El club de los milagros - Mitch Horowitz - E-Book

El club de los milagros E-Book

Mitch Horowitz

0,0
7,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Siguiendo los pasos de un grupo poco conocido de buscadores esotéricos de finales del siglo XIX, bautizados ellos mismos como 'el Club de los Milagros', Mitch Horowitz afirma que las prácticas espirituales cuyo objetivo es 'cumplir tus deseos' conocidas como pensamiento positivo, ley de la atracción, y representadas en libros como El Secreto y La ciencia de hacerse rico realmente funcionan. Entrelazando estas ideas en una fórmula clara y concisa, y con ejemplos extraídos de sus vivencias personales en las que logró conseguir el éxito, Horowitz nos revela el poder de los pensamientos para influir en la realidad y hacer que aquello que deseamos se cumpla. En este 'manual para hacer milagros', Horowitz argumenta que cada uno de nosotros posee una voluntad creativa para determinar y remodelar nuestra vida, y que el hecho de pensar de una manera centrada, exclusivamente enfocada y con una intensa carga emocional expande nuestras capacidades de percepción y transformación respecto a los acontecimientos y nos permite superar los límites ordinarios del tiempo y el espacio físico. Partiendo de la perspectiva de Neville Goddard en la que nuestra imaginación es el Dios creador y de las técnicas de Ralph Waldo Emerson para lograr el crecimiento interior como individuos, Horowitz explora los usos más elevados de la metafísica del poder de la mente y explica con claridad lo que realmente funciona y lo que no. Además de encaminarte hacia una dirección concreta donde puedas manifestar tus deseos más profundos, desde la riqueza y el amor hasta la felicidad y la estabilidad, Horowitz proporciona en este libro ejercicios muy concretos y herramientas específicas para que consigas un cambio en tu vida y para que puedas beneficiarte mucho más de la oración, la afirmación y la visualización. El autor también ofrece la primera reconsideración rigurosa sobre la filosofía del Nuevo Pensamiento desde la muerte de William James en 1910 y alienta a los lectores a unirse a él en la búsqueda de los milagros. 'Trata las ideas y los movimientos esotéricos con una diligencia intelectual imparcial que a menudo se pierde hoy en día cuando los manifestamos en voz alta'. The Washinton Post.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 344

Veröffentlichungsjahr: 2020

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Si este libro le ha interesado y desea que le mantengamos informado de nuestras publicaciones, escríbanos indicándonos qué temas son de su interés (Astrología, Autoayuda, Ciencias Ocultas, Artes Marciales, Naturismo, Espiritualidad, Tradición...) y gustosamente le complaceremos.

Puede consultar nuestro catálogo en www.edicionesobelisco.com

Colección Psicología

EL CLUB DE LOS MILAGROS

Mitch Horowitz

1.ª edición en versión digital: noviembre de 2019

Título original: The Miracle Club

Traducción: Diana Tarragó

Maquetación: Marga Benavides

Corrección: M.ª Jesús Rodríguez

Diseño de cubierta: Enrique Iborra

© 2018, Mitch Horowitz

Publicado por acuerdo con Inner Traditions a través de International Editors Co., España

(Reservados todos los derechos)

© 2018, Ediciones Obelisco, S.L.

(Reservados los derechos para la presente edición)

Edita: Ediciones Obelisco S.L.

Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida

08191 Rubí - Barcelona - España

Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23

E-mail: [email protected]

ISBN EPUB: 978-84-9111-546-5

Maquetación ebook: leerendigital.com

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Índice

 

Portada

El club de los milagros

Créditos

Prólogo

Capítulo uno. Una idea útil

Capítulo dos. El poder para el pueblo

Capítulo tres. Sois dioses

Capítulo cuatro. Métodos para desarrollar el poder de la mente

Capítulo cinco. Cómo hacer un milagro

Capítulo seis. Metafísica y moral

Capítulo siete. La mística de la clase trabajadora

Capítulo ocho. La ética de hacerse rico

Capítulo nueve. Por qué los críticos se equivocan

Capítulo diez. El hombre espejo

Capítulo once. Por qué funciona

Epílogo. El Club de los Milagros

Créditos y agradecimientos

Mitch es simplemente brillante.

DAVID LYNCH

La metafísica puede ser peligrosa si nos centramos solamente en ella; en lugar de eso, deberíamos confiar más en los resultados que pueda verbalizar un hombre o una mujer de mundo, cuyo análisis interno debe corregirse mediante la dilatada experiencia. Así pues, la metafísica debería ser reafirmada continuamente por la vida; debería ser fruto de las observaciones de un trabajador más de entre los trabajadores; debería ser una biografía…

RALPH WALDO EMERSON,

Powers and Laws of Thought

Dedicado a todos los trabajadores del mundo

En memoria de HELEN WILMANS

Ralph Waldo Emerson hizo un llamamiento para una «filosofía para el pueblo», una guía sencilla, dinámica y veraz que empoderara a la gente y que enseñara a vivir éticamente. Ésta es mi respuesta a esa llamada. Mi objetivo ha sido aportar un nuevo matiz de madurez a la filosofía moderna más popular (y denigrada) de todas: el pensamiento positivo o Nuevo Pensamiento, una filosofía que creció en parte a raíz de la obra de Emerson y que se ha propagado, adquiriendo diferentes formas y disciplinas, en nuestra vida moderna. El principio básico de la metafísica del pensamiento positivo es el siguiente: los pensamientos son causativos. Considero esta perspectiva como «transcendentalismo aplicado», y lo que hago en este libro es explorarla en términos prácticos.

