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Madrid, 1822. Una joven y solitaria viuda madrileña descubre con impotencia cómo la aristocracia cortesana protege a dos de sus hijos, responsables del secuestro y asesinato de su marido. Pero ¿qué puede hacer una mujer sola, sin poder ni influencias? Rebelarse. En el corazón de la serranía, un grupo de hombres desafía la autoridad real robando y hostigando los cargamentos del rey, los llaman los Siete Chacales. La partida de bandoleros más poderosa y temida. Amos del desfiladero de Despeñaperros, puerta natural de Andalucía desde la meseta castellana y paso obligado de viajeros y carruajes. A ese lugar sin ley se dirige la condesa de Miraflores en busca de justicia. Su loco plan es contratar a los delincuentes para apresar a los asesinos de su marido antes de que embarquen hacia América. Pero no está preparada para encontrarse frente a Samuel. Uno de los Siete Chacales, a quien todos llaman Satanás, con la cara desfigurada por terribles cicatrices; una montaña de sangre y músculos alimentada por el dolor.
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Título: El bandolero oscuro
© Rocío Martínez Llano, 2019
Cubierta:
Diseño: Ediciones Versátil
© Trevillion, de la fotografía de la cubierta
1.ª edición: octubre 2019
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2019: Ediciones Versátil S.L.
Av. Diagonal, 601 planta 8
08028 Barcelona
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Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia, sin autorización escrita del editor.
Para mi querida madre,
porque su fe en mí me ha obligado
a convertirme en la mujer que ella creía que era.
Solo una cosa, mamá, sáltate las escenas de sexo.
Un pajarito de madera sacó tres veces su cuerpo aleteando con fuerza en un esfuerzo triste, por inútil, y desapareció tras una ventanita tirolesa. Doña Ana Isabel Mendoza de Zúñiga, condesa de Miraflores, se levantó de golpe de la silla en la que había permanecido durante tres largas y silenciosas horas cuando el acero del picaporte chasqueó y la puerta de roble se abrió por fin.
—Señora, tendrá que excusar a su excelencia, pero finalmente no podrá recibirla. Vuelva mañana.
—Llevo una semana volviendo mañana. Dígale que será solo un momento. Por favor. Tengo que verle —dijo la joven alzando un poco la voz.
—Señora, repórtese, le digo que hoy no es posible. Entenderá que su excelencia tiene ocupaciones más importantes que atender los problemas de una mujer. Hágame caso, vuelva a su casa, que es donde debe estar.
El secretario del gobernador tenía hambre y estaba harto de esa mujer insistente, así que ni siquiera se había detenido para hablar con ella; cruzaba la enorme sala en dirección a la salida.
La condesa no lo siguió, se quedó mirándolo con inexpresiva presencia.
—Solo dígame una cosa, señor secretario. No los están buscando, ¿verdad? No los van a coger nunca.
El funcionario suspiró y, a pesar de haber ganado ya la puerta, se detuvo y se giró. Era un hombre joven y enjoyado, que se peinaba como un emperador romano con el flequillo hacia la cara.
—Escúcheme, señora, lo que usted hace no es sano —dijo con un paternalismo hueco—, debe ser razonable y esperar en casa. Yo le aseguro que, si hay cualquier novedad, será la primera en enterarse. Ahora, si me lo permite, me esperan para comer.
Se alejó dando la conversación por zanjada sin esperar respuesta.
—¿Cómo es posible que dos asesinos estén en la calle? ¿Por qué las autoridades no se encargan de buscarlos y capturarlos?
—¡Ya está bien! ¡He intentado ser amable con usted por su triste y desamparada situación, pero es una impertinente! Debería haberla evitado, como hacen todos.
—Se van a escapar, puede que ya no estén en Madrid, y ustedes no hacen nada por ser ellos quienes son —dijo la joven en tono neutro.
—¡Ha perdido la razón! —masculló el secretario mientras caminaba hacia ella inclinado hacia delante como un pajarraco en busca de su gusano—. Lo que dice es traición a la corona. ¿Quiere acabar ante un verdugo?
La dama bajó la mirada y enmudeció, mientras el hombre soltaba un sonoro suspiro.
—Su marido murió, ¿de acuerdo? —dijo con condescendencia tirando de los puños de su camisa con un meñique tieso—. Tiene que aceptarlo. Nada de lo que haga se lo va a devolver. Olvídese de asesinos y capturas; una mujer no debe ocuparse de esas cosas. ¡Usted vaya a la iglesia y rece! Rece mucho. A lo mejor todavía puede encontrar otro marido, no es fácil, pero quién sabe. —Levantó la nariz, se giró entre el sonido del roce de la seda, y se alejó con prisa.
Doña Anabel permaneció inmóvil hasta que el sonido de los tacones del secretario contra el mármol pulido se desvaneció por completo. Y durante ese breve momento, la condesa de Miraflores tomó una decisión.
Y no era rezar.
La diligencia partió de Madrid con puntualidad española, dos horas después de lo previsto. El conductor se empeñó en recuperar el tiempo perdido azuzando a los caballos y levantando de sus asientos a los apretados viajeros. Cruzaron la península por el Camino Real, atravesando los silenciosos campos de Castilla arrasados por la guerra, jalonados de desmañados pueblos, hombres mutilados, niños desnudos y campesinos hambrientos.
