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El duque de Aquitania, del duque de Rivas, se inspira en el ciclo de relatos medievales en los que un hermano fraticida usurpa el poder mientras los legítimos señores están en la cruzadas. Así Elisa, la heroína de esta obra, es acosada en medio de su luto tras la muerte de su padre en Tierra Santa.
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Seitenzahl: 58
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Ángel de Saavedra. Duque de Rivas
El duque de Aquitania
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: El duque de Aquitania.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-049-7.
ISBN rústica: 978-84-9816-058-1.
ISBN ebook: 978-84-9897-223-8.
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Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Las cruzadas 7
Personajes 8
Dedicatoria 9
Acto I 13
Escena I 13
Escena II 16
Escena III 20
Escena IV 20
Escena V 21
Escena VI 24
Escena VII 25
Acto II 27
Escena I 27
Escena II 33
Escena III 33
Escena IV 36
Escena V 37
Acto III 43
Escena I 43
Escena II 47
Escena III 51
Escena IV 55
Escena V 55
Acto IV 57
Escena I 57
Escena II 61
Escena III 65
Escena IV 69
Escena V 69
Acto V 71
Escena I 71
Escena II 71
Escena III 73
Escena IV 77
Escena V 78
Escena VI 79
Escena VII 80
Libros a la carta 85
Duque de Rivas, Ángel Saavedra (Córdoba, 1791-Madrid, 1865). España.
Luchó contra los franceses en la guerra de independencia y más tarde contra el absolutismo de Fernando VII, por lo que tuvo que exiliarse a Malta en 1823. Durante su exilio leyó obras de William Shakespeare, Walter Scott y Lord Byron y se adscribió a la corriente romántica con los poemas El desterrado y El sueño del proscrito (1824), y El faro de Malta (1828).
Regresó a España tras la muerte de Fernando VII heredando títulos y fortuna. Fue, además, embajador en Nápoles y Francia.
El duque de Aquitania se inspira en el ciclo de relatos medievales en los que un hermano fraticida usurpa el poder mientras los legítimos señores están en las cruzadas. Elisa, la heroína de esta obra, es acosada en medio de su luto tras la muerte de su padre en Tierra Santa.
Arnaldo, antiguo escudero
Elisa, su hermana
Eudón, usurpador, tío de Reynal, duque de Aquitania
Guardias
Linser, confidente de Eudón
Pueblo
Tanto la pompa de holocausto rico,
cuanto la sencillez y fe sincera
con que el mortal su omnipotencia adora.
A. de S. R. de B.
A mi amada hermana doña María de la Candelaria de Saavedra
¡Oh tú, ninfa gentil del Manzanares,
que entre las más bellas y graciosas
que triscan en su orilla, de fragantes
flores la sien orlada, el albo cuello
de oro de ofir y perlas del Oriente,
descuellas como suele alba azucena
predilecta de Flora en el risueño
cultivado jardín! Torna un instante
a mí los ojos, do el amor se anida,
tórnalos, pues, a tu amoroso hermano,
y oye su voz y los llorosos versos
con que pinta el furor de las pasiones,
la austeridad de la virtud sublime
y la venganza atroz de los delitos.
Óyeme, hermana, y favorable acoge
esta mortal ficción que la engañosa
escena va a ocupar, y que felice
será si arranca de tu tierno pecho
un ardiente suspiro, o si humedece
tu rostro hermoso con sensible llanto.
Yo, acostumbrado a lamentar amores
en arpa de marfil, quise, atrevido
más altivo volar, y el sofocleo
coturno osé ceñir, y a Melpomene
pedí anheloso su puñal terrible.
Mas ¿cómo solo a la fragosa cumbre
donde mora arribar, sino siguiendo
las huellas de algún genio esclarecido
que a la cima subió? Nunca el polluelo
del águila caudal desplegar sabe
las alas temerosas y aun no firmes
por la inmensa región solo y sin guía.
La atroz venganza del inachio Orestes,
que allá en remotos siglos vio, extasiado
de Atenas el magnífico liceo,
y en nuestros días con mayores glorias
resucitó el ingenio honor de Italia,
mi guía ha sido en tan audaz empresa:
empresa que a tu amor solo dedico,
y ora estudiosa estés y retirada,
con brillante pincel que el arte mueve,
imitando las bellas perspectivas
que en sus montes y selvas nos presenta
Naturaleza hermosa, y las cascadas
que dan vida al país, y los lozanos
chopos que agita el apacible ambiente,
copiándolos con tanto magisterio
que, engañados los ojos, se imagina
escuchar el susurro de las hojas
y ver la espuma del sonante arroyo;
ora te encuentres en festín brillante,
oyendo amores y abrasando pechos;
o bien en el salón de mármol y oro,
de cien antorchas al fulgor luciente,
y al concertado son de los violines,
diosa del baile y de las gracias diosa,
ostentes tu modesta gentileza
al medido compás girando el cuello,
y el delicado talle, y resbalando
el breve y ágil pie, que en vano esconde
de la fimbria talar el suave ondeo.
Niégate un punto al hervoroso aplauso
de la importuna turba de amadores,
y escucha a Elisa, tímida, inocente,
lamentar el rigor de su destino,
y mírala en los brazos de su hermano
amar, llorar, temblar... ¡Ay! Su ternura,
su fraternal cariño, es un remedo
del que en tu tierno corazón se anida
y hace el encanto de tus deudos todos,
y, aunque anhelan mis versos retratarlo,
no tanto alcanzarán... Mas sea, al menos,
mi entrañable amor testigo firme
este ligero don que hoy te tributo.
Harto pequeño, a fe; mas tú, por mío,
lo acogerás benigna. Así, el excelso
rey del Olimpo recibir, acaso,
más grato suele las humildes flores
que le presenta en rústicos altares
sencillo labrador, que el hecatombe
que en aras de oro y en soberbio templo
le ofrece el poderoso, pues no estima
anto la pompa de holocausto rico
cuanto la sencillez y fe sincera
con que el mortal su omnipotencia adora
A. de S. R. de B
La escena es en un salón del palacio de los duques de Aquitania.
La acción empieza a mediodía y acaba al anochecer.
Eudón, Elisa y Linser
Eudón Modera tu dolor, enjuga el llanto,
que ofenden mi cariño y mi terneza.
Si te ha privado el áspero Destino
de los que el ser te dieron, hoy encuentras
en mí su amor. Hermano de tu padre
y su heredero en fin, tú eres la prenda
a quien mi amor consagro y mis desvelos.
Del claustro silencioso do crecieras,
libre de los horrores y perfidias
de las facciones que hasta aquí cubrieran
de aflicción y de luto estos estados,
y do tu padre te dejó encubierta
cuando a reconquistar partió animoso
de Palestina la sagrada tierra,
te saca mi cariño, a que mi esposa
y la señora de Aquitania seas.
Elisa Señor..., ¡ah!, por piedad... Dejad que inunden
las lágrimas mi pecho y no os ofendan.
Desastres e infortunios me circundan...
Un padre desgraciado, a quien la diestra
de un alevoso pérfido asesino
del sagrado Jordán en las riberas
arrebató a mi amor... La adversa suerte
de una madre infeliz, que a la hora mesma
que me puso en los brazos de la vida
la hundió la muerte en la quietud eterna,
y un hermano que existe miserable
allá en Jerusalén, entre cadenas,
