El bosque de Serafina - Brígida Tobón - E-Book

El bosque de Serafina E-Book

Brígida Tobón

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Beschreibung

Una antigua profecía de los titíes cabeciblancos anunciaba que un día la elegida vendría para salvarlos, y que no estaría sola porque en esa aventura contaría con la ayuda de los otros animales habitantes de Colosó. Su nombre es Serafina y esta es su historia. Tres biólogas, Brígida, Patricia y Adriana, se unieron para que los lectores conocieran no solo el comienzo de ese viaje sino también para que aprendieran, cuidaran y valoraran al mono tití cabeciblanco, endémico de Colombia, y a otros habitantes del bosque seco tropical, especies todas en riesgo por las acciones de nosotros los seres humanos.

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Seitenzahl: 146

Veröffentlichungsjahr: 2025

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El bosque de Serafina, la tití cabeza de algodón

Brígida Tobón

Ilustraciones: Adriana Ramírez y Patricia Zuluaga

Nota de las autoras

El bosque de Serafina, la tití cabeza de algodón, es un proyecto de ciencia y literatura que gestamos para dar a conocer la riqueza biológica y para generar visibilidad de especies vulnerables, de hábitats estratégicos y, de manera particular, de especies endémicas de nuestro país, como es el caso del tití cabeza de algodón (Saguinus oedipus).

La historia narra las vicisitudes que Serafina y sus aliados enfrentan en su camino de preparación para la defensa de los suyos, y está recreada en Colosó, un bosque seco tropical del norte de Colombia. Quisimos amalgamar la biodiversidad existente en ese bosque con ilustraciones, poesía y fantasía. Por eso las descripciones morfológicas, ecológicas y etológicas las hicimos biológicamente acordes con las especies incluidas y, en lugar de recrear con dibujos las escenas descritas, decidimos realizar ilustraciones científicas de algunos ejemplares de fauna y flora que forman parte del relato. No obstante, fraguamos situaciones emergidas de nuestra imaginación.

Somos tres amigas, biólogas, amantes de la literatura y la pintura, con el deseo de compartir conocimientos científicos y creativos alrededor de la fauna, la flora y los ecosistemas para, de manera lúdica, crear conciencia en los lectores sobre la biodiversidad de los bosques y el compromiso que todos debemos tener con su conservación.

Contenido

Así hablaban los antiguos

El alumbramiento y las estrellas

La noticia brinca y vuela

En el vientre de ébano y misterio

Embeleso y plenilunio

La Ceremonia de Revelación

El recuerdo mudo

El cielo es infinito

Inmóvil vuela con el viento

El círculo de los mil ojos

La Montaña del Enigma entre neblinas

Arañando las nubes

El dolor tras los cristales

Los héroes de antifaz

Celaje y eco

El tornado y las frágiles ventanas de vitral

Un universo de algodón

Que no se seque la belleza en tus ojos

Algo más de Serafina y su historia

El árbol genealógico de Serafina

Personajes de la historia

Colosó y sus habitantes según los humanos

La fauna

La flora

Cuando por fin no haya

más hombres sobre la tierra

y sea para otros animales

el doloroso destino de gobernar el mundo.

¿Con qué rugidos

gorjeos o relinchos

también otro animal entristecido

dirá tu nombre en medio de la noche?

Fernando Herrera Gómez, “Amor constante más allá de la muerte”

Así hablaban los antiguos

En el tiempo de Crispín, el más sabio entre los sabios de los titíes cabeciblancos, Tomasa, la chavarría adivina, profetizó con azarosos gritos que llegarían tiempos de horror y de miseria en el reino de los Saguinus oedipus. Las familias serían separadas y los bosques estrangulados sin compasión. Añadió, bajo juramento, que no se podía cambiar el curso del destino, pues así estaba escrito en los cielos y grabado con sellos de clorofila en los buchones de agua, la vegetación flotante donde ella solía pasar la mayor parte de su tiempo.

Horrorizados los titíes corrieron y saltaron, vociferando contra la maga:

—¡Cállate y desaparece!, buitre de los pantanos, ave de mal agüero.

La chavarría, sin prestar atención al insulto, continuó limándose los espolones que tenía en la articulación de las alas y acicalándose las plumas, a la espera de que los titíes cabeciblancos se calmaran y solo se escuchara en el bosque de Colosó, donde vivían, el susurro de las hojas al desprenderse de las ramas. Al llegar ese momento, Tomasa miró de reojo a los titíes y, con gritos salpicados de revancha, vaticinó entre graznidos maliciosos y pequeños movimientos de cabeza:

—En poco tiempo los llamarán tamarino cabeza de algodón. Serán raptados y condenados a vivir en campos de aislamiento donde los árboles no crecen y el sol es ocultado con rejas y puertas. Serán utilizados para aquello que los humanos llaman ciencia y perderán todo rastro de sus descendientes.

