El camino de la mano escrita - Luis Bugarini - E-Book

El camino de la mano escrita E-Book

Luis Bugarini

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Beschreibung

Esta suite de seis piezas de ensayo literario personal, en la que el mecanismo de la escritura es protagonista, escritas con gesto irónico y lúdico, socarrón y tempestuoso, si bien críticas y realistas, siguen la estela de autores para quienes la crítica social es compatible con una dosis de autoflagelación. Digamos G. K. Chesterton o Karl Kraus. En ellos se une la reflexión personal a la vivencia contemporánea para intentar la ansiada fusión entre vida y literatura. Sin más armas que la beligerancia de ánimo y una prosa de filo, Luis Bugarini ejecuta estos apuntes sobre lo que sucede a su alrededor, en un entorno en el que la falta de confianza y la disrupción constante interrumpe la comunicación con el otro. La poesía aún destella como una épica personalísima para escapar al naufragio colectivo porque al final la escritura y la poesía son las que carecen de cualquier culpa.

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Seitenzahl: 242

Veröffentlichungsjahr: 2024

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LUIS BUGARINI

El camino

de la mano escrita

Vida y escritura

en el nuevo siglo

Luis Jaime Bugarini Díaz González, 2024

© De esta edición, Lid Editorial Mexicana, SA de CV, 2024

Primera edición: abril de 2024

Editorial Almuzara • Colección Ensayo

Director editorial Almuzara México: Manuel Pérez-Petit

Comité Editorial de Almuzara México: Luis Bugarini (presidente), Celia Teresa Gómez Ramos, Fernanda Haro Cabrero, Claudia Herrán Monedero, Miguel Ángel Juárez Franco, Raúl Martiarena, Ladislao Melchor Franco, Gabriel Mendoza García, María Eugenia Reyes Jaramillo, Angélica Ruiz-Font y Nahum Torres.

Ilustración de portada: Edgar A. Reyes

www.almuzaralibros.com

Lid Editorial Mexicana, SA de CV

Homero, 109, 1404

Colonia Chapultepec Morales

11570 Ciudad de México, México

ISBN: 978-607-69692-3-6

Reservados todos los derechos. Este libro no puede ser fotocopiado ni reproducido total o parcialmente por ningún medio o método sin autorización por escrito del editor.

Impreso en México | Printed in Mexico

Así es la vida.Balthus, Memorias

I. El consuelo de la poesía

I.

La idea sobre la falta de importancia de la poesía es tan extendida que apenas puede decirse algo en contrario. Incluso los propios poetas y lectores aficionados a ella se envanecen de esta condición de hallarse fuera del mercado productivo, y la ejercen como si se tratase de un bien suntuoso que requiere de un entrenamiento exquisito para ser disfrutada en su totalidad. Si bien puede ser ejercida de esa forma, lo cierto es que asumirla como un producto de/para unos pocos, la aleja de las personas que, por si lo anterior no fuera suficiente, la asumen como un artículo de primera necesidad para los extraviados de siempre, sean los borrachos que logran la sobriedad durante algunas horas del día, o los incapaces de hallar una salida real a los problemas en la que no intervenga el alcohol o las drogas.

En contraste con esa idea extendida sobre su falta de importancia, en los días más grises he hallado una vía lúdica, terapéutica o hilarante en la poesía para superar lo mismo la congoja propia del temperamento melancólico, que el rompimiento con la pareja que nos ilusionó hasta el desbordamiento.

La naturaleza de la poesía es prodigarse ante quien busca su consuelo de una forma libérrima. Este ha sido mi caso e imagino que el de millones de personas alrededor del mundo. Cualquiera puede llegar a esa riqueza, y lo probaré con algunos ejemplos de mi trayectoria como lector y escritor.

Lo que anotaré no es una idea poética respecto de la propia poesía, dictada sólo para coadyuvar a que cualquiera se pierda en veredas que desconoce, pobladas con metáforas y expresiones sublimes. Por el contrario, la poesía es lenguaje y, como tal, un patrimonio compartido de los habitantes de esa casa gigante que es una lengua. He hallado alivio en la poesía y no hablo de bellas expresiones chispeantes y estampadas, de mera expresión sonora. Conozco la depresión profunda y la poesía me ha dado paliativos que no me ha dado la química de los medicamentos desarrollados para el cerebro, recetados por el psiquiatra. Tampoco los que derivan de las drogas, siempre más engañosos que verídicos.

