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Manuel se mira al espejo y apenas se reconoce. Un ser en plena decadencia e imperfecto que no ha sabido amar ni dejarse amar. Pero ¿y si aun hubiera tiempo para redimirse? Empujado por Jorge Prieto, un escritor desconocido para él, y en compañía de Julián, su compañero de piso, y Eduardo, su médico, emprende un viaje introspectivo tratando de encontrar el perdón de sus hijas, a las que abandonó, para poder así perdonarse a sí mismo por sus errores. Un viaje que dará lugar a recuerdos y abrirá viejas heridas. Una historia conmovedora. Una confesión de una vida y un encuentro con la muerte que descubrirá al ser humano qué se esconde tras la piel de un auténtico CANALLA.
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Seitenzahl: 357
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© María Inmaculada Hernández García
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 979-13-7012-414-4
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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Para Carlos,
por empujarme a retomar la escritura de El canalla y enseñarme que existen amores que merecen la pena ser vividos. Imposible no quererte.
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Mil millones de gracias
A Inma y Cris, por darme la luz necesaria para seguir adelante. Os quiero.
A mi hermana, Cristina, por darme la fe que me faltaba, no perder nunca la fe en mí y leer todo lo que escribo; ten por seguro que eres mi lectora favorita. Te quiero.
A Javier Murillo, Álvaro Furol y Daniel Gargón por compartir conmigo sus historias.
A mi padre, por inspirar esta novela.
PRÓLOGO DE LA AUTORA
Érase una vez, al inicio de los tiempos, un maravilloso oasis donde solo existían dos emociones: Amor y Miedo. Allí tenían todo lo que necesitaban. Solían estar juntos y Miedo se encontraba muy bien cuando estaba con Amor.
Amor siempre quería expandirse, salir del oasis e ir más allá, conocer nuevas tierras; en cambio, Miedo, ante semejante idea, solía decir que sería mejor quedarse allí, donde no les faltara de nada, que fuera del oasis seguro que había lugares y seres peligrosos, y nada bueno les podía deparar.
Amor insistía en que necesitaban salir de allí, que aquel oasis se le quedaba muy pequeño, mientras que Miedo prefería quedarse en aquel lugar, donde lo tenía todo cubierto.
Un día, Amor tomó la decisión de marcharse, aunque lo tuviera que hacer sin Miedo.
Miedo se quedó solo. No le gustaba la idea de que Amor se fuera, pero prefería la tranquilidad de su oasis antes que seguir a Amor y arriesgarse a lo que en su compañía le pudiera suceder.
Hasta entonces, Miedo no sabía de la existencia de más presencias en aquel lugar, hasta que un día empezó a echar mucho de menos a Amor. Lo recordaba constantemente e incluso lamentaba no haberse ido con él. Le aterraba la idea de haberlo perdido. Miedo no tenía ganas de hacer nada, pasaba casi todo el tiempo tumbado y, algunas veces, lloraba. Fue entonces cuando apareció una nueva compañía: se llamaba Tristeza.
Al principio, a Miedo le gustó que Tristeza estuviera por allí; al menos, no estaba solo. Pero pronto se dio cuenta de que su compañía era agradable solo por un tiempo. Entonces empezó a quejarse. Repetía sin cesar que Amor había hecho mal al marcharse, dejándolo solo allí, que aquello no había estado bien y que Tristeza le resultaba molesta. Fue entonces cuando apareció por allí otra presencia, se llamaba Enfado.
Al principio, a Miedo también le gustó que estuviera por allí. Enfado tenía mucha energía, lo hacía moverse e incluso verse poderoso, pero, al poco tiempo, Miedo se encontraba agotado.
El oasis empezó a ser un lugar menos mágico: la vegetación se empezaba a marchitar, ya no había tanta agua e incluso el sol parecía brillar menos.
Miedo, Tristeza y Enfado tenían muchos conflictos entre ellos y se sentían tremendamente confundidos viviendo todos juntos.
Un día, Amor regresó. Quería volver a ver a Miedo y saber cómo se encontraba. Tenía unas ganas enormes de contarle todo lo que había conocido y hasta dónde había llegado. Le quería contar como, en todas partes, lo habían recibido con los brazos abiertos. Ansiaba explicarle como, en realidad, todo el mundo era un oasis y que se podía tener todo aquello que necesitaban, aun fuera de allí. Le iba a hablar de cómo el mundo exterior no estaba lleno de tantos peligros como creía Miedo.
Al llegar al oasis, Amor encontró un lugar totalmente diferente al que había dejado: las plantas estaban marchitas, el sol no brillaba como antes, y su oasis se había convertido en un lugar oscuro y seco.
Se dirigió a buscar a Miedo, temeroso por su amigo. Lo encontró muy desmejorado, discutiendo con Tristeza y Enfado. Cuando Miedo vio a Amor, se le iluminó la cara. Corrió hacía él y ambos se fundieron en un gran abrazo que devolvió la luz al oasis y también a Miedo. Sin saber cómo, no volvieron a ver a Tristeza ni a Enfado.
Desde entonces, cuentan que, en esta vida, solo hay dos emociones básicas: Amor y Miedo. Y que Miedo se rodea de malas compañías cuando Amor desaparece.
Tristeza y Enfado fueron creaciones de Miedo y, cada vez que una de ellas aparece, si se rasca lo suficiente, se encuentra a Miedo detrás.
