El Campo Popular - Pedro Peretti - E-Book

El Campo Popular E-Book

Pedro Peretti

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Beschreibung

Lo agrario es un asunto indispensable para la vida humana y nunca figura en la agenda política. Tierra, suelo, alimento, agua, aire, todo nace o viene de ahí. Pedro Peretti realiza un profundo diagnóstico de la situación agropecuaria y brinda un programa con 45 propuestas para lograr un país con mayor ocupación, respeto por el medioambiente y el eje puesto en la vida y no en los negocios.   Somos un país agrario sin debate agropecuario. La derecha lo secuestró y el campo nacional y popular se desentendió completamente del tema, es decir, de la forma en que se produce, distribuye y exporta lo que comemos.   A partir de los noventa, la Argentina cambió su modelo agrario de chacra mixta por el de monocultivo sojero con concentración de tierras y rentas.   La Argentina democrática se debe un debate serio sobre el tema, que exceda la cuestión impositiva. Hay que debatir el uso y tenencia de la tierra y qué tipo de agricultura necesitamos para poner "el puchero" en la mesa de todos los argentinos: una agricultura democrática, desmonopolizada, sustentable y de rostro humano, o una agricultura buitre, concentrada, de volumen, sin productores e integrada verticalmente. Esa es la madre de todas las batallas: quién, cómo y dónde producirá los alimentos que consumimos. Y es la sociedad la que debe poner en agenda esas preocupaciones para que la política las tome.   "Peretti realiza 45 propuestas concretas que buscan mejorar la gestión de nuestros recursos agrícolas. Una inspiración para la acción. Como nación, tenemos la oportunidad de liderar en la formulación de respuestas innovadoras a nuestros desafíos más apremiantes. El libro es una herramienta valiosa en este esfuerzo, para promover debates y políticas que busquen el bienestar de todos los argentinos" (Cristina Fernández De Kirchner, del prólogo del libro).

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Seitenzahl: 375

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Contents

Prólogo

Introducción - Salud y cosechas

PRIMERA PARTE - Estado de situación

Capítulo 1 - El debate agropecuario pendiente

Capítulo 2 - Agricultura de tres pisos 

Capítulo 3 - Terratenientes y glifosato

Capítulo 4 - Unidad de medida

SEGUNDA PARTE - El campo al día 2020-2024

TERCERA PARTE - 45 propuestas para el debate de una nueva política agropecuaria

Puntos de Interés

Portada

Peretti, Pedro

El campo popular : 45 propuestas agrarias para el bien común / Pedro Peretti ; Prólogo de Cristina Fernández de Kirchner. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2024.

Libro digital, EPUB - (Historia urgente / Constanza Brunet ; 112)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-823-060-3

1. Campo. 2. Política Agraria. 3. Política Agropecuaria. I. Fernández de Kirchner, Cristina, prolog. II. Título.

CDD 306.349

Dirección editorial: Constanza Brunet

Coordinación editorial: Víctor Sabanes

Asistencia editorial: Carmela Pavesi

Comunicación: Verónica Abdala

Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez

Corrección: Brenda Wainer

Foto de tapa: Tom Fisk - pexels.com

© 2024 Pedro Peretti

© 2024 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371-1511

[email protected] | www.editorialmarea.com.ar

ISBN 978-987-823-060-3

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio

o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.

Prólogo

En un mundo enfrentado a grandes desafíos globales —desde el cambio climático hasta las crecientes desigualdades sociales y económicas— la necesidad de repensar nuestros modelos de desarrollo y de crecimiento es permanente e imperiosa. El campo popular es un trabajo de Pedro Peretti que ofrece un recorrido histórico, un análisis profundo y una serie de propuestas para reevaluar el rumbo de la política agropecuaria argentina: una herramienta útil para pensar el desarrollo nacional.

La agricultura es un tema que toca la vida de todos los argentinos, directa o indirectamente. Este libro es un llamado a la reflexión y al diálogo, a la participación activa en la construcción de un modelo agrícola más justo, sostenible y eficiente que pueda enfrentar los retos de este siglo y garantizar la soberanía alimentaria en nuestro país. Peretti, que como productor y dirigente cuenta con una extensa trayectoria en el sector, comparte su conocimiento en la temática y realiza 45 propuestas concretas que buscan mejorar la gestión de nuestros recursos agrícolas. Una inspiración para la acción.

El libro plantea una crítica profunda al modelo agrario monocultivo de gran escala impuesto desde los 90, cuyo resultado evidente fue una mayor concentración de tierras, y la tendencia a la desaparición de otros modelos de producción como la chacra mixta y el chacarero productor, reemplazado por los grandes pools, la injerencia del capital financiero, los rentistas y los contratistas. Este modelo tuvo un impacto negativo en la economía rural, en el ambiente, en la eficiencia logística, en el arraigo, y una pérdida de soberanía y seguridad alimentaria.

Peretti plantea la necesidad de que los temas agrarios tengan un rol protagónico en la agenda política, y que se discuta, diseñe e implemente una política agropecuaria nacional y popular para la construcción de un modelo agrícola que sea justo, sostenible y eficiente. Y busca que esto se haga desde una perspectiva que entrelace lo económico, lo social y lo ambiental, subrayando la interconexión esencial entre el campo y la ciudad.

Estas políticas van en línea con algunas de las que implementamos en nuestros gobiernos, como el reintegro de retenciones a las exportaciones para pequeños productores; créditos segmentados con tasas preferenciales, implementados desde el Banco Nación; los programas de apoyo a pequeños y medianos productores; la ley 27 118 de agricultura familiar sancionada en 2014, entre otras.

El sector agropecuario en Argentina no ha tenido la centralidad histórica que la lógica indica en el debate político. Este libro desafía esa omisión, poniendo a consideración propuestas concretas, como la necesidad de urbanizar el debate rural en todos los niveles y de adoptar un método propio de evaluación del sector. Además, plantea la necesidad de rediseñar nuestras políticas para fomentar una agricultura más integrada y menos dependiente de monocultivos como la soja, que ha dominado nuestro paisaje agrícola a un alto costo social y ambiental.

