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El corazón es consciente. Puedes cambiar tu destino cardiológico convoca a un fascinante viaje hacia interior de uno de los órganos más nobles y misteriosos de nuestro cuerpo. Este recorrido lo haremos a través de una narrativa fantástica, típica del doctor Martín Lombardero, cardiólogo de reconocida trayectoria, con vasta experiencia docente y prestigio nacional e internacional. Él nos invita a adentrarnos en un cautivante universo, desconocido y de difícil comprensión para muchos: el mundo del corazón. Este libro, que nos brinda una mirada íntima de las posibles respuestas del corazón a los diferentes problemas cotidianos, está escrito con la habilidad de un médico experto y la pasión de un educador nato. En un lenguaje claro y accesible desmitifica conceptos médicos complejos y nos sumerge en atrapantes historias reales de pacientes que han luchado contra sus enfermedades cardíacas, aparentemente invisibles. Aprenderás a escuchar las señales que tu corazón te envía, a tomar decisiones conscientes y a plantearte estrategias para proteger tu bienestar cardiovascular. Prepárate para cambiar la forma en la que percibes tu salud y tomar el control de tu destino cardíaco.
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Seitenzahl: 422
Veröffentlichungsjahr: 2024
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El corazón es consciente
Dr. Martín Lombardero
Lombardero, Martín
El corazón es consciente : puedes cambiar tu destino cardiológico / Martín Lombardero. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Vértice de Ideas, 2024.
Libro digital, Amazon Kindle
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-48743-8-2
1. Cardiología. 2. Medicina Clínica. 3. Cuidado de la Salud. I. Título.
CDD 616.1205
Diseño de cubierta: Rodrigo Broner
Diagramación: Cutral ediciones
© 2024 Martín Lombardero
© 2024, Vértice de Ideas
Grupo Deldragón
www.edicionesdeldragon
Primera edición en formato digital: abril de 2024
Versión 1.0
Digitalización: Proyecto451
ISBN edición digital (ePub): 978-987-48743-8-2
Queda hecho el depósito que prevé la ley 11.723
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del autor y editor.
A Eugenia Cabrera, por su apoyo, su visión, su análisis, su gestión y, sobre todo, por ayudarme a ampliar mi consciencia.
A la Dra. Patricia Cides, por inducir también mi apertura de consciencia.
A Analía Martínez, Diego Mileo y Julio Parissi, por el profesionalismo, la guía, la dedicación y el impecable trabajo de edición características relacionadas con el amor y la vocación con que realizan su trabajo.
A las Dras. Graciela Reyes y Silvia Makhoul, inmejorables consultoras y críticas, a toda hora.
Al Dr. Jorge Lowenstein, un verdadero maestro, no solo del corazón.
Y un agradecimiento especial a quienes fueron elegidos por su capacidad de análisis para realizar una crítica objetiva en determinados capítulos: el Arq. Jorge Turjasnky, la Dra. Ingrid Gerold, el Ing. Fernando Barbeito, el Dr. Oscar Cafisi, el Dr. Raúl Banegas, Graciela Caffera (bureau de Punta del Este), la Dra. Micaela Mirada (P&D Cardiovascular), Claudia Frare, Martín Moncho González, la Dra. Amalia Elizari, la Dra. María Laura Plastino, el Dr. Ricardo Obregón, la Lic. en Marketing Andy Videla, el Lic. en Administración Ricky Sarkany, Eleonora Castiglio, Mario Cifelli (siempre incondicional) y a mi hermano, el Dr. Daniel Lombardero.
Muchas gracias por ser partícipes de este proyecto.
El corazón tiene sus razones que la razón ignora.
Blas Pascal. Pensamientos (1669)
Ya desde hace miles de años se le dio al corazón la capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso. Tenemos el ejemplo de los antiguos egipcios que momificaban a sus muertos y solo el corazón (reconocido como sede del pensamiento y de los sentimientos) se mantenía en su posición para dar lugar a la ceremonia de la pesada de este órgano, tan bien descripta en el Libro de los Muertos y pintada en los frisos exhibidos en el Museo Británico. El corazón debía pesar menos que la pluma Maat que representaba la verdad; si se comprobaba esta diferencia la vida eterna estaba asegurada siempre que su comportamiento en vida haya sido recto como los antiguos mandamientos lo prescribían.
El corazón, definido por el gran Leonardo da Vinci como el “instrumento mirabile invenzionato del sommo maestro”, es uno de los principales órganos del cuerpo humano que recién ahora empezamos a entender en la complejidad de su funcionamiento. Sabemos que el cerebro maneja las emociones y las pasiones, pero el corazón es el resonador de todos estos sentimientos y por algo siempre se lo ha relacionado con la solidaridad, la compasión y el amor.
Como cardiólogos y conocedores de la mecánica cardíaca, describimos al corazón como una banda muscular constituida por un conjunto de fibras musculares, retorcida sobre sí misma a modo de una cuerda lateralmente aplastada que al dar dos vueltas en espiral define un helicoide que delimita ambos ventrículos y conforma su funcionalidad.
Su trabajo es “simplemente” el de una bomba aspirante e impelente para mantener la irrigación sanguínea a todos los órganos de nuestro cuerpo. Pero no funciona aislado ni podemos negar su estrecha relación con el cerebro.
El título del libro es muy apropiado, pues el corazón es un órgano consciente con capacidad de percepción de su entorno y de relacionar lo interno de nuestro cuerpo con la totalidad del Universo.
El corazón participa de las emociones intensas y es afectado por circunstancias muy penosas y a veces también felices.
El síndrome de tako-tsubo representa el 1-2 % de todos los infartos agudos de miocardio y como característica diferencial no tiene lesiones coronarias y suele presentarse predominantemente en mujeres luego de un evento estresante —generalmente emocional— muy intenso. Se lo conoce asimismo con el nombre de broken heart syndrome, cuadro magistralmente descrito por el autor en el capítulo 6. (1)
También un momento de intensa felicidad puede dar complicaciones cardíacas, generalmente arritmias que pueden ser severas, descriptas como síndrome de Stendhal, definido como una reacción psicosomática ante la acumulación de extrema belleza y la exuberancia de goce artístico.
Hay muchos ejemplos más en los que el corazón participa en la captación de las emociones y se activa cuando se producen fuertes impactos como alegrías, exaltaciones, pasiones y penas. Aunque el mediador está en las estructuras del cerebro, con la liberación de catecolaminas, endorfinas, serotonina, dopamina, prolactinas y oxitocina, entre otros neurotransmisores, no podemos negar que la consciencia individual y posiblemente la cósmica, muy por encima de cerebro y mente, sea el principal actor.
