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En respuesta a los efectos más negativos de la globalización han surgido diversas formas de resistencia, entre las cuales el altermundismo ha destacado como movimiento social. Desde Chiapas hasta la India, de los foros sociales mundiales a las alternativas locales, Geoffrey Pleyers recorrió el mundo con el fin de comprender este complejo movimiento, así como las vías que los activistas han explorado para convertirse en actores de su vida y de su mundo, y así reconfigurar las aspiraciones democráticas, la justicia social y el activismo. Pleyers muestra cómo esos actores han forjado las culturas activistas, a partir de las cuales surgirán los movimientos sociales del siglo XXI, caracterizados por sus fuertes dimensiones subjetivas, sus formas innovadoras de organización y su capacidad de proponer alternativas concretas fundadas tanto en un saber práctico como en un saber experto, que pongan en evidencia la irracionalidad del neoliberalismo.
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Seitenzahl: 659
Veröffentlichungsjahr: 2025
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GEOFFREY PLEYERS es presidente de la Asociación Internacional de Sociología, en la que dirigió de 2014 a 2018 el comité dedicado a la sociología de los movimientos sociales. Doctor en sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, también es director de investigación del Fondo Belga para la Investigación Científica y profesor en la Universidad de Lovaina.
El altermundismo
Sección de Obras de Sociología
Traducción de VÍCTOR ALTAMIRANO
Prefacio de ALAIN TOURAINE
Primera edición en inglés, 2010 Primera edición en español, 2025 [Primera edición en libro electrónico, 2025]
Distribución mundial en español
© 2010, Geoffrey Pleyers Esta edición se publica con el permiso de Polity Press Ltd., Cambridge Título original: Alter-Globalization. Becoming Actors in the Global Age
D. R. © 2025, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672
Diseño de portada: Neri Ugalde
Ilustración elaborada con elementos deiStockphoto / Marakit_Atinat/incomible
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.
ISBN 978-607-16-8707-4 (rústico)ISBN 978-607-16-8848-4 (electrónico-epub)ISBN 978-607-16-8940-5 (electrónico-mobi)
Impreso en México • Printed in Mexico
A mis padres, Marie Louise y Joseph Pleyers-Siebertz,por su devoción y su ejemplo
Prefacio, Alain Touraine
Agradecimientos
Primera Parte EL ALTERMUNDISMO. CONVERTIRSE EN ACTORES EN LA ERA GLOBAL
Introducción
De los primeros levantamientos a la crisis global
Un movimiento global
Dos vías para convertirse en un actor en la era global
I. La voluntad de convertirse en un actor
Un actor contra la ideología neoliberal
La acción social en la era global
Segunda Parte LA VÍA DE LA SUBJETIVIDAD
II. La experiencia de un mundo otro
La resistencia a través de la subjetividad
Espacios de experiencia
Las derivas de la experiencia
III. De las montañas de Chiapas a los barrios urbanos
Los zapatistas
El centro social y cultural Barricade
La juventud alteractivista
De los zapatistas a los alteractivistas
IV. Movimientos expresivos y antipoder
Un concepto de cambio social
Un compromiso social y subjetivo
Ilusiones de antipoder y derivas de los espacios de experiencia
De cara a lo político
Conclusiones
Tercera Parte LA VÍA DE LA RAZÓN
V. La experticia para un mundo otro
Resistencia a través de la razón
Los espacios de experticia
La ambivalencia de la experticia
Conclusiones
VI. Ciudadanos, expertos e intelectuales
Introducción
Un movimiento ciudadano
Intelectuales comprometidos
Las teorías de un mundo otro y las prácticas de experticia
Conclusiones
VII. Razón, democracia y contrapoder
Un movimiento contra la ideología neoliberal
Racionalidad en riesgo
La democracia en riesgo
Un concepto de cambio social
Conclusiones
Cuarta Parte LA CONFLUENCIA DE LAS DOS VÍAS
VIII. Tensiones y colaboraciones
Las problemáticas comunes
Dicotomización: de la tensión a la oposición
Absorción: tensión borrada por la hegemonía
Combinación: tensiones y complementariedades
Conclusiones
IX. Los principales debates
Pensar local y global, actuar local y global
La organización interna del movimiento
Repensar el cambio social
Conclusiones
X. Hacia un altermundismo posterior alConsenso de Washington
Reconfiguraciones
En camino a resultados concretos
Neolocalismo
Consumo alternativo
La justicia climática
Conclusiones
Conclusiones
Bibliografía
Índice analítico
Durante las últimas décadas, la globalización —no sólo de la economía, sino de numerosas áreas de la vida social y cultural— ha sido el aspecto más visible e inquietante de la evolución de un capitalismo liderado principalmente por Estados Unidos. Esta globalización provocó y despertó un movimiento social en todo el mundo fundado en una crítica de ella, así como en la defensa de diversos sectores (mujeres, minorías étnicas y todos aquellos sujetos de regímenes autoritarios o totalitarios) que, según pareciera, no tienen nada en común además de estar sometidos al capitalismo en sus formas más brutales e inextricables.
La respuesta fue inmediata: la globalización del capital se correspondió con un movimiento amplio, presente en la mayor parte del mundo. Aunque tomó diferentes nombres en varios países, sobre todo en Estados Unidos, el movimiento no tardó en posicionarse como altermundista en vez de antiglobalización, pues este último término es susceptible de muchos malentendidos; surgió un consenso general según el cual no debía rechazarse una globalización que pudiera tener también dimensiones positivas y en el que los análisis y las acciones debían enfocarse en propuestas y estrategias para luchar contra la forma negativa del capitalismo.
Al igual que con muchas otras acciones masivas, este movimiento dio origen a análisis, interpretaciones y propuestas provenientes de todas partes del mundo. El hecho de considerar que la de Geoffrey Pleyers sea la mejor no niega la calidad de las demás. Bien documentada y basada en los análisis más profundos, presenta, ante todo, un movimiento verdaderamente global, a la vez que adaptado al contexto económico de cada país y región.
Geoffrey Pleyers es un ciudadano belga nacido en un pueblo en el cruce de tres fronteras: la de los Países Bajos, la alemana y la belga. Se trata de una región extraordinaria que, tras haber perdido todas las industrias en que se basaba su riqueza (minería, hierro y acero, textiles), pudo, en cuestión de unos años, acceder a una situación mejor y más dinámica que la de muchas otras partes de Bélgica. Como muchos otros en esa región, Geoffrey Pleyers le atribuye esa rápida y excepcional recuperación a su apertura al mundo exterior, la cual se hizo necesaria y posible gracias, en primer lugar, a la coexistencia parcial de varias culturas y redes de intercambio. De esa forma, los orígenes de Geoffrey Pleyers pudieron haber contribuido a informar las perspectivas de un hombre que no sólo posee un profundo conocimiento de Europa occidental y de México, sino que, durante una década, ha atravesado el planeta para estudiar casi todos los foros nacionales e internacionales in situ, y ello lo ha llevado a entender desde un inicio que la diversidad de formas de acción del movimiento no sólo era producto de su diversidad interna.
