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¿Puede un encargo trastocar toda tu ordenada existencia de la noche a la mañana? Alexander Prescott dirige Synthesis, una empresa de seguridad privada en Nueva York, y sobre su trabajo pivota toda su vida. Nunca ha tenido una relación seria con ninguna mujer, ni pretende hacerlo. Sin embargo, una petición llega para poner su vida patas arriba: deberá proteger a April McKinney, una reputada periodista, en su viaje a Nigeria para investigar sobre el tráfico humano. Alguien la ha amenazado de muerte y su padre, el influyente senador republicano Bill McKinney, contrata a la empresa para su protección. Una amenaza oscura, real y de tentáculos muy largos se cierne sobre April y el equipo de Synthesis, que deberá luchar en una carrera contrarreloj para salvar sus vidas. ¿Será capaz el amor que ha surgido entre Alex y April de acabar con los obstáculos que se interponen en su camino? Descúbrelo en esta trepidante novela de suspense romántico. - Las mejores novelas románticas de autores de habla hispana. - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporánea, histórica, policiaca, fantasía, suspense… romance ¡elige tu historia favorita! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!
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Seitenzahl: 438
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Raquel Arias Suárez
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El cielo se tiñe de abril, n.º 273 - julio 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com y Shutterstock.
I.S.B.N.: 978-84-1348-699-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Para Claudia, mi solete
Cierra el portátil y al mismo tiempo los ojos. Se masajea los párpados y trata de respirar hondo para alejar de ella el temor. Sabe que en cuanto se acueste en su cama regresarán las pesadillas.
Escuchará de nuevo susurros junto a su oído que se transforman en palabras inconexas en un idioma desconocido. Aliento caliente y húmedo se derramará junto a su cuello. El frío acero rozará la piel palpitante sobre su yugular. Oirá gemidos, quizá suyos, que brotan de su garganta sin querer. Y degustará su miedo. Un miedo profundo que borra todo lo demás, que se arrastra hasta invadir cada célula de su cuerpo, que se esparce con cada latido. Lo sentirá mientras se adueña de sus sentidos, diseminándose por todo su ser hasta paralizarla por completo. Tratará de zafarse y la hoja se clavará poco a poco en su carne. Su sangre escapará de sus venas, viscosa y caliente, deslizándose hasta llegar a la clavícula, tal vez más abajo. Quizás acierte a ver los ojos de su captor, unos ojos inyectados en sangre, oscuros como los del mismo demonio, vacíos de humanidad. Y ella temblará mientras el cuchillo cercena su cuello y percibe cómo se escapa su vida. Las lágrimas rodarán por sus mejillas, se rendirá.
Lo lograrán. Lograrán doblegarla.
Y entonces inspirará con fuerza y se incorporará en la cama, como siempre, todavía empapada en sus propias lágrimas, en un sudor frío que cubre todo su cuerpo. La tela de la camiseta cubrirá su torso como una segunda piel. Jadeará como si acabase de correr, con las manos apoyadas sobre el colchón, sobre las sábanas arrugadas. «¡Dios mío!», acertará a decir una vez más, sin que sus ojos hayan dejado de producir lágrimas, sin que su mente haya regresado por completo a la realidad.
Apartará con fuerza la colcha y se pondrá en pie de un salto, con los dedos enredados en su pelo revuelto. Se concentrará en la sensación que la tarima de madera le proporciona a sus pies descalzos, simplemente para convencerse de que se encuentra en casa. La luz tenue que se filtrará a través de la ventana del apartamento le servirá de guía para llegar hasta el baño. Abrirá el grifo de la ducha y entrará sin desvestirse siquiera. No podrá dejar de llorar, el terror de la pesadilla todavía no se habrá ido, y de alguna manera sabrá que tardará en hacerlo. Se dejará caer resbalando con lentitud sobre los azulejos mojados, hasta quedar sentada con las rodillas a la altura del pecho. Abrazará sus piernas y dejará que el agua limpie las lágrimas y se lleve con ella el terror que esos ojos negros le han inoculado.
No.
Esta noche no permitirá que le acosen las pesadillas de nuevo. No les entregará también eso.
El sonido de la alarma del teléfono móvil despertó a Alexander, que enseguida la apagó y abandonó la cama. Recogió sus bóxer del suelo y buscó los pantalones con la mirada. Su camisa colgaba sobre la cómoda, arrugada y con una manga rozando la alfombra.
—¿Tienes que irte ya?
Alexander se volvió hacia la mujer, que se había dado la vuelta y le miraba con sus preciosos ojos azules. Su voz somnolienta le hizo sonreír. Lorena estaba adorable por las mañanas, no había duda de eso. Observó sus labios gruesos y el pelo rubio que le caía sobre los hombros desnudos y tuvo que controlar su erección.
—Tengo una reunión a primera hora —repuso mientras entraba en el baño, tratando de apartar la imagen de la deliciosa mujer que había en la cama. Abrió el grifo de la ducha y se introdujo bajo el agua en cuanto empezó a salir caliente.
Sus intenciones flaquearon cuando unas manos se deslizaron sobre su espalda mojada y bajaron hasta los glúteos acariciando, pellizcando, suplicando su atención.
—Podemos ducharnos juntos —susurró ella junto a su oreja, a la vez que masajeaba la zona con expresión traviesa.
Alexander se dio la vuelta y la besó con intensidad. Le mordió los labios y degustó su sabor hasta que una débil alarma se encendió en su cerebro.
—No puedo —gruñó, sujetando la cara de ella con suavidad entre sus manos—. Te prometo que nos veremos pronto, pero ahora debo irme.
—Alex… Tu cabeza quiere irse, pero otras partes de tu cuerpo no opinan igual —añadió ella con una pícara sonrisa, a la vez que sus caricias se volvían más descaradas.
Él inclinó la cabeza en un gesto de asentimiento. No podía estar más de acuerdo.
El aparcamiento del MetLife Building ya estaba casi lleno cuando Alexander aparcó su Maserati Quattroporte Sport GTS en su plaza. Faltaban apenas cinco minutos para la reunión cuando las puertas doradas del ascensor se abrieron y accedió al vestíbulo de Synthesis Inc., donde Paula le recibió con una sonrisa. Alison le saludó con un gesto mientras hablaba por teléfono y se dirigía hacia el despacho de Harry Archer.
—Señor Prescott, buenos días.
—Buenos días, Paula.
—Sus socios lo esperan en la sala de juntas —le informó, justo antes de atender una llamada a través de sus auriculares.
