El "científico loco" - Luigi Garlaschelli - E-Book

El "científico loco" E-Book

Luigi Garlaschelli

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La literatura primero, pero también el cine y el cómic, han hecho de la figura del "científico loco" un estereotipo que reconocemos con facilidad. Sin embargo, como todos los estereotipos, se funda en una amalgama de imaginaciones y habladurías provenientes de personajes y hechos reales que les dieron pie. Nacido con la ciencia "moderna", se nutre desde el siglo XVIII de centenares de personajes y experimentos, a veces peligrosos, a veces geniales, a veces ridículos, que, motivados siempre por el deseo de conocer, de comprender, de saber, han transitado de forma arriesgada zonas vidriosas limítrofes con la ética, con las convenciones al uso y con la ortodoxia con suerte desigual. Petrificadores, resucitadores, pesadores de almas, trasplantadores, lobotomizadores, experimentadores de drogas y otros hallan espacio en estas páginas que dan acceso a unos de los capítulos más llamativos y provocadores de la historia de la ciencia.

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Seitenzahl: 340

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Luigi Garlaschelli y Alessandra Carrer

El «científico loco»

Una historia de la investigación en los límites

Índice

Introducción

Las características de un estereotipo

El porqué de un acento

¿Locos o raros?

Quién sí y quién no

1.Como Frankenstein

Petrificadores de cadáveres y cadáveres momificados

Los resucitadores

2.Jugar con la vida y con la muerte

Tenebrosos alquimistas entre ciencia y magia

Cadáveres en el columpio, cadáveres crucificados y crucifixiones reales

Experimentos con monos

3.Cabezas, testículos y tests sobre el alma

Cortadores de cabezas

Trasplantadores de cabezas

Trasplantes, elixires y orgasmos en el laboratorio

Pesar el alma

4.Viaje alucinante: la ciencia hippie de los años 1970

Experiencias psicodélicas y drogas sintéticas

El químico que hablaba con los extraterrestres

5.Psicología alternativa

Psiquiatría y platillos volantes

De ángeles a demonios

Los «ciclos biológicos» del mentor de Freud

6.Ciencia y poder: guerra, armas y control de la mente

Artefactos cada vez más letales

Paragnosis, sensitividad y psiquiatras locos en la intelligence estadounidense

7.Neurolocuras: cien años de experimentos con el cerebro

El cerebro teledirigido

Actuar sobre el cerebro

8.Científicos pop

John Kellogg: cereales y lavativas

El genio visionario de Nikola Tesla

9.Parapsicología y otras rarezas

Ciencia y espiritismo: los pioneros

En busca de capacidades extrasensoriales

Ciencia New Age y alquimia moderna

Conclusiones

En realidad, ¿quién merece ser un científico loco?

Pero ¿por qué se hace investigación científica?

Bibliografía

Créditos

Introducción

En un rincón de un oscuro laboratorio, líquidos desconocidos borbotean dentro de aparatos misteriosos, difundiendo en el aire humos sospechosos. No muy lejos, máquinas eléctricas, accionadas por paneles de control constelados de pilotos luminosos, interruptores y manómetros, despiden haces de chispas que lentamente iluminan una figura humana trabajando entre cables, instrumentos de latón y viejos libros. Ahora la figura se adelanta, podemos verla mejor. Tiene el cabello revuelto, lleva una bata sucia y gruesos guantes de goma. Hace girar un pomo, levanta un recipiente lleno de una solución verde, luego estalla en una risotada demente que resuena entre las paredes de ladrillo.

¡Es él, es el científico loco!

¿Cuántas veces hemos visto esta escena en una película o en un cómic? ¿Cuántas veces la hemos visto descrita en una novela? Pero, ¿nos hemos preguntado alguna vez cuál es el origen de este personaje, ya clásico, en la narrativa popular y en las series de televisión?

En este volumen queremos rendir homenaje a un héroe de nuestro tiempo, a un arquetipo nacido con la ciencia moderna, y por lo tanto –aunque con los rasgos actuales– ya secular. Queremos definir sus características distintivas, pero, sobre todo, queremos comprender de qué manera estas han acabado confluyendo para modelar a nuestro personaje.

Examinaremos, por tanto, la figura del científico loco, y lo haremos utilizando precisamente el método científico, es decir, como si tuviésemos que estudiar un extraño ejemplar de una especie desconocida. Trataremos de analizar sus rasgos sobresalientes, pero recordando que forman parte de una lista esquemática, incompleta, y que, obviamente, cada científico loco no los posee todos, o al menos todos en la misma medida. Trataremos de remontarnos a los orígenes históricos y literarios del estereotipo, y también intentaremos entender en qué momento el científico loco lo es de verdad y cuándo, en cambio, es solo un tipo extraño. Abriremos las puertas a un carrusel de personajes increíbles, geniales y divertidos, y que, todos ellos, han existido realmente.

Así, pues, poneos vuestras batas de laboratorio, proveeos de gafas protectoras y calzaos los guantes: estamos a punto de entrar en el increíble universo de los científicos locos.

Las características de un estereotipo

El científico loco se ocupa, obviamente, de ciencia, no de literatura, filosofía, arte o música. Sus campos de interés más corrientes son la biología, la química, la farmacología, la medicina, la cirugía, la física, la astrofísica, la física nuclear, la ingeniería eléctrica, electrónica e informática, la robótica, pero también la psicología experimental y las matemáticas.