La principal contribución de Geoffrey Pleyers, y lo que hace de este libro una herramienta indispensable, es su exposición clara de las fortalezas y debilidades contradictorias de un movimiento que era —y sigue siendo— de bases (grassroots), en el que los activistas provenientes de países pobres ocupan un lugar imposible de observar en cualquier otro movimiento. Ese hecho notable nos obliga a reconocer desde el inicio la fortaleza, la originalidad y el dinamismo de un movimiento que, empezando por el sur de Brasil, ha organizado reuniones y foros en todos los continentes. Es imposible deshacerse de esta impresión. En pocas palabras, sin perder de vista las diferentes formas de acción de cada país y de cada etapa de su desarrollo, es un hecho firme e innegable que el mundo contemporáneo nunca había sido testigo de un movimiento tan grande y dinámico, en todas partes del planeta, como el altermundista.
Esta primera observación nos conduce rápidamente a la segunda: este movimiento no fue únicamente una respuesta al impacto y el triunfo aparente de la globalización capitalista. No sólo ha contribuido en gran medida a la causa feminista y a la defensa de los derechos de las minorías, sino que, por encima de eso —y es aquí donde reside la observación más importante—, no ha buscado su legitimidad en la crisis de un sistema económico, político y cultural. Dicho movimiento no sólo ha sido crítico; de hecho, fue y sigue siendo el primer gran movimiento social que no se ha fundado tanto en el rechazo, sino más bien en la reivindicación de los derechos de una gran mayoría de la población. Si bien en sus expresiones más extremas la globalización capitalista creó una distancia e incluso una ruptura entre los muy ricos y todos los demás, el movimiento altermundista, al reunir todas las dimensiones de la crítica y de las exigencias, logró oponerse a las fuerzas económicas más poderosas. Más allá de todas las demandas específicas, en primer lugar se afirmó como el defensor de los derechos de los seres humanos, a los que había saqueado en tantísimos campos y lugares la mismísima naturaleza global y hegemónica de un capitalismo extremo, tan irracional que aquellos contra los que peleaba el movimiento altermundista no debían tardar en caer bajo el peso de su propia irracionalidad.
Antes que atacar las diferentes formas de dominación o de buscar las razones de la formación de movimientos sociales en las “leyes” de la economía capitalista, el movimiento altermundista otorgó una importancia esencial a los derechos de aquellos para quienes luchaba —y en cuyo nombre lo hacía—, en lugar de a la naturaleza de aquello contra lo que peleaba. El movimiento altermundista fue el primer movimiento en afirmar un concepto de derechos humanos, de libertad y de justicia dentro de la globalización, con lo que recordaba a los grandes momentos y textos de finales del siglo XVIII en Francia y Estados Unidos, mientras que, a lo largo del último medio siglo, los discursos positivos se habían debilitado hasta el punto de quedar reducidos a un economismo cada vez más debilitado, incapaz de explicar la importancia de los nuevos movimientos: nuevos tanto por su ubicación como por la naturaleza de los grupos que defendían apelando a los derechos humanos fundamentales. Ésa es la razón por la que estos poderosos movimientos no tenían la meta revolucionaria de tomar por la fuerza el poder del Estado.
Sin embargo, el descubrimiento de las características específicas del movimiento altermundista conduce a una comprensión de sus debilidades, las cuales se reconocen continuamente y no justifican un juicio puramente crítico de esos actores, quienes tanto han motivado la aparición de luchas contra la injusticia. La economía globalizada es un sistema de producción que proporciona un poder particularmente grande a los centros de toma de decisiones económicas, que casi siempre se ubican en el corazón de las economías nacionales más poderosas; en especial, en Estados Unidos. No obstante, ¿acaso el movimiento altermundista puede confrontar directamente un poder político? He proporcionado ya la respuesta obvia: al ser un movimiento simultáneamente social, cultural y político, el movimiento altermundista, que ha dado origen a tanto activismo, no puede atacar de forma directa y exitosa los centros de poder económicos y políticos del capitalismo globalizado. Hay quienes consideran que es posible e incluso necesario enfocar la acción en una ofensiva directa contra Estados Unidos y sus aliados. Este enfoque ha ganado la mayor influencia en Francia (en gran medida gracias al impacto de Le Monde diplomatique), donde llevó al movimiento ATTAC a adoptar un programa verdaderamente político, al menos hasta su cambio de liderazgo en 2007. Sin embargo, sin importar cuán fuerte pudiera ser la base del movimiento, la fortaleza en su cima era imposible debido a que los poderes nacionales y locales, así como los contextos culturales de cada país, evitaron la fusión de todos sus componentes en una fuerza y acciones políticas o militares capaces de anular el capitalismo global. Si bien algunas acciones colectivas, de Seattle a Génova, demostraron que la confrontación con los enemigos podía volverse violenta con rapidez, la acción política del movimiento a nivel internacional se mantuvo débil. No se puede culpar al movimiento altermundista de esa debilidad, pues por muchos años capturó con mucha más fuerza la atención del mundo entero que las cumbres de Davos, que estaban claramente vinculadas con las élites económicas y políticas de los países más poderosos y no atraían un interés comparable. Durante algún tiempo, incluso pareció que el Club de Davos buscaba imitar en ciertas formas al movimiento altermundista. De hecho, como no tardaría en mostrar la historia, este capitalismo global incluso escapaba del control de aquellos que lo impulsaban; no obstante, la ausencia de resultados políticos fragmentó y dividió al movimiento. Si bien los franceses asignaron una prioridad cada vez mayor a la acción, siguiendo la tradición jacobina de su país, en la mayoría de las demás regiones se rechazó ese enfoque porque dividía al movimiento y también porque, en una forma más general, era imposible imponer un concepto político a un movimiento que siempre había sido más fuerte y más creativo en su base que en la cima. El declive del liderazgo del movimiento francés por parte de los activistas de ATTAC representó el final de una tendencia que, en realidad, la mayoría internacional nunca favoreció.
No obstante, lo que más debilitó el movimiento fue la caída del sistema económico contra el que peleaba. El estallido de una serie de “burbujas” y el surgimiento de varios escándalos financieros proclamó el inicio de una gran crisis que, a partir de 2007, se hizo visible a todos y se propagó de una crisis subprime (es decir, en el crédito hipotecario) a todo el sistema financiero. Ya que ni la economía ni la acción social colectiva podían pelear contra esa crisis —que amenazaba con volverse más seria que la de 1929—, para los Estados, liderados por Estados Unidos y los grandes países europeos —aunque la Unión Europea no desempeñó un papel importante—, se hizo necesario, en una jugada que posibilitó un entendimiento económico mejorado, verter billones de dólares a la economía paralizada, con lo que se estimularon el movimiento y la liquidez, sin los cuales la economía hubiera explotado.
Condenar la impotencia del movimiento altermundista en ese momento sería un acto de mala fe, pues el sector bancario y los negocios millonarios no tuvieron mayor éxito actuando sobre el sistema financiero hasta que los Estados —y ya no los banqueros— tomaron las riendas de una situación que pendía todos los días al borde de la catástrofe: un pánico bancario. Esto nos regresa a la conclusión aludida al inicio de este prefacio. La naturaleza global del capitalismo, la gran autonomía del capital financiero en relación con “la economía real” (una separación que obviamente nunca es total) y el movimiento altermundista son diferentes aspectos de una crisis más global, que podemos considerar el final de un periodo de 30 años durante el que los neoliberales, comenzando por el presidente Ronald Reagan y la primera ministra Margaret Thatcher, dominaron casi por completo la economía global y, por consiguiente, la vida de la mayoría de las personas del mundo. El movimiento altermundista fue el que mejor entendió esa transformación: el final de la creencia ciega e ilimitada en la racionalidad del mercado; la reaparición en el pensamiento económico del papel indispensable del Estado, y la reaparición en el pensamiento del papel igualmente indispensable de una visión de los seres humanos que no los reduzca (ya sea de manera individual o colectiva) a la caricatura del Homo economicus, que había creído alcanzar el triunfo de la racionalidad al confiar en una conducta económica que se consideraba racional, mientras que todas las demás conductas se veían como irracionales.