He bautizado a esta obra como El Club de los Milagros en honor a mis ídolos que lo fundaron. Fueron hombres y mujeres de finales del siglo XIX y principios del siglo XX que abrieron paso a la espiritualidad práctica para la gente de a pie y que dedicaron años de búsqueda y experimentación personal con el objetivo de destilar métodos simples y efectivos que permitieran mejorar nuestra realidad y nuestras posibilidades en el día a día. El término «Club de los Milagros» tiene sus raíces más antiguas en un grupo de buscadores espirituales esotéricos que se reunieron en 1875 en la ciudad de Nueva York para explorar lo inefable. Ese mismo año, uno de los fundadores del club recibió una carta misteriosa que decía: «No abandones el club. PRUÉBALO». Este libro es, en varios aspectos, una reanudación de sus esfuerzos. Para mí los milagros son básicamente circunstancias o acontecimientos que sobrepasan toda expectativa convencional o natural. Te invito, pues, a que me acompañes en la búsqueda de estas posibilidades en tu propia vida, y no solamente a través de ideas, sino también a través de un método mucho más directo que encontrarás al final de este libro.

Al marcarme estos objetivos me niego a evadir la pregunta a la que toda filosofía ética y espiritual debería enfrentarse: ¿Realmente funciona? Sí, la metafísica de la mente funciona y es una filosofía de resultados. Si decides acompañarme hasta el final a través de mi experimentación en este libro (y si sigues estas ideas y métodos como si tu vida y tu felicidad dependieran de ello, que probablemente sea así), podrás comprobar los resultados basándote en tu experiencia de la realidad cotidiana y en cómo afecta tu conducta a los demás. Cuando nos referimos a una filosofía práctica, la única base es la propia experiencia.

A pesar de todos los cambios importantes que ha experimentado nuestro estilo de vida durante estos últimos 150 años, desde el auge y la caída de las ideologías políticas hasta los avances en medicina y la revolución tecnológica, la esencia de la identidad humana que expresó Shakespeare sigue manteniéndose intacta: cada uno de nosotros «juega su papel» viviendo y luchando hasta el «mero olvido».

A veces ocasionamos una oleada de cambios en nuestro entorno, que atribuimos a Dios o a un poder superior, alcanzamos esa meta que tanto deseábamos y a la vez sufrimos también tragedias que alteran nuestras vidas. Pero normalmente nos dejamos guiar por un patrón común.

Sin embargo, una idea moderna ha desafiado este patrón de vida. Esta idea sugiere que no somos «meros jugadores», sino que poseemos también una voluntad creativa capaz de condicionar y remodelar nuestras vidas. Aparte, también nos ofrece una visión de los avances tecnológicos, científicos y sociales no sólo como revoluciones en sí mismas, sino como expresiones de aptitudes y capacidades que surgen como respuesta a la aspiración humana. A nivel más personal, esta idea puede llegar a salvarte cuando sientas que tu destino es irremediable, y esta idea es la siguiente: los pensamientos son causativos.

Esta filosofía surgió inicialmente de las tradiciones de la curación mental y el transcendentalismo de Nueva Inglaterra a mediados del siglo XIX y llegó a ser conocida como el «Nuevo Pensamiento». En este libro defiendo que, a pesar de todas sus limitaciones y de haber sido denigrada y tildada por la crítica como un dogma de ilusiones engañosas, las ideas del Nuevo Pensamiento en esencia son reales y pueden probarse a través de la experiencia personal de cada uno. Éste es un libro práctico.

También sostengo en este libro que el Nuevo Pensamiento se ha estancado, ya que es una filosofía que lleva sin madurar desde 1910, el año en que murió el filósofo William James. James puso todo su empeño en intentar demostrar que los pensamientos poseían propiedades generativas y en su época escribió sobre «la religión de la mentalidad sana» como investigador y crítico simpatizante. Hoy en día, sin embargo, la cultura del Nuevo Pensamiento, más conocida en general como pensamiento positivo o ley de la atracción, suele caracterizarse por su lenguaje y temperamento incondicional e infantil y no está respaldada por ninguna base científica. En este sentido los críticos tienen razón, pero no del todo. Para poder fundamentar una opinión uno primero debería experimentar; pero es imposible que la experiencia haga mella en aquellos más devotos básicamente porque, en primer lugar, no están dispuestos a experimentar con este tipo de ideas. La mayoría de periodistas y psicólogos están formados para concebir la propia experiencia como una herramienta de indagación no fiable y engañosa (en este aspecto el campo de la medicina ha demostrado ser mucho más abierto, como podremos comprobar más adelante).

El periodista literario Lewis Lapham sería un buen ejemplo, ya que él fue uno de los periodistas que reforzaron la tendencia intelectual que predomina hoy en día en la que probar las ideas espirituales prácticas es, básicamente, una pérdida de tiempo. En 1968, Lapham visitó el norte de la India para acompañar a los Beatles en su estada en elmonasterio de Maharishi Mahesh Yogi, el fundador del movimiento Meditación Transcendental. Lapham era uno de los fundadores del «Nuevo periodismo» (aunque él no utilizaba ese término), un nuevo enfoque del reportaje que pretendía incluir un elemento claramente participativo. En uno de sus artículos para el Saturday Evening Post titulado «There Once Was a Guru from Rishikesh», que constaba de dos partes y que fue ampliamente leído, hablaba sobre el carismático gurú barbudo y su propagación de la Meditación Transcendental de forma muy despectiva. Sin embargo, a Lapham nunca se le pasó por la cabeza utilizar los medios más básicos y simples que tenía a su alcance para comprobar si realmente aquel hombre con túnica que vendía felicidad era tan sospechoso como creía; es decir, sentándose sobre un cojín para probar la técnica de la Meditación Transcendental. Si uno quiere, aprenderse un mantra, el instrumento más básico de la Meditación Transcendental, es tan fácil como sacarse el carnet de conducir (y en ese determinado momento y lugar más aún).