También se dice que, allí por donde pasó Amor, lo siguen echando de menos; que las personas continúan haciendo muchas de las cosas en su día a día tratando de encontrar a Amor de nuevo, y que, cuando creyeron no volver a verlo, se encontraron con Miedo.
¿Y puede existir un miedo peor que el miedo a amar y ser amado? ¿Alguno peor que el miedo a perder aquello que se ama?
Pasamos la mayor parte de nuestra vida buscando el amor, pensando en la necesidad de encontrar nuestra otra mitad sin darnos cuenta de que no somos mitades, si no seres completos. El Amor es un motor que nos impulsa, que ilumina nuestra vida y que nos acompaña haciéndonos más felices, pero que no nos completa. Solo el amor a nosotros mismos es el que necesitamos para mantener nuestro propio «oasis».
Pero ¿y si encontramos el amor y este se nos arrebata de forma brusca e impensable? Entonces el dolor es inimaginable y es ahí, cuando ese amor falta, cuando entran en nuestras vidas el miedo, la tristeza y el enfado como parte de ese duelo por la pérdida del Amor.
Cuando arrastramos una herida por una pérdida brusca de alguien a quien amamos, una de las consecuencias es encerrarnos, dejar de amar para no volver a sentir ese dolor y ese miedo: si no amo no pierdo, si no pierdo no sufro; y si no sufro,soy feliz. Pero si no amo, pierdo algo maravilloso: pierdo la luz del oasis y, en el fondo, tampoco soy feliz, porque pierdo vivir. Atrevámonos a amar, a sentir y a aceptar lo que lleva implícito todo ello: sufrir, porque el sufrimiento es parte de la vida.
Reaprendamos a querer, porque a querer se aprende. Nadie nace sabiendo amar.
El canalla podría ser cualquier persona encerrada en su propia «urna» con Miedo a amar y ser amado. Rompamos las urnas, dejemos que la vida nos llene de amor. Mientras estemos vivos, mientras nuestro corazón tenga latidos y podamos respirar, podemos cambiar esa forma aprendida de amar, redimirnos de nuestros actos y continuar nuestra vida sintiendo, sin aferrarnos a la falsa sensación de seguridad que nos da el no amar.
Como dijo Mario Benedetti:
«¿LE TEMES A UN NUEVO AMOR
O LE TEMES A UN VIEJO DOLOR?».
Os deseo un buen viaje y un buen reaprendizaje del Amor, perdiendo el miedo a amar y ser amados.
María Hernández
CAPÍTULO I: MANUEL
A sus setenta y ocho años, Manuel se miró al espejo. Apenas se reconocía. Aquellos ojos negros, en otro tiempo de mirada profunda, se veían ahora cubiertos de aquel velo parduzco provocado por la edad. Y no solo por esta, sino también por unas más que incipientes cataratas que cubrían prácticamente la totalidad de su ojo derecho y gran parte del izquierdo.
Su boca, en la que apenas quedaban dientes, se curvaba hacia abajo y hacia adentro con el típico gesto que lo envejecía aún más. Siempre había presumido de tener una dentadura fuerte y blanca pero el tabaco, la falta de cuidados y, sobre todo, la falta de dinero, habían hecho que fuera perdiendo poco a poco la mayoría de sus piezas no sin haber pasado sus buenas noches de dolor intenso.
Lo único que mantenía como en sus años jóvenes era su frondosa melena que seguía siendo de aquel color negro azabache, ensortijado, con apenas unas canas en las sienes.
Se lavó la cara y se echó el pelo hacia atrás con el resto de agua que quedaba en sus manos. Al levantar los brazos percibió un ligero olor a sudor.
—Necesito una ducha —se dijo en voz alta—. Más tarde.
Se secó las manos con una toalla que, en otro tiempo, debió de ser blanca y que ahora presentaba un color grisáceo debido a alguna mala decisión a la hora de mezclar prendas al poner la lavadora. Las labores del hogar nunca habían sido lo suyo, pensó al mirarla.
Cogió el bastón, que había dejado apoyado en la pared, junto al lavabo, y se dirigió a la cama con cara de dolor. Desde que, años atrás, sufriera aquel accidente, la rodilla no dejaba de dolerle. Un dolor sin tregua, constante. Un dolor de los que te obligan a recordar, a pesar de que lo que tu mente necesita es olvidar, y es que los recuerdos, sobre todo los malos, se empeñan en aparecer para abrir heridas no curadas.
Tenía la suerte de tener baño propio en la habitación. Compartía un piso con otros dos hombres en similar situación a la suya. Uno de ellos empujado por la necesidad de ahorrar algo y el otro por la necesidad de tener compañía. Le cedieron la habitación con baño porque él era el más mayor y creyeron que, con su edad y con la pierna mal, era lo más conveniente. Cuando llegó a la casa los dos compañeros ya estaban allí y la habitación estaba ocupada por uno de ellos. No tardó ni media hora en recoger sus cosas y cedérsela a Manuel gustosamente. Aquel gesto emocionó al hombre que, agradecido, no supo qué decir.
No era la primera vez que compartía piso. En este y con los mismos compañeros llevaba ya un par de años. En especial con uno de ellos se había creado un vínculo de amistad más que especial. Una amistad que los había convertido en casi familia, aunque no se sabía bien quién ejercía el papel de padre; su amigo, aunque más joven, cuidaba de él con una ternura que ablandaba el corazón acartonado de Manuel.