No puede esperarse que, después de varios años o décadas de crisis más o menos serias, la vida económica mundial regrese a su forma anterior a 2008. Lo que este movimiento dejó más claro fue la necesidad urgente de reconstruir formas de pensamiento y acción capaces de movilizar todas las dimensiones de la acción humana. Ello, con el fin de retomar el control deliberado de las actividades económicas que habían logrado escapar de todo límite y de todas las fuerzas reguladoras indispensables para el funcionamiento de dicho sistema económico. La economía contemporánea no puede reducirse al movimiento por el cual los principales actores económicos se deshacen de todas las formas de control. Ése no es más que el primer aspecto de este sistema económico; el segundo es el restablecimiento de mecanismos e instituciones capaces de regular y controlar el mundo económico con el fin de asegurar la redistribución de la riqueza y disminuir la desigualdad. El movimiento altermundista afirmó la necesidad de romper con el Consenso de Washington y de buscar el equivalente de lo que fue, después de la segunda Guerra Mundial, una alianza entre un Estado fuerte y los movimientos sociales lo suficientemente poderosa para impulsar al Estado a someter nuevamente a la economía a las exigencias de justicia. Por consiguiente, no hay mejor introducción para lo que no debe tardar en convertirse en una nueva forma de pensamiento político que conocer el movimiento altermundista. En ese sentido, la obra de Geoffrey Pleyers ofrece un análisis indispensable.
ALAIN TOURAINE
El presente libro es resultado de una aventura que me llevó a varias regiones del mundo a lo largo de los últimos 10 años. En cada etapa de este viaje tuve el privilegio de contar con comentarios estimulantes y con el apoyo de cuatro profesores excepcionales: Michel Wieviorka, Alain Touraine, Martin Albrow y Jean De Muck. Este libro es una oportunidad para expresarles mi gratitud a todos ellos.
Tengo también una gran deuda con David Held, Mary Kaldor, Iavor Rangelov, Hakan Seckinelgin, Sabine Selchow, Dominika Spyratou y Fiona Holland, quienes se mostraron absolutamente acogedores en el centro de Gobernanza Mundial de la LSE; con Kevin McDonald, Philippe Bataille, François Dubet, Yvon Le Bot, Luis López y Alexandra Poli en el CADIS (EHESS-París); con Marc Poncelet, Marc Jacquemain y Jean Gadisseur en la Universidad de Lieja; con François Houtart y mis colegas del CRIDIS en la Universidad de Lovaina; con Ilán Bizberg y Sergio Zermeño en la Ciudad de México; con James Jasper y Jeff Goodwin en Nueva York, y con Jean Louis Laville en París, con quienes espero continuar este debate. Debo un agradecimiento especial a mis compañeros de investigación y viaje, además de amigos excepcionales, Nicole Doerr, Jeff Juris, Razmig Keucheyan, Giuseppe Caruso y Emanuele Toscano. Esta investigación me proporcionó la oportunidad de pasar tiempo con personas maravillosas. En especial me gustaría agradecerles a Fabrice Collignon, Jean Marie Roberti y Jai Sen.
Mary Foster hizo un gran trabajo al traducir la versión en inglés de este libro. Me gustaría también agradecerles a Sarah Lambert y Neil de Cort, en Polity Press, por su apoyo. La Fundación para la Investigación Científica de Bélgica (FNRS) y la Universidad de Lovaina me dieron excelentes facilidades de investigación y una libertad con la que rara vez cuentan los investigadores jóvenes. Espero que encuentren en este libro una recompensa justa de su confianza.
A Rebeca me gustaría decirle cuán agradecido estoy de su apoyo fiel a pesar del tiempo y los viajes que le dediqué a esta investigación, y cuán privilegiado me siento de compartir con ella la felicidad de la vida cotidiana. También ha sido un privilegio unirme a la familia Ornelas-Bernal y pasar tiempo con ellos en ambos extremos del océano. A Gordy, Julie, Shirley, Benoit, Arnaud y Thierry, me gustaría decirles cuánto valoro su afecto y el tiempo que hemos pasado juntos. Se me están acabando las palabras para expresar todo lo que le debo al apoyo inquebrantable de mis padres, Marie Louise y Joseph Pleyers, quienes me prodigaron amor y libertad.
Bangalore, India, 2 de octubre de 1993
Medio millón de campesinos indios marchan contra las propuestas incluidas en las negociaciones del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), el precursor de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Esos campesinos afirman que el GATT tendrá efectos devastadores en su sustento y, en particular, en su control de las semillas. En mayo se constituye la red global de agricultores de pequeña y mediana escala, Vía Campesina, que no tarda en reunir a más de 100 organizaciones campesinas nacionales y locales, con un total de más de 100 millones de miembros en 56 países. Promueve “justicia social en relaciones económicas equitativas; la preservación de la tierra, el agua, las semillas y otros recursos naturales; la soberanía alimentaria; una producción agrícola sustentable basada en productores de pequeña y mediana escala”. Vía Campesina también busca poner en práctica alternativas viables y sustentables cimentadas en la idea de la soberanía alimentaria. Esa red de campesinos se involucra de manera prominente en muchas manifestaciones contra la OMC, así como en la mayoría de los Foros Sociales Mundiales y las redes altermundistas.
San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México, 1º de enero de 1994, 0:10 a.m.
El día en que el Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá entra en vigor, un ejército de indígenas asume el control de siete pueblos en Chiapas, uno de los estados más pobres de México. Ese movimiento no busca la secesión, sino que exige “un México en que los indígenas tengan un lugar”. Su lucha es también por la democratización del país y contra el neoliberalismo y el dominio del mercado. Al rechazar un sistema basado en las ganancias, exigen un mundo que “ponga a las personas en el corazón de sus preocupaciones” y que respete las diferencias. Después de unos cuantos días de enfrentamientos, las hostilidades cesan y la palabra se convierte en la única arma de los zapatistas. En 1996 convocan al primer Encuentro Intergaláctico, con lo que reúnen a cientos de simpatizantes de todos los continentes. Ése fue el inicio de la red internacional Acción Global de los Pueblos y uno de los principales antecedentes del Foro Social Mundial.
Birmingham, Reino Unido, 16 de mayo de 1998
En ese lugar, 70 000 personas forman una cadena humana en torno al Centro de Conferencias donde ocurre la cumbre del G8. Por iniciativa de la campaña internacional Jubileo 2000, que pide la cancelación de la deuda del tercer mundo. Entre los participantes hay muchos “ciudadanos ordinarios”, que no pertenecen a ninguna organización política particular; sólo les preocupan los asuntos mundiales. En la mañana, activistas académicos celebran varios talleres para explicar las implicaciones de la deuda. Un poco más tarde en la misma ciudad, la red internacional de activistas Reclaim the Streets (Reclamar las Calles) lanzó su primera Global Street Party (Fiesta Callejera Mundial), para la que cerró las calles a todos los que no fueran peatones o ciclistas. Esa acción se replicaría en todo el mundo y su naturaleza festiva se encontraría en innumerables acciones contra las cumbres internacionales en los años posteriores.
