El bandolero oscuro - R.M. Llano - E-Book

El bandolero oscuro E-Book

R.M. Llano

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Beschreibung

Madrid, 1822. Una joven y solitaria viuda madrileña descubre con impotencia cómo la aristocracia cortesana protege a dos de sus hijos, responsables del secuestro y asesinato de su marido. Pero ¿qué puede hacer una mujer sola, sin poder ni influencias? Rebelarse. En el corazón de la serranía, un grupo de hombres desafía la autoridad real robando y hostigando los cargamentos del rey, los llaman los Siete Chacales. La partida de bandoleros más poderosa y temida. Amos del desfiladero de Despeñaperros, puerta natural de Andalucía desde la meseta castellana y paso obligado de viajeros y carruajes. A ese lugar sin ley se dirige la condesa de Miraflores en busca de justicia. Su loco plan es contratar a los delincuentes para apresar a los asesinos de su marido antes de que embarquen hacia América. Pero no está preparada para encontrarse frente a Samuel. Uno de los Siete Chacales, a quien todos llaman Satanás, con la cara desfigurada por terribles cicatrices; una montaña de sangre y músculos alimentada por el dolor.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Ín­di­ce de con­te­ni­do
Pró­lo­go
Pa­la­cio de la Go­ber­na­ción, Ma­drid, 13 de enero de 1819
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Ma­drid, 25 di­ciem­bre de 1819
Epí­lo­go

Tí­tu­lo: El ban­do­le­ro os­cu­ro

© Ro­cío Mar­tí­nez Llano, 2019

Cu­bier­ta:

Di­se­ño: Edi­cio­nes Ver­sá­til

© Tre­vi­llion, de la fo­to­gra­fía de la cu­bier­ta

1.ª edi­ción: oc­tu­bre 2019

De­re­chos ex­clu­si­vos de edi­ción en es­pa­ñol re­ser­va­dos para todo el mun­do:

© 2019: Edi­cio­nes Ver­sá­til S.L.

Av. Dia­go­nal, 601 plan­ta 8

08028 Bar­ce­lo­na

www.ed-ver­sa­til.com

Nin­gu­na par­te de esta pu­bli­ca­ción, in­clui­do el di­se­ño de la cu­bier­ta, pue­de ser re­pro­du­ci­da, al­ma­ce­na­da o trans­mi­ti­da en ma­ne­ra al­gu­na ni por nin­gún me­dio, ya sea elec­tró­ni­co, quí­mi­co, me­cá­ni­co, óp­ti­co, de gra­ba­ción o fo­to­co­pia, sin au­to­ri­za­ción es­cri­ta del edi­tor.

Para mi que­ri­da ma­dre,

por­que su fe en mí me ha obli­ga­do

a con­ver­tir­me en la mu­jer que ella creía que era.

Solo una cosa, mamá, sál­ta­te las es­ce­nas de sexo.

Prólogo

Palacio de la Gobernación, Madrid, 13 de enero de 1819

Un pa­ja­ri­to de ma­de­ra sacó tres ve­ces su cuer­po ale­tean­do con fuer­za en un es­fuer­zo tris­te, por inú­til, y des­apa­re­ció tras una ven­ta­ni­ta ti­ro­le­sa. Doña Ana Isa­bel Men­do­za de Zú­ñi­ga, con­de­sa de Mi­ra­flo­res, se le­van­tó de gol­pe de la si­lla en la que ha­bía per­ma­ne­ci­do du­ran­te tres lar­gas y si­len­cio­sas ho­ras cuan­do el ace­ro del pi­ca­por­te chas­queó y la puer­ta de ro­ble se abrió por fin.

—Se­ño­ra, ten­drá que ex­cu­sar a su ex­ce­len­cia, pero fi­nal­men­te no po­drá re­ci­bir­la. Vuel­va ma­ña­na.

—Lle­vo una se­ma­na vol­vien­do ma­ña­na. Dí­ga­le que será solo un mo­men­to. Por fa­vor. Ten­go que ver­le —dijo la jo­ven al­zan­do un poco la voz.

—Se­ño­ra, re­pór­te­se, le digo que hoy no es po­si­ble. En­ten­de­rá que su ex­ce­len­cia tie­ne ocu­pa­cio­nes más im­por­tan­tes que aten­der los pro­ble­mas de una mu­jer. Há­ga­me caso, vuel­va a su casa, que es don­de debe es­tar.

El se­cre­ta­rio del go­ber­na­dor te­nía ham­bre y es­ta­ba har­to de esa mu­jer in­sis­ten­te, así que ni si­quie­ra se ha­bía de­te­ni­do para ha­blar con ella; cru­za­ba la enor­me sala en di­rec­ción a la sa­li­da.

La con­de­sa no lo si­guió, se que­dó mi­rán­do­lo con inex­pre­si­va pre­sen­cia.

—Solo dí­ga­me una cosa, se­ñor se­cre­ta­rio. No los es­tán bus­can­do, ¿ver­dad? No los van a co­ger nun­ca.

El fun­cio­na­rio sus­pi­ró y, a pe­sar de ha­ber ga­na­do ya la puer­ta, se de­tu­vo y se giró. Era un hom­bre jo­ven y en­jo­ya­do, que se pei­na­ba como un em­pe­ra­dor ro­mano con el fle­qui­llo ha­cia la cara.

—Es­cú­che­me, se­ño­ra, lo que us­ted hace no es sano —dijo con un pa­ter­na­lis­mo hue­co—, debe ser ra­zo­na­ble y es­pe­rar en casa. Yo le ase­gu­ro que, si hay cual­quier no­ve­dad, será la pri­me­ra en en­te­rar­se. Aho­ra, si me lo per­mi­te, me es­pe­ran para co­mer.

Se ale­jó dan­do la con­ver­sa­ción por zan­ja­da sin es­pe­rar res­pues­ta.

—¿Cómo es po­si­ble que dos ase­si­nos es­tén en la ca­lle? ¿Por qué las au­to­ri­da­des no se en­car­gan de bus­car­los y cap­tu­rar­los?

—¡Ya está bien! ¡He in­ten­ta­do ser ama­ble con us­ted por su tris­te y des­am­pa­ra­da si­tua­ción, pero es una im­per­ti­nen­te! De­be­ría ha­ber­la evi­ta­do, como ha­cen to­dos.

—Se van a es­ca­par, pue­de que ya no es­tén en Ma­drid, y us­te­des no ha­cen nada por ser ellos quie­nes son —dijo la jo­ven en tono neu­tro.

—¡Ha per­di­do la ra­zón! —mas­cu­lló el se­cre­ta­rio mien­tras ca­mi­na­ba ha­cia ella in­cli­na­do ha­cia de­lan­te como un pa­ja­rra­co en bus­ca de su gu­sano—. Lo que dice es trai­ción a la co­ro­na. ¿Quie­re aca­bar ante un ver­du­go?

La dama bajó la mi­ra­da y en­mu­de­ció, mien­tras el hom­bre sol­ta­ba un so­no­ro sus­pi­ro.

—Su ma­ri­do mu­rió, ¿de acuer­do? —dijo con con­des­cen­den­cia ti­ran­do de los pu­ños de su ca­mi­sa con un me­ñi­que tie­so—. Tie­ne que acep­tar­lo. Nada de lo que haga se lo va a de­vol­ver. Ol­ví­de­se de ase­si­nos y cap­tu­ras; una mu­jer no debe ocu­par­se de esas co­sas. ¡Us­ted vaya a la igle­sia y rece! Rece mu­cho. A lo me­jor to­da­vía pue­de en­con­trar otro ma­ri­do, no es fá­cil, pero quién sabe. —Le­van­tó la na­riz, se giró en­tre el so­ni­do del roce de la seda, y se ale­jó con pri­sa.

Doña Anabel per­ma­ne­ció in­mó­vil has­ta que el so­ni­do de los ta­co­nes del se­cre­ta­rio con­tra el már­mol pu­li­do se des­va­ne­ció por com­ple­to. Y du­ran­te ese bre­ve mo­men­to, la con­de­sa de Mi­ra­flo­res tomó una de­ci­sión.

Y no era re­zar.