En 2017, prácticamente cincuenta años después de su visita, le pregunté a Lapham, un hombre gentil y agradable, si había aprendido a meditar cuando estuvo en Rishikesh o en alguna otra ocasión. Él me respondió: «Ni siquiera estando en Rishikesh llegué practicar la Meditación Transcendental, y aunque Maharishi me llegó a enseñar un mantra fui incapaz de utilizarlo como un camino hacia las estrellas». No percibí en él ni una pizca de curiosidad por aprender más sobre aquello que precisamente juzgó.

El periodista Tom Wolfe demostró la misma actitud pasiva de no intervenir en uno de sus reportajes sobre tendencias espirituales. Wolfe había expresado en privado cierta simpatía por la Nueva Era o la espiritualidad terapéutica, y aun así evitó en todo momento participar en las búsquedas espirituales de la Era de Acuario, a pesar de haber escrito sobre ellas en los años sesenta y principios de los setenta. Lo que él realmente temía era que cualquier tipo de asociación con prácticas como el Zen, el yoga o la Meditación Transcendental le haría perder credibilidad en los círculos de escritores. Una vez más, la experiencia no se contempló como medio de investigación.

Este libro no trata de exponer argumentos a favor o en contra de un determinado estilo de reportaje o crónica social, sino más bien sobre la necesidad de participar en las ideas éticas y espirituales. Aquellos lectores que quieran profundizar en un análisis más exhaustivo sobre la filosofía del pensamiento positivo y su historia les recomiendo One Simple Idea, uno de mis libros anteriores. Este libro, en cambio, es muy diferente: es una guía práctica.

Como he mencionado anteriormente, la idea más innovadora que encontramos en la actualidad afirma que los pensamientos son causativos; y esto es un hecho. La naturaleza de este enfoque es espiritual o no física, aunque hay variantes religiosas de la misma. Como habrás podido intuir por mis palabras, no me limito simplemente a contemplar esta idea a través de un cristal, sino que también la comparto. He asistido a muchas reuniones con productores, reporteros, entrevistadores e intelectuales religiosos cuyas conversaciones siempre terminan derivando en una inevitable pregunta: «¿Tú no crees en esas cosas, ¿verdad?» Sí, creo en ellas. Y también creo, como lo hicieron los pioneros del Nuevo Pensamiento, que existe una fina línea que separa la experiencia mental y la experiencia metafísica; y con metafísica me refiero a la existencia de influencias metafísicas que acompañan y complementan nuestros actos cognitivos y motores. Creo también que pensar de manera centrada, exclusivamente enfocada y con una determinada carga emocional, puede aumentar nuestra capacidad de percibir y concretar acontecimientos y puede conectarnos con un campo intangible de la existencia que sobrepasa los límites de lo que conocemos comúnmente como tiempo y pensamiento. Este enfoque no es tanto una doctrina personal, sino más bien una cadena de experimentación. Te invito, entonces, a que me acompañes a través de estos experimentos hasta llegar a su culminación en el último capítulo, y es allí cuando aventuro una teoría sobre lo que realmente y mecánicamente ocurre cuando intentamos emplear la voluntad generativa del pensamiento.

Antes de continuar me gustaría aclarar lo siguiente: el hecho de sugerir una conexión entre el individuo y un determinado tipo de aptitud mental superior no significa que solamente esté sucediendo «eso» (una ley del pensamiento) en tu vida; pueden estar ocurriendo simultáneamente una gran cantidad de sucesos, ya sean biológicos, mecánicos o metafísicos, ya que vivimos bajo la influencia de muchas leyes y fuerzas. Y el impacto de la mente es, efectivamente, una de ellas. Por ejemplo, comparemos la mente con la gravedad: aunque la ley de la gravedad siempre esté operativa está mitigada por otras leyes, como sería la masa; así pues, la gravedad no se experimentará de la misma manera en la Luna que en la Tierra o en Júpiter. Lo mismo ocurre con la mente: los acontecimientos y realidades que ocurren a nuestro alrededor son vitales.

Es más, un acontecimiento puede ser sintomático de otro. Algunos periodistas científicos, por ejemplo, sostienen que lo que «ocurre» durante la respuesta placebo es una liberación de endorfinas para aliviar el dolor. Sin embargo, ocurren tantas cosas durante el período de expectativa positiva que a veces lo que precede es un alivio físico. Entre las más mesurables se encuentra la producción de anticuerpos, la lucha contra los patógenos, el fortalecimiento de la inmunidad y la reducción de la inflamación. También se podría argumentar que estos y otros sucesos físicos serían, tras un período de intensa oración, meditación o fortalecimiento de la moral, la viva imagen de la curación mental y la plegaria religiosa en el cuerpo.

