El asesino de Alfas - Patricia García-Rojo Cantón - E-Book

El asesino de Alfas E-Book

Patricia García-Rojo Cantón

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Beschreibung

Los perceptores corrientes tienen uno de los cinco sentidos desarrollados al máximo, pero los Alfas disfrutan de un control total sobre sus percepciones. Excelentes guerreros, con una visión que les permite atravesar paredes, un olfato y un oído que los hace percibir a sus enemigos a kilómetros de distancia, y un gusto que los convierte en excelentes envenenadores, los Alfas son lo perceptores mas poderosos y, por eso, reclaman a los más débiles para formar sus familias y mover los hilos del mundo de los humanos como si fuesen simples marionetas. Nos situamos en Málaga, después de años huyendo con su tío, Kate, una alfa libre que no forma parte de ninguna familia, será reclamada por Óliver y se convertirá en una Galán contra su voluntad. Deseando encontrar la manera de volver junto a su tío, Kate fingirá adaptarse a la familia mientras los Alfas de Málaga sufren los ataques de un poderoso perceptor que los está aniquilando.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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Para Isabel y Luis,

1

Kate se lleva las manos al vientre y nota cómo la sangre caliente brota de la herida. Se deja caer contra la pared y, poco a poco, se sienta en el suelo, conteniendo el aliento para que el olor a hierro no se le meta en la nariz para lo que queda de tarde.

Nota cómo su corazón bombea acelerado y sus dedos se manchan, pegajosos. Cierra los ojos. Aprieta los dientes dominando la rabia y el dolor.

Su tío la mira, impasible, de pie delante de ella, mientras limpia la katana y la devuelve lentamente a su funda.

–Cúrate antes de que manches el suelo –le dice con total normalidad.

Kate encoge el estómago, enfadada.

–Me has roto mi camiseta favorita –espeta.

–Si luchases con los sentidos al máximo, no te pasarían estas cosas...

Con los sentidos al máximo. Kate siente ganas de matarlo mientras nota el dolor atravesándola. Pero sabe que tiene razón. No estaba concentrada. Estaba luchando sin abrir su percepción por completo porque su mente se hallaba lejos de la sala de entrenamiento: en el concierto al que acudirá en apenas dos horas.

–Recoge todas las armas cuando termines de curarte –le recuerda su tío encaminándose a las escaleras que llevan al piso de arriba.

Mateo no sabe ganar.

Kate nota que el sótano comienza a desvanecerse ante su mirada.

–No te desmayes, o llegarás tarde a tu cita –escucha la voz de Mateo, que debe haber percibido los cambios en su cuerpo incluso antes que ella.

Respira hondo, viéndolo alejarse por las escaleras, y cierra los ojos.

Lo ha hecho cientos de veces.

Solo tiene que desatar su percepción, dejar que sus habilidades como Táctil ordenen la química de su cuerpo. Ha estudiado Anatomía desde que tiene uso de razón solo para eso. Porque Kate no es una chica normal. No lo ha sido nunca.

Nota su corazón ralentizarse y el tejido de su vientre comienza a trabajar para reparar el daño. El corte ha sido transversal y no ha tocado ningún órgano, aunque sabe que su tío podría haberla atravesado sin problemas hasta clavarla en la pared. Es parte de su entrenamiento como perceptora. Parte de su entrenamiento como Alfa.

Desde que aprendió a andar se ha enfrentado a luchas así y ha aprendido a sanarse, pero últimamente a Mateo no le resultaba tan fácil alcanzarla.

–No estoy en lo que tengo que estar –se queja en voz alta.

Llevan dos años viviendo en una casa con enormes jardines cerca de Mijas, un pueblo de Málaga, al sur de España. Es la primera vez que pasan tanto tiempo en el mismo sitio y eso, quizá, la ha vuelto cómoda. Ha viajado con su tío por el mundo desde los cinco años, huyendo de un país a otro y ocultándose de las miradas entrenadas. Los dos son perceptores, pero no forman parte del mundo al que pertenecen. Viven fuera, escondiéndose. Es el precio que tiene la libertad.

Kate siente escalofríos al abrir el sentido del olfato y recibir el hedor de la sangre secándose sobre su ropa. Su cuerpo ya no huele a enfermedad ni a miedo, no rezuma muerte inminente. Y eso es bueno. Porque ella sabe cómo huele la muerte, qué ojos tiene. La vio en el rostro de sus padres.

Cuando era pequeña creía que todos los humanos eran iguales. No sabía que el resto de mortales no podía hacer uso de sus sentidos como ella, como su familia. El mundo, para un perceptor, es diferente.

Kate nació y creció en una granja al norte de Suecia, donde vivía con sus padres y con Mateo, el mejor amigo de la familia. Su madre formaba parte de los perceptores Vista, era capaz de ver a kilómetros de distancia con una precisión asombrosa y, además, podía llegar a descomponer la materia con la mirada, de forma que los objetos se desnudaban ante sus ojos, mostrándose como si fuesen transparentes a su percepción. Su padre, en cambio, era perceptor Táctil, lo que lo hacía un guerrero formidable y le daba el poder de autosanarse. Ella pronto descubrió que no eran los únicos. Aprendió que los perceptores Gusto pueden percibir los ingredientes con los que está preparada cualquier comida y suelen ser excelentes envenenadores. Por su parte, los Olfato resultan importantes analistas de los ambientes y los estados de ánimo, siendo capaces de descubrir enfermedades o dolencias con solo cruzarse con alguien. Los Oído son los espías más peligrosos que existen, su habilidad para escuchar conversaciones ajenas a kilómetros de distancia los convierte en peligrosos oponentes. Kate supo enseguida que no pertenecía a ninguno de esos clanes.

Kate, al igual que Mateo, es una perceptora global, una Alfa. Todos sus sentidos están desarrollados y alberga el potencial del resto de perceptores. Por eso sus entrenamientos deben ser de alto nivel y, por eso también, huyen desde que sus padres fueron asesinados en Suecia, hace quince años.

Kate abre el cauce de su oído y escucha a Mateo duchándose. El muy canalla canturrea A un dottor della mia sorte, un aria de El barbero de Sevilla.

–Estás presumiendo –susurra, entre molesta y divertida, ahora que el dolor se ha apaciguado.

El canto de su tío se detiene y una risa clara llega hasta ella.

–Si no luchas al máximo, no hay orgullo en la victoria –lo escucha tan nítido como si lo tuviese delante–. Y no pensaba en ti, pensaba en Jaime.

Mateo ha invitado a Jaime a cenar después de casi tres meses de relación. Es la primera vez que lleva a alguien a casa. Han sido nómadas durante mucho tiempo y, por eso, ahora todo resulta nuevo y emocionante. Como el concierto.

Kate abre los ojos y mira su camiseta rota mientras su tío renueva su canto dos pisos más arriba. La hoja de la katana de Mateo ha cortado en dos a la Blancanieves de Disney. Tendrá que ponerse otra cosa.

Vuelve a dirigir su atención a su vientre, al trabajo de las células para remendar el tejido y colocar todo en su sitio. En esos quince años con Mateo ha tenido que curarse de mil formas diferentes. Y para eso también ha tenido que entrenar. Comenzó a estudiar Anatomía con ocho años y después completó sus estudios con otras ramas de Medicina necesarias para la autocuración.

