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Malek-Adhel es una aventura entre cruzados y príncipes musulmanes obra del Duque de Rivas. De Malek-Adhel se ha comentado las influencias que recoge de la novela Mathilde de Madame Cottin. El contenido de este tragedia y su estilo surgen muchas veces directamente del texto francés. Los estudiosos de la obra del Duque de Ribas han señalado Malek-Adhel como un puente hacia el romanticismo.
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Seitenzahl: 61
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Ángel de Saavedra. Duque de Rivas
Malek-Adhel
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Malek-Adhel.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica: 978-84-9816-063-5.
ISBN ebook: 978-84-9897-534-5.
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Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Advertencia 9
Personajes 10
Acto I 11
Escena II 12
Escena III 21
Escena IV 24
Acto II 27
Escena I 27
Escena II 28
Escena III 31
Escena IV 34
Escena V 36
Acto III 41
Escena I 41
Escena II 42
Escena III 43
Escena IV 44
Escena V 46
Escena VI 47
Escena VII 49
Acto IV 55
Escena I 55
Escena II 55
Escena III 57
Escena IV 58
Escena V 62
Escena VI 65
Escena VII 67
Escena I 68
Escena II 69
Escena III 77
Escena última 81
Libros a la carta 85
Duque de Rivas, Ángel Saavedra (Córdoba, 1791-Madrid, 1865). España.
Luchó contra los franceses en la guerra de independencia y más tarde contra el absolutismo de Fernando VII, por lo que tuvo que exiliarse a Malta en 1823. Durante su exilio leyó obras de William Shakespeare, Walter Scott y Lord Byron y se adscribió a la corriente romántica con los poemas El desterrado y El sueño del proscrito (1824), y El faro de Malta (1828).
Regresó a España tras la muerte de Fernando VII heredando títulos y fortuna. Fue, además, embajador en Nápoles y Francia.
Habiendo venido casualmente a mis manos las apreciables obras de madama Cottin, leí con sumo placer en ellas la preciosa novela titulada Matilde, y concebí inmediatamente el proyecto de escribir esta tragedia, aunque no dejaron de arredrarme la maestría con que aquella famosa escritora desempeñó su argumento y las bellezas de toda especie con que lo engalanó su delicadeza y sensible pluma. Consulté mi pensamiento con algunos inteligentes, y, aunque todos procuraron disuadirme, haciéndome patentes las dificultades con que iba a luchar, yo, ya decidido, tracé en grande esta composición, venciendo en cuanto pude los obstáculos que me ofrecía el reducir a cinco actos, a un solo lugar y a doce o catorce horas de tiempo, una acción de una novela de cinco o seis años de duración, complicada con mil incidentes importantísimos, que llena tres tomos abultados. Procuré, sin embargo, escoger los sucesos más interesantes, reunirlos y apresurar notablemente la catástrofe; y, después de trazar, borrar, meditar y escribir, formé al fin con gran desconfianza un prolijo plan de esta tragedia, que manifesté a mis amigos y mereció su agrado. Dediquéme entonces con calor a versificarla, y lo logré en pocos días, pues la mayor parte de sus razonamientos son casi traducción literal de la elegante y sentimental autora de la Matilde, y, siguiendo siempre sus huellas, llegué al cabo de mi tarea.
Por tanto, esta tragedia es más de madama Cottin que mía; suyo es el argumento, suyas las situaciones, suyos los caracteres y suya la mayor parte del diálogo; y míos, solamente el plan dramático, los versos y alguna que otra escena, tal vez las más endebles. Finalmente, si hay bellezas en Malek-Adhel, son de aquella insigne francesa, y todos los defectos, míos.
Espero, sin embargo, que si algún día sale a la escena, la mirarán con indulgencia los que conocen la dificultad de este género de trabajo y los obstáculos que hay que vencer para dar forma trágica a la acción de una novela.
A. DE S.
Malek-Adhel, hermano de Saladino
Matilde, princesa de Inglaterra
Guillelmo, arzobispo de Tiro
Lusiñán, rey de Jerusalén
Hugo, príncipe de Tiberíades
Ricardo, rey de Inglaterra
Príncipes cruzados
Damas de Matilde
Escuderos de Lusiñán
Guardias
Pajes
(La escena es en Ptolomayda. Los cuatro primeros actos, en un salón del palacio de los reyes cruzados, y el quinto, en la capilla extramuros donde estaba el sepulcro de Montmorency. La acción empieza al amanecer y concluye a medianoche.)