Con frecuencia, no suele tener una percepción clara de las implicaciones éticas de lo que está haciendo. Podría estar utilizando métodos ilegales, prohibidos o crueles, y no porque no sea honrado y goce con el sufrimiento ajeno, sino porque cree que la finalidad de sus investigaciones es noble y justifica su actuación. Por otro lado, con la misma tranquilidad podría experimentar su último hallazgo incluso sobre sí mismo. Esta actitud lo lleva, a veces, a superar los límites –para él insensatos– de la ética y de la moral, llegando a la soberbia, a la hybris, al superhombrismo y a jugar a «ser Dios».

Pero el científico loco, efectivamente, también puede ser conscientemente malvado y, en ese caso, puede transformarse en un gran criminal o en un genio del mal. Sin embargo, hay que distinguir entre estos dos estereotipos, el del científico loco y el del genio del mal: un genio del mal, con frecuencia es megalómano, y podría servirse de un científico loco para alcanzar sus fines malvados, ofreciéndole recursos económicos y laboratorios, sin que el científico, obsesionado por sus estudios superespecialistas, tenga plena conciencia del alcance de los planes de su «empleador».

El científico loco está obsesionado con sus estudios. Por estos se olvida de la familia (si la tiene), de los placeres de la vida, las reglas de la buena educación y las que rigen las relaciones interpersonales, e incluso de su aspecto externo: puede ir desaliñado y mal vestido; simplemente, no se preocupa de estas nimiedades. Es poco atlético: ha dedicado su existencia a sus investigaciones y no tiene tiempo para mantenerse en forma –y ni siquiera para curarse cuando está enfermo–. Por lo general es muy inteligente, posee el título de doctor o de profesor, y si no llegar a ser un genio, de todos modos se las arregla con otras habilidades.

Por estar tan metido en sus propios experimentos, el científico loco puede parecer distraído e incluso desgarbado. Aunque a veces lo es de verdad, con frecuencia suele tener simplemente «la mente en otra parte». Utiliza tecnologías futuristas, o que parecen tales, a veces inventadas por él mismo, otras veces tan inusuales que resultan incomprensibles para los demás. Puede trabajar con un asistente, que suele tener rasgos caricaturales, pero que en general es un solitario. No se fía de los demás porque teme que le roben las ideas –e incluso, muchas veces desarrolla manías persecutorias y paranoicas, o bien considera que los simples mortales son demasiado estúpidos para comprender y apreciar sus investigaciones–1. Si ha sufrido un agravio, real o imaginario, puede decidir aislarse del mundo, lleno de rencor, y desarrollar planes de venganza.

El científico loco suele hablar con acento alemán o mitteleuropeo2. Si es un genio del mal, estalla a veces en risotadas de maniático, de sarcasmo o de triunfo. Casi siempre es un varón, blanco, y ya no tan joven. Es calvo, o bien posee una masa de largos cabellos grises.

Todas estas características están muy arraigadas en nuestra cultura y en nuestro imaginario colectivo, ya globalizado por los medios de comunicación. Una investigación suiza reciente (Luraschi, Rezzonico, Pellegri, 2012) ha demostrado que los niños de la enseñanza elemental –pero también los de la enseñanza superior– se representan exactamente de esta manera a los científicos de verdad. El riesgo radica, pues, en que los jóvenes puedan tener de la ciencia una imagen errónea, distorsionada y negativa, lo que podría alejarlos de emprender una carrera en ese ámbito.

El hecho es que esta caracterización tiene unos orígenes muy concretos. Se basa, en efecto, en estereotipos y exageraciones del comportamiento normal de un científico «de verdad», del cual el científico loco no es más que una caricatura. Todo esto surge, en cierto sentido, del hecho de no existir una ciencia abstracta: en las páginas de los libros de texto escolares nos presentan leyes, experimentos e invenciones como si hubiesen surgido de la nada, perfectos e indiscutibles. En cambio, a lo largo de los siglos la ciencia ha ido avanzando –y lo sigue haciendo– gracias a hombres de carne y hueso, con sus manías, sus debilidades, su carácter, sus problemas personales; personas que vivían en un determinado período histórico, en un país determinado. Y cada página de los libros de química o física se ha escrito gracias a sus descubrimientos, a sus experimentos, que han durado años, a veces fracasados, con frecuencia no reconocidos en su valor o contrastados por otros científicos. Experimentos a veces peligrosos, a veces geniales, otras veces ridículos, pero todos ellos motivados por el deseo de conocer, de comprender, de saber. Por el deseo de descubrir algo nuevo, de lo que nadie más había hablado antes.

La historia de la ciencia es un inmenso teatro que tiene por protagonistas a la naturaleza y a millones de hombres y mujeres que decidieron abandonar las supersticiones, las ilusiones, las interpretaciones falaces y los mitos para desvelar los secretos del universo. En la investigación solo se puede ser objetivos, factuales, neutrales, y leer un trabajo científico escrito en este estilo nos lleva a pensar que también el científico que lo ha escrito debe ser frío e insensible. Pero en su comportamiento «normal», los científicos «de verdad» son con frecuencia obsesivos respecto a su propio trabajo, al menos si desean obtener algún resultado importante, y es frecuente asimismo que, necesariamente, ignoren las implicaciones éticas y sociales (quien creó, por ejemplo, nuevas armas, desde la dinamita a la bomba atómica, muchas veces después se ha arrepentido, pero durante el período de ideación científica tales consideraciones, por necesidad, estaban ausentes).

El porqué de un acento

Hemos dicho que el perfecto científico loco habla con acento alemán o mitteleuropeo. La fascinación y el temor que el arquetipo del científico germánico sigue evocando aún hoy tienen un origen complejo.