La pregunta «qué ocurre» es igual de intrigante en cuanto a salud psicológica. Muchos psiquiatras se han percatado de que las expectativas de una persona de poder superar una depresión son un factor clave para poder experimentar una recuperación en sí. He sido testigo de cómo alguien empezó a recuperarse psicológica y emocionalmente en el momento en el que se comprometió a someterse a un tipo de tratamiento de choque (como la terapia electroconvulsiva o la hospitalización); básicamente empiezas a experimentar alivio antes de que empiece siquiera el tratamiento. Conozco personalmente casos en los que el tratamiento en sí fue totalmente innecesario o más efectivo de lo esperado, ya que el paciente había empezado a mejorar desde el momento en que tomó la determinación y antes incluso de someterse a ningún tratamiento. Los terapeutas han observado que el compromiso en sí y la fuerza de voluntad que representa afrontar un problema con todas tus fuerzas es terapéuticamente muy significativo. El sentido de voluntad moral que experimentas al cruzar un umbral, es decir, cuando te comprometes a darlo todo para solucionar un problema, puede equivaler a haber encontrado la solución. Así pues, podríamos afirmar que el acto mental es el catalizador.

Quiero que este libro sea útil, aunque, por supuesto, no ignoro la existencia de muchas otras guías útiles y prácticas sobre el Nuevo Pensamiento. Entonces, ¿qué necesidad tenía de escribir otra? Eso se debe, como he aludido anteriormente, a que el Nuevo Pensamiento se ha estancado, o más bien su temperamento y su discriminación. Sus ideas aparecen en muchas obras de gran relevancia, desde The Science of Mind de Ernest Holmes hasta Piense y hágase rico (Think and Grow Rich) de Napoleon Hill y Resurrection de Neville Goddard (personalmente mi favorito). Algunos libros recientes de personalidades como Deepak Chopra y Gregg Braden han vinculado el Nuevo Pensamiento con los avances en la teoría cuántica. Pero su filosofía ha preferido evadir sus problemáticas más complejas en vez de enfrentarse a ellas, como serían: la persistencia de la catástrofe, el deterioro físico inevitable y los episodios de fracaso y enfermedad incluso en entornos donde prevalece la esperanza, un espíritu de superación y la moral. Y por encima de todo, el Nuevo Pensamiento no ha sido capaz de desarrollar una teología del sufrimiento ni de tratar seriamente los vacíos e inconsistencias en sus ideas. Como resultado, a menudo se refugia en versiones chapuceras del karma para justificar las excepciones de su particular punto de vista o defiende que un pensamiento de hace mil años puede afectar a alguien en la actualidad, lo que equivaldría básicamente a admitir esa aleatoriedad de la vida que la propia filosofía se esfuerza tanto en rechazar.

A un nivel más individual, algunos entusiastas del Nuevo Pensamiento todavía siguen utilizando el recurso de culpar a la víctima, justificando directa o indirectamente que si alguien padece una enfermedad o ha sufrido una catástrofe es porque algo no estarían haciendo «bien» con sus ondas de pensamiento u oraciones positivas. A los partidarios del Nuevo Pensamiento les molesta que alguien les recuerde que siguen utilizando este recurso, aunque es totalmente cierto y yo he sido testigo de ello.

También es necesario añadir que la cultura del Nuevo Pensamiento, por todas sus verdades y su abrumadora influencia en la vida moderna (a menudo bajo nombres diferentes y sin referenciar su fuente original), ha demostrado a veces un nivel de madurez muy bajo. Muchos oficios en las iglesias vinculadas al Nuevo Pensamiento son más parecidos a asambleas motivacionales o a fiestas de cumpleaños infantiles con llamamientos a los asistentes desde el púlpito como: «¿No os lo estáis pasando mejor que nunca?». Por supuesto, los eslóganes baratos no tardaron en llegar: «Hay que machacar a esos pesimistas». La gran mayoría de escritores del Nuevo Pensamiento, salvo algunas excepciones de escritores serios como Harvey Bishop y David Spangler, se empeñan en ignorar la historia política, religiosa y social y en ofrecer una interpretación ahistórica y socialmente irrelevante.

Al haber trabajado como escritor y editor dentro de la cultura de la metafísica durante tanto tiempo, a menudo suelen preguntarme: «¿Y actualmente en qué libros o escritores del Nuevo Pensamiento o del campo del pensamiento positivo estás interesado?». Realmente en pocos, muy pocos. Los estándares de muchos de los autores actuales que escriben sobre metafísica y autoayuda espiritual me dejan bastante indiferente. Conozco de primera mano muchos casos en los que los autores crean personajes «compuestos», un recurso bastante pobre de incorporar acontecimientos de la vida de los demás en una sola persona con el afán de aumentar artificialmente la sensación de sincronía y dramatismo. He sido testigo también de cómo algunos autores comprimían o cambiaban las líneas de tiempo, y no precisamente con la finalidad de contar una historia de una forma más elegante, sino para inflar un conjunto de hechos y dar así la impresión errónea de que los acontecimientos se desarrollaron más rápidamente o simétricamente de como en verdad ocurrieron, o que pasaron en un orden diferente (sugiriendo, por ejemplo, la ausencia de una recaída en el proceso de recuperación de una adicción). Por último, hay muchos autores que alteran nombres y lugares supuestamente para «proteger» su privacidad cuando en realidad lo que hacen es protegerse a ellos mismos ante un posible escrutinio o verificación de sus historias.

Estos recursos que acabo de exponer se popularizaron en 1977 a raíz de que el escritor de novelas de misterio Scott Turow publicara sus memorias durante su primer año en la Escuela de Derecho de Harvard, One L. A su favor diré que Turow utilizó estas estrategias de manera transparente y con un claro propósito; y a los lectores les encantó la dinámica de intentar averiguar sobre quién estaba hablando. Ese enfoque encajaba perfectamente con un determinado esfuerzo para lograr un propósito en concreto y en ningún caso fue empleado ni debería emplearse nunca como un recurso común en la literatura de la «no ficción» o en el desarrollo de una narración espiritual. Sin embargo, y en lo que a mi campo de ensayo atañe, este recurso se ha explotado bastante.

