El Bien Común - Juan Carlos Ossandón Valdés - E-Book

El Bien Común E-Book

Juan Carlos Ossandón Valdés

0,0

Beschreibung

El fundamento de la solidaridad y de la convivencia. El bien común es el bien propio de toda sociedad. Pese a ello, vivimos en una época en la cual es ignorado. Se suele mencionar en discursos políticos, apenas como mera retórica. En la antigüedad, si bien no hallamos expresada con claridad la idea, se la vivía. En cambio, en la cultura actual resulta muy difícil pensar el bien común adecuadamente; incluso, hay muchos que niegan su existencia. De esta forma, urge resucitar tal noción y llevarla a la práctica, porque de su recta conceptualización depende la paz y salud de nuestros pueblos. El profesor Juan Carlos Ossandón aborda en esta obra el concepto del bien común; su definición y contenido; su relación con la moral, la economía y la justicia; su importancia para la realización de la persona humana, y su supremacía como principio rector de la sociedad.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 272

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



EL BIEN COMÚN

Autor: Juan Carlos Ossandón Valdés

Editorial Conservadora S.p.A.

Badajoz 100, of. 523

Las Condes, Santiago, Chile

www.editorialconservadora.cl

Edición: Benjamín Lagos Cárdenas

Diseño: Carlos Merino Vial

Derechos reservados.

©2020 Juan Carlos Ossandón Valdés

Inscripción N° 2020-A-3494

Registro de Propiedad Intelectual

ISBN 978-956-09169-5-2

ISBN Digital 978-956-6172-08-6

Se prohíbe la reproducción parcial o total de este libro por cualquier medio, salvo autorización previa y escrita de Editorial Conservadora S.p.A.

Diagramación digital: ebooks [email protected]

INTRODUCCIÓN

I. NOCIÓN DE BIEN COMÚN

1. La Bondad

2. Común

3. El Bien Común

4. El Bien Común de la Sociedad

II. EL BIEN COMÚN Y LA OBLIGATORIEDAD DE LA MORAL

1. La Obligatoriedad en Kant

2. La Obligatoriedad en la Civilización Occidental

3. Fundamento de la Obligatoriedad

4. Carácter Absoluto de la Obligatoriedad

5. El Bien Común

III. BIEN COMÚN, ECONOMÍA Y PROPIEDAD

1. La Economía

2. La Propiedad

3. Al Servicio del Bien Común

IV. BIEN COMÚN Y JUSTICIA

1. Noción de Justicia

2. Tipos de Justicia

V. REALIZACIÓN PERSONAL Y BIEN COMÚN

1. La Realización Personal

2. El Bien Común

3. El Amor del Bien Común

4. El Personalismo Cristiano

5. Persona e Individuo

VI. LA SUPREMACÍA DEL BIEN COMÚN

1. El Personalismo Cristiano

2. Sobre la Beatitud del Hombre (De Hominis Beatitudine)

3. El Bien Común, Fundamento de la Moral

VII. EL ESTADO Y EL BIEN COMÚN

1. La causa de la sociedad

2. El bien común extrínseco del Estado

3. El bien común intrínseco del Estado

BIBLIOGRAFÍA

Como todos deberíamos saber, el bien común es el bien propio de toda sociedad, desde el matrimonio hasta el imperio. A pesar de ello, vivimos en una época en la cual es ignorado. Se suele mencionar en discursos políticos, mas parece ser mera retórica. Urge, pues, resucitar tal noción y llevarla a la práctica, porque de su buena conceptualización depende la paz y salud de nuestros pueblos.

En nuestra cultura actual resulta muy difícil pensarlo adecuadamente. Este hecho debería sorprendernos. Aparentemente, nada debería ser más fácil que definirlo; mas la inmensa variedad de nociones que podemos hallar nos muestra claramente la dificultad en que nos encontramos. Pero hay que reconocer que abundan los que niegan derechamente que exista algo que, en la realidad, corresponda a este concepto. Nos sorprende saber que, en la antigüedad, si bien no hallamos expresada claramente la idea, advertimos que se la vivía.

