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La morisca de Alajuar. Ángel Saavedra. Duque de Rivas Fragmento de la obra Jornada primera La acción pasa en el reino de Valencia a fines del año de 1509 y principios del de 1610 Escena I Representa una amena cañada en las cercanías de la villa de Alajuar, rodeada de ásperos montes. Después de cantar dentro los cuatro primeros versos, salen diez o doce jóvenes aldeanas moriscas, y detrás de ellas, María y Felisa; todas con cantarillos, como que van por agua a la fuente Todas: (En coro, dentro): No tenga fe ni esperanza quien no estuviere en presencia. Todas: (En coro, dentro): Pues son olvido y mudanza las condiciones de ausencia. (Entran todas.) Aldeana 2ª: (Canta): Quien quisiere ser amado, trabaje por ser presente, que cuan presto fuere ausente, tan presto será olvidado. Aldeana 1ª: (Canta): No tenga fe ni esperanza quien no estuviere en presencia. Todas: (En coro cantan): Pues son olvido y mudanza las condiciones de ausencia. (Vanse.) María: (Deteniendo a Felisa.) Déjalas llegar, amiga, al dulce raudal, y aquí queda un rato junto a mí, a consolar mi fatiga. Que esa insensata canción, con que dan vida a este ejido, todo un infierno ha metido en mi roto corazón. Y miente la letra, miente, pues amor que no es vulgar nunca más firme ha de estar que cuando está en un ausente. Felisa: Singular es tu constancia, ¡oh hermosísima María!, y ese amor, que desafía al tiempo y a la distancia. En hora menguada vino don Fernando a este lugar, tu tierno pecho a enredar en tan ciego desatino. María No digas eso, que yo bendigo el feliz momento en que para alojamiento mi casa y mi pecho halló. En aquella temporada que le tuve junto a mí tan venturosa me vi, y tan amante y amada, que con su recuerdo solo soy la más feliz mujer que en el orbe puede haber desde un polo al otro polo. Y un porvenir tan risueño de encanto y felicidad se presentó a mi ansiedad, que voy tras él con empeño.
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Seitenzahl: 103
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Ángel Saavedra. Duque de Rivas
La morisca de Alajuar
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: La morisca de Alajuar.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica: 978-84-96428-60-7.
ISBN ebook: 978-84-9953-233-2.
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Personajes 8
Jornada primera 9
Escena I 9
Escena II 27
Escena III 47
Jornada segunda 59
Escena I 59
Escena II 82
Escena III 96
Escena IV 102
Jornada tercera 107
Escena I 107
Escena II 113
Escena III 134
Escena IV 144
Libros a la carta 157
La vida
Ángel Saavedra. Duque de Rivas (Córdoba, 1791-Madrid, 1865). España.
Luchó contra los franceses en la guerra de independencia y más tarde contra el absolutismo de Fernando VII, por lo que tuvo que exiliarse a Malta en 1823. Durante su exilio leyó obras de William Shakespeare, Walter Scott y Lord Byron y se adscribió a la corriente romántica con los poemas El desterrado y El sueño del proscrito (1824), y El faro de Malta (1828).
Regresó a España tras la muerte de Fernando VII heredando títulos y fortuna. Fue, además, embajador en Nápoles y Francia.
Don Fernando
Corbacho
María, morisca
Malec, morisco
Mulim-Albenzar, morisco
Zeir, morisco
El conde de Salazar
Un secretario
Felisa, cristiana
Un alcaide
Abdalla, alfaquí morisco
Doncellas Aldeanas, moriscas
El marqués de Caracena
Pastores, moriscos
El comendador mayor
Moriscos conjurados
El capitán García
Soldados españoles
Un sargento
La acción pasa en el reino de Valencia a fines del año de 1509 y principios del de 1610
Escena I
Representa una amena cañada en las cercanías de la villa de Alajuar, rodeada de ásperos montes. Después de cantar dentro los cuatro primeros versos, salen diez o doce jóvenes aldeanas moriscas, y detrás de ellas, María y Felisa; todas con cantarillos, como que van por agua a la fuente
Todas (En coro, dentro):
No tenga fe ni esperanza
quien no estuviere en presencia.