París, Francia, 27 de octubre de 1998
Tras las movilizaciones por parte de una coalición conformada por más de 80 organizaciones, el primer ministro Lionel Jospin anuncia al Parlamento que Francia se retira de las negociaciones del Acuerdo Multilateral de Inversiones (MAI). Esa decisión concluye una larga serie de negociaciones que tenían por meta la liberalización del comercio, los servicios y la inversión internacional. En junio de ese mismo año, tras una editorial de Ignacio Ramonet publicada en Le Monde diplomatique, nace ATTAC.1 Sus miembros llegarán a las 27 000 personas tan sólo en Francia y tendrá secciones locales en más de 40 países.
Seattle, Washington, Estados Unidos de América, 1º de diciembre de 1999, 6:00 a.m.
Allí, 50 000 manifestantes bloquean el acceso al centro de conferencias. El fracaso de las negociaciones de la OMC lanzará a este joven movimiento a las noticias de todo el mundo. Todos los elementos que harán exitoso al movimiento altermundista están ya presentes: organizaciones basadas en redes y grupos de afinidad; el uso de internet y de las nuevas tecnologías de la comunicación; una atmósfera festiva y carnavalesca; imágenes de vitrinas rotas; talleres en que activistas académicos analizan el discurso de los expertos de la OMC; y una amplia convergencia de actores de la sociedad civil, entre ellos obreros, bloques negros, ONG, activistas ambientales, expertos y artistas. Muchas otras contracumbres y protestas la seguirán, desplegándose de acuerdo con el mismo modelo, aunque sin alcanzar el mismo éxito que Seattle: Washington, D. C., Praga, Sídney, Niza, Bruselas, Quebec, Sevilla, Évian, Cancún, Mar del Plata, Hong Kong, Gleneagles, Heiligendamm, Pittsburgh y muchas más. Cada vez que los “amos del planeta” se reúnen, convergen decenas de miles de activistas del altermundismo.
Porto Alegre, Río Grande del Sur, Brasil, 25 de enero de 2001
En esta ciudad del sur de Brasil se reúne el primer Foro Social Mundial (FSM), al mismo tiempo que el trigésimo primer Foro Económico Mundial en Davos, y en oposición a él. Después de las contracumbres, los activistas del altermundismo desean “pasar de la oposición a la construcción de alternativas”. Entre 12 000 y 15 000 activistas de aproximadamente 100 países se juntan para insistir en que “otro mundo es posible”: un mundo más justo, con mayor solidaridad y mayor respeto por las diferencias.
Al ser el primer movimiento global de protesta tras la caída del Muro de Berlín, el altermundismo llamó la atención del público a través de una serie de acontecimientos globales que estallaron en las noticias de todo el mundo. Lejos de oponerse a la globalización, sus activistas se esfuerzan por contribuir al surgimiento de un espacio público internacional para resolver los mayores problemas de nuestra época,2 ya sea el cambio climático o las transacciones financieras. Los activistas del altermundismo buscan “desarrollar, en cada ciudadano, la disposición internacional que es hoy la condición de todas las estrategias efectivas de resistencia”.3 Las movilizaciones internacionales y el Foro Social Mundial, en particular, han permitido a miles de activistas vivir una experiencia global y encontrarse con personas de todos los continentes a partir de temas y luchas comunes. La participación en dichos eventos fortalece la “conciencia global” de cada participante y el sentimiento de su propia globalidad:4 “Cuando participé en este foro por primera vez, sentí que era parte de este mundo por primera vez”.5 “Como individuo, sentí que formaba parte de la vida de este mundo mucho más después de haber participado en el foro. Había un sentimiento en verdad diferente al que tuve en otras reuniones internacionales”.6
No tardó en reconocerse que el término antiglobalización, otorgado al movimiento en sus inicios, era inapropiado para un movimiento que se esforzaba por “globalizar la lucha y globalizar la esperanza”, tomando prestado el eslogan de Vía Campesina. Sin embargo, no fue sino hasta el 27 de diciembre de 2001 que el neologismo altermundismo apareció por primera vez, en el contexto de una entrevista con Arnaud Zacharie, un joven de Lieja (Bélgica), que se publicó en La Libre Belgique. Según argumentaba, el prefijo alter- transmite tanto la idea de “otra globalización” como la importancia de construir alternativas.7 Este término rápidamente se generalizó en los círculos francófonos. Luego comenzaron a utilizarse diversas variaciones en América Latina en 2003,8 mientras que el término alterglobal ganó aceptación en Italia. En el mundo angloparlante, primero se calificó al movimiento como antiglobalización, luego como antiglobalización corporativa y finalmente como el movimiento por la justicia global. Un número significativo de académicos y activistas han adoptado, no obstante, lo que se había convertido ya en la terminología más vigente en todo el mundo: altermundial o altermundismo (que apareció en Wikipedia en inglés en marzo de 2009), términos que ya habían adoptado los activistas y analistas coreanos, brasileños y alemanes.
Se pueden distinguir tres periodos importantes en la breve historia del movimiento altermundista.
El primero está marcado por la formación del movimiento a partir de diversas movilizaciones contra las políticas neoliberales en todas las regiones del mundo. La globalidad del movimiento quedó cada vez más clara, en particular durante las movilizaciones en torno a acontecimientos mundiales; de ellas, las más comentadas por la prensa fueron las protestas de Seattle. El movimiento altermundista se organizó, por consiguiente, alrededor de encuentros de expertos y contracumbres que lo lanzaron a nivel internacional, pero también en torno a movimientos que, como el zapatismo, se pensaban a sí mismos como desafíos a nivel local de la ideología mundial dominante.
Durante esa primera fase, los intelectuales comprometidos desempeñaron un papel importante para hacer que el público se fijara en la globalización y para desafiar el neoliberalismo, que entonces era la ideología hegemónica incontestada. Esos intelectuales también iniciaron numerosas organizaciones y redes de la sociedad civil, que siguieron siendo una característica del movimiento altermundista hasta el fin de su segunda fase, tales como ATTAC, Global Trade Watch y Focus on the Global South.
El primer Foro Social Mundial, celebrado en Porto Alegre en enero de 2001, marcó el comienzo de la segunda fase, que estuvo dominada por los foros sociales: reuniones orientadas menos hacia la resistencia que a juntar a activistas del altermundismo de diferentes partes del mundo y, en algunos casos, a la elaboración de alternativas. Aunque muchos columnistas proclamaron la muerte del movimiento en las postrimerías del 11 de septiembre de 2001, afirmando que la “guerra contra el terrorismo” había sustituido a la globalización económica como tema central,9 en muchos sentidos ese periodo puede considerarse la era dorada del movimiento altermundista. Fue entonces que se le reconoció como un nuevo actor mundial.
Del año 2000 a 2005 el movimiento creció de forma acelerada en todos los continentes. Se presentaron 50 000 manifestantes en Seattle en 1999. Un año y medio más tarde, 300 000 marcharon contra el G8 en Génova en julio de 2001; la misma cantidad lo hizo en Barcelona en marzo de 2002 en una cumbre europea; un millón en Florencia en noviembre de 2002, durante el cierre del primer Foro Social Europeo (FSE), y 12 millones en todo el mundo contra la guerra en Irak el 15 de febrero de 2003, un día de acción global iniciado por redes altermundistas. La cantidad de participantes anuales en el Foro Social Mundial se elevó de 12 000 en 2001 a 50 000, 100 000, 120 000 y 170 000 sucesivamente hasta 2005. Después de su éxito en Brasil, el Foro Social Mundial se mudó a India en 2004 y el Foro Social evolucionó para dar origen a muchos cientos de foros en los niveles local, nacional y continental.