Como nación, tenemos la oportunidad de liderar en la formulación de respuestas innovadoras a nuestros desafíos más apremiantes. El libro es una herramienta valiosa en este esfuerzo, para promover debates y políticas que busquen el bienestar de todos los argentinos.

Cristina Fernández de Kirchner

Ex presidenta de la Nación

Introducción

Salud y cosechas

Lo agrario es un asunto indispensable para la vida humana y nunca figura en la agenda política. Tierra, suelo, alimento, agua, aire, todo nace o viene de ahí. La derecha solo quiere negocios a costa de la vida, y nosotros preferimos la vida a los negocios. 

Este es el debate al que invitamos desde estas páginas. Hay varias cuestiones que me desvelaron estos años y motivaron mi espíritu polémico, y en las páginas que siguen quiero compartirlas con ustedes, queridas y queridos lectores. Las enumero a vuelo de pájaro: 

1) Ausencia de debate agropecuario en todos los niveles, tanto en el Parlamento como en la comunidad. Ni siquiera está presente durante las campañas electorales.

2) Necesidad de urbanizar el debate rural. 

3) Existencia dominante de latifundios y monopolios. 

4) Desaparición de la chacra mixta. 

5) Rentismo rural.

6) Agricultura de tres pisos.  

7) Ausencia de un método propio de evaluación del sector agropecuario. El campo nacional y popular usa las herramientas teóricas de la derecha para medir la actividad. Grave error, por eso nos salen mal las “cosas” cuando somos gobierno. 

8) Precio de los alimentos, gobernabilidad democrática e irracionalidad logística de la economía agraria son algunas de las claves para entender lo que nos pasa como país.

9) Agricultura con agricultores. Definición de productor agropecuario: ¿qué es y quién lo es?

10) Soberanía en todos sus aspectos, pero especialmente vinculada con la mejora en la calidad de vida de los sectores populares.

11) Políticas de arraigo.

Ale Dixon y Gaby Stoppelman fueron las autoras intelectuales de esta (al menos, para mí) hermosa idea de recopilar los artículos que publiqué en Página/12, a los cuales agregué una introducción de contexto y le incorporé 45 propuestas (concretas), para una política agraria nacional y popular. En lo personal no deja de ser un halago, y celebro vivamente que la inquietud haya partido de dos compañeras citadinas, no solo por ser el autor, sino porque ellas se han sentido interpeladas por el S.O.S. que venimos lanzando desde hace tiempo, acerca de la necesidad de urbanizar el debate rural y de que el campo Nac & Pop le hinque el diente al tema. 

También agradezco a Wado de Pedro por su compromiso con el libro y a Cristina Fernández de Kirchner por la generosidad militante al hacer el prólogo. Por último, gracias a Constanza Brunet y Víctor Sabanes de Marea por cuidar y acompañar este libro.

Pedro Peretti

24 de junio de 2024, Máximo Paz

PRIMERA PARTE

Estado de situación

Capítulo 1

El debate agropecuario pendiente

La Argentina es un país agrario sin debate agropecuario. La derecha lo secuestró y el campo nacional y popular (de motu proprio) se desentendió completamente del tema. Salvo honrosas excepciones, lo tercerizó en técnicos sin compromiso social, o directamente “compró” y aplicó las recetas provistas por la derecha agraria, tomándolas –casi– sin ningún tipo de filtro. Es más, el campo popular ignoró, deformó y ocultó sistemáticamente la extraordinaria política agraria que desarrolló el peronismo, en vida de Perón. Así, le hemos hecho “un regalo” tan caro al neoliberalismo agrario, que aún lo seguimos pagando.

A partir de los 90, la Argentina cambió su modelo agrario de chacra mixta por el de monocultivo sojero con concentración de tierras y rentas. Eso fue con Carlos Menem de presidente, Cavallo de ministro de Economía y Felipe Solá, como secretario de Agricultura durante todo el periodo. Ellos lo hicieron y nunca nadie les reclamó por la destrucción de la Junta Nacional de Carnes, la de Granos, por el Instituto de la Yerba Mate, por la disolución de la Corporación Argentina de Productores Ganaderos (CAP), por la privatización de los puertos del Paraná ni por la liquidación a precio de chatarra de la Flota Mercante. Al menemismo se le reclama por la corrupción, las privatizaciones y la extranjerización, pero nunca se analiza el cambio de modelo agrícola que significó todo lo mencionado, ni el impacto de esas medidas sobre el precio de los alimentos. Es más, aún hoy se elogia la modernización que aquello trajo consigo. No se lo atacó por las cuestiones de fondo, que era por lo que debería habérselo atacado, sino por las formas en que se ejecutaron las medidas. Así, Felipe Solá fue y vino del Justicialismo al liberalismo, sin que se le haya pedido nunca una mínima reflexión autocrítica sobre qué ayudó a hacer con los bienes y el bienestar del pueblo argentino. Un verdadero latrocinio cuyas consecuencias pagamos hasta hoy. 

Una de las pocas voces de resistencia a este cambio de paradigma fue la de don Humberto Volando, uno de los más grandes dirigentes agrarios de la historia argentina. El resto aplaudía y ocupaba cargos en el Estado. Nunca se debatió nada. ¿Alguien se acuerda de algún debate de esa época sobre el modelo agrario? Las únicas voces de protesta fueron la de aquella Federación Agraria Argentina –que nada tiene que ver con la actual– y el por entonces incipiente movimiento campesino, con el Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MOCASE) a la cabeza. 

Nunca en cuarenta años de democracia el sistema de partidos políticos democráticos y populares se ocupó de debatir la cuestión agraria. Pareciera ser que la forma en que se produce, distribuye y exporta lo que comemos resulta una cosa sin relevancia para el campo nacional y popular. 

2008: ¿hubo debate?

Los lectores se preguntarán con razón: pero en el 2008, ¿no se discutió mucho sobre el “campo”? La verdad, no. Todo giró en torno a los derechos de exportación (DEX) y la presión fiscal que “soportaba” el sector. Pero nada se debatió sobre el uso y tenencia de la tierra ni sobre la chacra mixta. Es decir, ni una palabra se dijo sobre el modelo de producción de alimentos, el latifundio, el desarrollo rural, los puertos privados, la soberanía del Paraná, la irracional logística agraria (tan costosa e importante), el Canal Magdalena, las economías regionales y la concentración monopólica. Todo “eso”, que es la médula del tema agrario, ni fue mencionado. La derecha solo quería discutir DEX y cómo bajar impuestos. Y los sectores progresistas no logramos torcer esa decisión, ni meter cuña alguna en el debate. Ni siquiera nos animamos a plantear con fuerza la segmentación de retenciones: que quien más campo tiene y más soja produce pague más que el chico. Modesto e inobjetable principio de equidad tributaria.

