Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Basándose en una larga trayectoria investigadora de más de treinta años, y partiendo de las propuestas conceptuales presentadas por la sociología histórica norteamericana (Ch. Tilly, D. McAdam, S. Tarrow), Ludger Mees despliega un análisis de longue durée que arranca con la primera manifestación de una identidad vasca particularista en el siglo XVII para acabar con un análisis del complejo proceso que llevó al suicidio inducido de ETA y al posterior combate por el relato. A lo largo del libro se va cristalizando la polifacética imagen de un contencioso cuya naturaleza no admite explicaciones simplistas.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 801
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
LUDGER MEES
Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
EL CONTENCIOSO VASCO
IDENTIDAD, POLÍTICA Y VIOLENCIA(1643-2021)
http://www.edistribucion.es/tecnos/1201215/video.mp4
Alle diese vortrefflichen Menschen, zu denen Sie nun ein angenehmes Verhältnis haben, das ist es, was ich eine Heimat nenne.
(Todas estas excelentes personas con las que ahora tiene usted una agradable relación, eso es lo que yo llamo una patria.)
Johann Peter Eckermann:
Gespräche mit Goethe in den letzten Jahren seines Lebens (1823)
Für Jan und Oier: Denkt an den weisen Goethe und seid glücklich, egal in welcher eurer Heimaten ihr gerade lebt.
PRESENTACIÓN
INTRODUCCIÓN. RESCATANDO A LOS PIRATAS
CAPÍTULO 1. EL CONTEXTO: ESTADO Y NACIÓN EN FRANCIA Y EN ESPAÑA
CAPÍTULO 2. EL PARTICULARISMO VASCO: EL PROCESO DE ETNOGÉNESIS ENTRE LOS SIGLOS XVII Y XIX
1. El noble salvaje
2. Buscando un nombre
3. La grande nation
4. En el lado español de la frontera
CAPÍTULO 3. EL RECLAMO DE LA SOBERANÍA: EL NACIONALISMO VASCO HASTA LA GUERRA CIVIL (1895-1939)
1. El padre fundador
2. Aggiornamento y constitucionalización
3. Del conflicto político a la guerra
CAPÍTULO 4. ENTRE LA RESISTENCIA Y EL CONFORMISMO: EL CONTENCIOSO VASCO DURANTE EL FRANQUISMO (1939-1975)
1. París, Berlín, Nueva York
2. La guerra fría no habla vasco
3. Nación y coerción
4. Crecimiento económico, malestar social y política
5. El encanto del nacionalismo revolucionario
CAPÍTULO 5. TRANSITANDO A LA DEMOCRACIA: ¿AUTONOMÍA REGIONAL O INDEPENDENCIA? (1975-1980)
1. «Españoles, ¡Franco ha muerto!»
2. Peculiaridades vascas
3. La tentación del Frente Nacional
4. Un encaje complicado: los derechos históricos y la Constitución
5. ¿Autonomía o independencia?
CAPÍTULO 6. LA CONSTRUCCIÓN DE LA AUTONOMÍA Y EL PROBLEMA DE LA VIOLENCIA POLÍTICA (1980-1995)
1. Nuevas políticas, viejos fantasmas
2. De la hegemonía al poder compartido
3. Recuperando la experiencia de 1936: la entente entre oponentes
4. Tentaciones pan-nacionalistas
5. El microcosmo de la violencia
CAPÍTULO 7. LA DÉCADA RADICAL (1995-2005)
1. Otro movimiento del péndulo
2. Del pluralismo a la polarización: nacionalistas versus constitucionalistas
CAPÍTULO 8. DE LA VIOLENCIA A LA POLÍTICA: EL NACIONALISMO Y EL FIN DE ETA (2006-2021)
1. Conversaciones secretas alrededor de un puchero
2. El PNV en la encrucijada
3. Las imprevistas secuelas de un coche bomba
4. Recuperando las raíces
EPÍLOGO. EL CONTENCIOSO EN TIEMPOS DE PANDEMIA
1. La imperfección de un proceso sin fin
2. Memoria e historia
3. Un contexto amenazante: la renacionalización y la política de la eternidad
BIBLIOGRAFÍA
CRÉDITOS
El hábito constante de corregir y completar su propia opinión cotejándola con las de los demás, muy lejos de causar dudas y vacilaciones a la hora de llevar a la práctica este cotejo, es el único fundamento estable para poder confiar justamente en esta opinión.
John Stuart Mill, 18591
1 John Stuart Mill, On Liberty, James R. Osgood and Cía., Boston: MA. [7.ª ed.], 1871, p. 42 [«The steady habit of correcting and completing his own opinion by collating it with those others, so far from causing doubt and hesitation in carrying it into practice, is the only stable foundation for a just reliance on it». Traducción mía, L.M.].
Este libro sobre el pasado, presente y futuro del contencioso vasco es una nueva propuesta intelectual destinada a descifrar los elementos clave de uno de los conflictos políticos más intrincados de Europa. Llega después de más de 30 años hablando, escribiendo y preguntando sobre el nacionalismo en general, y el nacionalismo vasco en particular. Es también el resultado de un proyecto de investigación más amplio realizado gracias al apoyo financiero de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU GIU 20/002), del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y del Fondo Europeo de Desarrollo Regional (PGC2018-094133-B-100; MCIU/AEI/FEDER, UE).
La elaboración de este libro se ha beneficiado enormemente de dos condiciones centrales e indispensables. La primera es el fin de la violencia de ETA y la conformación de una nueva atmósfera más relajada que facilita la construcción de un relato académico del contencioso vasco sin el tremendo impacto de la amenaza y del miedo. La segunda condición es el feedback crítico que he recibido durante estas últimas tres décadas por parte de mis estudiantes, colegas y amigos. Todas estas críticas han sido de gran ayuda para «corregir» y «completar» los resultados de mi investigación en los términos expresados por John Stuart Mill que se han citado anteriormente. Si bien este diálogo crítico ha sido una constante feliz a lo largo de los años, ha sido particularmente estimulante durante la preparación de este libro debido a la dificultad intrínseca de resumir la compleja historia de varios siglos en un número limitado de páginas. En 2020 pude presentar un primer resultado de esta investigación en inglés1. Este libro que el lector tiene entre manos es una versión revisada y puesta al día de esta primera obra publicada por Routledge.
Como ya queda dicho, para llevar esta tarea investigadora a buen puerto y poder presentar mis ideas al público interesado, las críticas y sugerencias de diferente procedencia han sido esenciales. A riesgo de ser injusto por no poder mencionar a todas, me gustaría destacar algunas de estas personas con las que me siento especialmente en deuda. José Luis de la Granja, Santiago de Pablo, Hans-Jürgen Puhle, Xosé M. Núñez Seixas, Andreas Hess y Aritz Farwell han dedicado una buena parte de su, siempre escaso, tiempo a la lectura del manuscrito. Gracias a su generosidad y sus aportaciones críticas, he podido mejorar el texto en muchos aspectos. Los sugerentes comentarios de Niall Cullen me han hecho reconsiderar algunos de mis argumentos. Un agradecimiento especial también va para Manuel González Moreno, a la sazón director de la editorial Tecnos, que, en su momento, no dudó en apoyar el proyecto con entusiasmo y acoger este libro en el catálogo de su prestigiosa editorial. Last but not least, mi gratitud y al mismo tiempo disculpas también para mi esposa Begoña por haberme apoyado y aguantado durante todo el largo tiempo que ha llevado la preparación de esta publicación.
He iniciado esta presentación con una cita de John Stuart Mill. Me gustaría terminar con otra tomada de la misma publicación donde el autor insiste en la necesidad de someter nuestro conocimiento a una crítica externa permanente. Su ejemplo no puede ser más convincente:
La más intolerante de las iglesias, la Iglesia Católica Romana, incluso en la canonización de un santo, admite y escucha pacientemente a un «abogado del diablo». El más sagrado de los hombres, parece, no puede ser admitido a los honores póstumos, hasta que todo lo que el diablo pueda decir contra él sea conocido y sopesado.
