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En este hermoso y ameno relato conocerás la historia de un joven experto en recursos humanos con éxito profesional que decide dar un vuelco a su vida y aceptar un trabajo en un aislado faro con la acertada intención de aumentar su bienestar emocional, disfrutar de la vida y ser feliz. Joan Piñol y Javier Savin han unido su experiencia en psicología clínica y empresarial para crear este entretenido relato salpicado de vivencias, conceptos y técnicas psicológicas (tal y como se hace en consulta terapéutica) que nos permitirán aprender buenos hábitos, gestión emocional y ayudarnos a disfrutar de una vida plena y feliz.
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Seitenzahl: 134
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Joan Piñol y Javier Savin
El aprendiz de farero
15 claves para disfrutar de la vida
© 2021 Joan Piñol Forcadell y Javier Savin Vallvé
© 2022 Editorial Kairós, S.A.
Numancia 117-121, 08029 Barcelona, España
www.editorialkairos.com
Composición: Pablo Barrio
Diseño cubierta: Katrien Van Steen
Primera edición en papel: Marzo 2022
Primera edición en digital: Marzo 2022
ISBN papel: 978-84-9988-987-0
ISBN epub: 978-84-1121-025-6
ISBN kindle: 978-84-1121-026-3
Todos los derechos reservados. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita algún fragmento de esta obra.
Introducción
La historia de los dioses y la felicidad
1. Aquí empieza el camino hacia la felicidad
2. Descubriendo la ansiedad
3. Adiós
4. Volver a empezar
5. Buscando trabajo
6. El sueño
7. ¡Voy a ser farero!
8. Mi nuevo hogar
9. El pasado de Juan el farero
10. Cuidarnos (8/8/8)
11. Cuánto pesa la soledad
12. El margen del camino
13. La radio
14. La carta
15. Las lecciones del farero
Apéndice sobre la felicidad
Bibliografía
Cubierta
Portada
Créditos
Sumario
Dedicatoria
El aprendiz de farero
Bibliografía
A Tere y Marta, que son nuestros faros y nos ayudan con su luz a guiarnos y acompañarnos en este maravilloso camino de la vida. A nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestra familia y amigos, que han estado, están y estarán siempre en nuestro recuerdo.
Un especial agradecimiento a Agustín Pániker, que creyó en este libro cuando era solo una idea.
«La felicidad no está ahí fuera para que la encontremos y la razón de eso es que está dentro de nosotros.»
SONJA LYUBOMIRSKY, psicóloga estadounidense
Alguien dijo que para aprender son necesarias dos cabezas (mentes), de modo que los autores decidimos unir las nuestras para poder crear este libro, aunando la experiencia en psicología, salud y en bienestar emocional y la de dar conferencias en el ámbito de la empresa en un solo relato.
Nuestros intereses comunes –la pasión por la psicología y por explicar lo que hacemos profesionalmente– nos han llevado a escribir de manera conjunta este libro. Esperamos que te ayude a aprender los recursos necesarios para disfrutar de la vida; tanto del trabajo como de la familia y de los amigos. Se trata de las claves para poder ser feliz y disfrutar de la vida.
En consulta, los psicólogos realizamos un extraño baile con quienes vienen en busca de ayuda. Nosotros estamos formados en la ciencia del pensamiento, las emociones y la conducta, pero somos ignorantes en cuanto a las circunstancias de la vida, la educación y los valores de quienes nos solicitan acompañamiento y ayuda para gestionar una vida que desconocemos por completo. Enfrente, nuestros pacientes, quienes, aunque conocen de primera mano sus experiencias, valores y emociones, se sienten incapaces de gestionarlos y, por este motivo, acuden a nosotros. El resto es un ir y venir de confianza mutua, para indagar de manera conjunta qué hay de cierto y qué hay de exagerado en cada uno de los pensamientos de quien se acerca a nuestra consulta.