La ducha se cierra y Kate dirige su vista al piso de arriba, a la zona en la que queda el amplio salón blanco, con paredes de cristal que dan a la piscina. Quiere localizar el reloj. Despeja su conciencia y utiliza la vista para atravesar las viguetas y el suelo.

Son las siete y media.

–Mierda... –se dice, obligándose a levantarse.

Comienza a recoger las dagas que hay tiradas por el sótano. Alquilaron esa casa no solo porque está aislada en el campo, sino también por aquel espacio enorme y diáfano en el que podrían entrenar sin despertar sospechas.

Mira con desprecio la espada corta con la que ha intentado derrotar a su tío y se siente avergonzada. ¿Por qué no cogió ella también una de las katanas? Mateo es invencible cuando maneja armas japonesas, tenía que haberlo previsto. Así quizá hubiese salvado su camiseta nueva.

Escucha el teléfono en su dormitorio. Debe ser Daniel.

Un cosquilleo emocionado le recorre la espalda y, aunque se siente un poco idiota, no hace nada por controlarlo. Es la primera vez que tiene un amigo. La primera vez en su vida que queda con alguien de su edad. Se siente desbordada.

Quiere subir las escaleras corriendo, pero su vientre le recuerda que aún está trabajando y desacelera el paso.

Mateo está ya en la cocina. Parece otro con los vaqueros y la camiseta de manga corta. Cualquiera diría que es un arma letal. Se ha dejado su largo pelo rubio suelto y tararea en la cocina abierta al salón mientras prepara tartar para su cena romántica.

–Mira mi camiseta –le espeta Kate camino del piso de arriba.

–Era una horterada –responde su tío sin hacerle caso.

Kate resopla, indignada. La compró con Daniel hace dos días en un centro comercial, lo que es todo un hito en la historia de su vida. Hasta hace algo más de un año, su libertad ha estado confinada dentro de las paredes de las casas que habitaba con Mateo. Ahora se siente toda una aventurera por ir a la universidad o al cine.

Aún no sabe cómo convenció a su tío para que la dejase matricularse en la universidad de Málaga para estudiar Bellas Artes, pero lo importante es que se salió con la suya. Después de vivir en Sicilia durante unos meses, Mateo propuso volver a su país natal. Según la información que había recopilado a través de internet, y también por sus labores como espía en la isla, había descubierto que España era ahora un país bastante tranquilo para los perceptores. Cuando él se marchó cuarenta años atrás, las familias luchaban unas contra otras por alcanzar el poder después de la muerte del dictador. El país era un hervidero y eso le dio la oportunidad de romper sus lazos de obediencia con el cabeza de familia de su grupo. Ahora todo parece estar en calma y, por primera vez en la vida de Kate, sienten que pueden pertenecer a un sitio, crear una historia, ser una familia normal.

Cuando Kate llega a su cuarto, el teléfono ha dejado de sonar, pero tiene un mensaje de Daniel: «A las 8:15 te recojo con mi coche».

Sabe que a Mateo no le va a hacer ninguna gracia. No le gusta que viaje en vehículos ajenos, por eso le compró la Kawasaki Ninja en cuanto se matriculó en la universidad. Pero ella quiere ir con Daniel en el coche, quiere que pongan la música a todo volumen y canten como dos posesos, camino de Fuengirola.

Lo negociará luego.

Se desnuda con cuidado de no rozar la zona sonrosada de su tripa, que muestra ya una cicatriz tierna, y se encamina hacia la ducha.

Es uno de los pocos momentos del día en los que deja que su percepción como Táctil y como Oído se abran por completo. Como Alfa que se esconde de los de su clase, Kate ha aprendido a vivir manteniendo sus sentidos al mínimo, casi como una humana. Eso la conserva a salvo. Pero en casa, mientras deja que el agua caiga sobre su cuerpo menudo y fibroso, se permite abandonarse al placer.

La sangre seca se diluye, perdiéndose por el sumidero. Kate encara el agua y sonríe, dejando que las gotas rápidas golpeen sus ojos cerrados. Su piel recibe la caricia húmeda, despertando sensaciones tan poderosas y placenteras que, por unos segundos, se olvida de quién es y de dónde está. Es solo tacto, solo cuerpo, solo la delectación continuada de sentirse terriblemente viva.

Por eso no escucha el primer aviso de Mateo.

Pero sí los golpes en la puerta.

–¡Llevas media hora bajo el agua! –le grita su tío.

Kate baja el volumen de sus sentidos y vuelve a la realidad, confusa. Tarda un tiempo en reaccionar y en responderle. Es lo malo de desatar su percepción en un momento de placer como ese: pierde el contacto con la realidad, sus sentidos se embriagan y se aleja del mundo, como si nada existiese sobre la Tierra, como si su piel incandescente fuese lo único real.

–Voy, voy... Me estaba lavando el pelo.

Sabe que Mateo no la cree porque puede olerlo, pero no le dice nada. Mala señal.

Lo escucha alejarse y sale de la ducha, concentrada en no perder el control de su percepción y solucionar cuanto antes el tema del coche de Daniel.

Se seca rápido y, desnuda, abre el armario de su cuarto para ver qué se pone. Al final se decide por unos pantalones cortos negros y una camiseta sin mangas, verde y ancha. Elige sus zapatillas blancas y se mira unos segundos al espejo.

Los músculos torneados de sus piernas la hacen parecer una atleta. Kate mira su melena larga y pelirroja que comienza a secarse, aclarándose para alcanzar el su tono entre mandarina y limón que la caracteriza. Sonríe sin poder evitarlo. Se siente bien, se siente guapa, se siente libre.

Pero abajo la espera Mateo, y eso significa que no podrá irse sin luchar.

2

–Ni hablar.

Esas son las palabras de su tío cuando le habla del coche de Daniel.

Entonces Kate se agacha como si fuese a colocarse las zapatillas, y la camiseta se despega de su cuerpo mostrando el sujetador.

Contiene el aliento y, por un segundo, despliega su sentido del olfato para percibir cómo de nervioso está Mateo.

Cuando levanta la cabeza, su tío la mira de brazos cruzados, con el ceño fruncido.

–No creas que esto va a ser una negociación –amenaza.

Kate puede ver el aura encendiéndose alrededor de Mateo, y eso no es buena señal.

–Mira, Daniel está a punto de llegar y...

–¿Le has dado nuestra dirección? –Kate se había olvidado de eso. Es una de las muchas prohibiciones que tiene en su vida: debe mantener en completo secreto su lugar de residencia.

–Tú se la has dado a Jaime.

Lo de que la mejor defensa es un buen ataque no le sale muy bien. El aura poderosa de Mateo se agranda de tal forma que Kate da un paso atrás, subiendo el volumen de todos sus sentidos para no perder detalle.

Escucha el corazón bombeando en compás de tres de su tío, como el de todos los perceptores, y sabe que se ha metido en un buen lío. Los dos están acostumbrados a mantener su corazón latiendo de forma humana, había contado con que Mateo estuviese de buen humor por su cita, pero no había tenido en cuenta que quizá eso mismo lo pondría un poco nervioso.