La realidad es que muchas veces no actuamos desde la razón —esta suele estar contaminada por premisas falsas, por prejuicios, por situaciones de poder y permanencia— sino que decidimos desde lo emocional y entonces pareciera que el corazón nos hablara.
La corazonada es la señal de nuestra alma o consciencia, superadora del razonamiento frío y calculador.
En momentos de dudas y decisiones “escuchar al corazón” es un buen consejo porque no suele equivocarse, y fallar tras haber seguido al corazón en cuestiones existenciales siempre es preferible pues se rige por intuiciones, deseos, ilusiones y sueños.
Volvamos a creer, como los antiguos egipcios, que el corazón permite inclinar la balanza hacia lo verdadero.
Con el Dr. Martín Lombardero, a quien conozco hace más de 20 años, hemos participado y organizado juntos múltiples cursos y congresos en la Argentina y en el exterior, compartimos proyectos formales y alternativos, así como también sueños que, en general, se concretaron.
Lo he visto crecer en edad, pero, fundamentalmente, en su transformación de médico estudioso, científico de raza, siempre muy inquieto, pero mecanicista, partidario de un análisis lineal causa-efecto, en un cardiólogo más analítico, reflexivo, intuitivo, con profundos valores espirituales y, especialmente, un ser muy empático.
Esto se revela fácilmente en su libro cuando evalúa las múltiples variables que participan de la enfermedad cardiovascular, especialmente la importancia de las emociones y el sentimiento dentro de la multifactorial del proceso de enfermedad en cada uno de los pacientes, que ejemplariza a través de extensos 15 capítulos muy bien desarrollados. No solo transmite en estas páginas lo que él piensa como médico tratante, sino el sentir del paciente junto a su entorno.
Cumple con el mandamiento de William Osler de que “el buen médico trata la enfermedad; el gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad”. Describe muy meticulosamente la detallada historia de cada uno de sus pacientes con su entorno psico-social, porque la enfermedad cardiovascular no está separada del contexto de la integridad vital del paciente; existe una estrecha relación entre lo material y las emociones, esa ruta que bien describe como autopista bidireccional entre corazón y cerebro.
Con total empatía, el acto supremo de la relación médico-paciente comienza por prestar el oído, escuchar al paciente; esta comunicación tan importante es la coincidencia con la esencia del otro. No se trata solo de compasión; es sentirse dentro con una participación afectiva, y esto se puede apreciar durante toda la lectura en el presente libro. Su amplia práctica se expresa con la sinceridad de quien confiesa sus experiencias que dejaron profundas huellas, que se acrecentaron con los años de ejercicio como cardiólogo.
Sus historias son paradigmáticas de situaciones de la vida real. Durante mis más de 50 años como médico, tuve la posibilidad de tratar pacientes en contextos muy semejantes. ¿Quién, como cardiólogo, no recuerda a pacientes similares a Cristian M., Enrique M., Alberto L., Carlos A., Felipe B., Ramiro A., Paula T., Héctor R. o Pamela M., y a casi todos los otros personajes de este libro?
La Organización Mundial de la Salud (OMS), en el año 2006, ha definido la salud como un “estado de bienestar físico, mental, social y espiritual”. Define la espiritualidad como el “camino interior para descubrir la esencia de nuestro ser, las creencias y valores que dan sentido a nuestra vida”.
El Dr. Martín Lombardero, buen conocedor del nuevo modelo de la física cuántica, nos brinda información del fundamento de todo ser. Su conocimiento científico en el seno de la conciencia nos da permanentes ejemplos de cómo la biología mecanicista aislada no puede explicar la vida ni la salud cardiovascular. El concepto tradicional materialista que aprendimos en las universidades no alcanza para comprender al paciente si no se lo integra con los valores éticos y las tradiciones espirituales.
El profesor Amit Goswami en su libro Ciencia y espiritualidad y autor, entre otros libros, de El médico cuántico, explica bien cómo pueden integrarse ambas y cómo la consciencia crea el orden biológico. Hoy se habla de una nueva ciencia basada en la primacía de la conciencia, como se expresa en las antiguas tradiciones místicas como la Upanishads.
El autor, en la pormenorizada interpretación de la salud cardiovascular de sus pacientes, al igual que el profesor Goswami con sus datos experimentales, nos transporta por una apasionante exploración científica de la espiritualidad.
El Dr. Martín Lombardero nos devuelve la esperanza de que pacientes y médicos recapacitemos sobre el factor humano y que no sea una utopía contar con una medicina menos materialista y un paciente con mayor espiritualidad, que no solo nos permita extender en tiempo la permanencia en este mundo sino, principalmente, poder vivir más felices.
En las páginas de este libro, El corazón es consciente, el autor nos presenta una visión distinta de la del cardiólogo tradicional. Al conocer íntimamente el mecanismo fisiopatológico de la enfermedad, que explicita en detalle con un vocabulario fácil de comprender para el lego en ciencias médicas, se permite realizar un análisis holístico integrando los múltiples aspectos de la condición humana.
Destaco el uso magistral de las metáforas para explicar procesos fisiológicos o patológicos complicados, utilizando un vocabulario amigable para el lector no habituado a términos médicos.
La vida y la muerte siguen siendo un misterio, aun para los que practicamos la medicina; todo es sorprendente y el porqué está siempre presente. Indudablemente debe haber un propósito detrás de todo, que la ciencia racional, aun con sus increíbles avances tecnológicos, es incapaz de responder. El nuevo paradigma es la integración metafísica de ciencia y espiritualidad.
A través de estas páginas, uno comprende que somos seres más emocionales que racionales y que la mente termina por convencerse de nuestras creencias. Que la armonía entre razón y amor es la verdadera esencia del ser.
Sus sabios consejos acerca de cómo manejar algunos aspectos muy comunes en nuestro trajinar por este mundo, como son los miedos, la ira, la traición, las pérdidas por diferentes causas, la desilusión y la culpa, le van a ser muy útiles al lector para que su corazón y las arterias coronarias no se enfermen en forma tan acelerada.
Estos relatos nos enseñan cómo, con los años, se puede dañar al corazón si no aprendemos a venerar los milagros de la vida, y cómo progresa la depresión, con todas sus consecuencias cardiovasculares negativas, cuando solo recuerdos y anécdotas reemplazan a los sueños y esperanzas. Empezamos a envejecer, no importa la edad, cuando nos acostamos con quejas y nos levantamos sin metas.
