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Los días de Kate en Madrid junto a Cástor pasan como una condena. Mientras Kate clama venganza por la muerte de su tío, un antiguo códice con los secretos de los alfas ha desaparecido. Los alfas del monarca dirigen la investigación, y un pequeño núcleo de alfas libres prepara su revuelta.¿Saldrá victoriosa la libertad frente al poder? Y el amor entre Óliver y Kate, ¿sobrevivirá ante tanto dolor?
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Seitenzahl: 457
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Para Rocío, que me hizo querer arriesgarme con esta historia
1
La ciudad palpita bajo las luces de Navidad, desplegando su música de risas y conversaciones. La muchedumbre forma una marea errática en la Puerta del Sol, en la que se mezclan abrigos de todos los colores y sombreros ridículos con luces incorporadas.
Agazapada bajo el luminoso de Tío Pepe, Kate observa la masa líquida de personas que llenan la plaza. El enorme árbol de Navidad ciega parte de la fachada de la Real Casa de Correos, pero eso no la preocupa, porque sus ojos no son los de una humana corriente. Kate es capaz de ver más allá de todo lo que la rodea. Con sus sentidos como Alfa desplegados al máximo, aguarda a que la manecilla del reloj de Gobernación alcance las siete en punto. Ese será el pistoletazo de salida.
Por lo menos así se lo ha indicado Cástor Alonso.
–¿Ahora soy un perro? –le ha preguntado al Alfa cuando le ha explicado en qué iba a consistir su primer entrenamiento.
Cástor ni siquiera se ha molestado en corregirla, solo le ha lanzado las dos camisetas y ha chascado la lengua:
–No me dejes en ridículo.
Kate respira profundamente, apartando de su cabeza cualquier sentimiento que no esté destinado a la caza. Sabe que Cástor está cerca, oteando la plaza como lo está haciendo ella, a la espera de que el reloj dé la señal.
Pero no es el único que asiste a la cacería. Dos Alfas más de la Cámara del Monarca andarán por las inmediaciones con sus aprendices: los jóvenes con los que Kate medirá sus fuerzas.
El ejercicio es sencillo. Cástor Alonso le ha explicado que una de las camisetas tiene el aroma del Alfa que hará de presa; la otra, el del segundo cazador. Ella es la tercera. También ha tenido que facilitarle a Cástor dos prendas de ropa para que los demás aprendices puedan localizarla por el olfato, porque de eso se trata: de olerse como perros de presa, de cazar a la víctima antes que el contrincante.
Kate juega con desventaja. Los otros dos aprendices se conocen, llevan ya un año al servicio de la Cámara del Monarca, sabrán aprovecharse de ello para batirla.
El minutero se mueve para acercarse un poco más a las doce. Kate estira la espalda y se concentra. Aparta de sí el ruido de las conversaciones, la cacofonía de la muchedumbre que sigue celebrando las fiestas, abarrotando la Puerta del Sol. Acerca a su nariz por última vez a las dos prendas. Una es una camiseta del mejor algodón, blanca, sin dibujos; la otra es un despropósito, desgastada y rajada por tantas partes que Kate no sabe realmente por dónde habría que meter la cabeza. Las huele para recordarse la pista que debe seguir. La primera destila un aroma a jabón natural, pero entrelazado con ese olor principal se descubren otros matices: vainilla, alcohol puro, papel, crema corporal con extracto de aceite de argán... La segunda es mucho más contundente, huele levemente a sudor, a cítricos, más concretamente a naranja, como si hubiese usado un perfume caro, y por debajo de todo eso se puede adivinar el recuerdo del tabaco rubio y el acero.
Kate cierra los ojos y busca esos aromas en la plaza. Le parece percibir algo hacia la izquierda, cerca de la boca de metro frente a la Mallorquina, donde un enjambre de viajeros comienza a apelotonarse en las escaleras.
«Buen truco», piensa justo en el momento en que el reloj de Gobernación comienza a sonar.
Es la señal que esperaba. Sin abrir los ojos, siguiendo la pista que le parece haber descubierto, Kate se incorpora y se lanza a la carrera, saltando sin pensarlo al tejado del edificio contiguo. Su olfato la guía, es lo único que necesita.
El viento helado la golpea recordándole que está viva y, entonces, todo desaparece a su alrededor. Ya no hay ruidos, ni gente, ni luces. Afila sus sentidos al máximo y se concentra en la caza.
Baja al suelo aprovechando los balcones de un edificio de la Calle Mayor. El rastro de la camiseta de algodón se pierde hacia la calle de Postas. Sabe que sus sentidos no la traicionan porque escucha también el corazón latiendo a tres de su presa un poco más adelante.
Toda su adrenalina se dispara y abre los ojos.
Corre. Es prácticamente imperceptible para los humanos, debido a su velocidad. Kate esquiva con facilidad los grupos de turistas y consumidores entregados a las últimas compras. Parece que puede predecir sus movimientos, saber dónde quedará el hueco por el que pasar.
Cuando alcanza la Plaza Mayor por la calle de la Sal, su olfato la informa de que el rastro de la camiseta rota se está acercando a ella.
Escucha. Puede oírlos a los dos, los dos corazones latiendo a ritmo de tres: el de la presa, a unos metros por delante de ella, perdiéndose entre los puestos del mercado de Navidad; el del otro cazador, cada vez más cerca, a punto de alcanzarla.
Salta para correr por encima de las casetas. Su presa se dirige al Arco de Cuchilleros. Aún no ha conseguido verla, pero la huele.
Kate afina su vista al tiempo que regresa al suelo y se esfuerza en eliminar la información secundaria, focalizándose en la persona a la que debe cazar. Cree percibir la capucha de una sudadera negra cuando nota que alguien le da un palmetazo en el culo a toda velocidad.
–¡Ey! –grita molesta, intentando agarrar el brazo del que la ha tocado. Su atacante la esquiva demasiado rápido. Es la camiseta dos.
–¡Buen culo! –le responde una voz masculina adelantándola como una centella, de forma que Kate solo puede percibir el paso fugaz de un abrigo de pieles por su derecha.
–¡Mierda! –exclama lanzándose para superarlo.
Su velocidad es sorprendente. Los dos Alfas son más rápidos que ella. Además, conocen el terreno.
Salta, evitando los escalones del Arco de Cuchilleros, y sus sentidos la confunden.
La pista de la camiseta blanca se ha dividido en dos. Una enfila hacia abajo y la otra va hacia la Calle Mayor.
Kate se esfuerza con toda su percepción abierta. El tipo que le ha palmeado el trasero corre hacia la izquierda, calle abajo, persiguiendo la primera pista. Ella decide hacer todo lo contrario. El olor a papel que ha percibido en la camiseta solo está en la persona que huye hacia la derecha.