1

La di­li­gen­cia par­tió de Ma­drid con pun­tua­li­dad es­pa­ño­la, dos ho­ras des­pués de lo pre­vis­to. El con­duc­tor se em­pe­ñó en re­cu­pe­rar el tiem­po per­di­do azu­zan­do a los ca­ba­llos y le­van­tan­do de sus asien­tos a los apre­ta­dos via­je­ros. Cru­za­ron la pe­nín­su­la por el Ca­mino Real, atra­ve­san­do los si­len­cio­sos cam­pos de Cas­ti­lla arra­sa­dos por la gue­rra, ja­lo­na­dos de des­ma­ña­dos pue­blos, hom­bres mu­ti­la­dos, ni­ños des­nu­dos y cam­pe­si­nos ham­brien­tos.

Tras la vic­to­ria en la gue­rra de la In­de­pen­den­cia con­tra el in­va­sor fran­cés, Es­pa­ña era un país de­vas­ta­do y hu­mi­lla­do. Ha­bían de­rro­ta­do al me­jor ejér­ci­to del mun­do y ha­bían en­via­do al gran Na­po­león de vuel­ta a Pa­rís de una pa­ta­da en su im­pe­rial culo, pero co­me­tie­ron un error, un gran error: de­vol­ver el trono a Fer­nan­do VII; el Desea­do, lo lla­ma­ban. Su pri­me­ra me­di­da fue eli­mi­nar la Cons­ti­tu­ción para pro­cla­mar­se rey ab­so­lu­to. Mien­tras Eu­ro­pa pros­pe­ra­ba, Es­pa­ña era un país ham­brien­to y de re­gre­so a la Edad Me­dia. Los fo­cos li­be­ra­les eran aplas­ta­dos; cual­quier signo de opo­si­ción, con­si­de­ra­do trai­ción a la co­ro­na y con­de­na­do con la muer­te.

Pero la re­bel­día y el es­pí­ri­tu de la gue­rri­lla con­ti­nua­ban vi­vos en An­da­lu­cía. En el co­ra­zón de la se­rra­nía, un gru­po de hom­bres desafia­ba la au­to­ri­dad real ro­ban­do y hos­ti­gan­do los car­ga­men­tos del rey, los lla­ma­ban los Sie­te Cha­ca­les. La par­ti­da de ban­do­le­ros más po­de­ro­sa y te­mi­da. Amos del des­fi­la­de­ro de Des­pe­ña­pe­rros, puer­ta na­tu­ral de An­da­lu­cía des­de la me­se­ta cas­te­lla­na y, por lo tan­to, paso obli­ga­to­rio de via­je­ros y ca­rrua­jes. Y no era el di­ne­ro lo que per­se­guían. No ama­sa­ban for­tu­nas. No se co­no­cía a nin­gún ban­do­le­ro que hu­bie­ra muer­to rico. Ni vie­jo.

El di­ne­ro se re­par­tía en­tre la cua­dri­lla, los cam­pe­si­nos, los pas­to­res, las viu­das que pa­sa­ban ma­los mo­men­tos… Y con el pue­blo de su lado, ma­ne­ja­ban una po­ten­te red de in­for­ma­ción que ya qui­sie­ra el rey para sí. Pas­to­res, cam­pe­si­nos, co­mer­cian­tes, cu­ras… To­dos eran sus con­fi­den­tes. No se mo­vía nada en la sie­rra que la ban­da no su­pie­ra.

Por eso era im­po­si­ble de­te­ner­los. Apre­sar­los, ma­tar­los y des­cuar­ti­zar­los para re­par­tir sus miem­bros por los ca­mi­nos era la prio­ri­dad del ejér­ci­to y las au­to­ri­da­des, pero nun­ca lo­gra­ban acer­car­se a ellos. Pa­re­cían sa­ber, no ya dón­de es­ta­ban los sol­da­dos, sino sus in­ten­cio­nes. Y el pue­blo los ama­ba más en cada es­ca­ra­mu­za de la que sa­lían triun­fan­tes fren­te al po­der. Ni el di­ne­ro em­plea­do en so­bor­nos, ni el nú­me­ro de sol­da­dos, cam­bia­ba el re­sul­ta­do. Y en las ta­ber­nas y las fies­tas se can­ta­ban co­plas so­bre ellos que to­dos co­no­cían. La gen­te del pue­blo veía como al­gu­nos de los su­yos ha­bían desafia­do al po­der apro­pián­do­se por la fuer­za de la se­rra­nía. Su tie­rra y la tie­rra de sus an­te­pa­sa­dos.

El reino de los Sie­te Cha­ca­les. A ese lu­gar sin ley se di­ri­gía la con­de­sa de Mi­ra­flo­res en com­pa­ñía de su don­ce­lla.

La di­li­gen­cia lle­gó has­ta San­ta Ele­na, el úl­ti­mo pue­blo cas­te­llano a los pies de la se­rra­nía an­da­lu­za tras cua­tro lar­gas y ago­ta­do­ras jor­na­das de via­je. El ca­rre­te­ro sal­tó a tie­rra des­de el pes­can­te con una es­co­pe­ta en la mano. Era un hom­bre de cons­ti­tu­ción com­pac­ta, tan an­cho como alto, con la cara y las ma­nos re­ne­gri­das por el sol.

—A par­tir de aquí en­tra­mos en el des­fi­la­de­ro de Des­pe­ña­pe­rros —dijo a los via­je­ros mien­tras car­ga­ba su arma—. Va­mos a cru­zar­lo a buen rit­mo y sin pa­rar.

El hom­bre apo­yó la cu­la­ta de la es­co­pe­ta en su ca­de­ra y miró a los asus­ta­dos via­je­ros.

—¿Les ha que­da­do cla­ro a to­dos? No va­mos a pa­rar has­ta que lle­gue­mos al otro lado. Bien, pues que Dios se apia­de de nues­tras al­mas.

El con­duc­tor se san­ti­guó, subió al pes­can­te para to­mar las rien­das y la di­li­gen­cia se aden­tró en la sie­rra por un es­tre­cho sen­de­ro que se ce­ñía a las mon­ta­ñas en­tre pa­re­des ver­ti­ca­les, pro­fun­dos pre­ci­pi­cios y es­pe­so bos­que.

2

—¡Sa­muel, no! ¡Hijo de puta! —gri­tó el ca­pi­tán de los ban­do­le­ros mien­tras se le­van­ta­ba del sue­lo de un sal­to.

Un dis­pa­ro des­de el in­te­rior del fur­gón aco­ra­za­do ha­cia el que co­rrían los ha­bía de­te­ni­do en seco y se ha­bían lan­za­do cuer­po a tie­rra. A pe­sar de que el atra­co es­ta­ba pla­nea­do al de­ta­lle, na­die les aler­tó de que en el ca­rrua­je via­ja­se un sol­da­do ar­ma­do.

El Ca­pi­tán, aún con el zum­bi­do del es­truen­do en sus oí­dos, ob­ser­vó que el bas­tar­do co­rría cu­chi­llo en mano, di­rec­to ha­cia la puer­ta del fur­gón as­ti­lla­da por el pro­yec­til. Pa­tean­do el sue­lo a una ve­lo­ci­dad in­fer­nal, sus bo­tas de cue­ro le­van­ta­ban pol­vo y pe­que­ños gui­ja­rros. En un par­pa­deo es­ta­ba subido al es­tri­bo del ca­rrua­je, ha­bía ti­ra­do la puer­ta aba­jo de una po­ten­te pa­ta­da y se ha­bía co­la­do en el in­te­rior.

Plan­ta­do fren­te al fur­gón, el jefe de los ban­di­dos miró a la os­cu­ri­dad del in­te­rior es­pe­ran­do oír dis­pa­ros. Que aquel hijo del de­mo­nio no te­nía nin­gún res­pe­to por la muer­te era algo que sa­bía bien, pero se­guía sor­pren­dién­do­se cuan­do ac­tua­ba así.

Sen­tía la res­pi­ra­ción con­te­ni­da de sus hom­bres tras él. To­dos in­mó­vi­les, con los ojos fi­jos en el fur­gón del di­ne­ro. Ex­pec­tan­tes. Nin­guno de ellos de­rra­ma­ría una lá­gri­ma si el bas­tar­do aca­ba­ba muer­to allí den­tro. Tam­po­co se em­bo­rra­cha­rían be­bien­do en su me­mo­ria, re­cor­dan­do los bue­nos mo­men­tos. Aun­que hu­bie­ran que­ri­do ha­cer­lo —que no que­rían— nin­guno de ellos, a pe­sar de ha­ber ca­bal­ga­do jun­tos du­ran­te años ha­bría sido ca­paz de re­cor­dar nada bueno so­bre él.