Su alegato nos debe llamar la atención para que, como seres humanos, le demos valor sublime al sentido de nuestra existencia y, como bien dice casi al final de las páginas de este libro, “La gratitud es una de las mejores emociones que saldrían del corazón y que cambian nuestro equilibrio interno, armonizándolo en segundos”.
Es imperdible el último capítulo, el 15, “Del macrocosmos al microcosmos”, para tomar consciencia de lo maravillosos que somos los seres humanos. Estamos hechos de los mismos componentes que el mismo Universo y la realidad es que, en esta cosmovisión, cada uno de nosotros es el mismo Universo que los místicos denominan Dios y los físicos modernos llaman el campo cuántico.
El Dr. Martín Lombardero logra abrir nuestras mentes, en una forma muy didáctica y entretenida, para poder interpretar en profundidad cómo interviene la consciencia en el estado de salud y enfermedad cardiovascular. Estoy convencido de que todos los lectores, tanto pacientes como médicos, han de disfrutar este interesantísimo libro y, muy probablemente, les hará reflexionar y llenar el corazón de emociones positivas.
Jorge Lowenstein (2)
1. Síndrome del corazón roto. (Trad. del Autor).
2. El Dr. Jorge Lowenstein es médico cardiólogo, argentino, de los más reconocidos y prestigiosos de América Latina, España y resto del mundo. Fundador de la Sociedad de Imágenes de la Sociedad Interamericana de Cardiología (SISIAC, ex ECOSIAC). Sus clases y conferencias han recorrido el mundo.
Tratar a un paciente haciendo foco en un órgano enfermo y no pensarlo como un todo —donde se integran cuerpo, mente y espíritu— es uno de los errores más grandes e innecesarios que se comete en la actual era de la medicina súper tecnificada. De esto puedo dar fe, dado que desde hace 30 años convivo con orgullo con esta excelente medicina computarizada. He avanzado y retrocedido en la misma proporción una y mil veces hasta ampliar mi campo de consciencia para aprender a verla desde otra perspectiva. La medicina, como cualquier otra ciencia, es muy dinámica, y lo que hoy está bien, mañana puede estar mal, pero pasado mañana tal vez vuelva a estar bien. Lo que no cambia es el sentido común, una materia que no se aprende en la universidad. Será por eso que hoy tengo más hipótesis que certezas. Y es probable que el problema de la humanidad sean las certezas.
No hay ciencia sin filosofía. Por eso prefiero el pensamiento a las creencias, la filosofía a los dogmas y la duda a la certeza.
En este libro intento hacer un puente entre la mente, el corazón y la consciencia, tomándome atribuciones basadas no solo en mi formación académica, sino en mi larga experiencia personal en el ejercicio de la cardiología. A pesar de mi arraigo científico y académico, en algunos capítulos de este libro me permito tomar caminos laterales, no tan transitados por la cardiología clásica, como es hablar de estados de consciencia y su influencia con el eje corazón/cerebro, de campos electromagnéticos que ejerce el corazón y de la pésima relación del aparato cardiovascular con estados psíquicos negativos, y viceversa, con enormes beneficios en estados psíquicos positivos.
La cardiología clásica no ha dado respuesta a todo los que nos pasa. No se habla de lo que no se conoce (existe mucho dogma y poca filosofía en la medicina tradicional), pero, claramente, hay algo más que no sabemos. Hay bastante por descubrir y quizás, en una gran red universal a la que estamos conectados, los datos estén más a mano de lo que pensamos. Nadie inventa nada. Todo está por descubrirse, los datos están ahí. Muchos descubrimientos ocurren en el mismo momento y a kilómetros de distancia, protagonizados por humanos que no se conocen, como si el espacio tiempo no existiera en esa red, como si el salto evolutivo de la humanidad fuera en una escalera, en la que solo suben aquellos que amplían su consciencia. El campo cuántico nos abre un mundo fascinante y difícil de entender para un cerebro tradicional. Aún no sabemos hasta dónde puede llegar la ciencia. Es una tarea fascinante y, a la vez, no nos va a alcanzar la vida para comprenderlo todo.
Una apertura de nuestra consciencia se dará al descubrir nuestra relación, como fuente de energía, con el Universo, aumentando nuestra visión hasta entender que somos un “fractal”, es decir, un espejo del macrocosmos. Me motivaprofundamente ensanchar esa mirada, haciéndolo con el respaldo de la ciencia hasta el punto límite donde lo observado puede que no sea demostrado. Intentaremos juntos acrecentar nuestra consciencia con eje en el corazón, para entender el intrincado mundo del corazón sano y del corazón enfermo. Lo haremos desde lo cotidiano —pero trascendente—, como es la prevención cardiovascular y el deporte consciente, o desde un camino lateral, analizando la autopista bidireccional del eje corazón-cerebro, las emociones y su influencia en el aparato cardiovascular e, incluso, estudiando la espiritualidad desde el mismísimo corazón.
Consciencia es la palabra que define a este libro, El corazón es consciente.
Martín Lombardero
Antes de comenzar a leer este libro, usted tiene que saber qué es una placa de ateroma, cuya aparición lleva a la enfermedad de mayor mortalidad del hombre moderno: la ateroesclerosis. (3) La placa de ateroma (del griego, athḗra, “papilla”) es un proceso anormal que permite la entrada de grasa (pero no la salida, como normalmente debería ocurrir) en la pared de cualquier arteria, iniciando un estado de inflamación local que perpetúa, retroalimenta y aumenta el proceso. Esta alteración puede ocurrir en las coronarias, que son las arterias que le llevan sangre al músculo cardíaco, para que este se contraiga en cada latido. Es la llamada enfermedad coronaria aterosclerótica. Las placas de ateroma crecen hacia la luz de la arteria, y en la inmensa mayoría de los casos lo hacen de manera lenta y nos dan tiempo para actuar. Pero a veces, justamente en las coronarias, lo hace de modo súbito, inflamándose de golpe, rompiéndose y generando coágulos en su superficie, con una repentina obstrucción e interrupción total del suministro de sangre. La ateroesclerosis, es decir, la formación y el crecimiento de placas de ateroma en las arterias, origina la enfermedad cardiovascular y es la primera causa de mortalidad en el mundo occidental. Es decir, el 30 % de la población mundial se muere por placas de ateroma que obstruyen sus arterias.
Ampliaremos el concepto de ateroesclerosis en su respectivo capítulo, pero es clave iniciar la lectura del libro teniendo el concepto de placa de ateroma.
