El Crítico Enculado - Donald Rump - E-Book

El Crítico Enculado E-Book

Donald Rump

0,0
0,99 €

oder
-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

El culo de Zack Pimpton nunca ha estado peor, y el hecho de que el médico sea un comediante a tiempo parcial no ayuda. Por desgracia, Zack es bastante cabrón y dice lo que no debe, haciendo que el buen doctor se ponga furioso. Aproximadamente 2.500 palabras.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2016

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



El Crítico Enculado

Donald Rump

Traducido por Sebastián Lalaurette

Libros de Donald Rump

A Punto de Reventar

Buscando a Floofy

Cuatro Cuentos Apestosos (Volumen 1, 2)

El Aspirante a Pedonauta

El Crítico Enculado

El Matrimonio Apesta

Embotellando Pedos

Escapada de Fin de Semana

Hasta que el Gran Pedo Nos Separe

La Pregunta de 500 Dólares

© 2014 Donald Rump. Todos los derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida o transmitida por cualquier medio (electrónico, mecánico o cualquier otro) sin el expreso consentimiento escrito del autor.

Ésta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares y situaciones son o bien producto de la imaginación del autor o usados ficcionalmente. Cualquier semejanza con acontecimientos, lugares o personas reales, vivas o muertas, es completamente casual.

Composición, formato y diseño del E-book por Donald Rump.

Imágenes bajo licencia de DepositPhotos.com y © Putut Handoko (#10352988). Dibujos de pedos por Mel Casipit.

Primera Edición (v1.0)

Publicado el 4 de diciembre de 2014

Última actualización el 2 de abril de 2016

ISBN-13: 9781310706066

Index

Página del Título

Libros de Donald Rump

Derechos de Autor

Dedicación

El Crítico Enculado

Sobre el Autor

Más de Mis Libros Locos

¡Gracias!

Este libro está dedicado a Dean Wesley Smith.

El Crítico Enculado

—Doc, tiene que ayudarme.

Un hombre flaco y esmirriado llamdo Zack Pimpton se inclinó sobre la camilla y se frotó el trasero.

—Me duele mucho, pero mucho el culo. Creo que me lo rompí.

Una perla de sudor le resbaló por la frente.

—¿Cómo ocurrió esto? —preguntó el Dr. Malv.

—No lo sé. Estaba tipeando una reseña cuando, de repente, me empezó a doler el culo. Al principio sólo me picaba un poco. Traté de ignorarlo, pero empeoró y empeoró hasta que tuve que venir aquí. ¡Es terrible! No puedo creer que haya sido capaz de conducir hasta aquí. —Trató de sentarse y reculó de inmediato.

—¡Bueno, tiene suerte usted! No es nada de vida o muerte, seguro, pero me temo que no podrá volver a usar sus nalgas –dijo el corpulento médico, con una sonrisa.

—¿Qué? No puede estar hablando en serio. —Zack se puso más pálido que el guardapolvo blanco del doctor.

—Nah, sólo le estoy tomando el pelo. Déjeme echar un vistazo. —Se acercó.

El Sr. Pimpton dudó por un momento; luego, lentamente, se bajó los pantalones. Hasta el simple acto de bajarse la ropa interior era doloroso.

—Ah, sí, ya veo. Algo realmente le ha rajado el culo. ¿Tiene alguna idea de qué fue?

—No, señor.

El Dr. Malv investigó el peludo trasero de Zack. Un sarpullido feo y rojo lo cubría de cachete a cachete, como si se hubiera sentado en un tanque lleno de cangrejos hambrientos.

—Uau, hace tiempo que no veo nada tan malo. ¿Ha estado sufriendo diarrea explosiva?

—No. —Zack sacudió la cabeza.

—Bien. ¿Cuándo fue la última vez que movió el vientre?

—Esta misma mañana.

—¿Y se limpió?

—¡Por supuesto que me limpié! —respondió, escupiendo saliva.

—Hey, no hay razón para ponerse hostil. Sólo estoy tratando de ayudar –dijo el Dr. Malv.

—Oh, sí, lo siento, doctor. Me duele tanto el culo que apenas puedo pensar.

—Entonces trate de no pensar tanto con el culo.

—¿Eh? —dijo Zack.

—Nada, nada. Bueno, ya he visto lo que tenía que ver. Ya puede subirse los pantalones. —Se apartó y anotó algo en su portapapeles.— Entonces ¿cuándo fue la última vez que se duchó?

