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Los últimos acontecimientos han puesto al Monarca en alerta. Kate ya tiene su venganza, y sin embargo, no cesa en su lucha.Y entretanto, la muerte del Duque de Andalucía pone en marcha un rito ancestral: el Duelo de Sucesión.Pero aún falta un paso. El último gran paso. Aspirantes a la cámara, Alfas de las familias, miembros de la Resistencia: todos tienen su objetivo y no piensan rendirse.
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Seitenzahl: 477
Veröffentlichungsjahr: 2022
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A Nacho, que me ayudó a poner orden en las ideas
1
El aura del Monarca la envuelve, paralizándola. Siente las manos del señor de los perceptores agarrando sus muñecas y escucha el gemido sordo que escapa de su propia garganta mientras nota los envites poderosos del Alfa.
Están en su despacho, bajo la cúpula del famoso edificio Madrid-París en Gran Vía. Los dos solos.
Kate se retuerce, como hizo a manos de Magdalena Beltrán durante su interrogatorio, con las rodillas a punto de fallarle y el pánico haciéndose un hueco en ella.
–¿Por qué fuiste a Málaga? –repite el Monarca.
La Alfa protege el reclamo del señor de los perceptores por instinto, ni siquiera ha tenido que pensarlo. No sabe si actúa así por el vínculo secreto con el que Óliver la ha atado hace apenas unas horas, o si la guía el desesperado deseo de sobrevivir a ese encuentro.
–Para matar a Gema –contesta, notando que la voz se le rompe al pronunciar el nombre de su enemiga.
La imagen de la sangre saltando hacia ella desde el cuerpo de Gema, mientras la espada de Óliver le cercena la cabeza, irrumpe en su imaginación. Rápidamente la aparta de sí.
El Monarca redobla sus intentos. La energía sale de él desprendiendo chispas.
–¿Dónde os encontrasteis? –insiste el señor de los perceptores.
Las rodillas de Kate se doblan por fin, pero el Monarca le impide caer. Sus manos se cierran como garras sobre ella.
–Contesta –ordena.
–¡Frente al hipódromo!
–¿Cuándo llegó Óliver?
–¡No lo sé!
–¿Cuándo?
El Monarca hinca los dedos en sus muñecas, haciendo que los ojos de Kate se humedezcan de dolor y rabia.
–No. Lo. Sé –contesta, la ira se desata en ella.
Despliega su poder y abre sus sentidos al máximo.
Percibe el enfado del Monarca en su olor y en la caída de sus cejas. Ve la leve arruga de amenaza en su ceño y descubre en su mandíbula tensa los esfuerzos que está haciendo para contenerse.
¿Significa eso que podría atacarla usando aún más poder?
Kate aprieta los puños y cierra los ojos con fuerza, para evitar que las lágrimas corran por su rostro.
–¿Quién mató a Gema?
–¡Oliver! –responde veloz, al tiempo que intenta rechazar los ataques del Monarca.
Esa pregunta no tiene ningún problema en contestarla. Al fin y al cabo, el gran misterio no es quién, sino por qué. Y para qué.
Kate se estremece, apartando los recuerdos de pesadilla de esa noche.
El Monarca vence su resistencia, doblegándola de nuevo. Pero Kate no está dispuesta a ceder ni un milímetro más de su conciencia. Apretando los dientes, concentra su poder en sacarlo de su mente.
Nota cómo su propia energía se revuelve, indómita.
Abre los ojos para ver el gesto levemente sorprendido del Monarca.
Una sonrisa lobuna se extiende por sus labios delgados.
Lo está consiguiendo. Kate está consiguiendo expulsarlo.
Entonces, a la velocidad de la luz, el Monarca suelta sus muñecas y la agarra por la barbilla, haciéndola levantar la cara. Sus ojos grises son un espejo terrible.
Kate percibe su respiración cayendo sobre ella. El aroma del poder que desprende la aterroriza. Y su corazón, por instinto, comienza a latir a ritmo de tres, delatándola.
–¿Por qué mataría Óliver a su mujer? –pregunta en un susurro el Monarca.
Las palabras la atraviesan.
Y la respuesta se dibuja en sus labios antes siquiera de pensarla.
–Por mí.
La risa del Monarca es como un alud, derrumbándose sobre ella. De un empujón, el señor de los perceptores la aparta sin dejar de reír.
Kate cae al suelo, trastabillando. El poder del Alfa sigue doblegándola a través del reclamo, pero ya no es el envite eléctrico que buscaba dentro de ella hace solo unos segundos. Parece que el Monarca por fin ha encontrado la respuesta que deseaba.
Kate dirige parte de su poder como Táctil a curar sus muñecas doloridas. Tiene quemaduras de los dedos del Alfa en su piel.
Sus ojos dejan escapar lágrimas de rabia, pero las limpia con velocidad. Ahora que no está luchando, puede percibir a Cástor detrás de la puerta cerrada del despacho circular. Su mentor es la preocupación personificada. Kate aprieta los labios.
Más allá, en los pisos inferiores, descubre también la atención de los Alfas de la Cámara centrada en ella. Arturo Castro la observa desde la biblioteca del Monarca, Loreto Lago se ha quedado parada a mitad de las escaleras, las hermanas Salazar permanecen quietas, como estatuas, con el rostro vuelto hacia el techo de la primera planta para no perder detalle de lo que ocurre en el ático.
Kate agradece que Toni Toro y Ana Rey no estén allí presenciando su humillación. Sus amigos deben estar llegando a casa de Fernando Gallardo para su primer entrenamiento de la mañana.
No quiere ni pensar en las noticias de Málaga que alcancen Madrid. Solo imaginar a los Galán le revuelve las tripas. ¿Cómo habrán recibido en Marbella la noticia de la muerte de Gema? ¿Y los Beltrán? Los rostros de las hermanas de Gema aparecen ante ella, destrozados.
–Levántate –le ordena el Monarca, sentándose en uno de los sillones que hay sobre la alfombra.
Kate obedece con el ceño fruncido.
–No te lo tomes así –se burla el señor de los perceptores–. Solo quería hacer una ligera comprobación.
–Podría habértelo contado igual –escupe Kate.
–Pero ¿cómo habría sabido si era verdad? –levanta una ceja significativa el Monarca.
–He aprendido que no sirve de nada mentir cuando se lleva la carga de un apellido –responde ella con rabia–. ¿No es así?
El Monarca vuelve a reírse.
Tamborilea con los dedos sobre el reposabrazos de su sillón.
–Así que al final te ha elegido a ti –sonríe, satisfecho–. Óliver, Óliver... no esconde ninguna sorpresa.
Kate huele su complacencia. Apesta a orgullo y victoria. El Monarca reconoce su gesto de repulsa y se adelanta en el sillón.
–Gema iba a matarte y él te eligió –afirma sin dudarlo–. No creas que es un movimiento estúpido, querida Kate.
Con esfuerzo, Kate contiene sus emociones. No quiere darle ninguna pista, no quiere que sepa que no tiene razón. Pero ¿son esos sus sentimientos reales, o son el reflejo de los de Óliver? La duda la enloquece. El vínculo secreto no deja ninguna huella, no lo siente constriñéndola y, aun así, sabe que es su víctima.
–¿Quién sabía que ibas a Málaga? –pregunta entonces el Monarca, interrumpiendo sus cavilaciones.