He llorado lágrimas de palabras con la ayuda de otros, que no me conocen, y que incluso vivieron tantos años antes que yo, lo que resulta milagroso y se debe al efecto mágico de una lengua capaz de comunicar a personas tan alejadas en el tiempo y el espacio. Las tardes en las que me abruma el recuerdo de los años perdidos o la nostalgia de lo que ya no vendrá, el asidero que elijo o (me elige) tiene sílabas y palabras sueltas escritas por mí o por otros. Imagino que cualquiera que frecuente una actividad intentará defenderla como si se tratase de una posibilidad curativa, pero la poesía sofistica nuestro carácter y lo transforma en un objeto para atesorar por sí mismo, hasta el punto de ganar una solidez fuera de serie.

La poesía no es distinta de la equitación, la geología, hallar tumbas que no ha sido exploradas, y no lo es sólo por el entusiasmo pasajero de los afiebrados con ella. Es otro reto para la inteligencia en la cual dejar una impronta del tiempo vivido. Encontré en ella cómo fallecer y volver a nacer, multiplicarme en mil y reflejarme dentro de mí mismo hasta transformarme en un ser microscópico. Por ello, me aterra que un día ya no pueda leerla o escucharla y me preocupa su ausencia en la vida diaria, tan común en estos días, porque eso asemejaría a un evento cercano a la muerte.

Diría que la proliferación de personas que escriben poesía confirma su capacidad para hipnotizar. Bastaría que una sola persona sintiera su magnetismo para estimar que es un producto que amerita ser conservado. Para la evolución e historia del hombre, las multitudes no son confirmación de nada, acaso ni aun de que una conglomeración de personas pueda llamarse “multitud” con pleno derecho. ¿Cuántos son una multitud? Nadie lo sabe. La poesía es un bien minoritario, aunque abierto a la experiencia colectiva.

La vivencia interior es poderosa y no requiere de ninguna aprobación externa. A lo largo de mis años en el mundo como individuo y lector, me he cruzado con poetas que ahora son parte esencial de mi vida. Me han obsequiado respuestas que he tomado como válidas para atender a preguntas que me inquietaban desde la adolescencia. ¿Qué mejor modo de hermanarse con una persona que utilizar sus pensamientos en beneficio propio? Y más aún de los poetas, que me han eclipsado el juicio con la plenitud de una promesa que cada día acontece.

Me ocurre que su vida se presenta como una guía para la mía, sea en el ámbito de la ética como un modelo a seguir, o sea que hayan sido tan corruptos que eso les permite ser tomados como un modelo a la inversa. Antes sólo pensaba en la obra de los autores. Ahora me interno con interés desmedido en su vida, con la intención de entender cómo solucionaron asuntos menores o mayores, como las parejas que tuvieron y cuánto duraron con cada una de ellas. Todo lo que vivieron los poetas motiva mi curiosidad.

He escrito sobre las relaciones de los escritores con mi vida, y he llegado a la conclusión de que nuestra idea del mundo debe alimentarse con los pensamientos de otros, sin que eso nos impida tener una opinión de primera mano sobre lo que sucede a nuestro alrededor. Me enternece recordarme visitando librerías de viejo, mercados de pulgas para hallar libros usados y hasta casas de conocidos para obtener algún ejemplar porque sabían de mi búsqueda. Eso ya es poético en sí mismo y así lo quiero recordar, y no sólo como otro hecho en la formación de un joven aspirante a escritor. Ninguna suerte puede ser desafortunada por motivos de la poesía. Ella abre sus brazos para recibir a los curiosos y a los asiduos que la buscan sin remedio, sea por una fatalidad o porque los dota de la identidad que no logran construir por sí mismos.

Un vínculo emocional me une a otros poetas. Ya es tarde para renunciar a ellos (ya es tarde para casi todo). Ahora me parece que el camino hacia la liberación es más largo que aquel que va de vuelta, así que ni siquiera lo intentaría. La poesía es un objeto de palabras que enriquece la vida de las personas, aunque nunca desde una perspectiva ordinaria. Uno debe dejarse enriquecer por la poesía y la imaginación fuera de lo ordinario. Está lejos de ser otro hecho que tan sólo sucede a nuestro alrededor.