Antes incluso de que la boca de su tío se abra, nota que su poder como Alfa va a golpearla de lleno. Kate se pone en tensión y se concentra al máximo. No va a dejar que la reclame ahora, no va a fastidiarle su primer concierto en veinte años.

–Ni se te ocurra –lo avisa, pero no puede evitar que su voz se tiña levemente de terror.

Mateo sonríe con suficiencia, y Kate nota cómo su propio corazón se acompasa con el de su tío mientras algo en su cabeza lucha por activarse. Sabe lo que está haciendo, maldita sea, lo sabe porque lleva una vida entrenándose para resistirlo sin conseguirlo.

Los perceptores Alfa no solo disfrutan del control de los cinco sentidos magnificados, sino que tienen el poder de reclamar a otros perceptores u otros Alfas, menos fuertes, para que formen parte de su familia y les rindan vasallaje y obediencia. Así es como funciona el mundo del que han huido: poderosos Alfas controlan grandes familias de perceptores doblegados a su voluntad, trabajando para ellos.

Sus padres y su tío lograron liberarse de ese yugo mucho antes de que ella naciese, escaparon de sus familias y comenzaron una vida nueva, alejados del mundo, libres de cualquier esclavitud. Y así la criaron. Sin saber lo que era el reclamo, sin saber lo que era doblegar la voluntad ante un Alfa.

Hasta que dieron con ellos.

Hasta que una familia de perceptores los encontró y sus padres perdieron la vida luchando.

Hasta que Mateo y ella huyeron dejando sus cuerpos aún calientes.

–Ni se te ocurra –repite, y esta vez el miedo es más patente, porque sabe que Mateo es más poderoso que ella y que si la reclama, tendrá que hacer lo que él diga.

Justo entonces nota cómo sus fuerzas se doblegan, y la energía que estaba trasteando en su cerebro pulsa el botón de la sumisión que hay en la mente de todo perceptor.

Kate chilla, frustrada.

–Esa camiseta es muy hortera. Sube y cámbiatela, es una orden –comienza su tío, fastidiándola porque sabe que es su favorita–. Después vas a bajar, vas a llamar a Daniel y le vas a decir que no venga a casa.

Kate intenta luchar. Sabe que puede resistirse, sabe que es posible romper el reclamo de un Alfa porque sus padres y su tío lo hicieron. Ella nunca lo ha conseguido.

Sin poder evitarlo, su cuerpo se encamina de nuevo a las escaleras.

–¡Eres un tramposo y esto no es justo! –grita enfadada mientras la orden del Alfa se hace más imperante conforme se resiste.

Chilla todo tipo de improperios e insultos de camino a su dormitorio, y también mientras se desnuda y busca en el cajón de las camisetas. Entonces ve el top de encaje que no sabe ni por qué pidió por internet porque en cuanto se lo vio puesto se sintió ridícula.

Recuerda una de las enseñanzas de su tío sobre el reclamo:

–Aunque la orden sea directa y tu mente y tu cuerpo te lleven a obedecer, siempre puedes encontrar grietas en las palabras, sutiles huecos por los que empezar a colarte para ensanchar la ambigüedad hasta librarte del vínculo –Kate no sabe todavía si lo entiende, pero sí sabe cómo puede utilizar la orden en contra de su tío.

Le ha dicho que se cambie de camiseta, no le ha dicho cuál debe ponerse.

Se coloca el top de encaje a través del que se transparenta su sujetador y, con la barriga al aire y gesto de victoria, regresa a la cocina con el móvil en la mano.

–Kate... –se desespera Mateo en cuanto la ve.

–¿No había que buscar el hueco para utilizar la ambigüedad?

–Kate...

La voz de Mateo es la de un Alfa. Poderosa, firme, clara. Irrevocable.

Kate nota cómo su cerebro lucha, utiliza todo su poder como Táctil para ordenar la química de su cuerpo y que se resista. Pero no le sirve de nada.

–Llama a Daniel.

Sus dedos marcan el número mientras chilla de nuevo, resistiéndose a la orden directa mientras busca la ambigüedad.

La voz de su amigo le responde lejana. Lleva el manos libres en el coche.

–Ya estoy llegando, no sufras –le dice alegre.

Kate aprieta los dientes.

–He salido... –consigue decir bajo la mirada atenta de Mateo– a hacer un recado...

Cada palabra le cuesta una barbaridad.

Mateo la observa, firme.

–Espérame... en la... rotonda...

–¿En la rotonda?

–La... de... joder –el taco se le escapa del esfuerzo y Daniel le pregunta qué ha pasado–. Nada... nada... Espérame... en la rotonda... de los olivos.

Cuelga antes de que Daniel le pregunte nada más. Siente una presión horrible en el cerebro.

Entonces, como por arte de magia, nota que el reclamo se deshace y Mateo la aplaude, satisfecho.

–Mucho mejor, mucho mejor –dice.

Kate se deja caer al suelo, respirando de forma entrecortada. Quiere dedicarle a su tío una mirada de odio, pero lo cierto es que se siente orgullosa de sí misma, y no puede.

–Pronto podré contigo –se intenta reír.

–Yo he eliminado el vínculo –le recuerda su tío–. Pero has encontrado muy bien los huecos en la orden directa.

–Dios... Creí que me explotaba la cabeza...

–Borrar el reclamo es mucho peor.

Kate gruñe y comienza a incorporarse. Se ha bañado en sudor y ahora no le dará tiempo a ducharse para encontrarse con Daniel. Sabe que su tío contaba con ello para que se retrasase y al final tuviese que coger la moto, pero no va a darle el gusto.

–¿Confías en mí? –le espeta.

–Sabes que tú no eres el problema de mi confianza.

Y es cierto. Kate sabe que la disciplina férrea en la que viven, los entrenamientos continuos, el estar escondiéndose siempre, no tiene nada que ver con ella. Son los otros, el resto de perceptores, los que suponen un problema. Y han elegido la provincia de Málaga solo porque sus enemigos no están en la universidad y porque las dos familias que residen entre Marbella y la capital están bastante hermanadas: viven en paz, no pasan el día buscando enemigos ni sospechando de la gente con la que se cruzan.

–Mantendré mis latidos a ritmo humano, no dejaré que mis sentidos se desaten en el concierto, iré y volveré con Daniel sin llamar la atención... Además, los espacios de cultura son territorio neutral.

Los perceptores pueden atacarte en cualquier sitio, salvo en espacios de cultura. Ni museos, cines, teatros, conciertos, bibliotecas... pueden ser escenarios de violencia.

Kate sabe que su tío está a punto de ceder.

–Tenemos nuestros protocolos –insiste–. Y Jaime y tú vais a disfrutar de una velada tranquila y romántica sin ninguna molestia.

Sonríe con su mejor cara de chica lista y nota que su tío se derrite.

–¡Adiós! –grita antes de que cambie de idea.

Escapa por la puerta acristalada que da a la piscina y corre alrededor de la casa para alcanzar la salida.

En el último momento, Mateo la agarra del brazo. Ha sido más rápido que ella.

Cuando cree que va a volver a detenerla, su tío le tiende la mochila que utiliza como bolso y la deja marchar.

–No te pongas en peligro.

Daniel ha conseguido el coche de su madre. En cuanto enfilan la carretera para bajar a Fuengirola, le cuenta lo que ha tenido que pelear para lograrlo.

