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El tiempo se agota. El destino del mundo peligra. Diana se encuentra atrapada en la oscuridad de su mente, enfrentando sus errores mientras una voz familiar intenta alcanzarla. Al mismo tiempo, Evan, decidido a salvarla, se embarca junto con Ogmi en un peligroso viaje. En su búsqueda, descubren un siniestro plan que amenaza con desatar un antiguo mal. Para detenerlo, deben encontrar tres reliquias legendarias, enfrentándose a pruebas mortales y verdades dolorosas en el proceso. A medida que la batalla final se acerca, el equilibrio entre la vida y la muerte pende de un hilo. Acompaña a Evan y sus amigos a luchar contra lo imposible para salvar a Diana y adéntrate en el increíble desenlace de la saga Los medallones de la virtud.
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Seitenzahl: 136
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Paván, María Laura
El caldero de Dagda / María Laura Paván. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.
146 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-306-115-0
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Fantásticas. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. Paván, María Laura
© 2024. Tinta Libre Ediciones
EL cALdERO DE DAdG�
M. L. PAVÁN
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DIANA
La oscuridad es un lugar acogedor a veces, ese sitio donde ocultarse cuando estás tan aturdida que solo puedes concentrarte en tu dolor. Mis pensamientos no me dejaban en paz, estaba enojada conmigo. “Si nunca hubiera interferido en su vida, Olivia me habría dejado en paz. ¿Por qué tenía que fijarme en Evan?”. Sentía la ira quemando mis entrañas. Cada decisión que había tomado hasta ese momento había terminado en desgracia: enamorarme del chico equivocado, tomar el medallón de mi madre, matar a Ivonne. “Eres un monstruo”, repetía en mi mente una y otra vez, como el eco en una caverna. La culpa se había vuelto mi mejor amiga, después de cada error, alguien había pagado el precio: mi cuerpo, mi mejor amiga, mi madre, mi alma. Mi penitencia sería odiarme por siempre. Era lo justo. Era necesario. Nadie me extrañaría, era un imán para los problemas.
“No seas dura contigo, Diana”, dijo una voz en mi cabeza. Aunque suave y acogedora, no era la de mi madre. Era una voz diferente, una que conocía. Una voz amiga.
Capítulo 1
EsTo soY
EVAN
Deseaba profundamente desaparecer. Cuántas veces me había sentido así, invisible, pero cuando realmente deseaba serlo, todo dependía de mí. Evan Cashel no podía darse el lujo de flaquear. “Siempre fuerte, siempre adelante”, decía mi padre, mientras tronaba los nudillos antes de darme una paliza.
Ser el primogénito de Leonidas Cashel jamás fue sencillo. Nunca se me permitió ser como los demás. Debía ser perfecto, “el ejemplo a seguir” aunque solo tuviera dos años más que mi hermana y fuera solo un niño. “Los hombres no lloran, los hombres aprietan los dientes”, repetía el hombre más frío que he conocido, mientras escarchaba lentamente mi autoestima. “Un hijo mío no puede perder el tiempo, ve a trabajar”, y allí partía yo, con tres años, al café de mi madre a limpiar mesas y lavar platos con la cara roja e hinchada de tragarme la rabia. No importaba cuánto dinero tuviera mi familia, la humildad se aprendía desde pequeño. Mi padre era parte de un poderoso linaje y se le había enseñado “el camino del bien” de la misma forma en que él me lo impartió a mí. Cuantas veces soñé con morir, nunca nada era suficiente para él, siempre esos ojos de decepción acompañados de suspiros frustrados, siempre algo que criticar, algún tornillo que ajustar. Me quedé por Emma. No podía soportar que él le hiciera lo mismo. Aunque fuera pequeño, tenía muy en claro que no iba a socavar el espíritu de mi hermanita, nunca lo permitiría. A ella nunca le tocó un pelo, me aseguré de ello. Durante años asumí las responsabilidades por los dos. Emma era pura bondad. Lo mejor de nuestra familia, se parecía mucho a mi madre.
“Mientras yo tenga vida, nada malo va a pasarte, hermanita”. Qué estúpido al pensar que podría cumplir mi promesa. Perder a mi hermana fue una de las peores cosas que me pasaron en la vida. No solo era mi mejor amiga, también era lo único que me ataba a esa familia. Mi madre era maravillosa, pero nunca tuvo el valor para defender a sus hijos. Quizás no pudo, no lo sé.
Luego perdí a Diana; con ella no importó cuánto me esforzara, estaba destinada a escurrirse entre mis dedos.