Las pupilas de Kate se mueven imperceptiblemente hacia la puerta. Sus percepciones le indican que Cástor Alonso ni siquiera se ha inmutado ante la pregunta.
–Cástor –responde, consciente de que su mentor responderá la verdad cuando el Monarca lo llame.
–¿Y por qué no hizo nada para impedírtelo?
–Porque me merecía mi venganza –contesta, elevando la barbilla retadora.
La risa del Monarca vuelve a sorprenderla. Pero esta vez es mucho más breve que la anterior.
El señor de los perceptores se inclina hacia delante sobre su asiento. Su trenza cae de su hombro, pendiendo en el aire como una flecha que apunta al suelo. Sus ojos grises la escrutan divertidos.
–Yo decido lo que te mereces, Kate –afirma con crueldad–. Recuérdalo siempre.
Cástor Alonso pone una mano sobre su hombro cuando sale del despacho del Monarca. Su rostro es una máscara de seriedad. Kate sabe que ahora le toca a él darle explicaciones a su señor, pero antes tiene que renovar su reclamo.
Casi con delicadeza, la energía de Cástor entra en ella. Después de los ataques del Monarca, a Kate le parece una caricia.
–Vete a casa –le dice su mentor.
–Pero... –Kate quiere quedarse allí, quiere escuchar lo que pasa entre los dos Alfas.
No soportaría que Cástor fuese castigado por su imprudencia. Durante todos esos meses, lo último que ha deseado es que su mentor sufriese de ninguna manera. Se siente en deuda con él por sacarla de Málaga, por entrenarla junto a la élite de los perceptores de España.
–Vete a casa, pelirroja –insiste Cástor–. Duerme algo, tienes muy mala cara.
El Alfa le aprieta con cariño el hombro y después la empuja hacia las escaleras.
–Cástor, yo...
–A casa, Kate.
Kate asiente con seriedad y se separa de él, obediente. Cuando pisa el segundo escalón, escucha la puerta del despacho cerrarse.
–Menuda madrugada –saluda el Monarca a Cástor–. Siéntate, por favor. ¿Una copa?
–No hay licor que endulce esto –responde con ironía.
Estará bien, comprende Kate. Seguro que estará bien. ¿Cuántos años lleva Cástor trabajando para la Cámara del Monarca? Más de veinte. Sin duda, habrá pasado por situaciones más peliagudas que esa.
Kate abandona la casa del Monarca cuidándose de no cruzarse con ninguno de los Alfas que hay en ella. Todos han vuelto a sus actividades, respetando la privacidad del despacho de su señor, como si el asistir al interrogatorio de una aprendiz fuese algo lógico, pero escuchar la conversación de uno de sus compañeros resultase de mal gusto.
El asco la recorre cuando sale a la calle. Jamás entenderá la férrea jerarquía de los perceptores, jamás comulgará con la aceptación del más fuerte como líder.
El aire frío de Gran Vía la golpea, mientras los coches se agolpan en los semáforos y las aceras comienzan a llenarse de oficinistas urgentes y consumidores tempranos.
Kate enfila a paso lento hacia la pensión. Sabe que no logrará pegar ojo. De hecho, está convencida de que, en cuanto caiga en la cama, los recuerdos la castigarán hasta desquiciarla.
Gema está muerta. Óliver la ha decapitado sin piedad a unos centímetros de ella. Y después la ha vinculado, reclamándola de una forma que no debería existir, haciendo realidad un mito.
Decide relegar esas imágenes al fondo de su conciencia. Aún no se siente lo suficientemente fuerte ni despejada como para enfrentarlas. En cambio, dirige su atención hacia la escena de esa mañana en la cafetería.
El recuerdo de Joan Ilyin junto a Cástor es lo suficientemente interesante como para distraerla. ¿Quién es en realidad el Alfa? Visualiza su aura desplegada, poderosa como la de Cástor, ondeando a su alrededor. Es la primera vez que la ha visto. Hasta entonces, Joan Ilyin ha cuidado mantener su papel como humano. Las preguntas acuden a su mente. ¿Cómo de poderoso es Joan como para lograr infiltrarse así en las familias? ¿Qué contactos tiene para haber conseguido el puesto de compañero de Cástor en la investigación sobre los robos internacionales?
–Peter Plank... –susurra al girar una esquina, recordando su nuevo nombre.
–¿Me llamabas? –la sorprende su voz.
Joan Ilyin está apoyado en la pared, despreocupado, con su traje de chaqueta negro como el de Cástor y sus ojos azul hielo atravesándola.
2
Ahí está su aura desplegada, su corazón poderoso latiendo a tres. Kate observa a Joan Ilyin y, por instinto, despliega sus percepciones para saber quién puede estar observándolos. Parece que los Alfas de la Cámara no les prestan atención.
–Allá donde vas, la muerte te rodea –afirma Joan en un susurro que solo ella puede escuchar.
Es él y, al mismo tiempo, es diferente. Kate nunca había pensado que alguien pudiese resultar tan camaleónico. Reconoce en el rostro de Joan sus rasgos, pero sus movimientos están revestidos de otra fuerza. Hasta el mínimo de sus gestos trasluce poder, como ocurre con los Alfas de la Cámara. El humano precavido y retador que conoció hace unos meses se ha convertido en un perceptor orgulloso y confiado. Hasta su olor ha cambiado, no queda en él ningún rastro a madera o menta. Ahora percibe el rastro del jabón natural y el desodorante masculino.
–Has tardado más de la cuenta –le espeta a Joan, retomando su marcha hacia la pensión, sin detenerse a su lado.
–Las cosas se han complicado –responde él, siguiéndola.
–¿Me lo juras?
Parte de su enfado se torna contra el Alfa. ¿Por qué no ha ido antes a buscarla? Le hizo una promesa. Iba a sacarla de Madrid, iba a ayudarla a liberarse. Si hubiese acudido a ella hace un mes, hace una semana, estaría a salvo. Pero ahora no, ahora ya no sabe si estará a salvo alguna vez. No con el vínculo de Óliver pesando sobre ella, no con la atención del Monarca rondándola después de la muerte de Gema.
–No esperaba que Cástor metiese sus narices en los robos con tanta insistencia –explica Joan, molesto–. El comité internacional lo ha echado todo a perder.
–Cuánto lo siento –Kate continúa andando sin mirarlo–. Imagino que tienes una vida muy complicada, pero, en fin, ¿cuándo nos vamos? –pregunta con descaro.
Joan la detiene, cogiéndola por el brazo.
Kate se encara a él. Sus ojos azules la retan. Una parte de ella se alegra de que no haya cambiado su color, como ha hecho con su pelo.
–Voy a sacarte de aquí. Le hice una promesa a tu tío –asegura el Alfa–. Pero no voy a poder cumplirla tan rápido como me gustaría. No puedo explicártelo ahora, y no sé cuándo podré: hay mucho más en juego de lo que imaginas, Kate. Se está librando una partida que puede poner patas arriba todo el sistema de las familias.
La curiosidad de Kate se enciende, pero enseguida la contiene. ¿Qué le importan a ella las familias? Lo único que quiere es salir de allí, recuperar su libertad y largarse a mil kilómetros del perceptor más cercano.