3. No es lo mismo ateroesclerosis que arterioesclerosis. La arterioesclerosis (arteria endurecida) es un concepto más amplio, se refiere al endurecimiento de las paredes de las arterias que puede ocurrir con los años y con factores de riesgo como por ejemplo la hipertensión arterial. La ateroesclerosis (formación de placas de ateroma) es una forma de arteriosclerosis porque también endurece las arterias.
Cristian M. tiene 50 años. Es un ingeniero y empresario textil, que no está pasando por un buen momento laboral. Juega al fútbol en cancha de 11, de césped, en un torneo amateur. Está con el peso adecuado y entrena con relativa frecuencia. No fuma; él sabe que el deporte es salud, porque se lo ha dicho su médico en reiteradas ocasiones. El sábado por la tarde va a jugar con sus diez compañeros de equipo más los once adversarios. Un total de veintidós jugadores de una categoría 45-55 años. A través de estudios científicos previamente publicados, podríamos asegurar que aproximadamente diez, de los veintidós que entran a la cancha, tienen una enfermedad coronaria con obstrucciones leves o moderadas, pero que no les causa ningún síntoma, es decir, tienen la enfermedad coronaria subclínica o asintomática.
Nadie lo sabe. Ellos tampoco.
Hacen una vida absolutamente normal y están tranquilos porque todos los jugadores presentaron el apto físico obligatorio “normal” (discutiremos más adelante esta falacia), cuyo protocolo de estudios habituales precompetitivos no ven ni diagnostican obstrucciones leves o moderadas en las coronarias. Como veremos en próximos capítulos, los test habituales —de rutina— están diseñados solo para diagnosticar una severa enfermedad coronaria obstructiva.
Llega el minuto 25 del segundo tiempo. Cristian M. corre su última pelota. Se toma el pecho y pierde el conocimiento. No responde a los gritos de sus compañeros. Cristian M. tiene una muerte súbita generada por un caos eléctrico (una arritmia maligna) por la imprevista obstrucción de una arteria coronaria. Cada minuto que pasa, y no se le realiza maniobras de resucitación junto a una cardioversión eléctrica —por ejemplo, con un DEA (cardio desfibrilador automático)—, se pierde el 10 % de las probabilidades de sobrevivir. Es decir, sin masaje torácico efectivo y sin rápida cardioversión, en 10 minutos se llega al 100 % de mortalidad.
No hay cardio desfibrilador en la cancha. Fin.
Enrique H. tiene 85 años. Tuvo su primer episodio coronario a los 55 años. Fumó hasta los 65, abandonando ese hábito recién cuando fue operado de by pass. Trabajó siempre en diferentes rubros en obras de la construcción. De pocas palabras, andar sereno, mirada profunda y clara, nunca se lo vio ansioso ni apurado. Era muy buscado por los arquitectos por la confianza y la prolijidad con que trabajaba, y reconocido por su andar lento, pero con un excelente resultado final. En la última época se dedicaba a colocar pisos, pero luego de los eventos cardíacos, se encargó más de la coordinación y dirección. Una vez jubilado, siguió con trabajos menores, con la premisa de su médico de no hacer esfuerzos, una indicación imposible de cumplir para él. Amaba lo que hacía y lo hacía a su manera. Acostumbrado al pago de jornales semanales, parecía vivir sin ansiedad por el futuro ni traumas por el pasado, y sobre todo aceptando lo que le tocaba. Quedó viudo a los 75 años, y siguió rutina de vida habitual. Su médico de cabecera me lo derivó para realizarle los controles de rutina (alguna vez vino de urgencia) con técnicas de imágenes cardiovasculares (como el eco-doppler cardíaco y vascular). Era muy notoria la cantidad de placas de ateroma, de variadas formas y tamaños que tenía en todas las arterias accesibles para su evaluación, como las carótidas, la aorta abdominal y las arterias de los miembros inferiores. Cuando le mostré las imágenes para que dejara de fumar, o se cuidara un poco más, su frase fue: “Y bueno, doc, alguna vez habrá que irse”.
Flaco, alto, cálido y parco a la vez; cada una de las mil arrugas de su cara parecían reflejar más años vividos de los que tenía.
Su historia clínica cardiovascular es extensa. Posee antecedentes de dos infartos de corazón y cuatro by pass (puentes) coronarios puestos en una cirugía que lleva veinte años de evolución. Por diferentes episodios coronarios, posteriores a su cirugía de by pass, le colocaron dos stents(4) para permitir el pasaje de sangre por sus ya añejas y calcificadas coronarias. Va a ver a su médico por un dolor de pecho, otra vez de origen probablemente coronario. Pero más tratamientos no le van a hacer. El riesgo ya es muy alto. Enrique H. y su médico lo saben, por lo cual este le ajusta un “poquito” la medicación y le dice que vuelva en un mes.
A Enrique H. le encanta caminar por las tardes y su médico le dice que camine todo lo que pueda, pero sin apuro. A las tres semanas de esa visita, se cayó en la calle, sufrió una fractura de cadera y en la internación, horas antes de la cirugía de reemplazo, tuvo las condiciones ideales para que se formaran coágulos en las venas de la pierna, que viajaron rápidamente al pulmón, obstruyendo gran parte de las arterias pulmonares (tromboembolismo de pulmón, más conocido como TEP). Y ya no hubo más tiempo. No llegó al reemplazo de su cadera. Sabía que no sobreviviría a la cirugía, aunque tuvo tiempo de despedirse de los suyos. La familia agradeció la vida que les dio, como también el haberlo disfrutado y que no hubiera sufrido en el final.
Pero, llamativamente y contra todos los pronósticos, no falleció por una enfermedad coronaria.
¿En qué se parecen Cristian M. y Enrique H.? Los dos tenían una dolencia coronaria aterosclerótica, pero Enrique H. con una severa, extensa y crónica enfermedad coronaria cumplió su ciclo biológico vital. Cumplió su tiempo. En cambio, Cristian M., con una comparativamente mínima proporción de enfermedad, tuvo un desenlace precoz y no pudo disfrutar de todas las etapas de la vida. Injustamente, Cristián M. se quedó sin tiempo.
El cuento extraído del imaginario mundo real queda con una incógnita clave: ¿por qué diez varones, de los veintidós que entraron a la cancha, que tenían la misma enfermedad coronaria leve y desconocida por ellos —hasta por sus médicos de cabecera—, solo a uno se le obstruye rápidamente una arteria coronaria y le provoca una muerte súbita? ¿Cuál fue el desencadenante? ¿Por qué, aun sabiendo que hay diez jugadores que tienen una leve o moderada obstrucción en las coronarias, no podemos conocer con anticipación a cuál de ellos le va a ocurrir una obstrucción coronaria, con infarto y muerte súbita?
