personas que había en la sala de la casa, a la llegada del Padre Escobar eran: don Manuel, su esposa, sus hijas y doña Inés de Lara.
El primero llevaba esa noche, sobre sus vestidos ordinarios, que eran: Calzón corto, de paño; con charnela y hebilla de oro en la choquezuela, gran chaleco de terciopelo. Camisa de lino con chorrera en el pecho alechugada y aplanchada, a la que daban el nombre de “arandela” y también el de “gola”. Medias de seda y zapatos negros de cordobán; sobre estos vestidos, decimos, llevaba una especie de bata que le caía hasta cerca de los tobillos, con mangas, no ceñida. Hecha de una tela de lana de colores. Esta ropa talar se llamaba “balandray”, corrupción del nombre castellano balandrán; y la hacían también de zaraza para los días calurosos.
Su esposa vestía camisa blanca de lienzo de lino con tirillas bordadas, de mangas largas hasta el codo, y anchas arandelas bien plegadas alrededor de las tiras y en el extremo de las mangas; follado de bayeta azul de Castilla, medias, zapatos negros, zarcillos pequeños, que eran los de moda, y rosario con cuentas y cruz de oro. El cabello caía a la espalda en una sola crizneja. Sus hijas vestían exactamente lo mismo, sólo que el follado era de carro de oro. Tela de lana, rígida y doble. Llamada así, no porque entrara el oro en su tejido, sino porque el fabricante de ella en Flandes había pintado un carro de oro en la puerta de la fábrica. Llevaban, además del rosario, gargantillas de corales y oro. Doña Inés se diferenciaba de sus compañeras en su vestido blanco de seda, con florecillas regadas, de color rosado, y con corpiño de lo mismo, pero no cosido al faldón como se usa ahora, sino desprendido, con mangas largas, angostas de arriba y anchas en el extremo, con guarniciones de encajes, lo mismo que en el cuello. Llevaba recogida su gran mata de pelo, en la parte posterior de la cabeza, formando un enorme nudo o lazo, asegurado con cintas: Este peinado se llamaba el “moño”. Sus zarcillos y gargantilla eran de perlas. En el modo de vestirse esta joven se echaba de ver que había sido educada por personas conocedoras de los gustos de la Corte.
Don Manuel tenía a la sazón un poco más de sesenta años: Era de regular estatura, bien formado, de color blanco, cabellos negros encanecidos ya, ojos negros, frente espaciosa, mejillas llenas y sonrosadas; no usaba bigote ni pera, sino solamente patillas, que le caían muy bien. Era todavía bastante ligero en sus movimientos y de maneras agradables en el trato con sus iguales. Su carácter, de verdadero hidalgo castellano, se prestaba a las acciones más generosas, aunque un tanto desigual, pues tan pronto se manifestaba amable como iracundo.
En materia de linaje estaba muy pegado de su alcurnia y mencionaba con orgullo la larga serie de sus nobles ascendientes, todos los cuales habían ejercido el honroso cargo de Alférez Real, de padres a hijos, y habían recibido de los reyes de España señaladas muestras de distinción, juntamente con su escudo de armas.
Esas distinciones honoríficas que había recibido del Soberano, unidas al esplendor de su raza, a su regular ilustración ya sus riquezas, le daban en la ciudad de Cali y su jurisdicción, una autoridad casi ilimitada; al mismo tiempo que su carácter franco y generoso, su honradez proverbial y el interés con que propendía siempre a toda mejora de utilidad común, le granjeaban gran prestigio entre sus compatriotas y la general estimación. Era de hecho y de derecho el personaje más importante de la ciudad.
Ponía particular esmero, siempre y en toda circunstancia, en defender los fueros y privilegios de su familia y en mantener una valla insuperable entre la nobleza y la plebe: En este particular no transigía. Cumpliéndose este requisito, era amable con todos, a pesar de su aspecto severo; y todo plebeyo, o “montañés”, como se decía entonces, que ocurría a él en algún apuro pecuniario, estaba seguro de que no perdía inútilmente la vergüenza, porque siempre conseguía lo que buscaba.
Doña Francisca Cuero y Cayzedo era al tiempo en que la presentamos al lector: Una señora de poco más de cuarenta años, que conservaba todavía bastantes restos de su primitiva belleza. Era buena, dulce y eminentemente caritativa; y lo era por raza, pues todos los individuos de esa familia, eran y habían sido notables por su genial bondad.
Las hijas de este matrimonio no carecían de hermosura: Todas ellas estaban dotadas de buen carácter y habían recibido la educación más esmerada que podía darse en aquel tiempo a una joven noble. Educación que, en resumen, no era gran cosa: Leer y escribir, hilar, coser y bordar, hacer encaje en almohadilla, y tocar el clave: Era éste un instrumento músico de cuerdas de alambre, con teclas, algo semejante al piano moderno. A estos conocimientos añadían los necesarios para administrar una casa y gobernar bien una familia.
