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El crisol de la lealtad es un drama romántico de Ángel Saavedra de 1842, en tres jornadas en verso, acerca de la impostura de Lope de Azagra, que dice ser Alfonso el Batallador, y de la lealtad al rey de su hijo Pedro. Este drama histórico concluye con la muerte de Lope, en brazos del hijo y el llanto de la reina.
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Seitenzahl: 104
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Ángel de Saavedra. Duque de Rivas
El crisol de la lealtad
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: El crisol de la lealtad.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica: 978-84-9816-056-7.
ISBN ebook: 978-84-9897-214-6.
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Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Personajes 8
Jornada primera 9
Escena I 9
Escena II 37
Jornada segunda 55
Escena I 55
Escena II 63
Escena III 72
Escena IV 81
Escena V 100
Jornada tercera 117
Escena I 117
Escena II 138
Libros a la carta 157
Duque de Rivas, Ángel Saavedra (Córdoba, 1791-Madrid, 1865). España.
Luchó contra los franceses en la guerra de independencia y más tarde contra el absolutismo de Fernando VII, por lo que tuvo que exiliarse a Malta en 1823. Durante su exilio leyó obras de William Shakespeare, Walter Scott y Lord Byron y se adscribió a la corriente romántica con los poemas El desterrado y El sueño del proscrito (1824), y El faro de Malta (1828).
Regresó a España tras la muerte de Fernando VII heredando títulos y fortuna. Fue, además, embajador en Nápoles y Francia.
El crisol de la lealtad es un drama romántico de 1842, en tres jornadas en verso, acerca de la impostura de Lope de Azagra, que dice ser Alfonso el Batallador, y de la lealtad al rey de su hijo Pedro. Este drama histórico concluye con la muerte de Lope, en brazos de su hijo y el llanto de la reina.
La Reina de Aragón, dama
Doña Isabel Torrellas, dama
Don Pedro López de Azagra, galán
Don Lope de Azagra, barba
Mauricio, monje benito
El Arzobispo de Zaragoza, viejo
Fortún Torrellas, viejo
Jofre de Alvero, galán
Álvaro Garcés, galán
Berrio, gracioso
Sancha, graciosa
Antón, ventero
Rita, ventera
Ricoshombres e infanzones
Clérigos del séquito del arzobispo
Tres caballeros del séquito de Torrellas
Cuatro caballeros del séquito de don Lope de Azagra
Damas, de la reina
Pajes, de la reina
Guardias, de la reina
Cuatro villanos del séquito de don Lope de Azagra
Al Ilmo. Señor don Juan Nicasio Gallego, en testimonio de antigua, constante y respetuosa amistad.
Ángel de Saavedra, Duque de Rivas.
La acción pasa en Zaragoza y sus cercanías el año de 1163
Representa la espaciosa cocina de una venta en las cercanías de Zaragoza. Aparecen Antón, atizando el hogar, y Rita, mirando a la puerta con inquietud.
Rita Mal fuego de Dios, amén,
sobre esa gente maldita
caiga, y pronto.
Antón Calla, Rita.
Prudencia y cachaza ten.
Rita ¿Cachaza y prudencia, Antón,
cuando al punto en que llegaron
ayer tarde nos robaron
dos ovejas y un lechón?
Y gracias que en el pajar
estaban ya las gallinas.
Dime, en fin, qué determinas,
pues voy la puerta a atrancar.
Antón (Acercándose.)
¿Sancha y Berrio no han salido
a recoger el ganado...?
Pues cuando esté a buen recado
tomaremos un partido.
Rita El de la venta cerrar
y defender nuestra hacienda.
Antón (Receloso.) El diablo que la defienda,
que en ello se puede errar.
Rita (Con viveza.) Defenderse de ladrones es justo.
Antón ¿Y éstos lo son...?
Rita Las ovejas y el lechón
lo dirán.
Antón No más razones.
Calla la boca, mujer.
