El bazar de los abrazos - Sonia Abadi - E-Book

El bazar de los abrazos E-Book

Sonia Abadi

0,0

Beschreibung

Sonia Abadi recorre los múltiples espacios vinculados con el tango dejando en ellos su inconfundible señal. Desde la escritura, el canto y el baile, su minuciosa observación y creatividad atraen la atención tanto de los amantes del tango como de quienes sin conocerlo empiezan a relacionarse con él. En este libro cuenta la experiencia de bailar tango en Buenos Aires. Describe el fenómeno sociocultural, la relación hombre-mujer y la pasión por el baile.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 143

Veröffentlichungsjahr: 2018

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Composición y armado: Mónica B. Oliveira

Diseño de tapa: [estudio dos] comunicación visual

Ilustración tapa: Guillermo Alio (www.aliotango.com)

Fotografías interior: Daniel Flores (www.fotos2x4tango.com.ar)

4a edición ampliada: octubre de 2011.

3a edición ampliada: noviembre de 2005.

 

Abadi, Sonia

El bazar de los abrazos : crónicas milongueras / Sonia Abadi. - 1a ed. ampliada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Grupo Abierto Libros, 2018.

Libro digital, EPUB

 

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-46393-8-7

 

1. Autobiografías. 2. Tango. I. Título.

CDD 920.72

Invitación al abrazo

(a modo de dedicatoria y agradecimientos)

Un día alguien se olvidó una puerta abierta y me colé en la Milonga. Miré, escuché, aprendí a bailar, me contaron cosas, adiviné otras. Fue la experiencia y no la mirada fría y objetiva del investigador la que me despertó el deseo de contar. Frases y situaciones que surgieron oyendo confidencias, quejas, ocu-rrencias, engendraron estos relatos. Pregunté a los tantos extranjeros que venían a Buenos Aires a bailar, por qué se habían apasionado de ese modo con nuestro tango. La respuesta era siempre la misma: por el abrazo.

¿Cómo contar a los que bailaban lo que ya sabían, lo que ellos mismos estaban viviendo? Decidí hacerlos cómplices y que se vieran reflejados. Y se encontraron como en un espejo.

Creían reconocerse en algún personaje: Decime, el gordito que baila con las flacas soy yo, ¿no?. Otras se sentían vengadas: Qué bueno que hablaste de las mal bailadas, se lo merecen. Algunos me dijeron: Los leo para entender lo que me pasa. Me daban ideas, me sugerían que escribiera sobre temas que les inquietaban. Todos se sentían legitimados en su berretín.

Hijo natural de una pasión con el tango, apadrinado por los milongueros, acunado por las bailarinas, nació este libro. Le robó al baile el tiempo para escribir y al escribir el tiempo para bailar, ya que el tiempo del trabajo era intocable. Con la picardía de la milonga, la pasión del tango y el vértigo del vals, se hizo este abrazo porteño que quiero compartir con cada uno.

El Bazar tuvo repercusión en varios países. La revista Reportango de Nueva York reproduce en cada número un capítulo. Fue publicado en alemán, en sueco y en inglés, y traducido al portugués, italiano, ruso y francés. Despertó el interés de antropólogos norteamericanos que lo incorporaroncomo material de lectura en la Cátedra de Estudios Lati-noamericanos de la Universidad de Berkeley.

Así llegó la segunda edición, ampliada con los comentarios de los bailarines, y otras notas que había guardado en secreto.

En ésta, la tercera, se incorporan las repercusiones que el libro tuvo en la prensa y en los lectores.

Hoy el Bazar se ha poblado de nuevos abrazos y en él se encuentran los locales y los extranjeros, los que bailan o no, los eternos amantes del tango y los que apenas empiezan a descubrirlo.

 

Corrientes milongueras

 

Referente inevitable de todo porteño que se precie, la calle Corrientes, como un río que atraviesa la ciudad, es identificada por su historia, sus cafés, teatros y librerías y hasta el tan obvio obelisco. Para el amante del tango más aún, por aquello de “Corrientes 348...”1, “Tristezas de la calle Corrientes”2 y otras evocaciones.

Pero para el milonguero3, Corrientes es además la clave secreta del mundo del tango bailado. Calle que con su mística se abre hacia otras corrientes que forman esa red subterránea de Buenos Aires que es la Milonga4.

Si el milonguero experimentado recuerda su historia y las anécdotas que le han dado renombre, el aspirante a bailarín, en cambio, la respeta como un mito incuestionable.