Los titíes, en medio de un ataque de pánico, corrieron con desespero hacia Crispín que, sentado en la rama más alta de una ceiba, al lado de su hembra reproductora, miraba ensimismado hacia la lejanía, mientras Josefa, una de las jóvenes titíes que hacían parte de su séquito, le espulgaba la espalda con suavidad.

—Oh, señor Crispín, tú que eres el más grande sabio de nuestra comarca, ¿es verdad que seremos arrancados de nuestras familias y llevados a mundos donde no hay frutos? –preguntó con ansiedad un tití regordete, famoso por su insaciable apetito a la hora de comer guamitos y aguacatillos.

—¿Y que nos usarán para la ciencia? Pero ¿qué es ciencia, señor Crispín? –averiguó otro curioso tití que, aunque miope, quería descifrar los misterios, incluso aquellos que estaban escondidos entre las nubes y en los troncos de los árboles más viejos–. Perdón, señor, ¿es la ciencia una liana que se enreda o un nuevo...?

Sin poder terminar la pregunta, el pequeño tití fue empujado hacia abajo por la manada que trataba de alcanzar las ramas más altas buscando estar cerca del maestro Crispín para escucharle mejor.

Entre todo el grupo sobresalía una hembra de diez años, esbelta, con su cresta abultada y con el pelo de la espalda bien peinado. Se desplazaba con saltos pequeños, mirando siempre con cuidado que la rama elegida para sentarse estuviera limpia y seca. Trataba a toda costa de que el pelo de su vientre permaneciera blanco inmaculado, como el alba, porque así era como le gustaba a su difunto compañero Alfonsín. La tití hablaba despacio y con cierto acento particular que la distinguía.

—Pero lo más preocupante de todo, respetado Crispín –afirmó Celia, pues así se llamaba la refinada tití–, es que la agorera Tomasa asegura que nuestros hijos no sabrán más de sus hijos... y entonces me pregunto qué sucederá con nuestras tradiciones. ¿Acaso la historia de nuestra especie será borrada de la faz de la tierra?

Después de un largo silencio, Crispín, que había apartado con un gesto brusco las manos de Josefa, descendió al nivel medio del árbol para estar en contacto más directo con las decenas de individuos de su especie que se agolpaban en la ceiba y, en medio de silbidos profundos y graves, les dijo:

—Queridos amigos míos, es verdad que se acercan momentos de gran confusión. Muchos partirán y no podrán volver. Seremos reducidos a pequeños grupos y el alimento escaseará. Nuestro pueblo será perseguido, secuestrado y asesinado, al tiempo que el río agoniza y el viento calla... También es verdad –prosiguió con unos sonidos secos que parecían rugidos y que daban tranquilidad a los oyentes– que a los titíes cabeciblancos jamás nos aniquilarán; porque cuando todo parezca irreversible, aparecerán seres buenos para enfrentar la maldad y proteger el bosque y sus residentes... Porque la verdad es raíz de toda sabiduría, les digo que llegará un día del siglo nuevo en que nacerá uno de nosotros, hermoso como una nube, capaz de ver desde el inicio y recorrer no importa cuál geografía, solo para rescatar de las entrañas del olvido la historia de sus ancestros.

Y, sin pronunciar otra palabra más, Crispín regresó a la rama más alta de la ceiba, donde lo esperaban las manos acariciantes de Josefa y el infinito paisaje de su tierra.

El alumbramiento y las estrellas

Transcurrieron las noches con sus lunas y el sol calentó día tras día. Las lluvias se alternaron con ardientes sequías mientras los viejos titíes cabeciblancos eran relevados por las crías. Así vivió la especie por muchos años en paz, siguiendo el ciclo natural del bosque.

Sin embargo, el último tiempo había sido de infortunio para ellos. Su población se había reducido de forma drástica y vivían en medio de la violencia y el terror causado por la tala desmedida de los árboles y por las acciones de seres con una apariencia extraña que venían desde afuera para capturarlos y llevarlos lejos de Colosó, en donde los encarcelaban y utilizaban para investigaciones médicas.

Después de muchos sufrimientos al fin llegó el siglo nuevo. La esperanza anunciada por el sabio Crispín en épocas remotas comenzaba a vislumbrarse.

—¡Miren, mírenla bien! ¡Está naciendo con los ojos abiertos! –gritó una de las hembras titíes adultas que rodeaban a Aurora mientras esta paría en el tronco hueco de un inmenso caracolí.