Con Sa­muel solo exis­tía la cruel­dad y la vio­len­cia.

Días atrás, un fun­cio­na­rio de Ha­cien­da ha­bía in­for­ma­do al Ca­pi­tán que un fur­gón con vein­te mil on­zas de oro me­xi­cano par­ti­ría del puer­to de Cá­diz a Ma­drid es­col­ta­do por trein­ta sol­da­dos a las ór­de­nes de un ca­pi­tán de dra­go­nes y dos fun­cio­na­rios. Co­no­cían el iti­ne­ra­rio y la po­sa­da dón­de pa­ra­rían a ce­nar y a cam­biar el tiro de ca­ba­llos. La po­sa­da Real de Lui­sia­na.

Ha­cer­se con vein­te mil on­zas de oro y ro­bar­le a Ha­cien­da, al Es­ta­do, al rey.

¿Po­día exis­tir un plan me­jor?

Era tan bueno que pa­re­cía men­ti­ra, así que el Ca­pi­tán y sus hom­bres pla­nea­ron mi­nu­cio­sa­men­te el gol­pe. Un plan que los ha­bía lle­va­do a la puer­ta de la po­sa­da Real de Lui­sia­na a las seis de la tar­de de ese día. Cuan­do el jefe de los ban­do­le­ros y sus hom­bres ocu­pa­ron el um­bral de la puer­ta como un es­cua­drón ce­rra­do, la ac­ti­vi­dad fre­né­ti­ca de los po­sa­de­ros y las ani­ma­das con­ver­sa­cio­nes de los via­je­ros ce­sa­ron brus­ca­men­te. To­dos cla­va­ron sus ate­rro­ri­za­dos ojos en los ban­di­dos.

La ban­da de los Sie­te Cha­ca­les.

Pis­to­las in­gle­sas en las ca­na­nas que ro­dea­ban sus cin­tu­ras con la mu­ni­ción, tra­bu­cos de bo­ca­cha de cam­pa­na en las ma­nos, es­pue­las va­que­ras y, en la cin­tu­ra, es­pa­das dra­go­nas con vai­na de ace­ro y cu­chi­llos de caza.

No ne­ce­si­ta­ron pre­sen­tar­se.

El si­len­cio era tan pro­fun­do que se oía. Aque­llos hom­bres de as­pec­to fie­ro pro­vo­ca­ban que los pul­mo­nes de los hon­ra­dos via­je­ros de la di­li­gen­cia de­ja­ran de res­pi­rar.

El Ca­pi­tán ba­rrió la po­sa­da con sus ojos pla­ta, como el filo de una gua­da­ña al sol, has­ta en­con­trar la mesa ocu­pa­da por los sol­da­dos. To­dos, pro­fun­da­men­te dor­mi­dos. Al­guno, in­clu­so, con la cara so­bre el pla­to.

—Tran­qui­los, na­die va a su­frir nin­gún daño, si si­guen mis ór­de­nes. Man­tén­ga­se quie­tos en sus me­sas, con las ma­nos a la vis­ta —dijo el Ca­pi­tán en un tono cor­tés.

Sa­muel avan­zó con ra­pi­dez en­tre las me­sas para com­pro­bar que los vein­te sol­da­dos es­ta­ban pro­fun­da­men­te dor­mi­dos. Que­da­ban diez más en el pa­tio guar­dan­do el fur­gón; si el po­sa­de­ro ha­bía sido di­li­gen­te, tam­bién es­ta­rían dor­mi­dos por el nar­có­ti­co en el agua y el vino.

El paso de Sa­muel por el co­me­dor fue acom­pa­ña­do de ojos que mi­ra­ban en otra di­rec­ción, cuer­pos que se en­co­gían y pier­nas y ma­nos tem­blo­ro­sas. Aun­que no hu­bie­se ido ar­ma­do para ir a la gue­rra hu­bie­ra cau­sa­do el mis­mo efec­to. Lo que ate­mo­ri­za­ba y pro­vo­ca­ba el ins­tin­to de ba­jar los ojos no eran las tres ci­ca­tri­ces que des­fi­gu­ra­ban el lado iz­quier­do de su ros­tro, ni su as­pec­to de fie­ro gue­rre­ro, sino la frial­dad de­men­te de su mi­ra­da.

Sa­muel, des­pués de ase­gu­rar­se de la to­tal in­cons­cien­cia de los sol­da­dos, hizo un ges­to al Ca­pi­tán.

Los ban­do­le­ros atra­ve­sa­ron el sa­lón de la po­sa­da.

Uno de ellos lu­cía un par­che de cue­ro ne­gro so­bre el ojo iz­quier­do y ves­tía la ca­sa­ca azul ma­rino con cue­llo rojo y ri­be­tes del mis­mo co­lor pro­pio del uni­for­me del cuer­po de ar­ti­lle­ros, era ve­te­rano de la gue­rra con­tra los fran­ce­ses. Otro, con un pa­ñue­lo ne­gro anu­da­do en la par­te pos­te­rior de la ca­be­za, pa­re­cía un pi­ra­ta. El ter­ce­ro no po­día ocul­tar su aire aris­to­crá­ti­co. Pelo ne­gro, cha­que­ta ne­gra de ter­cio­pe­lo con bo­to­nes de pla­ta, pan­ta­lón ne­gro y bo­tas de mon­tar ne­gras. El cuar­to era una mu­jer. Una mu­jer ves­ti­da de hom­bre. A pe­sar del atuen­do mas­cu­lino y su as­pec­to duro, su cuer­po lleno de cur­vas la de­la­ta­ba. Tras ella, un gi­tano con un aro de oro en una de sus ore­jas, la­cia me­le­na ne­gra y ropa de vi­bran­te co­lo­ri­do.

Los via­je­ros que aún no se ha­bían des­ma­ya­do mi­ra­ban el es­pec­tácu­lo que re­pre­sen­ta­ba la vi­sión de aque­llos sie­te ban­di­dos, que en esos mo­men­tos se di­ri­gían al pa­tio.

—Die­go, qué­da­te en el co­me­dor. No quie­ro he­ri­dos, pero si al­guno se hace el hé­roe, ya sa­bes lo que tie­nes que ha­cer —or­de­nó el Ca­pi­tán sin de­te­ner­se.

El an­ti­guo com­ba­tien­te de un solo ojo asin­tió con un ges­to de la ca­be­za apo­yan­do el tra­bu­co en su hom­bro. Era un gi­gan­te de as­pec­to som­brío y en per­ma­nen­te es­ta­do de aler­ta, como un pe­rro guar­dián.

El res­to de la cua­dri­lla sa­lió al pa­tio don­de es­ta­ba res­guar­da­do el vehícu­lo con el bo­tín. Dos ti­ros dis­pa­ra­dos des­de de­trás del fur­gón los hi­cie­ron dis­per­sar­se. A cu­bier­to, res­pon­die­ron al ata­que.

Era evi­den­te que el nar­có­ti­co no ha­bía dor­mi­do a to­dos los sol­da­dos. Siem­pre ha­bía al­gún mal­di­to as­ce­ta que no be­bía ni co­mía.

Si­guien­do las in­di­ca­cio­nes y los ges­tos del Ca­pi­tán, los hom­bres se dis­tri­bu­ye­ron por el pa­tio con el ob­je­ti­vo de ro­dear a los sol­da­dos pa­ra­pe­ta­dos tras el vehícu­lo. Las ba­las sil­ba­ban en­tre ellos has­ta que se in­crus­ta­ban en las pa­re­des. Los ca­ba­llos re­lin­cha­ban po­nién­do­se de ma­nos y las ga­lli­nas tra­ta­ban de huir con sus vue­los cor­tos y tor­pes.

Todo era rui­do y pol­vo.

Mar­cos, el ban­do­le­ro con as­pec­to de pi­ra­ta, co­gió aire, aban­do­nó la es­qui­na del muro que le ser­vía de pro­tec­ción y avan­zó con la ca­be­za ga­cha tra­tan­do de ga­nar po­si­cio­nes. Una mon­ta­ña ves­ti­da de sol­da­do sal­tó so­bre él apre­tan­do el an­te­bra­zo con­tra el cue­llo del ban­di­do.