Nuestras familias siempre fueron cercanas, pero nunca me sentí atraído por ella. La veía solo como la amiga de mi hermana; además, Diana Bonfire era la persona más torpe de todo Druwides. No había nada más desesperante que ver cómo no hacía ningún esfuerzo por resguardar su integridad física. Para alguien que ha sido criado para ser extremadamente cuidadoso y controlador, era insoportable. Para mí, el flechazo llegó cuando Emma tuvo un malentendido en la escuela y Diana la cubrió con mi padre. Fue como verme en un espejo. Me acerqué a ella, y entonces descubrí que era extremadamente terca. Otra cosa que me volvía loco. Dejemos de lado que, a veces, de tan erudita pasaba por engreída.
—¿Qué es lo que te gusta tanto de mí si vives criticando mi carácter? —me reclamaba siempre que había oportunidad. La verdad es que nunca pude responder a su pregunta. No había respuesta. Mi corazón seguía diciéndome que ella era la indicada. A veces creo que lo que más me molestaba era lo que más me atraía. Quiero decir, ella no era perfecta ni debía serlo, era ella misma, atractiva a su modo, diferente y especial.
Estar con Diana era un desafío, no porque me exigiera nada, sino porque me obligaba a descubrir quién era yo y lo que quería. Ella era el oxígeno en mi ordenada y opresiva vida. El caos perfecto.
Capítulo 2
UnA nueVa aventuRA
Evan
Tomé la billetera del bolsillo izquierdo del pantalón que había usado el día anterior, antes de tirarlo al canasto de la ropa sucia. Las llaves de casa estaban en el cajón del escritorio; al abrirlo, pude ver la caja de terciopelo donde había guardado la piedra del hada para devolverla. “¿Debería llevarla conmigo? No, solo vas a ver a Dana”.
Aunque una mínima parte de mí gritaba que la tomara, la otra más racional logró sofocarla.
Emma dio un pequeño salto cuando cerré el cajón. Abrió sus alas y voló hasta mi cabeza. Quizás fui demasiado brusco.
Había desayunado bien, así que no vi razón para llevar un bocadillo; me gustaba andar ligero, solo llevaba mochila cuando era estrictamente necesario. Experimenté una breve punzada de culpa. Sabía que debía volver a la universidad, retomar los estudios que había abandonado por salir en busca de Diana aquel día. Pero debo agradecer que fueran tolerantes respecto al duelo. Después de todo, todos pueden empatizar con la pérdida de un ser querido. También ayudaban a la causa los aportes sustanciales que mi padre hacía a su alma mater. “En cuanto todo esto termine, volveré”, me animé. Nunca había sido un problema para mí estudiar, creo que es lo único que no había generado conflictos en casa.
Salí urgido de mi habitación, tan inmerso en mis pensamientos que no vi lo que tenía enfrente. Para mi gran fortuna, choqué de lleno contra el señor de la casa.
—Padre —dije con el mismo solemne tono con el que siempre lo trataba.
—¿A dónde vas a estas horas, Evan? —él mantenía el estilo pasivo agresivo que lo caracterizaba.
—A buscar a Dana.
—Bien, necesito que termines con esto lo antes posible, no puedo hacerme cargo de James mucho tiempo más. Es mi mejor amigo, pero la internación es demasiado costosa. Quién diría que, en medio de toda esta locura, al pobre se le ocurriría una atrocidad semejante.
—Creo, padre, que es comprensible que quisiera suicidarse luego de perder a su mujer y a su hija.
—No me digas lo que es comprensible, Evan, nosotros sabemos lo que es perder una hija. La suya sigue viva. —Emma gorjeaba desde mi cabello, protestando.
—Eso espero. —En un momento de debilidad, bajé la mirada con pesar.
—De todas las muchachas de Druwides, tenías que fijarte en ella. Una tan problemática. Te quiero, hijo, pero te buscas los problemas tú solo.
—Como sea —respondí casi sin pensar. Como un ninja, mi padre tiró de mi brazo con violencia. Eso era lo más aterrador de ese hombre, su capacidad para cambiar de actitud en un imposible instante.
—No vuelvas a responderme así, soy tu padre. Me debes tu respeto y gratitud. Espero que a tu regreso retomes los estudios y te olvides de las distracciones, como debe ser un hombre bien portado. —Le devolví la fría e inexpresiva mirada a la que estaba tan acostumbrado. Esa que escondía todo lo que opinaba sobre él. Esperaba impacientemente terminar mis estudios y conseguir un trabajo lejos de Druwides.
“Puedo visitar a mamá cuando él no esté. O quizás la distancia suavice la relación con mi padre y podríamos ser una familia normal para variar”.