Ni siquiera abrió la cama. Se sentó en un lateral sobre la colcha de flores y, ayudándose a sí mismo, levantó las piernas y se recostó sobre la almohada dejando el bastón cerca por si acaso. El tiempo no había pasado en balde.
Miró a su alrededor. ¿Dónde habían quedado aquellos años de hoteles de lujo?, ¿cómo había llegado a esa situación?, a esas alturas de su vida se encontraba allí solo, miserable, sin otra compañía que la de sus recuerdos y, la verdad, no eran muy gratos en lo que a los últimos años se refería. No eran mejores los más antiguos, que, aunque felices, causaban que esas heridas sin tratar se abrieran de par en par dejando la carne trémula y dolorida al descubierto.
Afortunadamente el piso donde vivía era antiguo y las habitaciones, a pesar de estar decoradas con muebles viejos, eran bastante amplias y disponían de calefacción central, con lo cual en invierno no pasaba frío. Estaba a las afueras de Salamanca, en el barrio Garrido, y aunque llevaba construido muchos años, los propietarios habían instalado ascensor. Eso era importante para él, de no haberlo tenido, subir cuatro pisos con su pierna maltrecha hubiese sido imposible. Un barrio obrero que en otros tiempos no gozaba de buena fama. Los años lo habían convertido en un lugar accesible para vivir, con tiendas, supermercados y parques que en otro tiempo servían para el trapicheo y ahora, bien cuidados, hacían las delicias de pequeños y ancianos.
La habitación, de unos 20 m2, disponía de una amplia cama de 1,20 m, dos viejas mesillas con un cajón, cada una a ambos lados de la misma, en las que había una lamparita en una y una colección de medicamentos, un vaso y una vieja botella de agua, que rellenaba con agua del grifo, en la otra. Una silla con un escritorio al lado de la ventana y un armario de contrachapado, que no pegaba ni con cola entre aquellos muebles clásicos, completaban todo el mobiliario. No había fotos, ni cuadros. Una cruz de madera con un cristo famélico encima de la cama era el único adorno del que disponía. No es que Manuel fuera muy católico, pero el cristo ya estaba cuando él llegó y pensó que tampoco le molestaba, «con estas cosas es mejor no jugar», se dijo cuando lo tenía en la mano tentado de quitarlo.
Tenía una ventana de dos hojas que, afortunadamente, daba a la calle y no a un patio de luces como en alguna de las otras habitaciones. Unas cortinas de color beige, que necesitaban un lavado más que él, evitaban que se viera la mierda incrustada en los cristales después de tanto tiempo sin limpiar. Una mujer, pagada por los tres hombres que compartían el piso, iba una vez a la semana para recoger, sobre todo la cocina, y hacer limpieza por encima. Los cristales no debían de ser su prioridad, con una vez cada ocho días no se podía pedir mucho más. «De este invierno no pasa que las quite y las lave», pensaba refiriéndose a las cortinas, se lo proponía todos los otoños pero aún no había llegado el otoño definitivo.
Se quedó mirando los rayos de luz que se colaban por los agujeros de la persiana. El vaivén de las motas de polvo que flotaban lentamente en un baile imaginario ejerció en el hombre un efecto hipnótico. Manuel cerró los ojos intentando descansar. Se le vino a la mente la imagen de su madre, que recordaba más por una vieja foto que porque él en realidad se acordara de ella, al fin y al cabo, solo tenía diecisiete años cuando ella murió. ¿Por qué últimamente no dejaba de pensar en la mujer que lo trajo al mundo? Se había ido cuando más falta le hacía y era ahora, al final de su vida, cuando más la recordaba. Aquello le producía una fuerte desazón. Su madre, su querida madre, se le aparecía en sueños y en los momentos de descanso perturbando la poca paz que le quedaba.
En medio de ese «duermevela» recordó el día en que su padre fue a buscarlo al internado salesiano donde cursaba sus estudios.
Se encontraba en medio de una clase de latín cuando el padre Ignacio abrió la puerta del aula y le pidió que lo acompañara.
Siempre le cayó bien aquel cura, que era uno de los más jóvenes del internado. Alto, muy delgado y con el pelo tan rubio que parecía blanco. Las cejas, no más oscuras que el cabello, opacaban su rostro y aquellos ojos claros de mirada dulce. Los bolsos de la sotana cargaban una buena cantidad de caramelos para repartir entre los más pequeños y un paquete de Celtas cortos sin boquilla que, tras fumar, le dejaban un aliento pesado. Lo veía sentarse en una esquina del patio siempre con un cigarrillo en la boca y un libro en la mano. Permanecía allí, leyendo, mientras dejaba que los jóvenes alumnos se explayaran en el recinto abierto en sus horas de recreo. Manuel se levantó del pupitre no sin antes recoger sus cosas y atravesó la clase cabizbajo mientras sus compañeros y el profesor le deseaban toda la suerte del mundo.
—Manuel, ha venido tu padre a buscarte —le dijo—. Ha llegado el día de la operación de tu madre. Sabes que en mis oraciones pediré por vosotros para que Dios os acompañe y todo salga bien.
—Gracias, padre, así lo espero, aunque… —le contestó Manuel.
—¡Ten fe, hombre! —le dijo mientras le pasaba el brazo por los hombros para intentar animarlo—. Lo que tenga que ser será, Dios nos tiene un plan para cada uno. Debemos aceptarlo, pero, sobre todo, no debemos dudar nunca de Él. Tú, ánimo, que tu madre no vea que estás preocupado, ¡no creo que quieras que se preocupe más!