Se le cayó el tra­bu­co al usar las ma­nos para li­be­rar­se del aga­rre, no­ta­ba su gar­gan­ta ce­rrar­se y la san­gre atra­pa­da bom­bear en su ca­be­za. Aun­que la nie­bla ce­ga­ba sus ojos, pudo dis­tin­guir a Sa­muel, que co­rría ha­cia ellos aga­cha­do para pro­te­ger­se de las ba­las. Pero Sa­muel ni si­quie­ra lo miró y si­guió avan­zan­do en bus­ca de un pa­ra­pe­to para dis­pa­rar a los sol­da­dos.

La mi­ra­da de Mar­cos co­men­zó a os­cu­re­cer­se y en su ca­be­za solo ha­bía lu­gar para dos pen­sa­mien­tos: lo­grar as­pi­rar aire en los pul­mo­nes, que co­men­za­ban a que­mar, y ma­tar a Sa­muel si sa­lía de esta.

De re­pen­te, la pre­sión de su gar­gan­ta des­apa­re­ció y el aga­rre se aflo­jó.

Mar­cos dio un paso al fren­te as­pi­ran­do atro­pe­lla­da­men­te mien­tras mi­ra­ba atrás. La mon­ta­ña uni­for­ma­da caía al sue­lo con el cue­llo abier­to de un tajo, des­ve­lan­do tras él a la ban­do­le­ra con el cu­chi­llo en­san­gren­ta­do.

La hu­bie­ra be­sa­do, pero no que­ría arries­gar­se a una pa­ta­da en los hue­vos.

—Gra­cias, com­pa­ñe­ra.

—Mué­ve­te —fue la res­pues­ta de la mu­jer mien­tras co­rría a ga­nar una po­si­ción de­fen­si­va. La si­guió.

El Ca­pi­tán lo­gró aba­tir a los dos sol­da­dos que aún dis­pa­ra­ban des­de de­trás del fur­gón de­fen­dien­do el oro. Y se hizo el si­len­cio. La cua­dri­lla de ban­do­le­ros se di­ri­gía al des­pro­te­gi­do fur­gón cuan­do el dis­pa­ro sa­lió de su in­te­rior y el bas­tar­do des­fi­gu­ra­do sal­tó den­tro.

Y aho­ra per­ma­ne­cían en si­len­cio, con la mi­ra­da fija en el in­te­rior del fur­gón a tra­vés de la puer­ta re­ven­ta­da. Tras unos se­gun­dos, un ge­mi­do sor­do es­ca­pó del in­te­rior. Una ex­ha­la­ción, y Sa­muel, con el ros­tro y las ma­nos cu­bier­tos de san­gre, sal­tó al ex­te­rior. Alto, for­ni­do, con una bar­ba co­lor miel poco po­bla­da que no po­día di­si­mu­lar su ros­tro des­fi­gu­ra­do. Ha­bía sido un hom­bre muy gua­po. Ya no lo era.

—Des­pe­ja­do.

Mar­cos se aden­tró en el fur­gón para sa­lir al mo­men­to agi­tan­do un co­fre de me­tal. El re­pi­que­teo me­tá­li­co le hizo son­reír. Lo abrió con un gol­pe seco del man­go de su cu­chi­llo. Mi­les de mo­ne­das de oro me­xi­cano bri­lla­ron al sol.

—¡Viva Mé­xi­co, ca­bro­nes! —gri­tó lan­zan­do una mo­ne­da al Ca­pi­tán, que la al­can­zó al vue­lo.

—¡Viva! —res­pon­die­ron sus com­pa­ñe­ros con sus ru­das vo­ces te­ñi­das de en­tu­sias­mo.

—Re­co­ged el di­ne­ro —or­de­nó el Ca­pi­tán mien­tras se di­ri­gía a Ma­ría, que es­pe­ra­ba tras él, con la mano apo­ya­da en la em­pu­ña­du­ra que so­bre­sa­lía de la cin­tu­ra de su pan­ta­lón.

Los hom­bres co­rrie­ron ha­cia los co­fres re­ple­tos de mo­ne­das, pe­sa­das y tin­ti­nean­tes.

—Ma­ría, ocú­pa­te del di­ne­ro, pero an­tes dale su par­te al po­sa­de­ro, a la co­ci­ne­ra y a los cha­va­les que vi­gi­lan los ca­mi­nos. Y haz­le lle­gar al fun­cio­na­rio de Ha­cien­da lo acor­da­do. Si es­ta­ba en lo cier­to, y pa­re­ce que sí, te­ne­mos vein­te mil mo­ne­das de oro. Sé ge­ne­ro­sa, es un buen con­tac­to. Y son­ríe.

Ma­ría es­bo­zó una son­ri­sa que no que­ría ocul­tar lo fal­sa que era y ca­mi­nó ha­cia sus exal­ta­dos com­pa­ñe­ros.

El Ca­pi­tán giró la ca­be­za so­bre su hom­bro para bus­car al úni­co de sus hom­bres que no es­ta­ba rien­do en­tre los co­fres de oro: Sa­muel. Lo en­con­tró in­mó­vil, apo­ya­do con un hom­bro en un pi­lar de los so­por­ta­les que ro­dea­ban el pa­tio.

No le gus­ta­ba.

No con­fia­ba en él.

Nin­gún miem­bro de la par­ti­da lo ha­cía. Y cuan­do la vida está en jue­go, la con­fian­za en el com­pa­ñe­ro que lu­cha a tu lado lo es todo. Pero el Ca­pi­tán era un hom­bre in­te­li­gen­te y sa­bía que toda ban­da ne­ce­si­ta a al­guien como Sa­muel, al­guien sin es­crú­pu­los, sin sen­ti­mien­tos.

Una fie­ra.

—Ca­pi­tán, esto se me­re­ce una ce­le­bra­ción por todo lo alto —gri­tó Mar­cos mien­tras abría los bra­zos y son­reía con las ma­nos re­bo­san­tes de mo­ne­das de oro.

—Lo me­jor será de­jar la ce­le­bra­ción para más ade­lan­te. En cuan­to la no­ti­cia lle­gue a la Go­ber­na­ción, sa­ca­rán a to­dos los sol­da­dos tras no­so­tros. De­be­ría­mos es­con­der­nos una tem­po­ra­da —in­ter­vino Ma­ría—. Ya ten­dre­mos tiem­po para ce­le­brar­lo.

—Te­ne­mos una for­tu­na en nues­tras ma­nos, ¿y quie­res que va­ya­mos a en­ce­rrar­nos en una cue­va? —pre­gun­tó Mar­cos sin di­si­mu­lar su asom­bro.

Para los hom­bres como ellos, que vi­vían con el alien­to de la muer­te en la nuca, ma­ña­na era un tiem­po le­jano e im­pro­ba­ble.

Solo te­nían hoy.

Aho­ra.

Los dos mi­ra­ron a su jefe es­pe­ran­do una or­den, pero el Ca­pi­tán se li­mi­tó a con­tem­plar el oro por toda res­pues­ta.

3

—Se­ño­ra, por Dios, de­mos la vuel­ta. Este ca­mino solo nos pue­de lle­var a la per­di­ción. Nos es­ta­mos re­ga­lan­do a los ban­do­le­ros. Nos vio­la­ran, nos ma­ta­ran. ¿Qué se nos ha per­di­do a no­so­tras aquí? —su­su­rró Con­sue­lo mien­tras se afe­rra­ba con fuer­za a su ro­sa­rio de ma­de­ra pa­san­do las re­don­dea­das y gas­ta­das cuen­tas a ton­tas y a lo­cas.

—No va­mos a vol­ver —mu­si­tó la jo­ven dama sin apar­tar sus her­mo­sos ojos ver­des de la pa­red ver­ti­cal que en­ca­jo­na­ba el ca­mino en el mar­gen de­re­cho. Mi­rar una pa­red de pie­dra era me­jor que mi­rar el abis­mo que se abría al otro lado del ca­mino. No iban a re­gre­sar. Por su­pues­to que no.

Un es­ca­lo­frío re­co­rrió la es­pal­da de la pá­li­da jo­ven a pe­sar de que ha­cía un ca­lu­ro­so día de in­vierno. Su be­llo y se­reno sem­blan­te no de­ja­ba adi­vi­nar el pá­ni­co que em­pe­za­ba a abrir­se paso des­de sus tri­pas. En Ma­drid se sen­tía in­fla­ma­da por el op­ti­mis­mo y la se­gu­ri­dad. Pero en ese mo­men­to, su bri­llan­te plan se mos­tra­ba ante ella como algo ab­sur­do e in­fan­til. Ce­rró los ojos con fuer­za y deseó de todo co­ra­zón no ha­ber­se equi­vo­ca­do con aquel via­je.