Se requiere cierta temperatura del alma para acceder a cualquier riqueza. Ninguna llega a nosotros con tal gratuidad que pueda recibirse con tan sólo desearlo. La mirada triste del que no posee ninguna debería ser suficiente estímulo para hacer cualquier acción a nuestro alcance con tal de acceder a la posibilidad de salir de nosotros mismos, para involucrarnos con el entorno o con una parte más interna de nosotros mismos.

Pronto entendí que había un lenguaje cifrado en la poesía. Me sentí con el arrojo necesario para iniciarme en su aprendizaje. Porque hay una iniciación a la lectura y disfrute de la poesía, que es un árbol grueso y frondoso con muchas ramas de apariencia sólida, pese a que muchas de ellas se trozan al manipularlas con algo de violencia. Con los años, por suerte, se hace una escalada más suave y los pasos se vuelven más seguros y oportunos. Aquí hablo sólo del proceso de su disfrute, porque su escritura involucra otros mecanismos que no siempre están al alcance de la mera voluntad del que se entrega a realizar una tarea.

En otro ámbito, el de la afición lectora, ya es inusual que me asomé por mera curiosidad a una obra poética. Ahora prefiero las tentativas de largo aliento, por ejemplo, como las de Derek Walcott o Robert Lowell, en quienes es posible asomarse a su proceso evolutivo a lo largo de las décadas, además de que exigen un ejercicio de hermenéutica y comprensión que nunca es fácil. Eso para decir que aquí llego a un asunto delicado: es un bien que suelen disfrutar las personas que encuentran deleite en la dificultad, y en las metas de amplio espectro y en los procesos formados por varias etapas, en las que es usual que la que sigue sea más compleja que la anterior, algunas de ellas se alarguen más de la cuenta y no siempre sean divertidas.

Ahora me sucede que olvido la fecha en la que vivo, y requiero de la poesía para volver a centrarme en la realidad, o para desprenderme de ella por completo, así que tiene usos prácticos, pese a lo que puedan recomendar los pregoneros de la novedad de lo que aún no se ha creado, y ya se vende para los consumidores incapaces de desconfiar de las empresas que tienen por misión empacar lo más rápido posible. La poesía forma un bien que es parte de un aparato productivo (la industria editorial), pero que también subsiste con la ayuda de entusiastas, casi miembros de una secta que sólo reconocen que son parte de ella cuando se pasan de mano en mano fotocopias o archivos digitalizados de producciones recónditas. Es inevitable no sentir algún nervio al abrir uno de esos archivos, que si bien podría afectar los derechos de autor ofrecen a cambio el beneficio de la difusión y la memoria compartida, ya que serán atesorados por los coleccionistas. Esta actividad de búsqueda de la poesía es un primer acto de beneficio para la salud mental. Al mantenernos ocupados nos libra de muchas formas de autodestrucción.

Así la he vivido y así la vivo, como una ocasión ejemplar de vaciarme y llenarme de palabras y ritmos, sensaciones y experiencias, fuerzas ocultas y nubes que corren libres en el firmamento. Los ecos del pasado y las promesas del porvenir auguran la posibilidad de un presente que destella señales para quienes aprendan a leerlas. Me considero un alumno permanente de lo que sucede a mi alrededor y uno de esos fenómenos es la poesía, que alimentó mi educación sentimental y me ofrece días luminosos que cada vez se presentan con menor frecuencia.

Escalo con la ayuda de sílabas un camino hacia mí mismo, en el cual me espera un observatorio para mirarme y echar un vistazo a los otros. No bajo la guardia ante la posibilidad del combate, ni me arredra el sonido de los tambores que anuncian la muerte que se aproxima. Ya por ahora sé que mi desaparición es inevitable, al igual que la de todos. Plantar cara a esta certeza, sin embargo, requiere de un temple que aún no tengo y que sólo la poesía me ofrece en cada línea, con cada lectura y relectura. También la presencia de autores que ya no están y que adivino que me esperan a la entrada de aún-no-sé-dónde, ni-cómo-llegaré-ahí. Esta certeza me ofrece consuelo.