—¡Claro que no, padre!
—Pues eso, sonríe que seguro que sale todo bien.
Su padre lo estaba esperando en la puerta del internado y juntos se fueron dando un paseo hasta el hospital. El internado no estaba muy lejos y ambos agradecieron que les diera un poco el aire.
—Manuel, hijo, sabes que la operación de tu madre es muy, muy delicada. Los médicos no nos dan muchas garantías y debemos estar preparados para todo —le dijo su padre.
—Ya, papá, ya lo sé. Espero que salga todo bien, si no…
Leonor, la madre de Manuel, era una mujer aún joven de una belleza increíble. Parecía sacada de una película o de un cuadro. Tenía el pelo negro que Manuel había heredado y una mirada dulce y profunda, a pesar de que las ojeras perpetuas bajo sus ojos hacían que pareciera triste y cansada, lo cual tampoco era de extrañar; demasiados años luchando con aquella enfermedad. Era muy alta para ser una mujer de su época, algo que también había heredado Manuel que, a sus diecisiete años, ya medía cerca del metro ochenta. Una mujer que no dejaba a nadie indiferente, hombres y mujeres se giraban cuando ella pasaba, una típica belleza al más puro estilo español.
Era hija única de una familia de terratenientes que habían fallecido a causa de un trágico accidente dejándola en una situación económica más que favorable. Se quedó huérfana con apenas dieciocho años y pasó de ser la niña de la casa a encargarse de las fincas y de los renteros. «Tienes más cojones que muchos hombres», le decía su padre cuando era más joven y lo acompañaba a ver las reses. Pero aquel era un mundo de hombres y en esa época ella no pintaba nada, por muchos cojones que tuviera, así que decidió alquilar las fincas con ganadería y todo. Esto le reportaba unos ingresos mucho más que suficientes para vivir. Se había quedado en la casa con su fiel servicio y se dedicaba a cultivarse en el arte y la literatura. No le interesaban cosas como coser, cocinar o estar de cháchara con las otras mujeres de su edad. Incluso se decidió a cursar Bellas Artes en la Real Academia de San Fernando en Madrid. Podía permitirse vivir allí mientras duraban sus estudios. Había alquilado una pequeña buhardilla en la capital donde, además de vivir, hizo acopio de varias obras de arte que unió a las que ella realizaba. Sentarse allí a pintar era algo que, para ella, se aproximaba mucho a la felicidad completa.
Se había casado con Antonio, un joven guapo y bastante tímido, que vivía en el mismo pueblo que ella. Este acababa de terminar sus estudios de ingeniería y había vuelto a casa después de mucho tiempo fuera. Lo que en principio eran unas vacaciones antes de empezar a buscar trabajo se convirtieron en una vida al lado de ella llegando a convertirse en alcalde del pueblo. Su amor no podía haber sido de otra forma, ya que, en cuanto se vieron, se enamoraron perdidamente y se casaron poco después.
Se habían conocido cuando Leonor había ido al ayuntamiento para solicitar unos papeles. Allí se tropezó con un joven poco más alto que ella que parecía despistado cuando, cargado de papeles, dejó caer todo al suelo después del encontronazo.
—Usted disculpe, señorita, iba despistado —le dijo colocándose las gafas de ver que habían resbalado por la nariz mientras levantaba la vista desde el suelo donde intentaba recoger aquel estropicio—, no la había visto.
Permaneció allí, agachado, mirándola desde esa postura sin poder decir nada más, eclipsado por ella. Fue Leonor quien se agachó para ayudarle y le dijo riendo:
—Deje que le ayude o creo que le van a dar a usted las mil para recoger tanto papel.
Una vez todo en orden se presentaron formalmente. Él ya había oído hablar de ella, de su mala fortuna al quedar huérfana y de cómo se había puesto el mundo por montera y había organizado su vida de manera que sacaba mayor rendimiento a sus propiedades que cuando las explotaba su propio padre.
También había oído de su belleza que iba a la par que su destreza con los negocios, pero todo era poco para lo que pudo comprobar con sus propios ojos. En el fondo su propia suerte no había sido muy distinta a la de ella, también había quedado huérfano siendo solo un niño. No le gustaba salir de fiesta ni los bares, al contrario que otros jóvenes disfrutaba más con un buen libro sentado en una hamaca de su jardín mientras disfrutaba de una pieza de fruta fresca. No le gustaba el pueblo, no tenía nada que ver con él. No había estado allí más que en vacaciones y muchas veces, durante la carrera, ni eso, ya que se quedaba en la ciudad para estudiar.
Aquel día Leonor vestía unos pantalones de montar con unas botas camperas hechas a mano y una camisa blanca. Llevaba un moño alto que estiraba la piel de su cara de tenso que estaba. A Antonio le pareció de otro mundo. ¿Qué hacía semejante mujer en aquel pueblo perdido? Hacía pocos días que había vuelto de Madrid de terminar sus estudios y ya estaba como loco por salir de allí y, de repente, se encuentra con aquella criatura que no solo vivía allí, sino que manejaba a casi todos los del pueblo. Eso lo pudo él comprobar cuando la acompañó hasta donde estaba el alcalde esperando los papeles que él llevaba para un proyecto de mejora de algunas calles. En cuanto entraron los dos juntos ninguno de los allí presentes tenía ojos para nada más que para ella.