Quizá, si unas 72 horas antes del partido pudiéramos estudiar a todos los jugadores con sofisticados y costosos métodos invasivos —algo totalmenteinviable—, podríamos haber visto que, a uno de ellos, en alguna de sus coronarias, una placa de ateroma relativamente “joven” había sufrido una transformación. Fue cambiando su apariencia, mostrando signos de inflamación, con aumento del tamaño y de la temperatura. Con un exagerado crecimiento, tanto hacia adentro como hacia afuera de la arteria coronaria, y con un grado de obstrucción no tan leve ni moderado.Es decir, antes del partido ya venía con este cambio en la constitución de la placa de ateroma.
La mujer de Cristian M. nos dijo que no lo veía bien y que ese día trágico se levantó sintiéndose “raro”, pero no lo escuchó quejarse de ningún dolor de pecho.
¿Por qué a él y no a los otros nueve? ¿Cuál es la razón por la que le tocó a Cristian M.?No lo sabemos. En el mundo de la cardiología clásica nadie puede responder a esa pregunta.Nadie sabe real y científicamente cuál es la razón que explica por qué unos mueren en el primer evento coronario y otros no.
Nadie.
Enrique H., en cambio, con sus 85 años y múltiples episodios agudos y crónicos de enfermedad coronaria, infarto previo y varias intervenciones, viene a ver a su médico por un dolor de pecho de origen probablemente coronario y nunca tuvo una muerte súbita. ¿Dos infartos previos, una cirugía de by pass y dos stents y termina falleciendo de otra enfermedad? A él la cardiología le dio respuestas y vivió sus 85 años con buena calidad de vida. Si pudiéramos comparar la cantidad de obstrucciones por placas de ateroma que tenía Enrique H. en su cuerpo en comparación con Cristian M., la diferencia sería abismal. Enrique H. tenía una incuantificable cantidad más de placas de ateroma que las que tenía Cristian M., que acaba por tener una muerte súbita con tan solo una placa de ateroma en una arteria coronaria.
Durante muchos años expusimos la idea del pre-acondicionamiento cardíaco para explicar por qué a Enrique H. le fue mucho mejor, con una mayor enfermedad coronaria, que a Cristian M. Esta teoría, que explica parte de la historia, asume que el corazón de Cristian M. no estaba adaptado, ni acondicionado o preparado para sufrir una obstrucción brusca. Sin embargo, cuando el corazón de Enrique H. sufrió el primer evento coronario, tenía la misma edad de Cristian M. ¡y tampoco estaba pre-acondicionado!
Claramente, hay algo más que aún no podemos saber. La teoría del pre-acondicionamiento ha sido aceptada científicamente por la cardiología desde hace muchos años, pero no brinda todas las respuestas. Nadie sabe cuál es la génesis, el punto inicial, el desencadenante de por qué cambia, se inflama, crece, obstruye y hasta se le rompe una “inocente” placa de ateroma a Cristian M. (algo que no le sucede a los demás), que termina en una total obstrucción coronaria. Nadie lo sabe.
En este ensayo, donde el corazón expande su consciencia, podríamos decir que ese “algo más” está ligado a la emoción.
Es una hipótesis.
—Ayer hablé con la mujer de Cristian M. Un mes atrás, ella le había pedido separarse —le relató elmejor amigo de Cristian M. al último médico que lo revisó—. Ella estaba atravesando una profunda crisis matrimonial que él no quería reconocer. El conflicto trasciende la negación de Cristian cuando le encuentra un mensaje comprometido en el celular de ella, y su mujer le pide que “por un tiempo” se vaya de su casa. Cristian M. era un jugador de fútbol muy correcto, pero en los dos últimos partidos tuvo actitudes de ira que nunca antes había tenido contra el árbitro. El día previo al partido hablé con él, y lo encontré muy preocupado. Además, estaba el tema de los chicos, que aún no sabían nada. Él no quería irse de la casa y tampoco tenía donde ir. Y encima, su empresa no andaba bien…
Habían pasado seis meses de un apto físico normal, con una prueba de esfuerzo muy exigente sin alteraciones y como hallazgo una muy pequeña placa de ateroma en una de sus carótidas. Nada relevante.
Cristián M. jugó su último partido en un estado de profunda emoción negativa.Al estrés psíquico por un estado emocional alterado por un gran sentimiento de pérdida, le agregó el estrés físico de un esfuerzo intenso. ¿Es coincidencia?
Debemos analizar el rol e influencia de la emoción con respecto a la autopista cerebro-corazón.
¿Qué es la emoción?
Podríamos definir a la emoción como un fenómeno psicológico, fisiológico e inconsciente que involucra la mente, el cuerpo y la consciencia. Es una reacción de adaptación a un estímulo interno, como un recuerdo, o a uno externo, como cuando estamos frente a algo que nos da asco, miedo, ira o sorpresa. Estas son las emociones llamadas primarias, que se expresan de manera compleja, pero son transitorias y están mediadas por un sistema de moléculas protéicas que, según el lugar donde actúan, se las denominan hormonas, neurohormonas y neurotransmisores.
En recientes trabajos se describen solo cuatro emociones básicas primarias: miedo, sorpresa, asco e ira, mientras que para otros autores serían seis, agregando tristeza y alegría. Las emociones fueron claves para nuestra evolución y supervivencia, y son inherentes al ser humano. Casi todas las decisiones que tomamos las hacemos a partir de una emoción. La racionalización de cualquier decisión es siempre posterior a una emoción. Pero tanto el miedo como la ira, si bien pueden ser emociones negativas y destructivas en algún momento de nuestra evolución como especie, en muchas oportunidades nos han salvado la vida.
¿Cuál es la diferencia entre emoción y sentimiento?
Cuando se racionaliza una emoción, cuando se la interpreta y se hace consciente, cuando ya no es transitoria, se instala y repercute en nuestro ánimo, pasa a ser un sentimiento. Es, por ejemplo, la diferencia entre la ira inicial (emoción primaria) y el enfado crónico que queda latente y establecido, quizá como una emoción secundaria o también como un sentimiento negativo.
La culpa, la desconfianza, el amor, la melancolía —esa “felicidad triste”—, la serenidad y la satisfacción, son emociones secundarias o, mejor llamados, sentimientos, los que nos pueden llevar tanto a un estado emocional positivo como a uno negativo.
