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A los cuatrocientos años de las primeras informaciones expuestas por William Harvey sobre la circulación de la sangre (1616), la Universidad de Padua abrió sus puertas –del 6 al 8 de octubre de 2016– para recibir un encuentro internacional e interdisciplinario sobre la imagen del corazón generador de paradigmas cognoscitivos y estéticos, de esquemas de interpretación y dispositivos emotivo-pasionales en la complejidad y en las intersecciones de los saberes humanos.
El coloquio,
“El corazón es centro”. Narraciones, representaciones y metáforas del corazón en el mundo hispánico, se propuso como espacio de diálogo entre estudiosos con diferentes competencias y lenguajes y como terreno privilegiado de contaminaciones y convergencias con el fin de explorar, sincrónica y diacrónicamente, el corazón –físico, simbólico y metafórico– en el campo de las ciencias médicas y de la historia de la medicina, de la política, de la lingüística, de la literatura y de la comunicación, de las artes visuales, de la filosofía y de la antropología cultural del mundo hispánico y en perspectiva comparada.
Este volumen, homenaje a la centralidad que el corazón ha tenido en la revolución científica llevada a cabo por la Universidad de Padua, reúne los frutos de nuestro coloquio.
Antonella Cancellier es catedrática de Lingüística y traducción (lengua española) en la Universidad de Padua (Dipartimento di Scienze Politiche, Giuridiche e Studi Internazionali).
Alessia Cassani es profesora titular de Lingüística y traducción (lengua española) en la Universidad de Padua (Dipartimento di Scienze Politiche, Giuridiche e Studi Internazionali).
Elena Dal Maso es becaria de Lingüística y traducción (lengua española) en la Universidad de Verona (Dipartimento di Lingue e Letterature Straniere).
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Veröffentlichungsjahr: 2019
Direttori
Antonella Cancellier - Vincenzo Milanesi - Telmo Pievani
Università degli Studi di Padova
Comitato Scientifico
Antonio Colomer Viadel, Universitat Politècnica de València
Candelas Gala, Wake Forest University, North Carolina
Clara Janés, Real Academia Española de la Lengua
Gianmario Molin, Università degli Studi di Padova
Víctor Navarro Brotons, Universitat de València
Claudio Pagano, Università degli Studi di Padova
Maurizio Rippa Bonati, Università degli Studi di Padova
Fabio Rodríguez Amaya, Università degli Studi di Bergamo
Isabelle Stengers, Université Libre de Bruxelles
Giuseppe Zaccaria, Università degli Studi di Padova
Comitato Editoriale
Francesco Carbone, Università degli Studi di Padova
Alessia Cassani, Università degli Studi di Padova
Andrea Cozza, Università degli Studi di Padova
Claudio Zoppini, Università degli Studi di Padova
Il nome della collana Lince-osi ispira alla lince che l’Accademia Nazionale dei Lincei ha scelto come emblema per la straordinaria acutezza visiva e agilità mentale. La spirale, che le abbiamo attribuito come coda, allude alla natura infinita della conoscenza ed è una delle forme più diffuse nell’universo: è presente nelle galassie, nelle conchiglie, nei cicloni, nel DNA… Viene poi naturalmente Galileo che, a partire dalla sua ammissione all’Accademia (1611), fu fiero di firmare come Galileo Galilei Linceo. Ma c’è anche un Linceo più antico a cui rimandiamo. L’argonauta della mitologia greca, alla conquista del vello d’oro che guariva le ferite, la cui vista penetrante lo rendeva capace di attraversare le cose e di vedere anche sotto la terra.
La collana Lince-o, che è dedicata alla trasversalità nei saperi e al dialogo tra le discipline, è un omaggio a tutto questo insieme.
La pubblicazione di questo volume è stata possibile grazie al contributo dell’Università degli Studi di Padova – Dipartimento di Scienze Politiche, Giuridiche e Studi Internazionali (SPGI).
La presente pubblicazione è stata sottoposta a peer review.
Prima edizione: dicembre 2017
Prima edizione digitale: dicembre 2017
ISBN 978 88 5495 122 8
© 2017 Cleup sc
Cooperativa Libraria Editrice Università di Padova
via G. Belzoni 118/3 – Padova (+39 049 8753496)
www.cleup.it
www.facebook.com/cleup
Tutti i diritti riservati.
In copertina: l’immagine è ispirata alla lince dell’emblema dell’Accademia Nazionale dei Lincei e alle code a spirale dei gatti fantastici delle incisioni di Conrad Lycosthenes (1557), Johann-Georg Schenck (1609) e Fortunio Liceti (1634).
Antonella Cancellier
El corazón es centro,
porque es lo único que de nuestro ser da sonido.
María Zambrano
A los cuatrocientos años de las primeras informaciones expuestas por William Harvey sobre la circulación de la sangre (1616), la Universidad de Padua –del6 al 8 de octubre de 2016– abrió sus puertas para recibir un encuentro internacional e interdisciplinario sobre la imagen del corazón generador de paradigmas cognoscitivos y estéticos, de esquemas de interpretación y dispositivos emotivo-pasionales en la complejidad y en las intersecciones de los saberes humanos.
El coloquio, “El corazón es centro”. Narraciones, representaciones y metáforas del corazón en elmundohispánico, se propuso como espacio de diálogo entre estudiosos con diferentes competencias y lenguajes y como terreno privilegiado de contaminaciones y convergencias con el fin de explorar, sincrónica y diacrónicamente, el corazón –físico, simbólico y metafórico– en el campo de las ciencias médicas y de la historia de la medicina, de la política, de la lingüística, de la literatura y de la comunicación, de las artes visuales, de la filosofía y de la antropología cultural del mundo hispánico y en perspectiva comparada.
El proyecto ha dado continuidad al coloquio Entre literatura y medicina: Narrativas transatlánticas de la enfermedad (América Latina, el Caribe y España) (Universidad de Costa Rica, 8-10 de septiembre de 2015). Aun contemplando la posibilidad de una mayor articulación temática, el encuentro de Padua se concentró en el corazón para conmemorar el aniversario (1616-2016) y destacar la centralidad que el corazón ha tenido en la revolución científica llevada a cabo por la Universidad de Padua. A partir del siglo XVI, gracias a su Escuela Médica y a figuras como Vesalio, Colombo, Fabrici d’Acquapendente, Harvey y más tarde Morgagni, Padua es el centro propulsor de ideas innovadoras y de metodologías de investigación experimental, anatómica y clínica del órgano cardiaco. En la segunda mitad del siglo XX, Padua vuelve a ocupar un lugar significativo en el ámbito de la investigación cardiológica con la creación de la Escuela de Cardiología y la Escuela de Patología cardiovascular. Y es en esta ciudad donde Vincenzo Gallucci, con su equipo, hace el primer transplante de corazón en Italia.
Este volumen, que reúne los frutos de nuestro coloquio, se abre y se enriquece con un poema inédito, El corazón y los cuatro elementos, de Clara Janés que nos honró también con la lección inaugural. Cierra este libro la esclarecedora exposición de Giuliano Pisani sobre Giotto que más que nadie, y aquí en Padua, supo representar las pasiones del corazón.