Quien dio comienzo a este estereotipo fue, probablemente, la famosa novela de Mary Shelley, Frankenstein, o el moderno Prometeo(Frankenstein; or The Modern Prometheus, 1818), sobre la que volveremos luego más ampliamente (capítulo 1). La novela fue concebida por la autora tras unas vacaciones en Suiza, en el lago de Ginebra, en compañía de su marido Percy Bisshe Shelley, Lord Byron y otros. Aunque Mary Shelley era inglesa, tuvo la idea tras haber leído historias alemanas de género gótico; y el médico Victor Frankenstein –uno de los protagonistas de la novela, que además es quien crea al famoso monstruo–, es imaginado como un suizo alemán (nacido en Ginebra) que ha estudiado en la universidad de Ingolstadt, en Alemania. La novela fue en seguida un éxito, y ya en 1826 hubo una adaptación teatral3.

En 1886 apareció la novela El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde (Strange Case of Dr Jekyll and Mr Hyde), del inglés Robert Louis Stevenson, y en 1897 se publicó El hombre invisible (The Invisible Man), una narración de Herbert George Wells, dos obras que ponen en escena a unos científicos locos clásicos, pero no alemanes.

Quizá el estereotipo necesitaba a los nuevos mass media para afirmarse; en efecto, en 1910, los Edison Studios produjeron el cortometraje mudo Frankenstein, dirigido por J. Searle Dawley, y en 1915 se produjo una nueva versión cinematográfica, Life without Soul, dirigida por Joseph W. Smiley. Es de 1920 El gabinete del doctor Caligari (Das Cabinetdes Dr. Caligari), film mudo dirigido por Robert Wiene, en el que se descubre que el misterioso doctor Caligari es en realidad un psiquiatra de la pequeña ciudad alemana de Holstenwall. La película de 1927 Metropolis, dirigida por el director expresionista austriaco Fritz Lang, sitúa entre sus personajes al científico Rotwang, que influyó de manera decisiva en la iconografía del científico loco: alemán, con el pelo largo y gris, trabaja en un laboratorio lleno de aparatos eléctricos, que lanzan chispas a montones, y aparejos que producen mezclas químicas hirvientes; tiene una mano artificial cubierta por un guante negro, e intenta crear vida, para acabar –como Frankenstein– vencido y destruido.

Mientras todo esto ocurría en la ficción cinematográfica, la ciencia europea daba pasos de gigante. Los primeros treinta años del siglo XX fueron un período revolucionario, en particular para la física. Alemania fue uno de los centros más fecundos de lo que fue definido por el físico atómico Ernest Rutherford como «edad heroica de la física»: la formulación de la teoría de los cuantos presentada por Max Planck, la teoría de la relatividad de Albert Einstein, los modelos atómicos de Rutherford y de Niels Bohr y el principio de indeterminación de Werner Karl Heisenberg fueron solo algunos de los acontecimientos que marcaron los «treinta años que trastornaron la física»4. La escuela alemana, con 25 Premios Nobel de Física y Química obtenidos en pocos años, representó uno de los mayores puntos de referencia en el panorama científico internacional. Pero oscuras nubes se agolpaban sobre el futuro de Alemania y de sus científicos.

En efecto, a partir de los años 1930, muchos científicos alemanes de origen judío se refugiaron en el extranjero, sobre todo en Gran Bretaña y en los Estados Unidos, debido a las persecuciones raciales desencadenadas por el nazismo. El físico Max Born (Premio Nobel en 1954) y el químico Fritz Haber (Premio Nobel en 1918) emigraron a Gran Bretaña en 1933, seguidos por el psicoanalista Sigmund Freud cinco años más tarde; Einstein dejó Alemania y se trasladó a la universidad estadounidense de Princeton en 1933; Kurt Gödel, matemático, lógico y filósofo austriaco, se fue a vivir a los Estados Unidos en 1940; el mismo año emigraron también el fisiólogo Otto Loewi (Premio Nobel en 1936) y el bioquímico Otto Meyerhof (Premio Nobel en 1922). Leó Szilárd, John von Neumann, Eugene Wigner (Premio Nobel en 1963) y Edward Teller eran físicos húngaros que, como el alemán Viktor Weisskopf, emigraron a los Estados Unidos y entraron a formar parte del Proyecto Manhattan para la construcción de la bomba atómica. A este grupo de extraordinarios genios lo llamaban, irónicamente, el «clan de los húngaros».

Además de ser mitteleuropeos y que por lo tanto hablaban con un acento particular5 (al menos para los oídos de sus colegas y estudiantes norteamericanos o ingleses), algunos de estos científicos, que solían ser famosos docentes universitarios, manifestaban comportamientos más bien extraños. Por ejemplo, en Princeton, verdadera fábrica de genios, Einstein había adoptado un look excéntrico para un científico y catedrático con su fama, con ropa poco elegante y el cabello blanco, largo y despeinado; por su parte, Gödel sufría verdaderas neurosis, con hipocondría, obsesión por las dietas y por los ritmos intestinales, y además, miedo a los envenenamientos alimentarios que lo condujeron a morir de inedia. Asimismo, varios de estos científicos fueron asignados, como hemos dicho, por el gobierno norteamericano al Proyecto Manhattan para la construcción de la primera bomba atómica, contribuyendo así a la idea popular del científico loco presa de delirios de omnipotencia (destruir o dominar el mundo).