Este inmenso conflicto agrario-político se desató (esencialmente) por el desconocimiento que se tenía del sector. Y demostró, entre otras cosas, que la sociedad en general y el campo nacional y popular en particular no tenían la menor idea de qué pasaba dentro de la actividad agropecuaria. Puso en la superficie las serias dificultades para conducir políticamente al sector. No se había anudado ni priorizado ninguna alianza seria con sujeto agrario alguno, que permitiera desarrollar la propia agenda. Todo lo contrario a lo que hizo Perón. 

La derecha agraria, que no tiene ni un pelo de zonza y sabe muy bien qué le conviene, usó el desconocimiento generalizado de lo que sucedía en la Argentina rural y aprovechó la huida del debate del campo nacional y popular, para inocular en la sociedad un sentido común agrícola contrario al interés de los sectores populares. Así logró que el modelo de monocultivo sojero con concentración de tierras y rentas sea percibido como el único y más virtuoso camino en materia de desarrollo rural. Pudo imponer con relativa facilidad consignas tan falaces como efectivas: “Todos somos el campo” o “El campo es uno solo”. Burdas mentiras. Ni el campo es uno solo, porque es diverso, ni todos somos el campo, porque el campo tiene dueños y está dominado por un puñado de terratenientes codiciosos que no dudan en matar en defensa de la propiedad privada. 

Para el populismo, lo rural sigue siendo un mundo desconocido al que se mira de lejos. Y, cuando nos toca gobernar, seguimos buscando nombres e ideas que vienen del mercado. El mercado siempre puso al secretario de Agricultura, ganara quien ganara las elecciones. Esa situación la cortó Cristina Fernández de Kirchner. En octubre del 2009 decidió darle jerarquía de Ministerio a la Secretaría de Agricultura y nombró a Julián Domínguez como ministro: un abogado, diputado provincial por Buenos Aires, sin vínculos directos con el sector. Un “hombre de la política” que tuvo una más que aceptable gestión en su primera experiencia como ministro. 

En el 2008, los grupos PRO-mercado solo querían discutir las variables de política agraria que los afectaban directamente. Y nosotros no logramos torcer esa lógica. No logramos debatir segmentación, ni monopolios, ni latifundios, ni agricultura de rostro humano. A la agricultura concentrada solo le interesó discutir retenciones y volumen. Por eso pelearon como si hubiera sido una final del mundo y, la verdad, les salió bien. A partir de ahí, cavaron una trinchera donde lograron sumar a buena parte de la política y de la sociedad a sus demandas de eliminación de retenciones, no intervención en los mercados, no regulaciones, cero control fiscal y devaluación: todas medidas a favor de los grupos concentrados y en contra del pueblo en general. El Estado les molesta y lo quieren lejos. 

Eso es lo que se discutió en el conflicto de las retenciones móviles. Pero eso no es discutir “lo agrario”: es solo una parte. Los efectos de ese conflicto sobre los DEX llegan hasta nuestros días y tienen, aún hoy, un fuerte impacto político. 

¿Dónde se debate lo agropecuario?

Existe un sinnúmero de factores negativos, semiocultos, que nunca son tenidos en cuenta a la hora de evaluar el modelo sojero. ¿Por qué? Por lo que dijimos al comienzo: la derecha secuestró el debate agrario y lo limitó a un selecto y minúsculo número de representantes de los famosos intereses creados. Terratenientes, pools de siembra, empresas exportadoras, proveedoras de servicios, puertos privados y técnicos a su servicio discuten entre ellos. Y generan un gueto productivista que monopoliza el discurso público y ha capturado la representación simbólica del sector. Ahí no entran nunca temas como soberanía y seguridad alimentarias, ni los efectos de las fumigaciones indiscriminadas en la salud, ni la crisis climática, ni la irracionalidad logística de la economía agraria, ni los desmontes, ni las migraciones rurales, ni los accidentes viales producto de los millones de viajes de camión, ni los puertos privados y su opacidad, ni la soberanía del Paraná, ni la construcción del Canal Magdalena. Ahí no entra nada ni nadie que sea pueblo o que tenga que ver con sus necesidades. Bajan un discurso de defensa cerril del modelo agrario sojero vigente. 

Este gueto productivista cuenta con el sostén ideológico y mediático del complejo de medios de comunicación hegemónico, que pone a su disposición una amplia red de periodistas y programas; todo regado en forma abundante por las cuentas publicitarias que las grandes compañías del sector derraman con selectiva precisión a los defensores del modelo. Esa gran masa de dinero va directo a periodistas, suplementos gráficos, radios, tv y redes de diverso tipo, con el único requisito de que se defienda el modelo sojero agroexportador de libre mercado.

A este esquema de difusión y cooptación de “cabezas” hay que sumarle simposios, conferencias y premios que se otorgan entre ellos, en un autobombo muy bien calculado, con el objetivo de consolidar el modelo. Toda una gama de recursos dinerarios muy importante, orientada a mostrar a la sociedad que el único camino posible es el que ellos militan.

La Argentina democrática se debe un debate serio sobre la cuestión. No un debate de superficie, sino uno que vaya al fondo y supere lo meramente coyuntural, que siempre gira en torno a la cuestión impositiva. Hay que hincarle el diente al uso y tenencia de la tierra y a qué tipo de agricultura necesitamos para poner “el puchero” en la mesa de todos los argentinos: una agricultura democrática, desmonopolizada y de rostro humano, o una agricultura buitre, concentrada, de volumen, sin productores e integrada verticalmente. Esa es la madre de todas las batallas: quién, cómo y dónde producirá los alimentos que consumimos. Y es la sociedad la que debe poner en agenda esas preocupaciones para que la política las tome. Por eso es fundamental urbanizar el debate rural. 