Leonor era consciente del efecto que causaba en aquellos que la rodeaban, ya fueran hombres o mujeres. Su carácter, su gran conocimiento de temas restringidos para las damas de la época, su determinación a la hora de no haber cedido a las pretensiones de los familiares que le quedaban de contraer matrimonio para que su marido dirigiera su patrimonio y su vida… todo la hacía merecedora de esa admiración. Antonio no era menos y desde que la vio no pudo quitársela de la cabeza.
A ella también le resultó más que interesante aquel joven de aspecto despistado que pedía a gritos un abrazo con aquella carita de cordero degollado. Se informó de quién era y de lo que estaba haciendo allí. Al parecer sus padres habían muerto de tuberculosis siendo él muy pequeño y se había criado con una tía soltera hermana de su madre. La mujer lo trató como si fuera su propio hijo. Le proporcionó los estudios de Ingeniería Civil en Madrid sirviéndose de unos contactos que tenía a través del cura del pueblo. Ahora había regresado y se estaba encargando de unas obras, aunque su intención era marcharse a donde tuviera más futuro. Eso último no lo llegó a hacer.
Ambos se enamoraron física e intelectualmente. Se completaron el uno al otro de manera que ya no podían separarse y Antonio decidió quedarse allí. El alcalde le propuso encargarse de la secretaría, con un buen sueldo, hasta que él dejase su cargo en pocos años y ocupar Antonio su puesto.
Tras un tiempo prudente de noviazgo, en el cual compartieron todo el tiempo que les era posible, se decidieron a casarse. Antonio ya no podía vivir sin ella y Leonor sentía algo parecido por él, solo que en el fondo también se sentía atraída por la necesidad que él tenía de ella, por la necesidad de sentirse cuidado. Ella estaba acostumbrada a cuidarse y a cuidar de los que la rodeaban, a tomar decisiones por ella y por otros y Antonio se convirtió en otra causa perdida de la que encargarse.
Su felicidad se completó el día que nació Manuel, su primer y único hijo. Lo habían intentado muchas veces, pero, o bien se malograba el feto antes de cumplir los seis meses o nacían niños que morían al poco de nacer. Pero esa felicidad también se tambaleó, ya que Leonor empezó a padecer de los riñones y ya no pudieron ampliar la familia, tampoco les hacía falta puesto que Manuel lo llenaba todo.
—Bienvenido, amor mío, mi niño precioso. No te va a faltar de nada nunca. Crecerás como un rey, como el rey de esta casa y del mundo. Tú solo pide por esa boquita que yo haré que todos tus deseos se conviertan en realidad —le susurró al pequeño el día que llegó a este mundo.
¡Y vaya si se ocupó de que se cumplieran! Lo mejor de lo mejor para su pequeño y, cuando tuvo edad, la mejor educación también. Antonio y Leonor tenían muy claro que, si algún día tenían un hijo, daba igual el sexo que tuviera, niño o niña, tendría la mejor educación posible.
Leonor había empezado a sentirse mal poco después de nacer Manuel. Se sentía agotada, hinchada. Había comenzado a tener unas náuseas horribles y apenas se podía mover de la cama. Todo el mundo lo achacó al parto, incluso su médico. Había perdido mucha sangre y tuvo que estar postrada en la cama durante varias semanas. Los numerosos abortos y partos mal logrados ayudaron bastante a esa degeneración.
—Esto es normal. Si a su condición física le añadimos que las mujeres tras el parto experimentan episodios de tristeza por la nueva situación y el esfuerzo del parto, lo que le está ocurriendo a su mujer yo diría que es de lo más normal —le explicó el médico a Antonio cuando lo avisó para que viese a Leonor preocupado por su estado.
—Pero ella está feliz, a pesar de lo mal que se encuentra, la llegada de Manuel ha sido una alegría inmensa en la casa. No creo que esto sea por el parto, Leonor es muy fuerte.
—Antonio, hágame caso y no se preocupe. Esto pasará con mucho reposo y con tiempo. De todas formas, si en unas semanas no mejora me llama y vemos a ver qué hacemos. Si se queda así más tranquilo, perfecto, pero ya le digo que es normal.
Leonor no mejoró nada, todo lo contrario, cada vez estaba peor. En el hospital le diagnosticaron una insuficiencia renal. La pérdida de sangre en los partos, unida a tanto tiempo de reposo habían obstruido sus riñones. Le pusieron un tratamiento que no consiguió recuperarla del todo, pero que le permitió llevar una vida casi normal, aunque con muchas restricciones. Con los años la cosa fue a peor.
Al empeorar el estado de Leonor, sus vidas se convirtieron en un ir y venir de médico en médico buscando una solución. Al final, y tras muchos esfuerzos, la encontraron.
El nefrólogo que la trataba en Salamanca logró contactar con tres de los mejores cirujanos expertos en nefrología de España. Habían accedido, previo pago de una importante cantidad de dinero, a operarla en Salamanca. No le dieron el cien por cien de garantías, pero había que intentarlo.
Manuel llegó al hospital donde ya se encontraba su madre. La operación estaba programada para esa misma tarde. Al entrar en la habitación, junto con su padre, la vio sentada en un sillón junto a la ventana. Le habían dado una habitación para ella sola y su padre se había encargado de llenarla de flores.
—Todo es poco para mi bella flor —le había dicho Antonio a su mujer ante la sorpresa cuando aparecieron varios jóvenes cargados de ramos de distintas flores, llenando la habitación de mil colores y un aroma que recordaba las tardes en el jardín de la casa—. Al menos te darán alegría los días que estés aquí.
