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«Al fin he aprendido —y en ello estoy— que alejado de mi centro soy un extraño, un vagabundo sin rumbo, dejo de ser yo mismo, me desoriento y quedo a merced de la dispersión que me zarandea como un muñeco de trapo desvencijado. Volver a casa es volver al centro, pasar de la dispersión a la atención, del ruido al silencio, de la prisa a la lentitud». Con un estilo directo y pericia didáctica, el autor, a través de Dan y Miriam, presenta el camino que nos lleva de vuelta a casa hasta nuestra esencia misma y nos conecta con la Fuente. Un camino —la meditación en quietud y silenciamiento— de tradición milenaria, que tuvo su eclosión con los Padres y Madres del desierto de los siglos III y IV, continuando con el nacimiento del monacato occidental, de la mano de Juan Casiano y Benito de Nursia, «La Nube del No Saber», los eremitas del Monte Athos, Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, «El peregrino ruso», y recuperado en la actualidad por John Main o Franz Jalics, entre otros. Como discípulo y meditador, recoge el legado de quienes considera sus maestros —Main, Jalics y Pablo d'Ors—, concretado en «Amigos del Desierto», para transmitirlo y compartirlo, ofreciendo orientaciones y pautas precisas, con quienes deseen adentrarse en el camino del silencio y la quietud. La aportación añadida de una guía de lecturas sugeridas y de textos de maestros expertos, constituirán, sin duda, una valiosa ayuda para beber de las aguas originales.
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Seitenzahl: 231
Veröffentlichungsjahr: 2023
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El camino silencioso
Maestros del silencio
Primera edición: febrero de 2023© Copyright de la obra: Daniel Villarroya© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions
Código ISBN: 978-84-126333-2-0Código ISBN digital: 978-84-126333-3-7Depósito legal: B 22614-2022Corrección: Juan Carlos MartínMaquetación: Cristina LamataEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez
©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com
Derechos reservados para todos los países.No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.
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Para Dani y Pablo,
mis flores de primavera.
Prólogo
Bienaventurados los hambrientos de ser,
puesto que solo ellos alcanzarán
la auténtica humanidad.
Bienaventurados los compasivos,
pues han comprendido que el destino
de cualquier persona es el propio.
Bienaventurados los silenciosos,
puesto que han descubierto
su verdadero hogar.
Bienaventurados los pacificados,
porque darán al mundo
lo que el mundo realmente necesita.
Bienaventurados los orantes,
porque han comprendido que si nos preocupamos
por las cosas de Dios,
Él se preocupa por las nuestras.
Bienaventurados vosotros cuando os reprochen
que huis del compromiso
para retiraros a vuestra soledad.
Yo os digo que vuestra recompensa
será grande en este mundo,
pues lo veréis en su verdadero color.
Pablo d’Ors
Mi querida Miriam
Aquí me tienes de nuevo, Miriam, ¡mi Miriam del alma! Yo, tu Dan, principiante, descreído y torpe. Otra vez en línea, tras mil vueltas erráticas por esta vida incierta. Te lo prometí. Recordarás que en las cuatro letras que te envié en mi anterior escrito, la novela «Un viaje al silencio», te decía que algún otro día —y no lo demoraría por mucho tiempo— me sentaría a escribirte de nuevo y te hablaría de mis maestros del silencio y de cómo sigue mi viaje. Pues aquí estoy. Te escribo a ti, Miriam sabia, fiel e iluminada, yo que a duras penas soy un discípulo principiante. Disculpa mi atrevimiento o, tal vez, mi desfachatez. Hasta tal punto las dudas me han asediado en los no pocos intentos por comenzar estas líneas que, al instante, he abandonado. Una y otra vez se me antojaba una impostura escribir de estas cosas, siendo —como sin duda soy— neófito y lego.