Desde el borde de la cornisa miro cómo llega la noche y más allá de las colinas, brota la ciudad de las palabras en la que viven los poetas sobre los que escribiré, con más afecto que legitimidad, y ellos sabrán perdonarme.

II.

La poesía es uno de los mecanismos más honrados que tenemos para robarle al tiempo que se fuga, un instante de plenitud. Es ancla y porción de helio, resguardo y lluvia torrencial. A un tiempo nos prepara el terreno para la evasión y lo cubre con maleza para que nuestra huida no sea un boquete en la memoria. Por el contrario, se esmera en la búsqueda de las armas necesarias para avanzar con una dirección específica.

Me toca defender que la mejor edad para llegar a la poesía es la adolescencia, porque así me sucedió y eso me marcó para siempre. Se dirá que es una edad sin experiencia y es cierto. Aún faltan décadas para ganar la claridad necesaria y con ella defendernos de las pruebas que nos pondrá la vida, incluida la convivencia con los otros. Sin embargo, la poesía transforma la experiencia y la dota con un toque de imaginación. La adolescencia es la etapa crucial en la que hacemos los descubrimientos que nos llevarán de la mano hasta el final de nuestra vida. La poesía es una maestra inmejorable para sugerir que vida y literatura pueden fusionarse de una manera significativa y armónica. La adolescencia es una época de poesía pese a que quien viva esa época no tome siquiera un libro de la solapa. 

Nuestro mundo interior se transforma a cada minuto para procesar esos cambios. Necesitamos una brújula ética que pueda darnos una ruta a seguir. En principio son los padres los que nos orientan, luego los maestros en la escuela y los pastores, si es que hay alguna religión en casa. El resto de la educación se bebe en las calles, con los amigos, al descubrir el amor. Para aquello que no está escrito ayuda la poesía. Es un terreno quebradizo, no obstante. Allí donde la palabra ordenada parece terreno firme, en cualquier momento podría darnos una sorpresa, lo mismo si leemos que si la escribimos. Sucede con frecuencia que esperamos demasiado de un poeta que nos presumen por sus premios, dueño de una trayectoria notable y a leerlo sus palabras apenas nos dicen algo. Por el contrario, los versos de un autor con escasos títulos y apenas “renombre” nos ilumina.

Estas variables, tan sorpresivas como inesperadas, nos orillan a pensar que la materia de lenguaje se transforma en un objeto quebradizo una vez que lo ordenamos como si fuese música para el disfrute de otro, que puede sentirse halagado o perdido. La respuesta emocional siempre parte de una lección del gusto, esto es, uno halla consuelo en los objetos menos pensados de nuestra vida cotidiana. ¿Puede sentirse alivio con un apoyo quebradizo? Es posible porque nos devuelve a la magia de la infancia, o nos lleva en segundos al último instante que viviremos. Su capacidad transmutadora es esencial para entender el arraigo en las personas que la miran con un gesto de falta de sosiego, que también pueden arrojarse desde un trampolín al recordar líneas que los marcaron para siempre. La poesía arde al rojo vivo y eso la preserva.

Afirmo que la poesía suele habitar en pequeños libros, por lo común, salvo que se trate de las obras reunidas de los poetas mayores. Es un decir esencial y se limita unos cuantos títulos. La poesía se preserva en la contención y el enigma. El poeta que desconoce la práctica del autocontrol parece destinado a aburrir a sus lectores, y a terminar como un registro más en una galaxia de signos que andan a la deriva en la noche de los siglos. Aún considero un hecho afortunado hallarme con la poesía, y dedicar parte de mi vida a su comprensión y ejercicio. No se entrega fácil y el sentido último de sus vaivenes siempre parece oculto, incluso en los poemas que parecen infantiles y poseen cierta música interior, no siempre audible para todos.