Esas gentes por momentos
armas reciben y aumentos:
sabe Dios lo que va a haber.
Ya has visto que no encontraron
en el vecino castillo
resistencia, el rastrillo
al punto les franquearon.
Rita Porque de Nuño Atarés,
hijo de aquel infanzón,
a quien no quiso Aragón
por su soberano, es.
Y siempre anda desabrido,
y de la reina se queja.
Antón Pues a los señores deja
tomar tal o cual partido.
Y traten los cortesanos
de estas cosas, que nosotros,
manden unos, manden otros,
no salimos de villanos.
Berrio (Dentro y dando grandes voces.)
¡Arre!... ¡Jo!... ¡Maldita burra!
Sancha, abre bien... ¡Arre!... ¡Jo!
Sancha (Dentro.) Ya todo el ganado entró.
Antón (Desde la puerta.)
Que el morueco no se escurra.
(Entran Sancha y Berrio con hondas en la mano y muy cansados.)
Berrio Ya está todo en el corral,
hasta el morueco marrajo;
no ha sido poco trabajo.
¡Qué arisco es el animal!
Rita ¿Y los cerdos? ¿Y el pollino?
Berrio De los cerdos... faltan dos.
Rita ¡Maldito seas de Dios!
¿Dónde...?
Berrio ¡Toma!... El peregrino
lo sabe.
Rita ¡Gran ladrón!
Berrio (Poniéndose el dedo en los labios y acercándose
a Rita.)
¡Chií!,
que a venir al punto va,
¡y tiene un gesto que ya!
Rita ¡Jesús! ¿Va a encajarse aquí?
Berrio Él lo dice.
Antón Pues ¿lo has visto...?
Berrio Sancha...
Sancha (Interrumpiéndole.)
¡Mentira!
Berrio Sí, tú,
¡curiosa de Belcebú!
Antón (Impaciente.) Explícate, ¡voto a Cristo!
Berrio Sancha la burra montó
para acarrear el ganado,
y a carrera por el prado...
Sancha La burra se me escapó.
Berrio Ya se ve que escapó. Como
hace siempre que le arrima
la persona que va encima
un aguijonazo al lomo.
Sancha Fue porque...
Berrio Entre los enebros
vio soldados la pollina,
y siempre se desatina
por ir donde oiga requiebros.
Sancha ¡Malicioso!
Berrio A la cañada
corrió, en fin, y yo tras de ella,
pues no debe una doncella
correr sola despeñada.
Y a ese hombre, con otros seis,
nos hallamos.
Rita ¡Ay, qué miedo!
¡Jesús!
Berrio Afirmaros puedo
que de milagro me veis.
Se me heló todito el cuajo.
Sancha Y a mí también.
Berrio ¡Quia, Sanchica,
si al fin logró la borrica
escuchar un requebrajo!
Yo sí, que caí de rodillas,
de pie a cabeza temblando,
cual si estuvieran bailando
en mi cuerpo las costillas.
Y la maldita visión:
«¿Quién son -dijo- los villanos?»,
y yo, cruzadas las manos,
le respondí: «Hija de Antón
es esta mala doncella.
Hija de Antón el ventero,
y yo su novio, que quiero
casarme, señor, con ella.»
y el duende repuso: «Bien.
Pues que en su venta me espere,
si es que fiel mostrarse quiere,
al tal Antón le prevén.
Y porque no tenga quejas
de mí, dale este dinero,
que con él pagarle quiero
tres cerdos y dos ovejas.»
Y ésta me dio.
(Saca una bolsa con dinero)
Rita (Tomándola y examinándola.)
¡Virgen pura!
Tres veces hay su valor.
Antón Pues si es tan buen pagador,
venga con buena ventura.
Berrio Y a Sancha también...
Sancha También
me dijo: «Hermosa doncella...»
Berrio No hubo hermosa, miente ella.
Doncella solo, y va bien.