Me dirigía hacia la puerta sobándome disimuladamente el brazo, cuando mamá me llamó desde la cocina.
—Evan, querido, Ogmi está aquí —su voz sonaba cansada. Me dirigí a la cocina y allí estaba sentado mi “amigo”, atorándose con un bagel.
—Emma, mi pequeña pajarita, ¿cómo estás, hija?
Emma salió disparada al encuentro de Elena con tanta prisa que jaloneó mi cabello en el proceso. Mamá estaba complacida de tener a Emma de vuelta y era maravilloso ver cómo resplandecía cuando la veía. Parecía incluso más joven.
—Hogga, hegmano —Ogmi masticaba y hablaba al mismo tiempo que intentaba alcanzar una servilleta de papel. Arqueé la ceja izquierda para saludarlo y le arrimé la servilleta. Todavía estaba enfadado con él.
—Gdcia.
—Un placer —dije sin poder evitar fruncir el ceño y apretar los labios del asco por las gotitas de saliva que rociaba al gesticular.
—¿Quieres un bagel para el camino, hijo?
—No, mamá, gracias, el desayuno fue más que suficiente. —Apunté con la cabeza la puerta aclarando que era momento de irnos.
—Gracias por el snack, tía. —Mamá abrazó a Ogmi y salimos. Mi madre había sido la mejor amiga de la mamá de Ogmi. Le tenía tanto cariño a él y a su hermana que permitía que le llamaran de ese modo.
Salimos por la puerta principal esquivando el felpudo de la entrada que estaba arrugado y, devolviéndole una mirada cómplice al grandote, tomé el medallón que se percibía como una segunda piel. Era increíble cómo uno podía acostumbrarse a esas cosas.
Pronunciamos las “palabras mágicas” y confiamos en que el hechizo nos llevara donde debía.
Capítulo 3
EL pAraíso maRchitO
EVAN
Llegamos al que una vez fue el lugar más hermoso que hubiera visto jamás. Sin embargo, lo que encontramos distaba totalmente de mi imagen mental. Algo muy malo debió pasar, porque el follaje estaba marchito y triste. Había desaparecido un sinnúmero de especies de árboles y plantas. Ya no había bellas mariposas ni verdes brillantes. No había animales exóticos de los cuales escapar, no había aromas que disfrutar o detestar, solo enormes y opacos vidrios, tierra seca, raíces y ramas muertas. Avanzamos por el interminable e insulso camino. No sabíamos bien hacia dónde nos dirigíamos o si el árbol de Eliezer seguiría donde lo habíamos encontrado la primera vez. Después de todo, las evidencias demostraban lo contrario. Aun así nos adentramos.
Los minutos en ese lugar parecían horas, circular era mucho más fluido sin obstáculos en el camino, y sin tener que adivinar dónde pisar para no tropezar. Ogmi resoplaba y suspiraba, algo que resultaba extremadamente irritante.
—Lo siento, hermano, pero ¿cómo sabemos que estamos donde deberíamos? —espetó al fin.
—No lo sabemos —respondí.
—¿Y entonces?
—¿Entonces qué? Este no es un viaje de placer, si quieres irte, vete —sentencié.
—Claro que no voy a irme, solo digo… —Ogmi se quedó en silencio de repente.
—¿Qué? —interrogué con el mismo tono poco amigable con el que lo trataba últimamente—. ¡¿Qué, Ogmi?! —Era evidente que se había agotado la poca paciencia que le tenía.
—Shhh.
—Oye, ¿qué te pasa? No me cayes —sentía mi garganta arder de deseos de cantarle unas cuantas verdades.
—¡Shhh! Escucho algo.
—¿Algo como qué?
—Si te cayas, podré saberlo —dijo moviendo los ojos como si fuera obvio.
Estaba literalmente a un paso de darle un puñetazo, sin embargo, respiré profundo e hice el esfuerzo por prestar atención.
En efecto se escuchaba un sonido palpitante.
“¿Será?”.
—¿Escuchas lo mismo que yo?
—¡Sí! —dije algo emocionado—, ¿pero de dónde viene? No veo más que cadáveres vegetales…
El sonido se hizo más y más intenso hasta que un remolino se desató frente a nosotros. Tuvimos que cubrirnos las caras con el codo a consecuencia del polvo que se había levantado. Casi tan repentino como empezó, se detuvo, y de lo profundo emergió un Eliezer muy diferente al que habíamos visto la última vez.
—¡Eliezer, mi hermano! ¿Qué te pasó?
