El coleccionista de huesos - Germán Sasso - E-Book

El coleccionista de huesos E-Book

Germán Sasso

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Beschreibung

"Esta es la verdadera historia de Marcos Herrero, el falso perito, un sembrador de pruebas serial.Todo lo que hallaba en sus investigaciones, lo había plantado previamente. Podían ser huesos, sangre, semen o armas. Se especializó en fabricar causas con gran impacto mediático y logró engañar a familiares de víctimas y presionar a la Justicia para encarcelar inocentes. Las investigaciones de este libro fueron parte de la prueba para desenmascararlo. Marcos Herrero era un policía de la ciudad de Viedma que comenzó a interesarse por la búsqueda de rastros al ver a sus compañeros de la División Canes. Su mayor contacto con los perros había sido como paseador. Buscó información en internet, miró videos de rastrillajes y así construyó la que sería su meteórica carrera. Sistematizó un fraude que le funcionó: sembrar pruebas para que sus perros las encontraran. Fue funcional y cómplice de jueces, políticos, policías, abogados inescrupulosos y medios de comunicación. Su enajenación lo llevó a tener un depósito de pruebas falsas, como el esqueleto humano que comenzó a desmembrar en su patio. Según la ocasión lo requiriera, el supuesto perito elegía qué pieza de su colección le servía para inculpar a la víctima elegida. El periodista Germán Sasso realiza una profunda investigación que repasa cada una de las actuaciones del falso perito en una veintena de casos; entre ellos, el de Facundo Astudillo Castro, Santiago Maldonado, Araceli Fulles, Marito Salto, Marcela López y Viviana Luna. Después de tantos años de impunidad, por primera vez la Justicia le puso un freno al hombre que se había convertido en una máquina de plantar evidencia, desviar causas e involucrar inocentes. Esta obra contiene una profesional labor de varios años de seguimiento, investigaciones, consultas con las partes involucradas en los diferentes casos, charlas con especialistas en la materia, análisis de pruebas obrantes en los expedientes judiciales y las respectivas resoluciones, lo que permitirá concluir que Marcos Darío Herrero no era más que un vendedor de falsas ilusiones" (Fiscal Gustavo Pirrello).

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Seitenzahl: 289

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Contenidos

Prólogo

Palabras preliminares

Introducción - La técnica

1 -Caso Maira Benítez

2 - Caso Micaela

3 - Caso Marito Salto

4 - Caso Lucas Muñoz

5 - Caso Aracelli Fulles

6 - Caso Daiana Garnica

7 - Caso Machuca

8 - Caso Estela López

9 - Caso Maldonado

10 - Caso Painevil

11 - Caso “Pupi” Rubilar

12 - Doble Femicidio

13 - Caso Colque

14 - Caso Curaqueo

15 - Caso Herrera

16 - Caso Facundo

17 - “Combo” cordobés

18 - Caso Lescano

19 - Caso Marcela López

20 - Caso Viviena Luna

Epílogo - La impunidad no dura para siempre

Agradecimientos

Puntos de Interés

Portada

Sasso, Germán

El coleccionista de huesos : la historia secreta del falso perito que engañó a la Justicia / Germán Sasso ; Prólogo de Gustavo Pirrello. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2024.

Libro digital, EPUB - (Historia urgente / Constanza Brunet ; 113)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-823-058-0

1. Corrupción. 2. Investigación Periodística. 3. Sistema Judicial. I. Pirrello, Gustavo, prolog. II. Título.

CDD 070.44932

Dirección editorial: Constanza Brunet

Coordinación editorial: Víctor Sabanes

Asistencia editorial: Carmela Pavesi

Comunicación: Verónica Abdala

Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez

Corrección: Marisa Corgatelli

Foto de tapa: Laura Ballester

© 2024 Germán Sasso

© 2024 Editorial Marea SRL

Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina

Tel.: (5411) 4371-1511

[email protected] | www.editorialmarea.com.ar

ISBN978-987-823-058-0

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Depositado de acuerdo con la Ley 11.723. Todos los derechos reservados.

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio

o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.

A Popi y Vini, los soles que me dan la energía vital.

A Anto, nada sería posible sin su fuerza, paciencia y amor.

A mi madre, un ojo avizor que me guía desde fuera de este plano.

Prólogo

Mi actividad laboral como Fiscal de Homicidios hace que diariamente deba convivir con el tremendo dolor que implica para las familias la pérdida de un ser querido, ya sea por una muerte violenta o la desaparición de su cuerpo sin dejar rastros.