Mas al fin me he decidido, alentado por la confianza de que tú, recordada Miriam, me comprenderás y hasta perdonarás mi ignorancia y mi torpeza. Las cosas han cambiado. Podría ahora enviarte cuatro mensajes improvisados por WhatsApp, o incluso crear una historia en Facebook, de modo que cuanto te diré te llegara de inmediato en un solo clic, con la ventaja de que simultáneamente podría compartirlo con mis amigos y con todos mis grupos caso de interesarme, e incluso adornarlo con imágenes o acompañarlo de alguna canción bonita. Lo siento, habrás de esperar un poco, Miriam querida. ¡Querida y añorada! No pasa un día que no me visites. De mil maneras apareces y desapareces, estás y te vas. O, debiera decir mejor, soy yo el que me voy, tú no dejas de estar.
No, me permitirás que ni WhatsApp ni Facebook ni Instagram, tampoco Twitter. Aunque a ti eso —creo— te es indiferente, por mi parte prefiero sentarme, tomar papel, boli y escribirte. Prefiero, de todas todas, la lentitud a la precipitación. Temo que la inmediatez y la urgencia no sobrevuelen más allá de la superficie o de la periferia. A buen seguro que lo sabes mejor que yo, pero tengo para mí que todo lo importante necesita del sosiego, de la calma y, por tanto, necesariamente, de una cierta lentitud. Degustar, saborear, digerir o mostrar no se avienen con la prisa, o con la palabra a medias, ni con la frase construida de cualquier manera, incompleta o abreviada. El respirar lento y el caminar pausado me parecen tan necesarios para vivir —hoy es ya una certeza— como el comer o el dormir. Así es que, mi tesoro, me dispongo a dar cumplimiento a lo que te prometí, escribirte. Y a hablarte, te lo he dicho, de quienes considero mis maestros del silencio y de cómo sigue mi viaje, en qué paisajes me encuentro y hacia dónde me dirijo. Por lo demás, finalizado mi Máster en Energías Renovables en Dublín, y tras aquel año dedicado al silencio —como te relaté— en Almudevas de la Cueva junto al maestro Pavel, pasé temporalmente por un par de empresas del sector, hasta situarme —ahí sigo hoy— en Renova 2050, en Barcelona, dedicado a la supervisión de proyectos de instalación de placas fotovoltaicas.
Tu nota la sigo guardando como un tesoro. Me acompaña día y noche. Nada me apenaría tanto como extraviarla o verme privado de ella. ¿La recuerdas?… ¡Vaya pregunta! ¡Qué tonto soy! Fuiste tú quien la escribió y la pusiste en el regazo de mi mano con una calidez y una atención tan despierta que aún hoy —y de eso hace ya ni me acuerdo— me sobrecoge y me enciende el corazón. ¿Recuerdas? Planta 12, habitación 123, Hospital de Bellvitge. Tú estirada —visiblemente agotada— en tu cama del fondo de la habitación y yo, acompañado por mi madre, hecho un ovillo de sentimientos: apuro, temor, nerviosismo, inquietud, algo de miedo… Apenas nunca antes había pisado un hospital. Era viernes, eso sí lo recuerdo, Semana Santa, mis tres días de vacaciones en Barcelona acabados los exámenes de la «uni» en Dublín. Un día de abril, de primavera, sosegado y apacible. A diferencia de Irlanda, aquí percibía un sol luminoso y claro, diáfano. ¿Qué te diría? ¿De qué hablaríamos? Teniendo en cuenta mi torpeza para la comunicación, y lo embarazosa que me resultaba la situación, no te oculto que esas preguntas me asaltaban —quizá debiera decir asediaban—, hasta el borde de la parálisis.