Los sentimientos como la culpa, como un enojo crónico, como una angustia o como un sentimiento de pérdida que disminuya nuestra autoestima, nos generan un estado emocional negativo. En cambio, un sentimiento de satisfacción, agradecimiento o de amor al prójimo nos afectará de manera beneficiosa, tanto a nosotros como a nuestro entorno. La alegría, la satisfacción y la gratitud nos provocan una actitud positiva frente a la vida.
Quizá Cristian M. haya sumado un estrés psíquico a un estrés físico —el partido—, en un terreno predisponente para una enfermedad coronaria oculta, que no tenía síntomas previos y que se precipitó sin aviso. ¿Un momento emocional muy negativo —una mezcla de enojo con su mujer con un gran sentimiento de pérdida— pudo haberle generado un estado inflamatorio de todo el cuerpo, de manera global y haber sido la causa que le desencadenó el infarto y la muerte súbita?
La relación que existe entre un estado inflamatorio que afecta a todos los sistemas del cuerpo, la llamada inflamación sistémica o global, y los estados emocionales negativos que llevan a un estrés psíquico, está demostrada y con amplia evidencia científica.
¿Cómo se define el estrés psíquico?
El estrés psíquico tiene varias definiciones. En lo personal, lo interpreto como un estado de tensión física y emocional originado como una reacción a un estímulo que nos genera un displacer crónico y una presión extra, y ambos elementos tienden al desequilibrio interno y a establecerse como un estado emocional negativo. Esta reacción puede ser interpretada como exagerada o no. Tanto en estímulos agudos como en estados crónicos, estos se asocian con una mayor actividad inflamatoria. La actividad inflamatoria está producida, mediada y generada por nuestro sistema inmune que es igual a la estructura de defensa de un país: un variado y complejo sistema de resguardos que se activan en nuestro cuerpo ante el ingreso de cualquier agresor, ya sean infecciones con su gran variedad de gérmenes, tóxicos, contaminantes, radiación o las células cancerígenas. Todo lo que pueda producir daño activa el sistema inmune. Pero sucede que, algunas veces, este sistema de defensas puede actuar en contra del propio cuerpo y desencadenar una enfermedad autoinmune, o proceder de manera excesiva, haciendo más daño que reparación, como sucedió con pacientes graves en la última pandemia del Covid-19. También pueden actuar débilmente o de modo insuficiente, permitiendo que el agresor nos haga daño. Además, y siguiendo el ejemplo de un país, si no hay un equilibrio interno se puede desencadenar una crisis entre las Fuerzas Armadas, representada por el sistema inmune, y el Gobierno, que sería la mente. Por esa razón, nos damos espacio para ver e interpretar el poder de la mente sobre nuestras enfermedades, en este caso cardiovasculares. Este tema lo iremos desarrollando en los próximos capítulos.
Cualquier desequilibrio estimula la intervención del sistema inmune. Es fácil de entender que, cuando ingresa una bacteria o un virus a nuestro cuerpo, la activación del sistema inmune actúa para eliminar el germen. Pero, en el estrés psíquico, ¿a quién se debe eliminar? Este es el quid de la cuestión, ya que en el estrés psíquico no encontramos a quien eliminar. Por esa razón es que se activa el sistema inmune de una forma suave, pero permanente, que termina alterando nuestros sistemas biológicos que estaban en equilibrio.
Entre las enfermedades inflamatorias más importantes y frecuentes podemos mencionar a la ateroesclerosis, que es responsable de la muerte cardiovascular, primera causa de decesos en el mundo desarrollado. Como hemos mencionado en la lectura inicial “obligatoria”, la ateroesclerosis es una enfermedad de la pared de las arterias donde crecen las placas de ateroma, pero con raíz y desarrollo inflamatorio, lo que puede generar una obstrucción arterial y producir un infarto en cualquier órgano de nuestro cuerpo. Un estado inflamatorio global es un factor que puede contribuir a acelerar el fenómeno de la ateroesclerosis.
¿A qué llamamos infarto?
Infarto es el cese brusco de sangre en un órgano, como puede ser el corazón, el riñón, el cerebro o el bazo, con la consiguiente muerte de las células del órgano que irriga por la falta de la llegada de sangre, es decir, el órgano que es irrigado por esa arteria se queda sin nutrientes y sin oxígeno. En otras palabras, se queda sin energía y esa región afectada es reemplazada por tejido fibroso, pero esa parte del órgano ya no cumple la función que realizaba antes.
El estrés psíquico se debe a múltiples situaciones que se dan a lo largo de nuestra vida y ellas están muy relacionadas con un sentimiento de pérdida. Desde la tristeza de la pérdida de un ser querido, a sentimientos de pérdidas menos trascendentales pero importantes para uno, que erosionan nuestra autoestima como, por ejemplo, perder nuestro trabajo, mudarnos a una casa más chica, tener serios conflictos familiares, pasar por un divorcio (más aún si intervienen abogados), conflictos laborales, problemas judiciales, deudas por el quiebre de la empresa, hipotecas que no se pueden pagar.
Si observamos bien, todos los conflictos descriptos implican en el fondo una gran “pérdida”. Todas estas situaciones son el gatillo que dispara un infarto en aquellos individuos que tienen predisposición a tener enfermedades cardiovasculares. La crisis de Argentina del año 2001 tuvo todos los condicionantes nombrados para que la sociedad entera padeciera de estrés psíquico. Unos años después de esa crisis, el doctor Enrique Gurfinkel y sus colaboradores publicaron en la Revista Argentina de Cardiología el primer trabajo en el mundo que demostró que una crisis económica de un país conlleva a un exceso de mortalidad cardiovascular. Es decir, durante la crisis del 2001, en la Argentina murió más gente del corazón que la que debía haber muerto según los patrones de estadísticas nacionales.
¿Cuál sería, entonces, la causa para desencadenar mayor mortalidad cardiovascular en la Argentina del 2001? Sin dudas, fue el estrés psíquico, que nos condicionó a una inflamación crónica sistémica, seguramente con aumento del cortisol, desequilibrio del estrés oxidativo, (5) mayor secreción de adrenalina aumentando desproporcionadamente el consumo de oxígeno de un corazón previamente enfermo, un aumento de la presión arterial, una depresión global que conlleva a malos hábitos —menos ejercicio, peor nutrición, mayor consumo de cigarrillo y alcohol—, mayores chances de síndrome metabólico (que, a su vez, causa mayor inflamación y estrés oxidativo), insomnio y múltiples alteraciones más que se relacionan con el estrés psíquico. Todos ellos son condicionantes que llevan a enfermarnos. Pero no solo a enfermarnos del corazón, sino de cualquier órgano que tengamos en estado de vulnerabilidad. Entre estas dolencias se incluye el cáncer.