Alexander puso su móvil en silencio y entró en la sala. Liam y Harry repasaban documentos en una carpeta, mientras Luke bebía una taza de café. Como siempre solía decirle: «Si me preguntasen qué me llevaría a una isla desierta diría que el café siempre sería la primera opción».
—¿Cómo ha ido la noche con Lorena, tío? —se interesó Luke con expresión burlona, sin abandonar por el momento la taza. Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y repasó la ropa de su socio, la misma que llevaba la tarde anterior.
Alexander se encogió de hombros para quitarle hierro al asunto.
—Eso no es de tu incumbencia, jodido entrometido.
Los demás rieron el comentario a la vez que ordenaban de nuevo los papeles que tenían frente a ellos.
—Siento interrumpir. ¿Café? —preguntó Paula, que había asomado la cabeza por la puerta acristalada.
Alexander asintió y esta los dejó de nuevo a solas. Regresó en un par de minutos para servirle una taza.
—Bien, dejemos por un instante la vida amorosa de Alexander y vayamos al tema que nos ocupa —pidió Harry, con la seriedad que le caracterizaba. La empresa no funcionaría igual de bien sin él, de eso estaban seguros. Dio la vuelta a la primera hoja y volvió a cuadrar los demás documentos antes de entrecruzar sus dedos y suspirar con fuerza. Los demás se sentaron a la mesa para escucharle—. El asunto de Morris está arreglado. Al parecer uno de sus empleados de confianza tuvo un problema con Björn en Kabul.
—No se lo debió poner fácil a nuestro sueco favorito —bromeó Luke, que siguió con la mirada a Paula mientras dejaba una taza de café humeante ante Alexander—. El último día que hablé con él me dijo que ese tío era como un grano en el culo, no se dejaba proteger como es debido. Y claro, si le pasa algo ya sabemos que el marrón es para Synthesis, por supuesto, y eso Björn no puede tolerarlo. Maya tuvo que echarle una mano con eso. Se quedó con ganas de meterlo de una patada en un avión rumbo a Estados Unidos.
Alexander tomó un sorbo de café y se recostó en la silla. No le había dado tiempo a desayunar, por lo que la tibieza del líquido le proporcionó una extraordinaria sensación de bienestar en el estómago.
—Los hombres de Steve Morris en Afganistán están a salvo con nosotros, a no ser que se dediquen a hacer tonterías como dar de lado a los escoltas para dedicarse a hacer excursiones por su cuenta —repuso con una mueca—. Hay que ser estúpido para llegar a eso.
—Quizás necesiten un susto —opinó Liam mientras acariciaba con lentitud su poblada barba roja—, pero más vale que no se lo lleven mientras nosotros seamos su empresa de seguridad.
—Bien. De momento seguiremos atentos a este tema. Y si Björn lo quiere, alguno de nosotros puede desplazarse sin problema hasta la zona para echarle una mano con esos tipos.
Todos estuvieron de acuerdo en eso. Esperarían y, si era necesario, alguno de ellos viajaría hasta Afganistán para unirse a la unidad que protegía las empresas Morris. Aquel contrato era uno de los más jugosos de ese año, y debían cuidarlo bien.
—Por cierto, Alexander, alguien ha contactado con Synthesis para un trabajo. Al parecer alguien precisa protección durante un viaje —recordó de repente Harry, al rememorar las palabras de Alison de esa misma mañana—. Y ha preguntado por ti.
—¿Por mí?
El inglés asintió con su hermeticidad habitual. Eso era parte del hombre que Alexander había buscado cuando había decidido formar Synthesis Inc. Su trayectoria impecable en el SAS (Special Air Service) británico lo había hecho imprescindible para el proyecto. Su innata elegancia y saber estar lo caracterizaban, así como su discreción. Era completamente opuesto de su excompañero del SAS Liam Kirkpatrick. El escocés de pelo rojo era todo menos callado, y cualquier excusa era buena para él para brindar con un vaso de Ardbeg o Lagavulin en la mano. Luke Bouchard, el canadiense, aportaba el equilibrio al conjunto. Su pasado en el Join Task Force 2 de su país, fuerza de operaciones especiales de élite de las Fuerzas Armadas Canadienses, había llamado la atención de los demás, que no habían dudado en buscarlo para añadirlo al grupo. Las jugosas condiciones habían hecho el resto. Aquel negocio era muy lucrativo.
Los últimos miembros en incorporarse habían sido Björn Lundqvist, al que no le faltaban atributos para destacar en la plantilla por ser experto en explosivos y armas; y Maya Miller, experta en comunicaciones además de ser letal en la lucha cuerpo a cuerpo. El gigante sueco y la estadounidense eran los únicos del grupo que no habían servido en las fuerzas especiales, aunque no por ello se encontraban por debajo de los demás en aspecto alguno. Ambos provenían de una de las empresas militares privadas más conocidas, o mercenarias, como algunas corrientes las llamaban, por lo que tenían amplia experiencia en el tipo de operativos que se manejaban diariamente en Synthesis Inc. Y el conjunto de todos ellos era, por supuesto, la síntesis perfecta.
—Sí, preguntaron por ti —repuso Harry—. Alison te dejó una nota con la información en tu despacho, tal y como yo le indiqué cuando me lo comentó. Al parecer pidieron discreción absoluta.
—Bien, después me ocuparé de eso.
Alexander miró su móvil, que acababa de encenderse. Lo había puesto en silencio antes de entrar en la sala, y el nombre de su madre parpadeaba en la pantalla. La llamaría más tarde.
Los demás asuntos les llevaron un buen rato, por lo que la llamada se pospuso hasta una hora después.
—Hola, mamá.
—Hola, hijo. ¿Cómo estás? Hace días que no sé nada de ti —se quejó Claire al otro lado.
Alexander entró en su despacho y cerró la puerta tras él. Se acercó a la ventana y observó Park Avenue más allá del edificio Helmsley, con los taxis del tamaño de una semilla de amapola pintada de amarillo y la mediana arbolada separando los tres carriles de ida de los tres de vuelta. Los peatones ni siquiera eran visibles desde allí.
—Muy bien, mamá. ¿Cómo estás tú?
—Bien, bien, deseando que llegue mañana para asistir a la fiesta benéfica que ha preparado tu hermana con tanta dedicación. Espero que no faltes por algún compromiso de esos tuyos, a los que por desgracia nos tienes tan acostumbrados.