Lo confieso, me emociona —como tantas veces, como siempre— rememorar aquel encuentro. Un rayo tenue y fino como el hilo de una araña se colaba por los agujeros de la persiana entreabierta, iluminando la habitación de dos camas y tu sufrimiento indecible. ¿Recuerdas, Miriam?Allí estábamos los dos sin pronunciar palabra alguna mano con mano: tú postrada y yo enseguida sentado en la silla que mi madre, sigilosamente, me había acercado. Con qué esfuerzo te volviste de costado sobre tu cama y con qué indescriptible ternura, cogiéndome la mano, acariciaste suavemente mis dedos. No me atreví a preguntarte, Miriam de luz. Tan pronto como pisé tu habitación, intuí que no estabas en condiciones de hablar. Eso era rotundamente visible. Sin el maxilar inferior izquierdo, con la sonda nasogástrica y necesitada de aspiración salival continua pensé que forzarte a hablar hubiera sido de una insensatez imperdonable. Y cogidos de la mano, tesoro, tú en la cama y yo en la silla, permanecimos una eternidad —¿o fueron solo unos minutos o quizá breves segundos?—. Tú, porque te resultaba del todo imposible, no hablaste. Yo, porque no quise forzarte, callé también. En realidad, no era preciso hablar o, para ser exactos, fue mejor no hablar. Sin palabra alguna nos dijimos todo: «Hola, ¿qué tal?, ¿cómo estás?, estoy, me tienes, te quiero, ánimo, confía…». ¡Nos preguntamos todo, nos respondimos todo, nos comunicamos todo! De repente, observé que sin soltarme habías cerrado los ojos, como si quisieras retener para siempre aquel breve encuentro. Quizá por imitación, o creyendo que acaso formara parte de algún ritual, también yo los acabé cerrando. Y así continuamos unidos, en el silencio de aquella habitación blanca con olor a alcohol sudoroso y a pescado hervido, mano con mano, con discretos y cómplices apretones intermitentes. Estábamos los dos el uno para el otro, entregados en exclusiva en cuerpo y alma. Jamás antes, mi Miriam, había vivido una situación semejante. Aun sin mediar palabra, tuve la certeza de que nuestra mutua presencia —el uno para el otro— era total y, por tanto, nuestra comunicación absoluta. Jamás me había sentido más despierto y presente. Aunque creo que todo esto ya te lo había dicho en alguna de las infinitas veces que desde tu partida hablamos a solas, rememorarlo de nuevo vuelve a estremecerme, como volcán en erupción, con no menor intensidad que en aquella mañana plácida de abril pegado a tu cama del hospital.
Permíteme, mi niña —siempre serás mi niña— que me detenga, ¡me falta el aire! Como aquel Viernes de Pasión, entre doce y una del mediodía, los sentimientos, a borbotones y desbocados, vuelven a concitarse en este instante en mi recuerdo. O por mejor decir, no es que te recuerde, mi Miriam, es que te vivo. Y esa vida —te lo confieso— ha acompañado desde aquel encuentro en el Hospital de Bellvitge cada uno de los minutos de la mía. Sigues viva en mí, como una llama perenne que jamás se apaga, por muy intensos que sean los vientos que soplen; incluso en ocasiones —y también te lo confieso— llega al punto de abrasarme. Tu muerte, finalmente, a causa del osteosarcoma que ni la cirugía ni la quimio pudieron detener, no hizo sino avivar tu fuego en mí. No olvido tampoco cómo, de pronto, tal que si se tratara de una súbita visión, sin avisar, dejando ir mi mano con la mayor naturalidad del mundo, te giraste hacia tu mesita blanca y tomaste el bolígrafo y la pequeña libreta que te servían para comunicarte ante la imposibilidad física de articular palabra. Recuerdo cómo te reclinaste, no sin un penoso esfuerzo, sobre la almohada y con cierto rictus de inspiración comenzaste a escribir. ¡Dichoso aquel instante, y dichoso lo que escribiste para mí! Te lo repito, tu nota la guardo como un tesoro, me acompaña día y noche. Y aunque a menudo me despisto y vagabundeo como un poseso, tus palabras acaban devolviéndome a casa —ahora lo llamo el centro—. Al fin he aprendido —y en eso estoy— que alejado de mi centro soy un extraño, un vagabundo sin rumbo, dejo de ser yo mismo, me desoriento y quedo a merced de la dispersión que me zarandea como un muñeco de trapo desvencijado. Mi maestro Pavel solía repetir que sin camino somos vagabundos, pero con él nos convertimos en peregrinos. Volver a casa —bien seguro que tú, Miriam querida, me entiendes— es volver al centro o, se me ocurre decírtelo de otros modos, pasar de la dispersión a la atención, del ruido al silencio, de la prisa a la lentitud. El abad Antonio decía: «Así como el pez debería volver al mar, nosotros hemos de retornar a nuestras celdas, no sea que al permanecer fuera olvidemos la propia vigilancia interior». Presiento que a menudo sustituimos el sentido por la sensación, el horizonte por el instante. Y acabamos, de esta guisa, convirtiendo la felicidad en un acopio frenético de sensaciones momentáneas y fugaces, y nosotros transformados en una suerte de cazadores de instantes, siempre con la escopeta cargada a la caza de la sensación más seductora, de la última experiencia —cuanto más fuerte, mayor experiencia— o del momento más arrebatador. Pero, al fin, siempre hambrientos de plenitud. Y la plenitud, Miriam, no consiste —si mi percepción no me engaña— en una caza de mil piezas coleccionables que están ahí fuera. La plenitud —creo— habita solo en casa. Por eso, el camino definitivo no es otro que el camino de vuelta a casa.