El movimiento altermundista surgió en el pináculo de la globalización durante la segunda mitad de la década de 1990, en un contexto dominado por las cuestiones económicas, la liberalización del comercio internacional y la rápida propagación de las nuevas tecnologías informáticas y de la comunicación.10 No obstante, el contexto global cambió a inicios del nuevo milenio. Antes de que ocurriera el primer Foro Social Mundial, George W. Bush reemplazó a Bill Clinton en la Casa Blanca y la OMC sufrió su primer fracaso en Seattle a finales de 1999. La burbuja especulativa del internet estalló en la primavera de 2001, lo que puso en duda la euforia de la globalización económica y financiera. Al mismo tiempo, el fraude y el colapso de importantes compañías globales, como Enron y Worldcom, manchó la imagen del sector financiero. El gobierno de Bush inició guerras contra Afganistán y luego contra Irak. La oposición a la guerra se integró como un tema importante en los Foros Sociales de 2003 y 2004, pero después perdió importancia. En 2005 el FSM se enfocó principalmente en la gobernanza mundial y en temas económicos: la deuda del tercer mundo, la justicia fiscal, la reforma de las instituciones internacionales y las regulaciones mundiales, etcétera. Después de bajar su ritmo entre 2001 y 2003, el comercio internacional se reanudó, los mercados recuperaron su vigor después de 2003 y gozaron de un periodo de crecimiento excepcional hasta mediados de 2007. El ingreso de China a la OMC en 2002 y el crecimiento de su poder representaron un nuevo avance para la globalización económica y la liberalización del comercio.
El movimiento altermundista se las arregló para ganarse el favor de una buena parte de la opinión pública en varios países. En 2001 se publicó una encuesta que mostraba que 63% de la población francesa estaba de acuerdo con las “organizaciones de la sociedad civil que protestan contra la globalización neoliberal durante las cumbres mundiales”.11 De 2002 a 2005 incluso los políticos de derecha y los representantes del Banco Mundial deseaban participar en el FSM. El Foro Social Europeo de 2002 en Florencia y el Foro Social Mundial de 2005 en Porto Alegre marcaron dos momentos clave de ese periodo del altermundismo: notables por su tamaño (50 000 y 170 000 participantes, respectivamente), su apertura a culturas políticas muy diversas y el involucramiento activo de activistas de base en su organización y en las discusiones que tuvieron lugar.
Entre 2002 y 2004, la guerra en Irak se convirtió en una importante preocupación entre los activistas del altermundismo. Durante ese periodo del movimiento, varios pensadores antiimperialistas adquirieron popularidad, como había ocurrido en la década de 1970. Su concepción de la guerra como la “última etapa de la globalización neoliberal”12 fue sumamente popular entre los activistas: “La militarización de la globalización es ahora el único medio de imponer el neoliberalismo”.13 El movimiento altermundista intentó generar movilizaciones contra la guerra en todo el mundo con las mismas estrategias y tácticas que habían desarrollado para enfrentar a las instituciones internacionales. Tal como hicieron contra el Consenso de Washington, los activistas se esforzaron por quebrantar el consenso en el gobierno de Estados Unidos, los medios y la mayor parte de la población, así como por generar debate en torno a las decisiones políticas; sin embargo, de cara a los fundamentalistas y los promotores de la guerra, su denuncia de la irracionalidad de la guerra en Irak como una estrategia de gestión de riesgos no pareció tener respuesta hasta finales de 2006, mucho tiempo después de las fuertes manifestaciones contra la guerra ocurridas en 2003.
Después de una impresionante fase de ascenso de 1995 a 2005 (aunque no sin reveses ni retiradas), el movimiento internacional experimentó varios acontecimientos nada exitosos y entró en una fase de irresolución. No obstante, el declive de algunas de las principales organizaciones y redes altermundistas europeas no disminuye el hecho de que el movimiento alcanzó un éxito fundamental en dos niveles: expansión geográfica y el fin del Consenso de Washington. El proceso de liberalización comercial de la OMC se vio afectado por una serie de contratiempos y el Consenso de Washington sufrió un descrédito masivo. La crisis financiera mundial de 2008 y 2009 reivindicó buena parte de los análisis altermundistas, con lo que se demostró que habían estado en lo correcto en muchos puntos. La crisis mundial se tomó como una confirmación de muchos de los análisis altermundistas e incluso algunos jefes de Estado adoptaron las ideas del movimiento. El presidente francés de derecha Nicolas Sarkozy no dudó en apropiarse de algunas consignas altermundistas (“la ideología de la dictadura del mercado y la impotencia pública murió con la crisis financiera”)14 y el primer ministro británico Gordon Brown se convirtió en un defensor de la tributación de las transacciones financieras.15
Resulta paradójico que muchos actores de los movimientos altermundistas parecieran tener problemas adaptándose al nuevo contexto ideológico que habían ayudado a producir. No obstante, el décimo capítulo mostrará que esa tercera fase no refleja un declive en el movimiento sino una reconfiguración en tres niveles. El movimiento se orientó más hacia obtener los resultados concretos que sus activistas esperan que surjan de la crisis del neoliberalismo. Además, su geografía evolucionó de forma considerable. El movimiento declinó en algunos de sus antiguos baluartes en países de Europa occidental mientras que la dinámica del foro social se ha reforzado en regiones con una importancia simbólica o estratégica (América del Norte, el Magreb, África). Además, el enamoramiento con las ideas altermundistas y sus foros no ha disminuido en América Latina, algo de lo que son testigos la adopción de políticas antineoliberales por parte de varios jefes de Estado en la región y la participación de 130 000 activistas en el FSM en Belén, Brasil, en enero de 2009.
De Porto Alegre a Bombay y Dakar, de Seattle a Génova, Hong Kong y Pittsburgh, una larga serie de movilizaciones se han conceptualizado y vivido como pasos del mismo movimiento. ¿Sobre qué base es posible referirse a un único movimiento integrado que unifica eventos y actores tan heterogéneos como académicos retirados, estudiantes rebeldes, sindicalistas estadunidenses, dalits indios, barrios autoorganizados en Argentina, comunidades indígenas, campesinos coreanos y brasileños, happenings artísticos en centros culturales italianos, paracaidistas de Whitechapel, acciones contra campos de maíz transgénico y talleres en que personas retiradas se familiarizan con la macroeconomía?
Ante todo, la unidad de este movimiento no debe confundirse con la existencia de una organización única que abarque sus diversos componentes; por el contrario, la existencia de una estructura tal amenazaría con paralizarlo. Su unidad depende más bien de los significados sociales16 compartidos por los actores que los encarnan17 y los mayores desafíos a los que se enfrentan, con lo que se afirma la importancia de la agencia social ante los desafíos mundiales y contra la ideología neoliberal: “Los ciudadanos y los movimientos sociales pueden tener impacto sobre la manera en que se da forma a nuestro futuro global compartido”. Ése ha sido el mensaje central de las manifestaciones mundiales que se han realizado bajo los estandartes de ese movimiento, que ha declarado que “otro mundo es posible”. Ese significado central es el punto de partida de la unidad entre los actores y los eventos altermundistas en todos los continentes, aunque ni los individuos ni las organizaciones sean idénticos.