Esta última aseveración podría llamar la atención. Bastará que comprendamos que nuestra biología nos la impone para que salgamos de toda duda. ¿Cómo así? Pertenecemos a una especie sexuada que exige la complementación varón-mujer para sobrevivir. Se me dirá, tal vez, que lo mismo ocurre en tantas otras especies que no se ve la relación con lo que estoy intentando mostrar.

Pensemos, por un momento, en el abismo que nos separa de los irracionales. Todos ellos están provistos de una conducta instintiva que los hace aptos para sobrevivir en cuanto nacen, o muy poco después. ¿Qué hembra reconoce a sus hijos después del destete? Sus crías son aptas para desenvolverse por su cuenta, por lo que ya no la necesitan; en consecuencia, no se da en ellos familia alguna. Nosotros, en cambio, somos perfectamente inútiles, incapaces de sobrevivir por años y todo lo hemos de aprender por imitación de nuestros padres. Sin familia, el ser humano es inviable. Una familia es una sociedad y toda sociedad existe únicamente si entra en juego un bien común, como más adelante expondremos. O hay bien común o no hay especie humana.

Más aún. Es de advertir que no basta una mera imitación. Lo propio de nuestra especie radica en que somos capaces de comprender nuestro entorno. Es nuestra inteligencia la que nos hace superiores a los irracionales. El acto mediante el cual la inteligencia comprende lo que la rodea se llama concepto, o, a partir de Descartes, idea. Hace ya bastante tiempo se ha descubierto que no bastan nuestros sentidos externos para que podamos producir conceptos. Lo que aquellos nos entregan son tan solo apariencias externas de los objetos, perfectamente inútiles para la comprensión de la realidad. Los errores de los bebés nos ilustran adecuadamente sobre el particular cuando los vemos intentar coger algo muy distante, o sacar, con sus deditos, la bolita de luz que se proyecta sobre la pared. ¿Cómo aprende a conceptualizar, es decir, a pensar un ser humano? Gracias a la estimulación que recibe de otra inteligencia. Esta última la estimula normalmente mediante la voz, la palabra hablada. Es el lenguaje el que despierta, poco a poco, la inteligencia del niño. Esa capacidad que tenemos de significar, mediante voces, lo que queremos enseñarle es lo que va a despertarla. Es por eso por lo que los idiomas se aprenden en la niñez con tanta facilidad y como si fueran la lengua materna, que, por algo, se llama así. Observemos que los niños hablan como si todos los verbos fueran regulares. Espontáneamente abstraen la forma de la conjugación verbal y la usan con toda propiedad sin haber estudiado gramática alguna. El verbo irregular nos muestra la enorme capacidad de abstracción formal1 que tienen a esa edad y que nunca más lograrán igualar. La superioridad del adulto proviene de la experiencia que le permite distinguir la realidad de la fantasía, cosa bastante difícil para ellos. Por eso es tan peligrosa la televisión a esa corta edad.

Mediante la voz significativa, pues, una inteligencia cultiva a otra inteligencia. Si alguna vez ningún hombre supo hablar, si alguna vez no existió lenguaje alguno, la especie humana habría sido inviable, o, en el mejor de los casos, habría sido la especie más incapaz de todas. Toda nuestra superioridad, pues, se debe a la familia y esta se debe al bien común que la exige.

En la antigüedad, en consecuencia, el bien común se vivía aunque aún no estuviera bien conceptualizado. Nos ayudará a comprenderlo una distinción que debemos a la filosofía medieval, la que consideraba dos modos de conocer una realidad: in actu exercito e in actu signato. El primero señala lo que se “sabe” porque se lo vive. Así, todos sabemos mover una mano; pero si nos preguntan cómo lo hacemos, no podemos explicarlo. Quien conozca bien la anatomía y fisiología de ella podrá saberlo in actu signato.De este modo, los antiguos vivían la necesidad imperiosa de ayudarse mutuamente: ¡ay del que está solo!, solían decir. Sin embargo, no desarrollaron el concepto, no acuñaron la expresión. Reconocieron, sí, que había una utilidad común que se vivía en la ciudad. Tal vez fue Aristóteles quien más se acercó al concepto. Otro tanto puede decirse de Cicerón. De hecho, su expresión res publica lo insinúa. Puede decirse que equivale a esa utilidad común aristotélica. Pero faltaba la comprensión cabal de esa realidad. A esta última la llamamos conocer in actu signato.