Padova, diciembre de 2017
Antonella Cancellier
“Melis, adiós”. De esta forma la Universidad de Siena, su Universidad, ha dado el anuncio de que el 7 de agosto de 2016 el hispanismo internacional ha perdido, en La Paz en Bolivia, uno de sus más destacados representantes. Antonio Melis (1942-2016) era catedrático de Lengua y literatura hispanoamericana en la Universidad de Siena y allí, hace muchos años, me había elegido como su primera investigadora. Muchas cosas nos han unido. Ante todo el hecho de tener al mismo maestro, el profesor Giovanni Meo Zilio, pionero del hispanoamericanismo y primer catedrático de Lengua y literatura hispanoamericana en Italia, y de ser los discípulos en que más confiaba. En particular Antonio Melis era para el profesor Meo Zilio su alumno más brillante, al cual le pidió que apoyara mis investigaciones. Antonio se había graduado con Meo Zilio, en 1965 en Padua, en el breve período tras el retorno del profesor desde Uruguay –donde, a partir de 1950, había enseñado Literatura italiana– y hasta su nombramiento en Florencia. Allí fue donde Antonio Melis inició, como colaborador suyo, su carrera académica, que más tarde lo llevaríaa la Universidad de Siena.
Les debo mucho –todo– a ambos. Al primero sobre todo, a Giovanni Meo Zilio, le debo toda mi formación más científica, al segundo, a Antonio Melis, le debo algo muy precioso: me ha enseñado la manera, no fácil, con la cual hay que abordar a América Latina. Con rigor pero con delicadeza. Porque las tierras de América Latina son tierras delicadas.
Le hemos dedicado el Coloquio “El corazón es centro”, y este volumen también es para él. Porque, aunque Antonio Melis haya dejado su corazón en los Andes, un poco de corazón ya lo había dejado en esta Universidad y en esta ciudad de Padua que tanto influyeron en su formación intelectual, política y humana.
Dante Liano*
Abrumado de oxígeno y de luz, en las más elevadas alturas de la cordillera andina, allí donde el cielo es casi negro, las montañas adustas y ventiladas, los pastores tienen el rostro quemado bajo un sombrero redondo, en esos países a los cuales dedicó su vida, Antonio Melis descansó su cuerpo y dejó la vida que amaba tanto. De las muchas maneras que el destino elige para la partida de una persona, fue el corazón la metáfora con que Antonio escogió el símbolo de despedida. Lo habrá pensado todo el mundo: Antonio Melis había dejado su corazón, come se dice, a lo largo de los Andes; está bien, pues, que lo haya depositado en esas montañas, en esos valles, en esos lagos helados, en los ríos profundos cuyo rumor sube desde las hondas gargantas en donde discurren, con el mismo silbido de un zumbayllu que gira invencible sobre la tierra baldía de un patio de colegio.
Melis pertenece a la numerosa legión de los italianos capturados por la fascinación de la América Latina; llegó a ser uno de los más insignes. No me refiero a los que se deslumbran con lo pintoresco. Cualquier región del mundo es pintoresca si uno así la quiere ver. Lo pintoresco, sin embargo, es una de las tantas formas de la simpleza y de la estrechez del alma. Melis entendió que la América Latina posee riquezas culturales abundantes y profundas, que exigen el estudio de toda una vida para poder comprenderlas. Pertenece, Melis, al grupo de los que aman porque conocen. Así fue Fray Francisco Ximénez, que se hundió en la poderosa selva de Guatemala y emergió con una joya en las manos: el Popol Vuh. Ximénez recogió ese libro sagrado para nosotros pero sobre todo para sus dueños: los antiguos y solemnes guías espirituales mayas, para que ellos mismos lo reestudiaran y lo gozaran con deleite, como lo hizo Enrique Sam Colop. O Antonello Gerbi, cuya Disputa del Nuevo Mundo es un monumento a las relaciones entre Italia y el continente americano. Y mucho antes, el cura Benzoni, que convirtió en ciencia su curiosidad por aquel mundo, nuevo y antiguo y milenario; y el genovés Colón, mentidor de alto rango, que vio en América el lugar exacto en donde estuvo el Paraíso de Adán y Eva, y Pietro Martire d’Anghiera cortesano y antropólogo. Los italianos que ven, con pasión diferente, a esa América que no han conquistado, de la cual no se sienten dueños, que no tienen la obligación de colonizar.
El recuerdo obliga, dirige, orienta los pasos de la memoria. Hay una casa en Plaza 20 de septiembre, en Florencia, casa muy cerca de la estación. Varias cuadras más abajo, antes del río historiado y literario, estaba la sede del Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Magisterio. Han tenido que pasar 40 años para reconocer, sin tropiezos, que era un lugar mágico y privilegiado. Allí enseñaba con fogosidad y ciencia Roberto Paoli, ya reconocido peruanista, y en las librerías se podía encontrar la monumental edición crítica de las poesías de César Vallejo. Esa edición corría parejas con la de las poesías de Machado, elaborada por Oreste Macrí, que enseñaba en el piso de arriba. El trío de sabios se completaba con la figura de Antonio Melis cuya sobriedad didáctica se correspondía con la oratoria ciceroniana de Paoli. Acababa de irse a Venecia Giovanni Meo Zilio, estilista y lingüista de nivel internacional.
Uno no sabe que está en un momento y en un lugar extraordinario. Solo el tiempo se lo sabe decir.
Paoli hacía estrictos análisis literarios, siempre informado sobre las últimas escuelas de crítica. Aprovechó con inteligencia una investigación de Rosselli, quien había agotado a gigantescos ordenadores de la Universidad de Pisa para ubicar la frecuencia de los colores en César Vallejo. Era la época de las máquinas de escribir y del papel carbón. Nadie podía imaginar que, con los años, ese trabajo que se llevó semanas en la sede informática pisana se iba a poder hacer con un portátil de menos de un kilogramo. Eran trabajos pioneros, de asombro.
Melis, desde una formación de sólida teorización literaria, se ocupaba de la obra y del contexto y de las corrientes de pensamiento hispanoamericano. Como la mayoría de hombres reservados e introvertidos, en el momento menos pensado disparaba una frase irónica, que daba en el centro exacto de las debilidades, presunciones y vanidades del mundo académico. Su afabilidad escondía una severidad de fondo, una ética intelectual rigurosa, un incansable trabajo de exploración. Agotados los muebles, los estantes, las mesas y las sillas, los libros se apilaban apoyados en las paredes de su casa, en peligrosa instalación bamboleante y Melis como pidiendo divertidas disculpas por el desorden, la acumulación, la hipérbole de estudioso que sus volúmenes delataban. Por si no bastase, había un fichero contundente, en donde catalogaba libros e ideas, en fichas pequeñas y con caligrafía minuciosa, y uno podía imaginar jornadas y jornadas en el mayor descuido de los trabajos manuales, jornadas concentradas de lectura, fichaje, interpretación.
Todo ello no era un obstáculo para una coherente actividad política. No puedo recordar el nombre de la agrupación extraparlamentaria a la cual pertenecía y no creo que, en este momento, importe mucho. Recuerdo haberlo visto regresar de Parma, en su Fiat 850, uno de los autos más improponibiles de la casa torinesa, muy contento de la doble función del viaje: “Me llevé el coche cargado de propaganda”, me dijo. “Y aproveché para regresar cargado de quesos y vino”. Muy popular en los círculos estudiantiles, lo llamaban para explicar la política latinoamericana y su autoridad intelectual imponía respeto. Parecía mayor de lo que en realidad era.
La mayoría de sus estudios se distinguen sea por la impresionante acumulación de conocimientos, datos, correlaciones sea por la finísima inteligencia que interpreta esos materiales. Más: prevalece la refinada inteligencia que selecciona, ordena, reelabora. Cada artículo es denso y ligero, profundo y claro, con la envidiable facilidad de prosa del que ha comprendido el problema tratado y transmite diáfanamente lo que suele llamarse el análisis y la interpretación. No creo que haya incoherencia en haber escrito ensayos fundamentales sobre Martí, Mariátegui y el Che Guevara. Un latinoamericano comprende perfectamente la lógica de ese recorrido. Quizá por eso gozaba de admiración y respeto en ese difícil continente: la línea ética de su recorrido espiritual era perfectamente comprensible.