Desde esa perspectiva, la unidad del movimiento en ningún sentido es incompatible con la heterogeneidad de sus actores. Alain Touraine nos recuerda que “en ocasiones olvidamos, al hablar del movimiento de los obreros, que se encarna en sindicatos, partidos, cooperativas y organizaciones de ayuda mutua”.18 De manera similar, el movimiento altermundista se encarna en actores y acontecimientos diversos y relativamente autónomos: redes de defensa, redes ciudadanas como ATTAC o Global Trade Watch, foros sociales, sindicatos, jóvenes activistas, pueblos indígenas, redes de derechos humanos, activistas ambientales, redes de solidaridad con el tercer mundo, etcétera. Desde esta perspectiva, el presente libro busca analizar el altermundismo como un actor histórico con una coherencia de significados. Si bien es posible asociar una serie de experiencias, discursos, encuentros y exigencias con este actor histórico, ninguna de ellas se corresponde de forma precisa o total con el sujeto histórico del altermundismo.19 No obstante, es en ese nivel en el que pueden entenderse la unidad y la coherencia20 de las prácticas, eventos y actores del altermundismo.
Identificar el altermundismo con un sujeto histórico que afirma y fortalece la habilidad de los ciudadanos para actuar en un contexto global conduce de inmediato a otros cuestionamientos: ¿Cómo convertirse en un actor en la era global? ¿Cómo tener un impacto en los asuntos mundiales cuando incluso se pasa por alto a los políticos electos en las decisiones que toman las compañías trasnacionales o los expertos en instituciones internacionales? ¿Cómo oponerse de manera eficaz a la agenda del Consenso de Washington?
Datos provenientes de investigaciones de campo muestran que los activistas del altermundismo no dan una respuesta común, sino que elaboran dos formas claras de convertirse en actores en la era global. Una de ellas se enfoca en la subjetividad y la creatividad, mientras que la otra en la razón y la racionalidad. Cada una tiene una lógica propia, sus valores nucleares, su enfoque del cambio social y sus formas propias de organizar el movimiento.
Por un lado, los activistas del altermundismo luchan por defender su subjetividad, su creatividad y la especificidad de su experiencia vivida contra el agarre de una cultura mundial de consumo y el hiperutilitarismo de los mercados globales. Su concepto de cambio social claramente es de abajo hacia arriba: antes que buscar cambiar las agendas de los legisladores, esos activistas desean implementar sus valores y alternativas en su experiencia de la vida cotidiana, en las comunidades locales y en las redes y organizaciones del movimiento. Según afirman, crean espacios autónomos “liberados de las relaciones de poder” en que experimentan con redes horizontales, consumo alternativo y procesos participativos. En la segunda parte, se utilizarán tres estudios de caso para ilustrar ese concepto particular de cambio social: los procesos autónomos con que han experimentado las comunidades zapatistas autónomas en el sur de México; un centro social y cultural alternativo en Bélgica, y redes de “alteractivistas” jóvenes que a la vez están fuertemente individualizados y son altamente cosmopolitas.
Por otro lado, han surgido ciudadanos altermundistas como actores en un mundo global que depende del conocimiento y la experticia. La tercera parte mostrará cómo esos activistas ofrecen políticas alternativas al Consenso de Washington, producen informes de expertos que muestran que las políticas actuales no sólo son socialmente injustas sino también irracionales de acuerdo con criterios económicos y científicos. De esa forma, miles de activistas creen que la construcción de una ciudadanía más activa y un mundo más justo exige que los ciudadanos se familiaricen con el conocimiento y los debates científicos, en especial en el campo de la economía pública. Consideran que el mayor desafío son los vínculos entre la economía, que opera a nivel global, y los estándares sociales, culturales, ambientales y políticos, que siguen dependiendo en gran medida de las políticas nacionales. Por consiguiente, esos activistas resaltan la necesidad urgente de instituciones internacionales más democráticas y de medidas eficientes capaces de controlar la economía mundial e instituir la redistribución y la participación a nivel global. Su enfoque del cambio social es institucionalizado y más bien vertical; se centra en estándares y políticas globales, instituciones mundiales y actores de una sociedad civil fuertemente estructurada, capaces de colocar sus problemas en las agendas de los legisladores nacionales y globales. De forma correspondiente, sus modalidades de organización también suelen ser verticales y tener una estructura jerárquica. Debido a que este movimiento asigna un papel clave a sus expertos y sus intelectuales cosmopolitas comprometidos, un riesgo importante reside en que unos cuantos intelectuales asuman un fuerte liderazgo del movimiento. Los estudios de caso de ATTAC Francia y del Consejo Internacional del FSM revelan que muchas organizaciones asociadas con esa vía del altermundismo apenas si se han mostrado preocupadas por la democracia interna. Si bien promueven una sociedad más participativa, muchas de esas organizaciones se han mostrado reacias a implementar una estructura participativa en su interior.
Este libro propone esas dos vías de globalización como un marco para entender las tensiones estructurales de un movimiento que actores específicos encarnan de manera diversa. Buscaremos entender estas dos culturas políticas,21 cada una de las cuales constituye una lógica de acción coherente, definidas como conjuntos de orientaciones normativas, prácticas y formas de organizar el movimiento,22 así como formas de relacionarse con un adversario y enfoques del cambio social. La meta del presente volumen no es proporcionar un panorama de las organizaciones, redes y movimientos sociales que encarnan el movimiento altermundista sino desarrollar una perspectiva analítica de sus principales lógicas de acción, tomadas como “instrumentos heurísticos que ordenan un campo de investigación e identifican las áreas principales de consenso y de disputa”.23
Lo anterior requiere adoptar un enfoque abarcador que busque entender el movimiento desde el interior y los proyectos y valores que guían a los actores, la forma en que construyen movimientos, organizaciones y redes, y su enfoque del cambio social. Este “sistema de significados por lo general no se proporciona claramente en el discurso del actor, pero […] dirige las orientaciones de la acción”.24 Los discursos de los actores no deben, por consiguiente, tomarse al pie de la letra. A través del análisis buscaremos descubrir lo imposible en sus metas, en especial al investigar los límites de esos proyectos, las contradicciones estructurales, la distancia entre los logros y los valores que adopta el movimiento, así como la forma en que esos actores se diferencian y distancian de los significados fundacionales del movimiento altermundista, o incluso los pervierten.25
Más allá del altermundismo, este libro se concentra en los enfoques del cambio que han desarrollado las dos vías del movimiento, pues nos ayudan a entender las condiciones en que los actores sociales pueden tener un impacto sobre el cambio social en la era global. La transición progresiva a una era global representa una transformación histórica profunda26 que involucra cambios fundamentales en las esferas política y social. En la “sociedad global” de nuestros días, la posibilidad de actuación de los activistas y los ciudadanos no necesariamente se ve disminuida, pero las modalidades para una acción efectiva han sufrido cambios profundos. De forma notable, eso es así porque el contexto de acción ya no es la sociedad nacional, y el Estado ya no es el actor central en un sistema político y social. La reformulación de las posibilidades de actuar en el mundo global constituye un desafío importante para nuestra época y es el problema central del altermundismo. El presente volumen se propone discutir lo anterior a partir de experimentaciones concretas por parte de actores sociales que han desarrollado dos culturas políticas marcadas y, en alguna forma, complementarias.