–Pretendía que me viniese en cercanías y que me quedase de fiesta hasta coger el primer tren de la mañana –le explica, apartándose un momento el pelo castaño que le cae lacio sobre la frente.

Daniel es guapo. Por lo menos a Kate se lo parece. Pero no como esos modelos de las revistas: Daniel es guapo porque es bueno, porque es tímido con todo el mundo menos con ella, porque se acercó a su caballete la primera semana de clase y le corrigió las proporciones del jarrón que estaba dibujando.

Kate recuerda esa anécdota con cariño porque Daniel no sabe realmente cómo dibuja. En la facultad se esfuerza por hacerlo mal, por no desplegar su Vista ni agilizar sus trazos con el poder del tacto. No ha elegido Bellas Artes porque quiera aprender a pintar, ni siquiera porque necesite un título universitario. Quería ir a la universidad para hacer amigos, para sentirse parte del mundo, para poder fingir que vive una vida normal. Y eligió Bellas Artes en honor a su padre, que era un enamorado de la pintura. Pero ella sabe manejar los pinceles, lo sabe porque se dedica con su tío a la falsificación de arte y venden por precios astronómicos copias de los grandes maestros a coleccionistas de todo el planeta.

Para un perceptor es difícil conseguir un trabajo sin exponerse al resto. Cuando has sido reclamado por un Alfa y entras a formar parte de su familia, la cosa es distinta: te ampara su apellido. Entonces puedes dedicarte a lo que quieras. La familia Galán, por ejemplo, que reside en su mayor parte en Marbella, se dedica al mundo del espectáculo y varios de sus miembros son conocidos en los medios de comunicación. Viven de cara a la galería, presumiendo de su hedonismo y su poder. Además, poseen varias revistas de moda y cotilleos.

La familia Beltrán, en cambio, no siempre muestra sus cartas. Aunque algunos de sus miembros se dedican a la asesoría política, la mayoría trabaja diseñando, fabricando o vendiendo sistemas electrónicos para los principales programas militares del mundo. Los Alfas de estas dos familias protegen al resto, los legitiman. Pero Mateo y Kate son desertores, fugados del sistema de los perceptores. Están obligados a ocultarse si no quieren ser reclamados.

La música cambia y Daniel le pide que suba el volumen mientras cogen la autovía en dirección a Marbella. Han quedado temprano para poder aparcar cerca del castillo Sohail.

Kate escucha la canción dejando que el aire acondicionado enfríe el sudor de su cuerpo y la ayude a relajarse. Al final se ha quedado con el top de encaje y siente un poco de pudor ante Daniel, por lo que se tapa con su mochila. A través de la tela ligera, nota el peso de las dos dagas que siempre lleva consigo para que Mateo se quede tranquilo.

El sol se ha ocultado ya tras las montañas de Mijas y, cuando toman la salida hacia el castillo, Kate puede ver cómo la noche comienza a remontar sobre el mar, morada y líquida.

–Me encanta la playa a esta hora –confiesa, porque sabe que Daniel entiende ese tipo de matices.

Su compañero es un gran dibujante, obsesionado con los retratos.

–Dicen que hoy había medusas –comenta mientras buscan un sitio para aparcar aprovechando la marcha de algún turista.

–¿Te puedes creer que este verano he bajado a la playa cuatro veces? –se ríe Kate.

–Pues me has ganado, porque yo solo he ido una vez.

–Así estás tan blanco...

–Eh, esta palidez se sostiene con esfuerzo.

El humor de Daniel es ligero y eso a Kate le encanta. No tiene que pensar demasiado, es casi familiar.

Aunque el concierto no comienza hasta las diez, ya se ve movimiento por el paseo marítimo. Daniel propone que entren al recinto y busquen algún puesto de comida para cenar antes de que empiece la música.

Charlan animados de proyectos, de la última serie que han visto y del vídeo viral del día. A Kate la asombra su facilidad para conectar con Daniel después de tan pocos meses. Al principio les costó congeniar. Ella no estaba acostumbrada a comportarse entre iguales y a Daniel le resultaba cortante. Pero él jamás se enfrentó a ella o respondió mal a sus desplantes. Al revés, ha esperado en silencio, acercándose poco a poco, permaneciendo a su lado casi como una sombra, sin molestar, hasta que ella se ha sentido cómoda.

Recuerda perfectamente la explicación que le dio su tío cuando se lo contó:

–Te ha domesticado, Kate.

Y a Kate le gusta esa imagen. Le gusta imaginar a Daniel como un domador de tigres, paciente y sereno.

Después de enseñar las entradas, Kate percibe el olor inconfundible a perritos calientes y arrastra a Daniel hasta el puesto. Compra un menú y dos refrescos, porque Kate no es tan estúpida como para dejarse llevar por el alcohol. El alcohol nublaba los sentidos y ella debe permanecer alerta siempre.

Con ocho años aprendió a ocultar el latido especial de su corazón y con diez era capaz de desplegar el oído, focalizándolo sin llamar la atención. La vista ha tardado más tiempo en dominarla, y el olfato y el gusto aún le juegan malas pasadas si no logra dirigirlos correctamente a un objetivo claro. El tacto, en cambio, le es connatural. El entrenamiento físico, las artes marciales, la lucha con todo tipo de armas le resulta ridículamente fácil.

–¿Te vas a matricular al final de Taller de Pintura Contemporánea? –pregunta Daniel.

Tiene un poco de kétchup en la mejilla y Kate se acerca para retirárselo con un dedo. El olor de su amigo la embriaga durante unos segundos y sabe, a pesar de su poca experiencia, que si quisiese besarlo, él se dejaría.

Se sonroja, confundida.

–Creo que paso... –responde.

–¿Vamos a elegir juntos?

Kate sonríe. Y asiente.

Se da cuenta de que eso es de verdad lo que preguntaba Daniel.

–Juntos, mismo horario, mismas asignaturas, mismo cabreo con el profesor de Escultura.

Daniel se ríe y brindan con el refresco mientras el auditorio al lado del castillo, con el escenario recortado sobre el mar, se va llenando de gente.

El bullicio, la alegría de la multitud contagian a Kate, que no aguanta sentada después de terminar la cena. Guía a Daniel para encontrar sus asientos en las gradas y, desde allí, observa embelesada a los jóvenes que se congregan. Es la primera vez que está con tanta gente, y eso la hace sentir eufórica y también algo insegura. Ya ha comprobado tres veces las rutas de salida oficiales y ha trazado cinco planes para escapar por vías no controladas.

Le escribe un mensaje a Mateo para contárselo y que se tranquilice un poco, aunque no sabe si lo leerá. Para él también está siendo una noche repleta de novedades. Kate espera que sus nervios no le jueguen una mala pasada y la fastidie con Jaime. Así podrán tener una vida normal, relaciones normales, que les permitan echar raíces. Entonces, quizá no dudaría tanto si besar o no a Daniel.

–¿Nos hacemos una foto? –pregunta su amigo.

–¡Claro! Pero no la subas a redes, ya sabes...

–Sí, ya sé... El sistema está podrido, hemos perdido la intimidad y vivimos expuestos a la mirada de millones de desconocidos y bla bla bla...