«No conozco tu nombre, pero guardo tus ojos en mi corazón. Así, podré mirarte siempre. Permanece despierto y atento. Calla, mira, admira y ama. ¡Eso es todo! Solo eso es necesario para VIVIR. ¿Cómo hacerlo? Riega cada día tus semillas y cultiva tu jardín interior. Siempre tuya, Miriam».
¡Bendita nota! Y con qué delicada atención —lo estoy viendo— arrancaste la hoja de la pequeña libretita, la doblaste cuidadosamente por dos veces y la depositaste con una ternura luminosa sobre mi mano y, muy poco a poco, uno a uno, fuiste cerrando mis dedos, como si conformaran una preciosa cajita destinada a custodiar un valioso tesoro, que debe ser guardado amorosamente y para siempre. ¡Y vaya si lo guardo!
«Riega cada día tus semillas y cultiva tu jardín interior».No podías decírmelo de manera más simple y hermosa. ¡Qué bello y, a la vez, qué veraz, Miriam de mis entrañas! Pocas cosas tan necesarias y tan definitivas. Me ha costado darme cuenta. Soy muy torpe, ya lo sabes. En eso estoy, querida Miriam. Soy un jardinero o un labrador. Cuidar el propio campo —es decir, cultivarlo— constituye la actividad primordial. Arar, arrancar las hierbas, sembrar, abonar o regar son actividades del camino. Tanto uno como otro —jardinero o labrador, que vienen a ser lo mismo— conforman los oficios más hermosos de cualquier ser humano. Sin el cuidado de sí mismo no es posible el cuidado de los otros. Nadie puede dar lo que no tiene.
EL CAMINO DEL SILENCIO
No es ninguna novedad, aunque sí una determinación. Me limito, mi querida Miriam, como discípulo principiante, a seguir, como Dios me da a entender, el camino que otros más diestros y experimentados que yo han recorrido antes con sus propias vidas. Por tanto, no esperes primicias o aportaciones extraordinarias, todo es —como verás— de una asombrosa simplicidad. Ya te relaté en mi novela «Un viaje al silencio» mis primeros pasos junto al maestro Pavel. Nada en mí que se asemeje a un maestro, ni la ambición de ser original. ¡Discípulo, y justito!
Así pues, recordada Miriam, me veo en la necesidad de dejar hablar a otros —aquellos a quienes considero maestros— y callar yo. Te hablaré, por consiguiente, de mis maestros, más con sus propias palabras —y lo hago intencionadamente— que con las mías. Nada me inquieta tanto como siquiera la posibilidad de traicionar o de pervertir su legado. Trataré, únicamente, de transmitirte con la máxima fidelidad de que sea capaz —o en eso confío— el regalo que yo he recibido y, contando con mi impericia, tal como me ha sido entregado. Espero no defraudarte. Como discípulo, me debo —tanto más sabiéndome principiante y atolondrado— a mis maestros. No albergo otro interés que no sea mostrártelos directamente, con el deseo de que, si así lo prefieres, puedas ponerte en contacto directo con ellos. No te quepa la menor duda, mi tesoro, de que eso supondrá una inmensa alegría para mí. Tú, que ya recorriste tu propio camino —¡y con qué dignidad!— a buen seguro que sabrás entenderlo, incluso tengo la certeza de que te alegrarás de beber por ti misma el agua fresca de la fuente, antes que sucedáneos de aguas tratadas. Mi único deseo, te lo confieso, mi Miriam, es que, bebiendo de las aguas claras de los maestros, te animes a seguir la corriente de su arroyo, hasta alcanzar el manantial originario del que todo brota. Finalmente, eso es lo decisivo: conectarse uno mismo con el manantial. No hay alternativa posible: o yo recorro mi propio camino o el camino quedará sin ser andad0.