En esa época estaba claro cuánto costaba sobrevivir. Por ello el salmo nos narra la situación desastrosa de los que no encuentran la vía que conduce a una ciudad habitada2, y el orador romano termina una sedición con un simple ejemplo: la ciudad es como el cuerpo de un hombre: no todos pueden ser cabeza, alguno tiene que ser pie; pero tan necesario es el uno como el otro. No es razonable, pues, que el pie golpee a la cabeza. Aristóteles, por su parte, expresa que, si alguien anda solo, no es un hombre, es una bestia o un Dios3.

Basten estos ejemplos para mostrar que el bien común se vivía aunque no se hubiera creado el concepto como los medievales lo hicieron; por lo que debería sernos algo tan conocido que este libro estuviera completamente fuera de lugar.

Probablemente han oído hablar del carácter social de la persona humana. Pero como la sociedad proviene del bien común, señalar tal carácter implica reconocer que la persona está hecha para el bien común, lo que, por desgracia, no suele ser destacado cuando se habla de ello. Por lo que, si ha habido una ideología nefasta en la historia de la humanidad, ha sido aquella que nos ha hecho olvidar esta realidad, fundante de nuestra especie.

La expresión “bien común” se halla, quizás por primera vez, en san Agustín. El último gran genio de la antigüedad llega a la conclusión de que Dios es el bien de todas las cosas, por lo que merece ser llamado bien común4. Los medievales van a estudiar esa noción, en especial santo Tomás de Aquino. Aunque este último no tiene un tratado dedicado a ella, sus numerosas alusiones, su definición del concepto y la determinación de sus propiedades, permiten desarrollar todo un libro sobre este particular. Si los medievales llegaron a comprenderla ¿a qué se debe que hoy nos resulte desconocida?

En cuanto Inglaterra se separó de Roma y creó una iglesia nacional cuyo jefe supremo era Su Majestad, se vio envuelta en sediciones interminables. Urgía, pues, hallar una doctrina que convenciera a tan revoltoso pueblo y lo hiciera convivir en paz, como corresponde a seres civilizados. Quien la desarrolló fue Tomás Hobbes.

Para convencer a sus ciudadanos escribió, entre otras obras, su famoso Leviatán. En este libro hallamos una muy curiosa interpretación del origen de la humanidad que, aunque parezca increíble, va a terminar por convencer a buena parte de los europeos. Digamos, para descargar de culpa al siglo XVII, uno de los más gloriosos de la historia europea, que no tuvo audiencia en vida y fue considerado un insensato por sus contemporáneos. Él es el autor de la singular hipótesis del estado natural del hombre, en el que habría sido puesto por la naturaleza -¿conoce alguien a esa señora?- y en el que habría vivido por siglos. Nunca terminará la polémica entre sus estudiosos: entre los que, por una parte, estiman que Hobbes creía que realmente se había dado ese estado natural y, por la otra, los que piensan que era tan solo una argucia lógica para darle solidez a su solución al problema que no dejaba vivir tranquilos a sus conciudadanos. Sea de esto lo que fuere, su hipótesis consiste en fingir que hubo un tiempo en que el hombre vivía en perfecta soledad, como una fiera. Así lo había “creado” la naturaleza. Además los creó a todos iguales, tanto en sus facultades corporales como en las mentales5. Como nadie es superior a otro, cada cual vive libre, sin someterse a nadie. Al no haber un poder sobre ellos, viven en una guerra permanente de todos contra todos. Concluye Hobbes que, en estado natural, la vida del hombre es solitaria, pobre, sórdida, feroz y breve6. Esta guerra posee una característica muy particular: ninguna acción puede ser considerada injusta. En ella no tienen lugar las nociones de correcto e incorrecto, justicia e injusticia. La fuerza y el fraude son sus “virtudes” cardinales7.