Alexander curvó los labios en una sonrisa y se sentó en su sillón mientras se masajeaba la sien con la mano libre. Su madre siempre pretendía conocer todos sus movimientos, como cuando tenía doce años y vivía bajo su techo. No se daba cuenta de que ya había cumplido los treinta y tres y de que hacía mucho que era completamente independiente, desde que entró en la Marina a los veintidós años tras salir de la universidad. Después vinieron los Navy SEALs, pero para ella continuó siendo su pequeño.
—Allí estaré, lo prometo. No me lo perdería por nada, sé lo importante que es para Emma.
—Eso espero. ¿Irás con Lorena?
—Si ella no tiene ningún otro compromiso, sí, supongo —repuso él con un encogimiento de hombros. Y en ese momento se dio cuenta de que ni siquiera se lo había comentado.
—Será estupendo verla, ya que no te has dignado a traerla a comer un día a casa.
Alexander suspiró, con Claire siempre era así. Prefería que no conociera a ninguna de las mujeres con las que salía, porque nada más enterarse ya quería que las llevara a casa para conocerlas. Él, sin embargo, no tenía ninguna prisa, nunca, con ninguna mujer. Era su naturaleza, con todas sus parejas había sido así. Disfrutaban de la mutua compañía y pronto se terminaba la magia, por lo que no le apetecía tener que informar a toda la familia de ello. Pero con Lorena había sido distinto, para su disgusto. La casualidad había llevado a que la abogada hubiera entrado a trabajar en el bufete neoyorquino Streep, Boggs & Perkins, que llevaba los asuntos de su madre y de Nicholas, su segundo marido, por lo que habían coincidido una tarde en que él había ido a buscarla para llevarla a cenar. Y, cómo no, había tenido que darle un millón de explicaciones a su madre, que ya se imaginaba rodeada de nietos.
—Tengo que dejarte, estoy muy ocupado. Nos veremos mañana, mamá.
—De acuerdo. Te quiero, cariño.
Alexander dejó el teléfono sobre su mesa y fue entonces cuando reparó en un dossier azul que destacaba sobre el cristal inmaculado. Lo abrió y se encontró con un nombre: Senador Bill McKinney, y un número de teléfono. Enarcó una ceja y dejó el documento sobre el escritorio mientras marcaba el número de Alison. La secretaria se presentó enseguida en el despacho.
—¿La persona con la que hablaste te comentó algo más? —preguntó, con el dossier azul en la mano.
Ella negó con la cabeza.
—Hablé con el asistente del senador. Dijo que no conocía la naturaleza del encargo, que para ello debíamos contactar directamente con el señor McKinney, aunque me comentó que sería un trabajo de protección de alguien durante un viaje. Recalcó que su jefe solo hablaría con Alexander Prescott, lo dejó perfectamente claro —respondió Alison, mientras sujetaba dos gruesas carpetas.
—Gracias, Alison.
Alexander recorrió la piscina una vez más, subió las escalerillas y se envolvió en el albornoz. Estaba cansado. Había comido con un cliente que le había puesto de los nervios con sus peticiones sin sentido y después Liam, Harry y él se habían reunido con dos proveedores en la sede de Synthesis Inc. Solo tenía ganas de llegar a casa, cenar cualquier cosa que Betty le hubiese dejado preparada y acostarse. Últimamente tenía la sensación de que el tiempo corría demasiado.
—¿Ya se va, señor Prescott?
Él se dio la vuelta y miró hacia la entrenadora personal que acababa de entrar con una pila de toallas limpias. Un recuerdo fugaz le hizo sonreír. Uno de los cuartos donde se llevaban a cabo los masajes, el aire perfumado de ylang ylang y pachuli, un trasero redondo y firme moviéndose al ritmo de sus embestidas.
—Buenas noches, Jennifer. Sí, creo que ya ha sido bastante por hoy —repuso él con una sonrisa.
—Es una pena —opinó ella, mientras dejaba las toallas sobre la mesa junto a la pared. Apartó un mechón de pelo oscuro tras su oreja y le miró con intensidad—, porque yo salgo a las diez y podríamos tomar algo por ahí.
—Otro día.
—Sí, otro día —repitió ella, con la decepción pintada en la cara. Observó los potentes pectorales que se adivinaban bajo el albornoz y bajó con lentitud hasta los trabajados cuádriceps. Alexander era dueño de un cuerpo perfecto.
Cuando Alexander se puso al fin al volante de su Maserati y sonó Basket Case de Green Day, se dejó llevar por la explosión de guitarras y por esa batería rabiosa y pensó que tal vez no habría sido mala idea haber esperado a que Jennifer terminase su turno. Al fin y al cabo, a nadie le amarga un dulce.
La música en directo amenizaba el evento benéfico de la organización para la que Emma Prescott trabajaba. Los invitados, vestidos para la ocasión con sus mejores galas, charlaban en grupos con una copa en la mano y se dejaban fotografiar para protagonizar las noticias de las próximas ediciones de las revistas de moda y sociedad. No faltaba nadie que se considerase alguien en la ciudad de Nueva York, como cada año.
Alexander le dio la mano a Lorena y la guio entre la gente hasta localizar a su hermana, que hablaba con el alcalde de la ciudad, Bill de Blasio, y con su esposa. Los acompañaban además los responsables de las comisiones de Servicios Sociales y de Inmigración, interesados en aquel acto que recaudaría miles de dólares de fondos privados para la causa a la que Emma dedicaba su vida: los más pequeños en las zonas más desfavorecidas del planeta. La salud infantil era el lema del evento.
—Buenas noches, hermanito. Gracias por venir —dijo Emma en cuanto vio a Alexander. Le saludó con un beso en la mejilla y después saludó a su acompañante. Solo la había visto en una ocasión en que había quedado con su hermano para almorzar y ella se había unido a ellos en Angelica Kitchen, su restaurante vegano favorito—. Hola, Lorena. Estás preciosa —añadió. Aquel vestido blanco con escote cuadrado le sentaba como un guante. Los altísimos tacones completaban un conjunto encantador.
Hablaron unos minutos con los representantes del ayuntamiento, intercambiando opiniones y puntos de vista sobre la implicación de las autoridades en aquella situación acuciante en tantos puntos de la geografía terrestre, lamentándose por las escandalosas cifras de mortalidad infantil. Más tarde, el grupo se disolvió cuando Emma se ausentó para continuar recibiendo a los invitados con su característica calidez.
Claire Miles y Sue, su hija menor, se acercaron a Alexander y a Lorena en cuanto pusieron un pie en el gran salón. Sue corrió hacia su hermano y saltó en sus brazos, como siempre hacía.