El camino iniciado con las ediciones rigurosas de Martí y Mariátegui, con su respectiva traducción, se va a completar con una ejemplar edición antológica de Ernesto Cardenal, antes que el cura nicaragüense se hiciera famoso por la revolución sandinista o por la incomprensión de Juan Pablo II.
Si en el análisis de los ensayistas lo que brilla es la sutil inteligencia crítica y de pensamiento, en la selección, traducción y análisis de la poesía brilla la sensibilidad, el oído, el dominio del idioma.
En los últimos años, el interés de Antonio Melis se había dirigido hacia las literaturas indígenas de América Latina. Si se piensa bien, era como una desembocadura natural en su itinerario intelectual. También, anótese que anticipó lo que ahora es moda, porque Melis buscaba otras cosas, buscaba lo que podría llamarse, con vago vocablo, autenticidad en el trabajo crítico. Del estudio de Mariátegui y Arguedas tenía que parar en el estudio de las lenguas indígenas y sus manifestaciones artísticas. También por eso participaba en los congresos de JALLA desde su fundación. Y en Siena, donde desarrolló la mayor parte de su labor universitaria, fundó el CISAI (Centro interdepartamental de estudios sobre América indígena).
Melis era lo más lejano que pueda pensarse del maestro autoritario y hierático. Generaciones de alumnos gozaron de su bonhomía, de su disponibilidad siempre gentil, de su inexorable gusto por la vida. Al margen de las clases, de las discusiones, de las conferencias y de los congresos, siempre halló tiempo para compartir una buena mesa y un vaso o dos de buen vino, en veladas llenas de amistad y de buen humor, virtud que poseía en grado sumo. Amaba la vida y el gozo de la vida con el mismo empeño con que amaba el estudio, con la misma seriedad con que amaba la verdad.
Deja a los jóvenes un sólido ejemplo de lo que debe ser un hispanoamericanista, de lo que debe ser un intelectual recto, alejado de los juegos de poder, tan alejado de esas maniobras como cercano a sus estudiantes, a sus libros, a sus poetas. No he podido dejar de pensar, en los días que me anunciaron su partida, en la paráfrasis de aquel verso de Vallejo: “su semblante, figura un apacible corazón...”. Buen viaje Antonio. Que los abuelos y las abuelas te reciban con tu petate, con tu pimienta, con tus queridos libros, el rajax ulew, Corazón de la Tierra, el rajax kakulhá, el Corazón del Cielo.
* Università Cattolica del Sacro Cuore, Milano.
Clara Janés*
I
Agua en el corazón
para saciar las arenas sedientas
de un rostro
y descubrir lustral
su mirada primera.
Agua que lava
las heridas caudales
y renueva el latido
y a los espejos
devuelve
el don de la fusión;
ojos del alma
dibujados en el pulso
secreto del amor.
II
Aire en el corazón
y boca a boca
se trasvasa el aliento de vida.
Una rueda de vientos
arrastra el carnal deterioro.
La danza
entre los árboles del bosque
va destilando un humor rojizo
que florece en el ramaje del cuerpo.
Lazos de amor se anudan
en ese discurrir
al ritmo de la vida.
Aire y boca y las manos
enlazadas en alas
naciendo a la inmensidad
de la transparencia.
III
Y que llegue la nocturna hora,
hora secreta
en la cual la palabra
se adelgaza hasta el silbido
del elemento mínimo,
invisible fluctuación y
onda que convoca,
te convoca más y más, lejos-cerca amor.
Y reposa en la tierra de mi corazón,
devora sus frutos,
abandónate a la ascensión de sus rosas,
que en perfume te llevan
a la ebriedad
del espacio purpúreo inmarcesible.
IV
Allí prenden las yescas
al unirse los mortales ramajes;
clavos de luz se tornan
en el mar cristalino
del cosmos circundante.
Crece el árbol de fuego
que es la sabiduría
y ya no se conoce
el tú y el yo
formado el uno
–corazón de corazones
irradiando–
en el aroma
del latido urente
que nutre el espíritu
o sangre enamorada.
Y ya nunca
la negrura de una nube
celará con su sombra
ese arder sin consumirse
del núbil corazón en llamas.
CODA
En esa copa
elevo el sol
centro que centra
movimiento y quietud
espacio inespacial
punto sin punto
identidad sin fin
Morada
Ser
contrafaz
de la
Nada.
2 de agosto de 2016
* Real Academia Española.
Clara Janés*
Sístole y diástole, cerrarse y abrirse, recibir y emitir, resonar y destellar... Un aquí y un allá...; y la fuerza del sonido que permite el paso a la voz, a la palabra y al juicio, que permiten a su vez el autocrearse del hombre, y dejar testimonio de su conciencia; el erigirse en bastión de su integridad.
¿Y quién me eleva y me calienta el corazón?
¿Quién hace que yo no tema ni fortuna ni muerte?
¿Quién las cadenas rompió de aquellas puertas
de donde pocos son liberados y salen afuera?
Estas son palabras de un hombre cuyo corazón no cesó en su afán de conocimiento y en crear en torno a sí una fortaleza de razón. Estuvo cerca de esta universidad de Padua, estudió a sus estudiosos, como Nicolás de Cusa y Copérnico, dijo y sostuvo lo que pensaba y por ello fue considerado herético y quemado en el año 1600 en el Campo de’ Fiori de Roma. Estoy hablando, naturalmente, de Giordano Bruno.
Sístole y diástole, cerrarse y abrirse, recibir y emitir... Que el corazón lleva a cabo estos movimientos necesarios para otro movimiento, la vida, arrastrando la sangre, fue profundizado por William Harvey, alumno de esta universidad. Este hecho lo descubrió el español Miguel Servet, el cual, considerado herético, vivió el mismo terrible fin que Giordano Bruno. En la hoguera, pues, dejó de latir su corazón.
El latido es una voz de alarma, que nos indica nuestra inserción en el tiempo. El latido es el punto de un metrónomo, conlleva el número y el sonido. Y de número y sonido al inicio de la palabra y del pensamiento hay solo un paso.
Cerrarse y abrirse, recibir y emitir, resonar y destellar... Para los antiguos egipcios, el corazón equivalía a la palabra. Cuando el hombre moría, Anubis, el dios de cabeza de chacal, preparaba la momia y la presentaba ante Osiris. Él mismo sostenía entonces una balanza, en uno de cuyos platillos se colocaba el corazón del fallecido y en el otro la pluma de Maât, la Regla eterna. Y mientras el muerto exponía su vida, el dios Thot anotaba su confesión. Éste era “el día del peso de las palabras”.
Pero antes de que apareciera la muerte, en el momento mismo de la creación, era ya el corazón quien movía la voz. Sucedió que Ptah, el dios constructor, se manifestó como corazón y como lengua. Entonces apareció lo que había pensado su corazón –corazón irradiante, corazón cognoscente y trasmisor–. Los Textos de las Pirámides añaden algo más respecto al conocimiento: los sentidos. Se dice en ellos: “Cuando los ojos ven, y los oídos oyen, y la nariz respira, dichos órganos hacen subir esto al Corazón; éste es el que hace salir todo lo que resulta (concepto, fruto de la sensación), y es la Lengua la que repite (expresa) el pensamiento del Corazón”.