No todo el campo es lo mismo

A la hora de analizar el sector, lo primero que tenemos que hacer –y ojalá este libro ayude a su mejor compresión– es explicar que no todo el campo es igual. Parece una perogrullada, pero no lo es. El campo es “overo”: la diversidad es lo que domina en cuanto a tamaño (cantidad de hectáreas que se poseen), producciones, regiones, formas de propiedad. Lo trabajan pools de siembra, megaproductores (que no son pools), chacareros, campesinos, indígenas, estancieros y sociedades comerciales de cualquier tipo, sean nacionales o extranjeras. Todos son el “campo” y se sienten el “campo”. Y es verdad: todos lo son. Lo que tenemos que definir es qué intereses queremos representar y servir: si los del pueblo o los de los monopolios y terratenientes.

No es lo mismo ser ocupante precario, arrendatario, contratista rural, o propietario. Tampoco es lo mismo sembrar que ser propietaria/o –aunque a veces coincide la titularidad con el quien siembra–, ni es igual ser un productor de sofá (rentista), que productor activo. No da lo mismo trabajar 5 hectáreas que 50, 500, 5000, 50 000 o 500 000. Todos esos tamaños de propiedad física de la tierra existen y sirven para graficar la diversidad de intereses que surcan el sector. Una correcta política nacional y popular debe identificar esas diferencias con el mayor detalle posible. Pero, por sobre todas las cosas, debe saber y definir a qué sujeto agrario quiere apoyar y a quién quiere beneficiar con su política. Las alternativas son: tener una propuesta, plantarse y debatir, o eludir el debate y que conduzcan los poderosos. El peronismo no nació para servir a la oligarquía sino para enfrentarla. 

A fin de operar sobre esa realidad disímil es que existen las políticas públicas diferenciadas (en este libro hay varios artículos). Son un instrumento que la derecha esquiva como el sapo a la guadaña, y que el campo nacional y popular debe usar sin complejos.

Modelo sojero, definición y costos

Definimos el modelo agrario argentino vigente desde los 90, como de monocultivo inducido con concentración de tierras y rentas. Decimos que la soja es un “monocultivo inducido” porque no es parte de la historia productiva de nuestro país. Fue impuesto después de la caída del Muro de Berlín, como parte de la nueva división internacional del trabajo que trajo la globalización, luego de la implosión de la URSS y la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC). La decisión del gigante asiático de modernizar su sector agrícola y urbanizar a millones de pobladores tuvo como resultado la necesidad de producir alimentos en cantidades suficientes para alimentar esa nueva y enorme masa urbana. 

Y para que suceda se necesitan proteínas en abundancia, que provienen fundamentalmente de cerdos y aves, los cuales a su vez tienen que comer, básicamente, alimentos balanceados a base de soja y maíz. Ahí aparece Argentina, como proveedora de esta materia prima esencial. Que los chinos coman todos los días tiene que ver con la seguridad nacional de esa superpotencia.

Para satisfacer a este nuevo “cliente” se debió reconfigurar todo el sector agropecuario argentino a la medida, no de Argentina, sino de los requerimientos productivos y logísticos de las multinacionales (Cargill, Dreyfus, Bunge, entre otras) proveedoras del mercado chino. Fue esta apertura –nueva y apetitosa– la que indujo a la masificación de la siembra de soja, que ya se sembraba en nuestro país, pero en proporciones bajas. 

Satisfacer la demanda china reclamaba volúmenes cada vez más importantes de soja y maíz, para lo cual había que dejar de sembrar otros cultivos y desplazar la ganadería a las zonas extrapampeanas. Fue el fin de lo que conocíamos como chacra mixta, garante de la soberanía y seguridad alimentarias y proveedora del consumo de cercanía, que arraigó a miles de chacareros a su parcela. Esta reconfiguración del sector agrícola argentino orientado a las necesidades chinas se hizo sin filtro y a lo bestia, a voluntad del mercado. Así fue como se destruyeron más de 200 000 chacras mixtas, se hipotecaron 12,5 millones de hectáreas solo en el Banco Nación –que después se intentó privatizar para apropiarse de esas hipotecas–, se destruyeron 900 000 puestos de trabajo en el sector, se privatizaron puertos, ferrocarriles, y el Paraná se entregó a Hidrovía S.A. Se liquidó la Flota Mercante, una de las más importantes del mundo. Se generó un proceso de migraciones internas descontrolado, se deforestaron más de cuatro millones de hectáreas (solo en los 90). En la pampa húmeda la soja le arrebató a la ganadería diez millones de hectáreas, desplazando a las vacas a las zonas extrapampeanas o a los humedales, que después queman para que pueda crecer el pasto. Había (y sigue habiendo) que liberar tierras para permitir la siembra de soja. Nacieron los feedlots, que se ocupan del engorde de bovinos hacinados en un corral. El modelo sojero fue decisivo en la eliminación del tren y su reemplazo por el camión. También, en la eliminación de los organismos reguladores y de control de exportación de alimentos, como la Junta Nacional de Granos y la de Carnes, la disolución de la Corporación Argentina de Productores de Carne (CAP), el Instituto de la Yerba Mate, por citar algunos. La sojización parió una nueva Argentina rural, productora de forraje para cerdos y aves del sudeste asiático, y no de alimentos para humanos, como aviesamente le hace creer la publicidad neoliberal a la sociedad argentina. Las consecuencias de este modelo, que solo beneficia a un puñado de empresas y terratenientes, fueron nefastas para el país: intensificó el proceso de concentración de tierras y rentas de manera exponencial y desarrolló el rentismo rural en reemplazo de la chacra mixta. El rentismo rural es un concepto clave y lo veremos en detalle más adelante. 

Contrarreforma y breve lista de costos ocultos

En la práctica, la sojización significó una contrarreforma agraria. “[…] desplazó a los pequeños productores y eliminó a la población rural, sea chacarera, campesina, indígena y a la agricultura familiar generando una ruralidad sin población propia. Aumentó la superficie promedio de las explotaciones agropecuarias entre 1988 al 2018 en un 42 %. En efecto, en 1988 la superficie promedio era de 469 hectáreas. En 2002 era de 588 y en 2018 era de 670 hectáreas”.1

Teniendo en cuenta que en la pampa húmeda se estima en 75 hectáreas la Unidad Económica que necesita una familia tipo para vivir dignamente, se produjo una concentración altísima. Fue un auténtico desastre que la política nunca dimensionó; al contrario: miró siempre para otro lado. 