No estoy considerando seriamente un futuro como santo. Tampoco estoy buscando ganar puntos para mis honores póstumos. Sin embargo, comparto la conclusión de Mill, una conclusión que es básicamente una invitación abierta al lector a participar en el diálogo resultante. Sin este diálogo es imposible que nuestro conocimiento progrese:
Nuestras creencias más sólidas no tienen ninguna salvaguardia en la que apoyarse, sino una invitación permanente a todo el mundo para demostrar que son infundadas2.
1 Ludger Mees, The Basque Contention. Ethnicity, Politics, Violence, Routledge, Londres y Nueva York, 2020.
2 Este es el original: «The beliefs which we have most warrant for, have no safeguard to rest on, but a standing invitation to the whole world to prove them unfounded». «The most intolerant of churches, the Roman Catholic Church, even at the canonization of a saint, admits, and listens patiently to, a “devil’s advocate”. The holiest of men, it appears, cannot be admitted to posthumous honors, until all that the devil could say against him is known and weighed».
[…] Gure herriak ez dauka kondairarik.
Pobrea da. Ez dauka
Pirate koxkor pare bat,
Langile sofritu batzuk,
Muga zentzuzgabeko asko,
Mila zorigaizto
Besterik. Ez da gutxi.
Euri gortina batek ixten du
Gure kalendarioa.
Ez, ba, bilatu kondaira unibertsalen
Liburu handietan gure inperiorik […].
Nuestro pueblo no tiene historia.
Es pobre. No tiene más que
un par de pequeños piratas,
unos cuantos sufridos obreros,
muchas fronteras sin sentido,
y mil infortunios,
nada más. No es poco.
Una cortina de lluvia cierra
nuestro calendario.
Ningún imperio nuestro aparece inscrito
en los voluminosos libros de la historia universal.
Joxe Azurmendi, Manifestu atzeratua, 1968
El día 7 de junio de 1968, el mismo año en el que el estudiante vasco Joxe Azurmendi, recién cumplidos sus 26 años, publicó su melancólico poema «Manifiesto con retraso»1, otro joven vasco, tres años más joven que Azurmendi, se encontraba al volante de un Seat 850 robado. Estaba conduciendo por la carretera que conectaba Irún, la ciudad en la frontera franco-española, con la capital Madrid. Txabi Etxebarrieta, que había nacido en una familia de clase media de Bilbao y se había licenciado en Economía por la Universidad de Bilbao, se estaba dirigiendo a Beasain. Conducía bajo los efectos de anfetaminas en una importante y arriesgada misión a realizar en la mencionada ciudad guipuzcoana: aquí debía encontrarse con un compañero para hacerse cargo de una remesa de explosivos. Etxebarrieta no estaba solo en esta misión. Le acompañaba su amigo Iñaki Sarasketa. Los tres jóvenes eran miembros de la organización clandestina Euzkadi ‘ta Askatasuna (País Vasco y Libertad, ETA) fundada en 1959. Antes de llegar a su destino, Etxebarrieta y Sarasketa fueron parados por una pareja de la Guardia Civil en un control de tráfico. Cuando uno de los agentes se puso a comprobar la documentación y la matrícula del coche, se dio cuenta de que algo no estaba bien. Según el testimonio posterior de Sarasketa, en el momento en el que este guardia civil, al comparar el número del coche con el que aparecía en la documentación falsificada, murmuraba algo así como «esto no coincide», Etxebarrieta sacó su pistola y mató al Guardia Civil con varios tiros. Así, José Antonio Pardines, a la corta edad de 25 años, se convirtió en la primera víctima mortal de ETA.
Etxebarrieta y Sarasketa lograron huir a la cercana localidad de Tolosa, donde se escondieron en un piso de un amigo. Pasadas dos horas, decidieron salir y escapar del peligro junto con su amigo en el coche de este. No sabían que la policía ya había desplegado numerosos controles de tráfico en todas las importantes carreteras de la zona. En estas circunstancias, una huida exitosa de los tres activistas resultaba más que improbable. Y así ocurrió: tan solo unos minutos después de haber salido de su cobijo, los tres fueron parados en un control de la Guardia Civil. Sarasketa empezó a disparar, y logró escapar. Corriendo miró hacia atrás y vio lo que sería la última imagen de su amigo Txabi tumbado en el suelo, semi-consciente y rodeado de varios guardias civiles que le estaban golpeando. Segundos más tarde escuchó los dos tiros que acabaron con la vida de Etxebarrieta2.
Tras estos violentos encuentros con fatales consecuencias en la primavera de 1968, el poema de Joxe Azurmendi iba a quedarse caduco al menos en un sentido: a partir de finales de los años sesenta, aparentemente, los vascos comenzaban a tener una historia. Estaban saliendo del oscuro túnel de la insignificancia histórica para prodigarse en los medios de comunicación internacionales y someterse al escrutinio riguroso de académicos e intelectuales de las más variadas partes del globo. Los «pequeños piratas» de Azurmendi habían mutado en activistas armados clandestinos, los nuevos protagonistas admirados de la lucha contra la dictadura franquista. Como si se tratara de camaradas vascos del Che Guevara, los activistas de ETA aparecían envueltos en una aureola de abnegados y audaces combatientes por la libertad. Los golpes proporcionados por ETA contra los representantes y símbolos del régimen recibieron una acogida particularmente entusiasta por parte de la izquierda europea. Ya nadie recordaba aquella incondicional pena de muerte que Friedrich Engels había dictado contra los vascos por no ser más que «ruinas de pueblos, residuos de antiguas poblaciones, arrinconadas y sometidas por la nación que con posterioridad se convierte portadora del desarrollo histórico». El irremediable destino de estos «excrementos de pueblos», de estos «portadores fanáticos de la contrarrevolución» era su «extinción o desnacionalización», lo que Engels consideraba «un progreso» porque la guerra revolucionaria no iba a exterminar tan solo a las clases reaccionarias y las dinastías, sino también «pueblos reaccionarios enteros» como los vascos3. En 1968, ya habían pasado muchos años desde ese aterrador veredicto del pensador alemán y las cosas habían cambiado. El indudable atractivo de aquel curioso mix ideológico compuesto por ingredientes varios como el nacionalismo radical, el anti-colonialismo, el marxismo-leninismo, y/o el maoísmo, había transformado, como por arte de magia, a aquellos «portadores fanáticos de la contrarrevolución» en sacrificados revolucionarios sumergidos en la lucha con un doble objetivo: su libertad nacional y la emancipación del proletariado. Nadie parecía especialmente interesado en analizar la solidez de aquel particular compuesto ideológico, ni a cuestionar sus posibles incongruencias y contradicciones. En el contexto de la dictadura franquista no había tiempo para matices. La cruda realidad de la represión proporcionaba una buena capa de barniz que otorgaba una apariencia realista y plausible hasta a la más confusa elucubración ideológica.