En ambos casos asumimos junto a mi equipo de trabajo el compromiso de hacer todo lo que técnica y legalmente se pueda para tratar de dar respuesta al sufrimiento de esas familias; muchas veces logramos este objetivo y en otras oportunidades no lo alcanzamos. En este último caso, los familiares y allegados a la víctima o persona buscada recurren a todo aquel que les brinde una luz de esperanza cuando la investigación llega a un punto ciego. En esos momentos aparecen personajes inescrupulosos como el protagonista de este libro, Marcos Darío Herrero Muller, quien se aprovechaba de la situación de vulnerabilidad y desesperación por la que estaban atravesando estas personas para obtener un redito económico.

Herrero se presentaba como adiestrador canino, ostentaba ser el creador de una técnica que les permitía a sus canes encontrar rastros sorteando sin problemas cuestiones climáticas o el paso del tiempo. Contrariaba los principios más elementales de la odorología forense y lograba, en cada caso en el que intervenía junto a sus perros, rimbombantes hallazgos, que ocupaban las principales portadas de los medios de comunicación a nivel nacional. Esto permitió que su nombre empezara a sonar cada vez que la Justicia no daba una respuesta concreta en las investigaciones.

Como podrán ver a lo largo de esta obra, Herrero intervino en casos muy relevantes y sus hallazgos siempre tendían a involucrar a los miembros del poder estatal, vinculando a la clase política, a las fuerzas de seguridad, a miembros del Poder Judicial o a civiles como principales sospechosos, introduciendo la temática de desaparición forzada, corrupción o trata de personas, lo que brindaba mayor notoriedad pública a sus intervenciones.

Las puestas en escena de Marcos Herrero fueron de una gravedad que cuesta dimensionar, ya que en un primer momento al realizar los hallazgos se ponía en tela de juicio la labor de investigación realizada por el Poder Judicial y generaba falsas expectativas en los familiares de los desaparecidos. Por otro lado, las supuestas pruebas obtenidas por Herrero no solo obstaculizaron el descubrimiento de la verdad real al entorpecer la investigación en curso, sino que sirvieron de base para que la Justicia ordenara detenciones o inclusive condenara a personas que aun hoy bregan por su inocencia.

Fabulador, carismático, amable, Marcos Herrero, una vez que era contactado por los familiares de las personas desaparecidas, este los convencía de que a cambio de una suma de dinero él podía trabajar junto a sus perros a fin de obtener evidencias que ayudaran a redireccionar la investigación. Hacía su aparición en estas causas como el verdadero Mesías.

La investigación de Germán Sasso nos permitirá realizar un análisis pormenorizado de cada uno de los casos en que el peritrucho intervino y de cómo este falso ídolo con pies de barro se fue desmoronando. Esta obra contiene una profesional labor de varios años de seguimiento, investigaciones, consultas con las partes involucradas en los diferentes casos, charlas con especialistas en la materia –de la cual Herrero decía ser experto–, análisis de pruebas obrantes en los expedientes judiciales y las respectivas resoluciones, lo que permitirá concluir que Marcos Darío Herrero no era más que un vendedor de falsas ilusiones.

Por último, expresar la admiración y respeto por el autor de este libro, a quien tuve la oportunidad de conocer cuando visitó mi provincia, Mendoza, en pleno proceso de investigación contra Herrero. Inmediatamente advertí que teníamos un objetivo en común, que no era otro que la búsqueda de la verdad y la necesidad de que Herrero fuera de- senmascarado a fin de que no siguiera jugando, ilusionando y estafando a personas que tenían necesidad de respuestas por parte del Estado ante la desaparición de un familiar.

Hoy podemos descansar con la tranquilidad del deber cumplido.

Fiscal Gustavo Pirrello

Titular de la Unidad de Homicidios y Violencia Institucional

de Mendoza. Fue el primer fiscal en investigar y lograr

una condena contra Marcos Darío Herrera.

Palabras preliminares

El libro que usted tiene en sus manos trata sobre un muy llamativo personaje. Uno del estilo de esos que pueden verse en las series más afamadas de las plataformas de cine. Un personaje digno de ser explorado, descripto y narrado.

En el año 2015, Marcos Darío Herrero, un policía de la ciudad de Viedma, comenzó a interesarse por la búsqueda de rastros al ver a sus compañeros de la División Canes. Hasta ese momento, su mayor contacto con los perros había sido como paseador.

Buscó información en internet, miró videos de rastrillajes y así empezó a forjar lo que sería su meteórica carrera. Se obnubiló con la mística y el atuendo militar de los adiestradores e instructores más célebres. Y comenzó a imitarlos.

Planificó paso a paso su futuro. El reconocimiento y el dinero serían sus grandes metas. Resolver misteriosos enigmas policiales lo catapultaría a esa popularidad que tanto deseaba.