–Háblame del vínculo secreto –contraataca. Si no puede conseguir lo que más desea, por lo menos puede intentar entender qué demonios le ha hecho Óliver–. Dijiste que me lo explicarías.
Los ojos de Joan centellean acuciados por una duda que, enseguida, contiene.
–No puedo –contesta, escueto.
Kate se suelta con fiereza de él y continúa andando, enfadada. Entonces, ¿para qué ha ido? ¿Para qué la ha esperado en esa calle si no puede darle nada?
Piensa en toda la documentación que Joan ha estado robando en diferentes puntos de Europa. En su momento le dijo que el manuscrito de los Márquez no tenía realmente nada de interés, solo un cuento, un mito sin fundamento. Pero ahora no está tan segura de creerlo. No cuando ha sentido en su propia piel lo que ese reclamo significaba.
«Detente», le parece escuchar de nuevo a Óliver. Una sola palabra. Una sola palabra y ha sido incapaz de moverse. Ni siquiera ha podido luchar contra el poder del reclamo porque no lo ha percibido atando su mente.
Joan Ilyin investiga algo que no sabe que existe, algo que desea que exista. Quizá eso enturbia sus averiguaciones. Quizá eso haga que tome como cuentos textos que ella comprendería.
Pero no puede decírselo. No puede confesarle lo que sabe, lo que ha sufrido bajo el cielo estrellado de Marbella. Por instinto, Kate se mira las manos, temiendo volver a verlas manchadas de la sangre de Gema. Es increíble que hace solo unas horas, su enemiga estuviese respirando ante ella.
–Entonces, ¿qué puedes hacer por mí, Joan? –pregunta, consciente de que el Alfa la escuchará aunque se haya detenido unos pasos más atrás.
–Peter Plank –le recuerda con dureza.
–Me pierdo con tantas identidades secretas –responde Kate con ironía.
–Kate, pronto lo entenderás todo.
Ella levanta una mano para despedirse, sin volverse. A la mierda. Está demasiado cansada como para lidiar con él también. Está demasiado cansada como para lidiar con los problemas de todos los que la rodean. Siente que por fin ha aprendido la lección: si no se encarga ella, nadie lo hará. Malditos sean todos los cuentos de princesas.
–Ya me llamas, si eso –dice, girando una calle para alejarse de él.
Cuando despierta, la noche ha caído sobre Madrid. Para su sorpresa, ha tenido un sueño reparador, sin imágenes. Pero esa paz no dura demasiado. Enseguida la ansiedad se prende de su pecho al recordar los últimos acontecimientos.
Mira su teléfono apagado sobre el escritorio, donde lo dejó al llegar de madrugada. La mirada de Hanna se dibuja en su mente. ¿Qué pensará la influencer de ella? ¿Habrán llegado las noticias hasta Silvia, en Nueva York? ¿Y Marta Galán? El vértigo que le produce imaginar la mansión de los Galán en Marbella acelera sus pulsaciones. ¿Cómo estará viviendo todo esto Rodrigo?
–Pelirroja... –la voz de Cástor reclama su atención, rescatándola de la pesadilla que supone estar despierta.
Kate dirige sus sentidos al resto de las habitaciones. Su mentor está sentado en el sofá negro del despacho, con las luces apagadas, mirándola. Es como si hubiese estado velando su sueño.
–Cástor... –saluda sentándose en la cama–. ¿Cómo te fue con el Monarca? He caído a plomo.
Observa al Alfa a través de la pared. Lleva su traje de chaqueta arrugado de estar encogido en el sillón. La corbata está desanudada y pende de lado, dándole un aire vulnerable.
–Digamos que el Monarca no valora mucho que te anime a asesinar Alfas –confiesa Cástor–. ¿Cómo estás?
–¿Mal?
–¿Qué pasó, Kate?
La pregunta es tan sincera que Kate desea poder responderle la verdad. Pero, por culpa de Óliver, eso está muy lejos de su alcance ahora mismo.
Siente que el tabique que los separa es una metáfora más de la distancia que el vínculo secreto la hace tener con todo.
–Óliver oyó nuestra pelea –explica sin emoción–. Apareció en el momento en que Gema me reducía... Y lo solucionó.
–Pelirroja, entenderás que sea una historia difícil de creer...
–Gema ya me venció una vez.
–Precisamente por eso.
Kate aprieta los dientes.
–La tenía, Cástor, la tenía... –murmura, notando cómo enseguida su voluntad de confesar se trunca, ahogándola.
–¿Había envenenado el arma? ¿Eso es cierto? –le pregunta su mentor.
Kate asiente.
–En Málaga hay una buena liada –confiesa entonces Cástor, levantándose del sillón y atravesando la casa hasta llegar a la puerta de su dormitorio.
Kate se estremece ante la noticia. Le hubiese resultado más fácil recibirla a través de la pared.
Levanta los ojos agotados y los clava en el cuadrado Alfa. Ahora él es lo único que le queda. ¿Cuánto tardarán en arrebatárselo? Siente que el día que Óliver la cazó perdió su derecho a la estabilidad, a la paz.
–Los antiguos Beltrán han intentado rebelarse contra Óliver –explica Cástor–. Eva Duarte y Helena Hidalgo han partido hacia el sur a mediodía.
–¿Qué hora es?
–Las siete.
Kate se levanta y se calza las zapatillas. Ni siquiera se desnudó para acostarse.
–¿No te ibas a Lisboa? –le pregunta a Cástor.
–No podía coger ese maldito avión sin saber si te iban a arrancar la cabeza –confiesa él, interponiéndose entre la salida y ella.
–Al final no ha sido mi cabeza –murmura Kate, desviando la vista hacia la ventana, por la que ya entra la luz amarilla de la farola de siempre.
–Cojo un avión a las nueve: el mequetrefe de Peter Plank ha reservado los vuelos –informa Cástor.
–Parece un Alfa fuerte, ¿qué hacía aquí? –pregunta, cambiando de tema.
–Tocarme las narices, pelirroja, ¿qué va a hacer si no? –bufa su mentor–. Se plantó en la puerta anoche, diciendo que su vuelo había tenido un problema y había hecho trasbordo en Madrid –Cástor chasca la lengua–. Ahora tendré que aguantarlo durante todo el viaje.
–No parece mal tipo... –intenta Kate.
–Es un grano en el culo.
–¿De dónde es? ¿De dónde proceden los Plank? –se interesa.
–Del sur de Alemania, de la Selva Negra –explica Cástor con desagrado–. ¿Qué te pasa? ¿Te ha parecido guapo?
–No está mal.
–Menudo ojo tienes, pelirroja –se frustra el Alfa.
Kate se encoge de hombros.
–¿Estarás bien? –pregunta Cástor, cambiando de tema–. No creo que nos quedemos mucho tiempo en Lisboa, pero uno nunca sabe si...
–¿Si voy a sembrar un reguero de destrucción y muerte a mi paso?
–Más o menos –se avergüenza su mentor.
–Creo que puedo darte unos cuantos días de ventaja.
3
Correr la ayuda a olvidarse de todo, la mantiene atada a su cuerpo, alejando sus pensamientos. Además, correr por Madrid es siempre una aventura. Utilizando a tope sus sentidos como Alfa, Kate se lanza a la ciudad, mezclándose con el tráfico y dejando que el ruido y el caos la mantengan alerta.