Sancha Sí, señor.
Berrio No, que es tramoya.
Sancha (Sacando del pecho una cruz de oro.)
Y dióme esta cruz; mirad.
Rita (Pasmada.) A ver... ¡De oro!... Una ciudad
vale. ¡Ay Dios, qué rica joya!
Marido...
Antón Rita, ¿lo ves?
Prudencia y cachaza, sí;
que el tal me parece a mí
que lo que se suena es.
Berrio También nos dijo ese coco...
Rita Ese señor. Más despacio.
Berrio «Esa venta en un palacio
se tornará de aquí a poco.»
Lo que me hace sospechar
que es algún brujo hechicero
que es carbón ese dinero,
que la venta va a volar.
Y... si es así..., ¡guarda, Pablo!
Rita ¿No ves que una cruz nos dio?
Berrio Siempre diz que se escondió
detrás de la cruz el diablo.
Rita (Sorprendida.) ¿No oyes caballos, Antón?...
¡Ay!... ¿Si será...? Yo estoy muerta.
Antón Déjate; desde la puerta
observaré quiénes son.
(Se acerca al bastidor.)
¡Ay Rita!... ¿Sabes quién es?
Torrellas, nuestro señor,
con otros cuatro al redor,
y con Álvaro Garcés.
Rita (Cuidadosa.) ¡Ay cielos!... Que está esa gente
tan cerquita no sabrán,
y acaso los prenderán...
Antón (Con malicia.) Mujer, no seas inocente.
Corro a tener el estribo
a Torrellas mi señor.
No te asustes, ten valor,
que no hay de miedo motivo.
(Vase. Entran embozados Fortún Torrellas, Jofre de Alvero, Álvaro Garcés y tres Caballeros.)
Torrellas ¡Oh buen Antón! Ya veo
que fiel me conociste
desde el mismo momento en que me viste
y que servirme es siempre tu deseo.
Y Rita y Sancha, ¿buenas...?
Antón De gozo al veros, como deben, llenas.
Berrio (Adelantándose.)
Los cerdos, las ovejas y pollinos...
Antón (Deteniéndolo.)
Calla, animal; no digas desatinos.
Torrellas Muy guapa está Sanchica.
Berrio (Adelantándose otra vez.)
Se escapó esta mañana en la borrica.
Rita Vete, bruto, de aquí.
Torrellas ¿Quién es?
Berrio Nostramo,
Berrio el zurdo me llamo,
y soy mozo porquero,
y seré, si Dios quiere, para enero
el marido de Sancha,
de lo que está, señor, ella tan ancha
y tanto, que quisiera
que el matrimonio este verano fuera.
Mas yo estoy mohíno,
y ronco, y fatigado,
porque ella y el morueco
han hecho cosas que me tienen seco.
Torrellas (Llamando a Antón aparte.)
Decidme, Antón honrado;
¿habéis visto el anciano peregrino,
que en el fuerte vecino
de Atarés, mi pariente,
se ha alojado esta noche con su gente?
Antón (Con aire reservado.)
Sancha y, el mozo diz que lo encontraron
esta mañana, y que con él hablaron.
Torrellas ¿Y con qué compañía
te han dicho, Antón?
Antón (Llamando a su hija.)
Escúchame, hija mía.
(Habla con ella aparte y en secreto, y luego dice):
Con cinco hombres no más.
Torrellas Ponte a la puerta,
y para ver si viene estate alerta.
Antón Venid todos conmigo.
(Vanse Antón, Rita, Sancha y Berrio.)
Torrellas El tal Romero
cual es se porta a ley de caballero.
Seis a seis la entrevista
tendrá lugar.
Garcés El Cielo nos asista
para ver la verdad distintamente,
y poder resolver lo conveniente.
Torrellas ¡Ojalá, amigos, que quien dice sea!
Yo le conoceré cuanto lo vea,
pues aún no se borró de mi memoria
aquel aspecto de grandeza y gloria.