Sin embargo, pronto iba a cambiar de nuevo el lugar que los vascos ocupaban en la historia. Franco falleció en 1975, y un breve periodo de transición abrió la puerta a la democracia. La reacción de ETA resultó contundente. Lejos de abandonar las armas, durante los años de la transición y de la democracia la organización intensificó la lucha armada y, con el tiempo, amplió el abanico de sus víctimas. Aquellos que no hace mucho todavía habían sido celebrados como luchadores antifranquistas por la libertad en muchos medios internacionales, ahora eran presentados como fanáticos terroristas que constituían uno de los más serios peligros para la democracia española y europea. Los vascos continuaban estando presentes en el escenario de la historia, pero muy probablemente hubieran preferido recuperar la «invisibilidad histórica» que les había atribuido Azurmendi. Mientras, periodistas, académicos y otros intelectuales estaban volcados en discusiones y estudios del «problema vasco», que, según el entendimiento mainstream de la época, básicamente equivalía al problema de la violencia política. Al mismo tiempo, millones de telespectadores europeos aprendían en los noticiarios a asociar la palabra «vasco» con al menos dos malas noticias. La primera venía con la previsión meterológica, al ser informados de que el frente de mal tiempo que se estaba acercando provenía del Golfo de Bizkaia, como ocurría casi siempre. Para entonces, la primera mala noticia ya la habían digerido al escuchar que, otra vez más, ETA había matado a alguien. Con todo, la participación vasca en la historia y la política universales quedaba cada vez más estereotipada por la asociación casi unidimensional con la violencia. El «conflicto vasco» llegó a ser sinónimo de la «violencia vasca» y buena parte de los debates sobre cómo resolver el «problema vasco» al final derivaban en propuestas sobre cómo poner fin a la violencia de ETA. Ni siquiera para los académicos resultaba sencillo escapar de esta perspectiva un tanto reduccionista. La diaria presencia de la violencia generó un impacto emocional muy fuerte y contribuyó a una extrema polarización de la sociedad, la política y el mundo académico, de manera que resultaba más que comprensible que las fuertes emociones provocadas por las actividades de ETA condicionaban también la labor de muchos académicos.
Una experiencia personal puede ilustrar este dilema. Hace años, cuando a finales de los años noventa comencé a escribir mi libro titulado Nationalism, Violence and Democracy. The Basque Clash of Identities, tras finalizar mi labor de investigación, yo había llegado a la conclusión de que ETA estaba madura para una salida negociada y pacífica del conflicto. Estaba convencido de que esta previsible evolución gradual hacia el abandono de la actividad terrorista iba a ser casi inevitable dada la influencia del proceso de paz en Irlanda del Norte, culminado en el Acuerdo de Viernes Santo. Cuando en 1998, el mismo año en el que el mencionado Acuerdo fue firmado, ETA proclamó la primera tregua incondicional e indefinida de su historia, mi hipótesis parecía alcanzar ya el estatus de una certeza académica.
Como es sabido, esta certeza quedó destrozada en mil pedazos cuando en el invierno de 1999 ETA canceló la tregua para retomar en enero del año siguiente su lucha armada. Sin embargo, en esta ocasión no se trataba tan solo de recuperar la actividad anterior a la tregua, sino endurecerla mediante una extensión radical del abanico de posibles víctimas. Debo confesar que esta nueva realidad me cogió completamente por sorpresa —y no fui el único—, de manera que resultaba evidente que algunas de las (injustificadamente optimistas) premisas de mi libro, al parecer, habían sido no tanto el resultado de un estudio científico riguroso, sino más bien fruto del wishful thinking. Urgía, pues, una profunda revisión del manuscrito. En agosto de 2000 esta revisión quedó abruptamente abortada cuando ETA asesinó al empresario vasco Joxe Mari Korta. Yo conocía bastante bien a Korta, a quien había entrevistado un par de veces para mi libro. Más tarde, habíamos descubierto nuestra común pasión por el ciclismo, que él practicaba como socio del club cicloturista de Zumaia, y yo en el de Zarautz. En más de una ocasión habíamos coincidido con la bicicleta, realizando juntos parte del trayecto previsto, mientras hablábamos de las cosas más variadas, incluso de la política. Joxe Mari era un nacionalista vasco, un gran promotor de la cultura vasca, una persona que se sentía más cómodo hablando en euskara que en castellano. Había sido condenado a muerte porque se negaba a pagar el impuesto revolucionario que le exigían una y otra vez los terroristas. Esta particular mezcla entre dolor profundo y gran aversión a los perpetradores de este asesinato que sentía dentro de mí me incapacitó para continuar realizando cualquier trabajo académico serio relacionado con el problema vasco. Tan solo bastantes meses más tarde fui capaz de superar este bloqueo intelectual y emocional, recuperar una cierta distancia personal ante mi objeto de estudio para retomar el trabajo en el libro, que al final no fue publicado hasta 20034.
Al final, todavía tuvo que transcurrir otra década más para que la historia vasca llegara a ese punto de inflexión que yo erróneamente había previsto (y deseado) para finales de los años noventa. En octubre de 2011, en un vídeo enviado a los medios de comunicación, tres activistas encapuchados declararon el cese permanente de la actividad armada del grupo. Años después, al contrario de lo que había ocurrido en otras ocasiones, este anuncio ya se ha convertido en realidad. Las últimas dudas se disiparon cuando en abril de 2017 el grupo procedió a la entrega de sus arsenales de armas en Iparralde, la parte francesa del País Vasco. El punto final llegó en mayo de 2018 con la disolución de ETA.
Este fin definitivo de la violencia política ha creado un nuevo escenario en el que una profunda revisión de la habitual narrativa sobre el problema vasco con su excluyente foco en el tema de la violencia parece no solo conveniente, sino absolutamente necesaria. Volviendo al poema de Azurmendi, ha llegado el momento para deshacer esa sustitución de sus modestos «pequeños piratas» por los espectaculares paramilitares. Se trata de restaurar los tiempos en los que la historia y la política vascas todavía no habían sido encerradas en el simplificador relato de la violencia desplegado por políticos, periodistas y académicos. De ahí que el principal objetivo de este libro sea aprovechar este nuevo contexto favorable para ofrecer un relato multifacético del problema vasco desde sus orígenes hasta nuestros días, que sea a la vez convincente e intelectualmente satisfactorio. Esto no supone en ningún caso trivializar el importante papel que la violencia política ha desempeñado en la política vasca, española y europea de nuestros días. Tampoco conlleva ningún tipo de descrédito para la amplia bibliografía existente que trata el tema de la violencia etarra. Al contrario, el tema de la violencia política tendrá un lugar destacado también en este libro, un libro que no hubiera sido posible sin la ayuda de un buen número de publicaciones interesantes y, en ocasiones, brillantes sobre la violencia política en el País Vasco. Estas publicaciones, así como el resto de las obras relevantes, serán minuciosamente citadas en las notas de los capítulos que vienen a continuación. Con todo, la principal premisa de esta obra será el rechazo de la mencionada interpretación unidimensional y su sustitución por una comprensión multifactorial de un histórico conflicto de longue durée con, al menos, tres dimensiones que, siendo diferentes, se solapan. La primera dimensión afecta a la pregunta sobre la relación político-administrativa entre el País Vasco y los Estado-nación español y francés; la segunda es la dimensión ética relacionada con el uso de la violencia para la obtención de objetivos políticos; y, finalmente, quedaría la dimensión social conectada a la complicada búsqueda de un consenso vasco sobre el deseable alcance y la preferible forma del auto-gobierno: provincias españolas, autonomía regional, federalismo, co-soberanía, Estado independiente… Dicho de forma resumida, dedicando la necesaria atención al estudio de la violencia de ETA (y a la respuesta del Estado), este libro pretende al mismo tiempo acabar con aquella interpretación de la violencia de ETA que a lo largo del tiempo ha ganado cierta popularidad, según la cual la violencia nacionalista vasca sería una consecuencia casi natural de un conflicto político. Pese a que un conflicto político (tanto en una dictadura como en una democracia) puede, aunque no necesariamente debe desencadenar violencia, la larga perduración de la violencia nacionalista vasca durante más de cuatro décadas en diferentes contextos políticos requiere la exploración de otros argumentos que abarcan otros elementos más allá del mero conflicto político. Este análisis multifactorial del contencioso vasco pretende realizar una contribución para situar el conflicto en su apropiado contexto histórico, conectarlo con otros casos y problemas similares, así como realizar una aportación al debate científico sobre otros temas altamente complejos como, por ejemplo, el de la construcción del Estado y de la nación en Europa.