Vuelve a la Calle Mayor y enseguida ve la catedral de la Almudena recortándose al fondo. Alguien con sudadera negra se aleja hacia el viaducto de Segovia. Kate corre poniendo al máximo todos sus músculos y, pronto, percibe el olor del segundo cazador desde debajo de ella.
«Demasiado cerca», se dice Kate, que, sin dudarlo, dobla sus rodillas y se impulsa en un salto que la hace ganar unos cuantos metros a su presa.
Es una chica, ahora la ve a la perfección. Es una chica vestida con una malla negra y una sudadera del mismo color con la capucha subida. Se mueve con una firmeza y una determinación contundentes.
Está a punto de saltar para caer sobre ella, cuando un abrigo de pieles se cruza en su camino a toda velocidad. Es el segundo cazador, su olor a sudor y colonia se desdibujan bajo la piel que lo cubre. Durante unos segundos, el joven se gira para dedicarle una sonrisa burlesca que la saca de sus casillas.
Kate salta para sobrepasarlo, pero él la alcanza cogiéndola por un tobillo cuando está sobre él. Tira, lanzándola contra una de las fachadas, y Kate tiene que abandonar la carrera para protegerse del golpe.
–¡Maldita sea! –grita, frustrada.
Libera a su corazón, que hasta entonces ha estado latiendo como el de un humano. No va a dejar que ese macarra le gane la prueba.
Se impulsa a por él, olvidándose de la presa, pero su enemigo es demasiado rápido. Antes de que consiga alcanzarlo, su contrincante entra en San Francisco el Grande y Kate bufa, frustrada.
El olor de la camiseta blanca también se ha internado en la iglesia. Cuando Kate cruza las puertas y se detiene bajo la enorme cúpula, buscando en las capillas que la rodean, descubre que ha perdido.
En la capilla de San Bernardino, el joven del abrigo de pieles está sentado a horcajadas sobre la chica del chándal negro, que se queja intentando zafarse.
–Me debes cien euros –comenta una voz femenina a su espalda, y Kate se gira para ver cómo Cástor Alonso, Eva Duarte y Raquel Blasco entran en la iglesia.
Los tres Alfas de la Cámara del Monarca se dirigen a la capilla de San Bernardino, donde el cazador y su presa continúan forcejeando.
Cástor le hace una señal a Kate para que los siga.
El sentimiento de urgencia aún somete su cuerpo, haciendo que su corazón bombee a toda potencia y que sus músculos se quejen por estar parados. Es como si hubiese desatado una fuerza difícil de doblegar. Utiliza sus poderes como Táctil para serenarse mientras confirma, a través del olfato, que no ha estado muy lejos de obtener la victoria.
–Comportaos, estamos en sagrado –advierte Raquel Blasco a los dos Alfas que siguen en el suelo.
Raquel, ataviada con un sobrio traje de chaqueta del mejor corte, le hace una señal a Eva Duarte para que reprenda al chico del abrigo de pieles.
Eva, una mujer de curvas marcadas que luce un atrevido vestido rojo y una estola blanca de visón, no se muestra muy por la labor de corregir a su aprendiz, que parece cortado por su mismo patrón. El joven es mucho más desgarbado que su instructora, pero exhibe la misma desfachatez en el rostro. Tiene el pelo rizado y desordenado, en tonos castaños, cayéndole sobre las orejas. Con un solo gesto, se sienta con los brazos cruzados sobre su presa, intentando parecer elegante. Su rostro delgado, casi consumido, se deshace en una mueca de pavor cuando se ve lanzado al suelo.
–Eres un pesado –se queja su presa, levantándose al tiempo que se sacude la ropa.
Enseguida, la chica se pone junto a Raquel Blasco. Al descubrir que también hay algo en ellas que las hace similares, como a los perros y sus dueños, Kate se pregunta si Cástor Alonso y ella también se parecen. Raquel habla por lo bajo con su aprendiz, que levanta la barbilla, altanera. Lleva el pelo rubio recogido en una coleta apretada y sus ojos marrones destellan tras unas largas pestañas. Tiene mal perder, eso queda claro por el desprecio que destila cada partícula de su cuerpo.
–Mis cien euros –recuerda Eva Duarte, levantando una mano en dirección a Cástor Alonso.
El Alfa, murmurando una buena serie de imprecaciones, se lleva la mano al pecho para sacar la cartera de su chaqueta negra.
–¿Hacemos las presentaciones? –parece impacientarse Raquel Blasco, mientras Cástor solventa su deuda.
–Ya nos conocemos, ¿verdad? –se burla el joven, poniendo un brazo alrededor de los hombros de Kate, que se zafa enseguida de su contacto, alejándose todo lo posible–. Creí que te había gustado... –se apena el cazador, fingiendo un puchero.
Kate se fija en que no lleva nada debajo del abrigo de pelos, salvo unos vaqueros tan rasgados como la camiseta que Cástor le ha dado para seguirle la pista.
–Ana Rey –saluda la chica del chándal, adelantando con formalidad una mano para que Kate se la estreche.
–Kate –responde ella, correspondiendo al gesto.
Se siente de pronto incómoda. La mano de Ana Rey es fuerte, segura.
–Toni –se acerca de nuevo el joven, imitando a Ana Rey en su gesto; pero en cuanto Kate le toma la mano, él cierra el apretón atrayéndola y rodeándola por la cintura–. Toni Toro, puedo enseñarte a ser feliz.
–¡Ya está bien, cachorro! –lo reprende Cástor Alonso.
Eva Duarte se ríe con una carcajada limpia mientras Kate vuelve a escaparse.
–No le hagas caso: perro ladrador, poco mordedor –escucha que le dice Ana Rey en un susurro.
Las dos chicas cruzan una mirada y Kate asiente, poco convencida. Mientras tanto, Toni Toro se ha acercado a Cástor para rodearle a él también los hombros.
–Mira, tú y yo tenemos que llevarnos bien –le dice–. Pronto seremos familia.
Cástor pone los ojos en blanco.
–Eres muy pegajoso, chico –se queja, zafándose–. Tienes que atarlo en corto –le espeta a Eva Duarte, que vuelve a reírse.
–¿Por qué? Me divierte una barbaridad... –se defiende la perceptora, llamando a su aprendiz con un gesto.
Toni se acerca a ella contoneándose hasta que la abraza, haciéndola romper en carcajadas.
–Bueno, pues ya están las presentaciones hechas –zanja la conversación Raquel Blasco, mirando su reloj–. Bienvenida, Kate, ha sido un placer verte en acción. Cástor Alonso tiene buen ojo para estas cosas.
Kate frunce el ceño levemente y asiente, consciente de que acaban de reducirla a la categoría de «estas cosas». La adrenalina está abandonando poco a poco su cuerpo y los recuerdos vuelven a reclamar su lugar, trayendo consigo la rabia.