Kate le da un codazo cariñoso y posa junto a él sonriendo. Daniel vuelve a pulsar el disparador de su móvil y ella se gira para besarlo en la mejilla. Nota cómo el calor de su compañero aumenta y el olor de sus hormonas en pleno apogeo la hacen desear repetir el gesto, pero se contiene. No quiere que Mateo le dé otra vez la charla de los perceptores y el sexo. Ya la avergonzó bastante la primera vez que le habló de Daniel y su tío convirtió el momento en una oportunidad para explicarle con todo lujo de detalles lo que siente un Alfa cuando hace el amor: el descontrol, el abandono y la fragilidad que lo dominan.

En ese momento empieza el concierto y Kate tiene que hacer verdaderos esfuerzos por controlarse. La música llena la noche y el público corea, entregado. Daniel canta a su lado, bailando libre y feliz. La mira y ella sabe que cada vez que se gira para dedicarle parte de la letra, le está diciendo millones de cosas que ahora mismo no puede explicar.

Su corazón late más humano que nunca cuando él se acerca llevado por la música. Observa el movimiento de la multitud y se siente parte de algo más grande que ella, como si toda esa alegría, toda esa fuerza perteneciesen a un ser que todos forman a un mismo tiempo. Quiere gritar de la emoción y lo hace con júbilo al final de las canciones, levantando los brazos o apoyándose en Daniel, que la rodea a veces por la cintura y la atrae hacia él con naturalidad.

Se tocan. Entre ellos. Pero las personas que están a su alrededor también la rozan, sin darse cuenta, sin preocuparse, llevados por la música en una danza que los conmueve a todos, que los invita a saltar y a dejarse llevar por la loca conciencia de estar vivos en ese mismo instante.

Kate intenta respirar, intenta descomponer cada una de esas sensaciones, racionalizarlas para que sus sentidos permanezcan al mínimo, para que no se dispare su percepción y le pase como en la ducha, para que el placer no se haga uno con ella. Pero Daniel la mira y le sonríe de una manera especial, acercándose, mientras las guitarras llenan la noche de sonido y el cantante se deja la voz sobre el escenario.

Ella sabe lo que está a punto de pasar. Y no quiere resistirse. Diga lo que diga Mateo. Por eso cierra los ojos confiada.

De pronto, un sonido atronador, un crujido metálico y monstruoso, se alza sobre la música y el bullicio, sobre el ruido de la ciudad, y se perfila como algo eterno recorriendo cada partícula de su cuerpo.

Una explosión.

Kate se lleva las manos a los oídos para protegerse, encogiéndose sobre sí misma.

Una explosión descomunal.

Se queda sin aliento.

Daniel la observa sin entender, aún llevando el ritmo de la música con su cuerpo.

Kate mira a su alrededor.

Todo el mundo baila. Nadie más parece haberlo oído.

Nadie se ha dado cuenta de nada.

Pero ella aún siente el eco de la explosión en su cabeza.

Se incorpora, extrañada.

Sigue la dirección del sonido con la vista, hacia Marbella.

Entonces, sus ojos se topan con los de un muchacho que, confundido, busca el origen de la explosión, como ella.

3

Kate despliega en el acto el sentido del oído y escucha el corazón del chico que la mira, sonando a un compás de tres.

Lentamente, como si los dos se hubiesen quedado congelados en el bullicio, la boca carnosa de él va formando una sonrisa divertida, de reconocimiento.

Tiene el pelo negro y largo, lacio, destacando sobre su rostro moreno de mentón afilado. Sus ojos, oscuros como alquitrán, ondean decididos.

–Daniel, voy al baño –Kate no puede pensarlo más.

Antes de que su amigo responda, sale disparada, moviéndose entre la gente.

Su cabeza calcula cuánto tiempo tiene. Ha visto el aura del desconocido. Es un perceptor y, sin duda, también un Alfa.

Abre sus sentidos, consciente de que ya no sirve de nada ocultarse, e intenta localizar a más perceptores en el concierto. Antes de haber alcanzado la zona baja de las gradas, ha descubierto a dos más. Pero no le parecen Alfas. Todos están marcados con el reclamo, por lo que deben ser miembros de las familias de Málaga. A estas alturas, el Alfa habrá descubierto ya que ella no tiene el amparo de ningún apellido, que es libre.

Tiene que concentrarse, hay demasiado ruido y demasiados estímulos. Si no se focaliza, puede perder el control en cualquier momento. No puede permitírselo, su libertad está en juego.

El teléfono comienza a vibrar en su mochila, ensordeciéndola. Seguro que es Mateo, él también lo habrá oído. No puede responderle ahora.

Sabe que la siguen.

Los escucha. Entre los miles de voces del concierto es capaz de seleccionar los tonos que resultan letales para ella.

–Va hacia la salida del paseo marítimo –dice una voz de mujer.

–Dejádmela a mí –comenta una voz grave que Kate no duda en relacionar con el chico que la ha mirado después de la explosión.

–Voy a llamar a Blas –añade un tercero–. A ver qué mierda ha pasado.

Kate duda si decir algo, si confundirlos con alguna frase inteligente o pedirles piedad. Pero sabe que no servirá de nada.

Corre entre la gente, utilizando sus sentidos para encontrar el hueco preciso entre los cuerpos que se mueven, el instante justo. Es como si el público se abriese a su paso, como si quisiesen dejarla pasar. Sabe que no puede utilizar ninguna de las salidas oficiales, así que va hacia el castillo, buscando un escape rápido a la autovía en dirección al centro comercial.

Ahora está protegida por la multitud, pero cuando salga de la marabunta, será un blanco fácil. No sabe si sus nuevos amigos van armados.

A la carrera, coge el teléfono de su mochila y responde a la llamada insistente de Mateo.

–Lo he oído –le dice a su tío, mientras se coloca las dagas en el cinturón.

–¿Qué pasa? –la voz de Mateo es impaciente, ha percibido la urgencia en la de Kate.

–No voy a volver a casa.

La tensión se puede palpar a través del teléfono. Ahora los dos son conscientes de que sus enemigos los están oyendo.

–Sabía que el concierto era mala idea.

Kate decide no responder a eso mientras salta con agilidad sorprendente la valla que rodea el perímetro del concierto.

–Protocolo 3 –asume, sabiendo que ninguno de sus planes anteriores podría funcionar dada la situación–. Siento no haberme traído la moto.

–Te lo dije.

–Te quiero, Mateo.

–No te despidas todavía, Kate.

–Quizá sabe bien a lo que juega –interviene una tercera voz, y los dos la oyen.

Kate cuelga el teléfono y lo guarda en su mochila mientras corre hacia la autovía.

No le cuesta saltar a la carretera sin alterar el tráfico denso. Ahora que su vida corre peligro, sus sentidos están desatados y huye combinando sus habilidades como Táctil con todas las demás. El ojo de un humano corriente no podría verla. Parecería que se ha vuelto invisible por su rapidez.

Pero no la persigue un humano corriente.

Corre siguiendo a los coches que van dirección a Málaga hasta que percibe a su espalda el motor de un BMV adelantando a toda velocidad.

Kate no lo piensa ni un segundo: cruza hacia el centro de la vía aprovechando el espacio entre dos vehículos y salta sobre el techo del BMV, agazapándose como una sombra.