La poesía late a partir de un modo entender y pronunciar el mundo, que nunca es la ordinaria. Ese eco de misterio es el que pide a gritos salvarla de los ingenuos. Escribí que el rastro de la poesía me ilumina el camino a seguir. Y esta no es una línea atesorable producto del entusiasmo o el fervor excesivo. De ser así, yo mismo sabría que no hago referencia a la poesía, sino a una entelequia, cualquiera que sea. Me pongo en sus manos porque hallé en los pliegues de tantas palabras, un refugio que me da aliento en los días más difíciles y ahora que envejezco quizá más que nunca.

No soy un hombre sin una idea religiosa del mundo como para que pueda explicarse esta devoción por la poesía como un reemplazo de una idea trascendente. No me aficioné a la poesía como una búsqueda paralela y duplicada de Dios, al que buscaría mucho tiempo después de haber renegado de él. La poesía actúa en otro ámbito y expande la comunicación humana y no humana. Se interpone como un filtro entre los individuos para clarificar la comunicación entre dos seres que existen.

Así lo he vivido. En aspectos fundamentales de mi experiencia, como el amor filial o la poesía amorosa, esa mediación me ha servido para hacer más ligera la carga, o para hacer notar el posible heroísmo que implica llevar a cuestas lo que pesa sobre mí. El beneficio puede sopesarse en ideas concretas y no siempre en devaneos o en un gusto superficial por la belleza (inasible). Cuando refiero que la poesía tiene espacio de acción en la vida práctica, como si ella misma no lo fuera, es porque he dado uso a la misma. La empleo en largos períodos de crisis como un ansiolítico que me da la tranquilidad que me robó el desamor, rupturas de cualquier naturaleza, la ausencia o el simple transcurrir del tiempo.

Entiendo que las depresiones y largos periodos de tristeza se vivan de un modo diferente en cada persona. Soy de temperamento melancólico y no es difícil que me deprima de un día para otro sin apenas explicaciones. Sólo de pronto cae sobre ti una lápida y careces de las energías para quitarla de tu cuerpo. En ese caso puede acudirse al doctor para pedir medicación o leer poesía. Reconozco que se necesita cierta temperatura en el alma para leerla en medio de una depresión. Necesitas estar encarnado con el lenguaje, como una música que te acompaña día y noche, para lograr esa relación íntima y fraternal. De otro modo, lo que digo es un disparate para una persona para quien la poesía es un bien que vive en los libros y que sólo subsiste en la memoria de los maestros de español en las primarias. El uso de la poesía ha quedado en el didactismo más triste, sin esperanzas de ser rescatado ni por los lectores, ni por las instituciones del Estado.

Antes hacía referencia sólo a la poesía reconocida como registro verbal que se ejecuta con cierto patrón aceptado por el canon, pero el ámbito de acción de la poesía es mucho mayor. Es un modo de habitar la realidad en donde sucede como una inter-vención de la sensibilidad y la imaginación en cualquier acto de la vida humana. Pongamos un ejemplo: hay un modo poético de beber una copa de vino y un modo ordinario de hacerlo. Ambos conducen a la ebriedad, ¿cuál debe elegirse?

La realidad se nutre con la intervención humana de manera permanente. Nunca es la misma y depende de la acción de los seres humanos para hacer una realidad significativa y dejar rastros de valor. La poesía nutre la realidad con nuestros pensamientos y los coloca en una vitrina de cuerpos bailarines que conocen el ritmo y lo llevan por vertientes desconocidas. Acercarse a ella implica liberar el alcance de la acción desconocida. De ahí que no resulte cómoda para las personas que no le tienen aprecio y al poder político, que lo asemeja a la fabulación de un loco que si logra sumar a miles de personas se transforma en una fuerza de enorme poder.

Ahora bien, que la poesía pueda ser una amenaza para el poder establecido es otra prueba de su valor en el mundo de los hechos. Porque bien podría erigirse en un nuevo modo de ser para el humano, ejercido como una crítica en contra de la versión actualizada de lo que sucede en un momento específico. Pensaré que nadie me ha creído lo que he dicho hasta este momento, porque si alguien quisiera convencerme de la intervención de los lagartos en nuestra vida, lo escucharía con atención, pero con reservas. La prudencia nunca es exagerada ni aun cuando se espera de nosotros un acto contundente y está bien que así sea. Eso nos habrá salvado de alguna catástrofe o de cometer errores de consecuencias imprevisibles.