–Retomaremos el entrenamiento después de Nochevieja –continúa Raquel metiendo las manos en sus bolsillos–. Cástor te facilitará los teléfonos, Kate. Vamos –le dice a su aprendiz.
Ana Rey se despide con un breve movimiento de cabeza y las dos abandonan la capilla.
–¡Qué aguafiestas! –se queja Eva Duarte, poniendo morritos–. ¿Tomamos algo?
Cástor mira a Kate disimuladamente.
–Otro día, mejor –rehúsa el Alfa.
–¡Pues nos vamos a celebrarlo tú y yo! –se niega a rendirse Eva, que entrelaza su brazo con el de su aprendiz y tira de él para llevarlo a la calle–. No tenemos culpa de que los demás sean unos aburridos, ¿verdad? –parlotea mientras se marchan.
Toni Toro le dedica a Kate un guiño burlón, andando con garbo.
–Te familiarizarás con ellos –le promete Cástor, negando con la cabeza.
Kate asiente, dejando que sus ojos vaguen por la capilla hasta detenerse en el cuadro de Goya que adorna la pared. La estrella sobre la cabeza del santo llama su atención y, sin darse cuenta, lleva sus manos al collar que Óliver le regaló hace apenas dos días, cuando abandonó Málaga. Una estrella amarilla, una estrella negra.
La imagen de Mateo tirado en el suelo la sorprende de pronto. Un rayo de dolor cruza su pecho, haciéndola encogerse levemente. Pero enseguida lo apaga todo, como lleva haciendo desde que su vida terminó de ponerse bocabajo. Levanta la barbilla, desafiante. No está dispuesta a dejarse vencer por la pena.
La mano pesada de Cástor Alonso se posa sobre su hombro.
–Vamos, pelirroja, volvamos a casa –le dice.
Por primera vez, Kate repara en que «casa» ya no significa nada para ella.
2
Cástor Alonso lleva un estilo de vida totalmente distinto al que Kate ha conocido con los Galán o, incluso, con su tío.
El Alfa vive en una pensión en la calle Zorrilla, detrás del Congreso. Tiene alquilada la última plata del edificio, una construcción en la que no se ha invertido demasiado dinero con el paso de los años. Después de pasar por el mostrador de recepción, en el que siempre hay alguien de la familia que regenta la pensión, hay que subir las estrechas y empinadas escaleras para llegar al cuarto piso.
Cástor Alonso no ha convertido sus dependencias en un sofisticado apartamento en el triángulo de oro de la ciudad, sino que las ha dejado tal y como estaban: prácticamente vacías, con muebles económicos y pasados de moda, limpias como la celda de un monje. No hay ni una mácula de polvo sobre las pocas superficies de su vivienda. Tampoco hay cocina. Solo cuatro habitaciones con diferentes solerías y dos baños tan anticuados que Kate piensa que podrían estar en un museo sobre los cincuenta.
Una de las habitaciones es el dormitorio de Cástor y otra su despacho. Las otras dos estaban vacías hasta que ella llegó.
–Coge la que quieras –le dijo el Alfa a Kate el día que aterrizaron en Madrid.
Kate eligió la que daba a la calle. Ahora, al entrar en ella después de la cacería que acaban de celebrar, evita fijarse en las maletas abandonadas junto al armario estrecho. Aún no ha sacado nada de lo que le ha empacado Hanna, ni está dispuesta a hacerlo.
–Dúchate, tenemos mesa a las diez –la informa Cástor antes de que le dé con la puerta en las narices.
Esa es otra de las costumbres del Alfa: jamás cocina, aunque, claro, tampoco tiene dónde hacerlo. En los dos días que llevan conviviendo, Cástor la ha llevado a desayunar siempre a la misma cafetería, pero los almuerzos y las cenas han ido variando. El día anterior, incluso cenaron en la pensión, en lo que parecía el comedor de la familia.
Kate no da la luz, no hace falta, las luces de la calle se cuelan en la habitación como largos dedos. Se concentra en no pensar mientras se desnuda. Ha descubierto que es mucho mejor así. Olvidar, negar, abandonarse a la rabia en vez de al dolor.
Para refrescarle la memoria ya están las pesadillas en las que ve caer una y otra vez la cabeza de Miguel al suelo, o en las que su tío se muere en medio de un charco de sangre sin que ella pueda hacer nada.
Una puerta se abre al cuarto de baño con azulejos azules y bañera minúscula. Todo parece estar encajado a la fuerza, como si en cualquier momento fuese a saltar por los aires. Una ventana diminuta es toda la iluminación que Kate necesita. Las tulipas doradas junto al espejo brillan al reflejar el resplandor que entra de la calle.
Abre el grifo pensando en que ya no le quedan mudas limpias: ha agotado las que llevaba en su mochila y le va a tocar hurgar en una de las enormes maletas.
Está a punto de meter un pie en la bañera cuando la vibración de su teléfono la alerta.
Se pregunta durante un instante si debería cogerlo, pero después se dice que cualquier cosa puede esperar.
Desde que ha llegado a Madrid, las llamadas de Málaga la molestan. Es algo visceral. Incluso injusto. Es consciente de que no es la única que ha salido perdiendo en esa partida absurda. No quiere ni imaginar el dolor de Silvia y su familia después de la traición y la muerte de Miguel, pero saber que están sufriendo no es suficiente para hermanarlos. De hecho, el dolor de los Galán la empuja, la aparta, como si le produjese rechazo. Después, claro, está Gema.
Kate mete la cabeza bajo la ducha y deja que sus rizos color mandarina se peguen a su frente mientras contiene la respiración. Acaricia con dedos tímidos el lugar donde ha dejado que la cicatriz de la batalla permanezca en su pierna, como recuerdo, como homenaje a Mateo. El cuadro de Goya en la capilla de San Francisco el Grande le ha recordado a su tío. La ha hecho pensar que podría utilizar aquel detalle para comunicarse con él, que podría publicar en su perfil de Instagram esa estrella para que él supiese que ahora está en Madrid. Pero no serviría de nada, porque su tío está muerto, porque la galería Dettaglio de Florencia no existe. Porque no hay nadie a quien pueda enviarle sus mensajes de náufrago.
Después de aclararse, se lía en la toalla acartonada de la pensión y sale del cuarto de baño, evitando mirarse en el espejo.
Le cuesta acostumbrarse a las fuertes calefacciones de Madrid y por eso deja la ventana abierta para no ahogarse. Ahora la entorna, fijándose en una sombra inquietante escondida en la calle.
Se queda quieta, observando, amparándose en la oscuridad del dormitorio y en las cortinas que la ocultan. Deja que sus sentidos se abran para percibir mejor la figura. Es un humano corriente: un joven de unos veinticinco años de pelo claro. Un perfume profundo lo envuelve, haciéndola retirar sus percepciones.