Tras la victoria en la guerra de la Independencia contra el invasor francés, España era un país devastado y humillado. Habían derrotado al mejor ejército del mundo y habían enviado al gran Napoleón de vuelta a París de una patada en su imperial culo, pero cometieron un error, un gran error: devolver el trono a Fernando VII; el Deseado, lo llamaban. Su primera medida fue eliminar la Constitución para proclamarse rey absoluto. Mientras Europa prosperaba, España era un país hambriento y de regreso a la Edad Media. Los focos liberales eran aplastados; cualquier signo de oposición, considerado traición a la corona y condenado con la muerte.
Pero la rebeldía y el espíritu de la guerrilla continuaban vivos en Andalucía. En el corazón de la serranía, un grupo de hombres desafiaba la autoridad real robando y hostigando los cargamentos del rey, los llamaban los Siete Chacales. La partida de bandoleros más poderosa y temida. Amos del desfiladero de Despeñaperros, puerta natural de Andalucía desde la meseta castellana y, por lo tanto, paso obligatorio de viajeros y carruajes. Y no era el dinero lo que perseguían. No amasaban fortunas. No se conocía a ningún bandolero que hubiera muerto rico. Ni viejo.
El dinero se repartía entre la cuadrilla, los campesinos, los pastores, las viudas que pasaban malos momentos… Y con el pueblo de su lado, manejaban una potente red de información que ya quisiera el rey para sí. Pastores, campesinos, comerciantes, curas… Todos eran sus confidentes. No se movía nada en la sierra que la banda no supiera.
Por eso era imposible detenerlos. Apresarlos, matarlos y descuartizarlos para repartir sus miembros por los caminos era la prioridad del ejército y las autoridades, pero nunca lograban acercarse a ellos. Parecían saber, no ya dónde estaban los soldados, sino sus intenciones. Y el pueblo los amaba más en cada escaramuza de la que salían triunfantes frente al poder. Ni el dinero empleado en sobornos, ni el número de soldados, cambiaba el resultado. Y en las tabernas y las fiestas se cantaban coplas sobre ellos que todos conocían. La gente del pueblo veía como algunos de los suyos habían desafiado al poder apropiándose por la fuerza de la serranía. Su tierra y la tierra de sus antepasados.
El reino de los Siete Chacales. A ese lugar sin ley se dirigía la condesa de Miraflores en compañía de su doncella.
La diligencia llegó hasta Santa Elena, el último pueblo castellano a los pies de la serranía andaluza tras cuatro largas y agotadoras jornadas de viaje. El carretero saltó a tierra desde el pescante con una escopeta en la mano. Era un hombre de constitución compacta, tan ancho como alto, con la cara y las manos renegridas por el sol.
—A partir de aquí entramos en el desfiladero de Despeñaperros —dijo a los viajeros mientras cargaba su arma—. Vamos a cruzarlo a buen ritmo y sin parar.
El hombre apoyó la culata de la escopeta en su cadera y miró a los asustados viajeros.
—¿Les ha quedado claro a todos? No vamos a parar hasta que lleguemos al otro lado. Bien, pues que Dios se apiade de nuestras almas.
El conductor se santiguó, subió al pescante para tomar las riendas y la diligencia se adentró en la sierra por un estrecho sendero que se ceñía a las montañas entre paredes verticales, profundos precipicios y espeso bosque.
—¡Samuel, no! ¡Hijo de puta! —gritó el capitán de los bandoleros mientras se levantaba del suelo de un salto.
Un disparo desde el interior del furgón acorazado hacia el que corrían los había detenido en seco y se habían lanzado cuerpo a tierra. A pesar de que el atraco estaba planeado al detalle, nadie les alertó de que en el carruaje viajase un soldado armado.
El Capitán, aún con el zumbido del estruendo en sus oídos, observó que el bastardo corría cuchillo en mano, directo hacia la puerta del furgón astillada por el proyectil. Pateando el suelo a una velocidad infernal, sus botas de cuero levantaban polvo y pequeños guijarros. En un parpadeo estaba subido al estribo del carruaje, había tirado la puerta abajo de una potente patada y se había colado en el interior.
Plantado frente al furgón, el jefe de los bandidos miró a la oscuridad del interior esperando oír disparos. Que aquel hijo del demonio no tenía ningún respeto por la muerte era algo que sabía bien, pero seguía sorprendiéndose cuando actuaba así.
Sentía la respiración contenida de sus hombres tras él. Todos inmóviles, con los ojos fijos en el furgón del dinero. Expectantes. Ninguno de ellos derramaría una lágrima si el bastardo acababa muerto allí dentro. Tampoco se emborracharían bebiendo en su memoria, recordando los buenos momentos. Aunque hubieran querido hacerlo —que no querían— ninguno de ellos, a pesar de haber cabalgado juntos durante años habría sido capaz de recordar nada bueno sobre él.
Con Samuel solo existía la crueldad y la violencia.
Días atrás, un funcionario de Hacienda había informado al Capitán que un furgón con veinte mil onzas de oro mexicano partiría del puerto de Cádiz a Madrid escoltado por treinta soldados a las órdenes de un capitán de dragones y dos funcionarios. Conocían el itinerario y la posada dónde pararían a cenar y a cambiar el tiro de caballos. La posada Real de Luisiana.