El egipcio, pues, tiene una idea afinada del conocimiento y sabe desde un principio que la expresión ha de ser exacta. Ptahotep, en su libro de máximas, que data del 3000 a.C., advertía: “Hablar de manera justa nos permite evitar la confusión y realizar correctamente nuestros proyectos. Para llegar a ello hay que ‘sumergir el corazón’, posarlo y ‘ordenar la boca’”. El Libro de los Muertos habla, además, de la ceremonia de “apertura de la boca”, tras la cual el difunto podía recuperar la palabra, encontrar su nombre, recibir su corazón y entrar en la luz. Y ese entrar en la luz se producía tras un descenso a las tinieblas; el faraón, en cambio, ascendía directamente a las Pléyades, viaje celeste hacia lo absoluto.
Abrir la boca, emitir el verbo justo... En las Upanishad hindúes (escritas entre el año 1000 y el 600 a. C.), más caleidoscópicas que los textos egipcios, encontramos también la proximidad de corazón, palabra y pensamiento; y más. El Atman, conciencia autoluminosa atemporal, tras crear los mundos creó el Púrusa, la forma antropomórfica, cuerpo inicial o cósmico, y le “abrió la boca, como [se abre] un huevo; de la boca [emergió] el habla; del habla, el fuego. Se abrieron las fosas nasales; de las fosas nasales [emergió] el aire vital; del aire vital, el viento (vayú). Se abrieron los ojos; de los ojos [emergió] la vista; de la vista, el sol (adityá). Se abrieron las orejas; de las orejas, [emergió] el oído; del oído, las regiones del espacio (dís). Se abrió la piel; de la piel [emergió] el vello, del vello, las plantas y los árboles. Se abrió el corazón; del corazón [emergió] la mente”, dice el Aitreya Upanishad.
El Atman tiene una ubicación doble, brilla también en el interior del hombre y, a su vez, equivale al espacio exterior, siendo en sí “el interior del corazón. Es lo pleno, lo inmutable. [...En él, según el Chadogya Upanishad] están contenidos el cielo y la tierra, el fuego y el viento, el sol y la luna, el relámpago y las estrellas”.
Por otra parte, respecto al Púrusa: “El fuego es su cabeza; la luz del sol sus ojos, el mundo entero su corazón” (Mundaka Upanishad). Pero el fuego no está solo en la cabeza, sino que “transformado en habla, entró en la boca” (Aitreya Upanishad). El fuego es, pues, también la palabra, y la palabra es el corazón. Y si el corazón es fuego, arde y prende, impulsa con ardor y puede ser el mismo infierno –infierno de amor– o comportar el descenso a los infiernos –y aparece el corazón caverna–, ya que ese ardor participa del orbe de Dionisos y de aquellos hombres que por desesperación y por deseo de saber se embriagaban hasta cruzar el límite de lo ignoto en busca de las resonancias procedentes del más allá –o del más acá– de la vida. Y es que ese puntear del metrónomo cordial –sístole y diástole, cerrarse y abrirse– que mide el transcurrir, sitúa al hombre cara a la muerte.
En la oscuridad del corazón-caverna resonante, la palabra es eco y es sombra; sombra que remite a una idea o enigma que al atravesar las paredes de roca otorga igualmente un conocimiento, que no es el de la razón, sino el de la intuición. Aquí, el hueco es atención pura, es la suma de las cavidades acogedoras, que dan paso a lo desconocido para escucharlo.
Recibir, resonar... Platón, en uno de sus diálogos (Fedón), hace decir a Sócrates que en su juventud deseaba aprender “la ciencia que se llama la física; porque encontraba admirable el saber la causa de todas las cosas, de lo que las hace nacer y las hace morir y de lo que las hace ser. Y no hubo molestia que no me haya dado para examinar primeramente si es del calor o el frío, como algunos pretenden, que nacen los seres animados después de haber sufrido una especie de corrupción; si es la sangre la que hace el pensamiento, o si es el aire o el fuego o si no es ninguna de estas cosas y solamente es el cerebro la causa de nuestros sentidos, de la vista, del oído, del olfato; si de estos sentidos resulta la memoria y de la representación nace finalmente la ciencia”.
En medio de este párrafo, donde hace referencia a Anaxágoras, Arquelao, Anaxímenes y Heráclito, no sólo llama la atención que mencione la sangre como causa el pensamiento –frase ésta que remite a Empédocles–, sino todo el conjunto. Nos parece oír palabras de los grandes físicos del siglo XX, como Erwin Schrödinger, quien por cierto, para explicar la mecánica ondulatoria, escribió un diálogo supuestamente atribuido a Galileo, pensando sin duda, que su mente-corazón bien habría podido haberse adelantado a los descubrimientos del siglo XX...
Sabido es que Platón viajó a Egipto, Sicilia e Italia para instruirse. No sorprende que aluda al pitagórico Empédocles, que, según cita Estoblo (Eclogae Phisicae, Dialecticae et Ethicae) escribió:
Nutrido [el corazón] en los mares de sangre latiente,
es allí donde ante todo está lo que los hombres llaman inteligencia:
pues la sangre que rodea el corazón es para los hombres la inteligencia.
Pero a la vez, para él, todo era uno, y “Lo Uno es esférico, eterno e inmóvil”.
Algo parecido diría siglos después Nicolás de Cusa (1401-1464), estudiante ilustre de esta universidad de Padua. En su De docta ignorantia leemos: “El máximo es uno”, palabras a las que se añade más adelante: “la Deidad es unidad infinita”. Una unidad infinita es, sin duda, irradiante, como el centro. Y ahora volvemos al corazón como apertura, a su abrirse, emitir y destellar. Y abrazamos el número, el punto del metrónomo, pues dice también el cusano, sobre el tránsito del círculo infinito a la unidad: “Se hace pues patente que el centro, el diámetro y la circunferencia son lo mismo”. Ahora bien, ese máximo absoluto, según el filósofo, “es entendido incomprensiblemente”. Y aquí nos acercamos al místico “no saber sabiendo”, de san Juan de la Cruz, y a los conceptos de Ibn Arabí de Murcia, sufí que vivió en el siglo XII, para el cual el corazón es un espacio intermedio, barzaj o istmo, que actúa como un espejo de agua donde lo invisible se hace visible, pero no tangible. Es “el lugar de las manifestaciones de Dios, el lugar al que sus ángeles descienden” (Iluminaciones de la Meca), donde se revela la Belleza divina. Cuanto en él se ve, lo expresa la poesía. Así, en uno de sus poemas más conocidos, nos pone ante la visión teofánica de la amada y sus consecuencias, con unos versos que recuerdan las palabras de la Chandogya Upanishad: “¡Qué maravilla un jardín entre incendios! / Mi corazón acoge cualquier forma”.
La poesía, pues, para Ibn Arabí, revela lo que rebasa al intelecto. Y todo tiene un aspecto manifiesto y otro oculto que permanece en las sombras. Ahora bien, aquél que se oculta y se manifiesta ocultándose es Dios, ese “Tesoro” que, deseando ser conocido, creó al hombre. Luces y sombras, visiones y ecos, en este caso nos hablan de los sustratos del sufismo, que se alimentó del hinduismo y de las doctrinas de Empédocles y de Platón. La influencia de este último fue consecuencia del cierre de las escuelas paganas clásicas, por parte de Justiniano, en el año 529, que llevó a los filósofos griegos a refugiarse en Alejandría o Antioquía (Siria). Con los años sus ideas cruzarían la Patrística y el pensamiento medieval para alcanzar el Renacimiento, con un Marsilio Ficino (1433-1499), autor del Liber sole, o el ya mencionado Giordano Bruno, que escribió De umbris idearum, sobre la dialéctica entre sombra (mundo) y luz (ideas). En cuanto a Empédocles, además de lo ya apuntado, él habló de “repartir bien el logos por las entrañas”, lo cual tiene en sí un carácter de descenso y de impregnación en la búsqueda, de implicación de la totalidad del ser como en el caso del místico.