En el caso de Cristian M., juega al fútbol mientras transita un estado emocional muy negativo: pérdida de autoestima por el mensaje en el celular de su mujer y también por un gran sentimiento de inminente pérdida de la familia, de la casa y del día a día con sus hijos.
Sin ese estado emocional muy negativo, ¿habría sobrevivido al partido de fútbol? ¿Habría vivido los mismos años que Enrique H.?
Es probable que en una muerte súbita se establezcan condiciones únicas y transitorias que en otro momento no se habrían desarrollado.
La cardiología aún no puede resolver ni prevenir las muertes súbitas de los pacientes como Cristian M. Pero si hubiese tomado consciencia y utilizado las herramientas del autoconocimiento para poder elaborar el profundo estado negativo y el estrés psíquico que lo estaba dominando, quizás habría preferido no jugar ese partido, competitivo y con gran estrés físico. No obstante, es probable que la enfermedad se hubiese manifestado igual, pero con el tiempo necesario para poder intervenir y tratar, como el que tuvo Enrique M., en sus treinta años de enfermedad coronaria.
Él con una personalidad diferente, sin la ansiedad de las grandes ambiciones, con un andar más lento, aceptando su realidad o que lo que le tocara en suerte, sobrevivió a su enfermedad coronaria crónica, falleciendo por otro motivo.
Cristian M., en cambio, se fue sin la posibilidad de una segunda oportunidad. Se llevó con él su angustia, y nos dejó a todos los que estábamos a su alrededor sin tiempo para ayudarlo.
La diferencia en las personalidades y en los estilos de vida entre Cristian M. y Enrique H., seguramente le pueden disparar, estimado lector, varias conclusiones que expliquen lo inexplicable para la cardiología clásica. Todas conclusiones muy válidas, por cierto.
4. El stent es una malla que se expande y se coloca en una obstrucción de una arteria para que se reestablezca el flujo de sangre.
5. El estrés oxidativo es la oxidación con daño celular que ocurre cuando fallan antioxidantes naturales.
Alberto L. tiene 68 años. Si bien se encuentra muy activo, ya está en plan de retirarse. Sueña con irse de su empresa con todos los honores que le corresponden por haberla fundado y ayudado a crecer. En los últimos años, vendió parte de sus acciones a dos entusiastas y brillantes emprendedores, jóvenes profesionales con nuevos proyectos para expandirla. Ahora Alberto L. tiene una tarea clave: enseñar a las nuevas generaciones que ingresan, quienes aprenden de su experiencia y disfrutan de su vocación docente.
Pero sus jóvenes socios deciden que ya es hora de retirarlo, y lo fuerzan (con astucia y artilugios legales) a mal vender sus acciones. Se siente desplazado, pero sobre todo muy desvalorizado. Su humor cambia. De ser una persona alegre y comunicativa pasa a estar callado y angustiado. Entra en un estado emocional depresivo. Baja su autoestima y un sentimiento de pérdida lo invade. Tiene algunos síntomas “raros”, como alguna molestia en el pecho que lo atribuye a la angustia o a un reflujo gástrico. De ser una persona muy activa, envejece en seis meses lo que debería envejecer en seis años. Se siente humillado.No entiende por qué la vida lo castiga cuando debiera premiarlo. No logra perdonar a sus socios, y queda atrapado en un permanente estado emocional negativo.
A partir del momento en que deja de ir a la empresa, Alberto L. no solo percibió la maniobra de sus socios como una traición, sino que, además, sintió cómo su autoestima se desbarrancaba. El retiro lo encontró con ese estado emocional muy negativo y sin lograr encontrarle un nuevo sentido a su vida, porque la vida de Alberto L. era la empresa. Ahora, los días van pasando, las horas sobran y los sueños se perdieron. La ausencia de proyectos es una trampa bien oculta que esconde una jubilación o un retiro. En este caso, forzadamente voluntario. Nadie enseña cómo seguir siendo útil cuando uno no se siente “imprescindible”. Hay que prepararse para tener proyectos para cuando ya no seamos necesarios en nuestros trabajos, porque son los proyectos quienes nos alejan de la muerte. Son la motivación para darle un sentido a la vida. Dependerá de cada uno, de cada trabajo, de cada profesión, pero un retiro puede ser cruel si el hombre no está preparado psíquicamente para aceptarlo. Además, es un factor de riesgo per se. En cambio, a las mujeres el retiro las afecta menos, porque tienen un cerebro multitarea —multitask— y poseen más posibilidades de generar otras actividades y nuevos proyectos. En realidad, ellas sufren más el síndrome del nido vacío que el retiro.
Alberto L. navegaba entre la nostalgia y el enojo de su pasado reciente, el vacío que le daba el presente y la ausencia de un futuro que lo pudiera entusiasmar.
La mujer de Alberto L., que estaba muy preocupada por él, llamó a su médico de cabecera para que lo viera. Un tiempo atrás le había recetado estatinas por un leve aumento del colesterol y una dosis baja de aspirina (le dijo que era para prevención cardiovascular). Alberto L. tomaba la medicación, pero a pesar de haber concretado una cita con su médico, faltó a la consulta.
A las 4 AM de una noche en la que le había costado dormirse, se despertó con un intenso dolor de pecho. Despertó a su mujer, con la percepción de que algo grave le sucedía. Estaba cursando los primeros minutos de un infarto de corazón, que en instantes le desencadenaría una arritmia ventricular maligna (fibrilación ventricular), que es un caos eléctrico del ventrículo donde el corazón no eyecta sangre. Alberto L. perdió el conocimiento y necesitaba una cardioversión inminente. Debería recibir masaje cardíaco efectivo, el denominado RCP (resucitación cardio pulmonar) hasta la llegada de la cardioversión eléctrica. Su mujer, que vio por TV cómo se hacía, no podía realizar ambas cosas a la vez —el masaje y llamar por teléfono— y, en su desesperación, decidió hacer lo que considera más rápido y efectivo: pedir ayuda y llamar a una emergencia móvil. Pero, como suele ocurrir, no hay tiempo para la llegada de una ambulancia, sobre todo si no se inicia un efectivo masaje cardíaco externo (que se aprende en los cursos de RCP). Sin masaje, hay solo 10 minutos de tiempo para realizarle una cardioversión eléctrica para que tenga una esperanza de sobrevida. Esta sobrevida disminuye un 10 % por cada minuto que no se cardiovierte. En 10 minutos se acaba todo.