El ca­rrua­je tro­pe­zó con una pie­dra, una de tan­tas, y a am­bas mu­je­res se les subió el es­tó­ma­go a la gar­gan­ta. To­dos los pa­sa­je­ros se aga­rra­ron con fuer­za para man­te­ner­se en sus asien­tos. El es­ta­do del te­rreno em­peo­ra­ba por mo­men­tos; lleno de agu­je­ros, pe­drus­cos y te­rro­nes en­du­re­ci­dos por la llu­via y el sol, que ha­cía muy pe­no­so el avan­ce por aquel ca­mino ale­ja­do de la mano de Dios. Ade­más, se vol­vía irre­gu­lar, con múl­ti­ples re­co­dos, y poco a poco se iba en­ca­jo­nan­do en­tre los ris­cos de la se­rra­nía.

Era evi­den­te que la na­tu­ra­le­za se ha­bía alia­do con los ban­do­le­ros, por­que cada cur­va era el lu­gar per­fec­to para pre­pa­rar una em­bos­ca­da.

Doña Anabel ins­pi­ró aire pro­fun­da­men­te in­ten­tan­do lle­nar sus pul­mo­nes apri­sio­na­dos por el cor­sé de su re­ca­ta­do atuen­do de luto ri­gu­ro­so. Ves­ti­do ne­gro ce­rra­do has­ta el cue­llo con unas man­gas afa­ro­la­das y fal­da muy am­plia. Seis enaguas, tam­bién ne­gras, sin ador­nos, se en­car­ga­ban de dar vo­lu­men y de ha­cer el ves­ti­do in­có­mo­do y apa­ra­to­so. Una man­ti­lla de ter­cio­pe­lo ne­gro con un re­bor­de de en­ca­je, su­je­ta en una pei­ne­ta de ca­rey, cu­bría su ca­be­za. La pren­da ape­nas de­ja­ba ver el ca­be­llo de la dama, pei­na­do en un ti­ran­te y es­tric­to moño con raya en me­dio. Y, por su­pues­to, guan­tes y aba­ni­co. Nin­gu­na dama po­día apa­re­cer en pú­bli­co sin guan­tes y aba­ni­co. Y Doña Anabel era una au­tén­ti­ca dama cas­te­lla­na con una es­tric­ta edu­ca­ción ca­tó­li­ca y tra­di­cio­nal. O por lo me­nos lo ha­bía sido jus­to an­tes de per­der la ra­zón.

Se qui­tó los guan­tes en un ges­to brus­co y su mi­ra­da que­dó atra­pa­da en su alian­za de boda. Solo die­ci­ocho me­ses atrás, sa­lía de la igle­sia del bra­zo de su ma­ri­do. Un jo­ven no­ble, gua­po y edu­ca­do. Anabel re­cor­dó cómo en ese mo­men­to ha­bía su­pli­ca­do a Dios que le per­mi­tie­ra te­ner una gran fa­mi­lia.

Des­de los ca­tor­ce años se ha­bía cria­do sola, ro­dea­da de cria­dos ne­gli­gen­tes y un tu­tor bo­rra­chín en una si­len­cio­sa man­sión ma­dri­le­ña. Ya era casi una sol­te­ro­na de vein­ti­trés años cuan­do co­no­ció a Luis, con­de de Me­di­na y pri­mo le­jano, un hom­bre ama­ble.

La jo­ven se afe­rró a la opor­tu­ni­dad de vi­vir en com­pa­ñía. A los dos les gus­ta­ban los li­bros, la poe­sía y el arte. La ve­la­da per­fec­ta para am­bos era sa­lir al tea­tro, vol­ver a casa pa­sean­do por los bu­le­va­res y com­prar cas­ta­ñas o, qui­zás, un bar­qui­llo.

El día de su boda es­ta­ba tan fe­liz que ni si­quie­ra le im­por­tó te­ner que ca­sar­se de ne­gro. El úni­co co­lor que po­día usar des­de la muer­te de sus pa­dres.

Cuan­do mu­rie­ron, to­dos sus ves­ti­dos y com­ple­men­tos se ti­ñe­ron de ne­gro. La cos­tum­bre mar­ca­ba que de­bía lle­var sie­te años de luto por cada pa­rien­te fa­lle­ci­do y dos de ali­vio, en los que po­día ha­cer uso del gris y el azul ma­rino. Era una cos­tum­bre bár­ba­ra e hi­pó­cri­ta que con­de­na­ba a las mu­je­res a ves­tir de ne­gro du­ran­te toda su vida. Ya que la obli­ga­ción de guar­dar luto se ex­ten­día a tíos, pri­mos y a to­dos los pa­rien­tes. Y no se re­du­cía a ves­tir de ne­gro. No po­dían asis­tir a bai­les ni a fies­tas, de­bien­do per­ma­ne­cer bien apar­ta­das del lado ale­gre y li­ge­ro de la vida. Po­bres fan­tas­mas te­ne­bro­sos.

Po­cos me­ses des­pués de su boda ya lle­va­ba luto por su ma­ri­do tam­bién. Ni si­quie­ra ha­bía te­ni­do tiem­po para acos­tum­brar­se a de­cir: «Mi ma­ri­do no ha lle­ga­do» o «A mi ma­ri­do y a mí nos en­can­ta la poe­sía».

Sola de nue­vo. Su afán de jus­ti­cia, o qui­zás fue­ra solo ven­gan­za, qué im­por­ta­ba, era lo úni­co que le que­da­ba.

Abrió los ojos y as­pi­ró con fuer­za. El so­ni­do mo­no­cor­de y re­gu­lar de las ora­cio­nes de su don­ce­lla pro­vo­có en la jo­ven una pe­que­ña sen­sa­ción de paz, un pe­da­ci­to de se­re­ni­dad.

«Por fa­vor, Se­ñor, ayú­da­me, haz que los ban­do­le­ros nos en­cuen­tren», se dijo a sí mis­ma.

4

La ta­ber­na de Pe­pi­ta era una casa tos­ca de dos pi­sos cons­trui­dos al­re­de­dor de un pa­tio in­te­rior abier­to al cie­lo. No era un si­tio ele­gan­te ni agra­da­ble ni lim­pio, su co­mi­da era un asco y su vino peor. Pero los clien­tes aba­rro­ta­ban sus me­sas, por­que si por algo era co­no­ci­da la ta­ber­na de Pe­pi­ta, era por sus ca­ri­ño­sas mu­cha­chas. La mu­jer re­gen­ta­ba el lu­gar con un ojo que todo lo veía, ro­nea­ba en­tre las me­sas con su fal­da roja y su pa­ño­le­ta de ama­ri­llo chi­llón. Un cla­vel rojo pin­cha­do en su moño re­ma­ta­ba su dis­cre­to ves­tua­rio. Ha­cía se­ñas a las mu­cha­chas cuan­do veía al­gún clien­te solo y, con ra­pi­dez, una jo­ven se sen­ta­ba en el re­ga­zo de aquel hom­bre y se de­ja­ba caer la ca­mi­sa por el hom­bro para que no tu­vie­se que ima­gi­nar nada.

Nor­mal­men­te ha­bía mu­cho mo­vi­mien­to en las ha­bi­ta­cio­nes, hom­bres y mu­je­res que subían y ba­ja­ban. Mo­ne­das que cam­bia­ban de mano. Pero esa no­che el lo­cal es­ta­ba ce­rra­do al pú­bli­co.

Y re­ser­va­do en ex­clu­si­va para la ban­da de los Sie­te Cha­ca­les.

Las ve­las en las me­sas y pe­que­ñas lám­pa­ras de acei­te ilu­mi­na­ban dé­bil­men­te el sa­lón del ven­to­rro. La mú­si­ca de la gui­ta­rra y las cas­ta­ñue­las re­so­na­ban en el aire. Dos gi­ta­nas bai­la­ban fla­men­co le­van­tan­do el pol­vo del sue­lo y el co­ra­zón de los hom­bres. La li­ge­ra bri­sa traía olor a pino, a bre­zo, a sie­rra.