“Corde credimus, ore profitemur”, escribió Angelus Silesius (1624-1677), cuya obra está también impregnada por los conceptos de Empédocles, fundamentalmente el aserto: “solo el fuego es visto por el fuego”, idea de identidad que pasaría a las Enéadas de Plotino, para resumirse luego en “similia similibus cognoscuntur”, que el alemán transformó en: “Porque debo ver la verdadera luz tal como es. / Yo mismo he de ser luz”.
Silesius, que se llamaba Johannes Scheffler, estudió en esta universidad de Padua filosofía y medicina. Protestante, se convirtió al catolicismo y en su obra laten ecos de Böhme, Tauler, Ruusbroek, Eckhart... También para él, el corazón es objeto de un intercambio místico: “Hombre, si das tu corazón a Dios, Él te dará el suyo”, leemos en su Der Cherubinishe Wandersmann (El peregrino querúbico). Y ese corazón reina en la “teología de médico” –a decir de A. N. Haas (Mystik im Kontext)–, que era la de Johannes Scheffler, sin duda de reminiscencia paduana. Oigamos otro curioso eco espacial: “Amigo, si por mí mismo puedo ver lo lejano / ¿Por qué tendría que hacerlo con un telescopio?”.
Pero, ¿qué es “ese” lejano que Silesius veía y dónde? El dónde era interior y coincidía –y nos parece una cauda de la idea estelar de tiempos de Nicolás de Cusa– con una forma geométrica, un centro que era Dios, siendo la creación la circunferencia. Y así dijo, ubicándose a sí mismo: “Quien ha elegido el punto central como morada / Este ve, con una sola mirada, todo lo que hay entorno”. Y el lejano “qué” era, en cambio, la esencia, que “no se mide”: “No hay inicio, tampoco hay fin, / Ni centro ni círculo, me gire donde me gire”, palabras arriesgadas que contraponen el corazón creador y luminoso a la anulación del sujeto, de hecho, en pura fusión...
Pero el órgano cordial no se detiene, vuelven sístole y diástole, sístole y diástole... El poeta del siglo XX Vladimír Holan que tituló el primer volumen de sus obras completas, La gruta de las palabras, escribió : “El corazón es gravedad… La razón sólo peso...”.
Gravedad, descenso una vez más... Una vez más estamos en el corazón que se hace eco del universo, propenso a las artes adivinatorias, pendiente de los abismos insondables, los ecos de lo desconocido. Pero aunque el bardo se halle en las honduras, cuando manifiesta lo que su imán detecta, da el salto mortal desde el “corazón sumergido” al horizonte infinito. Y así, desde la caverna, incorpora él mismo las cualidades del astro irradiante.
Y todavía una cosa más: no me cabe duda de que Holan estuvo en Padua y visitó la universidad. En el libro que él valoraba por encima de todos los suyos, Toscana, cita un nombre: Elena Cornaro. Este nombre era misterioso para mí hasta que, a los pies de la escalera que lleva al “cortile” antiguo del palacio Bo, me encontré cara a cara con la escultura que la representa. Elena Lucrecia Cornaro fue la primera mujer que obtuvo un título académico; y esto sucedió aquí, en el año 1678. Holan dio ese nombre a una muchacha a la que llama también Luniana. Sin duda sabía que Nicolás de Cusa habló de los habitantes del sol y de la luna, o acaso remitía a Galileo y su estudio de los astros, astros que “el mensajero sideral” se empeñó en ver de cerca –aunque pueden alojarse en el corazón– y precisar sus giros.
Actualmente sabemos además que toda nuestra materia procede de estrellas muertas, de modo que, pueblen o no el corazón, están en su base, lo constituyen para que mueva, igual que mueve la sangre, esa otra luz, en sus dos aspectos: desvelamiento y emisión, acogida y destello, intuición y razón, que cristalizarán en palabra y pensamiento, esos aliados esenciales del hombre cara a la vida.
* Real Academia Española.
Edinson Aladino*
Olivado papel, fresco agujero al corazón.
Lezama Lima, Muerte de Narciso
El presente texto aborda el sustrato simbólico del corazón en la novela Paradiso, de José Lezama Lima (La Habana, 1910-1976), a través del personaje Eugenio Foción en su intento por situar este órgano vital como centro de sus pulsiones de muerte. Paradiso presenta, con un carácter inusitado, las relaciones eróticas entre hombres; de igual modo, cabe anotar que el libro indaga hondamente acerca de la legitimidad de los discursos que se han ido hilvanando a lo largo de la historia acerca de lo homosexual. En la novela de Lezama, por consiguiente, lo que existe es una preocupación por este lado de la sexualidad humana, que puede interpretarse como una exploración de su contorno. A partir de la prescripción elemental de Foción en las páginas de la obra, se figura la pregunta por el sentido de la homosexualidad. Pero esta pregunta lo lleva a surcar el espejo enajenado de Narciso, en el que solo ve la imagen de sí mismo, cerrándose en la apertura hacia el otro. Aspecto que lo sujeta a la autodestrucción, donde la pulsión de muerte intenta circundar el corazón como punto nuclear para detener el cuerpo en su pulsión de vida.
Lince de La Habana Vieja. Mago en su sillón insomne de la calle Trocadero. Etrusco cubano descifrando en el humo del tabaco la espiral que lo adelanta. Oscuro, hermético, manierista; omnívoro, difícil, secreto. Escritor para pocos; nudo gordiano para muchos. Universal expresión americana, tradición acentuada en un arte de la contra-conquista1: la alegría del paisaje, la palabra tomando forma en la boca irisada por un nuevo hálito, celebración de los comienzos, vuelta hacia los orígenes, múltiple barroco nuestro. Vida en la poesía, diálogo en la sobrenaturaleza, sujeto metamorfoseado por el sueño. Luminoso, Orfeo cubano. Abrumador, Minotauro en su isla. Excelso, Ícaro en renovadas plumas. Desmedida, proliferación, éxtasis. Fiesta del pensamiento; sobresalto del lenguaje. Incitador de lo imposible. Recreador de lo desconocido. Capitán de su nao en la Imagen. Mirada primigenia que hace visible lo invisible: José Lezama Lima.
¿Cómo no evocar en el arribo del párrafo anterior la figura de un hombre que se entregó a su obra con suma voluptuosidad religiosa? ¿Que le dedicó toda su vida a la artesanía del verbo y nos legó una vasta y frondosa literatura? ¿Y más aún hoy, en este momento, en el que Paradiso cumple cincuenta años de vida entre sus lectores? La apertura de la hazaña despuntó en 1949. En esa época Lezama dirigía una de las revistas más importantes en el campo cultural latinoamericano: “Orígenes, revista de arte y literatura” (1944-1956). Allí se congregaron en torno suyo un tejido coral de pintores, músicos, poetas y escritores reconocidos (y en ciernes) en una estela literaria cubana que inundó la isla con sus papeles de galera2. Lezama había fundado ya tres revistas antes de “Orígenes”3; era un poeta que contaba con un prestigio y un renombre local; tenía una voz auténtica, la presencia de un contagio expresivo y la resolución de un creciente proyecto literario, del que venía dando muestras en revistas ajenas o propias, dejando marca de su abundante escritura en cuentos, poemas y ensayos4.