—¡Alex! ¡Qué ganas tenía de verte! —exclamó la niña, mientras llenaba la cara de su hermano de besos mientras la sujetaba con las dos manos.
—Hola, piojo.
—¡Sue! —la reprendió Claire, a la vez que intentaba disimular la escena delante de los demás invitados con una sonrisa forzada—. Haz el favor de bajarte de tu hermano ahora mismo. ¿No ves que le vas a despeinar y a arrugar el traje?
—Bobadas, mamá —respondió la pequeña agitando una mano, todavía subida a horcajadas en torno a la cintura de Alexander. Las capas de tul de su vestido se mostraban en todo su esplendor—. Alex es el único que todavía puede conmigo, papá se queja de que ya peso demasiado —añadió con una graciosa mueca—. Y además a él le gustan mis súper abrazos, ¿a que sí?
Alexander no pudo evitar reírse ante el comportamiento de su hermana. Siempre había sido una loca adorable. Asintió y le hizo cosquillas en la barriga, por lo que ella no tuvo más remedio que dejarse caer hasta tocar el suelo de nuevo con sus bailarinas rosas.
—Mamá me ha obligado a ponerme este ridículo vestido —susurró Sue, todavía muy cerca de su hermano—. Pero a punto he estado de ponérmelo con mis zapatillas viejas. Me habría gustado ver su cara si llego a hacerlo —soltó sin poder aguantar la risa.
—Deberías hacerlo alguna vez —la incitó Alexander con una sonrisa traviesa, siguiéndole el juego.
Sue puso los ojos en blanco y alisó la tela de su falda tratando de disimular sus ocurrencias.
—Deberías saludar también a la novia de tu hermano —intervino Claire, cuyo carmín rojo contrastaba con su vestido negro, que resaltaba su espléndida figura—. Buenas noches, Lorena. Estás magnífica.
—Buenas noches, Claire. Tú también estás guapísima —Todavía le resultaba extraño llamarla por su nombre de pila, tal y como ella le había pedido en el bufete.
—Buenas noches, Lorena —dijo Sue con desgana mientras le ofrecía su mano para estrechársela.
—Hola, Sue. Me alegro de verte. Estás muy guapa con ese vestido —opinó la abogada, y la niña hizo una mueca de aburrimiento—. ¿Me traes otra copa, cariño?
Alexander asintió y se dirigió hacia la barra que había sido instalada para la ocasión en un lateral. Pidió un gin-tonic para Lorena y un bourbon con Coca-Cola para él. Consultó la hora y aguardó mientras el camarero preparaba las bebidas. El murmullo de la sala iba en aumento. Saludó con la mano a Luke y a Liam, que acababan de llegar y estaban con Emma. Harry tenía otro compromiso, por lo que no asistiría al evento.
—Alexander Prescott, buenas noches.
Alexander se volvió hacia el hombre que lo había saludado. Tendría unos sesenta años, vestía un traje caro y el escaso pelo que le quedaba en la cabeza lo llevaba peinado hacia atrás.
El hombre lo escrutó sin disimulo con sus ojillos claros, se acarició la barba blanca con lentitud y al fin le ofreció su mano, al percatarse de que el ex SEAL no pensaba responderle si no iba más allá de ese frío saludo.
—Soy Bill McKinney —dijo al fin, complacido por el enérgico apretón que Alexander le regaló. Acababa de atar cabos: aquel era el autor del mensaje inconcluso.
—Senador, es un placer conocerle. Mi secretaria me entregó su mensaje, siento no haber podido contactar con usted. Ha sido una semana de locos.
—En ese caso, tal vez no pueda cumplir con el encargo que pensaba hacerle. Me han hablado muy bien de su empresa, pero sobre todo de usted. Dicen que es meticuloso hasta el extremo cuando se trata de proteger a alguien.
El camarero dejó junto a Alexander las dos copas y se alejó. Este bebió con parsimonia mientras observaba el panorama desde allí.
—Me gusta hacer bien mi trabajo.
—Si es así, le necesito —reconoció el senador, antes de beber de su copa. Miró también hacia los invitados, que reían despreocupados en aquella agradable atmósfera de música jazz e iluminación atenuada—. Aunque debo advertirle de que mi encargo no será algo… digamos usual.
Alexander giró el rostro para mirarlo directamente, aunque continuó apoyado sobre la barra en actitud claramente relajada.
—Me he embarcado en misiones de todo tipo, señor McKinney, se lo aseguro.
—Lo sé, lo sé. Conozco al dedillo su historial, tanto dentro de la Armada como fuera de ella —repuso el senador con rapidez, agitando la mano que tenía libre. Después suspiró y apretó los labios como si lo que le tenía que decir estuviera demasiado arraigado en su interior—. Yo también tengo mis fuentes.
—¿Preferiría que hablásemos el lunes en mi oficina?
El senador titubeó durante unos instantes.
—Quiero que proteja a mi hija. Es por ella que lo he contactado.
Alexander dejó su vaso sobre la barra y se cruzó de brazos con el ceño fruncido.
—Creo que se ha equivocado de empresa —comenzó, pero se detuvo al verse reflejado en la expresión de pánico de aquel hombre.
—No lo he hecho, créame. Mi hija se empeña en meterse donde no la llaman. Al principio creí que solo lo hacía para contrariarme, nunca hemos tenido una relación… digamos fluida. No la culpo, yo jamás he estado ahí, ya sabe, cuando… bueno…Ella perdió a su madre y…
Alexander asintió para librar al hombre de darle explicaciones, pero al parecer no lo consiguió.
—Ella piensa que la política siempre ha sido lo más importante para mí. Bueno, tal vez tenga motivos para ello, no digo que no. Mi carrera me ha quitado mucho tiempo que debía haber sido para la familia, eso lo reconozco, pero yo la quiero. La han amenazado, ¿sabe? Se ha metido con empresas que facturan millones de dólares, y con ellos no se juega. Ella los ha manejado como a muñecos. Lo mantuvo en secreto durante un tiempo, apenas puedo creer que me haya enterado de ello. Y ahora pretende viajar a ese lugar inmundo en medio de África para investigar más a fondo temas que pondrían la carne de gallina al delincuente más sanguinario, oh, sí. April McKinney, la periodista de los casos perdidos.
El ex SEAL se quedó sin palabras tras aquella disertación.
—Le ruego que le dé una oportunidad a mi encargo. Ella es lo más importante para mí. Si llegara a pasarle algo, yo…
—Tendría que estudiar la situación —dijo al fin Alexander, aturdido por la larga explicación del senador—. ¿Qué le parece si hablamos con más tranquilidad el lunes en la sede de Synthesis Inc.?