Nos apresuramos a asistirlo mientras él se apoyaba en su bastón para caminar. Lucía completamente abatido. No llevaba su peculiar sombrero puesto, por lo que era fácil vislumbrar sus apesadumbradas facciones. Se alegró de vernos e hizo un ademán para saludarnos, pero luego se tomó del pecho como si se aferrara a algo o sintiera algún dolor. Era perturbador ver a un hombre tan carismático tan aplastado.
“¿Qué carajos pasó?”.
—Lo siento, muchachos, solo déjenme en el suelo, necesito recuperarme. —Lo ayudamos a tomar asiento en una piedra que no se veía para nada cómoda. Ogmi se hizo cargo del bastón.
Eliezer cerró los ojos e inhaló profundamente como intentando limpiar su alma de lo que fuera que lo aquejaba.
—¿Qué pasó aquí, hermano?
—Es Dana —sollozó—, está perdiendo su poder.
—¿Qué? Pero, ¿de qué hablas? ¿Dónde está ella? —Era difícil comprender aquellas afirmaciones, ¿por qué alguien tan poderoso estaría debilitándose?
“¿Sería posible?”.
—Morrigu está drenando su poder a través de Diana, lo utiliza para algo macabro, algo inimaginable. —Eliezer tosió como si los pulmones se le estuvieran por salir de la boca, escupió lo que parecía ser sangre, y continuó—: Se acerca una tormenta y necesitamos prepararnos. Dana me envió aquí a advertirles y encomendarles una tarea importante.
—Espera un minuto, hermano, no puedes aparecer de la nada y dejarnos con más preguntas que respuestas, estoy harto de tanto misterio.
—Está bien —lo interrumpió el hombre.
—¿Está bien? —Ogmi lo observaba con la misma incredulidad con la que yo lo veía.
—Empecemos por el principio —dijo, y comenzó su relato.
Capítulo 4
Los tuaThA De DAnaNN
EVAN
—Hace siglos, antes de que existieran los emege, los druidas y los mismísimos celtas, existía en Irlanda un grupo de habitantes considerados deidades. Dotados con inmortalidad y, en algunos casos, poderes sobrenaturales. “El pueblo de Dana” gobernaba toda una región de manera próspera. Seres superiores como Dagda, su hija Dana, Morrigu o Morrigan, Aengus y Lugh pertenecieron a dicha agrupación. Pero no todas las leyendas son hermosas y esta no es la excepción, pues no vivieron en paz. Existió uno que quería aquello que ellos poseían: la vasta y maravillosa tierra esmeralda. Fomor, un ser despreciable, un engendro de muerte y putrefacción, reunió a un ejército de sus mejores y más sangrientos guerreros, provenientes del mismo inframundo, para tomar por la fuerza lo que tanto anhelaba. Una guerra cruda e interminable se desató entre inmortales. Los Tuatha de Danann fueron astutos y utilizaron armas poderosas para combatir. El arpa sagrada, que sumía a los enemigos en un profundo sueño; Fragarach, la espada que obligaba a los prisioneros a confesar sus grandes secretos; el caldero de Dagda, que alimentaba a los cansados guerreros y ocultaba un gran poder que solo el mismo Dagda y su hija, Dana, conocían; el arco de Aengus, que jamás fallaba; la lanza de Lugh, o la invencible, que al ser arrojada se multiplicaba, volviéndose perfecta para atacar a múltiples adversarios a la vez. Aunque el pueblo de Dana triunfó ante los fomorianos, muchas cosas sucedieron en batalla. Morrigu, la diosa de la guerra que, en aquel tiempo, tenía una relación por conveniencia con Dagda, se enamoró de un guerrero enemigo, el gran Cuchulainn. La diosa, a pesar del rechazo de su amado por ser diferente, hizo hasta lo imposible para seducirlo, sin embargo, en el calor de la batalla, explotó de ira y lo asesinó. Cuando vio lo que había hecho, sintió que una parte de sí misma había muerto con él. Tiempo después, Morrigu descubrió una desgarradora verdad sobre su origen. Ella misma era mitad fomoriana, una que, al ser a su vez hija de la diosa Emmas, carecía de los rasgos monstruosos y deformes de su gente. Ahogada por una inconmensurable tristeza por masacrar a su pueblo, terminó por derrumbarse. Para aplacar el dolor de la pena, se sumió en un sueño oscuro y eterno del que jamás nadie pudo despertarla. O eso creímos. —Eliezer terminó su relato y nos dejó aún más confundidos que antes.
—Si nadie pudo despertarla, ¿qué hace volando por ahí como si nada? —