Necesita apagar el mundo, y esta vez tiene demasiada rabia acumulada dentro como para conseguirlo encerrándose en el Prado. Siente que o suelta algo de adrenalina o explotará. Y tiene que empezar a dominarse pronto. A la mañana siguiente le toca retomar las clases con la Cámara, y no quiere que el Monarca vuelva a poner su atención sobre ella.
Corre hasta alcanzar las Torres Kio y después da un rodeo, callejeando de regreso a la pensión. En el escalón de la puerta la espera Toni Toro, con su destartalado abrigo de piel y un paquete de cervezas belgas. Tiene los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la pared, pero Kate sabe que la ha percibido por el leve salto que ha dado su corazón latiendo a tres.
El recuerdo de su último encuentro, cuando Toni le dio las llaves de la moto que había conseguido para ella, le parece lejano, como de otra vida.
Conforme se acerca, despacio, una sonrisa pícara se dibuja en los labios del muchacho. Cuando llega a su altura, Toni se levanta a la velocidad de la luz y le rodea los hombros, clavando en ella sus ojos marrones.
–Mira, Kate, se cuenta de todo –dice sin darle tiempo a saludarlo–, y yo solo he sacado una cosa en claro: que la dichosa Gema está muerta y que tú has vuelto a mí de una pieza.
Al escuchar el nombre de su enemiga, Kate se tensa, temerosa de que las imágenes que ha logrado apartar durante la tarde la golpeen, pero Toni Toro parece un amuleto de lo más efectivo.
–Fue todo un desastre, Toni –confiesa, abrazándose a él–. Un completo y absoluto desastre.
El olor del Alfa la lleva a un lugar seguro y, por primera vez, ni siquiera la molesta su peste a tabaco.
Toni la estrecha contra su pecho y le propina un beso familiar en lo alto de la cabeza.
–Te dije que yo sería mejor novio que tu morenito –bromea el Alfa–, pero nadie escucha nunca al joven Toro.
Kate lo aprieta con todas sus fuerzas, haciéndolo dar un grito antes de soltarlo. Después encabeza la marcha por las escaleras hasta su apartamento.
Toni se lanza sobre la cama en cuanto entran a su habitación y, quitándose de un gesto las botas, se mete bajo las mantas. Se retuerce como un gusano hasta que, satisfecho, se sienta tapado hasta el pecho y coge una de las cervezas.
–Me vas a hacer cambiar las sábanas –se queja Kate, pero después lo imita, cuidándose mucho de pasar cerca de su teléfono apagado.
Toni levanta su cerveza para brindar con ella.
–Por tu supervivencia –dice.
–No sé yo... –se queja Kate, dando un trago corto–. El Monarca puede matarme en cualquier momento.
–A besos, querida Kate, a besos... –bromea Toni, quitándole la almohada para usarla a modo de cojín–. ¿Quieres hablar de ello?
–¿Qué hay en toda esta historia que tú ya no sepas? –pregunta ella–. ¿Acaso no eres un espía de los Toro?
–Tienes toda la razón –asume él.
Los dos se quedan callados, observando la pared.
–Ana Rey está muy decepcionada –dice Toni con sorna–. Ya sabes que no le gusta que nadie se salte las reglas.
–¿Me va a tocar un sermón de la montaña?
–No creo que tenga valor... –se ríe el Alfa–. No después de la que has liado. ¿Y si te vuelves contra ella?
–O sea, que me va a retirar la palabra.
–Eso parece más factible.
–Estupendo... –Kate cierra los ojos para serenarse.
Lo único que le falta a lo que acaba de vivir es soportar el juicio de todos los perceptores con los que se cruce en Madrid. Pero ¿qué esperaba? ¿Asesinar a Gema y salir de rositas? Lo cierto es que solo había imaginado un juicio rápido y una muerte veloz a manos de Cástor.
Se estremece. La imagen de Óliver, firme, implacable, rebanándole el cuello a Gema, le hiela los huesos.
Toni la huele y la tapa aún más con el edredón, protector.
–Kate, piénsalo así –le dice con gravedad–: Óliver tenía al enemigo en su casa. Gema no iba a parar hasta que te enfrentases a ella. En un apellido falto de Alfas, tenía dos opciones: o dejaba que os mataseis la una a la otra, lo que suponía que la que cometiese el pecado mortal sería ajusticiada, o intervenía y se quedaba con una de las dos.
Kate está a punto de decir algo, pero Toni la detiene.
–Y tú eres más fuerte –asegura–. Mucho más fuerte.
Los recuerdos de la noche la asaltan, superponiéndose a toda velocidad, cruzándose unos con otros y deformándose hasta hacerse más terribles. Los golpes, las miradas, el chocar de las espadas... Le parece que en cualquier momento volverá a oír el sonido de la muerte de un Alfa.
Toni debe oler su desesperación, porque cambia de tema:
–El Monarca no te ha impuesto ninguna pena –afirma–. Aunque se dice que te ha atacado con todo su poder.
–No me lo recuerdes...
–¿De verdad es tan fuerte como cuentan?
–Más –Kate se estremece, acariciándose las muñecas–. No creo que pudiese romper jamás un reclamo impuesto por él –confiesa.
–Afortunadamente, tu guardián es Cástor –sonríe Toni–. Y con él ya sabes que puedes.
El sonido del teléfono de Toni los interrumpe. El Alfa levanta una mano como disculpándose y descuelga.
–¿Diga?
–Lo tenemos –comenta una voz de hombre al otro lado–. ¿Comenzamos esta noche?
–Tenéis luz verde, por supuesto –sonríe Toni Toro, pero no hay alegría en ese gesto, es casi una mueca.
–De acuerdo, jefe –asiente la voz, antes de colgar.
–¿En qué andas metido ahora? –se preocupa Kate–. ¿Secuestrando a los hijos de la mafia?
–No, esa fase ya está superada. Ahora toca jugar cartas más altas –confiesa con ojos de lobo.
–Tienes un peligro, Toni...
–Pero no hablemos de mí –bromea el joven Alfa, acercándose seductoramente a ella–. Hablemos de nosotros. ¿Sigo manteniendo la fecha de nuestra boda, o ahora que Óliver se ha quedado viudo debemos reconsiderarlo?
Las clases con Selena Santos resultan desesperantes por el silencio de Ana Rey.
La Alfa se niega a comunicarse con ella, y eso significa que tampoco le cede sus apuntes sobre las capas en las que deshace las paredes de las habitaciones a prueba de Vistas.
Toni intenta relajar el momento haciéndole guiños por detrás, pero eso tampoco ayuda, porque Ana huele la burla y su enfado va en aumento.
Ni siquiera se toma un café con ellos antes de la sesión de entrenamiento con Loreto Lago y Fernando Gallardo.
–A ver si Loreto le deja darme una paliza –se queja Kate–. A lo mejor así se le pasa.
–No conoces a nuestra pequeña Rey –dice Toni–. Partirte la boca no sería suficiente. Ya sabes que Ana solo se rinde ante la excelencia.
–No pienso estudiar más para que me perdone.
–Pues tú sabrás.
En el gimnasio los espera Emilio Ferrer junto a los dos instructores de batalla. Tiene un maletín de cuero a sus pies. Kate se huele lo peor nada más descubrirlo, pero cierra la boca al ver el gesto duro que Loreto Lago le dedica.