Escucha que una puerta se abre y una chica con abrigo amarillo sale, haciendo gestos a la sombra. Lleva un gorro rojo cubriéndole el pelo.
El desconocido abandona su escondite y recibe a la chica con familiaridad, perdiendo el interés de Kate.
Se pregunta, de pronto, si ahora verá fantasmas en todas partes. Si vivirá con miedo pensando que cualquiera puede saltar sobre ella, como lo hizo Gema.
La vibración de su teléfono vuelve a molestarla. Lo saca de su mochila y observa que tiene ochenta y siete mensajes sin leer, ninguno de Silvia, y tres llamadas perdidas. Dos son de Hanna, otra de Óliver.
Suspira al pensar en el joven cabeza de familia.
¿Lo echa de menos? Todavía no sabe si tiene cabida ese sentimiento en la vorágine de pérdida y duelo, de rabia e incomprensión, que intenta acallar en su pecho. Imagina que, cuando todo pase, cuando la pena se atempere, será capaz de pensar en Óliver de otra manera. Pero ahora no.
Se decide a ponerle un wasap a Hanna. Lo que menos desea en este momento es escuchar el parloteo de su amiga.
La influencer tarda un segundo en responder a las excusas de Kate por no haber dado señales de vida.
«Llámame ahora mismo», le escribe.
Por un segundo, Kate teme que haya pasado algo importante, pero entonces la realidad se impone. ¿Qué más iba a pasar?
Marca el número de Óliver, pensando que así se ahorrará la conversación con Hanna.
–Kate... –la voz grave del Alfa es como la brea, como sus ojos.
–Me has llamado –responde ella, sintiéndose torpe y lejana.
Un silencio breve al otro lado del teléfono la informa de que Óliver está pensando.
–No has ganado –dice por fin el cabeza de familia de los Galán.
–¿Qué?
–La cacería. No has ganado.
–¿Lo sabías?
–Tengo mis contactos –responde Óliver, y a Kate le parece que puede verlo sonreír–. ¿Qué te han parecido los otros?
Kate piensa durante unos segundos.
–Ana Rey me ha caído bien, creo –informa–. Toni Toro...
La risa de Óliver al otro lado es lobuna.
–¿Ya te ha tirado los trastos? –pregunta, divertido.
Kate intenta estar a la altura de la conversación.
–Me ha tocado el culo –finge enfadarse, sin demasiado éxito.
El nuevo silencio de Óliver le dice que su intento no ha funcionado del todo.
–¿Estás bien? –pregunta él, lanzándole la pregunta que menos le apetece contestar.
–No –confiesa y, antes de que él pueda decir nada más, continúa–. Tengo que dejarte. Cástor ha reservado mesa para cenar y todavía me tengo que secar el pelo.
–¿Hablamos luego?
–Mañana. Estoy cansada, ¿vale?
–Claro, pero... –Óliver se lo piensa durante unos segundos–. Pero llama a Hanna. Lleva todo el día como loca intentando localizarte.
–Lo intentaré.
Kate cuelga antes de que la conversación vaya a más y, después, decide apagar el teléfono. La única persona con la que le apetece hablar no le coge las llamadas. Silvia, su pequeña leona, debe estar en un paraje tan oscuro como ella y Kate lo entiende, entiende que lo último que desea es hablar con quien presenció la muerte de su hermano. Pero la echa de menos, echa de menos su cinismo, echa de menos su voz.
La imagen de la cabeza de Miguel golpeando el suelo, desgajada de su cuerpo, la interrumpe.
Kate contiene el aliento.
«No, otra vez no», se dice.
Concentra todos sus sentidos en el juego de luces y sombras de la habitación.
Eso es lo mejor de ser una Alfa.
Le sube el volumen a los estímulos que le regala el mundo y Kate se apaga.
3
Dos golpes en la puerta la avisan de que se ha olvidado de sí misma más tiempo del recomendable.
–Ya estoy –susurra, saliendo de su trance.
Cástor Alonso bufa en el descansillo y ella comienza a moverse. Se ha quedado helada.
Seguro que la ha visto, seguro que Cástor ha sido consciente de que se quedaba pasmada durante ¿cuánto? Kate no puede mirar el reloj de su teléfono, pero supone que lleva un buen rato ensimismada en la nada.
Abre la maleta pequeña por una esquina, sin tumbarla siquiera, y mete la mano para rebuscar algo que le sirva, ayudándose de su visión. Al final da con un juego lencero que haría enrojecer a Eva Duarte y maldice a Hanna por pensar que algo así le vendría bien en Madrid. Se lo pone y recupera sus vaqueros y el jersey que ha usado esa mañana.
Se calza con un solo movimiento las deportivas, sin desatarles los cordones, y se enfunda la chupa de cuero.
Cástor le echa un vistazo valorativo desde su clásico traje de chaqueta negro y después asiente. Kate, por primera vez, se pregunta cuántos trajes tiene el Alfa con exactamente el mismo corte. ¿Los comprará de diez en diez?
Cenan en el mismo restaurante en el que almorzaron el día anterior. Los camareros saludan a Cástor por su nombre y le dan la misma mesa, por lo que Kate comprende que es su mesa. Además, como ya los vio hacer, ni siquiera preguntan. Ponen ante ellos una botella de Rioja y, al tiempo, traen los platos.
–¿Siempre es así? –pregunta Kate por entablar conversación.
Cástor asiente, colocándose la servilleta. Sentado parece más cuadrado que nunca.
–Me fío del chef –explica–. Dejo que me sorprenda, siempre cocina para mí con lo más fresco.
–Háblame de la caza: ¿cómo lo he hecho? –Kate sabe que ese terreno será fácil de pisar para los dos.
–Podrías haberlo hecho peor –se encoge de hombros Cástor–, podrías haber seguido al señuelo como hizo el otro tonto.
–Toni... –comprende Kate, recordando el momento en que, después de salir de la Plaza Mayor, los dos habían seguido pistas distintas.
–Es lista, el cachorro de Raquel: ha utilizado a una amiga vestida con su ropa para confundiros –explica Cástor–. Si hubieses tenido que cazar al muchacho, lo habrías agarrado a la primera.
–No sé yo... Es muy rápido.
–Sí, es de los que no se te resisten –insiste el Alfa–. Ha aprendido a pecar rápidamente, como su maestra; los Duarte confían demasiado en sí mismos.
Los Duarte... Kate todavía no está familiarizada con las familias de perceptores que viven en Madrid, pero sabe que Eva Duarte proviene de una de ellas.
–Ana y Toni llevan un año entrenando con la Cámara, ¿no? –se interesa.
–Sí, entraron el enero pasado.