Sondeando opiniones sobre literatura espiritual popular, una vez me topé con un lector avispado que cuestionó en una de sus críticas en Amazon: ¿Dónde han quedado hoy en día aquellos «milagros» que antes parecía que abundaban en los libros antiguos sobre el Nuevo Pensamiento? ¿Qué ha sido de aquellas señoras mayores de Dubuque, Iowa, que escribían a autores como Joseph Murphy, el autor del best sellerEl poder de la mente subconsciente (The Power of Your Subconscious Mind) de 1963, para celebrar su éxito apoteósico tras haber puesto en práctica uno de sus principios para hacerse rico? La verdad es que no estoy muy seguro de tener una respuesta convincente. Tal vez Murphy y otros autores se beneficiaron de una cultura anterior a la era digital en la que poner en duda afirmaciones, investigar los procedimientos seguidos y verificarlos era mucho más complicado; una época en la que inventarse cosas para un escritor era, simple y llanamente, mucho más sencillo. El honorable pastor protestante Arthur Caliandro, el sucesor directo del reverendo Norman Vincent Peale en la Marble Collegiate Church de Manhattan, reconoció ante mí de forma muy espontánea que Peale, el autor de El poder del pensamiento tenaz (The Power of Positive Thinking), a veces «endulzaba» sus historias y sermones. Todos y cada uno de los que formamos parte de la cultura del pensamiento positivo deberíamos afrontar esta realidad. Más adelante en este libro, de hecho, reproduzco y respondo a una de las varias cartas honestas que le escribieron a Joseph Murphy tras su muerte cuyos lectores consternados se preguntaban por qué sus métodos para hacerse ricos y mejorar su salud no habían funcionado.

Me gustaría ser lo más transparente posible en cuanto a la parte menos conocida de nuestra historia. Sin embargo, nada de eso debería representar un motivo de desaliento o discusión, ya que a pesar de sus limitaciones y de la incursión de afirmaciones exageradas o edulcoradas, los métodos modernos del poder de la mente tienen su validez. William James dedicó sus últimos años de vida (no exclusivamente pero sí en parte) a estudiar y tratar los métodos del Nuevo Pensamiento y de filosofías similares. Se tomó muy en serio este enfoque, y yo no voy a ser menos. Esconde una verdad, y juntos recuperaremos el tono y la madurez que caracterizó la búsqueda espiritual de James y si es necesario volveremos a demostrar las cosas. Para empezar, prometo lo siguiente: nada de lo que encontrarás en este libro ha sido edulcorado, manipulado, exagerado u ocultado para servir algún propósito en concreto.

Para terminar, quisiera añadir un último apunte sobre el lenguaje. Algunos compañeros me han advertido que determinados términos como «pensamiento positivo» suenan anticuados y están pasados de moda y que, por ende, es posible que al emplearlos lo que consiga sea ahuyentar a un público joven o más culto. Probablemente tengan razón, pero el «poder del pensamiento positivo», el título del libro de 1952 de Peale, ha incidido en la mente del público hasta tal punto que la mayoría de la gente hace una asociación inmediata con él. Es simple, y por esa razón, por muy anticuada que sea, he decidido seguir utilizando la terminología de Peale.

Si yo mismo o cualquier otra persona sugiere otros términos más concisos e innovadores, estaré abierto a ellos. He utilizado el término «transcendentalismo aplicado» en la introducción del libro, aunque dudo mucho que mi tía Lois lo dé por bueno. Recelo también de términos antiguos y obsoletos como ESP (las siglas en inglés para percepción extrasensorial), Nueva Era y ocultismo simplemente porque han sido objeto de duras críticas y uno aspira a llegar a un nivel más «respetable». Todos los términos mencionados anteriormente poseen integridad histórica y claridad cultural y, por lo tanto, no me dejaré disuadir por la terminología al explorar la razón por la cual el pensamiento positivo, lejos de pertenecer a un pasado anticuado, puede que sea la idea más innovadora y útil que exista en la actualidad.

Se podría decir que mi ídolo filosófico es el británico Neville Goddard. Neville fue un maestro del Nuevo Pensamiento nacido en Barbados que escribió bajo su nombre de pila. En una de sus visiones personal pudo escuchar las siguientes palabras: «¡Muerte a la realeza!». Para Neville, que falleció en 1972, los privilegios no pertenecían a los ricos, sino a aquellos realmente creativos.

Mucha gente asumió que por el hecho de haber crecido en Inglaterra y por sus elegantes modales provenía de una familia rica, aunque no fue así. De la misma manera, son muchos los que me juzgan por mi pasado en Nueva York y mi apellido y llegan a la misma conclusión. Hubo una vez un conductor de autobús escolar que, al enterarse de que vivía en una urbanización a las afueras de la ciudad con nombres de calles tan llamativos como Royal Way o Regents Lane, me dijo: «Vaya, eres un niño rico, ¿eh?»; otra situación similar se repitió cuando un escritor bastante malhumorado con quien trabajé una vez (y sólo una vez) me llamó «muchacho universitario» refiriéndose a lo mismo.