Todas (En coro, dentro):
Pues son olvido y mudanza
las condiciones de ausencia.
(Entran todas.)
Aldeana 2ª (Canta): Quien quisiere ser amado,
trabaje por ser presente,
que cuan presto fuere ausente,
tan presto será olvidado.
Aldeana 1ª (Canta): No tenga fe ni esperanza
quien no estuviere en presencia.
Todas (En coro cantan):
Pues son olvido y mudanza
las condiciones de ausencia.
(Vanse.)
María (Deteniendo a Felisa.)
Déjalas llegar, amiga,
al dulce raudal, y aquí
queda un rato junto a mí,
a consolar mi fatiga.
Que esa insensata canción,
con que dan vida a este ejido,
todo un infierno ha metido
en mi roto corazón.
Y miente la letra, miente,
pues amor que no es vulgar
nunca más firme ha de estar
que cuando está en un ausente.
Felisa Singular es tu constancia,
¡oh hermosísima María!,
y ese amor, que desafía
al tiempo y a la distancia.
En hora menguada vino
don Fernando a este lugar,
tu tierno pecho a enredar
en tan ciego desatino.
María No digas eso, que yo
bendigo el feliz momento
en que para alojamiento
mi casa y mi pecho halló.
En aquella temporada
que le tuve junto a mí
tan venturosa me vi,
y tan amante y amada,
que con su recuerdo solo
soy la más feliz mujer
que en el orbe puede haber
desde un polo al otro polo.
Y un porvenir tan risueño
de encanto y felicidad
se presentó a mi ansiedad,
que voy tras él con empeño.
Felisa ¡Ay, que los recuerdos son
dejos de un bien acabado,
y un porvenir no ha pasado
jamás de incierta ilusión!
No es, no, tan desatinada
la letra de ese cantar,
que solo te da pesar
porque estás alucinada.
Si tuvieras mi experiencia
(ya la tendrás algún día),
conocieras, hija mía,
de tu pasión la demencia.
No es decir que quepa engaño
en el pecho de tu amante;
será muy firme y constante,
pero ¡está sin verte un año!
María Cuando, ¡ay de mí!, se marchó
de esa Flandes a la guerra,
antes de un año a esta tierra
volver amante juró.
Felisa Ya el año cumplido es.
María Y yo con gran fe lo aguardo,
que no es, Felisa, retardo
solo el retardo de un mes.
Felisa De los que se van, dejando
en España empeños locos,
a esa Flandes, vuelven pocos.
María Uno será don Fernando.
Si conocieras, amiga,
los extremos de su amor,
de su palabra el valor
y de su alma, que bendiga
Dios, los dotes celestiales,
como yo los conocí,
no me afligieras así
con desconfianzas tales.
Vendrá, ama mía; vendrá.
Felisa Pero, aunque vuelva, ¿qué esperas...?
Quién eres no consideras,
ni sabes quién él será.
Tú, morisca...
María (Con viveza.) Yo, cristiana.
Felisa (Con ternura.) ¡Hija idolatrada!... Sí,
que de madre te serví
desde tu niñez temprana,
y con mi leche mamaste
la fe más pura y leal,
siendo mi gozo cabal,
porque en ella te afirmaste.
Y tu sangre misma..., ¡ay triste!,
sin madre desde la cuna...
Dios te ha dado la fortuna
de que en mis brazos creciste.
Pero al asunto tornando
de tu amor, pues con razón
se me parte el corazón
otros tiempos recordando,
te diré que, aunque cristiana,
eres morisca, María,
en quien nunca halla hidalguía
la soberbia castellana.
Y de tu amante, aunque sea
falso el nombre que nos dijo,
la ilustre alcurnia colijo
de la insignia que campea
roja en su pecho español,
¡y te querrá para esposa,
aunque te adore cual diosa,
y le parezcas un Sol!
María (Con dignidad.) Hubo moros caballeros,
y moros reyes también.
¡Y quién quitar puede, quién,
su sangre a sus herederos!
La familia de Albenzar,
por más que el hado la humilla,
ni a los reyes de Castilla
nobleza debe envidiar.
Que en los muros de Jaén
ha dejado fama eterna,
y hoy un Albenzar gobierna
las torres de Tremecén.