Pero la persona del bello sexo que más llamaba la atención entre todas las que hemos nombrado, era sin disputa doña Inés de Lara. Esta joven como de diez y siete años, presentaba el tipo griego en toda su pureza: rostro ovalado, color blanco de perla, cabellos castaños, abundantes y sedosos, frente espaciosa, nariz recta como la que los griegos daban a las niñas en sus relieves, cejas negras suficientemente pobladas, labios rubicundos ligeramente gruesos y boca bien proporcionada, barba redonda con un hoyuelo apenas perceptible en el medio, ojos grandes y rasgados con pupila de color de uva y pestañas negras medianamente crespas. Era de estatura mediana, y el cuello y las formas de su cuerpo, que fácilmente se adivinaban bajo sus vestidos, suavemente robustas y bien formadas las mismas con que los escultores antiguos presentaban a Diana la Cazadora. Cierta gravedad en el semblante y la majestad en el andar, la hacían parecer orgullosa. Si el poeta latino la hubiera contemplado cuando paseaba con sus compañeras por las riberas del Lili, habría dicho de ella lo que dijo de Venus: “En el andar se conocía la diosa”
Inés era huérfana: Su padre don Sebastián de Lara, noble caballero santafereño, había venido a Cali veinte años antes, con su esposa doña María Portocarrero y ejercía la profesión de comerciante y pasaba por acaudalado.
En Cali nació Inés; pero doña María murió dejándola de siete años, y don Sebastián, llorando siempre a su esposa, había continuado soltero cuidando de su hija única. Inés tuvo pues tiempo suficiente para conocer bien a su madre, pudo gozar de las atenciones y caricias que todas las madres tributan a sus hijos en la infancia y retener la imagen de ella grabada para siempre en su memoria.
Ocho años más tarde se vio don Sebastián atacado de mortal dolencia, conoció la gravedad de ella y se convenció de que pronto iba a morir.
Don Manuel de Cayzedo era su amigo íntimo y además su compadre porque era padrino de Inés. Ellos se habían conocido en Santafé, en donde don Manuel había estado de joven. Esa íntima amistad tenía por fundamento la semejanza de carácter, la honradez acrisolada y la distinguida categoría social de ambos, y se había robustecido con el trato familiar de largos años.
Viéndose don Sebastián a las puertas del sepulcro, llamó a don Manuel y le habló en estos términos:
—Compadre, conozco que mi enfermedad no tiene remedio y que pronto seré llamado a dar cuenta a Dios de todos los actos de mi vida. Nada me importaría morir, si no fuera porque tengo a esa pobre hija mía, que va a quedar huérfana de padre y madre. Con sólo pensar en esto se me parte el corazón. El único consuelo que me queda en tan terrible angustia es la esperanza de que vuesa merced podrá hacerse cargo de ella y tratarla como si fuera su hija, porque es su ahijada y porque es hija de este su infeliz amigo, que le fue siempre leal y apasionado. Me falta saber si vuesa merced querrá prestarme tan señalado favor.
—No se preocupe vuesa merced, contestó don Manuel. Más de lo justo, por su enfermedad, que no me parece tan grave. Mediante Dios y los cuidados de nuestro excelente amigo el R. P. Fray Mariano Camacho, no tardará en recobrar la salud. Pero si por desgracia sucediera lo que teme, Dios no lo permita, puede contar con que Inés encontrará en mí un segundo padre, no tan bueno como el que pierde, pero sí muy amoroso y muy interesado en su suerte.
—Esa promesa me basta, dijo don Sebastián. Vuesa merced ha sido siempre para mí un noble amigo, y la palabra que ahora me da tiene el valor de una escritura y de un juramento. Oiga, pues, mi última voluntad: Inés tiene parientes en Santafé, pero ella nació aquí, aquí está sepultada su madre y aquí descansarán también mis huesos; está hecha a las costumbres de esta ciudad y es natural que prefiera vivir en su suelo nativo más bien que trasladarse a otra parte a ver caras nuevas y costumbres diferentes. Yo estimo mucho a los deudos que ella tiene en Santafé, porque todos son personas honorables, pero en ninguno tengo tanta confianza como en vuesa merced para el caso de confiarle a mi hija.
Don Manuel le dio las gracias por esa prueba de confianza, y el enfermo continuó:
—Creo, compadre, que todo hombre conoce su última enfermedad; lo digo ahora por mí, algo hay en mi alma que me inspira la seguridad de que mi vida se acaba. Sea como fuere, le ruego oiga mí deseo y mi súplica postrera: Hoy haré testamento y lo nombraré a vuesa merced tutor y curador de mi hija. En mis baúles hallará quince mil patacones, además del valor de las mercancías existentes que no bajará de otro tanto, este es el caudal de Inés, que vuesa merced manejará como a bien tenga. Pero le ruego la lleve a su casa y la coloque al lado de sus virtuosas hijas, no les dará qué hacer porque es muy juiciosa y recatada. Si vuesa merced lo creyere conveniente, trate de casarla en tiempo oportuno, con persona que sea digna de ella, pues no permito que manche su ilustre sangre con un enlace desigual. Esto se lo encargo encarecidamente, y sé que vuesa merced lo cumplirá. Pero en todo caso, el matrimonio ha de ser a gusto de ella, sin hacerle fuerza alguna, para que no tenga motivo de quejarse de mí como de un tirano.
Con esto terminó don Sebastián sus instrucciones, y don Manuel le repitió la promesa de que en todo respetaría su última voluntad.