En consonancia con este enfoque analítico más amplio, tomé una decisión metodológica y conceptual importante. El uso del concepto de «contencioso» (en inglés: contention) para la descripción del objeto de estudio, es decir, el surgimiento de la demanda vasca de autogobierno, sus efectos movilizadores y sus consecuencias disruptivas desde mediados del siglo XIX, permite superar el mencionado foco casi exclusivo en el tema de la violencia política para insertar el análisis en el campo cognitivo más amplio de los estudios del proceso político y de los movimientos sociales de la mano de científicos sociales como Charles Tilly, Sidney Tarrow o Doug McAdam, entre otros5. Fue Charles Tilly quien acuñó el concepto del «contencioso» («contention», «contentious collective action», «contentious politics») en sus primeras publicaciones a finales de la década de 1970. Más tarde, en 2001, Tilly, junto con Tarrow y McAdam, presentó su muy debatida obra Dynamics of Contention como la culminación conceptual y metodológica tras décadas de investigación y publicación sobre la temática. En esta obra ya canónica, «política contenciosa» era definida como
«[…] una interacción episódica, pública y colectiva entre presentadores de demandas y sus objetos cuando (a) al menos un gobierno es un demandante, un objeto de demandas o parte de ellas, y (b) las demandas, en caso de ser materializadas, afectan a los intereses de al menos uno de los demandantes».
Los autores diferenciaban entre dos variantes de contenciosos: «contenidos» («contained») y «transgresores» («transgressive»), refiriéndose la primera a casos «en los que todos los participantes son actores previamente establecidos que emplean formas de presentación de reivindicaciones bien establecidas». Los contenciosos transgresores, en cambio, serían casos en los que «al menos algunos de los participantes son nuevos actores políticos, empleando algunos de ellos formas de acción colectiva innovadoras»6.
El debate sobre políticas contenciosas y movimientos sociales no desapareció en 2008 con la muerte de Tilly. Al contrario, desde entonces McAdams, Tarrow y otros hicieron notables esfuerzos para el desarrollo del concepto mediante la incorporación de algunos de los argumentos planteados por los críticos. Una de las consecuencias de este debate llevado a cabo durante las últimas tres décadas fue el paulatino ensanchamiento del concepto. Recordemos que Tilly había creado el concepto de «política contenciosa» refiriéndose a «la presentación discontinua de demandas relacionadas con los intereses de otras personas». Lo diferenciaba de la «presentación continua de demandas» (continuous claim making) como, por ejemplo, la actividad parlamentaria o la movilización rutinaria de los sindicatos. En su libro sobre los contenciosos populares en Gran Bretaña en el periodo previo al surgimiento de la democracia moderna, Tilly definía su objeto de estudio como «el mundo del conflicto, de los intereses opuestos, las demandas, las amenazas, promesas, de la coerción y de la coalición, de la co-optación, de la negociación y de la política». En este mundo, la política contenciosa generaba un repertorio específico de acción colectiva como los «motines, encuentros, marchas, peticiones, manifestaciones, participaciones, ruptura de ventanas, batallas callejeras, agresiones contra informantes, y otras formas de conflicto»7.
Esta clásica diferenciación conceptual entre las dos formas de articulación de las demandas, continua y discontinua —también llamada «acción colectiva episódica»— tuvo que ser revisada en la medida en que los estudiosos de la acción colectiva y de los movimientos sociales se preparaban para complementar las tesis que Tilly había elaborado sobre todo para la Europa moderna y preindustrial con investigacio- nes sobre políticas contenciosas durante los siglos XIX y XX. En este nuevo contexto de la sociedad liberal, capitalista y constitucional, los portadores de demandas consiguieron acceder a un nuevo repertorio de movilización que incluía oportunidades de articular demandas que Tilly había categorizado como «continuas», como la política de partidos, campañas electorales y el trabajo institucional. Una de las conclusiones facilitadas por estas nuevas aportaciones fue el abandono de esta visión bipolar de la política contenciosa entre sus dos extremos opuestos de la rutina y continuidad, por una parte, y lo novedoso, descontinuo y esporádico, por otra. Y es que, contrariamente a lo que opinaban muchos de los primeros teóricos de la conducta colectiva, uno de los rasgos más esenciales de los movimientos sociales modernos no es la movilización más o menos espontánea de sus miembros y, en consecuencia, la ausencia de cualquier estructura organizativa. Al contrario, los movimientos sociales modernos se caracterizan precisamente por la combinación de los dos tipos de movilización: espontánea y organizada. En sus fases iniciales, todos los movimientos sociales suelen ser expresiones populares de ciertos agravios sentidos por un determinado colectivo social. Estas expresiones suelen manifestarse a través de actividades que requieren un input organizativo mínimo y se dirigen contra el statu quo social, político y/o institucional existente. Sin embargo, estas características suelen ser alteradas en casos de movimientos sociales con un largo ciclo vital, porque estos movimientos difícilmente hubieran sobrevivido sin un cierto nivel de estructura organizativa y presencia institucional que precisamente facilitan la permanencia del movimiento en tiempos de movilización decreciente. Por consiguiente, y en consonancia con esta alteración del contexto en el que actúan los movimientos sociales, la noción de la política contenciosa ha sido desprovista de su inicial y casi exclusivo nexo con la presentación discontinua de demandas con el fin de ofrecer una concepción más equilibrada del repertorio de movilización con una oscilación entre acciones rutinarias y continuas, así como la presentación de demandas más espontáneas y discontinuas8.
Esta perspectiva más amplia y flexible permite realizar un análisis más dinámico de los movimientos sociales para facilitar una mejor comprensión de la evolución de políticas contenciosas a lo largo de diferentes periodos históricos. En este sentido, Tarrow ha identificado el contexto en el que la acción colectiva se convierte en contenciosa:
[Collective action] becomes contentious when it is used by people who lack regular access to institutions, act in the name of new or unaccepted claims and behave in ways that fundamentally challenge others. It produces social movements when social actors concert their actions around common claims in sustained sequences of interaction with opponents or authorities9.
Cabría añadir que en el momento en el que un movimiento social obtiene acceso a las instituciones, la política contenciosa no desaparecerá sin más, puesto que, normalmente, los agravios continúan sin haber sido resueltos y las demandas todavía son bastante «nuevas» y «no aceptadas», por usar los términos de Tarrow. Al contrario, lo que ocurre según este mismo autor, es que «los movimientos a menudo generan partidos cuando los activistas transfieren su actividad a las políticas institucionales». Esta transferencia del activismo hacia el ámbito institucional, empero, raras veces suele ser completa. Y es que en muchos casos de movimientos de longue durée, lo que ocurre suele ser una especie de cohabitación entre formas de movilización extra-institucional, disruptiva, e incluso violenta, por una parte, y presión institucional, por otra. Así nace el «híbrido partido-movimiento»10. Este foco analítico sobre la convivencia y competencia entre estos dos sectores de un movimiento social, entre moderados y radicales, así como su particular forma de presentar sus demandas al Estado abre la puerta a una mejor comprensión de las dinámicas inherentes a las políticas contenciosas al menos por dos razones. En primer lugar, permite evitar una aproximación demasiado simplista y maniquea a la naturaleza de las políticas contenciosas al resaltar la heterogeneidad interna de los movimientos sociales y de sus tensiones y confrontaciones a la hora de definir su estrategia y sus objetivos. Y, en segundo lugar, posibilita una comprensión sólida y a la vez multifacética de las dinámicas de contención a lo largo de diferentes periodos históricos, mediante el estudio de temas como la «interacción entre demandantes [claim makers], sus aliados, sus oponentes, el gobierno, los medios, y el público» o, más genérico, «las trayectorias de movilización y desmovilización»11.