Este baile, en ocasiones, necesita de ejemplos para poder, con algo de distancia, percibir lo que uno no es capaz de ver en su propia historia de vida. Contemplar en otro lo que nos sucede nos ayuda a valorar la situación sin el sesgo de la emoción, esto se conoce como razonamiento emocional, que es creer que lo que uno piensa acerca de lo que le sucede es una verdad absoluta por el mero hecho de sentirlo así. Aunque es evidente que las emociones nos dan información, estas no siempre se ajustan a la realidad. ¿Cuántas veces amamos a quien nos hiere?
El objetivo de esta danza es el de conseguir entre ambos unir la ciencia del pensamiento, la experiencia del psicólogo y la experiencia del paciente; de este modo, podemos hallar las conductas que serán más favorables y encontrar el mejor modo de llevarlas a cabo.
Hemos pensado que una buena manera de empezar un libro que habla de la felicidad es con una bonita fábula.
Hace ya muchísimo tiempo se juntaron los dioses con la intención de crear a hombres y mujeres a su imagen y semejanza, cuando uno de ellos cayó en la cuenta de que, en tal caso, no se trataría de hombres, sino que, al ser creados idénticos a ellos, también serían dioses.
Tras pensar durante un buen rato, encontraron la solución: les quitarían algo para, de este modo, poder diferenciar a dioses y a hombres. Tras mucho discutir, optaron por arrebatarles la felicidad.
–Pero tendremos que pensar muy bien dónde podemos esconderla para que no sean capaces de encontrarla –dijo uno de ellos.
El primero propuso ocultarla en la cima de la montaña más alta, a lo que otro contestó:
–¡No! Recuerda que son fuertes, y seguro que alguno podrá llegar a ella y una vez que sepan dónde está oculta irán todos a buscarla.
–Escondámosla en el fondo del mar –dijo otro.
A lo que otro dios respondió:
–No, les hemos hecho inteligentes y seguro que ingeniarán algún artilugio para poder llegar hasta ella.
–Escondámosla entonces en otro planeta.
–De nada servirá –le contestaron–, ya que son audaces y terminarán por fabricar la nave que los pueda llevar a los planetas más lejanos.
Finalmente, un dios que se había mantenido silencioso durante todo ese tiempo dijo:
–Sé dónde podemos esconderla para que nunca la encuentren.
–¿Dónde? –preguntaron todos al unísono.
–La esconderemos dentro de ellos mismos, de este modo mientras ellos la buscan fuera, la felicidad permanecerá oculta para siempre.
La búsqueda de la felicidad ha preocupado al hombre desde siempre y ocupado a grandes filósofos y pensadores como Aristóteles, Epicúreo o Nietzsche. Por ello le damos tanta importancia a la hora de tomar decisiones importantes: comprar una casa, cambiar de coche, escoger el colegio de nuestros hijos o cambiar de trabajo. Todas estas decisiones las tomamos con la esperanza de que nos ayuden a aumentar nuestra felicidad, ya sea a corto, medio o largo plazo.
Pero seguro que ya has tenido la oportunidad de descubrir que en realidad la felicidad es esquiva y que, cuanto más intentas alcanzarla, más parece alejarse, y que en muchas ocasiones has llegado a ella por casualidad, cuando la calma, el azar y la introspección te han hecho caer en la cuenta de que en ese instante eras feliz.
Empezar el libro con una bonita fábula que comparte una mágica explicación acerca de por qué resulta tan difícil hallar algo que tenemos tan cerca nos ha parecido un buen modo de iniciar este camino.
Hombres y mujeres buscan la felicidad en objetos, en el reconocimiento de otros, en la pareja o en los hijos. Este es el verdadero objetivo del libro, acompañarte a hallar la luz del faro en tu propio interior, en lugar de continuar responsabilizando a otros de ella.
La felicidad está dentro de cada uno, no la busques fuera.
«Dichoso es aquel que mantiene una profesión que coincide con su afición.»
GEORGE BERNARD SHAW, dramaturgo y crítico irlandés
Esta historia empieza hace mucho tiempo. Ocurrió en el que durante algunos años fue mi hogar, un lugar donde solo contaba el trabajo bien hecho y no cabía otra manera de hacerlo.
Se trataba de mi casa, mi hogar, mi orgullo y, por aquel entonces, creía que mi legado.