—Anoche. No fue hasta esta mañana que empecé a sentir dolor. —El escuálido escriba hizo una mueca de dolor mientras se subía los pantalones.

—¿Está usando algún jabón o champú nuevo? —preguntó el médico.

—No, sólo lo que uso siempre: Dove y Head & Shoulders.

—Ah, ¿y tiene dermatitis en el cuero cabelludo?

—Viene y se va. —Zack se abrochó el cinturón.— ¿Cree que se puede haber extendido y mi culo se está escamando?

—Depende. —El médico se rascó la barbilla.

—¿De qué depende?

—¿Cuánto hace que tiene la cabeza metida en el culo? —sonrió.

Zack frunció el ceño.

—No me había dado cuenta de que esto era un club de comedia. Vine a verlo con un verdadero problema. No estaría aquí si no necesitara su ayuda.

—Mis disculpas. No me pude resistir. —El doctor se aclaró la garganta.— Ahora bien, ¿ha tenido sexo anal recientemente?

—¿Qué? ¡No! —El perplejo experto se olvidó completamente de su trasero dolorido.— ¿Está insinuando que soy gay?

—No, no, no. Sólo estoy tratando de averiguar la causa de su molestia. ¿Ha hecho algo extraño recientemente, como sentarse sobre vidrios rotos, lanzar fuegos artificiales desde su año o asarse el culo en una parrilla?

—¿Me está hablando en serio? Es decir, ¿ha visto alguna marca de parrilla ahí abajo mientras me examinaba?

—No, yo...

—Imagino que no hace falta mucho esfuerzo para ser médico en estos días, ¿no? ¿Qué sigue ahora, “doctor”? ¿Su diagnóstico es que tengo un Culo Frito Kentucky porque cree que me zambullí de culo en la freidora? —Una energía salvaje cruzó por los ojos del loco.

—Cálmese, ¿quiere? No hay necesidad de ponerse violento. He visto antes este tipo de inflamación. Sólo necesitaba descartar posibilidades. Me ayudaría saber de qué vive usted.

—Soy un crítico literario profesional, pero no veo cómo eso puede ser relevante –dijo Zack.

—Ah, es un reseñista, ¿eh? —El rostro del Dr. Malv se iluminó.— Entonces ¿sus reseñas aparecen en Amazon, Barnes & Noble y demás?

—Oh, sí, encontrará mis reseñas en todos esos lugares, pero sólo sobre libros publicados tradicionalmente. No me acercaría a tres metros de toda esa mierda autopublicada. Es todo basura. —Alzó la nariz.

El Dr. Malv dejó de escribir.

—¿Lo es?

—No creería la basura que se les ocurre a esos tontos. Supongo que no será una sorpresa que los idiotas escriban para otros idiotas. Hey, alguien tiene que dedicarse a ellos. Pero están empezando a superarnos en número. La gente como usted y yo se está extinguiendo.

—Bueno, supongo que es una forma de verlo. —El doctor casi parte al medio su lapicera.

—OK, lo convieso. Escribo reseñas de basura autopublicada, pero sólo reseñas de una estrella. Justo antes de venir aquí, terminé una crítica mordaz de un libro llamado... oh, ¿cómo se llamaba esa pila de mierda? ¡Ah, sí! Un Puñado de Polvo de Hadas. ¿Sabe cómo se hacía llamar el perdedor? El Hombre Malvavisco. ¡No lo estoy cargando! Ese patético perdedor probablemente habrá compuesto esa pila de desperdicio en una Commodore 64 en el fondo de su trailer, y leyó su seudónimo en una caja de malvaviscos vencidos. —El Sr. Pimpton sacudió la cabeza con desagrado.— Por eso es que los padres fundadores nos dieron la Segunda Enmienda: ¡para dispararles a cabrones como ese! Lástima que sea ilegal desollarlos vivos o usarlos para practicar tiro al blanco. Le estaríamos haciendo un favor a la sociedad si no les permitiéramos procrear; de lo contrario, la próxima novela que nos darían sería Un Puñado de Condenadas Bolas Peludas!

El Dr. Malv apenas podía contener su ira. —¿Duele cuando hago esto?— Le dio una fuerte palmada en el culo.

Zack gritó como una colegiala que encontrara una cucaracha en sus bragas.

—¿Por qué hizo eso?

—Sólo tenía que asegurarme de que no estaba inventándose todo esto y que no era todo una elaborada broma.