Comenzaré por explicarte, si te parece, en qué camino y en qué viaje estoy. Caminos, como sabes, hay muchos. Normalmente —y eso constituye una riqueza incomparable—, es posible llegar a un mismo destino siguiendo diversos itinerarios. Si son posibles, cabe convenir que puedan ser válidos. Si son válidos, no tienen por qué ser excluyentes. De igual modo que diversos somos cada uno de nosotros. Hay quien prefiere el paisaje exuberante al adusto; los hay que disfrutan en la montaña, del mismo modo que otros se sienten más cómodos en el llano; hay, en fin, quien prefiere la soledad a la compañía, como quien requiere de mapa, antes que aventurarse a explorar sin dirección. Sea cual fuere el itinerario escogido, quizá lo decisivo es que no olvide dos condiciones: una, que se ajuste a las propias fuerzas y dos, tomarlo con determinación. Tengo para mí, que aun siendo posible caminar campo a través, resulta más seguro un camino que vagar sin mapa, más seguro algún camino que ninguno. Sin brújula, la posibilidad de errar es mayor. Necesitamos un camino; cuando tenemos camino y tierra sobre la que apoyar nuestros pies, el paso se hace más firme y el corazón late reconfortado. Sin camino, sin horizonte hacia dónde dirigirnos, somos vagabundos; con itinerario, con dirección, nos convertimos en peregrinos.
Este es, mi Miriam, el camino que yo sigo. Tiene la ventaja de estar cartografiado y, en consecuencia, dispone de un itinerario definido —si bien siempre novedoso y, a menudo, imprevisible—, estaciones de salida y de llegada, avisos de peligro o cobijos para reposar. Es, por otra parte —lo que considero primordial— un camino personal, pero no solitario. Otros muchos, conocidos o no, lo han transitado o están ahora en él. Trataré de explicarme, querida Miriam, tan concisamente como sea capaz.
No es —de esto estoy seguro— un modelo de última generación acumula tras de sí un largo recorrido; un río caudaloso que se nutre de aguas procedentes de manantiales diversos; no es una receta para el éxito, no es una técnica, no es la última novedad del mercado. Tampoco es una píldora para el bienestar personal o para combatir el estrés, o para obtener éxito profesional. Menos aún, una práctica o un sistema destinado a mejorar el rendimiento laboral o a convertir en exitosas las relaciones sociales. En absoluto es, tampoco, una estrategia o un método para resolver problemas o solucionar conflictos personales. No es —como ves— ni un diván ni una versión barata de la consulta del psicólogo o del psiquiatra.
Desierto y silencio
El camino del que ya te estoy hablando es algo sumamente simple. Requiere solo de dos condiciones: quietud y silenciamiento. La meditación —que ese es el camino— atesora una historia milenaria. Es, en su esencia, una destilación de la experiencia del hesicasmo de los primeros Padres y Madres de los desiertos de Egipto, Arabia y Palestina durante los siglos III, IV y V, hombres y mujeres que retirándose al desierto aspiraban a conseguir la paz o la quietud para unificarse y llegar a la contemplación. Lo que hoy llamamos contemplación era llamada quies o «descanso». Este término ha persistido en la tradición monástica griega como hesychia, «dulce reposo», calma, quietud, tranquilidad, descanso o paz1. El destino final de su viaje no era eludir o desembarazarse de todo problema o escapar del bullicio de la ciudad, ni siquiera vivir tranquilos. Los Padres del desierto no eran rebeldes en contra de la sociedad o inadaptados sociales, sino que afrontaron una solución a los problemas empezando por ellos mismos. Estos «hombres sencillos que vivieron sus vidas hasta una edad avanzada entre las rocas y la arena, lo hicieron solo porque habían venido al desierto para ser ellos mismos, y para olvidar un mundo que los apartaba de sí mismos. No puede haber otra razón válida para buscar la soledad o para abandonar el mundo. Y así, abandonar el mundo es, de hecho, ayudar a salvarlo al salvarse uno mismo»2.