Hacerse con veinte mil onzas de oro y robarle a Hacienda, al Estado, al rey.
¿Podía existir un plan mejor?
Era tan bueno que parecía mentira, así que el Capitán y sus hombres planearon minuciosamente el golpe. Un plan que los había llevado a la puerta de la posada Real de Luisiana a las seis de la tarde de ese día. Cuando el jefe de los bandoleros y sus hombres ocuparon el umbral de la puerta como un escuadrón cerrado, la actividad frenética de los posaderos y las animadas conversaciones de los viajeros cesaron bruscamente. Todos clavaron sus aterrorizados ojos en los bandidos.
La banda de los Siete Chacales.
Pistolas inglesas en las cananas que rodeaban sus cinturas con la munición, trabucos de bocacha de campana en las manos, espuelas vaqueras y, en la cintura, espadas dragonas con vaina de acero y cuchillos de caza.
No necesitaron presentarse.
El silencio era tan profundo que se oía. Aquellos hombres de aspecto fiero provocaban que los pulmones de los honrados viajeros de la diligencia dejaran de respirar.
El Capitán barrió la posada con sus ojos plata, como el filo de una guadaña al sol, hasta encontrar la mesa ocupada por los soldados. Todos, profundamente dormidos. Alguno, incluso, con la cara sobre el plato.
—Tranquilos, nadie va a sufrir ningún daño, si siguen mis órdenes. Manténgase quietos en sus mesas, con las manos a la vista —dijo el Capitán en un tono cortés.
Samuel avanzó con rapidez entre las mesas para comprobar que los veinte soldados estaban profundamente dormidos. Quedaban diez más en el patio guardando el furgón; si el posadero había sido diligente, también estarían dormidos por el narcótico en el agua y el vino.
El paso de Samuel por el comedor fue acompañado de ojos que miraban en otra dirección, cuerpos que se encogían y piernas y manos temblorosas. Aunque no hubiese ido armado para ir a la guerra hubiera causado el mismo efecto. Lo que atemorizaba y provocaba el instinto de bajar los ojos no eran las tres cicatrices que desfiguraban el lado izquierdo de su rostro, ni su aspecto de fiero guerrero, sino la frialdad demente de su mirada.
Samuel, después de asegurarse de la total inconsciencia de los soldados, hizo un gesto al Capitán.
Los bandoleros atravesaron el salón de la posada.
Uno de ellos lucía un parche de cuero negro sobre el ojo izquierdo y vestía la casaca azul marino con cuello rojo y ribetes del mismo color propio del uniforme del cuerpo de artilleros, era veterano de la guerra contra los franceses. Otro, con un pañuelo negro anudado en la parte posterior de la cabeza, parecía un pirata. El tercero no podía ocultar su aire aristocrático. Pelo negro, chaqueta negra de terciopelo con botones de plata, pantalón negro y botas de montar negras. El cuarto era una mujer. Una mujer vestida de hombre. A pesar del atuendo masculino y su aspecto duro, su cuerpo lleno de curvas la delataba. Tras ella, un gitano con un aro de oro en una de sus orejas, lacia melena negra y ropa de vibrante colorido.
Los viajeros que aún no se habían desmayado miraban el espectáculo que representaba la visión de aquellos siete bandidos, que en esos momentos se dirigían al patio.
—Diego, quédate en el comedor. No quiero heridos, pero si alguno se hace el héroe, ya sabes lo que tienes que hacer —ordenó el Capitán sin detenerse.
El antiguo combatiente de un solo ojo asintió con un gesto de la cabeza apoyando el trabuco en su hombro. Era un gigante de aspecto sombrío y en permanente estado de alerta, como un perro guardián.
El resto de la cuadrilla salió al patio donde estaba resguardado el vehículo con el botín. Dos tiros disparados desde detrás del furgón los hicieron dispersarse. A cubierto, respondieron al ataque.
Era evidente que el narcótico no había dormido a todos los soldados. Siempre había algún maldito asceta que no bebía ni comía.
Siguiendo las indicaciones y los gestos del Capitán, los hombres se distribuyeron por el patio con el objetivo de rodear a los soldados parapetados tras el vehículo. Las balas silbaban entre ellos hasta que se incrustaban en las paredes. Los caballos relinchaban poniéndose de manos y las gallinas trataban de huir con sus vuelos cortos y torpes.
Todo era ruido y polvo.
Marcos, el bandolero con aspecto de pirata, cogió aire, abandonó la esquina del muro que le servía de protección y avanzó con la cabeza gacha tratando de ganar posiciones. Una montaña vestida de soldado saltó sobre él apretando el antebrazo contra el cuello del bandido.
Se le cayó el trabuco al usar las manos para liberarse del agarre, notaba su garganta cerrarse y la sangre atrapada bombear en su cabeza. Aunque la niebla cegaba sus ojos, pudo distinguir a Samuel, que corría hacia ellos agachado para protegerse de las balas. Pero Samuel ni siquiera lo miró y siguió avanzando en busca de un parapeto para disparar a los soldados.
La mirada de Marcos comenzó a oscurecerse y en su cabeza solo había lugar para dos pensamientos: lograr aspirar aire en los pulmones, que comenzaban a quemar, y matar a Samuel si salía de esta.