Para lograrlo, recurriremos a datos de campo obtenidos en una amplia gama de contextos, de países occidentales y del sur global, pertenecientes a actores globalizados y a aquellos decididamente anclados en lo local. En una primera etapa dependeremos de la observación y los análisis de aquellos actores que han encarnado con mayor fuerza estas corrientes en regiones en que el altermundismo se encontraba en su pináculo. En la segunda y tercera partes nuestro enfoque consistirá inicialmente en aislar de manera heurística las dos vías del altermundismo con el fin de hacer visibles, más allá de la especificidad y las particularidades de cada actor, los significados y la coherencia que apuntalan las acciones de las diferentes corrientes. En este enfoque, antes que nada, aislaremos las dos lógicas principales de acción que asumen los activistas del altermundismo (segundo y quinto capítulos). Esas lógicas se ilustrarán después con estudios empíricos de caso, más allá de los modelos de tipo ideal (capítulos tercero y sexto). Después nos enfocaremos en su concepto de cambio social, así como en los riesgos y valores de su lucha contra la ideología neoliberal (capítulos cuarto y séptimo).
Los encuentros, las interacciones y las tensiones entre las dos vías del altermundismo se examinarán en la cuarta parte de este libro. Primero (octavo capítulo) describiremos e ilustraremos tres modalidades del encuentro entre las dos vías (dicotomización, asimilación y polinización cruzada). Después, en el noveno capítulo, examinaremos los principales debates hacia los que se puede seguir la mayor parte de las tensiones entre las dos vías del altermundismo: nivel privilegiado de acción, organización del movimiento y enfoque del cambio. Por último, el décimo capítulo analizará las formas en que las tendencias nucleares del movimiento se han reconfigurado desde 2005, en un periodo que ya no define la hegemonía de la globalización neoliberal sino su crisis.
Antes que nada, el primer capítulo planteará las bases de la argumentación al discutir la afirmación de la acción social como el significado central del altermundismo; enfatizará también las principales dimensiones del cuestionamiento y la renovación de la ciudadanía y el activismo políticos que marcaron el movimiento, y hará explícitas las decisiones metodológicas y de investigación de campo de las que depende esta obra.
La década de 1990 estuvo marcada por la expansión de los mercados en los países excomunistas, un fuerte crecimiento económico en Estados Unidos y el Reino Unido, y un periodo de liberalización comercial. Ése, en todo caso, era el significado dominante atribuido a la globalización en esa época. Algunos celebraban esa “globalización feliz”1 e inevitable, mientras que sus detractores solían adoptar un discurso demagógico en que la globalización se transformaba en la raíz de todo mal, convertida en una explicación general que prescindía de todo análisis.2 Los activistas del altermundismo adoptaron una posición diferente; sus críticas no se dirigían contra la globalización en cuanto tal sino contra las consecuencias de la liberalización económica y la supremacía del mercado. René Passet, presidente del Comité Científico de ATTAC Francia, puso énfasis en que “no se trata[ba] de negar que la apertura de fronteras ha contribuido en gran medida al incremento del producto global en los últimos años”.3 Los activistas del altermundismo no se oponen a la globalización sino a una ideología: el neoliberalismo. Al ser hegemónica a lo largo de la década de 1990, la ideología neoliberal logró controlar la dirección y el significado de la globalización, atando la transición progresiva a una sociedad global a la imagen de una economía mundial autorregulada, más allá de la intervención de los legisladores.
El origen del neoliberalismo puede rastrearse al final de la década de 1940, cuando un puñado de intelectuales se reunió en Mont Pelerin, Suiza. Con Friedrich Hayek como su pensador central, se opusieron a las políticas keynesianas, entonces dominantes, y a la expansión del Estado social, que, según creían, creaba obstáculos para el desarrollo económico. Desde comienzos de la década de 1980, el neoliberalismo asumió un papel dominante, el cual se vio representado en el ascenso al poder de Margaret Thatcher en Gran Bretaña en 1979 y de Ronald Reagan en Estados Unidos en 1980,4 con su énfasis en “los movimientos libres del capital, el monetarismo y un Estado mínimo que no acepta la responsabilidad de corregir las desigualdades de ingresos o de gestionar las externalidades serias”.5 Con la caída del Muro de Berlín, la ideología neoliberal se volvió hegemónica. La interpretación dominante y casi incontestada de los acontecimientos de 1989 era que representaban una victoria total y definitiva para la democracia de mercado. Los periodistas y los opositores de esa ideología se referían al conjunto de principios que promovían el FMI, el Banco Mundial y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos como la agenda del Consenso de Washington.6 Enfocada en la eliminación de las barreras para los libres mercados, la agenda neoliberal alentaba a los países a privatizar las compañías y los servicios públicos, a reducir drásticamente el papel económico del Estado, a limitar el gasto público, a liberalizar el comercio internacional, los servicios y las inversiones, a abrirse a la inversión extranjera directa, a disminuir el gasto público en blancos sociales bien dirigidos y a garantizar los derechos de propiedad.7
Detrás de esas políticas estaba la voluntad de promover una racionalidad puramente económica, liberada de todos los obstáculos que nacen de las regulaciones que buscan moderar el sistema económico. Después de la caída del Muro de Berlín, la ideología neoliberal y el libre comercio se presentaron como el único e inevitable camino hacia la modernización y a la transición hacia una sociedad global: “No hay alternativa”, como declaró la señora Thatcher. El aumento en el desempleo o los índices de pobreza se presentaban “como fluctuaciones inevitables, benéficas a la larga, o como el resultado de restricciones sistémicas”.8 Al colocar el mercado en el centro de la organización de la vida social y las relaciones internacionales, la ideología neoliberal hace que los actores desaparezcan en favor de un sistema global que rigen los mercados y en el que se libera a los gobiernos de su capacidad de intervención: un mundo sin actores o alternativas.
Eso es precisamente a lo que se oponen los activistas del altermundismo. La consigna del Foro Social Mundial “Otro mundo es posible” buscaba rechazar el “fin de la historia”,9 denunciar la idea de que “el futuro ya no se produce por el despliegue de un proyecto humanista, tan consciente como sea posible de los potenciales y los inconvenientes. Lo producen fuerzas ciegas impuestas por un poder externo a la humanidad: las ‘leyes del mercado’”.10 El primer desafío del movimiento altermundista fue poner en duda ese concepto de globalización que era dominante, casi sin debate, a mediados de la década de 1990. Su objetivo era “cambiar las mentes, una desintoxicación necesaria después de dos décadas de lavado de cerebro neoliberal”.11 “Las personas deberían saber que los mercados no se autorregulan.”12 La crisis económica y financiera mundial de 2008 y 2009 mostró que una buena parte de su análisis era correcta.
Esa relación conflictiva con la ideología neoliberal es constitutiva del movimiento altermundista. Es dentro de esa relación de conflicto con un adversario que un movimiento social se construye a sí mismo.13 A diferencia de una ruptura radical entre dos enemigos que buscan destruirse entre sí, dos movimientos en conflicto (no en guerra) luchan por valores culturales, temas y orientaciones compartidos. El movimiento obrero compartía los valores de la sociedad industrial (el progreso, la importancia de la producción industrial, etc.) con los capitalistas de esa época. La globalización, la individualización del compromiso de los activistas y de las carreras ejecutivas,14 la organización en red,15 la importancia de la comunicación y la cultura del evento, todas son características de esta sociedad reflexiva16 de la información,17 habitada tanto por activistas del altermundismo como por sus adversarios neoliberales.