Aunque los pasivos del modelo son varios, vastos y exorbitantes, nunca son ponderados correctamente y lo único que se contabiliza es lo que queda en la ventanilla de retenciones. Por su parte, los beneficiarios de la sojización inducida ocultan esos costos a fin de presentar un modelo sin contraindicaciones. 

Pero hay dos factores que queremos remarcar: uno es la invisibilización del latifundio, de la que hablaremos más adelante. Otro, la deslocalización y monopolización de la producción de alimentos que incide tan fuertemente en los precios y en los salarios de los sectores populares. Este abandono de la producción de cercanía generó la irracionalidad logística de nuestra producción agropecuaria, que debe recorrer miles de kilómetro en camión, ¡algo verdaderamente extravagante! Y lo peor es que convencieron a buena parte de la sociedad de que somos muy eficientes en la producción de alimentos. Traigo acá algunos ejemplos que lo desmienten: un litro de leche debe recorrer 1000 km promedio para llegar a la mesa de los argentinos. La producción de pimientos en Embarcación, Salta, se encuentra 1450 km de los mercados. La lechuga recorre miles de kilómetros y lo mismo ocurre con la carne bovina. Podemos seguir dando ejemplos de desequilibrio logístico hasta el cansancio. Latifundio, monopolios e irracionalidad logística son calamidades productivas que trajo el modelo sojero, que nadie debate, denuncia, ni discute, y que afectan seriamente a la soberanía y seguridad alimentarias de la Argentina. El campo nacional y popular aún no registró que este cambio de paradigma agrario fue central en el cataclismo político que estamos padeciendo.

Los que hacen negocios con China son diez exportadoras de granos que manejan el 80 % del mercado, y sus auxiliares productivos: los pools de siembra y megaproductores sojeros. El resto de los argentinos la vemos pasar, pero pagamos todos los costos ocultos. Y “ojo”, que yo estoy en contra del monocultivo de soja, no contra la soja como cultivo. No confundir a Juana con la hermana.  

Una breve enumeración de los costos ocultos: 

1) Crisis climática-pasivos ambientales: cáncer, inundaciones, sequías y deforestaciones. 

2) Accidentes viales: se necesitan miles de viajes de camión para trasladar la soja y las vacas desde el NEA y el NOA hasta los distantes centros de consumo. También, para mover la cosecha de los campos a los puertos. Solo el 10 % de estos movimientos se hace por tren. De los 40 000 km de vías que teníamos, después de la privatización quedaron poco más de 10 000. Eso genera que Argentina esté entre los países con más muertes por accidentes viales.

3) Destrucción de la actividad apícola, que generaba miles de puestos de trabajo y cuya producción se exportaba casi en su totalidad.

4) Migraciones rurales-urbanas totalmente descontroladas. 

5) Destrucción de la chacra mixta. 

6) Fin del consumo de cercanía.

7) Liquidación de los mercados populares de consumo y de los mercados de referencia, como el del cerdo y los lanares. 

8) Cientos de pueblos del interior profundo transformados en pueblos fantasma. 

9) Privatización de puertos y del río Paraná.

10) Liquidación de la Flota Mercante nacional.

¡Y dicen que este es un modelo exitoso! Pongamos números y evaluemos objetivamente. 

La estrategia del neoliberalismo

El modelo ha tenido la perspicacia de diseccionar el debate agrario, imponiendo un método de análisis compartimentado que no muestra nunca el conjunto de la “cosa agraria”, sino solo partes sin relación entre sí. Y “mágicamente” consigue ocultar la relación de las partes con el todo. Siempre analiza las consecuencias en forma autónoma de las causas. Así, el modelo queda limpio e impoluto. Ese es un gran triunfo, ¡ojo! 

Al modelo nunca se lo conecta con el uso y tenencia de la tierra, ni a esta con la producción de alimentos (pareciera que la lechuga o el tomate se siembran en la estratosfera), ni con las migraciones rurales, como si estas fueran producto de decisiones individuales. Tampoco se vincula al modelo con la deforestación, la crisis climática, la secuela de inundaciones y sequías, los accidentes viales, la logística y el cáncer por glifosato. Todas esas catástrofes son vistas como temas autónomos, sin conexión entre sí, ni con el modelo de producción agraria que los parió. Son todos rayos de una misma rueda, pero –habilidad comunicacional mediante– son atribuidos a la acción individual de hombres negligentes.

Buena parte de esto sucede porque el campo nacional y popular teme y elude el debate agrario. La última vez que se discutió esta cuestión fue hace exactamente cincuenta años, en el siglo pasado.

Los 70: Lo agrario en debate

En la década del 70 el peronismo batalló duro por una política agraria al servicio del pueblo. Una vez en el gobierno, envió dos anteproyectos de ley de contenido antioligárquico: el de la Renta Normal y Potencial de la Tierra y la Ley Agraria. En simultáneo, operó muy fuerte sobre el precio de los alimentos a través del Pacto Social. Para eso empoderó a la Junta Nacional de Carnes y la de Granos y creó las juntas por producto, donde se analizaban los precios y la producción de cada materia prima (papa, tomate, carne, entre otros) de la canasta básica. Participaban entidades de productores –la Federación Agraria Argentina (FAA) fue muy activa–, el movimiento obrero, cooperativas, empresarios y el Estado. Este tenía la última palabra, no era un mero auspiciante u observador: decidía. Después del golpe de 1976 y hasta nuestros días, el campo nacional y el peronismo en particular abandonaron este debate. Su silencio –entre negligente y cómplice– regaló a la derecha el monopolio de la opinión rural. El peronismo terminó casi siempre comprando ofertas berretas del modelo neoliberal. Hubo honrosas excepciones, pero fueron minoritarias.

En 1973 asumió Héctor J. Cámpora como presidente, José Ber Gelbard como ministro de Economía y Horacio Giberti como secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca. Con la renuncia de Cámpora y la asunción de Perón siguieron los mismos funcionarios y la misma política. Es importante señalar que era la política agraria del peronismo en su conjunto, no del camporismo o de la Juventud Peronista.