Yo tenía apenas veinticuatro años y, tras terminar la universidad, decidí abandonar mi pueblo, en el ámbito rural y muy cercano al mar, para buscar una oportunidad laboral en la gran ciudad.
Recuerdo perfectamente la sensación de sentirme por primera vez alguien anónimo. De repente, parecía invisible, podía desaparecer en aquella enorme ciudad y nadie se percataría.
Allí ya no valía quién era o quiénes eran mis padres y abuelos, tan solo importaba el trabajo que pudiera conseguir y cuánto me pagaran por ello. El resto…, nada; no había nada más. Sin amigos ni familiares, valía tanto como mi nómina o, por lo menos, eso era lo que yo sentía.
Con estos pensamientos y objetivos trabajé en diferentes empresas, nunca más de dos años; ya que no tardaba en descubrir el freno que suponía formar parte de equipos en los que no todos se planteaban el trabajo del mismo modo en que lo hacía yo.
Me encontraba en una ciudad extraña, sin amigos ni familiares y, por lo tanto, no tenía otro objetivo de lunes a viernes que el de trabajar. Pretendía hacerlo del mejor modo posible, y esto supuso el reconocimiento de la mayoría de mis jefes, que solían tener niveles de compromiso parecidos al mío.
Aparentemente, podía parecer una persona feliz, un tipo de éxito. Del campo a la ciudad, con estudios universitarios, trabajo en una empresa bien valorada, un piso que, aunque pequeño, se encontraba en uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad. Sin embargo, nadie podía llegar a imaginar la enorme sensación de vacío que sentía.
En Occidente existe la tendencia a pensar que el trabajo duro, los ingresos altos y el prestigio deben ser nuestra meta.
En la Universidad de Harvard, allá por el año 1930, iniciaron el que es el estudio más largo sobre la materia. Recogieron datos acerca del trabajo, la salud y la vida en familia durante más de 75 años (y continúan haciéndolo en la actualidad). Iniciaron el estudio con 724 hombres; actualmente, sigue con los más de 2.000 hijos e hijas de estos primeros sujetos del experimento.
En un primer momento se trataba, por un lado, de estudiantes de segundo año de la Universidad de Harvard y, por otro, de jóvenes de algunos de los barrios más pobres de Boston.
La conclusión más evidente a la que llegaron es que las relaciones de calidad en tu entorno correlacionan mucho más con una vida feliz y saludable de lo que lo hace la fama, la fortuna y el trabajo duro.
Vieron cómo un buen entorno social (amigos, familia y compañeros de trabajo) te acerca a una vida sana, larga y feliz, mientras que una vida solitaria, ya se trate de una circunstancia real o percibida, aumenta mucho la probabilidad de enfermar y de sentirse desdichado. Para que la compañía se convierta en un factor de protección, esta tiene que ser de calidad. La pelea constante con personas de tu entorno acaba por dañarte.
Este estudio demostró que lo que nos permite anticipar treinta años antes de que suceda si esta persona tendrá una vejez sana y feliz no son aspectos médicos, sino la cantidad y la calidez de sus relaciones. Los que se sienten bien acompañados a los cincuenta tienen muchos números de vivir más sanos a los ochenta.
Algo para tener en cuenta de cara a saber cómo son estas relaciones sanas es que no tienen que estar vacías de conflicto, sino que son aquellas que implican un apoyo casi incondicional. Las parejas que saben que pueden contar con el otro cuando la situación es difícil tienen tendencia a olvidar los problemas del pasado y perciben la relación como algo mucho más agradable.
En aquella época, yo no conocía este estudio. De haberlo conocido seguramente tampoco le hubiera hecho caso porque entonces creía firmemente que el éxito residía en el trabajo duro, el reconocimiento y, especialmente, en tener un sueldo elevado. Y, para lograrlo, me fui alejando poco a poco de amigos y familiares, al mismo tiempo que centraba toda mi energía en objetivos meramente profesionales.