–Se conocerán bien, entonces, sabrán sus patrones de lucha y demás...
–Ya descubrirás que no es tan sencillo –responde Cástor justo en el momento en que el camarero pone ante ellos unas alcachofas con jamón–. Los aprendices de la Cámara no entrenan como los Alfas de las familias, pero no te preocupes: creo que el cambio te gustará.
Kate asiente. Sabe que no tiene sentido que lo ataque con nuevas preguntas. Cástor hablará cuando quiera hablar. Después de dos días conviviendo con él, es lo primero que ha aprendido. Y lo agradece. Lo cierto es que la vida monacal del Alfa es justo lo que necesita en estos momentos.
–Come –ordena Cástor, y Kate sabe que la conversación se ha acabado hasta el postre.
Cuando el camarero retira los platos y el perceptor pide un café, Kate se atreve a volver a sonsacarle:
–¿Qué vamos a hacer mañana?
–¿Mañana?
–Sí.
–Es domingo –responde Cástor.
–¿Y eso qué quiere decir?
El Alfa se encoge de hombros.
–Que hagas lo que quieras, supongo.
Kate asiente, le parece bien. El Prado lleva esperándola desde que puso un pie en Madrid, por muy doloroso que sea ir a contemplar las obras de las que tanto le habló su tío.
–El lunes ya es diferente –interrumpe sus pensamientos Cástor–. Celebraremos la Nochevieja en la casa del Monarca, así que deberías comenzar a deshacer las maletas.
–¿Qué?
Cástor arruga el labio superior como hace siempre que algo lo molesta. Kate ha aprendido a reconocer ese gesto en menos de cuarenta y ocho horas.
–Es una tradición –explica el Alfa, intentando entusiasmarse por algo que, se ve a las claras, tampoco le hace ninguna gracia–. El Monarca agasaja a todos los perceptores de la ciudad con una gran cena y un baile.
–¿Un baile? –repite Kate, que está comenzando a enfadarse–. Creí que mi condena me libraría de esas tonterías. ¿No se suponía que todo esto era un castigo? ¿Dónde está mi celda?
–Kate –la tensión en la voz del Alfa es considerable. El silencio se hace en la mesa durante unos segundos mientras los dos se sopesan–. Deshaz las maletas.
4
Lágrimas sin nombre escapan de los ojos de Kate mientras contempla por primera vez en su vida La anunciación de Fra Angelico en el Prado. No piensa en su tío, no piensa en su historia. Sus ojos vagan de las manos de Dios, que surgen del sol a la izquierda del lienzo, a la paloma atravesada por los rayos de luz y, de ahí, a los labios pequeños de la Virgen. Ve la fina pincelada, casi transparente, que se desnuda en los detalles de las alas del ángel Gabriel, en las sutiles hojas del paraíso, en las estrellas del techo azul. Las lágrimas brotan de sus ojos porque la pintura, en directo, aun cuarteada en algunas zonas, es mucho más hermosa de lo que jamás había imaginado, por muchos monográficos que hubiese estudiado.
Siente la humedad correr por sus mejillas, pero no hace nada por detenerla. Se queda ahí, dejando que la belleza actúe de cura, que los colores del lienzo la atraviesen porque son mucho más benévolos que los recuerdos.
Ni siquiera percibe al resto de visitantes que se detienen a su lado, no es capaz de apreciar nada más allá del cuadro. Y lo hace como su tío le ha enseñado, como Óliver hacía con sus propias obras, abandonándose, dejándose ir para perderse, para olvidarse a sí misma. De manera que solo existe ese verde, solo existe ese azul, solo el rosa pálido y el dorado del traje del ángel.
No piensa nada.
Durante cerca de tres horas, Kate se queda ahí, detenida, y ninguna idea cruza su mente. Está a salvo de sí misma.
Al final, una visita guiada acaba por sacarla de su trance. Una guía japonesa se sitúa junto a ella y comienza a relatar los misterios del cuadro. Quizá es el hecho de escuchar un idioma que le trae buenos recuerdos lo que la arranca de su abstracción, pero cuando repara en el contraste entre la realidad y la pintura, siente que no puede soportarlo.
En un instante, el pecho de Kate se cierra, como si el aire hubiese dejado de entrar a sus pulmones. Mateo está muerto. Miguel está muerto. Ella ya no es libre. Kate está sometida. A la Cámara del Monarca, en España. Su palidez se acentúa y, con urgencia, abandona la sala del museo para dirigirse a la salida mientras intenta convocar a sus poderes como Táctil para convencerse de que no va a ahogarse, de que no pasa nada, de que solo es el dolor, cruzándola por dentro.
No sabe cómo sus pasos la acaban llevando a un banco dentro de San Jerónimo el Real. El olor a humedad y piedra la serenan levemente.
«Respira –se recuerda–. Solo respira».
Hay varias personas rezando en la iglesia, pero Kate prácticamente no repara en ellas. Se fija en sus manos, que tiemblan de forma considerable, y las aprieta sobre su pecho, cerrando los ojos y doblándose sobre sí misma.
«Respira, por favor, respira...», reza para sí misma.
Poco a poco, ayudándose de los estímulos que la rodean, va recuperando el control.
–Mateo está muerto, pero yo estoy viva –se dice, concentrándose en el olor apolillado del manto de una de las vírgenes.
Después deja que su oído siga los pasos de una señora que se acerca a encender una vela. Acaricia con sus manos la trama del jersey que lleva poniéndose tres días seguidos, intentando captar cada matiz de la lana, cada fibra del tejido.
–Yo estoy viva –repite por fin, tomando una gran bocanada de aire y cerrando los ojos durante unos segundos.
La iglesia se ha ido llenando de gente y una campanita anuncia el comienzo de la misa. Kate, por fin en control, se levanta y abandona el templo.
Ha sido una exagerada, se reprende, mientras mira en su teléfono el camino más rápido para llegar al Retiro. Ha sido una exagerada. No era para tanto.
Una pareja con abrigos rojos y gorros de árbol de Navidad pasa junto a ella, riendo.
El contraste entre la belleza del cuadro de Fra Angelico y la fealdad de su vida en estos momentos, cuando, huérfana y desposeída, no sabe ya qué lugar ocupa en el mundo, la ha hecho romperse de nuevo. Había conseguido mantenerse firme desde que aterrizaron en Madrid, el cambio de escenario la ayudaba a negar la realidad.
«Pero tienes que despertarte, Kate –se aconseja al doblar la esquina que la enfrenta ya a los jardines del Retiro–, porque no podrás vengar a Mateo. Dormida no».
La idea de la venganza la hace terminar de serenarse. El rostro de Gema cruza ante sus ojos con esa mirada orgullosa, altanera, que solía dirigirle. El mero recuerdo de la perceptora la hace apretar los puños y el paso. La rabia la hace sentir viva, capaz.