Algunos se inician en la Milonga a través de una visita “turística”, sentados a la mesa de los amigos que los introducen en el rito secreto, atraídos y escandalizados por el impacto de ver a esos fanáticos que se miran, se abrazan, giran y se separan sin un adiós.

Otros se acercan por el dato de un amigo que baila, entran en la corriente y comienzan quizá por conocer un pequeño reducto donde darán sus primeros pasos: confitería antigua, club de barrio, estudio destartalado, en los que una pareja de voluntariosos profesores los inicia en los secretos del básico, los ochos, los giros y las paradas5.

El novato descubre ese primer subsuelo de la ciudad con una mezcla de temor y fascinación. Y siente que ha llegado al fondo escondido de un mundo hasta entonces inimaginado.

¡Está viviendo una experiencia que bordea lo marginal! Clase, práctica6, milonga, los limites se borran, se trascienden, se transgreden: edades, orígenes sociales o culturales, propor-ciones físicas no son ya barreras sino puentes. Pero recién entonces comienza la sorpresa. Apenas repuesto del primer impacto, el ingenuo bailarín o bailarina descubre rápidamente las corrientes subterráneas que fluyen desde y confluyen hacia ese pequeño reducto milonguero. Datos susurrados sobre otros maestros, clases, seminarios o milongas lo inician en ese viaje que ya no tendrá fin ni retorno. Si le pica el bichito de bailar, terminará entregado, perdido y encontrado en la marea inmensa del tango.

Comienza a leer las publicaciones que hablan del tango vivo, las estudia, anota días y horas de ese bailar permanente que se extiende cada noche y cada día durante siete días por semana.

Y entra en la “red”, red fantasma para algunos pero una de las redes más vivas de Buenos Aires. Como en un cuento de ciencia ficción, ese pequeño sótano aparentemente cerrado, se abre hacia cientos de puertas y pasadizos que se ramifican atravesando todos los barrios de la ciudad. Y descubre barrios y calles hasta entonces desconocidos, llega a puertas misterio-sas, escaleras, silencios... y aterriza deslumbrado en ese espa-cio lleno de tango, en el centro la mágica pista de los que bailan, en la orilla las mesas de los que miran.

La calle Corrientes y las otras corrientes que llevan a los milongueros de la tarde a la noche, del martes al miércoles o al domingo, de San Telmo a Almagro, de Villa Urquiza al Centro, en un frenesí de tangos, milongas y valses. En la afanosa búsqueda de una mesa con vista a la pista, el acuerdo con los amigos sobre el mejor lugar para ir un viernes, o simplemente largarse solo a la aventura.

A esa altura muchos ya aprendieron, a veces a golpes de papelón, algunos códigos y modismos. Los nuevos comparten trucos y consejos. Camisas de recambio para los hombres, medias de repuesto para las mujeres, chicles, pastillas de menta, pero además dónde comprar los zapatos, a qué hora llegar.

“¿Cómo hacen para cabecear?”7 , pregunta uno ingenua-mente. “Yo no sé a quien mirar”, se escucha tímidamente en una mesa de mujeres.

Van conociendo también la cambiante geografía del circuito milonguero. Los pisos suaves que acompañan sensualmente al deslizarse. Los demasiado ásperos, duros, que precisan del talco salvador. Los que patinan tanto que se corre el riesgo de quebrarse una pierna o, lo que es peor, romperse un taco. Volcá un poco de agua en el piso y mojate las suelas, le aconseja en un susurro una experimentada bailarina con cuatro meses de milonga a su amiga que recién empieza.

Viaje de milonga en milonga, navegantes solitarios que llegan a puertos inquietantes o seguros, recorriendo los canales de esa ciudad oculta, tan dormida, despierta e insomne.

Corriente que los arrastrará con su fuerza imponente en un remolino de giros y fluirá por todas las pistas de Buenos Aires. La Milonga no es otra cosa que un gran club con varias sedes, donde se reencuentran las caras de siempre con las de hoy, la tranquilidad de lo conocido con la expectativa de lo inédito.

Y lo más intransferible: cada uno comienza a entender que una vez que se le abrieron los caminos de la Milonga ya nada será igual, los espacios ganados en el cuerpo y el alma ya no se cerrarán, aún si uno decidiera (en un incomprensible ataque de locura) no volver a bailar jamás.

 

Aquí se borran todas las diferencias, de edades, de clases, de proporciones físicas...

 

“...un mundo de distancias había entre los dos...”8

Argentinos, uruguayos, provincianos o porteños, europeos o norteamericanos, todos se exhiben y se observan en la milonga.