El conductor ni siquiera nota el impacto, pero Kate sabe que el coche sí porque el motor ha ralentizado casi imperceptiblemente su marcha.

Sus ojos entrenados miran hacia atrás intentando divisar a su perseguidor, sin conseguirlo.

–Sé que estás ahí –le dice en un susurro bajo, y una risa lujuriosa le responde dándole la razón.

Kate lo localiza cinco coches más atrás.

El muchacho se ha puesto de pie sobre el techo de un Toyota y el pelo ondea a su espalda con violencia. Lentamente, el perceptor levanta el brazo y la señala.

Parece un dios castigador.

Kate no pierde el tiempo: se levanta también y, dándose la vuelta, comienza a saltar sobre los techos de los coches que tiene delante, para ganar velocidad y alejarse de su contrincante.

El viento la golpea recordándole que su cuerpo está hecho solo de carne y hueso, pero ella se siente metálica, poderosa. Ha entrenado persecuciones con Mateo infinidad de veces, pero se conocen demasiado, los dos son capaces de leerse y de adelantarse a los movimientos del contrario. Esta vez, Kate siente que la adrenalina se ha desatado de verdad, convirtiéndose en su mejor aliada. Y, aunque tiene miedo, un júbilo nuevo, temerario, se expande por su pecho.

Aprovecha el adelantamiento entre dos camiones para ocultarse y confundir a su adversario. Salta al carril contrario y rueda hasta alcanzar el arcén a la altura del cruce que conduce a Mijas a través del polígono.

Ahora no le merece la pena utilizar ningún vehículo porque con su carrera será más rápida. Si su tío ha puesto en marcha su plan, la estará esperando en la rotonda sobre la autovía con el Lamborghini Aventador preparado para la huida definitiva.

Corre sin rozar el suelo entre los aparcamientos casi vacíos de la zona de concesionarios y naves industriales. Siente que ha perdido a su depredador, pero no se confía, no baja el ritmo.

Kate marcha zigzagueando, llevando su cuerpo al máximo, sin apenas dejar su sombra detrás cuando cruza bajo las farolas silenciosas. Ha apagado el ruido del mundo y ha focalizado todos sus sentidos en el perceptor que le da caza, por eso tarda en reaccionar cuando nota el impacto de la mano de él, cerrándose como una garra sobre su hombro.

Kate se agacha a la velocidad de la luz para lanzar una patada a ras de suelo a su enemigo, pero no logra librarse de su agarre. Al tiempo que ensaya su siguiente movimiento, nota cómo la mente de él comienza a desplegarse para entrar en la suya, como un Alfa.

Se siente estúpida, a ella ni siquiera se le ha ocurrido hacerlo.

Utiliza un movimiento de wing chun para zafarse del agarre y, al mismo tiempo, se ocupa de resistirse al intento de reclamo de su oponente.

Se levanta y lo mira frente a frente, justo en el momento en que él intenta golpearla en el pecho con un gesto certero que logra esquivar en el último momento. Le ha respondido usando también el wing chun, como si quisiese demostrarle que domina ese arte marcial, como si se estuviese divirtiendo.

Decidida a no dejarse vencer, Kate saca sus dagas y contraataca. Con las manos vacías, su oponente se mueve tan rápido como ella, esquivando los envites y logrando golpearla en el brazo derecho en más de una ocasión. Sus toques son tan poderosos que Kate aprieta los dientes. Parece una pantera congraciándose con las sombras. No sabe cómo el Alfa es capaz de enfrentarse físicamente a ella con tanta contundencia, al tiempo que hurga en su mente sin descanso.

Por un segundo, Kate desconfía del entrenamiento al que su tío la ha sometido durante todos estos años y siente que, como sus padres, tendrá que elegir morir antes que doblegarse. Pero entonces consigue alcanzarlo con una de sus dagas, lanzándola en el instante justo en el que él la golpea en la cadera.

El olor de la sangre de su enemigo la asalta. Sabe que le ha lacerado el brazo y que ahora no podrá atacarla con tanta potencia. Contenta por su pequeña victoria, Kate salta lanzando una patada a la cabeza de su adversario, pero este consigue encajar el golpe en el hombro al tiempo que la agarra por la pierna y la lanza contra uno de los coches.

Kate nota el metal doblándose bajo ella y se incorpora a toda velocidad, pero antes de que se dé cuenta, tiene las manos de él cerrándose sobre su garganta. El perceptor ha volcado todo su cuerpo para aplastarla, de modo que no puede utilizar las piernas para defenderse. Con ataques violentos y firmes, Kate lo golpea en el brazo herido, intentando liberarse de su agarre, pero el aire no llega a sus pulmones y, poco a poco, siente que las fuerzas la abandonan.

–Te pillé –sonríe victorioso el desconocido.

Sus ojos negros la reflejan como un espejo terrible.

Kate intenta gritar, intenta defenderse.

Golpea, golpea, golpea.

Hasta que el oxígeno deja de llegar a su cerebro.

En ese mismo instante, el Alfa consigue reclamarla.

Ha pulsado el botón de la sumisión.

Vencida, Kate se desmaya.

4

Mateo aprieta el volante con los nudillos blancos. Ha esperado hasta el último momento, escuchando con atención cada movimiento de la batalla, consciente de quién perpetraba cada uno de los ataques, esperanzado en que Kate demostrase lo que llevan tantos años entrenando.

Pero no ha servido de nada.

Nota el instante en que su sobrina cae y un gemido sordo se alza desde su garganta.

Escucha los dos corazones latiendo a compás de tres a solo un kilómetro de donde se encuentra.

Sus ojos se llenan de lágrimas y la tensión agarrota sus músculos.

Ahora mismo podría ir, podría ir y matarlo.

Pero entonces perdería la oportunidad de salvarla, perderían para siempre la oportunidad de escapar.

Mateo golpea el volante con rabia y aprieta el acelerador.

Tiene que mantener la cabeza fría.

Ahora toca escapar.

5

–No te muevas.

La orden llega clara y directa antes de que Kate recobre del todo el conocimiento.

Le duele la cabeza de forma aguda. Poco a poco, percibe que está tumbada y, después, tímidamente comienza a desplegar sus sentidos para captar en qué situación se encuentra. Sabe que ha sido reclamada porque nota que en su mente hay una parcela que no le pertenece. Conoce bien la sensación gracias a sus entrenamientos con Mateo, pero entiende ahora que su tío jamás ha sido un verdadero rival. No sabe si por el amor que los une o porque no es un Alfa demasiado poderoso, pero lo cierto es que él jamás entró en su mente con tanta seguridad, con tanto aplomo. Trata de tantear el vínculo que la ata, incorporándose. La voz la interrumpe de nuevo.

–Para, necesitas descansar –es una mujer, firme.

En el acto, Kate detiene su intento. Pero busca el hueco de la ambigüedad en las palabras de la Alfa y decide que puede utilizar sus sentidos para saber dónde se encuentra. Percibe al primer momento que está sola en una habitación, pero que la casa es más grande. Nota diecinueve personas en el recinto, son perceptores, entre ellos dos Alfas. Pero ninguno es el que la ha atacado.

Se da cuenta, de pronto, de que el reclamo que pesa sobre ella no es el mismo que el que percibió antes de desvanecerse en el polígono. Debe pertenecer a otra persona. Se estremece.