—¡Oh, maldición! Me voy de aquí. Le haré juicio por mala praxis, amigo. —Zack caminó hacia la puerta.

—¿No quiere una receta para su dolor? Le puedo recetar una pomada que eliminará sus síntomas en unos pocos días. Es una crema especial que hace milagros y que ha aparecido recientemente en el mercado. Muchos de mis camaradas no saben aún que está disponible. Puedo hacer que usted vuelva a estar como nuevo en cuestión de horas.

El Sr. Pimpton se paró y consideró la oferta.

—¿Tiene la pomada aquí?

—Sí, de hecho sí la tengo.

—¿Y puede tratarme antes de enviarme a llenar la receta?

—Por supuesto. No estoy en el negocio de la tortura, Sr. Pimpton. Bueno, al menos no todavía –dijo por lo bajo.

—Entonces hagámoslo. Pero que sea rápido. Tengo que asistir a un recital esta noche, seguido por una mesa de discusión sobre los autores independientes en nuestro gremio. Además tengo que ponerme al día con el e-mail y tengo que sacar al menos una reseña profesional antes de lanzar algunos soretes más a la pila de mierda autopublicada.

—Perfecto. —El Dr. Malv quería acogotar ese cuello flacucho.— Ahora sólo necesito que vuelva a bajarse los pantalones.

—¿Puedo usar la silla esta vez? Será más fácil para usted aplicar la pomada.

—Lo que le resulte cómodo. —El médico se puso un par de guantes de látex.— Debido al hecho de que su trabajo es sedentario por naturaleza, sospecho que su estilo de vida juega un papel significativo en esto. ¿Trabaja desde su casa ocasionalmente, Sr. Pimpton? —El Dr. Malv extrajo pomada de un tubo y la esparció en las nalgas rajadas de Zack.

—Todo el tiempo –respondió con una mueca.

—Entonces sospecho que el problema es la silla en que se sienta. Lo más probable es que sea la causa de su sarpullido, y continuará causándole molestias hasta que la descarte. Imagino que habrá muchas veces en que se sienta en ropa interior o incluso hasta desnudo, haciendo contacto directo con el asiento. Cuanto más haga esto, peor se volverá.

Zack sintió que el fuego en su trasero empezaba a enfriarse.

—Sí, la silla. ¡Qué observación brillante, Dr. Malv! El otro día cacé a una cucaracha que deambulaba por el piso, pero no le di importancia. Esparcí insecticida sobre el calefactor de la pared, pensando que habían anidado debajo, pero nunca pensé que podía ser la silla. Me desharé de ella enseguida –dijo sonriente.

—No se preocupe, ya casi acabo. —El médico continuó aplicando la pomada.

—Uau, no estaba bromeando usted. Esto realmente está funcionando. Debería pagarle un trago, doctor. —Apenas podía sentir dolor.

—Aprecio el gesto, pero no bebo.

—Entonces ¿qué hace para divertirse, doctor? ¿Va a clubes nocturnos o al casino? —sonrió el hombre.

—Escribo.

El odioso crítico sintió un escalofrío que le corría por la espalda.

—¿Escribe? ¿Qué quiere decir con que escribe? ¿Es un autor publicado?

—Vaya que sí, y resulta que publico mis propias obras.

Una sonrisa apareció en la cara del viejo.

—¿Entonces es un autor autopublicado? —jadeó Zack.

—En efecto.

—Seguramente habrá publicado sus obras tradicionalmente antes, o al menos lo intentó, ¿verdad? —preguntó.

—No, eso le quita la diversión a escribir. Sólo quería reírme un poco y conectar con lectores locales. Como puede ver, ya tengo las manos llenas con mi trabajo diurno.

—¿Y bajo qué nombre publica?

—Qué raro que pregunte. Por mi apellido, la gente de la oficina me llama El Hombre Malvavisco, así que decidí usarlo.

—Entonces Un Puñado de Polvo de Hadas es...

—Mi obra. —El médico terminó de aplicar la crema.— Ya puede subirse los pantalones.

El Dr. Malv, que esperaba una disculpa, se sorprendió cuando el loco se volvió y le colocó un dedo en la cara.