Aquí se borran todas las diferencias, de edades, de clases, de proporciones físicas, se oye decir con asombro a los nuevos y con orgullo a los de siempre. Y sin embargo, si bien es cierto que no se discrimina, el atractivo esencial de la milonga está precisamente en las diferencias. El baile no las borra, al contrario, las asume, las destaca, las cultiva, las celebra, las lleva hasta el límite. Y comienza, sin duda, por la diferencia hombre-mujer.

Rubia, un metro ochenta, vestida de largo, castellano trabajoso y elemental, muere por bailar con ese señor bajito, morochón, que la va a deslizar por la pista con sabias artes de milonguero y quizá la seduzca también con artimañas de porteño.

Señor mayor con canas primorosamente teñidas y aires de compadrito9 de antaño mira a tres lindas y elegantes señoras con pinta de Barrio Norte, que lo fichan10 al unísono.

Ella, medias de red, tacos altísimos, maquillada como para salir a escena, suspira dormida entre los brazos de un chico de jeans, colita y arito, la remera ancha y larga por fuera del pantalón.

Joven bailarín, más atrevido cuanto más novato, arriesga su única oportunidad con la milonguera experimentada, sa-biendo que si pasa la prueba, habrá subido un escalón en la consideración de los otros hombres. Y quizá de las pibas de veinte que buscan la experiencia y seguridad de un milonguero mayor.

Aquel gordito con el centro de gravedad bien anclado en el piso y ese modo tranquilo de pasear a la mina por el ecuador de su panza, es el preferido de algunas escuálidas damiselas.

Todos tienen su encanto.

Por eso lo esencial es tener un sello personal. Lo único imperdonable en la milonga, aparte por supuesto de no saber bailar, es ser neutro. Sin algo que te identifique sos invisible, las chicas no te salen, los hombres no te sacan. No conseguís mesa y ni las mozas te atienden.

Los extranjeros lo entendieron enseguida por eso se disfra-zan para salir a milonguear: franceses de chaleco, alemanes de tiradores, italianos de pañuelo al cuello.

Los de aquí lo hacen más sutilmente, esquivando la posible caricatura. Usan detalles en el vestir, pero especialmente ellos cultivan el estilo del baile y hasta el modo de cabecear, ellas desde la cadencia al caminar hasta la manera de sentarse.

Todos acentúan sus diferencias y si no las tienen las inventan. Cada uno, cada una, va construyendo su propio personaje en esa función continuada que es la Milonga.

La íntima aspiración de todo milonguero o milonguera es ser inconfundible. Que te reconozcan de lejos y de muy cerca también.

Allí todos saben quien es quien. Bety, Lily, Susy, Tana, chicas de Buenos Aires. También Cachos, Chiches, Betos y Quiques. Y otros sobrenombres de códigos secretos que mur-muran las chicas cuando hablan de ciertos hombres.

La Milonga es una galería de figuras claramente identificables que se destacan sobre el fondo de los neutros. Esos que no pueden o aún no se atreven a jugar el juego de las diferencias. Bailar tango es no bancarse la vida como espectadores y encarar el desafío de ser protagonistas.

Tango droga, tango pasión

 

Ella está invitada a un cumpleaños. Al rato se aburre, se impacienta, quiere huir hacia esa milonga que la llama y la extraña. Alucina las caras, las luces, la música. Finalmente con una excusa, estoy cansada, mañana trabajo temprano, se toma un taxi, ambulancia que la lleva de urgencia a la Milonga.

Respira aliviada al oír la música desde la calle. Sigue allí, no se ha esfumado. No era un espejismo, el oasis existe. Y la leve vibración del piso y las ráfagas de brisa que provocan los giros. Paisaje conocido, puerto seguro, sala de guardia permanente para los enfermos de tango, de vida, de encuen-tro, de sueños.

Él fue al cine, quizás a comer. Maneja de vuelta a su casa. ¿Y si paso un ratito por la milonga y me bailo un par de tandas?11 Es tarde, se acomoda en la barra. Reconoce una cara amiga a través de la pista, le parece que ya la vio bailando el martes cerca de Parque Centenario, ¿o fue el jueves por San Telmo? Ahora que están bailando se acuerda de que estaba el martes y también el jueves. Y hoy recién es viernes. Otra adicta como él. Le pregunta con una sonrisa cómplice: ¿En quédosis estás ahora?

Historia que se repite y se confiesan en secreto los nuevos y viejos milongueros que, como el adicto, sufren de síndrome de abstinencia.