El primer organismo nacional que se ocupaba de las cuestiones agropecuarias fue creado en 1871 por Domingo F. Sarmiento quien, dicho sea de paso, tenía una pésima opinión sobre nuestros oligarcas con olor a bosta. Ese organismo era secretaría de Estado, dependiente del Ministerio del Interior. En 1898 el general Julio A. Roca, padre y prócer de nuestra oligarquía terrateniente, la elevó al rango de ministerio. Su primer ministro fue Emilio Frers. 

Cuando ganó el Frente Justicialista de Liberación Nacional (FREJULI) en 1973, el ministerio se rebajó nuevamente a secretaría. ¿Por qué?  No fue un acto meramente burocrático que buscase achicar costos o rebajar competencias en la organización del Estado. Fue una decisión en cuanto a qué es la política, quién conduce la economía. Una decisión que implicaba que lo agropecuario debe subordinarse y estar al servicio del proyecto de país. 

El ministerio tenía que dejar de representar a la oligarquía terrateniente frente al Estado y pasar a ser –según la concepción del nuevo Gobierno– el representante del Estado frente a ese sector minúsculo, pero poderoso. Debía dejar de ser un enclave autónomo al servicio de intereses antinacionales y ser parte del proyecto de nación. Por eso lo rebajó a secretaría y se lo puso bajo la órbita del Ministerio de Economía, integrado al conjunto del país. ¡Más claro, echale agua!

¿Por qué decimos que fue en los 70 la última vez que el campo nacional y popular discutió la cuestión agropecuaria? Sencillo, porque esa cuestión fue parte central de aquella campaña electoral. ¿Qué decía el programa del FREJULI al respecto?: “Las Pautas Programáticas para el gobierno Justicialista de la Reconstrucción Nacional de enero de 1973 incluyen dentro de su programa la política agropecuaria. Entre los objetivos está lo que se dio en llamar la Reforma Agraria Integral, que discute múltiples aspectos relacionados a las zonas rurales argentinas”.2

¡Tomá mate con chocolate! La moderación te la debo. Señalo dos detalles importantes del párrafo precedente. El primero es que el texto habla de Reforma Agraria, sin complejos ni eufemismos, es el programa oficial del peronismo, es Juan Perón en vida el que banca esto, no Juan Grabois. El segundo es que el tema agrario es parte del programa de acción de gobierno y de la campaña electoral de Cámpora. Perón, una vez presidente, no modificó esta línea política ni en una coma. Al contrario, fue bajo su presidencia que se presentó el proyecto de Ley Agraria. ¿Cuántas veces vieron ustedes, amigos lectores, el tema agrario en los debates presidenciales? ¿Y cuántos peronistas escucharon hablar de Reforma Agraria Integral de 1983 a la fecha? Hagan memoria.

Para responder adecuadamente debemos ir al párrafo introductorio del anteproyecto de Ley Agraria que el Poder Ejecutivo envió al Congreso. Lo dice todo: “El Poder Ejecutivo Nacional tiene el honor de someter a la alta consideración a vuestra honorabilidad el proyecto de Ley Agraria que se acompaña, que tiende a corregir los defectos de la estructura agraria representados por la presencia de latifundios y minifundios; mejorar el régimen de tenencia de la tierra, compatibilizando con los principios orientadores de la política agraria; propender a un mejor uso y conservación de los recursos naturales y aún más eficiente empleo de los capitales que se invierten en las empresas agropecuarias, incrementar la productividad y rentabilidad de las explotaciones, mejorar las condiciones de vida y de trabajo de la población rural, derivar para la comunidad los beneficios que reporten las grandes obras públicas que se construyan”.3

A continuación, enumera los objetivos de la Ley: “1) La tierra agrícola debe cumplir la función social para la que está naturalmente destinada. 2) La tierra constituye un bien de trabajo, no de rentas. 3) La tierra vale por lo que produce. 4) La riqueza que se extrae de la tierra debe ser aprovechada por los productores y por la comunidad toda, en una justa proporción”.

Reitero: era Juan Domingo Perón el presidente y fue la última vez que el campo nacional y popular discutió los temas de la tierra, el latifundio y la producción, todo articulado, no solo con generar divisas, sino con que hubiera alimentos accesibles para los sectores populares. La tenían clara Perón, Gelbard y Giberti. Qué tendrá que ver esto con los pusilánimes que se dicen peronistas y proponen cosas como las granjas chinas, la Ley Agro-bio-industrial, el recule de la estatización de Vicentin, la eliminación de retenciones a los grandes productores, la falta de control del precio de los alimentos, o no construir el Canal Magdalena, por citar algunas de las muchas “lindezas” que nos regaló el peronismo agrario en los últimos tiempos.  

El proyecto de Ley Agraria apuntaba a tratar el tema desde lo global, articulando cuestiones económicas, productivas, jurídicas, sociales, laborales y culturales. Todo apostaba a mejorar la vida rural, propiciando una agricultura de rostro humano y con mayor productividad. Los cañones estaban enfocados a duplicar la producción, pero con la gente adentro. Al revés de lo que hace el neoliberalismo agrario en la actualidad, ya sea con la máscara del peronismo new age o de Juntos por el Cambio o La Libertad Avanza, poco difieren. El modelo sojero nunca va a combinar producción, rostro humano, volumen, precio de los alimentos, medioambiente, ruralidad y exportación. Siempre va a priorizar el volumen, la rentabilidad y los negocios, aun a costa del hambre y la miseria del pueblo. Es así, solo le interesa ganar.

Rol del Estado

El Estado peronista tenía un rol rector, claro y definido: estaba al servicio de las mayorías populares, no de los grupos minoritarios. No era una revolución socialista, para nada. Planteaba un capitalismo agrario muy razonable, cuyo norte era que la Argentina duplicara su producción agrícola, pero con productores agropecuarios, no sin ellos. Tenía claro que la tierra es un recurso finito, no renovable, que tiene una función social indubitable, imposible de soslayar, porque de ella dependemos todos/as para comer, beber y respirar. Sin ella no hay vida. El anteproyecto de Ley Agraria es una muestra palmaria del grado de involucramiento del peronismo fundacional con políticas agrarias reformistas y del rol que le asignaba al Estado.