De repente, la presión de su garganta desapareció y el agarre se aflojó.
Marcos dio un paso al frente aspirando atropelladamente mientras miraba atrás. La montaña uniformada caía al suelo con el cuello abierto de un tajo, desvelando tras él a la bandolera con el cuchillo ensangrentado.
La hubiera besado, pero no quería arriesgarse a una patada en los huevos.
—Gracias, compañera.
—Muévete —fue la respuesta de la mujer mientras corría a ganar una posición defensiva. La siguió.
El Capitán logró abatir a los dos soldados que aún disparaban desde detrás del furgón defendiendo el oro. Y se hizo el silencio. La cuadrilla de bandoleros se dirigía al desprotegido furgón cuando el disparo salió de su interior y el bastardo desfigurado saltó dentro.
Y ahora permanecían en silencio, con la mirada fija en el interior del furgón a través de la puerta reventada. Tras unos segundos, un gemido sordo escapó del interior. Una exhalación, y Samuel, con el rostro y las manos cubiertos de sangre, saltó al exterior. Alto, fornido, con una barba color miel poco poblada que no podía disimular su rostro desfigurado. Había sido un hombre muy guapo. Ya no lo era.
—Despejado.
Marcos se adentró en el furgón para salir al momento agitando un cofre de metal. El repiqueteo metálico le hizo sonreír. Lo abrió con un golpe seco del mango de su cuchillo. Miles de monedas de oro mexicano brillaron al sol.
—¡Viva México, cabrones! —gritó lanzando una moneda al Capitán, que la alcanzó al vuelo.
—¡Viva! —respondieron sus compañeros con sus rudas voces teñidas de entusiasmo.
—Recoged el dinero —ordenó el Capitán mientras se dirigía a María, que esperaba tras él, con la mano apoyada en la empuñadura que sobresalía de la cintura de su pantalón.
Los hombres corrieron hacia los cofres repletos de monedas, pesadas y tintineantes.
—María, ocúpate del dinero, pero antes dale su parte al posadero, a la cocinera y a los chavales que vigilan los caminos. Y hazle llegar al funcionario de Hacienda lo acordado. Si estaba en lo cierto, y parece que sí, tenemos veinte mil monedas de oro. Sé generosa, es un buen contacto. Y sonríe.
María esbozó una sonrisa que no quería ocultar lo falsa que era y caminó hacia sus exaltados compañeros.
El Capitán giró la cabeza sobre su hombro para buscar al único de sus hombres que no estaba riendo entre los cofres de oro: Samuel. Lo encontró inmóvil, apoyado con un hombro en un pilar de los soportales que rodeaban el patio.
No le gustaba.
No confiaba en él.
Ningún miembro de la partida lo hacía. Y cuando la vida está en juego, la confianza en el compañero que lucha a tu lado lo es todo. Pero el Capitán era un hombre inteligente y sabía que toda banda necesita a alguien como Samuel, alguien sin escrúpulos, sin sentimientos.
Una fiera.
—Capitán, esto se merece una celebración por todo lo alto —gritó Marcos mientras abría los brazos y sonreía con las manos rebosantes de monedas de oro.
—Lo mejor será dejar la celebración para más adelante. En cuanto la noticia llegue a la Gobernación, sacarán a todos los soldados tras nosotros. Deberíamos escondernos una temporada —intervino María—. Ya tendremos tiempo para celebrarlo.
—Tenemos una fortuna en nuestras manos, ¿y quieres que vayamos a encerrarnos en una cueva? —preguntó Marcos sin disimular su asombro.
Para los hombres como ellos, que vivían con el aliento de la muerte en la nuca, mañana era un tiempo lejano e improbable.
Solo tenían hoy.
Ahora.
Los dos miraron a su jefe esperando una orden, pero el Capitán se limitó a contemplar el oro por toda respuesta.
—Señora, por Dios, demos la vuelta. Este camino solo nos puede llevar a la perdición. Nos estamos regalando a los bandoleros. Nos violaran, nos mataran. ¿Qué se nos ha perdido a nosotras aquí? —susurró Consuelo mientras se aferraba con fuerza a su rosario de madera pasando las redondeadas y gastadas cuentas a tontas y a locas.
—No vamos a volver —musitó la joven dama sin apartar sus hermosos ojos verdes de la pared vertical que encajonaba el camino en el margen derecho. Mirar una pared de piedra era mejor que mirar el abismo que se abría al otro lado del camino. No iban a regresar. Por supuesto que no.
Un escalofrío recorrió la espalda de la pálida joven a pesar de que hacía un caluroso día de invierno. Su bello y sereno semblante no dejaba adivinar el pánico que empezaba a abrirse paso desde sus tripas. En Madrid se sentía inflamada por el optimismo y la seguridad. Pero en ese momento, su brillante plan se mostraba ante ella como algo absurdo e infantil. Cerró los ojos con fuerza y deseó de todo corazón no haberse equivocado con aquel viaje.
El carruaje tropezó con una piedra, una de tantas, y a ambas mujeres se les subió el estómago a la garganta. Todos los pasajeros se agarraron con fuerza para mantenerse en sus asientos. El estado del terreno empeoraba por momentos; lleno de agujeros, pedruscos y terrones endurecidos por la lluvia y el sol, que hacía muy penoso el avance por aquel camino alejado de la mano de Dios. Además, se volvía irregular, con múltiples recodos, y poco a poco se iba encajonando entre los riscos de la serranía.