Su olfato le dice que hay ocho mujeres en la casa, siete hombres. De entre ellos, dos ancianas y dos niños y tres adolescentes; el resto, adultos entre veinte y sesenta años. Observa la habitación en la que se encuentra y rápidamente percibe que está en un sótano.

La habitación no tiene ventanas, solo una puerta sin pestillo. Eso le da esperanza, quizá pueda escapar.

Para no llamar la atención, permanece tumbada mientras utiliza la vista y el oído para seguir los movimientos de todos los miembros de la familia.

Está en una enorme mansión de estilo moderno con más de quince habitaciones, tres salones, dos comedores, dos despachos, un gimnasio y dos cocinas. Al menos, doce cuartos de baño y otras dependencias como vestidores y alacenas en las que apenas se detiene. Mira aún más allá y descubre dos piscinas inmensas, una cancha de tenis, una pista de equitación con su cuadra, jardines con fuentes y un bosque no muy extenso, pero considerable.

La mayoría de la familia está reunida en uno de los salones. Pero los niños se encuentran en otra de las habitaciones, con los adolescentes. Además, una mujer parece estar leyendo en la terraza.

Kate dirige su atención al grupo grande y se concentra en sus conversaciones. Uno de los hombres habla.

–Ella no ha podido ser la asesina, pero no sabemos si estaba acompañada.

–Óliver asegura que estaba acompañada –responde otra voz, y Kate la reconoce como una de las que escuchó en el concierto.

No es la de su perseguidor. Sus ojos negros como alquitrán se le clavan en la imaginación con el gesto implacable de cuando intentaba asfixiarla. Óliver.

Se lleva los dedos al cuello, dolorido pero bastante recuperado, y dirige parte de su poder como Táctil a regenerar la piel enrojecida y a evaluar el posible daño. Mientras tanto, continúa escuchando.

–La familia Beltrán avisó de que unos renegados habían pasado por la zona hace un año.

–Quizá no solo pasaron...

–Sea como sea, tenemos a la chica, y ella estaba en el concierto con nosotros. No ha podido ser.

–¿Qué ha dicho Magdalena Beltrán? –Kate reconoce la voz, es la misma que le ha ordenado estarse quieta.

Siente ganas de interrumpir, pero se muerde los labios y aguarda.

–Llamó inmediatamente para presentar sus condolencias y una comitiva de su familia se personará para el almuerzo. Óliver ha ido con Víctor y Raquel a visitarla.

–Está bien.

–¿Dudas de ellos?

–No es momento para dudar de nuestros aliados –la voz de chica de la noche anterior.

–Han llamado también desde Sevilla. El Duque prefiere que sea el Monarca el que se ocupe de esto.

–Escapa de su control –ataja otra persona.

–El Monarca enviará a alguien para dilucidar cómo se ha cometido el asesinato –asiente un tercero.

Kate nota la boca pastosa al escuchar nombrar al Monarca. Mateo le ha hablado de esa figura dentro de las familias de los perceptores. La jerarquía entre los miembros de las familias está clara, todos responden ante el Alfa. Pero, a su vez, el Alfa responde ante el dirigente de otras familias más poderosas, el Duque. Y estas, ante un solo perceptor: el Monarca. Elegido como tal entre las filas de los Alfas más poderosos de la nación, es cabeza gobernante de todas las familias, sea cual sea su rango.

Kate comienza a atar cabos.

Sabe que la explosión que escuchó durante el concierto tiene que ver con los perceptores, ningún humano pareció escucharla. No fue una bomba ni nada por el estilo.

Su memoria infantil la ayuda a cerrar el círculo porque ella misma ha escuchado un sonido semejante. Cuando murieron sus padres.

–Así suena la muerte de un Alfa –le dijo Mateo mientras ella lloraba en el asiento de atrás del coche en el que huían–. Ya no podemos hacer nada.

Un Alfa ha muerto en la familia Galán, porque sabe ya que está en su casa. Ahora buscan al asesino.

–¿Cómo va el informe de la policía? –pregunta la voz de la mujer que parece mandar.

–No habrá ningún problema. La autopsia dirá que ha sido un infarto.

–Celebraremos el entierro mañana.

–Me encargaré de organizarlo.

–Avisa a las autoridades, no quiero que falte nadie.

–¿Quieres celebrarlo por todo lo alto?

–Ha muerto un Alfa, el mundo debe llorarlo. El cabeza de familia de los Galán no será enterrado en secreto.

–Prepararé la nota de prensa.

–Todos sabéis lo que tenéis que hacer, podéis retiraros. Yo tengo asuntos que atender.

Kate percibe cómo varias cabezas se giran hacia el suelo, en su dirección. Cuatro personas la miran a través del edificio, a través de las plantas que los distancian.

Una de ellas es de la mujer que le habla.

6

Desde la terraza se ve el mar por encima de los árboles que rodean la casa, aislándola del mundo. Debajo, una enorme piscina azul refleja el lujo de la mansión blanca y minimalista.

Kate está sentada a una mesa dispuesta con el más elegante de los desayunos. El café humea llenando la mañana de aromas y el pan recién hecho huele a trigo cálido. Hay fruta tropical cortada en bandejas de porcelana coloreada y zumos naturales de tres sabores distintos. Pequeñas magdalenas y cruasanes la observan desde una fuente azul.

El sol comienza a asomar por el este, llenando el Mediterráneo de contrastes amarillos. Kate mira el rostro aparentemente tranquilo de la mujer que tiene delante.

Un humano corriente notaría paz en su gesto distendido, pero Kate ve más allá. Percibe la leve arruga que frunce sus ojos, la tensión sutil en las sienes, los labios ligeramente apretados. Además, la huele. Y detrás de toda la información sobre su edad, su salud, están también sus preocupaciones. Entre ellas, una pizca casi imperceptible de miedo que a Kate le parece alentadora.

Ya sabe que se sienta ante Renata Galán, la nueva cabeza de familia después del asesinato de Blas Galán, que había ostentado ese cargo durante más de cincuenta años. Lo sabe porque nota su vínculo, su reclamo, obligándola a obedecer. Pero también porque ha escuchado cada una de las conversaciones que se han mantenido en la casa desde que ha despertado.

Renata Galán es una mujer de unos sesenta años, teñida de rubio, con melena moldeada como en los cincuenta. Aunque su rostro es redondeado y sus ojos de miel parecen inofensivos, debajo de su túnica ibicenca se adivina un cuerpo ágil, capaz de doblegar a un enemigo. Tiene los dedos largos y las uñas lucen manicura francesa.

–Come algo –la invita Renata, aunque Kate sabe que, debido al reclamo, cualquier cosa que diga será interpretada por su cuerpo como una orden–. Mi yerno ha preparado todo esto para nosotras, y sería inconveniente ofenderlo devolviendo los platos sin tocar.

Kate intenta resistirse, pero sus manos se acercan ya a la mesa.

Renata, que lo percibe, se corrige.

–Come solo si te apetece. No pretendía ejercer mi control. Aún me estoy acostumbrando.