Ana tiene ya el chándal puesto y estira con ayuda de Fernando Gallardo.
–¡Hombre, Emilio! –se alegra Toni Toro, acercándose al Alfa–. ¿Vas a darnos leña?
El perceptor responde con una mueca rápida, para quitárselo de encima.
Kate se deshace de su chaqueta y de las deportivas antes de acercarse a sus profesores. Los demás hacen lo mismo hasta que forman un círculo improvisado.
–Debido a los últimos acontecimientos –comienza Loreto, con el ceño arrugado–, me ha parecido necesario adelantar alguna de las clases que había guardado para final de año.
Kate sabe que se refiere a ella, que tendrá que pagar durante sus entrenamientos por lo ocurrido en Málaga, por la muerte de Gema.
Emilio Ferrer se agacha y abre con sus manos amarillas el maletín. Está lleno de frascos. Kate puede reconocer la mayoría de ellos por su olor. Son venenos de diversos tipos: paralizantes, asfixiantes, de los que inducen al vómito o causan pérdida de consciencia... Todos y cada uno de ellos, mortíferos.
Loreto Lago desenfunda una de sus espadas y se la tiende al Alfa, que impregna su filo con el líquido de uno de los botes.
Toni Toro dirige una mirada rápida a Kate.
–Un revival –bromea, desentumeciendo sus músculos con movimientos rápidos.
–No quiero que nadie vuelva a avergonzarme –afirma la instructora–. Kate.
Es una orden, para que avance. La mirada de Emilio Ferrer se posa sobre ella, sádica.
–Es una mezcla nueva –explica con orgullo el Alfa.
Kate se estremece. Los venenos de Emilio suelen ser rápidos y altamente crueles.
Fernando Gallardo le da un pequeño empujón en la espalda para que se adelante.
–Fue solo un leve tajo, ¿verdad? –pregunta Loreto, levantando la espada con velocidad e hiriéndola en la pierna–. Vamos a ver si así aprendes a luchar de una maldita vez, y nos ahorras la pérdida de Alfas a los que podrías haber dominado.
4
El salón se ha quedado vacío. Óliver contempla su reflejo en los cristales que dan a la piscina y, más allá, al mar.
La discusión que acaba de presenciar le revuelve las tripas. Sabía que tarde o temprano tendría problemas con los Beltrán, pero no esperaba que creyeran que la muerte de Gema estaba planificada. Qué estúpidos. Como si él estuviese dispuesto a perder uno solo de sus Alfas a estas alturas.
Con Gema ha pagado un precio más alto del que imaginaba, y eso lo enfada. Lo enfada profundamente.
Recuerda el rostro complacido de la Alfa al despertar a su lado cada mañana y tensa la mandíbula. Pobre Gema, realmente nunca supo a lo que estaba jugando. Su muerte pesará sobre su conciencia tanto como la de Miguel. Dos víctimas que podrían haberse evitado si el tiempo hubiese jugado a su favor, si Blas Galán hubiese entendido que el plan que le proponía conduciría a la gloria de su apellido. Pero no quiso escucharlo, no quiso enfrentarse a la verdad. Y tuvo que matarlo.
Fue apasionado, demasiado apasionado. Ahora es diferente: los muertos le han enseñado más de lo que jamás hubiese imaginado. Si empezase de nuevo esa partida, no contaría con tantas víctimas en su marcador.
Óliver se mete las manos en los bolsillos del traje. Se alegra de que Eva Duarte y Helena Hidalgo estén allí. Los Beltrán confían en Helena. El tiempo que convivieron durante el año anterior los ha hecho serenarse en su presencia. Está convencido de que la Alfa los hará entrar en razón. Y Eva sabe moverse muy bien en su casa. Se ha metido a todos en el bolsillo a la primera. No hay nada como un poco de frivolidad para contentar a los Galán.
Es cuestión de días. Sabe que es cuestión de días y las aguas volverán a su curso.
Aun así, la mirada de Rodrigo Beltrán no le ha gustado nada. Sigue siendo igual de desconfiada que la noche anterior, cuando apareció en Marbella y contempló el cuerpo de Gema.
«¿Conspiraba contra nosotros? ¿Por qué?», le parece oírlo de nuevo.
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Óliver frunce los labios, concentrándose en serenarse.
«Porque su odio hacia Kate era más grande que su amor por mí, por nuestra familia». Fue una buena respuesta, directa a la fibra sensible de Rodrigo.
Él también habría elegido primero a Kate. Si lo hubiesen dejado, claro.
Óliver ve reflejada su mueca orgullosa en el cristal y la deshace rápidamente. Sabe que alguno de los Vistas de la familia podría estar observándolo.
Saca el teléfono y vuelve a marcar el número de Kate. Las noticias que llegan de Madrid son tranquilizadoras, pero aun así necesita saber cómo se encuentra.
Su rostro paralizado por el pánico lo atormenta. No ha podido pegar ojo en todo el día recordando el gesto de reconocimiento y repugnancia de Kate.
«Era tu mujer», le dijo, o algo por el estilo.
Qué ironía que estuviese dispuesta a asesinarla, pero no a verla morir. Es inocente, se dice, aún es blanca como una paloma. Pero ya le están saliendo manchas.
–El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura –le responde la voz complaciente de la operadora.
Óliver aprieta el teléfono hasta que el crujido de la pantalla le indica que está usando demasiada fuerza.
–Lo entenderá, tarde o temprano lo entenderá –murmura para sí mismo antes de apagar la luz del salón y dejar la casa a oscuras.
5
Kate finge leer al sol del otoño de Madrid. Está apostada en una cafetería cerca de la plaza de Azca, como muchos otros que celebran el domingo.
Desde que se despidió de Joan Ilyin en la calle, una idea ha ido tomando forma en su cabeza. Debe solucionar ella sola sus problemas, y el primero de todos es el vínculo secreto con el que la ha atado Óliver. Si Joan no está dispuesto a compartir la información que ha recopilado en sus múltiples ataques a las familias de perceptores europeas, Kate tendrá que buscar un camino para enfrentarse a los textos. Y lo único que puede hacer ahora mismo es desvelar el mito fundacional de los Márquez.
No conseguirá nada encarando directamente a la cabeza de familia con una excusa barata. Le ha dado vueltas a la posibilidad de decirle que la investigación de Cástor los lleva a creer que el códice es una falsificación y que debe analizarlo, pero sabe que, en cuestión de horas, Alba Márquez habrá contactado con su mentor para comprobar su explicación. Así que debe ser algo más original.
Ha dedicado la tarde del sábado a repasar las transcripciones de los interrogatorios que realizaron a las familias y a comprobar las anotaciones que hizo sobre los diferentes miembros de los Márquez. Ahora solo tiene que hacer algunas indagaciones sobre el terreno para decidir cuál será su víctima.
Aparta todos los sonidos de la cafetería y focaliza su oído en el lujoso piso que los Márquez tienen en el ático de la Torre Picasso. El hecho de que las oficinas de debajo estén prácticamente vacías la ayuda a acceder rápidamente a la vivienda con su percepción.