(Matilde, sola.)
Matilde Ya de Carmelo en la fragosa cumbre
brilla la luz del Sol, y sus reflejos
al ronco mar, imagen espantosa
de mi confuso y agitado seno,
próximo anuncia el tremendo día
que mi Destino va a fijar... ¡Oh cielos!...
¡Matilde desdichada!... ¡Cuál palpita
tu enamorado y afligido pecho!...
Paz deliciosa, cuyas dulces alas
mi edad primera plácidas cubrieron,
¿dónde estás?... ¿Dónde estás, mansión dichosa
de inocencia y virtud? ¡Fatal momento
en que osé abandonar vuestro recinto
sacrosanto y feliz!... Ya el mudo sueño
huye con las tinieblas de la noche;
la decisión se acerca... ¡Dios eterno!
Hoy, ¡para siempre!... en los desiertos mares
este Sol mismo esconderá su fuego
y ya mi suerte, ¡oh confusión!, ¡oh, día!
Malek-Adhel, Malek-Adhel... Guillelmo...
volad en mi favor. ¡Piadoso y santo
arzobispo de Tiro! Sí, tu celo
convertirá a mi amante, y Dios benigno
con la fe santa alumbrará su pecho.
Mas cuánto tarda, ¡cuánto! Hoy el concilio
va a resolver... y acaso... Me estremezco.
No, prelado ejemplar; sin tu presencia
no osará decidir... Sin ti, ¿qué espero?
¿No podrá suspenderse? ¡Ay!, si el buen Hugo
favorecer quisiera mis intentos;
no me abandonará: la amistad pura
le ha unido con Adhel, y es caballero.
¿Y sin rubor podré manifestarle
el criminal amor en que me incendio?
¡Criminal! ¡Ah! ¿Por qué, Dios de venganza,
amo a un infiel, a un impío sarraceno?
Pero tú, que formaste sus virtudes,
sabrás, benigno, perdonar mi yerro.
Tu piedad solo...
(Matilde y Hugo.)
Hugo La condesa Herminia
me dijo, alta princesa, ha corto tiempo
que a este lugar mis pasos dirigiera
a encontrarme con vos. Y ansioso vengo
a vuestras plantas. ¡oh Matilde!,
de escuchar y cumplir vuestros preceptos.
Matilde ¡Hugo ilustre!
Hugo Señora...
Matilde En vos tan solo
puede encontrar mi agitación consuelo.
Que no extrañéis el infeliz estado
en que mi corazón se encuentra os ruego.
Sabéis de Saladino las propuestas
que de Jerusalén cede el imperio
al gran Malek-Adhel, su hermano heroico,
con tal que a mí se enlace en himeneo.
¿Sabéis que los obispos y legados
ha ocho luces discuten en secreto
sobre abrazar o rechazar al punto
esta proposición, y ya el Consejo
va a congregarse por la vez postrera,
y hoy debe decidir?... Mas ¿podrá hacerlo
sin escuchar el parecer prudente
del prelado de Tiro, cuyo celo,
profunda ciencia y santidad sublime
tan necesarios son para el acierto?
Hugo Tal mi dictamen es; tal es, Matilde;
y sin la autoridad del gran Guillelmo,
cualquiera decisión... Mas ¡oh princesa!,
Ricardo y Lusiñán están resueltos...
El concilio tal vez...
Matilde ¡Oh Dios!
Hugo Señora, ¿Y si la decisión se hubiese puesto
en vuestra mano?...
Matilde ¡Ay Hugo!
Hugo Alta princesa,
perdonad, perdonad. Estuve un tiempo
al lado de Malek. Cuando los muros
de la santa Sión rotos cayeron ante
el poder del furibundo persa,
y el trono del insigne Godofredo
Saladino ocupó, yo, cautivado
y entre cadenas bárbaras envuelto,
a sus plantas me vi. Su hermano heroico,
el gran Malek-Adhel, cuyo denuedo
humilló los católicos pendones,
movido a compasión, rompió mis hierros.
Y vida y libertad, hijos y esposa,
sus generosas manos me volvieron.
Conozco las virtudes eminentes
que le adornan, Matilde. Si su acero
es rayo destructor, terror y asombro
de las huestes cruzadas; si su esfuerzo
con mengua nos lanzó de Palestina,
su corazón tiernísimo y sincero,
su esplendente heroísmo, su grandeza,
su generosidad, sus altos hechos,
encanto son de amigos y enemigos...
¡Oh Dios piadoso!... ¡Los errores ciegos