Era consciente de que para lograr sus objetivos debía cumplir con un requisito indispensable: esclarecer o aportar información determinante en crímenes y desapariciones. Los casos elegidos debían ser los de mayor conmoción y trascendencia pública.

También sabía que su futuro solo estaría asegurado si sus resultados eran victoriosos.

Disfrazado como una especie de Rambo del subdesarrollo, y sin poseer título que lo habilitara para la actividad, decidió autocalificarse como “Master Canino”. Garantizaba un “éxito del 100 %” en sus búsquedas. Un infalible.

Como lo que prometía era imposible, Herrero diseñó un modus operandi para salir airoso en cada una de sus intervenciones. Así fue como comenzó a “meter el perro”. Sistematizó un fraude que le funcionó: sembrar pruebas para luego “encontrarlas”.

Mentía y engañaba a repetición, pero nada le importaba. El impacto de sus primeros “esclarecimientos” alimentaban su ego. Era el “perito estrella” al que todos querían convocar para los casos más difíciles.

Los ingresos por su actividad privada comenzaron a superar a los que percibía como empleado en la Policía de Río Negro. Era famoso y se sentía valorado como nunca. Lo entrevistaban los canales de televisión y las radios. Su imagen victoriosa salía en los diarios. Era un superhéroe argento que lograba lo imposible en casos que no habían sido esclarecidos por el Estado. Dejaba en ridículo al Poder Judicial y se ganaba el reconocimiento y el afecto de decenas de familias a las que les daba una respuesta que el “sistema” no les daba.

En sus rastrillajes, Herrero siempre hallaba evidencia que nadie había descubierto antes. Encontraba lo que otros habían pasado por alto. Además, destapaba ollas que nadie se atrevía y siempre desnudaba alguna megaconspiración que procuraba la impunidad de algún crimen o desaparición.

Sus búsquedas se convirtieron en patéticos espectáculos. Sus rocambolescas declaraciones ante la prensa no eran cuestionadas, sino festejadas y repetidas. Actuaba como un rockstar y recibía premios.

En algunos casos, Herrero no se benefició únicamente a sí mismo. También fue funcional y cómplice de jueces, políticos, policías y abogados inescrupulosos. Sabían que era un mercenario, que las evidencias las plantaba, pero no importaba: un idiota útil venía bien para “cerrar casos” con prueba trucha.

Incluso, en causas esclarecidas con prueba real y culpables detenidos, Herrero también necesitaba sumar “elementos de cargo” –aunque fueran ridículos– para no quedar afuera de agenda. Subirse a la ola era la premisa. Él siempre debía reconfirmar la autoría y dar el veredicto final.

Su fama se fue acrecentando más y más. Sus trabajos no solo debían satisfacer a sus contratantes, sino a la demanda social y –principalmente– mediática. Su costado cholulo alimentaba su ego de manera exacerbada, por esa razón sus hallazgos eran cada vez más estrepitosos y efectistas. Corría para donde soplaba el viento popular. Era una estrella.

En un viaje sin retorno, el adiestrador no pudo parar. Todo lo que tocaba lo ensuciaba. Su enajenación lo llevó a tener un depósito de pruebas truchas en su propia casa. También se llevó un esqueleto humano que comenzó a desmembrar en su patio. Cada vez que era requerido para algún caso cargaba en la mochila lo que pensaba plantar.

Se concentraba en estudiar minuciosamente cada hecho del que fuera a participar. Principalmente qué decían los medios de comunicación, quiénes “sonaban” en la calle como sospechosos y cuáles eran los personajes que sobrevolaban el caso. Si podía denunciar una gran mafia con poderosos y famosos involucrados, mejor. Todo más creíble para los espectadores.

Sistemáticamente en sus rastrillajes se encontrarían mensajes del o los asesinos. O de la propia víctima. Sus casos predilectos eran femicidios, trata de personas, desapariciones forzadas o secuestros extorsivos. Todo se transformó en una especie de juego de ciencia ficción en el que los criminales le dejaban pistas para –llamativamente– ser descubiertos por el propio Herrero. Otro de sus métodos era asesorarse con las familias sobre algunos artículos personales de los desaparecidos. Es así como encontraba amuletos, cartas, aros, ropa. En cada actuación sus hallazgos eran calcados.

Ya descontrolado por el dinero y la fama, que a la vez le otorgaban protección e impunidad, sus presentaciones eran cada vez más ostentosas. Y también grotescas. Sus animales, siempre –sin excepción– encontraban la “esencia” de la persona buscada. No importaba que hubiesen pasado semanas, meses u años.

Sus perros olían lo que ningún otro perro del planeta lograba. Incluso, cuando le hacían notar que –según describen la bibliografía y los expertos en la materia– el rastro de olor de una persona perdura como máximo 72 horas, Herrero tenía ensayada una respuesta. Explicaba que había desarrollado una técnica inédita a nivel mundial y que a sus canes los hacía trabajar con “energía divina”.