Después de la Segunda Guerra Mundial hubo otra oleada de científicos alemanes que emigraron a los Estados Unidos: el Office of Strategic Services estadounidense dio comienzo, en noviembre de 1945, a la llamada «Operación Paperclip», destinada a reclutar científicos alemanes que habían trabajado con los nazis, con el fin de evitar que sus conocimientos científicos –sobre todo en el campo de los misiles y en el nuclear– pudiesen acabar en manos de la Unión Soviética. En el período de la Guerra Fría fueron acogidos unos 2.000 científicos alemanes junto con sus familias. La operación había sido autorizada por el presidente Harry Truman con la condición de que estos científicos no hubiesen sido miembros o hubiesen apoyado activamente al partido nazi. Parece, aun así, que en varios casos el servicio creado para gestionar la operación retocó los currículums de los científicos para permitir su reclutamiento.

No es, pues, por casualidad que –sobre todo en los Estados Unidos– el científico alemán se haya convertido muy pronto, en la cultura popular, en un personaje estereotipado y convencional, con frecuencia ridiculizado y parodiado. Una breve enumeración de las parodias de los científicos locos del siglo XX revela que en la mayor parte de los casos son alemanes, o que, por lo menos, poseen un nombre que suena a germánico. Basta citar las películas El jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974, de Mel Brooks); ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964, de Stanley Kubrick); The Rocky Horror Picture Show (1975, de Jim Sharman), con el doctor Frank-N-Furter; o los dibujos animados Phineas y Ferb (Phineas and Ferb, 2007-2015), con el doctor Heinz Doofenschmirtz; o bien la reciente serie de televisión Breaking Bad (2008-2013), cuyo protagonista, un químico, se da como nombre de batalla «Heisenberg».

¿Locos o raros?

Llegados a este punto, es imposible no hacerse una pregunta: ¿el científico loco está loco de verdad, o es solo un poco raro, pero básicamente normal?

La psiquiatría reconoce enfermedades mentales como la esquizofrenia y la paranoia, cuyos síntomas más característicos son el delirio psicótico, las alucinaciones y la desorganización de los nexos lógicos y asociativos del pensamiento. Con todo, muchas personas pueden presentar alguno de estos síntomas y llevar una vida, en términos generales, «normal» –pero también viceversa–. Un criterio operativo para discriminar varias situaciones de sufrimiento mental consiste en valorar en qué medida estos síntomas interfieren en la vida de una determinada persona o de las personas que viven junto a ella. Por ejemplo, si creo haber inventado el movimiento perpetuo (lo que es obviamente imposible), pero esto no me impide llevar una existencia satisfactoria en los tres sectores básicos de la vida humana (trabajo, relaciones sociales, actividad mental), no estoy loco, ni tampoco lo estoy si lo que me sucede es que veo gnomos y les hablo, y aun así tengo una vida adecuada a mi contexto sociocultural. En cambio, si mis pensamientos, mis percepciones, mis comportamientos y mis impulsos se salen de los de las personas medias, y debido a ello no consigo «funcionar» como debería, o sufro y hago sufrir a otros seres humanos, en este caso es más apropiado afirmar que estoy aquejado por un trastorno mental.

Hay, por otra parte, trastornos graves que impiden llevar una existencia normal, aunque no se basen en síntomas psicóticos. Por ejemplo, una depresión profunda (que provoca un retiro social que me aísla de la sociedad), un trastorno límite de la personalidad (que me hace actuar peligrosamente para mí y para los demás) o un trastorno obsesivo-compulsivo o fóbico (que me impide salir de casa porque tengo miedo de las palomas o porque he de esterilizarme cada vez que vuelvo a ella) son situaciones de sufrimiento grave que, aun así, no pueden ser definidas de «locura» en sentido estricto.

Un intento de racionalizar estos conceptos se ha efectuado solo desde finales de la década de 1940, con la adopción de tests adecuados para valorar las principales características de la personalidad. El más conocido es el Minnesota Multiphasic Personality Inventory (MMPI), formado por centenares de preguntas y utilizado en el ámbito psicológico y psiquiátrico, que analiza los caracteres, ya sean normales o patológicos, de la personalidad (Donà, Micheluzzi, Moro, 2004; Granieri, 2007).

Debemos tener presente también el hecho de que el concepto de «normalidad» cambia según las épocas, los países, los grupos sociales... Quien hoy día sufre síntomas alucinatorios puede ser diagnosticado como consecuencia de una patología, pero, en cambio, en otras épocas o culturas podría haber sido reverenciado (o condenado) como chamán, brujo, etc. Ciertas comunidades, sobre todo si son cerradas, pueden adoptar normas de comportamiento extremadamente rígidas, y todo lo que se aleja de ellas es percibido como «desviación». Si tales normas están dictadas por preceptos o preconcepciones religiosas o políticas, se puede llegar a la pura intolerancia: piénsese en la discriminación hacia los homosexuales o hacia los inmigrantes (negros, asiáticos, meridionales6, etc.) que puede llevar a un verdadero racismo. Pero, sin llegar a tanto, basta que reflexionemos sobre el hecho de que cada grupo social posee sus propios códigos de conducta, sus propias reglas y sus propios conceptos de desviación en ámbitos como el vestuario, el lenguaje, etc. Es difícil imaginar, por ejemplo, que un notario se vista o hable como un fan del heavy metal (y viceversa).