Las mu­je­res de Pe­pi­ta re­vo­lo­tea­ban ale­gres en­tre los ban­do­le­ros, y no solo por el di­ne­ro que re­par­ti­rían ge­ne­ro­sa­men­te al fi­nal de la no­che. Des­de lue­go que no era por el di­ne­ro. Solo ha­bía que ob­ser­var a los im­po­nen­tes hom­bres sen­ta­dos a la úni­ca mesa ocu­pa­da para en­ten­der el mo­ti­vo de su ale­gría.

El ca­pi­tán de los Sie­te Cha­ca­les, el rey de Sie­rra Mo­re­na, era sin duda el pre­mio gor­do. Atrac­ti­vo y vi­ril, siem­pre ha­bía sido mi­ma­do por las mu­je­res y, des­de muy jo­ven, ha­bía go­za­do de sus fa­vo­res. In­con­ta­bles cam­pe­si­nas y aris­tó­cra­tas ha­bían pa­sa­do por sus bra­zos y a to­das las ha­bía he­cho dis­fru­tar y con to­das ha­bía dis­fru­ta­do. Ca­sa­das y viu­das, las mu­je­res per­fec­tas, nada de inocen­tes jo­ven­ci­tas, nada de bas­tar­dos. Y él se en­tre­ga­ba a to­das ellas y a nin­gu­na.

A su lado, el Du­que, un aris­tó­cra­ta en bus­ca y cap­tu­ra por el ase­si­na­to de su her­mano ma­yor. Her­mo­so y os­cu­ro como un prín­ci­pe de las ti­nie­blas, era un hom­bre de gus­tos, di­ga­mos, exó­ti­cos. Mar­cos, el más jo­ven de ellos, que no el me­nos le­tal, era de los que solo sabe pe­lear. Con el pelo mo­reno muy cor­to cu­bier­to por un pa­ñue­lo pi­ra­ta. Los ojos pe­que­ños, la na­riz gran­de y la son­ri­sa ca­na­lla. Siem­pre el pri­me­ro en gol­pear, en dis­pa­rar, en con­se­guir lo que que­ría. En una ale­gre bús­que­da del pla­cer, vi­vía como si cada día fue­ra el úl­ti­mo. A su lado, el gua­po gi­tano, Ciro, que ha­bía sido to­re­ro en otros tiem­pos. Un to­re­ro fa­mo­so, que todo lo te­nía y que todo lo ha­bía per­di­do. De esa épo­ca con­ser­va­ba una li­ge­ra co­je­ra y un halo de ce­le­bri­dad.

Die­go, con su ca­sa­ca mi­li­tar y el par­che en el ojo, que una bala fran­ce­sa se ha­bía lle­va­do por de­lan­te, era el úni­co que no les in­tere­sa­ba. Ja­más se ha­bía acos­ta­do con nin­gu­na de las chi­cas ni ha­bía so­li­ci­ta­do nin­gún ser­vi­cio. Aban­do­na­do en la puer­ta de un mo­nas­te­rio re­cién na­ci­do, fue cria­do por los frai­les has­ta lle­gar a ser uno de ellos. El sen­ti­do del de­ber le hizo aban­do­nar los há­bi­tos du­ran­te la gue­rra y alis­tar­se en el ejér­ci­to, con­vir­tién­do­se en una es­pe­cie de mon­je gue­rre­ro. Un cu­chi­llo en una mano y en la otra, la bi­blia. Tam­bién es­ta­ba la ban­do­le­ra, cla­ro. Las mu­je­res de Pe­pi­ta no eran jus­tas con ella. Lo sa­bían. Mien­tras sus com­pa­ñe­ros se di­ver­tían, Ma­ría es­cu­cha­ba sus pe­nas, sus des­con­sue­los, sus pe­ti­cio­nes de so­co­rro. Aun­que tra­ta­ban de com­pen­sar­la pa­sán­do­le in­for­ma­ción va­lio­sa de todo tipo.

Y Sa­muel, co­no­ci­do como Sa­ta­nás, que no es­ta­ba en la mesa, tam­bién era un buen clien­te, en reali­dad, el más asi­duo de to­dos, y era ge­ne­ro­so. Pero no se ale­gra­ban cuan­do lo veían.

—Brin­de­mos to­dos jun­tos por el oro me­xi­cano —gri­tó Mar­cos le­van­tan­do su copa.

Sa­muel, que be­bía aco­da­do en la ba­rra, los miró por en­ci­ma del hom­bro, apu­ró su vaso, es­cu­pió al sue­lo y sa­lió al ex­te­rior. A nin­guno de ellos se le ocu­rrió lla­mar­le para que se unie­ra al brin­dis.

—No de­be­ría­mos es­tar aquí. Los sol­da­dos de­ben es­tar tras nues­tro ras­tro como pe­rros ra­bio­sos. El asal­to al fur­gón debe de ha­ber­los en­lo­que­ci­do —ase­gu­ró la ban­do­le­ra con voz fir­me tras be­ber.

El Ca­pi­tán ob­ser­vó el jo­ven y se­rio ros­tro fe­me­nino mien­tras apu­ra­ba su copa. Son­rió. Des­de lue­go que de­bían de es­tar en­lo­que­ci­dos. El robo ha­bía sido un gol­pe au­daz. No sa­bía qué le sa­tis­fa­cía más, si el cuan­tio­so bo­tín o la hu­mi­lla­ción in­frin­gi­da al rey.

¡Qué de­mo­nios! Sí lo sa­bía. Era la hu­mi­lla­ción. El pue­blo se re­go­dea­ría du­ran­te años por el gol­pe que le ha­bían ases­ta­do a la co­ro­na.

—Ma­ría tie­ne ra­zón, esto es una in­sen­sa­tez —apo­yó el Tuer­to con su eterno ceño frun­ci­do.

—Va­mos a di­ver­tir­nos un poco. Ma­ña­na sal­dre­mos ha­cia el cor­ti­jo y nos es­con­de­re­mos du­ran­te un tiem­po —dijo el Ca­pi­tán ter­mi­nan­do de un tra­go el vino de su vaso.

—Bien di­cho —ani­mó Mar­cos abrien­do una bo­te­lla de co­ñac.

Sa­muel, apo­ya­do con la es­pal­da en el muro que ro­dea­ba la po­sa­da, do­bló una pier­na y apo­yó su bota so­bre una pie­dra. Has­ta él lle­ga­ban, como un eco le­jano, las can­ta­ri­nas ri­sas de las mu­cha­chas, las vo­ces gra­ves de sus com­pa­ñe­ros, el cho­car de las co­pas y la mú­si­ca de la gui­ta­rra. Echó la ca­be­za ha­cia atrás y gol­peó la pa­red.

Un gol­pe seco y duro.

Y otro.

El do­lor le re­con­for­ta­ba. Un poco. Siem­pre ha­bía sido así.

Un do­lor para ol­vi­dar otro.

In­ha­ló el aire se­rrano y aca­ri­ció la em­pu­ña­du­ra del cu­chi­llo que te­nía en la mano. Lo hizo gi­rar en­tre sus de­dos. En cada vuel­ta, el filo de ace­ro cen­te­llea­ba con la luz de la luna. En­ton­ces, le­van­tó la mi­ra­da y sin­tió que su co­ra­zón aban­do­na­ba su pues­to gol­peán­do­se con­tra el pe­cho, mien­tras su cuer­po daba un fuer­te res­pin­go ha­cia atrás. A unos me­tros, en­vuel­ta en las som­bras de la no­che, una mu­jer lo mi­ra­ba in­mó­vil. Una be­lle­za que do­lía como un dar­do en el co­ra­zón. Atra­yen­te y mis­te­rio­sa. Un es­ca­lo­frío gru­ñó en la nuca del ban­di­do.

Doña Anabel se obli­gó a no ce­der al pri­mer im­pul­so de su cuer­po: co­rrer. Ale­jar­se lo más rá­pi­do que pu­die­ra de ese po­de­ro­so de­pre­da­dor que ve­nía ha­cia ella con ági­les y lar­gas zan­ca­das, des­pren­dien­do pe­li­gro y sexo. Era como un ani­mal.

Un her­mo­so ani­mal.