En el número 22 de “Orígenes”, en el verano de 1949, entre la página 16 y 23, apareció la mitad del primer capítulo de Paradiso. Al que seguiría la continuación en el número 23 de la revista, en otoño del mismo año. El autor promedió las entregas de su novela en la plataforma programática de “Orígenes”, en un intervalo de tiempo que va de 1949 hasta 1955, culminando con la entrega del quinto capítulo imantado en el ejemplar número 39. Paralelo a ello, Lezama no cesaba de escribir poesía y ensayo, cohesionando su labor creativa, laberíntica, con el hilo de Ariadna de su “sistema poético del mundo”5. Su novela no escapa a esta circunstancia: es partícipe de todo el conglomerado relacionable, dialógico, que el cubano venía elaborando a lo largo de los años.
“Orígenes” expira un año después de la última entrega de Paradiso, en 1956. Lectores, poetas, conocidos, amigos y familiares, quedaron con el sabor inicial de los cinco capítulos prendado en los ojos, de cara a las puertas entreabiertas de la imaginación, donde se visualizaba un nuevo territorio conquistado, la cartografía de un mundo aglutinante, extraño y señero. Quedaba el parpadeo y la expectación interrumpida; el llamado deseoso de la madre, Rosa Lima de Lezama, alentando al hijo para que continuase el hilo dorado por el tapiz de la novela6. Quedaban atrás los días efusivos y gloriosos, el crepitante tropel arremolinado en torno a la salida de un reciente número de“Orígenes”. En el día, el cumplimiento tedioso de las horas de abogado; en la noche, el compromiso con la cultura, el ensueño y las letras7. En una entrevista realizada por Jean-Michel Fossey, Lezama rememora la atmósfera que circundaba esos años de “Orígenes”, destacándola como una era fabulosa, un momento pleno de congregación artística, una especie de “taller de tipo renacentista […] De tal manera que, cuando un número salía, parecía la vecinería de un barrio cuando sale el pan, en la fiesta de la mañana” (1971: 18).
En 1964 muere la madre del poeta a los setenta y seis años. Hecho alucinante y triste para Lezama, pero también dinamizador en la concreción de su novela:
Mi vida transcurrió entre dos momentos de alucinación: yo acababa de cumplir ocho años cuando mi padre contrajo una gripe en Fort Barrancas, Pensacola […] y se murió de esa enfermedad complicada con una pulmonía […] La otra alucinación se precipitó hace tres años (1964), cuando mi madre, de setenta y seis, me dejó también […] aquella imagen patriarcal nos dio una unidad suprema e instaló en mi mamá la idea de que mi destino era contar la historia de la familia. Tú tienes que ser el que escriba, decía ella, tú tienes que. La muerte me ofrendó un nuevo concepto de la vida, lo invisible empezó a trabajar sobre mí. Todo lo que hice está dedicado a mi madre. Su acento me acompaña en la noche cuando me duermo y en la mañana cuando me despierto. Oigo su voz de criolla fina que me repite: Escribe, no dejes de escribir (Martínez 1971: 9-10).
El vaho de la Pitia Délfica alivianando el fatum de los hombres. El verbo encarnado en un torrente de río que reclama la amplitud del mar. Un escritor en la soledad hechizada de su santuario; un continente en la espera de una obra. La memoria encabalgando sus vuelos: la niñez en el asma, los banquetes familiares, la infancia en la agonía de la ausencia paterna, los años escolares, la adolescencia en el estímulo de Góngora, el hallazgo de la amistad, el olor de una piña, el sabor de un helado de mamey, el reflujo del Malecón en La Habana, un pueblo que va y otro que viene, la erudición, el conocimiento, las largas horas de lectura en la Biblioteca Nacional, la ceniza cartesiana convirtiéndose en cristal, la celebración de los días, la respiración que se apropia del paisaje, la palabra que se sacude de su letargo, la poesía palpando su ignorado rostro, la muerte y la resurrección en la fe de la sobrenaturaleza poética, la mano con el dorso en la línea del horizonte, las revistas, las publicaciones, los libros, los poemas, toda una vida, toda una existencia en el avatar de la imago: sí, otro comienzo de la novela.
En 1966 apareció Paradiso publicada en La Habana por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Con esta entrega se había completado el decurso de casi veinte años de trabajo incesante. Aludimos a esa cifra aproximada, no exenta de conjetura. Pues solo nos atenemos a las fechas de las publicaciones seriadas. En realidad, el período de incubación de un libro de ingentes proporciones y ambiciosa finalidad requiere la apuesta de toda una vida. La proliferante escritura de poesía, ensayo y cuento, al final encuentra su pabellón ensanchado en el cuerpo naciente de la novela. Ciro Bianchi Ross le preguntó a Lezama sobre el tiempo que tardó en escribir Paradiso, a lo que este en seguida declaró, con un paladeo de sonrisa en los labios:
Se habla mucho del tiempo para hacer el Paradiso […] Yo recuerdo que hace años me preguntaron a mí qué tiempo yo me demoraba en escribir un ensayo y yo le contesté que cuarenta y cuatro años, que era los que tenía entonces. En realidad uno se demora todos los años que tiene para escribir algo […] No se podrá precisar jamás el tiempo que se tragó la redacción de una obra. Es como un hágase que corriese por un hilo incandescente (1971: 27-28).
Los primeros intérpretes de Paradiso, entre los años sesenta y setenta, fueron los principales agentes que ayudaron a difundir la obra, resaltando su realidad sensorial, mítica y poética8. Desde ese entonces la Súmula novelada del autor cubano ha ido ganando su liga de lectores iniciados, descifradores del secreto, buzos de riesgosos mares, trasegadores de archipiélagos vírgenes y doradas playas. En una exigua página titulada “Muerte de Joyce”, integrada en el libro de ensayos Analecta del reloj (1953), Lezama le rinde un homenaje al escritor irlandés. Comenta, brevemente en el inicio, los tipos de lectores que fueron creando un Joyce especial, endilgándole toda amalgama de influjos, restándole importancia al sentido integral del texto, cazando fulguraciones esnobistas de modas y usos literarios a la vista. Reclama, hacia el final, la prominencia de una nueva clase de lector, un lector capaz de jugarse su vida también en la lectura, así como el escritor se la dedicó a su obra: “no afanoso de suceder sus preferencias, sino que tenga para una sola lectura la presencia y la esencia de todos sus días” (2010: 182). Sobreviene el tintineo de un aluvión que es un compromiso, un reto en el ámbito de los estudios literarios latinoamericanos, aprovechando el marco de los cincuenta años de Paradiso: ¿no merece Lezama igualmente ese tipo de lector? En efecto, un lector paciente, ávido, dispuesto a organizar las teselas de esmeralda, que abone el terreno suficiente a las horas de estudio, impetuoso de develar la figura en la alfombra, “resuelto como un escriba egipcio” (Lezama 2010: 182).
Dentro del corpus temático de Paradiso anida la familia, la infancia, las madres, la adolescencia, la amistad, el conocimiento, la poesía. También el sexo y la homosexualidad. Esto, en un recuadro de la historia de Cuba que integra parte del siglo XIX y comienzos del XX. En el plano del tejido argumental del relato, el capítulo IX narra las vivencias más significativas de los años universitarios del protagonista y asimismo se configura una etapa vital en el aprendizaje de Cemí respecto a su vocación y sensibilidad poética. Allí el texto nos sumerge en un aspecto emblemático del trasfondo de la obra: la “tríada pitagórica” que conforman José Cemí, Ricardo Fronesis y Eugenio Foción. Esta tríada es una instancia de la amistad, efusiva y honesta. Según Eloísa Lima, es unatrinidad lezamiana, en la que cada uno representa un determinado símbolo:
La tríada amistosa, platónica, formada por Cemí, Fronesis y Foción, la trinidad, el tres pitagórico, representan tres símbolos esenciales: Foción es la autodestrucción, el que no tiene meta y cuyo final será dar la vuelta al árbol fálico, ya loco, buscando un orden en su desorden; Fronesis es la eticidad, el deseoso que busca sus orígenes, busca a su madre; Cemí instinto, razón y redención por la poesía (1980: 67).