No suelo hablar nunca de ello, pero ésta es la verdad: mi padre ejerció como abogado de la Legal Aid Society en Nueva York defendiendo a los más pobres de entre los pobres. Por razones ajenas a su voluntad terminó perdiendo su trabajo y su profesión, por lo que no tuvimos más remedio que pedir vales de comida y calentar nuestra casa, que apenas podíamos pagar, con estufas de queroseno. En esa época vestíamos ropa de segunda mano y reuníamos la chatarra y los cupones para poder pagar la factura de la comida; tampoco teníamos regalos para Janucá, Navidad ni para nuestros cumpleaños, así que lo que hacíamos mi hermana y yo era comprarlos con el dinero que ganábamos realizando cualquier tipo de trabajo y, de este modo, podíamos fingir delante de nuestros amigos que nuestros padres también nos hacían regalos. Citando las palabras del rapero The Notorious B.I.G., «Los cumpleaños era los peores días».

Una noche y sumido en la más profunda desesperación, mi padre cogió el anillo de compromiso de mi madre para poder pagar deudas por las que seguramente le habrían amenazado físicamente (había empezado a llevar siempre un espray de autodefensa encima). Ése fue el detonante de su divorcio. Mi hermana mayor y yo conseguimos salir hacia adelante gracias a los trabajos que hacíamos al terminar las clases, las becas escolares y al preciado acceso a la atención sanitaria a través del sindicato 1199: The National Health Care Workers’ Union al que pertenecía mi madre. Teniendo en cuenta la crisis económica que sufrieron muchas familias estadounidenses, incluso durante la recesión todavía vigente de 2008, no considero que nuestra experiencia fuera un caso aislado.

Pero cuando alguien asumía o asume hoy en día que por ser hijo de un abogado judío inevitablemente te han criado entre algodones está muy equivocado. Esto me lleva a otro tema del que prácticamente nunca suelo hablar: a día de hoy soy millonario. Y no por ser una figura mediática o un empresario, ya que mi trabajo actual en este preciso momento consiste en publicar libros sobre ocultismo y la Nueva Era. Sin duda, no parece el camino más lógico para hacerse rico. Mi esposa es hija de una madre soltera y actualmente trabaja como productora de telediarios. Hemos podido criar a nuestros dos hijos en Manhattan y nunca tuvimos en nuestras familias ninguna gallina de los huevos de oro y, aun así, citando de nuevo a The Notorious B.I.G.: «Ahora bebemos champán cuando tenemos sed». Y la pregunta es: ¿cómo lo hemos conseguido?

Lo hemos conseguido porque, a mi parecer, Neville estaba en lo cierto: la riqueza en cierta medida nace de dentro. Permitidme citar a la mujer a quien dedico este libro, Helen Wilmans. Wilmans fue una sufragista y pensadora del Nuevo Pensamiento que pasó de vivir en la pobreza en una granja al norte de California a finales de 1890 a dirigir un pequeño imperio editorial.

«¿Qué?». Wilmans escribió en su libro The Conquest of Poverty en el año 1899: «¿Que una persona a partir de unos determinados pensamientos puede generar riqueza? La respuesta es sí. Si una persona cultiva ciertos pensamientos (y si es conocedora de la ley de causa y efecto en el plano mental) puede llegar a generar riqueza partiendo del carácter de aquellos pensamientos que alberga en su interior». Pero, añadió, ese pensamiento «debe ir siempre acompañado de un acto de valentía», un apunte muy importante que no deberíamos obviar.

La carrera de Wilmans fue una parábola de la liberación del Nuevo Pensamiento. Mientras trabajaba como reportera en un periódico de Chicago a principios de 1880, se convirtió en una de las mujeres reporteras pioneras de aquella época. Todo en la vida había jugado en su contra: la despedían de los trabajos, se divorció de su marido granjero, tuvo que criar ella sola a sus dos hijas y estuvo a punto de ser desalojada de la pensión en la que vivía en Chicago. A pesar de todo, lo que Wilmans deseaba más que nada en el mundo era fundar su propio periódico para los trabajadores con la finalidad de transmitirles el concepto del poder de la mente. Un día en 1882 le preguntó a su editor de Chicago si estaría dispuesto a invertir en su negocio, a lo que él le respondió al instante con un no rotundo. Completamente desolada, Wilmans salió corriendo de las oficinas (probablemente para evitar que sus jefes hombres la vieran llorar) y vagó sin rumbo por las oscuras calles de Chicago en aquella tarde de noviembre. Entonces pensó para sus adentros: «Estoy completamente sola y ya no hay nadie que me pueda ayudar». Pero a medida que esas palabras sonaban en su cabeza, una sensación de seguridad en sí misma afloró en ella: no tenía por qué depender de nadie; de ahora en adelante dependería del poder de su mente. Ése fue el Evangelio del Nuevo Pensamiento.

«Caminé por esas gélidas calles cual muchacha recién salida de la escuela celebrando su liberación de todo confinamiento», escribió Wilmans. «Sentí cómo me desprendía del peso de la vida, como si la muerte hubiera liberado mi espíritu en el paraíso».

Al igual que Wilmans, yo nunca soñé en hacerme rico o en rodearme de todo tipo de lujos. Creo en los sindicatos, en políticas moderadas de redistribución de impuestos y en el ahorro personal, pero en ningún caso en el frenesí del consumismo compulsivo. Pero hay un factor vital para poder llevar una buena vida que no podemos ni ocultar ni ignorar, como tampoco lo siguiente: tu mente es una voluntad creativa, y aquellos pensamientos que generas en ella influyen en los acontecimientos que se materializan en tu propia realidad; y eso incluye también el dinero. Esta afirmación es una verdadera realidad y nunca debería abandonarse. Yo personalmente la he puesto a prueba y la he verificado a través de los cincuenta años de experiencia que tengo actualmente. Más adelante argumentaré las razones que me han llevado a afirmar que es una realidad, pero por ahora, si lo que quieres es conseguir dinero, te pido que la aceptes plenamente como una realidad. Este acto necesario de convicción no ha de llevarte en ningún caso a comportamientos impetuosos, y tampoco implica descuidar tus obligaciones diarias o dejar de esforzarte en lo que estés haciendo.