Relacionada con la idea de «desviación» está la de «control social» de los comportamientos de los miembros de una sociedad y de su cambio social. El cambio social lo estudia la sociología y comprende tanto los comportamientos desviados, definibles como «criminales», como los que se alejan de los modelos normativos y de las reglas sociales y culturales de un determinado contexto social (Berger, Luckmann, 1969; Gurvitch, 1997).

De manera análoga, también el concepto de normalidad, en la ciencia, varía según las épocas. Los códigos deontológicos se han ido haciendo cada vez más perentorios, y sería casi imposible repetir hoy algunos de los experimentos, especialmente los del siglo XIX, que se describen en el presente volumen. Por esta razón la «época dorada» de los científicos locos va, típicamente, de los primeros años del XIX a mediados del siglo siguiente; con posterioridad, gracias también al concepto de lo «políticamente correcto», ha tenido lugar una redefinición de lo que es aceptable socialmente. Hoy, los experimentos médicos, que implican la utilización de cobayas humanos (por ejemplo, para testar clínicamente nuevos fármacos) deben disponer de un permiso preventivo de un comité ético, y los participantes han de firmar una declaración de consentimiento; el uso de cobayas animales está reducido al mínimo indispensable; y los experimentos de psicología social en los que, por ejemplo, se hace creer a unos sujetos que están en peligro grave, o en los cuales se los engaña colocándolos en situaciones de fuerte estrés, pueden, asimismo, ser prohibidos.

Así, pues, podemos afirmar que para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, muchos de los científicos de los que hablaremos a lo largo de este libro pueden parecer realmente locos, desde un punto de vista clínico, pero debemos tener presente, siempre, el contexto (lugar o período histórico) en el que se desarrollaron sus investigaciones. Tratar de devolver la vida a un cadáver usando cables eléctricos, por ejemplo, puede parecer hoy un absurdo patológico, pero en el siglo XIX, cuando el estudio de la electricidad estaba comenzando y la medicina moderna daba sus primeros pasos, llevar a cabo experimentos en este sentido no estaban, por tanto, tan fuera de lugar.

Quién sí y quién no

Es difícil decidir quién merece la calificación de científico loco. Un científico loco debería ser, sobre todo, un verdadero científico o, al menos, debería poseer un título académico reconocido. Tenderemos, por tanto a excluir a los aficionados y a los científicos improvisados, aquellos que infestan las páginas de internet proponiendo máquinas de movimiento perpetuo, artilugios para vencer la gravedad, y así sucesivamente. Se trata, por lo general, de seudocientíficos que imitan el lenguaje de la ciencia, muchas veces sin saber siquiera de lo que están hablando. Cuando se les hace notar sus errores, gritan aludiendo a complots contra ellos y recitan el papel de «genios incomprendidos».

Naturalmente, sucede también que importantes contribuciones a la ciencia se hayan debido a no profesionales. Después de todo, en la ciencia lo que cuenta son los hechos, y no la autoridad de quien los propone. Y también ha sucedido que científicos de verdad la hayan pifiado solemnemente. Pero, ya que la ciencia es obra colectiva de la humanidad, los errores, los fraudes, las teorías fantasiosas y los experimentos que nunca nadie ha sido capaz de reproducir, antes o después han sido descubiertos y corregidos, o sencillamente abandonados.

Así, pues, no incluiremos –aunque con pena, porque son muy interesantes– a los ignorantes presuntuosos y a los visionarios desinformados. De manera análoga, excluiremos a los científicos que han concebido fraudes de mala fe, para los cuales proponemos al lector otros volúmenes (Kohn, 1991; di Trocchio, 1993; 1997; Fuso, 2013), y tampoco queremos considerar los experimentos que han incluido dosis de sadismo obligado y extremo, como los realizados en varias ocasiones por los nazis en los campos de concentración.

Tomaremos en consideración, pues, básicamente, dos categorías:

En primer lugar, hablaremos de los científicos que, habiendo empezado con todos sus papeles en regla, en un determinado momento de su vida empezaron a manifestar claramente que tenían algún tornillo flojo, desarrollando manías, obsesiones absurdas y fijaciones patológicas, y cayendo en la más demente seudociencia, o bien –tristemente– en una verdadera enfermedad mental. Su fama anterior ha podido hacer difícil comprender plenamente su deriva.

En segundo lugar, nos ocuparemos de esos investigadores que nunca se han desviado hacia alguna patología, sino que, simplemente, han seguido una línea propia de investigación, sin preocuparse por las aparentes (para los profanos) rarezas a las que esta los llevaba, ni las convenciones sociales, las oportunidades políticas o los peligros implícitos en ella.

Para finalizar, una aclaración: no querríamos dar la impresión de que todos los científicos o casi todos están un poco chiflados. La mayor parte de ellos prodiga tesoros de inteligencia y creatividad en el estudio y en la investigación de soluciones a los problemas de la humanidad, o también en la investigación de base, sin la cual no podrían darse las aplicaciones posteriores de las que gozamos todos nosotros. Y de esto solo podemos estar agradecidos.

1. Últimamente, al difundirse la cultura científica a nivel de masas, han surgido también otros estereotipos. En efecto, si al científico loco se lo representaba como un genio solitario en una época en la que la cultura superior se reducía a una restringida élite, los científicos eran realmente pocos y estaban vistos con una mezcla de admiración y de temor, hoy el científico loco se ha democratizado y ha surgido la figura del nerd, un experto en ciencia, concentrado maniáticamente en su restringido campo de competencias, muy inteligente pero desgarbado en sus relaciones sociales, un poco patético, pero en el fondo simpático e inocuo. Y aun más recientemente está entrando en la lengua corriente el término geek, hoy menos negativo que hace tiempo, atribuido a quien posee una extraordinaria habilidad para las disciplinas técnicas, sobre todo para la informática.