Era evidente que la naturaleza se había aliado con los bandoleros, porque cada curva era el lugar perfecto para preparar una emboscada.
Doña Anabel inspiró aire profundamente intentando llenar sus pulmones aprisionados por el corsé de su recatado atuendo de luto riguroso. Vestido negro cerrado hasta el cuello con unas mangas afaroladas y falda muy amplia. Seis enaguas, también negras, sin adornos, se encargaban de dar volumen y de hacer el vestido incómodo y aparatoso. Una mantilla de terciopelo negro con un reborde de encaje, sujeta en una peineta de carey, cubría su cabeza. La prenda apenas dejaba ver el cabello de la dama, peinado en un tirante y estricto moño con raya en medio. Y, por supuesto, guantes y abanico. Ninguna dama podía aparecer en público sin guantes y abanico. Y Doña Anabel era una auténtica dama castellana con una estricta educación católica y tradicional. O por lo menos lo había sido justo antes de perder la razón.
Se quitó los guantes en un gesto brusco y su mirada quedó atrapada en su alianza de boda. Solo dieciocho meses atrás, salía de la iglesia del brazo de su marido. Un joven noble, guapo y educado. Anabel recordó cómo en ese momento había suplicado a Dios que le permitiera tener una gran familia.
Desde los catorce años se había criado sola, rodeada de criados negligentes y un tutor borrachín en una silenciosa mansión madrileña. Ya era casi una solterona de veintitrés años cuando conoció a Luis, conde de Medina y primo lejano, un hombre amable.
La joven se aferró a la oportunidad de vivir en compañía. A los dos les gustaban los libros, la poesía y el arte. La velada perfecta para ambos era salir al teatro, volver a casa paseando por los bulevares y comprar castañas o, quizás, un barquillo.
El día de su boda estaba tan feliz que ni siquiera le importó tener que casarse de negro. El único color que podía usar desde la muerte de sus padres.
Cuando murieron, todos sus vestidos y complementos se tiñeron de negro. La costumbre marcaba que debía llevar siete años de luto por cada pariente fallecido y dos de alivio, en los que podía hacer uso del gris y el azul marino. Era una costumbre bárbara e hipócrita que condenaba a las mujeres a vestir de negro durante toda su vida. Ya que la obligación de guardar luto se extendía a tíos, primos y a todos los parientes. Y no se reducía a vestir de negro. No podían asistir a bailes ni a fiestas, debiendo permanecer bien apartadas del lado alegre y ligero de la vida. Pobres fantasmas tenebrosos.
Pocos meses después de su boda ya llevaba luto por su marido también. Ni siquiera había tenido tiempo para acostumbrarse a decir: «Mi marido no ha llegado» o «A mi marido y a mí nos encanta la poesía».
Sola de nuevo. Su afán de justicia, o quizás fuera solo venganza, qué importaba, era lo único que le quedaba.
Abrió los ojos y aspiró con fuerza. El sonido monocorde y regular de las oraciones de su doncella provocó en la joven una pequeña sensación de paz, un pedacito de serenidad.
«Por favor, Señor, ayúdame, haz que los bandoleros nos encuentren», se dijo a sí misma.
La taberna de Pepita era una casa tosca de dos pisos construidos alrededor de un patio interior abierto al cielo. No era un sitio elegante ni agradable ni limpio, su comida era un asco y su vino peor. Pero los clientes abarrotaban sus mesas, porque si por algo era conocida la taberna de Pepita, era por sus cariñosas muchachas. La mujer regentaba el lugar con un ojo que todo lo veía, roneaba entre las mesas con su falda roja y su pañoleta de amarillo chillón. Un clavel rojo pinchado en su moño remataba su discreto vestuario. Hacía señas a las muchachas cuando veía algún cliente solo y, con rapidez, una joven se sentaba en el regazo de aquel hombre y se dejaba caer la camisa por el hombro para que no tuviese que imaginar nada.
Normalmente había mucho movimiento en las habitaciones, hombres y mujeres que subían y bajaban. Monedas que cambiaban de mano. Pero esa noche el local estaba cerrado al público.
Y reservado en exclusiva para la banda de los Siete Chacales.
Las velas en las mesas y pequeñas lámparas de aceite iluminaban débilmente el salón del ventorro. La música de la guitarra y las castañuelas resonaban en el aire. Dos gitanas bailaban flamenco levantando el polvo del suelo y el corazón de los hombres. La ligera brisa traía olor a pino, a brezo, a sierra.
Las mujeres de Pepita revoloteaban alegres entre los bandoleros, y no solo por el dinero que repartirían generosamente al final de la noche. Desde luego que no era por el dinero. Solo había que observar a los imponentes hombres sentados a la única mesa ocupada para entender el motivo de su alegría.
El capitán de los Siete Chacales, el rey de Sierra Morena, era sin duda el premio gordo. Atractivo y viril, siempre había sido mimado por las mujeres y, desde muy joven, había gozado de sus favores. Incontables campesinas y aristócratas habían pasado por sus brazos y a todas las había hecho disfrutar y con todas había disfrutado. Casadas y viudas, las mujeres perfectas, nada de inocentes jovencitas, nada de bastardos. Y él se entregaba a todas ellas y a ninguna.