Sus ojos, de un azul in­ten­so como el cie­lo de Ma­drid en pri­ma­ve­ra con­tras­ta­ban con su piel tos­ta­da por el sol. La bar­ba co­lor miel que cu­bría su cara acen­tua­ba su as­pec­to sal­va­je e in­dó­mi­to. No lle­va­ba cha­que­ta, ni ca­sa­ca, solo una ca­mi­sa blan­ca de al­go­dón, con las man­gas do­bla­das has­ta el codo. Su pelo cas­ta­ño y es­pe­so ba­ja­ba leo­na­do por su cue­llo has­ta po­sar­se en los hom­bros; era más lar­go de lo ade­cua­do en un ca­ba­lle­ro, pero él no era un ca­ba­lle­ro.

Cuan­do se de­tu­vo a su lado, in­va­di­da por su pro­xi­mi­dad, se obli­gó a res­pi­rar in­ha­lan­do con fuer­za, en­ton­ces su olor la inun­dó. Olía a cue­ro, a bre­zo y oli­vo, a su­dor de hom­bre. Una ex­tra­ña tur­ba­ción se apo­de­ró de ella, se sen­tía ma­rea­da. En ese mo­men­to, el hom­bre giró la cara.

¡San­to Dios!

La dé­bil luz de la luna ilu­mi­na­ba el des­fi­gu­ra­do ros­tro del ban­di­do, crean­do ex­tra­ñas som­bras, re­sal­tan­do las ci­ca­tri­ces que cru­za­ban su cara. Una de ellas, la más lar­ga, na­cía en la par­te iz­quier­da de la fren­te, cer­ca del na­ci­mien­to del pelo y ba­ja­ba par­tien­do su ceja en dos has­ta la me­ji­lla. Por su as­pec­to, un cor­te lim­pio y fino, supo que ha­bían sido cau­sa­das por un cu­chi­llo. Cómo se ha­bía sal­va­do el ojo, no po­día sa­ber­lo. Prue­ba vi­vien­te de que los mi­la­gros exis­ten, se­guía ahí, pero aho­ra que fi­ja­ba, era un poco más pe­que­ño que el otro. Y su iris azul cie­lo es­ta­ba cru­za­do por una fi­ní­si­ma lí­nea ver­ti­cal de azul os­cu­ro.

Otra ci­ca­triz pa­ra­le­la a esta, pero más cor­ta, le atra­ve­sa­ba la me­ji­lla. Y una ter­ce­ra par­tía del ex­te­rior de la par­te iz­quier­da de su la­bio in­fe­rior y le re­co­rría la bar­bi­lla. La es­ca­sa bar­ba no po­día ocul­tar­las, y re­sal­ta­ban como cor­ta­fue­gos en un mon­te le­jano y bos­co­so.

Anabel dejó es­ca­par un ge­mi­do y bajó la mi­ra­da. Sa­muel se acer­có más a ella con una son­ri­sa ten­sa, más una mue­ca des­agra­da­ble que una au­tén­ti­ca son­ri­sa. Sus ojos no se ilu­mi­na­ron con el ges­to.

—¿Qué ha­ces aquí, mu­jer? —Su voz sonó ron­ca.

Y Anabel sin­tió como el so­ni­do via­ja­ba por su co­lum­na ver­te­bral eri­zan­do el ve­llo a su paso.

El ban­di­do avan­zó un paso que­dan­do tan cer­ca de ella que pa­re­cía im­po­si­ble que no la es­tu­vie­se to­can­do. Tra­tan­do de evi­tar el abra­sa­dor con­tac­to, Anabel dio un paso atrás. Pero la dis­tan­cia fue ga­na­da de nue­vo por el sal­va­je. Nin­gún hom­bre nun­ca, ni su ma­ri­do en la cama, ha­bía des­per­ta­do su cuer­po de esa ma­ne­ra. Ni si­quie­ra la ha­bía to­ca­do y, sin em­bar­go, po­día sen­tir cómo se des­va­ne­cía su au­to­con­trol.

Él bajó un poco la ca­be­za para po­ner­la a su al­tu­ra. Ella era alta, pero le sa­ca­ba más de una ca­be­za. La miró de aba­jo arri­ba has­ta lle­gar a sus an­he­lan­tes ojos de co­lor mus­go, con tal in­ten­si­dad, que la mu­cha­cha se sin­tió abru­ma­da. Bo­rra­cha de sen­sa­cio­nes.

Anabel se obli­gó a des­pe­gar la len­gua del pa­la­dar mien­tras él co­men­zó a dar vuel­tas a su al­re­de­dor len­ta­men­te, como un ani­mal es­pe­ran­do el mo­men­to de sal­tar so­bre su pre­sa.

—Quie­ro ver a tu ca­pi­tán.

El ban­di­do se de­tu­vo fren­te a ella y la­deó la ca­be­za en un ges­to que te­nía poco de hu­mano.

—No te mue­vas de aquí.

Sa­muel se ale­jó de ella para lle­gar has­ta un niño de poco más de doce años, que es­pe­ra­ba en el ca­mino.

—Vie­ne sola, vino si­guien­do a dos de las mu­je­res de Pe­pi­ta —in­for­mó el niño a Sa­muel.

—¡Lar­go! Vuel­ve a tu si­tio —le or­de­nó sin mi­rar­le. En reali­dad, no po­día apar­tar la mi­ra­da de la mu­jer que es­pe­ra­ba don­de él le ha­bía or­de­na­do. Ca­mi­nó has­ta ella. Esta vez, Anabel dio un paso atrás, y des­pués otro, ante el avan­ce del ban­di­do, has­ta que su es­pal­da topó con el muro en­ca­la­do. Sa­muel se de­tu­vo fren­te a ella con el ceño frun­ci­do.

—¿Quién te en­vía? —pre­gun­tó con tono ás­pe­ro.

—¿Cómo? Na­die. —La sor­pre­sa te­ñía de sin­ce­ri­dad la res­pues­ta de la jo­ven.

—¿Vas ar­ma­da?

Anabel negó con la ca­be­za, las pa­la­bras se ne­ga­ban a sa­lir de su gar­gan­ta.

—Date la vuel­ta y abre los bra­zos.

El mie­do co­men­zó a apo­de­rar­se de la jo­ven, que se pegó aún más a la pa­red.

—Haz lo que te digo —le or­de­nó sin le­van­tar la voz.

Anabel se dio la vuel­ta y se que­dó mi­ran­do a la pa­red. Le­van­tó los bra­zos. Sen­tía su po­de­ro­sa pre­sen­cia tras ella, su cá­li­do alien­to en el cue­llo. De re­pen­te, unas enor­mes ma­nos apre­sa­ban sus mu­ñe­cas. Por la sor­pre­sa del con­tac­to, ella in­ten­tó ba­jar los bra­zos y dar­se la vuel­ta, pero el hom­bre se lo im­pi­dió.

Sn­tió sus ma­nos re­co­rrien­do la lon­gi­tud de sus es­bel­tos bra­zos. Des­pués notó sus ru­go­sos nu­di­llos en la piel de su nuca. Al con­tac­to, le pa­re­ció es­cu­char un ron­co ge­mi­do mas­cu­lino de­trás de ella, la mano del ban­di­do se de­tu­vo mien­tras una rá­fa­ga de alien­to ca­lien­te lle­gó has­ta su cue­llo, ha­cien­do que ella se in­cli­na­ra in­cons­cien­te­men­te en esa di­rec­ción. Es­cu­chó como la res­pi­ra­ción del hom­bre se ha­cía más rá­pi­da y en­tre­cor­ta­da.

Des­pués, los ex­per­tos de­dos reanu­da­ron el re­co­rri­do por el cue­llo de su ves­ti­do mien­tras los nu­di­llos le ras­pa­ban la piel. Anabel no en­ten­día lo que bus­ca­ba, sus sen­ti­dos sa­tu­ra­dos, su men­te em­bo­ta­da. Lo úni­co que sen­tía era el rudo roce de las ma­nos que re­co­rrían su cor­sé a lo lar­go de sus cos­ti­llas. Sin­tió como una pal­ma se apo­ya­ba en la cur­va­tu­ra de su es­pal­da, mien­tras el hom­bre se aga­cha­ba para po­der pal­par sus to­bi­llos por el in­te­rior de sus bo­tas de via­je y se­guir su re­co­rri­do su­bien­do por sus pier­nas has­ta el mus­lo.