Y si la cristiana cruz
aun lo más vil avalora,
no ha de oscurecer ahora
de mi nobleza la luz.
Felisa (Aparte.) En cuanto hace, piensa y dice
descubre su sangre hidalga.
¡Oh recuerdos!... ¡Dios me valga!;
no sé si bien o mal hice.
(Alto.) ¡Ah!, si insensatos no fueran
de tu morisca nación
los nobles, con más razón
de su estirpe alarde hicieran.
Tal vez cual cristiana vieja
y cual de sangre española
pienso yo.
María No eres la sola,
pues a mí también me aqueja
ver a la raza africana,
ya española, y que debía
con noble y leal bizarría
ser española y cristiana,
cerrar con obstinación
los ojos a la verdad,
y buscarse, ¡oh ceguedad!,
continua persecución.
Felisa ¿Tu talento ha traslucido
los altos intentos...?
María Sí;
los intentos locos di,
y que el corazón partido
me tienen, pues los cristianos
los conocen y los ven,
y alistan fuerzas también
para que resulten vanos.
Verás, pues, que los rigores
que dos veces se temieron
y que evitarse pudieron,
van a renacer mayores.
Y verás de los moriscos
en la osada resistencia
solo una ciega demencia
que ensangrentará estos riscos.
Felisa Pues tu padre es...
María Harto lloro
la obstinación en que vive
y ese obsequio que recibe
de todo este pueblo moro.
Felisa (Con burla.) ¿Esperanzas no te dan
esas cosas que han contado
de Alfatín, el encantado
en las sierras de Espadán,
de quien dice el alfaquí
que sobre un verde corcel
el imperio de Ismael
ha de restaurar aquí?
María (Con desprecio.) Yo soy, Felisa, cristiana,
cristiana de corazón,
y oigo con indignación
esa creencia musulmana.
Solo desdichas espero
de ese ardor mal entendido,
que en nuestra gente ha encendido
tanto ambicioso embustero.
Mas no hablemos de esto, no;
hablemos de don Fernando,
a quien estoy esperando
con el alma toda yo.
(Voces dentro.)
Una ¡Detente!...
Otra A la ladera...
Otra Atajad por aquí.
Fernando (Dentro.) ¡Cielos!
Corbacho (Dentro y muy lejos.)
Espera.
María (Sobresaltada.) ¿Qué acento da ese monte,
que poblando de horror el horizonte
causa en mi corazón mortal desmayo?
Felisa (Asombrada y mirando adentro.)
Como encendido rayo
o perdido cometa,
desbocado bridón que no sujeta
el freno roto ya, veloz se mete
con peligro espantoso del jinete
en lo más intrincado de esas breñas.
María (Mirando adentro.)
Sí, ya le veo entre las altas peñas,
que exhalación parece;
y su dorada piel, que resplandece
del Sol a las vislumbres,
enciende con relámpagos las cumbres.
Dijérase que uniendo va con saltos
las bajas nubes y los montes altos.
Felisa ¡Cuán firme el caballero
sobre la espalda va del monstruo fiero,
¡oh desdichada suerte!,
despeñado a los brazos de la muerte.
(Asustada y en ademán de huir.)
Hacia aquí viene... Huyamos,
que a ser despojo de su furia vamos.
María (Horrorizada y apartando la vista.)
Precipitóse..., ¡cielos!... ¿No lo viste?
¡Espectáculo triste!
Tropezó con un risco,
que es ya de su sepulcro el obelisco.
Felisa (Mirando adentro con ansiedad.)
Ya acuden los pastores...
Quieran del Cielo airado los rigores...
María (Desalentada.) Vamos.... démonos prisa.
Vamos allá, Felisa...
(Titubeando.) Mas, ¡ay!..., andar no puedo...;
rémora de mis plantas es el miedo.
¡Ay de mí, desdichada!
(Cae desmayada en brazos de Felisa.)
Felisa (Sosteniéndola,) ¡Cielos, cielos!... ¡María desmayada!
Ya en gualdas se han tornado
las rosas de su rostro delicado.
Y la boca entreabierta,
y los labios de hielo
parecen, ¡ay!, la puerta
por do quiere volar el alma al cielo.