Otra constante en su derrotero era denunciar con retroactividad. Es decir, manifestaba haber “visto cosas” que en el momento del procedimiento no había podido revelar por “seguridad”. Es así que, tiempo después, se presentaba en juzgados o comisarías y declaraba haber descubierto explosivos de guerra, montañas de dólares o impactantes cargamentos de droga. También, antes de tener su propio esqueleto, hacía pasar huesos de vacas o perros como humanos.

El show desplegado por Herrero en cada rastrillaje bien podrían ser los capítulos de una saga cómica al estilo Mr. Bean, sin embargo, sus excesos ocasionaron un profundo dolor en mucha gente. Familias de víctimas engañadas en su buena fe, recibieron respuestas que creyeron reales. E inocentes señalados y acusados como autores de delitos aberrantes, manchados para siempre en su honor. Personas detenidas con la única y exclusiva prueba trucha aportada por Herrero.

En varias ocasiones, las patrañas lograron ser desenmascaradas, pero el daño moral y el menoscabo social ya era irreversible.

Jean-Jacques Rousseau recuerda en sus epístolas la frase de un delator: “Por más grosera que sea una mentira, señores, no teman. No dejen de calumniar. Aun después de que el acusado la haya desmentido, ya se habrá hecho la llaga, y aunque sanase, siempre quedará la cicatriz”.

También, en esta obra, es motivo de análisis el rol que le cupo al Estado ante tamaño estafador. En algunos casos –como se dijo– hubo complicidades. En otros, en cambio, se lo pudo investigar, neutralizar e imputarle los delitos cometidos.

Fue un fiscal valiente el que dio el primer paso y probó que había plantado los huesos de un mismo esqueleto varón en dos casos diferentes de mujeres desaparecidas. Incluso, cuando se lo detuvo no se privó de ofrecer uno de sus últimos y más delirantes sketches: se descartó apurado del “material de trabajo” que tenía escondido en su casa y le regaló una lluvia de huesos a su vecino.

Tampoco se descuida la observación sobre los medios de comunicación que, en su gran mayoría, repetían y multiplicaban sin cuestionamientos los delirios de Herrero. Aunque al final del recorrido la gran mayoría de sus estafas quedaran al descubierto, la noticia ya no tenía interés y el entretenimiento había terminado. Eso contribuyó, necesariamente, a que en el imaginario popular quedara impregnada la mentira.

También es cierto que, en la actualidad, las fakes news tienen –lamentablemente– más impacto que la verdad. Las “aclaraciones” no tienen rating. Y peor, como ciudadanos, muchas veces –por cuestiones ideológicas o políticas– elegimos creer lo que más nos gusta y no aceptar la incómoda verdad. Por ese motivo, tienen tanto éxito las teorías conspirativas.

En su libro Infocracia, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, señala que “las fakes news concitan más atención que los hechos. Un solo tuit con una noticia falsa o un fragmento de información descontextualizado puede ser más efectivo que un argumento bien fundado. En esta era de la desinformación y la teoría de la conspiración, la realidad y las verdades fácticas se han esfumado. La información circula ahora completamente desconectada de la realidad, en un espacio hiperreal. Se pierde la creencia en la facticidad. Vivimos en un universo desfactificado. La crisis de la verdad hace que la fe en los propios hechos tambalee”. Y agrega que “las teorías conspirativas prosperan especialmente en situaciones de crisis. Hoy no solo existe una crisis económica, sino también una crisis narrativa. Los relatos crean sentido e identidad. Las teorías de la conspiración como microrrelatos proporcionan aquí un remedio. Se asumen como recursos de identidad y significado. Las teorías de la conspiración resisten a la verificación por los hechos porque son narraciones que, a pesar de su carácter ficticio, fundamentan la percepción de la realidad. Por tanto, son una narración de hechos. En ellas, la ficcionalidad se convierte en facticidad. Lo decisivo no es la facticidad, la verdad de los hechos, sino la coherencia narrativa que la hace creíble”.

Las triquiñuelas del “peritrucho” Herrero habían sido denunciadas por este autor en 2020 desde el diario La Brújula 24 y en 2021 en el libro Operación Facundo, en los que se desmontaba el armado político, mediático y judicial con el que se intentó inventar una “desaparición en democracia”. En ese momento, atreverse a cuestionar la estelar actuación del adiestrador y otros cómplices era una completa herejía.

Las verdades no hacen tanto ruido como las mentiras, ni tienen el mismo rating ni el mismo impacto emocional. Es una lucha desigual y difícil. Sin embargo, salir de la zona de confort y seguir haciendo periodismo de profundidad, poniendo sobre la mesa datos y hechos, sigue siendo gratificante.