Deja atrás la planta del servicio, donde las cocineras están ya preparando el almuerzo y uno de los secretarios personales ha bajado indignado a devolver el desayuno. Sabe lo que está buscando. Dos voces son las únicas que le interesan. Ha escuchado una y otra vez las grabaciones de sus entrevistas para memorizar los matices de su forma de hablar.
–La voz es como una huella dactilar –suele decir Teo Solano cuando les propone un ejercicio de espionaje de conversaciones en medio de un espacio ruidoso.
Kate respira, serenándose, concentrada en que su cuerpo no trasluzca lo que está haciendo. Pasa tranquilamente de página y busca en los pisos superiores de la vivienda.
–No pienso ir a correr contigo, son las once de la mañana del domingo –se queja un joven de voz hosca.
Esa es una de sus presas. Kate levanta la mirada como si estuviese pensando y la fija en el edificio blanco. En un segundo localiza a su objetivo, que se da la vuelta en la cama en ese momento. Sonríe. Alberto Márquez no quiere salir a correr. Algo triste para un Táctil.
Pero su compañero parece pensar de otra manera.
–Eres un manta –se burla Guillermo Márquez, propinándole un golpe rápido antes de huir de la habitación.
Kate devuelve la atención a su libro y retira el oído de la conversación cuando los insultos de Alberto a su hermano se vuelven incómodos.
–Así que será Guillermo –se dice.
Prefería mil veces a un Táctil que a un Olfato, pero se va a tener que conformar. Los Olfato son más sensibles a la mentira que los Táctil. Tendrá que presentar su mejor actuación.
Kate repasa mentalmente la tabla de los movimientos de Guillermo Galán que realizó para registrar las semanas en las que se robó el manuscrito. Según eso, los domingos, Guillermo sale a correr después de levantarse, más tarde va a misa a la Basílica Hispanoamericana y, tras almorzar con la familia, toma café con su grupo de amigos. Quizá ese sea el mejor momento para asaltarlo, sobre todo si mantiene las mismas costumbres.
Guillermo Márquez abandona el edificio y Kate llama al camarero para pedir la cuenta. Por si algo ha cambiado en sus hábitos, tendrá que seguirlo.
El local está repleto de jóvenes bailando y alternando el café con las copas, convirtiendo la tarde del domingo en una última oportunidad de salvación antes del amenazante lunes. Son todos veinteañeros, arreglados como si fuese la noche del sábado y dedicados a las mismas tareas de seducción.
Kate remueve su café fingiendo hastío. Se ha colocado en la barra cerca del grupo de Guillermo Márquez, pero de forma que él no la vea a la primera. Tiene que darle un poco de tiempo. Lo ha seguido, junto a su pandilla, desde las cuatro de la tarde, cuando quedaron en el metro de Nuevos Ministerios. No ha entrado en la primera cafetería, ha dejado que Guillermo se relajase junto a sus amigos antes de mostrarse.
El grupo está formado por humanos y, según las conversaciones que ha escuchado, casi todos son amigos de la facultad.
Ahora solo tiene que esperar a que el joven Olfato repare en ella. Debe concentrarse en mostrar decepción. Cualquier otro olor lo alertaría.
Cuando lleva media hora destilando pena, un amigo de Guillermo se acerca a conocerla.
–Te veo muy sola –saluda el chico, guiñándole un ojo con complicidad.
–En cinco minutos consideraré definitivamente que me han dado plantón –afirma Kate, desolada.
–Hay que ser imbécil para dejar plantada a alguien como tú...Soy Roge.
Kate se controla para que el deseo de reír no cambie el olor de su cuerpo. Le sonríe y se encoge de hombros en señal de rendición. Mira hacia la puerta, fingiendo un último atisbo de esperanza, concentrada en no ver a su objetivo.
–¿Kate?
Bingo.
Guillermo Márquez por fin ha mordido el anzuelo. Su amigo frunce el ceño, molesto por la interrupción.
–¿Kate Galán? –insiste el Olfato.
Kate se gira hacia él, sorprendida. Se levanta con torpeza para saludarlo.
–Alejandro Márquez, ¿verdad? –sonríe, tendiéndole una mano.
–No, ese es mi hermano. Yo soy Guillermo.
–¡Es verdad! Lo siento... Me he hecho un lío –se disculpa Kate.
–No te preocupes, es normal –Guillermo la observa, atento.
Kate sabe que la está percibiendo. Ahora es cuando tiene que mantener mejor su coartada.
–¿Qué haces por aquí? –pregunta el chico.
–Le han dado plantón –responde el tal Roge.
–¿Toni Toro? –se extraña Guillermo.
Se ve que la fama del Alfa lo precede allá dondequiera que va.
–¡No! –se ríe Kate, negando con insistencia–. Todavía no estoy tan desesperada...
Entonces, el ceño de Guillermo lo delata. El Olfato acaba de recordar la última aventura de Kate: la muerte de Gema.
–Había quedado con otro amigo –explica ella con tristeza–. Necesitaba un poco de... ¿normalidad?
Guillermo parece entenderla. Eso es lo que desea Kate: empatía.
–¿De qué os conocéis? –se cuela entonces Roge, que no parece dispuesto a abandonar a su presa.
–Nuestros padres son amigos –improvisa Guillermo.
–Bueno, se han cumplido los últimos cinco minutos –dice entonces Kate, disculpándose, y recoge su chaqueta, dispuesta a abandonarlos–. Aceptamos el plantón definitivo.
–¡Eh, pero no te vayas! –la detiene Roge–. Únete a nosotros. Si buscas normalidad, somos bastante normales.
Kate mira a Guillermo, concentrada en oler a duda y a tristeza. Lo último le resulta tan fácil que queda de lo más convincente. Quiere que él sienta que le pide permiso, que intuya que ella no quiere meterse donde no la llaman, que no desea estorbar.
–Bueno, normales a ratos –se rinde Guillermo–. ¿Qué dices? ¿Nos tomamos algo?
Son las once de la noche y Kate se ríe a carcajadas con Guillermo en un banco de la Castellana. El grupo del chico se ha ido deshaciendo conforme iba cayendo la noche y, aunque Roge ha intentado aguantar hasta el final de la velada, una llamada de sus padres lo ha hecho abandonar el barco.
Kate debe reconocer que se lo ha pasado bien, extrañamente bien después de los últimos acontecimientos. Durante un rato, hasta ha olvidado que tenía una misión. La cena en la hamburguesería, mientras una de las chicas del grupo contaba sus anécdotas en la última tutoría a la que había asistido con un profesor medio sordo, ha sido divertidísima.
La sombra de Óliver, la muerte de Gema, todo parece haberse disuelto en la simplicidad del humor de Guillermo y sus amigos, como si la Alfa que viajó hace unos días a Marbella fuese otra y no ella, como si se hubiese desdoblado. Kate se ha sentido humana, normal, por primera vez en meses. Cuando está con Toni y Ana, jamás pierde la conciencia de quién es: una Alfa, una aprendiz de la Cámara del Monarca. Pero ese rato, todo eso se ha desvanecido. Extrañamente, con ese grupo de desconocidos, Kate ha podido ser solo Kate. Y ha sido más reparador de lo que hubiese imaginado.
Ahora Guillermo le cuenta su última catástrofe amorosa con tanto sentido del humor que Kate no puede parar de reír.
–Y entonces me miró muy seria –explica Guillermo, imitando la situación– y me dijo: «No quiero perderte como amigo».