El primer recorrido de su camino consistía en desplazar el centro de gravedad de lo exterior (trabajo, prestigio, fama, postureo…) a lo interior. Aunque enseguida descubrieron que quedarse aquí puede constituir, con suma facilidad, la trampa del meditador, una suerte de autocomplacencia o aristocracia espiritual o, lo que es lo mismo, la antesala del narcisismo. Para ello cultivaban el silencio, tanto exterior como interior —siempre como camino, nunca como fin en sí mismo—, ante todo por medio del control de los pensamientos y de las preocupaciones, con el fin de seguir el recorrido, hasta desplazar el centro de atención desde uno mismo —también lo llamamos ego—, hasta la percepción del presente. Con gran lucidez, R. Panikkar confiesa: «Me atraen las cuevas del Himalaya, pero no me gustaría que fuese un escapismo; un retiro, sí; una retirada, no… No permitas que me quede encerrado en el silencio cobarde, porque el silencio nunca es un fin, sino el confuso principio de un amor desconocido»3.
La meditación no es otra cosa, querida Miriam, que el camino que va de la dispersión a la atención, del atolondramiento a la consciencia, o —podría decirse también— del hacer al ser. Permanecer despierto y atento en el centro de tu ser, ese es el camino. Y en esencia en eso consistía la práctica constante de los Abbas y Ammas del desierto, el movimiento espiritual más importante que ha existido en el cristianismo y, probablemente, en la humanidad. Se estima que hasta unas cuarenta mil personas se mudaron a los desiertos en los primeros siglos. Su absoluta prioridad era reencontrar su unificación personal y muy pronto descubrieron que para ello era necesario atravesar con determinación todas las capas sobreañadidas a su personalidad, hasta ubicarse en su núcleo esencial y originario. No en vano, monachos, que así se les llamó también a estos habitantes del desierto, significa «único» o «solo», que tiene que ver con ser indiviso, alcanzar la unidad interior, estar libre de inquietud.
¿Quiere decirse que la vocación de todo humano es, en esencia, ser un monje? Mi respuesta, Mirian de mis entrañas, es sí, esa es mi convicción, tanto más firme cuanto más avanzo en mi propio camino. Carpinteros, profesores, enfermeras, agricultores, arquitectas, cocineros, repartidores…, pero «unificados», «unos», la otra cara de la dispersión, del fraccionamiento o de la división. Monacos, monos en griego, uno o unificado, es, así pues, toda persona que busca y cultiva su propia unificación, todo aquel que procura con determinación vivir en la unidad. Todo aquel, en fin, que se esfuerza por recuperar la dimensión más profunda del ser humano, sea tanto en la soledad del claustro como en el bullicio de la ciudad. «Los científicos experimentan con las cosas, los filósofos con las ideas, los artistas con las formas, el monje intenta hacer la experiencia de él mismo»4. Philoxenos, un escritor y obispo sirio del siglo VI, asegura que quien no esté «solo» no ha descubierto su identidad. La soledad conduce a la unificación, nos enraíza en la totalidad y nos permite llegar al nivel más profundo de nosotros mismos. El aislamiento, por el contrario, divide, separa, nos aleja de la realidad. Solitarios, pero no aislados. Los monjes del desierto, aunque viviendo solos, se reunían en la synaxis o reunión semanal para escuchar unidos la Palabra y las palabras de los ancianos5. Y después solían comer juntos y celebraban una especie de capítulo para discutir asuntos y problemas comunes. Luego retornaban a su soledad, donde pasaban el tiempo trabajando y orando. Se sustentaban con el trabajo de sus manos, normalmente tejiendo cestos y esteras con hojas de palma y juncos. Después los vendían en las ciudades de los alrededores6.