La corteza del frondoso árbol mostraba las cicatrices marcadas por su larga vida en forma de profundas fisuras verticales, tapizadas con resinas en rosa y negro.

—Pero ¿cómo puede nacer así? –chilló otra, alarmada, rascándose el pelaje blancuzco del abdomen–. ¡Eso no es normal!

—¡Pobre criatura! De seguro sus ojitos están malformados a causa de la vejez de los padres –agregó una de las más jóvenes.

Entre las titíes que observaban el alumbramiento se había creado una atmósfera de incredulidad y desconcierto. A través de chillidos, buscaban dar explicación a las particulares características que advertían en la recién nacida. Algunas de ellas estaban convencidas de que los ojos de la criatura presentaban taras a causa de la edad de los padres; otras, entre las cuales Belarmina, famosa en todo Colosó por haber sido capaz de escabullirse de una boa gigante, repetían que era apenas natural que la cría tuviera diversos defectos, pues la madre nunca había sido apta para la reproducción.

—Es que la terquedad tiene su precio –silbó con socarronería Josefina–. Sabemos que en nuestra especie no todas podemos procrear dentro del grupo. Para eso tenemos a Ernestina, nuestra hembra reproductora, y si alguna otra quiere tener sus propias crías, pues muy sencillo, busca un nuevo macho y se instala en algún lugar remoto.

—¡Lo que todas sabemos es que tú eres envidiosa y resentida! –chilló Barbarina, una provocadora y despelucada tití, que comía de la goma del árbol.

Sin contener la ira, Josefina dio gritos agudos y frotó su trasero sobre la rama para marcarla con sus secreciones y mostrar su estatus. Barbarina, indiferente al despliegue, continuó con el hostigamiento, asegurándose de que todas las titíes la escucharan.

—No te ofendas porque soy sincera querida –añadió–, ¿acaso crees que ignoramos que tú siempre has deseado usurpar el puesto de Ernestina porque has sido incapaz de encontrar un macho que te lleve lejos para formar tu propio grupo? Así que el rol de inocente no te sienta nada bien.

—¡Un maldito y espantoso adefesio eres tú, Barbarina! –vociferó Josefina histérica–. ¿Por qué no te preocupas mejor de organizar tu pelo? ¡Pareces salida de las trampas donde nos encierran los humanos! ¿O será que tu apariencia se debe a que solo eres la regurgitación de un águila?

—¡Basta, basta de improperios! –ululó Joselín, padre de la recién nacida–. ¿Cuándo se ha visto semejante comportamiento entre los titíes? ¡Qué vergüenza y despropósito! ¡Fuera de aquí! Su compañía en estas circunstancias no es la más recomendada para Aurora –concluyó irritado.

Aurora miraba y limpiaba extasiada a su hija recién nacida sin darse por enterada del alboroto que la rodeaba. Lamía a la cría al tiempo que la acomodaba para amamantarla. Era perfecta. Su pequeño cuerpo albergaba ya cada una de las características de la especie: el rostro adornado con una banda blanca sobre los ojos mientras los lados de la cabeza y las comisuras de los labios estaban cubiertos con un fino pelo plateado. Al centro de la frente, una cresta corta y blanca caía hacia la espalda para luego darle espacio al pelaje marrón y negro. Las patas terminadas en uñas, que en realidad eran diminutas garras, y la cola café rojiza, más larga que el cuerpo, hacían de ella un ejemplar único. Era la más bella tití cabeciblanca parida en la región.

Las hembras reunidas coincidían en que, aunque hermosos, los ojos de la cría eran demasiado grandes como para no alojar una desgracia. Una regordeta tití de encías inflamadas por la gingivitis, como muchos de la especie las tenían, sentenciaba que ojos de ese tamaño estaban atrofiados para la visión diurna, el exceso de luz enceguecía.

—Parecen los de una lechuza o los de una zarigüeya que son animales nocturnos. Mmm... Es muy raro siendo esta criatura una tití. Muy extraño, porque nosotros somos activos en el día –concluyó.

—¿Ciega? ¿Dices ciega? ¡Uy! ¡Eso es terrible! –se preguntó y respondió Floriana, que estaba sentada en una vara más alta y que, según decían, gastaba su tiempo investigando sobre las adaptaciones de su especie para sobrevivir a la barbarie de la reducción del bosque–. ¡Pobre criatura! –continuó–, no sabrá jamás de los placeres que produce ver la variedad de frutas y flores con sus colores. No podrá seguir el vuelo de los insectos antes de cazarlos y lo peor es que tendrá que ser transportada en la espalda toda su vida.