Esta innovadora aproximación al fenómeno de las políticas contenciosas es el soporte conceptual sobre el que se erige este libro. Su principal virtud consiste en cuestionar interpretaciones más tradicionales de la política e historia vascas y su enfoque excesivo, incluso a veces exclusivo, sobre la violencia política y el terrorismo. Frente a esta visión reduccionista, aquí se pretende ofrecer una comprensión más realista del fenómeno a través de la inserción del problema de la violencia en el marco más amplio de las políticas contenciosas, tal y como se han definido más arriba. La cuestión clave alrededor de la cual pivota el contencioso vasco consiste en la convicción, compartida por partes significativas de la sociedad vasca, de ser portadores de —y encontrarse unidos por— ciertos rasgos étnicos, culturales e históricos que son diferentes a los españoles y franceses. De esta convicción de compartir una identidad nacional diferenciada, se deriva la reivindicación del derecho a la autodeterminación y de la soberanía nacional o de otras formas de autogobierno. El contencioso vasco se generó hacia finales del siglo XIX, cuando el particularismo étnico vasco era utilizado y transformado en una plataforma para la presentación de demandas políticas por parte de un movimiento nacionalista que desde sus inicios estaba funcionando como un híbrido partido-movimiento.
Este fundamento conceptual sobre el que se erige este estudio del contencioso vasco se traduce en cuatro hipótesis que inspiran este libro12. La primera: el contencioso vasco no fue el resultado de la fundación de ETA en 1959 o de su decisión de optar por la lucha armada a partir de 1968. De la misma manera que no nació en 1959, tampoco se terminó en 2011 cuando los paramilitares anunciaron el cese permanente de sus actividades armadas.
En segundo lugar, cabe afirmar que el nacionalismo vasco, como uno de los actores centrales del contencioso, no fue una creación ex nihilo. En una valoración autocrítica de los logros y deficiencias registrados por la herramienta metodológica y conceptual de las políticas contenciosas, sus protagonistas admitieron que «centrando el foco en los mecanismos y los episodios de la contención, el programa ha fracasado a la hora de proporcionar sólidas explicaciones de los orígenes y los resultados de los movimientos sociales»13. Esta autocrítica tiene una importante consecuencia para este trabajo. Si bien es cierto que, strictu sensu, el contencioso vasco se generó durante la última década del siglo XIX, no es menos cierto que tuvo un largo periodo de germinación previa en forma de un particularismo étnico, cuyas primeras expresiones ya se habían producido en el siglo XVII. Dos siglos más tarde, y en línea con este estado previo de concienciación étnica pre-nacional, el contencioso vasco sería desencadenado por la confluencia de diferentes factores dentro de una nueva estructura de oportunidades favorable.
En tercer lugar, cuando el nacionalismo vasco quedó establecido como un movimiento social, inició un recorrido histórico en el que desplegaría muy diferentes grados de movilización que oscilaban entre los extremos de la rutina institucional y la contención extra-parlamentaria (manifestaciones, guerras, violencia paramilitar). Desde sus inicios, uno de sus rasgos más característicos fue su particular esfuerzo por combinar el protagonismo de la política de partido con la movilización de individuos y grupos dentro de una amplia red organizativa (grupos e iniciativas culturales, mujeres y jóvenes; sindicatos).
Y, finalmente, una cuarta consideración sostiene que el nacionalismo, como actor importante del contencioso vasco, comparte un rasgo fundamental de otros movimientos sociales modernos, al que ya se ha hecho referencia, a saber, su gran heterogeneidad interna, así como la competencia entre sus sectores o corrientes internos. Pese al enorme eco logrado en los medios de comunicación, ETA y su brazo político no fueron más que una de estas ramas, y ni siquiera la mayoritaria. Esta perspectiva facilita también una visión más realista de la compleja arquitectura del contencioso vasco que, como ya ha quedado señalado, no ha sido (y no es) simplemente una confrontación entre el pueblo vasco y los Estados español y francés. También es una disputa interna de la sociedad vasca, por lo que cada uno de los diferentes sectores considera el estatus político deseable (independencia, autonomía regional, federalismo, más centralismo español / francés). Esta disputa se solapa con otra contienda ética sobre los métodos de la lucha por el autogobierno (violencia o política democrática).
A lo largo de las próximas páginas, estas hipótesis y herramientas conceptuales serán elaboradas en ocho capítulos sucesivos. Recordemos que en procesos de política contenciosa, y especialmente en aquellos casos que giran en torno a cuestiones de identidad y soberanía, los Estados suelen ser actores claves del contencioso. En el caso vasco, el Estado (el español, pero también el francés) no es tan solo objeto de las demandas presentadas por el movimiento nacionalista. Al contrario, el Estado también configura el contexto histórico que condicionaba el nacimiento y la evolución del nacionalismo vasco como un poderoso movimiento social en España, o, en el caso opuesto, como un movimiento mucho más débil y minoritario en Francia. ¿Por qué nació el nacionalismo vasco en España, dándose la circunstancia de que las primeras muestras de la conciencia vasca proto-nacional se encuentran en las obras de escritores vasco-franceses de los siglos XVI y XVII? Estas son algunas de las preguntas que trataré en los capítulos 1 y 2, centrados en la larga prehistoria del contencioso vasco. Prestaré una atención especial a las peculiaridades del proceso español de formación del Estado y de la nación, así como a la génesis y la evolución del particularismo étnico vasco. Los capítulos 3 a 8 desplegarán la narrativa cronológica del contencioso y sus periodos más importantes: el nacimiento y el desarrollo del nacionalismo hasta la Guerra Civil; la dictadura franquista; la transición a la democracia; el despliegue de la autonomía; el giro hacia el radicalismo nacionalista; y, finalmente, el camino hacia el fin de la violencia política. En un capítulo final reflexionaré sobre las naciones y los Estados en la era de la globalización.
Resulta imposible escribir algo sobre el País Vasco sin las pertinentes aclaraciones terminológicas, y esto no es nada fácil. Las complicaciones empiezan ya con el nombre. Debido al hecho de que los diferentes territorios a ambos lados de los Pirineos nunca hayan formado un Estado moderno compartido, existen unas cuantas denominaciones diferentes para describir lo que cada uno de los autores tiene en mente cuando se refiere al País Vasco o al pueblo vasco14. En este libro, el término «País Vasco» se refiere a una región que históricamente nunca ha formado una unidad político-administrativa, pero cuyos habitantes comparten un cierto sentido de particularismo cultural, cuya expresión más prominente es el euskara, la lengua propia y completamente diferente al castellano y al francés.
GRÁFICO 1
Los territorios vascos
FUENTE: Routledge, Shutterstock.
La región contiene siete territorios, cuatro en el lado español: Gipuzkoa, Bizkaia, Álava y Navarra. Como se verá en diferentes momentos de este libro, Navarra siempre ha sido un caso polémico, porque el nacionalismo vasco históricamente ha sido más débil en el Viejo Reino que en los demás territorios en el lado español. Sin embargo, y sin querer entrar en fútiles discusiones ideológicas, siendo mi criterio definitorio cultural y no político, en este libro Navarra se considera una parte de la entidad cultural y lingüística vasca. Lo mismo se puede decir también de los territorios en el otro lado de la frontera (Lapurdi / Labourd; Nafarroa Behera / Baja Navarra; Zuberoa / Soule), porque también aquí el movimiento nacionalista ha sido, y sigue siendo, un fenómeno minoritario. Más allá del sustrato cultural compartido, los nacionalistas vascos consideran que la gente que vive en estos siete territorios forman una nación, cuya unificación político-administrativa en un Estado propio es su objetivo a largo plazo.