La carcajada de Kate la hace echarse para atrás en el banco.
–Como amigo, ¿me oyes? –insiste Guillermo, cogiéndola del brazo–. ¡Pero si no he sido su amigo en mi vida! –de pronto la mira con los ojos entrecerrados–. Las mujeres sois animales raros.
–Las perceptoras más –se burla Kate.
Una sombra leve cruza por el rostro de Guillermo. De nuevo ha recordado quién es ella. Kate huele su autocontrol y le dedica una sonrisa culpable.
–Perdóname... No quería traer malos rollos a la conversación, me lo estoy pasando fenomenal –se disculpa.
–Nada, no te preocupes –acepta Guillermo–. Supongo que los últimos días habrán sido un infierno para ti.
–¿Te importa si no hablamos de ello? –pregunta Kate con pena–. Este rato me has hecho olvidarme de todo y... ¡ha estado tan bien! Sigamos fingiendo que el mundo es un lugar perfecto. Esta noche ya me tocará pelearme con las pesadillas.
Guillermo asiente, dándole una palmada en la espalda con camaradería.
–Definitivamente, las perceptoras sois complicadas –asiente, retomando la conversación–. Y las Alfas más.
–¿Has salido alguna vez con una Alfa? –le pregunta Kate, fingiendo emoción al imaginarlo.
–¿Estás loca? –se ríe el chico–. ¿Y que sepa en cada momento lo que siento o me pueda oír a kilómetros? No, gracias, bastantes problemas tengo ya con las mujeres que no tienen los sentidos desarrollados.
–Pero ahí eres tú el que lleva ventaja –se burla Kate–. Puedes olerlas.
–Bueno, sí, eso me da algunas pistas... –sonríe Guillermo–. Sobre todo para saber cuándo dar el primer beso.
–Madre mía, qué peligro tienes...
–¿Y tú? ¿Has salido con humanos? –pregunta el chico.
–Sí –Kate piensa en Daniel e intenta que su cuerpo no muestre los sentimientos encontrados que experimenta–. Salía con un chico, pero me cazaron.
Guillermo frunce el ceño.
–Es verdad... Eras una Alfa libre.
–Tú lo has dicho: era.
–Dicen que quieres volver a serlo –se atreve a comentar–. Que lo intentaste en Marbella, escapar y eso.
Kate se encoge de hombros con tristeza. Huele la curiosidad de Guillermo y percibe que siente la suficiente pena por ella como para ponerse de su parte. Es el momento de actuar.
–Hasta que los Galán me cazaron, solo había conocido la libertad –explica–. El vínculo... no lo sé... ¿cómo lo soportáis? ¿No es todo un poco estúpido? Quiero decir, ¿por qué el más fuerte es el que debe mandar? ¿Estamos en la Edad Media? ¿O nos remontamos a las cavernas? No había nadie metido en mi mente, ¿entiendes? No sé cómo es tu cabeza de familia, pero te aseguro que el reclamo es lo más horrible que puedes hacerle a alguien que ha sido siempre libre.
–Nunca había conocido a un perceptor que no hubiese tenido reclamo –confiesa Guillermo–. Para mí es lo más natural, ya imaginas. Pero tienes razón en eso del mandato del más fuerte.
–¡Ves! –Kate se crece–. ¿Por qué no el mandato del más inteligente? Ser fuerte no significa tener luces.
Guillermo se ríe.
–Eres una revolucionaria –se burla.
–A mucha honra –se enorgullece Kate–. Algún día acabaré convenciendo a alguien –bromea.
–No creo que la Cámara del Monarca sea el mejor sitio para sembrar todas esas ideas –dice Guillermo.
–No, definitivamente no –acepta Kate, dándose por vencida–. Aunque si tuviese el poder de tu familia... –bromea alargando las manos hacia él como si intentase hechizarlo–. Vuestro mito fundacional es una pasada.
–¿Te han dejado leerlo? –se extraña Guillermo.
–Era parte de la investigación –afirma Kate bajando la voz–. Pero nadie lo sabe. Por favor, no lo comentes o tu cabeza de familia me mata.
Guillermo la sopesa. Kate sabe que está comprobando su olor, su verdad.
–De todos modos, perdona que te diga, pero es mera fantasía –suelta, atacando con todo lo que tiene–. Eso de que se pueda vincular a alguien sin dejar huella... ¿O me vas a decir que te lo crees?
–La verdad es que no sé para qué tanto secretismo –confiesa entonces Guillermo–. Ese cuento de hadas no hay quien se lo crea. Que el primogénito de Alfonso III de Asturias descubriese un vínculo secreto gracias a un Alfa mozárabe, que le enseñó cómo utilizarlo para convencer a sus hermanos y derrotar a su padre... ¡Cualquiera que conozca la literatura de la Edad Media sabe que es magia y superchería! ¿Y qué me dices de la receta para usar el vínculo? –se ríe Guillermo.
–¡Ridícula! –lo acompaña Kate con una carcajada–. ¡Pura alquimia!
Su autocontrol es total. Sabe que cualquier pista de olor que le dé ahora a Guillermo puede destrozar su trabajo.
–Hacer un sacrificio de sangre para vincular a nadie –niega con la cabeza el Olfato–. Como si fuésemos satánicos...
Kate lo acompaña en las carcajadas mientras un escalofrío de pánico la recorre al recordar la sangre de Gema empapándola tras la estocada de Óliver. Un sacrificio de sangre.
6
Los entrenamientos con la Cámara del Monarca retoman poco a poco la normalidad mientras las tensiones en Málaga se van calmando. Aun así, Loreto Lago sigue insistiendo en que luchen con armas envenenadas, lo que hace que Toni Toro vomite todo el suelo del gimnasio y que Kate pierda el conocimiento a mitad de una de las clases. Por su parte, Ana Rey se convierte en experta en eliminar toxinas del organismo. Es la que mejor se enfrenta a los venenos de Emilio Ferrer.
Eva Duarte y Helena Hidalgo todavía no han regresado de su misión con la familia Galán, por lo que Kate entiende que, aunque las cosas hayan mejorado, no lo han hecho lo suficiente como para dejar a Óliver solo ante los Beltrán. No ha encendido su teléfono desde que lo dejó sobre su escritorio, así que no sabe realmente lo que está pasando. Imaginar que Óliver la llama le da tal pavor que prefiere sacrificar sus conversaciones con el resto de los Galán.
Aun así, Hanna consigue comunicarse con ella a través de Toni Toro.
–Óliver está hecho una fiera –le dice en un mensaje–. Deberías cogerle el teléfono antes de que acuda al Monarca para que te obligue a hacerlo.
Kate no quiere ni oír hablar de obligaciones. Después de su conversación con Guillermo Márquez, se siente demasiado revuelta como para pensar en el reclamo. Si lo que el muchacho le contó es verdad, el códice de los Márquez explica que para poder realizar el vínculo secreto hay que derramar la sangre de alguien. Lo que explica el mito encaja perfectamente con el asesinato que cometió Óliver rebanándole la cabeza a Gema. ¿Significa eso que es verdad? ¿O es solo una coincidencia?
El recuerdo de todos los asesinatos cometidos en Málaga la hace retorcerse. ¿Fueron sacrificios de sangre para poder imponer el vínculo secreto? ¿A quién?