2. Mitteleuropeos: habitantes de la Mitteleuropa, la Europa central o media. El término aparece o se refuerza entre fines del siglo XIX y comienzos del XX en la Alemania imperial, de intención o de hecho con una vocación integradora y expansionista, según las épocas, con connotaciones geográficas, políticas y geopolíticas, culturales y en parte lingüísticas. La Mitteleuropa englobaba teóricamente desde los mares Báltico y del Norte hasta los Alpes, y del río Rin al Bug. En su definición máxima, englobaría, además de Alemania, a Austria, Checoslovaquia, Croacia, Eslovenia, Hungría, Polonia, Liechtenstein, Eslovaquia, Luxemburgo, Suiza, Lituania, Estonia, Letonia, la Alsacia francesa, la Kaliningrado rusa, una porción de Bielorrusia, y partes de Rumanía, de Serbia, de Ucrania y del Alto Adigio. (N. del T.)

3. The Man and the Monster or the Fate of Frankenstein, de Henry M. Milner; fue representada por primera vez en el Royal Coburg Theatre de Londres en 1826.

4. Es el título del volumen de George Gamow (1966).

5. En los países anglohablantes, los genios del mal o los grandes antagonistas –quizá precisamente como recuerdo del período de la Guerra Fría– pueden tener a veces acento ruso: basta pensar en las películas protagonizadas por el agente 007, o en Rocky IV, cuyo protagonista se enfrenta con el boxeador ruso Iván Drago.

6. «Meridionales» es el nombre que se aplica en general a los habitantes de la mitad sur (a veces de los dos tercios meridionales) de Italia, contra los que se dan prejuicios y manifestaciones de racismo por parte de italianos del Norte. Este fenómeno, más acentuado o menos, existe también en España (del Norte hacia andaluces, manchegos, murcianos, etc.), en Francia (hacia los provenzales y corsos), en el Reino Unido (hacia escoceses, irlandeses, etc.). (N. del T.).

1. Como Frankenstein

Petrificadores de cadáveres y cadáveres momificados

Entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del XX vivió un pequeño número de investigadores, de científicos y de médicos que se dedicaron a experimentar métodos para la conservación indefinida de tejidos animales, e incluso de cuerpos humanos enteros, por medio de la llamada «petrificación», una actividad que el gusto por lo macabro del siglo XIX todavía toleraba, pero que hoy sería difícil llevar a la práctica por razones de «corrección política».

Por petrificación de tejidos animales se entiende comúnmente (pero de manera impropia) su transformación a dureza lapídea, obtenida gracias a varios métodos, pero sobre todo por impregnación con sales minerales. Hay que distinguirla, pues, del embalsamamiento –cuya única finalidad es conservar el cuerpo sin dejar que se descomponga, por lo general por períodos más breves, gracias a la utilización de sustancias fijativas o antisépticas– y de la taxidermia, es decir, la conservación de los hallazgos conservados en los museos (pieles de animales disecados, con reconstrucción de un esqueleto interno de madera y metal). La momificación, en cambio, consiste en un tratamiento más complejo, que suele comprender (si es artificial) la evisceración y deshidratación de los cuerpos, y que puede darse, a veces, también debido a procesos naturales en condiciones ambientales particulares. La técnica que más se acerca a la petrificación es, quizá, la llamada «preparación en seco», en la cual se aíslan partes anatómicas, por lo general huesos, músculos y cartílagos, y se dejan deshidratar hasta que asuman una consistencia coriácea.

Desde que comenzaron los estudios de anatomía humana, en los siglos XVI y XVII, se desarrollaron muchas técnicas para ilustrar los órganos humanos sin tener que recurrir cada vez a una autopsia: tablas anatómicas, modelos hiperrealistas de cera (algunos de los cuales alcanzaban niveles artísticos), preparaciones en alcohol y, a partir de la primera mitad del siglo XIX, preparaciones con fines museológicos y didácticos sobre órganos o aparatos. Estas últimas –por ejemplo, las todavía visibles en la Sala Antonio Scarpa del Museo per la Storia de la Universidad de Pavía– implicaban procedimientos más bien complejos, que incluían el aislamiento del órgano, su tratamiento con sustancias conservantes, deshidratación y, a veces, una inyección de material ceroso (Dubini, 1837).

La petrificación se incluye por sus propios méritos en esta serie. De todos modos, en cierto sentido, posee su propia historia. Los petrificadores solían operar fuera del ambiente académico oficial. Experimentaban sin revelar sus métodos, cambiando con frecuencia técnicas y recetas, rodeados de una aureola de misterio. Por ello eran objeto de un temor reverencial por parte de la población, hasta el punto de originar verdaderas leyendas.

Investigaciones inquietantes y macabras, secretismo y una cierta dosis de paranoia, desconfianza por parte de los ambientes científicos oficiales, intentos de contrarrestar el destino normal de descomposición de los cuerpos y, por tanto, de desafiar a la naturaleza… Y todo esto, junto al misterio acerca de la naturaleza clínica de sus técnicas, hace que los petrificadores tengan pleno derecho a verse incluidos en la categoría de los científicos locos.