¿Por qué tantos hombres y mujeres se establecieron en el desierto, un espacio físico pobre, inhóspito y vacío? Esto es lo que creo: el desierto, más que un lugar geográfico, es una metáfora de la interioridad. Dejar el pueblo o la ciudad y marchar al desierto equivale a transitar de la exterioridad al interior, a recorrer la distancia que va de la periferia al centro, o —lo que es lo mismo— volver a casa. Y esa es nuestra mayor urgencia, retornar a casa, habitar nuestro propio espacio interior, no para huir de nada, no para atrincherarnos de algo, sino para encontrarlo todo. «No vamos al desierto para huir de las personas, sino para aprender la manera de encontrarlas; no las dejamos para no tener que ver nada con ellas, sino para descubrir la manera de hacerles el mayor bien»7. Uno de mis maestros suele repetir que, si no te conoces, no podrás amarte; y si no te amas, no podrás amar a los demás, porque nadie puede dar lo que no tiene; y si no puedes amar a los demás, no te estás enterando de qué va la vida. Por tanto, Miriam del alma, el destino final de la meditación es diáfano: ir al desierto, o habitar el interior, o volver a casa para reencontrar la vida. La estación de término en este viaje es, no te quepa duda, la vida. Pablo d’Ors, introduciendo a F. Jalics, no vacila en afirmar: «La principal forma para guardar la vida es para Franz Jalics la meditación silenciosa. Pero esa meditación en silencio y quietud nunca debe convertirse en un ídolo, sino que ha de encaminarse a la vida. La vida es el absoluto, no la práctica meditativa; es en la vida cotidiana —no en las sentadas— donde finalmente se juega todo»8.
Mi maestro Pavel ya me lo advirtió: «Nosotros —me dijo, sentados a los pies del chopo en un cálido atardecer de mayo— hemos creado una cultura de la exterioridad, de hacer cosas, de estar volcados hacia afuera, de estar comunicados, de estar conectados, y hay una nostalgia de volver a casa, de volver al interior. Quien más, quien menos, podemos decir que estamos rotos. Eso significa que tenemos experiencias que no hemos digerido bien y que nos han partido por dentro. Estamos dispersos, no estamos recogidos; estamos incluso fragmentados, y meditar es una escuela de unificación, de unidad. Se trata de estar unificado, de no estar roto. Esta es nuestra necesidad primordial. Cuando estamos unidos, nos sentimos bien; si yo estoy reconciliado, unido conmigo mismo, me siento bien; si estoy partido —quiero algo y su contrario— no me siento bien». Cruzar el abismo que nos separa de nosotros mismos es —según otro maestro, Thomas Merton—, el viaje más definitivo de todo humano: «¿Qué ganancia nos procura el navegar a la luna, si no somos capaces de cruzar el abismo que nos separa de nosotros mismos? Este es el más importante de todos los viajes de descubrimiento, y sin él todos los demás resultan no solo inútiles, sino desastrosos»9.
Recuerdo, Miriam amorosa —fue en uno de mis paseos matinales de un día gris del último invierno—, que presagié, como si de una visión se tratara, que la vida puede dibujarse como una suerte de tres círculos concéntricos. Todos transitables, aunque en diferentes escalas. Hay quien pasa los días y los años vagabundeando por la periferia, el círculo exterior: acumular viajes, diversión al máximo, probar más y más experiencias, amistades de conveniencia, compromisos los menos y evitando toda vinculación que ate; nada definitivo…, no renunciar a nada, no perderse nada. Podría resumirse en sumar y acumular. De vez en cuando, quienes viven instalados en este círculo periférico, saltan al círculo anterior, pero solo momentáneamente. El riesgo de perder la seguridad de lo poseído y de abandonar el territorio conocido les asusta. Acostumbran a vivir en el «like», en el «me gusta». Postureo en la superficie, más que buceo en la profundidad de las aguas.
Hay, por otra parte, quienes juguetean por el segundo círculo inmediatamente anterior. Vislumbran, puntualmente, lo auténtico y valioso. Incluso llegan a realizar alguna buena obra o un voluntariado, pongamos por caso. Hasta se interesan por cuestiones éticas. Pero enseguida consideran que eso está «demodé», asuntos de otros tiempos propios de gente nada interesante. Lo auténtico, la verdad, el compromiso, la interioridad…, no venden, no dan imagen, requieren demasiado cuidado y cultivo. «Para más adelante, cuando tenga tiempo, ya veré, he de asegurarme…». ¡Demasiado riesgo!