Ins­pi­ró con sor­pre­sa al sen­tir como la mano mas­cu­li­na de tac­to ás­pe­ro y ca­lien­te subía por su pier­na has­ta la ca­de­ra, mien­tras la otra se­guía apo­ya­da en su es­pal­da y la apre­ta­ba con­tra la pa­red. Un to­que rudo y sor­pren­den­te­men­te sen­sual.

El sen­ti­do co­mún la gol­peó de pron­to. ¿Qué es­ta­ba ha­cien­do? Se giró con brus­que­dad y co­men­zó a dar ma­no­ta­zos al hom­bre.

—Ya está bien. No voy ar­ma­da, ya se lo he di­cho. Apár­te­se.

El ban­di­do ter­mi­nó de in­cor­po­rar­se en toda su es­ta­tu­ra.

—¿Sa­tis­fe­cho?

La mi­ra­da mas­cu­li­na se cla­vó en la suya y se acer­có tan­to que sus alien­tos se mez­cla­ron. Le­van­tó su gran­de y ca­llo­sa mano, y la ciñó al­re­de­dor de la de­li­ca­da gar­gan­ta fe­me­ni­na. Apre­tó un poco. El aga­rre era fuer­te, do­mi­nan­te, pero no agre­si­vo, ni do­lo­ro­so.

En reali­dad, era ex­ci­tan­te.

Una ener­gía vi­bran­te irra­dia­ba des­de el in­te­rior de ese cuer­po en­tre­na­do en la lu­cha. Esa in­ten­si­dad ani­mal la de­ja­ba sin res­pi­ra­ción.

—Quí­te­me las ma­nos de en­ci­ma —dijo la dama con frial­dad.

Sa­muel bajó la mano muy des­pa­cio y se apar­tó un poco.

—¿Eres una puta?

—¿Cómo? —No ha­bía oído bien. Era im­po­si­ble que le hu­bie­ra pre­gun­ta­do eso.

—Sola, en mi­tad de la no­che… O vie­nes a ma­tar al Ca­pi­tán o eres una pros­ti­tu­ta.

—No ten­go nada más que ha­blar con us­ted —zan­jó Anabel gi­ran­do so­bre sí mis­ma para di­ri­gir­se al por­tón de en­tra­da.

Sa­muel la aga­rró de un codo para de­te­ner­la.

—Qué­da­te con­mi­go, no ne­ce­si­tas al Ca­pi­tán. Yo te daré todo lo que quie­res —le dijo des­pa­cio, en voz baja, mien­tras la mi­ra­ba de arri­ba aba­jo.

Anabel se desasió del codo con brus­que­dad y se aga­chó; cuan­do se in­cor­po­ró te­nía una pie­dra en la mano, de buen ta­ma­ño, su­fi­cien­te para abrir la ca­be­za más dura, y la su­je­tó en alto.

—No te acer­ques a mí. Y deja de de­cir in­sen­sa­te­ces.

El ban­do­le­ro le­van­tó las dos ma­nos y son­rió sin apar­tar la vis­ta de ella.

«¿Es ton­to? ¿Dón­de está la gra­cia?», pen­só ella.

—Con esa ac­ti­tud no vas a ga­nar mu­cho di­ne­ro —le ad­vir­tió él con li­ge­re­za.

La in­dig­na­ción se apo­de­ró de la dama y, con to­das sus fuer­zas, le lan­zó la pie­dra a la ca­be­za, pero el mal­di­to se aga­chó a tiem­po de es­qui­var­la. Anabel apro­ve­chó para co­rrer has­ta la puer­ta; pero jus­to cuan­do iba a tras­pa­sar el um­bral, una mu­ra­lla de múscu­lo apa­re­ció fren­te a ella.

—No pue­do de­jar­te pa­sar has­ta que no co­noz­ca tus in­ten­cio­nes. ¿Qué quie­res? —dijo con voz ron­ca.

—Con­tra­ta­ros.

—¿Cómo?

—Quie­ro con­tra­tar a la ban­da de los Sie­te Cha­ca­les.

Du­ran­te un mo­men­to, que pa­re­ció eterno, la miró con esa fi­je­za suya tan pro­pia de un de­pre­da­dor, des­pués dio un paso atrás, y con un ges­to de la mano, la in­vi­tó a en­trar.

5

Des­pués del robo al fur­gón no era se­gu­ro es­tar allí, ten­drían que es­tar mon­te arri­ba, al am­pa­ro de la sie­rra. En los pi­cos te­nían una cue­va, el Nido del Águi­la, a la que solo se ac­ce­día por un es­tre­cho sen­de­ro abier­to al abis­mo en uno de sus la­dos. Allí eran in­vul­ne­ra­bles. Co­no­cían el te­rreno y los tor­tuo­sos ca­mi­nos anu­la­ban la ven­ta­ja de la que go­za­ban los sol­da­dos que los per­se­guían: ellos eran mu­chos más.

Pero se­guían allí. De fies­ta.

Ma­ría agi­tó con de­ter­mi­na­ción su me­le­na aza­ba­che mien­tras se de­ja­ba caer so­bre la si­lla, que chi­rrió bajo su peso.

—Uff.

—Tie­nes que re­la­jar­te ¿Quie­res que su­ba­mos a la ha­bi­ta­ción y eche­mos un pol­vo rá­pi­do? —le dijo Mar­cos. Son­reía en­can­ta­do de ha­ber­se co­no­ci­do, has­ta que un puño fe­me­nino im­pac­tó con­tun­den­te en la boca de su es­tó­ma­go va­cián­do­lo de aire.

—Dios… qué bu­rra —mas­cu­lló Mar­cos al tiem­po que se fro­ta­ba el gol­pe—. Un día vas a de­cir que sí y seré yo el que no quie­ra.

A Ma­ría se le es­ca­pó la risa, aquel gam­be­rro siem­pre con­se­guía ha­cer­la reír. Se lle­va­ban bien. A ella le gus­ta­ba Mar­cos, era bueno te­ner­lo de tu lado cuan­do te ju­ga­bas la vida. Muy bueno. Y Mar­cos, bro­mas apar­te, res­pe­ta­ba a Ma­ría. Al igual que to­dos los de­más. Un res­pe­to que ella se ha­bía ga­na­do.

Lo miró, pero él ya es­ta­ba a otra cosa y, en ese mo­men­to, ba­rría el lo­cal bus­can­do al­gún bo­ca­do ape­te­ci­ble, qui­zás dos. Su mi­ra­da pasó de lar­go por un nu­me­ro­so gru­po de mu­cha­chas arre­mo­li­na­das al­re­de­dor de Ciro, que ha­cía ve­ró­ni­cas con un man­tel mien­tras una moza em­bes­tía con los ín­di­ces en la fren­te, para de­te­ner­se en el culo de una jo­ven que co­gía una ja­rra de vino de es­pal­das a él, era re­don­do y muy gran­de. El ban­di­do en­tor­nó los ojos y la­deó la ca­be­za. La due­ña del culo de­bió de sen­tir la mi­ra­da del hom­bre, por­que se giró y son­rió co­que­ta a aquel ban­di­do gran­de y gua­po. Sus ojos se es­ca­pa­ron has­ta la ca­mi­sa des­abro­cha­da, bajo ella se adi­vi­na­ba su po­de­río fí­si­co, su vi­gor. La moza se pasó la len­gua por los la­bios. Mar­cos son­rió sen­sual y le gui­ñó un ojo mien­tras se le­van­ta­ba acom­pa­ña­do de una erec­ción que gol­pea­ba su bra­gue­ta.

—¡So­mos los re­yes del mun­do! —gri­tó Mar­cos con la copa en alto.

—Brin­de­mos por eso —dijo el Du­que le­van­tan­do la suya.

Los ban­do­le­ros cho­ca­ron sus co­pas de vino.

Ma­ría no se unió al brin­dis. El go­bierno no po­día per­mi­tir he­chos como el robo al fur­gón de Ha­cien­da. Si al­gu­na vez ha­bían ne­ce­si­ta­do huir y es­con­der­se era en ese mo­men­to.

Por des­gra­cia, solo el Tuer­to es­ta­ba de acuer­do con ella.

—¿Cuán­to creéis que va a tar­dar el ge­ne­ral Man­so en en­te­rar­se que es­ta­mos aquí?

La res­pues­ta de Mar­cos fue ca­mi­nar ha­cia la moza que lo es­pe­ra­ba; pero Ma­ría no se dio por alu­di­da y miró al Du­que.