Las movilizaciones contra la cumbre ministerial de la OMC en Seattle, en diciembre de 1999, dramatizaron en extremo la oposición al fatalismo político del mercado y la afirmación de la posibilidad de actuar: los ciudadanos lograron bloquear el proceso de liberalización comercial de la OMC. No obstante, un análisis objetivo de la batalla de Seattle no tarda en revelar el carácter mítico y construido de esa victoria altermundista. El fracaso de la Ronda del Milenio de la OMC le debe mucho más a las tensiones entre Estados Unidos, la Unión Europea y ciertos países del sur global18 que a los 50 000 manifestantes que estaban afuera, 10 veces menos que aquellos que se presentaron a la cumbre del G8 en Génova. No obstante, la prensa, la opinión pública e incluso los oficiales de la OMC19 atribuyeron el fracaso de las negociaciones de Seattle a los manifestantes. También podemos señalar que los temas que estaban en juego en Seattle difícilmente eran más importantes que aquellos abordados en cumbres previas. En 1994, la cumbre celebrada en Marrakech dio origen a la OMC, pero sólo desencadenó una limitada oposición popular. Asimismo, el movimiento altermundista no se originó en Seattle. Sus movilizaciones le debían buena parte de su impacto y su existencia misma al dinamismo de redes altermundistas que ya estaban bien establecidas, como Global Trade Watch, el Foro Internacional sobre la Globalización y ATTAC, que ya habían despertado la conciencia popular en torno a las situaciones que estaban en juego.
Sin importar cuál fuera su impacto real, los acontecimientos de Seattle tuvieron, no obstante, una importancia mayor: a través de la movilización, los “ciudadanos ordinarios” y las organizaciones de la sociedad civil podían tener impacto en las decisiones que se tomaban en el nivel más alto, incluso por parte de organizaciones internacionales que antes habían parecido inaccesibles. El hecho de que el fracaso de las negociaciones objetivamente le deba más a los desacuerdos entre miembros de la OMC que a los manifestantes no cambia nada. El historiador E. P. Thompson20 ha demostrado la gran importancia de los mitos y los actos heroicos en la construcción de la conciencia colectiva, de igual forma que William y D. S. Thomas21 afirmaron que “si los hombres definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias”.22 De esta forma, la atribución del fracaso de la OMC al movimiento altermundista validó la aparición de un nuevo actor e inauguró un periodo de fuerte crecimiento. Seattle se convirtió en un modelo para las contracumbres, el símbolo mismo de la resistencia al Consenso de Washington y la expresión de la voluntad de miles de personas en todo el mundo de “reclamar el poder de iniciativa y de toma de decisiones”.23 El fracaso del Acuerdo Multilateral de Inversiones en 1997, y luego el de la Ronda del Milenio de la OMC en Seattle, mostrarían que el modelo actual de desarrollo dejaba espacio para decisiones políticas y no se trataba de una “necesidad histórica inevitable” como habían afirmado los neoliberales. Lo que se gritó, cantó y bailó en los Foros Sociales era un rechazo de la naturaleza ineluctable de las políticas neoliberales y una aserción de la posibilidad de “otro mundo”: la voluntad de participar en decisiones que afectaban el futuro del mundo.
Es posible citar al respecto a dos activistas preeminentes que, según muestran los capítulos posteriores, pertenecen a dos tendencias muy distintas del altermundismo. El intelectual francoespañol Ignacio Ramonet, autor de la editorial de Le Monde diplomatique que dio origen a la ATTAC, proclamó que “el sufrimiento de este mundo no es inevitable. Para rectificarlo bastarían treinta mil millones de dólares al año. ¡Bastaría con imponer un impuesto de 4% sobre las 225 fortunas más grandes del mundo! Treinta mil millones de dólares al año, eso es lo que gastan los europeos y los estadunidenses en perfumes. No hay nada imposible en ello”.24
Naomi Klein, ejemplo de una nueva generación de activistas, comunicó un mensaje similar en el segundo FSM en Porto Alegre, Brasil:
Crecimos con mensajes de imposibilidad. Era imposible enfrentarse a la pobreza; imposible tener una política exterior independiente de Estados Unidos […] Todo era imposible. Pero hoy el mundo ha cambiado. Hay una nueva generación y ahora es posible. Es posible que las personas participen en decisiones como lo hicieron en Porto Alegre. Es posible tener medios independientes […] Estamos construyendo una alternativa a una cultura que dice que ninguna otra sociedad es posible.
Así, mientras se proclamaba por todos lados la omnipotencia del mercado y la globalización económica, con el corolario de que los Estados y, a fortiori, los ciudadanos tenían una capacidad de actuación limitada, este movimiento de protesta insistía en que la globalización no había invalidado la acción social. Jóvenes y no tan jóvenes, “ciudadanos ordinarios” y activistas de toda la vida buscaban “reapropiarse el futuro del mundo juntos”, “reconquistar los espacios que la democracia ha perdido a manos del sector financiero”25 y participar en las decisiones de las que dependía su destino. Esa voluntad de devenir un actor es omnipresente en las entrevistas con los activistas del altermundismo en diferentes países: “O elegimos ser un barquichuelo a la deriva en el mar, o decimos ‘quiero remar’ […] decimos, ‘no, quiero luchar, quiero tener un impacto, quiero intentar influir en las decisiones, aunque sea un poco’”.26
Junto con otros actores, el altermundismo ha contribuido a un cambio profundo en los enfoques dominantes de la economía política y de la transición a una sociedad global. En un contexto en que los legisladores, la participación política estructurada y la democracia representativa han demostrado sus limitaciones ante los desafíos globales, ¿cómo se las arregló ese movimiento mundial pero heterogéneo para convertirse en un actor en la era global y en contra de la ideología neoliberal? ¿Cómo se tradujo en términos concretos esa “voluntad de convertirse en un actor”? Las respuestas extraídas de la observación empírica dieron resultados paradójicos. He aquí cuatro ejemplos:
1. En el curso de nuestra investigación en torno a la juventud altermundista, nuestro interés se enfocó esencialmente en grupos particulares, observados en Londres, París y México, así como en los Foros Sociales Mundiales y en numerosas movilizaciones internacionales. Las similitudes en su discurso y su práctica fueron sorprendentes, aunque no existían vínculos formales entre ellos. Todas esas redes de la juventud urbana, con un compromiso político innovador y muy individualizado, aseveraban tener una inspiración zapatista. ¿Cómo explicar el atractivo para jóvenes urbanos muy individualizados hacia un movimiento indígena rural comprometido con una lucha por la defensa de sus comunidades?
2. Otra paradoja permanente del altermundismo reside en la coexistencia de prácticas muy diferentes dentro del mismo movimiento y en ocasiones de la misma ubicación. ¿Acaso es posible que las fiestas callejeras en Birmingham, los desfiles de samba en Porto Alegre, los conciertos, las acciones festivas y juguetonas en verdad formen parte del mismo movimiento que las universidades de verano, las conferencias y los talleres de los Foros Sociales, que reúnen a cientos de activistas que se sientan a escuchar ocho horas al día ponencias sobre temas “extremadamente aburridos”, por tomar prestado el término que utilizó el presidente de una sección local de la ATTAC?
3. El tercer ejemplo proviene de la movilización contra la OMC en Cancún. Cientos de ONG y redes de defensa trabajaron durante meses para recibir la acreditación de la OMC y obtener así acceso al centro de negociaciones con la esperanza de hacer que los delegados gubernamentales escucharan sus argumentos. A kilómetro