—¡La gente como usted me enferma! ¡Lo está arruinando para todos los demás! Ahora lugares como Amazon se ahogan en montañas de excremento escrito por tipos como usted. Tarde o temprano, todo el fundamento que tanto hemos trabajado para construir se desplomará. Los consumidores estarán demasiado asustados para hacer una compra porque podrían descargar accidentalmente algo que ha sido vomitado por uno de ustedes, monstruos autopublicados. —Los ojos del crítico ardían de ira.

—Entonces ¿usted sugiere que la gente dejará de leer libros? Eso sería nuevo, hasta para los humanos.

—No de leer, de confiar. Todo el sistema está construido en base a la confianza. Sin eso, ¿quién que esté en sus cabales invertiría horas en leer un buen libro, si simplemente podría ver una película?

—Pero hay películas malas de sobra, también –dijo el Dr. Malv.

—Sí, pero en ese caso usted puede simplemente apagar el televisor.

—O dejar el libro.

—¿No lo entiende, viejo? —Zack lo agarró del cuello del guardapolvo. —Invertí horas en leer ese cuento patético y enmarañado de usted. ¡Horas que jamás recuperaré! Admito que su estilo conversacional me atrajo, pero cuando me di cuenta de que la historia no tenía nada que ver con polvo de hadas, y de que el personaje principal había sido abducido por extraterrestres, y de que el compuesto en realidad eran esporas que hacían brillar las cosas y lustraban la piel humana, y... ¡ajjj! Ese libro apesta. ¡Deberían haberlo condenado a muerte por escribir esa basura!

—Yo creo que es bastante ingenioso. Una medicina antigua, una abducción alienígena, un polvo mágico que no puede explicarse...

—¿A quién le importa un carajo lo que usted piense? —aulló Zack.

—Pero yo soy el autor –dijo el Dr. Malv.

—¡A la mierda con el autor!

Finalmente, el escuálido bueno para nada había ido demasiado lejos. El doctor se desasió y golpeó al crítico de corazón negro en la mandíbula, dejándolo inconsciente.

—Sí, a la mierda con el autor. ¡Siempre es “a la mierda con el autor”! Es un concepto viejo como el mundo. Si hubiera podido tener un ingreso decente como autor en mi juventud, lo había hecho. Pero las editoriales que usted propugna no quieren que los autores comprendan que son sus activos más valiosos. Así que se aprovechan de ellos con contratosequívocos que buscan despojarlos de todos los derechos y mantener a la gallina de los huevos de oro como esclava para siempre. Bueno, yo me abro. Nace una nueva era, ¡una era donde los autores tienen más poder que nunca, y ni siquiera los críticos como usted, con todo su veneno, pueden detenernos!

La puerta se abrió de repente.

—Dr. Malv –dijo la Enfermera Samantha—. Por Dios, ¿está bien él? —Se quedó mirando al cuerpo en el piso.

—Le di un sedante suave, pero se cayó accidentalmente de la camilla. Venga, ayúdeme a levantarlo otra vez.

Entre ambos echaron el cuerpo dormido de Zack en la mesa de operaciones con un ruido sordo.

—¿Cuál parece ser el problema?

El Dr. Malv pensó por un momento.

—El Sr. Pimpton sufre de dolor en los testículos. Temo que el cáncer se haya extendido.

—¿Cuánto? ¿Al otro testículo? —preguntó Samantha.

—Bueno, me temo que habrá que extirpar todo: el pene, los testículos, todo.

—Por Dios. ¿Está seguro de eso, doctor?

—Totalmente –sonrió él—. Y ya que está, extírpele el apéndice, examínele el ano en busca de bacterias extrañas, done uno de sus riñones al paciente del extremo del corredor y hágale un papanicolau.

—¿Un papanicolau? Pero no tiene las partes necesarias para un papanicolau –dijo Samantha.

—Oh, demonios. —El Dr. Malv se calzó un par de antiparras.— ¡Entonces tenemos trabajo que hacer! —Encendió la sierra eléctrica y puso manos a la obra.

Sobre el Autor

Cuando no está escribiendo sobre viejos pedorros, Donald Rump escribe sobre pedos de verdad: cuanto más apestosos, mejor. También es un defensor del programa Ni Un Pedo Atrás y del matrimonio igualitario para todas las entidades gaseosas, grandes y pequeñas. Al parecer, también da consejos sobre citas.

El Sr. Rump vive en Maryland del Sur con Floofy, su pedo mascota.

Más de Mis Libros Locos

Embotellando Pedos

¿Podría el poder más grande...

El camino a la riqueza, más allá de nuestra imaginación más salvaje...