Hoy sé que la felicidad la podemos encontrar en el momento que somos capaces de amar y trabajar y que cuando el amor no te permite desarrollar tus talentos (aprender y compartir con otros y para otros aquello que se te da bien) no es amor, sino que es dependencia. Del mismo modo, cuando el trabajo no te permite pasar tiempo de calidad con los tuyos, estar a su lado cuando te necesitan, o te obliga a perderte los momentos importantes en la vida de quienes quieres, no es trabajo, es sumisión.
A veces, no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Sabemos que la mente es la que domina el cuerpo y, por ello, tenemos que conseguir que esté tranquila para que así nos sintamos mucho mejor.
Hoy puedo concluir que nuestra paz interior es un aspecto fundamental que debemos mejorar diariamente.
Como te cuento, en aquella época estaba aún muy lejos de poder llegar a esta conclusión. Sin embargo, poco tardaría en empezar a notar, a través de mi cuerpo, que el cambio era ineluctable o, al menos, por suerte, así lo sentí yo.
«El temor agudiza los sentidos; la ansiedad los paraliza.»
KURT GOLDSTEIN, psiquiatra y neuropsicólogo estadounidense
Habían pasado algo más de siete años desde mi partida del pueblo, y un día, a eso de las ocho de la tarde de un frío diciembre, me encontraba en el despacho, una estancia alargada presidida por un gran ventanal con un marco de madera y, a la derecha, una estantería de punta a punta de la pared con cientos, quizá miles, de currículums. La pared contraria estaba vacía, a excepción de un armario con una fotocopiadora y una caja repleta de folios. En medio, tres escritorios formaban una especie de isla, y en uno de ellos se sentaba la persona encargada de los trámites propios de un departamento de recursos humanos (nóminas, contratos y comunicaciones con la Seguridad Social). Era una mujer fuerte, sindicalista, madre soltera y siempre dispuesta a discutir.
Recuerdo con cariño esas peleas entre dos personas que no podían estar más alejadas: yo, un joven codicioso y dispuesto a llegar bien alto en cualquiera que fuese la empresa –solo tenía un objetivo, y este era triunfar: sabía que estaba muy abajo, pero estaba seguro de poder ir escalando con determinación y esfuerzo–; ella, una mujer de cincuenta años, cansada de trabajar para quienes parecían no reconocer ni su esfuerzo ni su talento, lo que la llevaba a considerar a cualquiera que no luchara contra el sistema como su enemigo.
Han pasado ya muchos años y continúo manteniendo el contacto con esta sindicalista gruñona de valores firmes e intachables.
Yo me sentaba en otro de los escritorios, delante de la montaña de currículums, dejando a mi espalda la gran ciudad; podía perfectamente sentarme al otro lado de la mesa y disfrutar de las que eran posiblemente las mejores vistas de la ciudad, pero de tanto verlas las había gastado. ¿O quizá era yo el que se había gastado?
Por más que leyera, siempre había nuevos puestos que cubrir y nuevas solicitudes de empleo que leer. Tenía la sensación de encontrarme atrapado en el tiempo.
En el tablón del despacho colgué un escrito que rezaba así:
Alicia miró sorprendida a su alrededor.
–Pero ¿cómo? ¡Si parece que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está igual que antes!
–¡Pues claro que sí! –convino la Reina–. ¿Y cómo iba a estar si no?
–En mi país –dijo Alicia, que todavía jadeaba un poco al hablar–, cuando se corre durante algún tiempo en una determinada dirección, se suele llegar a alguna parte.
–Tu país debe ser algo lento –comentó la Reina–. Aquí tienes que correr a toda velocidad para poder permanecer en el mismo lugar y, si quieres desplazarte a otro, ¡entonces debes correr el doble de deprisa!
LEWIS CARROLL, Alicia en el país de las maravillas
Este fragmento describía a la perfección cómo me sentía, por más rápido que leyera, siempre había nuevos currículums por leer y nuevos puestos que cubrir. Era como correr en la cinta del gimnasio, como un hámster en una rueda, como navegar contracorriente. Si quería avanzar, tenía que esforzarme el doble, pero al parar por cualquier motivo (vacaciones, algún imprevisto, enfermedades…), ¡volvería a retroceder!