La parte agraria de la historia del peronismo, constitutiva de su identidad primigenia, es sistemáticamente ocultada, negada y reemplazada por el pensamiento neoliberal, cuyo germen introdujo el menemismo. Muchos de los voceros agrarios del peronismo actual fueron funcionarios de Menem. Cualquier tranvía los deja bien con tal de no perder el “calor oficial”. ¡Qué tendrá que ver Menem con Perón o la política agraria menemista con la peronista! Nunca dos posiciones fueron más lejanas entre sí. 

Como vimos, los dos proyectos agrarios que puso en discusión el peronismo fueron el Impuesto a la Renta Normal Potencial de la Tierra (1973) y el proyecto de Ley Agraria (1974). Ambos apuntaban esencialmente a duplicar la productividad que era muy baja, ese tema se siguió discutiendo hasta la década del 90. 

Hasta entonces, la baja productividad estaba relacionada con el latifundio. La tierra rendía más por tenerla que por producirla. Esta situación cambió a partir de los 90 con el proceso de sojización que arrasó con la chacra mixta y la soberanía alimentaria y transformó al latifundio en ultraproductivo, merced a la introducción de un paquete tecnológico de siembra directa, semillas transgénicas y glifosato. De la mano de la soja irrumpen en la agricultura la ciencia y el capital financiero, vía pools de siembra. Así se configura una agricultura de tres pisos: el dueño de la tierra, el contratista rural y el capital financiero. Es la agricultura sin agricultores. 

No somos partidarios de practicar la nostalgia hacia instrumentos de política económica que fueron muy útiles y valiosos en su tiempo, para un mundo que ya no es el mismo. Cuando cambia la realidad deben cambiar las herramientas de política que pretenden influir sobre ella. Me refiero a que no se puede hacer una Junta Nacional de Granos o un Instituto Nacional de Promoción del Intercambio (IAPI) a imagen y semejanza de aquellos. Tampoco tendría sentido un impuesto como el de la Renta Normal Potencial de la Tierra. Para la productividad actual, es más adecuado un impuesto a las grandes fortunas. Porque hoy el debate no es por la improductividad del latifundio sino por la concentración económica, el acaparamiento de tierras, el rentismo rural y la deslocalización de la producción de alimentos. Lo que debe conservarse es el concepto sobre la necesidad de que el Estado intervenga. Cómo lo hace y con qué instrumento es una cuestión del tiempo histórico en el que nos toca vivir. El “qué” es lo que se mantiene. El “cómo” es una construcción de la etapa histórica.

Un poco de contexto

Un detalle poco conocido, que generó un amplio debate político en todo el campo nacional y popular, fue la asunción de Antonio Américo Di Rocco, presidente en ejercicio de la Federación Agraria Argentina como ministro de Agricultura de la dictadura de Lanusse. Este tomó posesión del cargo en julio de 1971 y delegó el mando federado en su vice, don Humberto Volando.4

Di Rocco llegó al Ministerio con el apoyo de laMesa de Enlace de Entidades Agropecuarias, una coordinación de las entidades agrarias (Federación Agraria Argentina, Sociedad Rural Argentina, Confederaciones Rurales Argentinas, Confederación Interoperativa y Agropecuaria Limitada –Coninagro–) creada en la década del 60. Estas entidades se pusieron de acuerdo en un Plan Agrario común. El nucleamiento se hizo ampliamente conocido en 2008, durante el conflicto por las retenciones móviles. La participación de la FAA en esa asociación es contra natura, ya que la entidad fue fundada para defender a los arrendatarios y pequeños productores, y no a su contraparte, los estancieros. Pero ni a Di Rocco ni a Buzzi les interesó demasiado la historia ni la opinión de los federados y terminaron abrazados a la oligarquía que debían combatir. Fue don Humberto Volando, ya presidente pleno de la entidad, quien en julio de 1972 retiró a la FAA de la Mesa de Enlace y la afilió a la Confederación General Económica (CGE).  

Como vemos, la Mesa de Enlace no fue un invento de Eduardo Buzzi durante el conflicto de 2008. Venía de antes y con antecedentes muy potentes, por lo que la presencia de la FAA allí siempre fue muy conflictiva y poco entendible.

Ni bien asumió como ministro, Di Rocco concedió su primera audiencia a la Mesa de Enlace. Le debía el cargo al nucleamiento, coordinado por Jorge Zorreguieta,5 un hombre del ruralismo. “Otro que bien baila”, Zorreguieta es el padre de Máxima, actual reina de los Países Bajos, procesado por crímenes de lesa humanidad.  

Di Rocco había puesto a la FAA en línea con los intereses de la oligarquía y esta le retribuyó especialmente su tibia actuación, cuando se sancionó la Ley 17 253, conocida como Ley Raggio o de desalojos rurales. Esta ley expulsó a cerca de 25 000 arrendatarios rurales, un viejo anhelo de los terratenientes propietarios, largamente reclamado por la oligarquía. La FAA, fundada en 1912 para defender justamente a los arrendatarios rurales, miró para otro lado, mientras la dictadura desalojaba a miles de familias chacareras a las que les ofrecía, como compensación, un crédito en el Banco Nación para comprar un pedazo de campo en otro lugar. 

Algunos, los menos, lo aprovecharon y pudieron comprar. No había tanta oferta de tierras para relocalizarse. La mayoría fue a trabajar de peón o a fábricas, como Acindar o Somisa, que en la zona núcleo absorbieron mucha mano de obra proveniente de los sectores rurales chacareros, con una óptima capacitación laboral. En pago a esa traición es que la oligarquía lo hizo ministro a Di Rocco. Alejandro A. Lanusse era un general de cuna terrateniente. Aquella oligarquía pagaba mejor la traición que la de ahora.

