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• Ahondar en las consecuencias del caso Watergate, tanto en la política de la administración Nixon y en sus decisiones para enmendar el escándalo como en los ciudadanos y en su nueva forma de entender la política
SOBRE en50MINUTOS.ES | Historia
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Seitenzahl: 30
Veröffentlichungsjahr: 2017
¿Cómo es posible que un simple robo provoque, dos años después, la dimisión del presidente de los Estados Unidos? Entre 1972 y 1974, se sucede una serie de revelaciones y dimisiones de altos funcionarios cuyo punto de mira son los delirios paranoicos y absolutistas de la administración Nixon. Es el escándalo Watergate, una batalla legislativa y judicial con tintes de novela policíaca, y prueba de que la democracia estadounidense se asienta sobre unos mecanismos de salvaguardia y una libertad de prensa que consiguen evitar los posibles excesos de un presidente ávido de poder.
Para los Estados Unidos, el caso Watergate es uno de los mayores acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX. Este escándalo, que coincide en el tiempo con el final de la guerra de Vietnam (1954-1975) y con los albores de la crisis económica, marca el fin de una era y sumerge a los Estados Unidos en un periodo de incertidumbre.
En 1972 tienen lugar las elecciones presidenciales que enfrentan al presidente saliente, Richard Nixon, y al demócrata George McGovern (1922-2012). Nixon, presidente desde 1968, puede presumir de haber distendido las tensas relaciones con la Unión Soviética y de haber contribuido a la reactivación de la economía y al envío de astronautas a la Luna. Pero su principal obsesión son la seguridad y el control. Por ello, durante su primer mandato, vacía de responsabilidades el gabinete de la Casa Blanca y concentra todo el poder en manos de algunos colaboradores en los que confía plenamente, como Henry Kissinger (nacido en 1923), John Ehrlichman (1925-1999) y Robert Haldeman (1926-1993). Haldeman, que con anterioridad había trabajado en publicidad, ayuda al californiano a transformar la Casa Blanca en una máquina de comunicación, al servicio de un jefe de Estado obsesionado con su imagen, la información y el control de la misma.
Frente al presidente saliente se encuentra el senador demócrata de Dakota del Sur, George McGovern, opositor declarado a la guerra de Vietnam, quien propone la instauración de una renta mínima y aboga por mejorar las relaciones con Fidel Castro (estadista cubano, 1926-2016). El candidato demócrata, considerado demasiado de izquierdas, no es ninguna autoridad dentro de su partido; su investidura se debe solo a la renuncia de las dos figuras destacadas del partido: Edmund Muskie (1914-1996), senador por Maine, y Edward «Ted» Kennedy (1932-2009). El primero es víctima de un complot orquestado por el Partido Republicano. Los republicanos habían filtrado a la prensa una carta en la que Edmund Muskie denigraba a los franco-canadienses. Esta carta resultará ser falsa, pero su reputación no se recuperará jamás. Ted Kennedy, por su parte, abandona la campaña en 1969 tras haber provocado un accidente en Chappaquiddick en el que fallece su colaboradora. Por tanto, estas elecciones no tendrían que ser más que un mero trámite para Nixon.