Cástor Alonso la llama desde Lisboa cada dos días para comprobar cómo se encuentra. Las atenciones del Alfa la enternecen. Ella intenta sonsacarle algo de la investigación, pero su mentor se niega a comentar nada por teléfono.
–El caso de siempre, Kate –le dice–. Mismo modus operandi, misma opacidad de la familia Bento para compartir con nosotros el contenido del texto legal robado.
–¿Es el registro de un juicio? ¿De qué siglo?
–No preguntes más, pelirroja. Mejor no arriesgarnos.
Dos domingos después, vuelve a quedar con Guillermo Márquez y su pandilla. Se dice que es para conseguir más información sobre el mito fundacional de su familia, pero en el fondo sabe que es solo para degustar un poco de normalidad en ese grupo de humanos.
–Te estás autoengañando –le dice Toni Toro durante el almuerzo del lunes, tras el entrenamiento de Oído en la casa de Teo Solano–. ¿Crees que salir con humanos hará que se te olvide que eres una Alfa o que Gema está muerta?
–Gracias, Toni, tú siempre tan sincero –se molesta Kate, quitándole la ración de croquetas de delante.
–Solo me preocupo por ti.
–Si te preocupases por mí, nos veríamos más –ataca ella.
Lo cierto es que últimamente Toni Toro siempre se trae algo entre manos. No han salido juntos ni una noche desde que Kate regresó de Marbella. El Alfa se va con prisa de las últimas clases de la tarde, como si tuviese a alguien esperándolo. Tampoco es que a ella le apetezca conquistar la noche de Madrid, pero agradecería la compañía de su amigo para dejar de enredarse en sus problemas. Cada vez que piensa en Óliver, se siente ahogándose en arenas movedizas.
–¿Te has enamorado? ¿Es eso? –pregunta Kate con curiosidad.
–¿Por qué? ¿Estás celosa?
–Porque estás desaparecido. Creí que eras un amante de la noche, de la juerga y las parejas aleatorias.
Toni se recuesta en el asiento del bar y levanta las cejas.
–Estás celosa –dice pasándose la lengua por los labios.
–¡Que no! –chilla Kate, tirándole una patata.
–No sufras, querida Kate –se regodea Toni–. Pase lo que pase ahora, tú y yo acabaremos casándonos.
Desgraciadamente, Toni no es el único que la esquiva. Ana Rey todavía no la ha perdonado. La Alfa la evita en todas las clases y le dirige la palabra lo justo y necesario. Su silencio es especialmente violento con las hermanas Salazar, cuando tienen que debatir sobre las diferentes muestras de olores con las que trabajan para crear tablas de identidad basadas en sujetos reales.
–Es el momento de que aprendáis a estar ciegos –dice Clara Salazar en una de las clases.
–Para dejar de depender de la vista en la batalla –completa su frase Sara, apoyándose en la mesa.
–Y evitar el ridículo si utilizan distractores contra vosotros –concluye Clara.
Kate recuerda su pelea con Gema en Madrid y cómo su enemiga la cegó antes de vencerla. Sabe que las hermanas Salazar están haciendo referencia a esa batalla porque últimamente todos sus profesores hacen referencia a las debilidades de Kate para enfocar sus lecciones. Es de lo más frustrante. Cuanto más intenta olvidarse de su pasado, más se empeñan los Alfas en que se enfrente a él.
El único que parece mostrarle algo de misericordia es Arturo Castro. Por eso suele encerrarse en la biblioteca del Monarca al final de la tarde para refugiarse. Ha buscado información sobre el siglo IX en los anales de los perceptores. Quiere confirmar la explicación de Guillermo sobre la sucesión de Alfonso III y el reclamo. Por primera vez está haciéndole caso a Cástor Alonso y está leyendo historia.
–¿Qué estás investigando? –se interesa el bibliotecario la tercera vez que la ve esconderse entre volúmenes encuadernados en piel.
Kate podría mentirle, pero decide que le viene mejor tenerlo de aliado.
–No me dejas leer sobre el reclamo –explica–. Así que estoy buscando pistas de su uso desde el principio de los tiempos.
El Alfa deja escapar una carcajada aguda, mirando los libros que Kate ha seleccionado.
–Entonces debes empezar por La Guerra Civil de Julio César y consultar los textos de Pedro López de Ayala, por ejemplo –le dice, dirigiéndose a las estanterías con emoción–. Si quieres, te hago una lista. Tendrás que visitar la Biblioteca Nacional para la mayoría de las obras generales, pero aquí tengo Historia de los perceptores desde la antigua Roma, de Leandro Vallejo Vallejo, de 1876, y varias crónicas de monarcas desde el siglo X hasta el XIX. Están ordenadas por fecha. No sé cómo dominas el latín clásico y el latín medieval. ¿Tienes estudios de paleografía?
Kate mira los veinte tomos de la Historia de los perceptores y las dos estanterías que ocupan las crónicas que le señala Arturo Castro.
–Esto es lectura para toda una vida –se espanta, recordando que le ha dicho que también debe ir a la Biblioteca Nacional.
–¿Verdad? ¡Es fantástico! –se alegra el Alfa, silbando una pieza de Mozart de vuelta a su escritorio para prepararle la lista.
A principios de noviembre, como si el Monarca hubiese hecho una llamada a los Alfas de la Cámara, Cástor Alonso regresa de su viaje y Eva Duarte y Helena Hidalgo vuelven de Málaga.
Los Galán y los Beltrán han logrado llegar a un entendimiento. La familia de Gema ha sido expulsada del apellido que gobierna Óliver y ha entrado a formar parte del clan del Duque, en Sevilla. Al parecer, ha sido la única forma de limar las diferencias entre ellos.
–Marta Galán quiere llamarte –le escribe Hanna a través de Toni Toro–, y Rodrigo te necesita. Si no quieres encender tu teléfono, por lo menos cómprate otro y cambia de número.
Kate decide que esperará un poco más para hacerlo. No sabe qué conversación tendría con Rodrigo Beltrán, pero imaginar que le pregunta por la muerte de Gema, por la actuación de Óliver o por cómo se siente al respecto la hace estremecerse. El joven Alfa le dijo que se quitaría de en medio el día que decidiese vengarse de Gema. Parecía entenderla, respetarla. Pero eso fue antes de que el cadáver decapitado de su enemiga llenase con una explosión la noche de Málaga.
–Postergar no va a solucionar nada –le dice Cástor mientras deshace la maleta.
Kate está sentada en el suelo, junto a la ventana del dormitorio del Alfa. Observa la calle vacía mientras el sol cae en el horizonte.
–¿Quién ha hablado de solucionar? –pregunta Kate.
Se alegra de que Cástor haya vuelto. La casa sin él se le estaba haciendo ya demasiado grande. Aunque solo tiene cuatro habitaciones, es espacio de sobra para que la persigan sus muertos y los rincones se le llenen de sombras. Por eso ha estado apurando sus horas en la biblioteca. No vuelve a la pensión hasta que no se cae de sueño.
–Loreto Lago dice que has mejorado algo estas semanas –cambia de tema su mentor–. ¿Le estás cogiendo el gusto a los venenos?
–¿Me lo dices en serio? –se ríe Kate–. Tuve sarpullido todo el martes.