Bill McKinney asintió y le estrechó de nuevo la mano.
—Gracias —musitó solamente, y se alejó hasta perderse entre la masa de invitados, dejando a Alexander en un mar de dudas.
—Cariño, sigo teniendo sed —bromeó Lorena, que se había cansado de esperar su copa. Se acercó a él y colocó los labios junto a su oreja—. Podríamos irnos a mi casa y olvidarnos de esta aburrida fiesta. ¿Qué te parece?
—Eso estaría bien.
—¿Solo bien?
—Muy bien. Pero creo que a Emma no le gustaría que yo me fuera tan pronto. Recuerda que Synthesis colabora con la causa que ella y la organización abanderan.
Lorena hizo un mohín. Emma se acercaba a ellos con una gran sonrisa.
—La paciencia no es una de mis virtudes, ya lo sabes.
—Hermano, ven conmigo —dijo Emma mientras se cogía del brazo de Alexander—. Quiero presentarte a alguien.
Lorena los vio alejarse y decidió ahogar sus penas en el gin-tonic. Era su única opción en aquellos momentos.
Esa noche, cuando Alexander al fin se acostó solo en su cama, pensó de modo fugaz en Bill McKinney y su hija. Aquel sería un trabajo de lo más extraño, si finalmente decidía aceptarlo. Se alegró de no haber ido a pasar la noche con Lorena, no tenía la cabeza en su sitio desde que había mantenido esa conversación con el senador. No le gustaba ese tipo de encargos en que solo debía garantizar la seguridad de alguien que, a todas luces, no iba a sufrir ataque alguno, él era un hombre de acción. Sin embargo, algo le decía que tampoco le vendría mal un cambio de aires tras las tres últimas misiones en las que había arriesgado su pellejo y el de sus hombres en una complicada operación contra el narcotráfico en Colombia, otra misión en Mauritania y la última en Bélgica.
Alexander llegó el lunes a primera hora a la sede de Synthesis Inc. Alison y Paula acababan de llegar, y los despachos todavía estaban en silencio.
—Bill McKinney está a punto de llegar —le dijo a Paula, que estaba acomodándose sus auriculares—. Por favor, cuando eso pase, acompáñale a mi oficina.
Ella asintió.
—Por supuesto.
El ex SEAL cerró la puerta de su despacho y abrió el portátil para consultar su correo. Björn le había vuelto a escribir detallándole las quejas de los patanes a los que debía proteger en Kabul. Ese tipo de tíos le ponían de los nervios. Se suponía que la seguridad debería ser lo más importante en ese tipo de lugares, no obstante, había necios a los que eso directamente se la traía al pairo. Se disponía a contestar al sueco cuando dos toquecitos en la puerta llamaron su atención.
—Adelante —dijo, a la vez que cerraba el ordenador y se ponía de pie.
—El señor McKinney está aquí, señor Prescott —informó Paula con profesionalidad. Le invitó a pasar con un gesto y se marchó, no sin antes preguntar a los caballeros si querían algo para tomar. Ellos rehusaron.
Alexander volvió a estrechar la mano del senador y le señaló uno de los sillones de cuero junto a la mesa de cristal que contenía el portátil y una fotografía de su madre y sus hermanas. El orden era crucial en su vida.
—Por favor, siéntese. He estado meditando su propuesta durante el fin de semana. —Él mismo tomó asiento al otro lado de la mesa y observó al senador, que parecía más preocupado incluso que durante la gala benéfica—. Es cierto que su encargo no entra en el tipo de operaciones que solemos tratar en Synthesis, pero no me parece descabellado.
McKinney cruzó las piernas y respiró hondo antes de hablar, mientras desviaba la vista hacia la cristalera tras Alexander y luego hacia la pared izquierda, decorada con multitud de círculos negros sobre fondo blanco.
—No le he comentado un pequeño detalle.
Alexander se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—Mi hija no quiere que la protejan.
—¿Cómo que no quiere que la protejan? Creí que la habían amenazado —repuso Alexander.
—Lo de las amenazas lo descubrí por casualidad, ella jamás habría confiado en mí. Como le dije, no tenemos una relación demasiado buena. Apenas hablamos. Por fortuna tenemos conocidos en común. En fin, lo importante es que debemos protegerla, aunque ella no quiera. Se cree inmortal, ¿sabe? Y esos tipos saben lo que se hacen. Necesito alguien como usted, preparado para cualquier contratiempo, ¿me entiende?
Alexander no entendía gran cosa en realidad. ¿Proteger a alguien que no quiere ser protegido? Ni siquiera esos estúpidos de Steve Morris habrían elegido tal cosa.
—¿Y cómo se supone que debo protegerla si ella no quiere?
—No lo sé, eso se lo dejo a usted. Pero debe hacerlo, estoy seguro de que van a atentar contra su vida tarde o temprano. Esas corporaciones no se andan con tonterías. Le pagaré lo que sea, no hay problema. Sé que sus servicios serán caros, pero no me importa. No me importa nada, solo que April siga con vida.
Alexander se recostó en su sillón, pensativo. Apoyó el codo y la cara sobre él.
—Se lo ruego —pidió el senador—. Si llegara a pasarle algo, yo no podría perdonármelo nunca. Es usted mi única esperanza.
—Está bien, lo haré. Necesitaré todos los datos que pueda proporcionarme sobre ese viaje, así como las rutinas de su hija, si las conoce. Y también deberá entregarme un informe con todo lo que conozca de esas amenazas. Pondré a mi equipo a trabajar en cuanto disponga de todo eso.
El senador pareció desinflarse dentro de aquel traje tan caro. Cerró los párpados y pareció dar gracias. Después se puso de pie y cabeceó.
—No sabe cuánto se lo agradezco. Hace semanas que no duermo bien, este asunto va a acabar con mi salud. En fin, April siempre ha sido mi ojito derecho, Martha y yo no pudimos tener más hijos y ella creció entre algodones. Pero cuando fue a la universidad se juntó con esos activistas, ecologistas y demás variantes, y le sorbieron el seso. Se cree que puede arreglar el mundo.
Alexander escuchó aquella perorata de pie frente a él con los brazos cruzados. Empezaba a arrepentirse de haber aceptado aquel trabajo, presentía que no le iba a traer más que problemas. Era estupendo, tendría que proteger a una caprichosa niña rica que se iba a zafar de él en cuanto tuviera la oportunidad.