Por supuesto que el autor no presenta ninguna prueba en la que apoyar sus juicios históricos. Habrá que creerle por fe. Ha nacido el individualismo. Si continuamos su lectura, comprendemos que su desenfreno será absoluto. Nos invita, pues, tan imaginativo autor, a que pensemos en la ley natural: jus naturale, como la llaman comúnmente los autores8. Pero la noción que de ella da nos sorprende:

“El derecho de la naturaleza, que comúnmente los autores llaman “jus naturale”, es la libertad que cada hombre tiene de usar su propio poder como quiera para preservar su naturaleza – quiero decir, su propia vida – y, en consecuencia, de hacer todo lo que, según su propio juicio y razón, creerá que es lo más apto para ello”9.

A mi juicio, este texto es el acta de nacimiento del liberalismo. Veámoslo más de cerca.

Ignoro de dónde sacó Hobbes semejante noción de ius naturale. La expresión ya la hallamos en Cicerón, jus naturae, con el sentido de ley a la que se somete todo hombre y es la usada durante toda la Edad Media. Todavía hoy llamamos facultad de derecho a la que se dedica a estudiar la legislación. Por ello se suele hoy, para no caer en anfibología, distinguir el derecho objetivo, la ley, del subjetivo; distinción que explicaremos más adelante. La doctrina de Hobbes se limita a este último e ignora al anterior.

Igualmente sorprendente es su concepto de libertad: ausencia de todo impedimento externo10; único concepto que reconocen los liberales en la actualidad. Ninguna alusión a la verdadera libertad que radica al interior del ser humano gracias a la cual puede determinar su actividad y que se mantiene incólume sin importar cuántos impedimentos externos haya.

Más sorprendidos nos sentimos cuando lo observamos oponiendo ley a derecho. La ley natural, según este pensador, es entendida como el precepto que nos prohíbe destruir nuestra naturaleza. Por lo que, mientras el derecho nos otorga libertad, la ley nos ata11.

La verdad es que la inmoralidad de este pensamiento resulta chocante. Así, por ejemplo, nos informa que la naturaleza nos autoriza a usar cualquier medio para salvar nuestras vidas, incluso a apoderarnos del cuerpo de nuestro enemigo12. De modo que estamos autorizados para asesinar y esclavizar a quien se nos dé la gana. Estamos, pues, ante una imaginativa justificación de la inmoralidad que, para colmo, se atribuye a la naturaleza. Bien que nunca queda claro qué entiende este autor por naturaleza. Mas, como es tan común en la actualidad, se usa esta voz como sucedáneo de Dios, lo que es fácil advertir cuando se le atribuye el poder de crear13.

Como puede observarse, los que acepten esta teoría, los liberales, por ejemplo, olvidarán por completo el bien común y se sentirán con derecho a todo. Sin embargo, lo más grave radica en el individualismo que implica esta visión. Como leímos hace un instante, cada cual, según su propio juicio y razón, se ha de servir de su fuerza para obtener sus objetivos, autorizado por la ley natural para ello. Recordemos que todos los demás hombres son sus enemigos, sobre los cuales tiene derecho absoluto, si me permiten la expresión. Tal cúmulo de aberraciones dará lugar a una construcción quimérica: todos los hombres renuncian a su derecho natural y hacen entrega del mismo al rey. De este modo, el rey no puede realizar ningún acto injusto, ya que, ante él, nadie tiene derecho a nada. Según su real criterio distribuirá entre sus súbditos los derechos que estime conveniente. Cada hombre ha de quedar agradecido de lo que ha recibido y no tiene derecho alguno a quejarse. Junto al individualismo original, terminamos aceptando un absolutismo radical.

Los liberales no aceptarán este absolutismo realmente increíble, pero se esforzarán por convencernos de la realidad de ese estado natural que la naturaleza nos concedió y que lo justifica; si bien, por arte de magia, la horrorosa visión que hemos expuesto es cambiada por otra que nos recuerda el paraíso terrenal de nuestros primeros padres. Claro está que, en esta nueva visión, resulta sorprendente que los hombres hayan cometido la insensatez de renunciar a tan dichosa situación. Pero renunciaron, y, mediante el contrato social, crearon la sociedad en la que vivimos.