Para generar riqueza primero debes desear esa riqueza. ¿Realmente quieres dinero? ¿O crees que el dinero es mediocre y carece de valor? Independientemente de si eres un artista, un activista, un soldado o un artesano, la riqueza para ti debería ser una faceta necesaria y vital en tu vida. Puedes vivir mucho mejor con dinero que sin él, por lo que deberías considerar el dinero como una parte saludable de tu existencia. No hay nada más hipócrita que aquel que desprecia la riqueza mientras derrocha el dinero de sus familiares ricos, un caso muy común entre la mayoría de gente que pertenecen al mundo de los medios de comunicación en Nueva York en el que yo trabajo; o cuando un personaje público se burla aparentemente del dinero mientras contrata a abogados, representantes o a terceros con la mano muy larga para que consigan dinero para ellos. Como editor, puedo decir que he presenciado situaciones como éstas muchas veces. Por el contrario, aquellas personas más fuertes admiten que entre otros objetivos quieren también dinero, y al hacerlo no se están regalando a la falsedad ni a la humillación.

Lo mismo puede trasladarse a las ambiciones que puedas tener en este mundo. Tanto aquellas personas con una mente espiritual como todas las demás deberían honrar sus ambiciones y perseguirlas de manera abierta y transparente, siempre con el debido respeto a sus compañeros y competidores. Sin embargo, perseguir ambiciones es algo que está generalmente mal visto a muchos niveles en las culturas espirituales alternativas contemporáneas y en la Nueva Era. En estos ámbitos normalmente se suelen reciclar ideas de las tradiciones védicas y budistas para luego afirmar otras distintas (sin haberlas examinado previamente) sobre la necesidad del desapego, de transcender de lo material y del valor de lo que no percibimos a simple vista. Aquellos escritores que no son capaces de descifrar ni una palabra en sánscrito, en tibetano o en japonés antiguo (los idiomas que han expresado estas ideas basándose en las tradiciones sagradas) se basan en una cadena de fuentes secundarias a menudo alejadas de la fuente original para hacerse eco de conceptos como el desapego y la no identificación. La información que recibimos podría resumirse en que nuestro ego se aferra a las ilusiones y a los placeres fugaces y eso nos crea una falsa sensación de identidad basada en los deseos, ambiciones, apegos y en esa necesidad de seguridad. Me pregunto qué hay de cierto en esta interpretación. Hace poco estuve trabajando junto a la traductora de la publicación china de mi libro One Simple Idea, con sede en Shanghái, y descubrí para mi desilusión y desconcierto que los conceptos budistas que pensaba que había logrado comprender como occidental resultaron ser, al volver a formularlos, completamente desconocidos para ella, alguien que había crecido con estructuras religiosas no occidentales.

Las nociones que se han popularizado en Occidente sobre la teología oriental del desapego han sido extraídas según ciertas preferencias de unas estructuras religiosas que fueron en sus culturas de origen sumamente estratificadas y jerárquicas. El hinduismo y el budismo, además, enfocaron la vida de los pueblos antiguos según distinciones de casta, clase y estatus que venían en gran parte predeterminadas y consideraron que la divulgación cultural era tan poco probable como viajar por el espacio. Hubo razones sociales, aparte de espirituales, por las que la transcendencia mundana despertó un gran interés. Despojados de sus orígenes culturales, los conceptos del desapego suenan hoy en día pulcros y convincentes para aquellos occidentales que comprensiblemente buscan algo más que alcanzar una cima (o como suele pasar a menudo temen no poder llegar a la cima y, por ello, terminan deseando un conjunto de valores alternativos). Pero este enfoque trasplantado a menudo no termina de encajar en la cultura occidental moderna y la única satisfacción duradera que aporta son las llamadas satisfacciones del ego. Este tipo de sucedáneo del «orientalismo» nos ha acompañado desde hace varias décadas y ha sido popularizado recientemente por escritores como Eckhart Tolle y Michael A. Singer. Aun así, sigue siendo incapaz de ofrecer a los occidentales una respuesta satisfactoria al materialismo, y en vez de eso lo que suele hacer es desviar al individuo del verdadero camino hacia el significado de su existencia; es decir, el camino hacia un logro.

Algunos amigos y compañeros espirituales míos piensan que estoy demasiado centrado en el exterior. El verdadero camino, me preguntan, ¿no es aquel marcado por un sentido del desapego en cuanto al mundo exterior? ¿La conciencia no proviene del interior? ¿No existe entonces un yo superior o una esencia que nos permita vivir de una manera más auténtica en lugar de sucumbir a las metas ilusorias de un yo inferior o de un ego que desvíe nuestro camino hacia una cima, un premio o hacia un placer?

Durante muchos años he formado parte del movimiento espiritual y he buscado respuestas en los sistemas tradicionales y esotéricos, y finalmente he llegado a la conclusión de que la verdadera naturaleza de la vida ha de ser generativa. Para que un ser humano pueda llegar a ser feliz, creo que debe desarrollar su capacidad al máximo, y eso incluye también los esfuerzos para cumplir objetivos en el mundo exterior.