—Hablaremos pronto, señor Prescott, en cuanto prepare todos los documentos que me ha pedido. El viaje será en septiembre, de modo que cuanto antes pueda prepararlo todo, mejor. Quizás traten de atentar contra su vida durante la conferencia —añadió Bill McKinney—. Y no estaría de más que le pusiera una escolta durante estas semanas.
—No hay problema. La tendremos vigilada sin que ella se dé cuenta. Pero durante el viaje las cosas serán diferentes, ella debe saber que nos ha contratado para protegerla, de lo contrario no podremos hacer nuestro trabajo.
—Pueden decírselo en el aeropuerto, antes de coger el vuelo.
—Bien —masculló Alexander. No le gustaba ni un pelo tener que proceder de ese modo, no quería escenitas en el aeropuerto.
La luz entraba a raudales a través de las cristaleras del Sofía´s cuando Alexander entró. Divisó al momento a su hermana en una de las mesas del fondo, que agitó una mano en el aire al verlo.
—Hola, hermanito —saludó ella, poniéndose de pie para besar a su hermano en la mejilla.
—Hola, Emma. Siento la tardanza. Últimamente las veinticuatro horas del día se me antojan pocas —se lamentó el ex SEAL, a la vez que se quitaba la chaqueta y la colgaba en la silla.
—Deberías tomarte unas vacaciones. Ese ritmo de vida te matará.
Alexander chasqueó la lengua e hizo una mueca mientras estudiaba la carta.
—Mejor para Sue y para ti. Así solo tendréis que repartir la herencia entre las dos.
Emma sonrió.
—Bien pensado, creo que tienes razón.
—¿Qué me recomiendas?
—La hamburguesa de azuki con quinoa y acompañamiento de rúcula. Me chifla.
—Perfecto.
Alexander dejó la carta sobre el mantel y se recostó en la silla. Observó a los demás clientes y la decoración retro del local. No le gustaban demasiado los cuadros con leds de la pared, aunque tuvo que admitir que el conjunto de sillas diferentes unido al hecho de que ninguna mesa fuese igual, le proporcionaba al sitio un encanto especial. Por no hablar de la música, en ese momento sonaba Only Time, de Enya, y antes había sonado Caribbean Blue. Sin duda, muy al gusto de Emma.
—Y dime, Alex, ¿cómo te va con Lorena?
Él clavó los ojos en su hermana y cabeceó.
—No me va de ninguna manera. Simplemente estamos juntos, no hay más.
—Os noté distantes en la gala benéfica.
—No sé si estamos distantes. Nunca hemos estado de otro modo, creo yo.
—Eso no es verdad y lo sabes. Al principio saltaban chispas a vuestro alrededor, no me lo puedes negar.
—Puede que las chispas se estén apagando, no lo sé. La verdad es que durante las últimas semanas no he tenido tiempo más que para Synthesis, y lo demás ha quedado en un segundo plano.
La camarera, ataviada con un vestido floreado hasta los pies y un delantal rosado, les tomó nota y se alejó. Regresó en unos instantes con el vino y se lo sirvió para que lo probaran. Al recibir la aprobación, les sirvió un poco más y regresó a la cocina.
—Lo sé. Es muy difícil quedar a comer contigo, Alex, por lo que me consideraré afortunada —repuso Emma con los ojos en blanco. Después jugueteó con un mechón de su pelo castaño y apretó los labios—. Mamá se queja mucho de eso, dice que nunca tienes tiempo para ella.
Alexander resopló con la copa en la mano.
—No tengo tiempo para nada que no sea Synthesis.
—Lo sé. Pero le da miedo que hagas como papá, que lo primero sea tu carrera y no cuides todo lo demás. Ya sabes cómo es mamá, y lo mal que lo pasó durante su matrimonio —admitió Emma, antes de dar un sorbo a su copa de vino—. Por cierto, ¿has hablado con papá?
—Hace unos días. Está enfrascado en un nuevo proyecto, me habló de ello —reveló Alexander.
—Un Cadillac Lasalle…
—De 1940 —dijeron a la vez, y estallaron en risas como dos niños—. Estaba emocionado. ¿Cuántos años hace que quería uno?
—Uf, muchos, desde luego. Está como un niño con zapatos nuevos —reconoció Emma—. Lo echo de menos. Ya sé que no es el otro lado del mundo, pero apenas puedo verle desde que se mudó a Ithaca. Él no quiere moverse de allí, y yo, con mi trabajo, apenas salgo de la ciudad de Nueva York.
—Lo sé. Pero al menos piensa que en Fin de Año nos reuniremos todos allí, como cada año. Eso es sagrado.
Desde que Tom y Claire se habían divorciado, cuando Sue tenía tan solo un año, no había pasado una sola Navidad en que los tres hermanos no hubieran estado unos días con su padre en Ithaca. La Nochebuena la solían pasar con su madre y su segundo marido en Manhattan, a no ser que Claire y Nicholas decidieran pasarla en las Maldivas o en Australia. La empresa de comunicación de Nicholas Miles era un negocio muy lucrativo.
—Tendré que conformarme —admitió Emma—. Además, en Navidad veremos cómo va la restauración del Cadillac.
—Con papá no queda otra. Tendremos que ir a verle nosotros, él no va a abandonar su guarida.
La camarera depositó los platos ante ellos y se retiró.
—¿Llevarás a Lorena?
—Mejor hablemos de ti y de la gala. ¿La recaudación fue tan buena como esperabais?
—Aún mejor.
Alexander sonrió y se dispuso a hincarle el diente a su hamburguesa vegana.
—Me alegro, hermanita. Te lo merecías. Y dime, ¿cómo está Fred?
—Bien, bien. Está encantado con su trabajo en el New York Presbyterian Hospital, su unidad de cirugía pediátrica es excepcional —reveló Emma con una mueca—. La única desventaja de su nuevo empleo es que apenas lo veo, pero, en fin, es el precio que hay que pagar.
—Sí, eso creo. Seguro que las cosas se tranquilizan cuando lleve algo más de tiempo.
—Eso espero.
—Un mensajero acaba de traer esto para usted —anunció Paula en la sala de juntas, donde Liam, Harry y Alexander discutían la situación de sus hombres en Kabul, así como de la misión que estaban preparando en Oriente Medio.
Alexander se volvió hacia ella y recogió el paquete. El senador se había dado prisa, desde luego, solo había pasado un día y medio desde su conversación y allí estaba la información que le había pedido.