A Eugenio Foción se lo ha asociado con el caos, con la destrucción. Es preciso subrayar que él no cuenta con una fuerza destructora, sino que se siente destruido, incapaz de organizar el imbroglio de su vida. Carente de finalidad, de telos. Personaje complejo, si los hay. Su apellido trae reminiscencias onomásticas del estratega y político ateniense retratado por Plutarco en las Vidas paralelas (2010), del cual queda un óleo memorable de 1648, recreado por el pintor francés Nicolas Poussin, donde se representa la escena de sus funerales. Foción en la novela es descrito como “un joven de veinticinco años, muy flaco, con el pelo dorado y agresivo como un halcón” (Lezama 2011: 243). Su presencia en las páginas ocurre de manera gradual: aparece por primera vez en la turbamulta de la manifestación estudiantil de la Universidad de La Habana, festivamente llamada Upsalón, acompañado de su amigo Fronesis9; luego es sorprendido por Cemí en el interior de una librería, orquestando una “neroniana” broma frente a un sujeto desconocido, que “tenía una crisis sexual que se revelaba en una falsa y apresurada inquietud cultural” (2011: 252), la cual aprovecha su contertulio para ironizarlo con referencias inventadas de erudición, donde se desliza jocosamente la alusión a un “Sartre chino, del siglo VI, antes de Cristo” (2011: 252). Punto en el que se nos ofrece un rasgo circunstancial del carácter de Eugenio:
Utilizaba su superioridad intelectual, no para ensanchar el mundo de las personas con quienes hablaba, sino para dejar la marca de su persona y de sus caprichos. Despedazaba la más nimia intensión de los demás de penetrar en su persona […] Partía siempre de su innata superioridad, si se le aceptaba esa superioridad reaccionaba con sutiles descargas de ironía, si por el contrario se la negaban, mostraba entonces una indiferencia de caracol, tan peligrosa como su ironía. Hería con un puñal de dos puntas, ironía e indiferencia, y él permanecía en su centro, lanzando una elegante bocana de humo. Era el árbitro de las situaciones neronianas (2011: 253).
Dicha escena le sirve a Cemí para recusar la presencia “espectacular y preconcebida” de Foción y diferenciarlo del espíritu ennoblecido de Fronesis. Estos dos parecen erigirse como el resultado de una dicotomía: Fronesis representa la templanza, la sabiduría, haciéndole honor a su apellido, ya que es el hombre de la responsabilidad ética; Foción representa la hybris, la desmesura, la pasión incontrolable. Antesala en el reconocimiento de los personajes que nos conduce a los patios concurridos de Upsalón y al prolijo debate sobre la homosexualidad, detonado por los estudiantes de la Facultad de Derecho: Baena Albornoz y Leregas, que fueron sorprendidos en plena cópula per angostam viam, siendo así expulsados del claustro. Pasaje tantas veces comentado y reseñado por la crítica. Las redes de significancia dialógica que brinda el texto, nos permiten situar aquí un contrapunteo con el Lisis y el Banquete (2010) de Platón. La Facultad de Filosofía y Letras de Upsalón, el cúmulo de grupos de estudiantes hacinados en busca de la irradiación de las ideas, dándole la espalda a las clases “tediosas y banales”, lejos del “vulgacho profesoral” (Lezama 2011: 255-56), semeja la Palestra evocada en el Lisis, que era una especie de patio explayado, algunas veces con biblioteca, frecuentado por los sofistas, donde también se realizaban ejercicios físicos. Escenario pleno para el diálogo (Platón 2010: 89).
La tríada pitagórica funge como el proyecto de una estimulante comunidad; el rasgo en común que comparten es la formación intelectual, Eros cognoscente. Están impulsados por la pasión del conocimiento, comparten las mismas inquietudes culturales, las mismas preocupaciones filosófico-literarias. Sin embargo, hay alternancias de carácter, disimetrías. La relación amistosa entre Cemí y Fronesis está mediada por la sympátheia, la alegría de una mano que despeja y direcciona el camino hacia el mejoramiento de sí mismo y el equilibrio del ser; en cambio, entre Cemí y Foción emerge el apathos, la indiferencia y la cordialidad extendida, dos rostros estoicos como cascos romanos, que se miran en la permanencia de un tercero que los convoca. Caso medular y eje de nuestro enfoque, es la cercanía entre Foción y Fronesis. Amor mudo y secreto son los sentimientos del primero; compañía entrañable es la sensación que expresa el segundo. Amante amigo del amado. Pregunta Sócrates en el Lisis: “¿De modo que los dos llegan a ser amigos entre sí, aunque solo sea uno el que ame al otro?” (2010: 100). Respondemos quedamente como el joven Lisis: al menos así parece en Paradiso.
Uno de los fracasos que circunda a Foción es su amor imposible, el capricho fijado, la fiebre asentada por el cuerpo distante de su deseo; va hacia el encuentro de Fronesis, “rema siempre hacia él, pero nunca lo alcanza […] Foción vive la tendencia erótica como una condena gratuita” (Echavarren 2015: 299). Ricardo lo respeta y lo quiere como amigo, sin embargo, no le corresponde en la misma esfera de afectuosidad: “Fronesis comprendía la nobleza final de la vida de su amigo, por eso lo toleraba con cierta pasión […] Una amistad noble, austera, tolerante e inteligente. Comprendía el laberinto de Foción, pero rehusaba a acompañarlo hasta la puerta de salida” (Lezama 2011: 294). Eugenio Foción está inmerso en lo que el personaje-guía de Paradiso, Oppiano Licario, llama en la novela ritmo sistáltico o de las pasiones tumultuosas; es decir, que no tiene una “conducta de orientación cósmica” (2011: 299) que le permita situarse en el plano del equilibrio anímico. Por eso las pasiones lo sobrecogen, develándole una especie de avatar sin sosiego.
En el largo debate sobre la homosexualidad del capítulo IX de Paradiso suscitado por el episodio de los atletas remeros Baena Albornoz y Legeras, historia en el relato que dispara el discurso en el relato10, Ricardo Fronesis alude a este tipo de relación como un acopio de “desvío sexual”, de “anormalidad”; pues para él la “normalidad” vendría a estar del lado de las relaciones heterosexuales. Foción, por su parte, arremete contra su amigo con cierto desenfado y utiliza argumentos míticos, culturales e incluso históricos:
Tú sigues creyendo [...] que el homosexualismo es la excepción, un vicio traído por el cansancio, o una maldición de los dioses [...] El hombre ha asimilado, lo mismo da que sea un mito de primitivo o un laberinto del período de las culturas, las dos cosas, las semejanzas o las heterogeneidades, los Dióscuros o los ángeles buscando a las hijas del hombre [...] Pero ya desde el siglo V antes de Cristo, los más frecuentes temas taoístas eran el espejo, el andrógino, el Gran Uno [...] Es muy difícil que un Sócrates que se mueve en una circunstancia donde el homosexualismo no era una excepción, argumente en el sentido de la justificación, pues no se sentía réprobo, ni creía haber quebrantado ninguna ley (2011: 265-66).