La revolución industrial, guiada por las ideas liberales, produjo la proletarización de las masas obreras y creó condiciones de trabajo inhumanas. Con ella comienza la incorporación de la mujer y del niño a las industrias en jornadas laborales de doce o más horas. Este ambiente va a provocar una violenta reacción que se apoderará de la voz socialismo, inventada por Owen14. Dada la “disociedad” creada por el liberalismo, no les quedó más que encargar de todo al Estado. Uno de sus primeros teóricos fue el conde de Saint-Simón15, quien pretende inspirarse en los Evangelios, por lo que su última obra se titula Nuevo Cristianismo. En esta, intenta hacernos regresar al cristianismo primitivo. Ilusión que ha servido para justificar cuanta herejía ha habido en el mundo en estos últimos tiempos. Sin embargo, la absoluta carencia de religiosidad de este pretendido nuevo cristianismo le atrajo las críticas de los teólogos. Según él, lo único realmente cristiano es el amaos los unos a los otros, por lo que deja de lado la fe en Dios, la vida futura y todas las instituciones eclesiásticas que fueron creadas más tarde, si hemos de creerle a él.

Al comienzo, este movimiento procuraba tan solo mejorar la situación de los obreros mediante medidas más o menos atinadas. Carlos Marx los despreciaba calificándolos de socialistas utópicos. Sin embargo, ellos sostuvieron la mayoría de las ideas que han conformado el sustrato de todos los socialismos: su positivismo16 agnóstico; su rechazo de la propiedad privada que llegó a ocupar el lugar del pecado original17; la entrega de toda la propiedad al Estado, que hoy llamamos estatismo y tanto lamentamos, y la fe en el progreso ineluctable de la sociedad.

Desde nuestro punto de vista, los socialismos significan un progreso al reconocer el carácter social de la persona -si bien no usan esta expresión- lo que implica un reconocimiento, al menos implícito, del bien común. Por desgracia, su falta de profundidad filosófica los lleva a conceptualizarlo como si fuese el bien privado del Estado. De ahí que, con el paso del tiempo y, muy en especial, con el arribo del socialismo marxista, el Estado se va a despreocupar completamente de la suerte de los obreros que pasan a ser sus esclavos. Todo queda reducido a la prosperidad y grandeza del Estado que se alza sobre obreros tan explotados como lo estaban las víctimas de la revolución industrial. Añadamos a lo dicho el craso materialismo al que los lleva su admiración irrestricta de la ciencia experimental ayuna de toda guía metafísica y espiritual. Con lo que podemos decir que el remedio fue peor que la enfermedad. El magisterio eclesiástico fue particularmente duro en su condenación18 haciendo uso de expresiones que hoy nos chocan.

Esta nueva concepción hizo nacer el estatismo. De este modo, el bien del Estado reemplaza al bien común. Porque su enemigo era el individualismo liberal, exigió a los individuos sacrificar su bien privado en aras del bien del Estado. Como el único capaz de poner freno al capitalismo salvaje19, que el liberalismo había engendrado, es el Estado, a los individuos no les queda más que inmolarse en servicio suyo. Pero no es esto el bien común, como se comprenderá si volvemos nuestros ojos a la sabiduría medieval. Ella nos servirá de guía en el presente estudio. No está de más observar que la visión contemporánea mejora en muchos aspectos a aquella. Pero es bueno ser agradecido de la labor de nuestros mayores que nos permiten avanzar en el conocimiento de la realidad. Porque, como decía Bernardo de Chartres (principios del siglo XII): somos enanos parados sobre los hombros de un gigante20.

1. La Bondad

Decíamos que esta noción nos resulta difícil de comprender. Estamos ante un concepto complejo formado por dos nociones diferentes: bien y común. Comencemos por la primera, la más difícil de comprender de las dos.

¿Qué es la bondad? Porque algo se dice bueno por la bondad que encierra. Aunque bien sea un adverbio y bueno un adjetivo, ambos pueden ser usados como substantivos: el bien y el mal, lo bueno y lo malo. Un gramático nos advertiría que bueno es un adjetivo concreto y bondad es su abstracto. En otras palabras, bien, bueno, señalan la bondad incorporada en un sujeto: un hombre bueno, un vino bueno, los bienes que un hombre posee; en cambio, bondad señala ese atributo separado de su sujeto; por lo que se define como “calidad de bueno”. El término abstracto es el concepto en estado puro; como tal, solo existe en la inteligencia que lo piensa y goza de una característica extraordinaria: es universal; es decir, se aplica a todos los que cumplan lo que él encierra. El concreto lo refiere a un ente real en el que se realiza lo expresado en la noción separada. Si bien todo concepto es universal, el término abstracto lo presenta de modo inequívoco; podríamos decir: en toda su pureza. En cambio, el concreto más directamente se aplica al individuo: un hombre.