Actualmente, en el País Vasco viven unas 2.650.000 personas en dos diferentes Estados y con diferentes niveles de autogobierno. El grueso de la población vasca vive en la Comunidad Autónoma Vasca / Euskadi, que engloba las provincias de Gipuzkoa, Bizkaia y Álava. Representa alrededor del 70 % del total de la población vasca. Navarra disfruta de un régimen autonómico propio y, como ya se ha indicado, la polémica sobre la relación entre Navarra y el resto de los territorios vascos ha sido, y sigue siendo, uno de los elementos claves del contencioso vasco. Los tres territorios en suelo francés constituyen, junto con la región de Béarn, el Département des Pyrénées Atlantiques. Desde enero de 2017 los tres territorios vasco-franceses han constituido un organismo administrativo de cooperación mutua, la llamada Communauté d’agglomération du Pays Basque.
TABLA 1
Población del País Vasco mayor de 16 años en 2016
Total País Vasco
Comunidad Autónoma del País Vasco
Navarra
País Vasco francés
2.647.000
1.864.000
534.000
249.000
FUENTE: VIème Enquête Sociolinguistique Pays basque 2016, http://www.mintzaira.fr/fileadmin/documents/Aktualitateak/015_VI_ENQUETE_PB__Fr.pdf, acceso: 17.4.2020.
Pese a que los nacionalistas hayan celebrado la creación de la Communauté como un primer paso hacia la unificación de los vascos en suelo francés, su fundación se inscribe en la lógica de descentralización administrativa llevada a cabo por el Gobierno francés también en otras regiones del país. Las competencias adscritas a este nuevo organismo no alcanzan ni de lejos el nivel de autogobierno del que ya disfrutan las autonomías vasca y navarra. Una de las causas que explica esta divergencia nos remite a la historia, en la que contrasta la relativa fuerza del nacionalismo vasco en el lado español de la frontera con su debilidad en la parte francesa, denominada Iparralde en lengua vasca. ¿Por qué nació el nacionalismo vasco en España y por qué pudo evolucionar con fuerza aquí pero no en Francia? Para mejor comprender esta realidad dual, conviene analizar brevemente las principales pautas del proceso de la formación del Estado y de la nación en España.
1 El texto completo en http://basquepoetry.eus/?i=poemak&b=454 (acceso 1.4.2020).
2 Jesús Casquete, «Txabi Etxebarrieta», en Santiago de Pablo, José Luis de la Granja, Ludger Mees y Jesús Casquete (eds.), Diccionario ilustrado de símbolos del nacionalismo vasco, Tecnos, Madrid, 2012, pp. 270-281; Gaizka Fernández Soldevilla y Florencio Domínguez Iribarren (eds.), Pardines. Cuando ETA empezó a matar, Tecnos, Madrid, 2018.
3 Friedrich Engels: «Der magyarische Kampf», Neue Rheinische Zeitung, 194, 13.1.1849, http://www.mlwerke.de/me/me06/me06_165.htm (acceso 1.4.2020) [traducción mía, L.M.].
4 Ludger Mees, Nationalism, Violence and Democracy. The Basque Clash of Identities, Palgrave-Macmillan, Houndmills / New York, 2003.
5 Charles Tilly, From Mobilization to Revolution, Addison-Wesley, Reading, Mass, 1978; ibíd., Popular Contention in Great Britain, 1758-1834, Paradigm Publisher, Boulder, 2005 [1.ª ed.: Harvard U.P., 1995); ibíd., Contentious Performances, Cambridge U.P., Cambridge / Nueva York, 2008; Sidney Tarrow, Power in Movement: Social Movements and Contentious Politics, Cambridge U.P., Cambridge / Nueva York, 2011 [1.ª ed.: 1994]; ibíd., The Language of Contention: Revolutions in Words, 1688-2012, Cambridge U.P, Cambridge / Nueva York, 2013; Doug McAdam, Sidney Tarrow y Charles Tilly, Dynamics of Contention, Cambridge U.P., Cambridge / Nueva York, 2001; Doug McAdam y Sidney Tarrow, «Dynamics of Contention. Ten Years On», Mobilization, 16 (1), pp. 1-10 (March 2011).
6 La definición en el original en inglés es la siguiente: «episodic, public, collective interaction among makers of claims and their objects when (a) at least one government is a claimant, an object of claims, or a party to the claims and (b) the claims would, if realized, affect the interests of at least one of the claimants». Véase McAdam, Tarrow, Tilly: Dynamics, pp. 5-8.
7 Tilly, Popular Contention, pp. 16-17.
8 En un balance auto-crítico, diez años después de la publicación del célebre Dynamics of Contention, McAdam y Tarrow admitían que uno de sus «errores» o «deficiencias» a la hora de definir el concepto de la «política contenciosa» había consistido en no haberse dado cuenta de la necesidad de «establecer una relación entre elecciones y movimientos sociales». Véase McAdam y Tarrow, «Dynamics of Contention. Ten Years On», p. 6.
9 Tarrow, Power in Movements, p. 2
10 Sidney Tarrow, «Contentious Politics», en Donatella della Porta y Mario Dianio (eds.), The Oxford Handbook of Social Movements, Oxford U.P., Oxford, 2015, pp. 86-107, citas pp. 94 y 95.
11 Charles Tilly y Sidney Tarrow, Contentious Politics, Paradigm Publishers, Boulder, CO, 2007, p. 92; Sidney Tarrow, Strangers at the Gates. Movements and States in Contentious Politics, Cambridge U.P., Cambridge, 2012, pp. 6-26.
12 Algunas ideas preliminares en Ludger Mees, «Politics, Economy, or Culture? The Rise and Development of Basque Nationalism in the Light of Social Movement Theory», Theory and Society, 33, 2004, pp. 311-331.
13 Tarrow, «Contentious Politics», p. 92.
14 Ludger Mees, «A Nation in Search of a Name: Cultural Realities, Political Projects, and Terminological Struggles in the Basque Country», en Pello Salaburu (ed.), The Challenge of a Bilingual Society in the Basque Country, University of Nevada Press, Reno, 2012, pp. 11-32.
Nosotros odiamos a España con toda nuestra alma, mientras tenga oprimida a nuestra Patria con las cadenas de esta vitanda esclavitud. El año 39 cayó Bizkaya definitivamente bajo el poder de España. Nuestra Patria Bizkaya, de nación independiente que era, con poder y derechos propios, pasó a ser en esa fecha una provincia española, una parte de la nación más degradada y abyecta de Europa.
Sabino Arana, 1894
The Spanish state never achieved what French kings and ultimately the Revolution did: to create a fully unified state and a nation-state with its linguistic-cultural and emotional integration […] Spain, born in the era of state-building, could not undergo the deep emotional process of democratic nation-building that the Italians underwent and Germany experienced since political unification.
Juan Linz, 1973
España, y no los supuestos «hombres enfermos» del Bósforo y del Mar Amarillo, fue el verdadero perdedor imperial del siglo XIX.
Jürgen Osterhammel, 20091
1 «Spanien, nicht die angeblich “kranken Männer” am Bosporus und am Gelben Meer, war der eigentliche imperial Absteiger des 19. Jahrhunderts». Jürgen Osterhammel, Die Verwandlung der Welt. Eine Geschichte des 19. Jahrhunderts, Beck, Múnich, 2011 [1.ª ed.: 2009; edición en castellano: La transformación del mundo, Crítica, Barcelona, 2019], p. 602; Sabino Arana, Bizkaitarra, 31.10.1894; Juan Linz, «Early State-Building and Late Peripheral Nationalisms Against the State: the Case of Spain», en Shmuel N. Eisenstadt y Stein Rokkan (eds.), Building States and Nations, vol. II, Sage Publications, Beverly Hills, 1973, pp. 32-116, citas pp. 99 y 102.