A las 4.20 AM de esa noche, Alberto L. tuvo una muerte súbita desencadenada por un infarto que se dio en el primer y único evento coronario en sus 68 años de vida.
La emergencia móvil llegó a la casa de Alberto L. a las 4.50 AM, un tiempo razonable si se toma en cuenta la hora y el tránsito desde la llamada, pero inservible para este tipo de emergencia.
La mujer, aun habiendo hecho los cursos de RCP, hubiera estado en la disyuntiva crucial de cómo usar esos minutos claves, o sea, buscar el teléfono y llamar a una emergencia o hacer RCP. Lo mejor en esos casos es iniciar rápidamente RCP con masaje efectivo y que otra persona llame o tener un botón de pánico en el celular directo con una emergencia mientras inicia RCP. Ahora bien, si tenemos un microondas comprado en doce cuotas, ¿por qué no pensar en que deberíamos tener un cardio-desfibrilador automático en cada casa, como un electrodoméstico más? ¿O en cada edificio? ¿Es una locura pensarlo? Hasta un chico de diez años puede usarlo con una mínima instrucción, porque son absolutamente automáticos. Es un reseteo de la corriente eléctrica del corazón que sufre un caos eléctrico y, en el supuesto caso —muy poco probable— que se realice una cardioversión en un corazón con ritmo normal, no habría ningún peligro. El único peligro de muerte es no cardiovertir rápidamente un caos eléctrico y maligno del corazón. El tiempo de sobrevida de una muerte súbita es directamente proporcional al tiempo de cardioversión eléctrica. Y los modernos cardio-desfibriladores se activan y hacen todo solos, de manera muy confiable. Pero parecería que la sociedad no está preparada para hablar de esto.
De esto, por ahora, no se habla. Qué lástima.
Durante los dos años siguientes, la mujer de Alberto L. sintió una sensación de culpa por no haber actuado más eficazmente en el instante de la muerte del marido. En las consultas con su médico de cabecera, posteriores a la muerte de Alberto L., le era inevitable decir: “Si hubiera hecho el curso de RCP… Si hubiera gritado... Si hubiera…”. La culpa, en este caso, no es justa o injusta. Se siente.
Llevaban 47 años de una muy feliz vida juntos, y nada de su vida actual le llena el vacío que le dejó la partida de su marido. La tristeza también es un sentimiento negativo, que si se instala genera en nuestro cuerpo desajustes a nivel mental y de biorregulación. La tristeza conduce al pensamiento permanente que nada se puede hacer para cambiar realidad. Como consecuencia de esta creencia, la mente queda paralizada, inmóvil y sin reacción.
En relación a las emociones ancestrales, con la tristeza no podemos huir ni pelear. Nos quedamos ahí, porque creemos que la realidad es inmodificable. Por consiguiente, nuestro sistema de alarma queda encendido, porque tiene un gran componente de la emoción miedo, y nuestro cuerpo instintivamente vuelve a direccionar la energía para salir de la paralización. Esta situación genera vulnerabilidad a cualquier cambio molecular, como en la metilación de la epigenética (6) o en la regulación de las membranas de nuestras células (como, por ejemplo, una división celular anormal y maligna). Porque quizás, y aún estando escrito en sus genes, nunca se hubiera manifestado esa anormalidad sin una fuerte emoción crónica negativa.
A los dos años de la muerte de su marido, tuvo un cáncer de pulmón, con tan elevada malignidad, que acabó con su vida en tres meses. La tristeza había invadido su cuerpo y su alma. No puso mucho énfasis en curarse. Cuando no tenemos motivación ni más fuerza para vivir, no hay manera de revertir una enfermedad. Se entregó en el preciso instante que le dijeron que estaba enferma.
Este es un ejemplo de cómo el estrés psíquico nos perjudica y puede ser el gatillo que desencadene enfermedades inflamatorias, cardiovasculares y tumorales. Emoción, cerebro y corazón generan una gran vía de la felicidad o de la enfermedad. No tenemos el control de todo, pero tenemos el poder de ampliar nuestra consciencia y cambiar nuestra realidad.
Nada es fácil. Pero nuestra mente creerá lo que nosotros creemos.
Las emociones son parte indispensable en nuestra vida. De manera automática, aparecen como impulsos que vienen de nuestro inconsciente. No es prudente negarlas ni bloquearlas, sino que lo más adecuado es hacerlas conscientes. Son imposible de controlar en cuanto a su aparición, pero podemos gobernarlas, canalizarlas y elaborarlas en su inicio, para que no se instalen como un sentimiento negativo.
Vivimos en un mar de emociones. No podemos controlar el mar, pero sí podemos gobernar y guiar nuestro barco hacia un buen puerto. Es clave dejarlas fluir, mientras tanto las interpretamos, las elaboramos y las hacemos conscientes. Permitirnos tener una emoción es saludable. Luchar y poner energía de nuestro cuerpo para anularla, ocultarla o esquivarla puede ser perjudicial. Porque el estado emocional negativo que no se resuelve queda atrapado en un mar de tempestades. Y cotidianamente nos va a golpear como una ola que nos oprime desde lo profundo. Si nos ponemos en modo defensivo, sin sacar la emoción a la superficie, si ya se transforma en un sentimiento negativo que nos invade consciente o inconscientemente, entonces nuestra salud está en peligro. Nuestro delgado equilibrio interno está en riesgo. Un sentimiento negativo de culpa, de ira no resuelta, de odio y enojo permanente, nos pone en modo lucha y supervivencia, gastando la energía física y mental para intentar ganar una batalla que tenemos perdida —porque no podemos controlar un furioso mar de emociones desgobernadas— y nuestro cuerpo entra en una situación de estrés e inflamación crónica, alterando todos los sistemas de nuestro cuerpo.
Estados emocionales negativos
¿Por qué Alberto L. muere súbitamente? En primer lugar, tenía de base una enfermedad coronaria ateromatosa subclínica, (ECAS) es decir, placas de ateroma en las coronarias que ni él ni su médico sabían. Tal vez, mientras trabajaba en su empresa, la enfermedad coronaria pudo haber sido leve o moderada, sin mostrar ningún síntoma. Es decir, una enfermedad coronaria estable, con placas de ateroma de crecimiento lento, como nos sucede a muchos de nosotros, sobre todo a varones adultos. Pero algo pasó en su cuerpo que hizo que alguna de esas placas de ateroma de sus coronarias creciera de golpe, tapando la arteria, generándole un infarto de corazón y, posteriormente, una muerte súbita.