—Gracias, Paula. —La recepcionista abandonó la estancia y cerró la puerta tras de sí—. Aquí está la documentación de la que os he hablado. Todavía no sé si he hecho bien en aceptar este trabajo, y menos ahora con esta misión a las puertas —reconoció Alexander mientras sacaba varias carpetas y las ojeaba.
—A mí me parece bien, la operación de Cisjordania no comenzará hasta mediados de octubre. Tienes tiempo de sobra para acompañar a esa mujer hasta su conferencia y traerla de vuelta sana y salva a Nueva York para entregársela al senador —opinó Liam—. Yo mismo puedo acompañarte con algunos hombres, y Harry y Luke pueden quedarse aquí preparando todo para cuando nosotros lleguemos. No creo que volvamos demasiado cansados de esa conferencia —se mofó, con una mueca—. Estoy seguro de que las amenazas no serán para tanto. Volveremos frescos como lechugas, a punto para embarcarnos en la operación de Cisjordania.
Alexander cabeceó mientras repasaba los datos vitales de April McKinney. Graduada por la Universidad de Harvard, había trabajado durante un año y medio en el New York Post, dos años en el New York Daily News y después se había convertido en corresponsal para la CNN. Había viajado por todo el mundo cubriendo diferentes tipos de noticias y ahí fue, según Bill McKinney, cuando comenzó a interesarse por las catástrofes medioambientales e injusticias perpetradas por las multinacionales. Antes, en la universidad, también se había juntado con otros estudiantes que trataban de destapar escándalos investigando empresas y entrevistando a personas afectadas.
—Premio Pulitzer en 2014 por su libro Los niños de la guerra. Joder, Premio Pulitzer a los veintinueve años. Al parecer también ha publicado controvertidos reportajes que le han acarreado serias consecuencias en su vida laboral. Algunos de los medios para los que ha trabajado recientemente se negaron a publicar más trabajos suyos por temor a las represalias. Se ha metido con peces muy gordos.
—Déjame ver —pidió Harry, y leyó con atención los siguientes párrafos—. Ha destapado varios escándalos medioambientales, el último de ellos el caso de la farmacéutica Leben, que al parecer administró un antibiótico experimental a niños con meningitis en un hospital de la ciudad nigeriana de Kano, violando la legislación nigeriana y varios tratados internacionales; también informó de la lucha por la paralización de las obras de una hidroeléctrica en Guatemala, por las desastrosas consecuencias que ello tendría en las comunidades indígenas que se asientan cerca del río. De igual modo, ha estado involucrada en varias investigaciones de tráfico de armas internacional.
—Una carrera admirable. En este artículo la llaman «la defensora de las causas perdidas» —leyó el escocés, sentándose sobre la mesa—. Ha colaborado con activistas de varias organizaciones y trabajado como cooperante en un montón de países. Desde luego ha escrito reportajes realmente incendiarios.
—April McKinney es un peso pesado del periodismo, ya no solo en Nueva York sino en todo el mundo —dijo Alexander a sus socios—. No parece el típico caso de chica caprichosa que se vuelve rebelde para llamar la atención de su papá. —Les tendió los papeles y Liam silbó.
El inglés cogió la carpeta y examinó cuidadosamente la información mostrada.
—Creo que la habías juzgado injustamente —opinó—. No creo que tenga nada que ver con la diplomacia política de su padre. Es una persona muy interesante, si me permites la apreciación.
—Aquí hay varias fotografías —repuso Liam—. Y debo decir, con vuestro permiso, que además de inteligente también es guapa.
Alexander cogió una de las imágenes, en la que posaba en el medio de un grupo de niños negros. Llevaba el pelo rojizo atado en una coleta alta y sus ojos verdes destacaban en contraste con su piel clara moteada de pecas. Tenía una sonrisa preciosa.
—Por una vez, y sin que sirva de precedente, te voy a dar la razón. Aunque todo esto no quiere decir que no sea una insufrible niña de papá.
Liam apretó los labios pensativo.
—Quién sabe, puede que tengas razón.
—La conferencia versará sobre la trata de personas en África y desde África, y se celebrará en Abuja, Nigeria, entre los días 5 y 7 de septiembre. Está organizada por la ONG Solidaridad y Futuro, y contará con la presencia de relevantes personalidades del Gobierno Nigeriano y de la Unión Africana, así como expertos en el tráfico de seres humanos en el mundo y representantes de la Iglesia Católica en Nigeria y en otros países africanos. Se abordarán cuestiones como la trata infantil, la explotación laboral y sexual y la trata a causa de desastres naturales —leyó Harry, con gran interés—. Reunirá a personalidades internacionales de diversos campos, por lo que es un buen lugar para atentar contra la vida de algún target interesante, como parece ser el caso de la señorita McKinney. Sin duda se ha granjeado bastantes hostilidades en estos últimos años. Creo que se llevaría bien con tu hermana. Emma y nuestra periodista parecen tener muchas cosas en común.
—Y aquí está la transcripción de algunas de las amenazas con las que el senador ha podido hacerse —musitó Alexander, asqueado por las notas que la periodista había recibido—. Le cuentan con bastante exactitud lo que piensan hacer con ella cuando menos lo espere. No comprendo cómo sigue por ahí sin escolta. Es de locos.
—Creo que lo más sensato es que Liam y yo vayamos contigo. Esto no me parece ninguna tontería —opinó Harry al leer las amenazas—. Y quién sabe, quizás esto solo sea obra de algún demente que se ha encaprichado de ella, o tal vez vaya en serio, por lo que es mejor estar preparados.
—Estoy de acuerdo —dijo Liam, todavía con varios documentos en la mano.
Alexander asintió y dejó los papeles en la carpeta, sobre la mesa. Los colocó perfectamente alineados y gruñó:
—Por el momento enviaré a Schneider y a Matsuoka para que no la pierdan de vista. No quiero sorpresas en estas cuatro semanas.
La vida de April McKinney resultó ser mucho más tranquila de lo que Alexander esperaba. Se levantaba temprano por las mañanas, salía a correr por Central Park y regresaba a su minúsculo estudio en el 104 de West con la calle 80. Pasaba una media hora en el interior y volvía a salir para hacer la compra diaria en los establecimientos cercanos. Después se encerraba en casa y a menudo no volvían a verla hasta el día siguiente. Habían visto entrar un par de veces en el edificio a un amigo del cual les había hablado Bill McKinney, un tal Glenn Gilmore, también periodista.