Los buscadores espirituales suelen dividir a menudo sus esfuerzos (e implícitamente los condenan y confunden) haciendo uso de términos como el ego y la esencia, como si uno fuera el bueno y el otro el malo (aunque en realidad ninguno de ellos existe más allá del concepto). Recuerdo que una vez uno de mis antiguos profesores dijo medio bromeando: «Si algo nos gusta de nosotros mismos decimos que proviene de la esencia, y si nos disgusta, entonces proviene del ego». En mi opinión, estos conceptos y otros estrechamente vinculados como el apego y el desapego y la identificación y la no identificación son incapaces de responder a las necesidades, la psicología y la experiencia del buscador espiritual occidental contemporáneo. De hecho, estos conceptos no reflejan necesariamente el enfoque de algunos de los pensadores de la tradición védica más dinámicos en la actualidad, como serían Maharishi Mahesh Yogi (1918-2008) y Jiddu Krishnamurti (1895-1986).

Me gustaría dejar claro este punto: la búsqueda interior y la búsqueda de la afirmación personal son cuestiones tan extraordinariamente relevantes como misteriosas. Para mí, la verdad más simple y evidente sobre nuestra existencia interior y el logro aparece en la siguiente frase de Cristo: «Dar pues a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios». Pertenecemos a ambos mundos, tanto al visible como al invisible, y no hay ningún motivo para suponer que nuestros esfuerzos o energías deberían dedicarse mejor a uno o a otro; ambos existen y ambos esconden su verdad.

Sinceramente, no considero que hoy en día el desapego sea una meta realista para aquellos que hemos nacido en Occidente o en otros lugares del mundo. En cambio, la búsqueda ética de un logro tiene mucha más profundidad y congrega una parte de nuestra naturaleza interior mucho más grande de lo que podamos imaginar. «Conformarnos con nuestro destino», Emerson escribió en su diario el 28 de julio de 1826, «no se corresponde ni con las intenciones de Dios ni con nuestra naturaleza; nuestra naturaleza es apuntar hacia el cambio, hacia una mejora y hacia la perfección».

Hace poco leí un libro que precisamente mi madre tomó prestado de nuestra biblioteca del barrio cuando yo tenía ocho o nueve años: Yes I Can, la autobiografía del artista Sammy Davis Jr., publicada justamente el año en que nací, en 1965. Es muy posible que el público recuerde a Davis como un artista llamativo e incluso autoparodiado de las Vegas, aunque décadas antes de dar espectáculos en esmoquin Davis era un prodigio innovador del género vodevil que fue sometido a la brutalidad, a los insultos y a las agresiones físicas que caracterizaron a menudo la vida de los afroamericanos durante el régimen de Jim Crow. Esta adversidad le persiguió incluso en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial, y allí fue cuando empezó a utilizar sus habilidades como artista para mitigar en la medida de lo posible el racismo que le rodeaba, aunque los ultrajes y la violencia siempre le acecharon en el momento más inesperado. Cuando Davis volvió del ejército hizo un voto interno que marcó el resto de su vida:

He aprendido mucho en el ejército, y allí supe que por encima de todas las cosas en el mundo debía convertirme en alguien tan inmensamente grande, fuerte e importante que el odio de la gente nunca pudiera volver a afectarme. Mi talento fue lo único que me diferenció un poco de los demás, y ser diferente era lo único que podía salvarme. Lo llegué a sospesar todo, una y otra vez: ¿Qué puede jugar a mi favor? No tenía ni dinero, ni educación ni un físico atractivo; lo único que tenía era talento. ¿Qué quiero conseguir? Quiero que me traten bien, gustarle a la gente y que se comporten conmigo con un mínimo de decencia. ¿Cómo puedo conseguirlo? Sólo hay una manera de conseguirlo: potenciando mi talento. ¡Tengo que hacerme famoso! Necesito ser famoso como cualquier otra persona necesita el aire para respirar.

Invito a cualquier persona a cuestionar la motivación, el propósito y el poder de las palabras de Davis, y no desde la comodidad de un sofá o desde una sala de meditación, sino basándose en sus propias experiencias. Davis estuvo observando su vida a través de un pináculo de claridad. ¿Le podía ocasionar algún dolor aquellos apegos al mundo y aquellas aspiraciones? Ya estaba sufriendo mucho dolor. Si conseguía su objetivo, al menos disminuiría ciertas cargas financieras y sociales y probablemente mucho más. ¿Conseguiría aliviar su angustia interior con la fama? Creo que le debía a su existencia, al igual que tú le debes a la tuya, averiguarlo. Sea cual sea tu objetivo, no puedes renunciar a lo que aún no has conseguido. Por lo tanto, afirmar que el éxito, sea del tipo que sea, carece de sentido se queda en una mera conjetura si no llegas nunca a comprobarlo.

No tengas miedo de marcarte tus propios objetivos. Si hace falta piénsalos y repiénsalos todas las veces que necesites, y cuando lo tengas claro ve a por ellos. Por el hecho de vivir como un ser productivo, en el sentido más completo, estás honrando la naturaleza de tu existencia y realizando actos de generosidad hacia los demás. Si eres capaz, entonces puedes determinar basándote en tu propia experiencia y en tu logro si tu objetivo respondía a una necesidad interior con un significado profundo. No puedo decirte cuál será el resultado porque seguramente tu experiencia difiera de la mía, pero sí puedo asegurarte que en mi caso sí fue así.