Sin embargo, existe más de un modo o grado de adicción. Al comienzo es la crisis aguda. Locura por bailar, desinterés por casi todo lo demás, clases todos los días. Estos se caracterizan por el nomadismo y la no selectividad:recorren diferentes lugares, bailan de todo y con todos. Bolsos, mochilas, baúl del auto se pueblan de zapatos,perfumes, pastillas de menta, revista tanguera con horarios y direcciones; en fin, un equipo completo de supervivencia milonguera. Un ojo indiscreto en un ascensor los descubriría ensayando pasos.

A veces el cuadro clínico se estabiliza, cuando descubren que la Milonga puede ser compatible con otras formas de vida: pareja, amigos que no bailan, deportes, salidas al cine o a comer.

El paso del tiempo lleva naturalmente de un estado al otro. Pero en cualquier momento, arrastrado por soledades y tristezas, la desocupación, o un entusiasmo pasajero, se vuelve a la crisis aguda y se reinicia todo el ciclo.

Pero están también los adictos crónicos. Aquellos que llevan años sentados a la misma mesa de los mismos salones, y que han hecho de la Milonga su vida. Son más sedentarios, más selectivos respecto de las orquestas y los compañeros de baile, no bailan todas las tandas.

Nuevos y viejos milongueros, ¿adicción o metejón? ¿Droga o pasión?

Vicio, droga, pero también remedio. Cuando otros tienen que esperar los cumpleaños o los casamientos, ellos son los privilegiados que están de fiesta varios días por semana.

Si bailar es placer del cuerpo y del espíritu atravesados por la música, bailar abrazados agrega la sensualidad. Pero bailar tango añade la destreza, el juego, el arte de improvisar de a dos. Y salir a milonguear empilchado12 para la ocasión ya es pura magia y celebración.

 

Como dos extraños13

 

Si no hubo encuentro no tiene sentido hablar de des-pedida. Encuentros y despedidas marcadas por la secuencia implacable de las tandas. Tango, milonga, tango, vals14, tango... Cada tanto la irrupción de un ritmo tropical, tal vez el rock o hasta una chacarera. Y vuelta al tango. Encuentro, despedida, encuentro, ilusiones, agonías y nuevas ilusiones.

Claro que hay grupos de amigos, amores pasados o posibles, compañerismo y complicidades. Pero a pesar de todo, en la milonga reina la ley de la tanda.

El abrazo, preludio insensato de un nuevo adiós. Abrazo tranquilizador de un cuerpo conocido, abrazo inquietante de un otro por descubrir. Alientos, calores, formas que se ensamblan. Distancias y proximidades, encuentros y desencuentros. A veces mágica comunión, otras incómodo forcejeo.

La cortina15 marca el final de cada tanda. Melodía singular que lleva el sello de cada milonga. La pista se vacía para dejar lugar a las miradas, los bailarines regresan a sus mesas, excitados, decepcionados, nostálgicos, sin mirar atrás.

Rápidamente un trago, un comentario breve a los compañeros de mesa, y otra vez las miradas al acecho. Veladamente ansiosas, tramposamente distraídas, sutilmente insistentes. De frente, de reojo, en forma circular, cada una, cada uno, explora el aire intentando encontrar al próximo compañero de baile.

Hombres y mujeres, las miradas se evitan o se cruzan, o ambas cosas a la vez. A veces tímidas, otras francas, otras desafiantes.

La pista vacía, los primeros acordes. Finalmente la mirada se detiene... ha encontrado el objetivo; apunta, insiste, acaricia, atraviesa.

Por fin me vio..., no...desvía la vista hacia otro lado, ¿Me está sacando a mí o a la de al lado? ¿Será a la de atrás?... resiste la tentación de mirar por encima del hombro.

Él y ella se levantan, él camina hacia ella, que se estira la pollera o se acomoda el pelo, esperando al borde de la pista.

Se encuentran como si nunca antes se hubieran visto, se separarán como si no fueran a verse nunca más.

Como dos extraños, aún si ya han bailado juntos muchas veces, casi sin saludarse inician todo el rito una vez más.

A veces la promesa de otros tangos. Él sugiere un encuentro:

Cuando pasen Pugliese16, quizás un café más tarde. ¿Dónde vas a bailar los viernes? Y vuelta a separarse. Conlos últimos acordes de la tanda, abandonan la pista intercambiando un gracias apenas cortés y se alejan sin mirar atrás, como dos extraños.

Y así hasta el fin. Fin del mundo o simplemente fin de la noche, hasta la última despedida que termina con la tortura de tantas pequeñas despedidas. En cada milonga, aquí y en el mundo, la noche se cierra con los compases inconfundibles de La Cumparsita17.