Por lo visto no había querido aceptar un piso por parte de su padre y vivía igual que antes de haber ganado el Pulitzer, y eso que sus libros se vendían muy bien desde entonces. Desde Synthesis habían indagado en su economía y la periodista no tenía de qué quejarse en ese sentido. El senador creía que su hija estaba preparando un nuevo libro, que, al igual que el anterior, comprometería a gente importante y le acarrearía una nueva lluvia de problemas. También le haría ganar mucho dinero, que, al igual que había hecho con el anterior, donaría a diferentes causas. Por lo visto, no había terminado su investigación, por lo que a todas luces lo haría en Nigeria.
Alexander estudió las fotografías de April McKinney y Glenn Gilmore que Akane Matsuoka había tomado durante las últimas tres semanas delante del edificio del Upper West Side. Aquella mujer lo desconcertaba. Ganaba bastante dinero como para permitirse vivir en un lugar mucho mejor que aquel y para llevar otra clase de vida, y sin embargo se quedaba con lo suficiente para vivir y donaba lo demás. Él mismo había gastado dos millones y medio de dólares en su piso del Upper East Side, y no era nada comparado con el ático de Liam o el dúplex de lujo de Harry.
—Señor Prescott, siento interrumpir —dijo Alison, entrando en la sala de juntas con una carpeta en la mano—. El senador McKinney acaba de llegar.
Alexander asintió mientras dejaba las fotografías sobre la mesa y se ponía de pie para recibirlo.
—Buenos días, senador.
Bill McKinney le estrechó la mano y Alison cerró la puerta para dejarlos a solas en la estancia.
—Buenos días —respondió, antes de entregarle un sobre al ex SEAL—. Es el horario de sus vuelos, el día 3 de septiembre. Dentro está toda la información que he podido recabar sobre su viaje. Como le dije hace unos días, el vuelo desde Nueva York saldrá por la tarde. Bueno, ahí dentro está todo.
—Por favor, siéntese —invitó Alexander, y él hizo lo mismo.
—No tengo mucho tiempo. ¿Cómo van los preparativos? ¿Está todo organizado? —preguntó sin ocultar su nerviosismo. Respiró con fuerza y cruzó las piernas para controlar sus emociones.
—Sí. No la hemos perdido de vista desde el último día que nos vimos en mi despacho, aunque debo decir que ha sido fácil, su hija no tiene demasiada vida social.
—En condiciones normales la tendría. El problema es que ahora está trabajando en ese otro libro que piensa echar al mundo sin pensar en las consecuencias. Estoy seguro de que está encerrada en ese estudio miserable entre pilas y pilas de notas de su investigación, concluyendo una nueva bomba informativa. Y estoy casi seguro de que la guinda de ese pastel la encontrará en su viaje a Nigeria —reveló con disgusto—. Le gusta hacerme sufrir, no hay duda de ello.
Alexander se recostó en la silla mientras escuchaba con atención al senador, y por primera vez percibió cierta acritud en sus palabras.
—Nosotros nos ocuparemos de que su hija regrese sana y salva, para lo demás tendrá que hablar directamente con ella —zanjó—. El equipo está preparado, además de los itinerarios. Hemos estudiado la agenda de la conferencia y no hay ningún cabo suelto.
El senador asintió distraído.
—Bien. Hablaremos a su vuelta, imagino.
—Por supuesto. A la vuelta le entregaré un informe detallado de todos sus movimientos, si así lo desea.
—Eso sería perfecto, sí —reconoció McKinney, a la vez que se ponía de pie y daba unos pasos hacia la puerta acristalada. Alexander le siguió hasta allí.
—No se preocupe, senador. La deja usted en las mejores manos.
Él gruñó y esbozó una sonrisa forzada.
—Buen viaje, señor Prescott.
Alexander lo vio alejarse por el amplio pasillo y frunció el ceño. Tenía un mal presentimiento sobre aquel trabajo, que con los días había ido a peor. Se dirigió hacia el despacho de Liam y llamó dos veces.
—¿Tienes un minuto? —le preguntó al escocés, asomando la cabeza en cuanto su socio le invitó a entrar. El pelirrojo asintió—. El senador acaba de irse. Ya tengo los horarios de los vuelos.
Liam se levantó y acompañó a Alexander hasta su despacho, donde se encontraba toda la documentación y la planificación de la misión. Repasaron cada movimiento hasta dejarlo todo preparado al milímetro. En apenas una semana volarían a Nigeria, y nada podía salir mal.
—Estás tenso, cariño —susurró Lorena, a la vez que subía su pie derecho y masajeaba la cara interior del muslo de Alexander. La espuma se apartó con el movimiento y descubrió la trabajada musculatura de su pierna, arrancándole un gemido al adivinar las intenciones de aquella excursión. El hombre suspiró con fuerza y se dejó hacer con la cabeza echada hacia atrás y los ojos semicerrados. La suave música que sonaba en el baño invitaba a la relajación, aunque aquella opción no fuera contemplada por la abogada.
—Supongo que sí —admitió él al sentir que los dedos de ella habían alcanzado su destino y rozaban su erección. Escuchó el sonido del agua cuando ella se movió para atraparle con los dos pies para continuar su masaje.
—Eso tiene fácil arreglo.
El sonido del teléfono móvil se encargó de arruinar el momento con su insistencia. Al principio, Alexander lo ignoró, pero después decidió contestar. Tal vez fuera importante. Lorena lo miró con un mohín cuando se incorporó y salió de la bañera. Se anudó una toalla a la cintura antes de contestar, paralizado al percatarse de que era Schneider el que le llamaba.
—Jefe, ha habido un problema en la casa de McKinney —dijo con su fuerte acento alemán.
—En quince minutos estaré ahí.
Alexander se vistió a toda prisa y recogió su cartera y la llave del coche, mientras una disgustada Lorena lo observaba desde la bañera.
—Te vas —dijo, sin preguntar. Últimamente era cada vez más difícil disfrutar de tiempo a solas con él, y eso le provocaba una frustración que después descargaba concentrándose en su trabajo. Pero ni siquiera eso la satisfacía en las últimas semanas. El sexo con Alexander había comenzado a ser cada vez menos frecuente y más rápido, nada que ver con las deliciosas sesiones que habían compartido en el pasado. Su cabeza ni siquiera parecía estar allí, sino lejos, en asuntos que le preocupaban.
—Lo siento —respondió él solamente, antes de inclinarse junto a ella para depositar un casto beso sobre sus labios. Ni siquiera se fijó en sus pechos, ya casi descubiertos de espuma, sino que se dio la vuelta y se marchó con un escueto «Adiós».