Alvero Tampoco yo olvidado
tengo su altivo porte y su semblante.
Que, aunque muy joven, combatí a su lado,
y le vi, lanza en ristre y arrogante,
entrar en hora aciaga
en medio de los moros allá en Fraga,
en donde lo perdimos,
y de su arrojo audaz víctimas fuimos.
Garcés ¡Ojalá sea! Y Aragón recobre
su perdido poder, y extienda sobre
Castilla su dominio,
tornando a ser de infieles exterminio.
(Entran corriendo y asustados, queriendo refugiarse detrás de Torrellas, Rita y Sancha, y con ellas Berrio.)
Rita ¡Virgen santa bendita!
Sancha Amparadnos, señor...
Torrellas ¿Qué es esto, Rita?
Berrio Que ya viene...
Sancha ¡Qué miedo!
Rita Estoy sin tino.
(Entra Antón.)
Antón (A Torrellas.) Aquí llega, señor, el peregrino.
Torrellas A su encuentro salgamos.
(Al acercarse a la puerta queda, asombrado y retrocede poco a poco, respetuoso y confundido.)
Mas ¿qué veo?
¿Es ilusión falaz de mi deseo?
¡Gran Dios..., él es!... No hay duda.
Alvero (Mirando asombrado a la puerta.)
Sí...; mas del tiempo la carrera muda
ha alterado su rostro.
Torrellas ¡Santo cielo!
Garcés Me ha convertido la sorpresa en hielo.
(Entran don Lope de Azagra, con un ropón y esclavina de peregrino; Mauricio, con hábito de monje cuatro Caballeros vestidos de cazadores, dejando ver armas de guerra bajo los sayos, y cuatro Villanos. Don Lope se despoja con nobleza del traje de peregrino, y queda armado, con sobreveste roja, y el collar de la Orden del Santo Sepulcro, y se dirige sin vacilar, con los brazos abiertos, a Torrellas.)
Don Lope Noble Fortún Torrellas,
cuya fama se encumbra a las estrellas,
y en quien miro y contemplo
de honor y de lealtad tan vivo ejemplo;
ven, y en estrechos lazos,
pues que en mi apoyo tu favor consigo,
te ciñan hoy los brazos
no de tu rey, de tu constante amigo.
Torrellas (Hincando las rodillas y enajenado de gozo
y de respeto.)
No es posible que dude
honra y dicha tan alta, pues acude
tanto recuerdo grato
a mi pecho, do vive tu retrato,
que por mi rey amado te pregono.
Y de ayudarte a recobrar el trono
te hago pleito-homenaje.
No en tus brazos, señor, do me levantas,
sino a tus regias plantas,
rindiéndote el debido, vasallaje.
Don Lope (Levantándolo:)
Alza, y ven a mi pecho.
Y porque más seguro y satisfecho,
libre de toda duda,
tu noble esfuerzo a mi servicio acuda;
y porque la verdad hoy testifiques,
y en Aragón publiques
que Alonso, emperador de las Españas,
aquel a quien valieron sus hazañas
tan glorioso renombre,
que de batallador mereció el nombre,
soy yo; y porque asegures la falsía
con que se publicó que muerto había
en la acción acïaga,
castigo del Señor, cerca de Fraga,
claras, nuevas señales
quiero mostrarte a ti y a estos leales.
(Separa la veste y enseña una cicatriz.)
¿Recuerdas esta herida,
que al bravo Albucalem costó la vida,
cuando aquí en Zaragoza holló triunfante
mi regia planta el bárbaro turbante?
(Torrellas da muestras de reconocerla.)
Sí, tú fuiste el primero
que, viendo en tierra mi tajante acero,
en aquella jornada
me alargaste tu espada.
Y, ¡vive Dios!, Torrellas, que venía,
pues fuiste un portento en aquel día,
toda de sangre bárbara bañada.