Este trabajo reconstruye las actuaciones de Herrero en sus veinte casos más famosos. Y demuestra que todas y cada una de ellas fueron un fraude absoluto. Una investigación decisiva que desnuda un fenomenal entramado de mentiras y engaños.

Germán Sasso

Introducción

La técnica

Marcos Darío Herrero nació el 19 de enero 1976 en la ciudad de Viedma. Trabajó diecisiete años en la Policía de Río Negro y fue un anónimo personaje que cumplió funciones ordinarias dentro de la fuerza. Luego de casarse, a mediados de 2002, se autodenominó entrenador aficionado de perros, y su principal tarea era más que noble: pasear y ayudar a buscar las mascotas perdidas de sus vecinos. Pero su vida no tenía la emoción ni la épica que anhelaba.

Pronto vendrían grandes cambios.

En 2008 comenzó a perfilar su personaje de ciencia ficción que lo catapultaría a la fama. Su primer paso firme fue la inauguración de una ONG llamada Kaman Trehua, de “adiestramiento civil y deportivo de canes de búsqueda”. Al tiempo comenzó a autocalificarse como “Master Trainer Canino”, y a dar charlas.

Se fue ganando la confianza y la admiración de distintas agrupaciones K-9 (sigla internacional de las unidades caninas). Se acercó a los Bomberos Voluntarios de Punta Alta y se convirtió en su líder espiritual. No era casualidad. Era una estrategia para no despertar sospechas. Camuflarse bajo el amparo de una respetable e inocente institución ayudaría a disimular sus fechorías.

Herrero nunca estudió ni aprendió nada serio en relación con la odorología forense, que es la técnica por la cual canes entrenados identifican los olores humanos en la escena del crimen, o cinotecnia, que es la ciencia que estudia el comportamiento, la fisiología y la psicología de los perros. Nunca rindió ni homologó su trabajo en el organismo nacional encargado de autorizar a entrenadores para el desarrollo de estas actividades.

Cuando le preguntaban si su técnica estaba avalada por algún organismo o institución reconocida, el peritrucho argumentaba que había desarrollado su propia técnica y que no necesitaba ser habilitado ni calificado por nadie.

En una entrevista con la revista Noticias, y mientras aprovechaba sus días de fama, se definía como antisistema y así explicaba su independencia a la hora de trabajar. Era un héroe que luchaba contra todo y todos. “Yo voy en contra de lo que se llama el sistema o el gobierno. Yo soy muy directo en las causas y eso es lo que molesta. Esa es la razón por la que me han llamado mercenario. Pero en estas cosas, estás del lado de Dios o del lado de Satanás”, describía. Sus declaraciones no eran antojadizas, eran como un pararrayos que buscaban evitar las críticas que inevitablemente llegarían por sus tretas y engaños.

La energía

Los especialistas, certificados y reconocidos en materia de búsqueda de rastros con perros han dejado en ridículo a Herrero en cada caso en que se ha evaluado lo que él denomina su técnica. Todos han coincidido en que el olor o esencia de una persona puede llegar a perdurar –como máximo– unas 72 horas. Así lo indica la bibliografía mundial. Sin embargo, los perros de Herrero detectaban olores sin límite temporal. No importaba el tiempo transcurrido, su propio método le permitía derrumbar todas las teorías científicas y hasta de sentido común.

Cuando alguien preguntaba cómo era posible que realizara hallazgos en casos sucedidos hacía meses u años, el peritrucho apelaba a una respuesta esotérica: “Mis perros no son perros comunes. Son únicos en el mundo, trabajan con la energía de la persona muerta o desaparecida”.

“Resultados positivos en búsquedas sin límites temporales desde la desaparición de la persona”, era lo que promocionaba el propio peritrucho en las redes sociales y a la hora de ofrecer sus servicios.

En la entrevista con Noticias, daría explicaciones sobre sus “conexiones” con los perros.

Yo veía que se trabaja mucho con la opresión al perro. Por eso, desarrollé una función científica determinada. Logré entablar un rol con lo cuántico, con la etología y la neurología. La relación que tiene una madre con el bebé es mediante el cordón umbilical y es lo que permite desarrollar las capacidades que va a tener el bebé a futuro. Esas mismas cualidades, y ese vínculo, es lo que yo debo tener con el perro. Si no tengo ese vínculo de emoción, de energía, de comunicación con el perro no puedo hacer la búsqueda.

Luego, en dialogo con Canal 9 de Mendoza, brindaría detalles sobre el método creado y desarrollado por él mismo. Un experimento único y sobrenatural.