El Retiro resplandece bajo el sol del invierno. Kate deambula, dejándose llevar por el canto de los pájaros que vuelan entre las ramas desnudas. Mete las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero, porque empiezan a quedársele heladas. Un olor que le resulta levemente familiar, un perfume intenso, llama su atención y lo sigue, hacia la derecha.
¿Dónde lo olió por primera vez? Recuerda una figura en las sombras de la noche anterior. Kate aprieta el paso y sale a uno de los caminos centrales, más lleno de gente. Un grupo de jóvenes bromea, dirigiéndose al Palacio de Cristal.
Los sigue, pero el olor se pierde cuando se acerca al edificio.
¿Por qué busca ese perfume? Se siente estúpida. ¿De verdad cree que ese humano podría hacer algo contra ella? La ciudad es grande. Los olores son confusos. Y un aroma como ese puede venir de una marca de colonia vendida a miles de personas.
Sintiéndose una paranoica, se deja caer en un banco cercano y se decide a encarar por fin su teléfono.
El número de mensajes de wasap se ha multiplicado. El grupo que tienen los jóvenes Galán está lleno de preguntas para ella y de intentos de justificación que unos y otros inventan para tapar el hecho de que Kate no les esté haciendo ni caso. Además de esos mensajes, Inari le ha mandado un ruego en forma de texto:
«Llama a Hanna, por favor. Está mirando vuelos y trenes para ir a Madrid».
Es de las doce de la noche del día anterior. Conociendo a la influencer, es capaz de estar entrando en Atocha.
Kate marca el número de su amiga.
–¡Por fin! –la recibe entre triunfal y ofendida la voz de Hanna–. ¡Eres la persona más maleducada y desagradecida que he conocido en mi vida!
–Lo siento...
–¿Con eso crees que es suficiente? –Hanna habla una décima por encima de lo normal.
Kate aparta levemente el teléfono de su oreja.
–Lo siento, Hanna... No está siendo fácil –confiesa, apretando los dientes.
Percibe a la perfección cómo cambia la respiración de su amiga. Le parece estar viéndola, abandonando de pronto su aire guerrero para desvivirse por ella. La imagen no la hace sentir bien, por lo que la elimina de su mente.
–¿Te están tratando mal? ¿Cástor Alonso está haciéndote la vida imposible? ¿Quieres que vaya? He mirado trenes y hay cada dos por tres; vamos, que puedo ir a merendar y después volverme, si lo necesitas. ¿Lo necesitas, Kate?
Sin poder evitarlo, una risa leve se escapa de sus labios al escuchar a su amiga. Decide recordarse ese momento cada vez que sienta rechazo al pensar en ella. Hanna es un verdadero encanto.
–Estoy bien, Hanna –miente por fin–. Es solo el duelo y...
La palabra «duelo» vuelve a hacer que la influencer tome aire.
–Hay que ocuparse, no preocuparse, Kate –la reprende con una frase de manual de autoayuda que la hace poner los ojos en blanco.
Pero su incredulidad solo va en aumento a partir de ese momento. Antes de que le dé tiempo a responder, Hanna ha empezado a hacer de las suyas.
–Mira, he concertado ya tu agenda, te vendrá fenomenal.
–¿Mi agenda? –se sorprende Kate.
–Ahora mismo, porque no tienes nada que hacer. Lo sé porque he llamado a Cástor –se apresura–. Vas a ir a la dirección que te he enviado. Es del atelier de un amigo, quiero que te pruebes el vestido que he elegido. Con eso ya hay bastante por hoy, mañana ya irás a la zapatería y al centro de belleza. Te hace falta retocar tu corte y no me fío del maquillaje que tú misma puedas hacerte.
Kate se incorpora sin creerse todo lo que está oyendo. Pensaba que en Madrid se libraría de ser la muñeca de Hanna.
–Y quiero que me mandes foto de tu manicura –continúa Hanna, casi sin respirar–. No me fío de cómo tienes las uñas, así que si está fatal, llamaré para incluirla en el paquete. ¿Estás tensa? ¿Querrás un masaje? Podemos añadirlo. ¿O prefieres empezar con un spa? ¿Spa y tratamiento de hierbas?
– Pero ¡¿qué estás diciendo?! –exclama por fin Kate, interrumpiéndola.
–Mira, amiga mía, a lo mejor con el viaje se te ha olvidado –le espeta Hanna sin darle cancha–. Pero sigues siendo una Galán y mañana es la fiesta más importante de la temporada de invierno en Madrid, ¿me has entendido? No pensarás ir de cualquier manera y dejarnos en ridículo, ¿verdad?
5
–He visto tu agenda –se burla la voz de Óliver al otro lado del teléfono–. Hoy te espera un día de miedo...
Kate acaba de despertarse de otra noche de pesadillas.
–¿Puedes matar a Hanna por mí? –pregunta–. Ahora eres el cabeza de familia, nadie se te echará encima por algo así.
La risa de Óliver al otro lado del teléfono la hace olvidar por un momento el caos en el que se ha convertido su vida.
–¿Ya estás en Sevilla? –pregunta Kate, recordando que Óliver iba a presentarse al Duque como nuevo cabeza de familia.
–Llegué anoche.
–¿De verdad has visto la agenda que me ha preparado Hanna?
El Alfa se ríe.
–Le ha faltado ponerte una sesión de limpieza de aura o algo así –le dice.
–¿A qué hora tenía la primera cita? –pregunta Kate.
–A las nueve –responde el Alfa–. Masajes.
Kate pone los ojos en blanco.
–¿Y qué hora es?
–Las nueve menos diez –vuelve a reírse Óliver–. Te he llamado porque me temía que ibas a escapar... No confirmo ni desmiento que cierta persona anónima me haya estado persiguiendo para que haga valer mi reclamo como cabeza de familia y te obligue a cumplir con la agenda.
Aunque sabe que es una broma, a Kate se le revuelve el estómago al escuchar hablar del reclamo, del imperativo de los Alfas, el motivo por el que ha muerto su tío, por el que ella es una esclava.
Se supone que contra eso luchaba Miguel, se supone que por eso hizo lo que hizo. Pero nunca lo sabrá, porque su amigo murió sin decir una sola palabra sobre los asesinatos.
El silencio se alarga.
–Kate... –la voz de Óliver ya no es divertida–. Lo siento mucho, siento no poder acompañarte hoy. Sabes que me encantaría verte con ese vestido que ha elegido Hanna, sabes que me muero por bailar contigo...
Las palabras le suenan extrañas. Vacías. ¿Qué importan ahora los vestidos? ¿Qué sentido tienen los bailes?
Hace poco más de una semana, los dos tenían las manos manchadas de la sangre de las personas a las que amaban.