—Te quiero —fue lo que le dijo ella mientras le sujetaba la cara y le plantaba un dulce beso en los labios.
Y allí estaba ella, casi etérea con la luz le daba en la mitad de su rostro en el que apenas se notaba preocupación. Llevaba el pelo largo y suelto y a Manuel le pareció la imagen más bella que hubiese visto en su vida.
Ella giró la cara al sentirlos entrar y sonrió.
—Manuel, cariño, ven y siéntate a mi lado —le pidió ella.
—Hola, mamá, ¿cómo te encuentras?
—Bien, cielo mío. Aquí son todos muy amables conmigo y ya ves cómo se ha encargado tu padre de decorarme la habitación —le dijo sonriendo ante esto último mientras le señalaba la cantidad de flores que había.
Leonor le tendió la mano a su hijo y él la agarró con fuerza. Así, los dos agarrados, permanecieron en silencio mirando por la ventana mientras Antonio, presa de los nervios, decidió salir al pasillo a fumarse un cigarrillo.
Dos monjas, que hacían las veces de enfermeras en el hospital, entraron para comprobar cómo se encontraba, fueron ellas las que rompieron aquel silencio, ese momento de madre e hijo en el que sobran las palabras. Ambos sentían un lenguaje implícito en aquel instante. Cuando los dejaron solos, Leonor atrajo a su hijo hacia ella y agarrándole la cara con ambas manos, mientras él se agachaba a su lado, lo miró fijamente a los ojos mientras le comenzó a hablar con una voz calmada, suave. Una voz en paz con todo.
—Manuel, cariño, no sé lo que pasará esta tarde. Sabes que la operación es muy complicada y puede que…
—¡Mamá, no! —le interrumpió él.
—Shh —le pidió ella poniendo su mano delicadamente sobre la boca de su hijo—. Déjame hablar, hijo. Por supuesto que yo no me quiero ir. ¡Tengo tantas cosas que hacer aún! Quiero estar contigo el día de tu boda, acompañarte al altar orgullosa del hombre que llevo del brazo. Quiero conocer a mis nietos, sentarme en el suelo a jugar con ellos. ¡En fin, hijo!, si me ocurriese algo tienes que ser fuerte, fuerte por ti y por tu padre, él no está preparado para esto. Tú tampoco, claro, pero tienes toda una vida por delante… sin embargo él no creo que sepa estar solo. Tiene a Mariana, que me ha prometido que seguirá con vosotros en el caso de que me ocurra algo, ella seguirá cuidando de la casa. Por el dinero no tienes que preocuparte, el día que cumplas los veintiún años todo será tuyo, hasta entonces tu padre se encargará de que no te falte de nada. Pero quiero, necesito, que me prometas una cosa. Es muy importante para mí. Quiero que me prometas que serás feliz. ¡Prométemelo, Manuel!
—Te lo prometo, mamá. —Los ojos de Manuel estaban rebosantes de lágrimas, empezaban a correr por sus mejillas, no podía contener más aquel dolor que sentía solo de pensar que a su madre le pudiera pasar algo.
Leonor lo atrajo hacía ella y ambos se fundieron en un abrazo mudo. No había mucho más que decir.
—No llores más, Manuel, sé fuerte, hijo —le pidió ella—. Yo he sido muy feliz. He tenido una vida maravillosa junto al amor de mi vida, tu padre. He tenido un hijo, al que quiero por encima de todas las cosas, al que he podido criar. La vida me ha permitido darte todo el amor y todo aquello que querías y eso para mí era muy importante, así te lo prometí el día que naciste. Además, si todo sale bien podré agradecer esta oportunidad, la oportunidad de vivir sin dolor.
En ese momento entró Antonio, que debía de haberse fumado más de media cajetilla. Los tres intentaron mantener una conversación normal hasta que la puerta se abrió y aparecieron las enfermeras con los celadores, para llevarse a Leonor. Manuel se quedó en la puerta y su madre le lanzó un beso desde la camilla antes de entrar. Dio un largo beso en los labios a su marido y desapareció por la puerta del quirófano.
Las horas se hicieron eternas. Una espera es agotadora y más una espera como aquella en la que esperaban tanto.
El hospital disponía de una sala para tales fines, pero Antonio y Manuel decidieron esperar en la habitación. La sala de espera, tan aséptica como el resto del hospital, con aquellos baldosines blancos con una cenefa verde claro y las sillas de aspecto incómodo no invitaban a pasar allí el rato que ellos debían esperar. No tenían ganas de ver caras preocupadas de familiares a la espera de noticias, bastante tenían ellos con lo suyo.
Apenas hablaron. Antonio se sentó en la butaca donde, apenas unos minutos antes, estaba sentada su amada esposa. Hundió la cara entre sus manos y lloró en silencio. Acariciaba los posabrazos donde ella había estado apoyada, los rozaba con sus dedos como si con ese gesto pudiera acariciarla a ella también.
Manuel optó por la ventana, se apoyó en el alfeizar y dejo la vista perdida en la calle por la que apenas pasaba gente.
—Papá, voy a buscar un café y algo de comer. ¿Te apetece algo? —le preguntó a su padre.
—No, hijo, tengo el estómago cerrado.
—Tienes que comer algo, mamá nos necesita fuertes cuando salga.
—¿Y si no sale?, ¿qué vamos a hacer?
—¡Eso ni lo pienses! Voy a por el café, te traeré algo para ti.