Y, sin embargo, apenas siento el impulso de probar un hecho tan evidente. Necesitaría de nuevas palabras para transmitir la paradoja que me produce, hasta el punto de que a alguno le parecerá improbable. Nunca es aconsejable caer en el juego de las provocaciones y esa es una de las menos fáciles de liberar. Las personas para las que sólo existe lo que puede medirse, calcularse, volverse una estadística, no suelen conceder espacio a la imaginación y a la belleza en su vida diaria y menos aún lo harán para un ensayo sobre la importancia de la poesía. Esto en parte refleja el mal estado del mundo, al menos desde la segunda mitad del siglo diecinueve, en que la producción y las máquinas se volvieron el centro del culto del hombre moderno.

Ya entrado el siglo veintiuno, ese fenómeno no termina y aún todo lo que puede transformarse en una máquina, tiene más importancia que el lenguaje que comunica a los hombres. Empero, cualquier ámbito de la producción que busque destacar debe hacer uso de la poesía. Ejemplos: el cocinero que busca renovar los platillos tradicionales de una cocina; o la costurera de París que busca darle nueva vida a una forma de utilizar la falda; o el dibujante que busca ángulos diferentes para su labor; o el panadero que coloca con amorosa picardía una cereza sobre un pan dulce que nunca la había llevado en su preparación.

La poesía sucede cuando se busca una salida mágica al fluir ordinario de la vida, y también cuando alguien detecta un cambio sutil en la hechura de una falda y la compra para regalar, alguien se maravilla ante un dibujo realizado a partir de una ensoñación, o cuando una niña se come la cereza de su pan y por desconocimiento la confunde con una fresa. Las cavidades de la imaginación son profundas y, unidas a la poesía, permiten hallar nuevos significados en donde parecía que el paisaje no se movería de su sitio.

III.

Quizá la tarea urgente es despojarnos de la idea que confina a la poesía a ser patrimonio exclusivo de poetas borrachos, que discuten en un bar sobre el remate de un soneto. Debe integrársele como una experiencia totalizante del ser en el que interviene la capacidad individual de ensoñación, deseo y búsqueda de un modo de perderse a uno mismo para hallarse al minuto siguiente, renovado por completo.

Este proceso, que pareciera ser propiedad de quienes la leen y la frecuentan, en realidad no es patrimonio exclusivo de nadie. Victor Hugo o Charles Baudelaire podrían dar versiones encontradas sobre el valor de la poesía en el mundo que les tocó vivir, que podrían diferir por completo entre ellas y también respecto a otras escritas en el mismo periodo de tiempo. De hecho, podría no haber ninguna parecida y las visiones podrían ser tan diferentes que pareciera que hacen referencia a procesos disímiles. En lo que coincidirían quienes tienen aprecio por la poesía, es en su capacidad para dar consuelo a quien la busca siempre que se acerquen con intención cristalina. De otro modo, se corre el riesgo de obtener versiones que nos anticipan su rencor o su incapacidad para apreciar más allá de los consumibles de la sociedad capitalista.

Porque contrario a lo que pareciera respecto a ser un bien escaso y minoritario, dicho antes, no es fácil hallar títulos de poesía en las librerías, salvo por aquellas que se dedican a ella en específico. Si no es el caso, entonces debe buscarse en lugares inaccesibles o guiado por la mano de alguien que la procure como si se tratase de un animal en peligro de extinción. Eso porque pese a su carácter minoritario, se consume por adictos para quienes la falta de poesía en el mundo es perniciosa y brutal. Este debate sobre el valor de la poesía como posibilidad de consuelo puede extenderse al resto de las artes, aunque no es una ligereza hablar de la presencia de un espectáculo artístico complejo en la vida de las personas. Por ejemplo: ¿qué tanto joyas de la arquitectura como el Taj Mahal o el Arco del triunfo parisino ayudan a las personas a darse claridad o alivio respecto a los problemas que los aquejan? Diría que nada.