A su lado, el Duque, un aristócrata en busca y captura por el asesinato de su hermano mayor. Hermoso y oscuro como un príncipe de las tinieblas, era un hombre de gustos, digamos, exóticos. Marcos, el más joven de ellos, que no el menos letal, era de los que solo sabe pelear. Con el pelo moreno muy corto cubierto por un pañuelo pirata. Los ojos pequeños, la nariz grande y la sonrisa canalla. Siempre el primero en golpear, en disparar, en conseguir lo que quería. En una alegre búsqueda del placer, vivía como si cada día fuera el último. A su lado, el guapo gitano, Ciro, que había sido torero en otros tiempos. Un torero famoso, que todo lo tenía y que todo lo había perdido. De esa época conservaba una ligera cojera y un halo de celebridad.
Diego, con su casaca militar y el parche en el ojo, que una bala francesa se había llevado por delante, era el único que no les interesaba. Jamás se había acostado con ninguna de las chicas ni había solicitado ningún servicio. Abandonado en la puerta de un monasterio recién nacido, fue criado por los frailes hasta llegar a ser uno de ellos. El sentido del deber le hizo abandonar los hábitos durante la guerra y alistarse en el ejército, convirtiéndose en una especie de monje guerrero. Un cuchillo en una mano y en la otra, la biblia. También estaba la bandolera, claro. Las mujeres de Pepita no eran justas con ella. Lo sabían. Mientras sus compañeros se divertían, María escuchaba sus penas, sus desconsuelos, sus peticiones de socorro. Aunque trataban de compensarla pasándole información valiosa de todo tipo.
Y Samuel, conocido como Satanás, que no estaba en la mesa, también era un buen cliente, en realidad, el más asiduo de todos, y era generoso. Pero no se alegraban cuando lo veían.
—Brindemos todos juntos por el oro mexicano —gritó Marcos levantando su copa.
Samuel, que bebía acodado en la barra, los miró por encima del hombro, apuró su vaso, escupió al suelo y salió al exterior. A ninguno de ellos se le ocurrió llamarle para que se uniera al brindis.
—No deberíamos estar aquí. Los soldados deben estar tras nuestro rastro como perros rabiosos. El asalto al furgón debe de haberlos enloquecido —aseguró la bandolera con voz firme tras beber.
El Capitán observó el joven y serio rostro femenino mientras apuraba su copa. Sonrió. Desde luego que debían de estar enloquecidos. El robo había sido un golpe audaz. No sabía qué le satisfacía más, si el cuantioso botín o la humillación infringida al rey.
¡Qué demonios! Sí lo sabía. Era la humillación. El pueblo se regodearía durante años por el golpe que le habían asestado a la corona.
—María tiene razón, esto es una insensatez —apoyó el Tuerto con su eterno ceño fruncido.
—Vamos a divertirnos un poco. Mañana saldremos hacia el cortijo y nos esconderemos durante un tiempo —dijo el Capitán terminando de un trago el vino de su vaso.
—Bien dicho —animó Marcos abriendo una botella de coñac.
Samuel, apoyado con la espalda en el muro que rodeaba la posada, dobló una pierna y apoyó su bota sobre una piedra. Hasta él llegaban, como un eco lejano, las cantarinas risas de las muchachas, las voces graves de sus compañeros, el chocar de las copas y la música de la guitarra. Echó la cabeza hacia atrás y golpeó la pared.
Un golpe seco y duro.
Y otro.
El dolor le reconfortaba. Un poco. Siempre había sido así.
Un dolor para olvidar otro.
Inhaló el aire serrano y acarició la empuñadura del cuchillo que tenía en la mano. Lo hizo girar entre sus dedos. En cada vuelta, el filo de acero centelleaba con la luz de la luna. Entonces, levantó la mirada y sintió que su corazón abandonaba su puesto golpeándose contra el pecho, mientras su cuerpo daba un fuerte respingo hacia atrás. A unos metros, envuelta en las sombras de la noche, una mujer lo miraba inmóvil. Una belleza que dolía como un dardo en el corazón. Atrayente y misteriosa. Un escalofrío gruñó en la nuca del bandido.
Doña Anabel se obligó a no ceder al primer impulso de su cuerpo: correr. Alejarse lo más rápido que pudiera de ese poderoso depredador que venía hacia ella con ágiles y largas zancadas, desprendiendo peligro y sexo. Era como un animal.
Un hermoso animal.
Sus ojos, de un azul intenso como el cielo de Madrid en primavera contrastaban con su piel tostada por el sol. La barba color miel que cubría su cara acentuaba su aspecto salvaje e indómito. No llevaba chaqueta, ni casaca, solo una camisa blanca de algodón, con las mangas dobladas hasta el codo. Su pelo castaño y espeso bajaba leonado por su cuello hasta posarse en los hombros; era más largo de lo adecuado en un caballero, pero él no era un caballero.
Cuando se detuvo a su lado, invadida por su proximidad, se obligó a respirar inhalando con fuerza, entonces su olor la inundó. Olía a cuero, a brezo y olivo, a sudor de hombre. Una extraña turbación se apoderó de ella, se sentía mareada. En ese momento, el hombre giró la cara.