Lo que el perro determina es un cambio de energía. Estos cambios energéticos son los que nos pueden ayudar a brindar una mejor información en el ámbito de los crímenes o de personas desaparecidas. Si lo del olor que busca el perro es cuestionable en el ámbito científico, porque se dice que dura muy poco, entre 24 y 48 horas; bueno el tema de la energía está siempre. Lo que sucede es muy complicado de explicar o entender. Pero podemos decir que en el medio ambiente se puede borrar una huella digital, se puede borrar el olor, pero no la energía. Así podemos identificar dónde está la persona o dónde estuvo. En el caso de un crimen o una persona desaparecida cuando no hay olor se detecta la energía, por eso hemos encontrado restos pasados muchos años.

Sacándole la careta

José Luis Mazzei, experto en la materia y Director General de Defensa Civil del Ministerio de Justicia de Chubut, fue uno de los tantos que analizó las actuaciones de Herrero. En este caso en particular lo hizo en el expediente de la Causa Facundo Astudillo Castro –que se analizará más adelante–, pero bien vale para lo realizado por el adiestrador en todas sus apariciones.

En un informe titulado “Los métodos de búsqueda de rastro por olor de referencia con canes”, Mazzei explicó que a la hora de hacer un rastrillaje se observa, en primer lugar, lo siguiente:

al can se lo estimula con una “impronta” (prenda u objeto que contenga el olor de la persona a buscar) para que discrimine del resto de los olores y siga el recorrido por donde las partículas del olor se fueron depositando. Estas partículas son consideradas livianas, medianas y pesadas, siendo las dos últimas las utilizadas para seguir un rastro referenciado por olor. Este tipo de búsqueda se ha definido en tres grupos: por oteo, cuando el can va con su hocico pegado al piso siguiendo las partículas de olor depositadas en él; por venteo, cuando el can va con el hocico levantado recibiendo los olores buscando un cono de olor que le permite definir un recorrido; o mixto, cuando el can utiliza los dos métodos anteriores y es el que por naturaleza usan.

Y detalla:

los olores son partículas que, de acuerdo con su tamaño y peso, se van a encontrar suspendidas en el aire o depositadas en alguna superficie. Su muy bajo peso hace que sean extremadamente volátiles, motivo por el cual son afectadas directamente por los factores ambientales que las contienen y rodean. En el rastro por olor, se sabe, el umbral de latencia se ubica alrededor de las 72 horas. Su mayor o menor latencia tiene relación con las condiciones ambientales, climáticas, meteorológicas, topográficas y tipo de superficie.

Mazzei evaluó el modus operandi de Herrero y concluyó que no cumplía con los protocolos más básicos en este tipo de tareas. “El can de búsqueda por olor es el primer can que se debe convocar y debe ser el que encabece físicamente la búsqueda. La utilización de rastrillajes masivos de a pie, de a caballo o en vehículos debe ser posterior a la utilización de perros”, explicó. La mayoría de las veces, los lugares que Herrero visitó y en los que “encontró” algo, ya habían sido previamente rastrillados, manipulados o “contaminados”.

La búsqueda con el can se inicia en el momento de la selección y convocatoria de los binomios (guía-can), que en el caso del Rastro por Olor de Referencia involucra a un tercer actor que es el “auxiliar”, de vital importancia porque son “los ojos” del guía en el entorno, dado que el guía va observando e interpretando la gestualidad del can. La convocatoria debería realizarse únicamente a binomios certificados por la Dirección Nacional de Cinotecnia dependiente del Ministerio de Seguridad de la Nación

Herrero nunca certificó sus perros ni su técnica en ese organismo.

Por último, el especialista reafirmó que el trabajo de un adiestrador debe ser una “herramienta objetiva” para la Justicia y no alguien “contaminado o interesado” con la investigación. “En el Rastro por Olor de Referencia no hay lugar a muchas conjeturas. Es por esto que en este tipo de búsquedas el guía no recibe información de la causa para así evitar ‘contaminarse’ y tener presunciones o desarrollar hipótesis que lo transformen en un investigador en vez de ser una herramienta objetiva de la investigación”, concluyó. El peritrucho, como lo veremos en todos los casos analizados, tenía como regla “interiorizarse” de cada caso para luego montar una “escena creíble”.

Ridículo

Víctor Marcelo Sialle es instructor canino en las Fuerzas de Seguridad Nacional y guía especializado de Unidades de Búsqueda y Rescate. Además, es juez evaluador de equipos cinotécnicos del Ministerio de Seguridad de la Nación. Sialle también analizó varios videos de Herrero y sus conclusiones fueron categóricas. La chapucería del adiestrador rionegrino lo dejó boquiabierto.