Las horas cuando se espera son interminables. Pasan lentas, despacio, poco a poco. Cada vez que miras el reloj tienes la sensación de que las agujas van en sentido contrario. Nadie aparecía por allí para informarles, nadie les decía nada y ellos cada vez estaban más nerviosos.
—Manuel, no puedo esperar así. Me voy a morir de la incertidumbre. ¿Podrías acercarte a ver si alguien nos informa de algo?
—Papá, es la cuarta vez que voy a hablar con las enfermeras. Ya me han dicho que cuando sepan algo ellas nos avisan.
—Ya…
Padre e hijo parecían dos almas en pena. Ambos sabían lo que se decidía en aquella operación. O bien Leonor se recuperaba y podría llevar una vida casi normal o bien no la superaba y entonces ellos ¿qué iban a hacer? Eso pesaba como una gran losa sobre aquellos dos hombres que apenas se miraban porque no sabían qué decirse. El día, oscuro, tampoco acompañaba. Las nubes negras parecían un presagio de algo malo. El aire era espeso, tan denso que apenas se podía respirar a pesar de tener las ventanas abiertas de par en par. La ansiedad cerraba sus pulmones como si una losa enorme estuviera encima de su caja torácica. Manuel no olvidaría nunca aquella sensación que sentiría en muchas más ocasiones.
Por fin y tras cinco largas horas apareció por la habitación uno de los doctores que había estado en la operación para informarles. Antonio se levantó como si le hubiesen colocado un resorte bajo sus nalgas, el médico había aparecido de la nada, sigiloso, sin hacer ruido, lo había pillado por sorpresa. Al ver la cara del médico ambos esperaban lo peor.
—Lo siento —les dijo—, no ha soportado la operación. Hemos hecho todo lo humanamente posible, pero no ha sido suficiente. Lamento mucho su pérdida. Ya les dijimos que era una operación muy delicada… En realidad, aún no la habíamos terminado, pero su corazón ha dejado de latir. De verdad que lo siento.
Silencio. El silencio llenó la habitación por completo. Fueron apenas unos segundos, los justos para asimilar aquella noticia. La información de que sus vidas ya no volverían a ser las mismas. Unos segundos de calma que precedían a una tempestad que pondría patas arriba sus vidas de una manera que aún no podían ni imaginar.
—¡Papá! ¡No!, no puede ser —gritó Manuel, que fue el primero en reaccionar, echándose a los brazos de su padre que seguía sin articular palabra, incrédulo todavía, ante aquella noticia.
No rechazó a su hijo, pero tampoco le respondió al abrazo. Estaba inerte, realmente estaba muerto. Se había muerto con ella. Notó que su hombro se mojaba, las lágrimas de Manuel habían atravesado la camisa y aquella sensación húmeda lo devolvió a la realidad. Una dura realidad de la que no podría recuperarse nunca.
—Tranquilo, hijo, tranquilo —acertó a decir mientras le acariciaba a Manuel la cabeza sin soltarlo del abrazo.
Si algo recordaba Manuel era la imagen de su madre, bellísima incluso muerta, tumbada en la cama con el pelo perfectamente arreglado a ambos lados de la cara. Una cara de paz que podría haberle hecho pensar que solo estaba dormida de no ser por los algodones blancos que asomaban por los agujeros de su nariz.
Dos velones iluminaban la estancia dispuestos a ambos lados de la cama dando con sus luces y sombras la tétrica sensación de que todo a su alrededor se movía, incluida ella. La velaron en su dormitorio según la tradición. En la cama en la que había dormido tantas veces, donde había dado a luz a Manuel y donde Antonio la había llevado al éxtasis en sus muchas noches de amor.
La habitación estaba repleta de mujeres, todas de negro, llorando en sus respectivas sillas colocadas alrededor de la habitación. Mariana, la fiel criada de toda la vida, que permanecía llorando amargamente al lado de ellas, se había encargado de que un buen número de plañideras acudieran al velorio. Su «señora» ya no estaba, pero merecía la mejor de las despedidas.
Antonio se sentó en un pequeño sofá en la biblioteca, el lugar favorito de Leonor. Respiraba intentando inspirar el aroma de su amada esposa. Lo mantenía dentro hasta que sentía la urgente necesidad de espirar para no ahogarse en sí mismo. No le hubiese importado morir allí, en aquel momento, en aquel lugar que ella tanto amaba. Pero su cerebro racional, aquel que nos obliga a respirar sin que nos demos cuenta de ello, obligaba a Antonio a seguir respirando, a seguir viviendo una vida que ya no quería, no sin ella. No había salido de allí ni para comer. Desde que llegaron a casa con el cuerpo de su esposa no había querido verla, no podía.
Manuel, ayudado de Mariana, había ido recibiendo a la gente que acudía a la casa a presentar sus respetos. Intentó que su padre saliese a saludar a aquellos más allegados, pero no lo consiguió. Al igual que su padre intentaba impregnarse de su madre captando el olor que perduraba allí donde ella pasaba tantas horas, él intentaba captarlo en la habitación donde descansaban sus restos, aunque lo único que podía oler eran la cera, las lágrimas saladas de aquellas que la velaban y el olor a naftalina de la ropa que, guardada para una ocasión como aquella, Mariana había sacado de un viejo baúl.
La mente retiene recuerdos de olores y te lleva a lugares lejanos en el tiempo, aquella mezcla de olores le recordaría siempre a la muerte.