–Eres el nuevo cabeza de familia, tienes tus obligaciones –consigue decir Kate.
Después pone una excusa y cuelga para refugiarse en la rutina de desayuno de Cástor.
El Alfa tenía pensado presentarla al Monarca antes del almuerzo. Cástor se queda patidifuso al ver las actividades que Hanna ha programado para Kate.
–¿Te va a dar tiempo a hacer todo eso? –se extraña, apartando la pantalla del teléfono para no tener que seguir viendo el horario.
–No creo; de hecho, ya voy tarde –confiesa Kate.
Cástor Alonso se encoge de hombros por toda respuesta y le recuerda:
–Tenemos que salir de casa a las ocho.
–¿Está muy lejos?
–Unos quince minutos andando.
–Me temo que no –avisa Kate–. Auguro tacones de aguja y sería una bendición que consiguiese bajar las escaleras con ellos, así que llegar andando a la residencia del Monarca va a ser por completo imposible.
–Pelirroja, no me das más que quebraderos de cabeza y acabas de llegar –la ataca Cástor.
–Si tienes alguna queja, puedes llamar a Hanna tú –lo amenaza Kate, obligándolo a refugiarse en su taza de café.
La mañana comienza en un spa y concluye con casi dos horas de peluquería solo para retocarle un poco las puntas y arreglarle el flequillo, porque Kate se niega a que vuelvan a dejarle el largo por la mandíbula. Quiere que su imagen sea la que recordaba Mateo, no la que es creación de los Galán.
El almuerzo es prácticamente frugal en un restaurante con dos estrellas Michelín en el que la están esperando con la hora medida.
Hanna la llama para comprobar que todo va sobre ruedas y le recuerda que después debe acercarse a la zapatería, a la joyería y, de nuevo, al centro de belleza, para que preparen su maquillaje.
–¿Sabes que esto es tortura? –se queja Kate.
–Tortura es no cogerle el teléfono a tu mejor amiga –responde la influencer antes de colgar–. Te han enviado el traje a casa. ¿Vives en una pensión o se han equivocado?
Kate prefiere no responder a esa pregunta.
A las siete y media de la tarde, Kate regresa a la pensión cargada de bolsas. No sabe si será capaz de vestirse en media hora. Utiliza su poder como Táctil para relajar sus músculos y enfilar las escaleras.
–Te han traído eso –la saluda Cástor, anudándose la pajarita de un chaqué que lo hace parecer más bajo.
Colgado de la puerta del armario, el vestido negro está enfundado en una bolsa de tela. Kate recuerda con horror su paso por el atelier y la cantidad de quejas que recibió del diseñador por la urgencia del encargo de Hanna. Es una pieza corsetera con falda de tul y bordados de estrellas en hilo dorado.
–¿De verdad no me lo puedo saltar? –se queja Kate, tentada a dejarse caer sobre la cama y rendirse.
–No –responde el Alfa desde el otro cuarto–. Además, tienes tarea para hoy.
–¿Tarea? –la pregunta se escapa como una petición de auxilio de los labios de Kate.
–Entrenamiento –puntualiza Cástor.
–Creí que empezábamos mañana.
–No, tú empiezas hoy.
Kate suelta todas las bolsas y se asoma al dormitorio del Alfa.
–¿Qué tengo que hacer?
Cástor retoca su pajarita, haciéndose el interesante. Después se vuelve hacia ella, mientras se coloca los gemelos con forma de rosa.
–Espionaje –sonríe su mentor–. Un informe completo de las familias de perceptores que hay en Madrid: número de miembros y sentido predominante, ocupaciones, apellidos, ramas dentro de cada una de ellas, volumen de negocio principal...
–¡Cástor! –se queja Kate, derramándose por el marco de la puerta hasta dejarse caer, vencida, en el suelo–. ¡Eso podrías decírmelo tú! No es nada divertido.
–¿No querías condena? ¿No querías estar castigada? –pregunta Cástor Alonso, sin poder ocultar una carcajada, satisfecho con su particular sentido del humor.
6
Los enormes ventanales con forma de arco muestran los tejados y las luces de Gran Vía. El Monarca celebra su fiesta de Nochevieja en el espectacular ático del edificio Madrid París, donde se esconden su residencia, la sede de la Cámara y la biblioteca con los códices de los perceptores. A Kate le parece ridículo que el Monarca resida sobre una de las tiendas más llamativas de la capital, en un edificio que, como le ha explicado Cástor, se hizo para albergar unos grandes almacenes. Pero, al mismo tiempo, resulta una ironía perfecta del poder invisible de los perceptores. ¿Quién iba a pensar que sobre una cadena de venta de ropa se ocultase ese opulento salón de baile rococó?
Enormes lámparas de araña penden del techo y se reflejan tanto en los cristales de los ventanales como en los inmensos espejos que adornan las paredes del fondo. El techo está ricamente decorado con motivos vegetales en oro y verde, y el suelo es una perfecta alfombra de mármol en tonos blancos y tostados.
Elegantes camareros con librea pasan bandejas de delicados bocados. No hay mesas para disfrutar de la cena, sino que, a modo de cóctel, los invitados deambulan por la sala en agradables grupos que charlan o bailan. Pero ese aire informal no confunde a Kate. Los atuendos de los invitados, el cuarteto de cuerda que ameniza la velada, las flores frescas que decoran los marcos de los espejos, el enorme árbol de Navidad con elegantes bolas de cristal... Cada detalle ha sido perfectamente estudiado. Sus meses con los Galán la han enseñado a percibirlos. No hay nada gratuito. La voluptuosidad de la velada la obliga a mantener sus sentidos bajo control para no desmayarse de puro gusto.
Sorprendida, Kate agradece mentalmente a Hanna todos sus esfuerzos por cuidar su imagen: se habría sentido mucho más incómoda si no llevase ese vestido o esos pendientes. En cuanto ha entrado al salón, se ha acordado de la influencer con culpabilidad.
Cástor Alonso la ha abandonado al llegar al edificio, aconsejándole que se una a Toni Toro mientras espera la entrada ceremonial de la Cámara del Monarca y del señor de los perceptores.
La idea no le hace demasiada gracia, pero Toni es el primero en verla y se dirige hacia ella, pavoneándose, con sus rizos desordenados.
Lleva un traje de chaqueta de terciopelo color rosa palo y una camisa negra con estampados en plata, abierta de forma que enseña buena parte del pecho. Sus zapatos, de piel blanca con la punta llena de tachuelas doradas, son el remate final para su disfraz.
–Kate –la saluda, haciendo una rocambolesca reverencia con la que pretende acabar besándole la mano.
–¿Tú no descansas? –le pregunta, evitándolo.