¡Santo Dios!
La débil luz de la luna iluminaba el desfigurado rostro del bandido, creando extrañas sombras, resaltando las cicatrices que cruzaban su cara. Una de ellas, la más larga, nacía en la parte izquierda de la frente, cerca del nacimiento del pelo y bajaba partiendo su ceja en dos hasta la mejilla. Por su aspecto, un corte limpio y fino, supo que habían sido causadas por un cuchillo. Cómo se había salvado el ojo, no podía saberlo. Prueba viviente de que los milagros existen, seguía ahí, pero ahora que fijaba, era un poco más pequeño que el otro. Y su iris azul cielo estaba cruzado por una finísima línea vertical de azul oscuro.
Otra cicatriz paralela a esta, pero más corta, le atravesaba la mejilla. Y una tercera partía del exterior de la parte izquierda de su labio inferior y le recorría la barbilla. La escasa barba no podía ocultarlas, y resaltaban como cortafuegos en un monte lejano y boscoso.
Anabel dejó escapar un gemido y bajó la mirada. Samuel se acercó más a ella con una sonrisa tensa, más una mueca desagradable que una auténtica sonrisa. Sus ojos no se iluminaron con el gesto.
—¿Qué haces aquí, mujer? —Su voz sonó ronca.
Y Anabel sintió como el sonido viajaba por su columna vertebral erizando el vello a su paso.
El bandido avanzó un paso quedando tan cerca de ella que parecía imposible que no la estuviese tocando. Tratando de evitar el abrasador contacto, Anabel dio un paso atrás. Pero la distancia fue ganada de nuevo por el salvaje. Ningún hombre nunca, ni su marido en la cama, había despertado su cuerpo de esa manera. Ni siquiera la había tocado y, sin embargo, podía sentir cómo se desvanecía su autocontrol.
Él bajó un poco la cabeza para ponerla a su altura. Ella era alta, pero le sacaba más de una cabeza. La miró de abajo arriba hasta llegar a sus anhelantes ojos de color musgo, con tal intensidad, que la muchacha se sintió abrumada. Borracha de sensaciones.
Anabel se obligó a despegar la lengua del paladar mientras él comenzó a dar vueltas a su alrededor lentamente, como un animal esperando el momento de saltar sobre su presa.
—Quiero ver a tu capitán.
El bandido se detuvo frente a ella y ladeó la cabeza en un gesto que tenía poco de humano.
—No te muevas de aquí.
Samuel se alejó de ella para llegar hasta un niño de poco más de doce años, que esperaba en el camino.
—Viene sola, vino siguiendo a dos de las mujeres de Pepita —informó el niño a Samuel.
—¡Largo! Vuelve a tu sitio —le ordenó sin mirarle. En realidad, no podía apartar la mirada de la mujer que esperaba donde él le había ordenado. Caminó hasta ella. Esta vez, Anabel dio un paso atrás, y después otro, ante el avance del bandido, hasta que su espalda topó con el muro encalado. Samuel se detuvo frente a ella con el ceño fruncido.
—¿Quién te envía? —preguntó con tono áspero.
—¿Cómo? Nadie. —La sorpresa teñía de sinceridad la respuesta de la joven.
—¿Vas armada?
Anabel negó con la cabeza, las palabras se negaban a salir de su garganta.
—Date la vuelta y abre los brazos.
El miedo comenzó a apoderarse de la joven, que se pegó aún más a la pared.
—Haz lo que te digo —le ordenó sin levantar la voz.
Anabel se dio la vuelta y se quedó mirando a la pared. Levantó los brazos. Sentía su poderosa presencia tras ella, su cálido aliento en el cuello. De repente, unas enormes manos apresaban sus muñecas. Por la sorpresa del contacto, ella intentó bajar los brazos y darse la vuelta, pero el hombre se lo impidió.
Sntió sus manos recorriendo la longitud de sus esbeltos brazos. Después notó sus rugosos nudillos en la piel de su nuca. Al contacto, le pareció escuchar un ronco gemido masculino detrás de ella, la mano del bandido se detuvo mientras una ráfaga de aliento caliente llegó hasta su cuello, haciendo que ella se inclinara inconscientemente en esa dirección. Escuchó como la respiración del hombre se hacía más rápida y entrecortada.
Después, los expertos dedos reanudaron el recorrido por el cuello de su vestido mientras los nudillos le raspaban la piel. Anabel no entendía lo que buscaba, sus sentidos saturados, su mente embotada. Lo único que sentía era el rudo roce de las manos que recorrían su corsé a lo largo de sus costillas. Sintió como una palma se apoyaba en la curvatura de su espalda, mientras el hombre se agachaba para poder palpar sus tobillos por el interior de sus botas de viaje y seguir su recorrido subiendo por sus piernas hasta el muslo.
Inspiró con sorpresa al sentir como la mano masculina de tacto áspero y caliente subía por su pierna hasta la cadera, mientras la otra seguía apoyada en su espalda y la apretaba contra la pared. Un toque rudo y sorprendentemente sensual.
El sentido común la golpeó de pronto. ¿Qué estaba haciendo? Se giró con brusquedad y comenzó a dar manotazos al hombre.