Fue un entierro como todos: cargado de dolor.
El momento de sacar la caja con los restos de Leonor fue el momento en el que padre e hijo se derrumbaron por completo. Era el adiós definitivo. Antonio se agarró al ataúd pidiendo que esperaran un poco más. Manuel lo separó como pudo roto del mismo dolor que su padre. Apenas podían caminar.
Acudió una multitud de gente no solo del pueblo donde vivían. Trabajadores de las fincas, familiares, amigos y, cómo no, la fiel Mariana.
Manuel no podía apartar la vista del agujero que había a sus pies y que, como un monstruo con las fauces abiertas, se la tragaría para los restos, quitándole a su madre cuando más falta le hacía. Aquel pensamiento le hizo sentir un escalofrío que lo despertó en su cuarto haciéndole volver a la realidad, la dura y cruda realidad. Empapado en sudor, trató de calmarse. «Esa» realidad era la suya, no había otra. Era dura, sí, pero era la suya.
CAPÍTULO II: LEONOR
Leonor llegó al mundo una fría mañana de noviembre, allá por los años 20, entre los gritos desgarradores de su madre y la inquietud de su padre. Ambos deseaban un varón para que continuara sus labores en las fincas y con el ganado, pero cuando por fin mostró su preciosa carita los dos se quedaron totalmente prendados de ella. Enriqueta y Agustín, así se llamaban sus padres, no habían podido tener hijos y la llegada de aquella criatura, cuando todas las esperanzas estaba perdidas, los colmó de felicidad.
El llanto de la niña se escuchaba en toda la casa. Una casa enorme, de gruesas paredes que atravesaban los gritos de la pequeña y podían escuchar todos los que allí se encontraban.
Desde temprana edad demostró a aquellos que la rodeaban que no se trataba de una niña al uso. Le encantaba acompañar a su padre a ver el ganado, se movía entre las reses con una soltura increíble. En ningún momento su progenitor volvió a desear que hubiera sido un niño.
Una niña inquieta, deseosa de conocer, de saber, de vivir. A muy corta edad supo que el arte era algo que iba a estar presente en su vida. Saturno devorando a su hijo, ese fue el cuadro que la embelesó. Un grabado, copia del original, que sus padres mostraban en un marco dorado lleno de filigranas en el salón de su casa. Se sentaba en el suelo, absorta con la obra de arte, y podía pasar horas observando aquel ser deforme que se tragaba a su hijo, ya sin cabeza. Un ser peludo de ojos desorbitados que, sin darle miedo alguno, le parecía fascinante.
Su madre no entendía la fascinación por esa obra de arte en concreto, le parecía incluso antinatural que le causara a su pequeña esa admiración. Pero Leonor no era una niña normal, era una niña excepcional, distinta a las demás que compartían con ella clases y juegos muy de vez en cuando.
Su padre dejaba que ella lo acompañara a todas las tareas del campo. Bien a comprar y vender ganado, bien a los partos de las reses o a echar de comer a los animales cuando el forraje era insuficiente para alimentarlos. Con apenas doce años podía saber cuándo iba a cambiar el tiempo, cuándo una vaca se iba a poner de parto, y cómo atenderla, y cómo negociar con los tratantes sin que la engañaran.
Todo el mundo en el pueblo la conocía y todos hablaban de ella. No dejaba indiferente a nadie y no solo por su belleza, que ya a temprana edad se hizo más que evidente, sino por su soltura, su desparpajo y su forma de ser.
Su madre insistía en que debía de ser más femenina, preocuparse más de aprender a ser una buena esposa y dejar las cosas de hombres para eso; para los hombres. Pero Leonor no quería aprender a ser una buena esposa, quería aprender de arte, de cultura, de historia… devoraba todos los libros que caían en sus manos, no importaba de qué fueran, ella encontraba siempre una lección en ellos.
Su padre la admiraba, creía que era la mujer más excepcional que había conocido, su madre hacía lo mismo, aunque en secreto.
—De mayor voy a ser pintora. Como Goya. Pintaré cuadros como el del salón —dijo convencida de ello un mediodía mientras comían.
—No me extrañaría nada que llegaras a ser tan famosa como él —le dijo su padre con completa admiración.
—Pero Agustín, ¡cómo se te ocurre alentar esas fantasías en la niña! —reprendió su madre—. Bastante tengo ya con que no me haga caso y aprenda las cosas de mujeres como para que tú la animes en ello. Y, por cierto, a ver si quitamos ese horrendo cuadro. No sé qué narices ha visto esta criatura en él.
—Venga, Enriqueta, deja a la niña, ambos sabemos que será lo que quiera ser. Poco importa lo que tú o yo le digamos. En cuanto al cuadro, a mí me gusta también —dijo el hombre guiñando un ojo a su hija que sonrió encantada de encontrar en su padre un gran aliado.
La felicidad de Leonor era completa. Tenía todo aquello que podía desear y se sentía tan apoyada y tan querida por sus padres que no temía nada en el mundo. Era feliz hasta el día en que sus padres fallecieron. Un trágico accidente se cobró la vida de ambos. Su padre había adquirido uno de los primeros vehículos de la época; un precioso Ford Modelo T. Ese día decidió acercarse a Salamanca, junto con su esposa, para hacer unas gestiones. El vehículo se salió de la carretera, mojada por la lluvia, y Agustín no pudo controlarlo. Terminó golpeando con una pared de piedra y ambos fallecieron, a cuenta del impacto, en el acto.