Independientemente de las notables diferencias de tiempo, contexto y ubicación geográfica, todos los nacionalismos en búsqueda de un Estado comparten un argumento básico a la hora de explicar su raison d’être: la opresión y explotación de su nación por parte de un poderoso Estado o Imperio extranjero. En la lógica del discurso nacionalista, la única manera de superar esta situación de explotación colonialista y dependencia pasa por la movilización social masiva contra los agentes del Estado opresor y sus leyes, todo ello con el fin de alcanzar la independencia de la nación (u otras formas de auto-gobierno). Esta lucha contra el todopoderoso Estado central y a favor del autogobierno se antoja imprescindible si las auténticas virtudes (culturales, económicas, políticas) de la nación sin Estado han de ser recuperadas y una cohabitación pacífica en libertad y democracia garantizada.
El nacionalismo vasco no fue una excepción en este hábito discursivo. Sabino Arana, el fundador del movimiento, pronto iba a sentir en carne propia la reacción represiva del Estado. Un año después de haber hecho pública su odio a España era juzgado por los tribunales y encarcelado por primera vez. El periódico en el que había publicado esta confesión fue ilegalizado. Lo mismo ocurrió al Euzkeldun Batzokija, la primera asociación nacionalista. Diez miembros de su directiva fueron asimismo sentenciados y encarcelados. Arana salió de la cárcel cuatro meses más tarde, pero volvió a la prisión Larrínaga de Bilbao en 1902. El motivo fue un telegrama al presidente americano Theodore Roosevelt en el que el líder nacionalista se había atrevido a felicitar al presidente por la liberación de Cuba de la «esclavitud» española. Esta afrenta al orgullo nacional español le costó otros cinco meses en prisión. Esta persecución jurídica y política de Sabino Arana y sus primeros seguidores, un tema al que volveremos en el capítulo 3, parecía corroborar la narrativa del nacionalismo vasco como respuesta reactiva al Estado español y su opresión colonialista de la nación vasca.
A partir de los años noventa, el elemento clave de esta narrativa que hacía hincapié en el poderío coercitivo del Estado español y su capacidad de implementar el proceso de la construcción nacional incluso en regiones con proyectos nacionales alternativos como el País Vasco o Catalunya, ha sido sometido a una revisión crítica por parte de un buen número de historiadores y científicos sociales. En realidad, estas críticas no eran tan novedosas puesto que unos veinte años antes, el sociólogo germano-español Juan Linz, a la sazón vinculado a la universidad norteamericana de Yale, ya había adelantado un argumento que dos décadas más tarde iba a ser recuperado y completado por algunos de los investigadores de la historia de España y de los nacionalismos periféricos. En su extensa contribución al libro editado por Stein Rokkan con el título de Building States and Nations, y en consonancia con la clásica teoría de la sociología y politología americanas del state building1, Linz diferenciaba entre un exitoso y temprano proceso de state building en España y un fracasado proceso de nation building. A juicio de Linz, este fracaso fue el resultado de la incapacidad de las élites españolas decimonónicas de incorporar a los vascos y catalanes al proyecto del Estado-nación español. Siguiendo la lógica del argumento defendido por el célebre sociólogo, fallecido en 2013, la narrativa opresión-reacción fue sustituida por una perspectiva analítica completamente diferente. Según esta nueva interpretación, la formación de los nacionalismos periféricos alternativos contra el Estado no era el producto de la fuerte dominación colonialista que el Estado español ejercía en Euskadi y en Catalunya. Al contrario: era más bien la consecuencia de un nacionalismo español débil y de su fracaso a la hora de imponer su proyecto nacional en la periferia mediante la asimilación de las culturas y sociedades autóctonas y su fusión con el proyecto nacional español. Esta debilidad del proceso de nacionalización español era el rasgo característico que hacía la historia española diferente a la de otros países europeos en los que un Estado fuerte había logrado implementar desde arriba el proceso de construcción nacional en todas o casi todas las regiones del país. Linz mencionaba especialmente los casos de Francia, Alemania e Italia en contraste con el de España.
Desde que algunos historiadores recuperaran y desarrollaran las tesis de Linz en los años noventa, el debate sobre la supuesta debilidad del proceso de construcción nacional español llegó a convertirse en un auténtico «Historikerstreit»2 español, una polémica entre historiadores españoles, mayoritariamente ubicados en Madrid, e historiadores catalanes, que versaba sobre las particularidades históricas del Estado español, su proceso de construcción nacional durante los siglos XIX y XX y su camino diferente hacia la modernidad. Para la mayoría de los historiadores revisionistas, el punto culminante de esta debilidad llegó en 1898 con la pérdida de las últimas colonias y la consiguiente humillación del antaño todopoderoso e influyente Imperio español. El historiador alemán Jürgen Osterhammel ha apoyado esta tesis en su monumental obra La transformación del mundo: Una historia global del siglo xix con la definición de España como el «verdadero perdedor imperial del siglo XIX». Este debate en el que, a menudo, se solapan el razonamiento científico y creencias políticas e identitarias no confesadas, es esencial para cualquier análisis que pretende descubrir los factores que desencadenaron la movilización nacionalista en el País Vasco. ¿Fue el nacionalismo vasco una rebelión reactiva contra el poderoso Estado y su imposición coercitiva del proyecto nacional español, o fue más bien el resultado de un Estado central débil y de su incapacidad de asimilar las culturas no-españolas? Con el fin de encontrar posibles respuestas satisfactorias a estas preguntas, a continuación discutiré brevemente algunos de los pros y contras más relevantes en relación con este debate sobre la supuesta débil nacionalización española.
Para empezar, cabe reseñar que inicialmente la historia de la España moderna no estaba relacionada en absoluto con la noción de la «debilidad». Al contrario, tradicionalmente los historiadores han considerado a España como uno de los Estados-nación más viejos y poderosos de Europa. En su muy influyente obra sobre Estado y nación en la historia europea, el historiador alemán Hagen Schulze sostenía que ya a lo largo del siglo XVI España había alcanzado un similar nivel de nacionalización estatal y cultural como su enemigo inglés. Según Schulze, este progreso nacionalizante era el resultado tanto del aislamiento geográfico del país como de la fuerte militarización de la población durante la era de la Reconquista3. En el año 1469, el matrimonio entre Isabel y Fernando había preparado la unificación de los dos reinos más poderosos de la Península Ibérica. Más tarde, en 1516, la fusión de Aragón y Castilla sería confirmada de jure por el primer rey de la casa de Habsburgo, Carlos I. La construcción del nuevo Imperio venía acompañada de importantes medidas de homogeneización cultural como la retirada de los musulmanes tras la caída de su último bastión en Granada (1492), la expulsión de los judíos en el mismo año y, en 1501, el bautizo católico obligatorio de todos los musulmanes que habían optado por quedarse en España al final de la Reconquista. La ganadora en este proceso de homogeneización fue la Iglesia católica que pudo convertirse, también gracias a un eficaz instrumento de coerción y represión como el de la Inquisición, en uno de los pilares más formidables e influyentes del reino.
Esta homogeneización cultural y religiosa interna iba de la mano de una estrategia de «peninsularización» en el exterior, donde se procedía al abandono paulatino de los intereses geopolíticos en otras partes de Europa (pero no así de América), así como el establecimiento de fronteras fijas y la implementación del gobierno monárquico centralizado en la Península4. Estas políticas se transformaron en el nuevo leitmotiv de los Borbones después de que Felipe V había sucedido al último rey de los Habsburgo, Carlos II, al final de la Guerra de Sucesión (1702-1714). Tras su acceso al trono, Felipe castigó a sus adversarios de la guerra con la abolición de las estructuras de autogobierno regional en Aragón, Valencia, Catalunya y Mallorca. Estos territorios del antiguo Reino de Aragón serían ahora incorporados al Reino de Castilla y sometidos a sus normas y leyes. Muchos historiadores han interpretado esta política de temprana homogeneización y centralización como la culminación exitosa del largo proceso de construcción estatal y nacional que ya había sido iniciado bajo los Habsburgo. Desde esta perspectiva, el «huracán unificador» de Felipe V (Jover Zamora) fue un nuevo hito en este proceso porque transformó al Reino español del principio del siglo XVIII definitivamente en un moderno Estado-nación europeo avant la lettre5. Esta exitosa evolución de la monarquía española parecía tener continuidad también en el siglo XIX, al menos en el ámbito económico. Entre 1800 y 1900, la población creció de 10 a 18 millones. El progreso de la agricultura ayudó a eliminar las hasta entonces crónicas crisis de subsistencia que en tiempos pasados habían provocado altas tasas de mortalidad en las áreas rurales. Además, en algunas regiones del país también se llegaron a producir los primeros casos de crecimiento capitalista industrial6.