Una las primeras situaciones que más lo asombró fue la ridícula manera en la que Herrero le presentaba la esencia de olor al perro antes de realizar una búsqueda: “Nunca vi una maniobra de transferir calor acercando la llama de un Magiclick a la boca de un recipiente plástico y, mucho menos, para tratar de acelerar el proceso de fermentación a un cóctel de olor de gotas de sangre colocadas en unas gasas y dentro del contenedor de juguetes de un huevito de chocolate Kinder. La verdad, nunca visto”.

Luego de observar la filmación completa de uno de los procedimientos, el profesional describió y calificó los movimientos del peritrucho junto a su perro.

En el trabajo de búsqueda desde que da inicio hasta su finalización, pude contabilizar más de 80 intervenciones (silbando y llamando por su nombre “vení Yatel”) para direccionar el can hacia uno u otro lugar. Esta intervención constante de parte de Marcos Herrero termina anulando la autonomía e independencia de trabajo del can y, por consecuencia, no se puede observar la capacidad de resolver del mismo. Marcos Herrero siempre está marcando y ordenando los sitios que pretende chequee su can.

Este hombre no tiene control sobre su unidad canina, lo llama dos veces cuando advierten de un perro suelto y su can no retorna hacia él. Esto se puede observar cuando su unidad advierte la presencia de un perro suelto; entra en agresión. Esta situación me indica que no tiene control sobre su unidad y que falta socialización con los de su misma especie. Incluso una mujer tuvo que correrse para evitar ser tirada. Esto claramente no debería suceder en un equipo cinotécnico homologado, donde deben superarse las pruebas de obediencia y socialización. Además, un único perro no puede ser utilizado para buscar drogas, explosivos, seres vivos y cadáveres, como Herrero presenta a su can Yatel.

Y por supuesto, cierra su informe repitiendo lo más determinante y concluyente: “Luego de 36 horas es muy difícil que se perciban los rastros odoríferos de la persona”.

Como se verá a lo largo de este libro, Herrero fue un embustero consuetudinario, que también muchas veces contó con colaboradores y hasta funcionarios que fueron cómplices de sus fraudes.

Comenzamos a repasar veinte casos, por orden cronológico, en los que el peritrucho hizo de las suyas. Algunos de ellos fueron esclarecidos con prueba seria y otros siguen abiertos e impunes.

1

Caso Maira Benítez

La última vez que Antonia vio a su hija Maira Iris Benítez fue el 17 de diciembre de 2016, en su casa de la localidad chaqueña de Villa Ángela. La joven tenía 18 años y aquella calurosa madrugada salió para encontrarse con un amigo. Irían a bailar.

Cerca de las 5 de la mañana, en la esquina de Yrigoyen y Belgrano, Maira subió a un Ford Fiesta gris, que era conducido por Rodrigo Germán Silva. Así lo atestiguó su amigo José Emmanuel Funes. En el auto había otras personas: la novia “oficial” de Silva, llamada Noelia Ledesma, y otra pareja amiga integrada por Gabriel Cáceres y Jaqueline Contreras. Juntos compraron algo para beber y recorrieron bares y boliches.

Dos horas más tarde, Silva repartió a todos y se quedó a solas con Maira. La trasladó a un campo en el que trabajaba, a 15 kilómetros al noroeste de la ciudad, y allí –según probaría la Justicia– la asesinó y ocultó sus restos hasta el día de hoy.

Tres años después, en mayo de 2019, un tribunal sentenció a Silva a 21 años de cárcel por el delito de homicidio simple. Los jueces Ricardo González Mehal, Hilda Moreschi y Daniel Javier Ruiz señalaron:

Hay certezas de que Silva actuó con dolo homicida, dando muerte a Maira Benítez. Sin embargo, al no contar con el cuerpo sin vida de la misma, al no poder haber sido realizada una autopsia sobre este, por el ocultamiento del cadáver, nunca podremos saber la modalidad o la mecánica en que este cometió el homicidio. En efecto, al haberse desarrollado el acto homicida fuera del radio urbano, en un campo de una vasta extensión –135 hectáreas– sin otros ocupantes más que la persona de Silva –quien se encontraba a cargo de custodiar la propiedad–, le proporcionó un entorno adecuado para la clandestinidad que necesitaba, ámbito propicio para cometer el homicidio alejado de la vista de testigos, y para luego, con todo el tiempo del mundo, ocultar el cadáver en algún lugar de la zona, al conocer cada tramo de esa área, por trabajar allí a lo largo de más de seis años, y recorrer el mismo a diario. Pero tal como ya se aclaró en la cuestión precedente, el hecho de no existir autopsia, no impide de ningún modo que, a través de otros elementos probatorios, se pueda arribar a la certeza requerida para una sentencia condenatoria.