Tanta admiración produce al filósofo Platón esta noción, que, en su diálogo La República, la declara el sol del mundo de las ideas. No es fácil comprender lo que quería decir con esta analogía; sin embargo, podemos pensar que, con ello, le daba a esta idea superioridad respecto de todas las demás. Hay que recordar que, en ese tiempo, se creía que hasta la vida provenía del sol, por lo que casi todas las religiones antiguas lo divinizaban. Es verdad que en otros diálogos Platón otorga la primacía a otras ideas: al ser en El Sofista y al uno en El Parménides. Sea de esto lo que fuere, no cabe duda de que destaca su importancia; es más, la atribuye a todas las cosas puesto que todo lo que ha hecho Zeus es bueno.

Aristóteles, “creador” de la sabiduría -que hoy, por desgracia, llamamos metafísica- declara que hay ciertas nociones que se aplican a toda la realidad. En la Edad Media las llamaron “propiedades trascendentes del ente”21 y hoy preferimos hablar simplemente de los trascendentales. ¿De qué se trata? De llegar a la intimidad de la realidad, a su fondo, a su quinta esencia. Son, pues, las principales nociones que podemos concebir y las que más nos enseñan. Las más destacadas entre ellas son: ente, uno, verdadero y bueno. No solo son la fuente de todo conocimiento, sino las más misteriosas. En verdad, estas nociones no son definibles, por la sencilla razón de que, con ellas, definimos las demás.

El Filósofo no dudó en decir que la sabiduría, que estudia estas nociones, es una ciencia sobrehumana: “Solo Dios puede gozar de tal privilegio”22. En esta materia, según él, nosotros, los humanos, andamos a tientas. No las reduzcamos, sin embargo, al mundo intelectual: ellas expresan realmente lo más íntimo de la realidad; se dan realmente, valga la redundancia, en ella. En otras palabras, son verdaderamente objetivas. Cada cosa existente en el mundo las realiza en sí misma. Cada una a su modo, por supuesto. Cada una es23, es una, es verdadera, es buena, etc. Al comprenderlo, la inteligencia las aplicará de diverso modo a las realidades que estudie. Y lo hará más in actu exercito que in actu signato; es decir, más lo vive que lo sabe explícitamente. ¿Acaso duda Ud. de que la silla en la que está sentado es, es una, es verdadera y es buena? Ciertamente, al sentarse, no piensa en ello; pero si no lo supiera, no se sentaría. Del mismo modo, constantemente aplicamos, vivimos, el principio de causalidad, sin pensar en ello. Es verdad que algunos filósofos se han dado el lujo de negar su validez. Yo les pregunto: si después de estar un año en el extranjero, hallasen que su esposa está encinta de tres meses. ¿Qué pensarían? Por mucho que lo nieguen, viven el principio de causalidad que los verdaderos filósofos estudian cuando se dedican a la sabiduría. Gracias a esta ciencia, pasan de saber in actu exercito, como el común de los mortales, a saber in actu signato, el modo propio de los sabios.

La primera de estas nociones es la de ser o ente. Pero, como no podemos comprender la realidad a cabalidad, señalamos diversos aspectos y decimos que tal cosa es y, además, una, buena, verdadera, etc. Hemos de comprender que nuestra inteligencia es la de un animal, por lo que es la peor de todas, la más deficiente. Así, algo sabemos de todo, pero nuestra comprensión es muy limitada. Por ello las ciencias avanzan lentamente en el conocimiento de la realidad. En definitiva, cada uno de estos conceptos trascendentes es una suma de conceptos diferentes, unificados de modo de permitirnos profundizar en el entendimiento de lo que nos rodea, y de nosotros mismos, hasta llegar a lo más íntimo de cada cosa conocida. A esta propiedad maravillosa, Aristóteles la llamó analogía. En la Edad Media se perfeccionó sobremanera esta concepción. Distinguimos ahora varios modos de analogía. Todo esto se estudia en metafísica, la más difícil de las ciencias, la única que merece llamarse sabiduría. Quien desee profundizar esta doctrina no tiene más que leer un texto dedicado a tal ciencia. Cuide, eso sí, que sea escrito por un tomista, los únicos que comprenden realmente esta doctrina.