El personaje refiere una concepción del eros que retoma la teoría de la androginia. Dicha teoría la encontramos expuesta en el Banquete, de Platón. Allí Aristófanes evoca el mito de ese ser completo del que, por desgracia, solo somos la otra mitad. Tal mito cuenta que el ser humano formaba un ser doble, compuesto por ocho miembros, dos caras y con sexos alternativamente idénticos o diferentes. Pero estos seres fueron desligados de sus mitades. Por tanto, el amor es siempre la búsqueda de la otra mitad, es decir, la aspiración de recuperar la unidad perdida (2010: 720-25). Foción apela al discurso de la androginia para contrarrestar el sentido anómalo o perverso de la homosexualidad:
Arguye que el ser humano a lo largo de la historia ha asimilado las semejanzas y las heterogeneidades dentro de su esfera sexual. Lo uno y lo otro, de acuerdo con esta posición, han estado en perpetuo diálogo, pues las relaciones eróticas entre individuos del mismo sexo son tan antiquísimas como las relaciones heterosexuales. Aquí se establece un punto de vista que considera la homosexualidad tan normal y originaria como las relaciones eróticas entre individuos de diferente sexo (Aladino 2015: 15).
No obstante, Foción vive la ausencia de la unidad; vive su deseo como un escarbar en el vacío. El encaprichamiento –fijeza y agua estancada– sella su accionar emotivo. La apetencia de Eugenio va en un despliegue errático, chorro de abejas sin panal, laberinto minoano sin hilos de Ariadna. Una demanda pulsional que lo recorre y atraviesa. Joven altivo y orgulloso, secretario de un buró de abogados que pasa su tiempo libre en las escalinatas de la Universidad de La Habana, conversando con los jóvenes que allí permanecen, buceando en tiendas y librerías, procurando ser un erudito, “un místico ennoblecido por el ocio voluptuoso, obsesionado por la persecución de un fruto errante en el espacio vacío” (Lezama 2011: 294). Aquí encontramos el tipo operacional del sujeto narcisista decantado por el filósofo coreano Byung-Chul Han en La agonía del Eros (2014). El sujeto narcisista para Han rehúye salir de sí mismo y no aclara los límites de su subjetividad; lo reduce todo a través de su mirada. Su relación con el otro no es de apertura, sino de ensimismamiento, pues no reconoce al otro en su alteridad: “El mundo se le presenta solo como proyecciones de sí mismo […] Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo” (2014: 11).
Raquel Carrió Mendía ha subrayado el peso del influjo de los ancestros familiares en los personajes como correlato que perfila la fisonomía que los distingue. Más allá de un determinismo apoyado en las incidencias de la sangre, de lo “esclarecedor” biológico, se despejan en el capítulo X las historias de los linajes de Fronesis y Foción como ejes formativos que redondean sus figuras significantes. Asistimos al desarrollo vivido de dos destinos en plena concurrencia generatriz de sus capacidades gnoseológicas y sensitivas. Ricardo Fronesis, al igual que Cemí, proviene de una familia noble: “los dos tienen clase, pertenecen a los “mejores”, en el sentido clásico, de exigirse mucho a sí mismo. Una familia de letrados con una familia de clase militar culta” (Lezama 2011: 310). El marco genealógico de Foción, por su lado, resulta sustancialmente problemático y arroja muchas luces sobre su proyección actuante. También de familia acomodada, estudiosa, pero con el signo luctuoso de la desgracia: “La destrucción del equilibrio familiar de Foción. La locura del padre, el vacío en las destinaciones, crean el espacio donde una ausencia de voluntad integradora, resistente, permite la desintegración” (Carrió Mendía 1988: 668). De ahí que la novela refiera su existencia como un devenir sin forma, como un regusto sempiterno de Hades, rodeado de sierpes y fantasmas, alucinado de espejos y temblores sexuales, persiguiendo cualquier laberinto errático en el horizonte, cuyos días se deshacen en medio de bocanadas lentas de humo, viendo pasar sus horas de tedio en una “suma de increíbles minucias sin Ariadna y sin Minotauro” (Lezama 2011: 293).
Lo que le queda a Foción es huir; ver en la distancia el cuerpo inaccesible de su deseo, refrenar los dedos crispados por la túnica púrpura de su caro Charmides. Resuelve dejar La Habana y por consiguiente a Fronesis, para irse a vivir a Nueva York. En vísperas de los preparativos del viaje, tiene un encuentro sexual con un desconocido joven pelirrojo. Pero ese encuentro “tiene lugar bajo el signo de la muerte” (Mateo Palmer 2001: 108). El desconocido enarbola un cuchillo; Foción ni se inmuta, pues curiosamente había elegido esa noche para acabar con su vida. Se despoja de la camisa y muestra un círculo negro que se había trazado en la tetilla izquierda:
Tú dices que hoy era el día que tú habías escogido para matar a alguien, pero da la casualidad que hoy es el día que yo había escogido para matarme. Ya tú ves que tenía trazado este círculo negro, para que no pudiera equivocarme en el blanco escogido [...]. La suma de los días se me hace insoportable, no tengo ya la voluntad dispuesta para perseguir ninguna finalidad [...] Al fin me he encontrado a alguien dispuesto a hacer algo por mí, que me dispensa de un trabajo banal, que está dispuesto a matarme (2011: 314).
La tetilla izquierda rodeada por un círculo negro, el sustrato simbólico del corazón, órgano vital, ceñido por el personaje en su afán de situar el centro de sus pulsiones de muerte. No es gratuito que en el cuarto de estudio de Foción reluzca, entre varios objetos11, una estatuilla en bronce de Narciso. El narrador nos dice: “Cuando alguien lo visitaba, como para aclararle su carácter por medio del animismo de los objetos que lo rodeaban, señalaba al Narciso y decía: La imagen de la imagen, la nada” (2011: 312). Foción no puede horadar el espejo enajenado de Narciso, en el que solo ve la imagen de sí mismo. El mito de Narciso conlleva al tema de la introspección, aquel que se extravía en la contemplación de su doble especular. Matiz muy emparentado con el narcisismo de línea lacaniana que deriva de la “fase del espejo”, donde el sujeto se aliena en el registro de lo imaginario (Lacan 1984: 86-94). En el caso de Foción la homosexualidad ya no se resuelve en la muerte, en el suicidio, sino en la locura, en la enajenación mental: termina adoquinado en el jardín de un pabellón, en un hospital de “desrazonados”, adorando en un árbol la imagen fálica de Fronesis, hasta que un rayo que parte el tronco lo saca de su autismo (Lezama 2011: 393-94).
La vida de Foción es descrita en la novela como una errancia; cuya realidad, en palabras de Margarita Mateo Palmer, es una prueba de imposibilidades (2001: 110). La alusión a la estatuilla de bronce en el cuarto del personaje es una de las referencias de la mitología griega de sumo valor para Lezama, ya que en 1937 publicó en la revista Verbum un poema de largo aliento titulado Muerte de Narciso. El enamorado de sí mismo, Foción en busca de su doble especular Fronesis, nos lleva a una circunstancia vital establecida por la esterilidad, los compases de la muerte y la mano que se extiende en el vacío. Destino trágico de un Eros que no solventa su pasión amorosa. Cuerpo doliente en el vértigo de una circunferencia negra, thanática, impresa en el corazón. En la lejanía de su amigo en Francia, ya hacia el capítulo IX de la segunda novela de Lezama (Oppiano Licario,1977), continuación de Paradiso), Foción se tira resignado ahogarse desde el Malecón de La Habana. El final de los versos de Muerte de Narciso precisan la huida: “Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas” (1937: 34).
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