Hasta aquí, el relato optimista de la construcción del Estado y de la nación española. Tal y como ya se ha indicado, recuperando algunas de las ideas adelantadas por Juan Linz dos décadas antes, algunos historiadores empezaron a elaborar un nuevo marco interpretativo de la historia española que cuestionaría muchas de las premisas básicas defendidas por los historiadores próximos a la teoría clásica antes expuesta. El primer protagonista de este revisionismo fue el historiador catalán Borja de Riquer en 1990. Algunos años más tarde, el historiador español José Álvarez Junco presentó lo que a la sazón seguramente era el esfuerzo más sofisticado encaminado a revelar los principales ejes de un nuevo paradigma interpretativo de la historia española. En su bestseller titulado Mater Dolorosa, publicado en su primera edición en 2001, Álvarez Junco desarrolló algunos de los argumentos de Riquer, sometiéndolos a un escrutinio crítico y empírico para, finalmente, corroborar y complementarlos, si bien con algunas excepciones. ¿Cuáles eran los parámetros más significativos de esta nueva narrativa?7.
Detrás de la imagen de un Estado español comprendido como un producto de una exitosa y temprana formación, compacto, con una identidad nacional sólida, y con una posición privilegiada e influyente en el centro del poder europeo, se escondía una realidad muy diferente y mucho más compleja. Se trataba de la realidad de un proceso de nacionalización relativamente débil que provocaría en el transcurso del tiempo la relegación del Imperio español desde el centro de poder internacional a la periferia. Esta percepción del reino español como un Estado cada vez más decadente, indiferente ante las virtudes de la modernidad y del progreso, aparecía ya a lo largo del siglo XVIII en los testimonios de algunos observadores internacionales que describían el país como víctima de un particular mix pernicioso formado por la pereza, el orgullo aristocrático, la ociosidad, el clericalismo y la superstición. Todo este conjunto de vicios había creado un muro de protección insuperable contra cualquier intento innovador y modernizador. Uno de estos observadores era Montesquieu. En una de sus ya célebres diatribas contra lo que él consideraba un reflejo del estado de atraso reaccionario español, sostenía que España era un país donde «quien está sentado diez horas al día consigue doble aprecio que quien no lo está más que cinco»8.
La guerra contra Napoleón y el interregno liberal de Cádiz, donde un parlamento asediado había aprobado una de las primeras Constituciones liberales en el mundo9, poco cambió en esta percepción internacional del atraso español. Al contrario: la pérdida del grueso de las colonias americanas, así como la restauración del absolutismo bajo Fernando VII todavía reforzaron más esta imagen. El problema era que la gravedad de este declive fue acentuada por un cada vez mayor aislamiento del antaño tan poderoso Imperio en Europa. Los protocoles del Congreso de Viena (1814/1815) contienen las primeras muestras de esta nueva situación. En este evento tan crucial, en el que las monarquías europeas se reunían para restaurar el absolutismo y reorganizar el equilibrio de poderes en el continente tras la derrota de Napoleón, España pasó completamente desapercibida. Pedro Gómez Labrador, el emisario personal de Fernando, fue incapaz de hacer aprobar siquiera alguna de las demandas españolas10.
Por consiguiente, para España el siglo XIX, la era de las naciones, de los nacionalismos y del imperialismo, se inició con una especie de «Sonderweg», un camino hacia el futuro muy diferente y particular. Mientras que en buena parte de Europa la idea nacional iba ganando fuerza primero como una poderosa arma ideológica para la movilización popular contra las estructuras del régimen absolutista y, después de 1871, como una narrativa adoptada por las nuevas élites de poder para la legitimación de la política imperialista, en España la situación era bien diferente. El liberalismo español se mostró incapaz de canalizar la movilización nacionalista en la Guerra de la Independencia contra Napoleón para la creación de un fuerte Estado-nación. Al contario, el triunfo contra Napoleón dio paso a un largo periodo de agitación política y social, una serie de golpes de Estado militares y diversas guerras civiles, un periodo que perduró prácticamente hasta 1936/1939. Cuando el siglo XIX se encontraba ya en su fase final, con el mundo ya bien repartido entre las potencias imperialistas, España perdió sus últimas tres colonias de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas. Lo que el Congreso de Viena ya había insinuado sería confirmado por la dolorosa experiencia de 1898. El Imperio español, que durante tanto tiempo había disfrutado de su reputación como el más admirado Imperio en el mundo entero, había quedado reducido a ejercer el triste papel de un insignificante espectador. Este desastre sumergió a muchos intelectuales españoles en una prolongada crisis de melancolía con interminables debates sobre las razones que se escondían detrás de esta espectacular decadencia de la nación y las medicinas que convenía suministrar al enfermo para asegurar la completa regeneración de la nación española. El alcance de las propuestas cubría desde la invitación conservadora de simplemente recuperar la esencia de los verdaderos y auténticos valores de la nación hasta llamadas más críticas y progresistas a modernizar las obsoletas estructuras políticas, sociales y económicas de la monarquía11.
Una de las razones más relevantes de esta debilidad estructural del Estado español durante el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX fue la profunda crisis de legitimidad de las élites políticas. Desde 1812 hasta la muerte del Generalísimo Francisco Franco en 1975, ninguno de los diferentes sistemas de gobernanza (absolutismo; diferentes tipos de la monarquía liberal y constitucional; dos repúblicas; dos dictaduras militares autoritarias y, en el segundo caso, al menos inicialmente abiertamente pro-fascistas) fue capaz de generar una amplia base de legitimación democrática que pudiera haber servido para poner fin al largo periodo de inestabilidad política y social. Por lo tanto, mientras que España continuaba siendo golpeada y fraccionada por las recurrentes sublevaciones militares, el país quedó marginado en los grandes conflictos internacionales. El contraste no podía ser más llamativo. Cuando en los tiempos de los Habsburgo y los primeros Borbones el país había participado en primera línea en todos los conflictos bélicos europeos, permaneció neutral en las dos guerras mundiales.
Otro causante de la crisis estructural fue la debilidad del liberalismo español decimonónico. Debido al generalizado estancamiento económico, las clases medias urbanas como potenciales portadores del nacionalismo liberal no salieron de una situación de debilidad y marginación, a lo que contribuyó también su división en fracciones regionales. Por consiguiente, a lo largo del siglo XXI, los impulsos para la «nacionalización de las masas»12 y la disminución de las disparidades y de los particularismos regionales quedaron fútiles. Un ejemplo significativo de estos problemas fueron las polémicas que acompañaban a prácticamente todos los intentos de seleccionar e institucionalizar los diferentes símbolos nacionales (bandera, himno, fiesta nacional)13. Además, la crónica deuda pública que anualmente consumía alrededor de un tercio del presupuesto total14 suponía un serio obstáculo para el desarrollo de los servicios públicos como, por ejemplo, el sistema educativo que seguía siendo un baluarte de la Iglesia católica15. Cabría añadir que hasta bien entrado al siglo XX