Celina, la hembra más vieja, acomodada muy cerca de Aurora, prohibió con un grito corto que continuaran hablando en términos discriminatorios y ofensivos de la pequeña. Las titíes justificaban sus lamentos, les parecía una tragedia que una criatura tan bella, con esa cresta de pelos de seda y cola perfecta, naciera rodeada por la desventura.

Aurora, que se había hecho la sorda todo el tiempo, tomó la cría, la puso en su espalda y en silencio bajó a la parte media del árbol para sentarse al lado de Joselín, que la había seguido en el descenso.

La vieja tití continuó reprendiendo al grupo de hembras por haberlos espantado, impidiéndoles seguir contemplando a la recién nacida. Las titíes no entendían los reclamos. Era la criatura la que las asustaba a ellas con sus ojos ciegos, inmensos, abiertos y fijos, mirando un mismo punto.

—Ciegas son ustedes, que no ven que tenía que nacer con los ojos profundos e inquietos –exclamó Celina–. ¿Acaso no se han dado cuenta de que es ella?

—¿Cómo que es ella? ¿Quién es ella? –preguntaron las titíes en coro.

—Pues la elegida –respondió.

—¿La elegida? ¿A qué te refieres? –interrogó a través de un silbido la más gorda de todas.

—¿Hablas de la profecía de Crispín? –atónita inquirió Floriana–. ¡No lo puedo creer! ¿Pero cómo no lo descubrí antes?

La tití gorda no comprendía lo que oía. Masticaba con fuerza las ramas de un macondo buscando encontrar en su savia un elemento que le permitiera discernir lo que pasaba con sus compañeras que parecían haber enloquecido. Mientras tanto, Floriana saltaba de rama en rama, plena de excitación, al descubrir la trascendencia del nacimiento para la especie.

—Yo sí que estoy muy despistada. No las sigo –trinó Barbarina sin parar de rascarse la cresta hasta crear una bola inflada de pelos sobre su frente.

—No te preocupes, querida. Ese es tu estado normal. ¡No entender nada! ¡Siempre fuera de contexto! –graznó Josefina sintiéndose victoriosa en su revancha.

—Oiga, respetada Celina, ¿usted está diciendo que la profecía anunció la llegada de la cieguita? –cuestionó Barbarina haciendo caso omiso de la provocación.

—¡Cállate, por favor! –dijo Floriana–. No digas estupideces. La recién nacida no es ciega... es la llamada a recuperar nuestra historia.

—Y si no es ciega, ¿por qué tiene los ojos así? –preguntó la tití gorda con timidez.

—Pues porque es única y bella, como deben ser las elegidas –afirmó contundente otra tití.

Belarmina escuchaba escéptica, pensando que toda esa historia era pura fantasía. Cuántas veces le habían repetido, desde que se escapó de la boa, que ella era la elegida. Si recordaba bien, para lo único que la habían escogido luego era para cargar a las crías cuando llegaba su turno. Nada había cambiado en su vida. El relato de la pequeña tití desenredándose de una serpiente se había convertido con el tiempo en una simple anécdota en Colosó.

—Basta de especulaciones –silbó Celina–, esta criatura tiene los ojos grandes y abiertos porque la profecía así lo indica. Desde el inicio, tendrá que mirar muchos paisajes y absorber infinita belleza, pero también mucho dolor, para poder trazar el camino que la llevará al rescate de la historia de los titíes cabeciblancos y de la indiferencia de otros pueblos.

—¡Uy! Ya entendí –gritó feliz la despelucada Barbarina–. ¡La cieguita no es tan ciega! ¡Es perfecta! Sus ojos son solo estrellas que la guiarán entre luz y oscuridad.

Con este nacimiento se cumplía la predicción de que el elegido llegaría a inicios del siglo nuevo. Sería un descendiente directo del gran sabio Crispín y poseería singular belleza. Su padre, un macho anciano, y su madre no tendría el estatus de reproductora en el grupo. Pero lo que nadie sabía ni imaginaba, incluso los sabios y los adivinos, era que sería hembra.

Los titíes cabeciblancos silbaron y saltaron durante tres días y tres noches después de que Aurora parió la hija del viejo Joselín y las hembras del grupo dictaminaron que la cría estaba sana. Todos los monos titíes vecinos fueron invitados a conocerla, sin excluir aquellos con los que habían tenido discrepancias por el territorio o alguna rencilla a causa de una hembra joven; porque como era sabido por todos, este era un acontecimiento anunciado por los astros y esperado durante muchos años entre ellos.

A la par que cuchicheos y cotilleos se perdían por los laberintos del bosque, una diminuta tití, aferrada al vientre de su madre, mamaba somnolienta, sin sospechar la cruenta historia de su estirpe y a la cual se tendría que enfrentar.

Escarabajo arlequín (

Acrocinus longimanus

)

La noticia brinca y vuela

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