—Ya está bien. No voy armada, ya se lo he dicho. Apártese.
El bandido terminó de incorporarse en toda su estatura.
—¿Satisfecho?
La mirada masculina se clavó en la suya y se acercó tanto que sus alientos se mezclaron. Levantó su grande y callosa mano, y la ciñó alrededor de la delicada garganta femenina. Apretó un poco. El agarre era fuerte, dominante, pero no agresivo, ni doloroso.
En realidad, era excitante.
Una energía vibrante irradiaba desde el interior de ese cuerpo entrenado en la lucha. Esa intensidad animal la dejaba sin respiración.
—Quíteme las manos de encima —dijo la dama con frialdad.
Samuel bajó la mano muy despacio y se apartó un poco.
—¿Eres una puta?
—¿Cómo? —No había oído bien. Era imposible que le hubiera preguntado eso.
—Sola, en mitad de la noche… O vienes a matar al Capitán o eres una prostituta.
—No tengo nada más que hablar con usted —zanjó Anabel girando sobre sí misma para dirigirse al portón de entrada.
Samuel la agarró de un codo para detenerla.
—Quédate conmigo, no necesitas al Capitán. Yo te daré todo lo que quieres —le dijo despacio, en voz baja, mientras la miraba de arriba abajo.
Anabel se desasió del codo con brusquedad y se agachó; cuando se incorporó tenía una piedra en la mano, de buen tamaño, suficiente para abrir la cabeza más dura, y la sujetó en alto.
—No te acerques a mí. Y deja de decir insensateces.
El bandolero levantó las dos manos y sonrió sin apartar la vista de ella.
«¿Es tonto? ¿Dónde está la gracia?», pensó ella.
—Con esa actitud no vas a ganar mucho dinero —le advirtió él con ligereza.
La indignación se apoderó de la dama y, con todas sus fuerzas, le lanzó la piedra a la cabeza, pero el maldito se agachó a tiempo de esquivarla. Anabel aprovechó para correr hasta la puerta; pero justo cuando iba a traspasar el umbral, una muralla de músculo apareció frente a ella.
—No puedo dejarte pasar hasta que no conozca tus intenciones. ¿Qué quieres? —dijo con voz ronca.
—Contrataros.
—¿Cómo?
—Quiero contratar a la banda de los Siete Chacales.
Durante un momento, que pareció eterno, la miró con esa fijeza suya tan propia de un depredador, después dio un paso atrás, y con un gesto de la mano, la invitó a entrar.
Después del robo al furgón no era seguro estar allí, tendrían que estar monte arriba, al amparo de la sierra. En los picos tenían una cueva, el Nido del Águila, a la que solo se accedía por un estrecho sendero abierto al abismo en uno de sus lados. Allí eran invulnerables. Conocían el terreno y los tortuosos caminos anulaban la ventaja de la que gozaban los soldados que los perseguían: ellos eran muchos más.
Pero seguían allí. De fiesta.
María agitó con determinación su melena azabache mientras se dejaba caer sobre la silla, que chirrió bajo su peso.
—Uff.
—Tienes que relajarte ¿Quieres que subamos a la habitación y echemos un polvo rápido? —le dijo Marcos. Sonreía encantado de haberse conocido, hasta que un puño femenino impactó contundente en la boca de su estómago vaciándolo de aire.
—Dios… qué burra —masculló Marcos al tiempo que se frotaba el golpe—. Un día vas a decir que sí y seré yo el que no quiera.
A María se le escapó la risa, aquel gamberro siempre conseguía hacerla reír. Se llevaban bien. A ella le gustaba Marcos, era bueno tenerlo de tu lado cuando te jugabas la vida. Muy bueno. Y Marcos, bromas aparte, respetaba a María. Al igual que todos los demás. Un respeto que ella se había ganado.
Lo miró, pero él ya estaba a otra cosa y, en ese momento, barría el local buscando algún bocado apetecible, quizás dos. Su mirada pasó de largo por un numeroso grupo de muchachas arremolinadas alrededor de Ciro, que hacía verónicas con un mantel mientras una moza embestía con los índices en la frente, para detenerse en el culo de una joven que cogía una jarra de vino de espaldas a él, era redondo y muy grande. El bandido entornó los ojos y ladeó la cabeza. La dueña del culo debió de sentir la mirada del hombre, porque se giró y sonrió coqueta a aquel bandido grande y guapo. Sus ojos se escaparon hasta la camisa desabrochada, bajo ella se adivinaba su poderío físico, su vigor. La moza se pasó la lengua por los labios. Marcos sonrió sensual y le guiñó un ojo mientras se levantaba acompañado de una erección que golpeaba su bragueta.
—¡Somos los reyes del mundo! —gritó Marcos con la copa en alto.
—Brindemos por eso —dijo el Duque levantando la suya.
Los bandoleros chocaron sus copas de vino.
María no se unió al brindis. El gobierno no podía permitir hechos como el robo al furgón de Hacienda. Si alguna vez habían necesitado huir y esconderse era en ese momento.
Por desgracia, solo el Tuerto estaba de acuerdo con ella.
—¿Cuánto creéis que va a tardar el general Manso en enterarse que estamos aquí?
La respuesta de Marcos fue caminar hacia la moza que lo esperaba; pero María no se dio por aludida y miró al Duque.