¡María! ¡Ay de mí, triste! Ya me falta
vigor para en mis brazos sostenerla;
sobre este césped, que el abril esmalta,
mientras busco socorro, he de ponerla.
Y corriendo a la fuente
agua traeré con que regar su frente.
(La coloca a un lado sobre un ribazo.)
¡Ay cielos!... ¡Hija mía!
Caduco miro en su semblante el día.
(Vase. Entra Don Fernando, descompuesto sin capa ni sombrero, con la ropilla abierta, lleno de lodo y con algunos piquetes en el rostro. Le rodean cuatro o seis pastores moriscos.)
Fernando Yo os adoro rendido,
¡oh Dios Omnipotente y bondadoso!,
que en peligro tan grave y espantoso
amparado me habéis y defendido.
Y a vos, ¡oh buena gente!,
gracias os doy postrado,
pues tan caritativa y diligente
para darme socorro habéis volado.
Retiraos; no fue nada
el golpe; la maleza enmarañada
lo quebrantó de modo
que lo que sangre fuera, solo es lodo.
Esa vecina fuente
me dará refrigerio competente
para el susto en sus plácidos cristales.
Tornad a esos fragosos peñascales,
en pos del bruto alado,
que tal vez del ladrido importunado
de vuestros fieles perros,
desatado huracán, cruzó los cerros,
hundiéndose a sí mismo
y a mí con él en tan profundo abismo.
Si le halláis vivo, os ruego
que de mano al lugar lo llevéis luego.
Y os conjuro busquéis a un fiel criado,
que al mirarme empeñado
en tan tremendo lance,
por socorrerme se arrojó al alcance.
Y aun le escucho perdido en esas breñas
darme de su lealtad con llanto señas.
(Vanse los pastores.) Allí la clara fuente me convida
con su líquido hielo.
(Repara en María.) Mas ¿qué es esto que miro? ¡Santo cielo!
Desmayada o dormida,
una mujer sobre la hierba yace,
y mi pecho al mirarla se deshace.
(Se acerca y la reconoce.)
¡Infelice de mí! ¿Deliro...? ¿Sueño...?
Mi dulce encanto, mi adorado dueño.
¡Oh celestial María!
¿Así te encuentra, ¡oh Dios!, el ansia mía?...
¡Oh!, despierta, mi bien, mi amor, despierta.
(La mueve y examina.) ¡Cielos!..., helada..., yerta.
¡Ay!..: ¿Para hallarla así salvé la vida?
Siempre una desventura
es de otra más atroz prenda segura.
¡María..., mi María...! ¡Oh Dios!...
(La observa.) Acaso
a la respiración aun lento paso
da el labio desteñido,
y del todo el calor aun no perdido.
Para poderle dar presto socorro
hacia la fuente arrebatado corro.
(Va a marchar y se detiene.)
Mas aquí una aldeana a toda prisa
desde la fuente viene.
Y con agua vendrá, puesto que tiene
un cántaro en la mano... ¡Ay, que es Felisa!
(Entra Felisa con un cantarillo, y se detiene al ver a Don Fernando.)
Felisa ¿Un caballero allí?... ¿Qué importa? Vuelo,
que en desmayo mortal yace en el suelo.
(Se acerca y reconoce a Don Fernando.)
¡Oh señor don Fernando!
Fernando ¡Ay Felisa!... ¿Qué es esto?
Felisa Desventuras, señor.
Fernando Con agua presto
regad el rostro de azucena.
Felisa Cuando
de breños el confuso laberinto
cruzar vio a un despeñado, que sin duda
erais, a lo que infiero,
por amoroso instinto
os conoció tal vez, y yerta y muda
cayó cual veis.
(Salpica con agua el rostro de María.)
Fernando ¡Oh celestial María!
(Se sienta junto a ella, la incorpora, sosteniéndole la cabeza.)
Felisa Ya torna en sí.
Fernando Torna a lucir el día.
¡María!
María (Volviendo en sí.) ¿Dónde estoy...?
Fernando Sobre mi pecho.
María (Desalentada.) ¿Y el infelice que pedazos hecho...?
Fernando (Arrojándose a sus pies.)