El príncipe de Sansevero y las máquinas anatómicas

Entre los primeros petrificadores es obligatorio citar, aunque sea indebidamente, al célebre príncipe de Sansevero, Raimondo di Sangro (1710-71), que vivió en Nápoles en la primera mitad del siglo XVIII: militar, artista, impresor, ingeniero, masón, quizá alquimista. Inventor multiforme de fuegos artificiales, carrozas acuáticas y capas impermeables, parece ser que pudo reproducir el milagro de San Jenaro gracias a una sustancia que se disolvía como la famosa «sangre del santo»7. Los jesuitas no se lo perdonaron nunca –y es que jesuitas y masones nunca han ido demasiado de acuerdo–. (Cioffi, 1994; Capecelatro, 2000). Muy poco antes de que los jesuitas convenciesen al rey Carlos III de Nápoles de que prohibiese la masonería, Raimondo di Sangro se salió de la misma, retractándose de su fe masónica. Muchos masones lo consideraron un traidor, pero el rey, que en el fondo lo admiraba mucho, se limitó a hacerle una solemne admonición8.

En Nápoles se halla la capilla Sansevero, una de las obras de arte del Barroco tardío, llena de estatuas maravillosas y alegóricas y de símbolos difíciles de descifrar, hoy como entonces. Una de las piezas más interesantes, para nuestro libro, es el célebre Cristo velado, de Giuseppe Sanmartino, una estatua que representa a un cuerpo humano extendido, cubierto por lo que parece un velo o una tela sutil mojada, con un increíble efecto de transparencia. Tan increíble que alguien, relacionando la obra con los intentos de petrificación en acto en esos años, sostuvo que la estatua no se había obtenido de un bloque único de mármol, sino que Raimondo di Sangro había encargado al escultor solo el cuerpo, y que luego lo había cubierto con una tela de verdad impregnada de sustancias petrificantes, y que, en poco tiempo, había acabado siendo un bloque único con el mármol de debajo.

Los estudiosos serios no prestan crédito a estas leyendas. De hecho, existen bocetos preparatorios de la obra ya completos con la sábana; además, en la misma capilla se encuentra una segunda estatua velada, la Pudicizia (Pudicia), de Antonio Corradini, escultor que empleó también otras veces la misma técnica. En la práctica, se trata «solo» de un deslumbrante virtuosismo barroco.

Otras piezas famosas conservadas en la capilla son las «máquinas anatómicas» que están en el subterráneo, dentro de dos vitrinas de cristal. Se trata de dos esqueletos humanos, uno masculino y el otro femenino, sobre los cuales se ha reconstruido todo el sistema circulatorio, arterioso y venoso. Naturalmente, alrededor de estas impresionantes máquinas (expuestas en posición erecta, con ojos de cristal, semejantes a dos zombis) han florecido horribles leyendas: por ejemplo, que el príncipe de Sansevero las hubiese obtenido inyectando en las venas de sus criados, estando todavía vivos, una misteriosa solución metalizante. En realidad, las máquinas anatómicas no fueron construidas por él, sino por su médico de confianza, Giuseppe Salerno, el cual superpuso a los dos esqueletos auténticos una maraña de alambre, seda, bramante y cera de abejas coloreada. Que el procedimiento fue este ha sido confirmado por análisis recientes (Dacome, Peters, 2007) efectuados por medio de tomas. En particular, el sistema de los vasos sanguíneos alrededor del corazón presenta varios errores (Scarano et al., 2013): si fuesen órganos de verdad, se trataría de anomalías que nunca se han encontrado en la naturaleza.

Girolamo Segato y el misterio de la petrificación

Personalidad multifacética, cuya vida se vio marcada por múltiples intereses en varios sectores de la ciencia y de la cultura (fue un gran viajero, cartógrafo y naturalista), Girolamo Segato (1792-1836), nacido en Belluno [en el Véneto, N. del T.].

Fue realmente un espíritu ecléctico, hijo del siglo XVIII, clasificador y racionalista, curioso y desacralizador. Estudioso de química y mineralogía, volvió de sus viajes a Egipto con la pasión por la momificación y con la ambición de desafiar al tiempo, elaborando una técnica que permitiese la conservación de los cuerpos después de la muerte9.

Sus realizaciones están recogidas, hoy, en gran parte, en el Museo del Departamento de Anatomía, Histología y Medicina Legal de la Università degli Studi de Florencia, al que el Museo de Historia de la Ciencia de Florencia y el Museo Cívico de Belluno han confiado la conservación de sus restos. El procedimiento de aparente «petrificación» que Segato utilizó sigue envuelto aun hoy en el misterio («se llevó su secreto a la tumba»; véase Pocchiesa, Fornaro, 1992) ya que se obstinó en no revelarlo, pese a las críticas de sus contemporáneos y de numerosos intentos de imitación. Algunos preparados parecen estar impregnados de sustancias minerales, mientras que otros solo deshidratados. Se han hecho famosos un busto de mujer joven, una mesita en la que el taraceado, en vez de con fragmentos de minerales, está constituido por secciones de órganos humanos, y una caja con otras piezas, entre las que hay secciones de úteros, riñones y una hermosa raja de salchichón…

Segato fue famosísimo en su tiempo, y se le dedicaron obras teatrales y odas en verso. Vivió los últimos años de su vida en Florencia, y está sepultado en Santa Croce, entre los grandes de la patria, junto a Miguel Ángel y a Maquiavelo.

Un congreso titulado «El secreto de los cuerpos», celebrado en 2006 en la Facultad de Medicina y Cirugía de la Università degli Studi de Florencia10, ha vuelto a relanzar la figura y la obra de este científico. En la actualidad se han reunido y clasificado varios de sus preparados además de restaurarlos, al haber sufrido graves daños durante las inundaciones de 1966.