En consecuencia, el concepto de bondad es analógico. Esto quiere decir que, al enunciarlo, estamos comprendiendo muchos aspectos diferentes. En otras palabras, nos damos cuenta de que las cosas son buenas de diferentes maneras. No es lo mismo decir que he hallado un buen hombre que decir que he hallado una buena veta de cobre. Peor aún, cuando declaro que un hombre es bueno, puedo decirlo por razones muy diferentes. El atleta está pensando en su velocidad, por ejemplo; el jefe, en su don de mando; el sacerdote, en su religiosidad, etc.

Santo Tomás nos indica que la bondad es el ente comprendido desde la voluntad. Cuando apreciamos un ente, lo declaramos bueno. En consecuencia, bueno es todo lo que nos atrae. Podemos preguntarnos: ¿A qué se debe que lo califiquemos de tal? A que hallamos alguna perfección en él. Su posesión nos ha de perfeccionar, por eso la deseamos. Nos ofrece algo que nos falta. Como tantas cosas nos faltan, lo bueno resulta ser el fin de toda nuestra actividad, lo que nos pone en movimiento. Por lo tanto, la causa final es la primera y principal entre las causas. Si queremos comprender la actividad de los seres humanos, siempre nos preguntamos ¿para qué? Hasta en las novelas policiales, el investigador se pregunta ¿a quién le convenía realizar este delito? Él es el principal sospechoso.

Resumiendo, todo ser es bueno, admirable, atractivo, perfecto. Por algo los griegos llamaron kosmos al universo; es decir, bello, ordenado, y los judíos declararon que Dios, al contemplar su obra, la halló buena. En efecto, si miramos con atención, hallaremos bondad por todo el universo. Una perfección que nos abisma, desde el diminuto átomo hasta una enorme galaxia. La cual, obviamente, se da de modo muy diverso en las diferentes creaturas. Cito a estos pueblos porque de ellos proviene nuestra cultura. En consecuencia, en ética, llamamos bueno a un ser perfectivo de otro como su fin24.

Como cada cosa es llamada buena por su atractivo, el que proviene de la perfección que encierra, podemos preguntarnos cuál es la máxima perfección, lo máximamente bueno. La respuesta más profunda que he encontrado nos la proporciona santo Tomás: la existencia. En realidad, lo primero, para ser perfecto, es ser, es decir, existir. Eso es lo que buscamos, lo que existe y perfecciona la nuestra. Por desgracia, los entes que nos rodean poseen una existencia limitada; es decir, poseen ciertos bienes al mismo tiempo de carecer de otros. Esto se debe a que existen de un modo limitado. Así una barra de cobre manifiesta ciertas perfecciones, pero carece de otras; muchas más, manifiesta un rosal. En este planeta, qué duda cabe, el ser humano es el que posee mayor bondad. Pero siempre nos hallamos ante una existencia limitada, ante una bondad finita. A lo que la limita lo llamamos esencia.

El origen de toda existencia, de toda perfección, de toda bondad, es Dios. En sabiduría se le llama ipsum esse subsistens (el ser mismo en acto de existir), porque es el acto de existir ilimitado, el único que carece de todo límite, de esencia; o, si se prefiere, su esencia es el acto mismo de existir. Al ser existencia sin limitación, en sí encierra toda la perfección, toda la bondad. Y como conocer la bondad es lo que hace feliz al que la conoce, Aristóteles llegó a la conclusión de que tal ser es inmensamente feliz y de modo permanente, dado que es una inteligencia que se conoce a sí misma25. En esta afirmación del sabio griego, estimo que la filosofía helénica llegó a su cima. En consecuencia, de lo dicho comprendemos que la bondad nos atrae en cuanto es perfecta y cada cosa lo es en cuanto está en acto. Pero puede serlo por diversos actos suyos; es decir, por diversos aspectos. El último de los cuales es su existencia y por ella, principalmente, toda cosa es buena; ya que el existir es su último acto. Por ello la bondad, en definitiva, tiene carácter de última: última razón de toda actividad26. Hemos de agregar que, en los seres finitos y contingentes, la existencia es limitada por la esencia, de modo que su bondad básica es completada a medida que se desarrolla. De este modo se dice bueno, completamente bueno, cuando alcanza su plenitud. De ahí que puede ser considerado deficiente mientras no la logre. Por ello, toda creatura se nos presenta como buena y mala a la vez, pero desde un distinto punto de vista. Todos experimentamos que ninguna de ellas es capaz de darnos la paz que ansiamos. Por lo mismo, podemos distinguir bienes más o menos tales. Es obvio, por lo tanto, que mientras a más entes pueda satisfacer un bien, mayor es su bondad. Cuando llegue la hora de distinguir el bien común del bien particular o privado, comprenderemos que siempre es mayor el común.