Pareciera que hay una disociación entre monumentalidad y condición humana, en la que la primera se mantiene distante de la segunda por hallase demasiado concentrada en sí misma, y su permanencia en el tiempo del ser humano se aleja de ser un remedio capaz de dar alivio. Una línea de poesía puede volverse un mantra: así lo vivo. Entre más breve es mejor para abrirse camino hacia la ansiada refundación de lo que nos abruma y, a su vez, tiene la misión de darnos fortaleza. Y es que, a diferencia de otras disciplinas, la poesía nos permite mirarnos con libertad instantánea y en una sola línea, un sólo sustantivo unido a un adjetivo puede ser el detalle que nos permita enamorarnos o emprender una acción heroica.

La poesía guía mis pasos y conforme envejezco y mis errores son más graves y requieren de mayor contrición, generan más daños en el entorno. Me refugio con mayor devoción entre sus brazos, como si buscase un refugio de la lluvia que no deja de caer. La poesía me ha dado alivio durante convalecencias de familiares, mientras espero alguna noticia de los médicos en el hospital. También he leído poesía luego de alguna dolorosa visita al dentista, lo que me permite olvidar, así sea por momentos, que los dientes terminarán por fugarse de nosotros. Pero más aún, la persigo mientras alguien me dice que no importa leerla, con lo que el placer que produce se multiplica de forma casi ilimitada.

En un viaje de carretera, miro que cae un trueno y la línea de luz dura más de lo normal. Eso me recuerda que la vida es fugaz y a un tiempo sublime. No hizo falta una sola línea de poesía para que ese fenómeno visual que sucedió frente a mis ojos se cargase de poesía. Tal como el destello de un trueno que cae en un punto indeterminado para sorprender, y también para que las personas se miren unas a otras con rostro de sorpresa y curiosidad, las palabras se fortalecen con la poesía, no importa si se utilizan para pedir kilo de tortillas, un helado en cono o para escribir una novela. La poesía aporta claridad a la imagen y la embellece, la ilumina y nos acerca a ese lugar que intuimos que existe y nos permite apreciar con detalle insólito al punto de que nos estremece en la parte más honda y rigurosa de la espalda baja, y de ahí hasta el cerebro.

Los llamados a leer poesía son labores destinadas al fracaso porque se llega a ella por una vocación personal, y de eso ya no tengo dudas. No importa todo lo que nos expliquen y nos relaten, hay temperamentos con cierta disposición que son permeables a su contacto, mientras que otros no lo son. Hay temperamentos para ciertas habilidades. Durante algún tiempo, me pareció que aquello era una miopía del espíritu. Que ignorar los dones que ofrecía la poesía impedía un contacto directo con la realidad. Ya no me lo parece así. La poesía es un saber secreto y debe preservarse. El mundo requiere de todos los genios y pericias creados. Unos harán un puente y otros un poema al puente. Nuestro modo de nutrir a la realidad de los fenómenos se multiplica con la tarea continuada de todos y cada uno de los miembros que componen a la sociedad en cualquier tiempo.

La poesía me ha dado la fuerza suficiente para caminar en los días en los que parece que triunfa la inmovilidad. Y es que una vez que te subes a los rieles de la literatura y avanzas ya no hay modo de parar. La lectura en sí misma es un modo de alimentar los días con experiencias vividas por otros. Las palabras son el eco de la vivencia humana que no siempre es accesible, sea por el tiempo, la circunstancia o la propia vida. A partir de ahí y hasta el punto más alto de la expresión, encarnado por la poesía. Interactuar con ella, incluso con aquella que no nos parece que lo sea, implica adentrarse en un proceso de refinamiento de la inteligencia en dirección hacia un perfeccionamiento de la voluntad, el juicio y el gusto.

Mentiría si refiero que no desearía que más personas se acercasen a la poesía. Eso motivaría la circulación de ideas, sensaciones, experiencias. Las grandes épocas de la humanidad han sucedido en medio de una literatura floreciente, capaz de renovar las imágenes que se tienen de la vida humana en el tiempo. Perder esa brújula implica confiarse a labores menos relevantes para la sociedad en la que vivimos. Visto de ese modo, quien hace por la poesía a un nivel microscópico, escribiéndola, editándola o preservándola en el estante, hace por la sociedad en su conjunto. Crea y fortalece el cordón sanitario que nos permita ofrecer el legado de la humanidad a la generación siguiente, y no sólo disfrutarlo sin una idea de futuro.