Paolo Gorini, entre positivismo y Scapigliatura11

Nacido en Pavía, pero de Lodi de adopción [ambas localidades de Lombardía, N. del T.], Paolo Gorini (1813-1881) legó su nombre y su fama a la ciudad que lo acogió, y que poco después del fallecimiento del estudioso erigió un monumento en su honor, que todavía hoy se halla frente al Ospedale Vecchio, y que sigue restituyendo, a quien lo observa, la mirada a la vez severa e irónica del experimentador.

Llegó a Lodi en 1834 como profesor de física en el Liceo Comunale. Gorini pidió y obtuvo del gobierno austriaco [la Lombardía era entonces de Austria-Hungría. N. del T.] la jubilación en 1857, con poco más de 40 años, cuando el Liceo se convirtió en Imperial. Gorini desarrolló actividades de investigador y divulgador en el campo matemático, geológico y anatómico, manifestando, en especial, un vivo interés por la conservación y disolución de la materia orgánica.

Instaló su propio laboratorio en Lodi, en la iglesia desacralizada de San Nicolò, en la que –en un ambiente adecuadamente tenebroso– llevaba a cabo experimentos sobre el origen de los volcanes y trataba cadáveres, rodeado por sus realizaciones anatómicas y por grandes recipientes con líquidos petrificantes. Además, en la misma Lodi, donde era muy conocido –admirado y temido en igual medida–, construyó el primer horno crematorio de Italia.

Gorini, que hoy podría encarnar perfectamente la figura del científico loco, en su tiempo era famosísimo. Cuando murió en 1881, se declaró un día de luto nacional.

Las anécdotas sobre él son innumerables. Alto, flaco, con una gran barba blanca y un largo abrigo oscuro, se paseaba por Lodi haciendo caridad con los pobres, pero era mucho más frecuente que diese la vuelta a los bolsillos para demostrar que estaba sin dinero. En su laboratorio poseía una mesita cuyas patas eran piernas humanas de verdad, y cuando quería gastar una broma a quien iba a visitarlo, parece ser que ataba un cadáver petrificado a un sistema de cuerdecitas que le permitía acercarse cuando se abría la puerta. Afirmaba que se encontraba más a gusto con los muertos que con los vivos, pero le gustaban también los animales: compartía el desayuno con un gato, al que le dejaba su plato. Dice la leyenda que habiendo matado por equivocación una serpiente, arrepentido, la hizo volver a la vida.

Pero las empresas que dieron una especial fama a Gorini fueron las petrificaciones, en 1872, del gran patriota y conspirador Giuseppe Mazzini (Luzzatto, 2001) y, dos años después, del escritor milanés Giuseppe Rovani. En este caso, como observa Alberto Carli (2004), el científico se unió fuertemente a las tensiones creativas que movieron a parte de la literatura italiana de la época: la figura y la obra de Gorini parecen, en efecto, mezclarse con las prosas y los versos del movimiento literario de la Scapigliatura que, entre lecciones de anatomía, sugestiones baudelerianas y un interés especial por la naturaleza, incluso en sus aspectos más deformes y patológicos, iba desarrollándose en aquellos años en Milán.

La Colección Anatómica Paolo Gorini, en el Hospital Viejo de Lodi, acoge hoy lo que queda de una colección más amplia que el científico reunió durante su vida: los numerosos preparados expuestos dan fe de un estudioso perfectamente insertado en el milieu científico positivista de la segunda mitad del siglo XIX. Son ejemplos de esto el cuerpo de Pasquale Barbieri, preparado en 1843, que reposa, aun incorrupto, entre las paredes del Hospital Viejo, y los dos recién nacidos petrificados que Gorini envió a Milán para que fuesen examinados por una comisión presidida por la Academia de Ciencias y Letras (hoy Instituto Lombardo de Ciencias, Letras y Artes). Así, pues, la colección goriniana no debe entenderse como un museo del horror, sino más bien como una colección científica de primera importancia y un bien histórico, testigo valioso de una Lodi del pasado (Carli, 2003).

La pasión y la perseverancia del actual conservador del Museo, Alberto Carli, han hecho posible la realización del primer catálogo de la colección (Carli, 2005), que incluye una rica documentación fotográfica e importantes aportaciones. En el Archivo Histórico de Lodi y en la Biblioteca Municipal, además, se han encontrado recientemente algunos manuscritos inéditos de Luigi Rovida, que fue amigo de Gorini y su médico personal, que incluyen, de manera bastante detallada, los métodos del petrificador, quien se los confió en los últimos años de su vida12.

Francesco Spirito y la colección de piezas anatómicas

El último petrificador al que tomamos en consideración fue el napolitano Francesco Spirito (1885-1962), nombrado director de la Clínica de Obstetricia del Ateneo de Siena en 1928; obtuvo numerosas condecoraciones en la guerra, fue director de la Facultad de Medicina de Siena (1932-34 y 1938-39), presidente de la Academia de los Fisiócratas de Siena (1934-44 y 1952-60), y luego rector de la Universidad de Siena de 1939 a 1943.

El proceso de petrificación experimentado por Spirito consiste en una serie de fases de deshidratación de los tejidos y tratamientos de decoloración y desgrase, antes de llegar a la impregnación de las piezas anatómicas con una solución de silicato de potasio, compuesto químico gracias al cual «la masa asum[e] un aspecto y una consistencia lapídea que […] con la evaporación se convierte en una masa vítrea transparente» (Spirito, 1951).