Surgen las ligas agrarias 

Esta sumisión de la FAA a los intereses oligárquicos fue uno de los factores desencadenantes de que los pequeños productores del NEA se sintieran sin representación gremial y decidieran crear las Ligas Agrarias. Estas surgen del primer Cabildo Abierto del Agro Chaqueño organizado en Sáenz Peña, Chaco, el 14 de noviembre de 1970. El crecimiento de las Ligas como gremiales aglutinantes de las demandas chacareras fue exponencial. La experiencia chaqueña se trasladó a todo el NEA. Surgieron Ligas en Corrientes, Formosa, Entre Ríos, Córdoba, en Misiones (donde tomaron el nombre de Movimiento Agrario Misionero-MAM) y en la provincia de Buenos Aires, que produjo el conocido Grito de Lincoln. Fue una auténtica agitación agraria que puso al tema en el centro de la escena política. El terrorismo de Estado las desbarató, dejando un tendal siniestro de muertos, torturados y desaparecidos. Su líder más conocido fue Osvaldo “Quique” Lovey (clandestino y exiliado en la dictadura, estuvo preso en democracia, durante el gobierno de Alfonsín). 

Las demandas de la Ligas Agrarias tenían que ver esencialmente con el uso y tenencia de la tierra. También, con las reivindicaciones gremiales de los pequeños productores frente a los intermediarios y acaparadores de la producción, en la rama de los llamados cultivos industriales: algodón, té, tabaco, tung, yerba mate. Las Ligas nacieron como una forma de autonomizarse, gremial y políticamente, de la tutela de la FAA y del Movimiento Rural de la Acción Católica, que tenía mucha influencia en esa zona. Una de las principales demandas del movimiento liguista fue el acceso a la tierra ociosa, ya fuera fiscal o por el sistema de colonización, para que los productores y sus hijos pudieran tener su propia parcela. Esto dio origen a un amplio debate público y ayudó a generar iniciativas como la ya mencionada Ley Agraria, y la del impuesto a la Renta Normal Potencial de la Tierra, muy apoyada por las Ligas.

Otro hecho político relevante de aquel tiempo, y que significó un cambio de rumbo en la entidad gremial agraria más numerosa por entonces, fue la actitud que tomó don Humberto Volando de sacar a la FAA de la Mesa de Enlace y sumarla a la Confederación General Económica (CGE), presidida en ese entonces por José Ber Gelbard. Estamos hablando de 1972. Como forma de bienvenida, la entidad empresaria organizó un seminario sobre uso y tenencia de la tierra en el edificio de la CGE. “El instituto de Investigaciones Económicas y Financieras de la CGE ha resuelto organizar este panel sobre la tenencia de la tierra en Argentina. [...] Quiero agradecer especialmente y con satisfacción la presencia de todos ustedes; especialmente a los dirigentes de FAA que agrupa aproximadamente 120 000 productores y que es una fuerza dentro del gremialismo agrario el haber conseguido realizar este acto en forma conjunta”.  Estas palabras fueron pronunciadas por Israel Dujovne, presidente del Instituto de Investigaciones de la CGE, abuelo del sátrapa ministro de Economía de Macri, que nos trajo de vuelta el endeudamiento y el FMI. En fin.

El tema del uso y tenencia de la tierra subsume dos debates importantísimos, más para nuestros días, como son el de un Instituto de Colonización Agraria, que existía en Argentina y se llamaba Consejo Agrario Nacional, y el de la Unidad Económica. En esa jornada histórica totalmente ocultada (exprofeso), se discutió también el tema de la reforma agraria, cómo y qué hacer para subdividir los latifundios. Por eso se analizó la Ley 14 392 de Colonización agraria, y su relación con el Consejo Agrario Nacional, creado por Ley 12 636/1940 y disuelto por la dictadura en 1980. Un organismo similar de extraordinaria utilidad aún está activo en el Uruguay, con excelentes resultados. También analizó el concepto de Unidad Económica, que versa esencialmente sobre cómo medir la cantidad de tierra mínima, según el suelo y la zona, para que una familia tipo pueda vivir dignamente. Es una unidad de medida para clasificar qué es un minifundio y qué es un latifundio.  En este trabajo se incluyen artículos sobre ambos temas. 

1 Marisa Duarte, 2023, directora de la revista Realidad Económica.

2 Silvia Lazzaro: Acuerdos y confrontaciones: la política agraria peronista en el marco del Pacto Social, La Plata, Universidad de La Plata, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, 2013.

3 Fuente: INTA, Estación Experimental de Famaillá.

4 Don Humberto Volando (1927-2012) fue presidente de la Federación Agraria Argentina (1971-1996) y diputado nacional (1997-2001). Es, a mi criterio, el más claro y genuino representante gremial de los pequeños productores agrícolas del país. Un verdadero símbolo federado de activa participación en todo el proceso de recuperación y consolidación democrática en nuestro país. Mientras condujo a la entidad agraria, la alejó de la Mesa de Enlace y actuó en concordancia con los sectores cooperativos (Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos), pequeña y mediana empresa, APYME (Asociación de Pequeños y Medianos Empresarios) y gremiales de trabajadores como la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) –en ese momento unificada– o el Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA) que conducían Hugo Moyano y Juan Manuel “Bocha” Palacios. Enfrentó con mucho vigor y decisión al neoliberalismo menemista.

5 Jorge Zorreguieta (1928-2017), dirigente ruralista, primero de Confederaciones Rurales Argentinas y luego de Sociedad Rural Argentina. En la década del 60 y principio de la del 70, fue el primer coordinador de la Mesa de Enlace de Entidades Agropecuarias. Luego fue subsecretario de Agricultura, Ganadería y Pesca durante la dictadura, de 1976 a 1979. Y, después, secretario, desde 1979 a 1981. Procesado por crímenes de lesa humanidad cometidos en su área durante la gestión, el kirchnerismo le retiró su jubilación de privilegio. Cuando llegó Néstor Kirchner al gobierno, Zorreguieta era el coordinador de la sección argentina de la Sociedad Civil del Mercosur, actuaba como delegado del ultra reaccionario Centro Azucarero Argentino (Familia Blaquier). Quien esto escribe, como representante de la FAA y en conjunto con la CTA, le pidió la renuncia al cargo porque no podía un colaborador de la dictadura representar al pueblo argentino. Por la misma razón, el gobierno de Holanda –hoy Países Bajos– le impidió participar de la boda de su hija Máxima con el príncipe Guillermo.