Sobre el móvil del hecho, los magistrados entendieron que

no fue otro que silenciar a Maira para que mantuviera en secreto la infidelidad que Silva cometía al mantener una relación amorosa paralela con Belén Ledesma, hermana de su entonces pareja Noelia Ledesma, circunstancia que Maira conocía, y desafiaba con contar. Se suma a ello también, la conducta posterior adoptada por Silva después de consumado el hecho, en cuanto al ocultamiento del cadáver, ya que era la única manera de lograr su impunidad. Finalmente, se vinculan a lo anterior las explicaciones mendaces aportadas por Silva a lo largo de toda la investigación y en el plenario, las que no guardan relación de veracidad con el acontecer real de los hechos, ocupándose hasta de borrar mensajes de texto del celular de Noelia Ledesma, tratando en todo momento de direccionar la investigación judicial, desvanecer posibles rastros del delito, para deslindar su responsabilidad penal. Todo ello evidencia de modo certero, que Silva desplegó una maniobra con pleno conocimiento de su idoneidad para provocar la muerte de Maira.

Hasta aquí la historia reconstruida por la Justicia, basada en hechos y pruebas.

La farsa

A cinco meses de la desaparición de Benítez, exactamente el 28 de mayo de 2017, Marcos Darío Herrero aterrizó en el Chaco convocado por allegados de la víctima. Ya había tenido otras participaciones en otros hechos policiales, pero sin duda este sería el inicio formal de una carrera dantesca plagada de pruebas plantadas y pistas falsas. Se levantaba el telón, así comenzaba la “gira nacional” del peritrucho.

Disfrazado a lo Cocodrilo Dundee, Herrero desplegó su show apenas llegó a Villa Ángela. Impresionó de entrada. Su primer rastrillaje comenzó a dar frutos a los pocos minutos. Comenzaría a demostrar sus habilidades en el casco del campo donde vivía Silva y que pertenecía al hacendado Eduardo Horacio Costa. Allí “descubriría” de todo un poco. Lo más impactante: un cuchillo con sangre.

¿Quién dudaría de Herrero si había encontrado semejante prueba en la casa del femicida? Al comienzo, todos creyeron y aplaudieron. Sin embargo, la primera función le duró poco y nada. La ciencia lo dejaría en ridículo a las pocas horas. La prueba de luminol –que se utiliza para detectar evidencia hemática– fue negativa. No era sangre lo que había en el cuchillo.

Fracasado en su primer sketch, el adiestrador comenzó a vociferar que su perro Alcón (a quién bautizó sin “h”) había realizado “marcaciones positivas” en varios lugares.

“Maira estuvo en este baño. Aquí hay feromonas y moléculas que contienen bacterias que son específicas de la persona buscada. Alcón se sentó, así que no hay dudas de que es positivo. Es un rastro específico”, declaró Herrero.

Luego se dirigió a la casa del dueño del campo. Y allí también cantó “positivo”. Según el peritrucho, en las sábanas de la cama matrimonial de Costa también había rastros de la joven buscada.

“Eso es imposible. Primero porque nunca estuvo la chica aquí ni nunca ingresó Silva a mi habitación. Y, en segundo lugar, imagínense que en todos estos meses las sábanas se cambiaron y se lavaron muchísimas veces”, exclamó Costa. Por supuesto, luego se demostró científicamente que no había rastros. Todo invento.

Pero aún no había llegado la actuación más consagratoria –y truculenta– de esta historia.

Ya alejado del campo, Herrero comenzó a trabajar en la ciudad. Solicitó inspeccionar la casa de Cáceres, uno de los amigos de Silva, que aquella noche había estado –junto a su pareja– en el auto con Maira.

El “superinvestigador” puso a olfatear a su perro, que casi al instante concretaría hallazgos conmocionantes. Detectaría un peine, ropa interior y una bolsa con pelos. Todo –siempre según Herrero– con olor a la víctima.

Este episodio tuvo consecuencias directas y gravosas contra el sospechoso. Por el accionar del rionegrino, y negligencia judicial, Cáceres fue imputado por encubrimiento. Hubo funcionarios que le dieron credibilidad a lo aportado por el peritrucho. Injustamente, Cáceres llegaría a juicio oral. No había ninguna prueba ni indicio serio, salvo los olores encontrados por Herrero.

Meses más tarde, con sentido común y un mínimo repaso de las evidencias, los jueces a cargo del caso absolvieron de culpa y cargo al imputado. Bastó con leer el informe de laboratorio del Instituto de Medicina y Ciencias Forenses (IMCiF) de Chaco, que dieron todos negativos sobre el peine, la ropa y los pelos. Es decir, se descartó científicamente que los elementos descubiertos por el farsante tuvieran ADN de Maira Benítez. La Justicia ponía las cosas en su lugar.