–Relájate, estás muy tensa –contesta él, tendiéndole una copa de cava–. Si esto no funciona, conozco otras formas de destensar el cuerpo... –añade, levantando significativamente una ceja.
–Sé destensarme sola, gracias –Kate observa a su alrededor buscando una manera de escapar de la conversación más absurda que ha tenido en su vida.
¿De qué va Toni Toro? ¿De seductor? Es un auténtico fantoche. Ser guapo no es el único requisito para convertirse en un seductor.
Debe haber más de doscientas personas en la fiesta, sin contar el ejército de camareros. Kate descubre a Ana Rey con más jóvenes de su edad junto a uno de los espejos del fondo. Lleva el pelo recogido en un moño sencillo y un elegante vestido de color plata que recuerda a las películas antiguas de Hollywood. La muchacha se gira para mirarla y le dirige un leve saludo con la mano, al que Kate responde con cortesía.
–Se está haciendo la estirada –repara Toni, sirviéndose tres canapés de la bandeja que les pasa por delante–. Está con su familia, los Rey son todos así. Lo de salir tanto en la tele se les ha subido a la cabeza.
Kate se interesa al instante. Quizá mientras los Alfas de la Cámara se preparan para aparecer, Toni pueda ayudarla con el encargo de Cástor.
–¿Los Rey se dedican a la televisión? –se interesa.
–Televisión, cine, revistas...
–Me resulta familiar –asiente Kate.
Los Rey son como los Galán, pero en Madrid. Será fácil congraciarse con esa familia. O quizá no, quizá la vean como alguien de la competencia.
–¿Cuántos Alfas tienen? –pregunta, intentando identificar al grupo completo.
Toni le dedica una sonrisa pícara mientras niega con la cabeza.
–Creo que te estoy haciendo los deberes –repara, divertido–. ¿Sabes a cuánto cobro la clase particular?
–Dios, qué pesado... –se queja Kate, zafándose de otro intento del chico de ponerle la mano encima–. ¿No te das cuenta de que resultas molesto? ¿Te gustaría a ti que estuviese todo el rato intentando meterte mano?
–Me encantaría.
–¿Pero esto te funciona con alguien?
–Te sorprenderías bastante de mi porcentaje de éxito.
–¿De qué siglo has salido?
–Del que tú quieras, bombón.
Kate deja escapar una carcajada sin poder remediarlo.
–Es humor, ¿no? –pregunta señalándolo con su copa.
Toni frunce el ceño, ofendido, y está a punto de decir algo, pero entonces se calla, notando, como Kate, que el ambiente de la sala está cambiando.
Por detrás de todos los estímulos que el Monarca ha preparado para que los perceptores deban mantener sus sentidos al mínimo, la energía de los Alfas de la Cámara se acerca al salón con evidencia.
Pronto, todas las familias se mueven, congregándose en cinco grupos bien diferenciados, no solo por el espacio que los separa, sino por el aspecto que muestran. Kate no puede evitar reparar en las diferencias. Como si Toni le hubiese leído el pensamiento, en un murmullo, se los señala:
–Los Rey, ya sabes –dice indicando al grupo de Ana y su familia, todos tan elegantes como se habría esperado de un Galán, luciendo alta costura y demostrando su saber estar sofisticado–. Cinco Alfas. Su poder no reside en su fortaleza. Los Albán: seis Alfas –continúa, señalando a la segunda gran familia. Entre ellos el estilo está salpicado de ciertas dosis de esperpento, como si sumarse a la moda del momento fuese más importante que mantener la elegancia. Está claro que manejan dinero, pero no es tan evidente que sepan invertirlo–. Los Duarte: cinco Alfas, pero todos poderosos –sigue Toni, y a Kate le parece que sus ojos se posan en el elenco de una serie yanqui sobre la mafia italiana. Los trajes de chaqueta blancos son demasiado obvios, solo les faltan los sombreros–. Los Márquez: nueve Alfas. Sí, no pongas esa cara, son muchos Alfas... –en esta ocasión, Toni señala a la familia más sobria de la velada. Todos van de etiqueta, pero sin pasarse, como si formasen parte de una familia de viejo abolengo tan acostumbrada al lujo que no necesitasen exhibirlo–. Y los Hidalgo: siete Alfas –termina, sin poder evitar un tono de rechazo en su voz. Kate nota que el aspecto de esta familia es el más normal. Visten de acuerdo con la ocasión, por supuesto, pero no parece que se hayan esforzado en exceso en elegir las prendas, como si fuesen de la temporada pasada o de la anterior. Entre ellos descubre a dos mujeres que se parecen bastante a Helena Hidalgo, lo que la hace sentirse incómoda en el acto.
Antes de que Toni le pida algún tipo de pago por su clase magistral, la música se detiene y las puertas del salón se abren para que la Cámara del Monarca haga su entrada. Como cuando cenaron en el parador de Gibralfaro, en Málaga, los Alfas forman una fila ante los invitados.
–La Cámara del Monarca se presenta –proclaman con sus voces potentes, haciendo que los recuerdos de Kate se desaten como un torrente–. Somos sus ojos y sus manos, su oído y su olfato, su voz. La bondad del Monarca os alcance siempre. Que sus órdenes nos sean favorables, y sus mandatos, firmes.
–Que sus órdenes nos sean favorables, y sus mandatos, firmes –repiten los invitados mientras Kate permanece con los labios cerrados, apretados en una fina línea.
El calor ha abandonado su cuerpo al verlos a todos ahí, en formación. Le parece mentira que haya pasado menos de una semana desde que los vio custodiando a Miguel, conduciéndolo al matadero. El sonido desaparece de la fiesta, las imágenes que tiene ante ella se convierten en un ruido blanco que no es capaz de comprender.
Sus manos comienzan a temblar mientras los recuerdos la golpean: el coche, el amanecer, el ruido de sus pasos por el camino de tierra, el beso que dejó en la frente de Miguel, las palabras de Cástor, el verdugo...
–Hueles a pánico –le susurra Toni Toro, muy cerca de su oreja, quitándole la copa para que no derrame su contenido.
Kate nota que el frío helado se extiende por sus costillas, acercándose a su corazón.
–Respira –le recuerda Toni, abandonando las copas en una bandeja y tomándole con fuerza una de las manos–. Kate, concéntrate en mi voz, huele las flores... –sigue diciendo, tan bajo que es fácil pensar que nadie más puede escucharlos.
Antes de que Kate se haga cargo de lo que le está pasando, la fila de los Alfas de la Cámara se divide en dos, formando un pasillo, y el Monarca hace su entrada en el salón.
Su aura poderosa alcanza a sus súbditos mientras anda con porte orgulloso entre ellos. Lleva un traje clásico, que se adapta a la perfección a su cuerpo musculoso, y una elegante capa negra sobre la que su larga y pesada trenza gris cae como una declaración.