Como solo Dios posee la bondad sin límite, se comprende fácilmente que todas las creaturas son tan solo hasta cierto punto buenas. En algunas de ellas, tal es su bondad que las queremos por sí mismas: decimos que son bienes honestos. Solo las realidades espirituales merecen tal título. Las realidades materiales, en cambio, lo son tan solo como medio para alcanzarlas, por lo que las declaramos útiles. Las queremos porque nos permiten gozar, en última instancia, de un bien honesto. El bien útil más famoso es el dinero; si ese dinero no es reconocido como válido legalmente, de nada sirve y a nadie le interesa. Saber, en cambio, es querido por todos y siempre, como lo reconociera Aristóteles al comienzo de su Metafísica. Sin embargo, los bienes honestos a nuestro alcance en este mundo no lo son definitivamente, debido a lo cual nunca nos saciamos. A dilucidar este problema se dedica la moral, al menos desde los estudios realizados por Platón y Aristóteles. Así, pues, sostenemos que solo Dios es el bien universal y perfecto; los demás se limitan a participar de la bondad, es decir, poseerla parcialmente. La razón de ello radica en que, dado que la bondad es acto, al ser recibida por una potencia, queda limitada por ella.

Mucho más habría que decir sobre este aspecto de la realidad. Quien se interese en ello puede consultar un libro de metafísica. Para nuestro estudio, nos basta lo dicho.

2. Común

La segunda noción que conforma el concepto complejo que estamos estudiando es el adjetivo común. Calificamos de común a lo que pertenece a varios. Entre las muchísimas acepciones que nos da el diccionario de la Real Academia, nos quedamos con esta, porque es la que nos interesa ahora. Hemos de distinguir, sin embargo, algo común real de lo que lo es solamente de razón. Este segundo modo de ser común es el propio de la predicación, propiedad de nuestros conceptos. Estos son universales porque se predican de muchos: así hombre se predica de todos los individuos de nuestra especie. El universal es menos perfecto que los individuos de los que se predica, ya que solo se refiere a ciertos aspectos de los mismos, separados de ellos. En cambio, en lo común, que hemos llamado real, ocurre lo contrario: este es más perfecto que los que de él participan. Nos referimos a lo común en sentido real, a una comunidad, la que se da solo entre seres racionales, ya que es una realidad inmaterial. Cada socio o miembro de ella posee lo común entero, pero no totalmente. Obviamente puedo decir mi patria, aunque reconozca que esta es más que yo. La comunidad, pues, es una realidad causal y, por lo mismo, es más noble y perfecta que cada uno de sus miembros, ya que, como todo fin, perfecciona a quienes lo poseen27. Sin embargo, toda comunidad tiene un carácter accidental, por lo que su unidad es tan solo una unidad de orden. A pesar de lo cual, ninguna de sus partes, es decir, cada persona, es perfecta separada del todo28; por lo que, hemos de pensar que todo hombre es de una comunidad29.

Estos juicios, que tanto nos repugnan a causa del liberalismo que subyace en nuestra cultura, los comprenderemos mejor más adelante. En épocas anteriores, a nadie le llamarían la atención tales afirmaciones; ellos las vivían, las conocían in actu exercito.

3. El Bien Común

Por eso, lo primero será distinguirlo del bien privado, el que excluye otros propietarios30