Kate aprieta los dientes, sabe que resistirse es la peor opción. Siempre que ha hablado con Mateo de lo que pasaría si uno de los dos era reclamado, han llegado a la misma conclusión: lo mejor es ceder y fingir alegría por formar parte de una familia. Cada uno de ellos tiene una historia preparada, una justificación para su deambular errático sin someterse a ningún reclamo. Solo aceptando la sumisión dejan espacio para la huida.

Así que tiende las manos de nuevo y deja de luchar cogiendo uno de los panecillos. Renata Galán sonríe y se acerca la taza de café a los labios.

–Imaginarás que deseo saber todos tus secretos –dice con naturalidad.

No ha sido una orden, todavía, pero Kate sabe que el imperativo vendrá. Por eso asiente mientras pone aceite y tomate en sus tostadas.

–¿Por qué no tenías reclamo cuando te encontramos? Eres una Alfa, pero no lo suficientemente fuerte todavía. ¿Tenías tu propia familia?

Kate da el primer bocado y aprovecha para pensar mientras mastica. Las preguntas directas encierran un mandato de respuesta, aunque no están marcadas todavía con la petición de sinceridad.

–No tenía reclamo porque no formaba parte de ninguna familia, ni como Alfa ni como hija –explica.

Renata la mira entrecerrando los ojos por encima de su café.

–Explícate mejor.

–Mis padres murieron cuando era una niña y un hombre joven me adoptó –Kate sabe que debe mantenerse cerca de la verdad, sin pisarla. Así su cuerpo no olerá a mentira ni su imagen mostrará signos de debilidad–. Nunca lo llamé padre, su nombre es Mateo y siempre ha sido un tío para mí. Es un hombre corriente, de buen corazón.

Espera haber sonado convincente. No es lo mismo decir hombre corriente que humano corriente, y en los matices de las palabras es donde debe encontrar sus aliados.

El silencio de Renata Galán le muestra que no está convencida de todo lo que escucha. Kate ordena a su cuerpo que se relaje y mantiene su respiración tranquila mientras vuelve a masticar.

–Hemos viajado por todo el mundo desde que me adoptó –continúa–. Mateo es marchante de arte y siempre lo he acompañado en sus visitas a las galerías internacionales.

–Hablas muy bien el español... –repara Renata.

–Sí, Mateo es español, es el idioma que siempre hemos utilizado entre nosotros.

–Pero sabes más.

–Podríamos continuar la conversación en inglés, francés, alemán, italiano, chino, japonés, ruso o sueco –Kate espera no estar hablando demasiado–. Siempre he tenido facilidad para los idiomas.

–Si te has criado con un hombre normal, ¿cómo te has relacionado con tu naturaleza de perceptora?

–Escuchando.

Renata la observa. Kate sabe que la sopesa, que la mide. Bebe también un trago de café.

–Al principio me volvía loca. Mateo creía que me pasaba algo, me llevó a diferentes especialistas –Kate se concentra en mantener la mentira–. Me costaba focalizar mis sentidos. Era un infierno. Después comencé a comprenderlo. Escuchaba las conversaciones de la gente y así descubrí a los perceptores y sus poderes. También aprendí a hacer latir mi corazón como el de mi tío.

–Entonces eres autodidacta –Renata niega con la cabeza–. Óliver dice que sabes luchar.

–He practicado artes marciales desde los cinco años. Mi tío creía que la disciplina me ayudaría a controlar lo que él llamaba hiperactividad. He tenido maestros en todo el mundo –cuanto más cerca está de la verdad, más fácil le resulta controlar su cuerpo.

Porque es cierto. Gracias a sus continuos viajes, Kate ha podido aprender diferentes artes marciales con profesionales de todo el planeta.

–Hay muchas lagunas en tu historia –concede Renata Galán–. Pero no pareces mentir. Eso solo puede significar dos cosas: o eres muy buena o dices la verdad.

Kate se ríe y, no sabe por qué, eso la ayuda a controlar mejor sus emociones.

–Te siento en mi cabeza. Creo que es lo que otros llaman reclamo. He escuchado hablar de ello y es algo que siempre he odiado –confiesa con naturalidad.

Renata deja su taza sobre la mesa y se echa hacia atrás en la silla, apoyándose en los reposabrazos.

–Te he reclamado, sí –acepta sin inmutarse–. En nuestra sociedad no está permitido vagabundear sin familia. Nuestros lazos son los que nos hacen poderosos. ¿Crees que el reclamo es algo odioso? Has vivido como una sombra y yo voy a sacarte a la luz. Dentro de un año llorarás si amenazo con abandonarte.

Kate deja que su incredulidad se trasluzca físicamente.

–¿Dónde está tu tío? –pregunta directamente Renata.

–Ha huido.

–Protocolo 3 –asiente la Alfa.

Kate sabe que todo lo que dijo por teléfono lo escuchó su perseguidor, por eso la cabeza de familia de los Galán puede repetir sus palabras.

–Sí, teníamos cinco protocolos en caso de que yo topase con un perceptor que me reclamase –explica sin inmutarse porque es la pura verdad–. Lo más importante para mí es mantener a Mateo a salvo, no quiero que mi naturaleza lo hiera.

–¿Por qué no lo abandonaste hace tiempo? Eres una perceptora poderosa. Aunque no sabes demasiado, podrías haberlo dejado atrás. Un humano es un lastre.

–Lo quiero –confiesa Kate–. Es la única familia que tengo.

–Ya no.

La respuesta de Renata cae, pesada como una piedra.

Esas dos palabras están a punto de romper su autocontrol. Encierran una verdad tan amenazante que Kate se estremece. Mateo ya no es su familia. La han alejado de él de la forma más cruel que imagina.

Por eso debe fingir, por eso debe adaptarse. Es la única forma de volver con él.

–¿Qué haces en Málaga?

–Estudio Bellas Artes en la universidad.

–¿Dónde vives?

–Tengo un apartamento en Teatinos –esta respuesta le cuesta más que las anteriores. Se agarra con toda su voluntad a la ambigüedad: no vive allí, pero posee la casa.

–Luego nos darás la dirección.

–Puedo darla ahora.

–No hace falta... –Renata la observa–. Kate Galán... –dice Renata como para sí misma–. No suena mal... Bien, Kate Galán, el tiempo nos dirá si eres o no una buena mentirosa. Por ahora, Julia se ocupará de ti. El día va a ser complicado.

Kate se gira para observar a la mujer que se acerca. Debe tener unos cincuenta años, lleva el pelo corto y rizado. Viste unos pantalones anchos por encima de las rodillas y una blusa rosa palo que contrasta con su piel morena. Unas enormes gafas de sol le ocultan los ojos.

Al estudiarla, Kate percibe que no le hace gracia ocuparse de ella. Observa su aura y puede adivinar que su punto fuerte es el olfato.

–Vamos, levanta –le ordena Julia haciendo un gesto impaciente con la mano–. Tenemos mil cosas que hacer.

Kate mira a Renata sin saber muy bien qué hacer.

–Síguela y hazle caso en todo –ordena la cabeza de familia–. ¡Ah! Y escúchame bien, Kate, voy a regalarte mi confianza. Así que si descubro que tienes algo que ver con el asesinato de anoche o que planeas cualquier estupidez para escapar, mátate antes de que te encuentre. ¿Me oyes? Mátate.

7

–Ponte esto –Julia le lanza un vestido de verano cuando Kate sale de la ducha.